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Desacatos

versión On-line ISSN 2448-5144versión impresa ISSN 1607-050X

Desacatos  no.8 México  2001

 

Comentario

 

Sobre cine etnográfico, video documental, internet y otras variantes "modernas"

 

Ricardo Pérez Montfort

 

CIESAS, México.

 

Para Poncho Muñoz, quien mucho tendría
que decir sobre estos asuntos.

I

Todo mensaje tiene una triple lectura:
nos habla del objeto, nos habla del sujeto
y nos habla del propio medio.

Joan Fontcuberta, 1997

 

Es ya un lugar común afirmar que el siglo XX ha sido un siglo de imágenes, lo mismo el decir que vivimos en una era de revoluciones tecnológicas. A fuerza de repeticiones se nos ha impuesto la idea de que la fotografia y el cine han cambiado nuestra forma de ver el mundo y que los medios de comunicación masiva han transformado radicalmente la vida del hombre contemporáneo. Pero más aún, estos planteamientos parecen contener la premisa central de que al incorporar las imágenes y las revoluciones tecnológicas a los procesos sociales contemporáneos necesariamente se han producido beneficios para la humanidad en pleno.

Esto, desde mi punto de vista, es en parte cierto y en parte no. No se puede negar que el uso de la fotografía y el cine, lo mismo que las grabaciones fonográficas y ahora las redes cibernéticas ha enriquecido la posibilidad de masificar la comunicación y por lo tanto democratizarla. Pero también es cierto que el control de los medios, así como su uso con fines políticos —pienso en la propaganda nazi— o de beneficio económico restringido —las redes de intercambio teconólogico de armamento— no necesariamente han beneficiado a la humanidad. Más bien todo lo contrario.

De pronto, el uso desmedido de ciertas imágenes relacionadas con temas específicos puede generar simplificaciones o estereotipos que poco contribuyen a un conocimiento profundo y certero de la realidad. La manipulación de los mensajes televisivos o cinematográficos, así como el bombardeo consumista de la radio comercial o los portales de internet pareciera que están haciendo todo lo necesario para ocultar los severos contrastes económicos, políticos, sociales y culturales que se viven en el planeta hoy en día. Y más aún: tal parece que las diferencias en cuanto a control y producción de nuevas tecnologías de comunicación están incidiendo directamente en la división económica y política entre los pueblos que tienen acceso a dichas tecnologías y los que no.

Por otra parte los medios audiovisuales han jugado un papel determinante en las confrontaciones bélicas y, justo es decirlo ahora, en los salvajismos terroristas que están asolando al mundo en estos días. Con imágenes específicas repetidas constantemente —como el choque de los aviones secuestrados en las torres gemelas de Nueva York— se pretende manipular la conciencia mundial y desviarla lejos de la torpeza de los gobernantes contemporáneos, incapaces de medir las consecuencias de sus proyectos económicos y políticos. Los llamados a la censura combinados con el abuso de mensajes de violencia invaden a los medios fomentando una confrontación entre "los buenos" de occidente y "los malos" de oriente, como si los primeros tuvieran el derecho de imponerse por encima de los segundos, con toda su carga de discriminación y arrogancia. Pareciera que la información visual y auditiva de dichos "buenos" insiste en la necesidad de aniquilar a todo aquel que no es o pretende ser como ellos. Todo esto a través de imágenes, palabrería y escritura que tiende más a confundir que aclarar lo que está sucediendo en la realidad mundial. ¿Son éstas las consecuencias inmediatas de la globalización? Con las imágenes y con la voz y la escritura también se puede resistir a quienes con esos mismos elementos pretenden convertirse en los próximos amos del planeta.

Por eso, pensar en el uso de los medios de comunicación como parte de los problemas centrales que afrontan las ciencias sociales contemporáneas resulta por demás necesario. A ello se abocan los cuatro artículos de la sección "Saberes y razones" de esta edición de Desacatos. Aun cuando cada texto aborda una temática relativamente distinta a la de los demás, no cabe duda que hay varios puntos que los hermanan. Distingo por lo menos tres: 1) la necesidad de aprovechar los medios de comunicación y las tecnologías contemporáneas de acopio, almacenamiento y transmisión de datos como herramientas imprescindibles de las ciencias sociales; 2) el señalamiento explícito y la reivindicación de la multidisciplinariedad que significa la utilización integral de estos medios y tecnologías, y 3) el optimismo en la propuesta de que en un futuro no muy lejano la relación entre las ciencias sociales y los medios de comunicación masiva dará sobre todo frutos que enriquezcan a las comunidades y a la humanidad entera.

Sobre este último punto ya se ha planteado cierta crítica en los párrafos introductorios, sin embargo, permítanseme algunos comentarios un tanto más puntuales. Comúnmente se establece como principio que ante un mayor acceso a los medios electrónicos el científico social se convierte en "más experto, más independiente y mejor informado". Esta suposición pareciera un tanto exagerada ya que la independencia, la experiencia, y la producción de nueva información no necesariamente están implícitas en la acumulación sino en la capacidad de interrelacionar datos y concepciones, así como en generar —de preferencia de manera creativa— interpretaciones novedosas. Si bien es relativamente cierto que entre más referencias se tengan existen más elementos de comparación y por lo tanto de enriquecimiento de conclusiones, pero también suele ser verdad que un abultado cúmulo de información no es garantía de innovación ni mucho menos de claridad en la exposición, no se diga en la interpretación. Hay que tomar en cuenta que en muchas ocasiones la cantidad mata a la calidad.

Con bastante optimismo, el artículo de Gabriela Coronado y Bob Hodge se acerca al fenómeno de la Internet proponiendo que a través de los medios electrónicos contemporáneos no sólo es posible pensar en una nueva forma de intercambio cultural, sino también resistir a los procesos de homogenización occidentalizante que trae la globalización. La multiplicidad de propuestas culturales y la posibilidad de intercambiar de manera multidireccional tradiciones, identidades o subjetividades permiten la apertura de las dinámicas sociales y por lo tanto de los sistemas de conocimiento dominantes. Proponiendo un acercamiento no lineal a los aconteceres sociales pareciera novedosa la inclusión de recursos difusos —ellos los llaman fuzzy— para reconocer las dinámicas culturales caracterizadas como fenómenos en continua transformación. De las interzonas que transgreden las fronteras tradicionales de diferenciación cultural, los autores escogen el ciberespacio para apuntalar su propuesta que quisieran sirviese para desarticular las tendencias hegemónicas de la globalización. Al describir el hipertexto y las potencialidades de la cultura expuesta en el ciberespacio con todo y sus redes no tan virtuales una vez más el optimismo campea en sus líneas. Estoy de acuerdo con que tantos millones de sitios en la Red equivale a no tener nada. Pero no sólo eso, la misma Internet ha sido usada como mecanismo de control y agresión. Piénsese tan sólo en los hackers —que se mencionan en el texto— o, por ejemplo, en aquel famoso virus de Cuitzeo que desgració gran cantidad de información de investigadores de la UNAM y de centros de investigación tanto de México como de otras partes del mundo justo antes de salir de vacaciones en el verano del 2001.

Es cierta la frase con que terminan su texto. A saber: "Cada cultura es cada vez más inherentemente multicultural." Pero uno se pregunta: ¿no ha sido la multiculturalidad una de las características de las sociedades humanas por lo menos desde el siglo XVII? Y llevando esa premisa a un extremo relacionado con la Red, volvería a preguntar: ¿si no tengo Internet, no tendré acceso a la cultura en el futuro?, ¿me quedaré limitado por las fronteras de mi simple "uniculturalidad"? Pero en fin, permítaseme dudar todavía de los beneficios ilimitados que los autores suponen en el uso cultural del ciberespacio.

 

II

Un poco más terrenal, aunque también rayando en cierta visión positiva del presente, resulta el artículo de Lourdes Roca, "Hacia una práctica transdiciplinar: reflexiones a partir del documental de investigación". Haciendo énfasis en la revaloración de los documentos históricos alternativos o digamos, no escritos: la imagen, la oralidad, la memoria, etcétera, la historiadora plantea la necesidad de ampliar el margen de uso de estos "documentos", tanto para la investigación como para la divulgación. Para ello se requiere desde luego de una apertura y una interdisciplinariedad tanto de los investigadores como de los divulgadores, al mismo tiempo que un apoyo de las instituciones dedicadas a ambas actividades. En dicho artículo se pretende argumentar en contra de la resistencia ejercida, ya sea entre instituciones como entre científicos sociales y gentes de medios en contra del intercambio, financiamiento y proyección del quehacer documental, llamémoslo "alternativo". Las propuestas de aprender no sólo a investigar sino también a comunicar y a divulgar creativamente resultan por demás interesantes. Trascender la cultura escrita e incorporar al estudio y a la proyección de la investigación los recursos de la imagen y la oralidad sería un reto de singular importancia tanto para intituciones como para investigadores.

Sin embargo, el artículo se queda trunco dado que no explica cómo, ni a través de qué instancias y experiencias podría lograrse su propuesta. Insiste, con optimismo, que ya hay un público que demanda productos audiovisuales de mejores contenidos y calidades, pero establece que sólo a través de la transdisciplinariedad se satisfará dicha demanda. Uno esperaría por lo menos que intentara definir y trazar de manera más concreta esa transdisciplinariedad, que yo plantearía más como una multidisciplinariedad. Pero lamentablemente la autora no lo hace y nos deja en ascuas, tan sólo enunciando las buenas intenciones de su propuesta.

Bastante más explícitos en cuanto a experiencias y propuestas concretas son los otros dos artículos que aparecen en este apartado; el de Paul Henley, "Ethnographic Film: Technology, Practice and Anthropological Theory", y el de Victoria Novelo, "Video documental en antropología". Si bien ambos insisten en los tres puntos ya mencionados, que hermanan a los cuatro artículos de la sección —el uso de los medios de comunicación como parte de las ciencias sociales, la necesidad de establecer una multidisciplinariedad a la hora de instrumentar dicho uso, y cierto optimismo— los dos artículos parecen complementarse de manera particular. El de Henley hace un recuento bastante amplio del cine etnográfico con algunas derivaciones hacia los avances tecnológicos y hacia algunos planteamientos teóricos, mientras que el de Novelo se interesa en hacer un recuento personal de sus experiencias recientes en la elaboración de videos documentales.

La relación entre el cine y la antropología, revisada por Henley, aun cuando prácticamente excluye toda experiencia latinoamericana y no se diga mexicana, muestra los diversos criterios con que los antropólogos se han acercado al cine. Pasando del entusiasmo inicial al escepticismo y de ahí a cierta obsolescencia a partir de la valoración particular de la teoría, el autor recupera su optimismo al plantear que, gracias a los avances técnicos contemporáneos, la vinculación del cine con la antropología se fortalecerá en un futuro muy próximo, si no es que ya se está dando.

Entre las diversas propuestas que aparecen en el texto de Henley habría que rescatar el uso del cine no sólo como registro del trabajo de campo, sino como complemento fundamental y hasta posible sustituto de los informes y comunicaciones ulteriores. Si ya se ha pensado en el antropólogo como escritor, ¿por qué no pensarlo como cineasta o como comunicador audiovisual? Ciertas camisas de fuerza académicas incidieron en el pasado en el rechazo a todo aquello que no fuese escrito como vehículo de transmisión de la experiencia y la teoría antropológicas. Sin embargo, la recuperación de la impresión individual y de cierta subjetividad como elementos imprescindibles de la actividad del antropólogo, han permitido que dichas camisas de fuerza se desajusten un poco. Con ello en mente uno se pregunta: si cada cineasta impone a su creación o a su visión un bagaje propio, ¿por qué no lo puede hacer un antropólogo utilizando el cine como recurso y lenguaje?

El mismo Henley lo plantea centradamente: no se trata de sustituir al texto escrito ni al ejercicio de la teoría; se trata de usar al cine como fuente probable y complemento capaz de enriquecer la comunicación del conocimiento antropológico y de las ciencias sociales en general. No creo inútil insistir en la necesidad de que a cada trabajo de campo el antropólogo incorpore en su equipo por lo menos una camarita de foto fija, si no es que de preferencia utilice una buena grabadora de video.

Finalmente, el artículo de Victoria Novelo recorre en primera instancia algunos aspectos del cine documental relacionado con la antropología mexicana. Poniendo cierto énfasis en Manuel Gamio, aunque olvidando algunos trabajos importantes de Miguel Othón de Mendizabal y de Ausencio E. Martínez, el trabajo se ancla en un problema central que permea la relación entre el cine y las ciencias sociales: la verdad. Se trata de un fenómeno que ha puesto en aprietos a más de un antropólogo-cineasta. ¿Qué hacer? ¿Se retrata la realidad tal cual o se interpreta? ¿Es posible presentar las realidades antropológicas a través del cine? Si bien el recuento de Novelo complementa lo dicho por Henley en materia de cine etnográfico internacional, la autora puntualmente reconoce la necesidad de incorporar algunos elementos de creatividad en la elaboración de documentales etnográficos, y por lo tanto, el fenómeno de la verdad adquiere ciertos matices.

Considerando las difusas fronteras de los medios de comunicación y su vínculo con las ciencias sociales, la diferencia entre cine etnográfico y documental puede resultar un tanto esquemática, sin embargo, justo es decir que la autora permite una mayor presencia de creatividad a la hora de hablar del documental, que la que le concede al filme etnográfico. Por ello quizá se podría plantear lo siguiente: mientras el documental apunta claramente hacia la divulgación, el cine etnográfico tiene como requisito, además de presentar, registrar. Creo que prescindir completamente de la creatividad a la hora de utilizar medios audivisuales es, además de un tanto imposible, poco recomendable. Considero que entre antropólogos y cineastas deben trascenderse las camisas de fuerza de disciplinas, planteamientos teóricos y técnicas, para buscar los puntos de confluencia más que las contradicciones. Como bien dice el dicho: "Ni tanto que queme al santo, ni tanto que no lo alumbre." Pero en fin, no dudo que la polémica sobre el vínculo entre la antropología y el cine, la realidad y la representación, la verdad y la creatividad, daría múltiples resultados interesantes.

Por último, uno de los principales méritos del artículo de Victoria Novelo es que hace explícito su método de trabajo, con lo cual da contenido empírico a la propuesta de la multi- o inter- disciplinariedad, que permea el resto de los trabajos presentados aquí. La descripción de las fases por las cuales se tiene que pasar para elaborar un documental y la insistencia en la colaboración entre antropólogos, productores, camarógrafos, sonidistas, guionistas, locutores, musicalizadores, etcétera, resulta particularmente importante, puesto que a partir de estas experiencias concretas es como se pueden identificar los problemas específicos de la relación entre ciencias sociales y medios de comunicación. No se trata de negar el trabajo teórico llevado a cabo por antropólogos-cineastas, ni mucho menos ningunear las importantes discusiones que se han dado a partir del descubrimiento de la conflictiva relación entre el cine y las ciencias sociales. Más bien comparto con la autora de este último artículo que el asunto no radica en los términos y designaciones, llámese "antropología visual", "cine etnográfico" o "documental antropológico". El vínculo entre la antropología o las ciencias sociales y los medios de comunicación es un fenómeno que toca directamente a la práctica y sobre ella todavía hay mucho que aprender, estudiar, discutir y divulgar. A ello invitan estos cuatro trabajos.

 

Información sobre el autor

Ricardo Pérez Montfort

Maestro y doctor en Historia de México (UNAM), investigador del CIESAS, D.F., y profesor en la División de Estudios de Posgrado de la Facultad de Filosofía y Letras de la UNAM. Su especialidad han sido los estudios sobre temas del nacionalismo y la cultura en México y América Latina en los siglos XIX y XX, sobre los que tiene numerosas publicaciones. Ha hecho estudios de cine, campo en el que ha realizado varios documentales sobre historia y procesos culturales de México. Ha colaborado en varias estaciones de radio cultural mexicanas y europeas y publicado libros de poesía. Actualmente es director de la Revista de la Universidad Nacional Autónoma de México.

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