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Desacatos

On-line version ISSN 2448-5144Print version ISSN 1607-050X

Desacatos  n.1 México  1999

 

Esquinas

 

El movimiento henriquista y la reivindicación de la Revolución mexicana

 

Elisa Servín*

 

* Dirección de Estudios Históricos, INAH.

 

Como confluencia de origen, como proyecto político y social, y como fuente de legitimidad, la Revolución de 1910 tuvo una importancia central para quienes conformaron el henriquismo, movimiento de oposición que se articuló en la coyuntura electoral de 1951-1952 en torno a la candidatura presidencial del general Miguel Henríquez Guzmán. Después de haber intentado obtener la candidatura del PRM en 1945, Henríquez reapareció en 1950 en la lucha por la presidencia de la república, que llevó hasta el punto de participar como candidato de oposición cuando su precandidatura no fue considerada por el PRI.

La candidatura henriquista postulada formalmente por la Federación de Partidos del Pueblo Mexicano (FPPM) en 1951 se convirtió en el eje de un enfrentamiento político y social contra el régimen de Miguel Alemán. La coyuntura de fin de sexenio abrió el espacio para que aflorara el descontento de aquellos que por una u otra razón resultaron afectados por la gestión alemanista. Quienes se integraron al henriquismo argumentaron como razón fundamental de su inconformidad el abandono del llamado "proyecto de la Revolución mexicana".

A fin de los años cuarenta y principios de los cincuenta, México parecía ser un país diferente al de los años treinta, crecientemente industrializado y urbanizado, con una sociedad cada vez menos movilizada políticamente y cada vez más sometida a las normas de una vida institucional delimitada por el presidente y el partido oficial. La reforma social cardenista había sido sustituida por una propuesta gubernamental que privilegiaba el desarrollo económico sobre los beneficios sociales, y desde distintos ámbitos políticos y académicos se empezaba a cuestionar la sobrevivencia de los principios de la Revolución mexicana como guía orientadora de las acciones gubernamentales.1

Las principales decisiones del gobierno de Miguel Alemán, tales como las reformas al artículo 27 constitucional que redefinieron los límites de la pequeña propiedad y la creación del amparo agrario, el autoritarismo gubernamental ejercido contra las dirigencias sindicales que mantenían cierta autonomía, la cercanía con Estados Unidos y la promoción de la inversión extranjera, la exclusividad del alemanismo sobre los puestos públicos políticos o el creciente peso de la burocracia federal sobre los poderes regionales, contrastaban ciertamente con la noción de quienes entendían a la Revolución de 1910 como un movimiento popular, agrarista y nacionalista.

De ahí que al acercarse los tiempos de la sucesión presidencial y con ellos los rumores sobre una probable reelección del presidente Alemán, se agudizara el descontento de quienes lamentaban el creciente abandono de las conquistas revolucionarias. La posibilidad de que los alemanistas intentaran pasar por alto uno de los grandes tabúes de la Revolución, alentó la organización de quienes llevaban ya dos sexenios presenciando la rectificación de la reforma social cardenista, a la que algunos consideraban el verdadero proyecto de la Revolución mexicana.2

 

Una candidatura "revolucionaria"

En 1950 se dieron los primeros movimientos de organización en favor de la candidatura presidencial del general Miguel Henríquez Guzmán. Entre los argumentos más señalados por sus partidarios, se destacaba el compromiso explícito de su candidato con la reivindicación, la defensa y el fortalecimiento de los principios revolucionarios. Ciertamente, el general Henríquez contaba con un amplio expediente de acciones militares en las filas de la Revolución, a la que se incorporó en 1914 bajo el mando del general constitucionalista Jesús Carranza. En los años siguientes combatió villistas, convencionistas y zapatistas bajo las órdenes del constitucionalismo, y durante la década de los veinte participó en diversas campañas de pacificación regional.3

En 1922 Henríquez conoció a Lázaro Cárdenas, en ese entonces jefe de operaciones en el Istmo de Tehuantepec, con quien inició la que habría de ser una estrecha amistad. Su lealtad y cercanía personal con el general michoacano resultó notoria a lo largo del gobierno cardenista, ante la importancia de las encomiendas que recibió en esos años. En 1935 Henríquez contribuyó a pacificar Tabasco a la salida de Tomás Garrido Canabal, mediando entre las fuerzas políticas locales con la representación del centro. Tres años después, en 1938, al mando de las fuerzas federales, Henríquez se encargó de suprimir el intento de rebelión armada encabezado por Saturnino Cedillo. Un año después fue designado jefe de operaciones de la 7a. Zona Militar en sustitución de Juan Andrew Almazán, con la intención de neutralizar la fuerza almazanista en Nuevo León y, sobre todo, de prevenir una posible revuelta de la oficialidad neolonesa en favor del candidato oposicionista. En todos los casos, Henríquez se mantuvo leal al presidente Cárdenas y cumplió fielmente sus órdenes.

En 1942 Henríquez Guzmán fue designado jefe de la 15a. Zona Militar con sede en Guadalajara, donde convivió con otro amigo cercano, el general Marcelino García Barragán, gobernador de Jalisco. Dos años después, al acercarse los tiempos de la sucesión presidencial, Henríquez echó mano de las relaciones político-militares que había establecido a lo largo de su carrera, de su prestigio al interior del Ejército y de la amistad que mantenía con el ex presidente Cárdenas para alimentar sus aspiraciones de convertirse en el candidato del PRM a la presidencia de la república. Contaba también con el apoyo económico de su hermano, Jorge Henríquez, reconocido hombre de negocios, empresario con fuertes intereses en el ramo de la construcción y millonario contratista de obras públicas. La estrecha relación que mantenían los hermanos Henríquez Guzmán alimentó repetidamente las suspicacias respecto a las convicciones revolucionarias del precandidato presidencial.

No obstante, en 1944 la precandidatura henriquista se presentó ante la opinión pública como una propuesta del cardenismo, y en los primeros meses de 1945, al hacerse públicas las adhesiones a Henríquez, fue notorio que en casi todos los manifiestos henriquistas se añadía al final un "Viva Cárdenas". Sus partidarios resaltaron igualmente su "personalidad revolucionaria" y su compromiso con los postulados de la Revolución mexicana. No obstante, el presidente Ávila Camacho prefirió articular el consenso de las fuerzas políticas en torno a la candidatura de su secretario de Gobernación, el licenciado Miguel Alemán, quien en 1946 habría de convertirse en el primer presidente civil de la posrevolución.

Resuelta la coyuntura de la Segunda Guerra Mundial, el gobierno alemanista consolidó la tendencia rectificadora que iniciara Ávila Camacho sin verse presionado ya por la necesidad de mantener un constante equilibrio entre las diversas fuerzas políticas. En los primeros días del régimen de Alemán se realizó la reforma al artículo 27 constitucional sin que los representantes del sector campesino o la izquierda oficial en su conjunto hicieran nada por impedirlo. En los años siguientes culminó el proceso de exclusión de la izquierda oficial del aparato político con la salida de Vicente Lombardo Toledano de la CTM y del PRI, así como con el descabezamiento de los sindicatos nacionales de industria que mantenían entre sus dirigentes a representantes de esta tendencia. Los alemanistas monopolizaron los puestos políticos y administrativos y mantuvieron al margen a quienes estaban identificados con otras corrientes políticas. Al acercarse el último tramo del sexenio y en forma paralela a los rumores sobre la reelección, el presidente Alemán y el general Rodolfo Sánchez Taboada, presidente del PRI, propusieron como pauta para la sucesión presidencial la disciplina política y el fin de las precandidaturas abiertas a la discusión al interior del partido.

En este contexto se iniciaron en los primeros meses de 1950 los trabajos de proselitismo henriquista con el reagrupamiento de las fuerzas que sostuvieron la candidatura de Henríquez en 1945. La estrategia inicial de los dirigentes del "Comité de Auscultación pro Henríquez Guzmán" consistió en buscar la postulación de su precandidato en la convención que para ese efecto debería celebrar el PRI, oponiéndose de manera frontal a los intentos disciplinarios de Sánchez Taboada. En contraste con los trabajos por las precandidaturas del regente Fernando Casas Alemán y el secretario de Gobernación Adolfo Ruiz Cortines, que empezaban a desarrollarse también aunque "en secreto", los henriquistas trabajaron abiertamente por su precandidato, intentando abrir la sucesión. Así, la prensa daría cuenta de la distribución de propaganda en las Cámaras de Diputados y Senadores, en los sindicatos, en las colonias populares, en la UNAM y el Politécnico, además de los trabajos que se desarrollaban en diversos estados de la república. En todos los casos, se invitaba a afiliarse a los comités promotores de la precandidatura de Henríquez Guzmán, quien se comprometía a defender los postulados de la Revolución mexicana y la Constitución de 1917.

A fines de 1950 se dieron a conocer los trabajos para la formación de una nueva central campesina, la Unión de Federaciones Campesinas de México (UFCM), que propuso abiertamente la precandidatura presidencial de Henríquez Guzmán. Bajo la consigna de defender las reivindicaciones agrarias de la Revolución, la nueva central realizó una fuerte crítica a la política agraria del gobierno alemanista y a la CNC por su incapacidad para defender los reclamos campesinos, mismos que se enfrentaban a

la indiferencia ostensible de la gran organización hermana... que se preocupa ahora más por fomentar concursos de trajes regionales, mientras en el campo los trabajadores carecen de los más indispensables elementos.4

La Unión se integró por Federaciones regionales que se constituyeron en la mayoría de los estados de la república, y fue la base sobre la que se montó la movilización campesina henriquista. En algunos casos, las Federaciones regionales se convirtieron en instancias de gestión y defensa de los reclamos campesinos, e invariablemente se enfrentaron a la hostilidad de las autoridades locales.5

Los trabajos de la central henriquista crearon agitación en el campo y escisiones en la CNC, lo que obligó a la dirigencia del PRI a desplegar sus recursos en el ámbito campesino. Además de fortalecer los mecanismos de control político local, se realizaron varias reuniones estatales con la presencia de autoridades priístas, diputados y senadores de la CNC, así como comisarios ejidales, con la finalidad de discutir la problemática campesina y contrarrestar las "maniobras divisionistas" que realizaban los henriquistas.6 No obstante, entre diciembre de 1950 y los primeros meses de 1951 se constituyeron federaciones campesinas en Morelos, Nayarit, Aguascalientes, Coahuila, Colima, Guanajuato y Campeche.7 En el transcurso de los meses siguientes se continuó con la organización en casi todos los estados del país.

Los trabajos a favor de la precandidatura henriquista buscaban presionar a la dirigencia del PRI para que se abriera el proceso de discusión de las precandidaturas y, sobre todo, para que se consideraran las propuestas de quienes insistían en fortalecer la "vertiente revolucionaria" al interior del partido. No obstante, la presidencia del PRI optó por cerrar la vía a los disidentes y, acusándolos de querer dividir a la CNC, ordenó la expulsión de César Martino, Wenceslao Labra, Bartolomé Vargas Lugo, Ignacio García Téllez, Agustín Leñero, Raúl Castellano y Ernesto Soto Reyes de las filas del partido oficial.8

 

La "oposición revolucionaria"

La expulsión de los dirigentes henriquistas aceleró los trabajos de reorganización de la Federación de Partidos del Pueblo Mexicano, fundada originalmente en 1946.9 A fines de enero de 1951, se anunció que se buscaría el registro de la FPPM como partido político permanente, de acuerdo con las normas que marcaba la Ley Electoral. Sus dirigentes contaban ya con un trabajo previo de organización de comités regionales y locales, así como con la afiliación de numerosos partidarios.10

La refundación de la FPPM significó para algunos de sus integrantes la posibilidad de crear una instancia permanente que trascendiera la coyuntura electoral y reivindicara cotidianamente el proyecto revolucionario. De acuerdo con Vicente Estrada Cajigal, en la FPPM debía concretarse "mi sueño permanente, mi sueño de mexicano revolucionario de muchos años, de un partido político verdaderamente independiente, permanente en su vida, pero popular y revolucionario".11

Otro henriquista prominente, el periodista Francisco Martínez de la Vega, expresó conceptos similares en sus editoriales en el semanario Hoy, al enfatizar la necesidad de que en México se desarrollara una verdadera democracia. La FPPM representaba formalizar a la "oposición revolucionaria":

Si insiste en la defensa de esos postulados y hace de ellos su plataforma y su guía, tendremos en la política mexicana, por primera vez desde 1910, el caso de un partido revolucionario independiente, cuya aparición hay que saludar con alborozo, siempre que se trate de un esfuerzo permanente y no de un partido circunstancial concebido y limitado para una sola elección.12

La FPPM reprodujo la estructura regional de la UFCM y se constituyó por partidos del pueblo estatales dirigidos en la mayoría de los casos por ex gobernadores o políticos prominentes del estado en cuestión.13

Entre 1950 y 1951 los dirigentes de la FPPM lograron conformar una alianza entre diversos grupos e intereses políticos y sociales cuyo común denominador era el desplazamiento de la vida política o la exclusión de los beneficios gubernamentales. La alianza abarcó a personajes representativos de todos los "sabores de la Revolución" que incluían al zapatismo, al obregonismo y al callismo, al cedillismo y al garridismo y, por supuesto, al cardenismo. Fueron los cardenistas los que, en última instancia, le dieron legitimidad al movimiento, contribuyeron a definir una propuesta ideológica henriquista y tuvieron la capacidad para organizar la movilización social. Por lo demás, al igual que en 1945, el bajo perfil político del general Henríquez y el notorio perfil empresarial de su familia no fueron obstáculo para que su candidatura se convirtiera en el puente de unión entre quienes buscaban reivindicar la "condición revolucionaria" en la política y la administración. No importó incluso para los viejos enemigos que prefirieron aliarse con su antiguo oponente antes que mantenerse al margen de la "defensa de la Revolución".

Participaron entonces en el henriquismo varios ex funcionarios y líderes sociales comprometidos con la política agraria cardenista, como Graciano Sánchez, fundador y ex dirigente de la CNC, el ingeniero César Martino, ex director del Banco de Crédito Ejidal, el coronel Wenceslao Labra, fundador de la CNC, o J. Trinidad García, también fundador de la CNC, quienes organizaron y dirigieron a la UFCM. Participó también un grupo importante de ex gobernadores entre quienes se incluían Bartolomé Vargas Lugo, de Hidalgo; Gonzalo Bautista, de Puebla; Marcelino García Barragán, de Jalisco; Francisco Parra, de Nayarit; Pedro Rodríguez Triana, de Coahuila; Pedro Torres Ortiz, de Colima, y Vicente Estrada Cajigal, de Morelos. Se integraron asimismo ex colaboradores de Cárdenas y Ávila Camacho como Raúl Castellano, ex secretario de la Presidencia; José Muñoz Cota, también ex secretario de Cárdenas, Ernesto Soto Reyes, líder del ala radical en el Senado durante el gobierno cardenista o el ex senador por Michoacán Antonio Mayés Navarro. Finalmente, se unieron algunos dirigentes obreros y campesinos como el general Genovevo de la O, viejo zapatista, Rubén Jaramillo, líder campesino en Morelos, Celestino Gasca, ex dirigente de la CROM y diputado y senador cetemista por Guanajuato, Juan Gutiérrez, líder ferrocarrilero que llegó a la gerencia de Ferrocarriles Mexicanos durante el cardenismo, y Agustín Guzmán, dirigente del sindicato minero. Muchos de estos personajes mantenían todavía cierta fuerza regional, lo que contribuyó a alimentar la movilización henriquista.

Era ésta una alianza coyuntural de intereses que habían sido incluso antagónicos entre sí y que ahora reivindicaban su origen revolucionario y se unían en una lucha común contra la exclusión alemanista.14 A ellos se unieron un grupo de viejos constituyentes de 1917 que formaron en 1951 el Partido Constitucionalista Mexicano, entre quienes resaltaban el general Francisco J. Múgica, el licenciado Ignacio Ramos Praslow y el viejo agrarista Miguel Mendoza López, entre otros. En 1952 se unieron también los viejos revolucionarios integrantes del Partido de la Revolución, articulado en 1951 en torno a la consigna de defender las conquistas sociales del movimiento de 1910 y sostener la candidatura presidencial del general Cándido Aguilar. Ante la fuerza que logró generar la campaña henriquista y la conveniencia política de articular los intereses de quienes se asumían como la "oposición revolucionaria", en mayo de 1952 Aguilar declinó su postulación a favor de Miguel Henríquez Guzmán.

Pese a la diversidad de la alianza, ésta se articuló ideológicamente en la disputa común contra el alemanismo por el "verdadero proyecto de la Revolución mexicana". Los henriquistas y sus aliados políticos participaron en la lucha por el poder presidencial autonombrándose "oposición revolucionaria", es decir, oposición al gobierno alemanista, pero no al proyecto estatal manado de la Revolución. Reticentes a someterse a la inmovilidad política que demandaban el presidente Alemán y la dirigencia del PRI, henriquistas, constitucionalistas y aguilaristas tenían en común el origen revolucionario y el interés en seguir haciendo política al "viejo estilo". Por esa razón convocaron y presionaron al partido oficial en 1950 para que abriera el proceso de discusión de las precandidaturas a la presidencia de la república, al estilo de sucesiones anteriores. Por esa razón también se comprometieron a organizar y encabezar una intensa movilización social que mostrara su desencanto con la modernización alemanista y demandara la reivindicación de los principios revolucionarios.

 

La campaña por "la Revolución"

El 19 de agosto de 1951 se inició formalmente la gira electoral de Henríquez Guzmán en la ciudad de Colima. En el transcurso de los diez meses siguientes los henriquistas recorrieron todo el país y radicalizaron el tono oposicionista con miras a obtener el triunfo en las urnas. No perdieron de vista, sin embargo, que su oposición era dirigida al alemanismo desde la reivindicación revolucionaria.

Algunas de las figuras más destacadas de la dirigencia henriquista tuvieron un papel relevante en la Revolución, y por ello se asumieron como sus herederos legítimos. Conscientes de que la modernización alemanista los había dejado fuera, a ellos y a sus principios políticos, personajes como Graciano Sánchez, Celestino Gasca, Ernesto Soto Reyes o Francisco J. Múgica criticaron duramente lo que consideraron una traición a los principios revolucionarios, y cuestionaron a lo largo de la campaña electoral de 19511952 las "credenciales revolucionarias" del alemanismo. La mayoría de los discursos que se pronunciaron a lo largo de la gira partían de la necesidad de retomar el proyecto revolucionario. Como señalara Estrada Cajigal,

el ideal era la Revolución, puesto que todos nuestros manifiestos, todas nuestras declaraciones eran sobre el reparto de tierra que se había paralizado en tiempo de Alemán y de Ávila Camacho. Hablábamos también de que se había incrustado de nuevo en la Constitución el amparo agrario... defendíamos el régimen de Cárdenas como el último régimen revolucionario que había habido en México.15

Al enfrentarse al alemanismo, los henriquistas reivindicaron elementos fundamentales de una propuesta "del pasado", el cardenismo como proyecto e ideología con base social, misma que utilizaron para movilizar a diversos grupos en la coyuntura electoral de 1952. Podría considerarse entonces que en el movimiento henriquista se materializó un conflicto de intereses e incluso un choque de culturas políticas distintas, la que representaba este grupo de políticos, funcionarios y líderes sociales de la postrevolución, contra la de una nueva generación de funcionarios públicos, más preocupados por el presente y el futuro del desarrollo mexicano que por el pasado revolucionario. La constitución de la FPPM como partido político permanente y la definición de su ideario político como independiente, revolucionario y popular, se proponía arrebatarle al PRI el monopolio sobre la Revolución por la vía de la participación electoral.

Así, con un pie en los años treinta y otro en los cincuenta, el henriquismo logró una amplia movilización campesina y popular basada en la reivindicación del cardenismo y los principios agraristas de la Revolución, a la vez que con un discurso liberal democrático cercano al maderismo atrajo a ciertos sectores inconformes con el autoritarismo gubernamental. De manera creciente se incorporaron al movimiento contingentes sindicales, especialmente de ferrocarrileros, mineros y petroleros, estudiantes, grupos de mujeres que luchaban por el voto, maestros y colonos, entre otros. Más que un movimiento de clase, el henriquismo tomó la forma de un movimiento popular constituido por una alianza de distintos sectores sociales. Aunque era mayoritariamente campesina, la alianza incorporó también a sectores urbanos de diverso nivel social.

El henriquismo se nutrió de la suma de diversas inconformidades, nacionales y regionales, que se articularon en torno a demandas tales como la necesidad de frenar la corrupción alemanista, tomar medidas contra la carestía y el deterioro de los niveles de vida provocado por la inflación, las críticas al autoritarismo y al abandono de ciertas conquistas de la Revolución como la reforma agraria, los derechos sindicales o la defensa de la soberanía. De ahí que lo que empezara como una escisión política se articuló paulatinamente con diversos conflictos locales y / o sociales, y que el henriquismo se convirtiera poco a poco en la candidatura de oposición con mayor fuerza política y social.

Ése fue el caso, por ejemplo, en Nayarit, donde existía un fuerte descontento entre los pequeños propietarios y otros productores agrícolas contra el gobernador Gilberto Flores Muñoz, provocado por el acaparamiento de maíz y los bajos precios que recibían los productores. Los henriquistas se integraron al conflicto y promovieron la defensa de los derechos de los agricultores.16 En Coahuila la Federación Campesina henriquista tuvo un papel activo en la denuncia de los problemas que afectaban la región de La Laguna, como la falta de créditos, la corrupción del Banco Nacional de Crédito Ejidal, los altos intereses o la falta de libertad para vender los productos ejidales.17 Además del apoyo campesino, la candidatura de Henríquez contó con partidarios entre los trabajadores de minas y fundidoras. En Tamaulipas el henriquismo movilizó a grupos campesinos que reaccionaron ante los desplazamientos de ejidatarios y la creación de neolatifundios, donde personajes cercanos al gobierno de Alemán se hicieron de grandes extensiones de terrenos de primera calidad.18 Se unieron también grupos de trabajadores petroleros de Tampico, a los que el candidato ofreció respetar el derecho de huelga y la autonomía sindical. En Morelos el henriquismo renovó la alianza establecida desde 1945 con las huestes de Rubén Jaramillo, quienes se adhirieron por la reivindicación que hacía la FPPM de las propuestas agrarias del cardenismo y la Revolución de 1910. En Oaxaca los henriquistas participaron en la movilización que se dio a fines de marzo de 1952 contra la nueva legislación fiscal que intentó imponer el gobierno del estado. Por su parte, en la ciudad de México el henriquismo trabajó entre otros con grupos de colonos que demandaban servicios públicos en las zonas recientemente urbanizadas, o con grupos de vendedores ambulantes crecientemente excluidos por la modernización de la ciudad.

A lo largo de la campaña electoral, la propuesta política del henriquismo repitió el énfasis en un modelo de desarrollo nacionalista que defendiera la soberanía sobre los recursos naturales y protegiera a los capitales nacionales frente a los embates de la inversión extranjera. Enfatizó también la necesidad de reanudar los repartos agrarios y de apoyar a los ejidatarios y a los pequeños productores con créditos, obras y programas de irrigación. Los henriquistas exigieron igualmente la democratización de los mecanismos de ejercicio del poder, abriendo la competencia política, así como el partido oficial y el Congreso a todos los grupos políticos, y no sólo a quienes profesaran su afiliación al alemanismo. Insistieron también en el respeto a la división de poderes y en la redistribución de recursos a nivel regional y local, en el fortalecimiento de la autonomía municipal y en la soberanía de los poderes estatales. Reiteraron el apoyo a la lucha de las mujeres por el sufragio, la libertad de creencias, el impulso a la educación mexicana y nacionalista, así como el derecho de huelga y la autonomía sindical.

Finalmente, la reivindicación revolucionaria henriquista incluyó otra vertiente que contrastaba con los "nuevos tiempos" del alemanismo: el llamado a los militares a ejercer sus derechos políticos participando activamente en la campaña presidencial. Los viejos generales revolucionarios como Múgica o Cándido Aguilar resaltaron la condición del ejército como defensor de la soberanía nacional y garante de los principios revolucionarios y constitucionales. En varias ocasiones a lo largo de la campaña, los henriquistas hicieron un llamado a los integrantes del instituto armado para que, en forma pacífica y constitucional, se incorporaran a la lucha por la reivindicación de la Revolución. El prestigio revolucionario y militar de buena parte de los dirigentes de la "oposición revolucionaria" resultó atractivo sobre todo entre los rangos más bajos del ejército, por lo que el gobierno de Alemán tuvo especial cuidado en contrarrestar la fuerza henriquista al interior de la corporación. Todos estos planteamientos encontraron su referente de legitimidad en lo que el henriquismo consideraba era el verdadero proyecto de la Revolución de 1910.

En la medida en que avanzó la campaña electoral de 1951-1952, los henriquistas afinaron sus críticas al alemanismo y encontraron un poderoso flanco de ataque en la designación de Adolfo Ruiz Cortines como candidato presidencial del PRI. En octubre de 1951 Ruiz Cortines fue acusado por el general Múgica de haber servido a los norteamericanos en 1914, durante la invasión a Veracruz, acusación que fue repetida a lo largo de la campaña pese a los desmentidos del propio Ruiz Cortines y del PRI. En febrero de 1952, cuando el gobierno alemanista autorizó la negociación de un tratado militar con Estados Unidos, los henriquistas y sus aliados políticos se integraron a una campaña de repudio a la colaboración militar con el país vecino, y recordaron en sus mítines y proclamas la vocación nacionalista del movimiento revolucionario de 1910. Como señalara Cándido Aguilar en una carta dirigida al general Alberto Salinas Carranza, agregado militar en Washington y presidente de la comisión negociadora mexicana.

No olvide usted ni por un momento que desciende en línea directa de la estirpe revolucionaria y patriótica de Don Venustiano Carranza, quien defendió siempre la soberanía de México y rehusó pactar en forma humillante con el gobierno de los EEUU, aun en días convulsivos y trágicos para nuestra patria.19

A lo largo de la campaña quedó claro sobre todo que existían grupos sociales en distintas regiones del país que, al adherirse a la reivindicación revolucionaria del henriquismo, demandaban políticamente al gobierno que retomara los cauces de la reforma social de los años treinta. La movilización que logró generar la candidatura henriquista en regiones como la confluencia de Jalisco, Colima y Nayarit, en la zona de la Huasteca potosina, en Tamaulipas e Hidalgo, o en Oaxaca, Guerrero y Morelos, resultó indicadora del descontento con la redefinición de la política agraria del alemanismo, con el creciente autoritarismo y centralización del juego político o con la concentración del ingreso que propició el desarrollo industrial de esos años.

 

La derrota electoral

A lo largo de la campaña, tanto el gobierno como los partidos políticos exhortaron a la población para que se empadronara y demostrara su madurez política ejerciendo sus derechos ciudadanos. En los días previos al domingo seis de julio el discurso oficial enfatizó los llamados a sostener unas elecciones limpias y ordenadas que demostraran el avance democrático del país y la distancia frente a los tiempos en que los militares se hacían del poder por la fuerza de las armas. Ciertamente, la vía electoral se presentaba como una excelente oportunidad para darle representación política institucional a quienes optaban por manifestar de esa manera su descontento.

No obstante, pese a las promesas gubernamentales de imparcialidad, el seis de julio de 1952 reaparecieron las añejas costumbres fraudulentas, sobre todo en las zonas con mayor presencia henriquista. En el transcurso de la jornada electoral se presentaron múltiples denuncias y quejas por violaciones a la ley en todas las casillas donde hubo presencia de la FPPN, el PAN y el PP, mismas que se agudizaron al terminar este proceso. En la mayoría de los casos, los representantes de los partidos de oposición y / o de sus candidatos vieron obstaculizadas sus actividades y no pudieron impedir que los encargados de las casillas, casi siempre en asociación con los representantes del PRI, manejaran las elecciones a su antojo.20

Dos meses después, el doce de septiembre, el Colegio Electoral declaró formalmente como presidente electo al candidato del PRI Adolfo Ruiz Cortines, con 2 713 419 votos a su favor, 74.31% de la votación total, en tanto que a Henríquez Guzmán se le atribuyeron 579 745 votos, 15.87 % del total.21 La estrepitosa derrota electoral del henriquismo que se reflejó en las cifras oficiales no correspondió en forma alguna a la intensidad de la movilización popular que despertó la candidatura henriquista. La maquinaria oficial utilizó todos sus recursos para minimizar la fuerza política de quienes habían cuestionado a lo largo de la campaña la legitimidad revolucionaria del régimen, así como la respuesta social que obtuvieron.

No obstante, el carácter coyuntural de la alianza que integraba a la FPPM obstaculizó la definición de una estrategia de defensa del voto y más a largo plazo, la consolidación del partido henriquista como una instancia de lucha política que trascendiera el momento estrictamente electoral. En los meses posteriores a la elección presidencial, y pese a que el liderazgo se desintegraba rápidamente a nivel nacional, algunas representaciones regionales o locales presentaron candidatos a elecciones estatales o municipales, por lo menos a lo largo de 1953, intentando mantener a la FPPM como partido político permanente.

El 5 de febrero de 1954, el Partido Constitucionalista Mexicano en alianza con la FPPM organizaron un mitin para conmemorar el aniversario de la promulgación de la Constitución de 1917. El general Francisco J. Mágica pronunció en este acto el que habría de ser el último discurso de su vida, pues murió dos meses después. El mitin se convirtió en una manifestación que culminó en batalla campal contra la policía, hecho que fue aprovechado para acusar a los henriquistas de alterar el orden público. El PRI solicitó a la Secretaría de Gobernación que cancelara el registro oficial de la FPPM, y la solicitud recibió la aprobación oficial, por lo que el 24 de febrero se canceló la existencia legal de esta organización.

La cancelación del registro fue el punto culminante de una campaña gubernamental en contra del henriquismo, al que se acusó en repetidas ocasiones de propiciar la violencia y organizarse para una revuelta armada.22 Basándose en estas aseveraciones, al concluir el proceso electoral las autoridades desataron una campaña represiva, sobre todo a nivel local, contra quienes se habían identificado con la candidatura de Henríquez Guzmán. Ante la creciente deserción de los dirigentes de la FPPM, muchos de sus partidarios se encontraron totalmente indefensos frente al autoritarismo gubernamental.

A su vez, el nuevo gobierno encabezado por Adolfo Ruiz Cortines tuvo buen cuidado en retomar algunas de las demandas más importantes del movimiento henriquista, tales como la lucha contra la corrupción gubernamental, el otorgamiento del sufragio a las mujeres o el combate a la carestía de la vida. En 1954 se fundó el Partido Auténtico de la Revolución Mexicana (PARM) con la intención de darle un espacio institucional a los viejos generales revolucionarios, sólo que controlado por la política oficial.

No obstante, para quienes entendieron su participación en el henriquismo como una lucha por los principios de la Revolución de 1910 y la Constitución de 1917, la derrota de 1952 fue definitiva. En 1954, al despedirse en su lecho de muerte de Graciano Sánchez, el general Múgica le expresó conmovido "que los ideales revolucionarios de ambos habían sido traicionados".23 La retórica de la Revolución volvía a ser propiedad exclusiva de la presidencia de la república, el PRI y sus aliados políticos, el PARM y el PPS.

No dejó de resultar paradójico entonces que finalmente la "Revolución institucionalizada" se impusiera sobre quienes le dieron forma y contenido a la Revolución como movimiento social. Los señalamientos de aquellos que ahora, a principios de los años cincuenta, volvían a reivindicar su origen y su vocación revolucionaria, fueron reintegrados al discurso oficial, y funcionaron para renovar la legitimidad de un sistema cuestionado por los excesos alemanistas. No obstante, el fantasma de las reivindicaciones sociales de la Revolución de 1910 reapareció periódicamente en las décadas siguientes hasta que en 1988 encarnó en la movilización política generada por el neocardenismo, propuesta que, una vez más, se opuso a la modernización excluyente del "neoalemanismo", la que propuso el régimen salinista.

 

Bibliografía

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Notas

1 En 1951 se publicó la traducción al español del libro de Frank Tannenbaum, Mexico: The Struggle for Peace and Bread, en el que se hacía una severa crítica al proceso de desarrollo industrial que tanto enorgullecía al alemanismo. Por su parte, el historiador Daniel Cosío Villegas publicó desde 1947 su ensayo "La crisis de México", en el que anunciaba la muerte de la Revolución mexicana ante el abandono de sus principios rectores por parte de los propios hombres de la revolución hecha gobierno.

2 En 1950 se intentó crear un clima favorable para una posible reelección presidencial. Así lo demostró la organización del Partido Nacional Reeleccionista y del Partido Artículo 39 Constitucional, cuyos dirigentes se proponían luchar por una reforma a la Constitución para que la reelección fuera posible "por mandato popular". Se pensaba que detrás de esos esfuerzos se encontraban el licenciado Rogelio de la Selva, secretario particular del presidente Alemán, y el general Santiago Piña Soria, jefe del Estado Mayor Presidencial. Entrevista con Vicente Lombardo Toledano en James W. Wilkie y Edna Monzón de Wilkie, México visto en el siglo XX. Entrevistas de historia oral. Instituto Mexicano de Investigaciones Económicas, México, 1960, p. 367; Lázaro Cárdenas, Obras. I-Apuntes 1941/1956. UNAM, México, 1996, p. 440; Tzvi Medin, El sexenio alemanista. Era, México, 1990, p. 163.

3 Alfredo Lamont Hernández, Semblanza de un revolucionario. El general de brigada Miguel Henríquez Guzmán, México, 1943 y Arsenio Farell, Miguel Henríquez Guzmán. Esbozo biográfico. Botas, México, 1950.

4 "Manifiesto a los trabajadores del campo", en Problemas Agrícolas e Industriales de México. Vol. IV, núm. 3, julio-septiembre de 1952, p. 365.

5 A manera de ejemplo: el acto de fundación de la Federación Campesina de Coahuila se realizó en un predio, pues las autoridades locales impidieron el uso de la Plaza de Toros, el Salón "Deportes" y el local del Sindicato de Albañiles. Por otra parte, algunas delegaciones de Monclova, Allende y Torreón fueron detenidas, y los hoteles y restaurantes de esta última localidad se encontraban cerrados para impedir la concentración campesina. Archivo General de la Nación, Ramo Presidentes, Fondo Miguel Alemán, 630/13542, telegrama dirigido a Miguel Alemán firmado por César Martino, Luis Ramírez de Arellano y Carlos Martínez, 8 de enero de 1951. Ver también Daniel Cosío Villegas, La sucesión presidencial. Joaquín Mortiz, México, 1975, p.127.

6 Por ejemplo, el 16 de diciembre de 1950, quince días después de la constitución de la Federación Campesina de Tlaxcala, se llevó a cabo en esa ciudad un Congreso Agrario organizado por la cnc. Un día después se realizó el Pleno Estatal Agrario en Morelos, también a instancias de la cnc. Pocas semanas después se conformó la Federación Campesina de ese estado. Excélsior, 16 y 18 de diciembre de 1950.

7 Hoy, 10 de marzo de 1951.

8 Historia documental del Partido de la Revolución. PRI. 1951-1956. Vol. 6 PRI-ICAP, México, 1982, p. 19.

9 La FPPM se constituyó formalmente en marzo de 1946 y obtuvo registro como partido político nacional. Lo perdió en 1949 cuando se reformó la Ley Electoral. Octavio Rodríguez Araujo, "El henriquismo: última disidencia política organizada en México", en La sucesión presidencial en México. Coyuntura electoral y cambio político. UNAM-Nueva Imagen, México, 1981, p. 176.

10 El 4 de junio de 1951 la FPPM obtuvo su registro como partido político nacional permanente en la secretaría de Gobernación. Sus dirigentes demostraron la celebración de asambleas constitutivas en 28 estados de la república, así como la membresía de 43 403 ciudadanos, resultado de varios meses de un acucioso trabajo de afiliación por todo el país. Enrique Quiles Ponce, Henríquez y Cárdenas, ¡Presentes! (Hechos y realidades en la campaña henriquista). Costa Amic, México, 1980. p. 65.

11 Entrevista con Vicente Estrada Cajigal realizada por Eugenia Meyer y Alicia Olivera, febrero y marzo de 1973. Archivo de la Palabra, PHO/4/12, p. 215.

12 Hoy, 14 de abril de 1951.

13 Por ejemplo, el doctor Gonzalo Bautista, ex gobernador de Puebla, era presidente del comité estatal de la FPPM en ese estado. El general Pedro Rodríguez Triana, ex gobernador de Coahuila, dirigió el comité estatal correspondiente. El general Enrique Ramírez, ex gobernador de Michoacán, también fue dirigente estatal, así como el general y ex gobernador Alberto F. Berber en Guerrero.

14 El henriquismo incluyó también a un fuerte núcleo conservador articulado en torno a Jorge Henríquez, hermano del candidato, en el que resaltaban Antonio Espinoza de los Monteros, ex embajador de México en Estados Unidos, y Pedro Martínez Tornel, ex secretario de Comunicaciones y Obras Públicas al final del gobierno de Manuel Ávila Camacho.

15 Entrevista con Vicente Estrada Cajigal... , p. 214.

16 National Archives of Washington (NAW), Record Group (RG) 84, 350-Mazatlán, Memorándum del Consulado Americano en Mazatlán a la Embajada Americana en la Cd. de México, 2 de mayo de 1952.

17 naw, RG 84, 350-Torreón, Informe del Cónsul Weldon Litsey al Embajador William O'Dwyer, 30 de noviembre de 1951.

18 Por ejemplo, la familia Parra Hernández y sus "prestanombres" fueron acusados de desplazar con el consentimiento oficial a los ejidatarios en Matamoros, Tamps., formando nuevos latifundios. Renato Leduc, "Memorándum político del presunto Baldomero López", en Hoy, 21 de enero de 1950. Por lo demás, el ingeniero Mariano Parra Hernández dirigió el Banco Nacional de Crédito Ejidal durante este gobierno.

19 Tiempo, 15 de febrero de 1952.

20 Algunas de estas quejas son reproducidas en Francisco Estrada Correa, Henriquismo. El arranque del cambio. Costa Amic Editores, México, 1988. pp. 159-163, 176 y 179.

21 Excélsior, 13 de septiembre de 1952.

22 Ante la dificultad para presionar políticamente al régimen, las "acciones de armas" se convirtieron para ciertos grupos henriquistas en la única alternativa. Se trató de núcleos campesinos dirigidos por viejos militares con influencia regional. El caso más notorio fue el del general Celestino Gasca, quien años después encabezó una serie de levantamientos locales. Ver Martha Terán, "El levantamiento de los campesinos gasquistas", en Cuadernos Agrarios, núm. 10-11, México, diciembre 1980.

23 Testimonio de Carolina Escudero Vda. de Múgica

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