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Desacatos

versión On-line ISSN 2448-5144versión impresa ISSN 1607-050X

Desacatos  no.5 México  2000

 

Saberes y razones

 

Bajo la sombra de la gran ceiba: la cosmovisión de los lacandones

 

Under the shadow of the big ceiba: the cosmovision of the lacandones

 

Marie-Odile Marion Singer†

 

División de Posgrado ENAH-INAH.

 

Resumen

A diferencia de otros grupos mayenses (tzeltales, choles, tojolabales), que fueron desarraigados y asentados en zonas periféricas, perdiendo así muchos de los elementos de su universo social y cultural, los lacandones han permanecido atados a su selva natal, de la que se consideran los verdaderos hombres. Por lo mismo, sugerimos que las imágenes cosmogónicas recogidas en su tradición oral son representativas y significativas de una cosmovisión nativa maya contemporánea, arraigada en antiguas formas de pensamiento cuya función es reproducir la identidad cultural del grupo. Al igual que en otras culturas nativas mesoamericanas, en la cultura lacandona el mundo se explica por medio del moviemiento de los astros. Los lacandones imaginan un cosmos amenazado de destrucción, cuyo equilibrio estám aobligados a mantener.

 

Abstract

In contrast to other mayan groups such as tzeltales, choles and tojolabales who were withdrawn and forced to settle in different lands loosing many aspects of their social and cultural universe, the lacandones have remained attached to their native jungle of which they consider themselves the real men. Therefore their cosmogonic images retrieved from their oral tradition represents a contemporary mayan cosmovision rooted in ancient ways of thinking, aimed at reproducing the cultural identity of the group. Just as in other native mesoamerican cultures, the lacandona culture explains the world by the movement of the planets. The lacandones imagine the cosmos threatened by destruction and therefore are obliged to maintain that equilibrium.

 

INTRODUCCIÓN

El grupo étnico lacandón es uno de los pocos grupos mayas que ha logrado preservar los referentes conceptuales propios de su cultura, sin fuertes influencias exógenas. Si bien su origen es todavía dudoso y la fecha de su llegada a la Selva Lacandona es hipotética (siglos XVII y XVIII), el estudio de su tradición oral y de sus acervos míticos y rituales permiten determinar que entre este grupo y los grupos mayas de las tierras bajas de la época colonial existe una clara filiación cultural que hace posible reconstruir su particular cosmovisión.

A diferencia de otros grupos mayenses (tzeltales, choles, tojolabales), que fueron desarraigados y asentados en zonas periféricas, perdiendo así muchos de los elementos de su universo social y cultural, los lacandones han permanecido atados a su selva natal, de la que se consideran los verdaderos hombres. Por lo mismo, sugerimos que las imágenes cosmogónicas recogidas en su tradición oral son representativas y significativas de una cosmovisión nativa maya contemporánea, arraigada en antiguas formas de pensamiento cuya función es reproducir la identidad cultural del grupo.

Al igual que en otras culturas nativas mesoamericanas, en la cultura lacandona el mundo se explica por medio del movimiento de los astros. Los lacandones imaginan un cosmos amenazado de destrucción, cuyo equilibrio están obligados a mantener.

Los mitos narran de qué manera nacieron los dioses, que a su vez dieron nacimiento a los humanos y crearon los astros para asegurar la reproducción del universo. En esa época mítica se separaron las aguas de la tierra y los distintos niveles del universo: el cielo, la tierra y el inframundo. Entonces hubo también un primer intento de clasificación de los seres humanos (por grupos familiares y territoriales) y de los animales silvestres y míticos.

Dos héroes míticos se sacrificaron en una hoguera para convertirse en el Sol y la Luna. A partir de este primer intento de ordenar el mundo, cada uno de los dioses adquirió sus características propias y estableció sus vínculos con el mundo de los hombres. Al mismo tiempo, los dioses se instalaron en el firmamento, donde engendraron una familia que tiene las mismas características que las familias humanas, salvo la mortalidad. Cada uno de esos dioses está revestido de atributos particulares que les permiten asegurar la reproducción de la sociedad, la naturaleza y el cosmos. A continuación intentaremos describir cada una de esas características, que son las que legitiman las actividades de los lacandones tanto desde el punto de vista social como en el espacio de las actividades económicas y religiosas.

 

EL ESPACIO SIMBÓLICO

El Sol define con su recorrido los puntos principales del universo maya. Surge por el este, recorre el firmamento y se sumerge al oeste de la selva. Este recorrido se interpreta como el paso del hombre a lo largo de la vida, durante su fase solar. Después de sumergirse en el inframundo, el Sol recorre el espacio requerido para llegar de nuevo al este de la selva y reaparecer el día siguiente. Esta última etapa se interpreta como la vida del alma en el inframundo, después de que abandona el cuerpo.

Cada uno de los puntos cardinales está asociado con valores y colores que mezclan su significado: el este se asocia al rojo, color de la sangre y de la vida, mientras que el oeste se vincula al negro, color de muerte (nunca se está seguro de que el Sol va a renacer después de su muerte crepuscular). El norte es el cenit y se asocia con el color blanco. A la medianoche le corresponde el color amarillo, que está vinculado con el sur.

En el centro del mundo crece un árbol gigantesco cuyas raíces salen del inframundo y cuya copa alcanza el cielo. Este árbol es la ceiba (yaax che), que significa "árbol verde", el sostén del mundo. Este árbol cósmico tiene una serie de representaciones vinculadas con la fecundidad y la fertilidad humana. El árbol de la vida existe en todas las mitologías mayas y es un aspecto cosmológico compartido por las diversas culturas mesoamericanas. En Yucatán, por ejemplo, el árbol de la vida está asociado a la estabilidad del mundo y se representa con pájaros rojos en el este, negros en el oeste, blancos al norte y amarillos en el sur. A su vez, el color verde se vincula al centro y significa la riqueza: es un atributo del maíz y de la felicidad. Los lacandones ven en la ceiba un árbol fecundo que alimenta y hospeda a los huérfanos. Los tzotziles lo conciben como un árbol con múltiples mamas que alimentan a los niños muertos al nacer. Los mitos lacandones y yucatecos asocian la ceiba con la X-tabay, inquietante personaje femenino que seduce a los hombres en periodo de reclusión ritual y se vuelve esposa de los muertos en el inframundo. La X-tabay circula entre los tres niveles del mundo a través del tronco de la ceiba. La ceiba, axis mundi del universo maya, es un elemento simbólico común a todas las culturas mesoamericanas.

Los mitos lacandones narran que el mundo está sostenido por cuatro ceibas que crecen en los cuatro puntos cardinales del universo. En tiempos remotos, los niños no nacían de las mujeres sino de las raíces de la ceiba. La mujer que percibía el nacimiento próximo de su hijo buscaba la ceiba más cercana y barría las raíces del árbol para recibir al niño. Posteriormente, el modo de dar a luz cambió y las mujeres adoptaron las costumbres actuales. Pero la ceiba siguió asociada a la fertilidad, el nacimiento, las mujeres y la protección de los pequeños.

Los mitos revelan la composición social de los tres espacios que conforman el universo lacandón. Con precisión asombrosa la tradición oral reproduce las imágenes mediante las cuales los indígenas reconstruyen su cultura y mantienen vivo su sistema simbólico. En tiempos míticos, el creador: Hach Ak Yum: "Nuesto Verdadero Señor", vivía en la tierra rodeado por sus criaturas. Yaxchilán era su morada terrestre. Después subió al cielo y ahí se instaló con su familia extensa. Sin embargo, la morada terrenal abandonada sigue siendo considerada por los lacandones actuales como el centro del mundo: ven en ella el lugar propicio para reunirse con su creador mediante complicados rituales. Cada miembro de la familia celeste tiene su residencia en Yaxchilán, misma que corresponde a lugares precisos del sitio según criterios escogidos por los indígenas (por ejemplo, a mayor jerarquía socioparental, corresponde una mayor altura en la ubicación del edificio que servirá de residencia). Otro criterio de asentamiento doméstico está definido por la relación entre los puntos cosmogónicos y la deidad que ocupa ese lugar en particular. Así, la deidad Menzabäk está ubicada en una de las estructuras del oeste porque es el señor del inframundo y la puerta de ingreso a esta región se encuentra al poniente del universo. Otro criterio usado por los indígenas para ubicar el asentamiento de sus deidades tiene que ver con los atributos de cada una de ellas; por ejemplo Ak Na' vive en una isla enmedio del río Usumacinta frente a la estructura 23 el palacio de Hach Ak Yum, por sus vínculos con el agua y la tierra, sin menoscabo de sus lazos matrimoniales con este último. O bien, Tu' up tiene una estatua encima del templo de Hach Ak Yum, porque esta joven deidad es la protectora y compañera del Sol durante la fase diurna de sus recorridos.

En la cosmovisión de los lacandones las relaciones familiares juegan un papel primordial en el ordenamiento residencial de los dioses. El yerno siempre vive cerca de su suegro, siguiendo las reglas de dependencia económica y de asentamiento patri-uxorilocal1 que norman la organización sociopolítica de los lacandones. Esa visión de un mundo de deidades perfectamente calcado sobre las reglas socioparentales del grupo, no solamente tiene como fin legitimar el universo social; también explica las relaciones funcionales que vinculan a los hombres con la naturaleza y el cosmos.

En el inframundo ocurre lo mismo. Las deidades que ahí moran viven también en familia, tienen la responsabilidad de una milpa, se alimentan con maíz y desempeñan las funciones específicas que les asignó el creador. Más adelante analizaremos la personalidad de cada uno de ellos y sus responsabilidades en la reproducción del cosmos y de la sociedad humana. por ahora sólo insistiremos en los vínculos socioparentales que conforman ese universo y proporcionan un orden lógico a los miembros de la etnia para dar razón de su historia.

Para entender el modelo lacandón de representación del mundo podríamos seguir la imagen de un universo separado en tres capas. Los hombres ocupan el espacio central, viven en una selva con normas de organización social y sistema tecnoeconómico milpero, a merced de un eventual cataclismo cósmico. En el piso inferior está el inframundo, habitado por las almas de los muertos, por Menzabak y su familia, y por Kisin, la deidad de la muerte. Todos ellos viven en familia, en una selva del inframundo, donde siembran maíz y procrean hijos. Menzabak está vinculado con los poderes de la muerte. Tiene la responsabilidad de cuidar el alma de los muertos. Se le conoce también como "el hacedor de humo", es decir, de las nubes negras precursoras de las lluvias que él distribuye sobre la selva al comenzar la temporada húmeda, fumando su gran puro de hojas. Su relación con la lluvia, la muerte y el inframundo hace de él un personaje cercano a Ak Na'. Por lo mismo, está asociado al poniente, a las cuevas y a los lagos, otros tantos atributos de la diosa lunar. Por todo esto, Menzabak está clasificado como una deidad con atributos femeninos. Kisin fue expulsado al inframundo por Hach Ak Yum, por haber intentado destruir las criaturas de su amo (es decir, por tratar de equipararse con él); es una deidad perversa cuya única meta es dañar.

Kisin es un personaje iracundo, que patea la base de la gran ceiba cuando está de mal humor, provocando sismos que espantan a los lacandones. Es sospechoso de cometer innumerables fechorías contra los lacandones y, particularmente, de detener el alma de éstos cuando viajan de noche en los sueños, de tal modo que al no regresar ésta, su dueño quede loco e inclusive llegue a morir. En el último nivel del cielo vive el creador en las mismas condiciones, rodeado de su familia en una selva del firmamento. Ahí siembra maíz en su milpa y vigila el fervor de las criaturas terrestres que se manifiesta mediante ritos y ofrendas. El orden universal depende del equilibrio existente entre esos tres niveles y del cumplimiento de las obligaciones rituales por parte de los lacandones hacia las deidades que moran en cada uno de esos espacios.

 

TEOGONÍA, COSMOGONÍA Y ECOLOGÍA

Los lacandones han creado un sistema que vincula estrechamente cada uno de sus dioses con los astros del cosmos. Esta relación da cuenta de los fenómenos naturales y de la reproducción de la naturaleza. Aquí examinaremos la relación existente entre cada una de esas deidades, los fenómenos meteorológicos, y las funciones de los dioses en la reproducción del cosmos.

El creador Hach Ak Yum y su esposa Ak Na' representan la pareja original. Ak Na' es también la Luna, la fecundadora universal, madre de todas las madres, protectora de las mujeres. En su telar teje la materia prima de la vida humana y protege a sus hijos de las violencias repentinas de su iracundo esposo. Cuentan los mitos que en varias ocasiones Ak Na' logró disuadir a su esposo de su proyecto de destrucción apocalíptica del mundo. Por eso los lacandones la veneran y le conceden un poder inconmensurable. Con su esposo solar procreó varios hijos. Los varones son de linaje solar, mientras que las hijas tienen una filiación simbólica de corte selénico.2 El hijo menor, Tu' up, fue encargado por su padre de proteger al Sol durante su recorrido diurno. Por eso se dice de Tu' Up que es el único capaz de contrarrestar los efectos de un eclipse solar provocado cuando su padre se quita la túnica y cubre al astro solar.

Hach Ak Yum tuvo una hija, Ixchel,3 y dos hermanos mayores, Sukun Kyum y Ah Kyantho. Ixchel casó con Ah K'in Chob; este último es originario de la otra ribera del Usumacinta, lo cual resalta la regla de exogamia que privilegian los lacandones. La función de Ah K'in Chob es la de comunicar a los lacandones con sus dioses dondequiera que estén. Ah K'in Chob tiene también atributos solares (como lo revela su nombre: K'in, "Sol", y Chob, "bizco"), pues desde la época prehispánica el Sol se representaba de esa forma. Yerno del creador, vive cerca de su casa terrenal en Yaxchilán y transmite a los verdaderos Hombres los mensajes que les envía Hach Ak Yum. Su intervención en favor de ellos (y en particular para evitar las destrucciones apocalípticas) le confieren una personalidad amable y cordial, que se manifiesta en la sociedad humana por el papel desempeñado por el esposo de la hija, por su status y por su inmenso poder. Entre los lacandones, los yernos gozan de mayor respeto que los hijos, por ser quienes atenderán a los padres de la esposa cuando la vejez les impida a éstos trabajar.4 En cuanto a Ixchel, su asociación con la Luna es clara, pues desde el siglo XII los mayas la consideraban esposa del Sol y parte de la pareja original creadora de los hombres. Una de las principales funciones de Sukun Kyum (literalmente "hermano mayor de Nuestro Señor") es la de acompañar al Sol en su viaje por el inframundo, desde que se oculta en el poniente hasta que surge nuevamente por el oriente. Al igual que sus dos hermanos, Sukun Kyum tiene una personalidad solar aunque su relación con K'in (el Sol) es nocturna y por tanto menos resplandeciente que la de su sobrino Tu' Up.

La más reciente adquisición teogónica de los lacandones es Ah Kyantho. Este es el dios creador y protector de los blancos y de sus bienes. Vive en el lado oriental de la selva, a la orilla del Golfo de México; desposó en segundas nupcias a una xunam, "mujer blanca, mujer no indígena". Ah Kyantho comparte eventualmente a la esposa de su hermano Hach Ak Yum, lo cual es una práctica matrimonial aprobada por los lacandones, cuyo sistema de alianzas es la poliginia sororal,5 por lo que Ixchel es considerada como hija de ambos hermanos.

Hach Ak Yum tiene otros dos hijos, quienes por haber retado a su padre, fueron exiliados en la selva de los hombres. Se les conoce como los hijos rojos de Hach Ak Yum y están asimilados a los seres de naturaleza selvática que distribuyen los fenómenos meteorológicos y climáticos como el granizo, los rayos, los truenos, los vientos de tormenta y trazan los arcoiris cuando de la selva de los hombres suben a visitar a su padre celestial. Comparten estas tareas con su madre Ak Na', a la que acompañan en sus recorridos durante el periodo de lluvias. Los hijos rojos de Hach Ak Yum fueron castigados por haber querido desobedecer a su padre. Entonces fueron rebajados al nivel de la naturaleza, adquirieron rasgos femeninos y perdieron su ascendencia solar.

Al igual que sus sobrinos, Menzabak también fue expulsado de la selva de los dioses por haber intentado seducir a su sobrina Ixchel, a pesar de las advertencias de su hermano mayor. Por eso vive en el inframundo, donde cuida el alma de los difuntos.

Ak Na', la gran diosa lunar, está asociada con el agua, con la época de lluvias, con los ríos y los lagos que ella alimenta surtiéndose del agua que emana de las cuevas selváticas. Está igualmente vinculada a la oscuridad, la noche, la humedad, los sueños, la enfermedad y la adivinación. Estas características de la gran diosa lunar, madre de los lacandones, las encontramos también en los códices mayas,6 lo cual muestra la permanencia de los conceptos cosmogónicos prehispánicos en los lacandones contemporáneos. Este personaje participa en numerosos mitos, en asociación con su poderoso esposo solar. Está presente en los orígenes del mundo y en el cataclismo astral del holocausto final. Asociada al nacimiento y a la muerte, revestida de los atributos del desorden (en su condición de esposa adúltera), pero también de la reproducción de la vida y de la cultura, es la deidad más controvertida, temida y respetada del mundo indígena. Al igual que su esposo, al provocar un eclipse lunar puede conducir el mundo a su fin. Durante este fenómeno cósmico las mujeres se esconden en las cocinas, sobre todo las embarazadas, ya que en ese momento el hilo de vida que las une con Ak Na' corre el riesgo de romperse y provocar la muerte de la madre y del hijo. Cuando Ak Na' reaparece elevándose en el cielo nocturno desde los islotes verdosos de los lagos y de los ríos de la selva, las mujeres se apaciguan alrededor de las fogatas domésticas de la selva. Saben que el eclipse lunar llegó a su fin, que la Luna proseguirá con su pareja los recorridos celestiales que asegurarán la vida de su pueblo.

El poder de creación y destrucción que tienen Sol y Luna es una prueba más de la fascinación que tienen los lacandones por los astros y explica su sumisión incondicional al orden cósmico. Ak Na' no comparte con nadie su inmenso poder, sólo ella rige los espacios que le corresponden dentro de la naturaleza y de la sobrenaturaleza (cielo e inframundo). Como todas las mujeres lacandonas, Ak Na' alterna roles (económicos, políticos y sociales) con su poderoso esposo Hach Ak Yum. En su representación de Sol y Luna, esta pareja expresa la lógica del sistema social lacandón, reproduciendo la dualidad del sistema simbólico. El Sol controla el espacio diurno, la época de sequía, el crecimiento del maíz. En cambio, la Luna está asociada al espacio nocturno, los tubérculos, la humedad, la época de lluvias y lo doméstico. Hombres y mujeres, revestidos de roles específicos, se oponen, se complementan y alternan en las funciones que aseguran la reproducción de la sociedad, la naturaleza y el cosmos.7 En este gran esfuerzo para asegurar el equilibrio del universo, los lacandones crearon un cosmos que reproduce fielmente las formas culturales más destacadas de su sociedad, así como los mecanismos que permiten asegurar la perennidad de su universo intelectual.

Los principios básicos de la vida social se refieren a la dualidad subyacente en el sistema de parentesco, las alianzas, los linajes y la repartición de roles en la unidad doméstica.8 En la reproducción de la naturaleza existe una dualidad similar ilustrada por la oposición y alternancia de las categorías masculinas y femeninas (sequía, trabajo masculino, actividad solar vs. estación húmeda, trabajo femenino, lluvias). Esa dualidad se aplica igualmente a las diferentes categorías de plantas y animales que conforman el universo natural lacandón. Mientras que el maíz está asociado a lo masculino, al Sol, los tubérculos tienen que ver exclusivamente con el quehacer femenino y con las fases de la Luna.9 Ciertos animales o insectos (la hormiga, por ejemplo) están también vinculados con el Sol, mientras otros (la serpiente) se asocian con los principios femeninos de la Luna.10 Los mitos relatan la existencia de grandes jaguares cósmicos que juegan un papel determinado en la destrucción del mundo. Eventualmente estos animales se enfrentan en combates dramáticos amenazando la sobrevivencia del universo. Los jaguares asociados a los valores masculinos están amarrados a un árbol de copal (un elemento masculino) al este del mundo, mientras que los jaguares hembras están amarrados al tronco de un guaje11 al oeste de la selva. Cuando se enfrentan en sus terribles luchas, los jaguares del oriente terminan ganando la pelea, de lo contrario se acabaría el mundo, pues los valores solares serían derrotados por el poder de los atributos selénicos, sumiendo la selva en las tinieblas apocalípticas.

 

COSMOVISIÓN E HISTORIA

Al igual que en otras sociedades mesoamericanas, la historia de los lacandones parte de la historia de los astros, y está supeditada a que sea perenne, por lo cual se asumen responsables de la reproducción de los astros, que son también los personajes emblemáticos de su sistema teogónico. Recurriremos de nuevo a los mitos para explicar cómo los lacandones conciben los inicios de su historia y el cataclismo que acabará con el desenvolvimiento de su sociedad.

Al igual que otras culturas mesoamericanas, los lacandones se saben herederos de cuatro generaciones que fueron destruidas en el transcurso de los tiempos míticos. Cada vez que ocurrió una destrucción apocalíptica, el creador utilizó el Sol para realizar su meta destructora, provocando un eclipse solar. En tales ocasiones, el creador se desvistió y cubrió el Sol con su túnica. En la oscuridad los jaguares cósmicos bajaron a la selva y devoraron a los hombres verdaderos. Una vez apaciguado por algún miembro de su familia, Hach Ak Yum restablecía el orden, resucitaba el alma de los hombres, encerraba a los jaguares cósmicos en las entrañas de la tierra e instalaba un nuevo Sol. Esas imágenes apocalípticas son las que usan los lacandones para socializar a sus hijos y mostrarles la importancia de las actividades rituales en su existencia. Es decir, enseñan a sus hijos que sólo mediante la realización de esas ceremonias pueden asegurar el renacimiento de los dioses, el retorno del Sol al amanecer y el equilibrio de los principios de complementariedad y solidaridad de los que depende la vida colectiva.

 

LA LÓGICA DE LOS RITUALES

Para que sus dioses no destruyan el cosmos y por el contrario, atiendan la renovación cíclica de la selva y la alternancia de las fases de vida y muerte de los seres humanos, los lacandones elaboraron un complejo sistema ritual. Este sistema se nutre de los relatos contenidos en los mitos y reproduce la oposición, la complementariedad y la alternancia de los principios y categorías míticas. Los principios que rigen el ciclo de vida (ritual de iniciación), las técnicas profilácticas (ritos del parto) o la fertilidad de la naturaleza (ritual de siembra) se relatan en los mitos junto con los ritos de reproducción del cosmos y de renovación del ciclo astral.

Algunos ritos se realizan en la intimidad del espacio doméstico, otros tienen lugar en el templo familiar y otros en espacios privilegiados, como los ritos que se realizan en Yaxchilán en la estructura del antiguo dios Itzamna, dios de las ciencias, la medicina, la astronomía, etcétera. Otros ritos se verifican en sitios relacionados con la misma ceremonia; por ejemplo, ciertas plegarias en las cuevas del lago de Menzabäk para el dios K'ak, o bien Itzanoh Ku, Tsibatnah, para propiciar el nacimiento de un hijo, la curación de un enfermo, el regreso de un familiar, o para obtener una buena cosecha. Menzabäk es el dueño del mundo de los muertos; a la orilla del lago que lleva su nombre está la entrada al mundo de las almas. Una cueva llena de restos humanos, de sahumerios rituales y de tambores ceremoniales indica el paso del mundo de los vivos al de los difuntos. Los hombres de los pueblos de Mtzabok y de Naha acuden eventualmente a la cueva de Menzabäk para ofrendar copal y otros objetos rituales en honor de sus difuntos que descansan en la cueva. Los rituales más importantes son las ceremonias realizadas por los jefes de familia para asegurar la perennidad del mundo. Estas ceremonias involucran a todos los hombres de la comunidad, independientemente de su linaje, sus compromisos familiares y su nivel de iniciación. Exigen un estricto respeto a la norma de abstinencia sexual y excluyen del recinto sagrado a las mujeres durante todo el tiempo que dura el ritual.12 Estas complejas ceremonias persiguen el objetivo primordial de renovar a los dioses para asegurar el rejuvenecimiento del cosmos.

En sus templos, los lacandones alimentan a sus dioses con copal. Las "ollas de dios" son los receptáculos donde vivirán las deidades durante su ciclo de vida solar. Cada seis o siete años, estas ollas, que son consideradas como una especie de útero que alberga a la deidad, serán destruidas y sustituidas por nuevos recipientes sagrados, al tiempo que los viejos recipientes son sepultados en una cueva del monte. Este ejercicio de renovación cósmica (cada una de las deidades está vinculada con un fenómeno cósmico) hace de los hombres lacandones los reproductores del universo. Para realizar estas ceremonias se visten con la piel del jaguar, es decir, pintan manchas rojas sobre sus túnicas recordando así su filiación con el gran jaguar mítico, genitor universal y destructor apocalíptico de los mayas de la selva.

Como ya se dijo, durante el tiempo que dura la ceremonia las mujeres son expulsadas del recinto sacro. En cambio, los hombres, reunidos en un espacio femenino (Na significa Luna, madre, templo y casa), reproducirán la vida de sus dioses. El jefe de familia, dueño del templo y responsable del ritual, pinta sobre su túnica, con pasta de achiote, círculos a la altura del pecho, volviéndose así simbólicamente una mujer, pero no cualquier mujer: una mujer con capacidad de engendrar, la nodriza de los dioses.

La lógica simbólica del ritual retoma los principios de la vida social lacandona y establece formas de complementariedad entre los elementos que se oponen y alternan en todos los aspectos de la vida social y ritual. La complementariedad entre los géneros resalta también en las categorías del tiempo, involucrando a las deidades. K'in, además de ser el Sol, se traduce también por "día", mientras que Yaax K'in (literalmente "año verde") hace referencia a un año de producción maicera. Por otra parte, Na' significa a la vez Luna, un mes, el vientre donde se gestan los hijos, la casa donde se les alimenta y el templo donde se les inicia como "Hombres Verdaderos".13

Portadora de vida y reproductora por excelencia de la sociedad y la cultura, la mujer pierde sus privilegios en el espacio del templo, cuando los hombres la despojan culturalmente de esos privilegios para adueñarse de ellos.14

En los rituales lacandones aparece nítidamente la lógica de un sistema simbólico que restablece el equilibrio entre hombres y mujeres, Sol y Luna, vida y muerte, sin violentar las representaciones que vinculan a los hombres entre sí, con la naturaleza y con el cosmos.15 Y lo más admirable es que se instalan en un mundo estructurado sobre el orden cósmico, realizando así la fusión del pasado con la realidad del presente.

Los rituales lacandones no hacen más que posponer, una y otra vez, la fecha del último cataclismo. Sometidos a una lógica que saben inaplazable, esperan desde siempre el fin del mundo anunciado por sus mitos, en donde el Sol y los jaguares serán los instrumentos del holocausto. Bajo la sombra de la gran ceiba piden clemencia y misericordia a la gran diosa lunar que vela sobre las criaturas humanas.

Esta visión peculiar de un cosmos destinado a la destrucción y que, al mismo tiempo, alberga esperanzas de sobrevivencia, explica por qué los mayas de la selva perciben el tiempo y el espacio de manera dual, reproduciendo así la lógica de su idea del cosmos. Cuando una sociedad ha elaborado un modelo tan estructurado del tiempo, no es de extrañar que cuide esmeradamente la lógica que permite su reproducción.

Hace ya tiempo que los dioses abandonaron la selva de los hombres. Y puesto que éstos últimos se negaron a seguirlos a lo alto de la selva celestial, los lacandones tuvieron que permanecer solos, sin protectores. Al principio nada fue fácil. Aprendieron a nacer en el dolor y morir en la tristeza. Tuvieron que luchar solos contra las fieras y contra las enfermedades. Tuvieron que afrontar la angustia nocturna, la falta de lluvias, la sequía de sus milpas o la inundación de sus acahuales. Vieron cómo las plagas de insectos invadieron sus graneros y cómo los roedores atacaron los tubérculos y las raíces de sus huertos. Seres monstruosos los persiguieron sin piedad en sus sueños y aun en la selva que les es tan familiar. Padecieron asimismo la invasión de intrusos que se infiltraron a hurtadillas, pretendiendo transformar su espacio y hasta su pensamiento.

Cuando estas desgracias sucesivas cayeron sobre los lacandones, los dioses se apiadaron de la suerte de los Verdaderos Hombres y decidieron establecer un lazo tangible entre ellos y sus protegidos, con el fin de que éstos no se sintieran abandonados en la selva terrenal. Fue así como en un día remoto Ah K'in Chob reveló a los hombres cómo fabricar los sahumerios y el uso que desde entonces deberían darles.

El secreto de la tercera humanidad, la de los Verdaderos Hombres, reside en la actitud de sumisión ante sus deidades, mediante una liturgia elaborada en donde se mezclan ofrendas y plegarias. Este ritual repetido es el que permite que se perpetúe la cultura de los hombres y su precaria existencia. El día en que dejen de creer en sus dioses y de manifestarles su fe, llegará a su término la generación de los hombres y el Sol se desvanecerá para nunca más renacer.

Este complejo ritual es la culminación de una reflexión sobre su pasado que ha enseñado a los lacandones a no desafiar a las fuerzas que los trascienden, a vencer los peligros a los que están expuestos en razón de su vulnerabilidad. Se trata de un ritual que una y otra vez recrea los lazos que aseguran la sobrevivencia de su pueblo. Los hombres de antiguas generaciones pretendieron equipararse a los dioses y se comportaron con suficiencia; despreciaron a las divinidades y se negaron a alimentarlas. Por esa razón fueron inexorablemente destruidos, masacrados, devorados o sacrificados. Su sangre sirvió para alimentar a los dioses a quienes habían hecho enojar. Los mitos que los lacandones se cuentan narran los terribles holocaustos padecidos por sus antepasados, de modo que el sistema ritual de los lacandones no se puede explicar sin los datos mitológicos. Los mitos y las prácticas rituales son la culminación tangible de un proceso de reflexión colectiva acerca de su existencia. Fuera de este contexto mitológico, cosmogónico y teogónico, las prácticas de propiciación, los exorcismos y las ceremonias terapéuticas son sólo el espejo externo de un lago en aparente calma, pero cuyas profundidades son agitadas por poderosos movimientos que amenazan con engullir a aquellos que ingenuamente osan aventurarse en ellas. Detrás de las ofrendas, las cremaciones de copal y la ingestión de brebajes y platillos rituales, se oculta una filosofía fatalista de la historia, un sistema conceptual basado en una definición estoica de la condición humana, una actitud de humildad y dependencia frente a las creaciones de los dioses, así como una voluntad a toda prueba para enfrentar las amenazas, asegurando la aplicación de las normas de vida social y la regulación de las fuerzas de la naturaleza.

Las culturas mesoamericanas no pueden ser estudiadas más que a través de los modelos que estructuraron durante siglos el conjunto de las sociedades que hasta la fecha reivindican su herencia. Graulich fue sensible a este alucinante fenómeno de creación colectiva, elaborado a través de dones y de préstamos mutuos entre las diferentes sociedades, que da un sello de relativa homogeneidad a los conceptos más variados de la reflexión humana. El estudio de los rituales cosmológicos mexicanos exige un conocimiento profundo de las ideas que forjaron el sistema de pensamiento que los nutre. Estas ideas evolucionaron a través del tiempo y en muchos casos no representan hoy sino los fragmentos de un gran conjunto sometido a poderosas influencias que explican su deterioro parcial, su abandono provisional o aun definitivo. Estos vestigios son muestras de una forma de pensamiento que continúa expandiéndose, de un sistema conceptual que sigue ejerciendo sus funciones reguladoras sobre la actividad humana en diversas regiones de la antigua Mesoamérica.

Para los antiguos pobladores de México, los conocimientos ligados a las ciencias de la naturaleza y de los astros, pero también a las construcciones más abstractas como las matemáticas, permitieron la elaboración de un sistema astronómico de tipo adivinatorio, que propició la interpretación de las grandes fases de su historia pasada y la previsión de fenómenos por venir. Los calendarios fueron la culminación tangible de esa forma de pensar, y se volvieron operacionales cuando reglamentaron la vida social, a través del establecimiento de una estructura ceremonial compleja. Tanto el calendario maya como el mexica son prueba irrefutable del sofisticado desarrollo de sus ritos y del sistema normativo que regía las actividades humanas, mediante la práctica colectiva de sus ritos. El fin último de este complejo ritual era la reproducción del mundo, los astros y los hombres.

 

EL CALENDARIO MAYA Y LOS CONCEPTOS ASTRONÓMICOS

Fascinados por los misterios del cosmos, los mayas consagraron siglos al estudio de los astros y sus movimientos, hasta componer una filosofía del tiempo y del espacio. Así construyeron un aparato especulativo de los más complejos, basado en la observación asombrosamente precisa de los ciclos solares y lunares, así como del movimiento de otros astros, como Venus, cuya aparición periódica anteponiéndose al Sol es particularmente notable en las latitudes tropicales en donde ellos vivían.16 Conviene explicar brevemente los grandes rasgos del calendario maya, precisando que los conocimientos ligados a éste han desaparecido totalmente del conjunto de las sociedades de este tronco lingüístico desde hace ya mil años.

Bajo la probable influencia de los olmecas, los mayas habían emprendido la elaboración de un calendario que debía cumplir una doble función: por un lado una función ritual que reglamentaba las actividades religiosas, y por otro una "civil" que normaba el curso de las actividades materiales y sociales. El primero se componía de 260 días, divididos en 13 grupos de 20 días. El otro tenía 365 días, divididos en 18 grupos de 20 días más 5 días suplementarios considerados como nefastos. Estos dos calendarios efectuaban su propia rotación de manera independiente uno del otro; pero se juntaban cada 52 años, cuando volvía a coincidir su punto de partida mutua. Es decir, entonces un ciclo completo del calendario se acababa, y comenzaba enseguida un nuevo ciclo de vida social y ritual para el mundo.

Los astrónomos mayas habían calculado el tiempo de revolución del ciclo completo de Venus, que se efectúa en 584 días, y descubrieron que el doble de un ciclo de 52 años coincidía con las 65 revoluciones sinódicas de Venus.17 Gracias a estas observaciones astrales y a la medición de los ciclos que recorrían los astros principales, los mayas establecieron un sistema de datación que ha permitido a los investigadores fechar tiempos muy remotos.18

Estos conocimientos especializados eran obra de los sacerdotes astrónomos que consagraron su vida a realizar cálculos astronómicos precisos, como los que acabamos de evocar. Con todo, esa sabiduría desapareció con el esplendor del periodo clásico. No obstante, la historia de los hombres siguió siendo definida por el curso de los astros, ya que un año ritual de 260 días era equivalente al periodo de tiempo necesario tanto para la gestación humana, así como para el cultivo y cosecha de una milpa. Dado que un año "civil" de 365 días determinaba el conjunto de actividades sociales necesarias para la reproducción de una colectividad, la conjunción del ciclo ritual con el "civil" marcaba la duración de la vida de un hombre. Asimismo, al cumplirse 65 revoluciones sinódicas venusinas, ese ciclo marcaba el advenimiento de una nueva humanidad, puesto que se había cumplido un ciclo de vida y un ciclo de muerte. El momento en que reaparecía Venus, el astro predecesor de un nuevo ciclo solar, anunciaba una nueva etapa de la historia cíclica del cosmos.

Los mayas definieron entonces los grandes ciclos de los astros e instauraron un complejo ritual dedicado a marcar estas grandes fases de su existencia. Aún falta mucho por hacer para descifrar e interpretar las inscripciones glíficas (aparte de las fechas) registradas en las estelas y los bajorrelieves del Petén Clásico. Mientras la escritura maya conserve sus misterios, las manifestaciones rituales, que fueron sin duda los límites visibles de esta historia, seguirán estando también sujetas a controversia.

En 1993 murió el viejo Chan K'in, líder espiritual de la comunidad lacandona septentrional de Naha. Chan K'in era tan viejo que sus propios hijos decían de él que había penetrado en la época de muerte. Su edad en realidad era de 104 años, es decir, dos ciclos rituales solares de 52 años cada uno. Cuando éste murió, en vísperas del conflicto que trastornó a la zona, los lacandones ignoraban los terribles cambios a los que tendrían que enfrentarse sus hijos y nietos. Todavía hoy en día, los lacandones de las comunidades de Naha y Metzabok se refieren al viejo Chan K'in diciendo: "¿Para qué vivir tanto si nos iba a dejar al final en la sombra del nuevo Sol?"

Si hemos seleccionado el modelo lacandón para ilustrar la relación tiempo-espacio de la cosmovisión maya contemporánea, es porque ilustra otros modelos cosmogónicos todavía en vigor en las tierras mayas bajas. Es un buen punto de partida para dar cuenta de la perseverancia de los pueblos de Mesoamérica para mantener sus antiguas tradiciones ante los embates de la modernidad occidental.

 

Notas

1 Esto significa que después del matrimonio la pareja instala su domicilio en casa del padre de la novia.

2 Marion, M.O., 1992, Le pouvoir des filles de Lune, tesis postdoctoral en Antropología, EHESS, París.         [ Links ]

3 Ixchel era la diosa principal de los putún itzaes en la época post-clásica y también representaba la Luna.

4 Al respecto, consúltese M.O. Marion, El poder de las hijas de Luna, INAH-Plaza y Valdés Editores,         [ Links ] en prensa.

5 Sistema de alianza que vincula mediante matrimonio a un hombre con dos hermanas de madre común; cuando se practica intensamente se complementa entonces por un sistema poliándrico eventual, para asegurar que todos los hombres tengan esposa.

6 Códice de Dresde y Códice de Madrid.

7 Marion, M.O., 1992, op. cit.

8 Op. cit.

9 Op. cit.

10 Sobre el análisis paradigmático lacandón y su herencia mesoamericana, consúltese el hermoso libro de Michel Graulich, 1990, Mitos y rituales del México antiguo, Colegio Universitario / Ediciones Istmo, Madrid.         [ Links ]

11 Nótese la relación entre la calabaza y el útero femenino, común a muchas culturas mesoamericanas.

12 Marion, M.O., 1995, Identidad y ritualidad entre los mayas, INI, México.         [ Links ]

13 Una' Iqku: lit. "su casa del Dios".

14 Marion, M.O., op. cit., en prensa.

15 Véase Marion, M.O., 1995, op. cit.

16 Gendrop, Paul, 1980, Les Maya, PUF, París, p. 42.         [ Links ]

17 Gendrop, Paul, op. cit.

18 Una de las estelas jeroglíficas hace referencia a una fecha retrospectiva del orden de los 3113 a.C. Al respecto, consúltese a Morley, Sylvanus G., The Ancient Maya, 1956, Stanford, Stanford University Press.         [ Links ]

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