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La ventana. Revista de estudios de género

versión impresa ISSN 1405-9436

La ventana vol.4 no.33 Guadalajara ene./jun. 2011

 

En la mira

 

Sobre las palabras inesperadas o de cómo escuchar a las vaginas que hablan

 

Sylvia Solís López*

 

Eve Ensler. Monólogos de la vagina. Barcelona, Emecé Editores, 2004.

 

* Licenciada en sociología. Socia, investigadora y analista del Gremio Analítico de lo Cotidiano S. C. Evaluadora en el PUEG-UNAM. Correos electrónicos: sylviasolislopez@unam.mx / sylvia.soll@yahoo.com

 

Recepción: 4 de abril de 2011
Aceptación: 19 de abril de 2011

 

Para ejercitarnos en el uso de la palabra porque,
como es sabido, la palabra nos mueve
y nos libera.

Eve Ensler

Hace algunos años, mi primera lectura de Monólogos de la vagina fue incómoda y apresurada. Me dejó un mal sabor de boca, un regusto de texto soez y radical que pretendía una reivindicación al estilo de la vieja guardia feminista. Sin embargo, una segunda lectura, basada en los principios hermenéuticos de Hans-Georg Gadamer, según los cuales para comprender un texto hay que estar dispuesto a dejarse decir algo por él, me permitió un descubrimiento cualitativamente distinto; fue conmovedora y sumamente reveladora.

Para ponernos en contexto, recordemos primero que el monólogo es el acto en que un personaje exterioriza sus pensamientos y sentimientos. En este sentido, si el arte de hablar es análogo al arte de comprender, estos monólogos se proponen exponer a la vagina en y desde sus propias palabras, al tiempo que plantean su comprensión en tanto que personaje. En segundo lugar, consideremos lo desafiante que resulta que sean las vaginas las que hablen, no sólo para quienes no osan mencionarlas, sino también para la reflexión desde la perspectiva crítica de género.

En contraparte, escribir sobre la vagina puede resultar tan obvio y al mismo tiempo revelador como escribir sobre la punta de la nariz: fehaciente e imprescindible, pero soslayada. Sin embargo, la provocación moral, sexual, política y, sí, también estética, resulta incomparable. Si partimos de que el género es la construcción sociocultural de la diferencia sexual y admitimos como una hipótesis que la vagina es el símbolo de la diferencia sexual femenina, entonces el modo en que la percibimos y nos relacionamos con ella orienta en buena medida nuestro comportamiento genérico o, dicho de otra manera, nuestro ser y estar en el mundo como mujeres.

En este sentido, leer acerca de lo que la vagina dice implica leer sobre lo que las mujeres piensan y sienten, lo que no piensan y no sienten, lo que desean, en fin, implica un viaje de (auto)descubrimiento.

Es precisamente el secretismo sobre la palabra vagina y el oscurantismo en el que aún hoy se encuentra esta parte del cuerpo de las mujeres lo que impulsó a Eve Ensler, dramaturga y activista estadounidense, primero a preguntar y luego a escribir sobre ella. O mejor dicho, sobre ellas, en plural, como el propio texto lo revela.

La autora nos comparte que escribió Monólogos de la vagina porque al re-conocer esta parte de su cuerpo se dio cuenta de lo desconectado que estaba su cuerpo de su mente. Ensler fue violada de niña y ese hecho había supuesto que, a pesar de ser adulta y haber hecho todo lo que una mujer adulta se supone haga con su vagina, nunca había vuelto a adentrarse en esa parte de sí misma. Re-conocer su vagina le permitió clarificarla, desenmascararla.

Ensler comenzó por preguntar a sus amigas más cercanas acerca de la vagina, y a partir de sus respuestas descubrió que lo que no se dice se convierte en secreto que genera vergüenza, miedos, mitos. Encontró que la palabra vagina no es usada por las mujeres para hablar de este lugar del cuerpo, el suyo propio o el de otras. Se preocupó por el modo en que nombramos a las vaginas y por cómo no las nombramos. Hay decenas, tal vez cientos de palabras en cada cultura para de-signarlas, para re-signarlas: "parte", "paparrucha" o "pucha" en la lengua española de México; "coño" o "chirri" en la de España; "coochie snorcher" o "cunt" en el inglés estadounidense. Descubrió que hay mujeres que además de su imposibilidad de nombrarla, nunca se han visto su vagina, que incluso nunca la han tocado más que para el aseo estrictamente necesario, o que nunca han tenido un orgasmo.

Lo que comenzó como re-conocimiento propio y transitó a charla informal se transformó en una investigación en la que entrevistó a más de 200 mujeres de todas las edades, orígenes étnicos y raciales, clases sociales, profesiones y preferencias sexuales, con pareja o sin ella. Si bien las mujeres se rehusaban en un principio a hablar sobre sus vaginas, una vez que comenzaban no podían parar de hacerlo. Y cada mujer con una historia extraordinaria la conducía a otra mujer con otra historia extraordinaria. Ensler consideró la importancia de compartir con otras personas lo que estas mujeres narraban de sus propias vaginas y lo que las vaginas decían de las mujeres que las poseían. Pensó en la necesidad de crear un contexto a partir de otras vaginas, o como ella misma dice: "Necesitaba el contexto de otras vaginas... una comunidad, una cultura de vaginas" (p. 27); y así nació la idea de escribir estos monólogos, que tienen en común a la vagina pero que son tan diversos como diversas somos las mujeres en el mundo. A partir de las entrevistas, la autora escribió los monólogos interpretando lo que han narrado las entrevistadas o transcribiendo literalmente sus palabras, pero permitiendo siempre el juego, el componente lúdico de la recreación, ya sea en el nombre del monólogo, en la caracterización del personaje o en el juego mismo de las palabras. Cada monólogo es precedido por una breve introducción en la que la autora expone el contexto en que fue concebido o escrito.

De esta manera, Ensler nos habla sobre el vello púbico, que rodea a la vagina "como la hoja alrededor de la flor, como el césped que rodea la casa"(p. 34) y de cómo no se puede amar la vagina sin amar el vello; nos comparte sus hallazgos sobre lo que las vaginas dirían si hablaran, porque tienen algo que decir y para poder afirmarse a sí mismas; sobre lo que vestirían si pudieran hacerlo, para ya no estar escondidas, para que se les permita presentarse en sociedad; sobre lo que dicen las mujeres acerca del olor de sus vaginas...

Así mismo, la autora nos permite comprender que si para algunas de nosotras, a pesar de la revolución sexual, es problemático nombrar, conocer, proteger y alimentar nuestras vaginas, para las mujeres de generaciones anteriores es aún más difícil.

Nos cuenta también acerca de un proceso inquisitorial en el que el clítoris fue considerado como "una tetilla del diablo" (p. 49), y nos recuerda la do-lorosa realidad de las mutilaciones genitales. Relata los horrores de las violaciones a mujeres como táctica de guerra, y sobre la violencia sexual que ocurre cotidianamente.

Del mismo modo, Ensler nos habla de la menstruación; de Betty Dodson y sus enseñanzas para que las mujeres aprendan "a localizar, amar y masturbar sus vaginas" (p. 61); sobre las mujeres que aman a otras mujeres, y de su propia incomodidad para hablar de las vaginas desde la perspectiva del placer sexual.

Nos comparte cómo una vez que las mujeres han oído hablar de las vaginas, aún perturbadas, reconocen que son portadoras de una, que la llevan por dentro y que sí, también ha sido el centro de sus vidas. Es entonces, dice la autora, que no paran de hablar de ella con entusiasmo y le hacen saber de viva voz, a través de llamadas telefónicas o cartas, lo que para ellas significa la vagina. En cierta medida, es una especie de reivindicación del coño, una especie de giro hermenéutico de la palabra para otorgarle ya no un sentido peyorativo, sino de dignidad, ya no de vergüenza sino de orgullo. Finaliza compartiendo su propio descubrimiento de la vagina como un generoso corazón.

Una conclusión posible sobre la lectura de este texto es que si tan sólo una nueva generación de niñas crece sin prejuicios sobre su vagina y sin los consecuentes perjuicios que estos acarrean, tal vez podríamos esperar una generación de mujeres dispuestas a valorar y defender lo suyo, empezando por la vagina y terminando por su derecho a ser, con todo lo que ello implica. Ensler preguntó a una niña de seis años "¿Qué tiene de especial tu vagina?". Ella le respondió: "En alguna parte de ahí dentro sé que tiene un cerebro muy listo" (p. 98).

Si la vagina simboliza la diferencia sexual femenina y a partir de ella se determina buena parte de nuestro comportamiento genérico, es a través de la vagina que las mujeres somos interpretadas como apropiadas o inapropiadas, es decir, como concordantes o no con las prescripciones genéricas: heterosexuales aprobadas o lesbianas sancionadas; fieles o casquivanas; mujeres plenas si madres, o yermas si no parimos; honorables o deshonradas, enajenadas, saqueadas... Si la vagina es el centro de la diferencia sexual, simboliza hasta ahora el centro de nuestro cuerpo e identidad sexuados. Por ello, escuchar lo que estas vaginas tienen que comunicar resulta un modo distinto de tratar de comprender a las mujeres a través de sus vaginas, más allá de las convenciones genéricas. Luego entonces hablar de vagina es:

Amar a las mujeres, amar nuestras vaginas, conocerlas y tocarlas y familiarizarnos con quienes somos y con lo que necesitamos. Satisfacernos a nosotras mismas, enseñar a nuestras o nuestros amantes a satisfacernos, hablar de ellas en voz alta, hablar de su hambre, de su dolor, de su soledad y de su humor, hacerlas visibles para que no puedan ser saqueadas en la oscuridad sin mayores consecuencias, para que nuestro centro, nuestro núcleo, nuestro motor, nuestro sueño, deje de estar escindido, mutilado, adormecido, roto, para que deje de ser invisible o de estar avergonzado (pp. 109-110).

En esta obra las mujeres se expresan a sí mismas a través de lo que sus vaginas dicen. Del mismo modo, permiten pensar a estas vaginas como el contexto en que estas mujeres son en el mundo, a la vez que nos conceden interpretar a las mujeres como el contexto en que estas vaginas son, existen, tienen lugar, cabida y, sí, voz propia.

Finalmente, consideremos que estos monólogos permiten el juego de espejo entre protagonistas y lectoras, o bien, espectadoras. Como la propia autora señala, las mujeres que asisten a la representación de los Monólogos se sienten interpeladas y perciben la necesidad de hablar de sí mismas, de narrarse a través de sus vaginas y de permitirse a su vez ser narradas por sus vaginas.

Al inicio señalé que la segunda lectura de Monólogos de la vagina me resultó cualitativamente distinta; ahora me parece conmovedora y, sí, también muy reveladora.