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Historia y grafía

Print version ISSN 1405-0927

Hist. graf  n.52 México Jan./Jun. 2019

 

Reseña

Balance crítico de Historia y Grafía

Critical balance of Historia y Grafía

François Hartog1 

1 École de Hautes Études en Sciences Sociales-París. Francia.

Estos 25 años de Historia y Grafía son, para mi, no 25 años de acompañamiento, sino más de 20 años de complicidad intelectual con los fundadores de Historia y Grafía. Complicidad que, desde el primer encuentro, se entabla en torno a la revista, a su título y a su inspirador: Michel de Certeau, quien estuvo ahí, desde los albores del primer número. Por esa razón, expreso primero mi agradecimiento por haberme asociado, aunque de lejos, en esta aventura. Recuerdo que aquellos primeros seminarios que di en la Ibero, sobre la alteridad a través de Herodoto y su espejo, eran entonces muy actuales, ¿o me equivoco? Esta complicidad, convertida en poco tiempo en amistad, la sostuvieron muchas contribuciones mías en la revista y las traducciones de varios de mis libros (gracias a Norma Durán); la preservaron también las visitas de unos y de otros, tanto en México como en París; es decir, las numerosas conversaciones que se dan entre amigos. Y ahora, para esta celebración, habría tenido que estar en México, pues de nuevo me habían invitado. ¡Lamentablemente ya me había comprometido para estar en Bielefeld, en la cátedra Reinhart Koselleck!

De vuelta sobre Historia y Grafía. El proyecto: llevar de manera cotidiana a cabo ese espacio de diálogo, sobre las maneras de hacer la historia, no tengo nada que enseñarles. Mucho menos porque Alfonso Mendiola, en número 50, traza el recorrido de estos 25 años. En el año 2000, Guillermo Zermeño también ya había hecho un minucioso balance. Ahí están los hitos de una historia de la revista, una mirada crítica -es decir historiográfica- sobre el trabajo realizado.

Desde mi posición de amigo externo, me gustaría formular algunos comentarios:

La revista nació en el seno del Departamento de Historia de la Ibero, y ahí permanece. Este compromiso con un lugar me parece importante: en términos de contribuciones, en términos de posicionamientos en relación con la disciplina historia en la Ciudad de México, con México y con América Latina. De hecho, el índice del primer número da claramente el tono: Michel de Certeau, sobre todo, pero también la historia mexicana y un expediente sobre historia religiosa, en especial con el artículo de Perla Chichilla. Esta elección indicaba un empeño y el cuidado de estar presente en el terreno. Después de todo, Historia y Grafía habría podido convertirse, sin otro asidero más, en una revista sobre teoría, epistemología o sobre filosofía de la historia, es decir, en una especie de ¡History and Theory en español! Tenían ustedes mucha razón de no haberlo querido, por dos razones: practicar lo que todos nosotros deseábamos -reflexionar sobre la historia siempre haciendo historia-; y tomar su lugar en México haciendo oír una voz un poco diferente, según la famosa fórmula, retomada por Lucien Febvre, “reconocerse como herético”, o, al menos, ¡estar abierto a los heréticos! Un lugar, sí, pero lo contrario de un nicho, más bien con la seguridad de estar un entre-dos, que no es ni replegarse sobre uno ni ignorancia de los demás.

Esta elección tuvo, desde luego, un costo. Dedicarse a traducir artículos al español, y con esto perder, probablemente, un poco de visibilidad internacional. Si continuara por esta vía, llegaría a la cuestión de la difusión y luego al rol de las ediciones de la Ibero. Sé muy bien que esta cuestión no está al alcance de la redacción de la revista, y no tengo ninguna intención de involucrarme en ello. Pero sí llega uno a lamentar que la difusión de las publicaciones no sea un poco más amplia, sobre todo en dirección a Sudamérica.

Por otro lado, me parece muy acertada la elección editorial de presentar expedientes sobre autores que son, o han sido, muy importantes, pero que no son conocidos por los historiadores. No autores marginales, sino más bien, al margen de la historia. Este trabajo de fondo, muy exigente para la redacción, es una invitación a leer, a alejar la mirada, para aprehender mejor las complejas lógicas implicadas en la formación de coyunturas intelectuales. El número del cincuentenario, con su expediente sobre Hans Blumenberg es la constatación palpable. Marca una referencia entre otras que, haciendo un recuento (Danto, Kracauer, Ricoeur…) indicaría, no una línea de la revista, sino que diseñaría todo un horizonte intelectual. Y sin asegurarlo, ¡no veo un expediente de Koselleck (si no es únicamente a través de la historia conceptual)!

Admiro a quienes hacen revistas. El trabajo es apasionante, ya que es necesario estar de modo constante atento (en vigilia), a la caza, pero también es fatigante, desgastante, ya que hay que enfrentar muchas complicaciones, que nunca acaban. Hay que ser muy obstinado y también tener una dosis de humildad. Los admiro mucho más hoy con las publicaciones en línea (instantáneas), los videos y la ola de open access, que vuelve la confección de una revista cada día más problemática. En efecto, tanto el modelo económico como también el modelo intelectual se encuentran cuestionados de manera peligrosa. En cuanto que uno sólo lee lo que se encuentra en los motores de búsqueda, la idea misma de un número de revista, con un índice elaborado, o incluso un expediente temático, pierde su sentido. Uno descarga en exclusiva el artículo que necesita, sin preocuparse, o sin saber, lo que puede estar a su lado. Por lo tanto, ese rol de intermediario entre investigación en proceso e investigación acabada, de servir como vínculo en la elaboración de una problemática, en la confrontación de acercamientos, en los conflictos de interpretación, en fin, en el moldeado de una coyuntura disciplinaria o más ampliamente intelectual, este rol irremplazable se desmorona. Ayudar a hacer llegar eso que no tiene todavía palabras para decirse, es el papel que puede tener una revista como Historia y Grafía. Ese rol es también una postura, un tomar un riesgo, ya que no se sabe qué saldrá de ello. Si, según yo, ser historiador es una manera de volverse un avizor del tiempo, dirigir una revista como Historia y Grafía es doblemente una manera de volverse avizor, ser avizor de avizores, si se quiere. ¿Cómo continuar haciendo revistas en el contexto actual, que con tanta rapidez se transforma? Es una cuestión seria y preocupante Es, a los más jóvenes de entre nosotros a quienes les tocará encontrar una buena respuesta. Porque el trabajo intelectual no puede reducirse a la producción de millones de ordenadores más o menos interconectados.

La elección del título a principios de los años noventa fue un acierto enrome. En efecto, Michel de Certeau nos dio un regalo. Pero, ese título que vale de manifiesto, pone de entrada el acento sobre graphein y lo problematiza. Haciendo que la historiografía escape de ser concebida (en el sentido más corriente) como simple estado de una cuestión o incluso de la disciplina, y vale decirlo, muy fastidiosa, ya que podía convertirse en ser el simple obituario de una profesión. En cambio, con ella se ponía énfasis también en las interrogaciones y debates del momento: en las representaciones, la oralidad, las condiciones de producción de esta escritura, el imaginario, las largas polémicas sobre la historia y la ficción, la verdad, la acción, hace poco la historia y la literatura, el género… Esta entrada, por las múltiples dimensiones de graphein, tenía la gran ventaja de no ser dominante, ya que partía de la cuestión: ¿qué hacemos cuando se escribe o cuando se dice que se escribe historia? ¿Qué es necesario para comprometerse? ¿Cuál es la recepción? ¿Cuál es la responsabilidad de quien la hace? ¿Cui bono, para qué se hace y por qué?

Historia y Grafía era, pues, un título-programa, y operó como título-encrucijada. Habría que preguntarnos, para terminar, ¿en qué se está hoy? Yo preguntaría: ¿se agotó ya su contenido programático? Incluso cuando la coyuntura presente es, en muchos aspectos, radicalmente diferente. Otra manera de plantear la pregunta es: ¿si fundaran ustedes una revista el día de hoy, como la nombrarían? ¡No sugiero, desde luego, que se abandone el título de Historia y Grafía! Pero el nombre se volvió tan usual que, ¿podríamos pensar que hoy enunciara o anunciara algo? Y, además, todos los debates de los años noventa parecen hoy olvidados. Los jóvenes estudiantes de historia de Estados Unidos, a quienes les planteé la pregunta hace dos o tres años, ¡nunca habían oído nombrar el giro lingüístico!

No voy a entrar en detalle aquí sobre la situación de la historia en estos momentos, sobre todo porque ha habido otras ocasiones para hacerlo, pero no es dudoso que el viejo positivismo historiador ha vuelto a resituarse (o con más exactitud, nunca perdió su lugar), pero ahora de nuevo ha encontrado una buena parte de su seguridad ordinaria: ir a los archivos, explotar los archivos más adecuados y escribir un buen libro que permitirá acceder a posdoctorados y, con un poco de suerte, obtener un buen puesto más o menos permanente en algún lugar del mundo. Vemos también una historia, que se dice popular, que pone por delante el entretenimiento y se reivindica como una cultura de curiosidades. Asimismo, hay autores que se valen de la historia, que la escriben a su manera (como representación de la novela nacional y de la defensa de la identidad, como Eric Zemmour en Francia), y que tiene mucho éxito. Por no hablar de todos los errores, aproximaciones, contra-verdades, monstruosidades, que circulan en las redes sociales y escapan no sólo a todo control, sino a toda refutación, a la posibilidad misma de una refutación.

Si la historia disciplina tiende a volver al positivismo probado, la creencia en la Historia, la Historia que fue la gran divinidad del mundo moderno, ha sido fuertemente abolida y puesta en duda. Desestabilizada, no sabiendo a qué santo encomendarse, se encuentra, para terminar con una sola frase, estancada de aquí en adelante, entre un presentismo (que le mueve el tapete, o, para decirlo de otra forma, entre un presentismo que ha historizado todo de manera instantánea y que bloquea la posibilidad misma de un tiempo histórico) y una nueva etapa, un nuevo tiempo que surge desde hace poco, el amenazante del antropoceno. En esta nueva coyuntura, me parece esencial que el segundo término del título -Grafía-, como aproximación crítica y reflexiva, sea no sólo mantenido sino revisitada, vuelto a interrogar, reformulado y recargado. Ésa será la mejor manera de continuar haciendo de Historia y Grafía un título-programa y un título-encrucijada, para poder contribuir a esclarecer este presente donde vamos a tientas. La tarea no es menor, pero ha de estimular a los jóvenes historiadores.

Norma Durán R. A.
Trad.

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