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Historia y grafía

versión impresa ISSN 1405-0927

Hist. graf  no.51 México jul./dic. 2018

 

Expediente

Oratorianos y jesuitas. Una distante cercanía

Vínculos espirituales e históricos. Del oratorio de San Miguel el Grande al santuario de Atotonilco*

Spiritual and Historical Bonds. From the Oratory of San Miguel el Grande to the Sanctuary of Atotonilco

Erandi Rubio Huertas1 

1 Escuela Nacional de Conservación, Restauración y Museografía-INAH, México

Resumen

El objetivo de esta investigación es abordar, desde el punto de vista histórico, la vida de dos integrantes del oratorio de San Felipe Neri -establecido en 1712- en San Miguel el Grande, a partir de sus biografías escritas a manera de relato hagiográfico. Esto, con el objetivo de señalar la influencia que el fundador del oratorio, Juan Antonio Pérez de Espinosa, tuvo sobre el padre Luis Felipe Neri de Alfaro, lo que trascendió en su obra de mayor relevancia e impacto histórico, espiritual y social: el santuario de Jesús Nazareno de Atotonilco, en el actual estado de Guanajuato, que comparte, junto con San Miguel de Allende, el reconocimiento como Patrimonio Cultural de la Humanidad otorgado por la UNESCO.

Palabras clave: Luis Felipe Neri de Alfaro; Juan Antonio Pérez de Espinosa; oratorio; Atotonilco; hagiografía

Abstract

The aim of this research is to approach, from a historical point of view, the life of two members of the Oratory of San Felipe Neri -established in 1712- in San Miguel el Grande, by the analysis of their biographies, written as hagiographic narratives. This, in order to emphasize the founder’s influence -Juan Antonio Pérez de Espinosa- over Father Luis Felipe Neri de Alfaro, whose most important work was the Sanctuary of Jesus of Nazareth in Atotonilco and it had a remarkable historical, spiritual and social impact. Atotonilco is located in the state of Guanajuato in Mexico, and shares with San Miguel de Allende the title of Cultural Heritage of Humanity granted by UNESCO.

Keywords: Luis Felipe Neri de Alfaro; Juan Antonio Pérez de Espinosa; Atotonilco; Oratory; hagiography

El propósito del siguiente trabajo es señalar la influencia de la espiritualidad del oratorio de San Felipe Neri de San Miguel el Grande y, en particular, el ejemplo de su fundador, el padre Juan Antonio Pérez de Espinosa (1676-1747), en el origen y vocación de la mayor empresa material y espiritual del oratoriano Luis Felipe Neri de Alfaro (1709-1776): el templo de Jesús Nazareno y la casa de Ejercicios, ambos erigidos en la antigua labor de Atotonilco.

Para lograr este objetivo nos hemos basado en dos fuentes principalmente. La primera es un panegírico cuyo autor es Isidro Félix de Espinosa, religioso franciscano y hermano “uterino” del fundador del Oratorio sanmiguelense. La otra es un sermón fúnebre escrito por el padre Juan Benito Díaz de Gamarra y Dávalos, también miembro de dicho oratorio, y que pronunció con motivo de las exequias realizadas tras la muerte de Luis Felipe Neri de Alfaro. Ambos escritos, estructurados a manera de relato hagiográfico, señalan una serie de aspectos religiosos y culturales, que conectan de manera pragmática y espiritual a Pérez de Espinosa con la obra de Alfaro en la cotidianidad del actual estado de Guanajuato, que perdura y continúa activa hasta el día de hoy.1

En principio, trazaremos un bosquejo histórico biográfico de los dos religiosos oratorianos, para que, al final de este escrito, podamos establecer similitudes e influencias.

La hagiografía como fuente para la historia

“Historia de las vidas de los santos”2 es la definición de “hagiografía” del diccionario de la Real Academia Española. Las fuentes primarias estudiadas en este trabajo son biografías escritas bajo un esquema hagiográfico, es decir, que siguen el modelo de este género literario, cristiano, que nació en el siglo IV para narrar el periplo de determinados hombres y mujeres cuyas vidas virtuosas merecieron ser contadas de manera que sirvieran de exempla, para deleitar e instruir a la feligresía.3

El historiador francés Michel de Certeau, uno de los primeros estudiosos de este género, explica así la hagiografía:

Nacida con los calendarios litúrgicos y con la conmemoración de los mártires en los lugares de sus sepulcros, la hagiografía se interesa menos, durante los primeros siglos (de 150 a 350 más o menos), por la existencia que por la muerte del testigo. Una segunda etapa comienza con las Vidas: las de los ascetas del desierto […] y por otra parte, las de “confesores” y obispos […] Sigue un gran desarrollo de hagiografía en el que fundadores de Órdenes y los místicos ocupan un lugar cada vez más importante. Ya no es la muerte, sino la vida, lo que edifica.4

Más cercana a la novela que a la historia, por su estructura literaria, la hagiografía describe la vida de personas de carne y hueso que vivieron en un tiempo y espacio particulares. Como plantea Antonio Rubial, tras un largo desarrollo, el género hagiográfico estableció en el siglo XVII un esquema narrativo básico que determinó la estructura de la hagiografía escrita en América, especialmente en la Nueva España.

En primer lugar se expone la niñez y la adolescencia del personaje en cuestión; asimismo, se detallan virtudes, mortificaciones tempranas, devociones, éxtasis y visiones. La madre ocupa un lugar especial en esta etapa, ya que suele fomentar este tipo de prácticas vinculadas a la santidad. En la edad adulta sobresalen tres aspectos, “que eran los que se solicitaban en los procesos de canonización: pureza doctrinal, intercesión milagrosa y virtudes heroicas”.5 Por último, otra materia de gran importancia en la hagiografía es el relato de lo que sucedía en torno a la última enfermedad, muerte y exequias fúnebres de los venerables, así como lo que ocurría alrededor del cadáver.6

La literatura hagiográfica tuvo un amplio desarrollo en la Nueva España, prueba de ello son los numerosos repositorios que resguardan acervos históricos en nuestro país. Como explica Rubial:

Los textos hagiográficos, escritos tanto por criollos como por peninsulares, utilizaron los modelos literarios que se desarrollaron en Occidente desde la Edad Media […] Como en el viejo continente, la hagiografía novohispana también se estructuró a partir de la retórica e hizo uso de los múltiples recursos del género demostrativo: la alabanza de las virtudes, el vituperio de los vicios, la amplificación, el exemplum, las pruebas, la cita de autoridades, la digresión, etcétera. Sin embargo, en la mayoría de los casos, el modelo retórico se llenó con materiales originales y se enfocó desde perspectivas que, nacidas en un medio con intereses distintos de los europeos, tomaron rasgos novedosos.7

Lo anterior nos inscribe en el terreno de las fuentes a tratar para acceder al mundo en el que vivieron Juan Antonio Pérez de Espinosa y Luis Felipe Neri de Alfaro, ya que constituyen testimonios de intención edificante, escritos por personas muy cercanas a ellos, relacionados por lazos sanguíneos, para el primero, y por vínculos religiosos, para el segundo. Dichos testimonios se mueven en un terreno literario en el que conviven tanto la novela, la leyenda y el milagro, como el hecho, el tiempo y el espacio históricos.

Oratorio de San Felipe Neri, una congregación secular

Antes de trazar el bosquejo biográfico del fundador del oratorio de San Miguel el Grande, conviene definir los principios y propósitos de este tipo de congregaciones.

La fundación de institutos o uniones de clérigos seculares surge posteriormente al Concilio de Trento (1545-1563), como una forma de renovación dentro de la Iglesia católica. San Felipe Neri (1515-1595), oriundo de Castelfranco de Sopra, Italia y contemporáneo de san Ignacio de Loyola (1491-1556), se formó en filosofía y teología. Una vez ordenado sacerdote creó la congregación del Oratorio, una forma de vida comunitaria que buscaba reformar y perfeccionar la vida sacerdotal, pero sin la intermediación de los rigores de los votos obligatorios -obediencia, pobreza y castidad- practicados por todas las órdenes religiosas. Asimismo, cada oratorio era independiente uno del otro; no recibía visitas de obispos ni de ningún otro prelado y, si en determinado momento algún miembro deseaba separarse de la congregación, podía hacerlo

Haviendose fundado por inspiracion divina nuestra Congregacion por N. S. P. S. Felipe Neri, con sola union y lazo de caridad, y no precisada á vínculo alguno de votos, juramentos ni promesas […] se ha decretado, que si en algun tiempo algunos de los nuestros juzgaren conveniente apartarse de este estado, y ligar los Padres y Hermanos con algunos votos, juramentos ó promesas […] les sea á estos totalmente libre entrarse en la Religion que quisieren […]

[…] para que se evite la confusion […] y porque los que son de la Congregacion se unan entre sí con mas estrecho lazo de amor […] se ha establecido, que la Congregacion no reciba lugar alguno en otra parte, ni se haga cargo de governar otra Congregacion.8

Las tareas cotidianas de los miembros del Oratorio consistían en “la instrucción, la dirección espiritual, el ministerio evangelizador, las confesiones, la predicación y el apostolado litúrgico”.9 El cultivo de la perfección cristiana -mediante el ejercicio de la caridad, la convivencia común, la misericordia, la disciplina y la humildad- no era la única misión de los oratorianos, sino extenderla a la feligresía, alentándola a participar de la oración y los sacramentos de la penitencia y la eucaristía. Además, como apunta el historiador Efraín Castro Morales en el Primer Encuentro Nacional de Historia Oratoriana: “También fue característico de la fundación […] mejorar la preparación y cultura de sus miembros por el uso de bibliotecas y frecuentes discusiones sobre asuntos teológicos, ascéticos y místicos”.10

En la Nueva España, estas congregaciones se establecieron durante la segunda mitad del siglo XVII, primero como concordias o institutos de clérigos seculares y, una vez recibida la aprobación real y la bula papal, se constituían en oratorios autónomos que debían observar los principios contenidos en las Constituciones de san Felipe Neri.

Juan Antonio Pérez de Espinosa, fundador y reformador de oratorios

Nació en Querétaro en 1676 y fue el mayor de seis hermanos. Estudió en el colegio jesuita de su ciudad natal y, más tarde, en la Real y Pontificia Universidad de la ciudad de México. Allí residió con los padres del oratorio, hecho que seguramente marcó su preferencia por esta congregación. Ordenado presbítero por el obispo de Michoacán, García Felipe de Legazpi Velasco, en 1700, con el patrocinio del rico prelado queretano Juan Antonio Caballero y Ocio, quien también se hizo cargo de su manutención, el padre Pérez de Espinosa se unió a los misioneros franciscanos para predicar primero en Querétaro y más tarde en Valladolid, como lo resume el historiador inglés David Brading:

Muy influido por fray Antonio Margil y el colegio de Santa Cruz, Espinosa se unió a los franciscanos en sus prédicas por las calles y los obrajes de Querétaro, y más adelante acompañaría a Margil en su misión a Valladolid y Pátzcuaro. Empero, si bien ingresó en la Tercera Orden de los franciscanos, se sintió más atraído por el Oratorio, y por ello entró en la Congregación de Nuestra Señora de Guadalupe, asociación de sacerdotes seculares que poseía su propia iglesia, edificada con fondos ofrecidos por Caballero.11

En la congregación de Nuestra Señora de Guadalupe de Querétaro, Pérez de Espinosa llegó a ocupar el cargo de prefecto, y su aspiración era transformarla en el núcleo de un oratorio, objetivo que no logró llevar a cabo. Después intentó fundar otro oratorio en San Juan del Río, pero la falta de recursos económicos para construir un templo y un colegio impidieron cumplir su empeño y regresó a Querétaro.12 Su hermano Isidro explicó:

No por eso se apagó la llama que siempre ardió en su pecho de buscar nido para formar su Oratorio, porque vivía persuadido con el ejemplar de muchas sacratísimas religiones que habían tenido su principio en la pequeñez, el que un Oratorio formado de carrizos, soplando el favonio de la divina Providencia, podía después ser alcázar sagrado y habitación de muchos eclesiásticos Apostólicos.13

Luego, nos dice que a principios de 1712, recibió una carta de parte del “Sr. Beneficiario de la Villa de San Miguel el Grande […] para predicar varios sermones y entre ellos los de la Cuaresma”:14

al tiempo que recibió [Juan Antonio] la carta de los sermones, le dio su hermano el P. Francisco plena noticia de la larga conferencia que había tenido con un vecino honrado de aquella Villa sobre la proposición que se ofrecía a los deseos del P. Juan Antonio en la nueva iglesia que se estaba fabricando en el culto [del Ecce Homo] Con esta remota esperanza pasó el Padre a San Miguel […] Hospedóse en casa de un vecino pobre y allí recién llegado lo visitaron varios Caballeros noticiosos de sus buenos intentos y le propusieron lo mucho que gustaría a todo lo florido de la Villa, el que se alentase con otros compañeros para congregarse en aquella nueva iglesia, facilitando los consentimientos necesarios, y haciéndose cargo de perfeccionar la fábrica y dar sitio para vivienda de los que se juntara.15

Con licencia del obispo de Michoacán -Ignacio Trujillo y Guerrero, quien además dispuso que los padres enseñaran gratuitamente las primeras letras y doctrina cristiana a todos los niños, indígenas, criollos o españoles-16 el padre Pérez de Espinosa se estableció en San Miguel el Grande junto con dos jóvenes sacerdotes. Levantaron unos cuartos de adobe al lado del templo para morar en ellos y trabajaban en la huerta para sostenerse. Sus actividades cotidianas eran confesar, visitar enfermos, predicar, dirigir el rosario y enseñar a los niños y a los jóvenes. Sin embargo, comenzaron a toparse con dificultades. El párroco de la ciudad no estaba conforme con su presencia, pues temía que su iglesia se quedara sin feligreses y sin recursos. Por su parte, los miembros de la cofradía de mulatos reclamaban su derecho a celebrar la fiesta que cada año realizaban en su iglesia en honor del Ecce Homo y que traía aparejada “bebida, juego y otros desórdenes”.17

Debido a esta situación, el padre Pérez de Espinosa decidió viajar a Madrid y a Roma en 1718, para gestionar tanto la licencia real como la bula de confirmación para erigir el oratorio en San Miguel, así como el permiso para enseñar y el privilegio de que, concluidos los cursos correspondientes, los jóvenes que hubiesen estudiado se pudieran graduar en la Real y Pontificia Universidad de México.18 Tras residir por temporadas en Madrid, en los oratorios de Córdoba, Cádiz y Roma durante casi treinta años, en 1727 consiguió el breve papal que autorizó la fundación del oratorio y, en 1734, recibió el decreto real que, entre otras cosas, aprobó el establecimiento de una escuela y un colegio. Dichas gestiones provocaron grandes gastos, por lo que expresó: “hoy sólo reina la codicia y es necesario rogar y pagar para que nos dejen servir a Dios”.19 No obstante, el oratoriano tenía el apoyo económico de algunos habitantes prominentes de San Miguel, como Manuel Tomás de la Canal y José de Landeta.20

Cuando la noticia del éxito de las gestiones de Espinosa llegó a la villa, los padres del oratorio lo nombraron primer prepósito; en su representación, ocupó el cargo su hermano Francisco, miembro de la congregación. Para celebrar la fiesta de san Felipe Neri, su otro hermano, fray Isidro, fue convocado a predicar el sermón.

Tras obtener una serie de privilegios, no sólo para su congregación sino también para otros oratorios en España y en el Nuevo Mundo, Pérez de Espinosa fue elegido prepósito del de Córdoba. Asimismo tuvo una participación importante en el de Cádiz y cuando, gracias a Manuel de la Canal, contó con los recursos para emprender el viaje de regreso, Espinosa los donó para ayudar a fundar un oratorio en Málaga. Con el inicio de las hostilidades entre España e Inglaterra y el bloqueo naval a Cádiz por parte de los ingleses, le fue imposible retornar a la Nueva España en aquel momento. El padre Pérez de Espinosa falleció en Córdoba en 1747, donde fue enterrado. En San Miguel el Grande se celebraron exequias fúnebres en su honor, con la asistencia de los habitantes de la villa, autoridades eclesiásticas y civiles.

Luis Felipe Neri de Alfaro, un oratoriano en Atotonilco

Nacido en 1709 en el seno de una acaudalada familia de la ciudad de México, Luis Felipe Alfaro fue hijo del capitán Esteban Valero de Alfaro -natural de Tormillo, Aragón, quien había enviudado- y la novohispana María Velásquez y Castilla.

En 1721, Alfaro ingresó al seminario archidiocesano para estudiar retórica, y cinco años después obtuvo el título de bachiller en artes. Se graduó de bachiller en teología por la Real y Pontificia Universidad de México en 1729 y, “Por su notoria ortodoxia fue nombrado después comisario general del Santo Oficio. Y cultivó en adelante con predilección la Moral y la literatura”.22

No se tiene la certeza de por qué Alfaro abandonó la ciudad de México para mudarse a San Miguel el Grande e ingresar en el recién autorizado oratorio de San Felipe Neri; se considera que pudo haber sido por problemas de salud, pues sufría de crisis epilépticas y Atotonilco propiciaba mejoría con sus abundantes ojos de aguas termales medicinales. También pudo ser porque en aquella ciudad, la más próspera del Bajío, había óptimas condiciones económicas, religiosas y sociales para crear una empresa material y espiritual trascendente.

Alfaro solicitó su admisión en el oratorio sanmiguelense el 26 de mayo de 1730, día de la festividad de san Felipe Neri y, quizá, a partir de ese momento adoptó el nombre “Neri de Alfaro”. Fue ordenado diácono tras concluir su noviciado en 1733. En junio de ese año fue electo prefecto de sacristía y, unos meses más tarde, presbítero. Después fue nombrado capellán del templo de Nuestra Señora de la Salud, obra material que había prometido construir y que describió en la novena dedicada a esta virgen, en la que agradeció los favores recibidos:

No ignoráis, Medica Soberana, que el fin a que este corto obsequio se dirije, es para demostrar […] lo poderoso de vuestro Patrocinio, y que las repetidas marabillas, que en nosotros haveis obrado […] con la medicina de vuestro amparo he quedado yá sano de aquella habitual mortal epilepsia, que teniéndome hasta veinte y quatro horas sin sentido, y careciendo en lo natural (por mi larga experiencia) de remedio, solo en la botica de vuestra intercession halla el antídoto de tan voraz enemigo, no solo de este accidente, del miserere que tu sabes, de los diarios y vehementes dolores de estomago, cabeza, y otros achaques, que padesco, me has librado de que su violencia, y vigor, quite violentamente mi vida.23

La siguiente fundación material de Alfaro fue la pequeña capilla del Calvario, dedicada a Nuestra Señora de la Soledad. Luego, en 1738, fue nombrado capellán de la santa casa de Loreto, anexa al templo del Oratorio y patrocinada por Manuel Tomás de la Canal, “caballero de la orden de Calatrava, originario de México, vecino de la villa de San Miguel […] e hijo espiritual del padre Alfaro”.24 Derivada de esta capilla se creó la Escuela y Esclavitud Lauretana ese mismo año.

Una de las manifestaciones de mayor impacto espiritual y cultural para los habitantes de San Miguel fue el establecimiento de la santa Escuela de Cristo en mayo de 1742, luego de que Alfaro y el padre Juan Manuel de Villegas concluyeron la edificación de la iglesia de San Rafael, primera parroquia de la villa y que fue sede de esta asociación. La santa Escuela era una hermandad de varones que incluía tanto a seglares como a religiosos y cuya influencia provenía de los oratorios para laicos instituidos por san Felipe Neri. Alfaro extendió dichas escuelas al propio Atotonilco, Dolores, San Felipe, Guanajuato, San Luis de la Paz, León, Silao, Irapuato, Chamacuero, Aguascalientes, San Luis Potosí y Zacatecas.25 Entre sus tareas estaban el ayudar a los pobres, visitar a los enfermos, socorrer a los moribundos y darles cristiana sepultura. La tradición que Alfaro instauró en la santa Escuela de Cristo de San Miguel -y que continúa hasta nuestros días- fue una procesión que tenía lugar cada Viernes Santo. En ella participaban los miembros de la hermandad encabezados por el padre Alfaro, quien cargaba una pesada cruz, portaba una corona de espinas y una soga al cuello. La procesión partía de Atotonilco y concluía en San Miguel el Grande. Esta práctica fue realizada en numerosas ocasiones por el franciscano Antonio Margil de Jesús en sus misiones, modelo que influyó en Juan Antonio Pérez de Espinosa y seguramente también en Alfaro.26

Tras la construcción del cuerpo principal del templo de Atotonilco (1740-1748), Alfaro fundó otra santa Escuela de Cristo en esta sede. También conformó una asociación, conocida como las “Nazarenas”. Reunidas en beaterio, este grupo de mujeres se ocupaba de las labores domésticas del santuario y casa de Ejercicios de Atotonilco. Santificaban el alma y cultivaban las virtudes cristianas por medio de la oración, los ejercicios espirituales y las labores piadosas.

La mayor obra de Alfaro fue la concepción, construcción y sostenimiento del santuario de Jesús Nazareno. Con seguridad, debido a que Alfaro conocía bien la geografía y la dinámica de los caminos entre San Miguel, Atotonilco y el pueblo de Dolores fue que eligió Atotonilco para erigir el templo. El siguiente párrafo describe lo que tantas veces se ha repetido y que forma parte de la leyenda local:

Es tradicion entre los antiguos vecinos de Atotonilco, que el R. P. Alfaro venia del pueblo de los Dolores para esta ciudad, y que fatigado del camino se acostó á descansar bajo la sombra de un mesquite, que se encontraba donde hoy se ve la iglesia principal: que en sueños se le aparecio el Redentor con una cruz al hombro, tal como se ve en la sagrada imágen que en ella se venera, y le dijo que le fabricara un templo en aquel mismo lugar; que el padre inmediatamente se fué a ver al Sr. D. Ignacio Garcia dueño de Atotonilco, para hacerse del terreno, y quedo resuelta la fundacion.27

El párrafo proviene de un impreso decimonónico escrito por el sanmiguelense Rafael Gallardo. Leyenda, tradición oral o mito, esta historia se ha considerado el principal motivo por el que Alfaro comenzó su empresa espiritual en la antigua labor de Atotonilco. Cabe precisar que él no menciona este hecho en sus escritos, pero sí explica que

Fue Atotonilco, en sus principios, como un páramo, o desierto, que sólo espinas producía […] este parage, no solamente fue teatro de idolatrías de Indios barbaros, en tiempo, que lo poseia la Gentilidad […] después, en poder yá de los Christianos, fue lugar de muchos desordenes, y sensualidades: porque con el pretexto de baños tan saludables, eran los concursos, las musicas, convites, juegos, y demás pecados, que de estas juntas se siguen muchos, y desordenados […] después por muchos años fue el recurso de los ladrones de la castidad […] Pero nuestro Soberano Dios misericordioso para que sobreabundasse la gracia, donde abundó la culpa, ha hecho de este desierto un améno Parayso, que (aunque assi pudiera llamarse por sus medicinales fuentes, pues numera hasta veinte, y siete ojos de agua, los quatro calientes, por sus flores, arboles, vides, yerbas, y contrahierbas, situación, y otras circunstancias) lo es mas, por el Nazareno florido como flor.28

En el siglo XVI, en Atotonilco se había instalado uno de los presidios militares establecidos en el Camino Real entre la ciudad de México y Zacatecas para proteger los cargamentos minerales y comerciales de los ataques de los grupos chichimecas de la zona. Fue y seguía siendo cruce de caminos, lugar de paso obligado de comerciantes, mineros, familias, viajeros y peregrinos que atrajeron la presencia de ladrones y criminales. Consideramos que esta situación fue un motivo invaluable para instalar en ese paraje una empresa espiritual de largo alcance, ya que, por un lado, tenía asegurada la afluencia de feligreses y devotos al santuario y, por el otro, “regeneraría” el antiguo “teatro de idolatrías”, en aquel tiempo, escenario de “desórdenes y sensualidades”.

Para materializar su proyecto, Alfaro compró la hacienda de Atotonilco a don Ignacio García29 y en adelante adquirió otras extensiones de tierra para asegurar el sustento del santuario. Instaló un molino, construyó una presa, plantó una huerta, una viña y poseía cabezas de ganado menor.30 El día 3 de mayo de 1740, con licencia del obispo de Michoacán, Pablo Matos Coronado, y en compañía de sus hermanos oratorianos, bendijo y colocó la primera piedra que dio inicio al templo. La casa de Ejercicios había sido terminada en 1765 y, ese mismo año comenzó a funcionar. Dice David Brading:

Aunque Alfaro se inspiró en los Ejercicios Espirituales de San Ignacio de Loyola, sin duda los adaptó a las necesidades locales y les infundió una sensibilidad franciscana, ya que mientras San Ignacio pedía a los penitentes plegarse al lado de Cristo en su vida en Nazareth y en su Pasión en Jerusalén, Alfaro no sólo reproducía el ambiente físico de estas escenas en las imágenes y pinturas de sus capillas, sino que también pedía una réplica personal de los sufrimientos físicos de Cristo.31

Antes de ver terminada la majestuosa capilla del Calvario, el padre Alfaro murió el viernes 22 de marzo de 1776.

Relación histórica y espiritual entre Juan Antonio Pérez de Espinosa y Luis Felipe Neri de Alfaro

Enumeremos las fundaciones materiales y espirituales que tanto el padre Pérez de Espinosa como Alfaro legaron a San Miguel y sus alrededores y que contribuyeron al esplendor de la vida religiosa y cultural de la villa, puesto que ellos le dieron una gran importancia durante el siglo XVIII, misma que se extendió a principios del siglo XIX y que, para Atotonilco, continúa hasta nuestros días.

Pérez de Espinosa volcó sus esfuerzos para establecer un oratorio en San Miguel el Grande aunado a la fundación de una escuela y un colegio de enseñanza mayor: San Francisco de Sales. Así como hizo el padre Juan Caballero y Ocio en Querétaro, entabló una importante relación con los ciudadanos prósperos de San Miguel, con lo que logró lo que Fray Isidro relata: “el Capitán de Caballos y Corazas D. Severino de Jáuregui, que era en actualidad Mayordomo de la Cofradía”, intervino para que la misma cediera el templo de La Soledad a los padres del oratorio. El historiador Francisco de la Maza menciona que Jáuregui también donó una casa para Espinosa y sus compañeros.32

El padre Juan Antonio estableció con éxito un oratorio, una escuela y un colegio que cumplían con creces los objetivos que persiguió desde joven al lado del franciscano Antonio Margil: catequizar, regenerar los sitios en los que predominaba el pecado y convertir a los necesitados de la salud del alma, combatiendo la música y espectáculos profanos -como el teatro, corridas de toros y peleas de gallos- y promoviendo, a través del púlpito, la catequesis, el confesionario, la docencia y el ejemplo -que él mismo daba- las virtudes cristianas y el seguimiento de la vida de Cristo y de san Felipe Neri.

Una de las aportaciones distintivas del oratorio de San Miguel el Grande era que sus miembros tenían la facultad de enseñar las primeras letras y la doctrina cristiana a los niños, así como de impartir estudios mayores que podían revalidarse en la Real y Pontificia Universidad de México. Del otro lado del Atlántico el padre Espinosa logró, no sin complicados y onerosos trámites burocráticos, que en cédula real del 18 de diciembre de 1734 el monarca español asentara:

Por la presente confirmo y apruebo la nominada Congregación y Oratorio de San Felipe Neri de la villa de San Miguel el Grande de la provincia de Michoacán, concediéndole que pueda gozar de todas las calidades, exenciones, inmunidades y constituciones que los demás Oratorios del mismo santo de aquéllos y éstos reinos y con facultades de que sus congregantes puedan enseñar públicamente a los niños en escuela y a los mayores Gramática, Retórica, Filosofía y Teología, teniendo los que allí estudien el privilegio de graduarse en la Universidad de México. Ordeno y mando a mi virrey del reino de la Nueva España, Audiencia Real de México y demás ministros, jueces y justicias de él, y ruego y encargo al […] obispo de Valladolid, no pongan ni consientan poner al padre Antonio Pérez de Espinosa y demás eclesiásticos de la congregación, embarazo ni impedimento alguno.33

Más tarde, en estas aulas se educaron Juan Benito Díaz de Gamarra, Ignacio Allende e Ignacio Aldama, entre otros. El historiador Rafael Castañeda lo pondera así al mencionarlo junto a otros colegios de la zona: “el franciscano y pontificio colegio de la Purísima Concepción en Celaya, el oratoriano Real Colegio de la Purísima Concepción en Guanajuato, y el más importante de todos, el también oratoriano de San Francisco de Sales en San Miguel el Grande”.34

Estos logros fueron posibles por la constancia de las gestiones de Espinosa en Madrid y en Roma. Durante 16 años tramitó los permisos y privilegios para su Congregación. En España, además de promover fundaciones, Juan Antonio hizo reformas en el interior de los oratorios que visitó y en los cuales fungió como prepósito. Sobre esto, Isidro escribió: “no sólo fue fundador de Oratorios, uno en Indias y otro en Málaga de España, sino restauración [sic] de otros dos, éste de Cádiz y después del de Córdoba”.35

La perseverancia del padre Pérez de Espinosa para alcanzar sus objetivos en Europa, sin duda impactó en los ánimos de los oratorianos de San Miguel, entre cuyas filas figuraba el joven Alfaro, que recibió en compañía de sus hermanos de congregación la feliz noticia de la confirmación del oratorio y el colegio de San Francisco de Sales en 1735, año en que llegó la bula de su santidad a San Miguel.36

Debido a su demora en Europa, había quienes dudaban de que Espinosa quisiera regresar a su patria. Sin embargo, en 1737, en carta a su hermano Isidro dice: “no obstante estoy resuelto a volver a aquel reino de donde salí, porque estoy cansado de ver las cosas de España, y el poco fruto que se saca de la divina palabra, en que insisto sin desmayar”.37

Queda claro que Alfaro estaba al tanto de la historia reciente del oratorio y de la comunicación que había con Juan Antonio Pérez de Espinosa, quien ya era un héroe, un modelo a seguir, antes de que fray Isidro escribiera su biografía.

Cuando llegó la bula papal al oratorio, Alfaro ya se había ordenado presbítero (1733), había concluido la edificación de la capilla de Nuestra Señora de la Salud (1734), la cual fue dedicada al año siguiente por el padre Joseph Ramos de Castilla -prelado de la diócesis de Michoacán, quien más tarde sería rector del colegio de San Francisco de Sales (1744)-, y que en este acto mencionó el costo total del templo: 9 025 pesos, de los cuales 5 949 fueron aportados por Alfaro.38 Cabe recordar que Alfaro, a diferencia de los hermanos Pérez de Espinosa, venía de una familia acaudalada, por lo que pudo costear fábricas arquitectónicas, dotes, cultos y demás obras piadosas.

Empapado del espíritu infatigable de Pérez de Espinosa, el padre Alfaro se relacionó con los principales de la villa, fungió como padre espiritual de Manuel Tomás de la Canal y de sus hijos Josefa Lina y José Mariano. De la Canal, devoto de la virgen de Loreto, financió también las capillas a esta advocación en el colegio jesuita de Tepotzotlán, el oratorio de San Miguel y el templo de Jesús Nazareno de Atotonilco.

Las fundaciones piadosas promovidas por Espinosa y Alfaro, cada una en su momento, se encaminaban a fomentar la perfección espiritual de la feligresía a través del estudio, la práctica de virtudes, la confesión y la penitencia cotidianas o la asistencia a ejercicios espirituales, mecanismos que buscaban la regeneración de costumbres, la conversión y la imitación de Cristo.

Tanto Isidro Félix de Espinosa como Gamarra, autores de las biografías de los padres Juan Antonio y Luis Felipe Neri de Alfaro, respectivamente, describieron una serie de rasgos que coinciden con el modelo misional definido por Rubial:

En el ámbito barroco existía una gran distancia entre ser predicador y ser misionero. En el primero el ejemplo de vida era secundario, en el segundo era lo principal, por ello no todos los predicadores podían ser misioneros. Viajar a pie, en silencio y en conversación sobrenatural, practicar ayunos y penitencias y ser un hombre lleno de virtudes, es lo que le daba al misionero su prestigio entre las masas.39

Quizá por su eficacia, ambos sacerdotes seculares, influidos por el espíritu franciscano a que hicimos referencia antes, se asemejaron al modelo del misionero, aunque siguiendo la regla de san Felipe Neri. El cultivo individual de virtudes como humildad, paciencia y caridad o la mortificación vinculada a ayunos y uso de disciplinas, son prácticas en las que podemos encontrar semejanzas entre las formas de vida de Pérez de Espinosa y Alfaro.

Abordemos algunas de ellas. La humildad del padre Juan Antonio quedó asentada por fray Isidro en varios pasajes; quizá uno de los más emblemáticos es el que narra el camino que hicieron juntos cuando Juan Antonio se ordenó sacerdote:

luego que salimos de Valladolid se tiró a pie acompañando mi caminata a lo franciscano, y nos venimos de esta forma hasta la entrada de Querétaro en donde disimulando su Apostólico espíritu montó a caballo y cada uno, caminó como pedía su Instituto para evitar nota de los que miran como hazañerías las acciones de varones libres de la rigidez religiosa. No estaba obligado un Clérigo Secular a caminar a pié.40

Por su parte, la humildad en Alfaro queda manifiesta en lo que Gamarra escribe en cuanto al momento en que recibió el grado de bachiller en Teología:

y cuando todos concebían las más lisonjeras esperanzas de que haría en el mundo una brillante fortuna por la carrera de las letras, colocándose en alguna honrosa dignidad, como se lo sugerían sus parientes; Dios, por otra parte, ilustraba el corazón del bachiller Alfaro para que diese mano á todas estas frívolas esperanzas y se retirase del bullicio del mundo á servirle en el estado eclesiástico […] determinó salir de su patria, México, y buscar seguro asilo en la venerable y muy ilustre congregación del Oratorio en la villa de San Miguel el Grande.41

Otras características que distinguieron a estos venerables fueron la pobreza en el vestir, su escaso tiempo de sueño, la frugalidad en el comer y, en general, la estrechez en todos los aspectos de sus vidas. Sobre esto, Isidro Félix narró de Espinosa:

Su más ordinaria comida eran dos plátanos con pocos bocados de pan y algunos tragos de agua, cuando no comía en comunidad; y cuando alguno de sus familiares lo persuadía tomase alguna cosa guisada o carne, con gracejo les respondía -decidme ¿qué comían nuestros primeros padres en el Paraíso? ¿Y qué comían antes del diluvio los más ajustados a la ley natural?42

y no se diferenciaba entre los misioneros más que en el hábito clerical […] y emulando al insigne Presbítero San Ivón[sic], decía en lo exterior […] hábito humilde de clérigo y en lo interior cubierto de silicio [sic], y a este modo el Padre Juan Antonio en lo exterior, pobre clérigo, y en lo interior tan desnudo que ni usaba camisa ni medias, sólo se contentaba con una túnica talar de anascote debajo de la sotana a raíz de la carne, unos paños de honestidad de manta de algodón, no de lino.43

En este mismo sentido, el padre Gamarra describió las costumbres de Alfaro:

En los apuntes que hizo desde el año de 41, dice quitaré el colchón y delicadeza de la cama, y no se me pasará día sin alguna mortificación, en el comer y beber. En efecto, no usó por muchos años sino de una zalea y dos frazadas bien ligeras. Su comida fué siempre tan escasa, que apenas podía entretener el hambre. Cuando le gustaba algún manjar, lo dejaba luego, ó le mezclava al descuido por no ser notado, un poco de acíbar que siempre traía en la bolsa.44

Ambos sacerdotes tenían muy presente la idea de la caducidad de la vida y por ello se preparaban día a día para la muerte. Pérez de Espinosa:

toda la vida de este ejemplarísimo sacerdote era un gran continuo ensayo de su muerte […] permitió el Señor para edificación de los que lo supieron después y pasmo de quien lo vio, que levantándose muy a deshora del duro lecho en que se recogía a las 9 ó 10 de la noche, antes que tocasen al alba, hora regular de juntarse con sus jóvenes a oración, se iba a recostar en el ataúd o féretro de los difuntos que estaba en la antesacristía del Oratorio de San Miguel.45

Alfaro también tenía la costumbre de dormir en féretros:

Muchos años acostumbró levantarse á la media noche, y entrándose á este sagrado templo [en Atotonilco] después de adorar profundamente á su Jesús Sacramentado, se metía bajo ese altar, donde estaba un ataúd, y acomodándose dentro de él, con los ojos cerrados y el cuerpo estendido, gastaba la noche en prepararse para la muerte.46

Otro aspecto que también debe ponderarse y que encontramos de manera reiterada en las biografías de los padres Pérez de Espinosa y Alfaro fue la dedicación y el empeño que pusieron en la predicación y la confesión. Adonde quiera que iban ejercían estas dos prácticas, que provocaron numerosas conversiones, como puede verificarse en el caso de Juan Antonio. Lo hizo desde que se unió a los franciscanos en sus prédicas por la ciudad de Querétaro, sus viajes con fray Antonio Margil y más adelante en San Miguel y sus alrededores. Lo mismo sucedió en el puerto de Veracruz -donde aguardó la salida del barco que lo transportó a España-, Madrid, Cádiz, Córdoba y Málaga. En una carta que escribió a fray Isidro el año en que se embarcó, Juan Antonio anota que

Se predica, se confiesa, se ganan muchas almas, y así rabia el diablo […] Han salido muchos de torpezas dejando ocasiones veteranas las malas mujeres y hombres, que se viven en los puertos de mar con desahogo, y aquí con el comercio de todas gentes, peor. Se han hecho muchas confesiones generales, y vamos todavía trabajando, dan cinco sermones de Domínicas, y los Jueves de Cuaresma ayudando al Jubileo de los Padres Jesuitas.47

Sobre Alfaro, por ejemplo, se sabe que desde que ingresó en el Oratorio ejerció gran influencia entre la feligresía de San Miguel y en los sitios en los que predicaba y oficiaba misa, pues la Congregación atendía a otras poblaciones aledañas a la villa. Con base en los apuntes del padre y en las conversaciones que tuvieron, Gamarra relata que Alfaro era un maestro en el arte de dirigir conciencias:

Sí, señores, así era como este sacerdote fiel administraba el santo Sacramento de la Penitencia, llenando Dios con tantas bendiciones sus fatigas, que le oí decir muchas veces, que nunca se había levantado de sus piés ningun pecador desconsolado […] consta en sus apuntes, que á los cuarenta años de sacerdote, llevaba oídas catorce mil confesiones generales, sin las particulares y reconciliaciones que no tenía número.48

El celo con el que Pérez de Espinosa y Alfaro ejercieron su ministerio, cada uno en su momento, generó la devoción y la fama de la que gozaban entre la población. Sus logros fueron el oratorio y un colegio de estudios mayores, el uno, y un santuario y casa de ejercicios, el otro. Atotonilco se transformó en un paraje al que no sólo se acudía a buscar las medicinales aguas que brotaban de sus abundantes ojos de agua, sino que se visitaba el santuario para encontrar el alivio espiritual que redundaba en la estrecha relación con Dios y en la esperanza de salvación. Gamarra menciona que hubo quien consideró a Alfaro “un confesor muy ancho” y señaló que

Recibía á los pecadores con la mayor suavidad y dulzura, se compadecía de sus miserias, como deben hacerlo todos los fieles ministros, pero sin perdonar, ni relejar cosa alguna á los derechos del Señor: les aplicaba la sangre preciosa de Jesús, pero los establecía al mismo tiempo en una resolución firme de derramar ántes la suya que volver á abusar de su infinita bondad.49

Para concluir el recuento de las semejanzas entre ambos sacerdotes, abordaremos las descripciones de la última enfermedad y muerte descritas en sus biografías edificantes. El padre Espinosa se había asentado en Córdoba desde 1744. Ya no vivía en el oratorio, sino en una humilde casa al lado de la parroquia de San Nicolás, en donde predicaba los días de fiesta. Ya postrado en cama nombró a dos albaceas; legó a sus hermanos sus papeles y libros. Después de hacer una “confesión dolorosa” recibió el sagrado Viático “con mucha edificación de los asistentes”. Murió a los 71 años, el 21 de septiembre de 1747. Había vivido 42 años en América y 29 en Europa, y durante casi 47 se dedicó a la predicación.50 Mientras velaban su cuerpo, “muchos experimentaron una suave fragancia que despedía el cadáver”. Tres días después fue enterrado en San Nicolás, tal y como lo dispuso.

La noticia de la muerte de Espinosa llegó por carta a fray Isidro el 22 de junio de 1748. En San Miguel se organizaron las exequias fúnebres los días 18 y 19 de julio; a ellas concurrieron personas de todos los estados civiles y eclesiásticos. El viernes 19 el padre Joseph Antonio Ramos de Castilla pronunció el sermón fúnebre “y, al día siguiente [20 de julio, el mismo sacerdote pronunció] el sermón de la dedicación y bendición del templo de Jesús Nazareno en el Santuario de Atotonilco fundado y construido por el Ven. Luis Felipe Neri de Alfaro”.51 Una vez más convergían de alguna manera las vidas de ambos religiosos, ya que mientras se honraba la memoria del amado fundador del oratorio sanmiguelense, cobraba vida el santuario erigido por la devoción y perseverancia de otro miembro de aquel instituto.

Sobre la muerte de Alfaro, Gamarra menciona que cayó enfermo, presa de fuertes dolores en el pecho y en el cuerpo. Estando en cama, con corona de espinas y soga en el cuello como su amado Nazareno, recibió el sagrado Viático de manos de Gamarra. “Toda su enfermedad no fué sino un modelo, de quien podían copiarse muy al vivo las virtudes de resignación, humildad, obediencia y caridad.”52

El padre Alfaro exhaló por última vez el viernes 22 de marzo de 1776 en Atotonilco. Al igual que ocurrió con Pérez de Espinosa en Córdoba, acudió mucha gente a su velorio. Le besaban los pies y querían obtener de él alguna reliquia, así que hubo quien le cortó un mechón de pelo. En el elogio fúnebre Gamarra dijo:

Venerable congregación del Oratorio, llorad la falta de un hijo, que te traía siempre en su corazón, que erogó de su caudal más de mil pesos para la bula y real cédula de tu erección que te fabricó el Oratorio parvo [templo de Nuestra Señora de la Salud] que hoy gozas, y que aun despues de muerto quiso perpetuar el afecto que te tuvo en vida, dejándote una capellanía de cuatro mil pesos, para que sirva perpetuamente á alguno de tus individuos.53

Al día siguiente se llevó a cabo el entierro. Los gastos fueron costeados por el albacea testamentario José Mariano Loreto de la Canal, regidor y alférez real del Cabildo de San Miguel. La misa la ofició el prepósito del oratorio, Ramón Arjona. A un mes del fallecimiento se celebraron en Atotonilco las exequias en memoria del padre Alfaro, cuyo costo también fue absorbido por José Mariano de la Canal. Allí, Benito Díaz de Gamarra leyó su elogio fúnebre con el que legó a la posteridad la biografía del fundador del santuario y casa de ejercicios de Atotonilco.

Conclusiones

Como explicamos antes, Juan Antonio Pérez de Espinosa dejó una fuerte impresión en la vida religiosa, social, educativa y cultural de San Miguel el Grande y, de modo especial, en uno de los jóvenes que ingresó en la comunidad oratoriana doce años después de su partida: Luis Felipe Neri de Alfaro.

Existen una serie de características que nos permiten vincular la actuación de uno y de otro, a pesar de que no se conocieron en persona. Por circunstancias particulares de cada uno, ambos coincidieron en establecerse en San Miguel, la ciudad más próspera del Bajío, y desempeñaron su ministerio sacerdotal bajo los estatutos de san Felipe Neri. La información obtenida de las fuentes destaca que, en Juan Antonio Pérez de Espinosa, el modelo misional franciscano que aprendió de fray Antonio Margil, dejó una huella profunda que determinó su forma de vivir, predicar y ejercer su labor apostólica. Desde nuestro punto de vista, este ejemplo también influyó en el padre Alfaro, quien, al igual que Espinosa, tuvo una relación estrecha con la espiritualidad franciscana.54

Pérez de Espinosa y Alfaro buscaron encarnar el modelo de vida de Jesucristo, por medio de numerosos ejemplos de humildad, caridad, mortificación, disciplina y trabajo arduo.

El vínculo de los objetivos de ambos personajes fue constante, porque si bien se ha mencionado que Alfaro se separó de manera amistosa de la congregación del Oratorio de San Miguel para establecerse en Atotonilco, en realidad nunca dejó de ser miembro del Instituto. La continuidad de su relación con el oratorio es evidente en numerosas actividades; baste mencionar, por ejemplo, la presencia de los filipenses en la ceremonia de colocación de la primera piedra del templo del santuario y también el día en que se dedicó y colocó la imagen de Jesús Nazareno en la iglesia recién fabricada. De igual forma lo demuestra el sermón fúnebre y la parte religiosa de las exequias de Alfaro, que estuvieron a cargo de los oratorianos, quienes despidieron a uno de sus miembros más queridos y que fue reconocido como tal con las palabras del entonces rector del colegio de San Francisco de Sales, el ilustre Benito Díaz de Gamarra y Dávalos, quien fuera confesor y admirador del padre Alfaro. Otro aspecto a subrayar fue la alianza que tanto Pérez de Espinosa como Alfaro hicieron con los vecinos distinguidos y acaudalados de la villa sanmiguelense para que, económica y moralmente, apoyaran sus fundaciones materiales y espirituales.

Lo anterior refuerza la idea de que tanto Espinosa como Alfaro garantizaron de modo visionario las condiciones para asegurar la pervivencia de su legado.

Por su parte, Juan Antonio lo hizo al ir a Europa para lograr el éxito de los trámites de aprobación para el oratorio de San Miguel y el colegio de estudios mayores que se convirtió en un referente cultural en la Nueva España, ya que fue en sus aulas donde Benito Díaz de Gamarra introdujo el cartesianismo en los planes de estudio. Fue así como el oratorio de San Miguel gozó de los privilegios que tenían otros oratorios en el mundo, como estar exento de las visitas pastorales o poder elegir los textos para los alumnos del colegio de San Francisco de Sales. Lo que hoy llamamos, “libertad de cátedra”.

Alfaro, por su parte, aseguró la continuidad del santuario y casa de ejercicios -que dependían de la autoridad diocesana- dejándolos bajo la protección del Ayuntamiento de San Miguel el Grande. Esto quiere decir que la autoridad civil era la que se hacía cargo de la administración del conjunto y que, gracias a dicha disposición, el santuario y casa de ejercicios soportaron incluso el embate de la Reforma.55

Desde el punto de vista histórico y a pesar de los elogios escritos acerca de Pérez de Espinosa y Neri de Alfaro en los que hemos basado esta investigación, con todos los valores que en ellos se puedan encontrar, cabe señalar que ambos sacerdotes se desenvolvieron de acuerdo con el lugar y el tiempo en que les tocó vivir, y que no fueron los únicos con estas características. Fueron hombres que, dentro de su condición religiosa, apego a la mortificación y desprecio de sí mismos para ganar el cielo, tuvieron un carácter decidido y pragmático que consolidó los proyectos que se propusieron. Debe reconocerse que develaron la congruencia entre su pensamiento y sus actos, un valor tan ajeno en nuestras sociedades actuales. Consideramos que colaboraron a cimentar el vínculo histórico y simbólico que propició que dos siglos más tarde se haya logrado que San Miguel y el santuario de Atotonilco se incorporaran a la lista de Patrimonio Cultural de la Humanidad de la UNESCO en 2008.

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1 En mi tesis de maestría en Estudios de Arte, titulada “Imágenes de la pasión en el templo de Jesús Nazareno, Atotonilco, Guanajuato”, Universidad Iberoamericana, 2011 (directora Dra. Paula Mues Orts), incluí un capítulo sobre el padre Alfaro, en donde menciono la ausencia de crítica de las fuentes hagiográficas en los estudios históricos actuales, que narran la vida de dicho personaje.

2Página de la Real Academia Española consultada el 9 de marzo de 2014. <http://lema.rae.es/drae/?val=hagiograf%C3%ADa>.

3Ramón Mujica Pinilla, Rosa Limensis. Mística, política e iconografía en torno a la patrona de América, p. 55. A principios de la década de 1980, investigadores franceses y estadounidenses comenzaron a estudiar cómo funcionaba la literatura hagiográfica y la información que de ella se desprendía; en México, uno de los pioneros en utilizar estas fuentes es el historiador Antonio Rubial.

4Michel de Certeau, La escritura de la historia, p. 258. Las cursivas son mías. Como lo señala Antonio Rubial en su libro La santidad controvertida, De Certeau fue el primero en considerar a la hagiografía como una “rama de la escritura de la historia”.

5Antonio Rubial García, La santidad controvertida. Hagiografía y conciencia criolla alrededor de los venerables no canonizados de Nueva España, p. 39.

6Ibidem, p. 41.

7Ibidem, pp. 73-74.

8Constituciones de la Congregacion del Oratorio de Roma, fundada por el Glorioso Patriarca San Felipe Neri, pp. 24-27.

9Oratorios de San Felipe Neri en México y un testimonio vivo, la fundación del Oratorio de San Felipe en la villa de Orizaba, p. 21.

10Efraín Castro Morales, “La Casa del Oratorio de San Felipe Neri de la Ciudad de México”, p. 47.

11David A. Brading, Una iglesia asediada: el obispado de Michoacán, 1749-1810, p. 54.

12Isidro Pérez de Espinosa, Biografía del M. R. P. Dr. D. Juan Antonio Pérez de Espinosa, Fundador de la congregación del Oratorio de Ntro. Sto. P. Felipe Neri en la Villa de San Miguel el Grande, hoy ciudad de San Miguel de Allende Edo. de Guanajuato, p. 29. El libro se imprimió por primera vez en 1942. El manuscrito original se encuentra en el Fondo Reservado de la Biblioteca Nacional, unam.

13Ibidem, p. 30.

14Ibidem, p. 36

15Ibidem, pp. 36-37.

16Luis Ávila Blancas, Metamorfoseos alados o aves racionales y Alegacías, p. IX.

17Brading, Una iglesia asediada, op. cit., p. 55.

18Ávila, Metamorfoseos alados, op. cit., p. IX.

19Brading, Una iglesia asediada, op. cit., p. 56.

20Idem.

22José Bravo Ugarte, Luis Felipe Neri de Alfaro. Vida, escritos, fundaciones, favores divinos, p. 13.

23Luis Phelipe Neri de Alfaro, Guirnalda de flores, que en nueve días texera devoto el Enfermo, para ofrecerla rendido a la mas prodigiosa, y Sabia Medica, María sma. de la Salud, que se venera en su Santuario de San Miguel el Grande. A devoción, y expensas de su mas rendido Esclavo e indigno Capellán, P. Luis Phelipe Neri de Alfaro, presbítero de la Congregacion del Oratorio de Sr. San Phelipe Neri de dicha Villa, y Capellán del Santuario de Jesús Nazareno de Atotonilco, A2-A3. Las cursivas son mías.

24José de Santiago Silva, Atotonilco. Alfaro y Pocasangre, p. 90.

25Las santas escuelas de Cristo se establecieron en el siglo XVII. La autorización para fundarlas era concedida por el ordinario del lugar; en España, la primera fue la de Madrid, instalada en el hospital de los italianos en 1653. Alicia Bazarte y José Antonio Cruz, “Santas escuelas de Cristo en la segunda mitad del siglo XVIII en la ciudad de México”, p. 179.

26Rubial, La santidad controvertida, op. cit., p. 272.

27Rafael Gallardo, La tierra que antes era desierta y sin camino, o sea el santuario de Jesus Nazareno de Atotonilco, su origen, historia y descripcion. Escritas por Rafael Gallardo, natural y vecino de la ciudad de San Miguel del Allende, p. 6.

28Luis Phelipe Neri de Alfaro, La mas hermosa, salutífera flor de los campos, el mas peregrino oloroso lirio de los valles, la rosa mas fragante de los jardines, al clavel mas disciplinado de los huertos, el santísimo redepmtor de nuestras alma Jesus Nazareno, Señor de Aguas Calientes,, pp. 4-5.

29Bravo, Luis Felipe Neri, op. cit., p. 33.

30Para comprar la hacienda de Atotonilco a Ignacio García, Alfaro juntó 20 000 pesos. La hacienda producía 4 000 pesos anuales con lo que durante varios años se pagó la construcción del templo y la casa de Ejercicios. Graciela Cruz López, “Santuario y casa de Ejercicios de Jesús Nazareno de Atotonilco”, pp. 11-12.

31Brading, Una iglesia asediada, op. cit., p. 58.

32Francisco de la Maza, San Miguel de Allende. Su historia. Sus monumentos, pp. 43, 48.

33Maza, San Miguel de Allende, op. cit., p. 62. En Pérez de Espinosa, Biografía del M. R. P. Dr. D. Juan Antonio, op. cit., pp. 109-110, viene transcrita toda la cédula real.

34Rafael Castañeda García, “Un episodio del pleito entre el colegio de San Francisco de Sales de San Miguel el Grande y el obispo Juan Ignacio de la Rocha, 1782”, p. 120.

35Espinosa, Biografía del M. R .P. Dr. D. Juan Antonio, op. cit., p. 91.

36Ibidem, p. 116.

37Ibidem, p. 115.

38Santiago, Atotonilco. Alfaro y Pocasangre, op. cit., p. 89.

39Rubial, La santidad controvertida, op. cit., p. 276.

40Espinosa, Biografía del M. R. P. Dr. D. Juan Antonio, op. cit., p. 20.

41Benito Díaz de Gamarra, El sacerdote fiel y segun el corazón de Dios. Elogio funebre que en las magníficas exequias celebradas el día 22 de Abril de 1776 en el santuario de Jesús Nazareno de Atotonilco, a su patrón y fundador el P. D. Luis Felipe Neri de Alfaro, Bachiller en Sagrada Teologia, misionero apostólico, presbítero de la muy ilustre y venerable congregación del Oratorio, en la villa de San Miguel el Grande, comisario general del Sto. Oficio, &e, dijo el padre doctor D. Juan Benito Diaz de Gamarra y Davalos, pp. 6-7.

42Espinosa, Biografía del M. R. P. Dr. D. Juan Antonio, op. cit., p. 135.

43Ibidem, p. 24.

44Gamarra, El sacerdote fiel, op. cit., p. 13.

45Espinosa, Biografía del M. R. P. Dr. D. Juan Antonio, op. cit., pp. 147-148.

46Gamarra, El sacerdote fiel, op. cit., p. 15.

47Espinosa, Biografía del M. R. P. Dr. D. Juan Antonio, op. cit., p. 77.

48Gamarra, El sacerdote fiel, op. cit., p. 21.

49Idem.

50Espinosa, Biografía del M. R. P. Dr. D. Juan Antonio, op. cit., p. 171.

51Ávila, Metamorfoseos alados, op. cit., p. XI.

52Gamarra, El sacerdote fiel, op. cit., p. 29.

53Ibidem, p. 31. Las cursivas son mías.

54Esto puede verificarse en el santuario de Jesús Nazareno, en donde Ana Isabel Pérez Gavilán ha localizado 13 representaciones distintas del viacrucis -devoción difundida con amplitud por la orden seráfica- que han sobrevivido el paso del tiempo y la negligencia de las intervenciones en el inmueble. Vid. “The viacrucis in Eighteenth-century New Spain: innovative practices in the Sanctuary of Jesus of Nazareth at Atotonilco, Guanajuato”.

55Información corroborada por la historiadora Graciela Cruz López, encargada del archivo parroquial de San Miguel de Allende. Entrevista telefónica realizada el 12 de febrero de 2014.

*Agradezco la invitación del Doctor Rafael Castañeda García a colaborar en este dossier. Asimismo, el apoyo de Luisa Huertas y Karla Herrera.

Recibido: 16 de Octubre de 2017; Aprobado: 22 de Febrero de 2018

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