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Desacatos

On-line version ISSN 1405-9274

Desacatos  no.38 México Jan./Apr. 2012

 

Esquinas

 

¿Autobiografía o autoetnografía?

 

¿Autobiography or Autoethnography?

 

Mercedes Blanco

 

Centro de Investigaciones y Estudios Superiores en Antropología Social-Distrito Federal, México blancos50@hotmail.com

 

Recepción: 30 de junio de 2010
Aceptación: 17 de agosto de 2011

 

Resumen

Este texto tiene un doble propósito: por un lado, contribuir a la difusión de un campo de la investigación cualitativa y de una forma de escritura y presentación de resultados denominado autoetnografía —para ello se relata el origen de este enfoque y su desarrollo en los últimos 30 años—; por otro lado, se ofrece un ejemplo de este subgénero que constituye un híbrido que se nutre de varias tradiciones. El tema abordado en la narrativa personal que se incluye al final del texto hace referencia a la trayectoria académica de la autora y tiene como telón de fondo algunas de las opciones epistemológicas y metodológicas que las ciencias sociales en México han ofrecido a los profesores-investigadores en las últimas tres décadas.

Palabras clave: autoetnografía,métodos cualitativos,narrativa personal,metodología,ciencias sociales en México.

 

Abstract

The article has a double purpose: on the one hand, to contribute to spread a field of study within the qualitative research perspective, and a way of writing and presenting results named autoethnography —we review the origins and development of this area in the last 30 years—; on the other hand, it is offered an example of this subgenre,that constitutes a hybrid that has been nurtured of various traditions.The topic of the personal narrative that it's included towards the end of the article refers to the personal academic trajectory of the author and has as its backdrop some of the epistemological and methodological options that the social sciences in Mexico have provided to researchers in the last three decades.

Keywords: autoethnography, qualitative methods, personal narrative, methodology, social sciences in Mexico.

 

INTRODUCCIÓN

La autoetnografía se basa, entre otras plataformas, en la perspectiva epistemológica (Ferraroti, [1983] 1988) que sostiene que una vida individual puede dar cuenta de los contextos en los que vive la persona en cuestión, así como de las épocas históricas que recorre a lo largo de su existencia. Franco Ferraroti —figura señera en el desarrollo del método biográfico— afirma en una entrevista concedida en 1986: "la tesis central es que es posible leer una sociedad a través de una biografía" (Iniesta y Feixa, 2006: 11). El mismo autor matiza:

El individuo no totaliza una sociedad global directamente. lo hace a través de la mediación de su contexto social inmediato y de los grupos limitados de los cuales forma parte... [...] De igual manera, la sociedad totaliza a cada individuo específico a través de las instituciones mediadoras (Ferraroti, [1983] 1988: 94).

En este sentido, puedo decir que el relato autobiográfico reflexivo que contiene este documento forma parte de experiencias similares tanto de autores extranjeros, que son los que han escrito en mayor medida de sus propios procesos (entre otros, bochner, 2009 y Ellis, 2009), como de académicos nacionales. Para el caso de México, son pocos los investigadores, con diferentes formaciones disciplinarias dentro de las ciencias sociales, que se han propuesto deliberadamente escribir sobre sus cursos de vida concatenados con sus trayectorias profesionales. Tenemos un ejemplo en la especialista en educación y profesora-investigadora del Centro de Investigaciones y Estudios Superiores en Antropología Social-Occidente, Susan Street (2003),1 que si bien aborda el tema de la reflexividad, no en vano utiliza la palabra "(auto)etnografía" —con este paréntesis—, con lo que al parecer busca indicar que efectivamente no se acerca tanto a lo que los autores anglosajones proponen para el ejercicio de esta práctica,2 como se expondrá más adelante. En síntesis, los investigadores hacen referencia a un tránsito que inicia con la preparación académica bajo el encuadre de la epistemología positivista —predominante durante buena parte del siglo XX— y luego señalan sus cuestionamientos y la incursión en otro tipo de paradigmas más humanistas e interpretativos.

 

LA INVESTIGACIÓN CUALITATIVA: UN ÁRBOL CON MUCHAS RAMAS

Autobiografía

En otro texto (blanco, 2010) he hecho una presentación sobre lo que se considera el desarrollo del enfoque cualitativo con base en la propuesta de Norman Denzin e Yvonna lincoln (2003), que analizan el siglo XX y los primeros años del nuevo milenio por medio de siete etapas o "momentos" con fines expositivos. En esta ocasión me parece que es necesario recordar que las ciencias sociales en general experimentaron desde mediados de la década de los ochenta y en la de 1990 la multicitada "crisis de representación" que dio paso a nuevos cuestionamientos del paradigma positivista —con sus normas clásicas para llevar a cabo lo que se consideraba como investigación científica tradicional— y a propuestas diferentes, tanto para generar conocimientos como para la presentación de resultados.

Para finales de los años noventa se hablaba cada vez más del "giro narrativo", lo que implica no sólo dar importancia a aspectos literarios, sino a la reivindicación de la multiplicidad de maneras y formatos para llevar a cabo investigaciones en las ciencias sociales y humanísticas.3 los textos experimentales y reflexivos están cada vez más presentes, la mixtura de elementos provenientes de una variedad de disciplinas los caracteriza (Maynes, Pierce y laslett, 2008). los investigadores pueden elegir de entre una variedad de opciones teóricas, metodológicas y epistemológicas que el nuevo milenio trae consigo. Por lo menos es lo que sostienen aquellos académicos que afirman que "estamos en un momento de descubrimientos y redescubrimientos conforme nuevas formas de ver, interpretar, argumentar y escribir están siendo debatidas y discutidas" (Denzin y lincoln, 2008: 37). Por supuesto, las críticas no pueden estar ausentes y a veces aparecen como feroces enemigos (Coffey, 2002; Denzin, 2009).

Este gran árbol que representa la investigación cualitativa posee múltiples ramas, de diferentes tamaños, texturas y fortalezas. El método biográfico constituye uno de sus brazos con mayor o menor fuerza —dependiendo de si hablan sus defensores o sus detractores—. Debido a la necesaria economía del espacio, no me detendré a sintetizar lo que una variedad de autores han escrito y polemizado sobre las características y la inclusión de este género tanto en la disciplina de la historia como en las ciencias sociales en general. Aunque parece muy fácil definir qué se entiende por autobiografía —escribir sobre la propia vida—, su conceptualización ha variado con el paso del tiempo, incluso algunos connotados autores afirman que se trata de "un documento de estatus singular" (Dosse, 2007: 39). Sin embargo, tanto la biografía como la autobiografía comparten, entre otros elementos, la referencia frecuente de ser un "género híbrido". Por lo menos desde la década de 1970 y hasta el momento actual parece haber dos vertientes que discuten las características que presentan tanto las biografías como las autobiografías. Por un lado está el enfoque que —al igual que con toda la investigación social— demanda encontrar en este tipo de textos una clara distinción entre lo propiamente científico y lo literario (Hammersley, 2008). Durante los años ochenta muchos auto-res consideraban que las entrevistas biográficas o los relatos autobiográficos eran parte de una investigación científica, de modo que era imperativo distinguir "entre las dos principales categorías de narración: la 'verdadera' y la de ficción" (burgos, [1989] 1993: 149). Por otro lado está la posición que sostiene que hay muchas maneras de escribir sobre las vidas personales y, sobre todo, afirma que el método biográfico es necesariamente interpretativo (Denzin, 1989).

En síntesis, la característica interpretativa ha formado parte, desde hace ya décadas, de la elaboración de biografías y autobiografías. la defensa a ultranza de "lo objetivo" parece fuera de lugar, lo cual no impide que algunos autores —incluso claramente identificados con los métodos cualitativos, por ejemplo Martyn Hammersley (2008)—, aun cuando acepten que la objetividad "total" o "absoluta" no existe, sigan propugnando por la inclusión necesaria de evidencia empírica, de las pruebas de hipótesis, etc. En breve, se erigen en defensores de una "genuina investigación académica cualitativa" (citado en Denzin, 2009) para, finalmente, acercarse lo más posible a la meta de la "objetividad", todo lo cual suena bastante cercano a un discurso decimonónico.

 

Autoetnografía

Explicar el desarrollo y, en particular, qué se entiende por autoetnografía puede implicar no sólo un debate entre defensores y detractores de esta práctica, pero también supone una discusión epistemológica, ya que remite a la existencia de diferentes posibilidades, maneras o caminos de generar conocimientos y de poder transmitirlos. Según algunos autores (Anderson, 2006), el término "autoetnografía" empezó a utilizarse muy hacia el final de la década de 1970 y con más frecuencia en los años ochenta. En sus versiones iniciales (Hayano, 1982), la autoetnografía se aplicaba al estudio de un grupo social que el investigador consideraba como propio, ya fuera por su ubicación socioeconómica, ocupación laboral o desempeño de alguna actividad específica. En este primer momento sí se distinguía entre el estudio de un grupo de personas "como uno" de los textos esencialmente autobiográficos. Hasta la década de los noventa, Carolyn Ellis y Arthur Bochner (1996), fundadores y activos promotores del género de la autoetnografía, la consideraron como uno de los caminos por excelencia para "entender el significado de lo que la gente piensa, siente y hace" (Ellis, 2004: 68), o sea, para abordar una de las tareas fundamentales de la investigación cualitativa: comprender el significado o el sentido que los actores le otorgan a su experiencia (Tarrés, 2001). Ellis y Bochner, con Laurel Richardson (2003) —otra de las figuras más conocidas de "la escritura como método de investigación"—, plantean que esta vertiente "explora el uso de la primera persona al escribir, la apropiación de modos literarios con fines utilitarios y las complicaciones de estar ubicado dentro de lo que uno está estudiando" (citado por Gaitán, 2000: 1). Así, la autoetnografía amplía su concepción para dar cabida tanto a los relatos personales y autobiográficos como a las experiencias del etnógrafo como investigador —ya sea de manera separada o combinada— situados en un contexto social y cultural.

Una variedad de autores afirma que la autoetnografía se escribe usualmente en primera persona y que los textos aparecen en una multiplicidad de formas. Más específicamente, algunos especialistas precisan que "la investigación cualitativa elaborada en la academia, vía la escritura de narrativa de no ficción, aparece con una serie de nombres —etnografía narrativa, etnografía personal, escritura preformativa, autoetnografía, práctica creativa analítica, sociología lírica, autobiografía, narrativa heurística, etc.—" (Goodall, 2008: 11). Los propios Ellis y Bochner (2003) nos dicen que para algunos científicos sociales la autoetnografía —y sus variedades— es sólo un subtipo de etnografía y para otros investigadores son "estrategias metodológicas" (Clandinin y Connelly, 1994). Efectivamente, la autoetnografía propugna por la diversidad de formas de escritura y de presentación de resultados. Tal vez la siguiente declaración de Carolyn Ellis aclare su significado: "La autoetnografía es un género de escritura e investigación autobiográfico que [...] conecta lo personal con lo cultural" (Ellis y Bochner, 2003: 209). Richardson coincide con Ellis al asegurar: "Las autoetnografías son altamente personalizadas, textos reveladores en los cuales los autores cuentan relatos sobre su propia experiencia vivida, relacionando lo personal con lo cultural" (Richardson, 2003: 512). Podemos ver que la cultura —el contexto cultural—, como en la etnografía clásica y en la antropología social, no ha perdido su importancia en la autoetnografía. Es necesario tener presente siempre que en el caso de la autoetnografía actual "las distinciones entre lo personal y lo cultural se vuelven borrosas" (Ellis, 1999: 673). La variedad se presenta en los énfasis que cada autor le da a su texto, es decir, algunos se inclinan más hacia la faceta personal y otros muestran preferencia por el ámbito cultural o el propio proceso de investigación (Ellis, 2008; Ellis, Adams y Bochner, 2010). En síntesis, durante los últimos 30 años se ha pasado de una concepción de las biografías y las autobiografías ubicadas en el paradigma positivista —con su lucha feroz por "volverse científicas"— al polo opuesto que representa la propuesta autoetnográfica con la mezcla indisoluble entre las dimensiones tradicionalmente llamadas objetivas y subjetivas. Parece indispensable reiterar que una característica imprescindible para la mayoría de los autores revisados situados en la corriente de la autoetnografía es la presencia de una estructura narrativa —que incluye una trama o el argumento del relato— o, de manera aún más puntual, la utilización de "formatos narrativos". Me adscribo a esta posición para la cual la mera transcripción de entrevistas o incluso la tradicional inserción de fragmentos o viñetas tomadas de éstas no constituyen per se lo que a lo largo de todo este texto se ha referido como autoetnografía. Según los practicantes de esta perspectiva, es necesario producir textos que, precisamente, han de ser elaborados echando mano de algunas estrategias literarias. Justo ésta es la intención de presentar a continuación mi narrativa personal.

 

MIRANDO LO PEQUEÑO Y LO GRANDE

Primera parte

Desde lo alto la vista era espectacular. Se podía contemplar el mar que lucía un azul intenso y la blancura cegadora de las casitas, todas encaladas. Cuando viajé a Europa aquel verano del 79, para nada me había planteado hacer un crucero por las islas griegas. De entrada, sonaba muy caro y elitista, pero resultó que desde España era más barato hacer este periplo que ir a París o a londres, sobre todo si se elegía un barco más o menos pequeño, aunque a decir verdad en ese entonces ni siquiera eran comunes esos monstruos que ahora surcan los mares con miles de turistas congregados en tales hoteles flotantes de cinco estrellas. Por andar buscando lo más económico ¡vaya mareada que me puse todo el viaje! bueno, fueron sólo cinco días, pero la cascarita de nuez en la que saltamos de isla en isla se zarandeaba constantemente. Para colmo, mi camarote era una pequeña mazmorra claustrofóbica que hacía de las noches una tortura adicional. A pesar de todo, aquel crucero por las Cícladas en el Mar Egeo me resulta entrañable todavía. Eso sí, ¡comí de lujo en el barco! y, sobre todo, por lo menos me pude dar un chapuzón en la impactante cultura griega.

Patrulleros de Autodefensa Civil, Acul, Nebaj, Quiché, 1988.

Desde lo alto de Santorini pude tener esa visión panorámica de tan famoso archipiélago. Llegar a la cima no fue cansado, pero sí un tanto estresante: el barco atracaba en el muelle y apenas iba uno poniendo el pie en tierra firme un griego guapísimo levantaba en vilo y lanzaba al turista sobre el lomo de un burro y ¡arre! La recua subía por un caminito empedrado que provocaba los constantes resbalones de los asnos, serpenteando muy pegadito a un altísimo precipicio. El premio fue no sólo llegar a la cima sana y salva, sino poder admirar aquella fenomenal disposición de tierra y mar que las fuerzas de la naturaleza crearon hace miles de años cuando se produjo una brutal explosión volcánica de cuyos restos surgieron cientos de pequeñas islas, entre ellas la escarpada Santorini. El temido descenso preferí hacerlo a pie, lo cual me resultó mucho más disfrutable.

Mykonos, Santorini, Delos, Rodas y, finalmente, Creta. Aún conservo una foto donde estoy de pie justo en la Puerta de los Leones, vivida por mí como un dintel mágico que hizo realidad aquella trillada fantasía del túnel del tiempo: estaba a punto de entrar nada más y nada menos que al famosísimo laberinto del Minotauro. La leyenda, el mito y la compleja construcción del Palacio de Knossos funcionaron durante un rato para cumplirme esa ilusión.

Entre las toneladas de información que un turista recibe como parte de su viaje a Grecia entró a mi cerebro un dato que, si bien fue perfectamente registrado, permaneció latente y muchos años después se convirtió en una epifanía. Seguramente, ante el esplendor de los sitios arqueológicos y la belleza de los innumerables objetos de arte, la historia del descubridor moderno y encargado de la excavación arqueológica del laberíntico palacio quedó medio olvidada. El inglés Arthur Evans, que contaba con una sólida formación académica, en 1900 se dio a la titánica tarea de excavar un sitio que en ese momento ni siquiera aparecía en los mapas. Cuál no sería su interés que incluso compró el terreno donde se asienta el palacio pues, como suele suceder hasta la actualidad, la abigarrada burocracia impedía realizar cualquier tipo de trabajo. Evans dedicó muchos años a la excavación de la colina de Kefala, donde fue apareciendo poco a poco la intrincada construcción que, aunada a los murales y objetos con toros de todos tamaños, llevó a la suposición de que probablemente la humanidad se había topado por fin con el famoso laberinto donde Teseo enfrentó al temible Minotauro.

Desde que supe uno de los detalles que llevaron a Evans hasta la isla de Creta su biografía me resultó fascinante, tal vez porque comparto ese pormenor con tan connotado arqueólogo: una extremada miopía. Muchas fuentes coinciden en señalar que precisamente ser tan cegatón, con el añadido del aún imperfecto desarrollo de la elaboración de lentes, fue lo que le permitió a Sir Arthur Evans ir atando cabos hasta llegar a la colina de Kefala. En lo que no existe consenso es en cómo llegaron a las manos de este pionero unos sellos o pequeñas piedras finamente talladas con imágenes y jeroglíficos. Se dice que Evans examinó tan de cerca los minúsculos objetos, porque no podía verlos más que de esa manera, que logró apreciar una variedad de elementos que ningún otro interesado en la cultura griega o, simplemente, en la venta de antigüedades, había percibido antes. Tanto le intrigaron los diminutos seres humanos y los animales que vio en ese mundo liliputiense que empezó a establecer hipótesis y conjeturas que, finalmente, lo condujeron a Creta.

En tiempos posteriores, algunos científicos se interesaron en el problema más general que se desprende de una pregunta tal vez obvia, pero no por ello fácil de responder: ¿cómo fue posible que en el "mundo antiguo" se pudieran elaborar objetos tan pequeños con inscripciones o dibujos? Parece no haber una sola respuesta o una que satisfaga a todos los interesados, pero una vertiente de opinión plantea que en las épocas en que no existían instrumentos que pudieran agrandar lo que se veía, las personas miopes eran altamente valoradas en la elaboración de pequeñas joyas, esculturas, sellos o jeroglíficos, pues tal peculiaridad física les permitía naturalmente no sólo mirar muy de cerca sin forzar la vista sino, de hecho, contar con una especie de magnificación de la imagen. En pocas palabras, la miopía no siempre fue considerada como un defecto que hay que corregir, por lo menos hasta el siglo XIII representó una cierta ventaja: poder ver los pequeños objetos agrandados y con claridad con sólo acercarlos a los ojos. Además, como la capacidad de magnificación depende de los grados de miopía, a mayor número de dioptrías —por tanto, de falta de visión— mayor grado de amplificación.

 

Segunda parte

Han pasado un poquito más de 30 años desde que tuve la fortuna de estar en Creta. Por más breve que ha-ya sido aquel viaje, es increíble que después de tanto tiempo todavía tenga alguna resonancia en mi vida actual. No hace mucho, una tarde que estaba buscando en internet algunos textos sobre autoetnografía para enriquecer un artículo que me pidió una colega para una compilación, me topé con uno de los millones de documentos que habitan ese espacio ahora llamado virtual —que a fines de los años setenta todavía era pura ciencia ficción— y que me llevó a hacer una conexión reflexiva entre mi condición de miope desde la infancia y mi relativamente reciente y tardío interés por el ejercicio de la narrativa.

Quiero pensar que mi necesidad de ver cualquier objeto o escrito muy de cerca y sin lentes, como Sir Arthur Evans, me ha empujado desde que tengo memoria al interés por las especificidades, por los detalles, por los acontecimientos singulares, ni se diga por las dimensiones ocultas —llámense subjetivas y hasta invisibles— y, claro, por los estudios de caso. Sin embargo, durante mi trayectoria escolar, de una u otra manera y en mayor o menor medida, tuve que alinearme —como prácticamente todo estudiante— y seguir buena parte de los cánones de las diferentes disciplinas en las que llevé a cabo estudios formales. Así, cuando estudié la licenciatura en antropología social, a mediados de la década de 1970, no recuerdo que mis profesores alabaran o criticaran al luego tan mentado positivismo. lo central para los antropólogos, nos repetían, es la piedra fundante que representa la realización de trabajo de campo, pero ahora pienso que en aquella época tal actividad se pasaba de empirista. En aquel entonces el presidente en turno de la república quiso otorgarle importancia al medio rural. Como suele suceder, aunque a veces no se reconozca, las prioridades gubernamentales permearon rápidamente a las ciencias sociales y, para el caso de las licenciaturas y posgrados en antropología social, era implícito que el trabajo de campo habría de realizarse precisamente en el campo. la antropología urbana no sólo prácticamente no existía, sino hasta era medio mal vista. Craso error, cuando lo que estaba pasando en la ciudad de México era un proceso de crecimiento colosal y desordenado debido básicamente a la migración interna.

Cuando cursé la maestría, en medio de un ambiente sombrío provocado primero por la ahora famosa crisis de 1982 y luego por el terremoto de 1985 que devastó al Distrito Federal, la opción epistemológica en el quehacer científico en general se ubicaba del lado del positivismo. Muchos investigadores buscaban situar a las ciencias sociales lo más cerca posible de "lo científico", aunque sí reconocieran ciertas especificidades de las disciplinas que cubría tal paraguas. Ningún alumno se salvaba de la angustiosa elaboración del proyecto de investigación para la tesis, con las indispensables preguntas generales y específicas, las correspondientes hipótesis, universos bajo estudio y algunos otros requisitos, como la denominada operacionalización de los conceptos, la cual confieso que todavía me gusta.

Hacia finales de la década de los ochenta y durante todos los años noventa metí el acelerador a fondo en el aprendizaje de una de las áreas más clásicamente identificadas con lo científico y con el positivismo: la estadística. ¡Vaya que me costó trabajo! Resolver una integral en matemáticas era más misterioso que el laberinto que había construido Dédalo en Creta. Con todo, y gracias no sólo a cientos de horas de perseverancia, sino también a las y los compañeros del doctorado, logré, como Teseo con la ayuda de Ariadna, salir con decoro de tan difícil encomienda. No todo fue estadística, por supuesto. "Investigar es elegir niveles de análisis", repetía una profesora en sus cursos. Y sí, en aquel momento no sólo me pareció que nos estaba dando "la luz y la verdad", sino que esa tesis se convirtió en una especie de mantra, junto con otra sentencia casi bíblica: "el dato se construye".

Una vez que hube cumplido con la llegada a la cima del Everest que representó obtener el título de doctorado, hasta años después, más bien rayando en el inicio del milenio, una colega y yo empezamos a experimentar con la mezcla de lo que se consideró incombinable durante años: fuentes de información cualitativas y cuantitativas que, por supuesto, eran construidas de manera muy diferente. Mis ojos miopes volvieron a fijarse en algunos mundos microscópicos, pero ahora buscando deliberadamente la amalgama con la visión de gran angular que aportó esta amiga. No ha sido fácil tratar de meternos en una licuadora que logre producir un preparado rico, bien sazonado, con muchos ingredientes y, sobre to-do, del gusto de un público amplio. Hemos perseverado en la elaboración de esa mixtura y nos parece que hemos podido ofrecer alguno que otro sabroso platillo. Ahora que lo veo en retrospectiva, creo que si no hubiera dedicado mi mejor empeño en aprender durante aproximadamente 20 años lo que el tradicional método científico podía ofrecer, no hubiera logrado dar un salto cuántico hacia un mundo que primero fue el de la metodología mixta y que hoy por hoy también busca hacer otras combinaciones, pero dentro del propio universo de la investigación cualitativa. En este proceso académico y personal nunca olvidé las experiencias que me dejaron las temporadas de trabajo de campo que llevé a cabo en algunos pueblitos de diferentes estados de la república cuando estudié la licenciatura. De hecho, la estancia de un año en Chiapas sigue siendo tan inolvidable y señera como el breve viaje a Grecia.

Desde hace mucho tiempo estoy convencida de que nunca lograré tener una visión perfecta. Desde la escuela primaria los lentes, anteojos o gafas forman parte integral de mi cuerpo, sin estos adminículos simplemente no puedo transitar por la vida. Pero como muchas cosas que tienen sus ventajas ocultas, he querido hacer esta conexión entre la posibilidad no sólo de ver las cosas muy de cerca, sino de examinarlas con sumo detenimiento e incluso explotar la potencialidad de magnificar las imágenes, como el mismísimo Arthur Evans. Para mí, el aprendizaje y el ejercicio de la narrativa personal, de la autobiografía y de la autoetnografía —el uso de cada término puede ser más o menos pertinente según el círculo en el que esté inscrita en determinado momento o el público al que dirija mis textos— me está permitiendo poner en práctica otra sabrosa mezcla. El recorrido no sólo no ha sido fácil, sino que a su vera me he encontrado, en diferentes momentos, con los obstáculos que representan algunas ideas y creencias tan arraigadas que quienes las defienden muchas veces no están dispuestos al debate. Mi intención es seguir en el intento de combinar lo aparentemente incombinable.

 

CONSIDERACIONES FINALES

El propósito más general que ha inspirado este texto es insistir en la pertinencia de utilizar diversas for-mas de generación de conocimientos y diferentes modalidades de presentación de resultados dentro de las ciencias sociales, y de la antropología en particular. Puesto de otra manera, se trata de impulsar la praxis de una verdadera interdisciplinariedad4 que respete y valore en igualdad de condiciones una gama de posibilidades epistemológicas y metodológicas. quiero dejar claramente establecido que de ninguna manera estoy en contra de la enseñanza de los cánones tradicionales de los protocolos de investigación. En los cursos de metodología que imparto sostengo que es necesario aprender las teorías más conocidas, las técnicas y los protocolos convencionales ya que resultan útiles y estimulantes —además,representanlaacumulacióndeconocimiento—. Después, tal vez en nuestro caso mucho después, podremos darnos el lujo de innovar —en el mejor de los casos— o por lo menos de experimentar nuevos caminos.

Esto es lo que he buscado a través de la elaboración de una narrativa personal en la que voy dando pinceladas que remiten a elementos que han sido centrales en las ciencias sociales: la conjunción de los niveles microsociales y macroestructurales está presente desde el inicio en el título del relato, el estudio de las generaciones como conjuntos de poblaciones que comparten periodos históricos particulares, la investigación que comprende preguntas e hipótesis, como las que se planteó Evans, el llamado conocimiento situado, que relaciona en parte la vida personal del investigador con los temas que elige estudiar, la combinación de perspectivas y, permeándolo todo sutilmente, el debate epistemológico. Como dice Norman Denzin: "lo que necesitamos es una comunidad metodológica y ética que respete y celebre la diversidad paradigmática y metodológica" (Denzin, 2010: 425).

 

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NOTAS

1 En un documento previo, Street (2002) hace una referencia más amplia a algunas de sus experiencias universitarias en Estados Unidos que la conectaron por primera vez con grupos sociales muy diferentes a los de su familia de origen.

2 En esta oportunidad no es posible incluir el ejercicio de la autoetnografía en otros países hispanohablantes en los que aún es incipiente, al igual que en México. Sin embargo, da la impresión de que las generaciones jóvenes —por ejemplo en España— son las que se están acercando más activamente a esta vertiente dentro de la investigación cualitativa (Feliu, 2007; Poó, 2009).

3 En otro texto (blanco, 2011) abordo este tema como parte del desarrollo de lo que ahora se denomina narrative inquiry en los países anglosajones.

4 Debido a limitaciones editoriales en la extensión del presente texto no es posible abordar el importante tema de la multi-transinterdisciplinariedad (González Casanova, 2004; Martín-Barbero, 2005, y Peñuela, 2005).

 

Información sobre la autora

Mercedes Blanco es originaria de la ciudad de México. Obtuvo la licenciatura en antropología social en la Universidad Iberoamericana, realizó una maestría en ciencias sociales en la Facultad Latinoamericana en Ciencias Sociales-México y cuenta con el doctorado en ciencias sociales con especialidad en estudios de población del Centro de Estudios Demográficos y de Desarrollo Urbano de El Colegio de México. Ingresó al Centro de Investigaciones y Estudios Superiores en Antropología Social-Distrito Federal como profesorainvestigadora de tiempo completo en 1993 y desde su incorporación ha participado activamente en los pro-gramas de docencia de la institución. Los temas que investiga giran en torno al entrelazamiento de trayectorias vitales, el enfoque del curso de vida, la perspectiva de género, la investigación narrativa y los estudios sobre generaciones y cohortes. En 1993 ingresó al Sistema Nacional de Investigadores.