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Desacatos

versión On-line ISSN 2448-5144versión impresa ISSN 1607-050X

Desacatos  no.14 México  2004

 

Presentación

 

Juventud: exclusión y violencia

 

Elena Azaola

 

CIESAS.

 

Si de mí hubiera dependido no nacer, indudablemente no habría
aceptado la existencia en condiciones tan irrisorias.

Dostoïevski, El idiota

 

Muchos de los jóvenes integrantes de pandillas que habitan en los barrios marginales de nuestras ciudades latinoamericanas, y que constituyen el sujeto/objeto de estudio que hemos elegido para la sección de Saberes y Razones de este número, sentirían que tal vez sus circunstancias de vida se hallan bastante bien reflejadas en estas palabras de El idiota de Dostoievski. Quizás también los jóvenes que viven en condiciones parecidas en otras latitudes. No hay más que dar vuelta a las páginas de este número para toparse con palabras y testimonios tanto más estremecedores que los que empleara el novelista ruso hace ya más de un siglo. Y no es para menos, si se detiene uno a analizar dichas circunstancias, como ha pretendido hacerlo el conjunto de los trabajos contenidos en esta sección de la revista Desacatos.

A un cierto nivel, parecería que no habría necesidad de justificar por qué hemos elegido precisamente a éste como nuestro sujeto/objeto de estudio. En el imaginario colectivo ha cobrado carta de naturalización el vínculo aparentemente indisoluble, y tantas veces reproducido por los medios, entre jóvenes/pandillas/violencia y drogas, que también habría cobrado realidad como una entidad cada vez más difícil de desmenuzar. Se trata, más bien, de una imagen construida a la que, sólo si la sometemos a un análisis cuidadoso, podemos descomponer en sus diferentes elementos. Entre los factores que han propiciado la construcción de dicha imagen cabe referir el clima de alarma social, según algunos,1 o de pánico moral, según otros,2 que ha permitido colocar a los jóvenes en el lugar privilegiado para hacerlos responsables de los elevados índices de criminalidad en general, y de la violencia en particular que se observan durante la última década en los países de América Latina.

También ha contribuido a crear dicha imagen un clima que ha exacerbado la desconfianza entre los distintos sectores sociales, pero que de manera preponderante centra esta desconfianza en los jóvenes. Así, y para dar cuenta de estos fenómenos, diversos estudios han hecho referencia al "deterioro de la sociabilidad" que se habría producido en países de la región sujetos a procesos de cambio relativamente acelerados como consecuencia de la modernización y de la puesta en práctica de los modelos de ajuste económico.

En un informe reciente sobre Las paradojas de la modernización en Chile, por ejemplo, los autores señalan que dicho deterioro de la sociabilidad se manifiesta en "un alto grado de desconfianza, una asociatividad precaria, la descomposición de las identidades colectivas tradicionales e incluso cierto debilitamiento de la cohesión intergeneracional en la familia". Refieren, asimismo, que otros autores han llamado a estos fenómenos "patologías del vínculo social" entre las que destacan "la violencia intrafamiliar, la violencia sexual, las adicciones, los actos de incivilidad y desborde anómico y la delincuencia juvenil."3

Describen también en dicho informe un sentimiento de inseguridad poco preciso pero muy difundido al que relacionan con el debilitamiento del vínculo social, del sentimiento de comunidad, así como de la noción de orden. De igual modo reportan que la noción de "nosotros" que existe en la comunidad (es decir, la identidad, la confianza y la sociabilidad) se habría "resquebrajado" (1998: 22).

Con palabras semejantes podría describirse la atmósfera que se respira, no sin dificultad, en los distintos países de la región latinoamericana. Sin pretender anular o desconocer las —en ocasiones importantes— diferencias históricas, políticas o las particularidades que tiene el desarrollo económico en los países de la región, lo que aquí nos interesa destacar es un hecho que, en mayor o menor medida, caracteriza hoy en día a sus  sociedades: la creciente exclusión que sufre la gran mayoría de su población joven. Es ésta una realidad con la que una y otra vez, a menudo utilizando la propia voz de los jóvenes, nos encaran los trabajos que contiene este número de la revista. Nos conviene escucharlos, a menos que nuestra posición sea la de ser cómplices silenciosos de dicha exclusión o la de querer cerrar los ojos a sus consecuencias.

No está de más recordar el giro, el vuelco enorme que la exclusión de los jóvenes, o de la mayoría de ellos, significa. En unos cuantos años, y en un giro que se habría producido sin que casi nos diéramos cuenta, los jóvenes han dejado de ser la esperanza, el futuro, la mayor riqueza con la que puede contar una sociedad, para pasar a ser la escoria, el excedente, el peligro más grande que acecha a la propia sociedad.4 La descripción que el texto revelador de Carlos Mario Perea nos hace de las "operaciones de limpieza" en Colombia, permite vislumbrar la salida que en algunos países comienza a ensayarse para desembarazarse de dicho peligro. Puerta falsa, sin duda, pues como el autor lo revela, lejos de limpiar cualquier cosa, la medida no hace sino enturbiar aun más el ambiente y exacerbar, como si todavía fuera posible y hasta límites impensables, la violencia.

No obstante las apariencias, hay que decirlo, los jóvenes no son los únicos, y muchas veces ni siquiera los principales, responsables de la violencia en nuestros países. Si miramos con cuidado los datos que nos ofrece el Reporte mundial de la violencia elaborado por la Organización Mundial de la Salud (OMS) en 2002 y citado en el cuidadoso comentario de Gonzalo Saraví, resulta que sólo podemos atribuir a los jóvenes una parte de los hechos de violencia que cotidianamente se suscitan en nuestros países.

En efecto, de doce países latinoamericanos cuya tasa de homicidios aparece registrada en dicho reporte, en ocho, o sea, en dos terceras partes (Argentina, Chile, Ecuador, El Salvador, México, Nicaragua, Paraguay y Uruguay) hay diferencias muy poco significativas entre la violencia perpetrada por los jóvenes de diez a 29 años y la que han ocasionado los adultos e incluso en cinco casos (El Salvador, México, Nicaragua, Paraguay y Uruguay), casi la mitad del total, es menor la violencia cometida por los jóvenes. Sólo en cuatro casos —una tercera parte de los países incluidos (Brasil, Colombia, Panamá y Venezuela)— la violencia perpetrada por los jóvenes resulta significativamente más elevada que la que cometen los adultos. Estos datos permiten, desde luego, matizar la imagen construida en la que los jóvenes aparecen, casi de manera exclusiva, como los responsables de la violencia en Latinoamérica. Pero, más allá de las tasas de muerte por homicidio, ¿qué nos dice este número de Desacatos acerca de los jóvenes marginados y sus pandillas?, ¿de sus barrios y sus familias?, ¿de sus sueños y su futuro?

Brevemente, pues no deseamos ahorrarles la lectura, cabe decir que el trabajo de Carlos Mario Perea se acerca a mirar el mundo como lo miran o desde donde lo miran los jóvenes pandilleros colombianos. Nos hace accesible su lógica y comprensible su mundo. Al mismo tiempo, contrasta esta mirada con la forma como los jóvenes son vistos desde fuera por otros actores y, en el extremo, por los responsables de las operaciones de limpieza. Deja en claro que, tanto los jóvenes pandilleros como quienes pretenden eliminarlos, son el resultado de una misma descomposición social. La eliminación de los jóvenes mostraría los extremos a que puede llegar, en una puesta en acto, la fantasía o el deseo de excluirlos.

Héctor Castillo Berthier, por su parte, mira desde arriba a los jóvenes de toda la región para mostrarnos lo que, en tanto que jóvenes pandilleros y marginados latinoamericanos, tienen en común. Hace también un interesante recorrido por la literatura que nos recuerda los aportes de los textos clásicos sobre el tema.

El estudio de Gabriel Kessler aborda la realidad de los jóvenes marginados argentinos que nos sorprende por la aparente facilidad con la que, cada vez más, tendrían necesidad de combinar la lógica del trabajo con la del robo para sobrevivir. A través de una serie de interesantes testimonios, los autores nos revelan con sus propias palabras el mundo de estos jóvenes y subrayan la tendencia a la normalización que, por lo menos en algunos círculos, habría de ciertas prácticas delictivas como el robo, no así de las relacionadas con las drogas.

Ernesto Rodríguez aborda el tema de la violencia entre los jóvenes de América Latina enfocando el análisis con la mirada puesta en el diseño de las políticas públicas que se requerirían para enfrentarla. Destaca los rasgos comunes de la violencia en la que participan los jóvenes como víctimas y victimarios, y concluye sobre la necesidad de transformar los sistemas de justicia penal juvenil en la región.

Manfred Liebel hace notar que las pandillas en Centroamérica son una forma de vida, de asociación entre los jóvenes, que no se agota en la violencia y la delincuencia. De este modo, se propone hacer visibles las relaciones de los jóvenes con su familia, con la escuela, el trabajo y con su barrio. Analiza los procesos que en los distintos países centroamericanos llevaron a conformar este tipo de grupos.

El texto de Gonzalo Saraví, cuya tarea consistía en comentar los anteriores, va más lejos y aporta interesantes reflexiones y cuestionamientos, sin dejar por ello de lado la necesaria visión de conjunto de los trabajos que integran la sección de Saberes y Razones.

Uno de los temas que quizás está presente de manera más o menos explícita en todos los trabajos, y que considero importante destacar, es el de la necesidad de pertenencia de los jóvenes, la necesidad de asociarse para pertenecer o, visto desde otra perspectiva, el de las formas de sociabilidad, en ocasiones desviada pero de sociabilidad a fin de cuentas, que se revelan en la necesidad de pertenecer a la pandilla. Se trataría de la participación en la pandilla como una forma de compensar la falta de reconocimiento social, o incluso de retar a la sociedad que los expulsa asociándose en la pandilla.

Esto último nos permite recordar lo que, desde una perspectiva histórica, ha propuesto Pascal Bruckner para explicar la debilidad del ser humano en nuestros tiempos, sobre todo si comparamos su situación con las certezas que le producía vivir en el Antiguo Régimen.5 Bruckner reseña el pasaje de la siguiente manera: el individuo, dice, es un producto reciente que surge entre el Renacimiento y la Revolución. Habría ambicionado, nos explica, salir de la esclavitud mental que antaño lo sometía al pasado, la comunidad o una figura trascendente (la monarquía, la Iglesia, Dios). La Ilustración significó la conquista de cada cual de su propia autonomía, "quedando librado el individuo al coraje de pensar por sí mismo sin estar dirigido por el otro". A partir de entonces, el individuo "es problemático y no triunfante, portador tanto de las mayores esperanzas como de los mayores temores". Por ello, nos dice, ninguno de los teóricos posteriores del individualismo podrá desembarazarse de un cierto pesimismo.

Hasta entonces en efecto los hombres se interpertenecían a través de unas redes de relaciones y de reciprocidad que representaban una traba pero que también les garantizaban una condición y un lugar. Nadie era verdaderamente independiente, una serie de deberes y de servicios ataba a cada cual a sus prójimos, la sociabilidad era rica y variada. El estallido de las solidaridades arcaicas (del clan, de la aldea, de la familia, de la región) va a trastocar este estado de hecho. A partir del momento en que está libre de cualquier obligación y se sabe su propio guía bajo la única luz de su entendimiento, el individuo pierde al mismo tiempo la seguridad de un lugar, de un orden, de una definición. Al ganar la libertad también ha perdido la seguridad, ha entrado en la era del tormento perpetuo (2002: 21-22).

Bruckner agrega que así como la liberación posee una especie de grandeza, la libertad nos tiraniza a través de sus exigencias. De ahí que señale que este cambio significa, al mismo tiempo, tanto "una promoción como una maldición", lo que explica que tantos seres humanos se intenten "consolar" el día de hoy, nos dice, adhiriéndose a nuevas tribus (pandillas), consumiendo drogas o sumándose a grupos políticos extremistas o a misticismos de toda índole. Y concluye: "el ocio, la diversión, la abundancia material constituyen a su nivel una tentativa patética de reencantamiento del mundo, una de las respuestas que la modernidad aporta al sufrimiento de ser libre, al inmenso cansancio [que produce] ser uno mismo" (2002: 44-45).

Aparece aquí la necesidad de pertenencia a la que antes nos hemos referido así como las diferentes maneras en que dicha necesidad es encarada o intenta ser resuelta por distintos grupos. Sobra decir que, entre los jóvenes, encontraríamos todas las estrategias que Bruckner refiere: desde unirse a pandillas, a grupos políticos extremistas o místicos, hasta consumir drogas o cometer robos que les permitan tener acceso al ocio, la diversión y el consumo que, de otra forma, les estarían vedados.

Por caminos distintos puede ser que lleguemos al mismo punto. Me refiero a lo que algunos teóricos del control social, como Travis Hirschi, han dicho respecto de ciertos comportamientos delictivos en los que, a mi manera de ver, cabe muy bien situar los de nuestro sujeto de estudio. Para Hirschi, cierto tipo de actos delictivos son perpetrados por personas que tienen débiles vínculos con la sociedad. De acuerdo con su teoría, estamos atados a respetar las leyes no mediante el temor que podamos sentir por las consecuencias o las sanciones que podrían derivar de dichos actos, sino mediante los lazos de afecto que nos unen a aquellos que resultarían lastimados por nuestros actos; esto es, por el daño que el delito ocasionaría a nuestras expectativas para el futuro y por nuestra convicción de que cometer un delito es incorrecto. De aquí que, según Hirschi, aquellos con un débil lazo de apego a los otros y con limitadas perspectivas de alcanzar logros en el futuro son más propensos a vivir el momento con una escasa preocupación por lo que pueda ocurrir después. Aquellas personas para las que el futuro no cuenta o tiene un escaso valor son, entonces, las más propensas a cometer delitos. Para ellas las consecuencias legales tienen poco peso. Las personas con débiles lazos o distantes hacia los otros es poco probable que se sientan disuadidas por las acciones potenciales de un sistema de justicia que, a fin de cuentas, se halla representado por quienes le resultan todavía más extraños.6

El tema de la exclusión de los jóvenes vuelve a aparecer aquí por partida doble: tanto en el debilitamiento de los lazos que los unen a la sociedad, como en sus limitadas expectativas de alcanzar logros en el futuro.7 En otros términos, la reducción de las oportunidades de educación, empleo, salud, vivienda, cultura, etc., que se observa para los jóvenes de nuestras sociedades particularmente durante la última década supone, sin lugar a dudas, un debilitamiento grave de los lazos que los unen con la sociedad y una incapacidad severa por parte de ésta para insertarlos, integrarlos de manera sana en el curso de su desarrollo. Ello, con las consecuencias que en este volumen apenas comienzan a esbozarse.

Por último, cabe también decir que la creciente exclusión de los jóvenes coloca serias interrogantes sobre el modelo de sociedad que tenemos y sobre el tipo de sociedad que puede aspirarse a edificar con estos cimientos. No podría tratarse de una sociedad democrática si por ésta entendiéramos, como propone Savater, la búsqueda razonable de lo mejor o la que permite a todos elegir y participar igualitariamente desde su pluralidad de opciones en el futuro que va construyéndose socialmente.8

Tampoco parece corresponder a lo que Michael Ignatieff considera como la novedad radical de la sociedad de ciudadanos, a diferencia de otras formas de convivencia del pasado. Aquéllas, dice, "no eran democracias basadas en la igualdad de derechos, ni se sostenían en la premisa de un modelo cívico de inclusión". En la sociedad de ciudadanos, "lo que mantiene unida a una sociedad no es la religión común, la raza, la etnia, la lengua o la cultura, sino un acuerdo normativo respecto al imperio del derecho y la creencia de que somos individuos iguales portadores de los mismos derechos".9

Sólo resta decir que esperamos haber contribuido con este número de Desacatos al conocimiento y la reflexión de uno de los temas que quizás no ha recibido todavía la atención que merece en el campo de las ciencias sociales y sobre el cual esperamos tener la oportunidad de seguir profundizando en el curso de los próximos años.

 

Notas

1 Emilio García Méndez, Infancia. De los derechos y de la justicia, Ediciones del Puerto, Buenos Aires, 1998.         [ Links ]

2 Philip Jenkins, Moral Panic, Yale University Press, New Haven, 1998.         [ Links ]

3 Programa de las Naciones Unidas para el Desarrollo, Desarrollo humano en Chile, 1998. Las paradojas de la modernización, Santiago de Chile, 1998,p. 28.         [ Links ]

4 Hace unos cuantos días, la prensa daba cuenta de un incidente al que consideraba "simpático" y que había sido visto por millones de telespectadores estadounidenses. Mientras el presidente Bush pronunciaba un encendido discurso sobre la vitalidad de los jóvenes en Estados Unidos y la bondad de las reformas educativas emprendidas por su gobierno, un adolescente situado a su lado bostezaba repetidamente y volteaba de manera insistente a mirar su reloj antes de que el sueño lo venciera y cayera ante las cámaras profundamente dormido. El incidente nos hace pensar no sólo en el contraste entre la vitalidad de los jóvenes evocada por Bush y el hastío del adolescente a su lado, sino también en la diferente situación de los jóvenes, en general, y de los jóvenes marginados, en particular, entre países ricos y pobres.

5 Pascal Bruckner, La tentación de la inocencia, Anagrama, Barcelona, 4a. ed., 2002.         [ Links ]

6 Travis Hirschi, "Control Theories", en Encyclopedia of Crime and Punishment, vol. 1, Sage Publications, Thousand Oaks, 2002,pp. 311-315.         [ Links ]

7 El tema de las expectativas escasas para el futuro en relación con los crecientes índices de criminalidad entre los jóvenes es retomado en un texto reciente de Marcelo Bergman que pronto será publicado: Rising Crime in Urban Argentina: The Effects of Changes in Labor Markets and Community Breakdown.

8 Fernando Savater, El valor de elegir, Ariel, Barcelona, 2003,pp. 142-143.         [ Links ]

9 Michael Ignatieff, El honor del guerrero, citado por Savater, op. cit. ,pp. 146-147.

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