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Desacatos

versión On-line ISSN 2448-5144versión impresa ISSN 1607-050X

Desacatos  no.7 Ciudad de México  2001

 

Saberes y razones

 

Un antropólogo entre los historiadores. Un informe de campo*

 

An Anthropologist among the Historians: A Field Study

 

Bernard S. Cohn

 

Oxford University.

 

Resumen

El presente ensayo -publicado originalmente en The South Atlantic Quarterly en 1962- expone los problemas metodológicos, pragmáticos y sociológicos que los antropólogos, entrenados de la manera tradicional, enfrentan cuando tratan de hacer una investigación histórica. Utilizando la ingeniosa técnica de estructurar su discurso como una clásica monografía antropológica de los cincuenta, el autor define el problema -la sobrevivencia de los antropólogos en los archivos-, describe el lugar y su gente -el hábitat académico del historiador profesional- y explora la organización económica y social del curioso y paralelo mundo del historiador social. El ensayo cierra con una reflexión sobre las dinámicas metodológicas y profesionales que separan el trabajo de los antropólogos y los historiadores, marca un rumbo interdisciplinario entre ambos mundos académicos con intereses y perspectivas comunes.

 

Abstract

This essay -which was originally published in The South Atlantic Quarterly in 1962- exposes the methodological, pragmatic, and sociological issues that classically-trained anthropologists confront when they attempt to carry out historical research. Using the ingenious device of structuring the argument as a traditional anthropological monograph of the 1950's, the author defines the "problem" -the survival of the anthropologist in the archives-, describes "the land and the people" -the academic habitat of the professional historian-, and expounds on the economic and social organization of the curious and parallel world of the social historian. The essay then closes with a reflection on the methodological and professional dynamics that separate the work of anthropologists and historians, even as common interests and perspectives provide interdisciplinary passages between both academic worlds.

 

EN LOS ÚLTIMOS 25 años, muchos han sido los esfuerzos para reunir a historiadores y antropólogos, para así combinar los planteamientos y métodos de ambas disciplinas en una colaboración productiva para la enseñanza y la investigación. Este esfuerzo ha alcanzado cierto éxito en algunas ocasiones, pero luego de diez años como estudiante y practicante de ambas disciplinas, aún mantengo la impresión que los antropólogos y los historiadores siguen siendo muy distintos en lo que hacen y su manera de realizarlo. De hecho, opino que ambas disciplinas están entrando a una recurrente fase nativista, y que el clima para las colaboraciones se ha vuelto un tanto gélido. Espero que esto sea solamente un reflejo de los límites de mis propias experiencias; sin embargo, como argumentaré en las páginas que siguen, pienso que este clima se debe tanto a la naturaleza de las dos disciplinas como al tipo de personalidad profesional moldeada por el proceso de investigación en los dos campos. Lo que sigue es un informe del trabajo de campo de un antropólogo social que ha vivido y trabajado entre los historiadores como un observador participante. Como sucede con la mayoría de los antropólogos que viven con los nativos en la maleza, se podrá percibir con claridad que nunca perdí mis propios valores básicos, pero espero haber podido desarrollar una sensibilidad hacia la cultura de la población que quise analizar. Como suele pasar en una etnografía, existen comparaciones con la sociedad y la cultura del etnógrafo, y éstas pueden revelar tanto sobre la cultura del etnólogo como sobre la cultura que se intenta describir.

 

EL PROBLEMA Y SU PLANTEAMIENTO

La presente es una descripción de la sociedad y la cultura de los historiadores. Mi trabajo de campo se llevó a cabo durante un período continuo de tres años en Estados Unidos (principalmente en el Medio Oeste), Gran Bretaña (Londres), y la India (principalmente en Delhi, Allahabad y Lucknow). El principal sector de la sociedad bajo estudio estuvo formado por los historiadores de la India. Se reconoce que este sector muestra características que lo distinguen de otros sectores de la sociedad, pero éstas mismas pueden llegar a esclarecer la sociedad entera.

El método de trabajo fue la observación participante. Intenté funcionar como un historiador: trabajé al lado de historiadores en bibliotecas y archivos, participé en coloquios con historiadores profesionales, asistí a reuniones de historiadores, y por un año tuve un puesto académico en un departamento de historia como docente de cursos de historia a estudiantes de licenciatura y de posgrado. He visitado facultades de historia para solicitar puestos permanentes como profesor de historia. Durante todo este tiempo llevé a cabo investigaciones que me obligaban a utilizar los documentos históricos de una manera aceptable para los historiadores. Tuve que enfrentar los clásicos problemas técnicos de los historiadores -ubicar, identificar, clasificar, editar y analizar los documentos. Sin embargo, pasado este nivel, pensaba tratar el material de una forma distinta a la del historiador, puesto que deseaba utilizar los materiales históricos como un antropólogo utiliza sus cuadernos de campo.

Mi educación y mis intereses generales me ayudaron, hasta cierto punto, a ser percibido como historiador. Como estudiante de licenciatura me recibí en historia, y siempre he leído textos de historia para entretenerme. Sin embargo, creo que en ningún momento los historiadores me aceptaron por completo en su ambiente, a pesar de que no tenía la visibilidad social de un antropólogo de tez clara en medio de una sociedad de gente morena. Por un tiempo funcionó este camuflaje, pero en cuanto las discusiones pasaban del mecanismo de la investigación a la meta de la investigación, mis diferencias intelectuales destacaban con vehemencia. Esto es, entonces, el informe de un fuereño sensible que casi siempre reconoció el hecho de ser un extranjero.

 

LOS NATIVOS Y SU ÁMBITO GEOGRÁFICO

En su capacidad profesional los historiadores se encuentran en tres sitios: las bibliotecas o archivos, las aulas y sus oficinas. Su ambiente más característico es la biblioteca. Mi experiencia se limitó a una sola variedad de biblioteca -el depósito especializado de libros y registros de una región. Esta variedad fue representada por la Biblioteca de la India Office de Gran Bretaña. En su interior, 20 ó 30 historiadores y otros individuos se sientan en fila día tras día, enfrascados en el estudio de sus manuscritos. En la India Office, el ambiente mismo hedía a historia. Los historiadores leían los registros de las reuniones de los propietarios de la Compañía de las Indias Orientales bajo un gran reloj que por 120 años adornó la sala de reuniones de los directores de la Compañía de las Indias Orientales. En los corredores había estatuas y bustos de las personas cuyos registros e informes los historiadores leían, y cuyas ideas y actividades proveen la razón para que éstos hurgasen los archivos. El contacto inicial en la sociedad de historiadores en estos archivos tiende a ser por el hecho de que otra persona tiene el volumen que necesitas. ¿Estará trabajando sobre tu mismo tema? ¿Su trabajo obstaculizará el tuyo, o será más bien su complemento? ¿Su trabajo en los registros facilitará el tuyo? Haces preguntas con suma cautela al lector del libro que buscas, y por lo regular encuentras que él está trabajando un tema distinto pero relacionado con el tuyo. Lo más probable es que la diferencia sea cronológica: él necesita los registros porque llegan al término de su período de interés, y tú piensas comenzar a partir de dicho punto. Sin embargo, emerge un vínculo. Al principio la interacción consiste en el intercambio de datos irrelevantes o bien conocidos; alguien que trabaja un tema estrechamente relacionado con el tuyo pocas veces te relatará sus más valiosos hallazgos. Tienes que esperar a que publique para poder seguir sus citas con legitimidad. Por otra parte, puedes esperar a que publique para entonces reseñar su libro, atacándolo con un documento o referencia importante aún desconocida que tú has encontrado. No obstante, el contacto con una persona que investiga una área relacionada genera una gran satisfacción. Dicha persona conoce en detalle lo que le planteas, puesto que también le ha comenzado a intrigar un tipo a quien se le dedica una sola línea en la Cambridge History of India. Este individuo también comprende que una decisión gubernamental menor tomada en Londres fue el resultado de una pelea entre la Sala de Directores y el gobernador general de la colonia. No le debes a esta persona explicaciones sobre tus motivos para investigar lo que pudiera parecer un punto insignificante. No tienes que luchar para relacionar tus investigaciones con el período o movimiento histórico general que te concierne; puedes conversar sobre banalidades largo y tendido.

Poco a poco comienzas a hacer distinciones entre tus colegas en la biblioteca. Sabes, en términos generales, de qué trata su trabajo; más que nada, esto significa que sabes qué período manejan. Entre los historiadores de la India moderna, un período de 30 ó 40 años se considera increíblemente vasto. La mayoría trabajan períodos de ocho a diez años: los años antes de, durante o después de una administración colonial, o el establecimiento del dominio británico sobre una provincia, o el período formativo de una organización nacionalista. Los límites del período bajo estudio dependen del ambiente, en su sentido más amplio. Los registros de la Compañía de la India del Este y de la corona británica son voluminosos: los registros de un solo departamento del Consejo del Gobernador General a fines del siglo XVIII pueden llegar a las 3 000 páginas, y los índices pueden ser erróneos o inexistentes. Si un estudio va a basarse en documentos originales, éste tiene que limitarse severamente en términos del período y de su ámbito. Aparte de los otros historiadores, el ambiente incluye a bibliotecarios, burócratas y otros empleados, todos los cuales son motivos de discusión para el historiador mientras trabaja.

El segundo lugar principal en donde se puede encontrar al historiador es en su oficina en alguna universidad. Es característico que el historiador acostumbre tener muchos más libros en su oficina que el antropólogo. A su oficina le falta el toque exótico que cultiva el antropólogo -un cráneo para guardar los fósforos, un grabado hindú, una fotografía del campo. El historiador se viste para perderse dentro del ambiente generalizado del hombre bien vestido. Su traje tiende a seguir el estilo de moda de acuerdo con el centro intelectual y académico de su país: trajes de franela, sacos de tres botones, una cierta aversión por las hombreras, los foulards o las corbatas vistosas. Su cabello se mantiene corto y a la moda. En Inglaterra, los historiadores lucen el pelo más largo y trajes oscuros o tweeds al estilo de Oxford. La mayoría de los antropólogos no se viste tan a la moda, y se las arregla para lucir siempre algún símbolo de lo exótico -una corbata de seda burda de Tailandia, un anillo de topacio, un sombrero andino. El pelo suele no cortarse y los zapatos no se lustran. Aquellos que han vivido en el suroeste de Estados Unidos pueden lucir camisas de mezclilla azul y el pesado calzado de un obrero. El modo de hablar y el vocabulario del historiador se aproximan al estándar académico del día. Los antropólogos cultivan y mantienen un dejo regional, y pueden adornar su lenguaje con groserías o regionalismos, al igual que con voces de las culturas estudiadas. Los historiadores tienen el cuidado de pronunciar palabras francesas, alemanes e italianas con el acento indicado; los antropólogos ocasionalmente pronuncian palabras árabes, chinas o hindúes con el acento preciso.

Un tercer ambiente del historiador es el aula. La estructura es conocida y fija: una plataforma, una mesa o un podio, y los estudiantes al frente y a un nivel ligeramente inferior. A este yerto ambiente el historiador aporta sus mapas y un montón de libros. No le incomoda estar de pie y hablar por una hora delante de la clase, de vez en cuando rebuscando sus papeles y refiriéndose a o citando sus libros. Sus apuntes suelen ser bien organizados, y una vez escritos pueden ampliarse sistemáticamente.

Los antropólogos parecen estar algo incómodos en el aula. Algunos se pasean de un extremo al otro, otros se sientan en las mesas, y hay quienes se sientan entre los estudiantes. Los apuntes del antropólogo se inscriben en trozos de papel y en el dorso de los sobres. Sus apuntes no representan un capital fijo al cual añade de cuando en cuando. Siempre le faltan apuntes. Alienta las discusiones tangenciales, y siempre puede introducir alguna anécdota sobre su trabajo de campo sin que importe el tema de la clase. Al historiador le es difícil terminar en el tiempo dado para el curso; el antropólogo suele tener que llenar las últimas clases con informes presentados por los estudiantes. Con frecuencia el antropólogo intenta llevar el campo al aula, con diapositivas, fotografías y objetos manufacturados por la población bajo discusión. En situaciones extremas, puede confrontar a su clase con un miembro vivo de aquella sociedad.

 

LABOR Y ECONOMÍA

Obviamente, las condiciones de trabajo moldean la personalidad profesional y social de los historiadores. La mayoría de las discusiones sobre la cooperación entre antropólogos e historiadores se concentra en seleccionar y contextualizar el problema, y en escribir el informe final, ignorando casi por completo las diferencias que existen en el proceso mismo de llevar a cabo la investigación. Las similitudes entre las dos disciplinas se notan claramente en los dos términos del proceso; el deseo de cooperar naufraga durante el momento clave de realizar la investigación.

En términos muy amplios, la investigación histórica se basa en la búsqueda de datos; la investigación antropológica se basa en la creación de los mismos. Por supuesto, el historiador tiene que encontrar las fuentes en las cuales va a basar su trabajo. Si no puede encontrarlas, no importa cuán buenas sean sus ideas ni cuán bien pensado el problema que quiere tratar, puesto que no podrá llevar a cabo la investigación, y sospecho que la mayoría de las investigaciones históricas se inician porque existe un conjunto de fuentes históricas ya conocidas. El antropólogo, al contrario, suele interesarse por un problema, descriptivo o teórico, y entonces la cuestión viene a ser qué tipo de materiales necesitará para investigar el problema. En general, cuando un historiador inicia sus investigaciones, sabe ya lo que va a encontrar: el esquema básico de la secuencia de eventos ya se conoce. Esta secuencia conocida le proporciona el marco general del estudio, y entonces busca datos específicos que le ayuden a bosquejar una imagen sobre la manera en que sucedieron ciertos eventos. El historiador constantemente está uniendo estos bosquejos al cuadro general, pero su planteamiento en sí procede desde lo general hacia lo específico.

El antropólogo aprende primero sobre lo específico, y su tarea principal consiste en ubicar los trozos de información que ha capturado a través de la observación o la interrogación dentro de un marco general. Siempre mantiene su suspicacia sobre las caracterizaciones generales -tanto las ofrecidas por sus informantes al estilo de "nosotros hacemos tal o cual" o, con mayor frecuencia en los últimos años, las de sus colegas antropólogos cuando describen un pueblo que "hace tal o cual". En cambio, quiere saber lo que hacen algunos miembros específicos de cierta sociedad en situaciones particulares. Su trabajo de campo es, en esencia, el proceso de observar detalles y elaborar una abstracción mental dentro de la cual se puedan resumir los fenómenos individuales que ha observado. Entonces prueba su abstracción con la mayor cantidad posible de nuevas observaciones, modificándola o rechazándola de acuerdo con los nuevos detalles, una y otra vez, hasta alcanzar los confines de su paciencia (o de su beca).

Me parece que la diferencia entre dos elementos -la manera en que laboran antropólogos e historiadores, y la manera en que los primeros piensan que los segundos operan, y viceversa- constituye la raíz de los falsos estereotipos que tienen unos de otros, y de los conflictos que los separan. Los historiadores a menudo piensan que los antropólogos están atados a sus metodologías y sus modelos analíticos, y que por lo tanto prestan poca atención a los datos contextualizados. Por otra parte, los antropólogos piensan que los historiadores tienen datos firmes, pero que carecen de modelos analíticos. De acuerdo con el proceso mismo de la investigación antropológica -en contraste con comentarios sobre dicho proceso o con la redacción de sus resultados- estos estereotipos son equívocos. Es muy probable que, antes de comenzar su trabajo de campo, el antropólogo no posea un modelo cierto de lo que encontrará ni de su significado. El antropólogo construye un modelo de la estructura de una sociedad (o uno de sus segmentos) al reunir y armar los datos que ha recogido durante su trabajo de campo, para luego ubicar este modelo dentro de cierta teoría general, modelo, o entidad social.

Un historiador inicia con un modelo sobre la estructura y funcionamiento de las culturas y las sociedades, y está continuamente haciendo encajar sus datos en este modelo, aunque sea a través del sentido común. El historiador termina su investigación con la presentación de una monografía sobre un período, un evento, un movimiento, o una personalidad, dejando de lado cualquier discusión sobre el modelo que ha utilizado. El antropólogo escribe como si el modelo estuviera presente en todo momento, intentando ser lo más explícito posible en cuanto a lo que constituye dicho modelo, pero sin revelar mucho sobre el camino que siguió para encontrarlo.

Se puede reconocer el valor y la importancia de trabajar de lo general a lo particular cuando un historiador o un antropólogo que usa documentos intenta trabajar desde lo específico hacia lo general, como pasa cuando se trabaja en el campo de la historia social. Al interrogar los registros jurídicos de una localidad en la India, me sentía limitado por el hecho de no saber nada acerca de la gente con quien estaba tratando, fuera de los datos contenidos en los registros. Ciertas preguntas muy simples sobre los litigantes, los abogados, el juez y los testigos -sus edades, posiciones sociales, situaciones económicas o las relaciones formales e informales entre ellos- sólo podían ser resueltas si los mismos individuos aparecían en otros casos, o cuando existían otros documentos a la mano con más información sobre éstos. Tales preguntas pueden a menudo contestarse fácilmente en el campo, mas no en la biblioteca. El problema se simplifica mucho si uno trabaja desde lo general hacia lo específico: si uno sabe de modo general, cuáles fueron los eventos principales acaecidos durante el virreinato de Ripon, ya se está bien anclado en el problema. Aunque puede ser problemático comprender las motivaciones de Ripon o la justificación de cierta política o decreto, jamás se enfrenta el intrigante problema de quién era el tal Ripon.

 

La certeza de que lo particular puede integrarse a un sistema que explicará lo particular es básica para el modo de operar del antropólogo. El historiador suele asignar poco valor al significado de ciertos sistemas, o creer que las políticas, relaciones, culturas y estructuras son el resultado de eventos caprichosos -recordemos el caso de la nariz de Cleopatra. Pienso que esta actitud se debe al hecho de que el historiador presupone la existencia de un sistema. Su sistema comprende eventos que pueden organizarse en orden cronológico; para la mayoría de los historiadores, dicha organización lo convierte en historia. El antropólogo tiene que crear un nuevo sistema para ordenar sus observaciones a cada paso de su investigación.

El antropólogo declara que inicia su trabajo con cierto problema. Tal vez quiere entender las conexiones entre un sistema de creencias sobrenaturales y la forma de resolver disputas en cierta sociedad, o quiere saber por qué la unión matrimonial de primos paralelos conduce a la inestabilidad política entre los beduinos, o quiere comprender cómo la industrialización ha afectado a los mayas. También puede ser que le caigan bien los beduinos, o que piense que el clima guatemalteco es agradable, o que quiera escaparse de un decano fastidioso, pero si se le pregunta, él sabrá decir cuál es su problema de investigación. Un antropólogo suele tratar de ubicar su problema dentro de un marco teórico; cuando un historiador habla de un problema, tal vez se refiera sencillamente a un problema descriptivo. Un historiador puede comenzar con un vacío en el estudio de un evento o período dado; quizás nunca se ha producido una buena biografía de Malthus, o los papeles de Sir John Lawrence se acaban de catalogar y están a la disposición de los académicos; tal vez nadie ha escrito la historia de los ferrocarriles en Francia entre 1860 y 1870. Si, después de empezar, encuentra que otra persona está investigando el mismo material, lo más probable es que abandone su proyecto. Algunos historiadores usan la sección de correspondencia del Times Literary Supplement para construir muros en torno a sus problemas de investigación mediante una frase inocente: "Estoy elaborando una biografía de Lord William Bentinck y me agradaría recibir cualquier información sobre cartas sin catalogar que él hubiera enviado o recibido." Esto va más allá de pedir información; es también una advertencia. Hay también antropólogos que se preocupan sobre otras personas que trabajen en los mismos sitios de campo; sin embargo, en los últimos años los estudios duplicados han mostrado, una y otra vez, la posibilidad de múltiples explicaciones. Mientras más se enteran de las complejidades de las llamadas "sociedades simples", los antropólogos dan la bienvenida a otros en la misma región o hasta el mismo pueblo, buscando apoyo para sus propios proyectos.

Un historiador suele ser regular en sus hábitos de trabajo; los archivos sólo están abiertos durante ciertos horarios. Si está investigando materiales publicados, copias o rollos de microfilm en su propia oficina o en casa, puede parar cuando lo desee. Un antropólogo suele trabajar en períodos cortos e intensos. Está en manos de la gente a quienes estudia; si celebran un festival durante 30 horas, él intenta presenciar la mayor parte posible. Si el grupo social tiene mucho tiempo libre durante una época del año, será un período de mucho trabajo para él, porque podrá conversar con gente que normalmente estaría ocupada con sus labores. Si está en un pueblo durante sólo un año, no puede perderse una ceremonia que ocurre sólo una vez al año. Si la gente está muy ocupada durante cierta época con una actividad regular y repetitiva -digamos el arado o la cosecha- y él ha hecho ya una serie de observaciones sobre aquella actividad, puede entonces descansar por días enteros. La puerta de un antropólogo pocas veces se encuentra cerrada, y no rechazará a ningún informante. Si algo pasa, él quiere saberlo y quiere estar para presenciarlo; su horario de comidas, de sueño y de trabajo cambia constantemente para poder adaptarse a la gente estudiada. En el campo, el antropólogo trabaja con cierta urgencia; dicha urgencia aumenta cuando se da cuenta que siempre hay más situaciones que observar y más datos por recoger. Su grupo de datos -que está siendo creado por él en algún sentido- no tiene límite fijo. Pocas veces existe un punto final reconocible de la investigación, aparte del que imponga el antropólogo mismo o la fundación que lo patrocina.

En algunas situaciones, un historiador tiene un cuerpo finito de materiales para cubrir -los documentos de cierta biblioteca o todos los documentos conocidos sobre un sitio dado en un momento dado. Un historiador puede realizar un estudio exhaustivo, porque sólo un cierto número de documentos sobrevive. Su trabajo puede estandarizarse, en el sentido de que se haya recurrido a todos los documentos posibles. Si un historiador trabaja un período reciente o una época para la cual la documentación es excesiva, puede sentirse torturado al darse cuenta de cuánto esfuerzo tiene que hacer para descubrir cada nuevo dato, pero continúa laborando con la presuposición de que es posible acabar con el trabajo dado, al menos en teoría. Fuera del campo, salvo en circunstancias extraordinarias, un antropólogo no puede recoger más datos, y pasa su tiempo archivando, copiando y organizando sus notas. A juzgar por mi propia experiencia, sospecho que la mayoría de los antropólogos tienen enormes archivos de anotaciones y archivos mínimos de manuscritos finalizados y publicaciones. Un historiador, si puede satisfacer la idea de que ha encontrado todos los documentos pertinentes al problema, está dispuesto a asumir la tarea de escribir un trabajo definitivo sobre su tema de investigación. Sospecho que, en términos de productos finales, hay un mayor índice de rendimiento entre los historiadores. Creo que la fase más placentera del trabajo histórico es sentarse a redactar los resultados de la búsqueda. A la mayoría de los antropólogos les gusta el trabajo de campo, pero temen la tarea de organizar los resultados de su investigación.

Pienso que los sistemas económicos de las dos disciplinas son tan distintos como sus estilos de trabajo. El mercado para el historiador dentro del mundo académico es mucho mayor. La gran mayoría de las 1900 universidades e instituciones de educación superior en Estados Unidos tiene departamentos de historia. Dudo que haya un diez por ciento de las mismas instituciones que cuenten con antropólogos en sus cuerpos docentes, y menos aún que posean departamentos de antropología. Sin embargo, el antropólogo generalmente siente que vive en un universo en proceso de expansión; el historiador vive en un universo estable o hasta en proceso de contracción. Además, el gran número de historiadores y de departamentos de historia incrementa la posibilidad de que un historiador se encuentre en una institución de segunda o de tercera. Existen muchos puestos, pero existen asimismo muchos malos puestos. El antropólogo cree tener alternativas fuera del mundo académico. Tradicionalmente, han existido puestos disponibles en museos y, después de los años treinta, en el gobierno norteamericano; en los últimos diez años, los antropólogos han encontrado un número creciente de carreras alternativas, colaborando en investigaciones con psicólogos, médicos, educadores, etcétera. El historiador también tiene alternativas, es verdad -puestos en las bibliotecas, el gobierno, o la administración universitaria- pero la preparación de un historiador siempre considera el supuesto de que inevitablemente se convertirá en un profesor de historia en una institución académica. Por lo tanto, la preparación de los historiadores enfatiza la necesidad de integrarse a una situación docente. A menudo, aun en las mejores escuelas de posgrado, el esquema del departamento de historia al que el joven doctor tendrá que integrarse es deprimente, ya que el especialista en historia europea moderna tendrá que dar cursos sobre la historia estadounidense, y el especialista en la historia de Asia puede terminar dando cursos en cualquier especialidad, a excepción de la suya. Como resultado, los historiadores suelen estudiar muchas cosas que son poco valiosas para su desarrollo como investigadores, pues toman cursos sólo porque algún día los tendrán que impartir. Se presupone que el instructor joven comienza mejor si hereda las notas de su profesor para utilizarlas en sus cursos, sin tener que comenzar de la nada.

Una de las cosas deprimentes que he notado al trabajar en un departamento de historia, al conocer a los historiadores y al asesorar a estudiantes de posgrado en historia, es su abrumadora orientación vocacional. El estudiante de posgrado en historia parece no compartir el sentimiento de estar participando en una aventura intelectual. Los alpinistas escalan cumbres simplemente porque "están ahí"; los estudiantes de historia toman cursos porque están allí y porque tienen que pasar los exámenes de posgrado. En el programa de posgrado, uno parece dedicar la mayor parte de su tiempo al aprendizaje del contenido de un conjunto de historias regionales. Un estudiante de historia lleva un curso no por el talento o la perspicacia del profesor, ni por los planteamientos, problemas o ideas que pueda sacar del curso para aplicar a su propio trabajo, sino porque lo van a examinar y, sobre todo, porque lo van a examinar sobre el contenido de sus cursos. Su formación en la metodología histórica consiste mayormente en desarrollar la capacidad de escribir notas al pie de página usando un formato correcto, de compilar bibliografías, y de examinar y considerar la evidencia en pro y en contra de la creencia de que Wellington gritó en Waterloo, "¡Vamos contra ellos, guardias!"

Su material de cursos, donde el énfasis está en el contenido, no lo prepara para pensar en diseñar investigaciones. Las investigaciones, para la mayoría de los estudiantes de posgrado, significan llenar vacíos o trabajar con un grupo hasta entonces no conocido de fuentes primarias. Un estudiante se pregunta: "¿qué grupo de datos está a mi alcance del cual podría sacar una tesis?", en vez de pensar primero: "¿qué problema me interesa?", para luego considerar las fuentes y los planteamientos.

 

LA ORGANIZACIÓN SOCIAL

Los historiadores son mas viejos que los antropólogos. La imagen general que tengo de un historiador es la de un benigno caballero de cabellos grises. Entre los historiadores, la edad confiere una cierta posición social; el conocimiento histórico es acumulativo. Para los historiadores, la edad de un colega es un factor relevante para su evaluación, pues dicen: "Es un buen historiador joven", o "Para un hombre de su edad, ha hecho un buen trabajo". Dichas valorizaciones se proyectan sobre una dimensión temporal. Esto se debe en parte a la preocupación general con el valor inherente del pasado, pero también refleja la idea de que la madurez proporciona un conocimiento más vasto y más profundo de los hechos.

Los grados de edad y la madurez tienen significados distintos para los antropólogos. El período intensivo de trabajo de campo ocurre antes de llegar a los 35 ó 40 años; la mayoría de las situaciones de trabajo en el campo requieren algunos de los atributos de la juventud -energía física, la capacidad de enfrentar privaciones psicológicas y físicas, y la ausencia de obligaciones institucionales y familiares que no permiten la completa dedicación al trabajo. La parte temprana de la vida del antropólogo se centra en el trabajo de campo y en la recolección y análisis de datos. En los años posteriores puede dedicarse a dirigir trabajos de campo, organizar sus investigaciones, o dedicarse a los métodos y la teoría a un grado mayor del que pueden hacerlo sus colegas de menor edad.

El campo de la antropología ha cambiado rápidamente en los últimos 30 años en términos de su contenido, planteamientos y teorías. Lo que parecía una contribución importante hace veinticinco años ha sido suplantado por los logros y teorías de la nueva generación. La preparación de un antropólogo hace 30 años no tiene mucho que ver con la antropología de hoy; la generación anterior depende de la nueva, tanto en términos de datos, estímulos y apoyo directo, como en lo que concierne a la deferencia, el respeto y el número de seguidores. El antropólogo neófito suele encontrar una recepción más respetuosa a sus datos e ideas entre el grupo de sus mayores que entre sus contemporáneos. Los antropólogos de su generación están demasiado ocupados con sus propias ideas para aprender de él; sus mayores están conscientes de que él es tan capaz como ellos en cuanto a encontrar un planteamiento nuevo, obtener una idea novedosa, o traer del campo un grupo de datos nuevos que no sólo llena un vacío o apoya una serie de datos o relaciones ya conocidas, sino que también puede cambiar la dirección de una subdisciplina antropológica.

La antropología no es precisamente una disciplina cumulativa de la forma en que lo es la historia. Un antropólogo no avanza en su desarrollo intelectual a través de la adquisición gradual de conocimientos que llevarían a una ampliación y una profundización gradual del cuerpo de materiales que trabaja; un antropólogo avanza intelectualmente al percibir nuevas conexiones entre los datos, conexiones que él mismo ha creado en parte o en su totalidad a través de su observación de ciertas sociedades. Muchos antropólogos tienen un conocimiento muy limitado de su propio campo, pero aun así son antropólogos brillantes porque han podido formular nuevas afirmaciones sobre las interrelaciones dentro de un pequeño cuerpo de datos.

La impresión dominante que tengo de las diferencias entre los antropólogos y los historiadores viene de sus conversaciones. Los antropólogos son habladores sin remedio y atentos escuchas. Dos antropólogos sociales pueden tener poco en común en sus campos específicos de trabajo -uno puede estar enfrascado en los sistemas de parentesco de África oriental, mientras el otro estudia los sistemas económicos de un tribu amazónica- y aun así pueden conversar hora tras hora sobre sus investigaciones, siempre buscando comunicar entre sí lo que desde el exterior podría parecer una serie de banalidades sobre sus investigaciones. Sin embargo, ambos sienten que se han enriquecido intelectualmente a través del intercambio de dichas banalidades.

Un antropólogo puede estudiar cosas intrínsecamente insignificantes. Pasar un año estudiando 700 intocables en un pueblo en el norte de la India es en sí una pérdida de tiempo, pero el intento de integrar el conocimiento que uno tiene de estos grupos al amplio marco social y cultural de un estado-nación y una civilización -y el relacionar estos conocimientos a cuestiones teóricas generales sobre la estratificación social y sobre el cambio sociocultural- son actividades muy lejanas de la insignificancia. Ya que el antropólogo estudia cosas insignificantes en el campo, está obligado a pensar constantemente en términos generales acerca de sus investigaciones.

Un historiador normalmente estudia un tema que, si bien es algo oscuro, tiene una importancia intrínseca. Diez años de la historia de los ferrocarriles franceses es más importante que los datos sobre setecientos intocables en la India, sobre todo si los diez años se refieren a un período de expansión ferroviaria. Puesto que consideran que su tema tiene una importancia mayor, los historiadores sienten que es suficiente describir, en forma narrativa, lo que ha sucedido. Si un historiador de las ferrovías francesas se encuentra con un historiador de las ferrovías estadounidenses del mismo período, normalmente no tienen nada para intercambiar fuera de sus datos concretos sobre los ferrocarriles, y aun con un especialista íntimamente aliado a su trabajo, la conversación versa sobre anécdotas específicas. Cuando los historiadores de campos muy distintos se encuentran -digamos un especialista en historia hindú del siglo XIX y un especialista de la revolución francesa- pueden a lo mucho preguntarse qué tipos de fuentes existen; si el historiador de la revolución francesa es muy conocido, puede quizás preguntar sobre la interpretación de un período amplio en un trabajo básico sobre la historia de la India. Generalmente, si un historiador estadounidense o europeo se encuentra frente a un historiador de la India, hará el mismo tipo de preguntas que cualquier norteamericano educado haría sobre la política, el desarrollo económico y los cambios en la India desde la independencia. Creo que es justo decir que los historiadores tienen pocos temas para conversar profesionalmente: reconocen la capacidad del otro, y allí se detienen. Raramente puede un historiador juzgar en términos específicos a sus colegas en cierta especialidad.

He escuchado a un historiador eminente defender la enseñanza de la historiografía, con el argumento de que ésta aumenta la coherencia de su profesión al brindar a los historiadores un grupo común de conocimientos sobre la historia de la historia. Hay, por supuesto, historiadores y obras de la historia que la mayoría de los historiadores conocen, o que han oído mencionar, pero esto no distingue al historiador de las demás personas educadas. Heródoto, Tucídides, Tácito, Gibbon, Macaulay, Mommsen, Beard y Pirenne forman parte tanto de la tradición del antropólogo educado como de la del historiador, pero no se puede decir lo mismo sobre Tylor, Morgan, Boas, Rivers, Radcliffe-Brown y Malinowski tomando como referencia a los historiadores.

La demografía y la historia de ambas disciplinas han moldeado sus estructuras sociales. Hay muchos más historiadores que antropólogos; hay antropólogos activos hoy en Inglaterra y en Estados Unidos que estudiaron bajo la dirección de los fundadores de los campos modernos de la antropología social y cultural -Boas, Radcliffe-Brown y Malinowski. Hay antropólogos que conocen personalmente a la mitad de los socios de la Asociación Antropológica Americana; crecieron en un momento en que fue posible conocer a casi todos los miembros de su disciplina, mas aquel período ya terminó. Sin embargo, el hecho de que un conocimiento personal de todos los colegas antropólogos era posible en el pasado reciente ha contribuido a la tradición del valor e importancia del contacto personal.

Obviamente, el historiador no puede conocer ni un porcentaje mínimo de sus colegas. Por la cantidad de tiempo en que se ha ido desarrollando su disciplina, no existe una tradición de una comunidad social; en cambio, existe una identificación con un oficio y con una tradición. Los antropólogos están interesados en los demás antropólogos; son cuentistas irredentos, muy dados a ventilar rumores sobre sus colegas y sus mayores. Existe un folklore bien desarrollado sobre los "grandes" -sus personalidades y vida privada, su relación con los estudiantes, su trabajo de campo. Todo esto es más que una manera de mantener la comunidad, pues provee datos personales que son necesarios para la evaluación de sus obras publicadas. La mayoría de los historiadores tienen que evaluar a sus colegas basándose casi por completo en sus publicaciones y en criterios externos como la manera en que hablan, se visten y se comportan en situaciones sociales.

 

LOS ANTROPÓLOGOS E HISTORIADORES DENTRO DE SU CONTEXTO SOCIAL

El público considera al historiador como un habitante de la torre de marfil de la academia, y al antropólogo, si saben de él, como un excéntrico buscador de lo exótico. Como suele pasar con los estereotipos, éstos son engañosos en aspectos importantes. Claro que muchos historiadores se dedican a su oficio y pasan la mayor parte de su vida produciendo monografías sobre sus campos de investigación; no obstante, de acuerdo con mis observaciones, los historiadores participan más plenamente que los antropólogos en las actividades de sus universidades y comunidades.

Los historiadores están dedicados a la educación; toman con seriedad el papel que juegan en sus instituciones educativas y universidades en cuanto a la preservación y transmisión del conocimiento a sus estudiantes como una parte de una educación liberal, y con frecuencia se encuentran en la lucha por lo que ellos conciben como una tradición de las "artes liberales". Los historiadores, como muchos miembros de los departamentos de las humanidades, pasan mucho tiempo en comités universitarios y reuniones del cuerpo docente, haciendo política dentro de la universidad. Sospecho que esto refleja el posible aburrimiento que los historiadores más inteligentes experimentan en su oficio, y el sentimiento general de vivir en un mundo estable, lo cual viene de siempre ocuparse del pasado. También refleja la situación de los antropólogos, que viven en un mundo de investigaciones en expansión en el que han podido obtener fondos para investigaciones individuales y proyectos en los últimos años, mirando, por ende, hacia el exterior en búsqueda de apoyo y de posibilidades de desarrollo. El desarrollo académico del antropólogo depende en menor grado que el del historiador en sus habilidades para hacer política dentro de la universidad. El antropólogo depende más de ofertas externas, y de la posibilidad de impresionar a sus superiores en la administración con sus habilidades para obtener becas de fundaciones y proyectos, las cuales validan simbólicamente su posición desde la perspectiva de los administradores. Para la mayoría de los historiadores, la forma de ascender la escala académica es mediante los escalones dentro de su universidad; el camino de subida para los antropólogos a menudo los lleva a dejar una universidad por otra. En general, los académicos en las ciencias sociales tienen menos poder dentro de la estructura universitaria tradicional que los académicos en las humanidades y la historia. Dado que les preocupa más la investigación, los antropólogos suelen ver la preocupación de los administradores académicos con el mantenimiento del statu quo, el desarrollo de los estudiantes, etcétera, como una probable pérdida de tiempo. Si participan en la política universitaria, es sencillamente con el propósito de incrementar el cuerpo docente de sus departamentos o para desarrollar un ámbito más acogedor para sus actividades de investigación. Cuando los académicos de las ciencias sociales se convierten en administradores, muchas veces parecen preocuparse más de la administración de proyectos que de la administración en sus formas plenamente establecidas.

Muchos más historiadores se dedican a la participación en asuntos comunitarios y nacionales. No existen equivalentes de Arthur Schlesinger Jr., Carlton Hayes o Walter Johnson entre los antropólogos. De forma similar, los hombres que han estado activos en el gobierno o la política pueden, al jubilarse, convertirse en historiadores con facilidad, como lo demuestra el caso de George Kennan. No conozco ningún político importante en todo el mundo que haya escrito una obra de antropología como ejercicio intelectual, pero un primer ministro de la India [Nehru], el ex primer ministro de Gran Bretaña más reconocido actualmente [Winston Churchill] y un presidente de Estados Unidos [John F. Kennedy] han escrito obras históricas.

Algunas de las ideas -tales como el relativismo cultural y el antiracismo- del antropólogo han infiltrado el pensamiento de la mayoría de la gente educada, pero no tenemos personajes públicos importantes con un sentido de la antropología al grado en que existen personajes públicos con un sentido de la historia. No hace mucho, en una conferencia de prensa, se pidió al presidente Eisenhower que evaluase su papel en la historia; quizás en 50 años, un corresponsal en Washington pedirá a un presidente norteamericano un análisis antropológico de su papel dentro de la estructura ejecutiva del gobierno.

Los antropólogos contribuyen cada vez más a la dirección de agencias gubernamentales -particularmente en cuanto a los programas del apoyo al extranjero- que reflejan consciente o inconscientemente el impacto de las ideas e investigaciones antropológicas. En la mayoría de los casos, el antropólogo percibe su papel dentro del gobierno como el de un técnico experto que, a pesar de su conocimiento de sitios lejanos o de su experiencia en labores interculturales, tiene poco que ver con el diseño de posiciones políticas. El historiador en la administración gubernamental es un generalista, y su capacitación como historiador supuestamente le confiere una mejor preparación para implementar políticas a un nivel más elevado que la capacitación técnica confiere a su colega antropólogo.

La conclusión final a la que he arribado, particularmente luego de haber regresado plenamente a mi propia cultura antropológica, se refiere a los problemas relativos a los trabajos interdisciplinarios. Es frustrante pero revelador trabajar dentro de otra cultura. La biculturalidad -es decir, una inmersión total en la cultura y formas de trabajo de otra disciplina, en vez de un planteamiento multidisciplinario de trabajo en equipo- nos prepara mejor, sea cual sea nuestra disciplina, para la continua meta de comprender al ser humano, a sus obras y a sus sociedades.

 

Notas

* Copyright 1962, Bernard S. Cohn y Oxford University Press. La presente traducción del manuscrito original fue autorizada directamente por el profesor Cohn.

 

Información sobre el autor

Bernard S. Cohn. Es profesor emérito en los departamentos de Antropología y de Historia en la Universidad de Chicago. Durante medio siglo, el profesor Cohn se ha dedicado al estudio etnológico y etnohistórico de la India antes y después del período de dominación colonial británica; sus otros focos de interés han incluido el estudio comparativo de sistemas políticos y legales en sociedades coloniales en el sur de Asia y el Caribe.

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