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Política y cultura

versión impresa ISSN 0188-7742

Polít. cult.  no.48 México sep./dic. 2017

 

Diversa / Reseña de libros

De la crisis de la democracia a la crisis de los partidos políticos

Roberto García Jurado* 

*Profesor-investigador, Departamento de Política y Cultura, UAM-Xochimilco, México [rgarcía@correo.xoc.uam.mx].

Mair, Peter. Gobernando el vacío. La banalización de la democracia occidental. Madrid: Alianza, 2015.

Peter Mair fue un politólogo irlandés nacido en 1951 y sorprendido súbitamente por la muerte en 2011. Su tesis doctoral presentada en la Universidad de Leiden se transformó en el libro The Changing Irish Party System (1987), que pronto se convirtió en un punto de referencia obligado tanto para el estudio del sistema político irlandés como para el campo más amplio de la política comparada y los partidos políticos. En 1990 apareció Identity, Competition and Electoral Availability, que escribió en colaboración con Stefano Bartolini, el cual se convirtió igualmente en poco tiempo en una aportación fundamental a esta materia. Estas contribuciones seminales fueron seguidas de muchas otras que dieron a Mair un renombre amplio y sonoro dentro de esta disciplina, cuya labor se interrumpió lamentablemente por su muerte en 2011, razón por la cual no pudo concluir el presente libro, Gobernando el vacío, que había comenzado a escribir en 2007 y del cual dejó un esquema general bastante desarrollado, que aun así significa una valiosa aportación a este campo de conocimiento.

Mair comienza la Introducción de su libro con una frase rotunda y significativa: “La era de la democracia de partidos ha pasado”. A continuación, en unas cuantas líneas, resume el contenido general del texto: “Aunque los partidos permanecen, se han desconectado hasta tal punto de la sociedad en general y están empeñados en una clase de competición que es tan carente de significado que ya no parecen capaces de ser soporte de la democracia en su forma presente”.

De esto es de lo que se ocupa fundamentalmente el texto de Mair, de hacer un análisis sobre la situación actual de los partidos políticos -sobre todo de los de Europa occidental, región a la cual el politólogo irlandés dedicó su mayor atención-, un análisis que no conduce sino a una evaluación sombría y pesimista sobre su estado actual.

La tesis central que plantea Mair es que desde la década de 1990 las instituciones políticas de la sociedad occidental han entrado en una profunda crisis que bien podría segmentarse en tres frentes: crisis política, de la democracia y de los partidos políticos, que juntas y combinadas han formado un coctel explosivo y letal para la vida política de la sociedad contemporánea, colocándola justo en donde está ahora, en una profunda crisis institucional en todos los sentidos.

La crisis política a la que se refiere Mair no comenzó propiamente en la década de 1990, sino que su origen podría situarse incluso en los albores mismos de la modernidad, en la época de la formación del Estado moderno. Esta crisis se produce persistentemente por la relación tortuosa y difícil entre el ciudadano y el Estado, por el enorme alejamiento y divorcio que existe entre el individuo común y la autoridad pública. Si bien el individualismo es una característica definitoria y constituyente de la modernidad, llevado al plano político y colocándolo en el límite más extremo, que implica un aislamiento absoluto no sólo frente a sus congéneres sino frente al mismo Estado, produce un individuo asocial y atomizado, un individuo sumergido en un mundo privado parcial y limitante, un individuo sin ciudadanía. Este ha sido ciertamente un problema perenne en el mundo moderno, pero si bien hubo épocas en las que se tuvo poca conciencia o claridad de ello, en el mundo contemporáneo, particularmente desde la década de 1990, se ha agudizado debido, en buena medida, a las múltiples voces que desde entonces demeritan la vida pública y la actividad política, resaltando la bondad del individuo privado frente al hombre público.

La crisis de la democracia tampoco es nueva, pero también se ha agudizado desde esa misma década. En la época de la Guerra Fría la democracia parecía un concepto y una realidad transparentes, deslumbrantes por su claridad, carentes de ambigüedades. Sin embargo, mientras que la democracia se convirtió en el único régimen posible y en la ideología triunfante, se presentó casi de manera consecutiva una terrible resaca, pues se cobró conciencia de que este régimen no era el fin de los problemas políticos, sino tan sólo una forma distinta de enfrentarlos y buscarles una solución. A pesar de que la amenaza totalitaria parecía haberse ido, el nuevo régimen y su promesa de representar más fielmente los intereses e inquietudes de la sociedad no parecía cumplirse plenamente. Los problemas de representación popular no desaparecieron, sino que podría decirse que incluso se incrementaron, pues la enorme brecha entre gobernantes y gobernados seguía ampliándose, produciendo un enorme vacío que ha generado un gran malestar.

La crisis que enfrentan actualmente los partidos políticos también experimentó un renovado auge desde la década de 1990. Las repercusiones de esta crisis han cimbrado todo el sistema político en su conjunto, ya que los partidos son una de la instituciones más importantes de la democracia, pues son ellos los encargados de conectar los intereses e inquietudes de la sociedad en general con las instituciones y estructuras el Estado, para que su gestión y conducción obedezcan de la manera más cercana posible a éstos. Sin embargo, la crisis de estos organismos ha dañado seriamente esta función, provocando un entorpecimiento que se ha extendido por todo el sistema. A esta crisis de los partidos políticos es a la que Mair presta mayor atención. La pone al descubierto llamando la atención sobre cinco indicadores principales. En primer lugar, muestra cómo desde esa década ha disminuido sensiblemente la participación electoral en las democracias occidentales, pasando de un promedio de 84% en las décadas de 1960 y 1970, a 76% en lo que va del siglo XXI, llegando en algunos casos a preocupantes niveles bajos, como en las elecciones de 2001 en el Reino Unido, cuando alcanzó tan sólo 59 por ciento.

En segundo lugar, señala también que la volatilidad electoral se ha elevado notablemente desde la década de 1990, es decir, que desde entonces se observa mucho más frecuentemente que los partidos son incapaces de conservar entre una elección y otra porcentajes similares de votación, lo que ha contribuido a que los resultados electorales sean cada vez más imprevisibles, propiciando cierta inquietud y perplejidad en la sociedad en general. Recurriendo al índice de Mogens Petersen, Mair muestra cómo esta volatilidad ha alcanzado el 10%, un nivel más elevado en comparación con el periodo anterior.

En tercer lugar, Mair señala cómo la militancia partidista se ha contraído dramáticamente desde esos años, al grado de que entre 1980 y 2009 algunos países experimentaron una contracción de más del 50%, como ocurrió en el Reino Unido, Noruega y Francia, que perdieron 66, 62 y 56% respectivamente. Es decir, en esos países más de la mitad de los ciudadanos inscritos a algún partido político se desafilió, constituyendo una verdadera desbandada. Incluso países con una gran tradición de militancia partidista como Italia y Alemania experimentaron el mismo fenómeno, ya que en el primero de ellos se desincorporaron más de un millón y medio de militantes y en el segundo más de medio millón, lo que significó en términos porcentuales un también elevado 36 y 27%, respectivamente.

En cuarto lugar y muy relacionado con el anterior, Mair señala que la simpatía e identificación por parte de la población con algún partido político ha caído consistentemente en este periodo, aunque por desgracia, los datos que ofrece sólo llegan hasta el año 2000, y no permiten constatar que en los primeros años del nuevo siglo se haya continuado la tendencia. No obstante, al observar dicho comportamiento desde la década de 1960 y al analizar los datos del indicador anterior, puede concluirse que es muy probable que dicha tendencia se haya mantenido.

Finalmente, en quinto lugar, Mair señala que el financiamiento recabado por los partidos políticos entre sus militantes se ha contraído drásticamente, haciéndolos depender cada vez en mayor proporción del financiamiento estatal, lo cual ha contribuido de una u otra manera a acentuar uno de los rasgos más preocupantes de la crisis de los partidos políticos, que tiene que ver con su pérdida de representatividad social, pues este alejamiento de sus militantes-contribuyentes está íntimamente asociado con el alejamiento de los militantes-ciudadanos.

Todo lo anterior permite ilustrar que efectivamente estamos en una fuerte crisis no sólo en lo que respecta a los partidos políticos, sino también de las instituciones democráticas e incluso más allá, en una crisis de nuestra vida política. Desafortunadamente, ya fuera porque su proyecto no lo contemplaba o porque la vida no le alcanzó para hacerlo, Mair no ofrece muchas ideas sobre cómo avanzar hacia una salida de la crisis. Más aún, cabe preguntarse si las causas de la crisis que él identifica y todo su diagnóstico en general pueden ser asumidos tal cual están, sin objeción alguna. A continuación se ofrecen algunas ideas en ese sentido.

Por principio, hay que advertir que el señalamiento de Mair acerca de que la era de la democracia de partidos ha pasado no pude verse simplemente con nostalgia y añoranza, como si hubiera sido una etapa ideal y feliz. Es cierto que los partidos políticos son una de las instituciones más importantes de la democracia, que sus funciones de representación, formación de liderazgos, definición ideológica y responsabilización pública son sustanciales, al grado de que difícilmente podría concebirse un orden democrático sin éstos; sin embargo, la democracia contemporánea se nutre y fortalece de muchas otras instituciones y procedimientos que son también esenciales, con las que los partidos deben coexistir. Plantear, como parece hacerlo Mair, que muchos de los problemas que estamos presenciando se resolverían con un hipotético retorno a la democracia de partidos no resulta muy convincente, mucho menos si en esa sugerencia va implícita la intención de darles una capacidad de acción y discrecionalidad sin regulación externa. Los partidos, como muchas otras instituciones políticas, requieren supervisión, control y límites.

En este sentido, Mair llega a contraponer la democracia de partidos a la democracia constitucional, sugiriendo que la primera es más democrática que la segunda, ya que le da mayor poder de decisión a la mayoría. Para él, el modelo de la democracia constitucional ha contribuido al desarrollo de una política de la despolitización, es decir, un traslado de las decisiones políticas hacia instancias no políticas, que no responden directamente de la voluntad de la mayoría de los partidos mayoritarios. Desde su punto de vista, este es uno de los principales problemas actuales de la democracia; que muchas decisiones recaen en instituciones que no responden directamente al electorado.

No obstante, es necesario reparar en que las instituciones a las que se refiere Mair como no políticas por el simple hecho de que no responden directamente ante el electorado sí lo son, lo son en última instancia, es decir, son tan políticas como los mismos partidos, pero sometidas a un proceso diferente, ralentizado. Organismos como los bancos centrales, los juzgados o comisiones especiales responden en última instancia a la voluntad mayoritaria, pero no a la que se manifiesta en un solo momento y evento, sino que por sus reglas de operación y renovación, reflejan la voluntad de la mayoría más serenamente, en un periodo mayor, con el fin de que estas instituciones del Estado den estabilidad y parsimonia a los cambios de opinión y ánimo de la mayoría, los cuales en ciertas ocasiones pueden llegar a ser abruptos e intempestivos.

Mair no acepta que haya ciertas instituciones del Estado con un alto grado de autonomía frente al gobierno, frente a la mayoría. Al parecer, él cree que la vida política y democrática se revitalizarían si se revirtiera esta situación, si todas las instituciones y procedimientos del Estado perdieran su independencia relativa y fueran sometidas a las directrices instantáneas emanadas de los partidos. Incluso considera que independientemente de la calidad de su gestión, debían hacerse a un lado los expertos que conducen muchas de estas instituciones, por el simple hecho de estar distantes o al margen de la voluntad mayoritaria. No obstante, Mair pasa por alto que algunas de las funciones que desempeña actualmente el Estado están a cargo de muchas de estas instituciones y sus expertos, y que su conducción y operación requieren cierto aislamiento respecto de la política, de la voluntad mayoritaria y de la intervención del electorado, al menos en el corto plazo ya que, como se ha dicho, en el largo plazo todas las instituciones políticas de las democracias contemporáneas responden de uno u otro modo a la voluntad popular.

Incluso los mismos jueces y todo su aparto judicial, cuya gestión y función no parecen complacer a Mair, son una institución fundamental de la democracia. De hecho, son el motor de la democracia constitucional que tan poco le agrada. Sin embargo, Mair pasa por alto que en su desempeño cotidiano y en determinados episodios históricos los jueces han prestado importantes servicios a la democracia.

El libro de Peter Mair es un texto de enorme interés y mérito para llamar la atención sobre uno de los problemas más importantes de las sociedades modernas, un problema que no se limita a la crisis de representatividad de los partidos políticos, sino que atañe a todo el régimen democrático y a la forma en que los ciudadanos experimentan su propia vida política. No obstante, las respuestas que requiere esta crisis no pueden provenir sencillamente de una mirada idílica y nostálgica de la época de la democracia de partidos, mucho menos si se pasan por alto los problemas que en su momento tuvo y los enormes riesgos que implicaría su recuperación integral en el mundo contemporáneo. Es difícil saber lo que Mair habría deducido y propuesto si el destino le hubiera permitido concluir cabalmente su libro, pero sin duda se había puesto una tarea y un desafío muy relevantes para la teoría política contemporánea.

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