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Desacatos

versión On-line ISSN 2448-5144versión impresa ISSN 1607-050X

Desacatos  no.4 México  2000

 

Testimonios

 

Una polémica entre intelectuales

 

*Agradecemos a María Guadalupe Landa,
jefa de sección del Fondo Reservado
de la Hemeroteca Nacional, su valiosa
colaboración.

 

El Universal, 3 de marzo de 1921.

LAS RAZAS INDÍGENAS MEXICANAS Y SUS ESTADISTAS ANTE EL PROBLEMA DE LA EXISTENCIA DE LA PATRIA

Escrito especialmente para "El Universal" por D. FRANCISCO BULNES.

El licenciado don Andrés Molina Enríquez, casi un sacerdote del culto moderno al indio y sinceramente preocupado por la salvación de la raza indígena, en su obra apostólica "Los Problemas Nacionales", copia la carta dirigida al "Tiempo" por una respetable señora de Guadalajara; en la que se lee: "Hace catorce años que estoy en este rancho y cuando vine a él, la gente estaba en tal estado de pobreza, que mujeres había que no podían salir a la puerta de su jacal, por estar completamente desnudas, y no obstante de verse en tan terrible miseria, los peones se conformaban y preferían nada más trabajar medio día y el restante medio día, lo empleaban en el juego y la borrachera. La gente ya tiene en su sangre el germen de la maldad, de la pereza y la indolencia."

El señor Peust, que ha hecho observaciones, viviendo entre los indios, dice en su folleto "México y el problema obrero rural", "Las pocas necesidades de los indios, no se deben a la escasa oportunidad de ganar los recursos para una vida cómoda, ni al trabajo obligado propio para causar una desmoralización en el ánimo de un caucásico. Sólo la indolencia hace renunciar al nativo todo cuanto no le sea indispensable.

"La condición previa para hacer que trabajen los nativos son salarios altos. No los aprovechan, sin embargo, para ganar más dinero, sino para esforzarse menos. Así en los cafetales del Departamento de Soconusco (Chiapas), la tarea diaria que consiste en llenar un cajón de frutos maduros se realiza en medio día. En la cosecha, al subir los salarios, la mayor parte de los operarios no hacen dos tareas diarias, sino que llenan sólo medio cajón. Por la misma causa en Yucatán y Campeche es costumbre pagar por el primer millar de pencas cortadas menos que por el segundo y tercero. Es significativo que en Tuxtla, Tapachula, Soconusco (Chiapas), hay compañías de cuatro o cinco obreros de los que alternativamente trabaja uno cada día, dedicándose los otros al "DOLCE FARNIENTE"...

"Después de trabajar unos días seguidos, muchos obreros piden al patrón el dinero ganado y abandonan el trabajo. Gastado el salario vuelven a trabajar. El señor Pedro M. Gorozpe, Presidente de la Sociedad Agrícola Mexicana, ofreció a sus peones el jornal de siete días, con tal de que trabajaran seis días de la semana. Entre cientos de operarios sólo dos aceptaron la oferta. En Europa y los Estados Unidos luchan los obreros por un trabajo de ocho horas diarias, y los patrones mexicanos serían los primeros en abogar por una tarea de seis horas diarias solamente, bajo la condición de que trabajasen los operarios seis días semanariamente".

El señor Martín Luis Guzmán, joven fogoso e intelectual, devoto del catecismo revolucionario de los Ripaldas de la Revolución, nos dice en su folleto intitulado: "La Querella en México", escrito en 1915: "Buena parte de las consideraciones que hasta aquí se han hecho, en vista del estado ACTUAL de postración y vileza en que yacen los pobladores indígenas de México, se funda en una base falsa, o por lo menos exagerada: el supuesto gran desarrollo material, intelectual y sobre todo moral alcanzado por los indios hasta la llegada de Cortés...

"Es verdad que más tarde vino la Independencia y con ella un ligero descoyuntamiento del régimen colonial; verdad también que andando el tiempo se hizo la Reforma; mas ¿qué han sido para el indio la una y la otra? ¿Para qué le han servido, sino para volverle a su hábito, ya olvidado, al hábito de matar?

"Si hemos de creer lo que está a la vista, el indio no ha dado un paso en muchos siglos; como lo encontró el Conquistador así ha quedado, lo mismo lo alumbró el sol de los siglos coloniales, que el sol de la Independencia y la Reforma, y lo mismo lo alumbra el sol de este día...

"La población indígena de México es moralmente inconsciente, es débil hasta para discernir las formas más simples del propio bienestar; tanto ignora el bien como el mal, así lo malo como lo bueno. Cuando por acaso, cae en sus manos algún instrumento susceptible de modificar provechosamente su vida, ella lo desvirtúa y lo rebaja a su acostumbrada calidad, al de la forma ínfima que heredó...

"¿Será capaz por sí mismo (el indio), de imprimir al grupo social de que forma parte, otro impulso que el que negativamente nazca de su inercia? La masa indígena es para México un peso y un estorbo; pero por ningún motivo puede considerársela como un elemento dinámico determinante."

El señor Carlos Basave y del Castillo Negrete, citado por el señor Peust, estima que el COEFICIENTE DE CIVILIZACIÓN o sea la energía constante de trabajo en la raza, es del 10%, de manera que en un total de 212 millones de campesinos apenas se encuentran 250 000 con las cualidades de los trabajadores europeos comunes. Con el trabajo de esta pequeña población debemos responder al mundo de nuestros deberes como nación civilizada y pagar sobre 3 000 millones de pesos que nos cuestan los teóricos artículos 27 y 123 de la Constitución de 1917.

Nuestra situación es amarga como la onda oceánica que tragan los náufragos; sin trabajo acaba el mundo, no es posible la vida colectiva ni la individual. Y si la humanidad ha llegado al grado de civilización que nos asombra, es porque las razas superiores formadas de enérgicos, han obligado a trabajar a las inferiores formadas de inertes. El crimen económico de hoy fue la virtud de ayer. A la esclavitud que los helenos y los romanos impusieron a las razas asiáticas debemos la salvación de la humanidad. Hoy la esclavitud es un crimen, porque ya no se necesita de ella para la conservación y el progreso del mundo. No hay reaccionario en México que proponga el restablecimiento de la esclavitud, a menos que no sea bolshevista, para obligar a trabajar a las masas inertes.

La monarquía española en sus colonias americanas no quiso imponer la esclavitud legal a la raza indígena y al margen de ella instituyó las encomiendas. Condenadas y abolidas éstas, decretó que todo indio tenía la obligación de trabajar. Para los hacendados tres semanas por año, pero que sería retribuido por elevadísimo jornal. Los hacendados impusieron a los indios el trabajo obligado, valiéndose del recurso de hacerles anticipos de dinero que no podían pagar y obligándolos a trabajar o a ser tratados poco más o menos como los deudores, según el código de las Doce Tablas. El triunfo de los principios liberales en México no impidió la coacción penal del acreedor sobre el deudor, debido a la ignorancia de los indios respecto de sus derechos. La Revolución los ha ilustrado y evidentemente ya no es posible que en México se trabaje apoyándose en los principios de las Doce Tablas.

Lenine y Trotzki en Rusia, han restablecido con oportunidad la esclavitud, en términos más feroces que los que la historia nos presenta. Todo individuo está obligado a trabajar, no solamente para sí, sino para la colectividad hasta donde sus fuerzas alcancen durante doce horas, recompensándole con un jornal que los negros de Cuba habrían considerado miserable; pero ese género de esclavitud es el que agrada a las clases populares mientras no lo prueban. En Yucatán y en Campeche ha sido proclamado el bolshevismo con entusiasmo de niños que creen que el cianuro de potasio se bebe como horchata. A ese bolshevismo de Yucatán y Campeche le falta su bello motor, el EJERCITO ROJO. Sin el ejército rojo no marcha el sistema, y si ha durado hundiéndose más de tres años es porque el ejército rojo fusila al obrero que proclama la huelga, al que no quiere trabajar doce horas y al que censura aun sea con un gesto a los déspotas que martirizan a la Rusia agonizante. Es cierto que a los bolshevistas de Yucatán y Campeche no les faltan militares revolucionarios entusiastas que puedan servirles para improvisarles el ejército rojo indispensable en esas deliciosas constituciones.

Al indio mexicano inerte, el hambre lo obligaba a trabajar antes de la Revolución, pero en la actualidad el hambre no sirve de exclusivo impulso para el trabajo. Los campesinos en muchos lugares del país han discurrido robarse las cosechas o bien convertirse en ladrones de camino real, enarbolando la bandera del bolshevismo o cualquiera otra.

Los pedagogos con sus habituales majaderías han proclamado que para hacer trabajar a las masas inertes no hay como multiplicar las escuelas. En Cuba, para una población de dos y medio millones de habitantes el Gobierno gasta 25 millones de pesos anuales en escuelas, y no hay individuo del pueblo que sepa leer y escribir que no sea bolshevista y tan enemigo de la constancia en el trabajo como cuando era analfabeto.

No es posible desarrollar una gran cantidad de trabajo en México, valiéndose de los medios empleados por las Repúblicas Argentina y del Brasil, porque no es posible pagar en México elevados jornales a peones europeos ni entregarles tierras que no os arruinen.

Los generales Calles, Alvarado y Villareal, tienen confianza en que, dotando a los pueblos de ejidos y de propiedades pequeñas a los individuos, el ciudadano mexicano se dignificará y disputará a los suizos su progreso agrícola. El 40% de los pueblos que tenían ejidos en 1856, los han conservado hasta 1921 y los pueblos que los poseen son tan perezosos y tan apasionados por la miseria como en la época Colonial. Los campesinos que recibieron propiedades conforme a la ley de 1856, en su mayoría las vendieron por serles económica y moralmente imposible vivir como propietarios, y el resto que las conserva las atiende con un mínimum de trabajo que favorece el ideal de miseria que tanto ama la raza.

Francisco Bulnes

 

El Universal, 4 de marzo de 1921, página tres.

LAS PRETENDIDAS RAZAS INFERIORES DE MÉXICO

Especial para "El Universal" por Manuel Gamio.

Gran expectación había entre quienes se ocupan de los problemas sociales desde que El Universal anunció la publicación de artículos sobre ese tema por don Francisco Bulnes; los artículos han aparecido ya; uno se refiere en general a las razas inferiores y otros a las razas indígenas mexicanas, conceptuadas como tales.

En el primero el señor Bulnes comulga con el viejo e insustentable postulado de que hay razas inferiores, irredimibles y condenadas fatalmente a desaparecer. Para él solamente la humanidad de origen caucásico, es humanidad; el resto, indios americanos y sus antecesores asiáticos; japoneses, chinos, etc., etc., son hordas semi-zoológicas. Tan deleznables resultan los argumentos expuestos por el señor Bulnes, que no nos detendremos a comentarlos, pues cansaríamos la atención de lectores no especialistas. En nuestro concepto, todas las razas son igualmente aptas para asimilar la civilización moderna, por más que el señor Bulnes no lo piense así; podemos demostrar a él y a quien por ello se interese, la legitimidad de nuestro aserto mostrándoles copiosa bibliografía de autores especializados en la materia que sostienen de manera incontrovertible la igualdad de aptitudes de las razas, bibliografía muy superior en cantidad y calidad a la de los que sostienen el punto contrario. En buena disciplina científica esa es la única manera de demostrar que humanamente se está dentro de la razón.

El segundo artículo sí merece ser discutido y refutado porque no es conveniente que la opinión equivocada de una persona, que por lo demás es muy culta, venga a entenebrecer todavía más, sin justificación alguna, el caos en que ambulan ciegamente las orientaciones nacionales.

El artículo es unilateral, lo que ya bastaría para hacer inadmisibles sus postulados. En efecto, basa sus opiniones en lo dicho por contados autores que no han estudiado satisfactoriamente el problema racial de México y, por lo tanto, lo desconocen. Aun más, incurriendo en amable chicana, el señor Bulnes presenta una carta en la que campean conceptos desfavorables para los indios (publicada por mi sabio maestro y amigo, licenciado don Andrés Molina Enríquez, en su gran obra nacionalista "Los Grandes Problemas Nacionales"), y no agrega nada más, lo que desorienta a quienes no han leído aquella obra, puesto que el licenciado Molina reproduce en ella dicha carta, precisamente con el objeto de demostrar a posteriori que el estado miserable de los indígenas se debe a diversas causas remediables, entre ellas el malestar económico en que se les a forzado a vivir.

Aunque pudiéramos citar numerosas opiniones de investigadores consagrados que han estudiado experimentalmente y por largos años a nuestras agrupaciones indígenas que, por tanto, conocen sus condiciones de desarrollo y sus aptitudes mejor, mucho mejor, que los autores en quienes se escuda el señor Bulnes, sólo transcribiremos algunas emitidas con motivo de la publicación del "Programa de la Dirección de Antropología" y del libro "Forjando Patria", en las que se hacen sugestiones pro-indianismo: Excmo. señor don Manuel Mallarán, Enviado Extraordinario y Ministro Plenipotenciario de la Argentina en México: "—Es fuera de duda que en muchos de los países latinoamericanos no sólo no se observan las características inherentes a la nacionalidad integrada, sino que, como usted lo hace muy bien notar, ellos se presentan ante el observador o el sociólogo casi como divididos en pequeñas numerosas patrias, sin anexos entre sí ni de idioma, ni de religión, ni de hábitos, ni de ideales, ni de necesidades económicas; y no cabe duda tampoco de que todos estos elementos de población, tan heterogéneos entre sí, y en muchos países tan aislados unos de otros, no pueden llegar por sí solos y sin la acción y ayuda decidida de los Gobiernos, a conseguir uniformar (si se me permite la expresión) entre ellos todas las condiciones esenciales y características de las nacionalidades definidas, y a que nazca primero, en sus espíritus y arraigue después en sus corazones la idea grande de una patria grande—. Las medidas sugeridas en su libro de usted con respecto a la redención de la clase indígena, y la importancia que debe atribuirse al estudio de la antropología, haciendo convergentes las tendencias de las investigaciones, la vinculación estrecha que debe existir entre la sociología y los medios de Gobierno en lo que a estas cuestiones se refiere, y los medios que expone para hacer factible el perfecto conocimiento de la población y de sus necesidades, hacen de su libro una obra digna de detenido estudio y que merece llamar la atención de los estudiosos y de los hombres de Gobierno."

Excm. Señor Jules Le Jeune, Enviado Extraordinario y Ministro Plenipotenciario de Bélgica en México. "—...afirma usted: 'hay que forjarse, ya sea temporalmente, un alma indígena'. He ahí el punto capital del problema. Es de esta única manera como se podrá encontrar la solución de un asunto que tan altamente interesa el porvenir del país. Esos millones de hombres incomprendidos representan para el país un rico patrimonio de actividad física e intelectual. Aquel que llegue a penetrar el secreto del indio, se habrá hecho digno del reconocimiento de su país."

Excmo. señor doctor don Eusebio Ayala. —Paraguay. —ExMinistro de Hacienda y de Relaciones Exteriores, profesor de Economía Política.—"... El problema racial existe en muchos países de nuestro continente y era hora de que una voz autorizada lo plantease para promover un examen racional que haga posible una solución adecuada. El concepto que se tiene del indígena es resultado de un prejuicio tradicional. Los gobiernos americanos, en su mayoría, se han cuidado hasta ahora de atraer inmigrantes en lugar de levantar a las razas autóctonas a un nivel superior de cultura para el cual son perfectamente aptas."

Señor William H. Holmes. —Head Curator, National Museum, Smithsonian Institution.-Washington D.C., E.U.A.- Autor de "Cities of México". "Forjar con los diversos elementos de su gran República una unidad nacional, es problema y labor de suma importancia que usted ha sabido exponer de un modo sucinto y magistral."

Señor Frederick Starr, doctor, profesor de Antropología en la Universidad de Chicago, Chicago, Ill., E.U.A.- "...La mayor riqueza y esperanza de México para el futuro reside en su población aborigen. Me alegro sinceramente de que haya usted hablado tan franca y honradamente como lo ha hecho."

The American Journal of Sociology.-Vol.XXIV, número 2. —Septiembre 8 de 1918. —México no sólo dará un maravilloso paso hacia el porvenir, sino que se atraería la respetuosa admiración del mundo si llega a incorporar a su población indígena en la esfera que le corresponde. Aun admitiendo un fracaso, las ideas de ese programa (el de la Dirección de Antropología) perdurarán porque son justas y verdaderas.

The Hispanic American Review. —Vol. I, número 4, -Noviembre de 1918. —Race and Society in the Andean Countries. "La necesidad sobre apreciación racial no se limita a México, pues casi todos los países latinoamericanos están en el mismo caso. En verdad puede justificadamente decirse que a cualquier país en el que existan indígenas le es conveniente y necesario el estudio de la apreciación racial de la población, etc., etc."

¿No considera el señor Bulnes que hubiera sido conveniente para autorizar sus asertos informarse no sólo de lo que asientan los pocos anti-indianistas que consultó, sino también de lo que opinan numerosos pro-indianistas entre los que hemos mencionado unos pocos, pero podríamos citar muchísimos?

El señor Bulnes al observar tales cifras se desata en bíblicas lamentaciones inútiles y en recriminaciones injustificadas: "¡Pobre país, poblado en gran proporción por indígenas que viven con varios siglos de retraso, indolentes, miserables, sucios, faltos de iniciativa, dignos de desaparecer del territorio, pobre México!" Ahí termina su discurso para no ocuparse más de tales tópicos y hablar al día siguiente sobre la política japonesa en Manchuria o sobre el bolchevismo en el Turkestán, sin importarle un bledo el efecto desmoralizador que, temporalmente al menos, ejercen en el criterio nacional e internacional esos juicios ligeros e injustificados. ¿Sugerir medios de fomentar la incorporación de indio al movimiento nacional moderno, ya que es imposible aniquilarlo, deseo que se lee entre líneas en lo que dicho señor escribe? Esto no le preocupa, ¿por qué y para qué? Nosotros, señor Bulnes, que honradamente dedicamos nuestros esfuerzos a investigar los problemas sociales de México y principalmente los relativos a la población indígena, la obstaculizadora situación del indio, no divagamos haciendo lamentaciones y recriminaciones inútiles, sino abordamos algo que será útil y práctico para usted mismo, para nosotros y para el país en general. Procuramos conocer al indígena, saber el por qué de su retraso, de su miseria, de su abandono y — capítulo principal— intentamos deducir de ese conocimiento medios factibles para mejorar tan dolorosa situación y para hacer de la mayoría de la población mexicana, que hoy es fardo pasivo y obstáculo infranqueable para el progreso un elemento dinámico favorablemente aprovechable en el concierto nacional. Cuando eso se consiga, señor Bulnes, usted y los anti-indianistas que han inspirado su criterio y nosotros y todos los habitantes de la República viviremos mejor de lo que vivimos hoy y de lo que han vivido nuestros antecesores. Si el éxito se alcanza hasta un mañana que no podamos ver, los que vengan más tarde gozarán en cambio de lo que hoy se inicia.

Manuel Gamio
Director de Antropología

 

El Universal, 5 de marzo de 1921, página tres.

LA INCONSCIENCIA MORAL DEL INDÍGENA

México, 3 de marzo de 1921.

Señor don José Gómez Ugarte.
Director de EL UNIVERSAL. —PRESENTE

Muy estimado amigo:

He visto en el número de hoy de EL UNIVERSAL el artículo que publica el señor don Francisco Bulnes acerca de "Las Razas Indígenas Mexicanas ante el problema de la existencia de la Patria". Entre las opiniones citadas por el señor Bulnes se encuentran algunas mías, entresacadas del capítulo que dediqué en mi opúsculo "La Querella de México", a la irresponsabilidad de la masa indígena en el desarrollo de nuestra vida pública.

Yo no atiendo a las disquisiciones del señor Bulnes respecto de la política mexicana, porque, a mi entender, el señor Bulnes es un escritor enteramente inactual; de suerte que nada tendría que decir sobre su último artículo si no fuera porque los párrafos tomados de mi opúsculo están traídos a cuento de tal modo que pueden hacerme parecer como preconizador de ideas que no profeso. Naturalmente, no por ello, ha de suponerse falta de integridad intelectual en el señor Bulnes; quizás se trate sólo de una disposición de su espíritu: el señor Bulnes no es un investigador sino un polemista, no busca la verdad, sino la demostración de una tesis, y, así, siempre modela sus argumentos, sus razones y sus ejemplos en la forma en que cada tesis lo requiere.

Pero, de todos modos como no creo en las razas —o, en otras palabras, en la existencia de grupos humanos de características biológicas tales que de ellas se deriven ciertas capacidades o incapacidades definitivas—, prefiero no pasar por un teorizante de las cualidades o los defectos inherentes a nuestros indios por el solo hecho de ser indios. Consentir en ello equivaldría a consentir en una de las innumerables necesidades biológico-sociológicas tan caras a los pensadores portados a la manera del señor Bulnes. De modo que, para poner las cosas en su sitio, mucho le agradecería a usted diera cabida en su gran diario a las líneas anexas a esta carta, en las cuales se contiene lo que realmente pienso y lo que realmente he dicho.

Afectuosamente,
Martín Luis Guzmán.

 

LA INCONSCIENCIA MORAL DEL INDÍGENA

Buena parte de las consideraciones que hasta aquí se han hecho acerca del estado actual de postración y vileza en que yacen los pobladores indígenas de México se funda en una base falsa, o, por lo menos exagerada: el supuesto gran desarrollo material, intelectual y, sobre todo, moral alcanzado por los indios hasta la llegada de Cortés. A esta exageración —engañosa cuando se aprecia el valor de la masa indígena como uno de los elementos constructivos de la sociedad mexicana— han contribuido diversas causas: la natural tendencia ponderativa de los primeros españoles venidos a América; el noble afán de los frailes de la primera época por hacer la figura del indio más digna de conmiseración; la tendencia de los cronistas e historiadores mexicanos a acrecentar el pasado glorioso de una de las dos ramas de su estirpe.

Pero, a no dudarlo, las cosas deben de haber sido de otra suerte más en armonía con el aspecto que les conocemos en los siglos coloniales y el que ofrecen aun al cabo de cien años de vida independiente. Mucho tiempo antes de que la estrella de los conquistadores brillara sobre las tierras que habían de ser más tarde la Nueva España, las civilizaciones aborígenes de México habían fracasado ya por una circunstancia de orden espiritual. La superstición y el temor religiosos, móviles supremos que todo lo habían encauzado hasta allí, quedaron rezagados a espaldas del progreso material que ellos inspiraron; en su ardor ciego habían lanzado, con el último magno esfuerzo como las fuentes mismas de su energía, construyendo un mundo superior al verbo de que emanaba, y destinado así a perecer en la misma hora de su nacimiento.

¿Cómo explicarse de otro modo aquella civilización indígena tan extraña e incoherente si hemos de tener por cierta la esencia de nuestros relatos históricos? Sólo un impulso inconsciente, aunque poderosísimo pudo producir la avanzada organización azteca en una sociedad inhumana y antropofágica, cuya religión, amasada de supersticiones y terrores, no conoció los más débiles destellos de la moral.

Verdad es que fácilmente se cae en el error de transportar a cada uno de los aspectos de la vida indígena el grado de perfección de lo que fue en ella excelente; y así se ha llegado hasta suponerles un código de moral. Más todo esto es vano. El culto efímero de Quetzal-Coatl, divinidad comunitaria y dulce, y su destierro definitivo, señalan la culminación y descenso del alma indígena, el esfuerzo máximo que ella no pudo realizar y del cual volvió más débil que nunca y, por lo tanto, más inhumana y más cruel.

Fue en medio de este largo período de crisis cuando llegó el conquistador, quien, con su ansia brutal y estruendosa desconcertó y dejó informe un alma que aún no se hacía. Después, ¿qué decir del imperio colonial, régimen de explotación desatada en un país cuya riqueza principal eran los indígenas, régimen sostenido por un sistema tutelar de los espíritus adecuado a aquella explotación? Unos cuantos frailes bondadosos y venerables, los que llegaron con las primeras naves a la Nueva España, cogieron al indígena, lo bautizaron apresuradamente y lo abandonaron después, idólatra aún, en los umbrales del cristianismo. Otros vinieron más tarde, pero ya no a cristianizar ni a predicar como los primeros, sino a explotar y a dominar como los conquistadores, a trocar en oro la carne y el alma indígenas. De manos del cacique cruel pasó el indio a las del español sin piedad y a las del fraile sin virtud; ya no perecía por millares elevando pirámides y templos sangrientos, pero moría construyendo catedrales y palacios; ya no se le inmolaba en los altares del dios airado cuyo furor se apagaba sólo con sangre: se le inmolaba en las minas y en los campos del encomendero, cuya sed de oro nunca se saciaba.

Desde entonces —desde la conquista o desde los tiempos precortesianos, para el caso es lo mismo— el indio está allí, postrado y sumiso, indiferente al bien y al mal, sin consciencia, con el alma convertida en botón rudimentario, incapaz hasta de una esperanza. Es verdad que más tarde vino la Independencia y con ella un ligero descoyuntamiento del régimen colonial; verdad también que andando el tiempo se hizo la Reforma, más ¿qué han sido para el indio la una ni la otra?, ¿para qué le han servido, sino para volverle a un hábito ya olvidado, al hábito de matar? Si hemos de creer lo que está a la vista, el indio no ha andado un paso en muchos siglos; como lo encontró el conquistador así ha quedado; lo mismo lo alumbró el sol de los siglos coloniales, que el sol de la Independencia y la Reforma, y lo mismo lo alumbra el sol de este día. ¡Mucho es que el desventurado no luzca ya la marca infamante con que le quemaba el carrillo la codicia brutal del conquistador!

La población indígena de México es moralmente inconsciente; es débil hasta para discernir las formas más simples del propio bienestar; tanto ignora el bien como el mal, así lo malo como lo bueno. Cuando, por acaso, cae en sus manos algún instrumento susceptible de modificar provechosamente su vida, ella lo desvirtúa y lo rebaja a su acostumbrada calidad, al de la forma ínfima de vida que heredó. Es innegable que tuvo el sentimiento generoso de su divinidad propia (que después vertió literalmente en las formas externas del catolicismo), de la divinidad de su tribu en torno de la cual batallaba, sacrificaba y construía; pero ¿habrá sentido alguna vez, verdaderamente, el amor de su aldea, el amor de su lugar? Si su ley ancestral le mandaba para el caso de ser vencida, acatar y adorar las divinidades del vencedor, ¿no ha de verse en ello, y de acuerdo también con su antigua historia vagabunda, que más era un pueblo de religión y no de patria? Tal como hoy la conocemos, la irradiación de su alma no traspasa la linde familiar; allí acaban sus sentimientos sociales, allí y en el odio o afecto servil que accidentalmente la une con el amo que la explota.

Ahora bien, si tal es la materia, ¿cuál será la obra que de ella se haga?

Un pueblo sin un ideal, sin un anhelo, sin una esperanza, en cuyo pecho no vive ni el sentimiento fiero de su raza; un pueblo agobiado por no sé qué irritante y mortal docilidad, nunca desmentida, antes experimentada centuria tras centuria, ¿será capaz, por sí mismo, de imprimir al grupo social de que forma parte, otro impulso que el que, negativamente, nazca de su inercia? La masa indígena es para México un peso y un estorbo, pero por ningún motivo puede considerársela como un elemento dinámico determinante. En la vida pacífica y normal, lo mismo que en la anormal y turbulenta, el indio no puede tener sino una función única, la del perro fiel que sigue ciegamente los designios de su amo. Si el criollo quiere vivir en paz, y explotar la tierra, y explotar al indio, éste se apaciguará también y labrará la tierra para su señor y se dejará explotar por él mansamente. Si el criollo resuelve hacer la guerra, el indio irá con él y a su lado matará y asolará. El indio nada exige ni nada provoca; en la totalidad de la vida social mexicana no tiene más influencia que la de un accidente geográfico; hay que considerarlo como integrado en le medio físico. El día que la clase criolla, la que es socialmente determinadora, resuelva arrancarlo de allí, él se desprenderá y se dejará llevar hasta donde empiecen a servirle sus propias alas. Pero entre tanto, allí se queda.

 

Excélsior, 24 de marzo de 1921, página tres.

OPINIONES AJENAS

LOS ARTÍCULOS INDIANÓFOBOS DEL INGENIERO FRANCISCO BULNES

A principios de marzo, con el humano fin de hacer constar que existe todavía, el señor Bulnes, nuestro brillantísimo polemista, inició en "El Universal" una serie de artículos para tratar de las razas indígenas en general, y de nuestros aborígenes en particular. El tópico es, naturalmente, de interés vital para nosotros, y lógico es que, dado el asunto y el prestigio de alta mentalidad de que goza el ingeniero Bulnes, sus artículos encuentren eco y aplauso entre las personas que por razones económicas o étnicas, se encuentren en el campo de los indianófobos, y que despierte furores naturales en los indianistas. Esto, a mi entender, no traerá otro resultado, tangible y aparente, que el de suscitar polémicas acaloradas y más o menos plagadas de lugares comunes, con gran copia de citas y de dudosas estadísticas, sobre si el aborigen mexicano es superior o inferior al europeo; si la civilización precortesiana de México debe ser considerada como tal, o es solamente producto de la imaginación de los cronistas primitivos; y como fin y remate de tan mal traído y llevado asunto, la conclusión favorable de unos, los indianistas, de que tenemos todos los elementos étnicos para llegar a constituir una gran nacionalidad; y la terriblemente desfavorable de los otros, los indianófobos, de que debemos tomar una determinación nacional para librarnos del "lastre" retardatario del indígena. En resumen, palabras y más palabras, bien o mal dichas, pero palabras al fin, que no tendrían mayor trascendencia, si no tuvieran como resultado imperceptible de momento, impalpable en detalle, pero cierto e inevitable de avivar el odio que existe ya latente, y que aun se ha manifestado ya en ocasiones de trágica manera, entre los elementos étnicos componentes de nuestra nacionalidad: entre el europeo y el criollo, su descendiente, y los aborígenes mexicanos y los mestizos, sus descendientes también, que lógicamente se hacen a la parte de aquellos con quienes han convivido íntimamente y cuya dirección y control piensan asumir en el futuro, si no es que lo han asumido ya. Esto en pocas palabras se llama avivar torpemente los odios de nuestros componentes sociales, dificultando la labor de acercamiento y de cohesión que proporcionará en un futuro lejano, pero indeclinable, la verdadera integración de nuestra nacionalidad.

Y yo pregunto al señor Bulnes, profundo investigador de estas cuestiones ¿qué móvil es el que lo impulsa a plantear y a desarrollar estos temas en la forma en que lo hace?; ¿es amor a su país y deseo de cooperar en la resolución de los arduos problemas demográficos y económicos?, entonces ¿por qué nos muestra las llagas de nuestra nacionalidad, con el realismo pseudocientífico de su incisiva prosa de polemista, sin darnos el bálsamo que habrá de curarnos?, ¿por qué después de mostrárnoslas y de hurgar en ellas asienta, o mejor decir, nos da a comprender al final de sus artículos: ¿ven ustedes esta lepra dolorosa y mortal que dará al traste con nuestra nacionalidad?... pues bien, esa lepra no tiene remedio, no deben luchar porque es inútil al fin, y a la postre, acabará irremisiblemente con nosotros?

Los cirujanos, señor Bulnes, consagrados profesionalmente a amputar miembros y destrozar órganos humanos, con el altruista fin de corregir o paliar nuestras miserias fisiológicas, lógicamente, están habituados al dolor humano y llegan a ser indiferentes a él, y sin embargo, cuando se encuentran con un caso dudoso, reservan su pronóstico, y si es desesperado de todo punto, como un cáncer maligno en una víscera importante, consuelan al enfermo, le dan esperanzas... y le inyectan morfina. Usted, por el contrario, es un cirujano que, cuando encuentra un paciente que cree perdido (y en el asunto que nos preocupa es nuestro propio país), en lugar de buscar paliativos a sus sufrimientos y de infundirle ánimo, en espera de alguna benéfica reacción natural, le restriega usted la dolorosa llaga con ortigas para aumentar su sufrimiento, y pone usted toda su ciencia a contribución para demostrarle que no tiene remedio: esto, señor Bulnes, es perjudicial e inhumano; ¿usted se ha puesto a considerar alguna vez que hay indígenas que, merced a las escuelas que usted tanto critica (y en ese particular no deja usted de tener razón), han aprendido a leer, y que posiblemente, leerán los artículos de usted con el convencimiento de que su alta ciencia lo pone en posición de la verdad?; pues bien, esos indígenas que, según usted, son indolentes, viciosos y faltos de carácter, sentirán un gran desconsuelo, una gran desesperanza; se aumentará su indolencia; se acrecentarán sus vicios y como remate de todo esto, se intensificará su odio por el europeo y el criollo, que a más de haberle quitado en otro tiempo por la fuerza los bienes materiales que les pertenecían, le quita ahora, con su falsa ciencia, o por mejor decir, con sus empirismos barnizados de ciencia barata y tachonados de citas dudosas, hasta la esperanza de redención.

Por otra parte, el hacendado, el industrial y el capitalista en general, que a la vieja usanza española es más dado a explotar al hombre que a la naturaleza, como lo hace la raza sajona, ¿no encontrará una justificación para perseverar en sus malos tratos y en sus bajos salarios al saber que una eminencia científica del país los ha condenado a eterna inferioridad fisiológica y mental.

Lo que usted conseguirá con sus artículos, señor Bulnes, sin quererlo, quizás, si la evolución social de México no lo hiciera ya imposible, sería que el mal trato, el desprecio y la mala recompensa para el indígena, a lo que tan dados son nuestros terratenientes e industriales, por un concepto falso de su conveniencia económica, y como resabios de la feudal organización social que imperó en México hasta época no muy remota todavía. ¿Con qué derecho podemos exigir a los extranjeros que igualen a los mexicanos en salario, en igualdad de condiciones de trabajo, si nosotros mismos propalamos el error de que son fatalmente inferiores?; esto es antipatriótico y antisocial.

¿Será la verdad lo que usted busca, será suficientemente poderoso su deseo de verdad para que realice un acto perjudicial a su país por amor a ella? En este caso, señor Bulnes, afortunadamente para México, está usted también en un error, pues si la verdad, toda la verdad sobre nuestros aborígenes no la conoce nadie en México, ni fuera de México, dado lo exiguo y defectuoso de las investigaciones científicas que sobre ellos se han hecho, usted no parece conocer sino las casos concretos, de más o menos dudosa exactitud, que le son desfavorables, y aparenta ignorar, o calla por convenir así al éxito periodístico de su tesis, los que le son propicios, procedimiento que va en contra de la verdad, de la justicia y de la ciencia, como procuraré demostrarle en artículos subsecuentes.

México, a 17 de marzo de 1921.
Miguel O. de Mendizábal.

 

El Universal, 8 de abril de 1921, página tres.

Editorial

EL PROBLEMA RACIAL Y LA INMIGRACIÓN

El problema racial es, a estas fechas, cosa resuelta. Apenas si pueden admitirse discusiones sobre él, en terrenos puramente especulativos. En la práctica, en la vida misma, no hay ya quien discuta. Para los políticos y los estadistas, que han de atender de preferencia a la realidad inmediata, la superioridad de unas razas y la inferioridad de otras no es discutible; es un hecho que deben tomar en cuenta, sin atenuaciones y sin discusiones. Los sociólogos humanitaristas pueden obstinarse aún en invocar la igualdad original de todas las razas; las posibilidades inéditas que existen en las llamadas inferiores; las causas que han producido esta que, para ellos, es sólo aparente desigualdad. Pero el político y el estadista no fundan conclusiones en idealismo, ni gobiernan a los pueblos, que son entidades reales y actuales, apoyándose en sugestiones teóricas y en esperanzas lejanas. Observan los hechos presentes y de acuerdo con ellos proceden, porque tal es su deber.

En México la verdad social y política es la de que la raza blanca forma el núcleo central, director, inteligente, progresivo y responsable de la nacionalidad. El adelanto de México, la civilización de México, la importancia internacional de México, los éxitos de México y también sus errores, han de atribuirse a los blancos, en primer término, y a los mestizos en segundo. El indio sólo cuenta en mínima parte. Son los blancos, criollos e inmigrantes, los creadores del moderno México. Puede afirmarse, por lo tanto, que de ellos depende el México futuro.

Las posibilidades casi inexploradas que haya en el fondo de la raza indígena cuyo peso ha debido arrastrar, a lo largo de la historia, la población blanca, sólo se realizarán, si se realizan, mediante la intervención educadora y adaptadora de la raza blanca. Es utópico soñar, a estas alturas, en una autocivilización de los indios, distinta e independiente de la civilización occidental, creada por los blancos. Los indios serán lo que puedan hacer de ellos los blancos. Hay que poner, si no toda, la mayor parte de la fe para el destino de México, en la raza blanca.

Esta afirmación, que quizá resulte dolorosa para los "indianistas" mexicanos y que tal vez provoque en ellos un movimiento interior de protesta, ha sido comprobado ya prácticamente en países de integración étnica muy semejante a la nuestra, y de comunes orígenes históricos. El progreso de Argentina y Chile, por ejemplo, se debe a la población blanca que ha llevado y sigue llevando a esas Repúblicas la inmigración.

Las razas que primitivamente las poblaron no han participado para nada en ello. Ineptas para imponer una supremacía que no tienen, se han fundido con la raza blanca, o se han extinguido. El problema étnico no existe, por lo tanto, en la realidad política y social de aquellos estados.

¿Por qué México no puede hacer lo mismo? Todos los sentimentalismos de los teóricos de la sociología no impedirán que se cumpla aquí la ley de selección, como se ha cumplido en otras partes. La resistencia a ella conseguirá, cuando más, que el hecho se retarde, pero no lo suprimirá. Vayamos, pues, en un sentido favorable a él, y así abreviaremos el camino.

Tales consideraciones explican el regocijo con que hemos leído la noticia de que el Gobierno de México ha hecho arreglos definitivos relacionados con la inmigración italiana, tópico primordial, como se recordará, de la misión diplomática que trajo a nuestro país el general Garibaldi. Estos convenios bien pueden ser el punto de partida de una política tendente a atraer colonos de raza blanca, que intensifiquen y modernicen el cultivo de nuestras tierras y mejoren, racialmente, nuestra población.

¿Tendremos que enumerar aquí las ventajas inmediatas que acarreará al país la inmigración blanca? Perfeccionamiento de los cultivos; mayor productibilidad de la tierra, y, por lo tanto, abaratamiento de la vida; difusión en un grado más alto de cultura en la población rural; creación efectiva de pequeñas propiedades, y por consiguiente, de intereses, que harán cada vez menos propicia la campiña, para semillero de revueltas, etc.

Pero junto a estas ventajas inmediatas hay una mediata y trascendental: el mejoramiento de la raza. Porque debemos convencernos de que la inmigración es la única probabilidad de que aumente el valor racial de la población mexicana, considerada como elemento de progreso.

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