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Revista mexicana de investigación educativa

versión impresa ISSN 1405-6666

RMIE vol.22 no.75 México oct./dic. 2017

 

Aporte de discusión

Por qué importa Vasconcelos

Why Is Vasconcelos Important

Susana Quintanilla* 

*Investigadora del Centro de Investigación y de Estudios Avanzados del Instituto Politécnico Nacional, Departamento de Investigaciones Educativas. Ciudad de México, México, email: quintanilla.susana@gmail.com

Resumen:

El intelectual mexicano José Vasconcelos ha trascendido, a lo largo de más de un siglo, las fronteras ideológicas, geográficas, disciplinarias y generacionales, para constituirse en un referente común de la historia y la actualidad de la educación en México. Este trabajo hace un recorrido de los aspectos más relevantes de su vida y obra, así como de su lectura e interpretación, sugiriendo la necesidad de ahondar en las tramas políticas, intelectuales y educativas de su época a la luz de nuevas perspectivas. Su propósito es contribuir a que este legado continúe su camino entre las nuevas generaciones de lectores.

Palabras clave: historia de la educación; educación pública; intelectuales; México

Abstract:

For more than a century, Mexican intellectual José Vasconcelos has crossed ideological, geographical, disciplinary, and generational borders to become a common referent of history and the current status of education in Mexico. This study focuses on the most relevant aspects of his life and work, as well as on their interpretation, suggesting the need for in-depth study of the political, intellectual, and educational schemes of his time, in the light of new perspectives. The study’s purpose is to contribute to the advancement of Vasconcelos’ legacy among new generations of readers.

Keywords: history of education; public education; intellectuals; Mexico

Cuando leo a José Vasconcelos o escribo acerca de él, recreo en mi mente la ilustración de Roberto Montenegro para la portada de la revista La Antorcha: el rostro de un ser un tanto andrógino cuyos cabellos son flamas ardientes.1 La imagen suscita la sensación de estar ante algo irresistible, pero que al acercarse quema internamente; constituye, a la vez, un atractivo y una advertencia. La antorcha está ahí para ser admirada y utilizar su luz y calor, aunque esto requiera cierta distancia. Si es traspasada, se corre el riesgo de ser ardido por el fuego o deslumbrado por la florescencia (Quintanilla, 2008a).

Es probable que esta asociación entre el deseo y el peligro se relacione con el fracaso de la campaña electoral de Vasconcelos en 1929 por la presidencia de la República Mexicana (Skirius, 1978). Sin embargo, la leyenda en torno a su persona ha trascendido las fronteras de la realidad para inscribirse en el terreno de la mitología (Molloy, 2000). Vasconcelos es quien es en la memoria colectiva no tanto por lo que haya hecho o pensado, sino por lo que escribió de sí mismo. Constituye la quintaesencia en el México revolucionario del modelo dieciochesco de origen europeo que transformó a los escritores vivos en personajes de ficción (Bénichou, 1981). Es, también, un prototipo del intelectual forjado a principios del siglo XX, su siglo, el siglo de los intelectuales, según el historiador francés Michel Winock (2010).

La recreación literaria de Vasconcelos inició con la publicación de Ulises criollo, que fue terminado en 1935, en España, aunque sus primeros borrones habían sido escritos cuatro años antes en París como un pasatiempo, y probablemente un consuelo, por el suicidio de Antonieta Rivas Mercado en la catedral de Notre-Dame (Carballo, 1994:23-27). Estaba dirigido a “manos no inocentes”, lo que seguramente incidió en su éxito comercial. Contenía la experiencia de un hombre que aspiraba al conocimiento, y no a la ejemplaridad (Vasconcelos, 2000b:3). El autor tenía 53 años de edad, los últimos cinco en el exilio. Aunque era conocido en prácticamente todos los confines del mundo de habla hispana, vivía con estrechez de lo que recibía por sus escritos periodísticos.

“Biografía de ideas”, dijo Jorge Cuesta en una de las primeras reseñas de Ulises criollo (Cuesta, 1964). “Registro de una iniciación en el mundo de la cultura, de un trato con las ideas, de una trayectoria espiritual, del camino, en fin, hacia las estrellas”, afirmó Sergio Pitol muchos años después (Pitol, 2000:XIX). Lo cierto es que esta obra memorística, clasificada por Xavier Villaurrutia (1966) como una novela autobiográfica, posee tanta fuerza narrativa que convence al lector de la verdad de los sucesos descritos y lo cautiva con el héroe que Vasconcelos creó de sí mismo. Frente a este personaje literario, lo que se diga de la persona parece insípido. “Sus recuerdos fascinan, duelen, maravillan y asquean. Refutar a semejante ególatra es fácil. Olvidarlo, imposible” (Domínguez, 1997:47).

Los tomos subsiguientes de las memorias de Vasconcelos, La tormenta (1936), El desastre (1938) y El proconsulado (1939), fueron cobijados con el título genérico del volumen inicial. Cada uno tuvo una vida propia, pero ninguna tan triunfante como la del que les abrió el camino. Sin que hubiera una campaña de lanzamiento previa, la primera edición de Ulises criollo se agotó en unos cuantos días. Emmanuel Carballo cree probable que hasta 1983 se realizaran 21 ediciones más, aun cuando la editorial Botas, el primer titular de los derechos de autor, imprimió solamente 13. Para entonces, nadie recordaba la biografía de Emiliano Zapata escrita por Baltasar Dromundo a la que le fue concedido el reconocimiento del mejor libro publicado en 1935. A espaldas de Vasconcelos, la editorial Botas había propuesto Ulises criollo en el certamen (Carballo, 1998:48-50).

El interés por la saga autobiográfica favoreció la difusión de otro tipo de escritos de Vasconcelos, quien tenía una relación ambivalente con sus lectores: por un lado, dependía de ellos; por el otro, los despreciaba debido a su afición a los textos “ligeros”. En 1940 fue publicada una antología de su obra (Vasconcelos, 1940). Antonio Castro Leal, quien realizó la selección del contenido, afirmó en la presentación del impreso que Vasconcelos era “el único escritor mexicano vivo capaz de mantener durante quinientas páginas la atención de amigos y de enemigos, del hombre culto y del hombre de la calle, del escritor y del político, del estudiante y del mercader, del provincial y del habitante de la capital” (Castro Leal, 1940:25). En una reseña de la antología, un joven de 27 años llamado Octavio Paz escribió que Vasconcelos suscitaba en cualquier hombre de aquel tiempo una serie de “adhesiones y repulsiones, de cóleras y simpatías, que lo hacía el escritor más vivo de México” (Paz, 1988:196).

El aliento del quehacer memorístico se mantuvo aun cuando Vasconcelos transitó hacia una especie de ostracismo dentro de la escena política mexicana. En 1938 se trasladó a la frontera con México ilusionado ante la posibilidad de encabezar una asonada contra el presidente Lázaro Cárdenas. Al enterarse de que el alzamiento sería dirigido por el general con licencia Saturnino Cedillo, quien fue abatido en enero de 1939 en un enfrentamiento con las tropas federales, renunció a sus pretensiones golpistas. Visitó al desterrado Plutarco Elías Calles en Los Ángeles, California. Para el ex Jefe Máximo de la Revolución, la entrevista con su antiguo opositor careció de significado; para Vasconcelos, en cambio, significó el abandono de los principios que hasta entonces habían regido su pulso cívico (Fell, 2000:569-570).

Según la mayoría de los analistas, el giro de Vasconcelos se originó en el rencor por la derrota del 29 o, en su caso, por la ceguera del dirigente hacia las causas populares. Sin embargo, habría que matizar estos juicios ubicando a Vasconcelos dentro de la reagrupación de fuerzas políticas y vertientes culturales, en Europa y América, que trajo consigo el ascenso del fascismo, por un lado, y la campaña, hoy reconocida como orquestada desde el Comité de Seguridad del Estado (KGB soviético), de frentes de artistas e intelectuales a favor de múltiples causas no directamente asociadas con el estalinismo (Chentalinski, 1994). Por su cercanía a Estados Unidos, y la postura estratégica del gobierno de Cárdenas ante la Guerra Civil en España, el otorgamiento de asilo a Trotski, la nacionalización del petróleo y el panamericanismo, México estaba en el centro de estas reconfiguraciones. Resulta ingenuo pensar que Vasconcelos fuera solamente un nostálgico resentido, y no un activista consciente de las luchas en las que participaba.

Vasconcelos condujo a principios de 1939 su automóvil de Nogales, Arizona, a la Ciudad de México, sin que en el camino sufriera ultrajes o recibiera muestras de júbilo. Después de una década dedicado, según sus palabras, “a predicar la rebelión armada contra el régimen que usurpaba el poder”, su batalla más cruel era contra la indiferencia. Estaba decepcionado de que incluso el Partido Acción Nacional, fundado en 1939, hubiera cedido ante Cárdenas. Reingresó a la Iglesia católica y dirigió Timón. Revista continental, de clara orientación nazi-fascista (Bar-Lewar, 1971), al tiempo que concluía su Manual de filosofía. En 1941 fue nombrado director de la Biblioteca Nacional. Participó en la creación del Colegio de Enseñanza Superior y de El Colegio Nacional, del que fue miembro fundador. En 1947, cuando recibió el doctorado Honoris causa de la Universidad Nacional Autónoma de México (UNAM), se hizo cargo de la Biblioteca de México (Fell, 2000:571-572).

La reinserción de Vasconcelos en el establishment coincidió con su abandono de los movimientos civiles, las ideas y las asociaciones nacionales e internacionales que darían nuevos rostros a la política, la diplomacia, la filosofía y la educación en México. En 1931 fue formalizada la Comisión Mexicana de Cooperación Intelectual, que tendría un papel preponderante en el intercambio de fondos, experiencias y proyectos orientados al fomento de las artes, la investigación científica y la educación durante la década previa a la Segunda Guerra Mundial y, finalizada esta, la llamada Guerra Fría. Obcecado a un hispanismo afín a la dictadura franquista, la cual cumplía a sangre y fuego su proclama de “muerte a la inteligencia” (Claret, 2006), Vasconcelos desplegó un discurso racista aplicado por igual contra los judíos que a los indígenas. Su “antipochismo” ciego hacia la polí­tica interamericana promovida por Franklin D. Roosvelt y la defensa de una religiosidad contraria a la legalidad concertadora entre la Iglesia y el Estado en México, quien fuera llamado el “maestro de América” quedó al margen de los planes y las realizaciones del entramado por el mejor entendimiento entre las naciones y la conciliación dentro de ellas (Pita, 2014). Igualmente, desempeñó un papel marginal en la reconstrucción filosófica emprendida por el grupo Hiperión de 1947 a 1952 y que desembocaría en la configuración de una doctrina oficial en torno a la mexicanidad (Santos Ruiz, 2015).

Para los jóvenes de aquel entonces resultaba difícil conciliar la imagen del hombre homenajeado por la academia, la Iglesia y uno que otro dictador con la del protagonista de dimensiones legendarias de algunos de los episodios más controversiales de la historia del México revolucionario. La extrañeza era común también entre quienes crecieron escuchando el nombre de Vasconcelos sin ser universitarios ni tener los cincuenta centavos para adquirir un ejemplar de las ediciones de los clásicos editados por la Secretaría de Educación Pública (SEP). Ese fue el caso de Rodolfo Usigli, quien compartió en 1929 la euforia por el resurgimiento de Prometeo en México. Después viviría la desilusión ante el desplazamiento de este héroe por un hombre más que derrotado, conforme consigo mismo.

Usigli confrontó en vida a Vasconcelos con algunas de las acciones e ideas de su pasado. En respuesta, recibió sonrisas socarronas y palmetazos suaves: señales de indiferencia ante el dolor de heridas aún abiertas o el recuerdo de esperanzas perdidas. Ante estas muestras de banalidad, Usigli renunció a adaptar al teatro episodios de la vida de Vasconcelos en los que percibía conflictos dramáticos equiparables a los de las grandes tragedias griegas. Uno, en particular: un Ulises anciano y sereno, aparentemente satisfecho y reconciliado, es perseguido por la sombra luminosa de su juventud impetuosa y creadora (Usigli, 2010).

Las acciones y las palabras de Vasconcelos indicaban una realidad diferente a la trama imaginada por Usigli: el viejo no miraba con simpatía su pasado; por el contrario, lo fustigaba hasta llegar a la mutilación. Unos meses antes de la muerte de Vasconcelos, ocurrida en la Ciudad de México el 30 de junio de 1959, apareció la undécima edición de Ulises criollo de la Editorial Jus. A petición del propio autor, la versión original que tantos furores había causado fue “purificada” por dos censores con los propósitos, explicados por Vasconcelos en el “Prólogo”, de librarse de algunos recuerdos repulsivos y “limpiar la casa” para “recibir sin rubor la visita de aquel sector de lectores que es el más estimable de todos, el que está constituido por las almas puras, inocentes y nobles, que por fortuna abundan en todo tiempo y lugar” (Vasconcelos, 1958:5).

Es pertinente suponer que la expurgación fue realizada para satisfacer a los católicos extremistas que simpatizaban con las nuevas causas políticas de Vasconcelos y su búsqueda del Paraíso, pero repudiaban la lubricidad de algunas páginas del libro, el adulterio confeso, las declaraciones de tedio por el matrimonio y los sentimientos contradictorios ante la paternidad. La mayor parte de los cortes se relaciona con la sexualidad y el erotismo; el resto, con política o religiosidad (Fell, 2000: LXXX-LXXXIII). Debido a que resultaba imposible excluir todo lo relacionado al amasiato entre Vasconcelos y Elena Arizmendi -quien aparece como Adriana en el libro-, en la página 307 del impreso fue incluida una nota que desaprobaba el “embrollo amoroso” descrito.

A través de los lectores, los libros cobran vida propia y, a menudo, opuesta a las intenciones de sus autores. Al menos eso sugiere el siguiente relato: una mañana, una joven que años después adoptaría el nombre de Cristina Pacheco fue a la Biblioteca de México, en la plaza de la Ciudadela, en busca de Vasconcelos, cuyas memorias la habían estimulado a inscribirse en la preparatoria de la UNAM en San Ildefonso. La lectura de Ulises criollo le proporcionó algo más que una guía para descubrir la Ciudad de México y su decisión de cursar la universidad: durante su adolescencia vivió de él y para él, soñándose convertida en alguno de sus personajes femeninos.

La estudiante entró a una habitación fría y húmeda. A través de la única ventana pasaba la luz que descendía sobre el escritorio en el que Vasconcelos, vestido con un traje gris y el pelo rapado al estilo alemán, la escuchó mientras sostenía entre sus manos las cuentas negras de un rosario. Tras un ríspido diálogo en el que el hombre destruyó cualquier dejo de admiración y respeto que la joven pudiera sentir, ella salió de la habitación. Más tarde, escribió una carta y fue a dejarla a la oficina de Vasconcelos. No esperaba respuesta, pero unos días después recibiría una nota amable de ochenta palabras (Pacheco, C., 1979).

La edición en dos volúmenes de las memorias de Vasconcelos, publicada por el Fondo de Cultura Económica (FCE) en 1982, exhumó la versión original de los libros, reestableció la puntuación correcta, destacó las réplicas de los diálogos del resto del texto y corrigió la ortografía de los apellidos citados. Estas labores se realizaron en el contexto de los festejos por el primer centenario del nacimiento de Vasconcelos y tras dos décadas -la de los sesenta y la siguiente- de olvido y desconfianza. Muerto, Vasconcelos se convirtió en una rémora incómoda para todos; “la mala conciencia de México”, dijo el historiador y filólogo francés Claude Fell. Cuando un investigador quería saber más sobre Vasconcelos, los rostros se cerraban y las fuentes de información se agotaban (Fell, 2000: XXXV-XXXVII). Christhopher Domínguez recuerda que Alejandro Rossi, estudiante de filosofía en la Escuela de Mascarones durante los años cincuenta, comentaba lo repugnante que podía ser Vasconcelos para las generaciones en cuya memoria estaba el recuerdo de Timón y la apología del fascismo hitleriano o las loas a Francisco Franco y Rafael Leónidas Trujillo (Domínguez, 2010:12). Formado en esta animadversión generacional, el poeta y traductor Jaime García Terrés (quien era el director del FCE en 1982) escribió poco después de la muerte de Vasconcelos una advertencia contra la proclividad en México a perdonar y enaltecer a los muertos aun cuando estos hubieran sido en vida hombres oscuros:

Autor con grandes dotes literarias (de las que hubo de prescindir demasiado pronto); practicante y apóstol del irracionalismo; espíritu caótico y brillante, idealista y cobarde; desprendido y ególatra; anárquico frente a sí propio y defensor de tiranías ajenas… Descanse en paz; pero jamás en los altares civiles (García Terrés, 2000: 702).

Vasconcelos fue enterrado en el Panteón Jardín, de donde sus restos serían trasladados en 1985 a la capilla de la Inmaculada Concepción de la Catedral Metropolitana. Siete años antes de morir había escrito una carta a su yerno Herminio Ahumada para rechazar que fuera exhumado en la Rotonda de los Hombres Ilustres. Consideraba que la ciudadanía de México no tenía derecho a honrarlo como escritor si no era reconocido como político, y que tenía una deuda con los que murieron en aras de la libertad, por lo que mientras no se reconociera socialmente, y quizás de manera oficial, su triunfo en las elecciones de 1929 no debía ser honrado por el poder estatal (Cardoza y Aragón, 2010:893-894).

La incomodidad ante los últimos veinte años de la vida y la obra de Vasconcelos marcaba un límite que ni siquiera la oposición conservadora se atrevía a traspasar. En los entresijos del gobierno federal, la resistencia fue mayor. Adolfo López Mateos, presidente de México de 1958 a 1964, reivindicó su pertenencia a la generación del 29 y su participación en la jornada electoral de aquel año (Krauze, 2002:239-243), pero trazó un deslinde respecto de quienes enarbolaban la memoria de aquella campaña en sus batallas contra los libros de texto gratuitos (Loaeza, 1988) creados con la dirección de Martín Luis Guzmán (Quintanilla e Ixba, 2011:143-167) durante la segunda gestión de Jaime Torres Bodet al frente de la SEP (Rangel Guerra, 2011).

Que en 1959 el presidente de la República Mexicana, el secretario de Educación y el director de la Comisión Nacional de los Libros de Texto Gratuitos tuvieran en común haber compartido, en épocas distintas y con grados diferentes de cercanía, la antorcha de Vasconcelos, expresa el alcance de la flama encendida. Guzmán fue mucho más que un compañero de generación de Vasconcelos, la llamada generación del Ateneo o del Centenario (Quintanilla, 2008b): fue, también, su cómplice en la cólera civil ante el cuartelazo de febrero de 1913 y el asesinato del presidente electo Francisco I. Madero, la cual los llevaría primero al campo revolucionario y después a cinco años de exilio (Quintanilla, 2009 y 2016). Si bien en la década de los treinta sus caminos se bifurcaron, no es casual que La sombra del Caudillo, de Guzmán (2010), publicada en Madrid en noviembre de 1929, fuera considerada por Vasconcelos como la mejor obra que produjo la novela de la Revolución. No por sus dotes literarias (que las tenía), sino por la indignación que impulsó su escritura. Quien permanece impasible ante la injusticia, opinó Vasconcelos en 1958, no puede ser escritor; si acaso, puede ser un santo (Carballo, 1994:9).

En 1958, Vasconcelos buscaba la santidad y Guzmán había perdido la rabia contenida en la dedicatoria que escribió en el ejemplar de La sombra del Caudillo enviado a Reyes: “Para mi querido Alfonso Reyes, cuyo nombre -de claros destellos- no merece figurar en el escalafón del bandidaje político que encabeza el traidor y asesino Plutarco Elías Calles” (Guzmán y Reyes, 1991:134).

Reyes se detuvo en estas palabras y no continuó la lectura del libro. El 27 de mayo de 1930 escribió una respuesta a Guzmán. Un fragmento de la carta remite directamente a Vasconcelos:

La actitud de Ud., esa actitud, digamos, de oposicionista, que mantiene desde la última salida de México, y que en muchos puntos lo ha llevado a Ud., si no me engaño, a una especie de rectificación de su criterio anterior, se ha exacerbado al sobrevenir la última campaña presidencial. Esto ya me lo explico más, pues hay más de una razón para simpatizar con José Vasconcelos. Yo no apruebo la actitud que él ha tomado después de las elecciones, porque lo daña a él mismo y le hace daño a México. Respecto a su candidatura misma, nunca quise hacerme ilusiones. Deseo que México llegue a estar en condiciones de ser gobernado por los intelectuales, pero no me parece llegado el momento. José hubiera sido la primera víctima, y la mayor víctima hubiera sido México. Los enconos que se apoderan, a veces, de esa grande alma son inconmensurables. Yo, de todos, soy acaso el que más he sentido sus ternuras; ha tenido para mí muchas veces una como caricia de hermano mayor. Cosa rarísima en él que es tan tiránico […] Me di cuenta […] de que su desesperación de gran ambicioso, su mucha energía personal y la blandura de los grupos de intelectuales a quienes congregó, salvándolos así de la borrasca, habían contribuido a desarrollar en él ciertas asperezas y salientes que hubiera sido deseable amortiguar (Guzmán y Reyes, 1991:140-41).

En las palabras de despedida a su hermano mayor, Reyes recordó que allá por 1909, en una de las veladas al genio realizadas en la biblioteca de la casa de Antonio Caso en la colonia Santa María la Ribera, Vasconcelos lanzó una diatriba contra Goethe, a quien reprochaba su servilismo a los poderosos. Reyes defendió a su ídolo, primero con palabras y después en forma corporal: atrincherados en sillones art nouveau, los contrincantes estuvieron a punto de arrojarse los tinteros (Reyes, 1960). No lo hicieron, ni entonces ni nunca, pese a que desde su juventud las diferencias entre ellos era el imán que los unía. Ellos fueron las antípodas de su generación, o más bien del proyecto de república ideal que su grupo quiso sobreponer sobre el México circunstancial que acabaría por destruir su amistad (Robles, 1989; Skirius, 1985).

Reyes murió en diciembre de 1959, solo cinco meses después que Vasconcelos. Entre los panegíricos del momento, hay uno que describe las preferencias de la generación que pronto llevaría el mando de la vida cultural mexicana:

Tachado de tibieza en la vida pública, algunos señalan que en ocasiones su carácter no estuvo a la altura de su talento y de las circunstancias. Es verdad. Pero si es cierto que a veces calló, también lo es que nunca gritó como muchos de sus contemporáneos. Si no sufrió persecución, tampoco persiguió a nadie. No fue hombre de partido; no lo fascinó el número ni la fuerza; no creyó en los jefes; no publicó adhesiones ruidosas; no renegó de su pasado, de su pensamiento y de su obra; no se confesó; no practicó la “autocrítica”; no se convirtió. Y así, sus indecisiones y hasta sus debilidades -porque las tuvo- se convirtieron en fortaleza y alimentaron su libertad. Este hombre tolerante y afable vivió y murió como un heterodoxo, fuera de todas las Iglesias y partidos (Paz, 1994:226-233).

El título del texto es “El jinete del aire: Alfonso Reyes”; su autor es Octavio Paz. Fue escrito en París el 4 de enero de 1960, el año en el que se conmemoraba el cincuentenario del inicio de la Revolución mexicana. El cineasta Julio Bracho creyó que había llegado el momento propicio para realizar un proyecto acariciado desde tres décadas antes, cuando leyó la edición clandestina de una editorial chilena de La sombra del Caudillo y le solicitó a Guzmán los derechos para la versión en cine. Después de una función privada ante el presidente López Mateos, su gabinete y altos mandos militares, la cinta original y las copias fueron requisadas con el argumento de que el Ejército Nacional era denigrado. El veto perduraría las tres décadas siguientes (Rivera, 1990), aun cuando Guzmán era el prototipo de la simbiosis entre el intelectual revolucionario y el igualmente revolucionario partido institucional. Además de alabar públicamente la represión del movimiento estudiantil de 1968, se unió al acoso, junto con Agustín Yáñez, Salvador Novo, Francisco L. Urquizo, Torres Bodet y otros escritores más, contra quienes dieron por concluida la unión servil entre la intelectualidad y el poder público (Volpi, 1999).

Guzmán murió en 1976, a los 89 años de edad, siendo senador de la República Mexicana. Para entonces, comenzaba un nuevo retorno de nuestro Ulises. En 1977 fue publicado Se llamaba Vasconcelos, de José Joaquín Blanco, con dedicatoria a Carlos Monsiváis (Blanco, 1977). El libro, criticado en su momento por su desapego de los formatos académicos (Krauze, 1983:102-108), entreabrió los claroscuros de una personalidad igualmente multifacética que unívoca en su afán redentor. Algunos de estos matices fueron advertidos durante las jornadas de la UNAM en honor a Vasconcelos, en las que se propusieron nuevas interpretaciones del pensador y se presentaron los resultados de búsquedas parciales sobre algunos episodios de su vida (Matute y Donis, 1984). Resulta natural que estos últimos se hayan centrado en el Vasconcelos previo a la jornada del 29 y en esta última. La publicación de los escritos de campaña de Antonieta Rivas Mercado (1981), y el interés por la vida de la autora, reavivó una polémica que se creía resuelta y le agregaron nuevos matices a la trama.

Pese a estos destellos, fue hasta 2000 que Claude Fell, el autor de la crónica más completa del paso de Vasconcelos por la historia de la educación pública en México (Fell, 1989), logró que la colección Archivos de la Unesco publicara la edición crítica de Ulises criollo que él coordinó. El trabajo fue realizado a partir del manuscrito resguardado, junto con las primeras ediciones de los otros volúmenes de la autobiografía, en la sección de Libros raros de la Natie Lee Benson Latinoamerican Collection de la Biblioteca de la Universidad de Austin, en Texas, adonde fue a parar en 1988 porque, según Emmanuel Carballo (1998: 27-29), las entidades culturales más representativas del país se declararon insolventes para pagar los cinco millones de pesos que pedía un anticuario por el tesoro. Habrá quienes digan que el gasto era superfluo. Anticipo una respuesta: en mayo de 2006 fue inaugurada en el norte de la Ciudad de México una biblioteca de 38 mil metros cuadrados de construcción que lleva el nombre de Vasconcelos. Unos meses después, el edificio cerraría temporalmente sus puertas debido a filtraciones de agua. Entre las 36 irregularidades identificadas por la Auditoría Superior de la Federación, estaba la mala colocación de bloques de mármol que habían costado quince millones de pesos, alrededor de 1.4 millones de dólares de aquel entonces (García Hernández, 2007).

En 2009, con motivo del cincuentenario de la muerte de Vasconcelos, esta biblioteca organizó un ciclo de conferencias y una exposición que no lograron suscitar entusiasmo. Si bien el programa era poco atractivo, me sorprendió tanto el vacío de las salas como la ausencia de temas que pudieran alterar la languidez de los próximos festejos por el centenario de la Revolución mexicana. No me consta, pero supe por medio de testigos, que en el recorrido inaugural de la exposición el presidente Felipe Calderón expresó su enfado por la falta de materiales acerca de la obra educativa de su administración.

“Síndrome Vasconcelos”, así caracterizamos en privado los historiadores lo que puedan sentir los gobernantes en turno ante las desproporciones entre lo realizado por ellos mismos y el patrimonio educativo y cultural forjado durante los años inmediatamente posteriores a la etapa armada de la Revolución. Pero el olvido no es la única manifestación traumática de esta herencia, sino también la apropiación desmemoriada y banal de los hechos. En “Historia de un escritorio”, incluido en De los libros al poder, Gabriel Zaid narra que, poco tiempo después de ser nombrada secretaria de Educación, Josefina Vázquez Mota fue convidada a una comida en Ciudad Universitaria por el rector de la UNAM, Juan Ramón de la Fuente. Cuando degustaban los postres él comentó que su invitada tenía no solo el puesto de Vasconcelos sino su escritorio, que era propiedad de la Universidad.

Unos meses más tarde, Vázquez Mota regresó a Ciudad Universitaria. En su discurso, comentó que el rector le había sugerido al final de una comida que la mesa y el escritorio de trabajo del maestro Vasconcelos -llevados consigo en 1921 de la rectoría de la Universidad Nacional de México a la naciente Secretaría de Educación Pública- estaban inventariados en los activos de la UNAM. “Estoy segura, continuó Vázquez Mota, de que nuestro rector aceptará con gusto y beneplácito que ahí permanezcan, para no olvidar jamás que el espíritu mismo de la SEP está inspirado en el aliento y el propósito de esta casa de estudios”. En su turno al micrófono, De la Fuente contestó: “Por supuesto que los universitarios vemos con la mayor simpatía el que la mesa y el escritorio de don José Vasconcelos permanezcan en la SEP, para que no se olvide que la Secretaría se concibió, se creó y se diseñó desde la Universidad” (Zaid, 2011:192-193). Invito al lector a conocer la glosa de Zaid a este escarceo, la cual muestra el desconocimiento de la historia por parte de ambos funcionarios. En síntesis, ninguno de los dos tenía razón.

Pasadas las celebraciones del bicentenario del inicio de la Independencia y el centenario del de la Revolución, el Instituto Nacional de Estudios Históricos de las Revoluciones en México y la SEP publicaron 918 ejemplares de La creación de la Secretaría de Educación Pública, un ensamble editorial que recoge los recuerdos de Vasconcelos en torno a la gesta que significó el nacimiento y los primeros soplos de vida de la dependencia (Vasconcelos, 2011). En la “Presentación”, Alonso Lujambio (2011:1) -entonces secretario de Educación- señaló la justicia de recordar, a un tiempo, el establecimiento de esta institución y a quien hizo posible lo anterior. Por si alguna duda hubiera sobre el binomio educador, antes de arribar a las palabras hay veintitantas fotografías que permiten un recorrido visual, a veces borroso, de sus primeros días y afanes, así como de algunos de los protagonistas de la saga y de los escenarios en los que actuaron. La voz también está presente a través de dos discursos pronunciados por José Vasconcelos, cuya trascripción escrita fue incluida al final del impreso.

No voy a juzgar la pertinencia de reutilizar fragmentos de libros en circulación para conmemorar la creación de la SEP. Como dije al inicio de este ensayo, considero que las memorias constituyen un recurso indispensable para conocer tanto la vida como el pensamiento de Vasconcelos. No obstante, queda mucho por recorrer más allá de sus páginas a fin de contextuar las ideas y las acciones en el momento mismo de los sucesos, y no solamente a partir de la interpretación posterior. Tampoco se ha realizado un esfuerzo sostenido para desentrañar las estructuras intelectuales sobre las que se asienta la obra filosófica de Vasconcelos, que según él era muy superior a sus escritos autobiográficos y mucho más trascendente que sus actos. En el terreno educativo, el relego De Robinson a Odiseo: Pedagogía estructurativa (Vasconcelos, 2000a), publicado en Madrid en 1935, y de la estupenda selección realizada por Silvia Molina para la antología José Vasconcelos: textos sobre educación (Molina, 1981), resulta tan inexcusable como el olvido de la edición previa de los discursos de Vasconcelos, muchos referidos a temas de educación. Ello por no mencionar los más de cien artículos “sueltos” del autor acerca de cuestiones educativas publicados en revistas y periódicos,2 cuya relectura, selección y edición podría proporcionar un panorama controversial de los sucesos y debates educativos a lo largo de la primera mitad del siglo XX, de 1909 a 1958.

José Emilio Pacheco se quejaba en 1982 de lo difícil que era hacerle preguntas a Vasconcelos de la única manera posible: leyéndolo. La edición del FCE de sus memorias aún no concluía, y hasta las versiones expurgadas de Jus estaban agotadas (Pacheco, 1982). Actualmente, la situación es distinta: no solo circulan varias ediciones de sus impresos autobiográficos, sino de los pedagógicos, filosóficos e históricos, algunas con prólogos y textos de humanistas y escritores que contribuyen a su lectura ya sea con interpretaciones sugerentes o datos antes desconocidos.3 Está también la antología realizada por Christopher Domínguez Michael con motivo del cincuentenario luctuoso de Vasconcelos, la cual contiene una selección de textos de este último así como de las relecturas realizadas por otros a lo largo del tiempo (Domínguez, 2010).

En su “Estudio preliminar”, Domínguez advierte la infructuosidad de la separación analítica entre el Vasconcelos “bueno” y el “malo”, dependiendo de nuestras preferencias ideológicas, o de los ciclos de su vida política, “antes” y “después” de 1929. Asimismo, destaca las líneas de continuidad en su pensamiento, como el influjo decisivo del filósofo francés Henri Bergson reconocido por el propio Vasconcelos en 1941. Pero la principal contribución de Domínguez al debate es su exhorto a deslindar la ideología de Vasconcelos, y también muchas de las acciones realizadas bajo su cobijo, del movimiento nacionalista revolucionario posterior a 1924 (Domínguez, 2010:11-37). En este sentido, convendría revisar los estudios acerca de las polémicas culturales en México durante aquella época. Según Álvaro Matute, la retórica revolucionaria llegó a la cima estatal con el gobierno de Plutarco Elías Calles (1924-1928) y coincidió con el desmantelamiento de la obra cimentada por Vasconcelos en los años previos (Matute, 2010: 17-22). Igualmente, habría que profundizar las vetas abiertas por las investigaciones recientes en torno al diálogo intelectual, traducido en acciones pedagógicas, entre Vasconcelos y las afluentes derivadas tanto del socialismo cristiano inspirado en León Tolstoi como del movimiento pacifista de Gandhi en la India y su difusor principal en Occidente, el bengalí Rabindranath Tagore (Moraga, 2016). En estas conexiones internacionales es necesario indagar el papel de enlace e interlocutor que desempeñó el francés Romain Rolland, premio Nobel de Literatura en 1915, admirador de Tolstoi, seguidor de la filosofía hinduista y una pieza clave en el rompecabezas político e intelectual europeo posterior a la Primera Guerra Mundial y la Revolución en Rusia.

Cincuenta y ocho años después de su muerte, con avenidas, escuelas, bibliotecas, ateneos y congresos académicos en su honor, estamos a la espera de la biografía definitiva de Vasconcelos y de una brújula certera que nos oriente por su vasta y variada producción escrita. La muerte precoz del historiador y ensayista estadounidense John Skirius, profesor de la Universidad de California en Los Ángeles, no solo dejó trunco un proyecto de más de tres décadas de indagaciones (Poniatowska, 2011), sino que acrecentó la leyenda negra en torno al destino trágico de quienes se atreven a tocar los restos de una antorcha que, apagada o no, confronta a cualquiera con sus propias debilidades y exige lo mejor de uno mismo. Sé lo que esto último significa, y por ello deseo a Enrique Krauze el término pronto y gozoso de la labor biográfica que ha emprendido.

Volvamos a 1920, cuando Vasconcelos regresó a México tras cinco años de exilio trayendo consigo no solo el aura de haber mantenido su lealtad al gobierno provisional de la Soberana Convención de Aguascalientes, del que fue ministro de Instrucción, sino tres libros de su autoría: Pitágoras, una teoría del ritmo (1916), El monismo estético (1918) y Estudios indostánicos (1920). Investigaciones en proceso incluyen dentro de un mismo ciclo a estas obras y la multicitada conferencia “El movimiento intelectual contemporáneo de México” (Vasconcelos, 1962b), que es considerada como la seña de identidad de la Generación del Ateneo y de su misión ante el porvenir. Junto con las entregas de Vasconcelos a la Revista Universal, editada en Nueva York por un grupo de mexicanos revolucionarios, estos impresos permiten vislumbrar las conexiones, en el contexto de la Primera Guerra Mundial y la resolución de la etapa armada de la Revolución en México, de las estructuras intelectuales de la obra educativa posterior de Vasconcelos y su significado en el hispanoamericanismo de la posguerra (Quintanilla, 2016).

“En los intervalos en los que no es posible meditar ni gozar la belleza (escribió Vasconcelos a Reyes en septiembre de 1920) es preciso cumplir una obra; una obra terrestre, una obra que prepare el camino para otros y que nos permita seguir a nosotros mismos” (Vasconcelos y Reyes, 1995:20). Los otros y los propios respondieron a este llamado. Gente de nacionalidades, edades y tendencias diversas, aun de aquellas que el mismo Vasconcelos admitía no comprender o que no compartía, trabajaron con fe en lo que hacían. Quizá la esencia del prodigio haya sido la presencia de un espíritu capaz de encenderse y de encender a los demás.

El reconocimiento de la diversidad fue no solo el sustento de aquel inmenso y generoso grupo de trabajo, sino la base y la finalidad de La raza cósmica, un “lienzo absoluto e irresistible del futuro” (Krauze, 2004:73-115) inspirado en los referentes ideológicos posibles de aquel momento y en dos experiencias recientes de Vasconcelos: su paso por la SEP y un viaje diplomático a Brasil y Argentina realizado en 1922. El meollo de esta utopía es la disolución de las diferencias geográficas, estéticas, raciales y sociales en un ideal común para el porvenir (Skirius, 1998).

Las diferencias existen, esa es la realidad, pero pueden fusionarse para producir algo distinto a sus orígenes. Así se hizo en el inmueble de la SEP, donde se dio cabida a lo contemporáneo dentro de un cascarón virreinal, lo que fue la Garita de Santo Domingo, y se colocaron los símbolos de cuatro cosmovisiones religiosas y de dos civilizaciones (Quirarte, 1998). También a la inversa: se levantaron construcciones modernas para representar en ellas ceremonias de inspiración arcaica, como sucedió en la inauguración del Estadio Nacional, la obra más fastuosa de la gestión de Vasconcelos al frente de la SEP (Gallo, 2014: 234-239). Y qué decir del atrevimiento de reunir en un solo volumen obras literarias clásicas de todos los tiempos y géneros (Garciadiego, 2011).

Reunir lo heterogéneo en un solo espacio no es equivalente a integrar, aun cuando la composición sea perfecta, ya que esto ocurre en el interior, siempre misterioso, de las personas. Las cosas en sí mismas no tienen ningún valor: hay que acariciarlas con los sentidos, darles los ritmos de nuestra propia armonía y agregarles la imaginación. La magia está en el encuentro, y el educador lo más que puede hacer es ofrecer la oportunidad de que el cruce se produzca. Mientras más amplio y de mejor calidad sea el repertorio, mejor. El buen educador, como el buen gobernante, dispone, proporciona, pero no puede imponerse sobre la elección de los demás ni decidir por ellos. Hasta en las cuestiones del amor, la libertad es necesaria. También lo es en la vocación (Quintanilla, 2007).

La libertad de elegir, esto es lo que Vasconcelos reclamó en nombre de su generación en la conferencia intitulada “Gabino Barreda y las ideas contemporáneas” que impartió en septiembre de 1910 para cerrar el programa organizado por el Ateneo de la Juventud en los festejos por el centenario del inicio de la Independencia de México. Su punto de partida fue original: la doctrina que solamente crea sectarios y convencidos mata la espontaneidad y anula otras vidas. Por lo tanto, la crítica es la mejor manera de honrar a los maestros. Si ellos pudieran mirar a las nuevas generaciones, mostrarían predilección orgullosa hacia quienes expanden sus enseñanzas o las reniegan. La preservación de la memoria consiste, ante todo, en ofrecer ideas divergentes (Vasconcelos, 1962a:97-113).

Sin referirse de manera directa a la situación política, cuyo centro estaba en las elecciones presidenciales y la inconformidad de Madero ante la reelección de Porfirio Díaz, Vasconcelos tocó un tema esencial: el de la imposición y su contrario, el derecho de los individuos a elegir y el deber de comprometerse con los resultados de su elección. Los reformadores liberales, y después los positivistas ortodoxos, habían tratado de imponer principios y normas sin preguntarse cómo era que los demás comprendían al universo. En eso consistía la dictadura: en la limitación de la posibilidad de elegir mediante la selección arbitraria de las experiencias vitales, de los recursos intelectuales y de las normas cívicas para desarrollar el pensamiento.

Vasconcelos tenía apenas 28 años de edad, nueve más que Reyes, el benjamín del grupo, y siete menos del límite para optar en la actualidad por una beca de joven creador. Ejercía la profesión de abogado, para la cual se formó en la Escuela Nacional de Jurisprudencia, e iniciaba su trayectoria como filósofo y político oposicionista. Su tesis de licenciatura, una lectura del Derecho desde la perspectiva de Baruch Spinoza, circulaba por entregas en la Revista Positiva, el órgano de difusión del positivismo ortodoxo en México. En 1909, tras conocer personalmente a Madero en un despacho en los altos del International Bank, en la calle Isabel la Católica de la Ciudad de México, participó en los preparativos del Centro Antirreeleccionista de México, cuyo eje era el sufragio efectivo y la no reelección. Fue el segundo director del periódico El Antireeleccionista, financiado por la familia Madero, en cuyas páginas publicó artículos políticos y culturales. Cuando el diario fue clausurado y las rotativas requisadas, huyó de la capital. Si bien no participó en el movimiento armado que desembocó en la renuncia de Porfirio Díaz, él fue una pieza clave en la incorporación del sector “determinante” del Ateneo de la Juventud en la tarea reconstructiva del gobierno maderista y la transformación de esta asociación en Ateneo de México, del cual se derivó la creación de la Universidad Popular Mexicana (Quintanilla, 2009: 35-148).

Es probable que quienes conocieron en persona a Vasconcelos en aquella época sintieran el desconcierto de quienes estudiamos su vida y su obra. Que ambas hayan trascendido no solo sus contradicciones, sino también la censura, la exaltación y el silencio, debería ser un motivo para continuar la polémica sostenida durante más de un siglo en los ámbitos educativo e intelectual. Debería ser también un llamado de atención a las autoridades educativas y una señal de alarma entre los humanistas, creadores, pedagogos y maestros, por la indiferencia hacia Vasconcelos en el discurso de la reforma educativa en marcha y la discusión en torno a la reciente creación de la Secretaría de Cultura, la cual separó, al menos administrativamente, dos partes indisolubles de un todo.

El secretario Aurelio Nuño Mayer ha ubicado como referente temporal del nuevo modelo educativo lo acontecido “setenta años atrás”. Esto nos lleva a 1946, cuando finalizó el periodo presidencial de Manuel Ávila Camacho e inició el de Miguel Alemán Valdés. Y también al año en el que concluyó la primera gestión de Jaime Torres Bodet al frente de la Secretaría en cuyo nacimiento participó. En 1920, Torres Bodet, de 19 años de edad, renunció a un viaje a Francia para aceptar el cargo de secretario de la Escuela Nacional Preparatoria, de la que había egresado dos años antes. En marzo de 1921, el entonces rector Vasconcelos escogería al muchacho para que fungiera como su secretario particular y, un poco más tarde, de jefe del Departamento de Bibliotecas de la SEP. Si bien Vasconcelos no dejó constancia escrita del porqué de la elección, se dice que públicamente afirmó que siempre le había preocupado la opinión de los poetas (Zertuche, 2011: 33-54). Con el tiempo, el poeta, ensayista, diplomático y memorialista Torres Bodet sería el segundo, precedido por Vasconcelos, gran reformador de la educación pública en México (Cowart, 1966). Antes de su segunda gestión al frente de la SEP, fue secretario general de la Unesco (1948-1952).

Es factible que la desafortunada cuenta regresiva de Nuño, la cual remite a un secretario del ramo que nadie recuerda, Manuel Gual Vidal, y a una época descolorida en el campo educativo, haya sido un equívoco de la memoria. Lo enojoso es que la propia SEP, que de acuerdo con Pablo Latapí debería ser el crisol intelectual del país, vaya a contracorriente de la recreación narrativa, la reconstrucción historiográfica y la memoria mediata de varias cohortes de México y del extranjero. Si, como afirma Latapí, “La historia de las filosofías educativas es como un pequeño espejo de la larga sucesión de los ideales humanos, imágenes que nuestra especie se ha ido forjando de sus posibilidades” (Latapí y Quintanilla, 2009:44), entonces habría que mirar, con todas sus deformidades, el reflejo de Vasconcelos.

En su último recorrido por la trayectoria del pensamiento filosófico, Latapí concluyó que “la humanidad nunca antes había sido tan estúpida como para proponerse ser perfecta”. Asimismo, advirtió que el concepto de calidad, hoy elevado a rango constitucional, comenzó a figurar en el pensamiento educativo hace solo tres décadas, y con el peor de sus posibles significados. Los traficantes de la excelencia, concluye el autor, “suelen vender, en un solo paquete, los secretos de discutibles habilidades lucrativas, la psicología barata de la autoestima y los trucos infantiles de una didáctica de la eficacia” (Latapí y Quintanilla, 2009:44).

Latapí antepone al principio de la excelencia el de la vulnerabilidad y la imperfección. Reivindica una concepción de la vida como un ir y venir entre el anhelo y la desilusión, con instantes luminosos aun en temporadas de oscuridad. Si, según sus palabras, “los educadores transmitimos lo que somos, lo que hemos vivido” (Latapí y Quintanilla, 2009:45), entonces Vasconcelos fue, es y será un gran educador. Si bien es improbable que sus enseñanzas se diluyan en la ignorancia de los gobernantes del ahora y en los nuevos dogmas de la academia, es necesario decir que Vasconcelos importa porque en él se conjuga todo lo humano. Su historia, pensamiento y leyenda, en rehechura constante, forman parte de un caudal forjado socialmente y del que ningún sector puede subrogarse como beneficiario exclusivo. Sin ánimo de predicción, Paz concluyó en 1941 su texto sobre Vasconcelos con una visión al futuro que aún sigue vigente:

Pasará el tiempo y de su obra quedarán, quizá, unas enormes ruinas, que mueven el ánimo a la compasión de la grandeza y, ¿por qué no?, alguna humilde, pequeña veta, linfa de agua pura, viviente, eterna: la de su ternura, la de su humanidad. Su autenticidad, tanto como su grandeza, es testimonio de su viril, tierna, apasionada condición, y esta condición es lo que amamos en él, por encima de todo (Paz, 1988:198).

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1La antorcha, ilustración de Roberto Montenegro para la portada de la revista con el mismo nombre (creada por José Vasconcelos en 1924), fue realizada mediante técnica mixta. Mide 32x32 cm y fue impresa por Talleres Gráficos de la Nación.

2En la sección de Hemerografía establecida por Claude Fell en el apartado “Bibliografía” localicé 136 impresos de Vasconcelos relacionados de forma directa con temas educativos.

3La Editorial Trillas ha publicado 22 volúmenes en su colección Biblioteca Vasconcelos.

Recibido: 03 de Octubre de 2017; Aprobado: 17 de Octubre de 2017

Autor para correspondencia: Susana Quintanilla, email: quintanilla.susana@gmail.com

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