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Revista mexicana de investigación educativa

versão impressa ISSN 1405-6666

RMIE vol.13 no.38 México Jul./Set. 2008

 

Editorial

 

Por una defensa de lo "nuestro": alcanzar la meta sin perder lo esencial

 

El matemático José Adem, Premio Nacional de Ciencias en 1967, decía que en México los científicos de mayor edad (y en la actualidad la mayoría de éstos estamos ubicados en este rango) estaban destinados a convertirse en una especie de ajonjolí de todos los moles: apremiados por las circunstancias, tenían que asistir a algunas ceremonias oficiales, buscar financiamiento para sus proyectos e instituciones, participar en comités de especialistas y, de vez en cuando, opinar sobre asuntos de interés general de suma importancia pero sin relación alguna con la actividad científica.

Esto ocurría en los últimos años de la década de los sesenta del siglo XX, cuando, en comparación con el presente, los "ajonjolís" eran pocos y el prontuario de los "moles" francamente frugal: asistir a las reuniones de El Colegio Nacional (si es que el científico era parte de él), participar en los comités de una o dos asociaciones científicas de su especialidad y, en caso necesario, atender los requerimientos del INIC, antecedente inmediato del Consejo Nacional de Ciencia y Tecnología (Conacyt). Pero no sólo las actividades eran menores en cantidad, sino que se realizaban en lugares más confortables e insalubres que los de ahora y bajo reglas de trato más humanas y, en ocasiones, de cordialidad franca, aun para dirimir las diferencias o para exacerbarlas.

Hoy día, el número de científicos se ha multiplicado a un ritmo menor que los sistemas de evaluación, de la productividad individual, de los proyectos de investigación, de los programas de posgrado, de las instituciones, de las revistas científicas, de las disciplinas y hasta de los sistemas mismos. Si bien le va, un investigador "común y corriente" tiene que someterse, al menos, a una evaluación anual, y es muy factible que el programa de posgrado en el que participa, o la dependencia en la que labora, o las revistas en las que publica, o el campo de su especialidad, o su pareja sentimental, o algunos de sus más entrañables colegas, formen también parte del escrutinio. Como cada una de las evaluaciones tiene indicadores y formatos diferentes, el tiempo que dedica a reunir información, documentarla y analizarla aumenta. También los cálculos, la frustración, la envidia y el coraje.

Las estrategias para enfrentar estos trances evaluativos (resumidas en frases al estilo de "Publicar o morir", "Con la fotocopia por delante" o "Di cuánto y dónde has publicado y te diré quién eres") han sido rebasadas por los creadores de los sistemas de evaluación, que de unos años a la fecha desarrollaron, con base en los parámetros cienciométricos (no se pregunte el lector qué significa esto), instrumentos "objetivos" para medir el factor de impacto de las publicaciones científicas. Malas noticias: no basta con que usted publique en una revista con arbitraje estricto, reconocida por índices internacionales y con un número importante de lectores. Para que su artículo sea validado como trascendente, la revista en la que sea publicado tiene que estar ubicada en los primeros diez lugares de los "ratings" de su especialidad, según el nuevo canon de la ciencia, el Citation Index. Si no es así, corre el riesgo de que su producto académico baje de valor o no sea considerado en los criterios de repercusión académica indispensables para su siguiente promoción.

Confío en que esta información no genere una estampida de autores, potenciales y vigentes, de nuestra revista, quienes en adelante tendrán que decidir, además de si escribir o no los resultados de una investigación aún inmadura, o reciclar los ya añejos, entre la posibilidad de tener lectores e interlocutores o agregar puntos y méritos a su historial. Si usted, amable lector, opta por esto último, le recomiendo que busque en la lista del Social Sciences Citation Index la revista de su conveniencia, independientemente de que la intención original de su investigación fuera incidir en las prácticas de los maestros mexicanos, contribuir al debate sobre una política pública o dar a conocer la dinámica cotidiana en una escuela primaria rural. En el índice citado encontrará usted revistas antagónicas a estos propósitos, pero altamente valoradas por los ciensometrólogos: por ejemplo, Australian Education. De este modo, usted se ahorrará, además, la molestia de tener que navegar durante horas en Google Académico para identificar quién lo ha citado y, sobre todo, cómo y dónde.

Esto no es una guasa, aunque parezca tal. He sabido que una comisión dictaminadora de una institución de muy alta calidad académica "valoró" los artículos publicados en la Revista Latinoamericana de Investigación en Matemática Educativa, que obtuvo su permanencia en el Indice de Conacyt en la misma convocatoria que la RMIE, como de 3 puntos, y no de 5, y que ni siquiera fueron considerados como candidatos a los criterios de repercusión. Esa misma comisión desdeñó las estadísticas de Redalyc respecto al número de consultas y de descargas de nuestra revista, levantó sospechas sobre el sesgo "endógeno" de otras publicaciones mexicanas y latinoamericanas y, ya entrada en materia, otorgó el más alto valor a, por ejemplo, Australian Education, o a cualquiera otra, de preferencia en inglés.

En el editorial del número anterior anuncié los pasos que estamos dando para ingresar a los índices internacionales y advertí que esto constituye una apuesta al futuro. Seguimos en lo mismo, pero este desafío debe ir acompañado por una defensa, en el presente, de lo "nuestro", el idioma, el público al que queremos llegar, los espacios en los cuales deseamos ser leídos y, sobre todo, los lectores en los que pensamos al escribir. Si no, corremos el riesgo de que, cuando alcancemos la primera meta, hayamos perdido lo esencial.

Susana Quintanilla, Directora

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