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Política y cultura

versão impressa ISSN 0188-7742

Polít. cult.  no.37 México  2012

 

Reseña de libros

 

La pasión del poder. Teoría y práctica de la dominación*

 

Bruno Lutz**

 

* José Antonio Marina, La pasión del poder. Teoría y práctica de la dominación, Barcelona, Anagrama, Colección Argumentos, 2008.

 

** Profesor-investigador del Departamento de Relaciones Sociales, División de Ciencias Sociales y Humanidades, UAM-Xochimilco, México [brunolutz01@yahoo.com.mx].

 

El hombre es atraído por el poder. Desea ejercerlo, pero al mismo tiempo suele rechazar el poder ejercido por otros. José Antonio Marina empieza su ensayo con esta aparente contradicción para recordar que el poder es simultáneamente un acto y la representación subjetiva de ese acto. El poder existe en todos los ámbitos de la vida y no hay nadie que esté fuera de su alcance. Al respecto, la trama de la vida social está tejida por relaciones asimétricas y conflictos que no siempre son visibles. "Se oculta hasta qué punto el ejercicio del poder depende de un condicionamiento social camuflado", señala atinadamente el autor. El poder se presenta mediante los principios de la distinción social.

Marina distingue tres manifestaciones de la asimetría: a) el poder de hacer algo y el poder sobre; b) la complejización de un poder que se hace más simbólico; c) la legitimación del poder y control de las fuentes de legitimación. Para el ensayista español, es posible considerar, en términos generales, que el poder es una conciencia de dominio, "es la capacidad de hacer real lo posible". Amar el poder es alimentar su vanidad con la ambición de sus pasiones; el ego subsiste con el reconocimiento de los demás.

Primero está el "poder del deseo" y luego el "deseo de poder". Con esta aseveración, el autor hace hincapié en el hecho de que el poder es la manifestación primordial de un deseo personal que se enfrenta a otro. José Antonio Marina está de acuerdo con Maquiavelo y Spinoza, quienes aseveran que la esencia del hombre es el deseo y que es necesario cultivarlo. Si bien es posible admitir que el hombre es el territorio de deseos propios y ajenos, no obstante, debemos también reconocer que estos deseos personales, que surgen sin cesar en la selva de nuestros pensamientos, son la principal causa de nuestros sufrimientos. Frustraciones y ambiciones son nutridas por deseos creados por nuestra propia mente. Precisamente, el poder que resiste es el poder de discernir las causas de nuestros padecimientos y remediarlos. Asimismo, es quizás peligroso compartir el postulado oscuro de que el deseo y en particular el deseo de dominación es la esencia del ser humano.

El deseo que se convierte en acción es ciertamente una manifestación de poder, pero es la intención de su autor la que le imprime su sello. La motivación del actuante orienta el sentido de su acción. En sus esfuerzos por construir la sociología de la fenomenología, Alfred Schütz distinguió el "para" y el "porqué" de la acción con el fin de mostrar precisamente que la intencionalidad del actor no solamente está gobernada por sus pensamientos e ideas sino que la anticipación de la reacción de los demás a nuestras acciones es un motivo lo suficientemente fuerte como para orientarnos. El responsable de una colectividad debe poder encauzar la acción social a partir de sus proyectos personales y también de las expectativas de los miembros. Liderar un grupo es un ejercicio concreto del poder, de un poder que reúne y pone en movimiento; pero en este caso también es necesario discernir, a diferencia de Marina, entre quienes se empeñan sinceramente en ayudar a los demás, de los que ejercen el control sobre las masas para satisfacer exclusivamente su vanidad y ambición. Antes de analizar las formas de su manifestación, es necesario examinar el poder como fruto de una intencionalidad. No es tanto la acción sobre los demás lo que importa sino más bien la intencionalidad que guía esta acción. El altruismo por ejemplo no puede ser considerado como una característica o un tipo de acción, sino que una acción altruista es lo que la voluntad real de su autor dicta. El deseo de defender el bien común encubre y legitima con frecuencia el deseo de satisfacer sus propios deseos. Según José Antonio Marina, existen tres deseos básicos: 1) el bienestar que es el poder del disfrute (gozo, placer); 2) la posesión de bienes materiales y simbólicos; 3) la afirmación del poder del Yo a partir de la búsqueda de fama y gloria. Esta percepción ternaria constituye un primer acercamiento a la complejidad del deseo, permitiendo entender su capacidad de autoreproducción. Todavía para el autor, el deseo es un elemento común a todos los integrantes del reino animal. De hecho, señala que el instinto animal de dominar ha sufrido tres cambios en el hombre: a) ilimitación del deseo de poder; b) uso de símbolos para imponer/aceptar la obediencia; c) exigencia de legitimar el poder. El ejercicio de una influencia sobre los demás es algo sumamente complicado de estudiar porque abarca diferentes dimensiones y modalidades.

De manera general, se suele reificar al poder confundiéndolo a menudo con un cargo o un título, sin embargo, el poder es una capacidad de acción que es también la acción misma. Marina postula que del poder individual surgen el poder social y el poder político. Revisando de manera crítica las diferentes definiciones del poder, Marina destaca que el poder no es únicamente influir/someter al otro a nuestros deseos, sino que es también impedir al otro que tenga la libertad de actuar como lo desee. "En conclusión, tiene poder quien puede determinar, dirigir, decidir la acción de otra persona", sentencia el ensayista. Plantea que el poder es consustancial de toda interacción comunicativa. Empero, debe ciertamente agregarse a esta definición el poder que uno tiene sobre sí mismo para dar un sentido a sus propias acciones porque, si no existiera un control previo sobre lo que estamos haciendo y pensando, no habría posibilidad alguna de orientar la conducta de los demás. El poder que se manifiesta por medio de una interacción social cuyos "grados de control pueden ser muy variados, e ir desde la coacción física total a la mera influencia", no puede ocultar el poder del individuo sobre su propia mente. El multipremiado ensayista se concentra en esta forma de poder que da a un individuo la capacidad de dominar a uno o muchos, subrayando la distancia que suele existir entre el poder formal y el informal. Con acierto, señala que nunca dejan de existir tensiones entre la ocupación de un cargo oficial y la legitimidad de la que uno goza para asumir esta función con responsabilidades. Para disminuir esta tensión entre lo que uno tiene y lo que merece, para asegurar también la fortaleza de las instituciones tradicionales o constitucionales, se llevan a cabo ritos de entronización. Asegurar la sucesión y reafirmar la legitimidad del mandatario entrante, constituyen un reto para toda organización humana. Wolf y Geertz, desde el campo de la antropología pero con perspectivas distintas, han mostrado la sutileza de estas combinaciones de símbolos y referencias para otorgar al nuevo rey un poder casi sagrado. La participación del público en una toma de poder reviste el evento de una gran carga emocional.

El poder como espectáculo es una dramatización de la vida real tal como lo ha mostrado Baudrillard en sus ensayos. Para Marina, es una pieza de teatro en tres actos: la toma del poder; el ejercicio del poder; la pérdida del poder. Señala que existe siempre una tendencia hacia la mitificación de los dirigentes mediante la construcción simbólica de una ejemplaridad. Inspirándose directamente de los trabajos de Max Weber, el ensayista español defiende la idea de que la autoridad puede tener como fuente de legitimación la designación divina o por espíritus (en el caso de chamanismo por ejemplo) o bien la herencia, la elección o la conquista de un cargo. También el adoctrinamiento político e ideológico participa en esta manipulación de las conciencias. En el desarrollo de su argumentación, Marina entiende por "recursos" las cosas, personas, posesiones y capacidades a las que se puede recurrir para conseguir una meta. Inspirándose de los aportes teóricos de Bourdieu, considera al conjunto de estos recursos como un "capital de poder", el cual puede ser instrumentalizado por quienes buscan dominar a los demás. Más precisamente, el "capital de poder" prepara una legitimidad construida desde y para el sujeto.

José Antonio Marina afirma que la legitimación del poder satisface la figura de poder porque le confiere autoridad, y también satisface al subordinado que apela a la legitimidad del poder para liberarse de la opresión de los poderes fácticos. La legitimidad tranquiliza tanto a quien ejerce el poder como al súbdito. El autor escribe que la historia del poder es una lucha de legitimidades donde "hay un perpetuo canje de posiciones y de argumentos". Retoma los planteamientos de Foucault, quien afirmó que el poder crea saber, en el sentido que el poder crea un régimen de verdad. "Todo gobierno necesita hacer creer en algo" y, referente a eso, el rito de entronización del nuevo mandatario participa directamente en la escritura de la historia y la concomitante invención de mitos. La legitimidad es una ficción creada por la razón y los súbditos oprimidos de las dictaduras, por ejemplo, tienen la posibilidad de atacar los fundamentos de la legitimidad del poder. El "como si" es una ficción del derecho, el ensayista distingue acertadamente las ficciones arbitrarias de las necesarias. "Necesitamos ficciones jurídicas, políticas y éticas porque la inteligencia humana tiene la capacidad de pensar cosas inexistentes que sería bueno que existieran...", asevera Marina antes de proponer lo siguiente: "Tenemos que recuperar su carácter de ficciones —de ficciones necesarias— para tener conciencia clara de la precariedad de nuestra situación, de la necesidad de nuestra participación y compromiso y también de nuestra grandeza". Marina, cuyo propósito en este libro es sentar las bases de un manual del poder, propone una ficción basada en la realidad poética.

El autor de La pasión del poder nos conduce por el sendero de sus lecturas y reflexiones personales en torno a las propuestas de diferentes pensadores occidentales encontrados a lo largo de su carrera. José María Marina asume que el poder social, que se desprende del poder individual, al igual que el poder político, es tanto violencia como seducción. Menciona que la figura del pastor es anacrónica en la pastoral cristiana actual, sin embargo, es menester agregar que la liturgia católica y los modelos medievales de poder político concuerdan en que el pastor obedece a un poder divino que lo rebasa, pero a su vez tiene encargadas las ovejas (almas) para guiarlas y protegerlas de los peligros (lobo). Al respecto, Foucault mostró de manera convincente que el objetivo del líder "pastoral" era espiritual porque, en busca de la salvación de las almas, vigilaba la conciencia de cada individuo como un pastor vigila a sus ovejas.

Para Marina, el ser humano tiene el gen de la sumisión y la facultad de rebelarse. Las formas de control son directas o indirectas, "la fuerza es un control inmediato, directo, sobre el cuerpo del dominado". La confesión puede ser un arma de coacción para religiosos sin escrúpulos, y la excomunión una amenaza en caso de no respeto de los principios elementales. "Lo que diferencia el uso inmediato y el mediato del poder, es que el primero no deja ninguna opción al dominado". Según el ensayista existen dos formas de influir en alguien: cambiando sus creencias o cambiando sus deseos. Maquiavelo se dedicó a ese peligroso ejercicio de querer enseñar a los príncipes cómo volverse tiranos y al pueblo cómo deshacerse de los tiranos, convirtiendo la representación política en la arena de una lucha permanente y sin piedad entre dominantes y dominados. Esta guerra interminable por el control de los instrumentos legales de control no tiene otro destino que el de hundir poblaciones y gobernantes en una sucesión de mortíferos conflictos, tal como Hobbes lo había ideado en su sociedad ideal del Leviatán. Por su parte, Aristóteles distinguía tres argucias del tirano: 1) envilecer el alma de los súbditos; 2) sembrar entre ellos la desconfianza; 3) empobrecer a sus súbditos, las cuales iban a formar parte de esta liturgia del poder común en El Leviatán y El príncipe.

Ahora bien, examinando las diferentes modalidades de expresión del poder, Marina encuentra dos elementos básicos y antitéticos: seducir y aterrorizar. El temor está relacionado con el ejercicio del poder, temor que se reparte y comparte entre los súbditos y quien posee la autoridad. Mantener a los subordinados en un estado permanente de intranquilidad e inseguridad, permite multiplicar los efectos de una dominación arbitraria. La sorpresa que provoca lo inesperado vuelve vulnerables a los dominados, quienes no pueden encontrar refugio en una rutina. Pero el miedo crea reacciones de defensa que, a su vez, se pueden conjurar con premios y la promesa de premiar. En cambio la seducción es un juego en el cual no hay ganador ni perdedor cuando hay intenciones mutuas que se corresponden libremente, pero se convierte en una estrategia maligna cuando una parte engaña a la otra sobre la naturaleza verdadera de sus intenciones.

Ahora bien, existen diferentes formas de aceptar la superioridad del otro: dependencia, cooperación, docilidad, obediencia y sometimiento. "El poder puede ejercerse mediante el adoctrinamiento, que consiste en introducir nuevas creencias en la mente de la persona que se quiere dominar, por procedimientos no racionales". Marina, quien retoma algunos elementos de su obra Las arquitecturas del deseo, hace hincapié en que la influencia que uno puede ejercer sobre los demás suele tener un rostro amigable. Pero esta forma de poder amigable, que opera mediante la seducción, no siempre está mal intencionada, como bien lo señala el autor al referirse a Gandhi y Martin Luther King.

Las tres grandes dramaturgias del poder, para Marina, son: 1) las relaciones amorosas; 2) el mundo de la empresa; 3) la política. Retomando la conocida metáfora de la obra de teatro, señala que el amor es un tipo de deseo, es alegría y felicidad, y es también profundos vínculos entre las personas. Sin embargo, el autor no contempla un amor entre dos personas libre de poder, es decir que, según él, la igualdad libremente compartida es un ideal que nunca se alcanza. Por nuestra parte, consideramos que el amor entre una pareja puede conducir a la felicidad y esta felicidad puede ser duradera cuando relativizan sus diferencias y vuelven siempre a encontrar la armonía. Marina menciona, por su parte, que el empoderamiento es la capacidad de "dar poder", de aumentar las posibilidades de acción de los miembros de la familia o de la pareja. En otros términos, el empoderamiento no sería más que la expresión domestica de las asimetrías sociales.

El investigador español destaca la necesidad de discernir el poder constituyente del poder constituido: "entiendo por ficción constituyente aquella sobre la que se puede construir un proyecto real, de tal manera que, si desaparece la ficción, lo construido se desploma". El poder constituido es el aparato burocrático cuyos fundamentos se encuentran en los dispositivos legales. Estas dos formas de poder político remiten al complejo y viejo debate entre legalidad y legitimidad.

No obstante, puede afirmarse que la soberanía fue inventada para justificar el poder absolutista del Antiguo Régimen, pero después sirvió de palanca simbólica para las repúblicas democráticas. La soberanía es la soberanía de un pueblo conglomerado en una nación, por lo que la soberanía es anterior a toda Constitución política. De manera general, es posible distinguir lo que tiene que ver con el mundo fenoménico de lo que pertenece al mundo de las ideas, aunque exista una relación estrecha de interdependencia mutua entre estos dos ámbitos. El ensayista dice que la inteligencia humana prolonga las fuerzas reales con otras fuerzas simbólicas y mágicas que amplían el ámbito de la dominación y también el de la libertad, pero quizá sería más adecuado afirmar lo contrario, es decir, que las fuerzas mágicas primordiales se prolongan en manifestaciones concretas cuya dirección depende de la intención de su(s) autor(es).

Finalmente, La pasión del poder es una obra cuyo mérito no es solamente recordar al lector las principales formas de interpretación de las relaciones de dominación, sino que contiene además interesantes interrogantes sobre el significado del poder. José Antonio Marina indaga diferentes vertientes del poder con el propósito de señalar posibles modelos de interpretación. En un estilo libre y fluido, el ensayista diserta sobre las asimetrías sociales y políticas, sin lograr convencernos completamente del bienfundado de su visión desencantada del hombre en sociedad. Más que plantear el poder como manifestación genérica de una asimetría multifacética, debe considerarse el poder a partir de la intencionalidad que soporta cada una de las acciones humanas.