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La ventana. Revista de estudios de género

versión impresa ISSN 1405-9436

La ventana vol.4 no.30 Guadalajara dic. 2009

 

Avances de trabajo

 

Políticas del deseo y chicas con voz propia. Experiencias juveniles en torno al género y la sexualidad

 

Silvia Elizalde*

 

* Doctora en filosofía y letras. Investigadora del CONICET, docente de las Facultades de Ciencias Sociales de la UBA y del UNICEN, integrante de la Red Nacional de Investigadores en Juventudes de la Argentina. Correo electrónico: silviaelizalde@hotmail.com.

 

Resumen

Este artículo analiza algunas de las estrategias de formulación del deseo sexual y la identidad de género, así como algunos de los modos de respuesta a los discursos prescriptivos del género y la sexualidad desplegados por mujeres jóvenes pobres que viven en instituciones públicas (hogares de convivencia) orientadas a la asistencia integral de adolescentes en situación de calle, pobreza y prostitución en la ciudad de Buenos Aires.

Todos los datos y argumentos expuestos en este texto se basan en una amplia investigación etnográfica que desarrollo desde 2002 sobre género y violencia sexual, clase y discriminación en contextos de creciente pobreza y exclusión social de Argentina y América Latina.

Palabras clave: Experiencias de género y sexualidad, clase, edad, relaciones intra e intergenéricas.

 

Abstract

This article analyzes some of the strategies of formulation of sexual desire and gender identity, as well as some ways of answer to prescriptive discourses of gender and sexuality by poor young women who live in public institutions (group homes) involved in the assistance of adolescents experiencing homelessness, poverty, and prostitution in the city of Buenos Aires.

All data and arguments submitted throughout the text are based on extensive ethnographic research that I have been developing since 2002 concerning gender and sexual violence, class, and discrimination in the context of increasing poverty and social exclusion in Argentina and Latin America.

Key words: Gender and sexual experiences, class, age, intra and inter gendered relationships.

 

Según las estadísticas —tanto nacionales como de la ciudad de Buenos Aires— las mujeres son quienes encabezan, en la actualidad, el mayor número de jóvenes institucionalizadas por razones de pobreza en los llamados "hogares de convivencia" de la capital porteña, lo cual permite advertir la existencia de "distintos umbrales de tolerancia hacia ciertas conductas o, lo que es lo mismo, distintas definiciones de lo 'desviado' de acuerdo al género" (UNICEF, 2000). Casi todas ingresan porque han sido abandonadas por sus familias, golpeadas, abusadas y/o por estar en "situación de calle". Provienen en su mayoría de las villas y zonas más pobres y densamente pobladas de la ciudad y del conurbano circundante a la capital federal. Representan "la otra mitad" de las estadísticas del delito juvenil porque, a diferencia de los varones —que están al tope del ranking de los infractores de la ley penal—, ellas son, junto con las niñas (y pese al bajo índice oficial de denuncias), las principales víctimas de los delitos de orden sexual, así como de la violencia de género entre los/as menores de 18 años en la ciudad (Consejo de Niñas, Niños y Adolescentes del Gobierno de la Ciudad de Buenos Aires, 2007).

Éste es el contexto en el que fueron revelados los testimonios y relatos de experiencia que a continuación se analizan, como parte de la investigación doctoral, de base etnográfica, que realicé entre 2002 y 2006 en torno de los procesos de construcción institucional, política y mediática de imágenes de "peligrosidad" asociadas a la juventud urbana de sectores populares de Buenos Aires, y de las respuestas producidas ante estas regulaciones por parte de un grupo de chicas pobres (Elizalde, 2005). El artículo se centra específicamente en un conjunto de discursos y prácticas de mujeres jóvenes pobres que, al momento del trabajo de campo, habitaban un hogar de tutela del Estado —hoy desactivado— de la zona sur de la capital porteña1 (aquí lo denominaré ficticiamente La Casona), luego de haber vivido en la calle o estar comprometidas en el circuito del robo menor y/o la prostitución. El objetivo es explorar los modos en que formulan y experimentan sus actuaciones de género y sexualidad en el marco de estas específicas condiciones sociales e institucionales de existencia (Rockwell, 1987), así como las maneras en que se sitúan en relaciones, prácticas e instituciones sociales que están previamente estructuradas alrededor de modelos genéricos restrictivos, como el patriarcado, el sexismo y/o el androcentrismo. Se parte de considerar a estas experiencias juveniles como materiales claves para la discusión más amplia sobre la subjetividad y la construcción de modos emergentes de feminidad entre las jóvenes de sectores populares. Pero también como espacio estratégico para la exploración de los alcances que estas actuaciones tienen como alternativas de transformación social, en el marco de los procesos hegemónicos de regulación cultural y política de las diferencias en el contexto local y latinoamericano contemporáneo.

A continuación intento responder algunas de las preguntas claves que actuaron como disparadores de la exploración sobre la experiencia de género y sexualidad entre estas chicas pobres institucionalizadas: ¿qué prácticas y sentidos implica ser "mujer" en los contextos normados del barrio/villa y de la calle?, ¿cómo gestionan su sexualidad las jóvenes de sectores populares en relación con las demandas de sus pares varones y de sus propios deseos?, ¿qué feminidades y actuaciones del deseo sexual se construyen en la dinámica de la villa, y cuáles en el marco de la institucionalización en hogares y espacios de tutela? Y, además, ¿en qué medida la especificidad de estas experiencias de género, clase y edad pueden ser leídas como formas de lucha y/o como estrategias emergentes de respuesta ante la exclusión, la discriminación y la represión de la que son objeto estas chicas, precisamente por su condición genérica, clasista y etaria?

Los relatos de experiencias que se analizan no pretenden constituirse en comunidades interpretativas objetivables u homogéneas en relación con alguna noción de "representación" de las formas en que las jóvenes de sectores populares percibirían, evaluarían o nombrarían el mundo social que habitan (Alcoff, 1994; Nash, 1994). Tampoco se aspira a que sus discursos sean leídos y como "expresiones" más o menos coherentes de los modos en que se distribuyen las estratificaciones sociales o se constituye hoy la vida social, cultural y política de la "juventud–pobre–urbana–argentina". Se trata, más bien, de la contextualización de un conjunto de narraciones producidas en condiciones y formaciones históricas concretas como parte de experiencias, subjetividades y prácticas individuales y colectivas, que requieren de su especificación explícita en el análi sis. En este sentido es que concebimos a la trama de relatos y testimonios revelados como una zona culturalmente crítica, que abre y complejiza el estudio de las voces de las jóvenes al focalizar en los modos variables en que el relato de sus experiencias concretas se anuda históricamente a sensibilidades y formas de percepción autobiográfica (Franco, 1992; Barbieri, 1995; Mohanty, 1991; Scott, 1999); pero también a la posibilidad de reescribir, traducir, rehistorizar y volver a leer el propio lugar mientras se (le) narra, en relación con experiencias —de marginalidad, reclamo, persecución policial, judicialización, etc.— compartidas u opuestas a otros grupos (Rimstead, 1997; Spivak, 1988).

Aclaramos, por último, que el trabajo parte de una definición de masculinidad y de feminidad en tanto configuraciones históricas de la identidad que, pese a su apariencia como marcas de inscripción original impuestas por la cultura en su interpelación normativa a los sujetos, forman parte de un proceso incompleto de producción de diferencias (Barrett, 1982; Conway y Scott, 1997; McRobbie, 2000). La articulación más o menos contingente de estas distinciones con otros anclajes de sentido y ejes de poder —como la clase, la etnia, la edad, la orientación sexual, el prestigio, etc.— señala, pues, el carácter intrínsecamente indeterminado del género, por lo tanto, susceptible de cambios, reversiones y resistencias múltiples (Butler, 2001; Conway y Scott, 1997; De Lauretis, 1992). Esta manera de entender la feminidad es clave a la hora de analizar el universo de prácticas, sentidos culturales y relaciones sociales que —en la esfera doméstica, los circuitos barriales, las salidas en grupo, las conversaciones informales y muchos etcéteras más— participan activamente en la definición de las modalidades en que la sexualidad y el género son usados y experimentados por las mujeres jóvenes pobres de este estudio.

 

Feminidades a prueba

Como parte de las operaciones de regulación del género y la sexualidad que se ejercen social e institucionalmente sobre muchas chicas en relación con su reputación sexual y moral (Lees, 1994), las jóvenes entrevistadas en el hogar La Casona no estaban fuera de los debates implícitos que se dan en su entorno sobre los modos "legítimos" de ser mujer. Como advertí en otros temas, prácticamente todas las referencias que daban al respecto remitían a experiencias y relaciones sociales construidas durante su estadía en la calle, integrando pequeñas bandas de amigos/as o compañeros/as de travesía, con quienes compartían el techo de una casa tomada, la frazada para taparse en las noches de invierno y la comida, cuando había. La discusión parecía oponer al menos dos posturas: por un lado, la que veía a la banda o comunidad callejera como un espacio abierto que les permitía a las chicas expresarse sexualmente con mayor libertad y, al mismo tiempo, ser respetadas en su deseo, en contraste con el barrio de pertenencia y la propia familia, cuyo principal fantasma es que las jóvenes "salgan embarazadas", por falta de condiciones para negociar su sexualidad. Por el otro, la postura que reclamaba para las muchachas una feminidad corporal, sexual y de comportamiento más tradicional. La primera opinión invocaba como argumento la existencia de un sentimiento de confianza mutua entre varones y mujeres, lo que les haría posible a las chicas trascender su lugar históricamente dependiente de los hombres y entablar relaciones más fluidas y horizontales con ellos. La segunda opinión, en cambio, se sustentaba en un modelo de género restrictivo, claramente sexista y androcéntrico, que parecía funcionar autoexcluyendo a las jóvenes de prácticas, vínculos y estéticas asociadas a cualquier forma de ambigüedad sexual y de género, pero, también, aferrándolas a imágenes femeninas que permanecían subordinadas a la mirada evaluadora de los chicos. En esta segunda postura era, pues, natural que las jóvenes fueran cuidadosas de sus modales para habilitar el coqueteo con el sexo opuesto y dejar bien en claro su condición de posibles "novias".

En esta línea parecía ubicarse la opinión de Natalia,2 de 17 años, con quien conversé una tarde en la sala de video del hogar La Casona. Con todo, cuando le pregunté cómo vivía su sexualidad y cómo era su relación con los chicos, emergieron nuevos matices asociados a la feminidad y masculinidad entre los y las jóvenes del estudio.

—Matías fue el primer novio con el que tuve relaciones, y fue bueno. Cuando llegué al hogar él ya estaba, nos fuimos conociendo de a poco. El segundo día que yo estaba acá me regaló un bombón de chocolate. Yo era, así, re asquerosa, no me llevaba bien con nadie, no quería a nadie. Pero cuando ya sos más grande, vas cambiando. Además, después que estuviste tanto tiempo en la calle sos re cachivache [sic] [grosera, peleonera, poco cuidadosa de sí misma y de los otros], pero después de pasar por institutos y eso, cambiás una re banda [mucho].

—¿Qué hacías antes que ahora decís que cambiaste?

—Estaba en la calle y empezaba a bardear [molestar] a toda la gente, a verduguearla [burlarse], tiraba botellas, rompía cosas, de todo. Todas giladas [estupideces], pero después te ponés más grande y te das cuenta que para una mujer queda mal seguir siendo cachivache. Si vos la pensás, decís "soy una mujer" y te das cuenta que no va más ser así.

—¿Y qué se supone que "debías" cambiar? ¿Qué significaba para vos dejar de ser "cachivache" y actuar "como una mujer"?

—Y bueno, de repente te das cuenta que los pibes piensan que si vos sos así, re cachivache, piensan que te entregás con todos, pero yo la pienso de otra manera. Yo elijo el hombre que realmente quiero y lo conozco, pero si lo conozco así nomás, no hago nada con él. Yo salí como ocho meses con un pibe y nunca nada, entendés, porque de repente no lo elegí ni ahí [para tener relaciones sexuales]. Si, por ejemplo, yo salía con un pibe, recién al tiempo, ponéle, salía con otro, porque si no te quemás [autodelatás] vos sola y quedás como una cualquiera. Los pibes enseguida te dicen "sos mi mujer" o le dicen a otros pibes respetá a mi mujer o no te metas con mi mu jer", y eso. Pero yo nada que ver. No entiendo por qué dicen eso, porque yo, novia de un chabón [chico], puede ser, pero "mujer de", no. Yo no soy casada, no tengo hijos, nada. Yo soy mujer, pero no soy la mujer de nadie.

Sin renunciar a la aspiración de seducir a un chico y convertirse en su novia, Natalia estaba lejos de querer sujetarse a una representación opresiva de la feminidad. Su relato señala un específico funcionamiento ideológico de la sexualidad y el género que da cuenta de la existencia de una serie de mecanismos complejos que operan como recursos para la negociación, tanto del "éxito" como del "fracaso" de la feminidad, por parte de estas chicas. Por un lado, Natalia reconoce que ser "cachivache" es incompatible con el significado de "mujer" que circula en su grupo, y que ella finalmente comparte. El término implica algo del orden de lo "no–femenino" asociado a ciertas actuaciones de la transgresión y la visibilidad pública que chocarían con la mayor pasividad y/o discreción esperada de las mujeres por parte de los muchachos y también de otras chicas.

Esta relación entre los géneros ilumina otro aspecto relevante de la cultura juvenil de las entrevistadas de este estudio. La poca presencia de chicas en la composición de las bandas de "pibes chorros" —es decir, de varones jóvenes dedicados de modo más o menos sistemático a robar— podría interpretarse también como resultado de las monolíticas normas de la heterosexualidad y de la feminidad tradicional obligatoria que envuelven a las jóvenes y que se expresan en la ideología del "amor romántico". De hecho, los relatos de las chicas del hogar en relación con actividades delictivas —todas de menor cuantía— tenían como protagonistas, en su mayoría, a pares o grupos de chicas que salían juntas a "bardear" [hacer lío, robar, molestar].

Ahora bien, tal como indica Natalia, las chicas que "bardean" en la calle ven peligrar su estatus de feminidad y su reputación moral cuando son percibidas por los chicos como "cachivaches" o como "la que se entrega con todos". Aspirar o directamente convertirse en la "novia" de uno de los chicos del grupo implica autoexcluirse de las imágenes asociadas al "fracaso" de la feminidad en ese contexto. Como bien lo señaló Natalia: "...después te ponés más grande y te das cuenta que para una mujer queda mal seguir siendo cachivache. Si vos la pensás, decís 'soy una mujer' y te das cuenta que no va más ser así". Sin embargo, en su experiencia concreta, este proceso de cambio es muy complejo. En efecto, cuando afirma "yo soy mujer, pero no soy la mujer de nadie", Natalia pone de relieve que el significante "mujer" alude a una variedad ideológica de actuaciones. La condición femenina se convierte, pues, en un punto de articulación y de eclosión, porque es en ella que la imagen canónica de "mujer coqueta"/"mujer legítima" puede ser simultáneamente construida y respondida, donde las identidades de "joven" y "novia" pueden ser realzadas, pero al mismo tiempo puestas en cuestión.

Para no quedar como una "cualquiera" Natalia despliega, así, una serie de estrategias que supone, entre otras cosas, espaciar conscientemente sus noviazgos para no despertar sospechas sobre su moralidad y no poner en riesgo su condición de "conquistable" por un chico. Pero no está tan abiertamente dispuesta a pagar el costo que le imponen las estructuras androcéntricas y sexistas de su entorno para ocupar ese lugar. Sobre todo porque no está de acuerdo con el sentido sexista de "propiedad" y "exclusividad" implicados en los enunciados que los chicos dirigen a las jóvenes ("sos mi mujer") o intercambian entre sí cuando está una novia en juego: "respetá a mi mujer" o "no te metas con mi mujer".

Aun en este contexto restrictivo, Natalia asevera que "elige" cuándo tener relaciones sexuales con un chico. En verdad, la misma situación que relata —que salió ocho meses con un compañero "de calle" y nunca tuvo relaciones con él porque "no lo elegí ni ahí"— indica también pautas específicas de comportamiento sexual de los varones. En efecto, ellos parecen estar experimentando nuevos códigos de práctica y gestión de su masculinidad. Lejos de exigir "pruebas de amor" algunos de ellos, al menos, permanecen en relaciones que no están basadas sólo o principalmente en el vínculo sexual. Es el caso, por ejemplo, de aquel primer novio de Natalia, con quien no tuvo sexo, o de Matías (15 años), con quien sí tuvo su primera relación sexual y que ahora es su novio en La Casona.

En efecto así cuenta Matías, alojado en el hogar desde hacía nueve meses, su iniciación sexual, su apreciación sobre el lugar del sexo en una relación afectiva y su concepción del trato entre varones y mujeres:

—La primera vez que lo hice tenía trece años y estaba viviendo en la calle. Y bueno, fue con una piba de ahí [del barrio] de Retiro. Yo no tenía ninguna experiencia. Ella me dijo de ir ahí y de tener sexo. También tenía trece ella.

—¿Y a dónde fueron?

—A una "ranchada"3 que había por ahí.

—¿Se cuidaron con algún método?

—Sí, usamos preservativo.

—¿Vos tenías los preservativos?

—No, me lo dio ella. Y me pareció bien.

—¿Qué importancia tiene para vos el sexo en una relación?

—Para mí no es importante. Es más importante, así, estar juntos, vivir juntos, compartir cosas juntos. Igual, así, no soy de hablar mucho de pibas y eso. Cuando yo estaba con los otros chicos, en Retiro, que éramos 150, nos juntábamos, así, a hablar de fútbol, de "vamos a joder por ahí", o "vamos de paseo, vamos a La Boca", y bueno, ahí sí, todos mirábamos chicas y le decíamos, así "ay, qué linda que sos" y eso. Algunos sí les decían más cosas a las pibas, o las tocaban, pero yo no. Me reía y todo pero me parece, así, una falta de respeto. La chica se puede sentir mal, como violada, y eso no me parece bien, no me cabe ni ahí.

Carolina (16 años) es otra de las chicas entrevistadas. Sus respuestas sobre su experiencia de género indican nuevamente esta capa cidad juvenil femenina para gestionar el deseo sexual con relativa libertad, así como para negociar con los varones las condiciones de una relación sexual en pareja:

—Tuve relaciones [sexuales] a los quince. Pero con otro chico, no mi novio de ahora; fue cuando estaba en la calle. Me gustaba pero cuando me vine para acá ya no salimos más porque no nos vimos más. Nos cuidamos, todo.

—¿Tenías información sobre cómo cuidarse?

—Sí, igual acá me hicieron el análisis de VIH, el martes ¿ves? (me muestra un pequeño moretón en su brazo). Cuando me fui a sacar sangre, me dieron un papel sobre cómo se contagia [el sida] y me dieron perservativos [sic]. Pero igual, a mí nunca me obligaron a hacerlo [tener sexo], siempre lo hice porque quise, más vale. Y con mi novio de ahora, después de un mes tuvimos relaciones, recién, porque nos peleábamos, nos arreglábamos, y eso. Y a mí nadie me obliga a hacerlo.

Esta misma autodeterminación sobre los contactos sexuales era observable en todas las chicas entrevistadas, lo cual, en principio, parecía dar pistas de una cierta reflexión previa de las jóvenes alrededor de este tema y hasta de una socialización callejera en consignas que el feminismo se hubiese arrogado para sí hace unas décadas, pero que ahora parecían formar parte del sentido común juvenil de estas chicas que combinaba contradictoriamente la convicción de actuar por voluntad propia con el rechazo a ciertas imágenes estereotipadamente no–femeninas, como la de "cachivache". Así, pues, vivir la sexualidad sin la obligación de responder a mandatos prescriptivos parecía ser un denominador común entre estas jóvenes, incluso para chicas como Soraya (16 años), que al momento de la entrevista afirmó que aún no había tenido ninguna relación sexual completa, pese a que tenía una historia de abuso desde los nueve años. De hecho, en esa época:

—...el hermano de mi padrastro siempre me venía a ver cuando dormía, me tocaba, me manoseaba, así, y como yo tenía sólo a mi padrastro y nadie más me daba bola, no lo podía decir. Me daba cuenta que no tenía por qué tocarme, pero sabía que no podía decir nada, y el día que lo dije, bueno, a nadie le importó tampoco.

Para Soraya queda claro que "hacer el amor" es algo que se decide individualmente y en razón de la propia valoración de sus condiciones de posibilidad: "...porque si no tuve relaciones fue porque no se dio la oportunidad ni la persona... [Por eso] cuando encuentre la persona que a mí me parezca la indicada y tenga ganas, bueno, ahí las voy a tener..."

Pese a la contundencia de su aseveración, el tener experiencia en prácticas sexuales y no tenerla comporta una diferencia clave para estas chicas al momento de evaluar el "aguante" de cada una, según los códigos de la calle; pero también según las norma tividades sexuales que organizan el deseo con el patrón hegemónico de la heterosexualidad obligatoria y la división binaria de los roles. El género y la sexualidad no pueden, pues, analizarse de forma aislada respecto tanto de las retóricas dominantes de control sobre estos ámbitos, como de las condiciones materiales y simbólicas que habitan las jóvenes de nuestro estudio. No sólo porque esas condiciones marcan trayectorias notoriamente diferenciales entre una biografía y la otra, sino porque las articulaciones que entablan con las múltiples experiencias de clase y edad dan lugar a un entramado específico de prácticas y relaciones juveniles que también incluye escalas complejas de discriminación entre las propias chicas. De este aspecto nos ocuparemos en el próximo apartado.

 

"Tener calle" contra "hacerse la linda"

La historia de Soraya es un poco distinta a la de las demás chicas que entrevisté en La Casona porque nunca vivió en la calle. De madre argentina y padre italiano, nació en Roma y al año y medio de vida su madre volvió al país. Entonces vivieron un tiempo en Villa del Parque, en Buenos Aires, donde su mamá tuvo nueva pareja, con la que procreó dos hermanas. Cuando Soraya tenía seis años y cinco hermanos más en total, su madre —que la tuvo a los 19 años— se volvió a Italia y desde entonces prácticamente no supo más de ella. A partir de aquel primer abandono se quedó un tiempo en casa de su padrastro, hasta que éste la dejó en la casa de una amiga de Soraya, al cuidado de esa familia. Al tiempo la recogió de allí una tía con la que vivió un año, pero luego la mujer le dijo que no podía mantenerla más. Soraya decidió entonces hablar de su situación con la mamá de otra amiga suya, que trabajaba en un hospital público porteño, y allí el equipo de asistentes sociales la alojaron provisoriamente quince días en esa institución. Ingresó como internada, pese a que estaba en buen estado de salud. Del hospital pasó al Centro de Atención Transitoria (CAT), dependiente del gobierno de la ciudad de Buenos Aires, donde estuvo otras dos semanas a la espera de la adjudicación de un hogar de guarda. Cuando la entrevisté en La Casona, llevaba dos meses viviendo allí y estaba a punto de ser nuevamente traslada, debido al conflicto que desató su presencia entre las otras chicas del hogar. Así cuenta la tensión con sus compañeras de albergue:

—A Andrea no le caigo muy bien, me está haciendo la vida imposible. Me pegó ya varias veces, y me provoca para que yo le pegue, pero yo no soy así. Una vez me pegó con una tabla de madera que encontró acá en el hogar, y otra vez, con otra piba, me agarraron a piñas en la cama. Por eso, para cuidarme, me cambiaron de pieza, me cambiaron de habitación, con una chica que está embarazada. Y ahora están viendo de mandarme a otro hogar, de todas chicas, donde dicen que no hay violencia, ni nada de eso.

—¿Cuál es el motivo de las discusiones entre ustedes?

—Ella dice que yo no tengo calle, que soy distinta a ellos, que me hago la linda, dice. Pero yo creo que el hecho de haber estado en la calle tampoco los hace distintos a ellos. Bah, yo puedo decir que no pasé hambre, no pasé frío como ellos, pero también si yo estoy acá es por algo que yo no decidí, como muchos de ellos, que no decidieron vivir en la calle pero que terminaron ahí. Yo no estoy acá porque un día dije "a partir de ahora me voy a hacer la pobrecita", porque yo también la pasé mal, nadie de mi familia se quiso hacer cargo de mí, y terminé acá.

—¿Y cómo empezó la tensión aquí, entre las chicas?

—Empezó porque Andrea y otra chica empezaron a provocarme, a decirme cosas, a ponerse agresivas conmigo. Un día que yo había ido a la casa de una amiga, cuando vine, me habían revisado mis cosas y me sacaron cosas también.

—¿Y las agresiones siempre tienen que ver con el hecho de que no viviste en la calle?

—Sí, con eso. Y también les molesta que yo no haya tenido relaciones [sexuales] todavía. Dicen que soy una tonta, que no puede ser, que ellas sí tuvieron y que yo no, y que por eso me hago la linda. Pero yo un día les dije: "¿A vos en qué te afecta que yo sea virgen?" Porque si no tuve relaciones fue porque no se dio la oportunidad ni la persona, porque si se hubiese dado yo ya hubiese tenido relaciones, como ellas. Cuando encuentre la persona que a mí me parezca la indicada y tenga ganas, bueno, ahí las voy a tener, pero eso no le tiene que afectar ni a ellas ni a nadie.

En esta lógica, "hacerse la linda", "no tener calle" y "ser virgen" son todas expresiones que señalan la inexistencia del "aguante" que sí parecerían exhibir las chicas que han vivido en la calle y que certificaría su condición de "chicas bravas", en oposición al binomio "buenas chicas"/"chicas tontas" que representaría Soraya. De alguna manera, los reproches lanzados hacia ella y manifestados con diversos grados de agresividad aluden a una compleja jerarquía de experiencias de abandono. En este cuadro de escalas, la calle operaría como un tamiz definitorio de la socialización en una cultura juvenil que comprende condiciones de privación (de alimento, techo, abrigo, higiene, atención sanitaria) y des–inscripción institucional (familiar, escolar), así como vínculos y pautas de comportamiento que ponen permanentemente en cuestión la autoridad: desde la participación en actividades y consumos ilegales, hasta la misma pertenencia a grupos que son percibidos socialmente como atemorizantes y/o "en riesgo". Gestionar el abandono desde otros espacios, en cambio, como ocurre en el caso de Soraya —que, recordemos, pasó de vivir con un familiar, a casa de amigos y luego a un circuito de instituciones, sin pasar por la calle—, es decisivamente una diferencia que estalla en reproche y resentimiento por parte de las compañeras de hogar —"porque estar en la calle es muy duro", dicen—, pero también es el indicio de la carencia de un atributo que se vive como valioso entre estas jóvenes: tener "aguante".

Es difícil precisar los sentidos invocados con este término por las entrevistadas, pero —por ejemplo— huir de las presiones de ser una "buena chica" (entendiendo por esto a una mujer que se reprime en materia de experimentación sexual) es en parte tener "aguante", como también lo es "bancarse" [soportar] los reiterados desalojos y persecuciones de la policía, o las insinuaciones y "aprietes" machistas por parte de sus pares varones o de otros hombres cuando se vive en la calle. En este sentido, "hacerse la linda", "caretear" o "ser cheta" se oponen a tener "aguante", porque implica asumir una actitud de menosprecio respecto de los códigos callejeros y no valorar la experiencia de "hacer lo que pinte" [lo que se quiera] en cada momento. En materia de sexualidad, por ejemplo, tener "aguante" supone no pedir permiso a nadie ni tener zonas ni horarios prescriptos para acostarse con un/a compañero/a. En cuanto a la feminidad en juego significa compartir ese código de seducción que Natalia ubicaba en la delicada frontera que separa el ser espontánea del ser "cachivache". Antes todas estas acusaciones, Soraya se defiende con vehemencia:

—No soy de comprarme mucha ropa, pero sí me gusta estar arreglada. Bueno, eso también me lo reprochan las otras pibas del hogar. Para ellas soy una cheta [creída de su superioridad, atenta a su estilo], así me dicen. Porque además, cuando voy a bailar con mis amigas [de la escuela], cada tanto, voy a boliches donde pasan cumbia, pero no tan de villa como pueden pasar en una bailanta. Pero, de nuevo, que no me drogue, no fume, o no haya tenido relaciones todavía no es porque no estuve en la calle, porque yo conozco muchos chicos que tienen casa, familia, todo, y se drogan o están en cualquiera. Yo no me creo mejor ni distinta de las demás chicas que están acá. Ni siento vergüenza por estar en el hogar. Yo casi no tuve familia, por eso para mí esto es como mi casa. Por ahí la diferencia que veo con las chicas que me pelean es que ellas sí quieren volver a la calle, dicen que tienen la calle en la cabeza y que allá no tienen que rendirles cuentas a nadie, y que tampoco pasan hambre porque siempre consiguen algo; en cambio, acá tenés reglas, tenés que pedir permiso para salir, te lo dan si no hacés bardo [lío], y bueno, yo creo que les molesta que yo me sienta bien en el hogar, y pueda salir sin problemas, tenga otras amigas, me compre cosas con la plata que me regalan mis amigas de afuera, y eso.

"Tener calle" y "tener aguante" son, pues, marcas que la mayoría de las jóvenes del hogar reivindican en tanto recurso personal y colectivo de importancia. Se trata de experiencias que, en sus relatos, revierten la dimensión estigmatizante que las suele cristalizar en el estereotipo de "chicas de la calle" para permitirles desplegar una identidad juvenil desafiante y, en apariencia, libre de regulaciones. Como queda claro en los mismos testimonios presentados, la regulación —en verdad— no desaparece nunca, y mucho menos en cuestiones de género y sexualidad, donde las normatividades sexistas y androcéntricas organizan parte importante de las prácticas cotidianas de estas jóvenes, en conflictiva búsqueda de una aparente autonomía que las chicas demuestran tener en el campo de las actuaciones de su deseo sexual.

Las dos lógicas en discusión entre estas chicas —"tener calle" y "hacerse la linda"— no pueden sino pensarse, entonces, en relación con las regulaciones culturales más amplias del género y la sexualidad que, se articulan con la experiencia de clase, toda vez que "tener aguante" se vincula a prácticas, sentidos y consumos de "villa", mientras que "caretear" o "ser cheta" refiere a participar de un mundo de bienes materiales y simbólicos que se ubican del lado de la clase media, o de la aspiración de pertenencia a esta clase.

 

Algunas consideraciones

Los relatos que acabamos de presentar contienen una riqueza y una complejidad que exceden en mucho a las reflexiones sucintas que podemos hacer sobre ellos en estas páginas. Pese a esta limitación —previsible, en algún punto, debido al conflictivo proceso que supone traducir la experiencia dialógica de una entrevista a una textualidad de orden científico (Barbieri, 1995; Franco, 1992)—, me interesa llamar la atención sobre cómo el género y la sexualidad se actualizan diariamente en las vidas concretas de estas jóvenes en tanto espacios de afirmación e interpelación, pero también de autoinvisibilización, de control o reproducción de las desigualdades y, a la vez, de tensión y reinvención del propio lugar como chicas que habitan conflictivamente la exclusión, el estigma más o menos evidente, y el disciplinamiento de los cuerpos como normatividad sexual y política. En este punto, insistimos en el hecho de que son estas condiciones materiales y simbólicas las que merecen nuestra atención, porque es en ellas —y nunca sólo en las representaciones hegemónicas de los medios de comunicación, las políticas públicas o el propio discurso académico— que estas chicas pobres viven sus vidas, construyen activamente su subjetividad como mujeres y experimentan los cambios de su entorno social.

Queda, por último, la interrogante sobre los alcances que experiencias y prácticas de este tipo —tramadas desde las configuraciones del género y la sexualidad— tienen para el diseño de formas alternativas de lucha contra la exclusión, la discriminación y la represión por parte de las mujeres jóvenes pobres. Nos alienta, en esta línea, la constatación de que desde hace unos años (y de modo prioritario a partir del efecto visibilizador de los conflictos producido por la crisis social y de hegemonía vivida en la Argentina en diciembre de 2001), se advierte una intensificación en las condiciones de posibilidad y re–emergencia de las luchas por los derechos de género/s y de la diversidad sexual en tanto conflicto político, que encuentra en las generaciones jóvenes y, de modo especial, en las chicas, uno de los sectores más dinámicos de actuación. Parte de estas nuevas expresiones aluden a formas de nucleamiento —en general no muy orgánicas— pero con importantes alcances para las mujeres jóvenes, basadas en la creación de redes de sostén, reciprocidad y formulación de proyectos colectivos. Si bien estas prácticas pueden leerse como resultado de las luchas y experiencias históricas de los feminismos y el movimiento amplio de mujeres en la Argentina, crece también en legitimidad el argumento que sostiene que estos nuevos activismos cotidianos de género han replanteado hoy sus acciones para focalizarse en el vínculo entre desigualdad de clase y diferencias culturales como materiales críticos de la lucha cultural y política del presente (Delfino, 1999; Elizalde, 2005). De hecho, es precisamente este vínculo entre desigualdad y diferencia el que convierte en perentorio el análisis de las experiencias concretas de las chicas de sectores populares —así como las de jóvenes travestis y chicos/as en situación de calle y prostitución—, puesto que su condición de género suele acentuar la precarización de sus circunstancias de vida, toda vez que integran un contexto social estructurado desde el discurso y la práctica androcéntrica y patriarcal.

En este sentido es que queremos indicar que las luchas que estas chicas emprenden desde sus realidades cotidianas por la construcción de sus identidades de género y el ejercicio flexible de su sexualidad, en relación con sus reclamos contra la exclusión económica, parecen estar otorgándoles, como resultado, márgenes de acción relativamente más extensos que los que tuvieron las mujeres de sectores populares de una generación anterior. Estos márgenes no son, claro está, los de la libertad, la autodeterminación o la reversión total de la estructura de poder que está en la base del sistema capitalista y patriarcal de exclusión (Rowbotham, 1984). Constituyen, más bien, una oportunidad para construir discursos y prácticas alternativas sobre la propia condición de chicas pobres, desde los cuales resignificar, gestionar y/o impugnar las previsiones impuestas por las prescripciones hegemónicas sobre la sexualidad, los usos del cuerpo o las feminidades preferentes.

Frente a estos procesos, la investigación social enfrenta, tal vez, uno de los desafíos más acuciantes: el lograr trascender la mera exhibición de estas experiencias como signos de revitalización de las intervenciones cívicas, para avanzar en un auténtico compromiso político con lo social, que incluya la activación concreta de su capacidad para influir en debates y propuestas que les permitan a estas chicas vivir y tramar sus múltiples identidades en condiciones dignas de existencia.

 

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Notas

1 Se trataba de jóvenes de hasta 18 años regidas por el modelo de asistencia de niños/as y adolescentes en "situación de emergencia y/o alta vulnerabilidad social" (es decir, "en situación de calle, en conflicto con la ley penal, víctimas de delitos, con problemas de adicción y adolescentes embarazadas", cuyas redes familiares se han debilitado temporal o definitivamente, y que permanecían transitoriamente internadas en un hogar de convivencia, de población mixta, dependiente del Consejo de los Derechos de Niños, Niñas y Adolescentes, de la Secretaría de Desarrollo Social del Gobierno de la Ciudad de Buenos Aires, hasta tanto su destino fuera decidido por alguna autoridad competente, según el caso. Consúltese http://www.infanciayderechos.gov.ar.

2 Todos los nombres han sido cambiados por resguardo a la identidad de las chi cas entrevistadas menores de edad.

3 Las "ranchadas" son agrupamientos de 50 a cien jóvenes bajo puentes o casas tomadas con el propósito de darse mutuamente protección y compartir alimento y abrigo.