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Desacatos

versión On-line ISSN 2448-5144versión impresa ISSN 1607-050X

Desacatos  no.17 México ene./abr. 2005

 

Legados

 

Recordando al maestro Luis Reyes García

 

Juan Julián Caballero

 

Centro de Investigaciones y Estudios Superiores en Antropología Social-Istmo. jjulian@juarez.ciesas.edu.mx

 

 

Tee Ñuu Yuku Yata.

El tiempo sigue su curso; nada ni nadie osa detenerlo. Lamentablemente quienes vivimos sobre la faz de la tierra "vamos de paso", aunque muy pocos nos damos cuenta de ello. Cuando somos jóvenes vivimos nuestro mundo y nadie se molesta por escuchar al otro, al viejo. Existe como una especie de ruptura entre una generación y otra. Cuando al joven le toca vivir como vivió el viejo, entonces recuerda con melancolía y se pregunta por qué no escuchó cuando se le decía que tenía que comportarse bien ante los demás. En ese sentido, quienes vivimos en otras regiones, lejos de aquellos seres queridos a quienes conocimos en otros tiempos, no nos percatamos de lo que les sucede.

Los primeros días del mes de enero de 2004 estaban transcurriendo con mucha tranquilidad; al menos eso es lo que se supone que estaba ocurriendo. Aquel jueves 22 de enero era como otro día más en el calendario gregoriano cuando súbitamente se difundió la noticia entre los compañeros del CIESAS-Istmo de que el maestro Luis Reyes García había dejado de existir, aquel indio nahua que con tanta pasión propuso y defendió el proyecto de formación profesional de los indígenas mexicanos. La última batalla de su vida fue contra la enfermedad cardiaca que venía padeciendo desde hacía tiempo, a pesar de su fortaleza, fruto de una dieta alimenticia constituida con base en productos naturales y, por supuesto, en el pulque, que abunda por el poblado de Tlatelulco, una comunidad de origen nahua cercana a la ciudad de Santa Ana Chaiuntempan, Tlaxcala, donde el maestro estaba avecindado desde hacía cerca de dos décadas.

Quienes lo conocimos de cerca, primero como alumnos del Programa de Formación Profesional de Etnolingüistas desarrollado en Pátzcuaro, Michoacán, y más tarde en el Centro de Integración Social (CIS) de San Pablo Apetatitlán, Tlaxcala, como parte del cuerpo docente, la noticia nos dejó casi fríos y caló en lo más profundo de nuestro ser. No dábamos crédito de la fatal noticia. Para quien escribe estas notas, aún con las limitaciones de tiempo por la carga de actividades, no era momento de decir NO, había que realizar un esfuerzo por acompañar en el último momento al maestro y, por supuesto, a sus hermanos y hermanas a quienes también conocimos, cuando nos reuníamos a compartir alguna alegría en estos más de veinte años transcurridos.

Quien escribe estas notas arribó a Amatlán de los Reyes, Veracruz, cerca de la media noche del 23 para estar presente en su sepelio que se llevó a cabo a mediodía del sábado 24 de enero. Había mucha gente, entre amigos, conocidos y familiares. Casi en la madrugada del sábado 24 de enero, sus sobrinos, hermana, cuñado y otras personas que se encontraban en la sala principal donde yacía su cuerpo, entre la bruma del humo de copal que se acostumbra en estos casos y que sirve para purificar el cuerpo de quien está a punto de partir a otra vida, súbitamente comenzaron a conversar con él como si estuviera presente ahí, ora reclamándole que por qué regresó a Tlaxcala a morir, ora alabándole que dejaba un mar de amigos con quienes compartió alegrías y consejos. En otros momentos se escuchaban algunas canciones que el maestro solía oír en vida, como "Amor eterno", "Cielito lindo", etcétera.

Todo parece indicar que al maestro Luis Reyes García no le alcanzó el tiempo para terminar muchos compromisos. En su natal pueblo de Amatlán de los Reyes, su casa estaba inconclusa; se quedó a medio construir. Lo curioso es que era el mismo diseño de la vivienda que dejó en Tlatelulco: una casa muy alta y espaciosa en la planta baja; espacio propio para reuniones con amigos y conocidos del mundo de los antropólogos, de los etnólogos y de los historiadores.

Con la desaparición física del maestro Luis Reyes García (el indio nahua, como él se autonombraba), quienes lo conocimos de cerca y que por accidentes de la vida fuimos sus alumnos y posteriormente sus colaboradores en la tarea de formar a otros jóvenes de origen indígena, no podemos sentir en este momento más que nostalgia por la irreparable pérdida de alguien como él que conoció y convivió con dos generaciones de los primeros intelectuales de los pueblos originarios de México: los Etnolingüistas. Desde mi experiencia personal, quiero resaltar aquí al maestro como estudioso del pasado y del presente de los pueblos indígenas, al humanista y, finalmente, al defensor y acompañante de quienes necesitaban de sus consejos.

En su empeño por contribuir en la formación de nuevos dirigentes de sus comunidades de origen, según lo que hemos leído de los estudiosos que se han preocupado por la situación precaria en que aún viven los pueblos indígenas, Luis Reyes junto con otros destacados indigenistas como Enrique Valencia, Guillermo Bonfil Batalla, Mercedes Olivera, Salomón Nahmad, Leonel Durán, Arturo Warman, Teresa Rojas, Stefano Varese, Nemesio J. Rodríguez y otros, se aventuraron a diseñar el proyecto que más tarde se denominaría Programa de Formación Profesional de Etnolingüistas, que por cuestiones políticas sólo tuvo dos generaciones: una en las instalaciones del CREFAL de la ciudad de Pátzcuaro, Michoacán, entre 1979 y 1982; y la segunda en el Centro de Integración Social de San Pablo Apetatitlán, Tlaxcala, entre 1983 y 1987. El maestro Luis Reyes García fue el dinámico e infatigable coordinador del proyecto en ambas generaciones.

En su empeño por formar a sus correligionarios no solamente soportó las críticas y cuestionamientos de sus compañeros antropólogos, etnólogos, lingüistas e historiadores que no son de origen indígena, sino también de quienes ya no se sienten indígenas. Por citar algunos ejemplos, en el marco del foro "Política del lenguaje en México", celebrado los días 13 y 14 de junio de 1980, hubo de todo: desde propuestas para enriquecer el contenido del Programa de Etnolingüistas hasta críticas viscerales como las expresadas por Marcela Lagarde y Daniel Cazés cuando sostenían que con el programa, refiriéndose a los diseñadores del proyecto,

Los intelectuales indigenistas idean la formación de un nuevo tipo de intelectuales orgánicos seleccionados de entre las élites de técnicos aplicadores de la política educativa; nace así, con criterios segregacionistas, una Escuela Nacional de Caciques Ilustrados e Indios Profesionales a la que se ha llamado provisionalmente Programa de Formación de Etnolingüistas... (Lagarde y Cazés, 1980: 168).

Según estos críticos, con la formación profesional de etnolingüistas se estaba preparando a los futuros "caciques ilustrados" para sustituir a los tradicionales que estaban manipulando a sus coterráneos en las comunidades.

Quienes vivimos esta etapa de formación profesional podemos señalar que el maestro Luis Reyes García, así como otro antropólogo de origen purépecha, el maestro Agustín García Alcaraz —autor del libro Tinujei. Los triquis de Cópala—, no sólo estaban preocupados por el desarrollo del programa, sino que ambos conocieron de cerca los vicios arraigados de los jóvenes de origen indígena, es decir, el rostro oculto de los jóvenes. Antes de desaparecer físicamente de este mundo, el maestro Luis Reyes escribió sobre muchos temas y dejó constancia de ello, pero quedaron muchas cosas pendientes: su impresión sobre los hábitos y comportamiento de los cerca de cien etnolingüistas formados bajo su coordinación durante las dos generaciones y también de quienes estuvimos colaborando tiempo después con él.

Su profundo conocimiento sobre la situación de colonización de los pueblos originarios de México, a través de los documentos de archivos parroquiales, judiciales, Archivo General de la Nación y del Archivo General de Indias, y de sus propias vivencias personales como nahua, lo llevó a cuestionar cualquier forma de colonización. Una evidencia de esta posición la podemos confirmar en sus escritos cuando señala:

Los españoles siempre han tratado de ocultar y justificar la brutalidad de que se han valido para imponerse. No me refiero [...] al genocidio de sobra conocido al producirse la invasión, y que se prefiere llamar con el eufemismo de "guerra de conquista" e incluso como "pacificación". Me refiero aquí el etnocidio llevado a cabo por hombres que llaman "santos", "seráficos" y "humanistas" (1983: 11).

Sus enseñanzas sobre la realidad indígena, eternamente negada por las instituciones educativas mexicanas, provocaron de alguna forma reacciones muy positivas en su momento de quienes participamos como alumnos en el Programa de Formación Profesional de Etnolingüistas, pero también de quienes colaboramos con él durante el desarrollo de la segunda generación entre 1983 y 1987. A algunos de nosotros, los Etnolingüistas, como dice el dicho popular, "nos cayó el veinte"; en otros casos ni siquiera eso. Entre los primeros, aunque no de manera suficiente, al término de nuestra formación como etnolingüistas tratamos de provocar reflexiones entre otros correligionarios sobre nuestra realidad social, cultural, política, lingüística y económica frente al otro sector de la sociedad mexicana: los mestizos. En el segundo caso, la gran mayoría de los Etnolingüistas, cuando en su posición, por muchos compartida, de maestros bilingües no encontraron condiciones óptimas para desarrollar las actividades etnolingüísticas en sus propias regiones de origen, simplemente se olvidaron de su formación profesional y se refugiaron en sus labores cotidianas como si no hubiera pasado nada y sólo quedó el bello recuerdo de la oportunidad que tuvieron de obtener una beca-comisión para su formación profesional en otros niveles.

Tomando en cuenta a las dos generaciones podemos hablar de 95 etnolingüistas: 53 de la primera generación y 42 de la segunda, procedentes de 19 pueblos originarios: maya, mixteco, nahua, ñahñú, purépecha, totonaco, zapoteco, chinanteco, chol, mayo, mazateco, mixe, tének, tlapaneco, tzeltal, tzotzil, zoque, popoluca y chontal, de once estados de la República (Julián Caballero, 1988: 1-4). Los temas abordados en sus tesis giran en torno a la realidad de sus pueblos y son, entre otros, los siguientes: cuatro tesis sobre etnobotánica; diez temas de educación; 28 tesis sobre lingüística y sociolingüística; 26 tesis sobre problemas agrarios, recursos naturales y economía; diez sobre clases sociales y relaciones políticas; dos de etnocidio; siete sobre problemas religiosos y, finalmente, ocho sobre problemas de resistencia armada y cultural.

Además, durante el desarrollo de la primera generación del Programa de Etnolingüística se produjeron los siguientes ensayos, trabajos y documentos: tres trabajos mayas, siete ensayos mixtecos, un trabajo nahua, tres purépechas y cuatro trabajos del Taller de tierras (Reyes García, 1982: 306-307). Durante el desarrollo de la segunda generación se produjeron los siguientes textos: 15 propuestas de alfabetos prácticos, 15 bibliografías y fuentes históricas, 12 ensayos sobre educación, 14 vocabularios, 15 programas de radio, 52 ensayos sobre temas de lingüística, medicina, educación y de problemas sociales y los diarios de campo de 45 estudiantes (Reyes García, 1988).

Quienes compartimos los momentos de alegría y de angustia con el maestro Luis Reyes nunca detectamos enojo alguno de él; siempre estuvo atento a escuchar las demandas y los reclamos hasta de sus propios impugnadores. Sin embargo, de manera calculada resolvió, en algunos casos, deslindarse de su responsabilidad, prescindiendo del apoyo académico de algunos profesores cuando se enteraba de que algunos de éstos se expresaban mal de los estudiantes indígenas o incurrían en actitudes discriminatorias y racistas. Así ocurrió durante el desarrollo de la primera generación llevado a cabo en Pátzcuaro, Michoacán, y también durante la segunda generación en San Pablo Apetatitlán, Tlaxcala.

De la misma manera en que estuvo atento para defender a sus "muchachos" de cualquier agresión física o verbal, también lo estuvo para intervenir en la solución legal de los problemas de algunos, no pocos, que por no respetar las normas legales de la sociedad cayeron en manos de la autoridad judicial. Así ocurrió en la ciudad de Pátzcuaro y en la población de San Pablo Apetatitlán. Lo mismo sucedió cuando algún estudiante sufrió algún accidente; a todos nos tocó participar no pocas veces.

En las relaciones personales allí establecidas siempre reinó el "buen humor" del maestro Luis Reyes García. Cuando aludíamos a alguna situación de infidelidad en la familia por el hecho de estar lejos del hogar, nos consolaba diciendo que la infidelidad se da en todas las sociedades y que por qué preocuparnos de ello, total "con agua y jabón se borran los pecados..."

Cuando por alguna razón lo acompañábamos hacia la ciudad de México desde San Pablo Apetatitlán, y cuando lo veíamos muy de madrugada bien bañadito, le preguntábamos a qué se debía el "sacrificio" por el frío tan intenso de los meses de diciembre y enero, simplemente nos decía: "Me bañé temprano por si las dudas no hay oportunidad por ahí."

Cuando veía a alguno con preocupaciones o molesto, vociferaba solamente: "Qué les pasa, maestros..., de qué se preocupan, para todo hay solución en esta vida" Siempre contaba con distintas formas de consolar las preocupaciones de sus amigos y conocidos. Con el paso del tiempo, nos percatamos de que el maestro Luis Reyes vivía para todos sin esperar nada a cambio; departió palabras de aliento para todos.

En otras ocasiones, al maestro Luis Reyes le tocaba visitar a sus estudiantes cuando éstos se encontraban realizando su periodo de trabajo de campo en sus propias regiones o comunidades. Entonces lo hacía sin escatimar esfuerzo si había que llegar a pie o en camión. La "ruta crítica" que se nos exigía al salir al trabajo de campo le era más que suficiente para saber dónde se encontraban sus estudiantes. En una tarde de mayo de 1981 arribó a la comunidad de San Antonio Huitepec, Zaachila, Oaxaca, lugar de origen de quien escribe estas notas, para supervisar si se estaban aplicando correctamente las técnicas de investigación. Al no haber un hotel en este poblado, nos fuimos a casa y ahí tuvimos el privilegio de hospedar al maestro Reyes en una cama de madera improvisada y sobre el petate. Al día siguiente, al compartir en la cocina de mi abuela Benita Santiago el almuerzo compuesto de mole, frijoles, tortillas calientes recién quitadas del comal, una salsa hecha a mano y un atole de maíz, el maestro Luis Reyes disfrutó lo natural del almuerzo, y mi abuela, que no articulaba una sola palabra en castellano, a mí, su nieto, me comentó un par de veces lo bien que se sentía al observar que el visitante había consumido todo lo que le había servido, porque eso significaba que le había gustado lo "pobre del almuerzo", pero que con ese gesto compartía el espacio sagrado que es el solar de cada quien.

Una anécdota que no se olvida. En las cercanías de Santa Ana Chiautempan, Tlaxcala (comunidad de Tlaltelulco), a mediados de la década de 1980 se hizo acreedor de un lote de terreno (unos tres mil metros cuadrados). Ahí construyó una casa a su estilo y allí fue el punto de encuentro de amigos y conocidos. También muy pronto se hizo de compadres de distintos niveles, porque fue padrino de cualquier ceremonia religiosa. Recuperó la forma de vivir de nuestras comunidades originarias: vivir en la milpa. Resulta que una parte del terreno la ocupó para edificar su casa y otra buena parte para el cultivo de maíz, frijol y haba. Cuando compró el terreno ya había magueyes en los camellones (bezanas); tiempo más tarde comenzó a "calarlos" para obtener primero el aguamiel y después el pulque listo para el consumo, pues el maestro Luis Reyes tenía buen gusto por los productos directos del campo.

Durante el tiempo de la pizca de la mazorca llegaban sus compadres (hombre y mujer). Su compadre lo acompañaba a recoger la mazorca y la comadre se dirigía a la cocina a preparar los sagrados alimentos. Cuando más fuerte se ponía el sol a las once de la mañana o doce del día, el compadre, que es de la misma comunidad de Tlaltelulco, sabía exactamente dónde se podía conseguir pulque a esa hora para calmar la sed. Ni tardo ni perezoso, el compadre se ofrecía a ir a buscar algo de ese "vital" líquido y no tardaba en regresar con un jarro de pulque. A esa hora se sentaban en la sombra de algún capulinar a saborear el pulque y, cuando se agotaba, volvía el compadre a buscar más. A la hora de la comida eran llamados a comer en la cocina y para entonces estaban ya ebrios con puro pulque.

Después de la comida ya no regresaban a pizcar. Continuaban saboreando pulque o bien algún otro tipo de licor, que a esa hora cualquier cosa caía bien. Al día siguiente, volvía a repetirse la misma actividad, aunque eran otros compadres. El asunto es que ese tramo de cultivo del maíz y otros granos le duraba al maestro Luis Reyes más de treinta días para terminar de recoger la cosecha, pero eran días de verdadera fiesta.

Esperamos que en otra vida siga compartiendo la misma alegría y las mismas cualidades humanas con otros seres que también se nos adelantaron.

Imagen 3

 

Bibliografía

CIESAS, 1983, Plan de Estudios del Programa de Formación Profesional de Etnolingüistas, México (mecanograma).         [ Links ]

CIS-INAH, 1979, "Plan de Estudios del Programa de Formación Profesional de Etnolingüistas", en Noticias del CIS-INAH, publicación bimestral, México.

Julián Caballero, Juan, 1988, "Algunas notas acerca de los etnolingüistas indios", en Aborigen, núm. 2, junio-julio, México.         [ Links ]

Lagarde, Marcela y Daniel Cazés, 1980, "Política del lenguaje y lingüística aplicada: del segmento fonético al ejército", en Indigenismo y lingüística. Documento del Foro "La política de lenguaje en México", UNAM, México, pp. 159169.         [ Links ]

Reyes García, Luis, 1982, "Programa de formación profesional en etnolingüística", en Arlene Patricia Scalon y Juan Lezama Morfín, México pluricultural. De la castellanización a la educación bilingüe y bicultural, SEP-Dirección General de Educación Indígena, México, pp. 389-307.         [ Links ]

––––––––––, 1983, "La represión religiosa en el siglo XVI; la ordenanza de 1539", en Civilización, "Configuraciones en la diversidad", núm. 1, CADAL, México, pp. 11-35.         [ Links ]

 

Información sobre el autor

Juan Julián Caballero: Estudió en la Normal Básica de Oaxaca, curso la licenciatura en el Programa de Etnolingüistica del Centro de Investigaciones y Estudios Superiores en Antropología social y la maestría en educación en la Universidad Pedagógica Nacional. Actualmente se encuentra inscrito en el Programa de Doctorado sobre Estudios de América Indígena en la Universidad de Leiden, Holanda. Fue promotor cultural bilingüe en la Mixteca oaxaqueña y desde 1990 se desempeña como profesor–investigador del Centro de Investigaciones y Estudios Superiores en Antropología Social–Istmo. Ha participado como asesor en numerosos talleres de desarrollo de lenguas indígenas. Como etnolingüista se interesa en la reinvindicación y mantenimiento de las lenguas, culturas, historia y educación de los pueblo originarios de México. Ha publicado artículos sobre temas de educación, diversidad cultural y lenguas indígenas en diversas revistas y libros.

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