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Revista mexicana de investigación educativa

versão impressa ISSN 1405-6666

RMIE vol.16 no.48 México jan./mar. 2011

 

Investigación

 

"Difundir la instrucción de una manera agradable": Historia natural y geografía en revistas femeninas de México, 1840–18551

 

"Spreading Instruction in a Pleasant Manner": Natural History and Geography in the Women's Magazines of Mexico, 1840–1855

 

Rodrigo Vega

 

Profesor de la Facultad de Filosofía y Letras de la Universidad Nacional Autónoma de México. Circuito Interior de Ciudad Universitaria, s/n, 04510, México, DF. CE: rodrigo.vegayortega@hotmail.com Este trabajo fue producto de las tesis de licenciatura en Historia: Instruir, entretener y moralizar. La divulgación de la historia natural y la geografía en las revistas femeninas de México (1840–1855), presentada en 2009.

 

Artículo recibido: 16 de marzo de 2010
Dictaminado: 16 de junio de 2010
Segunda versión: 30 junio de 2010
Aceptado: 5 de julio de 2010

 

Resumen

En México, en el periodo 1840–1855, aparecen publicaciones dirigidas al público femenino donde se tratan, entre otros temas, la divulgación de la historia natural y la geografía. Las revistas fueron el Semanario de las señoritas mejicanas. Educación científica, moral y literaria del bello sexo (1840–1842); el Panorama de las señoritas. Periódico pintoresco, científico y literario (1842); El presente amistoso. Dedicado a las señoritas mexicanas por Cumplido (1847); La semana de las señoritas mejicanas (1851); y La camelia. Semanario de literatura, variedades, teatros, modas, etc. Dedicado a las señoritas mejicanas (1853). Todas se utilizaron para reforzar el rol tradicional de las mexicanas a través de la instrucción científica femenina.

Palabras clave: prensa, divulgación científica, análisis del discurso, historia de la educación, México.

 

Abstract

During the period from 1840 to 1855, publications for women appeared in Mexico. Among other topics, they covered natural history and geography. The magazines were entitled Semanario de las señoritas mejicanas. Educación científica, moral y literaria del bello sexo (1840–1842); Panorama de las señoritas. Periódico pintoresco, científico y literario (1842); El presente amistoso. Dedicado a las señoritas mexicanas por Cumplido (1847); La semana de las señoritas mejicanas (1851); and La camelia. Semanario de literatura, variedades, teatros, modas, etc. Dedicado a las señoritas mejicanas (1853). All of them were used to reinforce the traditional role of Mexican women through scientific instruction for women.

Keywords: press, scientific dissemination, analysis of discourse, history of education, Mexico.

 

Introducción

Entre las décadas de 1840 y 1850, las mujeres mexicanas tuvieron a su alcance revistas literarias y femeninas donde se abordaba un conocimiento cultural heterogéneo constituido por literatura, música, historia, medicina, historia natural, farmacia y geografía. De entre todo este bagaje, la divulgación de la historia natural y la geografía ocupó un lugar destacado en secciones como "Miscelánea" y "Variedades", pues ponía en contacto a las lectoras con las distintas riquezas naturales de México y del mundo.

En el siglo XIX, la historia natural era entendida como la ciencia dedicada al estudio y descripción de los reinos animal, vegetal y mineral; constaba, entre otros aspectos, de estudios anatómicos, fisiológicos, datos curiosos, utilidad económica y social, nombre vulgar y científico, propiedades médicas y ciclos de vida de animales y plantas, además del aprovechamiento económico y las características físicas y químicas de los minerales. Mientras que la geografía era la ciencia que describía al planeta Tierra en términos físicos, políticos y humanos; se estudiaba la superficie terrestre, la orografía, la hidrografía, la oceanografía, entre otras cuestiones. Lo político abarcaba lo relativo a los países y colonias del mundo en cuanto a su forma de gobierno y su extensión territorial, y lo humano se refería a producción económica, cuestiones demográficas, estadísticas comerciales, medios de transporte, etcétera, que daban cuenta de la población del orbe.

Para reforzar el rol tradicional de la mujer mexicana, a través de la instrucción científica femenina,2 surgen notas de historia natural y geografía en revistas femeninas como el Semanario de las señoritas mejicanas. Educación científica, moral y literaria del bello sexo (1840–1842); Panorama de las señoritas. Periódico pintoresco, científico y literario (1842); El presente amistoso. Dedicado a las señoritas mexicanas por Cumplido (1847); La semana de las señoritas mejicanas (1851) y La camelia. Semanario de literatura, variedades, teatros, modas, etc. Dedicado a las señoritas mejicanas (1853).

El "bello sexo" estaba hecho para hacerse cargo de la familia y no de los asuntos públicos, terreno propio de los varones. Éstos eran la figura de autoridad dentro del hogar, imbuidos en la vida pública del país, proveedores del sustento familiar a través del trabajo, cercanos a la instrucción superior y con la seguridad para expresar su opinión sobre cualquier tema. Ambos, según su lugar en la sociedad, educarían "felizmente" a las nuevas generaciones.

Todas estas revistas, editadas en la capital de la república mexicana,3 tuvieron en común haber publicado artículos de divulgación expuestos en forma didáctica y agradable,4 con un lenguaje sencillo y asequible a las no iniciadas en los cánones científicos del momento; consistió en un esfuerzo por orientarlas en la importancia del desarrollo científico nacional; e instruirlas en algunas nociones básicas de la ciencia.

Varios historiadores se han acercado al tema de las revistas femeninas de México en el siglo XIX y sus lectoras, sin embargo son escasas las investigaciones que se han adentrado únicamente en los contenidos científicos. Entre otros, han investigado el tema de la educación femenina en el siglo XIX: Lourdes Alvarado, Montserrat Galí, Dorothy Tanck, Anne Staples y Cecilia Alfaro. En cuanto a las revistas literarias como medios de divulgación de la alta cultura durante el siglo XIX en nuestro país, resaltan los trabajos de Laura Suárez de la Torre, Miguel Ángel Castro, Guadalupe Curiel, Carlos Illades, María del Carmen Ruiz Castañeda, José Ortiz Monasterio, Brian Connaughton, María Esther Pérez Salas, Lilia Vieyra, Pablo Mora, Lucrecia Infante, Lilia Granillo, Alfonso Rodríguez Arias y Tomás Pérez Vejo. Todos ellos han señalado que la prensa mexicana en las primeras décadas de vida independiente fue fundamental en la construcción de la identidad de la sociedad mexicana, pero sin enfatizar los contenidos científicos presentes en ella.

Han abordado, entre otros, el desarrollo de la práctica naturalista decimonónica en nuestro país Luz Fernanda Azuela, Leonel Rodríguez, Consuelo Cuevas y Rafael Guevara. Acerca de la geografía en el siglo XIX mexicano han escrito Patricia Gómez Rey, Omar Moncada, María Lozano, Luz Fernanda Azuela, Luz María Tamayo y Leonel Rodríguez, aunque no se centraron específicamente en el público femenino.

La aportación de la investigación radica en abordar la divulgación de la historia natural y la geografía en las revistas literarias que tuvieron como público a las lectoras de clases media y alta de las décadas de 1840 y 1850. Dicha circulación del conocimiento científico fue parte de los esfuerzos por construir una representación de las riquezas naturales y del territorio mexicano, necesaria para encaminar los proyectos económicos y políticos que demandaba la sociedad mexicana.

 

La prensa femenina de México, 1840–1855

Durante la primera mitad del siglo XIX, las mujeres en México no tuvieron acceso a la instrucción formal y, por ello, el peso de la educación informal fue tan grande a través de prácticas sociales como prensa, teatro, paseos públicos, cafés, literatura y sociedades literarias, entre otros espacios, así como la familia y la parroquia. En este entorno, la prensa femenina "cobra singular significación, ya que el deficiente y en muchos casos inexistente sistema escolarizado para el 'sexo débil', convirtió a periódicos y revistas [...] en un medio informativo y educativo de primer orden", puesto que las acercó a la cultura europea y las hizo conscientes de algunos de los problemas locales que vivían (Alvarado, 2002:268).

De acuerdo con Alfonso Rodríguez, durante las décadas de los cuarenta y principios de los cincuenta aumentó el número de publicaciones destinadas a la mujer mexicana y, como consecuencia, se consolidó la presencia cada vez más firme de este grupo de lectores (Rodríguez, 2001:360). Los contenidos de las revistas femeninas fueron escritos recreativos, basados en una exposición narrativa agradable y un vocabulario sencillo, y apelaban al deleite de aquellas mujeres que ocupaban algunas de sus horas semanales a esta lectura.

Como parte del cultivo de las lecturas y para la felicidad pública, la divulgación de las ciencias "útiles", como la historia natural y la geografía, fue imprescindible en las revistas femeninas, ya que la circulación del conocimiento en sus páginas constituyó uno de los recursos que las mexicanas tuvieron para educarse, instruirse y entretenerse. En este sentido, su lectura tuvo distintos fines y formas propuestos por los editores: agradable, para el ocio y para la instrucción, llevadas a cabo tanto en voz alta como en silencio. Lilia Granillo caracteriza a estas revistas como empresas editoriales "que requirieron de mucha inversión, y fueron, en realidad, empresas de corta duración. Editorialmente hablando, estas publicaciones periódicas duraron entre uno y tres años. Su aparición fue esporádica y riesgosa" (Granillo, 2001:72). Se difundieron mediante entregas que podían ser semanales o quincenales, la mayoría de las veces se encuadernaban en volúmenes que poco diferían de los libros, ya que contaban con foliatura progresiva (Ruiz, 1999:9).

Entre 1840 y 1855 se ensayó en México, por primera vez, el mercado del impreso femenino, ya que se retomó la experiencia de las lectoras europeas y estadounidenses, lo que generó el interés de algunos editores que, ante la falta de escuelas formales para mujeres, lo concibieron como un buen negocio (Infante, 2005:187). El público se conformó por jefes de familia interesados en que las mujeres adquirieran ciertos conocimientos y otro grupo que abarcó a mujeres atraídas por todo tipo de lectura, en particular la "dedicada a su sexo", con temas como moral, aspectos familiares, economía doméstica y moda.

En el caso de las revistas femeninas, los títulos de los artículos permiten darse una buena idea de la tendencia de aquellos años. Los temas destinados a estas mujeres mexicanas, en especial las que ahora podríamos entender como pertenecientes a las clases media y alta, pueden agruparse en lecturas de instrucción, entretenimiento y moralización en términos de economía doméstica, religión y moral, geografía, historia, medicina, historia natural, además de partituras musicales, lecciones de dibujo, obras de teatro, poesías, figurines de moda y literatura de varios tipos.

Resulta necesario indicar que las lectoras mexicanas en general pertenecían a un entorno familiar —esposas, madres o hijas—, dependientes en términos económicos de una figura masculina pues ninguna trabajaba fuera del hogar, y aunque varias contaban con recursos económicos heredados o adquiridos como dote, éstos eran administrados por el cónyuge; tenían a su alrededor servidumbre que llevaba a cabo todas o casi todas las tareas del hogar; vivían en espacios urbanos de varias habitaciones; sabían leer y escribir desde pequeñas, pues habían asistido a escuelas de primeras letras como las "Amigas" y varias contaron en su adolescencia con instructores privados; en distinto grado, casi todas tenían el dinero suficiente para adquirir objetos de lujo, como joyas, vestidos, relojes, cristalería, muebles, libros, revistas o pinturas; las de mayor rango social estaban habituadas a emprender viajes por el país y el extranjero, pero siempre acompañadas de algún familiar o el esposo; también acostumbran asistir a diversos eventos sociales como bailes, tertulias, paseos o funciones de teatro y ópera; los cónyuges, casi siempre, fueron profesionistas, políticos, comerciantes, hacendados, empresarios o militares.

En este periodo cronológico entre quienes colaboraron con estas cinco revistas mencionadas podemos mencionar a José María Lacunza, Ignacio Sierra y Rosso, Antonio García Gutiérrez, Ignacio Rodríguez Galván, Guillermo Prieto, Luis Martínez de Castro, Félix María Escalante, Niceto de Zamacois, Alejandro Arango y Escandón, Casimiro del Collado, Fernando Orozco y Berra, José Sebastián Segura, Alejandro Rivero, Ramón Isaac Alcaraz, Francisco González Bocanegra, Eligio Villamar, José Rivera y Río, Emilio Rey, Pablo I. Villaseñor, Francisco Zarco, José María Vigil, Manuel Carpio, José Justo Gómez de la Cortina, José Joaquín Pesado, Luis de la Rosa y Mariano Esteva y Ulíbarri y Marcos Arróniz. Todos ellos ya habían adquirido una buena reputación literaria desde varios años atrás, pues habían sido colaboradores en revistas como El museo mexicano (1843–1846), El ateneo mexicano (1844–1845), la Revista científica y literaria de Méjico (1845–1846) o La ilustración mexicana (1850–1855), entre muchas otras editadas en la Ciudad de México.

 

Las lectoras mexicanas, 1840–1855

Las lectoras de los impresos decimonónicos fueron, como señala Montserrat Galí, de clases media y alta, puesto que no trabajaban fuera de su hogar, y dentro de él dedicaban pocas horas a las tareas domésticas al contar con servidumbre a su disposición. En su rutina primero disponían las tareas diarias de la servidumbre, para luego dedicar varias horas a labores de bordado y costura (Galí, 2002:96).

Estas mujeres contaban con tiempo libre a lo largo de la semana, y por ello, se dedicaban a la lectura y al cultivo de habilidades intelectuales como idiomas, artes plásticas y nociones elementales de historia, música, geografía e historia natural a través de preceptores particulares. Esta moda en la instrucción femenina del siglo XIX se encontraba dentro del ámbito de lo privado, ya que al entronizarse como valor de la vida burguesa, enclaustraba a la mujer, a quien se le convirtió en garante del funcionamiento de la célula familiar (Galí, 2002:96).

En el siglo XIX lo común era la lectura en voz alta —ya fuera en el hogar, escuelas, tertulias, cafés, paseos y visitas— de manera que era un acto colectivo, de socialización, especial de las mujeres; Ortiz Monasterio (2005:60) afirma: "[esta lectura] jugó un papel enorme la costumbre de leer en voz alta, no sólo para que los pobres y los analfabetos accedieran a los impresos, sino porque esta manera de leer implica una experiencia muy distinta de la lectura en solitario". Puede suponerse que se reunirían en una sala o en un café a leer, en voz alta, las publicaciones y luego conversar sobre ellas.

 

El "bello sexo" de editores, impresores y redactores, 1840–1855

En las primeras páginas de las cinco revistas analizadas es posible observar la idea que tuvieron los redactores, impresores y articulistas acerca del potencial mercado de lectoras. Del Semanario de las señoritas mejicanas, la primera publicación, sus editores anunciaron en su "Prospecto" que:

[...] los más bellos sistemas de felicidad pública y las teoría más halagüeñas sobre el bienestar de una nación, jamás podrán realizarse siempre que en ellos se excluya, por así decirlo, a la mitad de la población de los progresos y de las mejoras sociales. De la educación o perfección de la mujer depende casi siempre la ventura o desgracia de las familias, y jamás podrá disfrutarse de los goces sociales cuando sólo se encuentre la ignorancia y el infortunio en el hogar doméstico (Editores, 1840:2).

Los conocimientos que se pensaba difundir "de una manera agradable" a las lectoras eran física, astronomía, geografía, historia natural y viajes, todos ellos de cuño secular y base de la formación ilustrada necesaria para todos los mexicanos pues los Editores (1840:4) consideraban que eran las mujeres quienes educaban a los buenos ciudadanos.

En la "Introducción" del Panorama de las señoritas. Periódico pintoresco, científico y literario se mostró el perfil de sus lectoras: aquella que no buscaba una producción científica ni una compilación de filosofía, que no pensaba en ocuparse de las cosas públicas ni se interesaba por lecciones de ningún género (García Torres, 1842:2). Los editores procuraron mantener la representación tradicional de las "señoritas como hermosas, como madres, como amantes o esposas, como amigas y consoladoras; [a quienes iban a proporcionar] un libro de puro entretenimiento"; que no las fastidiara sino que, al contrario, les sirviera de distracción en sus ocios (García Torres, 1842:2).

Ignacio Cumplido (1851:II), editor del Presente amistoso..., anunciaba que la revista tenía el objeto de "recrear los espíritus, difundir la instrucción de una manera agradable y dar a conocer los adelantos de la literatura" entre las damas mexicanas. Las lectoras encontrarían una gran variedad de textos agradables y entretenidos, sin que hubiera escenas inmorales o desagradables, evitando así algunos de los "peligros" de la lectura. Desde la planeación de la revista, los editores tuvieron en mente la moralización femenina a través de sus páginas.

Los redactores de La Camelia expresaron en la "Introducción" que el plan temático se componía de: literatura, variedades, teatros, modas, y folletín. Asimismo, música, recetas de cocina y tocador, y manualidades. De la literatura dejaron claro que:

[...] algunos creen que consiste sólo en las novelas y versos, los que tal piensan se equivocan mucho, pues su dominio está más extendido, comprendiéndose en aquella palabra todas las ciencias, todos los conocimientos de que es capaz el entendimiento humano [...] La historia, la geografía, la física, la química [...] no llenaremos las páginas de La Camelia con disertaciones áridas, que fatigarían su imaginación, porque de ese modo trabajaríamos sin fruto; nuestro objeto es instruir distrayendo, y para conseguirlo, daremos una serie de lecciones, cortas, sencillas y divertidas, que sin causar a nuestras lectoras el fastidio de una disertación académica llena de términos oscuros, formen en ellas el cimiento de una verdadera instrucción [...] darles a conocer aquellos puntos esenciales, y aplicables a sus circunstancias (Redactores, 1853:4).

Los editores consideraban a sus lectoras, como parte del modelo familiar de las clases media y alta, cuyas funciones eran ser hija, hermana, esposa o madre. Asimismo, las mujeres daban sustento, en tanto garante insustituible y fundamental, a dicho modelo tradicional de la sociedad mexicana. En el periodo 1840–1855 estas mujeres, sobre todo de los centros urbanos como la Ciudad de México, fueron asiduas lectoras, en especial de las revistas femeninas. La popularidad de las publicaciones, y su consecuente mercado de venta, tuvo como elemento indispensable la progresiva alfabetización de la población femenina que se remontó al siglo XVIII, cuando el pensamiento ilustrado reforzó el papel de la lectura como un apreciado valor cultural. En este sentido, las revistas femeninas publicadas entre 1840 y 1855 fueron un medio propicio para la circulación de todo tipo de conocimiento, como el geográfico y naturalista, que se nutrió las corrientes ilustrada y romántica para acercar a las mujeres el proyecto cultural de delinear la nación mexicana.

 

Historia natural e instrucción científica del "bello sexo"

El objetivo que se encuentra en estas publicaciones sobre la historia natural es el de "difundir la instrucción de una manera agradable". Comenzaremos con el Semanario de las señoritas mejicanas porque fue el primero en publicar la serie titulada "Ciencias. Introducción a la Historia Natural" y en definir, de una manera clara, las ciencias físicas o naturales que tenían por objeto "el estudio de los cuerpos, cuyo conjunto [constituía] al universo; mas para llegar a determinar estos cuerpos, para conocer las causas de los diferentes fenómenos que [presentaban] y los varios puntos de vista en que [podían] considerarse" había sido necesario subdividir a estas ciencias en varias ramas, de acuerdo con su objeto de estudio específico, sin que esto significara la ausencia de relación entre ellas (Anónimo, 1840a:185).

El anónimo autor definió a la historia natural como la ciencia física que tiene por objeto dar a conocer la forma, estructura, modo de existir de los cuerpos y las relaciones que pueden establecerse dentro de ellos, tomando en cuenta a lo orgánico, representado por los reinos vegetal y animal, y lo inorgánico compuesto por el reino mineral. En el texto se reconoce que los animales y las plantas tienen como característica común la constitución celular, definida como la textura de los organelos compuestos de un número considerable de celdillas bañadas por líquidos (Anónimo, 1840a:190). Otra similitud es que ambos "toman origen en seres de su especie, o lo que es lo mismo, son semejantes e idénticos, si se consideran su estructura, configuración y organización"; es decir, una población de seres vivos de una especie originará a otros semejantes mediante la reproducción sexual (Anónimo, 1840a:191).

Los cuerpos inorgánicos, propios del reino mineral, fueron definidos como una masa inerte, que aumenta de volumen y es capaz de adquirir un desarrollo ilimitado "hasta que una causa accidental viene a poner término a su incremento [...] está enteramente bajo la dependencia de las causas físicas y químicas" (Anónimo, 1840a:186). El estímulo a la práctica naturalista fue recalcado por el autor debido a su relevancia práctica para el ser humano, ya que de la naturaleza:

[...] toma el hombre materiales para construir templos que levanta a la Divinidad, los anfiteatros destinados a la ciencia, los hospitales consagrados al dolor, el hierro que cultiva sus campos, y los metales que, dóciles en manos de la artista, se labran de mil maneras diversas para embellecer y adornar nuestras moradas. Del reino vegetal y animal obtiene el hombre alimento, los vestidos con que se cubre, las simples y varias preparaciones que le prescribe el arte médico para restaurar su salud menoscabada por los años, o para proteger su existencia amenazada por las enfermedades (Anónimo, 1840a:192).

De esta manera, se dio a las lectoras una caracterización de la historia natural que se practicaba durante la primera parte del siglo XIX, no solamente definiendo sus objetos de estudio y divisiones, sino que también se subrayó la importancia de su fomento en las sociedades modernas.

En la misma revista apareció el texto "Zoología. Anatomía y Fisiología", donde se retoman cuestiones anteriores, pero ahora el autor se ocupó de ámbitos más especializados como la anatomía y la fisiología de los animales. El artículo inicia definiendo a la anatomía como "la ciencia que aísla las partes del ser viviente para estudiarlas separadamente bajo los puntos de vista de su estructura, configuración e importancia relativa en el organismo animal" (Anónimo, 1840b:225). El cuerpo de todo animal, explicaba el autor, está compuesto de agrupaciones de células, llamadas láminas, que constituyen los diversos tejidos. Así, el tejido celular implica un número infinito de láminas irregulares, que se cruzan entre sí, formando cavidades para comunicarse unas con otras y están bañadas de una materia viscosa a la cual los científicos llaman gelatina (Anónimo, 1840b:226). Esta afirmación se encuentra a tono con los postulados de la época como la teoría celular desarrollada por Theodor Schwann (1810–1882) y Matthias Schleiden (1804–1881) propuesta en obras como Investigaciones microscópicas sobre la concordancia de la estructura y el crecimiento de las plantas y los animales (1839). En ella se asentaron principios generales como el que todos los seres vivos están compuestos por células. Así, las teorías naturalistas en boga en la primera mitad del siglo XIX circularon entre las lectoras mexicanas en los mismos años de su discusión en los centros científicos de Europa.

Se explicaba que la historia natural, en términos fisiológicos, dividía a las plantas y animales por sus funciones porque ambos están constituidos por ellas y comparten la reproducción y la nutrición, mientras que los animales son los únicos que tienen locomoción y sensibilidad (Anónimo, 1840b:230). En términos generales, el autor menciona que las funciones de la nutrición son: alimentación, digestión, respiración, absorción y circulación. Y las de la reproducción son: secreción, concepción y excreción. La sensibilidad funciona a través de diferentes órganos, como los cinco sentidos en el caso de los mamíferos. La locomoción, de la que carecen ciertos animales, se realiza mediante las extremidades, como pueden ser patas, alas, tentáculos o aletas (Anónimo, 1840b:231). Las lectoras recibían nociones generales de historia natural, en cuanto al funcionamiento de los seres vivos, basadas en los descubrimientos más novedosos producidos en los laboratorios de Europa y Estados Unidos.

El tercer texto fue sobre "Botánica", escrito por Isidro Rafael Gondra, el responsable del Semanario de las señoritas mejicanas... y conservador del Museo Nacional. En este escrito —bajo las iniciales IG— se definió a la botánica como:

[...] la ciencia metódica que se ocupa del reino vegetal, desde la planta que sólo el microscopio puede ofrecer a la vista, hasta la majestuosa encina y el ahuehuete colosal; esta ciencia abraza no sólo el conocimiento de las plantas, sino los medios de adquirir este conocimiento de las plantas, ya por medio de un sistema que las sujeta a una clasificación artificial, o ya de un método que las coordina en sus relaciones naturales (IG, 1840a:249).

Además, Gondra enfatizaba que el estudio de la botánica era de suma importancia, puesto que con ella se desarrollaban la agricultura, la medicina, la economía rural y doméstica, tan necesarias para el progreso de la sociedad mexicana. En este sentido, el autor afirmaba que, en la década de 1840, ya no era una ciencia cultivada únicamente por los sabios naturalistas, ya que crecía su importancia como parte:

[..] de la educación general y todos encuentran en ella aquel placer que acompaña al que se entrega a sus distracciones; y que distante del fastidio nunca se amarga por los remordimientos [...] Ver, estudiar, seguir a la naturaleza paso a paso, admirar su sagacidad, fecundidad y sencillez, aprender a saber o al menos a contar sobre algo cierto (IG, 1840a:250).

Las mujeres podían "ver, estudiar y seguir paso a paso" al reino vegetal desde sus hogares o en los campos vecinos de los centros urbanos, donde se desplegaba la gran variedad de plantas mexicanas. Esta afirmación de Gondra estaba a tono con los paseos campiranos tan de moda durante 1840–1855.

Don Isidro Rafael incitaba a las lectoras al estudio y disfrute de la botánica, en especial de las flores, puesto que "no puede haber para el bello sexo un estudio más lleno de interés ni acceso más conveniente que el de las flores" (IG, 1840a:251). Las mujeres podrían aplicar los conocimientos botánicos a su vida diaria como las infusiones en remedios caseros, la elaboración de perfumes, las diferentes especias en los guisados o las flores naturales en el tocado y el peinado para tertulias y paseos. También facilitaría la práctica ortodoxa de las etiquetas, clasificación y nomenclatura botánica, de la que no podía prescindirse y que podrían realizar en las salidas al campo (IG, 1840a:255).

Dos ejemplos de escritos sobre especies botánicas se encuentran en La semana de las señoritas mejicanas, incluyen términos botánicos apegados a los cánones científicos de la época. El primero trata sobre el toloache, llamado Datura stramoniun por los botánicos. Cabe destacar que el autor utilizó tanto el nombre vulgar como el científico, y no sólo el primero como en la mayoría de los ejemplos ya referidos. Luego menciona su distribución geográfica, pues era una planta indígena de la América meridional, pero se daba en abundancia y crecía silvestre en México. Prosigue mencionando sus usos y propiedades, pues "esta planta es uno de los más peligrosos entre los narcóticos vegetales [...] pues el jugo del toloache casi siempre produce demencia cuando no destruye hasta la vida" (Anónimo, 1851:272).5 Este artículo es una advertencia contra su uso tradicional consistente en infusiones asociadas a la magia con fines "amorosos", y que tienen consecuencias anestésicas y alucinógenas dependiendo de la dosis.

De la cicuta menciona algo similar, ya que el Conium maculaium era considerada desde los tiempos más remotos una de las plantas más nocivas, ya que actúa como "un tósigo activo, y tomada interiormente produce delirio o trastorno cerebral pasajero, parálisis (relajación de los nervios y músculos) y ceguera" (RR, 1851:9). También indica algunas características de su ciclo de vida: planta bienal, que se criaba con abundancia en México y tenía mucha semejanza con el perejil. En cuanto a su anatomía, "sus flores están dispuestas en lo que se llama umbela, es decir en cierto número de pezones ó ramas que parten de un punto céntrico, cada uno de los cuales remata en otra serie menor de pezoncitos coronados con flores blancas" (RR, 1851:10), y la semilla es pequeña, plana por un lado y convexa por otro, y de color pardo cuando está madura. Esta descripción es propia de la historia natural de la época y no difiere de lo que se publicaba para la divulgación del conocimiento científico en revistas de la época.

Dentro de los datos curiosos, como los históricos o antropológicos, se menciona que con el fruto de la "especie de Datura preparan los indios de la América meridional una bebida llamada tonga" que utilizan en sus ritos religiosos (Anónimo, 1851:273). Y que la cicuta fue el veneno "con que murió Sócrates, [lo que] ha dado á esta planta una especie de celebridad universal" (RR, 1851:10). En ambos ejemplos, quienes escribieron los artículos dan por sentado que las lectoras tienen la cultura suficiente como para saber acerca del filósofo griego y la diversidad de grupos indígenas de México.

Tanto el artículo cuyo tema fue la cicuta como el que trató sobre el toloache, fueron escritos en términos científicos y mediante ejemplos claros. Ambos discutieron la química de las sustancias, su ciclo de vida, lo positivo y lo negativo de su consumo y ejemplificaron las consecuencias de su ingesta excesiva para la salud humana. Aunque breves, el lenguaje utilizado es similar al que apareció en escritos de revistas destinadas al público masculino de la misma época, como fueron "La tarántula" o "El pulpo" dentro de las páginas del Almacén Universal o "Metamorfosis de las plantas" y "Utilidad de los insectos" en El Museo Mexicano, por mencionar algunos.

 

Geografía e instrucción científica del bello sexo

Los escritos de geografía que tuvieron como meta "difundir la instrucción de una manera agradable" entre las mexicanas tiene como primer ejemplo a la serie publicada bajo la rúbrica de SC e Isidro Rafael Gondra en el Semanario de las señoritas mejicanas. Cabe mencionar que se incluyeron imágenes que facilitaron la comprensión de las explicaciones científicas, como los mapamundis. El primer artículo fue "Ciencias. Geografía", en el cual se explicitó el objetivo del escrito: compendiar lo más importante que debe saber una señorita "bien educada", sobre la geografía en general, y lo particular de cada uno de los países "civilizados". La propuesta didáctica de los autores estuvo acorde con la enseñanza de la época, pues partieron de lo general a lo particular, es decir, del planeta Tierra a las regiones del mundo.

A las lectoras se les definió sencillamente el objeto de la geografía como la descripción física de la Tierra, para lo cual resultaba necesario que tuvieran a la mano tratados y compendios en la materia, además de dibujos y cartas geográficas. Para que estuvieran familiarizadas con las herramientas propias de la práctica geográfica se explicó:

Las cartas geográficas representan la totalidad de la Tierra y se llaman mapamundi (carta del mundo); [...] y se denominan entonces cartas generales cuando abrazan una gran parte del mundo, una gran extensión de un país, o una nación entera, agregando el nombre del país que comprende y se dice por ejemplo, carta general de África, de la república mexicana o de Prusia. La carta de un Estado, se denomina corográfica, la de una ciudad o un pueblo, topográfica. Algunas cartas de una naturaleza especial, reciben nombres particulares, así se nombran cartas hidrográficas las que están destinadas para el uso de la marina, mineralógicas o zoológicas, las consagradas al estudio de las minerales o de los animales. Muchas cartas reunidas forman un atlas (SC, 1840:426).

En la vida social, la instrucción científica se consideraba valiosa para la conversación, las tertulias, las salidas al campo y los viajes al extranjero. La importancia de una cultura geográfica sería valorada cuando las lectoras asistieran a las tertulias o actos académicos de los establecimientos de instrucción, como el Colegio de Minería. Cuando se tocaran estas cuestiones, las damas estarían ya familiarizadas con los temas y conceptos de los oradores, mismos que podrían incluir en su conversación. Al respecto hay que recordar la preeminencia que se dio en esos años a la Carta General de la República Mexicana en los medios impresos, por lo que se esperaba que las mujeres contaran con una formación al respecto.

En correspondencia con el propósito mencionado, un segundo artículo de Gondra expuso las características principales de las cartas geográficas, para que cuando sus lectoras entraran en contacto directo con alguna, supieran interpretarlas adecuadamente. El trabajo inicia explicando la "escala" del mapa que tiene que ver con la relación entre el tamaño del globo y las partes que de él se representan. La escala quedaba indicada por la línea graduada impresa en uno de los ángulos de la carta. "Esta escala da el medio no sólo para valuar las distancias que separan los lugares, sino para saber también, en qué proporción está la extensión de la carta con la del país que representa" (IG, 1840b:451).

Don Isidro Rafael (IG, 1840b:453) recomendó a las lectoras que "gusten perfeccionarse en esta ciencia" la lectura del Catecismo de geografía universal para el uso de los establecimientos de instrucción pública de México (1837) 6 del general Juan Nepomuceno Almonte. Gondra enfatizó la necesidad de explicar cierto vocabulario geográfico indispensable, pues conocía la necesidad que tiene toda señorita bien educada para conversar con personas instruidas y para comprender la lectura de almanaques, catecismos y literatura en general. La explicación sobre los términos propios de la geografía fue expuesta sencillamente de la siguiente manera:

En la superficie la Tierra presenta desigualdades ofreciendo eminencias, llanuras o cavidades. Las alturas más elevadas se llaman montañas, las pequeñas que no llegan a quinientos pies de elevación se denominan colinas o cerros [...] Entre las montañas hay algunas llamadas volcanes que vomitan fuego y humo por una o más aberturas o bocas, que se denomina cráter [...] Los campos o llanuras son el espacio que en una considerable extensión está desprovisto de montañas, pero que sin embargo pueden encerrar algunas colinas, es decir, ondulaciones o estar cercados de terrenos inclinados llamados cuestas (IG, 1840b:454).

Como puede advertirse, el autor tenía en mente los típicos paseos que la sociedad mexicana llevaba a cabo por aquellos años, donde las lectoras podrían practicar los conocimientos adquiridos utilizando la terminología erudita como "montaña", "cráter" o "llanura" al referirse a accidentes geográficos como el Ajusco, el Volcán de Colima o Apam. Además, Gondra se propuso que sus lectoras adquirieran la habilidad de descifrar cualquier mapa, por ejemplo, los que se encontraban en la propia revista o en los manuales geográficos.

Otra serie de artículos referentes a la instrucción de las lectoras en el ámbito geográfico se encuentra en ocho lecciones publicadas en La Camelia y, de nuevo, la propuesta partió de lo general a lo particular. Las lecciones, tituladas genéricamente como "Geografía" estuvieron estructuradas a manera de diálogo. El autor, reconocido bajo la inicial "H" menciona al inicio de la primera lección que la manera más propicia para divulgar el conocimiento geográfico entre el público femenino era a través de conversaciones ficticias entre las señoritas mexicanas "Consuelo" y "Carmen", ávidas de conocimiento científico, y su mentor "Pedro". Cabe mencionar que dicho diálogo tenía lugar en el salón de la casa de ambas. Pedro inicia el diálogo justificando la necesidad de las conversaciones científicas de carácter instructivo, pues:

[...] el deseo que tienen de saber algo más de lo que se ha enseñado, hace que muchas veces emprenda yo la tarea de comunicarles algunos de los conocimientos que los años y el estudio me han proporcionado [...] Voy a transcribir aquí la conversación que tuvimos noches pasadas, porque creo que podrá ser de alguna utilidad para mis bellas y amables lectoras (H, 1853a:15).

El diálogo inicia con una duda surgida en la tertulia de unos parientes de las jóvenes. Sobre esto dice el autor:

CONSUELO: Pues contando con la bondad de usted, quiero que nos diga si es cierto lo que oímos la otra noche en casa de mis primas.

YO: ¿Qué fue?

CONSUELO: Que cuando en México son las seis de la mañana, en Roma son poco más o menos las seis de la tarde.

YO: Es muy cierto.

CARMEN: Nosotras comprendemos muy bien, pero no podemos figurarnos cómo es que el Sol alumbra al mismo tiempo diferentes puntos (H, 1853a: 15).

El mentor responde a la cuestión de una manera simple, explicando que la Tierra tiene forma esférica y la evidencia para aseverar esto es de índole práctica, ya que cuando uno se embarcaba, teniendo enfrente una montaña, como en el puerto de Veracruz veía desaparecer sucesivamente la falda y luego la cima, de manera que lo último que deja de verse es el punto más elevado de dicha montaña (H, 1853a: 16). Si el planeta fuese plano no se produciría este efecto, pues la montaña se vería cada vez más pequeña, pero completa, sin ocultarse ninguno de sus puntos. La forma esférica es justo la razón por la cual el Sol no ilumina al mismo tiempo diversos países. Pedro recomendó a sus pupilas que tomaran una bola de billar y la colocaran frente a una vela y verían "como sólo una mitad de ella está iluminada y la otra oscura. Pues lo mismo sucede con la Tierra respecto al Sol" (H, 1853a:16).

En la segunda lección Carmen se preguntó qué son los puntos cardinales y cómo se les puede ubicar en el campo. A esto responde Pedro que son cuatro colocados en cruz, y se llaman Norte o Septentrión, Sur o Medio día, Este u Oriente, Oeste u Occidente. De igual manera, recomienda que consigan una brújula, que probablemente tendría su padre o hermano. De este instrumento científico señala el autor que "la brújula, que sin duda conocen ustedes, y ya habían visto que la punta de la aguja mira siempre al Norte, aunque se haga dar muchas vueltas a la caja en que está contenida" (H, 1853b:40); así podrían ubicarse en cualquier punto del país.

En la sexta lección Carmen y Consuelo aprendieron que la Tierra se dividía en cinco partes: Europa, Asia, África, América y Oceanía. Pedro, mediante un mapa, señalaba a las dos señoritas que Europa se encontraba dividida políticamente en ochenta y dos Estados soberanos y nueve semi–soberanos. De los primeros había cuatro imperios, una monarquía lectiva eclesiástica, dieciséis reinos, siete grandes ducados, un electorado, once ducados, once principados, un landgraviato y 31 repúblicas. Y la población aproximada era de 229 millones 200 mil 1 habitante (H, 1853c: 185). Se abordó primero este continente debido a que se tenían más conocimientos de él; era el más desarrollado en el terreno geográfico y la sociedad mexicana tenía más contacto con éste, en términos económicos, diplomáticos, políticos y culturales. Esta serie de lecciones instruyeron a las mexicanas en el lenguaje y la terminología de la geografía científica del momento y les brindaron nociones generales del planeta en el que vivían y el lugar geográfico de México en el mundo.

En el artículo "Higiene", publicado en Panorama de las señoritas mejicanas, se explicaban las cuestiones referentes al clima. Entendido, en aquel entonces, como el espacio "que dejan entre sí dos círculos paralelos al Ecuador con una distancia al círculo del otro, que en el paralelo más próximo al polo el día mayor exceda en algo al día mayor en el paralelo más próximo al ecuador" (Anónimo, 1842:418). Las lecciones sobre climatología se consideraban importantes por su relación con la conducta humana y la vida social de toda nación, de acuerdo con las teorías del determinismo geográfico que privaron a lo largo del siglo XIX. El clima se dividía en cálido, frío y templado. Dicha clasificación residía en las mediciones realizadas sobre la temperatura y se creía el fenómeno de mayor influencia que en cada zona terrestre se experimenta.

Los diferentes climas del mundo se dividían de Norte a Sur en cinco zonas. La primera, la más cercana al polo, estaba formada por regiones sombrías caracterizadas por moles de hielo, pero durante el verano los días eran bastante largos. En la segunda zona "el estío es ardiente, largo y riguroso el invierno; la primavera y otoño desconocidos o muy cortos, sin formar estaciones a parte" (Anónimo, 1842: 419).

En la tercera zona había un invierno corto y riguroso, con primavera y otoño prolongados y distintos, por su temperatura moderada, de las otras dos estaciones, en países como Inglaterra, Bélgica, Prusia y Estados Unidos. La cuarta región era la más templada, "aunque las estaciones, por ser inconstantes, y los inviernos tan pronto benignos como rigurosos, ofrecen muchas temperaturas variables. Las demás estaciones son largas y distintas. Esta zona cae poco más o menos en el medio del hemisferio boreal, a distancia igual del ecuador y del polo" (Anónimo, 1842:419). En ella se encuentran Francia, Rusia meridional, Suiza y Austria.

La zona mediterránea y de cultura latina era la quinta región, con un clima en que "reina un gran calor; los inviernos son cortos, rara vez se observan heladas ni durables nieves; los estíos son secos y ardorosos, la primavera deliciosa" (Anónimo, 1842:419). Aquí se encontraban ubicadas, España, Italia, Grecia, el norte de África, Medio Oriente y parte de la América hispana.

La diferencia en las zonas climáticas, a decir del artículo, tenía como consecuencia la diferencia de razas, siendo la primera caucasiana, la segunda mogola, la tercera negra, la cuarta americana y la quinta la malaya. Al referirse a la diversidad racial, el anónimo autor se preguntaba si dichas razas: "¿son sólo modificaciones de una raza primitiva y única, o bien comenzaron desde el origen del mundo? Esta cuestión permanecerá todavía por mucho tiempo sin resolverse" (Anónimo, 1842:420). Dicha cuestión fue una de las más importantes que los científicos de la primera mitad del siglo XIX abordaron desde el ámbito geográfico, médico y naturalista.

Los climas cálidos, propios de ambos trópicos, "abarcan desde el Ecuador hasta los treinta grados de latitud austral o boreal", donde se ubicaban África, Medio Oriente, América hispana, Asia meridional, Nueva Guinea e infinidad de islas del Pacífico. Para el autor, el clima cálido, provocado por altas temperaturas, modificaba en el ser humano "el ejercicio de las funciones confiadas a cada uno de sus aparatos y órganos. La prueba de que estos atributos son propios de cada clima, se ve en que pueden variar pasando del uno al otro, retrocediendo luego al tipo primitivo cuando se experimenta de nuevo la influencia original" (Anónimo, 1842:420). En éste el apetito es débil, las digestiones son lánguidas, y la nutrición no está desempeñada con energía. Los movimientos del cuerpo son prontos y rápidos, "privativos" de los habitantes de estas tierras, como los mexicanos, imaginan con vivacidad y conciben grandes ideas sin tardanza, por ello la vida se "gasta", el corazón late más aprisa y menos tiempo. De ahí la propensión al reposo y la molicie de las sociedades de este clima.

Sucedía lo contrario en los climas templados, ya que "se disfruta la temperatura más suave y favorable para el ejercicio de las facultades intelectuales, y el desarrollo de las acciones físicas de los órganos, o llámese industria humana, resultado peregrino de estos dos atributos combinados y reunidos" (Anónimo, 1842:423). Los habitantes de tales regiones eran los más aptos para el desarrollo cultural, ya que eran vivos, ingeniosos y sagaces. En este clima la industria ha multiplicado los prodigios salidos de la mano del hombre, y las ciencias, las artes, la civilización, habían hecho los más estupendos progresos (Anónimo, 1842:424). Como puede advertirse en la reseña citada, los estudios climatológicos tenían el potencial de explicar el carácter de los habitantes, qué se podía esperar de ellos y cuál sería su desarrollo futuro mediante el análisis de los diferentes climas del país.

La instrucción geográfica divulgada en la prensa femenina brindó elementos de educación superior de los cuales las mexicanas no tuvieron acceso más a que a través del impreso, como manuales, catecismos, compendios y revistas. Los escritos instructivos, como los de Gondra, adentraron a las lectoras en la práctica geográfica de la época llevada a cabo en establecimientos como el Colegio de Minería y las pretendieron capacitar para comprender materiales científicos, como mapas y cartas, que habían estado hasta entonces reservados generalmente al público masculino.

 

Consideraciones finales

Los conocimientos naturalista y geográfico tuvieron un lugar en las páginas de las cinco revistas femeninas más importantes de los años 1840–1855. El análisis de éstas permite vislumbrar que bajo la propuesta de "la instrucción de una manera agradable", se difundió el imperativo ilustrado que pretendía hacer llegar la ciencia a todos los grupos sociales que compartieron los hombres interesados en el desarrollo de la nación.

En el material revisado del periodo 1840–1855 se perciben las plumas masculinas dirigidas a un grupo de mujeres lectoras, a quienes presumiblemente no les sería del todo ajeno el conocimiento científico, ya que debieron pensar en sus esposas, hermanas, hijas, madres, las numerosas viudas, es decir las mujeres de su círculo social.

De igual manera, durante las décadas de 1840 y 1850, la prensa en general, y la femenina en particular, contribuyó a mantener, a lo largo de sus páginas y de sus diferentes publicaciones, un rol para las mujeres que determinaba quiénes eran, cuál era su función social y qué se esperaba de ellas, es decir, salvo contadas excepciones, respetar su papel de esposas, madres, hijas y hermanas. Lo cual no significa que todas lo aceptaran sin más pero, definitivamente, los temas abordados recurrentemente apuntalaron dicha idea desde diversas perspectivas.

La constancia de la prensa femenina a lo largo del siglo XIX se debió a la existencia de un público regular fundado en la ampliación gradual de la alfabetización femenina, el incremento de las imprentas y la socialización de las mujeres de estratos medio y alto en espacios públicos como cafés, teatros, tertulias y paseos, típicos de la época. Mediante las páginas de las cinco revistas, numerosas mujeres debieron leer, ya fuera en la intimidad o en reuniones, las distintas plumas que intentaron instruirlas en los cánones de la ciencia moderna.

En los escritos de historia natural analizados resulta evidente la intención de divulgar de manera instructiva los estudios naturalistas, como los del toloache y la cicuta. Ambos se encuentran estructurados bajo cánones académicos presentes en revistas literarias para varones de las mismas décadas, pues dejan de lado los datos curiosos para enfocarse en la descripción y uso de ambas plantas. En cuanto al vocabulario naturalista que utilizan es diferente al de los textos; tal vez porque ambas plantas eran llamativas para las lectoras y nativas de México o por la orientación naturalista de sus autores.

La instrucción geográfica de las mexicanas bajo los cánones científicos proporcionó a las lectoras elementos de educación superior a los que no tenían acceso fácilmente. Este conocimiento les permitió comprender impresos científicos que circulaban en el medio de la alta cultura como manuales, catecismos, compendios y revistas de la práctica geográfica. Asimismo, los escritos instructivos, como los de Isidro Rafael Gondra, las adentraron en cuestiones de la geografía física y política de la época. Además, las hicieron partícipes de algunas cuestiones esotéricas del quehacer geográfico, como la lectura de mapas, reservadas hasta entonces a los varones, especialmente a los ingenieros geógrafos.

Resulta necesario llevar a cabo un estudio comparativo entre las estrategias para divulgar el conocimiento científico en la prensa femenina de México, y los libros de carácter escolar que circularon de manera paralela, para comprender, de mejor manera, el papel de ambos en la cultura de las clases media y alta del país durante el siglo XIX.

Las revistas analizadas permiten concluir que la divulgación de la historia natural y la geografía entre el público femenino formó parte de los esfuerzos culturales que la elite mexicana impulsó, entre 1840 y 1855, con miras a construir la nueva nación. Dichos proyectos no solamente comportaron términos jurídicos, económicos o políticos, sino también rubros científicos como el reconocimiento territorial del país y el inventario de sus recursos naturales. Todo ello, en el proceso de forjar una representación de la naturaleza y el territorio mexicanos, que penetrara en la conciencia de los ciudadanos mexicanos.

 

Referencias

Hemerográficas

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Notas

1 Esta investigación forma parte del proyecto PAPIIT: "Naturaleza y territorio en la ciencia mexicana (1768–1914) " (núm. IN 303810), 2010, Instituto de Geografía–UNAM, responsable Luz Fernanda Azuela. También del proyecto: "Geografía e Historia Natural: Hacia una historia comparada. Estudio a través de Argentina, México, Costa Rica y Paraguay". Desde abril de 2005. Financiamiento del IPGH (Geo. 2.1.2.3.1; Hist. 2.1.3.1.1). Responsable: Celina Lértora (CONICET–Argentina). Países participantes: Argentina, México, Costa Rica y Paraguay.

2 Es necesario señalar que los acervos hemerográficos del país, particularmente de la Ciudad de México, no cuentan con la totalidad de los impresos del siglo XIX y, de entre la variedad de revistas literarias de los años 1840–1855, las que se han conservado en la mayor cantidad de hemerotecas y en mejor estado son las cinco mencionadas.

3 Las listas de suscriptoras de cada una de estas revistas permiten conocer que circularon en casi todos los estados del país, principalmente en las capitales estatales y las ciudades de mayor tráfico comercial. Sin duda, la Ciudad de México fue la localidad que contó con la mayor cantidad de suscriptoras. Un estudio centrado en los nombres de las lectoras y sus familias arrojaría datos relevantes sobre las redes sociales y las elites regionales que tenían en alta estima a la instrucción femenina.

4 En el siglo XIX, la divulgación de la cultura, como la ciencia, utilizó términos distintos a los actuales como entretenimiento racional, instrucción agradable o popularización del conocimiento. Estos términos deben ser entendidos como la puesta al alcance de un público amplio de los resultados de una actividad como la científica. Así, hay un conocimiento a divulgar, mediante estrategias y medios como la prensa, y un destinatario de dicho conocimiento: las mujeres. Al divulgar el conocimiento científico no se espera que el público lo domine como los estudiosos de temas concretos, sino que adquiera una idea general sin riesgo de deformarlo. En este sentido, el público hace suyos algunos aspectos del conocimiento que se divulga, aunque no alcanza ni la precisión o profundidad que se espera de especialistas.

5 Existen dos artículos titulados "Plantas venenosas", uno con las iniciales del autor "RR" y otro anónimo. Cabe mencionar que el toloache contiene en toda la planta alcaloides tóxicos para el ser humano que producen alucinaciones.

6 El Catecismo de Juan Nepomuceno Almonte (1803–1969) fue la mejor y más completa obra de instrucción geográfica que se publicó durante la primera mitad del siglo XIX en México.