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Desacatos

versión On-line ISSN 2448-5144versión impresa ISSN 1607-050X

Desacatos  no.47 México ene./abr. 2015

 

Saberes y razones

 

Re-significando lo cotidiano, patrimonializando los discursos

 

Re-Signifying Daily Life, Patrimonializing the Discourses

 

Pablo Díaz Rodríguez*, Agustín Santana Talavera** y Alberto Jonay Rodríguez Darias***

 

* Instituto Universitario de Ciencias Políticas y Sociales, Universidad de La Laguna, Tenerife, España. diazrodriguez@gmail.com

** Instituto Universitario de Ciencias Políticas y Sociales, Universidad de La Laguna, Tenerife, España. asantan@ull.es

*** Escuela Universitaria de Turismo, Tenerife, España. jonayalberto@gmail.com

 

Resumen

La isla de Fuerteventura está desarrollando un proceso de reorientación turística a partir del cual ciertos bienes comienzan a adquirir nuevas significaciones mediante su patrimonialización. La declaración de varios espacios bajo diferentes figuras de protección responde a una estrategia para canalizar el modelo de desarrollo turístico por la vía "cultura-naturaleza". Paulatinamente, el destino comienza a ofertarse bajo una imagen de desarrollo sostenible aparentemente sujeta a criterios de cientificidad. El resultado es una reinterpretación de los elementos patrimonializados en la que se prescinde de la implicación eficiente de las poblaciones locales. Los conflictos resultantes revelan la distinta significación de estos bienes para los diferentes actores e intereses. Este trabajo analiza la configuración de las diferentes imágenes proyectadas sobre dichos elementos patrimonializados y las maneras en que los distintos colectivos les asignan significados concretos.

Palabras clave: áreas protegidas, destinos turísticos, imagen proyectada, patrimonio, población local, resimbolización, turismo.

 

Abstract

The island of Fuerteventura is currently developing a tourist reorientation process from which certain goods begin to acquire new significations by means of their patrimonialization. The declaration of several spaces under different figures of protection reflects a strategy to channel tourism development model via "culture-nature". Gradually begins to be observed how the destination begins to be offered by an image of sustainable development supposedly based on scientific criteria. The result is a new reinterpretation of the patrimonialized elements in which largely is ignored the efficient involvement of local populations. The resulting conflicts reveal the different signification of these goods for the different actors and interests. This paper analyzes the configuration of the different projected images over these patrimonialized elements and the ways in which different collectives assign specific signification to them.

Keywords: local population, heritage, projected image, protected areas, resymbolization, tourism, tourist destinations.

 

Introducción

Aunque los espacios rurales han sido considerados incompatibles con la idea de "desarrollo" y no despiertan interés en relación con la economía mundial, poco a poco surgen voces que inciden en su carácter esencial en el mantenimiento de los valores ecológicos del planeta. Las características de estos paisajes dependen en gran medida de la ocupación de sus habitantes y de sus prácticas socioeconómicas y socioculturales. Gradualmente, los escenarios rurales son vistos como recursos a explotar desde la perspectiva de la economía mundial. Esto está provocando importantes repercusiones en las poblaciones que los habitan, de cuya implicación efectiva se prescinde en general. Un ejemplo clave puede ser el reciente interés de la actividad turística en estos territorios, ya sea por sus recursos naturales o por sus valores culturales. Estos cambios tienen un efecto directo sobre la representación del paisaje por parte de sus habitantes y en la conformación del mismo. Sin embargo, suele obviarse el alcance de los impactos socioecológicos que pudieran derivarse de ello.

Factores interrelacionados como el desarrollismo, la crisis de la agricultura tradicional, la globalización de los mercados —en especial la integración a la Unión Europea— y el espectacular auge del sector turístico, entre otros, han influido de manera directa en la minusvaloración y la casi desaparición de los sistemas productivos tradicionales en el Estado español para favorecer el crecimiento continuo y exponencial del sector servicios. Esta vocación es evidente en la isla de Fuerteventura. Dentro de esta tendencia socioeconómica y de reorganización del territorio, el sistema turístico se constituye como un elemento fundamental que incide, entre otras cosas, en la reordenación y la búsqueda de rentabilidad del espacio, para lo cual la patrimonialización se convierte en un factor clave.

Espacios y bienes cotidianos se tornan cada vez con más frecuencia en elementos para la contemplación, a los que se otorga esencialmente un papel estético. Estas transformaciones responden a un extensivo movimiento patrimonializador que, según diversos intereses, pretende la promoción y salvaguarda de objetos, "tradiciones" y espacios culturales y "naturales" (García, 1999). Las principales explicaciones sobre la aparición de esta tendencia suelen asociarse a: i) la crisis de la cultura hegemónica estatal y la búsqueda de la diferenciación ante la percepción de una tendencia a la homogeneización cultural, fruto de los procesos de globalización (Lagunas, 2007); ii) la democratización y la legitimación de las formas artísticas (Lagunas, 2007); iii) la superación generalizada en determinadas sociedades de los principios materialistas de crecimiento y seguridad económica y personal y la emergencia de valores posmaterialistas, como la autorrealización o la preocupación por el medio (Novellino, 2003; Nugent, 2003), y iv) una conciencia de prevención ante las consecuencias de la sociedad del riesgo provocada por el nuevo orden mundial (Hernàndez i Martí, 2002).

Hoy el patrimonio, en todas sus modalidades, ha pasado a constituir en sí mismo un recurso fundamental para poblaciones y gobiernos, en tanto que se configura como uno de los atractivos principales para la actividad turística (Santana, 2009). Sin embargo, el concepto de "patrimonio" ha sufrido un importante proceso de transformación a lo largo de su historia. Tras sucesivas modificaciones, ha pasado de una definición que admitía exclusivamente monumentos, conjuntos arquitectónicos y lugares emblemáticos (UNESCO, 1972) a una clasificación actual que abarca las categorías de patrimonio cultural —material: mueble, inmueble o subacuático; e inmaterial—, patrimonio natural y eventualmente el patrimonio en situaciones de conflicto armado.

El mismo proceso de transformación conceptual conlleva la asunción o no de unos elementos u otros como dignos de constituirse como parte relevante de la cultura o de la naturaleza, lo que revela que el patrimonio es una construcción social (Prats, 1997; García, 1999). Un elemento no es patrimonio por sus cualidades intrínsecas, sino por lo que pasa a significar una vez legitimado a través de un proceso social de selección, llevado a cabo para tratar de petrificar determinados rasgos históricos, naturales, territoriales, etc., que son resignificados y resimbolizados, y se tornan susceptibles de ser consumidos en función de los distintos intereses (Pascual y Florido, 2005). El patrimonio, por tanto, debido a su dinamicidad, debería contemplarse para efectos analíticos como un proceso. No puede entenderse sin considerar cómo se construye, es decir, cómo se consensuan los requisitos y su adecuación para que ciertos elementos se conviertan en patrimonio. En este sentido, dado que el patrimonio es fruto de una intervención social, cabría mejor hablar de patrimonialización (Hernández y Ruiz, 2006).

Desde esta perspectiva, todo puede ser patrimonializado y convertido en recurso en función de distintos intereses. En principio, se aduce que las principales funciones de la patrimonialización son la producción capitalista —a través de la reproducción vital—, el desarrollo del conocimiento, aquellas con componentes políticos-identitarios y el turístico —mercantil— (Rodríguez Darias, 2008). Todas se interrelacionan y no se puede establecer un orden de importancia por la influencia de unos factores sobre otros. Sin embargo, el caso que nos ocupa nos obliga a prestar especial atención a la reorientación que se está produciendo desde el turismo en los territorios más rurales, en concreto en Fuerteventura, mediante la selección y resimbolización de bienes y espacios cotidianos para su conversión, a partir de la patrimonialización, en recursos adecuados a las nuevas demandas turísticas.

La isla de Fuerteventura ha tenido hasta el momento un modelo turístico basado en el clima, las playas y el precio, si bien parece que empieza a tener problemas de competitividad con otros destinos. La ambiciosa propuesta de creación de un parque nacional (PN), la declaración de toda la isla como Reserva de la Biosfera (RdB), la reciente inscripción de varios espacios bajo figuras de protección, el crecimiento exponencial de los bienes de interés cultural (BIC) y la aprobación del polémico proyecto escultórico de Eduardo Chillida en la Montaña Tidaya parecen revelar un intento por parte de las administraciones locales de generar una "imagen cultural" en sintonía con los estereotipos propios del turismo natural y cultural, orientada a la reconversión de este destino. Sin embargo, este proceso está generando conflictos y desajustes en las estrategias de selección y significación de los recursos utilizados por los colectivos implicados.

 

Naturaleza, turismo, patrimonio

Los procesos de patrimonialización que se llevan a cabo en los territorios más rurales de Fuerteventura se fundamentan en una progresiva introducción del "matiz ambiental" (Ojeda, 1999) en la planificación y la gestión del territorio. Poco a poco las políticas de protección introducen una nueva lectura del territorio, la ecológico-ambiental, en la que se minimiza el papel protagonista de las poblaciones locales en la conformación del mismo (Santana, Díaz y Rodríguez, 2010). La patrimonialización de estos espacios "naturales" implica una nueva ordenación del territorio en la que se prohíben o limitan ciertas prácticas habituales, al tiempo que se adecuan determinados espacios y muchas de estas actividades a demandas concretas orientadas al consumo de especificidades culturales y naturales. Todo esto es favorecido y acompañado en gran parte por la irrupción de las denominadas nuevas formas de turismo que, en apariencia regidas bajo criterios sostenibles, centran su atención en un nuevo abanico de elementos explotables, muchos de ellos relacionados con el contacto con lo cultural y lo natural. Esta circunstancia está condicionada en gran medida por la asunción social, principalmente en los países desarrollados, del discurso de la "sostenibilidad" —conservación de recursos naturales y culturales, cambio climático, etc.— y su calado retórico en los planeamientos económicos, sociales y ambientales. La literatura científica suele destacar entre los mecanismos que posibilitaron la aparición de estas nuevas perspectivas turísticas una serie de procesos sociohistóricos interconectados: i) el surgimiento del paradigma de la sostenibilidad; ii) su adecuación a los discursos turísticos, y iii) su asunción social, política y empresarial y su reflejo en las prácticas turísticas (Rodríguez, Santana y Díaz, 2010).

Así, sobre todo a partir de la década de 1960 comienza a penetrar socialmente una interpretación sobre la degradación ambiental fruto del sistema político-económico, que desembocaría en una conciencia ambiental basada en la evidencia de un modelo insostenible que aceleraba el ritmo de agotamiento de los recursos del planeta y el aumento de las desigualdades a escala mundial. Sin embargo, la base crítica en la que se fundamentaba en aquellos años la preocupación social por el entorno terminó dando paso a la institucionalización del ambientalismo como recurso político justificador de los planeamientos socioeconómicos del capitalismo avanzado (Ojeda, 1999), primero bajo la bandera del ecodesarrollo y posteriormente bajo la del todo poderoso desarrollo sostenible.

Reflejo de esta institucionalización ambiental es la proliferación, en particular desde los años setenta del siglo XX, de la legislación ambiental, de eventos internacionales y de espacios naturales protegidos. Con la intervención del poder político el medio ambiente comienza a transformarse en un producto mercantil. El discurso tecnocrático decidirá qué elementos son dignos de denominarse naturaleza y ser patrimonializados bajo diferentes figuras de protección, que en última instancia reavivan la dicotomía simbólica entre naturaleza y cultura. La naturaleza se convierte así en un elemento objetivable y, en definitiva, rentable. Concebida como "mercancía cultural" (Willis, 1997), se asigna a determinados espacios la categoría de espacios naturales protegidos por la singularidad de sus componentes naturales o sus valores paisajísticos. En teoría de esta manera se asegura el mantenimiento de unos reductos de naturaleza aislada del resto de espacios deteriorados desde la lógica capitalista. Sin embargo, estas dinámicas confieren a los espacios un valor de cambio en el mercado mundial (Ojeda, 1999).

El discurso crítico de los años sesenta sobre la degradación y el impulso de la institucionalización política de lo ambiental comienzan a incluir, en particular a partir de la década de 1980, las formas tradicionales de turismo como una actividad económica clave en el deterioro de los entornos en los que se lleva a cabo. A modo de feed back, el concepto de sostenibilidad aplicado al turismo fomenta una conciencia social al tiempo que proliferan los eventos institucionales relacionados con este problema (Rodríguez, Santana y Díaz, 2010). Paulatinamente, frente al turismo convencional y la reinterpretación de sus efectos perversos, surgen prestigiosas formas de turismo basadas sobre todo en la demanda de una experiencia "auténtica" centrada en lo natural y lo cultural. Este tipo de turismo tiende a relacionarse con conceptos de responsabilidad, participación o sostenibilidad, consecuentes con los valores naturales, sociales y comunitarios (Smith y Eadington, 1997), aunque poco a poco aparece un elenco cada vez más amplio de motivaciones e intereses entre los turistas (Eadington y Smith, 1994) que no escapa a los planificadores turísticos, que adaptan y crean nuevos productos y destinos con base en las nuevas exigencias del mercado (Rodríguez, Santana y Díaz, 2010; Rodríguez et al., 2010). No hay que olvidar que el sistema turístico se caracteriza por su capacidad de adaptación a las nuevas demandas al tiempo que las genera. Entre las nuevas estrategias de captación, paradójicamente, comienzan a valorarse espacios "olvidados" —ahora sostenibles— en los que se han mantenido determinadas actividades y paisajes tradicionales de mutua conformación (Ruiz-Labourdette et al., 2010).

 

Imágenes culturales

La reorientación turística que supone la perspectiva señalada, rentable en estos territorios, implica la resignificación de espacios, actividades y artefactos que a partir de su patrimonialización son convertidos en bienes demandados genérica o concretamente, esto es, recursos. Este proceso requiere de una primera selección interesada, en función de los actores que intervienen en el mismo, orientada a una tipología concreta de consumidores, y de una segunda etapa de simbolización en la que se significan o se resignifican nuevamente sus atributos culturales para generar la "imagen construida" (Santana, 2009). Sus elementos constituyentes se presentarán como icónicos o emblemáticos de un contexto dado. De modo que podemos estudiar las dinámicas de patrimonialización de los entornos ruralizados desde la perspectiva de la construcción de "imágenes culturales" sobre dichos territorios (Rodríguez, 2002). Las imágenes construidas podrán coincidir con la imagen que las poblaciones locales tengan de sí mismas y de su entorno —imagen propia— (Santana, 2009), pero por lo general se lleva a cabo una adecuación-(re)invención de los significados sobre los que se asientan, orientada a la captación de una demanda determinada según los distintos intereses.

Bienes y espacios cotidianos así transformados en productos representativos, constantemente construidos y readaptados en función de sus consumidores. En la mayoría de los casos el valor de cambio será el que oriente las estrategias de selección de los elementos culturales que se consideren dignos de constituirse como los identificadores simbólicos de un destino. En este sentido, las modalidades de turismo con base en la cultura y la naturaleza parecen influir en el fomento de técnicas de marketing basadas en la sostenibilidad (Rodríguez, Santana y Díaz, 2010) que inciden en la diferenciación de ciertos elementos supuestamente vinculados a valores tradicionales, ecológicos, naturales, etc., a partir de los cuales el espacio adquiere una nueva rentabilidad.

Esto puede explicar el auge proteccionista que experimenta en la actualidad la isla de Fuerteventura. Ya se ha investigado sobre los desencuentros entre los colectivos vinculados a los espacios, eventos o utensilios protegidos o por proteger en Fuerteventura (Díaz Rodríguez, 2008 y 2010; Santana, Díaz y Rodríguez, 2010; Santana, Rodríguez y Díaz, 2010; Rodríguez et al., 2010), sin embargo en esta ocasión nos interesa centrarnos en los conflictos de significación que consideramos son el origen de dichos desajustes. Nos basaremos en los procesos de selección y significación de los elementos considerados icónicos o emblemáticos por las poblaciones locales cercanas al área del barlovento de Fuerteventura, donde se lleva a cabo el mencionado proyecto proteccionista por parte de las administraciones locales. En concreto, se analizará la influencia de la reciente reorientación turística del territorio amparada bajo el discurso patrimonialista y de la sostenibilidad sobre dichas significaciones.

 

Contexto de estudio

La isla canaria de Fuerteventura, con 1 731 km2, presenta un carácter desértico, una apariencia relativamente abierta y "vacía", y paisajes volcánicos erosionados. La estructura de la costa es muy variada, destacan sus amplios acantilados en barlovento y extensas playas en sotavento, que aunados a la agradable temperatura que proporciona su clima subtropical oceánico son los aspectos más valorados por los turistas tradicionales (Criado, 1992; Paredes y Rodríguez, 2002; Rodríguez Delgado, 2005; Díaz et al., 2010). Históricamente, sus actividades productivas más relevantes han sido la ganadería caprina extensiva, la pesca artesanal de bajura y el cultivo de leguminosas y hortalizas. Reseñas históricas señalan la importancia agraria de esta isla, que llegó a denominarse "el granero de Canarias" por su volumen de exportación. Hoy sufre un agotamiento del suelo y el acuífero, con un patente abandono que en las últimas décadas ha ido paralelo al desarrollo del turismo clásico de "sol y playa". Estas actividades han dejado una huella patente en el paisaje de la isla. La ganadería se mantiene, aunque ahora predomina la producción estabulada. Las actividades rurales ocupan en la actualidad apenas a 2% de los habitantes de Fuerteventura, mientras que más de 80% de los ocupados trabajaban en hostelería, comercio, turismo, educación y administración —sector servicios—, a los que habría que añadir el gran número de ocupados en el sector de la construcción —otro 10%— (Istac, 2008). El abandono de la estructura productiva histórica de la isla —y un consecuente traslado de estatus, capital y personal— por el auge de la actividad turística y por la fuerte atracción de mano de obra orientada precisamente a ese sector ha influido de manera importante en este fenómeno. Esta circunstancia ha tenido importantes repercusiones en la estructura social de la isla (Ruiz-Labourdette et al., 2010).

La isla se organiza administrativamente en seis municipios, dentro de cuyos límites existen unos 80 núcleos de población dispersos, a pesar de lo cual la isla mantiene su mencionado carácter de territorio relativamente vacío. La evolución histórica reciente revela que el intenso desarrollo turístico que ha tenido lugar en Fuerteventura desde la construcción de los primeros hoteles en la costa de sotavento —El Matorral, Morro Jable y Corralejo— ha provocado cambios relevantes a nivel socioeconómico y socio-cultural en toda la isla (Díaz Pineda, 2010).

Los enclaves turísticos donde se comenzó a fomentar, desde la década de 1960, el turismo de sol y playa que actualmente caracteriza a la isla siguen constituyendo las principales áreas turísticas de Fuerteventura, aunque su dinámica se haya extendido por toda la costa de sotavento. Si bien las características de estas zonas facilitaron la proyección de una imagen turística fácilmente adaptable a los estereotipos propios del imaginario colectivo sobre destinos costeros ideales (Rodríguez et al. , 2010), el interior y barlovento de la isla han sido históricamente considerados sólo como complemento, con lo que se minimizaron los procesos inflacionarios y constructivos sobre el territorio hasta hace menos de una década.

Hoy pueden diferenciarse claramente los efectos que el ritmo de crecimiento de influencia turística ha generado en las entidades de población de la isla (Ruiz-Labourdette et al., 2010; Díaz et al., 2010; Díaz, Santana y Rodríguez, 2010). El contraste entre los grandes espacios ociosos destinados al turismo masivo de sol y playa de la costa de sotavento y los núcleos históricamente "abandonados" del interior y barlovento es especialmente llamativo. El turismo basado en el sol y la playa ha sido desde sus inicios la principal fuente de ingresos de Fuerteventura. Sin embargo, investigaciones recientes (Santana et al., 2010) que citan la teoría del ciclo de vida de los destinos turísticos propuesta por Agarwal (2006) aseguran que durante los últimos años Fuerteventura experimenta un momento histórico en el que comienzan a develarse las dificultades típicas de un destino en estancamiento y, por tanto, con necesidades de renovación. Respaldan estos datos estudios que han analizado la imagen proyectada por este destino (Rodríguez et al., 2010), según los cuales en la isla parece haber una tendencia de reconversión y diferenciación como destino por parte de las administraciones locales, aunque este proceso de renovación no es unánime y está generando contradicciones en las estrategias de selección y significación.

 

Fuerteventura, naturaleza para cuidar y compartir

Fundamentalmente desde 2004 se ha observado por parte de las instituciones locales de Fuerteventura una voluntad de cambio de orientación hacia nuevos modelos turísticos basados en el lema de la sostenibilidad (Díaz Pineda, 2010). Esto se ha reflejado en un repentino incremento cuantitativo y cualitativo de los espacios y elementos patrimonializados de la isla. Si atendemos al proceso histórico de la patrimonialización cultural en Fuerteventura, de 1949 a 1994 se declararon 57 BIC, de los cuales 22 eran prácticamente todos los molinos de la isla, cuya declaratoria respondía a la intención de crear una "ruta de los molinos", que nunca se puso en marcha. En 2002 sólo se declararon las Salinas del Carmen. De 2005 a 2008 se inscribieron 14 bienes, entre los que llaman la atención las únicas declaraciones de patrimonio inmaterial que existen en Fuerteventura —Romería de la Virgen de la Peña y Fiestas Juradas de San Miguel Arcángel—. Esto indica que en los últimos cuatro años se ha inscrito una cuarta parte de los BIC declarados hasta ese momento, en más de 40 años. Si además atendemos al patrimonio cultural que el Cabildo de Fuerteventura tiene desde entonces inventariado y en gran parte incoado, hay otros 793 bienes a la espera (figura 1).

Encontramos una situación similar respecto del denominado patrimonio natural de la isla. En 1982 fueron declarados los parques naturales del Islote de Lobos y las Dunas de Corralejo. En 1987, tras el Real Decreto 2614/1985 del 18 de diciembre, según el cual se transferían al Estado las funciones en materia de conservación de la naturaleza con excepción de los PN, el resto del patrimonio natural declarado incluyó otros 10 espacios (figura 2).

A éstos habría que añadir los espacios declarados como zona de especial protección para las aves (ZEPA) y como áreas de sensibilidad ecológica según la directiva 79/409/CEE, si bien la gran mayoría se encuentra en el interior de las áreas ya mencionadas. No obstante, a partir de 2004, tras la redacción del proyecto escultórico en la Montaña Tindaya, que por primera vez se estima que puede representar un hito para el desarrollo de otro modelo de turismo, las instituciones locales llegan a la conclusión de que "Fuerteventura, provista de una decena de espacios protegidos bajo diferentes figuras de conservación, constituía paradójicamente un territorio insuficientemente protegido" (Díaz Pineda, 2010: 13) y se propone la idea de implementar la figura de mayor categoría de protección de la naturaleza: un PN, que a su vez constituiría la "zona núcleo" de una RdB. El estudio para el Plan de Ordenación de los Recursos Naturales (PORN) de la propuesta de PN de Fuerteventura está en elaboración desde 2008 y toda la isla fue declarada RdB en 2009 (figura 3).

Todo parece indicar que mediante estos recientes procesos de patrimonialización se intenta proyectar una imagen —complementaria a aquellas enfocadas al turismo tradicional de la isla— acorde con los estereotipos propios del turismo natural y cultural. Los lemas publicitarios tradicionales como "Fuerteventura, la playa de Canarias" o "Fuerteventura, las mejores playas del Atlántico" comienzan a ceder lugar a otros como "Fuerteventura, paraíso natural de los desiertos" o "Fuerteventura, naturaleza para cuidar y compartir":

Con este parque nacional se pretende avanzar en el cambio de modelo de desarrollo de la isla. [...] Este modelo pretende regular actividades tradicionales como la agricultura o la ganadería e impulsar un turismo basado en el arte, la cultura (Díaz Pineda, 2010).

La disposición a materializar la idea data de febrero de 2005 con el empeño del Cabildo en encargar un estudio ecológico donde basar el PORN del futuro Parque. [...] La relación previa entre los científicos que fueron contactados para realizar este estudio y los miembros del Cabildo giró en torno a la actual dependencia económica de la isla del turismo y la complementariedad que habría de tener un modelo de base cultural y de la naturaleza como alternativa al turismo "clásico" (Díaz Pineda, 2010: 11).

Las declaraciones consecutivas conllevan la significación del espacio como un elemento estético fundamentado en la singularidad de unos valores ambientales que hay que conservar. Los significados y las imágenes consuetudinarias, basadas en las vivencias y las prácticas asociadas al territorio, se obvian ante esta nueva perspectiva, a pesar de que por extensión determinadas actividades y artefactos pasen conscientemente a engrosar la lista de patrimonio cultural:

El proyecto, en el plano cultural, posibilitará hacer llegar a todos aquellos que estén en la Isla sus singularidades. En el ámbito económico, contribuirá a posicionar a Fuerteventura "como un mercado de características singulares que no sólo oferte sol y playa sino toda una gama de parques naturales, bienes patrimoniales, zonas rurales y centros de ocio y museos", concluye la consejera (Europapress).

 

Resignificaciones posicionadas

Las poblaciones de Fuerteventura mantienen diferentes posiciones frente a la dinamización de los procesos de patrimonialización y el desarrollo de nuevas modalidades de turismo vinculadas a ellos. Éstas pueden sufrir importantes cambios culturales a corto plazo ante la creación de una imagen. No obstante, esto no puede atribuirse siempre y exclusivamente a los efectos de la patrimonialización ni del turismo, ni implica la concepción de estos habitantes como simples sujetos pasivos del cambio. Los discursos locales no son estáticos, sino un hecho dinámico que se transforma influido por multitud de elementos contextuales que se intercalan estratégicamente en el acervo cultural de estas poblaciones. Puede suceder que cuando los anfitriones tienen que convivir en su cotidianidad con determinados discursos o patrones de imagen, éstos terminen por ser aprehendidos hasta el punto de que los nuevos valores se inserten en las estrategias de reproducción social (Santana, 1997). En este caso nos interesa indagar sobre las transformaciones en la manera local de concebir el entorno por la influencia del discurso patrimonialista y turístico.

El cambio discursivo al que inducen estas lógicas, entre otros factores, no se produce de la misma manera en todas las poblaciones de un mismo territorio, se abre un abanico de posibilidades que abarcan desde su absorción total, o la adopción de determinados conceptos, hasta su total rechazo. Ninguna de las opciones implica estaticidad en las significaciones locales. Dada la complejidad de este objeto, nos centraremos en los núcleos de población más cercanos al área propuesta como PN, que coincide con aquellos menos "turistizados" y donde es más patente la patrimonialización natural del entorno y la proyección sobre ellos de una imagen acorde con los estereotipos del turismo de naturaleza.

La nueva imagen de sostenibilidad impuesta exógenamente bajo criterios de cientificidad colisiona en ocasiones con las lógicas locales. El resultado de la nueva reinterpretación del espacio conlleva una nueva selección y resignificación de bienes emblemáticos en la que se prescinde en gran medida de la implicación eficiente de las poblaciones locales, que no dejan de ser agentes activos en los procesos de significación de un territorio cotidiano para ellos. Estas discordancias simbólicas entre las lógicas científicas y las lógicas nativas, por tanto, van más allá del mero hecho de estar a favor o en contra de la protección ambiental. Se basan en un sentimiento de trivialización de los discursos patrimoniales percibido como una agresión a su imagen propia. Además, la asimilación de unos bienes y unos significados concretos frente a otros implica la asunción de la legitimidad de unos grupos frente a otros en la gestión del territorio (Cortés y Quintero, 2008).

Es que estos españoles son imbéciles... Es que todas estas normativas las ponen tíos que no son ni de aquí ni de Canarias, que no entienden, no saben ni para dónde van los tiros. Claro, ponen dos biólogos y porque tienen una carrera de biólogo ya se lo saben todo. ¡Y no saben ni cuándo pare una lapa! (vecino de El Cotillo, 48 años, 2009).

[¿Qué opina usted del PN?] Que no está bien eso. Para mí no está bien. Porque ¿qué sacamos los majoreros que hemos vivido siempre de estos animales [las cabras] de que pongan un parque? ¿Y para dónde van los animales? Eso tienen que quitarlo. Esas montañas no valen para parque. ¿Para tenerlas de vistas? (vecino de Tefía, 75 años, 2009).

Los conflictos de legitimación sobre la capacidad de decidir unos usos u otros del territorio dado, como se ha dicho, reposan sobre una significación diferencial del entorno y hacen patentes los distintos valores que fundamentan la representación del mismo. Estas disonancias suelen ser más evidentes entre las poblaciones locales que han ocupado —vivido, trabajado, etc.— históricamente el lugar y los nuevos agentes exógenos que, obviando las implicaciones de las representaciones locales sobre su ambiente, imponen las propias. Una de estas nuevas perspectivas la ha traído consigo el turismo. En la isla de Fuerteventura podemos asumir que existe un repertorio muy variado respecto de la actitud de los nativos frente a los turistas. Sin embargo, ya sean agentes o colectivos con sentimientos eufóricos o antagónicos hacia ellos, 50 años de contacto continuo y prolongado con la peculiar manera de mirar de los turistas (Urry, 1990) y de imágenes proyectadas para captar a este tipo de consumidor han contribuido en la modificación de la forma de observar su entorno, visto ahora en gran medida a modo de escenario. Esta circunstancia suele ser común y ha sido documentada en múltiples contextos turísticos de prolongada interacción entre visitantes y anfitriones (Cortés y Quintero, 2008; Santana, 1998). Tampoco hay que olvidar que los propios agentes locales van generando su propia "imagen orgánica" (Gunn, 1972; Fakeye y Crompton, 1991) a través de la información indirecta sobre diferentes lugares, incluido aquel donde viven —ahora destino turístico—, a la que cada individuo accede por múltiples vías y que influye en la configuración de su conjunto mental de estereotipos, aparte del hecho de que ellos mismos son turistas y están influidos por la atracción de cosas y lugares hacia las que se nos orienta a mirar de forma genérica y distanciada como turistas:

[¿Cuáles son las zonas de El Cotillo que son más importantes para usted?] El Cotillo está bien porque tiene unas playas muy buenas, unas de las mejores playas que tienes yo creo que son éstas, estas zonas del faro y todo eso para allá. Esta zona aquí de la playa y de ahí... para hacer hoteles debajo de esas montañas... todo eso es precioso. [...] Tienes aquella playa, tienes la de aquí, la playa era del águila... Todo eso, sí, y Esquinzo, Jarugo... todo eso son unas playas muy buenas. Hay unas zonas para turistas muy buenas (vecino de El Cotillo, 67 años, 2009).

Betancuria es uno de los pueblos más antiguos de Fuerteventura, muy pequeñito y muy verde. Y luego están las playas, que son inmensas (vecino de Tindaya, 42 años, 2008).

No sólo eso, sino que esa misma lógica turística con la que han aprendido a convivir, tras años de explicaciones por parte de unas administraciones que argumentan mediante un discurso patrimonialista la delimitación de usos o la organización del territorio, acaba por ser asumida por las poblaciones locales, quienes adaptan sus categorías para legitimar su posicionamiento ante un territorio que les es cada vez más ajeno. Así sus vivencias y su entorno pasan a ser algo "tradicional", "antiguo", "típico" que hay que mantener, porque además es rentable para el turismo:

Tenemos una asociación de vecinos, y esto lo está llevando un abogado, un hombre que es el que lleva todo lo de Lanzarote y yo creo que lo de todas las islas. [...] Ahora el gobierno dice que hay que mantener las cosas que tengamos, las cosas tradicionales... Entonces se encarga éste de decir: "No, es que tenemos que mantener lo antiguo, tenemos que mantener lo típico como lo tenemos" (vecino de Majanicho, 72 años).

Que haya un orden y tal me parece bien. Pero que dejen eso [pequeña aldea de antiguos pescadores incompatible con la ley de costas y el PN] [...] Es que el turismo, realmente, viene a ver estas cosas. No vienen a ver apartamentos y a ver... ¡de eso están cansados! Y es verdad. Yo voy a la península y no voy a ver grupos de apartamentos, no voy a ver hoteles. Voy a ver cosas antiguas y voy a ver cosas que más o menos llamen la atención, que se vean (vecino de Majanicho, 72 años).

Los conceptos patrimonialistas a los que los agentes locales se han ido habituando —naturaleza, biodiversidad, peligro de extinción, etc.— pasan a formar parte de los discursos cotidianos que tratan de legitimar el poder de los grupos sociales en la toma de decisiones. Poco a poco, estas lógicas se imponen y transforman la manera de seleccionar y significar lugares tradicionalmente evaluados en función de las vivencias y prácticas, y paulatinamente se hace patente cómo las perspectivas ecológicas y los valores ambientales cobran protagonismo a la hora de caracterizar y juzgar el territorio:

Lo que no pueden hacer es hoteles, hoteles, hoteles. Hacer una masificación de todo esto de hoteles y cosas así, pues como que no. Tienen que dejar muchos campos libres. [...] En El Cotillo, por ejemplo, iban a hacer muchos hoteles grandes. Entonces los ecologistas se lo han derrumbado. Porque eso afectaría mucho a la marina, a la fauna, a todo eso. Por ahí hay muchas aves. Aves que ya están en peligro de extinción, como puede ser la avutarda, como pueden ser los guirres y cosas de éstas. Entonces, si se hacen hoteles ya desaparece todo eso (vecina de El Cotillo, 52 años, 2008).

Estas lógicas oficiales son incorporadas estratégicamente a los discursos locales para legitimar sus posturas y sus expectativas o posicionarse en contra de otras. Así, las recreaciones sobre espacios ordinarios que implican la modificación o prohibición de determinados usos como derechos de paso, marisqueo, pastoreo, etc., se traducen en actitudes de contestación por parte de unas poblaciones que, además, no se sienten involucradas en la toma de decisiones. La lógica nativa justifica la transgresión de las nuevas normativas bajo el amparo de los mismos argumentos de sostenibilidad ambiental en los que se basaron las decisiones oficiales. Las prácticas locales deben mantenerse dado que es beneficioso para el medio ambiente. La legitimidad de las decisiones tomadas por la administración es cuestionada por el hecho de no haber tenido en cuenta a las poblaciones como conformadoras históricas de su territorio, incluidas todas las virtudes ambientales que ahora se pretenden proteger:

Yo hubiera "cerrado ventanas", como decimos nosotros [...] cierro un lado, abro otro, cierro un lado, abro otro... Y así se van reproduciendo. Pero ¡¿todo?! [prohibir el marisqueo en toda la isla]. Ya verás que se acaba pudriendo. Porque no vale para nada. Lo que están haciendo no vale para nada. Ellos dicen que sí, pero... para mí, e igual que yo otros profesionales, igual que muchos viejos, dicen: "qué va, eso, olvídate, que como no la abras y limpies la zona para que vuelva a reproducir, no. Nunca más". [...] Antes la limpiábamos en verano, no limpiarla del todo, pero sacábamos. Y en invierno, con los malos tiempos, con dos meses o tres se volvía a reproducir todo (vecino de El Cotillo, 42 años, 2009).

Este espacio está muerto, porque no hay cultivo, no hay nada, y lo que le da vida al pájaro y a las aves es el cultivo. Si se siembra trigo, cebada, legumbre, tienen de dónde comer. Pero [con el PN] no vas a poder ni quitar un mato. ¿Qué es lo que come un ave? Un mato (vecina de Tindaya, 40 años, 2008).

Tanto científico y tanto estudio y no se dan cuenta de que la lapa se muere si no la cogen. Cada vez están saliendo más arriba y con el sol que da en los riscos se achicharra y se muere. Que les pregunten a las personas que han ido a la mar desde pequeño que son los que verdaderamente saben del tema. [...] No estoy a favor del marisqueo indiscriminado, pero más que un favor le estamos haciendo una putada porque cada vez hay más marisqueo ilegal (Fuerteventura Limpia, 2008).

Otro factor relevante es el hecho de que el discurso patrimonialista es cada vez más respaldado por turistas que perciben ciertos espacios, actividades y objetos desde la perspectiva de la autenticidad ambiental o cultural, con base en parámetros aprendidos, como los conceptos de "sostenibilidad" o "responsabilidad". La actitud de estos actores y la visibilización de estas circunstancias puede a su vez condicionar la manera local de seleccionar y significar cuestiones que les son propias, y llegar incluso a favorecer la promoción identitaria al reforzar las identificaciones y las simbolizaciones autóctonas sobre determinados referentes y la manera personal de situarse ante ellos. El turismo y las dinámicas patrimonialistas pueden convertirse así en un importante instrumento de validación de la singularidad y la distinción (Wood, 1998), si actúa como un catalizador de la conciencia de la población y promueve nuevos procesos de identificación colectiva (Hernández Ramírez, 2006) a partir de la aparición de nuevas perspectivas exógenas que se interesan por determinadas dimensiones de sus "especificidades" culturales.

 

Conclusión

Los procesos de reconversión y diferenciación de Fuerteventura como destino acorde con los estereotipos del turismo natural y cultural están basados en la progresiva introducción de un discurso patrimonialista que supone una lectura sobre el territorio, la ecológico-ambiental, en la que se minimiza el papel protagonista de las poblaciones locales en la conformación del mismo. Los aspectos socioculturales siguen quedando a menudo fuera de la planificación y gestión de este tipo de intervenciones. Los análisis habituales suelen estancarse en la clasificación socioeconómica de las sociedades implicadas para determinar los usos posibles como medida de conservación de la naturaleza o adecuación a las demandas turísticas. En estas actuaciones predomina una visión parcial sobre la cultura o sobre los ecosistemas y obvian las interconexiones de fenómenos entre estos sistemas y sus posibles efectos socioecológicos. La legitimación de unos usos sobre otros es asumida como la modificación de unas prácticas productivas entendidas como meras actividades prácticas, más o menos intercambiables, que acarrean inconvenientes ambientales o abren alternativas económicas.

Los desencuentros entre los pobladores autóctonos y las imposiciones exógenas, sin embargo, van más allá de la adopción de unas prácticas como ancestrales o de una cuestión económica. La base de estos conflictos se fundamenta en una incompatibilidad simbólica a la hora de seleccionar atributos y significar un territorio cotidiano. Es de destacar en este sentido la imposición de nuevos paradigmas que resimbolizan el entorno vital de las poblaciones locales desde el punto de vista de la preservación y la sostenibilidad en los discursos locales, agentes activos en la manipulación de signos, a la hora de posicionarse y legitimarse como colectivo digno de formar parte en la toma de decisiones. Los nuevos discursos y actores que ha traído consigo la patrimonialización de sus lugares, prácticas y objetos influyen, no obstante, en la dinámica de las representaciones locales de su entorno.

La visibilización de las representaciones locales es por tanto necesaria en el desarrollo de procesos de patrimonialización. La participación de la población local en la gestión de un proyecto se hace así indispensable al momento de promover el fortalecimiento del socioecosistema global en el que se integra, convirtiéndola en un elemento relevante, lo que contribuiría en su medida a hacer más viable el propio proyecto. La falta de participación no sólo no mejora el nivel de protección deseado, sino que lo debilita y dificulta.

 

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Información sobre los autores

Pablo Díaz Rodríguez es miembro de un equipo de investigación transdiciplinaria de las Universidades de La Laguna, Tenerife, y Complutense de Madrid especializado en investigación ambiental y turismo como aplicaciones de la antropología y la ciencia ecológica. Es licenciado en derecho y en antropología, cursó el máster en investigación social aplicada al medioambiente y es doctorando en estudios medioambientales en la Universidad Pablo de Olavide, Sevilla. Desarrolla trabajos de investigación aplicada relacionados con el turismo, el medio ambiente, los procesos de patrimonialización y sus efectos socioecológicos. Entre las investigaciones recientes en las que ha participado pueden mencionarse el Estudio para el Plan de Ordenación de Recursos Naturales de la Propuesta para el Parque Nacional de Fuerteventura o la Caracterización de la conectividad ecológica en la red de Parques Nacionales, entre otros.

Agustín Santana Talavera es doctor en antropología social, profesor titular en la Universidad de La Laguna, Tenerife, y director del Instituto de Ciencias Políticas y Sociales de la misma universidad. Sus investigaciones se centran en antropología del turismo como parte de los grupos de investigación Turilab y Pescatur. Es fundador y director de Pasos. Revista de Turismo y Patrimonio Cultural (<www.pasosonline.org>). En el campo aplicado desarrolla asesoramiento técnico para instituciones y empresas, diseño de investigaciones, e imparte cursos de antropología y turismo en varios países de Sudamérica, además de España, Italia, Francia y Portugal.

Alberto Jonay Rodríguez Darias es doctor en turismo, máster en gestión turística y licenciado en filosofía. Es director académico de la Escuela Universitaria de Turismo Iriarte de la Universidad de La Laguna, Tenerife, y miembro de un equipo transdiciplinario de investigación de las universidades Complutense de Madrid y La Laguna.

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