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Convergencia

versión On-line ISSN 2448-5799versión impresa ISSN 1405-1435

Convergencia vol.16 no.50 Toluca may./ago. 2009

 

Dossier: Asociación Mexicana de Estudios Rurales

 

La reconfiguración neoliberal de los ámbitos rurales a partir del turismo: ¿Avance o retroceso?

 

Neptalí Monterroso Salvatierra y Lilia Zizumbo Villarreal

 

Universidad Autónoma del Estado de México. E–mail: n.monterrososalvatierra@gmail.com; lilia.zizumbo@gmail.com

 

Envío a dictamen: 22 de octubre de 2008.
Aprobación: 09 de diciembre de 2008.

 

Abstract

This article discusses the rural development strategy called New Rurality (Nueva Ruralidad), through which international agencies insist on the need to reconfigure the rural areas to meet the new roles assigned to them by the neoliberal model of development. It is suggested that the importance of discussing it lies in the fact is that, it is currently being implemented in most Latin American countries, including Mexico. In contrast, rural tourism has been promoted from the perspective of the Labor Economics, strategy generated in the communities; it was unveiled as an alternative for rural populations, because it helps to counteract the negative effects of globalization and modernization that characterizes the current neoliberal period. To deepen into how the perspective of Labor Economics projects works in rural areas, this article refers to two experiences. One is developed by the community of San Pedro Atlapulco, located in the municipality of Ocoyoacac, State of Mexico, Mexico. The other has been developed by the community of San Cristobal, located in the town of Cardonal, State of Hidalgo, Mexico. In both cases, the implementation of tourism projects has helped improve rural living conditions.

Key words: new rurality, social economy, rural tourism, rural areas, rural development.

 

Resumen

En este artículo se discute la estrategia de desarrollo rural denominada nueva ruralidad, a través de la cual los organismos internacionales insisten en que es necesario reconfigurar los ámbitos rurales para que cumplan con las nuevas funciones que les asigna el modelo de desarrollo neoliberal. Se apunta que la importancia de discutirla radica en que, actualmente, está siendo aplicada en la mayor parte de los países latinoamericanos, México incluido. En contraposición, se sostiene que el turismo rural, impulsado desde la perspectiva de la economía del trabajo, estrategia generada en las propias comunidades, se devela como una alternativa para las poblaciones rurales, porque las ayuda a contrarrestar los efectos negativos del proceso de globalización y modernización que caracteriza el actual periodo neoliberal. Para abundar sobre la forma en que funciona la economía del trabajo en proyectos de turismo rural, se hace referencia a dos experiencias. Una es la desarrollada por la comunidad de San Pedro Atlapulco, localizada en el municipio de Ocoyoacac, Estado de México. La otra corresponde a la comunidad de San Cristóbal, ubicada en el municipio del Cardonal, estado de Hidalgo. En ambas la instrumentación de proyectos de turismo rural ha permitido mejorar las condiciones de vida.

Palabras clave: nueva ruralidad, economía social, desarrollo rural, turismo rural, espacios rurales.

 

Introducción

El cambio de modelo de desarrollo, iniciado a principios de 1980, incluyó diversos procesos de ajuste y de reformas institucionales. Una de esas reformas es la macroeconómica, que se ha centrado en privilegiar al mercado y propiciar la revisión del papel del Estado en las dinámicas económicas, sobre todo las que tienen que ver con la inversión, el empleo, la producción de bienes y la prestación de servicios.

Con el nuevo modelo, que ya no tiene mucho de nuevo pues lleva en ejecución poco más de 25 años, se ha retornado al mercado como "principio casi único de organización social, globalización económica desregularizada, confianza irrestricta en el progreso tecnológico, reafirmación del individuo a costa de la sociedad y desconfianza en el Estado" (Pipitone, 1996).

En cuanto se refiere al mundo rural, significa el retorno a la visión funcional estructural del paradigma positivista empírico que, en su perspectiva neoestructuralista, considera a lo rural como un mundo complejo que abarca mucho más que la producción agrícola; ésta no es más que uno de sus componentes y ni siquiera es el principal (IICA, 2000; Pérez, 2001).

Para dar paso a la instrumentación de ese planteamiento, los neoestructuralistas han generado la estrategia denominada nueva ruralidad, impulsada a nivel internacional por la Organización para la Agricultura y la Alimentación (FAO, por sus siglas en inglés) y en la región latinoamericana por la Comisión Económica para América Latina (CEPAL), el Instituto Interamericano para la Cooperación Agrícola (IICA) y el Centro Agronómico Tropical de Investigación y Enseñanza (CATE). En México, la mayor parte de las políticas, estrategias y proyectos de desarrollo rural que se llevan a cabo actualmente encuentran asidero teórico en ese paradigma.1

En la perspectiva de la nueva ruralidad, se considera que el desarrollo rural se alcanza cuando se atienden las necesidades de todo tipo de los pobladores rurales; cuando se toma en cuenta que el medio rural ayuda a resolver algunas de las necesidades que presentan los pobladores urbanos, y cuando, además, se atiende el deterioro y se procura la conservación de los recursos naturales y culturales enclavados en las regiones que componen el medio rural. Con esos fundamentos se realizan amplios y variados esfuerzos para reconfigurar los ámbitos rurales, de manera tal que éstos cumplan con las nuevas funciones que se les asignan. Uno de los medios utilizados para ello es la instrumentación de proyectos turísticos desde las propias comunidades rurales.

En este ensayo se intenta, a partir de la revisión de ese nuevo paradigma, dar respuesta a las siguientes interrogantes: ¿Se han reconfigurado los espacios rurales del país y estamos realmente ante una nueva ruralidad? ¿Cuál ha sido el papel del turismo en esa reconfiguración? ¿Han avanzado los grupos sociales rurales o ha empeorado su situación?

 

Una nueva estrategia para la exclusión productiva de los campesinos y su inclusión en servicios

Todos los esfuerzos que actualmente se hacen en cuanto a lograr un mundo globalizado giran alrededor de la economía de mercado y de la democracia liberal; esta es la premisa de la cual parten todos los programas de sello internacional. Ya no se discute la viabilidad del modelo; se parte de la idea de que, se quiera o no, todos deben trabajar y producir dentro de este esquema. La modernización y globalización económica representan los nuevos determinismos del capitalismo internacional.

Los organismos internacionales, sobre todo el Fondo Monetario Internacional (FMI) y el Banco Mundial (BM), se han dedicado a inducir voluntariamente o por la fuerza acciones de modernización económica tendientes a fortalecer la economía de mercado y la democracia liberal (Saxe–Fernández, 1999; Calva, 1993, 1995; Flores, 2000; Coraggio, 2002).

Bajo esa lógica, los organismos mundiales organizan y mueven los gobiernos de los países subdesarrollados: modificando sus objetivos y orientando las políticas sociales, con el fin de establecer programas y proyectos para luchar contra la pobreza, permitiendo la reproducción de diversos organismos civiles y reduciendo los presupuestos estatales.

Desde que el país se conduce dentro de esa lógica, en el medio rural han disminuido considerablemente los niveles de bienestar, tanto durante el periodo en el que se aplicó de manera radical el modelo neoliberal, como en el actual, en el que se le han incorporado las propuestas neoestructuralistas para darle un rostro humano, la pobreza y la exclusión han crecido de forma alarmante en las zonas rurales.

Con fundamento en el modelo neoliberal, se dejó de lado el esquema centralizado en el Estado que se venía aplicando en el país. En la actualidad, es a todas luces evidente que las acciones para el desarrollo rural impulsadas desde las estructuras gubernamentales ya no se sustentan en las políticas agraria, agrícola y rural que prevalecían en el periodo anterior, cuando a partir del reparto de tierras se daba paso a la asistencia técnica y crediticia para que tanto los productores campesinos que poseían condiciones rentables de producción, como los que seguían utilizando sus formas tradicionales, pudieran desarrollar sus actividades agrícolas productivas.

La mayor parte de los campesinos era atendida en aquellos aspectos en los que se mostraban deficiencias por los programas de desarrollo. Hoy en día ya no es así. Casi todos han quedado excluidos de la nueva política agrícola, la cual, por descansar en los principios de la globalización económica impulsada por los países desarrollados, sólo promueve la atención de aquellos productores que poseen condiciones capitalistas de producción.

La política agraria ha desaparecido, y en su lugar, se trata de dinamizar los mercados de tierras mediante acciones que tienen que ver con la privatización, la descolectivización, el registro y la titulación de tierras. Los cambios en el artículo 27 de la Constitución de la República hicieron más atractivo y flexible el mercado de tierras al, prácticamente, obligar a los campesinos a vender su parcela, parcial o totalmente, con el fin de aminorar la pobreza en la que se vieron envueltos.

La política rural, que desapareció durante los años en que el neoliberalismo impulsó de manera salvaje el capitalismo, asume actualmente un contenido social,2 y sirve para promover los proyectos a través de los cuales se instrumenta la estrategia de la nueva ruralidad.

Los pobladores rurales han enfrentado esta situación de exclusión desde diferentes perspectivas. La más común es la representada por los que, al no contar con los apoyos crediticios y técnicos de antaño, vendieron sus tierras a empresarios privados y se integraron a las filas de los nuevos pobres rurales o bien a las corrientes migratorias hacia las grandes ciudades de México y los Estados Unidos (Calva, 1995; Monterroso, 1998, 2000, 2002, 2003). Los que lograron mantener su tierra, que recuperaron las tierras comunales o que se encuentran asentados en tierras municipales o estatales son los que están desarrollando las alternativas que les propone la nueva ruralidad; entre ellas, la organización de servicios turísticos y recreativos para las poblaciones urbanas.

 

Contenido básico de la nueva estrategia de desarrollo rural

En la perspectiva de la nueva ruralidad se considera que el desarrollo rural se alcanza cuando se atienden las necesidades de todo tipo que presentan los pobladores rurales; cuando se toma en cuenta que el medio rural ayuda a resolver algunas de las necesidades de los pobladores urbanos, y cuando, además, se atiende el deterioro y se procura la conservación de los recursos naturales y culturales enclavados en las regiones que componen el medio rural.

En la nueva ruralidad hay dos ideas de importancia fundamental. Por un lado está la relativa al manejo de los recursos naturales y culturales; por otro, la relacionada con la centralidad de los actores, a los que supone el centro de todo proyecto de desarrollo rural sostenible. Con base en ellas se sostiene que para que la población rural pueda hacerle frente a la pobreza debe buscar alternativas que le ayuden a solucionar problemas, lo cual lograrán sólo si van más allá de las actividades agrícolas tradicionales.

Si bien entre las alternativas que se les proponen a los campesinos está el desarrollo de una agricultura estratégica que tenga repercusiones en las zonas urbanas adyacentes, la que reviste un carácter fundamental en el planteamiento es el desarrollo de actividades no agrícolas en el ámbito rural, para impulsarlo como espacio de esparcimiento y recreación; a esta propuesta corresponden los actuales esfuerzos para desarrollar el turismo rural.

Para impulsar estas acciones, los organismos internacionales y las dependencias estatales ofrecen a los campesinos lo que les niegan cuando se trata de actividades agrícolas: asistencia técnica y créditos. Además, se promueve el aprovechamiento de la infraestructura existente y el desarrollo de las comunicaciones para atraer a las poblaciones urbanas (García, 1996). De esa cuenta, el turismo rural comienza a verse como una nueva forma, más amplia y variada, de servicios que se impulsa como política económica, social o proyecto de desarrollo comunitario.

El desarrollo de estas nuevas alternativas se fundamenta en varios conceptos. Uno de ellos es el relativo a la sostenibilidad de las acciones productivas; es un término que sirve para calificar la naturaleza que en la actualidad asumen las acciones en pro del desarrollo rural, a las cuales se les agrega el calificativo de sostenibles. Como concepto de desarrollo tiene dos utilidades preponderantes.

Por un lado, sirve para que las comunidades rurales pobres se olviden de las cuestiones agrícolas, poseyendo tierras poco fértiles o sin ellas (los cambios constitucionales les permitieron vender las que tenían), sin capital para producir (el gobierno canceló los programas de crédito y asistencia técnica a la producción agrícola) y con bajos conocimientos tecnológicos (la mayoría no puede acceder a tecnología de punta); sus condiciones para desarrollar una agricultura competitiva y sostenible son nulas. Por otro lado, partiendo de la premisa de que es necesario conservar los recursos naturales y culturales que constituyen el patrimonio nacional, sirve para impulsar a las comunidades a insertarse en el nuevo modelo productivo desarrollando actividades de conservación y aprovechamiento de esos recursos.

Otro concepto clave es el de territorialidad. Éste sirve para que los campesinos dejen de pensar en la parcela como su unidad productiva básica y en el cultivo de granos básicos como su actividad fundamental. Se le ocupa para impulsar la utilización del territorio de la comunidad y los recursos naturales y culturales contenidos en él, como los elementos esenciales para desarrollar las actividades productivas no agrícolas, entre las que destacan la producción de artesanías, la forestería3 y la organización y prestación de servicios turísticos y recreativos para los pobladores de los centros urbanos aledaños a sus comunidades.

Los conceptos de áreas naturales y parques nacionales también se pueden incluir dentro de la nueva estrategia rural. Aunque no se les menciona de manera directa en los documentos que hacen referencia a ella, son usados para convencer a los campesinos de concentrar sus esfuerzos en la recuperación de las tierras comunales, cuya posesión tiene un antecedente ancestral y cuyos límites se confunden actualmente con las tierras que aparecen como de propiedad del estado o del municipio. Al respecto, se ha creado una nueva institucionalidad y constituido un alto número de áreas naturales protegidas y de parques nacionales, y se da atención técnica y crediticia a las comunidades que quedaron contenidas en ellas.

Con base en esos planteamientos se han desmantelado las instituciones y cancelado los programas a través de los cuales se atendía la producción campesina de granos básicos y se ha desregularizado casi la totalidad de los productos originados en el campo mexicano. Las políticas de estabilización y ajuste estructural, impulsadas desde los años ochenta, y la Cumbre de la Tierra realizada en 1992 fueron los instrumentos de política, mediante los cuales se propició el establecimiento de una nueva institucionalidad rural, que puso de relieve la importancia del manejo de los recursos naturales y el desarrollo como autogestión de los actores locales.

Difícilmente se podría estar en contra de esas ideas y acciones si no fuera porque, después de más de 15 años de su ejecución, las condiciones de pobreza de los campesinos, en lugar de disminuir, se han visto terriblemente ampliadas. Esto quiere decir que el nuevo paradigma de desarrollo rural es más una necesidad para la reproducción del capital que una propuesta metodológica para que los campesinos mejoren sus condiciones de vida. Detrás de él se esconden los verdaderos propósitos de quienes lo impulsan: excluir a los campesinos de las actividades económicas que han constituido, durante siglos, parte fundamental de su cultura; acabar con la principal forma de subsistencia rural, para obligar a sus pobladores a buscar otras alternativas de sobrevivencia; y sumir al país en la dependencia alimentaria, al desmantelar la infraestructura que le permitía mantener su soberanía en ese rubro.

 

El turismo rural en la nueva estrategia de desarrollo

El turismo rural conforma una nueva modalidad turística, a través de la cual se ofrece una gama de actividades recreativas, alojamientos y servicios afines, situadas en el medio rural y dirigidas especialmente a personas que buscan disfrutar unos días en el campo, estar en contacto con la naturaleza y con la comunidad local. Con esta nueva modalidad se busca que las comunidades rurales participen de la derrama económica que los desplazamientos turísticos y/o recreativos provocan.

Los proyectos de turismo rural se impulsan de dos maneras. Una es la desarrollada por las propias comunidades rurales como una alternativa de sobrevivencia. Otra es la que está a cargo de inversionistas privados y/u organismos internacionales; entre estos últimos se encuentran la Organización Mundial del Turismo (OMT), el Fondo Monetario Internacional (FMI) y el Banco Mundial (BM); a nivel latinoamericano, son visibles los aportes del Banco Interamericano de Desarrollo (BID), el Banco Centroamericano de Integración Económica (BCIE), el Instituto Interamericano para la Cooperación Agrícola (IICA) y el Centro Agronómico Tropical de Investigación y Enseñanza (CATIE).

Los proyectos de turismo rural también se impulsan, actualmente, gracias a la colaboración entre comunidades; este es el caso de las mancomunidades: asociaciones de municipios que se unen para la realización de servicios que, en virtud de sus propias características, exigen la cooperación de varios ayuntamientos para impulsarlos y mejorar las condiciones económicas de cada uno de ellos, mediante la prestación conjunta de un servicio turístico. Muchas veces este tipo de colaboración no surge de los mismos munícipes, sino que es provocada por los organismos internacionales de financiamiento.

Hoy en día son varias las regiones del país inmersas en esta dinámica, en la que, aparentemente, a través de la entrada de capitales por las vías ya señaladas, las posibilidades de desarrollo de las poblaciones rurales se amplían. Sin embargo, a pesar de lo democrático, amplio y diverso que suena el discurso de la nueva ruralidad y lo atractivo que resulta para los pobladores del campo iniciar y desarrollar proyectos de turismo rural, la instrumentación de éstos no siempre ha significado beneficios para los grupos sociales rurales; más bien ha afectado fuertemente su sobrevivencia.

La entrada de capitales para el desarrollo de proyectos de turismo rural se lleva a cabo en el país desde principios de la década de 1990. Las grandes empresas trasnacionales, que se manifiestan a través de las cadenas turísticas en las que también participan empresarios nacionales, son de las que más impulsan este tipo de proyectos. Los recursos naturales y culturales del país, cada vez en mayor medida, se abren y ponen a disposición tanto de los inversionistas extranjeros como de los nacionales, para que éstos realicen proyectos de turismo rural.

En estos nuevos proyectos turísticos, las poblaciones rurales son prácticamente desalojadas de los territorios que venían ocupando y despojadas de los beneficios que les permitiría el aprovechamiento de los recursos naturales y culturales contenidos en ellos. Estas poblaciones migran a las ciudades; sin embargo, cuando se quedan, pasan a formar parte del personal de servicios de esas empresas y perciben salarios miserables que los mantienen en la pobreza. Por lo que el desarrollo empresarial no se traduce, en estos casos, en desarrollo rural.

Algo parecido sucede con los proyectos impulsados desde los organismos internacionales, sea que éstos se promuevan desde instituciones públicas o desde las llamadas organizaciones no gubernamentales. Como se prioriza la generación de empresas rentables, lo que se hace es incrementar la disponibilidad financiera para el sector económico que ya dispone de ella; por eso los que resultan sujetos seleccionables son empresarios que aprovechan esta nueva derrama de recursos financieros para el crecimiento de sus empresas. Una vez más las poblaciones rurales sufren desalojo y despojo, por lo tanto, tampoco en estos casos puede hablarse de desarrollo rural.

Las comunidades que han quedado inmersas en esta dinámica en lugar de ampliar sus posibilidades de desarrollo, una vez más las ven limitadas. Esto fue lo que pasó en el Mundo Maya. Varios estudios demuestran que la incorporación de proyectos ecoturísticos en las áreas que lo componen no ha logrado generar el desarrollo rural sustentable esperado. Al final de cuentas, las empresas turísticas, antes de beneficiar a las comunidades indígenas incorporándolas a los proyectos de desarrollo, sólo han satisfecho sus propios intereses. Esto permite comprobar, una vez más, que los únicos que tienen capacidad de realizar una producción capitalista rentable y competitiva en las zonas rurales son los empresarios (Daltabuit, 2000; Monterroso, 2008).

En muy pocos casos, aunque sí los hay, los recursos financieros que los organismos internacionales ponen a disposición para instrumentar proyectos de turismo rural llegan a grupos sociales campesinos; a pesar de ser pocos, las respuestas son diversas y van desde resultados exitosos en cuanto a cambios en las condiciones de vida de las poblaciones rurales hasta situaciones que significan más bien retrocesos, no sólo en lo económico sino también y quizá más en lo sociocultural. A éstos se suman los servicios turísticos establecidos por iniciativa de las propias comunidades y con sus propios recursos; por lo precario de su situación, también en estos casos se está hablando más de fracasos que de éxitos. Con todo, a pesar del bajo número de casos exitosos, lo que se sostiene en el presente artículo es que el turismo rural, desarrollado desde la perspectiva de la economía del trabajo, contando con recursos externos o sólo con propios, se devela como una alternativa de desarrollo para las poblaciones rurales, porque les ayuda a contrarrestar los efectos negativos del proceso de globalización y modernización capitalista que caracteriza al actual periodo de neoliberalismo.

 

El desarrollo desde la economía del trabajo4

Actualmente, son enormes los obstáculos estructurales que las comunidades rurales deben superar para emprender cualquier forma de mejora socioeconómica, dado que se encuentran en condiciones de pobreza extrema, con recursos naturales deteriorados, divididas y muy necesitadas (Paré, 2003).

Ante este panorama, las comunidades pueden tener éxito cuando toman en cuenta las circunstancias ambientales, sociales y culturales. Puede decirse que este ver sobre sí mismas sustituye la falta de vínculos con las agencias del gobierno y con las demás comunidades, y le da el carácter endógeno que caracteriza la autosuficiencia socioeconómica cuando ésta se alcanza.

Generalmente, para lograr este objetivo, las comunidades se separan de la política que siempre trata de imponer formas de desarrollo y del sistema socioeconómico dominante que demanda la utilización de telecomunicaciones, infraestructura, formas específicas de acceso a la producción e intercambio de costosos bienes duraderos y de máquinas (O'Malley, 2003: 209).

La economía del trabajo se centra en la economía social como medio para la creación de sociedades integradas, más equitativas, social y políticamente estables, con una población con altos niveles de educación y capacitación, y con un ambiente equilibrado que pueda proveer mano de obra flexible por su formación básica y capital cultural (Coraggio, 1997: 43).

La economía social tiene la posibilidad de crear estructuras más eficaces y eficientes para la reproducción de la vida a partir de una acción colectiva suficientemente fuerte y orientada por un paradigma de desarrollo humano. Al decir esto, Coraggio propone el impulso de un proyecto alternativo de desarrollo que pueda construir una economía social centrada en el trabajo como principal recurso, aunque no como el único. A este subsistema cuya lógica no es la de acumulación del capital dinero ni la acumulación del capital político, sino la de capital humano, es a lo que le ha denominado economía del trabajo.

La economía del trabajo es una alternativa para mejorar las condiciones de pobreza y exclusión, mediante la búsqueda de nuevas formas de incorporar a los individuos al trabajo. Como el modelo económico neoliberal ha demostrado incapacidad para integrar a las poblaciones al desarrollo, desde esta perspectiva se plantea como objetivo impulsar programas dirigidos a los sectores marginados, buscando integrarlos a las condiciones económicas de su contexto para que éstas puedan satisfacer sus necesidades básicas.

La economía del trabajo toma en cuenta que toda economía popular está compuesta por el conjunto de recursos que los grupos sociales poseen; las actividades que efectúan para satisfacer sus necesidades de manera inmediata o mediata (actividades por cuenta propia o dependientes, mercantiles o no); las reglas, valores y conocimientos que orientan tales actividades, y los correspondientes agrupamientos, redes y relaciones (de concurrencia, regulación o cooperación, internas o externas) que instituyen a través de la organización formal o de la repetición de esas actividades, los grupos domésticos que dependen para su reproducción de la realización ininterrumpida de su fondo de trabajo5 (Coraggio, 2003).

La economía del trabajo, desde lo comunitario, puede dar lugar a un sistema capaz de representar y dar fuerza efectiva a los proyectos de calidad de vida en una sociedad más igualitaria, más justa y autodeterminada, al buscar otras formas de hacer efectivas las capacidades de las personas; fundamentalmente, a partir de la asociación, el trabajo comunitario, la producción simple de mercancías en emprendimientos individuales, familiares o cooperativos, de las redes de coalición (Coraggio, 2003: 154).

Los satisfactores obtenidos a partir de la propia producción, así como la fuerza de trabajo vendida a cambio de un salario, y los productos y servicios vendidos por un ingreso mercantil, son el resultado del ejercicio de las capacidades de las unidades domésticas. Representan el fondo de trabajo constituido por la energía física, habilidades, destrezas, disposiciones y conocimientos codificados adquiridos mediante la educación formal, no formal, informal o saberes tácitos adquiridos en la práctica o transmitidos intergeneracionalmente, que poseen los miembros de la unidad doméstica y que ponen en práctica para involucrarse en la producción de bienes (Coraggio, 2004: 155).

A través de la economía del trabajo se desarrollan formas asociativas, cooperativas o mutualistas sustentadas en la organización de las propias comunidades. En algunas ocasiones esto ha corrido a cargo del Estado, lo que ha dado lugar al desarrollo de una política pública de carácter social a través de la cual se han puesto en marcha programas, proyectos y estrategias sustentadas en diversas formas de organización, cuyo objetivo ha sido generar trabajos independientes que se conectan con el mercado pero que son potenciados por relaciones comunitarias.

Empero, las experiencias más exitosas han sido las que han surgido desde las propias células familiares, de amigos, vecinos, ejidatarios y comunidades, que a través de valores de solidaridad y redes de asociatividad tienden a formar asociaciones, cooperativas o microemprendimientos para generar empleos independientes de ámbito local, con el fin de enfrentar conjuntamente problemas de trabajo, comercialización y financiamiento (Coraggio, 2003).

Las comunidades rurales abandonadas a sus propios mecanismos y con pocos recursos se han visto forzadas a ajustar sus economías locales a los requerimientos de la economía mundial (Díaz, 1989). La desesperación por buscar alternativas de sobrevivencia las ha llevado a fundamentarse en su propia cultura ancestral de vida, lo cual les ha permitido recuperar sus formas organizativas tradicionales. Al luchar por la autosuficiencia, mediante procesos participativos, equitativos y sostenibles, han generado una forma de crecimiento endógeno que ha posibilitado la acumulación de un excedente sobre el que, idealmente, tienen un completo control, tanto de la generación como de la distribución de la riqueza (Molina, 1998).

El control comunitario incluye decisiones acerca de la propiedad de las tierras y de los medios de producción, que pueden ser o no colectivas, pero sí ser decisiones adoptadas sobre una base colectiva respecto a la naturaleza de tal propiedad. Esto aleja de manera esencial a las comunidades de las tremendas presiones que ejercen las estructuras dominantes, en especial la estructura nacional de clases, en la dinámica socioeconómica local.

Las comunidades que actúan con base en su economía de trabajo se encuentran en una constante lucha por mantenerse independientes de los programas y planes socioeconómicos impulsados desde las instituciones del Estado, los que se derivan de una visión política y cultural ajena a ellas. La mayor parte de las veces se trata de programas que orientan las oportunidades a favor de los grandes inversionistas, quienes se apropian de las ganancias y las concesiones a través de la manipulación de las dependencias cruciales.

Entonces, una de las ventajas de estudiar el desarrollo desde la economía del trabajo es mostrar que existen alternativas económicas que permiten hacer frente al neoliberalismo mediante esfuerzos comunitarios, especialmente para las comunidades que buscan la autosuficiencia económica. Representa una alternativa a las políticas sociales asistencialistas y focalizadas que se impulsan desde las instituciones de gobierno y constituyen emprendimientos individuales o colectivos para enfrentar problemas de comercialización y financiamiento, y defenderse de la política y cultura dominante.

 

El turismo rural desde la economía del trabajo

Si bien en las zonas rurales del país predomina la perspectiva económica que hace hincapié en las inversiones externas, en las cadenas productivas y la competitividad, existen comunidades rurales que ponen en juego sus capacidades para soportar los embates neoliberales. De manera independiente o negociando la utilización de recursos financieros externos han convertido en productos turísticos los recursos naturales y culturales que poseen; a partir de ellos han creado atracciones y servicios que comercializan con los pobladores de los centros urbanos aledaños.

Esta es una alternativa de turismo rural que se inscribe en lo que, como se expuso en el apartado anterior, Coraggio denomina economía del trabajo.

Los servicios turísticos que se ofrecen se han establecido a partir de las condiciones sociales, económicas, políticas y culturales de las propias comunidades; con fundamento en su fondo de trabajo, han generado estructuras que, a su vez, generan recursos para el desarrollo general de su economía. Desde esta perspectiva, se han coordinado internamente de acuerdo con sus posibilidades y poniendo énfasis en sus valores culturales de vida, y, a partir de ellos, han ordenado su trabajo y sus recursos para consolidarse como formas de organización colectiva que posibilitan hacerle frente a la pobreza en la que cayeron cuando se comenzaron a aplicar las políticas de ajuste estructural de corte neoliberal.

Su economía familiar se organiza conforme a los ingresos provenientes de las diferentes actividades económicas que realizan cada uno de sus miembros, tanto las que llevan a cabo como asalariados en el sector capitalista, como las que efectúan en tanto prestadores de servicios turísticos. Como se sabe desde hace ya bastante tiempo, los campesinos son grupos que desempeñan simultáneamente un conjunto complejo de funciones productivas, articuladas por la estructura campesina autónoma (Wolf, 1975; Warman, 1984; Appendini, 1985; Díaz, 1989).

Para abundar sobre la forma en que funciona la economía del trabajo en proyectos de turismo rural, a continuación se hace referencia a dos experiencias en las que se desarrolla este tipo de proyectos. Se trata de dos comunidades rurales de México. Una de ellas, San Pedro Atlapulco, está localizada en el municipio de Ocoyoacac, Estado de México. La otra, cuyo nombre es San Cristóbal, se encuentra en el municipio del Cardonal, estado de Hidalgo.

Las dos son indígenas, pertenecientes a la familia otomípame. Tienen en común ser rurales y haber organizado su supervivencia durante los últimos años a partir de la prestación de servicios turísticos, los cuales se han constituido en su actividad económica fundamental. La afluencia turística, en ambos lugares, se debe a la riqueza natural que poseen y a los cambios que, permanentemente, las poblaciones locales incorporan a su entorno físico, social, económico, cultural y político.

Al organizar y ofrecer servicios turísticos han logrado, las dos, aminorar los efectos de la exclusión que han sufrido desde que las instituciones gubernamentales decidieron eliminar el apoyo a proyectos de desarrollo rural, orientados a actividades productivas agrícolas; las dos formaron parte, durante todo el periodo de aplicación del modelo anterior,6 de esos proyectos. Sin embargo, al instrumentarse el modelo neoliberal quedaron excluidas de las acciones que las instituciones gubernamentales apoyan actualmente.

Por tener en común la posesión de tierras de baja fertilidad, la falta de asistencia técnica y crediticia les impidió seguir dependiendo, para su sustento, de los resultados que obtenían de las actividades productivas agrícolas. Se vieron obligadas a buscar nuevas alternativas de sobrevivencia, encontrando en la organización y prestación de servicios turísticos una de ellas.

Cada una, basada en sus potencialidades, ha organizado sus actividades económicas alrededor de la economía del trabajo. Prácticamente, lejos de la derrama monetaria gubernamental derivada de lo que ahora pomposamente se llama política social, fueron sustituyendo la limitante de la escasez de tierras productivas por la instrumentación de servicios que complementan el turismo no convencional. El acercamiento con las instituciones gubernamentales se ha dado a nivel de la estructura del municipio al que cada una de ellas pertenece.

Así, pues, cada una ha construido la respuesta que ha dado a los embates de la política neoliberal instrumentada en el país durante los últimos 25 años. Sus propias dinámicas socioeconómicas, políticas y culturales han propiciado la conformación de esquemas específicos de organización económica y política, cuyas diferencias se notan no sólo en sus resultados, sino también y, sobre todo, en sus procesos. No se trata de presentar casos exitosos, sino de mostrar las experiencias que parecen ser las más recurrentes.

 

1) Atlapulco: viejos campesinos y nuevos empresarios

La población de San Pedro Atlapulco es un grupo social con un alto grado de cohesión. Desde la época precolombina ha defendido sus tierras; primero de las invasiones de, en aquel entonces, los mexicas y los matlazincas. Posteriormente, las defendió ante las denuncias de tierras realengas hechas en los últimos años del siglo XVIII, logrando que no se formaran ranchos o explotaciones agrícolas.

La lucha por la tierra en Atlapulco es, pues, un reto consuetudinario. Es el elemento primordial en la vida de sus habitantes. Permite el mantenimiento de su propia existencia, engloba la vida a través del trabajo, además de que determina la estructura política, social, económica y cultural que los rige.

Anteriormente, era una comunidad dedicada a la agricultura de forma rudimentaria, en espacios amplios que cada uno determinaba para su uso. Sus principales cultivos eran maíz, frijol, chile y calabaza. Otras de sus actividades económicas eran la cacería de pequeñas especies y la recolección de leña y hongos.

Su territorio nunca ha estado poblado por personas extranjeras ni por mestizos, todos sus habitantes son parte del grupo social original; eso les ha permitido basar su economía en formas de explotación comunal, organizándose en células domésticas de producción.

Con la reforma agraria, la comunidad continuó con el régimen de propiedad comunal. Se distribuyeron y legalizaron las parcelas que cada jefe de familia cultivaba y se conformó una nueva manera de organización a través de la Asamblea de Comuneros. La tierra no se vende, todos tienen derecho a ella, siempre y cuando sean oriundos del lugar.

A Atlapulco se le otorgaron 7,110 hectáreas de extensión territorial, la mayor parte bajo el régimen de propiedad comunal. A cada jefe de familia se le dio posesión de una parcela para su consumo individual. Un total de 3,800 hectáreas se encuentran conformadas por bosques; debido a esa extensión boscosa, existen abundantes fuentes de agua cuyo líquido les permite abastecer sus propias necesidades y ofrecer en usufructo agua a los municipios de Huixquilucan, Lerma y la Ciudad de México (Gutiérrez, 1986).

El deterioro de la economía campesina, por las malas cosechas y la baja producción, dio lugar a la migración hacia la Ciudad de México en busca de mejores condiciones, separando a los campesinos de sus medios de producción y orillándolos a enfrentar un mercado de trabajo asalariado. Las familias con hijos migrantes comenzaron a mejorar su economía e iniciaron actividades comerciales dentro y fuera de la comunidad.

A pesar de lo expuesto, Atlapulco fue y sigue siendo, ante todo, una comunidad campesina. El trabajo agrícola y el medio rural continúan siendo los elementos principales de donde se sustenta la vida de sus pobladores. Los montes siempre han sido tierras de trabajo y los valles son ahora fuente de empleo. El bosque se ha mantenido como parte del paisaje agrario; no se ha transformado porque se le ha considerado como un recurso indispensable para la vida rural.

Durante muchos años la comunidad vivió excluida y marginada de los apoyos institucionales; sólo eran atendidas sus peticiones en cuestiones clientelares. La política agraria los excluyó como sujetos productivos porque se encontraban en zonas de mal temporal y de propiedad comunal. Para ellos sólo hubo políticas de beneficencia social, de subsidio al consumo y de salud. Esta experiencia los llevó a mantenerse, hasta la fecha, alejados de las dependencias gubernamentales; el tiempo les demostró que era una relación que, más que ayudarlos, los debilitaba y marginaba.

En la década de 1940 la comunidad comenzó a relacionarse con el Parque Nacional La Marquesa. Al principio, ofrecían sus caballos para que los visitantes recorrieran el lugar. Desde esos años, la economía campesina se fue deteriorando, dando lugar a un proceso de descampesinización a partir del cual un número cada vez mayor de campesinos era separado de sus medios de producción y orillado a enfrentar el mercado de trabajo asalariado en el Distrito Federal y la prestación de servicios turísticos en los valles de la comunidad. Así se iniciaron en la prestación de servicios recreativos en las tierras del poblado que forman parte del parque, específicamente en el Valle de las Monjas, de fácil acceso por la carretera federal México–Toluca.

Sin embargo, los cambios más significativos se presentaron luego de la construcción, en 1966, de la carretera que une La Marquesa con Tenango del Valle y Chalma. Esta carretera les permitió iniciar la prestación de servicios turísticos en áreas naturales a pie de carretera; los límites del parque nacional se expandieron. Atlapulco fue una de las pocas comunidades rurales que lograron enfrentar la crisis de los años setenta, al incorporar a la estructura familiar campesina ingresos provenientes del trabajo mercantil y de la prestación de servicios turísticos. Para la década de 1980, la Asamblea General de Comuneros ya había determinado la asignación interna de actividades individuales y concedido libertad a los comuneros, para ofrecer servicios turísticos en los valles.7

Las tierras comunales poco a poco fueron solicitadas para ampliar los servicios turísticos, comenzando el desarrollo de pequeños negocios relacionados con el comercio, el turismo, la ganadería, así como con trabajos profesionales. La población de Atlapulco modificó su vocación productiva; de campesina pasó a ser empresaria turística. Actualmente, la mayoría de las unidades familiares participa en empresas comunales ofreciendo servicios turísticos. Son los miembros de las familias los que laboran dentro de éstas; en temporadas altas, contratan algunos trabajadores externos durante unos cuantos días. Pocas familias de avecindados que no se han incorporado al trabajo en los valles turísticos por la falta de ingresos venden su fuerza de trabajo a otras familias campesinas por unos cuantos días al año.

La privilegiada localización de su territorio fue un factor determinante para el impulso del turismo en la comunidad, pues permitió el desplazamiento de una corriente turística desde dos importantes centros urbanos del país, como lo son la Ciudad de México y Toluca. Sus siete valles poseen un gran atractivo natural y, como son cercanos a la Ciudad de México, son muy concurridos para realizar caminatas, paseos a caballo, respirar aire puro y estar tranquilmente con la familia. En estos valles los comuneros ofrecen servicios a los visitantes que llegan, rentan caballos, cuatrimotos o lanchas, consumen alimentos y/o compran artesanías y dulces cristalizados.

La situación de crisis que experimentó la comunidad, producto de la penetración del mercado y sus repercusiones, fue lo que dio lugar al inicio de esa nueva forma de organización colectiva, sustentada en la economía del trabajo. Cuando la tierra ya no da para el mantenimiento de la familia, como se señaló anteriormente, se inician las estrategias individuales de sobrevivencia así como nuevas alternativas de subsistencia pero de manera colectiva, lo cual permite mantener la cultura y la identidad territorial. Su organización colectiva posibilitó aprovechar la riqueza natural que estaba siendo demandada por los visitantes de las ciudades de México y Toluca, proporcionándoles un ambiente natural inigualable por la belleza de sus bosques, la calidad del aire y agua, así como ofrecerles servicios turísticos en sus valles. Su éxito radicó en la forma en que instrumentaron la economía social.

En Atlapulco el turismo ha crecido de modo irregular. La sobreoferta de algunos servicios en ciertas áreas ha traído consigo competencia y desigualdad en los ingresos que se perciben. Así, el número de personas que alquilan caballos para pequeños recorridos, por parte de los visitantes, se ha incrementado, pues representa la forma más fácil de acceder a los beneficios generados por el turismo, frente a otras actividades que, por la especialización requerida para la prestación del servicio e incluso el capital invertido para su operación, requieren de mayores esfuerzos.

Se encuentran familias que cuentan con parcelas que actualmente continúan trabajando para ayudarse en su alimentación, para disfrutar de los productos tradicionales: maíz, frijol, habas y quelites; en otros casos prefieren sembrar alfalfa para alimento de los equinos o bien, venderla, ya que existe mucha demanda de este producto; además, participan en los valles turísticos en dos o más giros dependiendo del número de miembros de la familia. Otras familias también cuentan con otro tipo de negocio o tienen algún oficio que desempeñan en el poblado, del cual obtienen ingresos que incorporan a la unidad familiar. Hay familias cuyos miembros ingresan recursos a través del trabajo mercantil fuera de la comunidad, para la construcción de establecimientos de lujo que ofrecen servicios de banquetes para un turismo exclusivo, lo que les ha permitido tener ingresos superiores a la mayoría, provocando una marcada desigualdad social.

Atlapulco es, por lo tanto, una muestra de los antagonismos de una economía campesina que se desarrolla en un contexto capitalista. La Asamblea General de Comuneros ha llevado a cabo la distribución de la tierra en propiedad privada, pero sin destruir la estructura básica que es comunal.8 Los elementos claves de la organización comunal se conservan: propiedad comunal de todo el territorio, persistencia de relaciones comunitarias y una organización de la producción sustentada en el trabajo familiar, que persigue un simple objetivo de reproducción, pero que la insuficiencia de la tierra y las presiones del aparato de explotación rural han obligado a buscar otras alternativas, tales como la prestación de servicios turísticos.

Esta organización basada en la estructura comunal para el trabajo colectivo se ve fragmentada en el momento en que la propiedad y el trabajo se individualizan en los negocios particulares de los comuneros. Por un lado, los comuneros participan de manera igualitaria en las tareas que competen a la comunidad: la Asamblea General las reparte, decide las aportaciones y las formas de distribución de los ingresos. Todos los oriundos de Atlapulco están obligados a cumplir con las faenas y a dar las cooperaciones que se establezcan.

Por otro, en los lugares que ya son propiedad privada de algunos comuneros, los únicos que tienen derecho a decidir sobre la utilización de los recursos son sus propietarios. Toda persona mayor de edad originaria de la comunidad tiene derecho al usufructo de la tierra y de sus recursos naturales; aquí todo es comunal. Si desea ofrecer servicios turísticos tiene que solicitar la autorización correspondiente a la comunidad a través de la Asamblea General; en cambio, aquí todo es en términos privados. De manera que, por un lado, se participa de la propiedad comunal y, por otro, se puede ser propietario privado.

 

2) San Cristóbal: construcción de una alternativa cooperativa

El ejido de San Cristóbal pertenece al municipio del Cardonal, en el estado de Hidalgo; se encuentra formando parte del Valle del Mezquital, en el altiplano central mexicano. Nació cuando se expropió la hacienda La Florida, y se realizó el reparto en 1934, en beneficio de 85 jefes de familia que laboraban como peones en la hacienda.

La dotación fue de 4,365 hectáreas, las cuales se asignaron en diferentes momentos y quedaron distribuidas de la siguiente manera: 3,862 son tierras comunales de mala calidad, 45 corresponden a la zona urbana, y 428 son tierras ejidales. Del total de hectáreas disponibles, sólo 30 son tierras de riego y se ubican en las laderas del río Tolantongo. Cada miembro de la población recibió en promedio cuatro hectáreas de tierra de tempotal y media de riego (Rebolledo, expresidente ejidal, agosto 2004).

Son tierras de temporal escasamente productivas pero con recursos naturales propicios para el turismo. Por mucho tiempo la comunidad se mantuvo estancada, sin visos de progreso. Jacales de varas, chozas de adobe y tierra; carencia absoluta de servicios: energía eléctrica, agua, drenaje, medios de comunicación y transporte. La pobreza de las tierras no le garantizaba a la población campesina vivir de la producción de maíz, frijol y otros cultivos básicos; la poca agua con la que cuentan no permitía que los cultivos florecieran.

Fue por ello que la población tuvo que desempeñar otras actividades para poder sobrevivir. Durante un tiempo se dedicaron a comercializar frutas de la región, transportándolas en sus mulas como arrieros.9 Más tarde incorporaron como otra fuente de ingresos la explotación de la mina de mármol que se encuentra cerca del Mogolito, uno de los barrios del centro urbano del ejido.

La escasez de agua, lejos de dividirlos los unió para trabajar la tierra de manera colectiva; unieron sus medias hectáreas en un área de trabajo común: la huerta. En ésta se cultivaban frutales (aguacate, plátano, nogales, naranja, principalmente). Una vez a la semana se iban todos los hombres de la localidad a realizar la faena obligatoria; el producto de la venta se repartía por partes iguales. Así fueron aprendiendo a trabajar y a vivir comunitariamente.

La vida se concentra en el ejido, en donde está asentada la población. Es un centro con pocas viviendas. La participación de los habitantes es importante y tiene gran poder sobre las decisiones que se toman para la vida de la comunidad, ellos saben de la trascendencia de estar unidos y llevar a buen término las normas y obligaciones establecidas.

Muy recientemente, a partir de la visita de algunos turistas a sus riquezas naturales, comenzaron a establecer comercios; luego se organizaron para ofrecer servicios a los visitantes. Lo que llamó la atención de éstos fue una riqueza natural que forma un sistema complejo; se trata de las grutas de Tolantongo, un sitio que presenta una dinámica natural que refleja en los elementos que lo originan composición y distribución de formaciones geológicas, lo cual, aunado con el clima, hidrología y vegetación, hacen del lugar un singular atractivo turístico.

Debido a las condiciones del lugar, las grutas de Tolantongo registran un microclima. La región de San Cristóbal es seca esteparia árida. Tolantongo, en cambio, por la humedad proveniente de las grutas y las cascadas presenta un clima más bien húmedo y fresco. La cuenca del río está surcada por profundos barrancos que discurren de manera general de oeste a este, formando planicies amplias de grandes extensiones en donde se disfrutan extensas áreas para acampar.

El paisaje geológico se compone de rocas sedimentarias de diferentes edades, estratos de roca caliza interestratificada con lutitas localizadas en las laderas cercanas a la gruta. También está constituido por bloques de caliza de hasta tres metros de diámetro, semirredondeados, que se encuentran cementados y cubiertos con carbonato de calcio que atestiguan una actividad hidrotermal, la cual continúa hasta la actualidad y que se manifiesta en el flujo de agua caliente proveniente de la gruta (Colín, 2005: 30).

El turismo apareció por los años sesenta, pero no fue sino hasta los ochenta que pudo observarse una corriente significativa. Este crecimiento de la afluencia turística fue lo que dio lugar a la organización de la comunidad para ofrecer servicios turísticos, los cuales comenzaron a darse de manera empírica y rudimentaria. La demanda por caballos, mulas y burros para bajar la barranca fueron los primeros servicios que brindaron los pobladores; el posterior ofrecimiento de alimentos y espacios para acampar incentivó la llegada de más turismo.

Desde un principio, los ejidatarios establecieron una pequeña cuota por visitar y permanecer en el lugar; estos primeros ingresos permitieron la instalación de servicios, entre los que se cuentan las regaderas y vestidores, corredores, andadores, escaleras provisionales para que el recorrido por los atractivos turísticos sea accesible (gruta, cascadas y túnel). Cuando la afluencia de visitantes fue mayor, se presentó la necesidad de más personal para responder a las necesidades de la propia actividad; entonces los ejidatarios decidieron constituirse como cooperativa ejidal.

Éstos comenzaron a organizarse formalmente en 1972. La construcción del camino de terracería por parte de la comunidad en 1975 posibilitó la llegada de más turismo, incrementándose con ello los recursos y las posibilidades de mejores condiciones para los ejidatarios. Fue así como el turismo empezó a diversificarse; ya no era sólo extranjero sino que dominaron los turistas nacionales, principalmente de la región de los estados de Hidalgo, Guanajuato, Querétaro, Distrito Federal y Estado de México, fortaleciendo con ello el turismo local.

Pero fue hasta 1976 cuando se formó la Sociedad Cooperativa Ejidal Grutas de Tolantongo, la cual se reconoce formalmente en la Secretaría de Hacienda y Crédito Público hasta 1998, a partir de cuyo año se inicia el pago de impuestos, agua y otros servicios. Ésta fue una iniciativa de 113 ejidatarios que se constituyeron como socios, sin influencia de autoridades ni de intereses privados (Zizumbo et al., 2006).

La Asamblea de Ejidatarios, de donde emana la cooperativa, estableció desde un principio la delimitación del área recreativa, asignándole 33 hectáreas. También estableció la distribución interna de tareas, considerando las posibilidades y capacidades de cada uno de los ejidatarios, dando libertad para integrarse en las actividades necesarias. Además, estableció que, para ser parte de la organización, es necesario que los socios cumplan todas las obligaciones que se han impuesto por la asamblea general, con responsabilidad, honestidad, respeto, confianza y buen comportamiento.

La sociedad cooperativa cuenta con un presidente o administrador, un secretario y un tesorero, quienes son electos en asamblea general y duran en su cargo un año. El trabajo de dirección y organización se realiza conjuntamente por el comisariado ejidal y el tesorero, quien avala las actividades que se efectúan; cada mes da a conocer la situación de la cooperativa, los ingresos y egresos de la misma, existiendo transparencia en el manejo de los recursos.

La elección de los representantes de la cooperativa se lleva a cabo en Asamblea General de Ejidatarios, conformada por el comisariado ejidal y el Consejo de Vigilancia. La asamblea general está constituida por todos los ejidatarios que no hayan sido privados de sus derechos y se realiza en forma abierta. No hay conflictos ni riñas entre ellos para elegir a sus representantes.

El trabajo dentro de la cooperativa se organiza cada año, distribuyendo las tareas a diferentes grupos, buscando que sean equitativas, pues no hay plazas completas de toda la semana, pero sí empleo durante todo el año en días de afluencia turística. Un grupo está integrado por los vigilantes de las áreas de estacionamiento, que día y noche protegen los autos. Durante el año reciben el monto de los días trabajados; cuando es temporada baja, sólo se les paga el fin de semana y tienen la oportunidad de emplearse en otras actividades que requiere la cooperativa, como trabajadores de la construcción o servir en otras áreas de conservación y de mantenimiento.

La lógica con la cual se mueve la cooperativa está sustentada en la propiedad de la tierra y en el trabajo. Esto quiere decir que con base en lo que ellos tienen y hacen pueden lograr muchas cosas, sin esperar a que la iniciativa privada o las instituciones gubernamentales lo hagan y después sean trabajadores al servicio de extraños. El que surja una iniciativa desde el seno de la comunidad como una propuesta equitativa, democrática e igualitaria para la organización del trabajo ha garantizado un mayor bienestar económico, social y cultural de sus miembros. Pero para lograrlo fue necesaria la instauración de normas, reglas y obligaciones estrictas que permitieran asegurar el buen funcionamiento de la sociedad cooperativa.

La participación es un derecho y una obligación de toda persona mayor de edad o padre de familia originaria de la comunidad, reconocida o no legalmente. La participación se da sobre todo en la Asamblea General de Ejidatarios, en el Consejo de Vigilancia, en la Delegación Municipal y en el Consejo de Participación Ciudadana.

El encargado de las finanzas es el tesorero ejidal, por eso en asamblea se le entrega mensualmente lo obtenido. Cuando hay necesidad de hacer arreglos se toma en cuenta la decisión del presidente, pues es quien conoce las necesidades de la cooperativa para su buen funcionamiento. Las cuentas son claras, existe total transparencia en la administración; con mucha claridad se presentan los ingresos y egresos para que nadie se quede con dudas. Existe total confianza de la gente en quienes eligen como directivos de la comunidad. Los lazos familiares son fuertes. Un tema que se maneja en cada asamblea es el de mantener su estilo de vida, lo que les da seguridad a los turistas, por la forma de vestir y actuar; por eso fomentan que los jóvenes respeten las costumbres para garantizar la tranquilidad del turismo.

Las asambleas son un foro muy importante para promover la conciencia social, ambiental y comunitaria, con el fin de lograr un mejor manejo de su empresa social y de la vida comunitaria a través de la democracia y de la equidad. En cuanto a la variable equidad, existe una gran responsabilidad de la asamblea de establecer estrategias de organización tanto para el ejido como para la cooperativa, con el propósito de que todos los pobladores tengan derecho al usufructo de la tierra y de sus recursos naturales. También para que participen en las actividades formales e informales de la cooperativa, desempeñando algún trabajo u ofreciendo algún servicio.

Así, pues, se puede decir que la sociedad cooperativa Grutas de Tolantongo es una empresa social que se sustenta en el trabajo de sus miembros. Todas las actividades que efectúan son relevantes para el sostenimiento de la empresa, ningún puesto es mejor o peor, todos tienen las mismas posibilidades de integrarse en las actividades que deseen, éstas se ponen a consideración en la asamblea general, en donde se decide siempre tomando en cuenta las habilidades y actitudes para desarrollar una u otra actividad. En algún momento, a los socios les tocará desempeñar alguna labor que aunque se vea inferior es tan digna como cualquier otra.

La conversión de los ejidatarios campesinos en prestadores de servicios turísticos y trabajadores de la construcción no ha modificado su vida. Esto quiere decir que siguen siendo grupos rurales cuya economía está dirigida hacia la subsistencia y que no son, estructuralmente, parte de una sociedad heterogénea y compleja; tampoco son grandes empresarios, y aunque reciben un salario, éste es parte de la propiedad de su tierra, de la cual poseen el control, ya que ahora tienen fuente de trabajo y sus condiciones de vida han mejorado.

La evolución del turismo ha sido paulatina, eso ha permitido que la comunidad se organice acorde con el crecimiento al ofrecer los servicios. Hasta el año 2002, el turismo se había mantenido en semana santa y días feriados, pero en los dos últimos se ha incrementado considerablemente durante todo el año; esto se debe a que hay más promoción del lugar a través de su página en internet, de la Secretaría de Turismo, del Gobierno del Estado de Hidalgo y de que las vías de comunicación han mejorado.

Actualmente la población de San Cristóbal vive del turismo en 90%; los ejidatarios brindan diversos servicios a través de la cooperativa, lo que les permite tener un empleo seguro. El éxito de la cooperativa se debe a la capacidad estructural del grupo, potencialmente derivada de la identidad cultural que se manifiesta en sus redes de solidaridad, cooperativismo y confianza.

Las prácticas turísticas se llevan a cabo alrededor del recurso agua, como es la de disfrutar los chorros en las grutas, en las cascadas o cortinas de agua, en las pozas deleitándose de las aguas termales, en el río jugando con la corriente o construyendo las pozas o simplemente dentro del agua admirando el paisaje. Para algunos las albercas y toboganes son importantes para su recreación en grupo. Lo interesante del lugar es que a pesar de la diversidad de clases sociales, ideologías, gustos y preferencias, la convivencia entre el turismo es de armonía y respeto, y esto es posible por el esfuerzo que ha hecho la cooperativa para cuidar el ambiente del lugar.

El principal atractivo, después de los recursos naturales, es la seguridad que ofrece el lugar, y lo económico que resulta para que pueda ir toda la familia y permanecer unos días. En los últimos cinco años se han construido cuartos de hotel y cabañas, se han mejorado las instalaciones de regadera y sanitarios. El turismo es familiar, tanto se puede encontrar desde gente mayor (de la tercera edad) con personas adultas, hasta jóvenes y niños, de todas las clases sociales, prevaleciendo la de recursos medios y bajos. Hay facilidades para cocinar en fogatas improvisadas o anafres traídos de sus casas, lo cual permite salvaguardar la economía familiar.

 

A manera de conclusiones

En esta era globalizada, donde el capital ha asumido nuevas formas de penetración, lo fundamental es el desarrollo de mercados. Lo único que interesa es abrirlos y desarrollarlos; por lo cual se trabaja y apuesta a la generación de condiciones para llevar a cabo una producción altamente rentable y competitiva. Por eso las políticas que se enuncian sólo proponen la incorporación de regiones, localidades y unidades productivas que cumplen con los requerimientos del capital para dar lugar a su reproducción. Esta modalidad, sustentada en el paradigma neoliberal, es básica actualmente; es la más importante y la que constituye la política económica del gobierno.

Hay una segunda modalidad que conforma la política social que desarrolla hoy en día el gobierno. Aquí se habla de desarrollo local, de medio ambiente, de naturaleza, de enfoque de género, de recuperación cultural, de aminorar la pobreza. Pero sigue orientada al mercado. La política social pone el énfasis en la búsqueda y formación de nuevos empresarios. Se trata de encontrar productores o prestadores de servicio que puedan volverse empresarios exitosos. Hallar nuevos clientes para la política económica y apoyar a aquellos que por no poseer condiciones adecuadas para la reproducción de capi tal han quedado excluidos de la política económica, siempre y cuando puedan reunir en un futuro mediato esas condiciones. No importa si comienzan con un "changarrito", lo relevante es que asuman la economía de mercado como su filosofía productiva.

Esas dos modalidades tienen varias cosas en común. Tienen como objetivo el desarrollo de la economía de mercado y se fundamentan en la formación de capi t al social y en la participación de la sociedad. Se preocupan del medio ambiente y del uso adecuado de los recursos naturales (renovables y no renovables). Predican la lucha contra la pobreza y apuestan por el desarrollo de proyectos turísticos productivos.

El desarrollo total del turismo en México responde a esos dos enfoques. Forma parte de las políticas económica y social, a través de las cuales se busca, ante todo, generar las condiciones para ampliar los mercados. Empero, hay una tercera modalidad para alcanzar el desarrollo local, que ha surgido de las propias comunidades y cuyo objetivo central no es el desarrollo del mercado, sino el mejoramiento de la calidad de vida.

Como los niveles de pobreza y exclusión no disminuyen, a la par de las políticas económica y social actuales, las comunidades rurales han desarrollado sus propias estrategias de sobrevivencia para enfrentar los embates del capitalismo neoliberal. El desarrollo de proyectos turísticos productivos así como la prestación de servicios, basada en las estructuras comunitarias, conforman esta tercera estrategia. Tiene como base la formación y conservación de la economía del trabajo por las propias comunidades.

Esta tercera estrategia de desarrollo basado en la comunidad tiene diferentes connotaciones. Actualmente es utilizada para impulsar el desarrollo, tanto desde lo económico como desde lo social. Se trata de una estrategia que surge desde abajo, desde las propias comunidades, por lo que el énfasis está puesto en su propio desarrollo, en las poblaciones locales.

La principal diferencia con la política social que se impulsa desde arriba estriba en que ésta prioriza el desarrollo de los mercados, mientras que la economía del trabajo está construida desde la base de las comunidades y busca un beneficio común. Al no estar incorporada al desarrollo nacional, estatal ni local, son los propios pobladores quienes buscan sus propias formas de organización.

La instrumentación de proyectos de turismo rural desde la economía del trabajo es una alternativa para mejorar las condiciones de pobreza y exclusión en las zonas rurales. Es una alternativa para buscar nuevas formas de incorporar a los individuos al trabajo, ya que el modelo económico liberal ha demostrado no tener capacidad para integrarlos.

La economía del trabajo viene a ser una estrategia constituida por formas organizativas de trabajo, a través de las cuales se busca la creación de bienes colectivos entre aquellos que comparten valores, ideales y formas de vida. Como tal, se sustenta en los antecedentes culturales, por los cuales se es capaz de luchar por obtener una mejor y mayor calidad de vida.

La economía del trabajo está conformada por la capacidad para generar movimientos políticos y sociales, a partir de ellos se plantean demandas y luchas por el control cultural del desarrollo. También por la posibilidad de generar organizaciones civiles independientes, mediante las cuales se suman los esfuerzos por alcanzar el desarrollo local.

La economía del trabajo de las comunidades rurales opera, en relación con el aprovechamiento de los recursos naturales con fines turísticos, generando espacios de negociación política dentro de los mismos miembros de los grupos sociales; actúa, por lo tanto, como un elemento endógeno de desarrollo. De manera que el turismo puede ser considerado como un instrumento de desarrollo, tanto desde una perspectiva económica como también social, siempre y cuando su objetivo sea ayudar a las comunidades a mejorar sus condiciones de vida.

Sin embargo, de los tres enfoques enunciados, que actualmente vinculan el desarrollo local con el turismo en el país, los dos primeros son los que prevalecen, dejando a la tercera modalidad con una presencia mínima, dado que no se adapta a la acumulación capitalista. Por ello, partiendo del marco analítico que brinda el tercer enfoque, podemos decir que los proyectos de turismo rural todavía no son una opción de desarrollo para las poblaciones, comunidades y localidades rurales de México.

Aunque la nueva política de desarrollo reconoce los desplazamientos recreativos y turísticos como un fenómeno que presenta posibilidades para impulsar, desde ahí, el desarrollo de las comunidades locales, los apoyos gubernamentales son mínimos y las condiciones de las comunidades limitadas; por eso éstas tienen que enfrentar por sí solas las dificultades que ocasiona la aplicación de un modelo salvajemente excluyente.

Las políticas de desarrollo turístico que se han instrumentado no han logrado el propósito de mejorar las condiciones de vida de las poblaciones rurales. Al contrario, la pobreza rural se ha agravado, resultado de los insuficientes ajustes y reformas coyunturales para solucionar los desafíos de la población que se encuentra abandonada (Díaz, 1989).

Aunque mucho se dice ahora que la sociedad civil ha asumido la gestión directa de sus demandas, apegada únicamente a los dictados de sus necesidades inmediatas; que vive, desde los años setenta del siglo pasado, un intenso proceso de crecimiento; que los grupos y organizaciones se multiplican, y que se abren nuevos y más complejos frentes de acción, puede asegurarse que los campesinos aún no son reconocidos como actores sociales importantes para la consecución del desarrollo económico, político y social del país.

La construcción del Estado moderno exige tomar en cuenta los planteamientos de las organizaciones rurales, ya que la participación de éstas garantiza no sólo la convivencia social que simboliza la vida democrática, sino también los niveles de gobernabilidad requeridos para avanzar en el desarrollo. Estas organizaciones están llamadas a cumplir un papel de singular importancia, por lo que tal construcción no se puede llevar a cabo ni entender sin su participación.

 

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Notas

1 Hacemos referencia a los componentes rurales de la política social gubernamental y a la mayoría de proyectos que desarrollan las organizaciones no gubernamentales que tienen apoyo financiero internacional.

2 Actualmente, los proyectos de desarrollo rural forman parte de la política social del gobierno, que se ejerce desde la Secretaría de Desarrollo Social (Sedesol).

3 Este anglicismo es utilizado para referirse al conjunto de actividades productivas que pueden realizarse en las áreas forestales, que van más allá del sólo aprovechamiento de los árboles. Entre ellas: recolección y cultivo de plantas medicinales y ornamentales (agroforestería) y desarrollo de actividades silvopastoriles (cuidado de animales en áreas boscosas).

4 Para profundizar en el tema véase Zizumbo (2007).

5 Fondo de trabajo es el conjunto de capacidades de trabajo que pueden ejercer, en condiciones normales, los miembros hábiles del grupo social para resolver solidariamente su reproducción. La realización de dicho fondo abarca las siguientes formas: a) trabajo mercantil (ya sea por cuenta propia o asalariado) y b) trabajo de reproducción propiamente dicha.

6 Se hace referencia al modelo keynesiano o de estado benefactor, que se aplicó en México desde el gobierno de Manuel Ávila Camacho (1940–1946) hasta el de José López Portillo (1976–1982).

7 El atractivo turístico para los visitantes de Atlapulco son sus valles: Las Monjas, El Silencio, El Conejo, Rancho Viejo, Las Carboneras, El Potrero y Cerrito del Ángel. La preservación y belleza de sus bosques motiva la llegada de visitantes a realizar actividades recreativas al aire libre. Gracias a la cantidad y calidad de agua disponible de sus manantiales, se desarrollan actividades piscícolas con fines recreativos y gastronómicos. Se han creado lagos artificiales donde es posible remar y pescar. Con el desarrollo de circuitos para motocicletas, la construcción de algunas cabañas para brindar el servicio de alojamiento, pequeños restaurantes, kioscos para la venta de artesanías, palapas para merendar o comer, áreas de juegos infantiles y toboganes se ha diversificado la oferta de servicios a los visitantes.

8 Son muchos los pobladores de Atlapulco que cuentan con propiedades privadas. Éstas son otorgadas por la Asamblea de Comuneros solamente si se es oriundo de la comunidad. Además, no se puede vender, pero sí se puede transferir a los hijos. En estas propiedades hay cabañas para el turismo, restaurantes, salones de fiestas, empresas de trucha, áreas recreativas que se trabajan como unidades familiares, etc. La mayor parte de estas tierras privadas se localiza dentro de áreas comunales, lo que dificulta la organización turístico–recreativa en los valles.

9 Conversación con don Odilón Rebolledo de 78 años de edad, ex presidente ejidal durante 1961–1964. Entrevistado en el poblado ejidal de San Cristóbal, Hidalgo en el año de 2004.

 

Información sobre los autores

Neptalí Monterroso Salvatierra. Ingeniero agrónomo y sociólogo con especialidad en Desarrollo Rural. Profesor e investigador de tiempo completo en la Facultad de Ciencias Políticas y Sociales de la Universidad Autónoma del Estado de México. Desde 1998 es profesor visitante de la Facultad Latinoamericana de Ciencias Sociales (FLACSO, Sede Guatemala). Línea de investigación: desarrollo rural. Publicaciones recientes: coautor de Espoleando la esperanza. Evaluación social de la sustentabilidad en dos comunidades rurales del Estado de México, Universidad Autónoma del Estado de México (2009); coautor de "Turismo e identidad de resistencia; la oposición local a proyectos turísticos en el Parque Nacional Nevado de Toluca, México", en Estudios y Perspectivas en Turismo, vol. 18, Buenos Aires, Argentina (2009); coautor, con Lilia Zizumbo, de Turismo rural y desarrollo sustentable, México (2008).

Lilia Zizumbo Villarreal. Doctora en Sociología, profesora e investigadora de tiempo completo en la Facultad de turismo de la Universidad Autónoma del Estado de México. Línea de investigación: estudios ambientales del turismo. Publicaciones recientes: coautora de Espoleando la esperanza. Evaluación social de la sustentabilidad en dos comunidades rurales del Estado de México, Universidad Autónoma del Estado de México (2009); coautora de "Turismo e identidad de resistencia; la oposición local a proyectos turísticos en el Parque Nacional Nevado de Toluca, México", en Estudios y Perspectivas en Turismo, vol. 18, Buenos Aites, Argentina (2009); coautora, con Neptalí Monterroso, de Turismo rural y desarrollo sustentable, México (2008).

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