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Desacatos

versión On-line ISSN 2448-5144versión impresa ISSN 1607-050X

Desacatos  no.22 México sep./dic. 2006

 

Legados

 

Joaquín Galarza, el científico y el hombre: su legado a México y a la humanidad

 

Miguel Ángel Recillas González

 

Candidato a maestro en antropología por el Instituto de Investigaciones Antropológicas de la Universidad Nacional Autónoma de México, México-Distrito Federal. mir6866@yahoo.com.mx

 

Hablar del etnólogo Joaquín Galarza representa un reto por lo monumental de su obra y sus aportes en el campo del conocimiento del mundo indígena, por lo que aquí sólo nos asomaremos a las ventanas que nos permiten incursionar en el vasto universo de sus contribuciones en el área disciplinar de la antropología, particularmente en lo referente a las culturas mesoamericanas y a la población indígena de la época colonial y actual. No obstante, su legado no sólo se restringió al ámbito académico; su calidad humana también fue parte de lo que compartió con quienes tuvimos la posibilidad de estar cerca de él y nunca la desvinculó de su labor de investigación. La ética científica fue uno de los principios básicos que heredó a las generaciones actuales y venideras de estudiosos de códices que siguen su línea teórico-metodológica.

Para hacer una revisión sucinta de lo que Galarza legó al conocimiento del pasado y del presente de los mexicanos resulta importante mencionar los principales pasos de su trayectoria académica, pues ello permite identificar y reconocer cómo en diferentes medidas y momentos ésta contribuyó a la conformación de sus propuestas de análisis teórico-metodológicas en torno al estudio de los códices mexicanos o manuscritos pictográficos indígenas tradicionales.

Joaquín Galarza nació en San Luis Potosí, México, el 2 de octubre de 1928. Su conocimiento de la lengua francesa le permitió —tras haber obtenido la maestría y el doctorado en letras en la Facultad de Filosofía y Letras de la Universidad Nacional Autónoma de México (UNAM)— continuar sus estudios en París, donde obtuvo el diploma superior de bibliotecario. Trabajó en el ejercicio de esta profesión en la Biblioteca Nacional de París1 con el fondo mexicano, lo que le proporcionó el primer contacto con los códices resguardados en ella. Después desempeñó el puesto de bibliotecario especializado en la Biblioteca del Museo del Hombre. Ambas experiencias fueron fundamentales porque le despertaron el interés por el estudio de la etnología con el fin de acercarse más al contenido de los documentos indígenas. Obtuvo el doctorado en etnología en la Universidad René Descartes, Sorbona, y posteriormente el doctorado de estado en letras y ciencias humanas en la Escuela de Altos Estudios en Ciencias Sociales en Francia. Para conseguir estos grados desarrolló dos tesis sobre documentos coloniales: Lienzos de Chiepetlan, en la que estudió documentos del estado de Guerrero; y Codex de Zempoala, manuscrito indígena del Estado de Hidalgo, México. En estos trabajos cimienta las propuestas metodológicas para el estudio de los códices, convirtiendo estos tratados en dos clásicos fundamentales para el estudio científico y exhaustivo de la escritura tradicional azteca.

 

ENFOQUE ETNOLÓGICO

El principal y más conocido aporte de Galarza es el estudio de los códices desde un enfoque etnológico, que lo llevó a plantear y proponer un método científico para el desciframiento y lectura de los manuscritos indígenas tradicionales, cuyos resultados sirvieron de base para la teoría de la escritura azteca, en particular, y mesoamericana en general, así como para la continuación de los estudios sistemáticos y contrastables por él mismo y por otros investigadores.

Al coincidir con Karen Dakin en un congreso en la década de 1990, ella le hacía notar cómo lo que él planteó desde los años 1960, cuando coincidieron las primeras veces en reuniones académicas, era impensable para los investigadores de la época; es decir, hablar de los códices como producto de una escritura. No obstante, el avance en el estudio sistemático de los manuscritos que él planteó y realizó, junto con el avance logrado por los investigadores que fueron sus discípulos, ha tenido tal desarrollo que, en la actualidad, muchos estudiosos que antes se mostraban renuentes han aceptado por lo menos la forma de referirse a los códices como manuscritos indígenas tradicionales, término propuesto por Galarza a partir de su hipótesis en la que considera las pictografías mesoamericanas como una escritura basada en la imagen codificada.

Uno de los aportes más relevantes de su perspectiva etnológica consistió en plantear, como punto de partida del análisis, el objeto mismo como un todo coherente y autónomo. Es decir, los manuscritos pictóricos indígenas tradicionales o códices poseen una organización interna determinada por composiciones plásticas de elementos gráficos que obedecen a una convención artística, producto de la cosmovisión azteca en particular, y mesoamericana en general. Cabe destacar que a mediados del siglo pasado, en el estudio de estos documentos predominaba la perspectiva y la aplicación de parámetros de la historia del arte e iconografía europeas que, por razones obvias, ponían en desventaja a la plástica mesoamericana.

Desde su enfoque, el planteamiento fue tomar como punto de partida del análisis el objeto mismo y los signos plasmados en los manuscritos pictóricos indígenas tradicionales o códices como un universo de significación coherente y autónomo, producto de una convención artística en la que la imagen indígena desempeña diferentes funciones de acuerdo con la cosmovisión del pueblo que les dio origen. Por lo tanto, había que considerar el estudio de la imagen mesoamericana como un texto susceptible de un análisis sistemático y detallado en el marco de la cultura que la creó, desde la concepción del espacio plástico derivado de su visión del mundo, hasta los conocimientos contenidos y plasmados por medio de este complejo sistema de comunicación gráfico-sonoro, como lo denominaba Galarza en los últimos años. El estudio de los manuscritos así concebidos se propone lograr un acercamiento a los diferentes aspectos de la cultura —la lengua, la visión de mundo, sus conceptos y forma de simbolizar— procedentes de sus raíces ancestrales más profundas, todo ello inferido a partir del análisis y el conocimiento de su sistema de comunicación gráfico.

La formación etnológica de Galarza retomó algunas bases de las formulaciones de Marcel Mauss, que le hace considerar a los pueblos indígenas como grupos humanos cuya mentalidad colectiva rige sus actos y producciones, estructurándolas de una forma específica, sistemática y coherente que es susceptible de conocerse y de formular las reglas o leyes que la rigen. Por lo tanto

Para el etnólogo, "lo completo es lo concreto" o viceversa; lo que le interesa es el fenómeno global, en su conjunto, tomando en cuenta todos sus elementos, sin discriminar ni dejar fuera ninguno de ellos. Por esto, aún en el caso de los documentos que se consideran como "falsos", al etnólogo le interesan porque le preocupan y desea conocer por qué tantos pueblos indígenas se reunieron en los siglos XVII y XVIII y se pusieron de acuerdo para elaborarlos, fundando así, como en el caso de los Techialoyan [...] un sistema de comunicación por medio de figuras, dibujos, imágenes, que en una nueva convención plástica con leyes y reglas corresponden a la fijación o transcripción de una lengua (Galarza, s.f.: 10).

La lectura de los documentos debe hacerse entonces en su lengua de origen, a partir de los elementos mínimos de la imagen, "buscando comprender la complejidad de los dibujos como producto de un grupo humano que, además de transcribir sonidos con sus formas y colores, conllevan contenido temático, simbolismo y representación plástica que se sobreponen sin eliminarse" (Galarza, s.f.: 10). Así, como etnólogo se propuso el descifre de la escritura azteca considerando que "es otra manera de llegar a un mismo fin: el estudio del hombre. Sobre todo en México, éste es el medio propicio, necesario para tratar de entender y conocer ciertos aspectos del indígena histórico y del mexicano actual, que se presentan mal interpretados o, peor aún, deformados por el enfoque exterior" (Galarza, 1992:15).

El otro elemento relevante antes mencionado es que al contemplar los manuscritos como un todo organizado, con la lógica de una cosmovisión distinta a la occidental, es posible acercarse a ella desde sus propios términos y diferenciarla de la concepción que dominaba en esa época, basada en la visión europea, en la que "imagen" y "escritura" —entendida esta última como la "escritura alfabética"— son dos series de elementos en las que la imagen depende del texto alfabético para su total comprensión.

Como resultado de las investigaciones realizadas llegó a una conclusión, uno de los aportes principales de esta nueva forma de ver y entender los manuscritos indígenas tradicionales, y que se refiere a las composiciones pictóricas o manuscritos mexicanos como formando "un todo que escapa a la división dicotómica europea de la imagen independiente del texto" (Galarza, 1980:26), pues son una "compleja y curiosa combinación de expresión pictórica mezclada con la transcripción fonética de las palabras de la lengua" (ibid.). Durante siglos los códices habían sido concebidos como producto de un sistema de registro "incompleto" o "incapaz" de ser útil para las necesidades de comunicación humana, porque se creía que a la llegada de los españoles se encontraba en una línea evolutiva semejante a la que siguió la escritura europea, pero en un estadio inferior, idea que limitaba los alcances de la investigación.

Además de este legado —quizá el más importante ya que con base en él se siguen formando nuevos investigadores y realizando proyectos de investigación que han ampliado el conocimiento sobre el tema— hubo otros aportes paralelos, producto del trabajo etnográfico que desarrolló durante la investigación de campo vinculada con el estudio de los manuscritos indígenas. Como Galarza lo señala, su intención en el trabajo de campo no fue la realización de las tradicionales monografías características de los antropólogos, sino el aprendizaje de la lengua considerada más cercana a la que hablaron y escribieron en los códices los antiguos tlacuilos o pintores-escritores. Asimismo, el interés despertado en él por su maestro Andrés Leroi-Gourhan sobre los estudios de las técnicas y tecnología ancestrales impulsaron su labor de recopilación de información y material etnográfico en Santa Ana Tlacotenco (delegación Milpa Alta, Distrito Federal), que hoy es básico para quien se interese en el conocimiento de la cultura del lugar y de gran importancia para los habitantes originarios del pueblo.

La información etnográfica sobre técnicas femeninas se enfocó principalmente en los tejidos, que obtuvo al vivir en el poblado y descubrir, con sorpresa, que estas técnicas aún existían:

Al llegar a Santa Ana Tlacotenco nunca pensé que existieran allí todavía, en 1971, artesanías tradicionales [...] Poco a poco, debajo de los percales, rebozos y chales industriales pude distinguir fajas para enredos, cintas para el peinado, blusas tejidas y bordadas de chaquira, puntas de cintas [...] El telar de cintura y urdimbre con "palitos" clavados en el suelo o fijos en un urdidor de madera [...] Las tejedoras conocen de memoria los motivos y no poseen cuadernos de modelos o muestrarios. Les prometí que les haría uno, por eso espero que esta publicación les sirva para ese fin (Galarza, 1996: 1-2).

Sobre las técnicas masculinas referentes al trabajo del campesino —como la agricultura del maíz, el maguey, el nopal y otros cultivos— obtuvo información en lengua náhuatl y en español que publicó en la obra Tlacotenco Tonantzin Santa Ana. Tradiciones: Toponimia, técnicas, fiestas, canciones, versos y danzas, junto con otros materiales.

Al vivir en los pueblos conoció muchos elementos de la cultura viva que le permitieron acercarse más al contenido de los manuscritos, lo cual fue uno de los motivos para su registro. Ejemplo de ello es lo que encontró en los tejidos relacionado con la visión indígena plasmada en los códices:

Aunque no faltan los motivos geométricos, la mayor parte de la inspiración de los dibujos procede de la observación de la naturaleza, principalmente de los seres vivos: humanos, animales y vegetales. La "vista" es múltiple: de planta, de perfil y, lo que es más sorprendente, en corte perpendicular. Así, pueden verse todas las partes constitutivas de flores y frutos. En estos elementos plásticos podemos encontrar semejanzas con las "imágenes" aztecas de los códices que me ayudaron a entender algunos aspectos del complejo espacio plástico tradicional (Galarza, 1996: 2).

Su trabajo etnográfico también motivó a los pobladores del lugar, principalmente a los mayores, que se interesaban en preservar su cultura. Trabajó particularmente cerca con Carlos López Ávila, reconocido por él y por los miembros de la comunidad como un sabio. Con este trabajo mostró que era posible establecer la relación "antropólogo-colaborador", en lugar de la tradicional "antropólogo-informante", promoviendo que los conocimientos que poseía Carlos López Ávila sobre la cultura del lugar los escribiera él mismo en la lengua mexicana o náhuatl. El material fue publicado respetando su autoría; paralelamente Carlos López escribía la versión en español de sus textos. En los trabajos que Galarza realizó en colaboración con Carlos reconoció siempre su participación, marcando así lo que sería su forma de trabajo característica, es decir, el reconocimiento de la autoría a la gente que proporcionaba el conocimiento tradicional y de la colaboración de los participantes en los equipos de trabajo que conformó a lo largo de su trayectoria de investigación. Los trabajos etnográficos sobre Milpa Alta quedaron publicados en los cuadernos de la Casa Chata del 50 al 54 y el 149.2

De este modo dejó una modesta pero rica recopilación de material etnográfico de Milpa Alta, con la cual se conformó la colección de tejidos e indumentaria que donó al Museo del Hombre en París y la que se expuso en los pueblos de Santa Ana y de Milpa Alta:

Durante mis estancias en Santa Ana Tlacotenco, de 1971 a 1974, fui adquiriendo enredos, blusas, rebozos, fajas y cintas femeninos así como calzones, camisas fajas, huaraches y sombreros masculinos, para que una pequeña colección representara estas artesanías en el Museo del Hombre de París. Con ellas se montaron dos exposiciones: una en el pueblo (26 de julio) y otra en Milpa Alta (15 de agosto) en las fiestas principales para que las admiraran los habitantes y, sobre todo, las autoras (Galarza, 1996: 1).

El resto de los materiales los conservó en sus diferentes domicilios de México y Francia. Es importante mencionar que la motivación lograda en la gente del lugar los llevó a organizar la exposición "Dos trecenas de turquesa", en homenaje a Carlos López Ávila.

Otra parte del trabajo etnográfico fue la serie de grabaciones de campo de la lengua náhuatl: canciones y versos en la misma lengua y en español, fiestas tradicionales, danzas de los pueblos y fotografías, entre las más importantes.

Con el ánimo de apoyar el desarrollo de la lengua náhuatl y del español, así como de los conocimientos de la gente de la región, Galarza promovió, junto con Carlos López Ávila, la fundación del Centro de Enlace de Educación para Adultos-México (CLEA-México, por sus siglas en francés), organización no gubernamental reconocida por la UNESCO, con sede en Milpa Alta.

El estudio científico que realizó Galarza fue, en algún momento, de utilidad para la defensa de tierras de los pueblos, como en el caso de Santa Anita Zacatlalmanco, en México-Distrito Federal, donde la población se amparó frente a la expropiación de tierras a partir del estudio de un documento suyo realizado por Galarza en París.3 Asimismo, mostró cómo en este pueblo —al igual que en aquellos que tienen documentos en su posesión—, éstos son objeto de rituales y símbolos de identidad, y desempeñan diversos papeles como parte de la cultura viva.

 

EL ESTUDIO DE LA LENGUA NÁHUATL

Otro aporte del trabajo etnográfico en Milpa Alta surgió de la intención de estudiar la lengua náhuatl como lengua viva, es decir, una que sirve para la comunicación en la actualidad y que es utilizada en todas las actividades de la vida cotidiana, de manera que este conocimiento también contribuyera a una mejor comprensión del llamado náhuatl clásico —utilizado en los códices— y para su posterior enseñanza.

Al descubrir el gran vacío que había y hay en cuanto a la enseñanza de las lenguas indígenas en México —no existen métodos modernos para estas lenguas consideradas como lenguas en uso, como sí los hay para las lenguas extranjeras—, impulsó, en colaboración con Carlos López Ávila, una obra que ha sido única en su género: Hablemos náhuatl (I y II) y Conversación náhuatl-español. Método audiovisual para la enseñanza del náhuatl. Estos manuales fueron —y siguen siendo— el único material que considera al idioma náhuatl como lengua viva y que puede ser enseñado a través de medios audiovisuales como una lengua centrada en la comunicación y en la conversación cotidiana.

En la época en que Galarza realizó esta singular propuesta no existían instituciones que se dedicaran a enseñar el náhuatl como lengua viva. Esperemos que con el recién creado Instituto Nacional de Lenguas Indígenas (INALI), la Coordinación General de Educación Intercultural Bilingüe (CGEIB) o la iniciativa del Instituto de Educación Media Superior del Distrito Federal, que sí incluyen como uno de sus objetivos enseñar y preservar esta lengua, esta obra pueda ser retomada para su uso, así como para orientar la elaboración de nuevos materiales con este enfoque.

 

SU OBRA EDUCATIVA Y LA ENSEÑANZA DEL MÉTODO DE LECTURA DE CÓDICES

Los aportes de Joaquín Galarza en el campo educativo y didáctico —además de aquellos relativos a la enseñanza del náhuatl— también son variados. Su experiencia de investigación le mostró que los momentos de ese proceso eran necesarios para el trabajo metódico, pero además, que eran prácticos y con fines didácticos para adentrar a los neófitos en el campo del estudio de la escritura indígena tradicional. Una de las técnicas de enseñanza que formalizó con el paso del tiempo para los seminarios y talleres de investigación que coordinó fueron los registros detallados y sistemáticos en fichas de información obtenida mediante la observación y el desglose de los elementos mínimos que conforman las imágenes de un códice para facilitar su manejo.

Otra técnica de enseñanza instrumentada por él fue el dibujo de cada glifo con todos sus detalles, hasta reproducir el total de los contenidos en el códice, lo que afina y sensibiliza la observación detallada por parte del alumno, ayudándole a comprender la concepción del tlacuilo en los trazos y las recurrencias o variantes en el dibujo.

Un tercer recurso para la enseñanza del método de lectura de los manuscritos indígenas tradicionales fue la elaboración de maquetas con las reproducciones hechas de cada glifo. Esto permitía colocar en tercera dimensión las páginas de un códice, con lo que se revelaba que los elementos colocados en apariencia caóticamente tenían una lógica espacial muy precisa que podía conocerse por medio del análisis plástico y tener acceso, de manera contundente, a la concepción plástica del tlacuilo.

Si bien Galarza inició la reproducción de cada dibujo a mano o con diferentes medios para calcar, posteriormente estas técnicas se modificaron con el empleo de fotocopias y, en sus últimos años de investigación, impulsó el uso de los medios informáticos para mejorar y facilitar la parte técnica del trabajo, crear diccionarios que fueran más manipulables, pero sin perder de vista la parte sustantiva que era el análisis plástico de manera metódica.

Por último, un recurso más que incorporó como indispensable en el estudio de estos manuscritos fue el trabajo de campo y de archivo para contrastar los datos obtenidos en el análisis del códice y para su comprensión. El contacto con los lugares físicos y con las autoridades tradicionales o gente de los pueblos vinculados con los documentos siempre aportaron algo para contrastar y complementar los resultados del trabajo de gabinete.

También elaboró los primeros libros de texto sobre códices para estudiantes de licenciatura, tema que se aborda en el artículo "El estudio de los códices" de Luz María Mohar y Rita Fernández, en este número de Desacatos.

 

OBRA CIENTÍFICA Y DE DIVULGACIÓN PARA NIÑOS

El afán didáctico de Joaquín Galarza le llevó a explicar los resultados de la investigación sobre códices de manera lúdica y didáctica, retomando las técnicas antes mencionadas para los alumnos de licenciatura, pero adaptadas a las posibilidades de los niños. Desde 1981 publicó en tres números de la revista Chispa la misma cantidad de artículos dirigidos a un público infantil: "Un lenguaje en palabras-imágenes", "Para leer náhuatl II" y "¿Quieres leer un códice azteca?"

Basado en esta experiencia de acercamiento a los niños, en 1995 publicó Lectura de códices aztecas para niños. Primera lección y El color en los códices. Segunda lección. Por último, en colaboración con la diseñadora Krystyna M. Libura publicó Para leer la Tira de la Peregrinación, obra que recibió los premios Antonio García Cubas en la categoría Obra de Divulgación Científica, del Instituto Nacional de Antropología e Historia, y el de arte editorial, en el género Juveniles, otorgado por la Cámara Nacional de la Industria Editorial Mexicana, ambos en el año 2000.

Además de las obras publicadas siempre tuvo el interés y el deseo de continuar las obras dedicadas a niños, trasladando a esos materiales el trabajo de maquetas antes mencionado, y aunque no tuvo el tiempo de llevarlo a cabo dejó la idea para su futura realización. Cabe agregar que toda esta producción dirigida al público infantil es con frecuencia consultada y utilizada también por alumnos e investigadores universitarios.

 

EL TRABAJO EN GRUPO

A partir de sus primeros trabajos exhaustivos de análisis de códices se percató de que abordarlo desde esta perspectiva era una tarea monumental que sólo se podría lograr con la formación de grupos de trabajo y la participación de especialistas en distintas áreas del conocimiento. Sólo así se abría la posibilidad de abordar los diferentes contenidos temáticos de estos manuscritos y de los hablantes y especialistas de la lengua indígena en que están escritos.

Así fue como formó equipos de trabajo en México, Francia e Italia, y publicó los resultados de investigaciones con arquitectos, botánicos, lingüistas, arqueólogos, antropólogos sociales, semiotistas, pintores, dibujantes, diseñadores, cineastas, fotógrafos, por mencionar sólo algunos, entre los que se encuentran Jorge González Aragón, Bárbara Torres, Aurora Monod-Becquelin, Keiko Yoneda, Hilda Aguirre Beltrán, Antonio Perri, Cecilia Rossell, Enrique Escalona, Rafael Ruiz, entre muchos más. Hay que destacar que siempre mantuvo las puertas abiertas para cualquier persona interesada en conocer y aprender, y que incluso sin una carrera terminada o cursada podían formar parte de estos equipos como investigadores.

Por último, para retomar la idea planteada al inicio, su legado rebasó el ámbito de lo estrictamente académico pues de su trato y amistad siempre dejaba una enseñanza. Al convivir con él lo que se percibía eran ejemplos de humanidad, de ejercicio de la dignidad en todo momento, de comprensión y tolerancia, la búsqueda siempre de momentos de festejo, tan importantes como el trabajo, ya que éste era parte de la vida, aunque no toda la vida.

En suma, su incesante labor, su prolífica obra y su trabajo científico establecen una escuela y lo configuran como el iniciador de la teoría de la escritura mesoamericana. Habrá quien coincida con ella y quienes no, quienes la apoyen y quienes la refuten, pero nadie puede ignorar que las aportaciones de Joaquín Galarza atañen, como afirmó Umberto Eco, no solamente al estudio de los manuscritos pictóricos tradicionales indígenas, sino que conforman un aporte a la humanidad.

 

Bibliografía

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Notas

1 Actualmente Biblioteca Nacional de Francia (BNF).

2 Véase Galarza y López Ávila, 1982, entre otros.

3 Véase Joaquín Galarza, "Mi encuentro con el Códice de Santa Anita Zacatlalmanco", en In Amoxtli In Tlacatl. El libro, el hombre. Códices y vivencias, 2 ª ed., México, Tava, 1992, pp. 181-200.

 

Información sobre el autor:

Miguel Ángel Recillas. Estudió la licenciatura en etnohistoria en la Escuela Nacional de Antropología e Historia (ENAH), titulado con un estudio sobre el Códice Techialoyan de Cuajimalpa, D.F., dirigido por Joaquín Galarza. Es candidato a la maestría en antropología con orientación en etnología, en el Instituto de Investigaciones Antropológicas de la Universidad Nacional Autónoma de México. Cursó el diplomado en "Educación Intercultural Bilingüe", de la Universidad Pedagógica Nacional, el Centro de Investigaciones y Estudios Superiores en Antropología Social (CIESAS) y la Comisión General de Educación Intercultural Bilingüe. Es miembro de la Société des Américanistes, de París, y del Centro Studi Americanistici "Circolo Amerindiano", de Italia. Ha participado en diferentes proyectos de investigación, entre los que se encuentra el proyecto Amoxcalli, del CIESAS-Conacyt, para la realización del Diccionario de glifos del acervo de códices de la Biblioteca Nacional de Francia. Ha sido profesor titular de "Lectura de códices de tradición azteca-náhuatl" en la licenciatura de etnohistoria en la ENAH, y ha participado en congresos nacionales e internacionales. Ha colaborado en instituciones educativas como el Consejo Nacional de Fomento Educativo (Conafe) y el Instituto Nacional de Educación para los Adultos (INEA).

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