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Desacatos

versión On-line ISSN 2448-5144versión impresa ISSN 1607-050X

Desacatos  no.41 México ene./abr. 2013

 

Legados

 

Roque de Barros Laraia y su contribución para la consolidación institucional de la antropología en Brasil

 

Roque de Barros Laraia and his Contribution to Institutional Consolidation of Anthropology in Brazil

 

Luis Cayón

 

Doctorado en antropología social, Universidad de Brasilia, Brasilia, Brasil, luiscayon@hotmail.com.

 

Tal vez el libro de antropología más vendido en Brasil sea un breve texto dirigido al gran público, usado en escuelas secundarias y cursos introductorios a la disciplina llamado Cultura, um conceito antropológico. Publicado inicialmente en 1986, hoy va por su vigesimocuarta reimpresión. Lejos de ser un trabajo cargado de discusiones teóricas y de un lenguaje oscuro, el libro se caracteriza por su accesibilidad y su carácter didáctico, fiel reflejo de las cualidades personales de su autor, Roque de Barros Laraia. Es evidente que la gran acogida de este libro —sencillo en sus pretensiones académicas, pero con el objetivo de ofrecer un panorama inicial y amplio sobre uno de los conceptos clave de la disciplina— por parte de un público que no está limitado a los jóvenes principiantes en las ciencias sociales refleja también el resultado del trabajo de muchos antropólogos en diversos frentes de batalla, que condujo a la conquista de un espacio institucional y académico para la antropología en Brasil durante el último medio siglo. El éxito y la gran difusión de esta publicación han sido un canal de la antropología para llegar al gran público y me parece que representan al mismo tiempo un reconocimiento y una alegoría al dedicado trabajo de Roque Laraia, siempre tras bambalinas, en los ámbitos universitario, de la política indigenista y de la política académica, en los que desempeñó un papel fundamental para que la disciplina consiguiera un lugar destacado y de excelencia en el país. El objetivo de este artículo es mostrar su trayectoria.

 

LOS PRIMEROS AÑOS COMO ANTROPÓLOGO Y LAS INVESTIGACIONES ETNOLÓGICAS

Durante más de 50 años de carrera, Roque Laraia ha cosechado innumerables distinciones y reconocimientos: Profesor Emérito de la Universidad de Brasilia, Presidente Honorario de la Asociación Brasilera de Antropología (ABA), Oficial de la Orden Rio Branco o Comendador de la Orden Nacional del Mérito al Trabajo, entre otros. Sin embargo, su llegada a la antropología fue por azar. Natural de Pouso Alegre, Minas Gerais, el joven Roque Laraia llegó a São Paulo en 1950 con la intención de concluir su educación secundaria. Estudiaba por las noches y luchaba por la subsistencia durante el día. Roque trabajó como cobrador de un laboratorio, luego como reportero policial en un periódico, más tarde como funcionario de un banco y por último como empleado del Instituto de Jubilaciones y Pensiones de los Trabajadores de la Industria, puesto en el que obtuvo un traslado para Belo Horizonte, ciudad donde cursó sus estudios en historia en la Universidad Federal de Minas Gerais.

A pesar de haber cursado una materia sobre antropología física, su interés inicial por la etnología sobrevino con la lectura de Estudio del hombre de Ralph Linton, único libro de antropología traducido al portugués en esa época. Al poco tiempo de terminar la licenciatura, en 1959, y con un puesto casi seguro como asistente de docencia en historia, vio por casualidad un aviso que convocaba alumnos para la especialización en antropología social en el Museo Nacional de Río de Janeiro. Al comprobar que el cupo era limitado y que habría becas para los aprobados, Roque Laraia se presentó como candidato. En 1960, un grupo de seis jóvenes inició el primer curso de especialización en teoría e investigación en antropología social bajo la batuta de Roberto Cardoso de Oliveira. De ese selecto grupo de alumnos surgieron tres referentes para la antropología brasileña: Alcida Rita Ramos, Roberto DaMatta y Roque de Barros Laraia.

Es importante destacar que en 1960 no existía ningún programa de posgrado stricto sensu en antropología en el Brasil y que los cursos de especialización estaban dirigidos a alumnos formados en carreras como geografía, historia, ciencias sociales y psicología. Desde mediados de la década de 1930 había algunas cátedras de antropología en las facultades e institutos de Filosofía y Ciencias, y de Sociología y Política, principalmente en São Paulo y Río de Janeiro, ocupadas por pioneros como Herbert Baldus, Egon Schaden, Gilberto Freyre, Luiz de Castro Faria y Florestan Fernandes, entre otros, o impartidas más brevemente por algunos visitantes ilustres como A. R. Radcliffe-Brown, Claude Lévi-Strauss, Alfred Métraux y Roger Bastide. Años después, la pequeña comunidad de antropólogos que dio origen a la aba en 1955 debatía sobre la necesidad de profesionalizar la disciplina y postulaba que esto sólo sería posible con la creación de estudios de posgrado. Dichos investigadores deliberaban sobre los campos de acción académica, de investigación y de formación de técnicos para resolver problemas prácticos, porque la situación de las sociedades indígenas era dramática. Como resultado crearon los cursos de perfeccionamiento en antropología cultural en el Museo del Indio y de formación de investigadores sociales en el Centro Brasilero de Investigaciones Educacionales, ambos bajo la orientación de Darcy Ribeiro.

La necesidad de estudiar la cuestión indígena y de profesionalizar la antropología iban de la mano, y en ese momento no había nadie mejor para asumir el desafío que Darcy Ribeiro, que había trabajado entre 1947 y 1957 en la Sección de Estudios del Servicio de Protección a los Indios (SPI), órgano indigenista del Estado brasileño fundado en 1910, y conocía por cuenta propia la situación catastrófica por la que atravesaban los indígenas. Darcy Ribeiro intentó ser una voz crítica dentro del Estado, al tiempo que tenía la conciencia de que era necesario formar más investigadores. Por este motivo invitó a Eduardo Galvao y a Roberto Cardoso de Oliveira para trabajar con él en el SPI. Después de su salida, Darcy Ribeiro se dedicó con mayor ímpetu a la docencia y a la política, e invitó al joven Cardoso de Oliveira para ser su asistente en los cursos de perfeccionamiento en el Museo del Indio. Un par de años después, Roberto Cardoso de Oliveira organizó el primer curso en el Museo Nacional de Río de Janeiro, y éste sería el embrión que daría origen en 1968 al primer programa de posgrado en antropología social en la misma institución.

Para el primer grupo de alumnos de Roberto Cardoso de Oliveira, apenas unos años mayor que ellos, el curso fue particularmente estimulante porque incluyó un viaje al campo donde ayudaron a su profesor a recolectar datos sobre los indígenas terena urbanizados. De esta manera los estudiantes se iniciaron en la práctica etnográfica en la época en que el intelecto de Roberto se encaminaba a crear el concepto de "fricción interétnica". Ese recorrido intelectual significó también un cambio de orientación teórica dentro de la etnología brasileña de la época, pues hasta ese momento prevaleció la influencia estadounidense que, bajo el concepto de "aculturación", marcó los estudios de las primeras décadas. A pesar de que Eduardo Galvao y Darcy Ribeiro habían formulado algunas críticas al concepto de "aculturación" —preferían hablar de "asimilación", "acomodación" o "transfiguración étnica" porque tenían la idea de que los indígenas serían irremediablemente asimilados por la nación y perderían sus rasgos culturales—, los planteamientos de Cardoso de Oliveira no se encerraron en un enfoque culturalista, sino en uno sociológico centrado en las situaciones del contacto interétnico, con lo que demostró que los contextos de contacto no alteraban sustancialmente los lazos sociales. De ahí que la pérdida de rasgos o características culturales motivada por el proceso de aculturación no afectara la cohesión étnica. Esto rompió con la idea de que una cultura es un sistema autónomo e hizo visible que lo que debería ser estudiado eran las relaciones sociales. El giro sociológico dado por Cardoso de Oliveira fue inspirado por la antropología social británica y justamente ése fue el principal contenido temático que estudiaron sus primeros alumnos.

Bajo esa influencia, ya con la seguridad de seguir la carrera de antropólogo, Roque Laraia se interesó profundamente por los estudios de parentesco. Una vez finalizado el curso, Roque se convirtió en investigador del Museo Nacional y mantuvo su colaboración con Roberto Cardoso de Oliveira, quien lo incluyó junto a otros discípulos en los proyectos "Estudio comparativo de la organización social de los grupos tribales brasileños" —en el que se acopló el Proyecto Harvard-Brasil Central liderado por David Maybury-Lewis— y "Estudio de áreas de fricción interétnica en el Brasil". El objetivo de estos proyectos era estudiar comparativamente las estructuras sociales de varios grupos indígenas y las posibilidades de las situaciones de contacto interétnico que enfrentaban. Los investigadores intentaban abarcar la comprensión de los grupos indígenas "en dos fases: una, como entidades autónomas y teóricamente 'aisladas' y, otra, como grupos minoritarios progresivamente involucrados por una sociedad mayor dotada de una tecnología más avanzada" (Laraia y DaMatta, 1967: 17). En 1961 y 1962, Roque Laraia hizo sus primeras investigaciones etnográficas entre los suruí y los akuáwa-asuriní, dos grupos de la familia lingüística tupí-guaraní contactados menos de una década atrás y que se ubicaban en el medio Río Tocantins, en la Amazonia brasileña. Esos grupos vivían un momento traumático de desarticulación sociocultural, pues las secuelas del contacto habían diezmado a la población: restaban menos de 40 personas en cada localidad y dos frentes de extracción de castaña los presionaban para transformarlos en mano de obra barata, además de amenazar sus territorios. La crudeza de la realidad vivida por los indígenas confrontó a Roque Laraia con las motivaciones meramente académicas y lo llevó a afirmar:

en el trabajo con grupos indígenas ya involucrados y brutalizados por el contacto y la acción devastadora del hombre blanco, la antropología académica pierde mucho de su sentido. Esto porque el antropólogo no puede dejar de enfrentar un problema que le es puesto en casi todas las conversaciones y acciones del indígena: el del destino de aquella población. En esta circunstancia, los problemas académicos se diluyen, pues ya no se trata de estudiar una forma de organización social o un tipo de intercambio matrimonial, sino de buscar soluciones para los problemas de seres humanos que están testimoniando la desaparición de su sociedad (Laraia y DaMatta, 1967: 21).

Lo anterior no implicaba declinar de los propósitos de la investigación sobre organización social, sino reforzar la importancia del trabajo del antropólogo, expandir las dimensiones de análisis y reflexión y adquirir la competencia para trabajar en dos frentes complementarios: la etnología y el indigenismo. Al mismo tiempo, y más importante, esta reflexión trazaba el camino para iniciar un compromiso político y ético más allá de la academia, para ayudar a remediar la difícil situación de las sociedades indígenas, como veremos más adelante. Desde la perspectiva del trabajo académico, durante esas primeras investigaciones, Roque logró el objetivo doble de estudiar las estructuras sociales de los suruí y asuriní y analizar los efectos del contacto interétnico. Las conclusiones sobre este último problema fueron publicadas en 1967, junto a Roberto DaMatta, en el libro índios e castanheiros. A empresa extrativa e os indios no médio Tocantins.

Hasta el final de la década de 1960, Roque Laraia dedicó la mayor parte de su tiempo a los trabajos de campo y al estudio comparado de la organización social tupí, tema sobre el que publicó varios artículos y realizó su tesis de doctorado en la Universidad de São Paulo en 1972, bajo la orientación de Florestan Fernandes. Aparte de sus datos etnográficos, uno de los grandes estímulos para profundizar en este tema fue la cálida recepción de Fernandes hacia una reseña crítica de Roque sobre el libro de organización social de los tupinambá, originalmente la tesis de maestría de Florestan. Laraia expandió sus investigaciones e hizo trabajo de campo entre los kamayurá del alto Xingú en 1964, revisitó a los suruí en 1966 y trabajó con los urubu-kaapor en 1967. Adicionalmente, recolectó datos sobre indígenas xerente urbanizados para Maybury-Lewis y pasó un año, entre 1965 y 1966, en la Universidad de Harvard como investigador asociado, donde cursó algunas materias de doctorado. Como resultado de los trabajos de esa época, Roque Laraia editó en 1969 el libro Organizado Social, con traducciones de artículos clásicos de Kroeber, Rivers, Hocart, Radcliffe-Brown, Leach y Lévi-Strauss, y hasta 1986 publicó su tesis de doctorado bajo el título Tupi. índios do Brasil atual. Además de sus aportes a la etnología tupí, Roque Laraia escribió el libro Los indios de Brasil como parte de una colección española conmemorativa del quinto centenario de la llegada de Colón al continente.

 

CONSTRUYENDO EN BRASILIA: ENTRE LA UNIVERSIDAD Y LA POLÍTICA ACADÉMICA

En 1969, Roque Laraia era el vicedirector de la División de Antropología del Museo Nacional de Río de Janeiro y recibió una invitación de la Universidad de Brasilia para organizar el Departamento de Ciencias Sociales. La Universidad había sido fundada en 1962 por Darcy Ribeiro, su primer rector, para ser una novedosa referencia educativa en Brasil y encontraba en el escenario de la joven capital, fundada en 1960, el espacio adecuado para la realización de las utopías, con el mismo espíritu que guió el diseño y construcción de Brasilia. Darcy había colocado a su colega Eduardo Galvao a la cabeza del Instituto de Ciencias Humanas —que incluía los departamentos de Sociología, Antropología, Ciencia Política, Historia, Economía y Filosofía—, quien creó a su vez el Centro de Culturas y Lenguas Indígenas (Cecli) y una maestría en antropología. Con el golpe militar de 1964, la Universidad sufrió un impacto profundo, pues en esa época Darcy Ribeiro era el Ministro de la Casa Civil —equivalente al Ministerio de Gobierno o del Interior— del presidente Joao Goulart, y en 1965 el Instituto de Ciencias Humanas fue desactivado. La llegada de la dictadura militar echó abajo el proyecto universitario utópico de Darcy Ribeiro, muchos profesores corrieron en desbandada y dejaron a la Universidad en crisis. Cuando las aguas bajaron, inició el proceso de reorganización, pero bajo cierta vigilancia del régimen militar.

El nuevo Departamento de Ciencias Sociales, del que Roque fue el primer director en 1969, surgió de la fusión de los departamentos de Antropología y Sociología y el de Política. Al anexar el Departamento de Servicio Social se constituyó de nueva cuenta el Instituto de Ciencias Humanas en 1970, también dirigido por Laraia hasta 1976. La estrategia inicial de Roque fue traer nuevos docentes para estas disciplinas. En el caso de la antropología, los primeros profesores fueron Júlio Cezar Melatti, Mireya Suárez y Eurípides da Cunha Dias. Rápidamente cristalizó la idea de abrir la maestría en antropología social y como Roberto Cardoso de Oliveira estaba insatisfecho en el Museo Nacional, Laraia lo invitó a Brasilia para dicho curso en 1972, para lo cual se contó además con el apoyo de las agencias de fomento del Estado brasileño y de la Fundación Ford. Gracias a los esfuerzos de Laraia, poco después se sumaron nuevos docentes: Alcida Rita Ramos, Kenneth Taylor, Klaas Woortman, Peter Silverwood-Coope y David Price. La conformación de este grupo de profesores, la mayoría doctores provenientes de la Universidad de São Paulo y de universidades del exterior, como Wisconsin, Harvard y Cambridge, confirió a la maestría su carácter de excelencia desde el principio. Dado el éxito y la calidad del programa, el cuerpo docente fue ampliado y se instauró el doctorado en 1982. Con los estudios de posgrado consolidados, el Departamento de Antropología fue recreado en 1986, proyecto al que se agregaron nuevos profesores y líneas de investigación. El proceso paciente que condujo a la formación de un centro de excelencia académica en antropología en la Universidad de Brasilia, que hoy es referencia obligada para toda América Latina, se debió en grandísima medida a la capacidad visionaria de Roque Laraia. Alcida Rita Ramos comenta que él, con la solidez de una roca, llevó talentos que se conjugaron para dar origen al que sería uno de los programas de posgrado en antropología más respetables de Brasil:

Si Roberto Cardoso desempeñó el papel de director de esa obra, Roque Laraia fue su productor, el articulador-idealizador del proyecto, pieza clave sin la cual no habría habido el posgrado de antropología en Brasilia, al menos como lo conocemos hoy (Ramos, 1994: 17).

A pesar de las innumerables responsabilidades administrativas en el Instituto y en el Departamento, y la participación intensa y los cargos en diferentes instancias de la Universidad, Roque Laraia no se sustrajo de sus tareas como profesor e investigador. Durante décadas, Laraia fue profesor permanente en la licenciatura y en el posgrado. Dictó cursos sobre organización social y parentesco, ritos sociales, sociedades indígenas e introducción a la antropología, entre otros. A la vez, dirigió gran cantidad de trabajos de conclusión de curso y tesis en diversos campos temáticos, principalmente sociedades indígenas, contacto interétnico, etnicidad, sociedades campesinas, antropología de la salud, antropología urbana y manifestaciones populares. A ello debemos añadir su vasta experiencia como jurado de disertaciones a lo largo y ancho de Brasil, una extensa participación en eventos académicos y científicos y una prolífica producción de artículos que además de la etnología y el indigenismo incluyen reflexiones sobre el quehacer antropológico, los problemas raciales de Brasil, análisis históricos y semblanzas de autores clave en la construcción de la disciplina en el país. Ni siquiera la jubilación, cuyo corolario fue su nombramiento como Profesor Emérito de la Universidad de Brasilia, en 1992, lo ha alejado del trabajo.

La rápida consolidación institucional y el gran prestigio alcanzado por la maestría en antropología social, así como la intensa participación de Roque Laraia en distintas instancias de la Universidad hicieron que su trabajo se articulara con los ministerios y las agencias de fomento educativo y científico del Estado. El Consejo Nacional de Desarrollo Científico y Tecnológico (CNPq) y la Coordinación de Perfeccionamiento de Personal de Nivel Superior (Capes), agencias adscritas al Ministerio de Ciencia y Tecnología y al Ministerio de Educación, respectivamente, fueron fundadas en 1951 con la misión de promover políticas y medios de financiación para el desarrollo científico y tecnológico de Brasil e impulsar la formación de profesionales universitarios y científicos de alta calidad. En la actualidad, ambas agencias ofrecen becas de posgrado, entre otros apoyos. El CNPq financia proyectos de investigación, mientras que la Capes evalúa y coordina los programas de posgrado, lo que las sitúa a la cabeza del sistema educativo y científico.

En 1975, el gobierno militar decretó que la distribución de recursos de investigación y el financiamiento a los programas de posgrado dependerían de las decisiones de la comunidad científica. Por este motivo se constituyeron comités de asesores para cada área en ambas agencias de fomento. Roque Laraia formó parte de esos comités en las áreas de ciencias sociales y antropología desde 1979, cuando fue presidente del Comité de Consultores de Antropología, Filosofía y Servicio Social en la Capes; entre 1984 y 1985, como presidente del Comité de Ciencias Sociales del CNPq, y años más tarde en calidad de miembro de varios comités cuyos alcances llegaban a las esferas más amplias de la política científica del país. Roque también pasó por la presidencia de la Asociación Nacional de Posgrado e Investigación en Ciencias Sociales (ANPOCS) entre 2000 y 2002. La importancia de su trabajo lo ha conducido a ser parte de otros órganos del Estado como representante de la Sociedad Brasilera para el Progreso de la Ciencia en el Consejo Nacional de Inmigración entre 1993 y 2011, o como integrante del Consejo Consultivo del Instituto de Patrimonio Histórico y Artístico Nacional.

La presencia de Roque Laraia junto a otros intelectuales en las agencias de fomento, además de ser determinante en los rumbos que tomaron las investigaciones antropológicas brasileñas, ya fuera escogiendo los proyectos para ser financiados o decidiendo la distribución de recursos entre los programas de posgrado, contribuyó en el diseño y la ejecución de las políticas científicas y académicas de estas agencias. Su trabajo dentro de la política científica fue fundamental para la consolidación institucional de la antropología en Brasil y para su actual visibilidad y reconocimiento, dentro y fuera del país. Aunque esta tarea ardua, técnica y silenciosa de articulación política no sea muy reconocida en general, la labor de Roque Laraia en este campo, atrás del escenario y apostando por la importancia de la disciplina, al igual que su indispensable trabajo en la Universidad de Brasilia como idealizador y profesor, ha sido clave para garantizar la calidad de la formación de varias generaciones de antropólogos brasileños y extranjeros.

 

EN LOS LABERINTOS DE LA POLÍTICA INDIGENISTA

Los indígenas siempre han sido un grave problema para el Estado brasileño. Desde la implementación de las políticas indigenistas, a comienzos del siglo XX, se pensaba que los indígenas debían incorporarse gradualmente a la "comunión nacional", como labradores o campesinos por ejemplo, y que mientras se llegara a ese punto se les garantizaría el derecho a vivir según sus tradiciones y a la posesión colectiva de sus tierras. Ésa fue una de las motivaciones para crear el SPI en 1910, órgano estatal que también tendría que dedicarse a tutelar todo el proceso de integración de los indígenas a la "comunión nacional", así como a "pacificar" a los grupos que iban siendo contactados por los frentes de expansión de la sociedad nacional. A pesar de que se buscaba "proteger" a los indígenas, los principios que orientaban estas políticas se basaban en una larga lista de preconceptos, como los de "salvajismo","inferioridad mental" o "pereza endémica" de los indios. Los funcionarios del SPI consideraban que lo normal era "civilizarlos". Conforme los frentes de colonización se adentraban en las profundidades de Brasil, los contactos con nuevos pueblos sirvieron para nutrir a los periódicos con un sinnúmero de historias sensacionalistas que mostraban la ferocidad de los indígenas y la barbarie en aquellas tierras alejadas, lo que corroboraba todas las ideas preconcebidas sobre ellos: los indios de aquí, de allá y de acullá eran caníbales brutales, mataban y raptaban mujeres y niños pequeños, decapitaban trabajadores. Muchos de esos relatos hacían que el SPI llegara a una región para intentar la "pacificación" de esos "indios bravos" que impedían el éxito de los frentes de expansión, pero mientras eso ocurría innumerables expediciones punitivas masacraban a los indígenas y los contactos esporádicos, a veces únicamente con mercancías, diseminaban epidemias.

En las décadas de 1950 y 1960 la situación era caótica para los indígenas. Como se dijo, la aba fue fundada en 1955 y buscó desde el comienzo trabajar por la cuestión indígena.1 En la medida en que la comunidad antropológica crecía, las opiniones de los antropólogos contrarrestaron parte de la imagen degradante que la prensa sensacionalista había difundido sobre los indígenas. Y eso también sirvió para que las opiniones de los antropólogos comenzaran a ser tomadas en cuenta dentro de la estructura del Estado. A pesar de que el paso de antropólogos como Ribeiro, Galvao y Cardoso de Oliveira por el SPI no hubiera rendido grandes frutos políticos, fue el antecedente para lo que ocurriría más adelante. En medio de un mar de corrupción, el SPI fue extinguido y en su lugar se creó en 1967 la Fundación Nacional del Indio (Funai), actual órgano indigenista estatal. Aunque las prácticas de la tutela indígena heredadas del SPI se enraizaron en este órgano, su estructura administrativa supuso cambios significativos. En sus primeros años, la Funai fue dirigida por un consejo directivo compuesto por personas con experiencia directa con los indígenas, como Roberto Cardoso de Oliveira y Roque Laraia como su suplente, en 1968 y 1969, entre los antropólogos. Desgraciadamente los miembros de ese consejo fueron sustituidos por otros que ignoraban la cuestión indígena y le hacían juego a los deseos desarrollistas gubernamentales. El gobierno militar del general Emílio Médici (1969-1974) elaboró el Plan de Integración Nacional, que promovió grandes proyectos, como la construcción de la Carretera Transamazónica. En aquellos años, la increíble movilización de trabajadores y colonos produjo un gran impacto para los territorios y los pueblos indígenas, muchos de ellos no contactados, y el trabajo de los frentes de atracción de la Funai se intensificó, al igual que la inyección de los recursos económicos del Estado para coronar esa misión con éxito. Para el gobierno, los indígenas eran un gran obstáculo para el desarrollo de la nación y sólo se presentaban tres alternativas para ellos: integración, asimilación o extinción.

En 1972 se realizó en Brasilia el Séptimo Congreso Indigenista Inter americano, cuyo presidente fue el insigne antropólogo mexicano Gonzalo Aguirre Beltrán. En dicho Congreso, que contó con Roque Laraia como uno de sus organizadores y en el que la delegación brasileña fue encabezada por el ministro de la Casa Civil, se discutieron acciones eficientes para remediar la situación de los indígenas porque, entre otras cosas, el gobierno militar estaba siendo acusado desde el exterior del genocidio de los indígenas. Esto obligó al régimen a tomar más en serio la cuestión indígena y para ello designó al general Ismarth Araújo de Oliveira como presidente de la Funai. El general Araújo nombró un Consejo Indigenista en el que abrió espacio para los especialistas: Roque Laraia quedó como miembro titular en representación de la Universidad de Brasilia de 1975 a 1982.

Las discusiones eran muy complejas en el seno del Consejo Indigenista. Los antropólogos intentaban convencer al gobierno militar de que la "asimilación" no era viable y que era posible que los indígenas se integraran a la sociedad nacional sin perder aspectos importantes de su cultura, como la identidad étnica. Hoy esto puede parecernos obvio, pero en aquella época era toda una utopía, como señalara Roque en uno de sus artículos de la época (Laraia, 1976: 14). Al mismo tiempo, los integrantes de la aba debatían sobre la cuestión indígena y sus directivos enarbolaban las banderas del reconocimiento de los derechos indígenas y de sus territorios. Roque Laraia fue miembro del Consejo Científico de la aba entre 1976 y 1980, secretario general entre 1982 y 1984, director de 1988 a 1990 y presidente de dicha institución entre 1990 y 1992. Esto significa que la participación de Laraia en el Consejo Indigenista de la Funai estaba articulada con la militancia política pro indígena de la aba. Su posición privilegiada dentro del Consejo Indigenista era una de las vías para que la voz de los antropólogos y sus discusiones a favor de los indígenas llegaran a las altas esferas del Estado.

La dictadura militar inició un proceso de apertura hacia la sociedad civil en 1978, y el general Ernesto Geisel, presidente de la república, propuso la emancipación de los indígenas, porque en ese entonces no eran considerados ciudadanos. Los antropólogos se opusieron al proyecto. En efecto, la iniciativa era una trampa mortal para los indígenas porque implicaba la transformación de las tierras colectivas en tierras individuales. Así, las tierras indígenas dejarían de existir y sus habitantes quedarían a merced de nuevas violencias promovidas por invasores, especuladores y terratenientes. Este proyecto causó impacto en la sociedad civil y produjo una gran movilización de apoyo hacia los indígenas. Al trabajo de los antropólogos se sumaron abogados y juristas aliados con la causa indígena. De esa manera, el proyecto fue derrotado en una votación interna del Consejo Indigenista de la Funai. Esta conquista para la causa indígena llevó a la Fundación a crear "criterios de indigenidad" para determinar quién era o no indígena a comienzos de los años ochenta. Esos criterios eran estrictamente biológicos y pretendían atender a características físicas —como la presencia de la "mancha mongólica"—, pero la aba desplegó una campaña para echar abajo esa tesis con argumentos científicos. Los años que Roque Laraia pasó en el Consejo Indigenista de la Funai fueron muy complicados y logró sobrevivir en un mar infestado de tiburones. A finales de los años setenta, los representantes de la dictadura en la Funai interpusieron un abismo entre esa institución y los académicos, a los que consideraban subversivos potenciales, y pasó por encima de ellos cada vez con más intensidad y frecuencia. Sobre ese periodo, Alcida Rita Ramos afirma:

Roque Laraia, por amor al arte, continuó exponiéndose en ese campo enemigo al participar, mientras fue posible, de esa arena que le era totalmente hostil. Lo que se debe preguntar de la actuación de Roque en aquel contexto no es lo que él logró hacer, sino lo que él logró que no se hiciera (Ramos, 1994: 20).

La década de los ochenta fue de efervescencia en Brasil, no sólo por las movilizaciones sociales que condujeron al fin de la dictadura militar, sino también por la formación de la Asamblea Constituyente. Para los indígenas fueron años cruciales, muchos de sus líderes se visibilizaron y llevaron sus reivindicaciones a diversos lugares del mundo. Varios antropólogos los ayudaron en tal propósito, además de publicar artículos en periódicos y aparecer en entrevistas de radio y televisión. La aba trabajó con vehemencia y todos ellos, junto a los juristas aliados, lograron establecer articulaciones políticas con miembros clave de la Constituyente para sacar adelante algunos artículos favorables a los indígenas en la Constitución de 1988 que acabaron con la tutela y que reconocían sus territorios, sus culturas y su autonomía. De este modo, décadas de trabajo indigenista rendían sus frutos.

Con la finalidad de cumplir con los procedimientos para el reconocimiento de las Tierras Indígenas, la Funai fortaleció su sector de asuntos agrarios, contrató técnicos y antropólogos para llevar a cabo los estudios a partir de los cuales se iniciarían los procesos de demarcación y regularización de los territorios y que serían finalizados con la homologación de los mismos por parte del gobierno. Desde la vigencia de la nueva Constitución se demarcó aproximadamente 70% de las Tierras Indígenas actuales, que equivalen más o menos a 11% del territorio brasileño. En 1999, Roque Laraia fue invitado a dirigir el sector de asuntos agrarios de la Funai. Se sintió con la responsabilidad moral de aceptar el encargo después de pasar prácticamente 40 años inmerso en la política indigenista y criticando la actuación del órgano estatal. Su estancia fue corta, apenas de nueve meses, tras lo que tuvo que asumir interinamente la presidencia de la Funai durante menos de un mes. La lección que le dejó esta experiencia fue que el deseo no basta. Al tener bajo su dirección todo lo relacionado con la protección y demarcación de las Tierras Indígenas vio, con desilusión e impotencia, que el personal era muy reducido para responsabilizarse de casi 580 Tierras Indígenas y que el presupuesto del Estado era totalmente insuficiente, pues, la verdad, no tenía interés en asumir y reivindicar los derechos indígenas y creaba trabas burocráticas insuperables. Además de esto, al examinar la situación indígena una década después de la nueva Constitución, pudo constatar de primera mano que luego de haber participado con muchos colegas en una larga cruzada para revertir cinco siglos de expoliación, el reconocimiento de las Tierras Indígenas había sido escaso frente a otros efectos del contacto, porque en muchos lugares, así existiera la tierra, el hambre continuaba acechando a muchos indígenas, y los terratenientes y otros invasores no habían cesado sus violencias contra ellos. Aunque estas conclusiones de Roque Laraia sobre la situación indígena sean melancólicas, también llaman la atención a las nuevas generaciones de antropólogos para continuar con la difícil tarea de reivindicar los derechos indígenas.

La infatigable y polifacética trayectoria profesional de Roque Laraia demuestra que nuestro campo de actuación es muy amplio y que siempre se requiere de figuras como él que realicen actividades en diversos frentes y sepan "estar presentes" (Melatti, 1994) en los lugares y tiempos ciertos para ejercer su influencia positiva en los acontecimientos. En su caso, sus actuaciones académicas y políticas contribuyeron de gran manera a la institucionalización de la antropología en Brasil, en áreas de acción diversas, y evidencian que hay antropólogos que pueden dejar como legado no grandes obras académicas o conceptos teóricos, sino instituciones y políticas de calidad que beneficiarán a varias generaciones. Con la sencillez y modestia que lo caracterizan, antes de sumergirme a indagar en su trayectoria, Roque respondió de la siguiente manera a mi pregunta de cómo concebía su legado: "Creo que logré hacer algunas contribuciones en la política científica y en la política indigenista".

 

Referencias bibliográficas

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Nota

1 En sus orígenes, la antropología brasileña sólo se preocupaba por los indígenas, pues la sociología se encargó de la cuestión racial, pero ese escenario se transformó con el paso de los años. Durante la dictadura militar, la sociología fue estigmatizada porque se le atribuyó un potencial subversivo, mientras que la antropología no fue perseguida, justamente porque se creía que trabajaba únicamente con indígenas. De cierta forma, esta percepción errónea de los militares permitió que la antropología cumpliera su trabajo de militancia política sin muchos obstáculos.

 

Información sobre el autor

Luis Cayón es profesor becario de la Coordenação de Aperfeiçoamento de Pessoal de Nível Superior del Departamento de Antropología de la Universidad de Brasilia. Obtuvo el grado de doctor en antropología social por la misma universidad en 2010. Desde 1995 ha realizado varias investigaciones de campo entre los indígenas makuna de la Amazonia colombiana, trabajando principalmente los temas de chamanismo, cosmología, relaciones sociedad-naturaleza y formación de la persona. Sus intereses de investigación son la etnología de las tierra bajas sudamericanas y el indigenismo comparado.

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