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Desacatos

versión On-line ISSN 2448-5144versión impresa ISSN 1607-050X

Desacatos  no.11 México  2003

 

Saberes y razones

 

"Las Lupes" oaxaqueñas: obligaciones familiares y económicas

 

Jayne Howell

 

Departamento de Antropología, California State University, Long Beach.

 

Resumen

El presente artículo es resultado de una investigación más extensa realizada entre 1996 y 2000 con trabajadoras sexuales en la ciudad de Oaxaca de Juárez, capital de uno de los estados más pobres del país. La autora se pregunta por las condiciones de vida de las trabajadoras y por las razones que las llevaron a optar por este trabajo. ¿Qué dicen las trabajadoras sexuales sobre las obligaciones económicas, y las relaciones sociales que establecen? ¿Cuáles son las condiciones de su trabajo y su vida? ¿Qué planes tienen para su propio futuro y para el bienestar de sus dependientes?

 

Abstract

This article is the result of a larger study conducted from 1996-2000 with sex workers in the city of Oaxaca de Juarez, capital of one of the poorest states in Mexico.The author examines the women's experiences and the reasons they are involved in this type of work. Specific questions asked include, What do these sex workers say about their economic obligations and social relationships? What are their living and work conditions like? What plans do they have for their own futures and those of their dependents?

 

INTRODUCCIÓN

En las últimas décadas, los antropólogos que estudian a las trabajadoras sexuales han hecho tres tipos de análisis: 1) Muchos investigadores han realizado estudios en los países asiáticos, principalmente sobre las niñas, adolescentes y mujeres que fueron obligadas al trabajo sexual, siendo secuestradas, engañadas y violadas como parte de su iniciación (Farley y Kelly, 2000; McCaghy y Hou, 1994; Muecke, 1992). 2) Estas mujeres y niñas (igual que miles de niños) fueron contagiadas por la pandemia del sida (Barry, 1995), lo que generó otra rama de investigación que se concentra en la necesidad de estudiar la transmisión del sida en relación con el trabajo sexual e investigar las precauciones que toman las trabajadoras sexuales para protegerse. Este tipo de análisis se preocupa también por el desarrollo de programas educativos para proteger la salud de las trabajadoras y, por lo tanto, la salud de sus clientes y la sociedad en general (de Zalduondo, 1991).13) El tercer tipo de análisis considera la estructura del mercado laboral y se pregunta sobre las condiciones que llevan a las mujeres a desempeñar ese trabajo, las condiciones en que trabajan, y la posición que ocupan en la sociedad donde comúnmente existe un "estigma" sobre la prostitución.

No se pueden negar las dificultades que viven las mujeres y muchachas en el primer caso, ni podemos rechazar la importancia de estudiar las maneras en que las trabajadoras sexuales pueden cuidarse frente al sida. Pero el enfoque de este ensayo está relacionado con el tercer tipo de análisis. ¿Qué dicen las trabajadoras sexuales sobre las obligaciones económicas, la decisión de optar por este trabajo y las relaciones sociales que establecen? ¿Cuáles son las condiciones de su trabajo y su vida? ¿Qué planes tienen para su propio futuro y para el bienestar de sus dependientes? Los ejemplos que se presentan fueron tomados de un estudio etnográfico realizado durante 1996 y 2000 con trabajadoras en la ciudad de Oaxaca de Juárez, capital de uno de los estados más pobres de México.

Los argumentos que las feministas plantean sobre el trabajo sexual se enmarcan en dos perspectivas principales: La primera es de la "agencia", que quiere decir que las mujeres tienen el derecho a trabajar en el área que más les conviene. Si el trabajo sexual les sirve por "la libertad" que da, no lo podemos criticar (Jolin, 1994; Lamas, 1993, 1995; Shrage, 1989). La otra perspectiva se refiere al trabajo sexual femenino como una situación resultado de las estructuras sociales, políticas, y económicas. Una economía que proviene de la sociedad patriarcal, después siglos de dominación social y económica de las mujeres por los hombres que tienen el poder. Esta estructura resulta de un mercado laboral dividido o estratificado por género, en donde las mujeres no tienen la oportunidad de estudiar carreras profesionales mejor pagadas y de mayor prestigio social (Nash, 1990). Los trabajos apropiados para mujeres dan menos remuneración comparados con los apropiados para hombres con similares niveles de educación, y no permiten a las mujeres independientes vivir en un estilo igual a lo que tiene el hombre del mismo ámbito familiar y económico. Desde esta perspectiva, el trabajo sexual, aunque puede dar una ganancia más elevada que la remuneración para los trabajos más "respetables", aparece como "la mejor de un grupo de las peores opciones" (Judith O'Connell Davidson, 1998: 5).

La prostitución no está vista como los demás trabajos. Las trabajadoras sexuales dependen de la matriz social, religiosa y familiar del país donde viven; es una institución compleja y varía de un país a otro. De acuerdo con las observaciones de Pierre Bourdieu (1977) sobre lo complejo del fenómeno de la prostitución, se reconoce aquí la importancia de estudiarlo dentro del ambiente local. Se reconoce la necesidad de estudiar las condiciones en que las mujeres toman la decisión de optar por este trabajo en un contexto local.

El presente ensayo se basa en un estudio realizado con 15 ambulantes* oaxaqueñas que al mismo tiempo son madres. Se centra en el análisis de las razones que ellas presentan para describir la realidad de su vida cotidiana y los motivos para optar por este trabajo. Analiza sus obligaciones familiares, las relaciones con sus hijos, familias y vecinos, y los deseos para su futuro y el de sus hijos.

De la serie: Lupe sale de casa, 2003 / Roxana Acevedo

 

EL TRABAJO SEXUAL FEMENINO EN MÉXICO

El paradigma de la "Madonna/Whore" (como se dice en inglés) es muy reconocido como algo que define los papeles de mujeres en los países católicos de América Latina, y como algo que ha contribuido al concepto negativo de las trabajadoras sexuales mexicanas específicamente. En síntesis, esta estructura estima a la "buena mujer" satisfecha en su papel de madre. Esas "buenas mujeres" cuidan su virginidad antes de casarse y son fieles y modestas con sus esposos después de casarse. En palabras simples: su mundo revuelve sus responsabilidades familiares con las religiosas y ellas están satisfechas con este papel limitado. La santificada mujer abnegada tiene que sacrificar sus propios deseos y necesidades por el bienestar de su esposo y sus hijos. En contra, la "mujer mala" rechaza este papel de madre y esposa, y en lugar de cuidar a su familia, es liberal en sus pensamientos y moralidad, manteniendo relaciones sexuales con varios hombres. La prostituta —que intercambia servicios sexuales por dinero o cualquier otro bien (de Zalduondo, 1991)— es en muchos países como México la epítome de la mujer mala.2 Gomezjara y Barrera (1992 [1978]) nos presenta una lista de los peyorativos mexicanos que se usan para referirse a las trabajadoras sexuales con referencia al vicio: siniestras, terribles, degeneradas, pecadoras, inmorales y corruptas. Pero muchos investigadores (Castillo, 1998; Franco, 1989; Tuñon Pablos, 1999) han criticado lo limitado de este concepto; por una parte por el énfasis puesto en el papel reproducido en lugar de anotar la importancia de las contribuciones económicas que las mujeres hacen a sus familias. Este modelo sugiere que las mujeres no pueden ser madres buenas y prostitutas al mismo tiempo. Pero la realidad es que investigadores como Debra Castillo estiman que aproximadamente el 80% de las prostitutas mexicanas son madres (Castillo, 1998;Uribe et al., 1999).

La cultura y el arte popular de México dan imágenes de las trabajadoras sexuales como objetos de deseo sexual, piedad o desprecio (Castillo, 1998). Desde una perspectiva, se ve a las trabajadoras como la base de actividades sexuales para los jóvenes de familias de las clases alta y media, como Mc Creery (1986) también reporta para Guatemala. Desde otra perspectiva, el concepto de la prostituta se concibe como una "mujer mala" donde puede resultar una situación en que los padres las ridiculizan frente a sus niñas como epítome de los vicios que una mujer debe evitar tener. Matthew Guttman en Meanings of Macho (1985: 85) nos da un ejemplo de la ciudad de México: un padre que muestra unas trabajadoras sexuales a sus hijas. Las ambulantes están esperando a sus clientes en la calle y lo que el padre persigue es que las niñas sepan y observen "la diferencia entre una mujer normal y una prostituta".

Pero la evidencia etnográfica también sugiere que hay mexicanos que ven a las mujeres que se sacrifican por sus hijos. Por ejemplo, Sarah LeVine y Clara Sutherland Correa (1993) reportan que mujeres en una colonia popular de Cuernavaca comentaron sobre una vecina que aceptó dinero de sus amantes: "Ella siempre llega en las mañanitas para poner a sus niños listos para la escuela. Ellos fueron para ella como un regalo de Dios. Ella hubiera matado por ellos" (p. 13).

Estudios estadísticos indican la realidad, hay muchas trabajadoras sexuales mexicanas que también son madres. Por ejemplo, un estudio realizado por los sociólogos Francisco Gomezjara y Estanislao Barrera (1992: 154) plantea que por lo regular las trabajadoras sexuales viven como jefas de familia con sus niños dependientes. Castillo (1998: 225) se refiere a un estudio de Rosas Solís (no publicado) que indica que la mayoría de las trabajadoras sexuales son madres y realizan este trabajo como respuesta a la necesidad económica.

Hablando sobre las influencias que motivan a una mujer a desempeñar este trabajo, Marta Lamas (1995) observa que "la 'ventaja' del trabajo callejero es, en palabras de las propias chicas, 'la libertad'. Esto quiere decir varias cosas: tanto la libertad de escoger a los clientes... como una mayor libertad de trabajar los días que quieran." Con respecto a la "gran variedad de trabajadoras sexuales" que incluye desde "las más pobres" hasta "las más refinadas que atienden en apartamentos de lujo" (p. 34), Lamas anota que el trabajo de las callejeras ocupa el lugar más bajo en la jerarquía. Pero puede ser atractiva como opción para mujeres sin primaria terminada, porque comparado con los demás trabajos en el sector informal es posible que gane dos o tres veces más que el salario mínimo (p. 47).

 

EL TRABAJO SEXUAL EN LA ECONOMÍA OAXAQUEÑA

Sylvia Chant (1991) en su estudio sobre el papel económico de la mujer mexicana plantea que por la necesidad económica, la prostitución ha sobresalido como una opción para mujeres en las ciudades mayores de México y en varias capitales estatales como Oaxaca.

Oaxaca es un lugar ideal para estudiar el tema como opción económica para mujeres por las condiciones en las que se encuentran sus habitantes. En el medio rural, donde vive la mayoría de la población, el nivel promedio de educación es menor a cinco años de primaria y la tasa de analfabetismo llega a más del 20%. Las mujeres que viven en medios rurales constituyen la población menos preparada del estado (INEGI, 2000). La población de la ciudad de Oaxaca creció hasta 400 mil habitantes en la década de los noventa (INEGI, 2000), la mayor parte por la migración urbana. Con poca industria, aparte del turismo, el sector mayor de la economía es el terciario: servicios. Casi una tercera parte de la población activa en la economía son mujeres (INEGI, 1995).

Estudios anteriores indican que las familias urbanas necesitan generar al menos dos veces el salario mínimo (de 32 pesos al día) para alcanzar sus gastos cotidianos. Para sostenerse, la estrategia de las familias más marginadas frecuentemente incluye el tener a varios miembros —niños y mujeres también— trabajando (Murphy y Stepick, 1991: 94). Al mismo tiempo, ellos anotan que hay una correlación entre algunos factores —sexo, edad, y escolaridad— y el tipo de trabajo que uno realiza con el sueldo que percibe. En síntesis, "ser hombre, preparado y joven se vincula con la mayor probabilidad de tener acceso al sector formal y las plazas fijas, los beneficios, y un sueldo alto".

Las mujeres del medio rural que migran a la ciudad a trabajar y que no tienen altos niveles de escolaridad, encuentran los trabajos menos remunerados en el mercado laboral urbano, en el sector terciario como sirvientas domésticas, vendedoras y lavanderas (Howell, 1999). Muchas (en particular las sirvientas) trabajan más de 12 horas al día y ganan menos del salario mínimo. Un problema que exacerba la situación es que ellas no reciben beneficios como prestaciones, vacaciones pagadas, días libres de salud o maternidad. Lo peor es que después de años de no percibir un sueldo adecuado, no reciben una pensión cuando a cierta edad o después de trabajar "20" años tienen que dejar de hacerlo. No tendrán la oportunidad de jubilarse con un ingreso fijo. En contraste, aunque las trabajadoras sexuales también laboran en el sector informal sin los beneficios, es posible, según muchas de ellas, ganar más que el sueldo mínimo.

El trabajo sexual no es un delito en Oaxaca; desde 1885 el gobierno de la ciudad reconocía a la prostitución "como necesaria", pero instrumentó reglamentos para controlarla (Overmyer Velázquez, 2000). La Regiduría de Salud, Rastros y Panteones registra trabajadoras sexuales que cumplen con sus reglas y está encargada del Centro de Atención y Control de Enfermedades de Transmisión Sexual (CACETS). Los doctores de CACETS hacen exámenes semanales a las trabajadoras sexuales y administran los libretos. Hay cuatro tipos de libretos disponibles para las trabajadoras que laboran en diferentes lugares y ambientes. Primero, las ambulantes o callejeras trabajan en las calles por su cuenta, y el libreto dice en qué manzana de tal calle puede trabajar. Segundo, las ficheras trabajan en cantinas y normalmente ganan un sueldo fijo más una comisión por las bebidas de los clientes con quien bailan, platican o comparten copas. Algunas de ellas tienen relaciones sexuales, otras dicen que trabajan solamente como meseras o ficheras. El tercer grupo incluye a las mujeres que trabajan en casas de citas, donde una madrina maneja el negocio. Los homosexuales o travestis constituyen el grupo final, Michael Higgins describe la vida de estos "gals" en su libro (Higgins y Coen, 2000). También hay mujeres que trabajan por su cuenta en los restaurantes y bares, que solicitan clientes a través de tarjetas en las que ofrecen sus servicios como "escorts".3

Aunque algunos turistas se aprovechan de las mujeres jóvenes que trabajan en bares, casas de cita o como "escorts" (y conozco a muchos hombres que han recibido las tarjetas que anuncian los servicios mientras están en el zócalo) o que visitan a los travestis que trabajan en las calles cerca de los sitios de las ambulantes (Higgins y Coen, 2000), Oaxaca no es bien reconocida como lugar con sex tourism. Las ambulantes no reportan que los turistas sean gran parte de sus clientes. Puede ser que el turismo en Oaxaca está promovido como una experiencia "cultural" o "artística" que incluya visitar los museos, ruinas arqueológicas y pueblos indígenas donde producen arte, en lugar de tener la experiencia de "fiesta" que se encuentra en los centros hoteleros y ciudades en la frontera con Estados Unidos.

Solamente 400 mujeres fueron registradas en la ciudad de Oaxaca como callejeras en los últimos años de la década de los noventa (Mayoral, 1996). Las mujeres de 18 años y más pueden solicitar un libreto y deben cumplir con las regulaciones de CACETS. Esto significa que pasan por los exámenes y se toman análisis para el cáncer uterino, enfermedades sexuales como la sífilis y el sida. Las trabajadoras registradas (que no tengan enfermedades) reciben un libreto con el nombre que ellas quieren usar, su foto, el lugar donde trabajan y la indicación de que están sanas.

 

MÉTODOS Y PERFIL DE LA MUESTRA

Desde el verano de 1996 he estado en contacto con ambulantes que trabajan por una calle cerca del mercado Benito Juárez. Pasaba horas observando y hablando con ellas mientras esperaban a sus clientes y he sido invitada a las casas de algunas de ellas para conocer a sus familiares. En el verano de 1997 recibí permiso para entrevistar a algunas mujeres que van a CACETS para sus análisis y exámenes.4 Las mujeres que conocí (de 21 a 62 años) trabajaban desde hace cinco y 20 años antes de conocernos. Por respeto a su confianza me refiero a ellas con seudónimos. Mis observaciones en la calle, junto con las conversaciones con las callejeras y otros oaxaqueños de diferentes clases y ocupaciones que pertenecen al mundo del trabajo sexual, sirven como contexto para entender las condiciones laborales de estas mujeres.

En las entrevistas les pregunté sobre siete temas. Al principio busqué información demográfica: edad, lugar de nacimiento y residencia actual, estado civil, número de hijos, nivel de estudios y experiencia laboral. Después les pregunté sobre sus experiencias como trabajadoras sexuales: dónde y por qué comenzaron. El tercer tema correspondió a sus circunstancias económicas y cómo mantienen a sus familias. El cuarto se refirió a sus relaciones con hombres ajenos a los que conocen por su trabajo. Quinto, sus pensamientos sobre su papel de madre y sus relaciones con sus hijos. Sexto, los problemas que han tenido por su trabajo —relaciones sociales con vecinos, clientes, familiares, además de los problemas violentos o verbales que hubieran sucedido con sus clientes o con otras trabajadoras sexuales, y el del sida. Finalmente, hablaron sobre sus planes para el futuro y sus esperanzas para el futuro de sus hijos.

Las características económicas, educativas y familiares de la gran mayoría de las mujeres entrevistadas coinciden con las estadísticas presentadas en estudios anteriores por Guadalupe Musalem (no publicado), Vilma Barahona, Guadalupe Garzón-Aragón, Musalem (1986) y otro por Cesar Mayoral (1996) sobre las trabajadoras sexuales oaxaqueñas. Tal como ellos encontraron en sus muestras más grandes, las ambulantes que conocí nacieron en pueblos rurales y no vivían con un hombre en una relación fija. Son madres de 1-6 niños y más del 20% eran abuelas.5 La mayoría no terminó la primaria y, como reportó Musalem, muchas eran analfabetas. Algunas afirmaron haber dejado de estudiar porque "no me gustó" o "no quise estudiar", pero la mayoría dijo que porque tenían que trabajar en sus mismas casas o afuera, por lo regular como sirvientas o vendedoras.

Antes de entrar al trabajo sexual, ellas trabajaron en otras partes del sector informal como meseras, vendedoras, sirvientas o cocineras. Reiteradamente dijeron que "los sueldos no alcanzan" para los gastos cotidianos. Aunque afirmaron que sus ganancias en el trabajo sexual son mayores que en otros trabajos, la descripción de su situación económica coincide con la observación de Musalem, las ambulantes viven "una precaria y difícil situación económica".

 

EL RITMO DE LA CALLE

Las observaciones sistemáticas e interacciones en la calle se realizaron por el día, y los comentarios sobre las actividades de noche están basados en las respuestas de las ambulantes sobre sus experiencias y observaciones, así como mis observaciones casuales cuando iba a la calle por la noche. Las mujeres normalmente trabajan seis días a la semana y a veces cambian sus horarios por necesidades familiares y para asistir a la clínica. La mayoría de las que hacen trabajo diurno llegan entre las 9 y las 10 de la mañana, y terminan a las 3 o 4 de la tarde. Normalmente entre 10 y 12 mujeres están trabajando al mismo tiempo. Hay variantes en su conducta y manera de vestir. Sobre todo, la mayoría de las callejeras de día no parece tener entre 35 y 55 años. Muy pocas usan ropa provocativa, la mayoría de ellas no se muestra apenada ni se viste en la manera asociada con las prostitutas. Usan ropa casual como blusas y chamarras, faldas por debajo de sus rodillas y zapatos sencillos. Este patrón es obvio para muchos oaxaqueños, como me dijo un mesero de 22 años cuando le platiqué en qué calle hacía mis observaciones: "Pero ellas no son putas verdaderas. Se visten como sirvientas. Nadie va con ellas." Me dijeron que es más común que las mujeres que trabajan de noche usen ropa provocativa, mucho maquillaje y joyería.

Tina, una abuela de 54 años que conocí en la calle al empezar el proyecto, me informó que hay "puros pleitos" entre esas mujeres.6 Esto puede explicar el rango de interacciones que observé: aunque algunas nunca hablaban entre sí, otras platicaban si no había clientes. Yo pasé muchos días escuchando a tres mujeres que se quejaron de sus hijos, la poca ganancia, sus interacciones con sus clientes y su deseo de abandonar ese trabajo. Algunas pasan su tiempo leyendo historietas o tejiendo por tejer; Higgins y Coen (2000) las llamaron como "the Knitters (las tejedoras)". Yo prefiero llamarlas "las Lupes" porque es el nombre que escogen más frecuentemente para conservar su identidad verdadera, y por eso lo usan en sus libretos o cuando se presentan a un desconocido.7

De la serie: Lupe sale de casa, 2003 / Roxana Acevedo

Las callejeras saben distinguir a los posibles clientes entre los hombres que caminan por esta calle. La mayoría de los hombres pasa como parte de sus actividades cotidianas con sus esposas, mamás e hijos. No hablan con las prostitutas. Un grupo de ancianos anda en la calle, muchas veces a la semana, para observar y criticar a las trabajadoras sexuales, pero tampoco son clientes. Una minoría de los hombres que pasa por la calle está ahí por las prostitutas. Ellas dicen que sus clientes normalmente vienen de la clase baja con sueldos bajos (obreros y campesinos), o que son jóvenes oaxaqueños. Sus interacciones en público pasan en menos de un minuto y consisten en determinar el servicio que el cliente busca, así como si ella está de acuerdo con el precio.8

Cuando inicié las entrevistas, las mujeres empezaron a cobrar entre 40 o 50 pesos, aunque frecuentemente aceptaban 20 o 30 pesos por "lo normal" (sexo vaginal con condón). Algunas todavía aceptan el antiguo precio, otras dijeron que ya piden unos 100 o 150 pesos. Excepcionalmente llegan a ganar 500 pesos (en días festivos cuando la ciudad está llena de gente, o por el fin de año cuando la gente recibe aguinaldo), pero hay muchos más días en que "no hay nada" de clientes ni ganancia. Las mujeres que están dispuestas a hacer "extras" (como tener sexo oral, anal o sin condón) pueden atraer más hombres y pedir más dinero, pero la mayoría las critican por ser "tontas" o "burras". La abuela Tina comentó que para ella hacer cosas "extras" es algo repugnante: "Hay una muchacha que trabaja acá en la noche, dicen que hay una cola de hombres que están esperándola. Quién sabe qué hace esta mujer, pero sí, ella tiene un chingo de clientes." Debo mencionar que el estudio hecho por María Rangel Gómez (cf. Castillo, 1998: 234-235) indica que la mayoría de las trabajadoras entrevistadas en Tijuana no tenían sexo con condón, y como se hacen exámenes periódicos saben que no padecen ninguna enfermedad, pero no saben si el cliente tiene sida. En cambio, Lamas (1993) reporta que las chicas que entrevistó en la ciudad de México no pierden a los clientes por hacerlo sin condón.

Las más viejas de la calle hacen notar que las más jóvenes tienen más suerte en llamar la atención de los clientes, por el hecho de que parecen "más atractivas" o porque los hombres las consideran más disponibles de hacer "lo que sea". Como anoté arriba, hay mujeres que no vieron como una cosa positiva hacer los "extras".

Dijeron que las muchachas que andan "haciendo lo que puedan para ganar" lo hacen para solventar su adicción a las drogas. Otras las consideraron "sinvergüenzas". Hablando de una mujer joven que acepta realizar el sexo oral, una abuela comentó: "¿Cómo voy a dar un beso a mi hijo si estoy chupando así? Dime cómo puedo. Para nada. Es sucio. Ella es sucia." Otras hablaron sobre la importancia de "cuidarse". Para ellas, eso quiere decir dos cosas: la necesidad de protegerse contra el sida y la de nunca "mecerse con un hombre loco". Afortunadamente ninguna de las mujeres reportó haber sido golpeada por un cliente, pero todas dijeron que conocen a "pobrecitas" que sufrieron violencia por sus clientes, y en algunos casos han muerto. La que habló sobre la situación de la violencia es Marta, cuya amiga tuvo la experiencia de estar amenazada durante horas por un "loco" con pistola. Marta se asustó por varias razones. Primero: su amiga "se hubiera muerto por ese loco". Segundo, porque "yo he conocido a muchos hombres enfermos (de la cabeza) por mi trabajo. Algunos tienen fantasías perversas, y a veces no me gustan, pero hay que jugar con ellos si quieres ganar. Pero nunca conocí a un hombre que iba con una prostituta sin ganas de tener relaciones". Finalmente, que ella sepa, la policía nunca encontró al hombre, aunque su amiga sí cooperó con ellos. El problema, dice Marta, es que el hombre se parece a "cualquier otro, o como un loco" y sigue libre, quizás haciendo daño a otras mujeres. Ella dijo que estaba impresionada por las ganas que la policía puso para capturarlo porque "cuando un hombre maltrata o abusa de una prostituta, hay muchas personas que dicen que ella lo merece".

La posibilidad de que un cliente pueda ser un loco violento tiene que ver con la decisión de escoger los hoteles para trabajar. Después de confirmar el precio, el cliente paga el cuarto (normalmente 10-15 pesos) en el hotel que la trabajadora designa. Las mujeres prefieren ir a cuartos con agua caliente para limpiarse después de estar con sus clientes, aunque normalmente van a un hotel con agua fría ubicado en la misma manzana o calle donde trabajan. La trabajadora sexual sabe que los empleados del hotel la ayudarían si lo solicitara dando un golpe en la pared, un chiflido o un grito.

Las mujeres hablaron sobre los problemas que ocurren en su trabajo. Dijeron que muchos clientes son sucios, feos, codos, incompetentes o que huelen muy mal. También reciben insultos como: "Oyes puta, ¿por qué te rentas?" Entre ellas se dicen que esos hombres son "locos" o "cochinos". Otras dicen "a volar" o "lárgate", y si no se van les pegan con un zapato o les echan agua. Algunas contrastaron su situación con la de una fichera que tiene que aguantar "abuso" porque el dueño de la cantina lo demanda. Tina dijo: "Yo no dejo a nadie insultarme. Y ningún hombre va a tocarme sin pagar antes."

 

LOS CASOS INDIVIDUALES

Las condiciones en la calle, junto con el problema del sida y otras enfermedades sexuales, así como la posibilidad de la violencia, dan una perspectiva de vida difícil, en los mejores casos, y llena de riesgos, pleitos y preocupaciones de dinero en los peores. ¿Por qué trabajan ellas en esta ocupación? ¿Piensan que el trabajo les da más remuneración por el tiempo invertido que los demás trabajos en el sector informal? ¿Cuáles son sus obligaciones económicas y familiares? ¿Cómo son sus relaciones con familiares y vecinos? ¿Sienten culpa por dedicarse a un trabajo mal visto por la sociedad, o como reporta Castillo (1998), que no se fijan en los roles idealizados? Para entender un poco mejor las vidas de las mujeres que trabajan en esta calle, pasamos a cuatro casos que son representantes de la muestra: nacieron en pueblos rurales, tienen bajo nivel de estudios, han trabajado en diferentes sectores de la economía y sobre todo son madres que reciben poca ayuda económica, si es que reciben algún apoyo de los padres de sus hijos.

 

Caso uno: Marta

Marta, de 43 años, trabaja en la noche y a veces gana hasta 300 pesos, pero otros días gana solamente 50.Tiene tres hijos y vive en una casa de lámina en una colonia popular. Ella dice: "Si yo tuviera una casa de dos pisos, bien arreglada, yo no tendría que trabajar así." Estudió 68 4 hasta el cuarto grado de la primaria y luego empezó a trabajar como mesera en el Istmo. Hace 16 años quedó embarazada de un hombre que "me engañó'. Sigue trabajando como mesera, pero no puede pagar a una criada para que cuide a su hija. Marta le pidió a su tía que le ayudara, pero ella le dijo: "Tú tuviste el problema. Arréglalo tú."

Marta llegó a Oaxaca buscando ganar un poco más para mantener a su hija. Encontró a otro hombre en Oaxaca y se juntó con él. Después de tener dos hijos en tres años con él la dejó. Dice ahora: "Tengo años de no estar con nadie." Marta explica que tenía tres hijos menores de cuatro años y "yo me pregunté qué haría para mantener a mis hijos. ¿Quién me los cuida? No tengo familia acá". Encontró a una mujer que los cuidara y se inició como trabajadora sexual. Después de trabajar como diez años, Marta decidió dejarlo para "descansar" porque (señaló su vagina) "el cuerpo se cansa mucho" trabajando en esto. Trató de "descansar" trabajando en la limpieza de un edificio federal, donde ganaba 238 pesos a la semana, y en otro del gobierno estatal que le pagaba 350 a la quincena. Regresó al trabajo sexual cuando su hija mayor empezó a estudiar la secundaria porque "los sueldos que me daban no me alcanzaron para los gastos de la escuela como zapatos, libros, mochilas, uniformes, autobuses. Más la comida. Ya sabes, la vida cuesta. Todo cuesta" Ella comenta que siempre les dice a sus hijos: "Sin educación no hay esperanza de encontrar un buen sueldo." Sus hijas no saben en qué trabaja. "Les digo que trabajo en un restaurante". Pero saben que ella no estudió después de la primaria. "Les digo que sigan estudiando para que no sean igual que yo. Les digo que no se puede trabajar en nada —ni en la limpieza— si no estudias. De veras, los patrones te piden tus certificados de la prepa. Les digo que estudien ahora, para que luego te cases y ya estés preparada. Si no te va bien, tendrías algo con qué defenderte."

 

Caso dos: Araceli

Araceli, de 54 años, es madre de tres hijos. Dos ya tienen más de veinte años y un joven todavía vive en su casa en el distrito de Etla donde ella tiene un terreno chico que se lo dejaron sus padres. Empezó a ser trabajadora sexual hace siete años, "como andaba de lavandera y no me alcanzaba. Tenía yo que dar a mis hijos". Va a la ciudad seis días a la semana. Llega más o menos a las 10 de la mañana y regresa a su pueblo a las dos o tres de la madrugada. El colectivo le cuesta seis pesos al día. Ella reporta que sus ganancias son mínimas: "Las muchachas cobran mucho más [que yo]. Como ya soy grande, les digo 10 o 15 [pesos]. No les voy a decir 50. A veces llevo 50 al día. No mucho."

Cuando le pregunté sobre los problemas con este trabajo, ella respondió: "Como una trata a ellos, ellos tratan a una", para explicar que nunca ha encontrado a un cliente que la maltrate. Pero al mismo tiempo admitía que hay problemas por su edad: "La cosa más difícil es... estar con los hombres. Una se aburre. Y ya grande, pues, imagínate... Yo quiero salir este año. Ya grande es imposible." Hablaba indirectamente sobre otros dos problemas. Por una parte, tiene vergüenza que sus hijos sepan que ella tiene ese trabajo: "Les digo que yo soy lavandera." Pero como (según ella) "la calle es un lugar público", algunos de sus vecinos la han visto, y "son bien chismosos", hablan con sus hijos y la critican directamente a ella: "La gente allá a veces me ve en la calle y les dicen cosas a mis hijos. Mis hijos me han preguntado pero les digo que así es la gente, chismosa. Digo que hablen, que digan lo que quieran. No les hago caso."

Sobre sus planes para el futuro, Araceli dice que tiene la esperanza de abrir una miscelánea en su casa el próximo año, después de que su hijo salga de la preparatoria. Según ella, él quiere ser militar y para entonces ella no necesitará trabajar para sostenerse. Dice que no tiene ningún plan de buscar un hombre "ni amante, novio ni esposo; quiero vivir tranquila, con mi hijo". Pero hay otro problema que le preocupa: aunque dice que siempre usa condones con los hombres, confesó que tiene miedo de haber contraído el sida. Explica que "cuando salgo voy a hacer mis análisis para tranquilizarme".

 

Caso tres: Pamela

Pamela tiene 29 años, es soltera, y empezó a trabajar cuando tenía 12 años. Ella explicó sobre su familia: "Mis padres no tenían nada. Mi mamá fue madre soltera. Trabajaba como vendedora de comida. Yo no estudié nada. Nunca me mandó a la escuela. Me mandó a trabajar como sirvienta. Pues una amiga más grande me llevó a la ciudad y me dijo que podía ganar más así. Yo era chamaca. no sabía yo qué hacía. qué significaba. Pasaron cinco años así, hasta que encontré al padre de mis hijos mayores."

Se embarazó de su hija que ahora tiene 12 años, y dejó de trabajar unos 10. Encontró a otro hombre "que nunca trabajaba" y tuvo dos hijos con él. Terminaron hace tres años, y "me llevó mi nene". No daba dinero para su hijo que le dejó y "me puse a trabajar otra vez para mis hijos".

Ella prefería hablar sobre el bienestar de sus hijos más que sobre su trabajo. Explicó que tenía que planear su tiempo y su dinero para tener suficiente para los gastos cotidianos. Está rentando una casa sencilla de lámina con una recámara para ella y sus dos hijos. También va al DIF por su despensa; paga ocho pesos por 36 litros de leche, cereal y chocolate. Sobre sus hijos dice: "Pago a una señora que me los cuide en su casa", pero Pamela les prepara su comida: "normalmente una sopita de frijol, no comemos mucha carne" y les lava la ropa para no pagar a una lavandera.

Pamela trabaja dos turnos, siete días a la semana, para ganar "lo máximo posible". Está en la calle a las 11 de la mañana y sale en la tarde para ir a su casa con suficiente tiempo para preparar la comida para sus hijos. Regresa a la calle a las siete de la noche y se queda allá hasta la una de la mañana. Normalmente "cobro unos 30, 40. A veces 20... Cuando hay pues gano hasta 100.Pero cuando no hay, pues nada." Lo peor del trabajo, dijo con énfasis, es que "hay que soportar a los hombres". Sobre su vida personal dice que está "sólita por ahora" porque después de su última relación no quiere andar con otro. Tampoco quiere seguir como trabajadora sexual, pero dice que piensa seguir "hasta que yo comprara mi terreno y haga mi casa". No sabe en qué trabajará luego, aunque no quiere trabajar como fichera: "No me gusta. Hay que fumar y una se enferma rápido." Tiene miedo que los hijos sepan qué hace, aunque su mamá y sus hermanos ya saben: "Mi mamá me regaña por mi trabajo. Me dice que me salga de eso. Mis hermanos se enojan. Ya no me hablan. Me pongo mal, pero tengo que salir para mis hijos."

De la serie: Alto, mujeres trabajando, 2003 / Roxana Acevedo

 

Caso cuatro: Navidad

Navidad es divorciada y tiene 36 años. Es madre de dos jóvenes. Viene de una familia grande (de siete hermanos) de la Costa, donde sus padres siguen trabajando como campesinos. Describe su nivel de escolaridad: "Nada. Estoy media aprendida por una maestra" para quien trabajaba como sirvienta. Empezó a trabajar en un comedor y conoció a su esposo cuando él iba ahí a comer. Se casaron y él la llevó a vivir con su familia en otro pueblo costeño. Trabajó en el negocio de la familia del esposo donde su suegra la trató "como a una esclava. Peor de como ella trataba al mozo que tenían". Su esposo "tomaba mucho" y recuerda que "peleamos mucho. No nos entendimos". Se separaron después de seis años y se fue a Puerto Escondido donde encontró trabajo como recamarera en un hotel. "Pero no me alcanzaba. Tuve que pagar la escuela, la comida. a las que me cuidaban los hijos. Empecé ir a las cantinas cuando tenía unos 25 años. Una muchacha me llevó a Veracruz a trabajar en una 'casa de cita' donde ella ganaba 'suficiente'", pero se vino a Oaxaca, donde empezó a trabajar por primera vez como ambulante.

Escogió un turno de noche (de las seis de la tarde hasta las 11:30) porque gana más comparado con la ganancia de día. Dice que gana hasta 300 pesos al día. "Les cobro unos 50 pesos más 15 para el cuarto. Ellos siempre lo pagan." Explica su preferencia por los clientes frecuentes. "En mi trabajo se trata con hombres que son tomados. Yo nunca les digo nada, para no tener problemas. Siempre uso condones y voy a la clínica cada semana para mis análisis." Habla sobre problemas en la calle "por la competencia entre ellas". Dice: "No me meto con otras mujeres en la calle. Yo trabajo de mi cuenta. Para mí misma." Toma un taxi cuando termina en la noche para "llegar rápido a la casa para estar con mis hijos en la noche. Es muy importante para ellos". Además, la presencia pública del trabajo sexual conlleva problemas con varios familiares, incluso con su ex esposo y miembros de su familia. "Me critican, por supuesto" Su ex esposo trató de quitarle a los hijos cuando se fue, pero ella fue con un abogado "que arregló todo. Me costó mucho. Mucho trabajo". Sobre sus familiares y vecinos dice: "Sí me criticaban. Pero me hace igual si me hablan o no me hablan. Yo no vivo para ellos. Ni trabajo para ellos. Trabajo para que mis hijos salgan adelante. Ahora mi hija sabe que estoy trabajando para que ella estudie. Y ella también trabaja. Ya tiene un año trabajando como estilista y va a seguir mientras estudie la universidad. Luego, espero que me ayude con los gastos de la casa, porque ya no quiero salir. Unos cuatro años más y ya."

 

LAS SITUACIONES INDIVIDUALES EN UN CONTEXTO MÁS AMPLIO

Las características de los casos presentados arriba tienen mucho en común con las cifras de Barahona et al. y Mayoral, planteados en estudios anteriores sobre el trabajo sexual en Oaxaca, y también se vinculan con las muestras de los análisis realizados en México por Gomezjara y Barrera y Castillo. Muchos temas emergen sobre las situaciones de estas mujeres, incluso las obligaciones y circunstancias económicas como jefas de familia, las relaciones sociales con familiares y otros miembros de la sociedad, los planes para el futuro con respecto a los riesgos físicos que enfrentan en su trabajo, y sus ideas sobre la posición que ocupan en la sociedad oaxaqueña.

En suma, las seis mujeres entrevistadas vienen de pueblos rurales, las cuatro que migaron a la ciudad no tienen familiares que vivan cerca que les puedan ayudar con sus familias. Ninguna de ellas vive con una pareja buena, con los padres de sus hijos y que les dé suficiente para mantener a sus familias. Cada una se ve como la jefa de su familia, la que tiene toda la responsabilidad económica y moral para el bienestar de sus hijos.

 

Circunstancias económicas

Todas las ambulantes toman en serio las obligaciones económicas para con sus hijos. Según ellas, las necesidades básicas son la comida, casa, ropa, transporte, atención médica y, mientras los niños son pequeños, alguien que los cuide. Otra obligación económica que les preocupa es dar educación formal a sus hijos.9 Hablan del hecho de que su ganancia, aunque varía, nunca les alcanza para los gastos del hogar. Una mujer que conocí por casualidad en la calle estaba llorando porque acababa de saber que necesitaba 200 pesos para comprarle lentes a su hija.

Con respecto a los gastos cotidianos y las urgencias que viven, cada una indica que si deja el trabajo sexual no puede generar un ingreso suficiente para sostener a su familia en un nivel básico. Todas han tenido otros trabajos del sector informal (como mesera, sirvienta, cocinera, lavandera) y rechazan la idea de trabajar como empleadas domésticas. Ese trabajo es uno que oaxaqueños "decentes" me sugirieron, y a veces ellas lo consideran como una alternativa. Dicen que las familias de las clases altas y medias prefieren "tener una sirvienta joven y virgen en lugar de una prostituta vieja, y mucho menos una que tiene tres o cuatro hijos". No quieren vivir "en casa" porque han vivido muchos años con sus hijos y no aceptan vivir bajo las reglas de los patrones.

Cabe mencionar que los sueldos que pagan a las trabajadoras domésticas no son suficientes para vivir. Cada una de las entrevistadas, como otras que conocí en el estudio, rechazaron la idea de que pueden trabajar como lavanderas porque dicen que "trabajan mucho y ganan muy poco". Hablan del hecho de que la lavandera gana 40-50 pesos en cuatro horas, y que las callejeras tendrán que trabajar dos turnos de lavanderas para generar un sueldo igual a lo que ganan ahora, y después lavar su propia ropa para no pagar a una lavandera. Hablan también sobre el hecho de que la lavandera usa agua fría, y pierde sus días de trabajo porque se enferman de gripe, neumonía y artritis. Dicen que aunque su ganancia en la prostitución es variable, les conviene más trabajar en esto que en otros trabajos del sector informal donde el sueldo "no alcanza" y, como dicen muchas, "es que no me queda otra opción".

Se puede comparar la situación en que ellas viven desde la perspectiva de Katie Willis (2000), en su estudio sobre los hogares oaxaqueños con jefatura femenina (es decir, las familias donde las mujeres no viven con ninguna pareja), que ahora son una de cada siete familias en el estado (INEGI, 2001). Willis concluyó en su estudio que las familias de este tipo en la clase media10 tienen una estructura extendida y miembros adultos (incluso la mamá y niños) con altos niveles de escolaridad que les permiten trabajar en profesiones y otros trabajos del sector formal. De hecho, estas mamás comúnmente son viudas o están solas porque así lo desean. Los hijos han estudiado un nivel escolar alto y contribuyen con la mayor parte del dinero en la familia. En este estudio sobre las ambulantes, anotamos que ellas y sus familiares tienen las características que Willis apunta para la clase baja, en donde las mujeres no terminaron la primaria, están trabajando para sus hijos, no tienen coches ni salen de vacaciones y no cuentan con un sueldo suficiente para pagar ayudantes de la casa, por lo que hacen las labores del hogar además de trabajar. Lo único que tienen en común es el énfasis que ponen a la educación de sus hijos, pero notamos que mientras los hijos en la clase media asisten a escuelas privadas, los de la clase baja van a las instituciones públicas. Más adelante regresaremos a la importancia que ellas ponen a la educación de sus hijos.

 

La red de relaciones sociales

Las mujeres estudiadas en esta muestra afirman tener buenas relaciones con sus hijos, pero no con sus familiares ni se llevan bien con los padres de sus hijos. En las palabras de la mayoría de ellas, sus ex esposos y ex novios son "huevones" o "flojos" que nunca mantuvieron a sus hijos. Un ejemplo típico es Marisol, madre de cuatro, quien vive "más tranquila" después de ser abandonada por su esposo. Dice: "Él era borracho. Me pegaba. Tomaba, buscaba otras mujeres. Hasta fumaba marihuana." Sobre sus clientes, muchas señalan que en ellos ven los mismos vicios de sus amantes, y esto sirve para convencerlas de que la vida es mejor sin un hombre. Por ejemplo, Gladis, la única ambulante que nunca se casó (aunque tenía muchos novios cuando era más joven) ni tuvo hijos, dijo sobre sus clientes (dentro de una conversación sobre los hombres en general): "Yo veo a los que vienen acá, a la calle, y sé que no tienen dinero. Trabajan como obreros, jornaleros y no ganan nada. Unos 30, 40 pesos al día. Yo sé que esto no alcanza para sus gastos, para sus hijos. Pero vienen acá y yo les pido 40 o 50 pesos, y quedamos en unos 30. Luego va a ir con su esposa y ella tendrá que buscar la manera de cuidar a su familia, para que coman. ¿Porque de donde viene el dinero? Para mí, éstos no son hombres. Un hombre cuida a su familia. No gasta su dinero en tomar, en mujeres, mientras sus hijos no coman. Pero así son los hombres."

Las callejeras que viven en sus pueblos comentan que no tienen buenas relaciones con sus familiares porque tienen pena de que ellas sean trabajadoras sexuales y por cosas que pasaron en la familia antes de que ellas empezaran a trabajar. Por eso, no les piden que les ayuden a cuidar a sus hijos ni que les presten dinero. Las que mantienen buenas relaciones con algunos de sus familiares dicen que sus hermanos o padres no tienen dinero para ayudarles económicamente. Por ejemplo, Marta dice que tenía miedo que su hermano mayor la regañara después de que algunos vecinos de su pueblo natal que sabían de ella le podrían decir a su familia que se prostituía. Pero dice que al contrario, que su hermano —un campesino con cinco hijos— le dijo que él tenía pena por no poder ayudarla. Explicó que él estaba enojado con el ex esposo de Marta porque no cuidaba a sus hijos. Sobre todo, su hermano le suplicó cuidarse para que no se infectara de sida y para que sus hijos no se queden solos, igual le piden sus hijos a Tina y la mamá de Laura.

 

Deseos para el futuro

El deseo de salir lo más pronto posible de este trabajo —con sus problemas de la calle, los hombres y el riesgo de infectarse de una enfermedad fatal— se expresa en cada conversación y entrevista que realicé. Por un lado, todas comentaron que en lugar de estar satisfechas el trabajo las "cansa" o "aburre". Algunas dijeron que esperaban, igual que Marta, llegar a "descansarse" un rato después de años de trabajo. Un problema, según ellas, es que "una no gana si deja de trabajar", y el estrés de no ganar es peor que seguir trabajando. También quieren dejar de prostituirse por sus preocupaciones de su salud, y para no estar sin recursos económicos cuando lleguen a mayor edad. La mayoría (incluso las que ya pasaron los 50 años) afirma tener que "jubilarse" más o menos a los 50 porque la demanda y ganancia para las viejas disminuye en relación con las edades menores. Todas conocen a Ravi, de 62 años, quien es la más vieja de las trabajadoras registradas. Aunque Ravi pide cinco o diez pesos de los hombres, no gana suficiente para sostenerse. Trata de aumentar su ganancia vendiendo cosas de plástico, pero vive más que nada por las almas que le dan en la calle. Ninguna de las callejeras querría quedar igual a esta "pobrecita", y dijeron tener mucha pena cuando una callejera les dijo que Ravi tuvo que aceptar dos pesos por tener relaciones con un joven porque no tenía dinero para su pasaje del autobús para llegar a su casa.

Otro problema muy grave es que sin recibir una pensión no pueden tener fácilmente dinero ahorrado. Muchas se resisten a trabajar varias veces por semana, y sueñan con abrir una taquería o una tiendita en donde viven. Por lo general, quieren trabajar por su cuenta para no depender de un patrón que determine su horario o su sueldo. Pero en realidad muchas reconocen que no lograrán este sueño, pues al gastar su ganancia en mantener a la familia, no alcanzan a ahorrar.

Algunas dijeron no contar con ahorros por gastar en la educación de sus hijos, con la esperanza de que ellos las mantengan después de terminar sus estudios. Pero destacan que sus hijos no están obligados a hacerlo y que no pueden confiar completamente que eso pase. Normalmente tienen una actitud más altruista sobre la educación de sus hijos. Ramona, con un hijo de 14 años, dice que trabaja para que él salga adelante. "Yo creo que la educación es la herencia que les damos a nuestros hijos. No tengo casa ni dinero que le pueda dar pero pago sus estudios para que tenga opciones." Hay mujeres de la clase media que coinciden en que trabajan fuera de casa para dar educación a sus hijos (Hubbell, 1993). Al principio todas dicen que la falta de estudios limitaba sus opciones para tener un trabajo fijo, con buen sueldo. También aluden al "credencialismo" que existe hoy en Oaxaca, donde los trabajos disponibles en el sector formal piden, según ellas, a lo menos credenciales de la secundaria.

 

Respuestas a la crítica social

Ellas saben que su trabajo está mal visto por la sociedad, sus vecinos y algunos de sus familiares. Han escuchado insultos de clientes (como "¿Por qué te rentas?") y comentarios de sus vecinos diciéndoles que son "flojas" o que lo hacen "por gusto". Algunas se enojan, mientras que otras dicen que los insultos vienen de personas que no entienden realmente el estándar de su vida. Marta afirma no tomar en cuenta esos comentarios porque son "ridículos", si supieran cómo vive: "Sería diferente si mi casa fuera de dos pisos, si yo tuviera dinero para comprar ropa o joyería de lujo. La gente dijera que no hay necesidad de andar de prostituta, de tener relaciones con hombres desconocidos. Pero yo vivo en una casita. No tenemos refrigerador. Ni tenemos estufa. Muchas personas dicen que la vida de la prostituta está fácil, pero no saben los riesgos que hay."

Mientras algunas rechazan el estigma y la imagen de la "mujer buena" proveniente de la hegemonía de las clases altas y medias, otras ambulantes han internalizado la idea de que la prostitución es algo para avergonzarse, por lo que no quieren que sus hijos sepan en qué trabajan. De ahí que comenten: "digo que soy una lavandera" o "piensan que trabajo en un restaurante". Las que dicen la verdad a sus hijos lo hacen para reforzar la importancia de salir adelante y de vivir una vida diferente a la suya. Al trabajar en un lugar público, no querían que sus vecinos o los amigos de sus hijos les dijeran que las habían visto. La madre quiere que sepan los sacrificios que ella hace para su familia, y que realiza ese trabajo por las circunstancias, porque en sus palabras, "si no cobro, no como". Este sentimiento tiene mucho en común con las observaciones de los estudios más extensos realizados por sociólogos, antropólogos y trabajadores sociales en otras partes de México (como reporta Castillo, 1998), donde las mujeres hablan sobre su trabajo como un sacrificio que hacen en su papel de mamá, sin tener la libertad de fijarse en la imagen o preguntas que tiene la sociedad en general sobre su moral o su habilidad para ser buenas madres.

Hay registros de que aunque mucha gente oaxaqueña critica e insulta a las trabajadoras sexuales, en general y sobre todo a las que lo hacen "por gusto", otras personas están conscientes de la realidad económica que empuja a algunas madres a trabajar en ello, y no condena la conducta. Por ejemplo, Higgins y Coen (2000: 64) citan las palabras de una mujer que comentó sobre las acciones de una vecina que era trabajadora sexual: "Muchas veces una mujer se mete en el mundo de prostitución... por necesidad. Hay madres que tienen muchos hijos y el sueldo en muchos trabajos no les alcanza y empiezan a prostituirse. Es una manera de mantener a sus hijos... aunque no lo haría, tampoco veo mal su decisión." Una maestra que conozco dijo algo semejante después de pasar por la calle Iguana: "Yo sé que muchas personas dicen que ellas hacen algo malo, pero yo no las critico. Pienso, 'pobrecitas que tienen que hacer algo tan feo'. Yo no lo haría, pero no estoy en esa situación. Mi mamá se sacrificó [trabajaba como vendedora] para que yo estudiara. ¿Pero quién sabe qué pasó con ellas? No, yo no las juzgo."

Anotamos por fin que estas mujeres entrevistadas nunca hablan sobre la sexualidad ni los pecados asociados con el trabajo, ni sobre sus primeras reacciones cuando empezaron a trabajar. Al contrario, ponen énfasis en su situación actual y sus deseos para el futuro, incluso tienen la aspiración de que sus hijos —y en particular sus hijas— tengan más seguridad financiera para que no lleguen a vivir en las mismas circunstancias.

 

CONCLUSIONES

Las mujeres de esta muestra tienen mucho en común con las situaciones de las callejeras que se han reportado en otras áreas, como tener bajos niveles de educación y ganancia, ser jefas de familia con hijos menores, encontrar peligro físico e insultos verbales por su trabajo, y vivir en las peores condiciones de la jerarquía de trabajadoras sexuales. El hecho de que ellas defiendan su derecho a "escoger" este trabajo, porque no les queda otra opción en el mercado laboral, indica que se puede entender la complejidad del fenómeno en la matriz local como una combinación de la agencia y la estructura. Según ellas mismas, "andar de prostituta es una decisión económica", el mercado laboral en Oaxaca privilegia a los individuos con altos niveles de educación quienes obtienen los trabajos especializados y bien pagados. La situación de hoy nos hace recordar las palabras de Mark Overmyer Velázquez, quien anota que desde el porfiriato, "las prostitutas jugaron un papel integral en las diversas experiencias de la modernización de la ciudad" (2000).

Al mismo tiempo, la realidad de que hay madres solteras, como resultado de uniones frágiles u otras situaciones, que trabajan para mantener a sus familias, junto con la demanda de la población por ese trabajo institucionalizado, asegura que hay algunas oaxaqueñas que van a optar por ser trabajadoras sexuales. O'Connell Davidson destacó que la prostitución surge como buena opción cuando no hay otras posibilidades. Pero el hecho que la mayoría de las oaxaqueñas en circunstancias semejantes no lo hacen refuerza las complejidades de este fenómeno, y el hecho de que es difícil decir realmente por qué las mujeres deciden hacer este trabajo.

Es una realidad que muchos de los trabajos disponibles para las mujeres mexicanas —y más para las mujeres con bajos niveles de estudio— no pagan lo suficiente para mantener a una familia. Esta realidad puede contribuir, como destacó Sylvia Chant, a que la prostitución resulte más atractiva a las mujeres que viven o migran a las ciudades mexicanas, como sucede en otros países. Desgraciadamente, el hecho de que la prostitución en Oaxaca —igual que en la situación global— sea un trabajo peligroso, en donde las trabajadoras enfrentan cada día las amenazas de "violencia, enfermedades y discriminación" (Downe, 1999) nos impone saber más sobre las necesidades que tienen ellas y sus hijos para que salgan del ciclo de pobreza que, según ellas, las compele a trabajar como prostitutas. Al mismo tiempo, esperamos que logren tener acceso a la educación —demanda de la Organización de las Naciones Unidas desde 1995 reconocida como la forma idónea para mejorar la calidad de vida de las mujeres en todas partes del mundo y que, por fortuna, ha crecido en Oaxaca en las últimas décadas— y con ello las hijas de estas mujeres tengan otras oportunidades.

 

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Notas

* En esta artículo se utiliza la palabra ambulantes para referirse a las trabajadoras sexuales. [N. de T.]

1 En su estudio sobre las prostitutas en San José, Costa Rica, Pamela Downe (1999) nos dice que las mujeres son "vistas como los vectores de las enfermedades por la sociedad, sin tomar en cuenta los riesgos que enfrentan, sus sufrimientos o sus costos personales" (p. 65).

2 Véase por ejemplo el estudio de Law (1997) sobre la prostitución en Filipinas, también un país predominantemente católico —donde se refieren a la prostituta como "la otra María".

3 Cabe mencionar que ni las ambulantes, trasvestis o las mujeres que trabajan en bares en Oaxaca aparecen en las paginas Web (http://www.smutland.com/guest/prostitution.mexico.html y http://world-sexguide.org/whatsnew.html) donde extranjeros escriben en detalle sobre sus "aventuras" con prostitutas en lugares como Cancún y las ciudades de la frontera.

4 Les agradezco mucho a los doctores y enfermeras por su ayuda y comentarios sobre las situaciones en que viven y trabajan las callejeras. Les agradezco mucho por haber compartido parte de sus vidas íntimas conmigo.

5 Solamente una de las más de dos docenas de callejeras que conocí por este proyecto no era madre. No indicó si fue una decisión que tomó a la fuerza o algo que no le pasó.

6 Una callejera aconsejó que me retirara al haber un pleito entre mujeres o cuando una "que se cree importante" empezó a insultarme. Donde yo hacia las observaciones no hay "sindicato" ni lo quieren. En otras calles hay mujeres que han formado grupos. Una mujer de 42 años me explicó que al principio una mujer establecida, "que quería ser líder", le pidió su libreto. Ella respondió: "La calle es libre. A los únicos que muestro mi libreto son mis clientes y los inspectores." Después de muchos pleitos, ella se cambió a otra calle. Otro día una mujer nueva en la calle empezó a hablarle fuerte a otra, la insultada la atacó y ella quedó desnuda. Para una discusión más ampliada véase a Howell (1998).

7 Me informaron que eligieron el seudónimo de "Lupe" porque les permitía el anonimato, sin referirse a su connotación religiosa. En otra obra espero profundizar en sus vidas religiosas y si este símbolo que escogieron significa algo más profundo para ellas.

8 A veces interactúan con policías o inspectores, Me dijeron que ellos saben quiénes tienen libretos y nunca las molestan. Cuando un hombre me estuvo molestando, Tina le dijo que yo era "una doctora" que estaba preguntando si toda iba bien. El hombre me pidió permiso y se fue a otra calle.

9 Espero hacer un estudio de largo tiempo sobre la cuestión de si los hijos aprovechan la oportunidad de terminar sus estudios.

10 Ella define la clase media como poseedora de una casa de buena calidad, un coche, posibilidad de viajar en vacaciones, emplear sirvientas domésticas y mandar los hijos a una escuela privada.

 

Información sobre el autor

Jayne Howell. Doctora en antropología por la State University de Nueva York en Stoy Brook desde 1993. Es profesora de antropología en la California State University Long Beach. Lleva 17 años de hacer investigaciones sobre la importancia de la educación formal en las vidas de las oaxaqueñas en el medio rural. También ha realizado estudios sobre las experiencias de las maestras y profesionistas, así como de las mujeres que se quedaron sin estudios y que trabajan en el servicio doméstico o como trabajadoras sexuales. Entre sus publicaciones más recientes se encuentran: "Enseñanza como vocación y profesión para oaxaqueñas del medio rural", en Identidades año 1 (3-4), 2001, pp. 43-51; y "Of Servanthood and Self-Employment: Changing Patterns of Domestic Service in Southern Mexico", En Urban Anthropology, vol. 31 (3-4), 2002, pp. 389-422.

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