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Papeles de población

versión impresa ISSN 1405-7425

Pap. poblac vol.15 no.62 Toluca oct./dic. 2009

 

Una caracterización de las mujeres en tránsito hacia Estados Unidos: 1993–2006

 

A characterization of women in transit towar the United States: 1993–2006

 

Marlene Solís–Pérez y Guillermo Alonso–Meneses*

 

El Colegio de la Frontera Norte. Correo electrónico: maoslis@colef.mx

 

Resumen

En este artículo se presenta una caracterización del flujo sur–norte de mujeres que transitan por la frontera norte, a partir de los datos de la Encuesta sobre Migración en la Frontera Norte de México en las fases 1993–1994, 1999–2000 y 2005–2006. Se trata de analizar los cambios en el perfil sociodemográfico de las mujeres que han cruzado la frontera con destino a Estados Unidos de América en este periodo de más de diez años, considerando variables como la edad, el estado civil, la estructura familiar, el tamaño de hogar y la escolaridad. También se analizan las diferencias en el lugar de origen y los motivos para emprender el viaje.

Palabras clave: migración internacional, mujeres migrantes, frontera México–Estados Unidos.

 

Abstract

In this article a characterization of the south–north flow of women who transit through the North border is presented from data of the Survey on Migration in the Northern Border of Mexico in the phases 1993–1994, 1999–2000 and 2005–2006. We analyze the changes in the socio–demographic profile of the women who crossed the border into the United States of America in this period of more than ten years, considering variables such as age, marital status, familial structure, household size and schooling. Also, we analyze the changes in the place of origin and the reasons to undertake said journey.

Key words: international migration, migrant women, US–Mexico border.

 

Introducción

La frontera México–Estados Unidos, con 3 152 kilómetros de longitud, es la más cruzada por los flujos de migración irregular o clandestina, posiblemente más de 400 000 personas al año, y donde mayor número de inmigrantes mueren anualmente. La estrategia de Estados Unidos en los 14 años recientes ha consistido en construir muros de acero y bardas, junto a infraestructura tecnológica y vial, y el incremento continuado del número de efectivos de la Patrulla Fronteriza. Este esfuerzo de control se ha hecho especialmente cerca de las ciudades, con el objetivo de detener los cruces. Pero lo cierto es que únicamente han desviado a los migrantes, toda vez que ahora los desiertos, como los lugares menos vigilados, son el paso más frecuentado, aunque este cambio ha traído como consecuencia el incremento de las muertes de inmigrantes al momento de cruzar la frontera. Estas circunstancias, presentes al día de hoy, necesariamente afectan el desarrollo del flujo migratorio indocumentado. Y entre los impactos hallamos los que afectan directamente a la mujer.

Los trabajos antropológicos como los de Manuel Gamio (1971) o históricos, compilados por Durand (1991), documentan la presencia de la mujer mexicana en el flujo migratorio México–Estados Unidos desde principios del siglo XX. No obstante, esta temprana presencia de la mujer se vio eclipsada por la mayoritaria presencia de hombres en ese flujo durante prácticamente todo el siglo pasado. Los datos estadísticos comenzaron a dar cuenta de una mayor participación de la mujer en el flujo migratorio a partir del periodo comprendido entre el final del Programa Bracero y la Ley de Reforma y Control de Inmigración de Estados Unidos, periodo que va de 1965 a 1986. En estos años, la proporción de mujeres en la migración a Estados Unidos se multiplica por poco más de tres veces1. A partir de entonces, las mujeres migrantes mantienen una participación relativa de aproximadamente 15 por ciento del total de la migración internacional, según estimaciones del Consejo Nacional de Población (Conapo, 2004, y Ávila et al., 2000). Desde una perspectiva sociodemográfica, aunque el flujo de inmigrantes indocumentados es difícil de medir (Bustamante et al., 1997), se puede apuntar que lo componen aproximadamente 70 por ciento de hombres y 30 por ciento de mujeres.

El interés por la migración femenina a Estados Unidos comienza a constituirse en un tópico de la migración a mediados de la década de 1980, y a principios de los años 90 del siglo pasado comienzan a publicarse obras que centran su interés en la mujer migrante. Algunos ejemplos son Dona Gabattia (1992) Seeking Common Ground: Multidisciplinary Studies of Immigrant Women in the United States; Gina Buijs (1993) Migrant women: Crossing Boundaries and Changing Identities. Cross Cultural Perspectives on Women; Pierrette Hondagneu–Sotelo (1994) Gendered Transitions: Mexican experiences on immigration. Y en México, Woo (1997 y 2001) pone en la mesa de discusión distintas evidencias acerca de la conformación de un nuevo patrón de migración, en el que las mujeres empiezan a tener un papel más importante, no sólo cuantitativamente, sino como fuerza de trabajo que busca insertarse en los mercados de trabajo del país vecino. De esta manera se tornaba urgente dejar de pensar en la migración femenina de manera unidimensional, es decir, como una acción que responde a la necesidad —construida culturalmente— de reunir a la familia o ir unida a una figura masculina (padre, esposo, hermano).

El leitmotiv de este artículo busca, más que discutir la importancia relativa de este grupo, ahondar en las condiciones en que se da la experiencia migratoria y si hay elementos que permitan hablar de cambios en los perfiles de las mujeres según estos históricos patrones de migración dominantes: las que se movilizan por cuestiones familiares (patrón tradicional) y las que se van a trabajar (patrón emergente). Esto, desde cierta perspectiva comparativa con otros trabajos, permite captar tanto distintas categorías de fémina–migrante, como también circunstancias personales que están asociadas a buscar trabajo y reunirse con familiares. Sin olvidar el peso sociocultural que tienen factores como la condición de indígena, madre soltera, sola, etcétera.

De manera que, por un lado, este esquema subyacente al análisis nos permite tipificar y, de manera concomitante, aportar nuevas categorías de descripción para matizar y transformarlas en categorías de análisis de la mujer migrante de estos flujos. Es decir, con los datos de la EMIF tratamos de abrir el abanico de tipos y dar complejidad a la mirada analítica sobre la mujer migrante, a partir de lo que nos deja construir la estadística, apoyándonos en la teoría relativa a los antecedentes socioculturales de la experiencia migratoria en México.

Los flujos de personas que mide la EMIF son aquéllos que pasan por la frontera —en los modos de transporte terrestre y aéreo— tanto en dirección Sur–Norte, como Norte–Sur2. Es importante tener en cuenta que la EMIF no tienen la capacidad de medir la totalidad del flujo de emigrantes a Estados Unidos, ya que solamente capta a los hombre y las mujeres que pasan por los puntos de la frontera norte donde se levanta la encuesta, dejando fuera las personas que van directamente de su lugar de origen al destino, sin pasar por la frontera o que no pasan por los puntos de monitoreo.

Este trabajo se centra en las mujeres que viajan en dirección Sur–Norte y que declararon que tienen como destino Estado Unidos, aunque con fines analíticos también consideramos algunos datos relativos a los flujos Norte–Sur. La idea de tomar como eje de análisis a las mujeres que van a Estados Unidos nos permite poner atención en aquellas mujeres que inician su experiencia de migración internacional;3 mientras que los flujos Norte–Sur comprenden a un universo de mujeres que ya tienen esta experiencia.

En el caso del flujo de personas procedentes del Sur, se capta a personas mayores de 12 años que llegan a algunas de las ciudades del muestreo, tanto a las que declaran su intención de cruzar la frontera, como aquéllas que no son residentes de estas ciudades fronterizas o de Estados Unidos y que se encuentran en esta zona por motivos de trabajo, buscar trabajo, de negocios, cambio de residencia, por estudiar, de paseo o visita a familiares o amigos, sin fecha comprometida de regreso a su lugar de origen. De acuerdo con la definición del flujo de personas con destino en Estados Unidos que se establece en la EMIF, se seleccionaron a las mujeres que piensan cruzar a Estados Unidos y aquéllas que tienen ya experiencia migratoria como el objeto de nuestra caracterización y tal como aparece en los reportes de esa encuesta.

En la reconstrucción de los perfiles de las mujeres en tránsito por la frontera norte de México consideramos las distintas variables que dan cuenta de las características sociodemográficas de las mujeres para las fases I, V y XI de la EMIF. Estas fases corresponden a los periodos 19931994, 1999–2000 y 2005–2006.

 

Migración de mujeres Sur–Norte y Norte–Sur

La participación de las mujeres en los flujos de personas con destino en Estados Unidos ha tendido a aumentar, especialmente durante la década reciente. Este aumento del número de mujeres que viajan del Sur al Norte se ha presentado con mayor intensidad en la segunda mitad de la década de 1990 (cuadro 1), cuando en términos absolutos se duplicó el número de mujeres que llegan a la frontera con intensiones de cruzar o que ya han tenido experiencia migratoria. Posteriormente, el ritmo de crecimiento del flujo de mujeres pareciera estabilizarse, de modo que en el periodo 20052006, el número de mujeres que transitaron por la frontera con rumbo a Estados Unidos fue de 105 268.

Si graficamos este conjunto de datos para visualizar mejor las tendencias que apuntan, observamos cómo el porcentaje de mujeres en el flujo se multiplicó algo más de tres veces entre los periodos 1993–1994 y 19992000; mientras en términos absolutos no ha dejado de crecer. También en la grafica 1 se puede observar que la participación femenina está representada por una línea recta ascendente, mientras que el flujo de hombres que es considerablemente más intenso presenta un punto de inflexión en el periodo 1999–2000, al presentar un decremento importante, marcando la tendencia general del flujo total de personas con destino en Estados Unidos.

Si contextualizamos y analizamos el flujo de hombres captados por la encuesta, vemos que se produce un descenso durante ese periodo; esto daría para otro trabajo, pero aquí vadeamos esa cuestión. No obstante, planteamos la hipótesis de que la captación del flujo de mujeres y, portanto, de los datos sobre ellas, es más verosímil que el de los hombres. De hecho, el descenso de los hombres según la EMIF coincide paradójicamente con el año en que se produjo mayor número de detenciones de la Patrulla Fronteriza: 1.6 millones en el año fiscal 2000, que comenzó el 1 de octubre de 1999 y finalizó el 30 de septiembre del 2000 (Alonso, 2001). No obstante, sabemos que el flujo masculino se desvió hacia Sonora–Arizona desde 1998, pero en términos generales las mujeres, siempre que pueden, han evitado la ruta del desierto (Alonso, 2001; Alonso y Marrioni, 2006).

Aceptada esta tendencia a una incorporación constante de mujeres al flujo migratorio y un crecimiento de su protagonismo cuantitativo durante los 13 años recientes, se hace necesaria su caracterización. Una proporción importante de las mujeres que son captadas por la EMIF, en tránsito hacia Estados Unidos en las fases analizadas, carecen de experiencia migratoria previa, es decir, que son mujeres que se inician como emigrantes. Además, la importancia relativa de las mujeres que no han cruzado la frontera hacia Estados Unidos en el total de este flujo ha tendido a aumentar, sobre todo entre las fases primera (1993–1994) y quinta (1999–2000) de la EMIF.

Como se muestra en el cuadro 2, el porcentaje de mujeres sin experiencia migratoria pasó —en esas dos fases— de 74 a 90 por ciento del total del flujo de mujeres y en la siguiente fase consignada (2005–2006) constituyó 94 por ciento. Esto forma parte de lo que se ha denominado descapitalización cultural del flujo migratorio en cuanto a una cultura o experiencia de cruce de la frontera (Alonso 2001 y 2003).

Estos datos apuntan a que el flujo migratorio femenino internacional es mayoritariamente inexperto durante la experiencia de salida, cruce y llegada, especialmente desde 2000. Emerge así 'lamigrante' como un sujeto que, tal cual se ha documentado,4 enfrenta riegos específicos asociados a su condición de género en el tránsito y en el proceso de inmigración a Estados Unidos5. Esto nos obliga a plantear la hipótesis de que uno de los factores que explican la incorporación de las mujeres al flujo está asociado al agotamiento del histórico modelo de circularidad anual o estacional, que impacta en las estrategias familiares mediante las cuales se determina quiénes permanecen en México y quiénes emigran. Y por otra parte, también se asocia a la emergencia de un segmento de mujeres en cuya perspectiva de vida entra de lleno la posibilidad de trabajar en Estados Unidos. Lo anterior no quiere decir que no existan razones que conjuguen el factor de la reunificación familiar y de la estrategia laboral. De hecho, nos inclinamos más por explicaciones multifactoriales a la hora de la toma de decisiones. Sin embargo, a efectos expositivos y por falta de espacio, estamos simplificando el alcance de las hipótesis.

Para sintetizar, la mayor presencia de la mujer migrante en el flujo captado por la EMIF necesariamente se tenía que producir con mujeres sin experiencia migratoria. Esto, debido a que el periodo que estamos analizando coincide con el reforzamiento del control de la frontera por la Patrulla Fronteriza, que ha sacado de la circularidad anual o estacional a cientos de miles de hombres y, en ese sentido, la presencia en el flujo de mujeres con experiencia previa se hace poco probable.

Un dato clave viene dado por la localidad de procedencia de las migrantes. En cuanto al lugar donde se origina la experiencia migratoria de las mujeres, vemos que el incremento del flujo observado —durante el segundo quinquenio de los años noventa— tuvo un componente urbano importante, pues el porcentaje de mujeres cuyo lugar de procedencia es considerado como urbano (más de 2 500 habitantes según la definición del Instituto Nacional de Estadística, Geografía e Informática) aumentó de 64 por ciento a 75 por ciento, tal como se muestra en el cuadro 3. En cambio, en el segundo periodo analizado, que incluye a los primeros años del siglo XXI, las mujeres procedentes de localidades rurales aumentaron su proporción a más del doble, al llegar a representar 55 por ciento del flujo.

Llegados aquí, es importante tomar en cuenta que una fase de la EMIF puede captar microéxodos ligados a coyunturas nacionales o locales particulares6. Sin embargo, este dato nos alerta sobre un posible cambio en el perfil de las mujeres que emprenden su viaje hacia Estados Unidos, en el que el origen rural puede generar condiciones específicas para los procesos migratorios de estas mujeres. Otra lectura de estos datos, en clave hipotética, es que el flujo femenino mexicano se ha alimentado a lo largo de los años recientes tanto de mujeres de origen urbano como de no urbano; y entre éstas últimas, la presencia de mujeres indígenas; por ejemplo, de Oaxaca, tal como ha sido investigado por Maldonado y Artía (2004) o Velásquez (2004).

Tendríamos entonces que el flujo femenino ha estado aumentando con mujeres sin experiencia migratoria y con mujeres procedentes de localidades urbanas en un primer momento y de no urbanas en recientes años. También podemos pensar que las mujeres que tienen la intención de cruzar a Estados Unidos por la frontera o que tienen experiencia laboral en ese país (algunas de ellas no manifiestan su intención de cruzar) son potenciales emigrantes, ello depende de múltiples factores y algunos de ellos de carácter fortuito. Pero, vistos de manera holística, los datos presentados anteriormente nos permiten dar cuenta de que, efectivamente, la migración femenina adquiere renovada importancia en la problemática del éxodo de mexicanos hacia Estados Unidos, al emerger o manifestarse características que históricamente no se habían dado en el flujo migratorio.

De hecho, si atendemos a lo que se infiere de los datos provenientes de quienes fueron deportadas (cuadro 4), vemos que confirman nuestros argumentos. En el flujo de personas deportadas de Estados Unidos, también se observa un aumento de la participación femenina en el periodo 1999–2000, para volver a disminuir en términos absolutos durante la siguiente fase de la EMIF. Aunque en términos relativos el porcentaje de mujeres deportadas se mantuvo en 19, pues hubo un decremento general de las deportaciones en 2005–2006, según se señala en el cuadro siguiente.

Tenemos, a la luz de estos datos, que el flujo de mujeres se ha mantenido constante. Respecto al tránsito de mujeres procedentes de Estados Unidos, se observa una tendencia similar de crecimiento en la primer parte del periodo analizado (segundo quinquenio de la década de 1990) y decrecimiento en la segunda parte (primer quinquenio de la década del 2000). Aunque se destaca el importante aumento del número de mujeres procedentes de Estados Unidos, que se presentó entre las fases I y V de la EMIF. Mientras que en la fase XI cruzaron la frontera en dirección Norte–Sur 195 181 mujeres. Como se aprecia en el cuadro 5, una proporción mayoritaria de mujeres que proceden de Estados Unidos declararon vivir en ese país o ser residentes. De esta manera, el porcentaje de mujeres residentes pasó de 65 a 79 entre las fases I y V, y bajó ligeramente a 75 por ciento en la última fase reportada.

 

Perfil sociodemográfico de las migrantes

En este apartado nos interesa presentar una caracterización de las mujeres procedentes del Sur con destino en Estados Unidos, através de un conjunto de variables sociodemográficas, tales como: la edad, el estado civil, la estructura familiar, el tamaño del hogar al que pertenecen y la escolaridad. Con ello, se pretende identificar algunos elementos que den cuenta del perfil de las mujeres que están emprendiendo su viaje a Estados Unidos y que son potenciales emigrantes a este país.

Edad

La edad promedio de las mujeres en tránsito por la frontera que se dirigen a Estados Unidos, en la fase I, fue de 32 años; en la quinta fase aumentó a 40 años, para después bajar a 37 años en la décimo primera fase de la EMIF. Este comportamiento ascendente del promedio de edad de las mujeres que tienen la intención de cruzar la frontera, como se muestra en el cuadro 6, se encuentra determinado por la mayor participación en este flujo de mujeres de entre 30 y 49 años, sobre todo durante la fase V. Las mujeres más jóvenes —entre 12 y 29 años— disminuyeron drásticamente su participación en esta fase, al pasar de representar el 51 por ciento de las mujeres procedentes del sur con destino a Estados Unidos en 1993–1994, a 39 por ciento en 1999–2000, pero volvió a aumentar su participación al 45 por ciento en 2005–2006.

Estos promedios de edad relativamente altos son un dato en favor de la tesis de que se produjo un proceso de reunificación familiar cuando a fines de los años 1990 la estrategia de circularidad anual las históricas salidas y regresos, se obstaculizaron con los operativos de la Patrulla Fronteriza ya en fase desarrollada y fortalecida. Respecto a las mujeres de edad más avanzada (50 años y más), ellas han tenido una participación importante en el total de mujeres con destino en Estados Unidos, sobre todo en las fases V y XI, con ocho y 24 por ciento, respectivamente. La participación de este grupo de mujeres puede estar también relacionada con la migración asociada a los procesos de reunificación familiar.

Estado civil

Las mujeres casadas o unidas han tenido una participación importante en conjunto de las que se dirigen a Estados Unidos, en la primera fase analizada conformaron aproximadamente 34 por ciento de ellas, pero su participación se elevó considerablemente en las siguientes fases, como se aprecia en el cuadro 7, cuando alcanzaron 59 y 64 por ciento del total en las fases V y XI, respectivamente. Mientras que las mujeres solteras perdieron importancia relativa, pues de constituir 45 por ciento en la fase I pasaron a conformar cerca de la cuarta parte del total del flujo de mujeres procedentes del Sur y con destino en Estados Unidos durante las fases V y XI. Este dato también puede estar relacionado con la migración asociada a los procesos de reunificación familiar y, como en el caso anterior, a la "obstaculización'' y decadencia de la estrategia de la circularidad anual.

Vistos desde una perspectiva global, estos datos dan cuenta de las situaciones por las que atraviesan las mujeres que se inician como emigrantes, pues la migración puede estar ligada a cambios en sus cursos de vida familiar y no tanto a una búsqueda personal, como es de esperarse que ocurra en el caso de las mujeres solteras y jóvenes.

Estructura familiar

La estructura familiar que corresponde a las mujeres procedentes del Sur se encuentra muy vinculada a la composición del estado civil analizada. Por ello, las mujeres que son esposas aumentan su presencia en este flujo, pues en 2005–2006 llegaron a conformar casi la mitad del total. Sin embargo, las mujeres que se declararon ser jefas de hogar tienen una participación importante en el volumen de mujeres hacia este país: en 1993–1994 alcanzaron una proporción de 33 por ciento, si bien bajó su importancia relativa en las siguientes fases, continúan teniendo un peso importante, con una proporción de 23 por ciento en 2005–2006. Y en términos absolutos el cambio es considerable, pues de 13 746 jefas de hogar que formaban parte de este tránsito de mujeres en 1993–1994, llegaron a ser 20 090 en 1999–2000, y 24 279 en 2005–2006 (véase el cuadro 8).

La participación creciente de mujeres jefas de hogar en estos flujos nos indica que se trata de mujeres que pueden presentar una condición de vulnerabilidad social específica. Como se ha documentado en diversos estudios sobre la jefatura femenina de los hogares7 en México, hay una relación positiva entre jefatura de hogar femenina y vulnerabilidad social. Esta situación se debe al hecho de que las mujeres jefas de hogar enfrentan la responsabilidad de ser proveedoras en un contexto socioeconómico de desventaja frente al hombre, en lo que respecta, por ejemplo, al acceso a empleos bien remunerados; además de la carga adicional que representa el trabajo en el ámbito de la reproducción y el mantenimiento del núcleo familiar (hogar, crianza, educación, cuidados especiales, etcétera). También es interesante destacar que las mujeres procedentes del Sur que son hijas han perdido importancia relativa, pues llegaron a constituir 40 por ciento del flujo en 1993–1994, proporción que bajó a 20 y 25 por ciento en las fases consecutivas. Estos datos coinciden con la menor presencia de mujeres solteras y jóvenes en el conjunto de mujeres que viajan hacia Estados Unidos.

Tamaño del hogar

El tamaño de los hogares de las mujeres que pasan por la frontera norte en camino a Estados Unidos ha tendido a disminuir. Como se puede ver en el cuadro siguiente, la proporción de mujeres con hogares integrados por más de seis miembros pasó de 32 a 24 por ciento y luego a 21 por ciento. En cambio, la proporción de mujeres con hogares de cuatro a cinco personas ha aumentado de 34 a 42 por ciento entre la fase I y las fases V y XI. Asimismo, la mayoría de las mujeres tienen hogares de dos a tres o de cuatro a cinco integrantes. No obstante, las mujeres con hogares de más de seis integrantes continúan siendo una variable representativa de las condiciones en que se emprende el viaje a otro país y hace evidente la pertinencia de seguir analizando la migración como parte de una estrategia familiar de vida.

Escolaridad

A partir de los datos del cuadro 10 se puede interpretar la configuración de dos tendencias. Por un lado, el aumento de la proporción de mujeres con secundaria y preparatoria en el flujo hacia Estados Unidos. Paralelamente, las mujeres con primaria disminuyeron su participación relativa, sobre todo entre las fases I y V de la EMIF, para luego mantenerse en una tercera parte del total de mujeres analizadas. Por otra parte, el tránsito de mujeres con escolaridad profesional o posgrado tuvo un auge durante 1999–2000, cuando representaron 21 por ciento de este flujo; pero su participación volvió a un nivel similar al que tenía en 1993–1994. Los datos sobre escolaridad nos informan sobre el caso de mujeres profesionales o con posgrado que tuvieron más oportunidad de trasladarse a Estados Unidos o estuvieron sujetas a factores de expulsión más intensos a principios de la década de 1990 que en el año que comprende la última fase analizada de la EMIF.

 

Geografía del flujo

Con el fin de analizar los cambios en la geografía de los flujos de mujeres procedentes del Sur y con destino en Estados Unidos, clasificamos en cuatro regiones la información sobre el lugar de procedencia por estados.8 De esta manera consideramos la 'región tradicional clásica', conformada por los estados de la república que tienen una larga historia como zonas expulsoras de población hacia Estados Unidos: Zacatecas, Michoacán, Jalisco y Guanajuato.

La región 'tradicional no–clásica' comprende a los estados en los que se ha presentado en las últimas décadas del siglo pasado un proceso de éxodo hacia Estados Unidos, pero que tienen una trayectoria de cruce menos consolidada: Nayarit, Durango, Colima, Distrito Federal, Estado de México, San Luís Potosí y Sinaloa.

Los estados que tienen colindancia con Estados Unidos son conocidos como región 'frontera norte': Baja California, Sonora, Chihuahua, Coahuila, Nuevo León y Tamaulipas.

La cuarta región, denominada 'emergente', se conforma por estados cuya población emigrante se incorpora recientemente al tránsito de mexicanos hacia Estados Unidos, tales como: Baja California Sur, Campeche, Chiapas, Guerrero, Hidalgo, Morelos, Oaxaca, Puebla, Querétaro, Quintana Roo, Tabasco, Tlaxcala, Veracruz y Yucatán.

Es evidente que una taxonomía de cuatro grupos necesariamente hace que dos o tres estados pudieran estar en más de uno de los grupos, de ahí que asumimos esta arbitrariedad a partir de una necesaria flexibilidad organizativa. De hecho, creemos que este tipo de taxonomía quedaría más ajustada siguiendo un criterio regional–municipal, en lugar del estatal.

De acuerdo con los datos del cuadro 11, se puede señalar que el lugar de procedencia que presenta en las fases I y V de la EMIF los porcentajes más altos de mujeres en tránsito hacia Estados Unidos es la frontera norte, con 45 y 59 por ciento para cada una de esas fases, respectivamente. En segundo lugar se ubica la región tradicional no–clásica, con participaciones de 26 y 20 por ciento de mujeres procedentes de ésta región para las fases I y V de la EMIF, respectivamente. Mientras que la región tradicional clásica, si bien perdió representatividad en 1999–2000 (pasó de 24 a 12 por ciento), mantiene en estas dos fases su ubicación en términos de su peso relativo en el flujo de mujeres analizado.9

Las diferencias que se presentan en estas dos fases no han modificado todavía la geografía de los lugares de procedencia de las mujeres que van a Estados Unidos. Por esta razón, en la figura 1 se muestra para ambas fases una misma clasificación de las regiones, atendiendo al orden descendente de los porcentajes de mujeres para cada región de procedencia.10

En la última fase de nuestro análisis, 2005–2006, se presenta un cambio significativo en la geografía de la región de procedencia. Lo que ocurre es que la región emergente cobra relevancia en la conformación del flujo de mujeres con destino en Estados Unidos. De tal manera que su participación se duplica en términos porcentuales y se triplica en términos absolutos, como se aprecia en el cuadro 12.11 Mientras que las regiones tradicionales clásica y no clásica aportan cada una cerca de un tercio del tránsito de mujeres, desplazando la importancia relativa de la frontera norte, tal como se ilustra en la figura 2.

Estos datos de la procedencia de las mujeres que viajan a Estados Unidos coinciden con otras evidencias acerca de la incorporación del sur del país en la migración internacional (Chant y Craske, 2007). Además, en las fases V y XI se reportaron en la EMIF algunos casos de mujeres provenientes de El Salvador y Honduras que llegaron a la frontera con intenciones de cruzar a Estados Unidos.

Las motivaciones para emprender el viaje

El panorama que nos permite visualizar el cuadro 12 confirma la persistencia de los dos más importantes patrones de la migración femenina: el tradicional, vinculado a la intención de reunirse con familiares como la motivación principal para emigrar, y el emergente, que se relaciona con la intención de integrarse a los mercados de trabajo estadunidenses.

La EMIF registró en 1993–1994 que una tercera parte de las mujeres procedentes del Sur con destino en Estados Unidos expresó la búsqueda de trabajo como motivación para cruzar la frontera, si a éstas sumamos aquéllas que van a trabajar (esta respuesta supone que la entrevistada tiene una perspectiva más clara acerca de la inserción laboral), la proporción alcanza cerca de 40 por ciento del total de mujeres que contestaron esta pregunta.12

Otra tercera parte de las mujeres se dirigió a Estados Unidos con la intención de reunirse con sus familiares. Asimismo, llama la atención que en esta primera fase una proporción significativa de mujeres declaró que cruzaría al otro lado para ir de paseo o de compras, opción que conformó 30 por ciento del flujo total captado por la EMIF.

En la siguiente fase, 1999–2000, predomina el patrón de migración tradicional (reunirse con familiares), que llega a abarcar 58 por ciento del total de casos que contestaron la pregunta acerca de las motivaciones del cruce fronterizo. En contraste, la proporción de mujeres que dijeron ir a trabajar o buscar trabajo disminuyó en cerca de 20 por ciento. También el subconjunto de mujeres que declararon ir de compras o de paseo (17 por ciento) disminuyó su participación en comparación con la fase previa.

Los cambios observados en la fase once, 2005–2006, nos hacen pensar en que los perfiles de las mujeres procedentes del Sur con destino en Estados Unidos no son constantes; más bien se trata de flujos sujetos a factores de expulsión y de atracción muy diversos, cuya configuración da lugar a cambios importantes de una fase a otra.13

Si bien ir al país vecino para reunirse con familiares sigue teniendo en 2005–2006 un peso relativo importante (49 por ciento declararon esta motivación para cruzar), de nueva cuenta las mujeres que van a trabajar o buscar trabajo recuperan su nivel de participación en el flujo al conformar 40 por ciento del total de mujeres en tránsito por la frontera, como ocurrió en 1993–1994. Quizás la mayor importancia en este flujo de las mujeres procedentes de las regiones emergentes esté jugando un papel determinante en este giro, como ocurre también con los datos sobre la presencia renovada de mujeres procedentes de zonas rurales, como se comenta en secciones anteriores. Por su parte, las mujeres que declaran su deseo de ir de compras o de paseo a Estados Unidos perdieron importancia relativa de manera drástica.

El objetivo de descomponer el flujo de mujeres según la experiencia migratoria consiste en analizar la influencia de la experiencia migratoria en la conformación de los patrones de migración discutidos. Efectivamente, la constante en los levantamientos de la EMIF de 1993–1994 y 1999–2000 es que la mayoría (79 por ciento) de las mujeres con experiencia migratoria se encuentran en tránsito por la frontera debido a su intención de cruzarla para trabajar o buscar trabajo (lo que da cuenta de la existencia de cierta circularidad de la migración). En cambio, durante 2005–2006, las mujeres con experiencia migratoria que tienen la intención de cruzar para reunirse con familiares adquieren relevancia relativa14 dentro de este subconjunto, al conformar la tercera parte del total, mientras disminuye la proporción de mujeres que dicen ir a trabajar o buscar trabajo (59 por ciento), aunque siguen manteniendo primacía.

Por su parte, las mujeres que no tienen experiencia migratoria presentan un patrón diferenciado de las mujeres que si cuentan con ella. Así, en 19931994, el flujo de mujeres que piensa cruzar al otro lado para reunirse con familiares es el que tiene mayor peso relativo (36 por ciento), después sigue en importancia el flujo de mujeres que declaran su intención de ir de paseo o de compras (28 por ciento). Mientras que las mujeres que piensan ir a buscar trabajo o a trabajar constituyen 25 por ciento. En 1999–2000, el subconjunto de mujeres que cruza para reunirse con su familia gana importancia al constituir 63 por ciento de las que piensan ir a Estados Unidos. Ir de compras o de paseo, aunque pierde representatividad, sigue siendo el segundo motivo más frecuente para pasar a Estados Unidos.

Pero en la fase que va del 2005 al 2006, el patrón migratorio considerado como emergente (ir a buscar trabajo o a trabajar) desplaza al subconjunto de mujeres que declaran su deseo de cruzar para ir de compras o paseo y se coloca como el segundo motivo en orden de importancia relativa, con 39 por ciento de los casos. De nueva cuenta, este dato tiene congruencia con la importancia en el tránsito de mujeres que pertenecen a la región de procedencia emergente (véase el apartado anterior). En tanto que la proporción de mujeres que va a Estados Unidos para reunirse con familiares disminuye poco más de diez puntos porcentuales. Sin embargo, sigue siendo la motivación principal de viajes, toda vez que conforma 50 por ciento de los casos.

En suma, los datos sobre las motivaciones para cruzar a Estados Unidos indican que el principal patrón de migración femenina, considerado tradicional, mantiene vigencia a lo largo de los quince años que comprenden los levantamientos de la EMIF analizados. En la primera fase, las mujeres que declaraban como intención de cruce trabajar o buscar trabajo eran aquéllas que contaban con experiencia migratoria, y el estar más representadas que en años posteriores determina que trabajar o buscar trabajo presenta una proporción significativa entre las razones de cruce. Sin embargo, cruzar la frontera para trabajar o buscar trabajo empezó a ganar importancia en años recientes y entre las mujeres que no tienen experiencia migratoria, las cuales, como se vio en el primer apartado, constituyen 94 por ciento del flujo de mujeres con destino a Estados Unidos.

Ahora bien, es necesario considerar que las mujeres pueden no declarar sus intenciones de trabajar o incluso pueden no tenerlas, pero existen las condiciones para que terminen haciéndolo, pues en Estados Unidos entran en contacto con inmigrantes que participan en mercados de trabajo que se conforman justamente de fuerza de trabajo de estos sectores de población. En el caso de las mujeres inmigrantes, se ha documentado la creciente demanda existente de trabajadoras en el servicio doméstico o en empleos precarios de la manufactura o de la agricultura.15

Recapitulación y tendencias

Las evidencias analizadas respecto a la participación femenina en tránsito por la frontera en dirección Sur–Norte confirma la idea de la mayor incorporación de la mujer en la migración internacional. Su participación en el flujo de personas que van a Estados Unidos es mayor en términos absolutos, más que en términos relativos, y el aumento de las mujeres en el tránsito hacia este país ocurre principalmente entre 1993–1994 y 19992000. Al parecer, la dinámica de las redes de migrantes que tienden a reproducirse junto con la amplia demanda de trabajadoras inmigrantes en Estados Unidos se conjugan como factores que dan lugar a la movilización de las mujeres.

Fue a finales de la década de 1990 cuando la participación de mujeres en el flujo Sur–Norte aumenta considerablemente y cuando se observa la disminución de la presencia de mujeres con experiencia migratoria. Estos datos, junto con la creciente proporción de mujeres que son residentes en Estados Unidos y que viajan en dirección Norte–Sur, permiten confirmar la idea de que las mujeres tienden a establecerse en aquel país y emprenden menor número de viajes de retorno, tal como lo documenta Mendoza (2005).

Durante la década de 1990 predominó el flujo de mujeres de origen urbano, mientras que en 2005–2006 hay una renovada participación de mujeres de origen rural. Esto coincide con otro cambio importante en el perfil de las mujeres: la importancia que gana la región emergente (figura 2) en la conformación de los flujos del sur hacia Estados Unidos, con un componente étnico diferenciador, toda vez que se da una mayor diversificación del flujo según el lugar de origen. Las regiones tradicional clásica y no–clásica han presentado altibajos, en 1999–2000 se presentó menor proporción de mujeres con esa procedencia; en contraparte, la frontera norte acaparó 59 por ciento de los casos.

La importancia de la frontera norte como lugar de procedencia de las mujeres en tránsito hacia Estados Unidos puede deberse al papel de esta región como estación de paso en la migración internacional; especialmente para las mujeres que encuentran en las maquiladoras un empleo temporal, para después continuar su viaje al otro lado de la frontera, como lo ha sugerido Mendoza (2004 y 2005).

En las primeras fases analizadas de la EMIF, es notoria la preponderancia de los estados de la frontera norte como lugares de procedencia de las mujeres en tránsito hacia Estados Unidos. En el periodo 1993–2000, es posible que la configuración de los flujos estuviera más ligada a la necesidad de la reunificación familiar y a la dinámica de reproducción de las redes sociales, como se observa también en el análisis de las motivaciones para cruzar al otro lado. Pero en el más reciente quinquenio, pareciera que el trabajar y la búsqueda de trabajo tienen un repunte como explicación de la intención del cruce fronterizo. Tal vez por la presencia de mujeres provenientes de la región emergente que no han construido en el país vecino redes sociales que los acojan y porque, efectivamente, la migración femenina forme parte de una estrategia familiar de búsqueda de nuevas fuentes de ingresos.

Nos parece pertinente señalar la importancia de los contextos familiares en el análisis del fenómeno migratorio, dadas las evidencias acerca del perfil de las mujeres que viajan a Estados Unidos, en particular, considerando la representatividad en este flujo de las mujeres casadas16 y pertenecientes a hogares de cuatro a cinco integrantes. Asimismo, la participación de mujeres que se declaran jefas de hogar es significativa y dada la vulnerabilidad social de esa condición familiar, requiere de estudios específicos que permitan profundizar en las situaciones en las que estas mujeres emprenden su experiencia de cruce fronterizo.

Los datos relativos a la edad muestran que la participación de mujeres jóvenes fue importante en 1993–1994, cuando coincide con la mayor proporción de hijas en el flujo hacia Estados Unidos, y en 2005–2006 vuelve a ganar importancia, aunque no ocurre lo mismo con la relación de parentesco.

Se observa que la edad promedio se eleva, sobre todo en 1999–2000, cuando alcanzó los 40 años, en buena medida debido a que una proporción de mujeres de más de 50 años emprendieron un viaje a Estados Unidos pasando por la frontera. Por otro lado, la importancia del conjunto de mujeres mayores de 50 años que van a Estados Unidos muestra que los procesos de reunificación familiar continúan jugando un papel significativo en la conformación de estos flujos de mujeres. Es importante señalar que a través del análisis de las motivaciones para cruzar al otro lado se puede observar que las mujeres que van de compras o de paseo pierden importancia y las mujeres potenciales inmigrantes en Estados Unidos ganan representatividad, sobre todo en la última fase estudiada.

Pero también las mujeres de entre 20 y 39 años han mantenido una participación importante en el tránsito femenino hacia este país. Este grupo de mujeres se encuentra en edad de trabajar y pasa por una etapa del ciclo de vida familiar en la que se enfrentan crecientes necesidades económicas. En lo que respecta a la escolaridad, las mujeres con primaria han mantenido su peso relativo en las tres fases analizadas (de más de un tercio en las últimas dos fases). Mientras que entre 1999–2000 y 20052006, las mujeres con secundaria y preparatoria aumentaron su proporción dentro del flujo al pasar de conformar 30 por ciento a 50 por ciento del total, aproximadamente. Asimismo, es relevante apuntar la importancia que tuvieron durante 1999–2000 las mujeres con escolaridad profesional o posgrado en el flujo de mujeres procedentes del sur con destino en Estados Unidos.

Por último, los perfiles trazados en este trabajo solamente permiten dar cuenta de la diversidad que caracteriza al flujo de mujeres que llegan del Sur a la frontera y que se dirigen a Estados Unidos. Apuntamos algunas de las persistencias en cuanto a las motivaciones para emprender el viaje y de las nuevas tendencias (regiones, características sociodemográficas, motivaciones emergentes) que permiten pensar en la presencia de la mujer en la migración internacional, como un proceso que tiende a extenderse en el tiempo.

 

Conclusiones

Las tesis vigentes que dan cuenta de los patrones de migración dominantes entre las mujeres mexicanas que van hacia Estados Unidos son básicamente dos: las que se movilizan por cuestiones familiares y que denominamos 'patrón tradicional' y las que se van a trabajar y que denominamos 'patrón emergente'. Antes de pronunciarnos sobre esta cuestión, hay que apuntar que constatamos una tendencia creciente y constante de mujeres al flujo migratorio internacional. Es decir, un crecimiento de su protagonismo cuantitativo a lo largo de los aproximadamente 13 años recientes.

Sin embargo, esta situación nos obliga a plantear la hipótesis complementaria, para dilucidar mejor la dialéctica entre patrón emergente y tradicional, de que uno de los factores que explican la incorporación de las mujeres al flujo está asociado, por un lado, al agotamiento del histórico modelo de circularidad anual o estacional, que impacta tanto en los hombres que iban y venían, como en las familias y sus estrategias para determinar quiénes permanecían en México y quienes emigraban. Y, por otro lado, la emergencia de un segmento de mujeres en cuya perspectiva de vida entra de lleno la posibilidad de trabajar en Estados Unidos, concebida como una decisión autónoma o como parte de una decisión familiar.

Los datos del flujo captado por la EMIF, especialmente desde la fase 1999–2000, apuntan a que una característica de ese flujo es que está compuesto mayoritariamente por mujeres sin experiencia migratoria. Es decir, sin capital cultural acumulado con la experiencia para afrontar el desplazamiento (durante la experiencia de salida, cruce y llegada). Además, si durante el segundo quinquenio de la década de 1990 el flujo de mujeres tuvo un componente urbano importante, en los primeros años del siglo XXI las mujeres procedentes de localidades rurales aumentaron su proporción a más del doble, al llegar a representar 55 por ciento del flujo. Tendríamos entonces que el flujo de migración femenina ha estado aumentando con mujeres sin experiencia migratoria y con mujeres procedentes de localidades urbanas, en un primer momento, y de no urbanas en los años recientes, lo cual constituye un cambio sensible en las características históricas del flujo migratorio.

Otro aspecto relevante es que el flujo de mujeres que pensaba cruzar al otro lado para reunirse con familiares en 1993–1994 era el que tenía mayor peso relativo (36 por ciento). Pero este subconjunto de mujeres que cruza para reunirse con su familia gana mayor importancia en 1999–2000 al conformar 63 por ciento de las que piensan ir a Estados Unidos. Las mujeres que son esposas aumentan su presencia en este flujo al llegar a constituir casi la mitad del total en 2005–2006. De hecho, ir a Estados Unidos para reunirse con familiares sigue teniendo un peso relativo importante (49 por ciento declararon esta motivación para cruzar) en 2005–2006. Esto, unido a los promedios de edad relativamente altos son un dato en favor de la tesis de que se produjo un proceso de reunificación familiar cuando a fines de la década de 1990 la estrategia de circularidad anual, las históricas salidas y regresos, se obstaculizaron con los operativos de la Patrulla Fronteriza. Igualmente, el porcentaje de mujeres con hogares de cuatro a cinco personas ha aumentado de 34 a 42 por ciento entre la fase I y las fases V y XI. Se puede decir que la mayoría de las mujeres tienen hogares en los grupos de dos a tres y de cuatro a cinco integrantes. En suma, de acuerdo con los datos que nos pueden informar sobre las motivaciones para cruzar al otro lado, el principal patrón de migración femenina, considerado tradicional, mantiene vigencia a lo largo de los quince años que comprenden los levantamientos de la EMIF analizados.

No obstante, hay un aumento de la proporción de mujeres con secundaria y preparatoria en el flujo hacia Estados Unidos. El tránsito de mujeres con escolaridad profesional o posgrado tuvo un auge durante 1999–2000, cuando constituyeron 21 por ciento de este flujo; pero su participación volvió a un nivel similar al que tenía en 1993–1994. Este dato, junto a la presencia de mujeres de 20 a 29 años, conforman un argumento que avala la hipótesis de un flujo de mujeres cuya decisión es autónoma y con fines laborales. En este sentido, la constante en los levantamientos de la EMIF de 1993–1994 y 1999–2000 fue que la mayoría (79 por ciento) de las mujeres con experiencia migratoria se encuentran en tránsito por la frontera debido a su intención de trabajar o buscar trabajo en Estados Unidos (lo que podría estar dando cuenta de la existencia de cierta circularidad de la migración hasta el año 2000). Y es que cruzar la frontera para trabajar o buscar trabajo empezó a ganar importancia sobre todo en años recientes y entre mujeres que carecen de experiencia migratoria, quienes, como se vio, conforman 94 por ciento del flujo de mujeres con destino a Estados Unidos.

Si a todos estos extremos añadimos que la región emergente cobra relevancia en la conformación del flujo de mujeres con destino en Estados Unidos, ya que su participación se duplica en términos porcentuales y se triplica en términos absolutos, desembocamos en un escenario complejo en la caracterización del flujo de mujeres migrantes, pues mientras que las regiones tradicionales clásica y no clásica aportan cada una cerca de un tercio del tránsito de mujeres, desplazando la importancia relativa de la frontera norte, los cambios observados en la fase XI, 2005–2006, nos hacen pensar en que los perfiles de las mujeres procedentes del Sur con destino en Estados Unidos no son constantes.

Para sintetizar, el flujo es heterogéneo en sus características en cuanto a región de procedencia, edad, escolaridad, socialización rural–urbana o motivos de cruce. La familia, dada la presencia de mujeres casadas y la preponderancia de familias con entre tres y cinco miembros, sigue apuntando como un referente estructural de cara a la migración. Por tanto, la reunificación familiar sigue jugando un papel importante entre los motivos de la migración internacional de las mujeres. Sólo que no se puede descartar que exista reunificación familiar y actividad de redes sociales en clave femenina. Asimismo, los motivos laborales mueven a un contingente de mujeres que parecen estar vinculadas principalmente a la que hemos denominado región emergente, lo cual, junto con la falta de una cultura de cruce y experiencia, las perfilan como sujetos sociales altamente vulnerables con características heterogéneas, lo que dificulta su abordaje: jefas de hogar, nivel de estudios bajos, origen rural o indígena. En cuanto a la fuente de información, la EMIF demuestra ser valiosa para registrar tendencias y pone de manifiesto que las motivaciones están interrelacionadas y el fenómeno es de un dinamismo, heterogeneidad y complejidad difícil de captar.

  

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Notas

* Agradecemos a Giovanni Maciel por el apoyo en el procesamiento de las bases de datos, y por la elaboración de los mapas, a Carlos González.

1 Y hasta la prensa se hace eco de este tópico, por ejemplo, consúltese Robles (2004) "El rostro femenino de la inmigración", diario La Opinión de Los Ángeles.

2 Incluye a las personas que regresan de manera voluntaria y aquellas personas que son deportadas por las puertas de entrada a México ubicadas en la frontera.

3 Como veremos más adelante, la proporción de mujeres con experiencia migratoria que se captan en el flujo de personas procedentes del Sur es muy reducida.

4 Veáse por ejemplo Smith (2000), Smith (2001), Alonso (2001), Alonso (2003) y Alonso y Marrioni (2006).

5 Ha habido distintos esfuerzos institucionales por brindar una respuesta a esta feminización de los flujos migratorios, tal como se reporta en la revista del ΓΝΜ (núm. 5, mayo 2007).

6 Como la narrada por Reyes (2007) sobre los poblados oaxaqueños afectados por el movimiento social de los maestros durante el 2005 y el 2006, que registraron movimientos migratorios importantes.

7 Véanse, por ejemplo, los trabajos de Acosta (1994).

8 Las clasificaciones por estados no siempre incluyen a las zonas expulsoras con más tradición, en algunos casos estas zonas pertenecen a dos estados o forman parte de un estado que en conjunto no ha tenido un peso importante en la migración internacional.

9 En 1993–1994, los estados que más contribuyeron al volumen del flujo en términos relativos fueron Tamaulipas, Chihuahua y Coahuila, mientras que en 1999–2000 fueron Sonora y Sinaloa.

10 De modo que el porcentaje mayor está representado con el tono más fuerte de grises y el menor con el más tenue.

11 En 2005–2006, los estados que más contribuyeron en la composición del flujo según la procedencia fueron Sonora, Guanajuato, Sinaloa, Jalisco y Chiapas.

12 Las diferencias en los totales por renglón respecto a los cuadros anteriores se debe a las mujeres que no contestaron esta pregunta, algunas de ellas que tenían experiencia migratoria no manifestaron su intención de cruzar al otro lado, pero precisamente por sus antecedentes se les incluye en el flujo de mujeres procedentes del Sur con destino en Estados Unidos.

13 Aunque para tener más elementos sobre la variabilidad de los flujos y sus características es necesario contar con una sistematización fase por fase de los datos aquí presentados.

14 Es importante considerar que el número de mujeres con experiencia migratoria que se captan en las mediciones de la EMIF ha tendido a disminuir, por lo que estos datos requieren tomarse con cautela en lo que respecta a su representatividad, sobre todo para la primera fase.

15 Así lo documentan, entre otros, los trabajos de Fernández de Nelly y Sassen (1995), de Molina y Téllez (2003) e Ibarra (2003).

16 La evidencia acerca del nivel de participación de las mujeres casadas en el flujo Sur–Norte alcanzado en años recientes puede estar relacionado, entre otros factores, con un proceso de socialización entre las mujeres. Este proceso ha llevado a que ellas emigren junto con el esposo y ya no se queden en el pueblo, como se ha constatado en el trabajo de campo realizado por los autores en Loreto, Zacatecas y en el testimonio que aparece en Molina y Téllez (2003), el cual transcribimos a continuación y que proviene de una trabajadora mexicana en los campos agrícolas de Nueva York: "Yo conozco varias señoras que tuvieron que venir a buscar a sus esposos porque no regresaron y aquí supuestamente tenían otra familia, pero me imagino que dejaban a la otra señora... Es que hay mujeres que no pueden dejar venir solo a sus maridos porque siempre se sabe que aquí en el Norte ellos andan con otras mujeres. Me imagino que lo harán por la soledad que ellos sienten. Por eso yo decía 'yo no, yo no me quedo, yo me voy a ver qué pasa' ". (Ibidem: 3).

 

Información sobre autores

Marlene Solís Pérez. Actualmente es profesora–investigadora del Departamento de Estudios Sociales de El Colegio de la Frontera Norte. Tiene maestría en Desarrollo Urbano por El Colegio de México y doctorado en Ciencias Sociales por El Colegio de la Frontera Norte. Las principales líneas temáticas que ha desarrollado son: trabajo, frontera y relaciones de género. Su más reciente publicación es: 2007, "Trabajo, identidad y género en las maquiladoras de Tijuana", en Rocío Guadarrama y José Luis Torres (coords.), Los significados del trabajo femenino en el mundo global. Estereotipos, transacciones y rupturas, Anthropos/UAM, Barcelona.

Guillermo Alonso Meneses. Doctor en Antropología Social e Historia de América y África por la Facultad de Geografía e Historia de la Universidad de Barcelona. Ha sido investigador del Centro de Estudios Africanos, Barcelona. Profesor–investigador invitado en el Centro de Estudios de Población de la Universidad Autónoma del Estado de Hidalgo. Actualmente es profesor investigador en El Colegio de la Frontera Norte. Es miembro del Sistema Nacional de Investigadores Nivel I desde y del Consejo de Redacción de la revista Migraciones Internacionales. Algunas de sus publicaciones son: 2005, May Relaño y Guillermo Alonso Meneses, "Latino diaspora in Chula Vista, San Diego, and Ciutat Vella, Barcelona: aomparative approaches", en Henke Holger, Crossing over. Comparing recent migration in the United States and Europe, Lexington Books, Nueva York; 2006, Marroni, Maria de la Gloria y Guillermo Alonso Meneses, "El fin del sueño americano. Mujeres migrantes muertas en la frontera México–Estados Unidos" en Migraciones Internacionales, vol. 3, núm 3 enero–junio, El Colegio de la Frontera Norte; 2007, Guillermo Alonso Meneses, "Los peligros del desierto en la migración clandestina por California y Arizona", en Pérez–Taylo, Olmos y Salas (coord.) Antropología del desierto. Paisaje, naturaleza y sociedad, UNAM–IIA/El COLEF, México.