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Desacatos

On-line version ISSN 2448-5144Print version ISSN 1607-050X

Desacatos  n.4 México  2000

 

Reseñas

 

Cuentos chinos o de cómo los chinos en México pasaron de "hijos del Celeste Imperio" a "jijos del máiz"

 

Evelia Botana Montenegro*

 

* CIESAS.

 

Una película sobre los chinos en México, personajes tan familiares y a la vez, tan lejanos. Cuántas cosas se dicen (decimos) de ellos. Que son extranjeros, inexplicables, extraños, exóticos. Motejados con palabras que llevan el prefijo "ex", que "casualmente" significa "fuera de". Son sólo algunos de los adjetivos a que recurrimos los occidentales cuando nos referimos a los orientales, específicamente a los chinos. El lenguaje de cada día recurre a dichos, refranes, dicharachos y frases hechas tomadas de chistes, de sucesos históricos o de anécdotas más o menos verídicas. Algo difícil de hacer "está en chino"; una materia imposible de aprobar es "chino básico"; las situaciones que implican obligatoriedad son así, "aquí y en la China"; un trabajo cuya minuciosidad nos desespera es "trabajo de chino", así como aquel sumiso que aguanta todo, tiene "paciencia china"; un acreedor que no se tienta el corazón "se cobra a lo chino"; el mero espectador está "como el chinito: nomás milando"; quien se mueve cautelosamente, es como aquel chinito que en tiempos de la Revolución, sin atreverse a pasar de una calle a otra, respondió al ¿quién vive? con la prudentísima frase "Li tú plimelo"; un lugar lleno de aire viciado es "un fumadero de opio" y "me engañaron como a un chino", suelen decir los que pecan de crédulos...

Podrían escribirse páginas y más páginas sobre los mitos racistas que la "sabiduría popular mexicana" pudo acuñar a lo largo de un siglo de trato, que no de conocimiento, entre chinos y mexicanos, porque no es suficiente vivir cerca de alguien para conocerlo, sobre todo para querer saber los unos de los otros, máxime cuando se tienen formas culturales tan diversas y se hablan idiomas sin un tronco lingüístico común. Inés Arredondo interpreta atinadamente la soledad de un horticultor chino en Sinaloa, un bárbaro, literalmente, quien no habla la lengua del lugar:

No eran ni siquiera los nombres de las personas, de las cosas lo que se le escapaba, era solamente la articulación. Y eso era todo: suficiente para que lo consideraran inferior, todos, todos... Solamente otros chinos lo podían comprender. Sí, no era una casualidad que no hablara como los demás, que tuviera su forma especial de hacerlo.1

De remate, cuando nos cuentan patrañas increíbles, rápidamente las catalogamos como Cuentos chinos, que es precisamente el título de la película dirigida por Luciana Kaplan. Esta pieza fílmica documental nos ofrece un testimonio histórico en el que prevalece la visión humanística y reivindicadora hacia aquellos primeros contingentes de chinos llegados al país a principios del siglo XIX; a los que arribaron en subsecuentes oleadas migratorias y a sus descendientes, nacidos ya en estas tierras pero marcados con el estigma de ser diferentes.

La realizadora echa mano a escenas de una vieja película nacional donde un chino, patrón del café "Chang Chong" en la ciudad de México, entroniza a la Guadalupana y manda a descansar al "señol" Buda, sincretismo adaptativo común a los inmigrantes de cualquier raza y nación, incluyendo a los migrantes internos de diversas etnias mexicanas. Por convicción o conveniencia, el de afuera adopta lo ajeno para diluirse en la mayoría, para pasar inadvertido o para ser aceptado por los locales, dueños del campo de juego.

Luciana Kaplan nos ofrece testimonios personales de hijos o nietos de chinos, algunos en los cafés del centro del DF, otros en la calle de Dolores o en el puerto de Tampico, o más al norte, en Mexicali, hombres y mujeres de edades, ocupaciones y condiciones diversas, forman un complejo collage donde la vida cotidiana se mezcla con recuerdos de los ancestros. También muestra imágenes tomadas de fotografías de la época y de periódicos norteños que en 1903 presentaban a los inmigrantes chinos como mano de obra necesaria y bienvenida para levantar cosechas, beneficiar el henequén, tender vías de ferrocarril o cocinar en los campamentos petroleros. Esta visión cambió radicalmente cuando la mayor parte de los chinos que habían consolidado trabajosamente una posición económica fueron exhibidos por la prensa como "la invasión amarilla", seres repugnantes, plaga peligrosa, adictos al opio, enfermos de tracoma y sífilis por sus depravaciones congénitas que se suponía causarían degeneraciones en los hijos de matrimonios mixtos, a diferencia del mestizaje con europeos, mejorador de la raza, según los preceptos de los científicos positivistas. Los chinos pasaron por el proceso de ser aceptados, después rechazados y, finalmente, perseguidos. Jorge Gómez Izquierdo, autor del libro El movimiento antichino en México (1871-1934), narra en la película la matanza de 300 chinos ocurrida en Torreón en 1911, vergonzoso hecho histórico complementado con la expulsión de familias mestizas deportadas a China donde sufrieron penalidades de todo tipo y un nuevo y peor desarraigo para ser nuevamente repatriadas en la década de los sesentas.

A lo largo de unos brevísimos 32 minutos, la cineasta Luciana Kaplan nos pasea ágilmente por una historia tan movida que parece mentira, casi, casi, "un cuento chino". Su mirada atenta va al pasado y regresa al presente, haciéndonos ver el especialísimo ambiente de los cafés de chinos, con interminables jugadas de mahjong en la trastienda, bisquets recién horneados y bancas de madera que remedan los antiguos asientos de ferrocarril; nos lleva a los restaurantes de la calle de Dolores, con Budas barrigones y lámparas rojas, dragones, crisantemos y garzas. El escritor Rafael Bernal lo describe así:

México, con cierta timidez, le llama a la calle de Dolores, su barrio chino. Un barrio de una sola calle de casas viejas con un pobre callejón ansioso de misterios. Hay algunas tiendas olorosas a Cantón y Fukien, algunos restaurantes. Pero todo sin el color, las luces y banderolas, las linternas y el ambiente que se ve en otros barrios chinos, como el de San Francisco o Manila. Más que un barrio chino, da el aspecto de una calle vieja donde han anclado algunos chinos, huérfanos de dragones imperiales, de recetas milenarias y de misterios.2

La cinta nos acerca también elementos representativos del mestizaje de los hijos del Celeste Imperio con "la raza" local; nos muestra los festejos del año nuevo chino con tambora o banda norteña, la danza del gran dragón de seda movido por jóvenes acróbatas de sangre china y mexicana; las ofrendas de vino de arroz a los antiguos dioses, derramadas en la tierra actual; los alimentos cultivados en el país, perfumados con gengibre, los ideogramas, escritos con tinta china hecha en México. Finalmente, a través de las voces de los jóvenes mestizos, Cuentos chinos propone aceptar la dualidad que supone pertenecer a dos culturas, aceptarlas a las dos sin juzgarlas, adaptar la cultura china a México, y como dice uno de los personajes del documental, "saber dónde está uno parado".

Xalapa, Veracruz, febrero de 2000.

 

Notas

1 Inés Arredondo, "Las palabras silenciosas", La Sunamita y otros cuentos, Culiacán, Sinaloa, 1928.         [ Links ]

2 Rafael Bernal, El complot mongol, Morelia, Michoacán, 1915.         [ Links ]

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