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Desacatos

versión On-line ISSN 2448-5144versión impresa ISSN 1607-050X

Desacatos  no.25 México sep./dic. 2007

 

Testimonios

 

Una aventura inolvidable. El huracán Emily en el estado de Quintana Roo

 

An Unforgettable Adventure: Hurricane Emily in Quintana Roo

 

Lucía Guadalupe Matías Ramírez

 

Centro Nacional de Prevención de Desastres, México-Distrito Federal. lgmr@cenapred.unam.mx.

 

A principios del mes de julio de 2005 la temperatura del mar comenzó a incrementarse. En el océano Atlántico se observaron albercas de agua cálida superiores a 30°C, así como humedad en la atmósfera, condiciones necesarias para la formación de los ciclones tropicales, que se conocen como un sistema atmosférico en el cual el viento circula en sentido contrario a las manecillas del reloj en el hemisferio norte.

Durante la noche del 10 de julio de 2005 se formó la depresión tropical número 5, localizada a 1 240 km al suroeste de la Guyana Francesa, y un día después ya se había convertido en la tormenta tropical Emily, con una presión central de 1003 mb y vientos mayores a los 70 km/h.

El día 13 alcanzó la categoría 1 en la escala de huracanes Saffir-Simpson. En ese momento, la comunidad científica estaba atenta al meteoro debido a la similitud del pronóstico de su trayectoria con la del huracán Gilbert de 1988, que ocasionó severos daños. En las imágenes de satélite las bandas nubosas del huracán presentaban una configuración de espiral. Cuando el ojo del ciclón ya estaba definido, Emily se encontraba a 2 900 km de las costas de México.

Sin embargo, el ciclón incrementaba la velocidad de sus vientos y disminuía la presión central; se desarrollaba en un huracán muy peligroso. El día 16, a las 19:00 horas, se ubicó a 880 km al sureste de Cancún, Quintana Roo, donde alcanzó su máxima intensidad con vientos cercanos a los 250 km/h y una presión de 929 mb. La velocidad de desplazamiento era de 32 km/h y alcanzó la categoría 5, la más alta en la escala de huracanes. Sin embargo, el Centro Nacional de Huracanes de Miami oficialmente lo dejó en categoría 4 (figura 1, p. 214).

Debido al peligro que se pronosticaba en México, el Centro Nacional de Prevención de Desastres (Cenapred) designó a dos expertos en fenómenos hidrometeorológicos, el doctor Óscar Fuentes y quien esto escribe, para ir a la ciudad de Cancún y observar el comportamiento del huracán Emily, así como sus posibles efectos en Quintana Roo. Esta visita fue para nosotros una gran experiencia que nos permitió vivir de cerca el comportamiento de un ciclón tropical.

El día 16 de julio, a las 8:45 horas partimos rumbo a la ciudad de Cancún. El arribo fue a las 11:00 horas. El aeropuerto estaba lleno de gente, se caminaba con dificultad y la incertidumbre prevalecía entre los turistas extranjeros que deseaban salir de Cancún. Sin embargo, en el avión nos acompañaba una familia de portugueses integrada por doce personas, que pretendía pasar sus vacaciones en ese sitio. No tenían idea de lo que sucedería. Cuando logramos salir del aeropuerto, en el trayecto hacia el hotel nos percatamos de que el cielo se veía azul y sin nubes; no había manifestación alguna del ciclón.

Los medios de comunicación notificaban cada seis horas que Emily se dirigía a las costas de México, principalmente a Quintana Roo. Difundían, además, las recomendaciones sobre qué hacer en caso del impacto de un ciclón tropical, así como la lista de los lugares que se utilizarían como refugios temporales y el número de personas que podían alojar.

Ese mismo día por la tarde se reunieron en la ciudad de Chetumal representantes de las secretarías de estado y autoridades. Los medios de comunicación sólo tenían una preocupación: la posibilidad de que el huracán impactará en Quintana Roo y en qué lugar, pero la gente se preguntaba si Emily sería igual que el huracán Gilbert de septiembre de 1988.

En la televisión se presentaban cada hora comerciales que explicaban el Sistema de Alerta Temprana para Ciclones Tropicales (Siat-CT), es decir, las acciones que deben seguirse en cada color de la alerta durante las etapas de acercamiento y alejamiento. A la programación habitual se incorporaba un recuadro con la trayectoria pronosticada del ciclón y los lugares que posiblemente serían afectados, principalmente en los dos canales locales, que no dejaron de transmitir en ningún momento, salvo cuando Emily derribó la antena receptora de uno de ellos.

En un recorrido por el centro de la ciudad observamos que la gente hacía compras de última hora; los estacionamientos de las grandes cadenas de supermercados estaban completamente llenos. A las 15:00 horas el ambiente era de expectativa, como si se estuviera llevando a cabo un partido de futbol entre los equipos de América y Pumas. Dos días después estuvimos en una tienda, en la que el área de alimentos ya estaba vacía.

Horas más tarde caminamos hacia un supermercado cercano a nuestro hotel. Compramos algunas botellas de agua y nos conectamos a Internet. Deseábamos conocer el último reporte del Centro Nacional de Huracanes de Miami. Así nos enteramos de que el ciclón se acercaba a la costa de Quintana Roo. También los extranjeros, principalmente estadounidenses, entraban a la tienda para hacer uso de Internet. Algunos nos preguntaban la hora y el sitio de impacto del huracán. Estaban muy tranquilos e intercambiamos algunas palabras sobre lo que pasaría en Cancún si es que entraba el ciclón. Su idea era esperar a que el meteoro pasara para regresar a las playas. En la entrada de la tienda había un cajero automático, el cual fue protegido con tablas y plásticos, al igual que las ventanas del negocio.

Entre las medidas de prevención más importantes que se tomaron estuvo el toque de queda en la isla de Cozumel a partir de las 15:00 horas del día 17. Sin embargo, más tarde esta orden derivó en un resguardo total de la población. La suspensión de los traslados en ferry se dio a partir de las 14:00 horas, debido a que éstos debían resguardarse en Belice y en el puerto de Veracruz. Las noticias confirmaban que en las próximas horas Emily azotaría las costas de Cozumel.

Por la mañana del 17 de julio realizamos un recorrido para observar las condiciones del mar antes del impacto del huracán. Llegamos hasta el puente que atraviesa la laguna de Ninchupte, donde las ramas de los árboles se movían, el mar presentaba un color café y en el cielo se observaron algunas aves que volaban en círculo para buscar las algas que flotaban en el mar (figura 2).

A las 17:00 horas el mar estaba furioso y el color café era más oscuro, el viento soplaba con fuerza y el cielo se iba tornando gris con muchas nubes del tipo cumulu nimbus. Una hora más tarde se presentó una lluvia intermitente, sin llegar a chubasco, que duró sólo unos minutos.

Mientras, en la ciudad de Cancún se presentaban algunas de las bandas nubosas del huracán y el mar levantaba olas de más de dos metros de altura. Para este momento, en la zona hotelera se habían tomado medidas preventivas; entre ellas, la protección de las ventanas con maderos y cinta adhesiva y la reasignación de habitaciones a todos los huéspedes cuyos cuartos estuvieran cerca de la playa. Asimismo, en el paseo Kukulcán las autoridades del municipio habían decidido retirar los semáforos para que el viento no los arrancara y lanzara como proyectiles. Lo mismo sucedió con algunas señales de tránsito. Los teléfonos de monedas fueron protegidos con plástico (figura 3).

A las 19:00 horas el viento y la lluvia se sentían con mayor intensidad y el mar se movía con mucha fuerza. El cielo estaba totalmente oscuro por la nubosidad de Emily, algo inhabitual para esta hora, debido a que en un día normal todavía se puede observar luz natural. Dos horas más tarde fuimos a la playa: el mar estaba tan agitado que los dueños del hotel prohibieron el acceso. Subimos a nuestros cuartos para conocer las últimas noticias del huracán.

A las 22:00 horas llamaron a la puerta. Era una persona del hotel que estaba entregando una veladora y una caja de cerillos, como precaución, por si se cortaba la energía eléctrica. Mis vecinos de cuarto preguntaban qué ocurría. Se notaban preocupados; me dirigí a ellos para tranquilizarlos y decirles que el huracán pasaría rápido y que el viento se calmaría. La señora, de origen salvadoreño, preguntó si la veladora era para rezar el rosario. De esa manera reaccionó la mayoría de la gente.

Durante el paso del huracán la energía eléctrica jamás se cortó, pero el gerente del hotel pidió a todos los huéspedes cuidar el recurso y sólo utilizarla para lo más indispensable. Como el uso de computadoras portátiles no se considera indispensable, cargué las baterías de las dos que yo llevaba. Minutos más tarde la imagen de la televisión se perdió e intenté buscar la señal de cable, pero ésta tampoco funcionaba, por lo que decidí bajar al lobby para estar presente durante el impacto de Emily (figura 4).

En el lobby caminé de la entrada principal hacia el muelle; cuando venía de regreso escuché cómo el viento rompió el cristal de la puerta que comunicaba a la playa. Fue un ruido intenso y los huéspedes de las habitaciones cercanas salieron de inmediato. El personal de seguridad del hotel decidió aislar la zona con una cinta amarilla y colocar señales de peligro cerca de ésta.

Las autoridades del hotel daban varias rondas para evaluar el estado de las instalaciones. En el lobby platiqué con los dueños —el señor y la señora Neri-García—, personas muy amables que me relataron sus experiencias durante otros huracanes. El más grave que habían vivido fue Gilbert en 1988. La señora Mercedes recordaba aquel momento y en su rostro se observaba la angustia, mientras miraba su bella lámpara de cristales de varios colores que se tocaban unos con otros como si fuera un instrumento musical.

De repente, algunos huéspedes salieron de sus cuartos y permanecieron en la sala del primer piso. Estaban muy inquietos por el sonido que provocaba el viento, por lo que decidieron alejarse y permanecer en el lobby. Una joven estadounidense intentó acompañarme hasta la entrada principal para tomar fotos y observar cómo las palmeras del bulevar se movían como si fueran de hule. El viento era tan intenso que había momentos en que las palmeras se doblaban hasta llegar al piso y luego se enderezaban en su posición original.

A medianoche, y según los pronósticos, Emily estaba a punto de entrar a tierra. Tratamos de llegar al mirador del hotel pero el viento no nos lo permitió. Había que sostenerse de un muro o una palmera para no salir proyectados. Cuando alcanzamos el último escalón fue imposible seguir, así que sólo pude escuchar que el mar golpeaba con fuerza la playa y todo lo que encontraba a su paso. El sonido era tan intenso que parecía el rugido de un animal; al menos algo parecido, porque no hay palabras para describirlo. Las palmeras de la playa se doblaban a tal grado que golpeaban la estructura del hotel. La precipitación era del tipo de llovizna. Se sentía muy fría sobre el cuerpo y cuando llegaba al rostro parecía como si alguien nos golpeara. El viento era muy fuerte; decidí quitarme los lentes para no perderlos, y así fue como intenté observar la furia de la naturaleza.

Mi compañero de viaje trataba de filmar todo, pero el viento era fortísimo. Con una mano tomaba la cámara y con la otra se sostenía del muro. Hubo un momento en que observé sus pies levitando. Le dije que debíamos retirarnos. El viento ya era demasiado intenso y no podíamos mantenernos en pie, por lo que regresamos al lobby. Él comentó que después de tres ocasiones de esperar un huracán, ésta era la primera que se encontraba en el lugar correcto. Era tal su asombro que deseaba permanecer más tiempo, pero cuando sintió la fuerza del viento decidió no exponerse y regresar al lobby. Justo cuando subíamos las escaleras, la lluvia se intensificó. Tratamos de correr para protegernos, pero la rama de un árbol cayó cerca de nosotros, así que nos detuvimos un momento y después seguimos caminando.

Al llegar al vestíbulo observé que la mesa de la recepción había sido desplazada por el viento del huracán. Esa mesa muy pesada tenía un tapete que la protegía y que también fue movido. A la 1:00 del día 18 de julio, el personal del hotel fue a inspeccionar las instalaciones y tuve la oportunidad de acompañarlos. Notamos que se habían caído algunas ramas de los árboles cerca de la playa y el mar seguía embravecido. El viento todavía soplaba intensamente, a tal grado que si uno estaba de pie sentía que el piso se movía. En el estacionamiento había caído un árbol y el techo de un cuarto estaba a punto de desprenderse. La gente del hotel trató de asegurarlo.

El viento sopló con gran fuerza durante una hora. A las 2:00 horas, el huracán se había ido de Quintana Roo para internarse en el estado de Yucatán.

Durante la mañana del 18 de julio tuvimos una lluvia intermitente y en el bulevar de Kukulcán algunas palmeras se encontraban tiradas. Las únicas personas que podían pasar eran las de Protección Civil, que recorrían aquellos sitios bloqueados. Sin embargo, nosotros teníamos la inquietud de salir y verificar lo sucedido en las calles y en la playa, pero las autoridades del hotel no nos lo permitieron hasta que las autoridades lo indicaran. El gerente informó a los huéspedes que no tendríamos servicio en los cuartos, debido a que el personal había decidido irse a sus casas para estar con su familia durante el huracán. Así, todos tuvimos que cooperar y limpiar las habitaciones. Una situación similar se presentó en el área del comedor debido a la falta de personal en la cocina.

A las 10:00 horas decidimos hacer un recorrido por la playa, pues si lo hacíamos por el bulevar las autoridades nos llamarían la atención y, por más identificados que estuviéramos, seríamos reprendidos debido a que el acceso a la zona hotelera estaba restringido. Pudimos observar algas marinas de color oscuro, conocidas como sargazo, que cubrían gran parte de la playa (figura 5).

En ese momento aún no había acceso a los automóviles, así que caminamos y fue lo mejor, pues así pudimos detenernos en cualquier lugar y tomar fotografías.

Logramos observar que el campo de golf estaba inundado, que había algunas bardas dobladas o caídas y encharcamientos, los cajeros automáticos estaban sin servicio. De repente llovía y en momentos cesaba. En la laguna había muchas personas pescando. Me acerqué y noté que en una cubeta había pescados de gran tamaño. Los pobladores aprovecharon al máximo para sacarlos con poco esfuerzo y poder venderlos.

En playa Langosta no se observaron cambios en el perfil de la playa, tan sólo algunos cristales rotos de las ventanas de los hoteles. Continuamos el recorrido, pero ahora por el bulevar. Frente al Centro de Convenciones nos percatamos de las pequeñas inundaciones, que provocaban que el tránsito de los pocos vehículos fuera lento por momentos. Al mediodía logramos ver que pasaban camiones y decidimos tomar uno que nos llevó hasta playa Delfines. En este sitio nos percatamos de que no éramos las únicas personas. Había mucha gente curiosa como nosotros, deseosa de observar el mar. Como científicos nos interesó prestar atención al comportamiento del huracán en la playa, mientras que algunas personas entraban al océano para surfear, ya que es mar abierto. El oleaje era de metro y medio cerca de la playa, es decir, peligroso. Así lo señalaban las banderas rojas. Esta playa no sufrió daño alguno y sólo se notaron algunos depósitos de arena cerca de las bardas de los hoteles, que en algunos casos llegaban a la altura de las regaderas donde se encuentra la llave para quitarse la arena de los pies y entrar a la alberca del hotel Hilton (figura 6, p. 219).

Comenzó a llover y corrimos hacia un club privado. La sorpresa que nos llevamos fue que no podíamos permanecer en dicho lugar. Los agentes de seguridad nos pidieron abandonar las instalaciones, a pesar de que nos identificamos como personal de la Secretaría de Gobernación, por lo que tuvimos que salir bajo una fuerte precipitación acompañada de viento. Cuando llegamos a la esquina de esa propiedad, la brisa era fuerte y levantaba arena de la playa que, al combinarse con la lluvia, golpeaba nuestros rostros. Jamás me había sentido tan pesada debido a la arena en la ropa y las botas. Cada vez que daba un paso era muy difícil dar el otro.

Por fin llegamos a la parada del camión, que pasó inmediatamente. Con suerte encontramos lugar, ya que estábamos en la tercera parada. Íbamos empapados; logramos sentarnos y desde ahí tomé algunas fotografías, por ejemplo, de los encharcamientos en plaza La Isla. En plaza Caracol el tránsito se volvió más lento debido a que había trabajadores cortando las ramas de los árboles que obstruían el camino. Los trabajos de limpieza fueron suspendidos por la lluvia, por lo que varios obstáculos permanecían sobre la avenida y el camión tuvo que librarlos. Cuando llegamos al hotel nos cambiamos la ropa rápidamente para no enfermarnos. Fue en vano, pues después padecí un tremendo resfriado.

La mañana del 19 de julio comenzó nuestro viaje por la Riviera maya con nuestros compañeros de la Secretaría de Gobernación. Llevamos todo el equipo de trabajo, GPS, cámaras de video y digital y, por si acaso, llevé una cámara digital extra. Ya habrán escuchado el refrán, "mujer prevenida vale por dos". Con todo listo partimos a los sitios planeados y en la carretera observamos anuncios espectaculares de material plástico enrollados en su base, como medida preventiva, mientras que los de lámina fueron dañados o doblados.

Algunos postes de energía eléctrica fueron derribados por la fuerza del viento; otros más, cortados a metro y medio de su base. La vegetación estaba destrozada o arrancada. Nuestros compañeros de viaje nos contaron que un día antes el paisaje era diferente. Los postes de energía eléctrica estaban tirados por todos lados. Pudimos comprobar la rápida respuesta de la Comisión Federal de Electricidad para reactivar la energía en Playa del Carmen.

El siguiente punto sería la estación de gasolina que se encontraba a 10 km de esta localidad. Lo impactante en este sitio fue ver cómo las tomas de gasolina habían sido arrancadas y el techo colapsado. Además, había dos vehículos atrapados y deshechos por el viento. Uno de ellos fue desplazado hasta estrellarse con un muro de la tienda (figura 7, p. 221).

Continuamos nuestro viaje y llegamos al centro turístico de Puerto Aventuras, similar al de Playacar. El acceso estaba restringido, pero mis compañeros de la Secretaría de Gobernación hablaron con los encargados y pudimos entrar. En el centro nos recibió el administrador y nos contó que tuvieron que evacuar las habitaciones del hotel doce horas antes de la llegada del meteoro. También señaló que este centro turístico fue el más afectado. Después de casi 48 horas del impacto de Emily, la población carecía de energía eléctrica y agua potable.

Algunos ocupantes de la zona hotelera se nos acercaron y nos comentaron sus experiencias; entre ellos, los dueños de los condominios contiguos, que lo habían perdido todo. Cabe mencionar que se trata de gente de alta posición económica, que sólo utilizan sus apartamentos durante el periodo vacacional. Los dueños de los yates anclados en este muelle contaron que es un puerto de abrigo y que cerca de diez buques solicitaron resguardo durante el huracán. En ese momento observamos un buque cubano y diez embarcaciones menores; sin embargo, nos contaron que este lugar resguardó a más de 50 barcos. Ahí notamos que el nivel del mar había subido un metro, según la marca de agua en algunos postes. También nos percatamos de que los techos de algunos condominios fueron arrancados por el viento, además de las palmeras derribadas, las albercas llenas de agua de mar y escombro, vidrios rotos, techos destruidos e, incluso, un barco que había encallado en el mar días antes y que había sido desplazado hacia tierra firme por la fuerza del huracán. Los medios de comunicación publicaron que el huracán lo había traído de mar abierto (figura 8, p. 221).

En la playa había estructuras que pesaban media tonelada aproximadamente y que fueron desplazadas cinco metros hacia el mar. También hubo socavamiento de cimientos de algunas estructuras, caída de antenas y de cables de energía. Nos percatamos de que había condominios con cortinas anticiclónicas para proteger las ventanas y puertas, que van del techo al piso. Como era de esperarse, los departamentos que contaban con ellas no sufrieron daños. Asimismo, observamos que todos aquellos que tenían protección estaban localizados, en su mayoría, en la planta baja, mientras que los del primer piso carecían de éstas, por lo que los primeros no sufrieron afectaciones, mientras que los segundos, debido al viento y la lluvia, sufrieron daños. Las personas del lugar nos comentaron que el costo de las cortinas anticiclónicas es aproximadamente de mil dólares.

La gente nos confirmó que nadie permaneció en el lugar, salvo el gerente, quien nos comentó que los vientos fueron intensos y que sólo pudo escuchar la furia del mar que trataba de entrar al continente. Jamás había vivido un huracán tan intenso, debido a que la zona turística es relativamente nueva, quince años aproximadamente.

Las autoridades de este centro nos informaron que el poblado de Puerto Aventuras, donde viven los trabajadores del hotel, había sufrido los mismos estragos. Observamos postes de luz y teléfono caídos, algunos techos colapsados y arrancados. La gente del lugar estuvo pendiente de nuestra presencia y nos solicitaron que se llevara a cabo una campaña de la Secretaría de Salud en el sitio, con la finalidad de vigilar algún brote de dengue debido a los encharcamientos en las calles del pueblo.

En las poblaciones de Akumal y Bahía de Puerto Príncipe nos percatamos de que los vientos habían soplado de la tierra al mar, pues los postes tenían una inclinación diferente a los anteriores. Esto significaba que el ojo del huracán Emily había pasado por ese lugar. En Xel-Ha y Punta Allen los daños se debieron al viento y eran muy similares a los de Punta Fátima.

Finalmente llegamos a Tulum; cinco kilómetros al sur de las ruinas arqueológicas nos internamos en la zona de playa, donde hay varios hoteles de tipo ecoturismo. Algunos sólo tienen cuatro habitaciones. El lugar debe ser un paraíso, pero en ese momento mostraba un panorama triste y desolador. Solicitamos permiso al dueño de uno de estos establecimientos para platicar de su experiencia. Éste había regresado para cuantificar los daños de su negocio. La sorpresa más grande con la que se encontró fue el cambio en el perfil de la playa, que se había extendido algunos metros más. Nos explicó que los árboles estaban antes cerca de la costa y ahora quedaban lejos del mar.

Además, había algunas fallas en los cimientos de las estructuras de los hoteles. Ésta era la primera vez que estaba en Tulum; lamentablemente las condiciones no eran agradables, pero no perdí la oportunidad de tomar fotografías y con ello verificar que algunos techos del tipo maya de las viviendas habían quedado en pie, como ocurrió con Isidore (2002) en Yucatán (figura 9, p. 223).

De regreso a Playa del Carmen observamos que la calle que había sufrido problemas severos fue la Quinta Avenida, donde hay hoteles y comercios. Algunos perdieron sus cristales y barandales. Sin embargo, la actividad turística estaba restablecida en casi 70%; el ferry de Playa del Carmen a Cozumel funcionaba sin problemas.

En los restaurantes cercanos a la costa se llevaban a cabo los trabajos de limpieza necesarios para abrir lo más pronto posible. En este lugar la playa no sufrió daños severos, sólo algunas rocas quedaron al descubierto. La central de autobuses fue la más afectada, al perder todos sus vidrios debido a su estructura metálica. Los encharcamientos eran mínimos y sólo había acumulación de escombro y basura. La gente comentaba que las colonias El Pedregal y Solidaridad, pertenecientes al municipio de Solidaridad, habían sufrido daños mayores y que hasta el momento no habían recibido ayuda (figura 10, p. 223).

En este sitio nos interceptaron las cámaras del noticiario TeleVisión, del canal 10 del estado. Como representantes del Cenapred nos pidieron una entrevista. Las preguntas fueron dos: ¿cuál era la posibilidad de esperar otro huracán de la categoría de Emily ?, y ¿de qué forma repercutiría el impacto de Emily en el estado de Quintana Roo? Tras dejarnos pensar la respuesta, iniciaron con la filmación en vivo. Muy firme en mi contestación, respondí la pregunta que le tocaba a mi compañero y él contestó la mía.

Para el 20 de julio la situación en la zona hotelera estaba restablecida al 100%. Todos los establecimientos estaban abiertos y en las playas había afluencia turística, así como en los comercios. Antes de despedirnos, mis compañeros de la Secretaría de Gobernación mencionaron que en el mercado de artesanías del centro de Cancún se vendían unas playeras con la leyenda "Sobreviví al huracán Emily", por lo que no perdí la oportunidad de conseguir una (figura 11).

 

Información sobre la autora

Lucía Guadalupe Matías Ramírez. Geógrafa y maestra por la Universidad Nacional Autónoma de México (UNAM), misma que le otorgó el premio Gabino Barreda. Actualmente es candidata a doctora en geografía ambiental (riesgos naturales). Ha participado en trabajos de investigación sobre desastres, en particular acerca de los ciclones tropicales, tema sobre el cual ha realizado diversas publicaciones. También ha impartido clases de climatología en la licenciatura en geografía de la UNAM y desde 1999 colabora con el Centro Nacional de Prevención de Desastres, en la subdirección de riesgos hidrometeorológicos, institución que le otorgó un reconocimiento especial por su labor sobresaliente en el año 2000.

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