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Historia y grafía

versión impresa ISSN 1405-0927

Hist. graf  no.51 México jul./dic. 2018

 

Ensayos

Historiografía y diferencia: el orden procedimental de la investigación histórica

Historiography and Difference: The Procedural Order of Historical Research

Fernando Betancourt Martínez1 

1 Instituto de Investigaciones Históricas-UNAM, México

Resumen

El artículo busca precisar los elementos característicos de la investigación histórica. Parte de interrogar, no el método que le es propio, sino las ejecuciones secuenciales que conforman su orden operativo. Para ello recurre a un conjunto de propuestas realizadas por Michel de Certeau, que resaltan el papel que juegan la diferencia y el observador en su configuración cognitiva, pero en un marco de análisis sistémico. El estudio se centra, por tanto, en las potencialidades reflexivas que presenta la noción de “operación historiográfica”, para repensar los procesamientos metódicos de la disciplina.

Palabras clave: epistemología; historiografía; Michel de Certeau; metodología; teoría de la historia; teoría de sistemas

Abstract

The article seeks to clarify the characteristic features of historical research. Part of interrogating nor the method of its own, but the sequential executions that make up its operational order. For this purpose uses a set of proposals made by Michel de Certeau, highlighting the role of the difference and the observer in their cognitive configuration, but within a framework of systemic analysis. Therefore, the study focuses on reflective potentialities of the notion of historiographical operation to rethink the methodical processing of discipline.

Keywords: epistemology; historiography; Michel de Certeau; methodology; history theory; systems theory

Introducción

¿Es posible desarrollar una nueva mirada sobre la lógica que determina la investigación histórica? ¿Qué puede ser considerado en la actualidad como régimen procedimental del saber histórico, sobre todo cuando el horizonte comprensivo que redujo dicho orden a una cuestión simplemente metodológica se ha desdibujado? El interés que anima este escrito consiste en analizar las implicaciones que arrojan estas interrogantes y en precisar qué tipo de problemas resulta pertinente formular. Tanto en un caso como en el otro, se reconoce que las cuestiones planteadas se enmarcan en un tipo de reflexión diferente de modo diametral respecto de aquella que dotó de pertinencia a las perspectivas metodológicas previas. Esta transformación vacía de plausibilidad al viejo expediente de la objetividad, en apariencia la meta a la que aspiraban las interpretaciones historiográficas, en todo caso validadas por el “método correcto” y por un ejercicio de aplicación “neutra”.

La “neutralidad” consistía en un alejamiento con relación a los objetos estudiados, donde los controles establecidos por el propio método independizaban su aplicación de cualquier problemática teórica previa. La importancia de la obra y las propuestas realizadas por Michel de Certeau pueden ser vistas como signo de una disposición general muy diferente, donde los procedimientos de investigación no se dejan reducir a simple aplicación metódica, además de que introducen un marco reflexivo lejano de toda aspiración objetivista. Precisamente, el apartado introductorio que Michel de Certeau coloca al inicio de su investigación sobre la posesión demoniaca de Loudun lo intitula así: “La historia nunca es confiable”. ¿En qué sentido se deshace la confiabilidad de esa suerte de recuperación o reconstrucción de eventos pasados por medio de un discurso? ¿Cómo poder seguir sosteniendo la “creencia” en que los procedimientos técnicos y disciplinarios limitados son “neutros”, a pesar de que están determinados por un lugar institucional, atravesado en todo caso por conflictos y violencias? En palabras de Michel de Certeau:

¿Cómo podría estarlo? El libro de historia empieza con un presente. Se construye a partir de dos series de datos: por un lado, las “ideas” que tenemos sobre un pasado, las que aún transmiten los materiales antiguos, pero en los circuitos establecidos por una nueva mentalidad; por el otro, documentos y “archivos” […] Entre los dos, una diferencia permite detectar una distancia histórica, de la misma manera que la observación, a partir de dos puntos distantes, permite a Le Verrier inventar un planeta aún desconocido.1

Lo que sobresale en la cita anterior es el papel determinante del límite como diferencia constitutiva. Esa diferencia disuelve toda confianza metódica en la capacidad de un saber para ejecutar una reconstrucción fiel de “hechos” pasados. Cuando, al final de esa cadena productiva, parece que se está en condiciones de alcanzar el sueño objetivista, el historiador sabe que “eso nunca es eso”, pues el tiempo mismo como diferencia deshace dicha confianza.2 La historia está dominada por una ausencia, misma que no puede ser borrada o tachada por método alguno por más que presuma de poder acceder a lo real como presupuesto básico. Se trata, por el contrario, de un trabajo que comienza con “residuos”, con fragmentos sometidos a una serie de operaciones selectivas (clasificados, congelados en fondos, dotados de un significado nuevo) y que termina por construir una inteligibilidad por medio de una razón presente que, sin embargo, no puede escapar a su propia situación histórica.

El presupuesto de base en este tipo de posturas ha consistido en sostener la imagen de un observador capaz de captar los hechos o los eventos pasados, sólo porque se coloca en un nivel diferente que sus objetos históricos. Contrario a la manera en que se han justificado las opiniones o los juicios, el observador no requiere más que observarse a sí mismo como observador para darse cuenta de que dicha operación no es un ejercicio neutral, despojado de criterios y decisiones implícitas.3 Ésta es la tesis central que busca acreditarse aquí a partir de la aseveración realizada por De Certeau. Como la historia nunca es confiable, se trata de colocar la discusión en un campo diferente al que ha desarrollado habitualmente cierta tradición reflexiva interesada en cuestiones cognitivas. En efecto, el marco de referencia a partir del cual tratar las cuestiones de orden procedimental se desliga de los presupuestos mencionados. Y entre los nuevos problemas perfilados emerge la temática de la diferencia como problema general, tanto para los procedimientos puestos en juego, como para la descripción epistémica del saber histórico. Si la diferencia constituye su condición de posibilidad al mismo tiempo que domina los productos historiográficos alcanzados, entonces, ¿qué elementos reflexivos aporta la noción “operación historiográfica” para abordar esta circularidad cognitiva? Ésta es la cuestión central.

Epistemología y constructivismo operativo

Hasta la segunda mitad del siglo XX, la problemática epistemológica consideró al observador como una instancia trascendental, de modo que se diferenciaba con nitidez de la naturaleza propia de su objeto de estudio. Este postulado se aplicaba a todas las formas de cognición científica sin tomar en cuenta los procedimientos puestos en juego ni sus construcciones teóricas. Dado que las descripciones y explicaciones generadas sobre dichos objetos se obtenían metódicamente, ello garantizaba autonomía respecto a los criterios teóricos previos y a los intereses subjetivos o ideológicos movilizados por los científicos. La consideración anterior se mantuvo por mucho tiempo como indubitable gracias al punto de partida de que los objetos observados eran elementos dispuestos en un orden no construido sino dado. Si los modelos previos se desentendían del hecho de que los eventos susceptibles de explicación eran a fin de cuentas producto de un trabajo previo, de manera análoga el observador tampoco se incluía en la descripción como elemento configurante de lo observado.

Las reflexiones aportadas por De Certeau recuperan un marco de referencia distinto y para el cual la observación es, ante todo, una operación que depende de distinciones que sólo tienen sentido para la propia operación. Si la heterorreferencialidad -esa orientación subyacente a toda postura objetivista- estaba inscrita en las cualidades postuladas por el sujeto observador trascendental, entonces se capacitaba para describir metódicamente las realidades pasadas. Tomando en cuenta el cambio exhibido en los trabajos desarrollados por De Certeau, ahora se trata de explorar las posibilidades que la noción “operación historiográfica” aporta para pensar el orden interno que gobierna al conocimiento histórico, más allá de las prescripciones de neutralidad metódica. Lo que está en la base de la noción aludida no es otra cosa que una exigencia de historización del propio proceso cognitivo de la ciencia histórica.4

Si lo que expresa esa exigencia -de la que no se exime el propio historiador francés- es que la cognición refiere a un conjunto de “producciones localizadas”, realizadas en ámbitos temporales e institucionales precisos, entonces son dos los criterios básicos del análisis propuesto y que son coincidentes con el enfoque constructivista. Se puede denominar principio de limitabilidad a este criterio operativo cuya funcionalidad descansa en el papel que juegan los procesos de diferenciación internos, los cuales aparecen en toda operación de observación y que determinan a los conocimientos históricos. En tal caso, la diferencia es al mismo tiempo condición de posibilidad de la producción cognitiva de la historia. El segundo criterio puede denominarse principio de autorreflexividad y adquiere la forma de una recursividad desplegada por el saber histórico como reproducción operativa. Ambos aspectos resultan imprescindibles para entender la lógica de su operación y de todas las posibilidades teóricas de su base epistémica.5

El primer criterio especifica la lógica de los cortes o límites que da pie a la articulación de los “modelos teóricos” introducidos en los diversos campos de investigación historiográfica.6 El segundo consiste en la necesidad operativa de revisar a menudo el valor de esos límites sin los cuales no hay, propiamente, trabajo científico alguno. Se trata de un ejercicio de contrastación que permite medir las desviaciones y derivaciones introducidas por nuevas preguntas -en última instancia, variaciones significativas por sobre un conjunto de redundancias autoproducidas- y que alienta formular nuevos problemas.7 A un ejercicio de extracción en el primer caso -aislar unas prácticas con el fin de delimitar un campo de acometida- le sigue el necesario reconocimiento de la arbitrariedad involucrada, donde las cuestiones identificadas generan niveles acrecentados de potencial autorreflexivo. Dos niveles que permiten analizar el trabajo de la diferencia en el seno operativo de la investigación histórica.8

Aquí el enfoque constructivista vincula de una manera diferente los procesos cognitivos con consideraciones ontológicas, de tal manera que los conceptos y los modelos teóricos movilizados configuran los campos objetuales estudiados. Por eso el punto de vista constructivista asume que no resulta pertinente la reivindicación de un solo protocolo de justificación de las creencias y de una sola modalidad de sistematización de sus resultados.9 La historicidad como factor epistemológico muestra la variabilidad en cuanto a las modalidades de descripción, donde el mundo sólo es posible a partir de la operación de observación involucrada y de las selecciones llevadas a cabo. En tal sentido, la pasión por la alteridad mostrada por De Certeau como cuestión general, se encuentra en constante relación con la necesidad de reconocer las particularidades desde donde se articulan los discursos.10 La situación que abre la Modernidad a partir del siglo XVII está dominada por la falta de certezas últimas, cosa que se deja ver también en el terreno de lo religioso.

Los propios “hechos religiosos” son ahora inteligibles a partir de sistemas y ya no desde el campo de la dogmática.11 Esta aserción alcanza dimensión epistemológica en la precisión que realiza De Certeau del concepto “sistema”. “Por ‘sistema’ hay que entender no la realidad de una infraestructura o un todo aislable, sino el modelo interpretativo constituido y verificado por una práctica científica, es decir, una organización coherente de los procedimientos”.12 Es decir, sólo puede hablarse de cognición en el ámbito de un proceso sistemático de operación, de modo que el conocimiento histórico se define por el conjunto de prácticas articuladas -“una organización coherente de los procedimientos”- y que redistribuye el conjunto de las formalidades establecidas. Lo que llamamos como “científico” refiere, entonces, a un conjunto operativo que instituye campos de objetos, que define las modalidades de sus tratamientos y de los análisis correlativos a ellos, además de especificar las reentradas constantes de los resultados en el circuito de la propia investigación.

Sus resultados son “desarrollos” permitidos gracias al “aislamiento de un campo propio” (principio de limitabilidad), y dependen, en cuanto a su reproducción, de la “normalización de una investigación” así como de las transformaciones que pueden llevar a cabo en el sentido de variaciones significativas (principio de reflexividad).13 La operación se descompone en lo que De Certeau denomina “procedimientos”; éstos no son otra cosa que operaciones particulares que pueden ser enlazadas con otras posteriores, lo que requiere tiempo en su realización. Aquí es donde la diferencia adquiere prioridad en los procesos de determinación de los enlaces posibles. Es en la ejecución, por tanto, donde se produce una constante ampliación de diferencias que son realizadas en el interior del sistema con las mismas formas operativas previas.

La articulación constante de procesos de diferenciación y la circularidad de la secuencia son los rasgos que, en la perspectiva constructivista, problematizan el papel que juega el observador. Esto es central puesto que la operación científica es propiamente desarrollo de observaciones orientadas que pueden observar otras operaciones y observarse a sí mismas como operaciones en un sistema específico.14 Este planteamiento abre la puerta a la temática de la autorreflexión en un sentido preciso: se trata de una observación de segundo orden, esto es, una observación que observa observaciones. Justo en las posturas epistemológicas de Michel de Certeau hasta ahora presentadas se reivindica ese nivel de autorreflexividad a partir de un problema central: ¿cómo observar al observador en un campo operativo particular?15 Por eso, desde las propuestas de Michel de Certeau, es necesario aislar las distinciones implicadas -esas operaciones interpretativas organizadas- que toman la forma de observaciones de primer orden.

Como la ciencia histórica es un sistema observador, se ve obligada a incrementar sus posibilidades de variación y control por medio de operaciones que permiten observar las observaciones. Esto es lo que intenta expresar la noción de “giro historiográfico” propuesta por Alfonso Mendiola.16 Hay que tomar en cuenta que esta función autorreflexiva es crucial para la propia investigación histórica, ya que permite reproducir sus operaciones en términos recursivos gracias a la estabilización de ciertos conjuntos de comunicaciones historiográficas. Lo que se conoce como corrientes historiográficas no son otra cosa que estructuras que logran condensarse y que por ello orientan investigaciones futuras gracias a los elementos recursivos que aportan. La autorreflexión es restricción del “repertorio de aquellas operaciones que el sistema puede ejecutar”, sin referir a “estados finales” del sistema como conocimientos permanentes. El control y la orientación restringida definen el campo de competencia de una suerte de investigación de la investigación que conjuga en un tipo de conducción recursiva la exigencia de autorreflexión.17

Si bien la observación de primer orden es una forma que reduce complejidad gracias a una distinción y una indicación, la observación que observa esta operación implica ya otra distinción. Este enlace es manifestación de un entramado recurrente de otros enlaces al punto de introducir, con cada observación vinculada, mayores índices de complejidad. Dicho aumento es un efecto del procesamiento de observaciones recurrentes que permiten, por su propia reiteración, establecer la unidad del sistema. De tal manera que la dinámica operativa requiere mayores niveles de recursividad al no haber criterios finales de certeza o correspondencia con lo real, lo que se encuentra ya presupuesto en la noción de autorreflexividad.18

Investigación histórica: una metódica de la diferenciación

Si la epistemología es una modalidad de autorreflexión -a fin de cuentas un entramado sistémico de observaciones de segundo orden- el problema metódico central que se presenta consiste en observar lo no observable: lo latente que permite todo ejercicio historiográfico. En la perspectiva de nuestro autor, el ejercicio autorreflexivo sólo está en condiciones de observar lo invisible por medio de la introducción de más distinciones. Con este procedimiento de diferenciación acrecentada se puede acceder a la unidad de la diferencia utilizada en las observaciones de primer orden. Queda en ello asumida la restricción por la cual la observación de una observación asimismo moviliza distinciones, manteniendo inobservable su propia unidad o punto ciego.19 Los resultados obtenidos en esta secuencia -una modalidad técnica de padecer la diferencia- manifiestan también diferenciaciones, pero ahora como cortes, periodos, series, etc.

En este último caso se trata de productos metódicamente obtenidos gracias a la introducción de “modelos científicos” que adquieren la dimensión de “simulacros”: los conocimientos históricos consisten en una sustitución al poner “una representación en lugar de una separación”.20 La tesis general sería, entonces, que el orden metódico de investigación historiográfica se configura a partir del trabajo constante de diferenciación recursiva, lo que potencia su reproducción sistémica.21 La diferencia es aquello que permite toda historia, pero también, y quizá por eso mismo, objeto de investigación, resultado y función social como criticidad. Pero entre uno y otro nivel resaltan disparidades notables con consecuencias divergentes. A diferencia de los cortes iniciales (campos categoriales, periodos, espacios geográficos, entre otros), los elementos diferenciales obtenidos resultan de la aplicación de modelos, mismos que son también formas de diferenciación de la operación científica, aunque no justificables del todo.

Ésta es la característica más llamativa de la operación científica e involucra el hecho de que todos los resultados aportados son en sí efectos inducidos a partir de la aplicación de modelos previos. Lo contingente de los modelos está definido por las distinciones que, en el inicio del proceso de observación, predeterminan el conjunto de elementos que se siguen de él, incluyendo las operaciones sucesivas como continuación recursiva. De modo tal que su no justificabilidad inicial expresa incertidumbre en cuanto a la validez de la distinción utilizada frente a otras posibles; de ahí que la contingencia de la operación científica está en relación directa con el carácter históricamente variable de las distinciones iniciales. Es en este punto donde De Certeau propuso una perspectiva crítica sobre el estatuto metódico de las ciencias históricas, basada en su lógica diferencial. Es en la esfera de la aplicación metodológica o de modelos donde se plasma con mayor claridad la impronta de un trabajo que no cesa de construir diferencias a partir de otras diferencias, todo en el sentido de un trabajo crítico.22

Se requiere precisar que la noción de “modelo” presupone la conjunción de una estructura teórico-conceptual con una serie de orientaciones prácticas en el nivel empírico.23 El primer aspecto, el teórico, incluye conjuntos conceptuales pero ligados a una expansión discursiva; éstas son las teorías formuladas desde diversos campos del conocimiento social. En tanto este nivel implica competencia discursiva, puede hablarse de campos semánticos que permiten dicha conjunción teórica y práctica. La perspectiva expuesta puede conducir a un precepto epistemológico de gran alcance: existe interdependencia entre proceso metódico y marco general de referencia, donde esto último manifiesta el condicionamiento teórico de toda investigación empírica. Dicha interdependencia no sólo se localiza al inicio de la investigación historiográfica, sino que determina toda la secuencia operativa. En otras palabras, no puede haber investigación ni aplicación metódica sin teorías autorreferenciales.24

Así, la interrelación interna de los modelos determina la especificación de criterios de elección, la generación de valores discretos (correlaciones, cuantificaciones o modalidades cualitativas); identifica herramientas técnicas orientadas a la producción de elementos de análisis (series, curvas, estadísticas, ciclos); introduce formas conceptuales para la especificación de modalidades explicativas (funcionales, causales, de analogía), etc.25 Debido a ello, para De Certeau las ciencias históricas se han convertido en “laboratorios de experimentación epistemológica” donde se prueba el valor del modelo en su doble aspecto, teórico y práctico.26 Teórico, en el sentido de poder producir campos delimitados de estudio, en formular problemas pertinentes y articular interrogaciones ajustadas a dicho campo, sin dejar de lado la acreditación o validación de las respuestas que puede aportar el conjunto de la secuencia.

El aspecto práctico se da porque establece los marcos para valorar “los límites de significabilidad”, no del campo, de las preguntas o las respuestas aportadas, sino del modelo (programa) como conjunto interrelacionado. Por tanto, son los cortes teóricos -propiamente los límites del modelo involucrado- los que facultan la constitución de campos de observación por medio del establecimiento de distinciones. Éstos exhiben funcionalidad al momento en que constituyen límites y permiten su utilización consecuente, esto es, cuando están en condiciones de explotar las operaciones en términos de formalización y de sus conexiones subsecuentes. Son estas conexiones las que posibilitan el trabajo crítico de identificación de desviaciones o especificación de nuevas preguntas y problemas, lo que pone en cuestión las limitaciones formales de inicio (los cortes realizados). El proceso es susceptible de ser analizado como el paso que va de los cortes o límites iniciales a las desviaciones generadas por la aplicación del modelo, secuencia donde las “transgresiones lógicas” involucradas adquieren importancia capital.27 En suma, los laboratorios de experimentación epistemológica se conforman como los núcleos teórico-metódicos de la investigación historiográfica.

Esta perspectiva del trabajo científico e historiográfico desarrollado en términos de lógica operativa encuentra su objetivo en la confrontación de los límites impuestos y en la generación de desviaciones lógicas. La recursividad se orienta hacia el valor científico que presentan las variaciones obtenidas, en tanto transgreden los límites de los modelos y alientan con ello sus posibles correcciones. Si el proceso se puede entender como falsación de los propios modelos, le es correlativo un tendencial aumento de complejidad como acrecentamiento de diferenciaciones. Al poner el acento en el hecho de que esos modelos son trasladados desde otros campos disciplinarios al terreno de la investigación histórica, es plausible caracterizar su aplicación historiográfica como un ejercicio crítico de falsación y, por eso mismo, del necesario control en la gestión de operaciones. De modo que la historiografía es funcional en tanto que potencia la recursividad de aquellas disciplinas científicas que las originaron, además de impulsar su propia lógica interna de reproducción cognitiva.28

Resulta importante analizar algunas implicaciones que se desprenden de ambos rasgos y que son cruciales para entender la lógica procedimental involucrada. Para empezar, dicha lógica expresa la diversificación de modalidades de investigación histórica a partir de los modelos que retoma y de las distinciones funcionales que les son propias. Por ello es apropiado considerar que la lógica tiene como objetivo orientar esas modalidades hacia un incremento de sus propias condiciones diferenciales. Lo anterior expresa con precisión aquella exigencia de reproducción autorreferencial, pero ahora por la vía de una ampliación continua, no de una base disciplinaria unitaria, sino de las diferencias establecidas en esas modalidades de investigación. Es ya reconocida la imposibilidad de conducir los modos diversos de hacer historia hacia una suerte de concreción sintética.

Los dos aspectos señalados -reproducción autorreferencial y ampliación en las modalidades de investigación- se complementan en la perspectiva de De Certeau. Así, el empleo “sistemático de modelos” -que ya implica variación en cuanto a las asimetrías utilizadas- y la capacidad para identificar sus límites de aplicación, transformándolos en problemas que puedan tratarse técnicamente, pertenecen a la misma secuencia procedimental.29 En otras palabras, la reproducción de las modalidades de investigación histórica es posible cuando, desde su propia operación, produce más diferenciaciones y distinciones, todas a partir de diferenciaciones y distinciones previas. Se puede llevar el nivel analítico un paso más allá de la consideración realizada. En cuanto a los modelos, las diferenciaciones se despliegan bajo una forma de estructuración sincrónica al tratarse de segmentos, sistemas de inteligibilidad o modos de racionalidad específicos. Su utilización se coordina gracias a la relación de transversalidad, de manera que las diferencias entre disciplinas -economía, sociología, antropología, etc.-, son tramitadas dentro del saber histórico como procesos asimismo segmentados: historia económica, historia social, historia de las mentalidades, historia cultural, etc.

Por su parte, las distinciones de base utilizadas en el interior de cada modelo o segmento, se despliegan por medio de criterios diacrónicos gracias a la introducción de la distinción pasado/futuro.30 Tomando en cuenta que los modelos no por fuerza son adecuados para los análisis diacrónicos, la distinción temporal rompe con su simultaneidad permitiendo su adaptación a la investigación histórica. Como la operación de todo sistema requiere introducir estructuras temporales que expresen los estados del sistema bajo la diferencia pasado/futuro, estas mismas estructuras se conjugan con las distinciones provenientes de las disciplinas con las que se relacionan, lo que permite construir referencias al pasado del sistema social. La introducción de estructuras temporales gracias a la distinción pasado/futuro consiste en un proceso de reentrada de las distinciones operantes en la investigación social, puesto que en esas diferentes disciplinas se ha producido ya una reentrada de la distinción sistema/entorno.31 Esta distinción basal de sistema/entorno presupone ya una diferenciación temporalmente establecida.

Formalizaciones historiográficas y secuencia metódica

Al retomar el nivel autorreflexivo, es posible apreciar que el desarrollo metódico en la investigación histórica se dirige a falsear el modelo utilizado en su conjunto, distanciándose con ello de las consideraciones que ponían el acento en los enunciados condicionales de las hipótesis científicas y su validación. De esta forma, las modalidades de investigación histórica se aprecian como procesos de falsación de modelos sociales, de sus sistemas conceptuales y de los campos semánticos asociados a ellos. De Certeau enfatiza esta peculiaridad al considerar que la investigación histórica está orientada metódicamente a identificar y precisar las desviaciones que se producen en la utilización del modelo, todo con el fin de reutilizar esos “errores” como forma de corrección histórica, en este caso, de los propios modelos. Esta lógica operativa expresa una transformación de gran envergadura -un verdadero cambio de frente, según De Certeau- en la comprensión que se ha desarrollado a lo largo del siglo XX sobre cómo entender la investigación histórica.

Antes se sostenía que la investigación iniciaba con el manejo de un conjunto de datos referidos a la singularidad de hechos, para después formular, de manera inductiva, generalizaciones sobre las coherencias relevantes y sus nexos formales. La inversión lógica operada considera que la investigación inicia con coherencias o “unidades” elaboradas con anterioridad, buscando establecer declinaciones entre las “combinaciones lógicas de series”. Se introducen en el ciclo altos niveles de abstracción, ya que sólo de esta manera es como se puede tratar el conjunto de informaciones disponibles y donde los datos manifiestan las decisiones y programaciones previas. De una “formalización” de inicio, se obtiene como resultado la singularidad de las rarezas identificadas como “fenómenos de frontera”.32 Visión que implica una forma diferente de entender lo singularizable. La configuración decimonónica de la historia estableció su estatuto como ciencia inductiva porque su explicación se dirigía hacia lo particular -los hechos como únicos e irrepetibles-, todo ello permitido por la complementación entre método e intermediación documental. De esta secuencia se hacía depender la caracterización interpretativa de la historia.

El cambio de frente propuesto por De Certeau desplaza el evento particular hacia el final de una cadena productiva sistemáticamente enlazada. De tal modo que los modelos y sus condiciones teóricas asociadas son los que posibilitan identificar algo como hecho singular. Los fenómenos individualizados son, por tanto, producto concertado de operaciones complejas y regulares que tienden a sistematizar universalidades acotadas.33 Ello resulta coincidente con el papel que juega la observación en la teoría de sistemas. Así, sólo desde un sistema observador clausurado resulta posible distinguir hechos particulares o acontecimientos diferenciados de otros acontecimientos, en una cadena o secuencia global. En otras palabras, cuando se identifica una singularidad o una particularidad, lo significativo se localiza en ese horizonte general que permite la contrastación. Se identifican acontecimientos singularizados porque se pueden apreciar las diferencias que las determinan desde ciertas plataformas observadoras, que incluyen por fuerza la observación de la unidad de las distinciones operadas.

El acontecimiento expresa una diferencia, más que aludir a una unidad simple que puede inscribirse de modo progresivo en una estructura más compleja (lógica del todo y las partes). Alejándose de la suposición de que el hecho es una unidad, para De Certeau es una diferencia y lo es en cuanto “designa una relación” o una serie, así como sus “combinaciones” y sus múltiples posibilidades de cruzamiento.34 Son las observaciones recurrentes, que crean valores propios,35 las que se encuentran en condiciones de delimitar al acontecimiento como una diferencia apreciable dentro de un conjunto sistemáticamente organizado de interrelaciones, no de cosas y sus relaciones. Es plausible considerar que lo anterior es resultado de la capacidad del sistema para organizar las diferencias que él mismo produce, jerarquizarlas y crear otras estructuras menos evanescentes. Los denominados “hechos históricos” son, por tanto, producto de un rejuego ajustado de múltiples interrelaciones, donde la cualidad temporal es la falta de duración o su débil estabilidad, hasta que no son estructurados (condensados) por las recurrentes observaciones de segundo orden que produce la historiografía.36

En relación con las desviaciones, y que son, para todo efecto práctico, errores identificables gracias a los modelos, se presenta una coincidencia notable con las perspectivas sistémicas en lo tocante al problema de la operación científica en general. Es ya tónica común considerar, en el campo de la teoría de sistemas y en el constructivismo operativo que maneja, que las ciencias tienen como rasgo central producir estructuras especializadas en el manejo de la frustración de las expectativas que ellas mismas formulan con anterioridad. Dichas expectativas son estructuras que logran condensarse y que, por lo tanto, tienen una estabilidad tal que permite su repetición posterior, lo que en todo caso es un efecto de redundancia necesario. Son estructuras que se especializan en tramitar de manera continua como variación lo que el esfuerzo científico trata de encontrar como frustración, desengaño o condición de falsabilidad. Se trata de estructuras temporales que permiten llevar a cabo pronósticos significativos y condicionados, cosa que ya había remarcado la propia filosofía de la ciencia como factor de predictibilidad.

Para la ciencia, los elementos condicionales de las expectativas se enfrentan constantemente a decepciones en un entorno en sumo grado contingente, es decir, sometido a múltiples posibilidades de decepción, de modo que los resultados adquieren un nivel de improbabilidad alto. Por este camino se introducen a menudo modificaciones en sus propias expectativas, pues la orientación general consiste en asegurar la continuidad de su operación por medio de variaciones susceptibles de ser gestionadas en su interior.37 El concepto de “falsación” expresa la orientación central que tienen los procedimientos metodológicos, a saber, enfrentarse a altos estándares de improbabilidad y poder continuar reintroduciendo sin cesar sus operaciones en ambientes muy especializados y contingentes. Por eso, para De Certeau la historia no busca ya más un sentido global y unitario, sino el conjunto de “excepciones” identificables al utilizar modelos, siempre en contraste con corpus documentales. “El conocimiento histórico pone en evidencia no un sentido global, sino las excepciones que aparecen al aplicar modelos económicos, demográficos, sociológicos”, con lo que está en condiciones de “producir algo negativo que sea significativo”. Se especializa en generar “diferencias significativas” para introducir rigor creciente en las programaciones y explotarlas sistemáticamente.38

Si tomamos en cuenta todavía la imagen tradicional de la ciencia, la historia no podría ser científica si no siguiera el camino trazado por su fundamentación filosófica convencional. Como la ciencia debe comprobar sus enunciados condicionales (hipótesis) bajo procedimientos lógicos estrictos, la historia se quedaría en un trabajo trivial de formular redundancias a partir de expectativas fuertes, que para todo efecto práctico son ya estructuras de redundancia. Por supuesto que las estructuras de redundancia permiten la operación de una memoria del sistema. Consideración que exige como precepto asumir la necesidad de identificar formas de variación como corrección de modelos. Siguiendo a Michel de Certeau, éstas son significativas y cruciales para la continuidad de la operación historiográfica, no así las redundancias, dado que sin variación serían obstáculo para la productividad metódica. La expresión “diferencias significativas” alude directamente a aquellas formas estructuradas por el sistema operativo que son capaces de identificar primero y utilizar después, todos aquellos enlaces que permitan continuar su recursividad comunicativa. Se puede decir que la investigación histórica sólo puede producir más investigación histórica -generar diferencias a partir de diferencias- siempre y cuando esté capacitada para continuar falseando modelos sociales. En tal sentido, la historia es una ciencia especializada en trabajar con contingencias, cuestión crucial para una sociedad que tiene que enfrentarse a la indeterminación radical de su propia condición.

Historia, funcionalidad operativa y complejidad de mundo

La discusión presentada en el apartado anterior es un desarrollo del principio de limitabilidad ya mencionado al inicio de este escrito y tiene como presupuesto lo que el propio Kant apuntó en su trabajo crítico: el conocimiento científico encuentra en sus límites su condición misma. Si los límites se expresan en esa lógica, por la cual la diferencia es al mismo tiempo resultado y condición de la investigación histórica, falta abordar la cualidad de autorreflexividad que se desprende de ella. Lo primero que se puede apreciar es que la cualidad señalada está en relación directa con la funcionalidad social del conocimiento histórico. El sistema social actual se encuentra en la necesidad de incrementar los niveles de su propia complejidad. Pero esta afirmación no es nueva; ya en los trabajos realizados por Max Weber acerca del carácter de la sociedad moderna se introduce la tesis de que la reproducción del sistema social depende del incremento de sus tasas internas de complejidad.39 Lo que se enfatizará en la tradición sociológica posterior, es que el sistema social -y esto como logro evolutivo- gestiona esos altos grados de complejidad y de indeterminación (contingencia) por dos grandes vías.

La primera vía consiste en especializar áreas en el tratamiento de sectores del sistema global, siendo éstos producto de un proceso evolutivo que los hace emerger como subsistemas sociales diversificados.40 La segunda consiste en un proceso de transformación de la indeterminación e improbabilidad resultantes en expectativas especializadas en el manejo de las decepciones que se presentan en su operación. Ello da cabida a una variada conjunción de mecanismos de control para mantenerlas o cambiarlas, vía las capacidades morfogenéticas y morfoestáticas del sistema. La primera tiene que ver con las operaciones dirigidas a determinar las variaciones estructurales, en tanto que la segunda discrimina todas aquellas que deben ser preservadas.41

La historia es un saber ligado a la tendencia de diversificación de los subsistemas, además de ser una modalidad de afrontar las decepciones de las expectativas. Es a partir de este razonamiento como se puede abordar su funcionalidad social en relación con las capacidades morfogenéticas y morfoestáticas mencionadas. Precisamente, para De Certeau es necesario relacionar la funcionalidad de la historia con aquel ejercicio crítico que se lleva a cabo en el nivel metódico. Al historizar modelos sociales, esta ciencia pone en juego la necesaria prueba de consistencia en las formas de racionalidad del presente a partir de una aguda temporalización: exhibe sus condiciones contingentes. Esto vendría a ser lo propio del ejercicio crítico historiográfico puesto que obliga a reconocer los límites de los modelos de racionalidad y a cuestionar su universalización.

Un doble efecto se presenta como producto de este ejercicio crítico. Primero, una obligada historización del presente del sistema social, problema que no puede desligarse del proceso inaugurado por la sociedad moderna, esto es, la diferenciación como criterio interno del sistema. Segundo, el pasado -lo que ya no es más-, al diferenciarse del presente, tiene como función simbolizar “lo que hace falta” en él.42 Introduce así la pertinencia de la distinción pasado/futuro para el ejercicio de autorreflexión del propio sistema social. Debe considerarse en este punto que, a pesar de que la sociedad recurre a formas refinadas de autorreflexión -las autodescripciones realizadas por las ciencias sociales-, es incapaz de alcanzar una descripción unitaria de sí misma. Esto no es un déficit a cubrir, sino que se desprende del proceso de diferenciación interna y de su complejidad resultante, donde las múltiples interrelaciones entre las operaciones por las que logra su propia autopoiesis escapan a una autoobservación unitaria.

De ahí la necesidad de selección como forma de operación del sistema. Es imposible calcular el número de relaciones posibles entre las operaciones del sistema, al tiempo que las interrelaciones entre ellas no se producen de forma simultánea. Por eso la selección es el criterio operativo central para un sistema que alcanza tales niveles de complejidad.43 Los diferentes grados de su diversificación reproducen los niveles diferenciados necesarios para afrontar esa complejidad: a esto se le denomina “sociedad funcionalmente diferenciada”.44

Si bien la complejidad como proceso agudo de disociación interna puede ser reflexionada por instancias asimismo diferenciadas, esto quiere decir que ya no es posible describir de manera global al sistema desde algún sector diferenciado del sistema. Las ciencias sociales contribuyen con una autocomprensión del sistema social a partir de generar observaciones de segundo orden sobre los órdenes diferenciados mismos.45 De modo que las investigaciones sociales dan cuenta de la diferenciación evolutiva alcanzada en el propio sistema, dando pie en sus logros a una continua autoobservación del propio sistema diferenciado. Todo esto alienta los procesos internos de autorreflexión. Las ciencias sociales son funcionales para el sistema porque tematizan la complejidad evolutiva del propio sistema, por lo que los resultados (autoobservaciones) aportan elementos para la reproducción de los subsistemas sociales y de sus índices de diferenciación.

Desde esta perspectiva, la historiografía exhibe singularidad en relación con esta clase de ciencias. Debido al uso metódico de modelos sociales, tiende a reproducir una diferenciación análoga a la que se presenta entre las propias ciencias sociales y entre los subsistemas con los cuales están ligadas. Por una lado, genera una estructuración segmentada de ramas de investigación especializadas (historia económica, historia social, historia política, historia cultural, etc.), lo que permite la cohesión interna de cada forma de investigación histórica. Por otro, establece una heterogeneidad entre cada segmento del mismo tipo que la que se presenta entre las diferentes disciplinas sociales. Esquemáticamente se pueden establecer dos aspectos de la funcionalidad que tiene la historiografía para el campo de la investigación social, y esto es visto como ejercicio crítico por De Certeau. Primero, establece los límites operativos de las propias investigaciones sociales gracias a la instrumentalización del proceso de falsación de sus modelos, incrementando con ello el índice de variación de la ciencia social de que se trate (principio de limitabilidad).

El segundo consiste en aumentar los recursos de autorreflexión de estas disciplinas al introducir una referencia al pasado del sistema social y, por tanto, de los subsistemas y de las observaciones que sobre dicha diferenciación producen las ciencias sociales. Esto acarrea la introducción de la cualidad de autorreflexividad que, junto con la limitabilidad previa, conforman la base para describir la epistemología del saber histórico. Si la funcionalidad de dicho saber se entiende como historización de nuestras formas de lo pensable, especifica su labor en tanto historización de sus modelos. Esto permite a las propias disciplinas sociales observarse en el horizonte temporal de su racionalidad operativa.46 Lo que muestran ambos aspectos es que las investigaciones históricas se comportan, para los efectos de variación cognitiva (frustración de expectativas) y de reflexividad en la reproducción autopoiética de las disciplinas sociales, como productoras de observaciones de segundo orden en relación con las observaciones sociales. Al realizar observaciones temporalizadas, la historiografía aporta elementos necesarios para establecer la unidad del sistema social; esto es, sus propios límites.

Las comunicaciones historiográficas establecen diferenciaciones en términos temporales, introduciendo con ello mayores índices de contingencia para que los subsistemas puedan operar. Con dichos límites, los modelos de racionalidad actuales están en condiciones de historizar sus propias unidades operativas, requisito para la autopoiesis del sistema global. Derivando estructuras temporales específicas a partir de la diferencia basal pasado/presente, la historiografía delimita los estados presentes de la operación del sistema social, lo actual y también lo posible.47 La diferencia resultante en la aplicación de estructuras temporales se constituye como el pasado del sistema, lo que permite identificar las unidades formales actuales (el valor limitado de los modelos racionales), mientras que lo posible se articula como horizonte de aperturas susceptibles de ser conceptualmente esquematizadas. Al situar las operaciones en aquellos ambientes sociales donde se producen, la reflexividad aportada comunica lo que consideramos como evidencias presentes en términos de lo improbable, esto es, pensar como “improbable la ya existente”.48

En suma, las unidades formales actuales, en tanto coinciden con los límites de las operaciones comunicativas realizadas, comparan el estado actual con los estados anteriores de los subsistemas. Su importancia radica en que se derivan mecanismos de control operativo que orientan las transformaciones o el mantenimiento de sus estructuras, fenómeno conocido como “estabilidad dinámica”.49 El conglomerado operativo conocido como “historiografía”, al producir observaciones de observaciones y temporalizar ambos niveles, confronta la inseguridad generada por las investigaciones sociales en el curso de su reproducción autopoiética. Se puede concluir que la historia es una ciencia especializada en el tratamiento de la inseguridad temporal generada por la relación, siempre problemática, entre estados futuros y decisiones presentes. Si en la operación historiográfica “las permanencias ocultas y las rupturas instauradoras se amalgaman”, entonces ella aporta una visión que muestra que toda ciencia es fruto de “pertenencias” sociales y de prácticas instauradas en el orden de lo contingente.50 Es precisamente en el punto crucial de la recursividad sistémica donde el carácter funcional de la operación historiográfica se manifiesta. Su aporte consiste en temporalizar e introducir elementos reflexivos en las modalidades de autoobservación de la sociedad tardomoderna.

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1 Michel de Certeau, La posesión de Loudun, p. 22.

2Michel de Certeau, La fábula mística siglos XVI-XVII, pp. 352-353.

3“La manera más simple de abordar el contenido programático del concepto de observación de segundo orden es pensar que se trata de una observación que se realiza sobre un observador. Lo que exige el concepto es delimitar que no se observa a la persona en cuanto tal, sino sólo a la forma en la que éste observa. Observación de segundo orden significa focalizar, para observarlas, las distinciones que emplea un observador”. Niklas Luhmann, Introducción a la teoría de sistemas: lecciones publicadas por Javier Torres Nafarrate, p. 167.

4“Pero el gesto que traslada las ‘ideas’ a lugares es precisamente un gesto de historiador. Comprender, para él, es analizar en términos de producciones localizadas el material que cada método ha originalmente establecido según sus propios criterios de pertinencia”. Michel de Certeau, La escritura de la historia, pp. 67-68.

5Niklas Luhmann, La ciencia de la sociedad, p. 198.

6“Los ‘modelos’ teóricos propuestos tienen por función recortar unos límites (la particularidad de mis preguntas) y hacer posibles unas desviaciones (la expresión de experiencias y de otras preguntas). Por ahí comienza un trabajo común que crea acontecimientos: una serie de diferenciaciones permite a cada uno especificar, paso a paso, su propio camino en la masa de informaciones intercambiadas”. Michel de Certeau, “¿Qué es un seminario?”, p. 45.

7“Redundancia” es sinónimo de “estructuración mediante patrones”. Las variaciones son las modalidades de reacción sistémica frente a la decepción de las expectativas cognitivamente generadas. De tal forma que la redundancia es la base a partir de la cual, como ejecución sistemática de discriminación, se pueden generar e identificar variaciones cognitivas. Gregory Bateson, Pasos hacia una ecología de la mente, p. 436.

8Michel de Certeau, Historia y psicoanálisis entre ciencia y ficción, p. 117.

9Para un análisis detallado del constructivismo operativo, véase Niklas Luhmann, “El programa de conocimiento del constructivismo y la realidad que permanece desconocida”, pp. 91-124.

10Cfr., François Dosse, “De Certeau: un historiador de la alteridad”, pp. 13-39.

11El paso de la teología a las ciencias religiosas y de ahí a la propia historia de la religión, es un tránsito que no deja invariable al propio objeto religioso. No sólo se presenta una falta de certeza en la asignación “del nombre cristiano”, sino que en el terreno de las operaciones científicas y como efecto de su propio despliegue, se introduce “la incertidumbre en la determinación de lo que debe llamarse ‘religioso’”. Michel de Certeau, “La ruptura instauradora”, p. 202.

12Ibidem, p. 199, n. 13.

13“Únicamente desde ese punto de vista, toda proposición ontológica está excluida del discurso científico, porque cada relación aislada por el análisis se refiere a una producción y a la definición de sus reglas”. Ibidem, p. 204.

14“Al hablar de observar, observador, nos referimos a operaciones, y esto en dos sentidos: para que el observador pueda observar las operaciones él mismo tiene que ser una operación. El observador, así, está dentro del mundo que intenta observar o describir”. Luhmann, Introducción a la teoría, op. cit., p. 154.

15“Es necesario decir en seguida que se trata de una revolución fundamental, ya que coloca el hacer historiográfico en lugar del dato histórico. Cambia el significado de la investigación: de un sentido revelado por la realidad observada pasa al análisis de opciones o de organizaciones de sentidos implicados por operaciones interpretativas”. De Certeau, La escritura, op. cit., p. 45.

16Alfonso Mendiola, El giro historiográfico: la observación de observaciones del pasado”, pp. 191 y s.

17“La orientación no es otra cosa que restricción de las capacidades de conexión internas por medio de operaciones expresamente diferenciadas para ello, susceptibles ellas mismas de una conexión”. Luhmann, La ciencia, op. cit., p. 241.

18Luhmann, Introducción a la teoría, op. cit., p. 169.

19Ibidem, pp. 167 y s.

20De Certeau, La fábula mística, op. cit., p. 19.

21“Un trabajo incesante de diferenciación (entre acontecimientos, entre períodos, entre aportaciones, entre series, etcétera) es, en historia, la condición que permite relacionar elementos distintos, y por tanto comprenderlos: Este trabajo se apoya en la diferencia que existe entre un presente y un pasado […] El corte decisivo en cualquier ciencia (una exclusión es siempre necesaria cuando se procede con rigor) toma en historia la forma de un límite original que constituye a una realidad como ‘pasada’, y que se explicita en las técnicas proporcionadas a la tarea de ‘hacer historia’”. De Certeau, La escritura, op. cit., p. 52.

22No está por demás recordar que el propio concepto de “información” se entiende en términos de lógica diferencial: “De hecho, lo que entendemos por información -la unidad elemental de información- es una diferencia que hace diferencias”. Bateson, Pasos hacia una ecología, op. cit., p. 484.

23En el sentido de la conjunción teórico-práctica, la noción de modelo es análoga a la utilizada en la visión propuesta por Luhmann y recuperada por el concepto de programas. Éstos son instancias que permiten establecer sin equívocos los valores científicos codificados y están compuestos de teorías (enunciados y conceptos “predicativos”) y de métodos. Luhmann, La ciencia, op. cit., pp. 291 y s.

24En esto insiste Rüsen en aquel trabajo notable donde aborda la función de la reflexión teórica en historiografía, función que no deja de exhibir condiciones autorreferenciales. Jörn Rüsen, “Origen y tarea de la teoría de la historia”, p. 38.

25“Su práctica consiste en construir modelos impuestos por decisiones, en ‘reemplazar el estudio del fenómeno concreto por el de un objeto constituido por su definición’, en juzgar el valor científico de dicho objeto según el ‘campo de preguntas’ a las cuales puede responder y según las respuestas que proporciona, y en ‘fijar los límites de la significabilidad de dicho modelo’”. De Certeau, La escritura, op. cit., p. 89.

26Ibidem, p. 97.

27Edgar Morin, “La epistemología de la complejidad”, p. 9.

28De Certeau, La escritura, op. cit., p. 94.

29Ibidem, p. 91.

30Niklas Luhmann, Sistemas sociales. Lineamientos para una teoría general, pp. 97 y s. Vid. Id., “Tiempo universal e historia de los sistemas”, pp. 359-403.

31El concepto de re-entrada (re-entry), elaborado por Spencer Brown en el marco de su trabajo sobre el cálculo de las formas, intenta describir la capacidad de los sistemas autorreferenciales y autopoiéticos. Brown afirma que la operación se gesta alrededor de una distinción específica, distinción que es reintroducida de manera constante en su interior como forma de autoobservación, esto es, de autorreflexión. Esta capacidad le permite al sistema designar su propia unidad en relación con un entorno. Luhmann, La ciencia, op. cit., pp. 65 y s.

32“El interés científico de estos trabajos consiste en la relación que mantienen con totalidades impuestas o supuestas -‘una coherencia en el espacio’, ‘una permanencia en el tiempo’- y en los correctivos que pueden aportar […] La investigación utiliza objetos que tienen la forma de su práctica: ellos les proporcionan el medio de hacer resaltar las diferencias relativas a las continuidades o a las unidades de donde parte el análisis”. De Certeau, La escritura, op. cit., pp. 92-93.

33Según Edgar Morin, dichas singularidades son producto de determinaciones deducidas desde leyes de interacción. Por supuesto, esta visión cambia la relación entre lo universal (aquello expresado en leyes) y lo particular o singular (lo que se sigue de ellas), al punto de que lo universal puede ser manejado como una singularidad entre otras. Morin, “La epistemología”, op. cit., p. 3.

34De Certeau, La escritura, op. cit., p. 97.

35Niklas Luhmann, “¿Cómo se pueden observar estructuras latentes?”, p. 70.

36“Si es verdad que lo particular especifica a la vez la atención y la investigación, esto no lo hace como un objeto pensado, sino al contrario, porque es el límite de lo pensable. Lo único pensado es lo universal […] Si la ‘comprensión’ histórica no se encierra en la tautología de la leyenda o no huye hacia la ideología, tiene como primera característica no el convertir en pensable las series de datos trillados (aunque allí esté la ‘base’), sino el nunca renunciar a la relación que las ‘regularidades’ mantienen con las ‘particularidades’ que se les escapan”. De Certeau, La escritura, op. cit., p. 99.

37Luhmann, Sistemas sociales, op. cit., pp. 272 y s. Para Luhmann, lo importante de las “expectativas” es que “reducen las posibilidades de variación de otras comunicaciones”. Pero no eliminan la necesidad de introducir cambios, nada más los controlan y los especifican. En suma, el proceso consiste en permitir cambios en la expectativa misma, lo que singulariza a las estructuras científicas en su operación. Luhmann, La ciencia, op. cit., pp. 102-103.

38De Certeau, La escritura, op. cit., p. 99.

39El incremento de complejidad social lo entiende Weber como aumento tendencial de diferenciación social interna. Esta problemática se localiza en sus trabajos dedicados al desencantamiento de mundo iniciado en el ámbito de las propias imágenes religiosas, pero se continúa en las típicas estructuras de sociedad moderna, como proceso de racionalización. Jürgen Habermas, Teoría de la acción comunicativa, 1. Racionalidad de la acción y racionalización social, pp. 213 y s.

40Niklas Luhmann, Complejidad y modernidad, pp. 71 y s.

41Walter Buckley, “La epistemología, vista a través de la teoría de sistemas”, p. 221.

42De Certeau, La escritura, op. cit., p. 100.

43Niklas Luhmann, Complejidad y modernidad: de la unidad a la diferencia, p. 26.

44Niklas Luhmann y Raffaele De Georgi, Teoría de la sociedad, pp. 339 y s.

45Ibidem, p. 347.

46De Certeau, “La ruptura instauradora”, op. cit., pp. 213-214.

47Luhmann, Sistemas sociales, op. cit., p. 94.

48Alfonso Mendiola, “La inestabilidad de lo real en la ciencia de la historia: ¿argumentativa y/o narrativa?”, p. 118.

49Luhmann, La ciencia, op. cit., p. 202.

50De Certeau, La escritura, op. cit., p. 53.

Recibido: 27 de Octubre de 2017; Aprobado: 10 de Febrero de 2018

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