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Historia y grafía

versión impresa ISSN 1405-0927

Hist. graf  no.55 México jul./dic. 2020  Epub 07-Sep-2020

 

Expediente

Hayden White: apropiaciones actuales

La poética de la historia como ironía: constructivismo, observación y valor reflexivo

The Poetics of History as Irony: Constructivism, Observation and Reflexive Value

Fernando Betancourt Martinez1  * 

1Universidad Nacional Autónoma de México México


Resumen

El autor de este artículo busca ejercer una lectura de la obra de Hayden White con el fin de identificar, de sus propuestas tropológicas y poéticas, una serie de implicaciones epistemológicas. Dicho ejercicio requiere suspender el condicionante retórico introducido por White, sin menoscabo del valor de esas implicaciones cognitivas. El elemento básico de este esfuerzo es retomar la condición irónica como compensatoria al proyecto de describir la historia como productora de conocimientos objetivos. La tesis central afirma que la actitud irónica es un camino que permite observar lo inobservable de la operación historiográfica y dotarla de un valor reflexivo que, a su vez, le permite reproducir sus estructuras cognitivas.

Palabras clave: Hayden White; epistemología; historiografía; constructivismo; teoría de la observación; teoría de sistemas; poética; ironía

Abstract

The author of this article seeks to exercise a reading of Hayden White’s work in order to identify, from his tropological and poetic proposals, a series of epistemological implications. This exercise requires suspending the rhetorical condition introduced by White, without prejudice to the value of these cognitive implications. The basic element of this effort is to resume the ironic condition as compensatory to the project of describing history as a producer of objective knowledge. The central thesis affirms that the ironic attitude is a path that allows observing the unobservable of the historiographic operation and providing it with a reflexive value that allows it to reproduce its cognitive structures.

Keywords: Hayden White; Epistemology; Historiography; Constructivism; Observation Theory; Systems Theory; Poetics; Irony

Introducción

El objetivo del presente escrito consiste en modificar el planteamiento original de Hayden White respecto a la ironía y a su marco general, esto es, la poética y su teoría tropológica, con el fin de introducirlas en la discusión epistemológica de las últimas décadas. Así, se entiende a la ironía como una forma de observar observaciones de manera continua, cuestión que permite generar valores propios de control necesarios para la operación que lleva a cabo la historiografía. Mientras que la poética puede ser abordada en sus implicaciones constructivistas, perspectiva que es central en la actualidad para analizar los procesos cognitivos.1 Desde este punto de vista, la tropología y la estructura narrativa de toda historia relatada no esconden su condición como construcciones discursivas donde la realidad del pasado no es independiente de las operaciones que las determinan. De tal manera que toda historia es finalmente historiografía. Por otro lado, la modificación así planteada no puede dejar indemne el marco retórico general, puesto que se trata de llevarla hacia un campo sin duda diferente al horizonte desde el cual trabajó White; esto es, la teoría contemporánea de sistemas en la perspectiva de Niklas Luhmann.

Ahora bien, los escritos de Hayden White han sido vistos como una apertura para plantear un conjunto de problemas que no tenían pertinencia alguna en aras de describir el saber histórico. Cuestiones que no escondían su vinculación directa con la forma que éste adquiere como escritura o discurso, entre otras.2 En una situación que no resultaba contraria se colocaban, a mediados del siglo XX, tanto aquella reflexión historiográfica convencional como la filosofía de la historia de cuño hegeliano, siendo ambas producto característico del XIX. La manera de formular problemas en un caso como en el otro tenían como marco comprensivo aquel realismo que imperaba en ese momento, mismo que autorizaba a plantear la cuestión central, a saber: ¿a partir de qué procedimientos los historiadores crean representaciones válidas de acontecimientos pasados, donde dicha validez implica acceso a estados de cosas sucedidos realmente? El acceso era un procedimiento mediado por las fuentes a las cuales acudían los historiadores, mientras que las representaciones se articulaban como discursos que exhibían capacidad de coincidencia con el pasado mismo.

El nivel de la ruptura se puede seguir apreciando cuando se hace notar la postura de White respecto a estas dos tradiciones decimonónicas. Primero, la base poética de la cual parte la historiografía muestra que esos discursos son “ficciones verbales cuyos contenidos son tanto inventados como encontrados”, por lo que las formas de dichas representaciones tienen que ver más con la literatura que con esa fría especulación teórica habitual para su fundamentación.3 Esto es, la literatura es una de las bases constitutivas del saber histórico moderno, por más que desde el siglo XIX y desde su realismo a ultranza éste haya querido alejarse de la ficción que le es inherente. Segundo, las formas aludidas en el primer punto refieren, según White, a otra base constitutiva de los discursos históricos: los denominados tipos de relatos destilados por la tradición narrativa occidental. Se trata por lo menos de cuatro formas que posibilitan la explicación histórica por la vía del tipo de trama utilizado: romance, tragedia, comedia y sátira, propuesta retomado por White de la obra de Northrop Frye.4

Tercero, si bien su codificación permite dotar de significado a un conjunto de acontecimientos sucedidos realmente -es decir, mostrarlos como hechos históricos a partir de estructuras verbales específicas-, el nivel más profundo que se encuentra movilizado, tanto en términos poéticos como en las posibilidades de la trama, consiste ni más ni menos que en la introducción del lenguaje figurado. Por último, se puede afirmar que la ruptura está en relación directa con la elevación de la tropología a condición del saber histórico en su forma verbal, así como de su marco de referencia, es decir, la poética misma. Así, los tropos permiten transformar un conjunto de acontecimiento a partir de operaciones que inician con la identificación de una “serie” y su conversión en “secuencia”, de ésta en “crónica” y de ahí a la configuración de una “narrativización”.5

La tropología permite distinguir con claridad los tipos de discurso histórico de los propiamente científicos -exigencia formulada por el propio White para dotar de pertinencia a sus propuestas-, mientras que en sentido inverso se promueve un acercamiento con la literatura al resaltar las “semejanzas” entre ésta y el “escrito histórico”.6 Esta caracterización tiene como base de pertinencia a los cuatro tropos recuperados por la tradición moderna, teniendo en la obra de Vico su más alta sistematización. Éstos son la metáfora, la metonimia, la sinécdoque y la ironía, y permiten el acceso a fenómenos y a su expresión lingüística cuando los discursos directos y pretendidamente denotativos carecen de medios para hacerlo. Si bien White reconoce que los tres últimos son formas metafóricas, se distinguen entre sí por los tipos de “reducciones” o de “integraciones” que llevan a cabo. De tal modo que la metáfora es característicamente “representativa”, la metonimia es un caso de reduccionismo, la sinécdoque es “integrativa”, mientras que la ironía es una forma “negativa”.7

El papel de la ironía resalta por el hecho de que permite superar el nivel de ingenuidad en que se mueven los demás tropos al generar una suerte de autoconciencia en el nivel de la expresión figurativa misma. Al negar algo que se afirma en un sentido literal, la conciencia irónica introduce “una concepción genuinamente ‘ilustrada’, es decir, autocrítica”.8 Se trata del tropo que coloca al racionalismo en su propio límite; abriendo la puerta al escepticismo induce formas alternativas viables que ponen el acento en cómo se habla del mundo y no tanto del mundo mismo.9 En la medida en que acentúa el fenómeno de catacresis, la ironía alienta la autoconciencia respecto a la propia expresión figurativa, permitiendo introducir la distinción entre lo erróneo y lo verdadero, entre lo comprensible y lo incomprensible. De acuerdo con lo anterior, es una vía de acceso a la identidad de la propia distinción o a los “modos lingüísticos” involucrados, más que una referencia a “contenidos supuestos” que pueden llegar a expresar su condición, en el caso de la historia, de sucedidos en realidad.10

Dicho de otro modo, la función de la ironía permite identificar la forma que predetermina todo contenido expresivo, incluyendo aquellos discursos historiográficos de corte realista. Esto nos lleva de manera directa a la cuestión de los límites del conocimiento. Tomando como elemento central una afirmación de Hayden White, que hace resaltar la importancia de la forma o los modos de la composición lingüística, se deja ver entonces la relevancia que tienen esos límites a partir de los cuales se construye el saber histórico, y ése sería el valor de la poética como recurso reflexivo. La cualidad irónica propia de la argumentación postulada en los libros de White supone, por tanto, un criterio para volver autoconsciente a la propia historiografía de sus condiciones de posibilidad y de los límites a partir de los cuales opera. Las operaciones poéticas que se localizan en el escrito histórico son posibles por la lógica diferencial que se sigue de toda forma, lo que incluye la posibilidad de llevar adelante alguno de los tipos narrativos disponibles.

Si la historiografía no puede ocultar sus componentes “poéticos-retóricos” que la facultan para construir representaciones históricas, esto se le debe a las formas prescritas que operan en todo desarrollo narrativo.11 De modo tal que la ironía funciona como compensatoria de la ingenuidad de un observador -en este caso, el historiador que busca recuperar el pasado como tal- que afirma que describe al mundo sin ningún presupuesto, cuando las formas se colocan precisamente en aquel nivel previo que da pie al conjunto de posible descripciones. Esta autoconciencia puede ser pensada también como una operación que se lleva a cabo en el campo de la historiografía, donde su prestación básica consiste en observar lo inobservable de la historiografía, lo que es asimismo válido para su propia revisión histórica como productora de sentido.12

Tomando en cuenta todo lo ya planteado, se trata de delimitar el componente constructivista que se encuentra implícito en la obra de White, llevarlo a un marco diferente al de la retórica y, por tanto, de su propuesta tropológica, para, por último, formular una tesis respecto a la función que cumple la historiografía en la propia operación historiográfica. Es en esta última posibilidad donde la ironía puede ser analizada, fuera de su condicionamiento tropológico, como una exigencia de observar lo inobservable de dicha operación, y en tal sentido está en condiciones de adquirir el valor de una autorreflexión necesaria para reproducir la estructura cognitiva de la historiografía. En tal perspectiva, la realidad no puede ser independiente de las operaciones previas que incluso determinan las capacidades explicativas que pueden exhibirse.

Constructivismo, poética y condición autorreferencial

En la base de las propuestas elaboradas por Hayden White se encuentra una nueva manera de interrogar al saber histórico y a sus condiciones de posibilidad. Lo que resalta es que dicha labor se produce desde el mismo territorio epistemológico que es objeto de cuestionamiento. Ésa es una gran diferencia respecto a las elaboraciones reflexivas realizadas por la filosofía de la historia. Incluso toma distancia también de aquel otro campo de la filosofía que pretendía fundamentar formalmente los conocimientos sobre el pasado y transparentar la manera en que los historiadores explicaban de modo científico el conjunto de fenómenos que característicamente se daban como objeto.13 En ambos casos, lo que pareciera validar tanto el acceso al sentido general del devenir, así como clarificar las potencialidades de objetivación del pasado que exhibía la historia, estaban en relación directa con la capacidad de la filosofía de tomar distancia de su objeto de reflexión. Precepto difundido con amplitud no sólo en el campo de la filosofía moderna, puesto que estaba también acreditado con firmeza en el campo científico al tiempo de ser basamento central de la tradicional teoría del conocimiento.

Utilizando un vocabulario diferente al hasta aquí empleado, es posible establecer la diferencia entre enfoques definiendo los acercamientos filosóficos habituales como heterorreferenciales, mientras que el ensayado por White es típicamente autorreferencial.14 El primero toma como eje central su diferenciación respecto a la historia, incluso garantizando con este gesto su superioridad reflexiva. Se ha reconocido críticamente desde hace tiempo que en esta postura se encuentra presente una consideración respecto a la necesidad de distanciarse de las paradojas que implican los enfoques autorreferenciales, reduciéndolas a simples tautologías que obstaculizan la objetivación a la que aspira todo conocimiento científico. La única forma de escapar a las tautologías consistía en seguir sosteniendo la disparidad ontológica que subyace a la relación entre sujeto cognoscente y objeto por conocer. Mientras que la segunda postura afirma que dicha capacidad reflexiva ofrece mayor rendimiento cuando se convierte en capacidad autorreflexiva: la historiografía interrogando a la propia historiografía.

La noción de autorreferencia -misma que da pie para hablar de sistemas propiamente autorreferenciales- implica la necesidad para la propia ciencia de considerarse objeto de su propio esfuerzo explicativo, cosa que no puede estar fuera de los alcances de la propia historiografía siguiendo la argumentación de White. La perspectiva autorreferencial asume una cuestión que en la actualidad es motivo no sólo de preocupación teórica sino plataforma para abordar de otra manera -es decir, más allá de la relación sujeto/objeto- las cuestiones cognitivas: define el hecho de que la unidad de los sistemas (la historiografía misma como sistema de comunicaciones) descansa en sí misma y no en algo externo al sistema.15 El argumento implica ya una apreciable extensión del campo de atribuciones de la historiografía, aumento que no puede contentarse en exclusiva con validar de modo histórico los enunciados producidos en el sentido de incremento constante de capacidades referenciales.

Dicha ampliación -que a fin de cuentas termina desalojando a la modalidad de validación realista- es producto de la inclusión de la propia historiografía como objeto de sí misma y de sus potencialidades operativas.16 Precisamente, la consideración por la cual la historiografía configura un campo operativo tiene por correlato la necesidad de enfocar su forma estructural de manera sistémica, lo que desemboca en una perspectiva autorreferencial. Este argumento se desprende de un precepto que se ha ido aclarando en la intensa discusión sobre teoría del conocimiento desarrollada en las cuatro últimas décadas del siglo XX, a saber: sólo es posible la cognición como un acontecimiento generado dentro de sistemas clausurados y autopoiéticos. Esto es lo que se encuentra expresado en la noción de operación historiográfica propuesta por Michel de Certeau, lo cual no deja de ser una importante enseñanza en cuanto al precepto aludido.

En efecto, dicha noción adquiere consistencia epistémica cuando de Certeau precisa el propio concepto de sistema: “Por ‘sistema’ hay que entender no la realidad de una infraestructura o un todo aislable, sino el modelo interpretativo constituido y verificado por una práctica científica, es decir, una organización coherente de los procedimientos”.17 En la perspectiva planteada por el historiador francés, la historiografía se configura por un conjunto de prácticas articuladas -es decir, una organización sistemáticamente articulada de operaciones- que predetermina los resultados a los que puede llegar como logros cognitivos. En la actualidad, los rasgos que permiten caracterizar a la investigación científica son remitidos a los efectos de su dimensión autorreferencial, de modo tal que, como conjunto operativo sistemáticamente establecido, se encuentra en capacidad de establecer campos de experiencia específicos, de identificar los objetos acreditables a dichos campos, así como de construir los diversos tipos de tratamientos pertinentes y los análisis que son posibles de aplicar.

Por último, pero no menos importante para la articulación autorreferencial de las operaciones, la organización así planteada de los procedimientos debe incluir una extendida capacidad de especificar las variaciones generadas y susceptibles de tratamiento metódico en el propio proceso de investigación. Lo que pueden considerarse como logros cognitivos refieren a las posibilidades que se abren al aislar un “campo propio”, pero dependen en cuanto a su reproducción de las transformaciones introducidas como variaciones significativas capaces de ser tratadas como instancias producidas.18 De modo tal que la operación como circuito se encuentra determinada por el tiempo -enfatiza de Certeau-, justo por los modelos construidos a partir de decisiones y por la forma secuencial que adquiere desde el presente de su ejecución.19 Por tanto, la poética como marco general y la teoría tropológica como modelo de aplicación particular, son, para todo fin operativo de la historiografía, autorreferencia en ejecución.20

Si los programas de investigación que en la actualidad dan cuerpo a la historiografía no dejan de exhibir sus capacidades en cuanto a la construcción de modelos gracias a la articulación de vocabularios especializados, a la aplicación de variables en cuanto a la producción de datos, a su tratamiento y a la validación de los resultados a los que llega, ello no ha ido en detrimento de las competencias cognitivas logradas. Al contrario, “diferenciación” presupone en este caso ampliación de los programas de investigación y por ende extensión de capacidades autorreferenciales. La obra de White expresa un impulso en este sentido, más aún cuando destacó constantemente que la diversidad en los discursos historiográficos habría que ponderarla como remedio al dogmatismo del “único realismo” sostenido o de la “única objetividad” acreditada.21 Cada programa, cada modelo ejecutado, cada resultado visto desde el tamiz de criterios estrictos de validación, ponen de relieve el carácter operativo como elemento definitorio que termina concretizando sus diversas prestaciones autorreferenciales.

A esta perspectiva que pone el énfasis en las diferenciaciones alcanzadas gracias a los procesos productivos involucrados, Heinz von Foerster -uno de los grandes nombres de la cibernética de segundo orden- la denominó constructivismo. Señalando su importancia para la discusión en términos de teoría del conocimiento, von Foerster pudo demostrar de qué manera las mediciones que son posibles de llevar a cabo respecto al aumento o disminución del orden, la complejidad o el desorden, son efectos directos de los “marcos de referencia elegidos” y para los cuales no son indiferentes los vocabularios utilizados. Esta referencia a las decisiones, a los criterios guías, así como a la formulación de modelos generales que orientan los resultados a los que llega la investigación científica, aparece en el contexto de una discusión sobre la segunda ley de la termodinámica y es la respuesta a la interrogante formulada respecto a si el orden y el desorden son estados de cosas o son productos “inventados”.22

Por supuesto, el hecho de que, según este autor, la segunda alternativa sea la opción válida, no quiere decir simplemente que exista arbitrariedad o libertad plena en cuanto a lo que es posible realizar en el campo científico. Por el contrario, expresa el hecho de que los datos cuantificables respecto al aumento o disminución de orden o desorden no son descubiertos, sino producto de una programación ejecutada sobre diseños artificiales y, por tanto, se consideran como resultados de una aplicación sofisticada de base matemática. Es en este marco donde von Foerster saca como consecuencia general el que toda descripción posible del mundo o de una parte de él, sean capacidades atribuibles a un observador situado.23 Se sigue de esta perspectiva cognitiva que si los resultados alcanzados en los programas de investigación científica están determinados por el conjunto de decisiones y opciones asumidas con anterioridad -esos marcos de referencia aludidos por von Foerster- entonces no se puede denominar como anómala a la situación de diversidad epistemológica que ahora aparece como tendencia general.

Como puede notarse, hay aquí una coincidencia con la postura constructivista decantada en las propuestas de White, aunque sean otros los medios reflexivos utilizados: los discursos realistas y conceptuales, así como los despliegues narrativos propios de la historiografía son opciones constituidas desde el marco poético general. En suma, la visión de Hayden White sobre la historiografía -es decir, la historia como investigación concretizada en un discurso escrito- la considera como una elaboración dependiente de los criterios y modelos previos movilizados, de ahí que sean elementos poéticos los que resultan en la construcción de la trama narrativa, cosa que vale tanto para las narraciones de ficción como para los discursos con pretensiones de verdad. La propia noción de estilo utilizada por White pretende sintetizar el cúmulo de procedimientos retóricos que articulan al lenguaje figurado, mismo que da cuerpo a los diferentes tipos de tramas disponibles para el historiador; es a partir de esto que el historiador está en condiciones de identificar los significados históricos pertinentes.

Es el concepto de estilo el que le permite mantener una cierta diferencia entre lo que denominó “composición verbal” desarrollada en la narrativa histórica y las típicas demostraciones lógicas de los discursos científicos estrictos a las que escapa el discurso historiográfico.24 Es en esta línea argumentativa donde aparece un elemento crucial para entender cómo opera el marco poético. Si es posible enfocar a la poética como un conjunto que sistematiza los recursos a partir de los cuales se ficcionalizan las realidades pasadas dotándolas de significado específico -cosa imposible de hacer en el caso de los discursos lógicos-, el criterio central tiene que descansar en aquellas formas que permiten y concretizan dichas herramientas poéticas. La capacidad de distinguir entre estas construcciones verbales escritas se localiza, por tanto, en las formas a partir de las cuales se establece el discurso como composición verbal y no por los contenidos discursivos desarrollados, por más que puedan ser vistos como realistas.25 Es así como la tropología, sustrato básico de la poética, viene a ubicarse en el nivel de una teoría de las formas lingüísticas. Sobre esta cuestión volveré más adelante.

El giro pragmático y el problema del conocimiento histórico

La postura constructivista en White implica, por todo lo dicho hasta aquí, un ejercicio constante de autodescripción donde el historiador se coloca frente a una práctica y frente a un espacio específico de ejercicio, cambiando de manera notable los términos de la discusión historiográfica anterior. Si hasta hace no mucho tiempo privaba el criterio de que los productos alcanzados y validados por la autoridad del método aplicado sintetizaban lo propio del conocimiento científico, en la actualidad se considera necesario estudiar de modo minucioso las modalidades de una elaboración condicionada o limitada. A este impulso no es ajena la obra aquí analizada de Hayden White.26 Precisamente una perspectiva que se encuentra en la base de las propuestas de White, a saber: la explicación histórica está determinada por las estrategias utilizadas en las diferentes modalidades de tramar una narración, resulta análoga a esa suerte de giro pragmático que es propio de la segunda mitad del siglo XX y que es algo más que una simple llamada de atención.27

Es gracias a este denominado giro que ahora es posible enfocar de otra manera la oposición entre la realidad entendida como construcción condicionada y la realidad como sustancia accesible a partir de representaciones ad hoc. Aún más, la relación entre constructivismo y realismo ya no puede ser abordada como si fueran los términos de una elección a partir de las posibilidades de objetivación que en cada caso se presentan. De modo que las posturas constructivistas no admiten su calificación como antirrealistas puesto que los discursos de este tipo acuden también a estrategias diversas para darle al discurso científico su calidad de comprensibilidad de mundo. Mantener la alternativa realismo vs. antirrealismo ha consistido en una estrategia más o menos adecuada para sostener aquellas pretensiones de “autofundamentación de la vieja teoría del conocimiento”.28 Una apreciación análoga al pragmatismo contemporáneo y que se opone a la autofundamentación aludida por Luhmann, la encontramos de manera insistente en la obra de White a partir de la introducción del concepto configuración.

En su perspectiva, los denominados acontecimientos histórico tienen un valor neutral con relación a las motivaciones que tiene el historiador para tramar de un modo u otro. Desde el sentido del vocablo latino de configuratio, el concepto alude de modo directo a una manera de organizar un conjunto o serie de elementos previos de tal modo que se los dote de una forma determinada que pueda ser reconocida.29 La ingenuidad del realismo está en aquella presuposición que afirma que las descripciones de este tipo toman al mundo como constituido o dado de manera previa a todo trabajo cognitivo y, por tanto, a todo ejercicio de descripción. Este argumento se legitimó a partir de relación entre un sujeto como instancia interna frente a un objeto como exterioridad material. Por su lado, el constructivismo sería una manera por la cual se hace evidente la artificialidad de la propia distinción entre sujeto cognoscente y objeto por conocer, y por tanto alienta su sustitución por otra serie de distinciones que ponen en jaque su implicada y exigida naturalización.

El cambio aludido vacía de pertinencia al esfuerzo teórico largamente sostenido de que la competencia del conocimiento científico consiste en una representación fiel de la realidad.30 Mientras que una postura como la de White puede asumirse como una decidida desontologización de la realidad, mostrándose con ello su relevancia para aquella discusión epistemológica que se desarrollaba en paralelo a la elaboración de sus escritos.31 Si afirmé arriba que el gesto de White de colocar como objeto de indagación a la propia historiografía se deja caracterizar como autorreferencial, llevarla al terreno de la discusión epistemológica más general consiste en enfatizar que los resultados cognitivos -tanto en la historiografía como en los procesos científicos más abarcantes- dependen del tipo de operaciones puestas en juego al nivel de la configuración. Entonces, y como consecuencia pragmática, resulta adecuado caracterizar a las formas impuestas por decisiones o criterios previos como modalidades autorreferenciales desarrolladas en el tiempo.32 Ésa es la consecuencia de toda postura constructivista: la cualidad autorreferencial de los productos alcanzados.

En el caso de Hayden White, dicha consecuencia está implícita en uno de sus argumentos centrales al que reiteradamente recurre: el papel determinante de la poética como recurso configurador y, por tanto, autorreferente a la consistencia de los procedimientos técnicos involucrados. Incluso, recurrir a una cierta teoría literaria como marco para replantear de manera más adecuada los asuntos teóricos de la historia y dirimir sus formas discursivas específicas, se encuentra animado por el filo constructivista aludido. La discusión que aborda en varios momentos de sus investigaciones sobre la relación entre forma y contenido quiebra los términos impuestos con anterioridad y por los cuales el contenido sólo podría expresar al conjunto de hechos históricos, mientras que la forma tenía que ver más con cuestiones superficiales de estilo.33 El gesto de cambiar esta orientación afirmando que la forma prevalece por sobre el contenido o lo predetermina, no alude a una cuestión menor en el contexto de las implicaciones epistemológicas que interesa mostrar aquí.

Si todo contenido -sea en su caso figurativo o sin duda realista- se encuentra constreñido por las decisiones o selecciones sobre formas posibles, entonces no es posible obviar el elemento condicionador aun cuando dichas posibilidades se encuentren, en opinión de White, codificadas culturalmente.34 En todo caso, el precepto afirma que son las selecciones llevadas a cabo sobre las formas disponibles las que prescriben lo que ontológicamente puede ser percibido o, en su caso, descrito como realidad pasada. Y en esa posibilidad es donde los marcos de referencia o los sustratos epistemológicos aplicados alcanzan la cualidad de condiciones de posibilidad para todo discurso historiográfico. Si este enfoque dota de prioridad a las capacidades operativas que caracterizan a la historiografía, entonces se deja ver la profundidad que alcanza el cambio de orientación involucrado en los trabajos de White.

Por otro lado, la exigencia de sacar consecuencias de una postura como ésta no se puede ya quedar en sus marcos hermenéuticos/retóricos originarios. Si se toma en serio la perspectiva que pondera las modalidades operativas como base para toda construcción cognitiva, se hace notorio el quiebre respecto al típico pensamiento gnoseológico de la primera mitad del siglo XX. De modo correlativo toma pertinencia la afirmación de que los objetos de escrutinio científico y los procesos a partir de los cuales pueden ser explicados metódicamente, son elaboraciones sociales que responden a situaciones temporales y espaciales precisas que alcanzan codificación cultural, como señaló White. Y es en este punto donde se abre un camino divergente a esa retórica recuperada sobre todo a partir de los años sesenta del siglo pasado como marco reflexivo. En tal sentido, el énfasis constructivista y sus implicaciones más fuertes alcanzan no sólo a los procesos a partir de los cuales se generan representaciones históricas narrativizadas, sino que se extienden a todo el circuito de las construcciones cognitivas.

De tal manera que también la validación de los aportes que la investigación científica produce debe considerarse relativa a cada marco conceptual movilizado, donde los estándares de razonabilidad que miden la pertinencia de los resultados dependen de los mismos recursos conceptuales estandarizados y disponibles en un contexto dado. Una postura como ésta acepta ser codificada como un principio espistémico: el principio de restricción necesaria.35 Esto es lo propio de la autorreferencia desarrollada en términos temporales; esto es, hacer evidente el límite del cual parte toda construcción, incluyendo a las propias representaciones narrativas. Consideración que revela ya una superación del tipo de consecuencias que se sacan cuando se hace referencia a la distinción cognitiva que nos heredó la filosofía occidental moderna: la diferencia entre sujeto y objeto. Lo anterior pude ser considerado como una de las implicaciones más fuertes que se deducen de las propuestas poéticas de White; es decir, la necesidad de sustraerse a lo imperioso de dicha distinción y, como corolario, sustituirla por la distinción entre autorreferencia y heterorreferencia.

La problemática señalada conduce por necesidad a establecer la exigencia de un cambio abrupto de perspectiva, misma que se deja entender como un ejercicio constante de observación a partir de distinciones -que para todo efecto práctico definen la naturaleza de las formas- que tienen como correlato un reiterado proceso de observación de observaciones.36 Formulación que define la exigencia reflexiva de la ironía. En efecto, los libros de Hayden White adquieren la función de ser observaciones y se adecuan al tipo de resultados que se obtienen cuando se ejerce una continua observación de observaciones, donde ambos niveles son desplegados al momento en que la historiografía es enfocada como un típico conjunto operativo. Precisamente, una articulación constante de procesos de diferenciación y secuencia circular son los elementos que, en la perspectiva constructivista, problematizan el papel que juega el observador. Esto es central puesto que la operación científica es en sí desarrollo de observaciones orientadas que pueden observar otras operaciones y observarse a sí mismas como operaciones en un sistema específico.37

Es este planteamiento el que abre la puerta a la temática de la autorreflexión en un sentido preciso: se trata de observaciones de segundo orden, esto es, aquellas observaciones especializadas que obtienen prestaciones sistémicas al observar observaciones. Precisamente, en las posturas epistemológicas de Michel de Certeau presentadas con anterioridad se reivindica ese nivel de autorreflexividad a partir de un problema central: ¿cómo observar al observador en un campo operativo particular?38 Debido a esto, desde esa revolución historiográfica aludida por de Certeau, se trata ahora de aislar las distinciones implicadas -esas operaciones interpretativas organizadas- que toman forma como observaciones de primer orden. Una de las consecuencias que se pueden extraer de las precisiones anteriores y que tiene una amplitud tal que cambia la manera en que se ha pensado la consistencia cognitiva de la historia desde el siglo XIX, es que la diferencia de niveles habida entre la investigación histórica y la historiografía como trabajo secundario pierde validez como marco reflexivo.

En efecto, no resulta ya adecuado establecer aquella diferenciación entre ontología y epistemología que tanto ha costado superar para seguir acreditando la primacía de una práctica que alcanza la objetivación de los acontecimientos pasados, frente a un ejercicio derivado que hace recaer la falta de precisión en las decisiones teóricas y metodológicas asumidas por los historiadores. El envite de White conduce a considerar que la propia investigación de hechos es finalmente historiografía porque está determinada por la operación que la gesta, mientras que lo que la tradición ha denominado “historiografía” consiste en la necesaria función de autorreflexividad llevada a cabo sobre el conjunto operativo y sobre las observaciones que produce. En cuanto al primer caso, se trata de una historiografía en sentido restringido -modula y ejecuta un conjunto de operaciones- mientras que en el segundo, la amplitud de la expresión se explica porque opera al nivel de las observaciones recurrentes de observaciones.

Esta propuesta permite equiparar a la historiografía en sentido estricto con la modalidad de una observación de primer orden y determinada por el tipo de operaciones desplegadas, mientras que la historiografía en sentido amplio debe su cualidad a la organización y articulación continua de una observación de segundo orden.39 Esta formulación asimila la construcción narrativa -en términos de la perspectiva de White- como un conjunto de observaciones de primer orden desplegadas en un contexto discursivo. Mientras que la teoría tropológica y su marco poético general presentan la funcionalidad propia de toda observación de segundo orden, cosa que permite al enfoque salir de la base hermenéutica que sostiene a ambas. Es posible afirmar, siguiendo la lógica recursiva que las conecta, que la observación continua de observaciones se presenta cuando las operaciones se convierten en el objeto mismo de la reflexión que la propia disciplina lleva a cabo, pero aclarando que esto es posible porque tanto en el campo operativo como en las modalidades de observación de operaciones se localizan los mismos elementos estructurales.

El valor de la historiografía: la autorreflexión como ironía

Dicha consideración se atiene al hecho de que la operación que se despliega en términos de investigación histórica (historiografía en sentido restringido) es constantemente reintroducida como forma reflexiva (historiografía en sentido amplio), aunque extendiendo sus atribuciones. ¿De qué operación se trata tanto en un caso como en el otro? Esto es, ¿en qué consiste el ejercicio mismo de la observación? Lo primero que habría que decir al respecto es que la teoría de sistemas la distingue de la pura percepción visual, por lo que está en condiciones de desligarla de toda referencia a una conciencia como soporte final. Para diferenciarla de la percepción -lo que ya es en todo caso una atribución del observador- ha sido necesario recurrir, dado el alto nivel de abstracción requerido, a un trabajo desarrollado fuera de su campo de la teoría de sistemas. Se trata de la investigación llevada a cabo por George Spencer Brown como cálculo lógico de las formas y que sienta las bases para la teoría de la observación recuperada por el enfoque sistémico y por la cibernética.40

A partir de esta aportación, la observación se entiende como una operación que consiste fundamentalmente en trazar una distinción y gracias a ello construir una forma. De ahí la afirmación realizada con anterioridad respecto a que la tropología puede ser vista como una teoría de las formas narrativas. Una forma es en realidad el manejo de una paradoja central que le da contenido, incluso como análisis matemático. Se trata de la paradoja de la unidad que da pie al mismo tiempo a lo diverso.41 De manera similar, Rodrigo Jokisch establece la cualidad de la forma: como combinación básica entre diferencia asimétrica y diferencia simétrica.42 Por tanto, una forma no puede ser considerada como un objeto por más especiales que sean sus rasgos materiales, ni mucho menos una cosa. Si así se considerara, ello supondría un regreso a la noción de observación como condensación de una percepción, esto es, como marca de existencia. Plantear de esta manera la cuestión nos regresa -como si se tratara de una circularidad causal- al inicio del supuesto de base: una forma está constituida por la introducción de una distinción.43

El trabajo de Spencer Brown parte precisamente de esta definición de la forma, que le da sustento al impulso inicial del cálculo propuesto. Entonces, la apertura para el desarrollo del cálculo no es una identidad o unidad de origen, es una diferencia. La lógica planteada por Spencer Brown tiene como presupuesto elemental el siguiente enunciado: la diferencia es fundante, incluso para las propias tareas cognitivas. Pero si el punto de inicio es una diferencia -llevar a cabo un trazo que permite la distinción- el de llegada no puede ser visto como unidad lograda o como síntesis en tanto superación de diferencias. Más bien una distinción permite su continuación por medio de la introducción de más distinciones, lo que puede proseguirse de modo indefinido. Lo importante en este punto consiste en asumir que el conocimiento y la cognición son producto de esta lógica de distinciones, puesto que introduce la capacidad de “discriminabilidad”; lo contrario es la simplemente “indiscriminabilidad” como mundo, es decir, aquel horizonte sin distinciones.44 Un mundo sin distinciones, sin capacidad para establecer criterios de discriminabilidad, no es susceptible de ser descrito ni conocido.45

Recuperando una postura que puede considerarse aporte básico de la obra de White, esto es, la afirmación de que no puede haber nada en la realidad del pasado que permita dotarlo de significabilidad presente, se logra ver su importancia para la discusión sobre la observación como postulación de distinciones. Justo con relación a esto, la propuesta de White se atiene a que la capacidad de la historiografía se encuentra en el establecimiento y uso sistemático de distinciones -¿qué otra cosa son los tropos como fundamento para las construcciones de la trama sino posibilidades de distinción?- consideración que no es análoga a la capacidad de captación de entidades ontológicas. Hablando de la imaginación constructiva a la que hizo referencia Collingwood, White escribió lo siguiente:

Esta imaginación constructiva funciona de manera semejante a la imaginación a priori de Kant, gracias a la cual, aun cuando no somos capaces de percibir los dos lados de una mesa simultáneamente, sin embargo, podemos afirmar que tiene dos lados, aunque sólo veamos uno, porque el concepto mismo de un lado implica al menos otro lado. Collingwood sugirió que los historiadores llegan a sus respectivas evidencias dotados con un sentido de las posibles formas que los distintos tipos de situaciones humanas reconocibles pueden tomar.46

En tanto participa de la imaginación constructiva, esa suerte de teoría especial de las formas poéticas que es la tropología presupone el establecimiento de una distinción inicial compuesta de dos lados por lo menos, aunque sólo podemos observar uno, lo que es coincidente con la lógica de las distinciones de Spencer Brown. Si bien la parte inicial de esta lógica supone ya la aparición de una distinción, es en realidad efecto de un gesto previo. El trabajo de Spencer Brown busca explicar de qué manera el mundo es accesible a partir de distinciones que son operaciones realizadas por un observador. De modo que el cálculo no está compuesto de descripciones, sino de comandos y órdenes matemáticas para aplicarlas. El primer comando es, en realidad, la construcción de una distinción: “trace una distinción”. Se trata de la primera distinción, donde el espacio que genera está ya dividido o separado, mismo que está contenido por lo que la distinción distingue.47

Este primer comando en realidad establece una operación doble: trazar una distinción e indicar uno de los lados distinguidos. La notación que refiere a esta operación se grafica así:

La barra horizontal es la indicación (este lado y no el otro), mientras que la barra vertical es el trazo de la distinción que separa. No puede haber distinción sin indicación. Por tanto, se puede hablar de dos momentos diferentes en toda distinción así planteada: el de la simultaneidad y el de la desimultaneidad. El primero afirma que los dos lados distinguidos existen al mismo tiempo, mientras que el segundo sostiene que la indicación permite trabajar sobre el lado marcado como no simultáneo al lado no marcado. No se pueden desarrollar ambos a la vez, por lo que la indicación de uno de ellos implica que el otro pasa a ser considerado como trasfondo o latencia; pero esto mismo permite que la observación se dirija hacia el lado indicado mientras el otro se convierta en inobservable. Se afirma, además, que la observación como operación es posible porque la distinción introduce la unidad de una diferencia, tal y como lo apuntó Torres Nafarrate. Sólo es posible observar el otro lado no indicado atravesando la barra de la distinción -generar un cruce- por lo que la diferencia se desarrolla en el tiempo, o, para decirlo mejor, desarrolla tiempo. Otro comando señalaría que las diferenciaciones ulteriores consisten en introducir, en el lado marcado o indicado, la distinción previa o inicial. Por eso el cálculo puede seguirse sin cesar.48

Lo que interesa a la teoría de sistemas es recuperar la forma de este cálculo como base para una teoría de la observación, misma que es aplicable a situaciones empíricas propias del sistema social bajo el entendido de que la distinción inicial es la que existe entre sistema y entorno; aquí el sistema es el lado indicado.49 En todo caso, la ruptura de simultaneidad permite pasar a otro nivel de la operación de observación; es decir, la observación de la observación. Observar el lado indicado y no el otro trazado define su naturaleza de observación de primer orden, mientras que la posibilidad de observar esta observación precedente se constituye como observación de la unidad de la distinción (observación de segundo orden).50 Se puede sostener, siguiendo las implicaciones encontradas en Hayden White, que la urdimbre o red recursiva de las comunicaciones historiográficas -que se despliega como asimetrización entre observaciones de primer y segundo orden- se constituye desde formas operativas. Mientras que las posibilidades de sus enlaces subsecuentes son prioritarias para la reproducción de las propias operaciones.51

Así, la observación de primer orden se encuentra orientada por la distinción e indicación elegida, por lo que es incapaz de observar la unidad de la cual parte. A pesar de ello, las observaciones de este tipo están en condiciones de hacer atribuciones importantes en el desarrollo del proceso de investigación histórica. Como sólo pueden observar el lado indicado de la distinción, pueden definir campos de experiencia posibles con el fin de identificar los fenómenos y sus cualidades pertinentes para dichos campos. En términos de capacidad explicativa, están facultadas para apelar a las típicas relaciones causales entre eventos distanciados temporalmente. Pueden introducir explicaciones teleológicas para abordar, de manera diferente a las relaciones causales, los encadenamientos de los eventos singularizados. También, están en disposición de apelar a las tendencias estadísticas o probabilísticas para explicar las interrelaciones correspondientes. El proceso incluye, por supuesto, la introducción de criterios a partir de los cuales valorar los resultados obtenidos, ya sea como verdaderos o no verdaderos.

Las observaciones están programadas en toda esta secuencia para comunicar de modo heterorreferencial, cualidad propia de una historiografía entendida en sentido estricto. Mientras que la observación que observa estas atribuciones y que explota el valor autorreflexivo de la historiografía debe apelar a la lógica autorreferencial propia de todo sistema que opera de manera autopoiética. En otras palabras, se pasa de la ingenuidad de la observación de primer orden a la actitud irónica. La aplicación constante de este paso permite introducir mayores índices de diferenciación en las operaciones observadas, situación que se entiende como incremento de complejidad.52 Dado que la historiografía tiene la funcionalidad propia de un sistema observador -comunica y comunica sobre lo que comunica- se encuentra obligada a introducir restricciones para incrementar los índices de variación y de control, lo que se logra por medio de la observación continua de sus observaciones. A esto se le denomina principio de “limitacionalidad”.53

A la cualidad de la observación constante de observaciones se le imprime el carácter de reflexividad, rasgo que resulta definitorio para una historiografía en sentido amplio. Tal y como ha demostrado Hayden White, se trata de una labor de la que no puede prescindir la propia investigación histórica pues permite la reproducción recursiva de sus operaciones -esto es, observaciones de primer y segundo orden- por medio de una suerte de condensación de comunicaciones historiográficas. El argumento de que la historiografía no está en posibilidades de reproducir sus condiciones operativas sin esta autorreflexividad resulta en una exigencia de tipo cognitivo, por lo demás opuesta a ese marco de pensamiento al que se enfrentó en su momento Hayden White. Se trata de una prescripción que resulta aplicable al saber histórico: la historiografía está obligada a historizar constantemente sus propias condiciones como productora de conocimientos específicos.

Estamos ya en condiciones de dotar de pertinencia a esta tesis como proyección epistemológica de una situación que reiteradamente se suscita en los diversos campos de investigación histórica; a saber: todo aquello que pude ser identificado al nivel de sus objetos de estudio no cesa de ser reencontrado en sus condiciones de posibilidad. Se trata de una circularidad -de nueva cuenta derivada de una modalidad de operación autorreferencial- nada casual cuando se delimitan esos dos niveles historiográficos en términos de secuencia observacional. El constructivismo que alienta la perspectiva de White permite enfocar a la historiografía como una red de observaciones que de modo recurrente enlazan observaciones de primer y segundo grado, donde la circularidad generada resulta en la concreción de valores estables.54 Ésta, me parece, es la consecuencia más relevante en vistas a llevar el ejercicio de lectura de la obra de Hayden White a una discusión epistemológica y desde problemas abiertos en las últimas décadas del siglo XX. Este ejercicio es parte también de una labor por la cual se dirime el valor actual de dicha obra, que no cesa de alentar la necesidad de seguir pensando, esto es, reflexionando de manera irónica.

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1Este esfuerzo explica el hecho de que la obra de White aquí estudiada se centre en Metahistoria y en los trabajos que pretendieron ahondar sus esfuerzos reflexivos, pero bajo el entendido de que esta revisión conduce a un alejamiento de su marco retórico original. Por tanto, no se trata de un ejercicio interpretativo exegético que busque aclarar el sentido final de sus propuestas y valorar su pertinencia. Es cuestión de una lectura sesgada por el objetivo general planteado.

2“Esta concepción se ha mantenido hasta el presente como un amplio consenso entre los historiadores profesionales. La escritura de la historia ya no era un tema que intranquilizara seriamente a la discusión teórica en las ciencias históricas, si es que era tomada en cuenta. Incluso en donde le era concedido un significado, siguió siendo, en último término, una variable dependiente en la estructura de condiciones del pensamiento histórico”. Jorn Rüsen, “La escritura de la historia como problema teórico de las ciencias históricas”, p. 244.

3 Hayden White, “El texto histórico como artefacto literario”, p. 109.

4 Hayden White, Metahistoria. La imaginación histórica en la Europa del siglo XIX, p. 18.

5 Hayden White, “Hecho y figuración en el discurso histórico”, p. 46.

6Idem.

7“La ironía, la metonimia y la sinécdoque son tipos de metáforas, pero difieren entre sí en los tipos de reducciones o de integraciones que efectúan en el nivel literal de sus significados y por los tipos de iluminaciones a que apuntan en el nivel figurativo”. White, Metahistoria, op. cit., p. 43.

8Ibidem, p. 46.

9 Hayden White, “Tropología, discurso y modos de conciencia humana”, pp. 79-80.

10Ibidem, p. 101.

11 White, “Hecho y figuración”, op. cit., p. 46.

12“La conceptualización de una historia de la historiografía debe comenzar con una deconstrucción (¿me atrevo a usar el término?) de las presuposiciones de las ortodoxias autorizadas corrientes (que se referirán en este caso a las profesionales) del campo de los estudios históricos. Estas no pueden ser tomadas como absolutamente válidas y como si constituyeran la única base posible para el estudio del pasado, su representación en un discurso y una determinación de su significación”. Ibidem, p. 60.

13Si bien es de sobra conocida la postura de White respecto a la reducción del discurso historiográfico al nivel del lenguaje lógico, sus reticencias a la filosofía de la historia que hereda el siglo XX de obra hegeliana comparten un mismo postulado: el lenguaje es un medio transparente para acceder a una reconstrucción fiel de los hechos pasados, así como para recuperar el orden global del devenir humano. Una postura por lo menos ingenua en la perspectiva de White. Cfr. White, “El texto histórico”, op. cit., pp. 147-148.

14“De esta forma la década de los setenta representa la transición de una reflexión externa de la historia (heterorreferencial) a una reflexión interna de la historia (autorreferencial). Este cambio, que se da en una cultura basada en el texto impreso, no ha terminado por transformar las semánticas que usamos para describir la ciencia de la historia, pues ha resultado difícil asumir la paradoja que significa referirnos a las autodescripciones de la historia, dicho de otro modo, a la historia descrita desde la propia historia: la historiografía”. Alfonso Mendiola, “El giro historiográfico: la observación de observaciones del pasado”, p. 192.

15 Niklas Luhmann, Sistemas sociales. Lineamientos para una teoría general, p. 55.

16“La manera de proceder aquí esbozada implica autorreferencia, en el sentido de que la teoría de sistemas debe tener siempre la vista puesta sobre sí misma como uno de sus objetos; y esto no sólo al tratar su programa de trabajo como objeto especial de la teoría, sino continuamente, porque se ve obligada a referir todo su programa de investigación a la aplicación o no aplicación sobre sí misma”. Ibidem, p. 36.

17 Michel de Certeau, “La ruptura instauradora”, p. 199, n. 13.

18Ibidem, p. 204. En esta misma página, de Certeau afirmó lo siguiente: “Únicamente desde ese punto de vista, toda proposición ontológica está excluida del discurso científico, porque cada relación aislada por el análisis se refiere a una producción y a la definición de sus reglas”.

19 Michel de Certeau, La escritura de la historia, p. 37.

20Quizá esta afirmación deba ser enmarcada en la vinculación que establece White entre la “actitud irónica” y las construcciones poéticas que la han concretizado en la conciencia histórica particular del siglo XIX. En cualquier caso, resalta el hecho de que también dan pie “a una serie de perspectivas posible de la historia”, siendo esta apertura señal de la pluralidad de estrategias de construcción involucradas. White, Metahistoria, op. cit., p. 412.

21Idem.

22 Heinz von Foerster, Las semillas de la cibernética, p. 112. Como consecuencia teórica de esta situación, von Foerster afirmó que, a diferencia de la epistemología previa de carácter objetivista, las propiedades que constituyen a un observador -que es a fin de cuentas un sistema- determinan las descripciones a las que se refieren sus observaciones. De modo que desde la perspectiva del constructivismo es necesario derivar una suerte de teoría de la observación tomando como presupuesto central la anterior formulación.

23“La información asociada a una descripción depende de la habilidad de un observador para extraer inferencias de esta descripción. La lógica clásica distingue dos formas de inferencia: deductiva e inductiva. Mientras que en principio es posible hacer inferencias deductivas infalibles (‘necesidad’) es, en principio, imposible hacer inferencias inductivas infalibles (‘azar’). Consecuentemente, azar y necesidad son conceptos que no se aplican al mundo, sino a nuestros intentos de crearlo (de crear una descripción de él)”. Ibidem, p. 78.

24 Hayden White, “Tropología”, op. cit., p. 65.

25“Pero ¿por qué -debemos preguntarnos- deberíamos buscar tal tropología de los discursos? Primero, porque toda comprensión comienza con una clasificación, y una clasificación de los discursos basada en la tropología, más que en los contenidos supuestos o en la lógica manifiesta (aunque inevitablemente defectuosa), debería proporcionar una forma de aprehender la estructura posible de las relaciones entre estos dos aspectos de un texto, en lugar de negar la adecuación de uno porque el otro fue inadecuadamente alcanzado”. Ibidem, pp. 102-103.

26La afirmación arriba presentada no oculta ciertas evocaciones al trabajo señero de Michel de Certeau, pero bajo la apreciación de que lo central para ambos autores es justo la perspectiva constructivista como presupuesto básico. En el caso del primero, dicho cambio se sintetiza por la sustitución de la forma de interrogación: del qué al cómo de una fabricación. Certau, La escritura, op. cit., p. 67.

27Si bien el giro pragmático no se puede reducir sólo a una vertiente de la filosofía contemporánea, no es ajena su legitimación a una profundización filosófica de ciertas implicaciones que aportaron los análisis centrados en el lenguaje. Así lo afirma Santiago Guervós respecto a la importancia de la obra de Karl Otto Apel: “En esta encrucijada la novedad del pensamiento filosófico de K.-O. Apel estuvo marcada por la tarea original de reinterpretar la filosofía critico-trascendental kantiana, y su pretensión de objetividad y validez universal, a la luz de los nuevos paradigmas que se han ido sucediendo en los últimos años. Apel, sin embargo, no olvida, en un principio, las nuevas perspectivas que se habían abierto a la reflexión filosófica con el ‘giro lingüístico’ y ‘el giro pragmático’ de la filosofía actual y con las ricas aportaciones que hizo la hermenéutica de Heidegger y Gadamer frente a las pretensiones marcadamente objetivistas de la ciencia”. Luis Enrique de Santiago Guervós, “El giro ‘pragmático-hermenéutico’ de la filosofía actual desde la perspectiva trascendentalista de K.-O. Apel”, p. 286. Véase también el libro de Richard Bernstein, The Pragmatic Turn.

28 Niklas Luhmann, “El programa de conocimiento del constructivismo y la realidad que permanece desconocida”, p. 92.

29“Considerados como elementos potenciales de un relato, los acontecimientos históricos tienen un valor neutral. Que encuentren su lugar finalmente en un relato que es trágico, cómico, romántico o irónico -para usar las categorías de Frye- dependen de la decisión del historiador de configurarlos de acuerdo con los imperativos de determinada estructura de trama, o mythos, en lugar de otra”. White, “El texto histórico”, op. cit., p. 113. Habrá que insistir, como lo hace White, en que el término “configuración” es aplicable a una forma que se impone al conjunto de acontecimientos históricos. Lo crucial en mi opinión está en el hecho de que una forma implica ya la introducción de una distinción. El quid de la cuestión es que una descripción neutra del mundo presupondría que las distinciones están ya en él, cuando que las distinciones son atribuciones de un observador.

30 Luhmann, “El programa”, op. cit., p. 98.

31“Por supuesto, es una ficción del historiador considerar que las distintas situaciones que él constituye como el principio, el nudo y el final de un curso de desarrollo son ‘reales’ , y que él meramente ha registrado ‘lo que pasó’ en la transición de una fase inaugural a una terminal. Pero tanto la situación inicial como la final son inevitablemente construcciones poéticas, y como tales, dependientes de la modalidad del lenguaje figurativo usado para darles coherencia”. White, “El texto histórico”, op. cit., p. 137.

32 Niklas Luhmann, Introducción a la teoría de sistemas: lecciones publicadas por Javier Torres Nafarrate, p. 83.

33 Hayden White, “Teoría literaria y escrito histórico”, p. 146.

34“Otra forma con la que damos sentido a un conjunto de acontecimientos que parece extraño, enigmático o misteriosos en sus manifestaciones inmediatas se basa en codificar el conjunto en términos de categorías previstas culturalmente, tales como conceptos metafísicos, creencias religiosas o formas de relato […] El historiador comparte con su audiencia nociones generales de las formas que las situaciones humanas significativas deben adquirir en virtud de su participación en procesos específicos de dotación de sentido que lo identifican como miembro de un cierto legado cultural”. White, “El texto histórico”, op. cit., p. 116.

35 Gregory Bateson, Pasos hacia una ecología de la mente, pp. 429-430. Para Bateson, la explicación cibernética no puede más obviar el análisis de las restricciones que se presentan en cualquier producto cognitivo. Principio que abarca también y de manera fundamental a los propios modelos conceptuales utilizados, de modo que no hay explicación sin principio de restricción, así como no hay investigación científica sin teoría.

36“La diferenciación entre objetivo y subjetivo -en el sentido del uso lingüístico moderno- sufre entonces un colapso, y es sustituida por la diferenciación entre autorreferencia y heterorreferencia, que es en todo caso y en ambas direcciones un momento estructural de la propia observación”. Niklas Luhmann, La ciencia de la sociedad, p. 62.

37“Al hablar de observar, observador, nos referimos a operaciones, y esto en dos sentidos: para que el observador pueda observar las operaciones él mismo tiene que ser una operación. El observador, así, está dentro del mundo que intenta observar o describir”. Luhmann, Introducción a la teoría, op. cit., p. 154.

38“Es necesario decir en seguida que se trata de una revolución fundamental, ya que coloca el hacer historiográfico en lugar del dato histórico. Cambia el significado de la investigación: de un sentido revelado por la realidad observada pasa al análisis de opciones o de organizaciones de sentidos implicados por operaciones interpretativas”. Certeau, La escritura, op. cit., p. 45.

39Como puede notarse, el problema no consiste ya en observar cosas o estados reales y en dirimir los procedimientos para que esto sea posible, ahora se trata de observar la propia operación de observación, es decir, buscar observar sistemáticamente lo no observable en la operación y de ahí sacar como consecuencia valores cognitivos estables. No sólo la observación de primer orden permite la estabilización estructural de las formas operativas, sino que incluso la observación recurrente de observaciones crea estructuras cognitivas propias. Niklas Luhmann, “¿Cómo se pueden observar estructuras latentes?”, p. 65.

40“El cálculo de Spencer Brown contiene una consigna para el despegue: draw a distinction. El poder echar a andar el cálculo depende, así, de la capacidad de llevar a cabo una distinción; si esto no se lleva a efecto el cálculo matemático no procede […] Para Spencer Brown la forma (por eso el título del libro Laws of Form) es una distinción, por tanto, de una separación, de una diferencia. Se opera una distinción trazando una marca que separa dos partes, que vuelve imposible el paso de una parte a la otra sin atravesar la marca”. Luhmann, Introducción a la teoría, op. cit., p. 83.

41“Si quisiéramos una definición moderna del hombre siguiendo a Aristóteles, la pudiéramos condensar probablemente de esta manera: el hombre es el animal que emplea distinciones. El ser humano se alza por encima de todo lo demás del mundo porque juega con distinciones. Y, para señalarlo de nuevo, distinguir es jugar con la unidad y simultáneamente con la diversidad”. Javier Torres Nafarrate, “La sociología de Luhmann como ‘sociología primera’”, p. 2.

42 Rodrigo Jokisch, Metodología de las distinciones, p. 51.

43 George Spencer Brown, Laws of Form, p. 1.

44 Foerster, Las semillas, op. cit., p. 114.

45Lo específico del conocimiento está en la operación de distinguir y designar, por lo que se establece cómo debe entenderse su relación con respecto a un entornum. El conocimiento es distinto del entorno dado que no contiene ninguna distinción: “es como es”. El entorno no contiene ningún otro modo de ser, ni posibilidad alguna. “Simplemente allí acontece lo que acontece”. De ahí que Luhmann afirme que “todo lo observable es un logro específico del observador”. Niklas Luhmann, “El conocimiento como construcción”, p. 74.

46 White, “El texto histórico”, op. cit., p. 112.

47 Brown, Laws of Form, op. cit., p. 3.

48Ibidem, p. 10.

49 Jokisch, Metodología, op. cit., p. 78.

50“Aún llegaremos a tratar explícitamente de las consecuencias que surgen porque podemos observar a la observación solamente sobre la base de una observación, y por consiguiente sólo sobre la base de una ‘cibernética de segundo orden’ o reflexión. Sin embargo, aquí ya podemos decir que con el concepto de una observación de segundo grado o una reflexión nos encontramos en el contexto genuinamente comunicativo, ya que con ello una unidad-de-diferencia observaba otra unidad-de-diferencia, la cual, por su parte, puede observar”. Ibidem, p. 183.

51Así puede entenderse la noción de función comunicativa propia de los discursos historiográficos, teniendo en cuenta la cita precedente de Rodrigo Jokisch. En palabras de White: “La mayoría de los que defenderían la narrativa como modo legítimo de representación histórica e incluso como modo válido de explicación (al menos para la historia) subrayan la función comunicativa. Según esta concepción de la historia como comunicación, una historia se entiende como un ‘mensaje’ sobre un ‘referente’ (el pasado, los acontecimientos históricos, etc.) cuyo contenido es tanto ‘información’ (los hechos) como una ‘explicación’ (el relato ‘narrativo’ )”. Hayden White, El contenido de la forma. Narrativa, discurso y representación histórica, p. 58.

52“El mundo es así, el medio que permite la aplicación de esquemas de distinción. El punto decisivo de la observación de segundo orden consiste, entonces, en que es una observación de primer orden especializada en la ganancia de complejidad. Este aumento de complejidad se efectúa en la medida en que se renuncia a la confirmación última de validez y de las seguridades ontológicas, y en la medida en que ya no se puede apelar a las formas esenciales de los contenidos del mundo”. Luhmann, Introducción a la teoría, op. cit., p. 169.

53 Luhmann, La ciencia, op. cit., pp. 282 y s.

54Es notable que ya un reconocido filósofo de la ciencia como Quine y cuyo trabajo se inscribe en esa tradición analítica de gran autoridad hasta hace poco, reconozca de manera temprana la importancia que tiene el cambio de perspectiva implicado en la noción de observación. Así, escribió lo siguiente: “Sin embargo, estos escrúpulos contra la circularidad tienen escasa importancia una vez que hemos cesado de soñar en deducir la ciencia a partir de observaciones. Si lo que perseguimos es, sencillamente, entender el nexo entre la observación y la ciencia, será aconsejable que hagamos uso de cualquier información disponible, incluyendo la proporcionada por estas mismas ciencias cuyo nexo con la observación estamos tratando de entender”. Willard van Orman Quine, La relatividad ontológica y otros ensayos, p. 101.

Recibido: 27 de Noviembre de 2019; Aprobado: 04 de Diciembre de 2019

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