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Historia y grafía

versión impresa ISSN 1405-0927

Hist. graf  no.62 México ene./jun. 2024  Epub 26-Ene-2024

https://doi.org/10.48102/hyg.vi62.504 

Comentario crítico

¿Nuevas cartografías del tiempo?: historicidad, conflictos y apertura de posibilidades1

New Cartographies of Time: Historicity, Conflicts and Opening Up Possibilities

Daniel Medel Barragán* 
http://orcid.org/0000-0001-9431-3283

*El Colegio de México. México. Correo: dmedel@colmex.mx


Resumen

A partir de una lectura cruzada entre el reciente libro de Berber Bevernage, Historia, memoria y violencia estatal. Tiempo y justicia, y algunas premisas surgidas del reciente “giro temporal” en la reflexión teórica de la historia, se plantean vías o contextos de lectura para contextualizar las premisas sobre las temporalidades espectrales.

El primero de estos contextos consiste en la idea de que los movimientos sociales esgrimen diversas temporalidades en los espacios públicos para configurar distribuciones nuevas de las memorias y las duraciones o persistencias de pasados difíciles. En este sentido, se observa que las temporalidades siempre se configuran desde espacios agónicos o de constante disenso asediados por los espectros de pasados difíciles.

El segundo contexto de lectura es inscribir las premisas de Bevernage sobre los tiempos espectrales en cuatro sensibilidades que territorializan las actuales postulaciones de las temporalidades: a) el conflicto y la apertura de posibilidades; b) las heterocronías y espectrologías; c) las temporalidades post-naturales; d) temporalidades queer. Desde estas claves de lectura se comenta el planteamiento espectral y derrideano de Bevenarge, la crítica al tiempo modernista y los binarismos entre ausencia/distancia y presencia/ausencia. En paralelo, se plantean algunas interrogantes necesarias para las operaciones historiográficas contemporáneas que pasan por la dimensión ética del tiempo y los fantasmas de los pasados violentos, coloniales, racistas y de la precariedad.

Palabras clave: violencias estatales; memoria; temporalidades; historiografía y teoría de la historia; futuridades

Abstract

From a cross-referenced reading between Berber Bevernage’s recent book, History, Memory, and State-Sponsored Violence: Time and Justice, and some premises conceived from the recent “temporal turn” in the theoretical reflection on history, we propose ways or reading contexts to contextualize the premises on spectral temporalities.

The first of these contexts is the idea that social movements wield diverse temporalities in public spaces to configure new distributions of memories and the durations or persistence of difficult pasts. In this sense, it can be observed that temporalities are always shaped from agonic spaces or spaces of constant dissent besieged by the specters of difficult pasts.

The second context of the reading is to inscribe Bevernage’s premises on spectral times into four sensibilities that territorialize the current postulations of temporalities: a) conflict and opening up possibilities; b) heterochronies and spectrologies; c) post-natural temporalities; d) queer temporalities. Bevenarge’s spectral and Derridean approach, the critique of modernist time, and the binarisms between absence/distance and presence/absence are discussed in the light of these reading keys. In parallel, some necessary questions are raised for contemporary historiographical operations that go through the ethical dimension of time and the ghosts of violent, colonial, racist, and precarious pasts.

Key words: State violence; memory; temporalities; historiography and theory of history; futures

Uno de los ámbitos con mayor juego de temporalidades es el arte. Ya sea desde la instalación o desde el performance, el campo artístico sitúa al observador al interior de una tensión entre temporalidades. “El archipiélago in[di]visible”, exposición e instalación en el Centro Cultural de Itchimbia, Quito, me sirve como arranque de este comentario de lectura. A lo largo de un recorrido que emula la disposición espacial del tianguis latinoamericano, el espectador experimenta un cúmulo de presencias en constante dislocación temporal: desde la plaza pública hasta la fiesta, pasando por una asamblea de futuro, es posible recorrer temporalidades en conflicto, antagónicas, y en traslape anacrónico.2

Casi a manera de un “objeto espectral”, los monigotes de la instalación -entre ellos Toussaint L’Overture, Guamán Poma, Simón Bolívar, Fidel Castro, Eva Perón, Emiliano Zapata, Mafalda y hasta Héctor Lavoe- funcionan como “un ritual histórico de dejar atrás, reflexionar sobre lo que pasó y abrirnos paso hacia el futuro”. El diálogo entre sus proyectos, salido de diversos tiempos, intenta “ofrecer una esperanza” y “la construcción de un futuro mejor al que nos han propuesto”.3

En las siguientes líneas me detendré a revisar algunos puntos de las propuestas temporales de Berber Bevernage, autor de Historia, memoria y violencia estatal. Tiempo y justicia. El libro de Bevernage puede insertarse en dos contextos. El primero consiste en los estudios sobre la memoria, además de los tópicos del reciente “giro temporal”, mientras que el segundo responde a los intereses de la agenda de investigación del autor.

Profesor belga de teoría histórica en el departamento de Historia de Ghent University, Bevernage ha colaborado en distintas redes de investigación interdisciplinaria como TAPAS (Thinking About the PASt) y la International Network for Theory of History. Historia, memoria y violencia estatal se desprende de su investigación doctoral en torno a la injusticia histórica, la ética en la operación historiográfica y las temporalidades que subyacen a la lectura de los pasados en contextos post-dictatoriales como los de Argentina, Sudáfrica y Sierra Leona. Originalmente publicado por Routledge en 2011 bajo el título History, Memory, and State-Sponsored Violence: Time and Justice, fue traducido en Argentina por María Eugenia Gay bajo la editorial Prometeo en 2014.

A partir de estos dos contextos me interesa relacionar las premisas de Bevernage sobre los espectros y el tiempo histórico con las preocupaciones recientes sobre las temporalidades sociales y políticas. Las manifestaciones sociales son las que impulsan la actualización o el uso de los pasados bajo formas de memoria esgrimidas en el espacio público4 y forman nuevas cartografías de las duraciones, de los tiempos y de las memorias. Dicho de otro modo, distribuyen los tiempos de formas distintas.

Los paisajes del tiempo y las cartografías que se desprenden de nuestros intentos por diagnosticar la temporalidad en relación con los conflictos sociales y las formas de historizar no son una operación nueva.5 La propia idea de cartografía, problematizada por Emmanuel Biset, conlleva también una serie de problemas para explorar las temporalidades distintas. Según señala el filósofo argentino, en su lectura de Claire Colebrook y Fredric Jameson, una cartografía implica una orientación o una dirección, “un movimiento, un rumbo, un camino”. Y, como tal, dicho rumbo puede “subordinar y excluir otras direcciones”6 en medio de un camino marcado por una temporalidad lineal que “permite no solo diferenciar entre un antes y un después, sino entre lo nuevo y lo viejo”.7 Preguntarnos por las “nuevas cartografías del tiempo” requiere tener el cuidado reflexivo de no incluir los marcos teóricos de las temporalidades en medio de una serie de reflejos teóricos unidireccionales: una “teoría de la vanguardia”, una “novedad” o una “teoría de la modernización”, por señalar algunos casos.

A las propuestas de reciente cuño en torno al análisis de las temporalidades debemos, además de un cuidado en términos de evitar clasificaciones cifradas en un binarismo antes/después, imprimir una disposición espacial o, dicho de otro modo, territorial. Tal como en el “Archipiélago in[di]visible”, territorializarles en medio de las formas sociales disponibles en el acervo de experiencias históricas latinoamericanas. Estas, marcadas a veces por procesos de acumulación, despojo y destrucción de los comunes, requieren ser parte -como señala Biset- de la “posibilidad de figurarse o representarse un presente determinado que tenga efectos sobre la acción política”.8 Dicho de otro modo, una cartografía del tiempo no “deja de estar sobredeterminada, a su vez, por una historia geopolítica, colonial, racial”.9

Ahora bien, hay propuestas recientes de diagnóstico temporal, tales como los “regímenes temporales”, que entran en discusión con las ya conocidas metacategorías de “regímenes de historicidad”.10 Por ello, es interesante inscribir las teorías previas -como la de François Hartog- en las discusiones sobre la multiplicidad de temporalidades. La idea de “régimen”, por ejemplo, en términos de Felipe Torres, “has the potential to account for more than one stable pattern”.11

Un caso que ilustra la apertura en la cartografía sobre las temporalidades es la propuesta de Martín Arboleda sobre la planificación. En ella, Arboleda identifica algunos elementos críticos para pensar las relaciones entre temporalidad y conflictos. A partir de la reinvidicación de la planificación, alejada del plano burocrático y heteropatriarcal de un estado estalinista, Arboleda defiende este orden temporal como una forma de propiciar escenarios sociales futuros ayudados de los adelantos técnicos y tecnológicos en materia de cuantificación.12

Por otro lado, es innegable que una dimensión planetaria, ecocrítica, es indispensable en las nuevas cartografías del tiempo o de nuestras relaciones con las temporalidades. Los conflictos planetarios también nos impelen a volver a pensar las formas en las cuales nos relacionamos con los pasados y los tiempos.13 Una conciencia planetaria, como señala Emily Vázquez en su lectura de Cristina Rivera Garza, Gayatri Spivak y Mary Louise Pratt, es contraria a la noción de globalidad. Dicha conciencia nos permite observar el mundo en términos de las relaciones plurales con lo natural, esto es, con “la multiplicidad infinita de seres alternos que habitan el planeta”.14

La globalidad, por su parte, pertenecería precisamente a los “anhelos del capitalismo extractivo” y la “homogeneidad abstracta” de las “normas económicas o geopolíticas”.15 Junto a la conciencia y la sensibilidad ante la planetariedad de las relaciones humanas y no-humanas con lo natural, las experiencias temporales han cambiado. Hablamos ya de una historia en términos de los tiempos de cambios sin precedentes, como señala Zoltán Boldizár Simon,16 y de las preguntas por el futuro ambiental del mundo.

En este sentido, vale la pena preguntarse por la relación entre los tiempos ambientales y los tiempos históricos pues, como apuntan Déborah Danowski y Eduardo Viveiros de Castro:

Los materiales y los análisis sobre las causas (antrópicas) y las consecuencias (catastróficas) de la “crisis” planetaria vienen acumulándose con extrema rapidez, movilizando tanto la percepción popular -con la debida mediación de los medios de comunicación- como la reflexión académica.17

En función de lo anterior, una cartografía de las temporalidades para la historiografía y la teoría de la historia requiere revisitar las nociones de temporalidad, heterocronías, y el reciente giro temporal (temporal turn).18 Requiere preguntarse cómo cartografiar, mapear y territorializar el giro temporal; cuestionarse de qué formas se territorializan los conflictos y la apertura de posibilidades en las relaciones actuales con los tiempos.19 Si bien antes autores como Walter Benjamin, Martin Heidegger o Michel Foucault han problematizado las nociones lineales y unitarias de las temporalidades, es posible señalar que el contexto de producción del reciente giro temporal responde a problemas distintos o, cuando menos, insertos en temas sobre el cambio climático, los recientes procesos de desposesión de los comunes y precariedad en las formas de vida, los registros afectivos, así como las violencias globales.20

Así, desde una apertura a la perspectiva de las nuevas cartografías del tiempo es preciso comprender los ritmos temporales, las utopías, distopías y las formas de territorializar las sensibilidades temporales que los movimientos sociales hacen a partir de formas de recordar y conmemorar pasados traumáticos y difíciles.

En esta apertura podemos observar de forma primaria, cuando menos, cuatro sensibilidades en dirección a pensar en una territorialización de las formas temporales: a) temporalidades del conflicto y apertura de posibilidades radicales para la emancipación de los comunes;21 b) temporalidades, heterocronías y espectrologías (hauntology);22 c) temporalidades post naturales, terrestres y minerales;23 d) temporalidades queer, críticas de los futuros reproductivos.24

Ahora bien, el libro de Berber Bevernage, Historia, memoria y violencia estatal, interactúa con, al menos, los puntos a y b de estos cuatro tópicos. El libro se inserta en la problemática de la espectrología de los pasados violentos que desencajan el tranquilo paisaje de una política temporal lineal y propone el análisis de las temporalidades en conflicto que son movilizadas por grupos sociales, como las Madres de la Plaza de Mayo. Así mismo se pregunta por los pasados que permanecen “pegados” o que “persisten en el presente”.

Estos pasados insistentes, “irrevocables”, indican que la temporalidad social no es lineal. Los movimientos sociales recuperan, insisten y agrupan pasados a través de formas, dispositivos y materialidades de memoria.

Por ello, el tiempo no es “irreversible” -guiño aparte a Gaspar Noé- y tampoco pertenece a la estela de la distancia temporal que taja la relación entre pasado y presente, propia del tiempo modernista de la historia. Antes bien, señala el teórico belga:

[…] la perspectiva de lo irrevocable ofrece una gran oportunidad para criticar el tiempo irreversible de la historia y de analizar la viabilidad de una cronosofía alternativa capaz de desafiar la concepción del pasado como un asunto “muerto” que se encuentra ausente o distante.25

Los pasados insistentes deconstruyen las distancias o ausencias, en palabras de Bevernage, en la medida que cuestionan las nociones de pasado, presente y futuro como entidades temporales autocontenidas o fácilmente distinguibles entre sí.

Las consecuencias prácticas de esta discusión teórica e historiográfica son visibles a través de los ocho capítulos que componen Historia, memoria y violencia estatal. En los primeros cuatro capítulos el autor se pregunta por la justicia transicional en los contextos posconflicto de Argentina, Sierra Leona y Sudáfrica a partir de los movimientos de las Madres de Plaza de Mayo, el trabajo de la Comisión Sierraleonesa por la Verdad y la Reconciliación y, finalmente, la herencia del Apartheid.

Dentro de la discusión de Bevernage, la justicia transicional depende de una política del tiempo que sitúa a los pasados traumáticos o violentos en un espacio alejado del presente. La así denominada “adecuada conciencia histórica” sobre estos pasados distibuye las sensibilidades y memorias a partir de la distinción pasado/presente. De este modo, la historia y el “énfasis en la cronología”, según el autor, fomentan un “sentido de discontinuidad histórica” con el objetivo de construir un “presente simultáneo o contemporáneo, liberado del pasado acechante”.26 La discontinuidad histórica en los casos de las comisiones favorece la formación de un proyecto histórico en aras de la “simultaneidad/ contemporaneidad cívica”, misma que funciona como criterio de distinción entre lo que “es pasado” y lo que “es presente”.

La segunda parte del libro, consistente en otros cuatro capítulos, explora con un especial calado teórico las relaciones entre el presente y el “pasado acechante”. Problematiza lo que Bevernage denomina una “cronosofía” en términos del “relato historicista del cambio histórico y el énfasis modernista en la disyunción entre el pasado y el presente”.27 Para el autor, dicha cronosofía limita el alcance de visibilidad temporal al de un “presente vivo” en oposición al “pasado muerto”.28 En la discusión más teórica del autor, desfilan los nombres de Fernand Braudel, R. G. Collingwood, Ernst Bloch, Louis Althusser y, por supuesto, Jacques. Derrida.

Ahora bien, si Historia, memoria y violencia estatal puede insertarse en una nueva cartografía de las temporalidades es porque responde tanto a las demandas teóricas sobre la comprensión de la movilidad temporal que provocaron las resistencias a la precariedad, las violencias de estado y la lucha social en los procesos de descolonización. Recupera una forma distinta de historizar que nos remite a la apertura de posibilidades, más que en términos de una historia acabada o distanciada del presente y del futuro.29

Esta recuperación puede entenderse, en nuestra lectura, desde tres coordenadas en intersección con las cartografías temporales recientes: a) la espectrología; b) el disenso temporal; y c) la dimensión práctica del tiempo.

1. La espectrología como el análisis de temporalidades transtornadas

Es ya conocida la crítica proveniente de las lecturas deconstructivas sobre la linealidad del tiempo histórico. La escritura -en su materialidad de trazo y traza- alberga la potencia de ser leída o reconocida en distintos contextos y circunstancias. En consecuencia, la lectura de textos y documentos históricos (como papel máquina) puede hacerse desde coordenadas distintas en términos temporales.30 La iterabilidad y la artefactualidad de la escritura nos sitúa, como lectores territorializados en tiempos lejanos al de la producción de la escritura, en interpretaciones que pueden (o no) ser completamente distintas a la de la intención original de un texto. Un significado no es estable ni se ajusta a la presencia plena: está diferido en una cadena de significantes que se desplaza espacial y temporalmente. Está, por hablar en la jerga derrideana, en différance.

En las lecturas deconstructivas, el tiempo no remite a la temporalidad de la presencia, del ser pleno, o de la ausencia. No descansa en la tranquilidad metafísica de la certeza del ser. Es, antes bien, un tiempo situado en un régimen no-binario de la presencia-ausencia. En el intersticio surge la figura del fantasma o del espectro, ente que no se encuentra de forma plena en el presente pero que, no obstante, asedia o ronda el conjunto de entidades en un contexto histórico. Sabemos que está ahí por sus efectos, síntomas y latencias; y, empero, no le podemos identificar de forma plena. Modula una forma de pasado -entre otras tantas- que no se ajusta a los parámetros de la presencia o de la ausencia. Antes bien, desplaza el binarismo del ser (presencia) y del no-ser (ausencia) hacia lo espectral.31

La deconstrucción derrideana -o, al menos, el proyecto por venir de la deconstrucción- no solo remite al desmantelamiento de la ontología occidental (o de la mitología blanca, según Derrida en su lectura de Hegel). Implica pensar la historicidad y la historia a partir de los márgenes y una estrategia de lectura deconstructiva fuera de la inocencia metafísica que anida en la historiografía institucional.32

El concepto metafísico de historia -que, en una lectura cruzada, podría entenderse en tanto que des-encubrimiento del ser a lo largo del tiempo- depende de la noción de presencia, esto es:

“[…] la proximidad de objetos (materiales o ideales), o como la auto-presencia o la auto-identidad de un sujeto/cogito inmediato a sus propios actos mentales, como la co-presencia del yo y del otro en la intersubjetividad, o, en el nivel más fundamental, como el mantenimiento del “ahora” puntual del presente temporal en sí mismo”.33

Esta lectura permite entender la distinción sobre el tiempo judicial y el tiempo de la historia que Berber Bevernage introduce en Historia, memoria y violencia estatal:

[…] el discurso judicial presupone un tiempo reversible en el que el crimen está, por así decirlo, totalmente presente y puede ser revertido, anulado, o compensado por la correcta sentencia y castigo. Esta noción del tiempo se relaciona a una lógica quasi-económica de culpa y castigo, en la cual la justicia es últimamente entendida como retribución y resarcimiento. En contraste con eso, la historia tradicionalmente trabaja con lo que ha sucedió y ahora está irremediablemente perdido. Insiste en la “flecha del tiempo”, piensa en el tiempo como fundamentalmente irreversible, y nos fuerza a reconocer las dimensiones de ausencia e inalterabilidad del pasado.34

Si el tiempo de la historia es, como dice el también autor de “The past is evil/evil is past”,35irreversible, también “sobredimensiona” los rasgos de “persistencia” y “presencia acechante del pasado”.36 Incluso puede señalarse que sentimientos derivados de los procesos pasados -como el resentimiento- se instalan en los tiempos irreversibles del pasado, esto es, como ausencia y presencia plenas. Esta forma de experimentar el pasado depende también de las vivencias sobre el tiempo, ya sean como algo alejado, lejano o cercano. El autor de “Time, presence and historical injustice” recurre a una distinción planteada por Vladimir Jankélevitch: irreversible/irrevocable. Las experiencias del pasado -y del tiempo, podríamos añadir- pueden sentirse, tocarse, rondar en términos de lo irreversible o un “haber-tenido-lugar”, un “haber-sido”, un pasado “transitorio o efímero”; y de lo irrevocable o un “haber-sido-hecho” en términos de un pasado “terco y duro”.37

¿Qué sucede con los pasados difíciles, violentos o situados en temporalidades transtornadas por procesos de cambios políticos y sociales? Bervernage nos advierte que, en ocasiones, los pasados que persisten o que se adhieren al presente pueden descoyuntar o deconstruir el binarismo por excelencia del tiempo modernista: la ausencia y la distancia.

[…] la perspectiva de lo irrevocable ofrece una gran oportunidad para criticar el tiempo irreversible de la historia y de analizar la viabilidad de una cronosofía alternativa capaz de desafiar la concepción del pasado como un asunto “muerto” que se encuentra ausente o distante y deja algún espacio intelectual para tomar en serio la idea de un pasado “persistente” o “acechante”.38

Un pasado que permanece y acecha rompe la tranquila temporalidad del tiempo vacío u homogéneo, de las cronologías modernistas, de la “extrañeza del pasado” y de la linealidad temporal de la historia convencional, de “los archiveros o historiadores clásicos en su epistemología, en su historiografía, en sus operaciones tanto como en sus objetos”.39

En este punto, Bevernage recurre a Jacques Derrida para recuperar las nociones de tiempo espectral y de deconstrucción del tiempo. El discutido giro político derrideano en “Espectros de Marx” (1993) es fundamental para entender la dimensión del tiempo espectral. Contrario al proclamado fin de la historia y la victoria de la democracia liberal en el globo, los espectros o afantasmamientos de Marx rondan el presente constitutido por:

[…] el desempleo causado por la desregulación de los nuevos mercados, la exclusión masiva de los ciudadanos sin hogar y los exiliados de la vida democrática, la incapacidad de dominar las contradicciones del libre mercado, el agravamiento de la deuda externa, la industria y el comercio armamentista.40

La herencia de Marx, de los socialismos y comunismos, rondan cual espectros a las descafeinadas posturas que defendieron y defienden la hegemonía liberal. Incluso, como señala Bevernage, los espectros rondan y participan del propio Marx al momento de lidiar con la “herencia revolucionaria” (francesa), el “carácter místico de la mercancía” como “aparición”.41

El asedio de los fantasmas, de los espectros, disloca el tiempo. Lo transtorna a partir de la “introducción de una anacronía constante en el presente”.42 El tiempo presente, al momento en que un espectro brota cual trauma o duelo, no es contemporáneo de sí mismo. Como apunta el autor de Historia, memoria y violencia estatal en su lectura de Warren Montag,43 un espectro depende de la noción derrideana de huella. Los pasados que emergen como fantasmas tienen una huella que no se ajusta al tiempo de la presencia; son, por el contrario, no-contemporáneos. Dicho de otro modo, son pasados que no mueren (no son ausentes) y no viven (no son presentes).

¿De qué forma los tiempos espectrales de los pasados adquieren vitalidad al momento en que movimientos sociales como las Madres de Plaza de Mayo, los sobrevivientes del Apartheid en Sudáfrica y Nueva Sierra Leona movilizan demandas de justicia transicional o de reparación?44

Las temporalidades también son usadas por las comisiones de verdad a través de discursos históricos que remiten a una “simultaneidad/contemporaneidad cívica” con el fin del “perdón y la promesa de no-repetición”.45 Para Derrida, según señala Bevernage, “toda reflexión sobre la injustricia y la ética debería estar estrechamente relacionada a una reflexión sobre la naturaleza desarticulada del tiempo y viceversa”.46 Veamoslo un poco más.

2. Las temporalidades en conflicto (o disenso)

La idea de François Hartog sobre un presente expandido que coloniza los pasados y los futuros ha encontrado una profunda resonancia entre las perspectivas analíticas de las temporalidades. Ciertamente, la tesis de que vivimos bajo un régimen de historicidad que ordena los pasados, presentes y futuros bajo el presentismo y la aceleración ha sido la punta de lanza de las reflexiones historiográficas sobre el tiempo.47 Sin embargo, ¿qué sucede cuando observamos las movilizaciones sociales que reclaman futuros y movilizan pasados de formas distintas a las de una “conceptualización moderna del tiempo”?, esto es, la idea de una “división estricta entre el pasado y el presente”.48 ¿Qué implicaciones analíticas tiene, para un análisis crítico de las temporalidades, el saber que un tiempo puede ser espectral o no-contemporáneo de sí mismo ni de su presente vivo?

Si vamos más allá de la tesis de Hartog, los conflictos sociales movilizan una serie de temporalidades que resquebrajan el paisaje temporal de una linealidad tranquila. Temas como la racialidad, la colonialidad, el cuidado y el género necesitan ser incorporados al momento de observar la constitución social de las temporalidades.49 Ideologías y posturas políticas desde el marxismo poseen también una pluralidad de temporalidades que necesitan ser consideradas como contrapunto a la identificada - por Wendy Brown y Enzo Traverso- melancolía de izquierda.50

Historia, memoria y violencia estatal también explora la dimensión conflictiva de las temporalidades a partir de los discursos de justicia en cuanto a los pasados violentos. Tal como señala Berber Bevernage, la “relación entre la historia y la justicia se encuentra generalmente dominada por la idea de que el pasado está ausente o distante”.51 Esta relación (o postulación) temporal con el pasado conlleva una serie de dificultades, empezando por la idea de un “pasado ausente”. Más allá de que la temporalidad modernista del pasado le confiere un estatus ontológico en términos de pérdida y ausencia, para la “carga ética” -en términos de Verónica Tozzi- la ausencia del pasado hace díficil cumplir con las demandas del “deber recordar”, del “hacer justicia al pasado” e, incluso, del “nunca más”.52 Por ello, es en la justicia transicional, en la reparación de injusticias históricas, en las violencias de las dictaduras del siglo XX y en los genocidios de regímenes raciales donde, a partir de Bevernage, podemos decir que la relación tiempo-ética se hace más presente que nunca.

Hay una política del tiempo a la que recurren los organismos dedicados a la preservación de la memoria y a la reparación de injusticias; política que, según el autor, es parte de un conjunto de reacciones frente a la “dicotomía modernista” del “presente vivo” y el “pasado ausente”.

El olvido como receta del perdón (el par amnesia-aminstía es ejemplar de esto) ha perdido crédito en medio de los conflictos temporales de los movimientos sociales en Sudáfrica con el Apartheid y en Argentina con las dictaduras militares.53

Dentro de los organismos dedicados a la justicia transicional están las comisiones de verdad. Situadas en un “tiempo post- conflicto”, las comisiones recurren a la historia a partir de la pacificación de “la fuerza problemática de la memoria”. En palabras de Bervenage, “la política transicional en general es interpretada como la búsqueda de un equilibrio justo entre el exceso de memoria y el exceso de olvido”.54

A pesar de ello, en el desborde de la receta del par amnesia-amnístia también habita una “disputa entre dos formas de memoria que son orientadas por dos apuestas temporales contrarias”.55 Desde esta disputa puede entenderse que la memoria y la historia no son un “dato natural” ni parte de una función representacional del pasado, “de buscar la verdad y generar sentido”. Antes bien, señala Bevernage, es una forma de relación con la distancia temporal del pasado: “nuestra relación con el pasado se basa en la producción y la manipulación de la distancia, por más resumida o extendida que sea”.56

Así pues, hay “construcciones de distancia” histórica, y, junto al autor, podemos decir que, en el margen de las temporalidades en conflicto o en disenso,57 coexistenten temporalidades en convivencia bajo formas espectrales o sedimentadas, a la espera de ser actualizadas.

La distancia histórica tiene un carácter performativo, esto es, la distancia entre presente y pasado no es un elemento dado de forma natural, antes bien requiere de ser pensado a la luz de la inestabilidad temporal:

[…] el lenguaje histórico no solo se utiliza para describir la realidad (el uso así llamado constatativo del lenguaje) sino que también puede producir efectos sociopolíticos y que, hasta cierto punto, puede provocar la efectivización de un estado de cosas que pretende meramente describir (el así llamado uso “performativo” del lenguaje).58

3. ¿Qué hacer con el tiempo?

A partir de las reflexiones que Berber Bevernage elabora en Historia, memoria y violencia estatal debemos preguntarnos por las dimensiones éticas que mantenemos en nuestras operaciones historiográficas. Dicho de otro modo, debemos abrir un campo de disenso en las temporalidades de las historiografías, disenso introducido por los espectros de pasados violentos que aún nos asedian: fantasmas del colonialismo, del racismo, de la precariedad, de las desapariciones.59

Una operación de lectura crítica del libro de Bevernage puede comenzar a preguntarse cómo territorializar desde suelo mexicano los tiempos de irreversibilidad e irrevocabilidad. Preguntarnos por las temporalidades y por elaborar nuestras propias cartografías a partir de los contextos de violencia en el siglo XX requiere tener en mente que las teorías de la historia y las historiografías no pueden desligarse de procesos como la guerra sucia en México, las violencias de estado en Acteal (1997), Aguas Blancas (1995), Tlatelolco (1968) o los recientes acontecimientos de Ayotzinapa (2014).

Los procesos de necropolítica y capitalismo gore, las desapariciones forzadas y feminicidios, así como la acumulación por despojo por la violencia del narcotráfico, requieren una acentuación del giro ético en la historiografía.60

Preguntarnos por los espectros de aquellas violencias de estado implicaría, por seguir a Bevernage, dislocar la linealidad del tiempo histórico, de la “simultaneidad/contemporaneidad cívica”. Significaría además cuestionar la distancia histórica que, como actores del siglo XXI, performamos respecto de las violencias pasadas y presentes. Al mismo tiempo, implicaría preguntarnos por la relación de las operaciones historiográficas y reflexivas en medio de un contexto marcado por el horrorismo contemporáneo, esto es, la violencia y el terror congelante, sin objetivo salvo “la vulnerabilidad del inerme”.61

La dimensión ética en la historiografía -dimensión abierta por Bevernage, Norton, Donnelly, entre otros y otras-62 nos empuja a pensar en las formas de duelo, de trauma y de pérdida que asedian a la reflexión teórica en la historia; no solo en términos de un pasado que nunca será alcanzado por la propia constitución espectral de la duración, del tiempo y los ritmos sociales, sino, además, por los ámbitos emocionales que subyacen a toda teoría de la historia.

En suma, Historia, memoria y violencia estatal nos invita a tratar críticamente nuestras relaciones con el tiempo y la historia. Estas reflexiones nos impelen, además, a examinar críticamente las historiografías cifradas en la lógica del tiempo modernista y lineal, o dicho de otro modo, “a reconocer el potencial performativo y la totalidad de las implicaciones éticas de las prácticas discursivas de la historia”.63

Una de las lecturas del libro de Bevernage podría remitirse a analizar las implicaciones de sus reflexiones para la historiografía del tiempo presente y la deconstrucción de la distancia histórica entre presente y pasado. Sin embargo, considero que, al inscribirse en el contexto de una cartografía de las temporalidades, Historia, memoria y violencia estatal funciona como síntoma de la imperiosa necesidad de territorializar las sensibilidades emergentes sobre los tiempos: desde la hauntología y espectrología derrideanas, la deconstrucción de las formas de duelo y memoria hasta los enfoques planetarios y ecocríticos. En ello reside la potencia crítica del libro de Bevernage; potencia que requiere, por incómodo que resulte, mirar hacia los pasados violentos y los presentes transtornados por los espectros de aquellas temporalidades en disputa.64

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1 Parte de las referencias empleadas en este ensayo me fueron transmitidas por Mariano Plotkin durante su seminario sobre “Temporalidades” en el marco del International Research Training Group “Temporalities of Future” de la Freie Universität Berlín durante el verano de 2022. A él y a los compañeros y compañeras les agradezco las interesantes discusiones sobre el tiempo social. Asimismo, agradezco a los dictaminadores anónimos de este comentario crítico por sus valiosas observaciones y sugerencias.

2Agradezco a Valeria Coronel, organizadora del encuentro “El pensamiento crítico latinoamericano ante las crisis mundiales: geneaologías, conceptos y estrategias” entre CALAS Maria Sibylla Merian Center/FLACSO-Ecuador, por la invitación y el recorrido a la exposición de “El archipiélago in[di]visible: juego, estética y política”.

4Véanse, por ejemplo, los trabajos de Elizabeth Jelin sobre la sociología de la memoria, concretamente La lucha por el pasado. Cómo construimos la memoria social, (Argentina: Siglo XXI Editores, 2017). Otros estudios complementarios pueden encontrarse en Eugenia Allier Montaño, 68. El movimiento que triunfó en el futuro: historias, memorias y presente, (México: IIS-UNAM/Bonilla Artiga Editores, 2021); y María Inés Mudrovcic y Nora Rabotnikoff (coords.), En busca del pasado perdido. Temporalidad, historia y memoria, (México: UNAM/Siglo XXI Editores, 2013); Beatriz Sarlo, Tiempo pasado. Cultura de la memoria y giro subjetivo. Una discusión, (Argentina: Siglo XXI Editores, 2005).

5Me remito a un pequeño texto publicado en Revista Común: “Diagnosticar el tiempo desde las izquierdas”, Revista Común, 4 de noviembre de 2022, https://revistacomun.com/blog/diagnosticar-el-tiempo-desde-las-izquierdas/

6 Emmanuel Biset, “Escena post-textual de la teoría”, Chuy. Revista de estudios literarios latinoamericanos, núm. 12, (julio 2022):146.

7 Biset, “Escena”, 146.

8Un ejercicio de incorporación de otras formas de vida provenientes de las experiencias latinoamericanas al conjunto de reflexiones sobre el tiempo y la ontología política que subyace a los ejercicios de diseño o planificación puede verse en Arturo Escobar, Designs for the Pluriverse. Radical Interdependence, Autonomy, and the Making of the Worlds, (Durham y Londres: Duke University Press, 2018).

9 Escobar, Designs, 147.

10 Felipe Torres, Temporal Regimes. Materiality, Politics, Technology, (Londres y Nueva York: Routledge, 2021); François Hartog, Regímenes de historicidad: presentismo y experiencias del tiempo, (México: Universidad Iberoamericana, 2003).

11 Torres, Temporal Regimes, 4.

12Lo que podría entrar en debate con las figuras temporales de la posibilidad y futuros financieros dentro del tiempo capitalista. Véase, Martín Arboleda, Gobernar la utopía. Sobre la planificación y el poder popular, (Buenos Aires: Caja Negra, 2021); Louise Amoore, The Politics of Possibility. Risk and Security Beyond Probability, (Durham y Londres: Duke University Press, 2013); Jens Beckert, Imagined Futures. Fictional Expectations and Capitalist Dynamics, (Cambridge: Harvard University Press, 2016); Elena Esposito, The Future of Futures. The Time of Money in Financing and Society, (Cheltenham y Northampton: Edward Elgar, 2011).

13Véase, “Planetariedad en El mal de la taiga, de Cristina Rivera Garza”, en Romance Quarterly, (2022): 2.

14 Emily Vázquez, “Planetariedad en El mal de la taiga, de Cristina Rivera Garza”: 2.

15Una sensibilidad crítica ante la planetariedad de las relaciones con lo natural se ha traducido en la fundación de institutos dedicados a los estudios posnaturales. Véase, https://www.instituteforpostnaturalstudies.org/.

16 Zoltan Boldizsár Simon, History in Times of Unprecedented Change. A Theory for the 21st Century, (Gran Bretaña: Bloomsbury, 2019).

17 Déborah Danowski y Eduardo Viveiros de Castro, ¿Hay mundo por venir? Ensayo sobre los miedos y los fines, (Buenos Aires: Caja Negra Editora, 2019), 21,

18Visible, por ejemplo, en Penelope J. Corfield, “History and the Temporal Turn: Returning to Causes, Effects and Diachronic Trends”, en J-F- Dunyach, Les ages de Britannia: repenser l’histoire des mondes Britanniques-Moyen Age-XXI siècle, (Presses Universitaires de Rennes, 2015), 259-273.

19Para la idea de territorialización, véase Felipe Torres, “Temporal technologies and technologies of time”, Temporal Regimes; Nigel Thrift y Jon May eds., Timespace. Geographies of temporality, (Londres y Nueva York: Routledge, 2001).

20Agradezco esta especificación de la dictaminación anónima.

21 Kathleen Davis, Periodization and Sovereignty. How Ideas of Feudalism and Secularization Govern the Politics of Time, (Philadelphia: University of Pennsylvania Press, 2008); Dan Edelstein et al. eds., Power and Time. Temporalities in Conflict and the Making of History, (Chicago y Londres: The University of Chicago Press, 2020); Gary Wilder, Concrete Utopianism. The Politics of Temporality and Solidarity, (Fordham University Press, 2022), y Freedom Time. Negritude, Decolonization, and the Future of the World, (Durham y Londres: Duke University Press, 2015); Ezequiel Gatto, Futuridades, (Rosario: Casa Grande, 2018).

22 Ricardo Nava, Improntas de ausencias. Historicidad, escritura y archivo en Jacques Derrida, (México: Universidad Iberoamericana/Editorial Navarra, 2022); Verne Harris, Ghosts of Archive. Deconstructive Intersectionality and Praxis, (Routledge, 2021).

23 Arturo Escobar, Designs for Pluriverse. Radical Interdependence. Autonomy, and the Making of Worlds, (Durham y Londres: Duke University Press, 2018); Dipesh Chakrabarty, The Climate of History in a Planetary Age, (University of Chicago Press, 2021); Maristella Svampa, Antropoceno. Lecturas globales desde el sur, (Córdoba: Costureras, 2019); Donna Haraway, Seguir con el problema, (Buenos Aires: Consonni, 2019).

24 Lee Edelman, No al futuro. La teoría queer y la pulsión de muerte, (Egales, 2014); José Esteban Muñoz, Utopía Queer. El entonces y allí de la futuridad antinormativa, (Buenos Aires: Caja Negra Editora, 2020); Penélope Deutscher, Crítica de la razón reproductiva. Los futuros de Foucault, (Buenos Aires: Eterna Cadencia Editora, 2017).

25 Bevernage, Historia, 27.

26 Bervenage, Historia, 160.

27Una discusión sobre el concepto de cronosofía puede entablarse con la noción de chronocenosis o la idea de que las temporalidades siempre están en constante conflicto por mantener hegemonías y un régimen temporal en relación con el poder político. Más que un orden lineal en términos de pasado/presente/futuro, una chronocenosis nos permite pensar en las relaciones temporales en clave de “competencia, conflicto, cooperación, inestable y, en ocasiones, incluso anárquica”. Es aquí donde podemos leer críticamente las posturas de Hartog sobre el régimen de historicidad, además de las metáforas sobre el orden temporal. Véase, Edelstein et al., Power, 27.

28 Bevernage, Historia, 203.

29Un gesto analítico similar puede encontrarse en Gary Wilder, Concrete Utopianism.

30 Jacques Derrida, Papel Máquina. La cinta de máquina de escribir y otras respuestas, (Madrid: Trotta, 2003); Jacques Derrida, Introducción a El Origen de la Geometría de Husserl, (Buenos Aires: Manantial, 2000).

31Para una aproximación a los “estudios espectrales” en los campos de la cultura, véase María del Pilar Blanco y Esther Peeren eds., The Spectralities Reader. Ghost and Haunting in Contemporary Cultural Theory, (Londres: Bloomsbury, 2013); Esther Peeren, The Spectral Metaphor. Living Ghosts and the Agency of Invisibility, (Palgrave Macmillan, 2014); Christina Lee ed., Spectral Spaces and Hauntings. The Affects of Absence, (Nueva York y Londres: Routledge, 2017).

32Agradezco los comentarios de los/las dictaminadores anónimos/as en este sentido.

33 Bevernage, Historia, 244.

34 Bevernage, Historia, 23.

35Berber Bevernage, “The past is evil/evil is past: on retrospective politics, philosophy of history, and temporal manicheism”, en History and Theory, núm. 3, vol. 54, (2015), 333-352.

36 Bevernage, Historia, 25.

37 Bevernage, Historia, 26.

38 Bevernage, Historia, 27.

39 Jacques Derrida, Mal de Archivo. Una impresión freudiana, (Madrid: Trotta, 1997), 36. La idea de “extrañeza del pasado” surge, según Bervenage en su lectura de Peter Fritzsche (Stranded in the Present. Modern Time and the Melancholy of History) de las experiencias de la novedad y el cambio, mismas que allanaron el camino para la emergencia de los temas de las ruinas o vestigios del pasado.

40 Bevernage, Historia, 240.

41 Bevernage, Historia, 241.

42 Bevernage, Historia, 255.

43El texto de Montag “Spirits Armed and Unarmed. Derrida’s Specters of Marx” se encuentra en la serie de respuestas que Michael Sprinker compiló de distintos pensadores en Demarcaciones espectrales. Estas respuestas son quizás los primeros afantasmamientos del espectro de Derrida en la filosofía política, la historia y la teoría cultural.

44Es importante señalar que por vitalidad entendemos la capacidad de los pasados de exceder su tiempo y asediar el pasado a partir de síntomas o de recuperaciones fantasmáticas por parte de los movimientos sociales. Al mismo tiempo, es preciso comprender que la noción de recuperación de los pasados es una convención —por hablar como Mark Fisher— típicamente modernista, esto es, la idea de que el pasado, en efecto, está ahí disponible y susceptible de ser actualizado bajo la forma de la nostalgia, algún ejercicio proustiano o la confianza metodológica de la historiografía convencional en el realismo ontológico de los pasados. Una forma de comprender la temporalidad y los pasados movilizados en términos fantasmáticos es la agencia de lo virtual, o “entendiendo al espectro no como algo sobrenatural, sino como aquello que actúa sin existir (físicamente)”. Un tiempo espectral puede asediar (haunting) los modos tradicionales de recuperar el pasado —la historia nacional y los dispositivos cívicos del consenso— a través de prácticas fantasmáticas como la visibilización de la violencia, la disputa por la memoria y la conciencia de la agencia que los pasados, en tanto que virtuales o no sujetos al régimen de presencia y ausencia, pueden tener. Agradezco a los/las dictaminadores anónimos esta precisión. Véase, Mark Fisher, Los fantasmas de mi vida. Escritos sobre depresión, hauntología y futuros perdidos, (Buenos Aires: Caja Negra Editorial, 2018); Ethan Kleinberg, Haunting History. For a Deconstructive Approach to the Past, (Stanford: Stanford University Press, 2017).

45 Bevernage, Historia, 161.

46 Bevernage, Historia, 257.

47Véase Hartmut Rosa, Accélération. Une critique sociale du temps, (París: Éditions La Découverte, 2011); Hartmut Rosa, Résonance. Une sociologie de la relation au monde, (París: Éditions La Découverte, 2018).

48Verónica Tozzi, “La carga ética del tiempo histórico”, en Bevernage, Historia, 15.

49Véase, Charles W. Mills, “The chronopolitics of racial time”, en Time & Society, (2020): 1-21; Katharina Hunfeld, “The coloniality of time in the global justice debate: de-centering Western lineal temporality”, en Journal of Global Ethics, núm. 1, vol. 18, (2022): 100-117; María Inés Mudrovcic, “The politics of time, the politics of history: who are my contemporaries?”, en Rethinking History, núm. 4, vol. 23, (2019): 456-473; Eviatar Zerubavel, Time Maps. Collective Memory and the Social Shape of the Past, (Chicago y Londres: The University of Chicago Press, 2003); Lisa Baraitser, Enduring Time, (Londres y Nueva York: Bloomsbury, 2017).

50Véase, Vittorio Morfino y Peter D. Thomas eds., The Government of Time. Theories of Plural Temporality in the Marxist Tradition, (Leiden y Boston: Brill, 2018); Massimiliano Tomba, Marx’s Temporalities, (Leiden y Boston: Brill, 2013); Massimiliano Tomba, Insurgent Universality. An Alternative Legacy of Modernity, (Estados Unidos: Oxford University Press, 2019).

51 Bevernage, Historia, 22.

52 Bevernage, Historia, 21. Una reflexión sobre las violencias estatales puede encontrarse en Camilo Vicente Ovalle, [Tiempo suspendido]: Una historia de la desaparición forzada en México; y Rodolfo Gamiño Muñoz, La Patria de los Ausentes. Un estudio de la desaparición forzada en México.

53Una lectura de las producciones cinematográficas sobre los juicios militares desde una clave en temporalidades está por hacerse. Es ejemplar la reciente película de Santiago Mitre (2022), Argentina 1985 a propósito del juicio a la dictadura cívico-militar argentina.

54 Bevernage, Historia, 47.

55 Bevernage, Historia, 47.

56 Bevernage, Historia, 47.

57Entiendo disenso como el desacuerdo radical. Véase, Jacques Ranciére, Disenso. Ensayos sobre estética y política, (México: Fondo de Cultura Económica, 2019); también, Chris Lorenz y Berber Bevernage eds., Breaking up Time. Negotiating the Borders between Present, Past and Future, (Vandenhoeck & Ruprecht, 2013).

58 Bevernage, Historia, 48. Líneas adelante el autor señala una hipótesis que puede ser interesante para los estudios del tiempo presente y de los nacionalismos en México. Bevernage apunta que una construcción nacional puede encontrar un basamento en “un proyecto de simultaneidad” que limite la “abundancia de memoria de pasados atroces”. Esta simultaneidad nacional tendría por objeto la “producción de un sentido de irreversibilidad” y así “restablecer o imponer la ruptura moderna entre pasado y presente”.

59Véase, Sonia M. Tascón, “From Spectres of Horror to ‘The Beautiful Death’. Re-Corporealising the Desaparecidos of Argentina”, en Christina Lee ed., Spectral Spaces and Hauntings. The Affects of Absence, (Nueva York y Londres: Routledge, 2017), 182-194.

60Véase, Iléana Diéguez, Cuerpos sin duelo. Iconografías y teatralidades del dolor, (Córdoba: Ediciones DocumentA/Escénicas, 2013); Sayak Valencia, Capitalismo Gore, (España: Melusina, 2010).

61Véase, Adriana Cavarero, Horrorismo. Nombrando la violencia contemporánea, (España: Anthropos/Universidad Autónoma Metropolitana-Iztapalapa, 2009), 12.

62Véase, Mark Donelly y Claire Norton, Liberating Histories, (Londres y Nueva York: Routledge, 2019).

63 Bevernage, Historia, 266.

64En un texto previo he comentado algunas cuestiones sobre los pasados que incomodan y asedian al paisaje temporal de la historia. De ahí la necesidad de fiaceptar la incomodidad de los pasados como vía política. Puede consultarse aquí: https://elpresentedelpasado.com/2020/06/29/desbordar-el-pasado/?fbclid=IwAR0wflttD6y-R15SJ3F9OXdSZaAK8CUrGnRYLGBe9Lt-Fm7WmezW_FyofCY

Recibido: 22 de Marzo de 2023; Aprobado: 12 de Julio de 2023

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