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Perfiles latinoamericanos

versión impresa ISSN 0188-7653

Perf. latinoam. vol.16 no.31 México ene./jun. 2008

 

Artículos/Ensayos

 

Hegemonía y discurso en la Argentina contemporánea. Efectos políticos de los usos de "pueblo" en la retórica de Néstor Kirchner

 

Hegemony and Discourse in Contemporary Argentina. The Political Effects of the Use of "People" in Nestor Kirchner's Rhetoric

 

María Antonia Muñoz* Martín Retamozo**

 

* Maestra en Ciencias Sociales por la FLACSO–México y candidata a doctora por la Facultad de Ciencias Políticas y Sociales de la Universidad Nacional Autónoma de México. Facultad de Ciencias Politicas y Sociales, UNAM. Circuito Mario de la Cueva s/n. C. U. C. P. 04510. México, D. F. E-mail: mariaantoniamunoz@gmail.com

** Doctor en Ciencias Sociales por FLACSO–México. Profesor Investigador del Centro de Investigaciones Socio–Históricas, Facultad de Humanidades y Ciencias de la Educación, Universidad Nacional de La Plata, Argentina. Universidad Nacional de La Plata. Calle 48 entre 6 y 7 C. P. 1900, La Plata, Argentina. E-mail: martin.retamozo@gmail.com

 

Recibido el 26 de enero de 2007.
Aceptado el 26 de marzo de 2007.

 

Resumen

El presente artículo analiza la producción discursiva del gobierno de Néstor Kirchner en su intento de sujetar el espectro de la soberanía popular a determinados contenidos, es decir, en su carácter de generadora de hegemonía. Recuperando la perspectiva de la productividad política de la retórica, se reconstruyen los usos de "pueblo" y la elaboración de relaciones sintagmáticas que ha realizado Kirchner con el fin de instituir un orden social luego de la crisis de diciembre de 2001. Al reconstruir el bagaje discursivo del gobierno nacional se pretende comprender mejor el proceso de reconfiguración hegemónica que se ha desarrollado en la Argentina reciente.

Palabras clave: hegemonía, pueblo, discurso, Kirchner, Argentina, Estado.

 

Abstract

Rhetorical games are not the only tools of construction of political power. However, they constitute an indicator of hegemonic struggle strategies, which has been developed by the political actors. The present paper focuses on the linguistic elements of president's Néstor Kirchner's hegemonic strategy. The reconstruction of his discursive production allows us to better comprehend the process of hegemonic reconfiguration produced in recent times in Argentina.

Key words: hegemony, people, discourse, Kirchner, Argentine, State.

 

A modo de introducción1

¿Cuál es la relación entre retórica y política? ¿Cómo opera el campo de lo discursivo en la construcción de la hegemonía? ¿Cuál es el lugar de la soberanía popular en las democracias actuales? Éstas son algunas cuestiones que la teoría política contemporánea ha constituido en ámbito de reflexión. Tales preguntas, de notable interés teórico, adquieren todavía más relevancia en el estudio de la política en Argentina debido a la inagotable polémica que han suscitado los giros retóricos de los gobiernos posteriores a la crisis de 2001 y 2002,2 en particular los del presidente Néstor Kirchner (2003—2007), puesto que, mientras los opositores a su régimen describen su discurso como "populista" y "demagógico", sus partidarios lo consideran como expresión de la "voluntad popular". En este contexto, el presente artículo analiza los componentes de la estrategia discursiva de Kirchner y sus efectos especialmente destinados a estructurar el campo de acción de otros actores en un proceso de construcción hegemónica.

La hipótesis que guía el estudio, y que se basa en la importancia de la retórica en la política, es que los desplazamientos discursivos insertos en este periodo —sobre todo la recuperación de la centralidad del elemento "popular"— constituyen una herramienta para dominar los conflictos que hicieron de la clase política su objeto de crítica. Este intento de sujetar el espectro de la soberanía popular a contenidos particulares puede entenderse como un esfuerzo para reconfigurar la hegemonía la cual, a su vez, lleva las huellas de las prácticas políticas de los movimientos sociales y las organizaciones políticas no electorales que formularon demandas sociales en tiempos de dominación neoliberal. De esta manera, los usos de "pueblo" pueden concebirse como una estrategia para instituir un orden social luego de la crisis de diciembre de 2001, aunque también como la presencia indomable de las prácticas políticas.

Con el fin de reconstruir la producción discursiva del gobierno de Néstor Kirchner, sus lugares de enunciación, sus usos de la retórica y los efectos de ésta en el orden social, se ha dividido este ensayo en cuatro partes: la primera expone algunas claves para pensar lo "popular" en el campo de la teoría política y, desde esta perspectiva, también se revisa someramente algunos de los más relevantes "usos de pueblo" instrumentados en la historia argentina reciente. La segunda sección examina el discurso de Néstor Kirchner para recrear los lugares y operaciones retóricas que se orientan a configurar un escenario político, y analizan el uso del concepto "pueblo" y de otras figuras que se asocian a él con el fin de producir hegemonía en el campo político. La tercera parte, analiza profundamente la revitalización que el discurso referido ha operado en uno de los mitos arrojados a la arena política: el Estado como instrumento de redención a partir de una promesa de plenitud social, pues ello aportará elementos para leer la realidad política del país. A partir de todo lo anterior, la cuarta sección explora la utilidad de las articulaciones discursivas para controlar uno los principales conflictos sociales: la movilización de los desocupados. Por último, se recapitulan los ejes revisados para ofrecer las reflexiones finales.

 

Los usos de "pueblo" en Argentina

El concepto de "pueblo", como tantos en las ciencias sociales, ha sido objeto de constantes definiciones, disputas, polémicas, abandonos, reencuentros y reposicionamientos. Frecuentemente, en los discursos teóricos (y políticos), "pueblo" aparece asociado a otras nociones como democracia, ciudadanía y soberanía; sin embargo, nunca pierde en apariencia su carácter de idea controversial, a juzgar por su lugar en distintas tradiciones intelectuales como la liberal, la republicana y la marxista. Las posiciones en contra (tanto izquierdistas como conservadoras) lo asocian a menudo con posturas autoritarias y antidemocráticas. Para Sartori (1989), por ejemplo, no existe nada menos afortunado que la definición según la cual la democracia se adjudica al "gobierno del pueblo",3 debido a que la evocación del colectivo resulta peligrosa porque puede usarse como pretexto para realizar un traslado de la opinión pública a la autoridad política, lo que constituye un obstáculo para precisar los procedimientos institucionales.

Desde otro carril ideológico, Hardt y Negri (2002), y Virno (2003) concluyen que el "pueblo" es el revés del poder concentrado del Estado. En contraposición, la multitud sería el sujeto democrático por excelencia porque permite interrumpir el ejercicio de la dominación de los Estados asociados al capital. Otros autores, en cambio, reconocen en el concepto de "pueblo" un elemento coexistente con lo político y la democracia, con lo cual tanto su uso conceptual como su importancia histórica quedan justificados. Teóricos como Agamben (2001), Arditi (2007), Balibar (2004), Laclau (2005 y 2006), y Rancière (1996 y 2006) son algunos de los que han recuperado de manera positiva la dimensión popular de la política. Si bien sus argumentos son disímiles, estos autores señalan el aspecto "democrático—emancipador" de lo popular al disociarlo de la idea de la unicidad y de los dominios del Estado.

No podemos discutir aquí los usos de "pueblo" en la teoría política, pues no son los propósitos del artículo. Sin embargo, es necesario precisar sucintamente el empleo metodológico del concepto a lo largo del presente trabajo. Conviene señalar nuestro rechazo de la noción monolítica u homogénea de "pueblo", cuya identidad y destinos podrían concebirse como preexistentes a lo político. En cambio, de acuerdo con Laclau (2005 y 2006), se considera que se trata de una articulación discursiva producto de un mecanismo político que tiende a dividir la sociedad en dos campos: el popular y el del enemigo, y a generar así un antagonismo. Por ello resulta imposible asignar un contenido a "pueblo" independientemente de los significados que puede articular.4 Significados que, por otra parte, son construcciones históricas cuya génesis y movimientos es posible indagar.

Por lo previamente señalado, en este trabajo se ha preferido, antes que elucidar la polisemia (ya sea análoga o equívoca) de "pueblo", entender este concepto como un significante cuya importancia en el campo de lo político lo convierte en objeto de disputas para anclar significados.5 Examinar el juego de equivalencias y diferencias, los lugares de enunciación y los desplazamientos retóricos manifiestos en el proceso de construcción discursiva de "pueblo" adquieren entonces una notable importancia para comprender los acontecimientos políticos.

Ahora bien, ¿en qué sentido ha sido recuperada la dimensión del pueblo (y lo "popular") en la práctica política argentina? Es evidente que, entre los elementos discursivos empleados en la política argentina, la palabra "pueblo" ocupa un lugar destacado. Este signo cuenta con la "marca" (unas veces olvidada y recuperada otras) de innumerables contiendas por el reconocimiento y la inclusión de diferentes sectores en la vida política, desde las luchas por la independencia del siglo XIX hasta las libradas por los derechos laborales del movimiento obrero desde principios del XX. La producción discursiva de estos avatares tuvo a mediados de la pasada centuria, tras la consolidación del peronismo y la política estructurada alrededor del "Estado social regulador e industrializador", un momento clave cuando se produjo la asociación sintagmática: "pueblo = trabajador". De ese modo, el significante se convirtió en una figura que convocaba a asalariados, jóvenes, profesionales y una amplia gama de sectores que se movilizaban en busca de una mejor distribución del ingreso y nuevos derechos sociales, en defensa de los ya adquiridos, y en el afán de ampliar unos y otros (Merklen, 2005).

Por su parte, esquemáticamente, durante el periodo que va de 1955 a 1973, el concepto de "pueblo" (y sus relaciones significativas: trabajador = peronista)6 sirvió como referencia para casi todos los que antagonizaban con los gobiernos no peronistas y los sectores dominantes. Como consecuencia de esta identificación, se definió una frontera interna en la sociedad que dividía el campo popular de su opuesto la "oligarquía" (Laclau, 2005). Esto evidencia la efectividad de las articulaciones políticas que encontraban en el significante "pueblo" una referencia para amalgamar proyectos e identidades políticas que tenían un alto grado de heterogeneidad entre sí.

La densidad del significante "pueblo" (y su probada efectividad política) profundizó el conflicto en torno a su polisemia y, en especial, la posible sobredeterminación de alguno de los sentidos potenciales sobre otros. Por lo tanto, no es extraño que, hacia la segunda mitad de la década de 1970, se agudice la disputa y el posterior desplazamiento de los sentidos de "pueblo". Así, a su identificación con los oprimidos, la clase traba jadora, las clases medias y otros sectores que antagonizaban con la oligarquía, se opuso una idea de "pueblo" estrechamente vinculada con "patria, tradición, familia y religión" en el discurso del gobierno militar (Bravo, 2003). Con ello se intentaba debilitar la noción de "pueblo" como categoría de identificación colectiva beligerante contra los sectores dominantes, e introducir un nuevo antagonista: el "comunismo" y la "subversión". Como puede verse, el discurso de la dictadura militar también encontró en la idea de "pueblo" un fundamento importante que, resemantizado con las nociones de patria, tradición y religión, llegó a ser funcional en el intento de legitimar políticamente a ese régimen.

En el periodo de transición a la democracia, el significante flotante de "pueblo" se erigió de nuevo en disputa por su sentido. Esta vez el discurso de Raúl Alfonsín consistió en establecer una ligazón semántica entre pueblo, ciudadanía y democracia. El desplazamiento provocó que "pueblo" renunciara a aspectos asociados con la identidad y legitimara un proyecto democrático procedimental que se extendía a la satisfacción de las demandas ciudadanas: la consigna "Con la democracia se come, se cura y se educa", enarbolada por el alfonsinismo, así lo indica.

Durante su campaña electoral y luego en su gobierno, Carlos Menem (1989—1999) articuló el significante "pueblo" de múltiples formas de acuerdo con los interlocutores, los contextos y los destinatarios, explotando al máximo su capacidad de interpelación. En un primer momento, identificó al "pueblo" como entidad homogénea de la que derivaba un mandato delegado en su persona. La irrupción del liderazgo menemista en su primera fase tenía el sentido del "caudillo" decimonónico cuya legitimidad se fundaba en el hecho de ser parte de y a la vez representar—condensar a un grupo, en este caso el "pueblo". No obstante, tal sentido fue desplazándose hacia la defensa de los intereses de ese "pueblo" que, a juicio del entonces presidente, reclamaba estabilidad económica luego de la turbulencia hiperinflacionaria de finales de los ochenta. Este "mandato" procedente del pueblo —al que sin embargo no había que rendir cuentas— habilitó a Menem para imponer una política estabilizadora basada en una batería de medidas políticas de equilibrio fiscal y de ajuste, privatizaciones, paridad dólar—peso, etc., que en última instancia conservaba la promesa de inclusión social. En esta matriz discursiva, signada por el Consenso de Washington, se reservaba al mercado el papel de mecanismo de coordinación social y de promoción del bienestar general, rol que perdía el Estado. Los sentidos neoliberales parecieron imponerse a los viejos sentidos nacional—populares—estado–céntricos, aunque en lo discursivo no dejaba de invocarse el "interés del pueblo" en la política neoliberal. El eufemismo menemista "economía popular de mercado" sintetizaba por entonces dichos sentidos.

No obstante, hacia 1996, ya durante el segundo mandato de Menem, surgieron brotes de resistencia que recuperaban la palabra "pueblo" y le imprimían otro sentido. Nos referimos a las "puebladas" (Laufer y Spiguel, 1999). En efecto, los rastros de los usos históricos de "pueblo" no pudieron ser arrancados de la memoria colectiva y sirvieron para deconstruir los sentidos dominantes y generar nuevas articulaciones discursivas que vinculaban al "pueblo" con los "derechos colectivos" y con una idea de "víctima" o "entidad perjudicada". Tal es el caso de las denominadas "puebladas" registradas durante 1996 y 1997 en Cutral Co y Plaza Huincul, en la provincia de Neuquén. Javier Auyero (2002), en un excelente trabajo etnográfico, reconstruye la densidad de sentidos puestos en juego en aquellas protestas colectivas y evoca la consigna coreada por los manifestantes: "Si éste no es el pueblo, ¿el pueblo dónde está?" A nuestro entender, tal lema supone la recolocación de un sujeto que se reconstituye y emerge con radicalismo en el espacio público de una carretera nacional y, con tal acción, niega su ausencia. Convocar así el espectro del "pueblo" para dotarlo de una corporalidad beligerante en los piquetes de Cutral Co y Plaza Huincul, puede considerarse como un antecedente significativo de la presencia radical del pueblo y su soberanía en los acontecimientos de 2001.

Es preciso destacar que el significante "pueblo" fue desplazado del discurso político de la Alianza (Unión Cívica Radical—Frente País Solidario), que gobernó al país a partir de diciembre de 1999 hasta su estrepitosa caída en el ya mítico diciembre de 2001. Tal agrupación mantuvo las coordenadas básicas del régimen anterior e incluso profundizó políticas de ajuste estructural, mientras que en lo discursivo centró su atención en demandas de "transparencia" y "honestidad". De esta manera, apeló a la idea de "ciudadanía" e incluso "gente" en el intento de alejarse de la retórica política anterior asociada a lo popular. No obstante, en particular desde el año 2000, en Argentina surgieron síntomas de un nuevo espectro (desocupados, trabajadores sindicalizados y estudiantes), a la par que el débil intento de hegemonía discursiva naufragaba en el mar de los avatares políticos7 y la recesión económica. En efecto, durante 2001 y parte de 2002, transitó por el espacio público argentino la vieja sombra del "pueblo", poniendo en evidencia los múltiples y heterogéneos daños que el orden social neoliberal provocaba en diferentes partes de la sociedad: en los desocupados, que reclamaban trabajo; en los estudiantes, que defendían la educación pública en peligro; en los trabajadores, que protegían su salario; y, posteriormente, en los "ahorristas", que protestaban por la confiscación de sus depósitos bancarios. En diversas formas, como una precaria y contingente síntesis de lo heterogéneo, el pueblo primero se presentaba en público (nuevamente, "Si éste no es el pueblo, ¿el pueblo dónde está?") para luego asumir radicalmente su soberanía y exigir "que se vayan todos" los representantes.8

La presidencia provisional del senador Eduardo Duhalde a principios de 2002 significó una tentativa de recomponer el orden institucional, considerablemente deteriorado por la sucesión de mandatarios y el clima de protesta social. El contexto político del verano argentino de 2002, lo mismo que las movilizaciones y los muertos del 19 y 20 de diciembre colocaron a Duhalde a la cabeza de la restabilización política que buscó la eficacia retórica e intentó hacer del "pueblo" uno de sus referentes importantes. El andamiaje discursivo duhaldista recuperó algunos signos "nacional—populares" y reconoció la "crisis" histórica del país donde halló el rostro difuso de una "víctima": el pueblo. Pese a este movimiento, el bagaje histórico de Duhalde, sus alianzas políticas y sus vínculos con los sectores de poder le impidieron adoptar políticas de redención popular y sus pretensiones resultaron fallidas. Esto fue más evidente después de los asesinatos de Maximiliano Kosteki y Darío Santillán en la "Masacre de Avellaneda" el 26 de junio de 2002 (MTD, 2003), cuando la opción represiva generó respuestas de movilización social que forzaron a Duhalde a convocar a elecciones presidenciales.

Dos conclusiones provisorias se desprenden de lo anterior. Por un lado, la evidente importancia de los juegos y luchas retóricas como factores constitutivos de la política. Por otro, la relevancia del significante "pueblo" en la articulación discursiva de los proyectos destinados a reconstruir la hegemonía en Argentina a lo largo de su historia reciente. Ambas conclusiones serán de mucho interés e importancia como plataforma para analizar el discurso de Néstor Kirchner, cuestión central en este trabajo.

 

De la crisis a la redención: el lugar del "pueblo" en el discurso de Néstor Kirchner

El concepto de "hegemonía" remite a un tipo de práctica articulatoria entre demandas heterogéneas que resulta en la creación de una identidad política. En diversas oportunidades, Ernesto Laclau (1997, 2005) ha definido la "hegemonía" como la relación en la cual una particularidad se convierte en el nombre inexacto e inconmensurable de una universalidad. Este ejercicio de representación es posible porque en determinado momento histórico una serie de luchas discretas se articulan a partir de lo que tienen en común: la negatividad frente a un "otro" que las daña. Desde este punto de vista, la creación de las identidades políticas se asocia con la formación de efectos de frontera que permiten distinguir a los amigos de los enemigos. Además, la teoría de la hegemonía supone que la articulación referida debe su existencia a que se producen "significantes vacíos" o "puntos nodales" caracterizados por ser demandas que debilitan su contenido particular para transitar a la representación, siempre de manera incompleta, del conjunto al que equivalen. En este sentido, los juegos del lenguaje encarnan la forma paradigmática de la hegemonía, ya que los significados de la acción sólo pueden comprenderse a partir de su precariedad y de las relaciones y distancia que establecen con otros.9

Hegemonía, discurso y política tienen, según Laclau y Mouffe, una "complicidad ontológica" a la hora de estructurar campos de acción en una sociedad. Por lo tanto, las formas del discurso y los significados10 que operan en el terreno de las disputas por el orden social resultan indicadores esenciales para analizar los modos de construcción hegemónica. Es decir, esta concepción de la hegemonía supone que el discurso hablado y escrito constituye también una herramienta para producir articulaciones y exclusiones, y permite delimitar el campo de acción de los sujetos políticos. Si, como ha sostenido este artículo, la retórica tiene un efecto performativo en el campo político, entonces surge la pregunta acerca de cómo ella funcionó en el discurso de Néstor Kirchner, especialmente cuando trataba de reconfigurar la hegemonía sobre los restos de la crisis (dislocación) sufrida por Argentina hacia 2001—2002.

En las elecciones realizadas el 11 de marzo de 2003, Néstor Kirchner obtuvo apenas 22% de los votos y se convirtió en presidente cuando Carlos Menem renunció11 a participar en la segunda vuelta. Por tal motivo, al asumir su cargo, el primer mandatario arrastraba un déficit de legitimidad, ya que no había ganado el voto mayoritario.12 No obstante, al poco tiempo de iniciar su mandato, Kirchner alcanzó una gran consenso y ocupó un lugar central en el escenario político argentino debido a la convergencia de una serie de procesos, entre ellos la dinámica económica positiva, las medidas que respondían a demandas fundamentales y una retórica ligada a la recuperación de signos "nacionales" y "populares" y, por tanto, a la constelación discursiva del peronismo histórico.

Para consolidar la gobernabilidad, el nuevo régimen respetó inicialmente la mayor parte de los cimientos básicos de las políticas económicas que la administración anterior había diseñado.13 En la dimensión simbólica, el discurso rearticuló y profundizó la presencia de símbolos "nacional—populares"14 que habían surgido durante el gobierno provisional; así, se intensificó el uso de la figura del "pueblo dañado" y se prometió que el Estado repararía el perjuicio mediante la inclusión social; además, el enemigo político se identificó ahora claramente como "el neoliberalismo".

Estas claves históricas se combinaron con una estrategia particular dirigida a explotar ciertos recursos simbólicos introducidos en el escenario público por movimientos y organizaciones políticos no electorales (tales como las organizaciones de desocupados, asambleas barriales, agrupaciones de ahorristas, etc.). El gobierno de Kirchner insistió en que un futuro pleno para los argentinos era posible si los poderes del Estado se recuperaban y la voluntad política se ponía al servicio del desarrollo económico industrial, pues ello permitiría crear una sociedad incluyente que repararía los daños infligidos a un pueblo explotado y víctima de abusos. En consecuencia, se difundió la idea de que el desarrollo de la sociedad argentina dependía de que se recobraran "la política" y el Estado para ponerlos de nuevo al servicio del pueblo. A diferencia de otras etapas en que los elementos "populares" alcanzaron auge, en la nueva éstos se articulaban con otras exigencias como la calidad del funcionamiento de las instituciones y la transparencia en los procedimientos, ambos requisitos del juego democrático y condiciones necesarias para recuperar la legitimidad perdida. Hacia ello se dirigieron los intentos de renovación de la Corte Suprema de Justicia,15 las leyes y los actos públicos relacionados con los derechos humanos, las políticas contra la corrupción política, etc.

En otras palabras, las coordenadas simbólicas que orientan a Kirchner se inscriben en la constelación nacional—popular procedente de la historia del peronismo, aunque también su discurso tuvo la capacidad de amalgamar las demandas y "los mitos" (recuperándolos, transformándolos y reinterpretándolos) que se incorporaron al espacio público por las actuaciones de los movimientos y organizaciones populares desde la periferia o el exterior de las instituciones guiadas, principalmente, por una lógica de representación funcional.

El gobierno de Kirchner reveló los alcances de la productividad del discurso y la función constitutivamente política de la retórica. La potencia de su discurso resultó determinante para crear el escenario político argentino donde el propio presidente pudo actuar. Para formarlo, debió articular el espectro que despertaron las movilizaciones de finales de 2001 y principios de 2002: la figura del pueblo como sujeto soberano. Pero, en especial, tuvo que atenuar el antagonismo que había surgido con inusitada violencia: el del pueblo contra la clase política. En este sentido, si bien las múltiples demandas manifestadas por el sujeto—pueblo o atribuidas a él reclamaban para sí el poder constituyente, no siempre se pudieron articular (y cuando ello ocurrió fue de un modo fugaz y sumamente inestable), ni convertirse en una alternativa de poder, aunque también es cierto que las movilizaciones tuvieron éxito pues procesaron demandas sociales e identificaron un enemigo: la "clase política". Así como en una fase anterior de movilización popular se produjo la distinción "pueblo—oligarquía", al menos desde el cutralcazo de 1996 es posible percibir el deslizamiento hacia un nuevo antagonismo, "pueblo—clase política", cuyo clímax de ruptura se alcanza en la consigna "que se vayan todos".16

En este contexto se desenvolvió la productividad del discurso de Kirchner. ¿Cómo romper con ese antagonismo para desplazarlo, transformarlo y articularlo en beneficio de la construcción política propia? Éste fue el interrogante central en la relación del presidente con los movimientos sociales que habían despertado al espectro del "pueblo" en la reconfiguración de la hegemonía política ordenante del espacio social. Ese discurso constituye, entonces, un campo que resulta indispensable investigar para comprender los alcances de la operación de sutura hegemónica producida por el mandatario argentino.

Una de las características del discurso político consiste en que el alocutor no es una figura estática, pues en el acto de la enunciación se realizan sucesivos deslizamientos y modificaciones que lo llevan a ocupar un lugar simbólico, útil para los fines del locutor (García Negroni, 1988). Así como los destinatarios son múltiples, las funciones de la enunciación lo son también: se interpela a los seguidores para reforzar la creencia común, se persigue el apoyo de los indecisos mediante la persuasión y se dirige a los adversarios para polemizar, con el objeto de marcar la identidad del grupo de pertenencia y demostrar la superioridad de los argumentos propios respecto a los del contrincante (Verón, 1987). No obstante, si se resta un poco de protagonismo al enunciador y se observa al discurso como el resultado de una relación estratégica entre diferentes posiciones en juego, se puede entender el texto (oral u escrito) como resultado de una interacción donde queda impresa la marca de los sujetos. Desde esta perspectiva, podemos reconocer dos interlocutores en el discurso de Kirchner: el paradestinatario y el contradestinatario.

 

El paradestinatario: reconocimiento del daño y control de demandas

El paradestinatario, de acuerdo con Verón (1987), es el cuerpo social al que se busca persuadir por medio de una interpelación discursiva. En este aspecto, el esfuerzo de Kirchner se orientó a "nombrar" a la víctima de lo que denominó la "crisis", y de ese modo identificó a un sujeto dañado al cual podía referirse. Esta identificación, como se verá, permite luego abrir el espacio de la redención, que reserva un lugar clave para el propio locutor (en tanto redentor),17 lo cual es posible reconstruir analíticamente si se examinan las intervenciones presidenciales.

Sólo cuando el Gobierno se desentiende del pueblo, es que toda la sociedad empobrece, no sólo económicamente sino moral y culturalmente [...] Yo lo que no quiero es mentirle al pueblo argentino, no quiero hacer un manoseo más de la credibilidad de nuestra Argentina y les voy diciendo paso a paso lo que vamos haciendo, pero no me van a ver a mí tratando de mostrar un proyecto grandioso para después defraudar a todos. Prefiero ir construyendo con todos ustedes día a día la nueva Argentina, pero sin caer en promesas vanas y vacías.18

Este párrafo, extraído de uno de los primeros discursos del primer mandatario, inicia con una frase del orden del saber en torno a las relaciones entre gobierno y pueblo, para después abrir paso a lo programático: lo que el gobierno se propone hacer. El objetivo es mostrar que "el pueblo" (la víctima dañada) es el principal sujeto representable del gobierno, al cual se dirigirán las principales decisiones tomadas por este último. Nótese que la elección podría haber sido otra: ciudadanos o votantes, y que incluso se podría haber nombrado a sectores discretos (trabajadores, mujeres, niños).19

Entendido como "metacolectivo—singular",20 el pueblo se convierte, de esta manera, en el soberano, aunque en su misma estructura acepte como reverso un representante ahora legítimo: el gobierno.21

El pueblo ha marcado una fuerte opción por el futuro y el cambio. En el nivel de participación de aquella jornada [las elecciones presidenciales de 2003] se advierte que pensando diferente y respetando las diversidades, la inmensa y absoluta mayoría de los argentinos queremos lo mismo aunque pensemos distinto. No es necesario hacer un detallado repaso de nuestros males para saber que nuestro pasado está pleno de fracasos, dolor, enfrentamientos, energías mal gastadas en luchas estériles, al punto de enfrentar seriamente a los dirigentes con sus representados, al punto de enfrentar seriamente a los argentinos entre sí. En esas condiciones, debe quedarnos absolutamente claro que en la República Argentina, para poder tener futuro y no repetir nuestro pasado, necesitamos enfrentar con plenitud el desafío del cambio.22

Las anteriores líneas forman parte del primer discurso de Kirchner dirigido a la Asamblea Legislativa que se difundió en todo el país, por lo que, si bien los destinatarios inmediatos eran los legisladores, el público general estaba constituido por el conjunto de ciudadanos. El párrafo citado puede resumirse en un diagnóstico: el país necesita un cambio debido a su situación regresiva. Sin embargo, no se exponen en él los argumentos que fundan tal diagnóstico ni se explican las soluciones posibles. El tropo utilizado para legitimar este cambio es el pueblo, al que se enaltece por tomar decisiones (es decir, por ser un sujeto independiente—soberano). Sin embargo, el momento de la enunciación tiene su particularidad: Kirchner pronuncia este discurso cuando recibe la investidura de primer mandatario y en ese mismo momento, en que se reconoce al pueblo como soberano, se produce una legitimación presidencial, puesto que la encomienda de gobernar emana de una elección popular.

En la siguiente frase, el presidente recurre al "nosotros" inclusivo y se reconoce a sí mismo como parte de "la absoluta mayoría de los argentinos". En virtud de una serie de desplazamientos de las relaciones entre significados ("el pueblo" tomó una decisión en las urnas = el presidente es parte de esa mayoría = el presidente es uno más del pueblo), el mandatario realiza una nueva operación: reconoce al pueblo como su colectivo de pertenencia y se autoproclama intérprete de los verdaderos intereses de dicho colectivo. Obsérvese que el párrafo comienza con "el pueblo" opta y quiere "el futuro y el cambio", y la última frase corresponde a un aserto, "una declaración de verdad", acerca de "el futuro" y "el cambio". Así, la operación simbólica resulta sencilla. El presidente (y con él su régimen) se instituye como igual por lo que la diferencia estructural entre gobernante y gobernado se diluye, aunque en realidad se la reinstala al adjudicarse a aquél la función de agente que solucionará los problemas de éste.

En la tercera oración se observan una serie de connotaciones negativas respecto a un pasado. Esta fórmula se repite muchas veces en la estrategia retórica del gobierno. La sociedad argentina o el pueblo,23 a los que el presidente declara pertenecer, se instituyen entonces en un sujeto que experimenta una falta (daño) causada por un pasado ominoso, "nuestros males", que provienen de un pasado "doloroso".24 Para reparar el daño se propone una fuga al futuro representada por "el cambio". Al no adquirir un contenido concreto, dicho cambio se reviste de una connotación positiva a la que toda opinión o expectativa ciudadana se puede adecuar, reduciendo los costos de información y ampliando la capacidad de articulación o aceptabilidad.

Por eso, de nosotros no esperen anuncios rutilantes; día tras día trabajando como ustedes lo hacen en sus trabajos, porque el Presidente o el ministro o el gobernador definitivamente no son de una casta diferente, somos hombres comunes que, en el caso mío, hoy me toca trabajar de Presidente, pero bajo ningún aspecto voy a instrumentar o voy a llevar adelante discursos o acciones que generen nuevos fracasos en la fe y en la credibilidad del pueblo argentino.25

En el anterior párrafo se observa otra vez cómo se busca convencer que el gobierno no tiene un interés propio y que está al servicio del "hombre común", porque él mismo lo es. Aquí se producen entonces tres operaciones: la primera es una diferenciación respecto de la "clase política" (herencia de la crisis de 2001 y 2002) y una afirmación de identidad con el hombre común. La segunda, el anuncio de que el sujeto político por el cual se debe gobernar es el pueblo. La tercera, el señalamiento de que este último no posee una categoría privilegiada ni constituye un grupo especial de intereses o la sumatoria de toda la ciudadanía; "el pueblo" no tiene prerrogativas especiales, excepto la propiedad de la soberanía. Esto genera un efecto de desplazamiento simbólico del poder de decisión diferente al acto electivo. Por un lado, se reconoce a esa entidad abstracta como sujeto protagonista de la política pero, por otro, como ésta no puede manifestarse sino a través de su representación (por definición inexacta), ergo el gobierno se atribuye la patria potestad de la misma. Esto convive con una serie de condiciones institucionales que favorecen la centralidad de la figura del presidente y, por tanto, de su capacidad de estructurar la acción política por encima de la actividad de los partidos políticos (opositores y oficial), el parlamento y los movimientos sociales. Esto reduce la visibilidad (y por tanto el poder) de diferentes posiciones políticas en el escenario e instala al líder como mandatario que domina el campo.

Hasta aquí se pueden resumir algunas operaciones: a) el pueblo es el soberano y sus designios se elevan a la categoría de mandato ineludible; b) el presidente y, por extensión, su gobierno, son parte de ese sujeto e intérpretes de sus intereses; y c) por tanto, el programa del régimen es el programa del pueblo. Pero, además, en caso de que esta operación sea exitosa, el gobierno se convierte en una entidad incuestionable, porque siempre que se la impugne se estará poniendo en tela de juicio al pueblo.26 Así es como la legitimidad proviene de un lugar situado más allá de los procedimientos electorales que en Argentina habían perdido peso como forma de consentimiento en cuanto a los gobernantes y abarca al espectro (ahora sujetado) de la soberanía popular.

Pero es necesario agregar que la estrategia retórica siempre operó sobre un trasfondo: el reconocimiento de la "crisis" y, particularmente, la identificación del pueblo como una entidad dañada. Como se observa en todos los anteriores párrafos, a este metacolectivo singular se lo asocia con una situación regresiva, pues el pueblo es un sujeto dañado al que otros gobiernos le han "mentido". En otras palabras, se construye la figura de un pueblo que ha ocupado el lugar de la víctima aunque, paradójicamente, haya sido el soberano. Pero ¿por qué el gobierno necesita apelar a la soberanía del pueblo?, ¿por qué debe argumentar que responde a las demandas de toda la sociedad?, ¿por qué ha de señalar los daños infligidos a la sociedad y comprobar que es sensible a ellos?, y ¿por qué promete reparar esos daños? Los efectos políticos de la retórica cobran aquí especial protagonismo: "Yo sé que con esta ley no vamos a reparar la vida del familiar, el daño causado, pero al menos creo que el Estado, que debe representar los intereses del pueblo, está presente y trata de llegar de alguna manera con la mano reparadora a aquellos que sufrieron la afrenta de aquella fecha."27

En el párrafo precedente, parte del discurso presidencial pronunciado en un acto donde se indemnizó a las familias de los asesinados durante los conflictos de diciembre de 2001, es posible notar un desplazamiento: ya no es el gobierno, sino el Estado, el que debe representar los intereses del pueblo y el que, al hacerlo, ha de reparar los daños causados. Pero esta vez la expresión "pueblo dañado" no sólo señala y demuestra una injusticia, también la reconoce y la repara con el fin de nombrar un nuevo lugar para quienes han sufrido. En este sentido, el reconocimiento de la injusticia (demanda de los damnificados y también de muchas organizaciones sociales), la legalidad reparadora (la referencia a que la ley debe ser una garantía de igualdad aun en casos donde ésta ha sido quebrantada), y la solución vía "Estado" pueden entenderse, a la vez, como formas de dominio. En esta parte del análisis, se puede ver que las operaciones mediante las cuales se constituye al pueblo en sujeto de la política, se reconocen las faltas y los daños, y se asigna al gobierno—Estado el papel de garante de la reparación son una estrategia para procesar conflictos, demandas y expectativas.

 

Contradestinatario: "Ellos, los enemigos del pueblo"

Otro elemento característico del discurso político es el contradestinatario que cumple la función de la "contra creencia" o la creencia "invertida" (Verón, 1987). El contradestinatario permite determinar las distancias que median entre las posiciones de los amigos y los enemigos, pues la creencia del colectivo al que se pertenece se delimita a partir de las diferencias con la creencia de "los otros". Mediante el contradestinatiario es posible reafirmar la identidad del grupo del que forma parte quien enuncia y disuadir a una tercera persona (público) que quisiera entrar en el campo del enemigo político pues deslegitima, paraliza o desactiva la acción de éste. En los actos de habla, con frecuencia, este destinatario se encuentra encubierto y se hace referencia a él de manera indirecta. En general, en el marco de la producción de aserciones dirigidas a un destinatario directo, se realizan advertencias o amenazas y se busca anular al contradestinatario como interlocutor válido. Las marcas que deja en el discurso el destinatario encubierto son frases tales como "aquellos que", "esos dicen que", "los que" y otros signos con connotaciones negativas y amenazadoras (García Negroni, 1988).28

En el discurso del presidente Kirchner, los contradestinatarios29 son múltiples, pero en general aparecen asociados a una referencia: el "neoliberalismo" (o "la ortodoxia liberal"), que se circunscribe temporalmente, a "la década de los noventa" y se vincula con una serie de agentes, conductas y prácticas: "los privatizadores", "el individualismo", "los corruptos", "la vieja política". Según el interlocutor, el contexto retórico o las circunstancias, esta fuerza puede encarnar en diferentes actores, entre los que destacan los gobiernos anteriores, la oposición partidaria y no partidaria, y el FMI.

Hay muchísimos números que ya empiezan a acompañar, también hay resultados que son muy importantes en los marcos social, económico y laboral a pesar de todos los diagnósticos que hacían los sabios de la Argentina liberal que decían que aquí si no se hacía lo que decían los organismos internacionales, en forma absolutamente cerrada y ortodoxa, nuestro país explotaba. Ya había explotado, y lo habían hecho explotar ellos con el concepto y con la filosofía, porque son los mismos —y por eso hay que tener memoria, argentinos— que nos llevaron, que cultivaron, que fomentaron esta Argentina que culminó con su crisis en 2001.30

La figura de "el neoliberalismo" ocupó (y aún ocupa) un lugar fundamental en la estrategia discursiva, pues se aprovecha al máximo la recesión económica iniciada en 1998 y la crisis de finales de 2001, generadoras de un creciente desprestigio de lo que se denominó "modelo neoliberal". Este contexto fue explotado y el "modelo" representó, en la retórica presidencial, la opción inválida porque había sido la causa de los daños sociales. De esta manera se legitimaban discursivamente las políticas emprendidas por el gobierno, presentadas como contrarias al modelo anterior.31 La mencionada figura también permite dejar fuera del campo legítimo de acción a los opositores, ya que, al asociarlos con el modelo neoliberal, se los responsabiliza de una estrategia inviable no sólo económica, sino también moralmente contraria a los intereses del pueblo. En consecuencia, el modelo neoliberal se constituye en un conjunto de políticas ineficientes e inútiles para solucionar la crítica situación económica y también en el nombre de las injusticias que sufre el pueblo.32

Con idéntico mecanismo, el gobierno también intenta dominar otra fuente de conflicto. Adoptando el neoliberalismo y desatando su asociación con toda la clase política, la nueva fuerza política en el gobierno se apropió del enemigo que había definido muchas posiciones desde movimientos como el piquetero, el asambleísta y el de fábricas recuperadas, desestabilizando sus identidades. Si ahora el gobierno no es más neoliberal, puesto que discursivamente se aparta de esta política, entonces ¿quién ocupa el lugar del enemigo?, ¿se trata de otro tipo de contrincante o de una mentira, y, en tal caso, el gobierno sigue siendo neoliberal? Estas preguntas pueden ayudar a comprender muchos de los dilemas enfrentados por las organizaciones de desocupados y la relativa (y siempre precaria) cancelación del conflicto social de ruptura por parte del gobierno.

 

El Estado en el lugar del mito

Hasta aquí se han reconstruido, en la estructura del discurso de Kirchner, los diferentes procesos de articulación, desplazamiento y retórica con que el presidente reconfiguró una hegemonía que difícilmente podía anticiparse al inicio de su gestión (una muestra más del carácter contingente de la política). El gobierno adoptó al pueblo soberano como destinatario de sus decisiones pero, además, recreó una denuncia de injustas arremetidas contra el pueblo y optó por marcar una frontera de enemistad con "el neoliberalismo". Pero esto dice poco del ejercicio retórico, ya que hasta este momento pareciera que el gobierno sólo interpreta los intereses sociales y genera promesas electorales. El ejercicio del gobierno también se orienta a "descifrar" las demandas de la ciudadanía, a señalar el agotamiento de una forma de articular economía y política, y a reorganizar, lo que provoca un reposicionamiento de los diferentes actores en el escenario político.33 En el caso del gobierno de Néstor Kirchner, la estrategia se empeñó en construir la hegemonía, porque la estructuración del terreno político se operó tomando como base la relación con una fuerza particular que se ostentó como universal.34

En este sentido, hay un elemento fundamental que es preciso reconocer en toda su magnitud para observar la eficacia del discurso redentor: el lugar del Estado como herramienta de salvación. En efecto, el Estado pasó a ocupar en el discurso presidencial un lugar que contrastó con la primacía del mercado durante los años noventa.35 Esto se relaciona con los contenidos específicos de la promesa: Estado, producción y trabajo, medios para superar conflictos o mejorar la calidad de vida, que permiten alcanzar la plenitud social. Esto supone un estilo político, pues la práctica política si bien es un modo de administrar las cosas, también es una forma de organizar a la comunidad y alcanzar su "perfección", en palabras de Oakeshott (1998), o su "redención", según Canovan (1999).

En el siguiente párrafo, extraído del discurso de toma de posesión del presidente, es claro cómo se ordenan los signos que ofrecían un principio de lectura de la realidad y cómo se busca dominar las demandas y las expectativas:

Se trata, entonces, de hacer nacer una Argentina con progreso social, donde los hijos puedan aspirar a vivir mejor que sus padres, sobre la base de su esfuerzo, capacidad y trabajo. Para eso es preciso promover políticas activas que permitan el desarrollo y el crecimiento económico del país, la generación de nuevos puestos de trabajo y la mejor y más justa distribución del ingreso. Como se comprenderá, el Estado cobra en eso un papel principal, en que la presencia o la ausencia del Estado constituye toda una actitud política [...] Es el Estado el que debe actuar como el gran reparador de las desigualdades sociales en un trabajo permanente de inclusión y creando oportunidades a partir del fortalecimiento de la posibilidad de acceso a la educación, la salud y la vivienda, promoviendo el progreso social basado en el esfuerzo y el trabajo de cada uno. Es el Estado el que de be viabilizar los derechos constitucionales protegiendo a los sectores más vulnerables de la sociedad, es decir, los trabajadores, los jubilados, los pensionados, los usuarios y los consumidores. Actuaremos como lo que fuimos y seguiremos siendo siempre: hombres y mujeres comunes, que quieren estar a la altura de las circunstancias asumiendo con dedicación las grandes responsabilidades que en representación del pueblo nos confieren.36

Este mensaje del presidente Kirchner, difundido en todo el país por cadena nacional, contiene los principales elementos del mito: el Estado como instrumento de la recuperación económica, social y política, en claro contraste con las tendencias registradas durante los gobiernos de la década de los noventa. Lo primero que se observa es la connotación positiva que reviste el discurso, signo que remite a un conjunto de instituciones que organizan los bienes públicos y hace las veces de un principio de lectura de la realidad, sobre todo económica y política.

El Estado se define como motor del progreso y remedio de la desigualdad, por tanto, también como garante de la igualdad traducida en salud, educación, trabajo, vivienda y derechos constitucionales.37 Como puede verse, no se trata de un programa o plan de gobierno capaz de imprimir coherencia y garantizar viabilidad a demandas que no necesariamente se relacionan entre sí. El Estado (reparador, promotor y garante del derecho) se instituye en el lugar del "suturador" de las heridas sociales y, por tanto, se transforma en el nuevo espacio de contención de amplios sectores allí enumerados (trabajadores, jubilados, etc.).

Finalmente, el anterior fragmento culmina mostrando que el gobierno se encuentra en la doble posición ya referida: quienes lo encabezan son gente común y son los representantes de esa gente común (el pueblo). Entonces, se establecen las principales demandas que han de atenderse (crecimiento y desarrollo económico, distribución del ingreso, trabajo, etc.), aunque situadas en el contexto del nuevo papel del Estado.Así, la operación retórica permite comprender cuáles serán las coordenadas que guíen la actuación del gobierno, aunque también produce otro efecto: pueblo, gobierno y Estado comienzan a traslaparse en este escenario.

Les puedo asegurar que esta oportunidad que nos da el pueblo y la historia de tener la iniciativa en la conducción del Estado argentino la vamos a honrar con trabajo, capacidad, honestidad, esfuerzo y absoluto compromiso con los ideales que tenemos. [25–05–2003].

[...] todo el esfuerzo que podamos hacer y toda la obra pública que vamos a anunciar, que va a ser mucha y que con bastante esfuerzo la vamos a hacer, tiende a generar las bases de una Argentina distinta donde tengamos un Estado presencial, donde aparezca de vuelta no el Estado benefactor, sino el Estado que promueve, la provincia que actúa y el municipio que ejecuta, generando una clara funcionalidad donde la gente vuelva a darse cuenta que las instituciones del Estado juegan un rol fundamental. [11—08—2003].

Hemos aprendido con sufrimiento que no hay democracia sostenible con exclusión social, así como no hay economía incluyente sin un Estado que actúe como garante del bien común, presupuesto de cualquier sociedad que aspira a ser nación. [21–04–2004].

La sociedad argentina y el Estado están tomando ahora el rumbo correcto, única garantía de estabilidad política, de democracia real, elementos esenciales de nuestra seguridad institucional, aptos para radicar definitivamente beneficios en toda la región. [14–04–2005].

A primera vista destaca cómo en los anteriores fragmentos el signo "Estado" permite organizar el contexto lingüístico y simplificar la acción política. El gobierno no comunica a los ciudadanos los detalles de cada una de las políticas, pero sí anuncia los principios generales que las guían. El gobierno argentino elige al Estado para ocupar el lugar del "mito" que, en caso de ser efectivo (lo que hasta ahora no se ha analizado), brindaría un principio de lectura, reduciría la complejidad social y, con ello, estructuraría el campo de acción del gobierno, aunque también el de "los otros".38 Por un lado, se rearticulan diversos elementos de la vida social: trabajo, obra e inversión públicas, industria, instituciones, etc., lo que permitiría convertir al Estado en el elemento singular pero equivalente frente a la diversidad de las demandas sociales. Por otra parte, el Estado se instituye como garantía de bienes simbólicos más generales: democracia, crecimiento del país, bienestar social, estabilidad política y, sobre todo, inclusión social. En este sentido, el mensaje puede resumirse así: el Estado no sólo es el instrumento para responder a las demandas discretas, sino, también, justamente por eso, el que puede dar unidad y devolver su integridad a una sociedad quebrada, dislocada y dañada.

Estas promesas de inclusión, equidad y reparación como formas de alcanzar la plenitud en el marco del Estado frente a las actuaciones de los gobiernos caracterizados como neoliberales pueden entenderse como las huellas de una ruptura de la articulación hegemónica previa. Al recomponerse el discurso se devuelve a la política su carácter de ámbito para alcanzar la plenitud mediante la instrumentación del Estado. En efecto, al apelarse a una reparación plena ("inclusión de todos los argentinos") que sólo puede ofrecer el Estado, se estructuró el reverso del reconocimiento de un daño. Esto es positivo si se compara con el tipo de Estado que declaraba su impotencia frente a los procesos del mercado y a las demandas que enfrentaba, las cuales evidenciaban las limitaciones del tipo de articulación liberal entre sistema político y sistema económico. Pero estas promesas de inclusión social, si bien suponen una igualdad con cierto parecido de familia con las demandas nacidas sobre todo durante 2001 y 2002, no son ajenas a la lógica de poder. Con ellas se pretende construir el campo de acción de los otros, como se analizará más adelante en relación con las organizaciones piqueteras.

Cabe especificar que, en el caso de un gobierno, este futuro prometedor no se desarrolla de la misma forma que las prácticas políticas nacidas en otros sitios de enunciación. El gobierno posee la prerrogativa del poder institucional, lo que le confiere una ventaja, aunque a la vez se compromete a generar mínimos consentimientos mediante las decisiones vinculantes y la resolución de los conflictos capitales. En otras palabras, el gobierno, por sus funciones, no puede desplazar las promesas solamente al futuro, como sí pueden hacerlo otros sujetos políticos que, por ejemplo, actúan desde la sociedad. Por el contrario, para generar el consentimiento de la población, los gobiernos deben traer al presente pequeños retazos de la promesa futura: si la propuesta es la inclusión social, entonces el aumento de salarios, la creación de obras públicas y el abatimiento del desempleo pueden ser pruebas que se podrían explotar para lograr la consolidación hegemónica.

 

Eficacia discursiva en la disputa política: el caso del movimiento de desocupados

El espectro del pueblo soberano que había "despertado" hacia finales de 2001 fue rearticulado en un discurso kirchnerista que, a la vez que reconocía a aquél como víctima y fuente del poder constituyente, adjudicaba al nuevo gobernante un lugar de representación y una tarea de redención. Para cumplir este último fin, eminentemente político, Kirch ner tuvo que jugar en un terreno dominado por otro actor (también político) que había encarnado el rostro de la Argentina profunda y representaba el recuerdo andante de la promesa incumplida de integración social: los desocupados y sus organizaciones piqueteras. Tal vez sea en el conflicto social donde más claridad tenga la relevancia de lo discursivo para la política y la eficacia del discurso kirchnerista. En efecto, en el caso de los desocupados se aprecian todos los elementos señalados a lo largo del presente trabajo: a) el nombre "crisis" usado para designar la dislocación; b) la identificación de una víctima, el pueblo, señalado como fuente de la soberanía legítima; c) la autocaracterización del gobierno de Kirchner como genuino representante de los intereses populares; d) la identificación de un enemigo (neoliberalismo, década del noventa, etc.) causante de los daños sufridos por el pueblo; y e) el lugar asignado al gobierno de Kirchner como redentor, para lo cual cuenta con una herramienta: el Estado. En efecto, la estrategia discursiva del kirchnerismo en el campo en que se hicieron presentes los desocupados no varió de su matriz bautismal, que ya se ha desarrollado:

Es preciso siempre recordar de qué situación venimos; vamos de a poco superando con esfuerzo lo que constituyó la peor crisis de nuestra historia; vamos escalando peldaño a peldaño lo que ha sido y todavía es el calvario de la Argentina. Venimos del infierno intentando todavía salir de él, por eso debemos actuar con memoria. Deberemos repasar los hechos que marcan con toda contundencia a veces cuánto hemos avanzado, otras veces cuánto nos falta recorrer y otras tantas cuánto cuesta reconstruir lo que ha sido destruido. [Mensaje de Kirchner a la Asamblea Legislativa del 1° de marzo de 2006].

En este párrafo, también correspondiente a un mensaje a la Asamblea Legislativa, pero ahora de 2006, se usa la metáfora del infierno como tropo para nominar la dislocación de 2001. La referencia al "infierno" agrega fuerza simbólica a la imagen de la Argentina en crisis, a la vez que produce un campo operativo para que actúe el redentor del que venimos hablando. Al reconocer la crisis en términos dramáticos, el presidente desarticulaba el espacio simbólico de los movimientos, disputándoles uno de "sus" sentidos y sosteniendo, en parte, lo que ellos argumentaban. Es de esperar que tal hecho genere desconcierto, en particular por la fuerza contenida en la enunciación retórica del presidente que, desde el centro del sistema político, se apropiaba de signos elaborados por los movimientos sociales. Esto se hizo aún más evidente porque, además, en el discurso aparecía un enemigo, contradestinatario suyo (nombrado "neoliberalismo" y "década del noventa"), que había sido un espacio de convocatoria para la diversidad de identidades beligerantes. En efecto, el exceso metafórico que podrían generar las demandas del movimiento piquetero quedó oculto tras la velocidad y la eficacia del discurso del gobierno, lo que no implicó su desaparición ni el ejercicio de resistencia, y sí en cambio la imposibilidad de detener el desplazamiento que Kirchner propuso al erigirse en redentor del "pueblo" y, de esta manera, disputar con organizaciones que intentaban responsabilizarse de la redención.

Entonces se produjeron pugnas en cuanto al sentido de la crisis y de las formas de enfrentarla. Es decir, mientras que para el gobierno y algunas organizaciones de desocupados (como la Federación de Tierra y Vivienda (FTV) y el Movimiento Barrios de Pie) la crisis fue producto del neoliberalismo imperante en los años noventa, para otros se trataba de una consecuencia inherente al capitalismo.39 Incluso entre quienes atribuyeron la culpa al neoliberalismo no hubo acuerdo en cuanto al lugar que ocupaba el gobierno de Kirchner: ¿era éste el nuevo gestor del modelo neoliberal o el cambio hacia un modelo nacional—popular? En tanto que muchas organizaciones buscaban respuestas a esta cuestión, el régimen articuló en su discurso una interpelación directa a los desocupados, a las bases de los movimientos piqueteros y a las organizaciones identificadas con los símbolos nacional—populares. En efecto, la retórica de Kirchner sobre el trasfondo de esa crisis identifica con mayor claridad a las víctimas, entre las que destacan los desocupados: "El desempleo es la herida más dolorosa que pueda sufrir una Nación. De allí que nuestra prioridad está puesta en generar políticas activas de empleo para quienes sufren en carne propia ese flagelo."40

Pues bien, se tiene un contexto denominado "crisis", asociado con la metáfora del "infierno", y se tiene a las víctimas condenadas a ese infierno (el pueblo argentino, los trabajadores, los desocupados). Gracias a unas y otros, la productividad discursiva alcanza una enorme trascendencia porque la conclusión que se plantea es el reposicionamiento del lugar del Estado (y el gobierno) en la reparación de los daños. El gobierno a cargo de Kirchner que dirige el Estado es el conductor de un proceso que involucra al pueblo interpelándolo ("yo les pido que me ayuden" es una de las frases recurrentes del presidente), aunque le adjudica un lugar de "acompañante" y lo desplaza del protagonismo reclamando una especie de "monopolio legítimo de la redención".

Estamos al borde de salir del infierno, espero que el 10 de diciembre del 2007 le podamos decir al pueblo argentino que estamos en las puertas del purgatorio, pero el purgatorio en la construcción colectiva, de un país armonioso, la distribución equitativa de la riqueza, que la inversión llegue a los lugares más marginados, profundizar que se consolide la caída de la desocupación, que caiga la indigencia, que sigamos con el avance de la disminución de la mortalidad infantil. [Kirchner, 30–11–06).

La consecuencia política es nuevamente clara: hay un sólo agente legítimo para resolver los problemas de "los argentinos" y éste es el gobierno del Estado nacional. En efecto, el juego retórico tiende a reposicionar una forma de representación política que reniega de otros "gobiernos" y que se presenta como la redención de los desocupados. De lo anterior se deriva la primera estrategia del gobierno de Kirchner: reconfigurar la demanda de las víctimas de tal manera que la tarea redentora no exceda al gobierno. Con esta construcción, el presidente se enfrenta a las organizaciones de desocupados, explotando al máximo la raigambre de los sentidos nacional—populares en la subjetividad subalterna.41 Otra vez surge la disputa por los usos de "pueblo" como categoría política y como espectro de la democracia. Mientras el gobierno de Kirchner elaboraba una articulación sintagmática, las organizaciones opositoras intentaron arrancar esa representación del seno gubernamental para situarla otra vez en la calle.

En este plano, resulta indudable la eficacia del discurso presidencial que pudo explotar los sentidos nacional—populares al punto de incorporar al proyecto nacional a importantes organizaciones de los llamados "piqueteros", a la vez que logró éxitos en la contienda con las organizaciones que se mantuvieron en la oposición disputándole sentidos. Los sucesivos desplazamientos discursivos permitieron reconfigurar la demanda de los desocupados para que no excediera la responsabilidad del Estado (y del gobierno que lo gestiona). Por supuesto, no podría explicarse la eficacia de ese deslizamiento si no se considera que la operación discursiva fue acompañado por políticas sociales (Plan Jefas y Jefes, Manos a la Obra y, ahora, Familias por la Inclusión) que tendieron a dar respuestas y reforzar el "monopolio" estatal de la resolución del conflicto. Pero estas políticas que aseguran las condiciones de efectividad del discurso no pueden analizarse en este artículo y de estudiarlas se encargarán futuras investigaciones.

 

Algunas reflexiones finales

En el presente trabajo se han articulado dos objetivos centrales, uno teórico y otro empírico. En cuanto al primero, la intención era defender la relevancia de la retórica y el discurso como componentes políticos. Esto hace vana la crítica de "mera retórica" o "discurso demagógico", puesto que ambos constituyen, en alguna forma, acciones políticas, usos performativos del lenguaje con insoslayables consecuencias en materia de estructuración del campo político, asociadas a la búsqueda de consenso y, en definitiva, indispensables para construir hegemonía. La retórica tiene indudables efectos políticos.

En lo estrictamente relativo al caso argentino, se ha observado la relevancia histórica del signo "pueblo" y se ha destacado los usos discursivos que Néstor Kirchner le ha reservado con el fin de establecer condiciones propicias para reconfigurar la hegemonía. En este plano, se han reconstruido las operaciones que permitieron al presidente argentino lograr cierto dominio del ámbito político. Al reconocer la dislocación hegemónica de fines de 2001 como una "crisis" y asignar la culpa de las injusticias al "neoliberalismo", el mandatario realizó un doble movimiento simultáneo. En efecto, disputó los nombres que habían sido convocantes para la protesta social al apartarse del terreno del "enemigo" del pueblo para situarse junto a él, invocándolo y reconociendo su soberanía. Pero esta jugada fue complementada con un corrimiento del gobierno al introducir la distinción entre la "vieja clase política", enfrentada al pueblo, y el nuevo gobierno, que formaba parte (aunque no dejaba de ser representante) de ese pueblo. El resultado, como se ha visto, fue el reposicionamiento del gobierno como legítimo depositario de la soberanía popular que ofrecía la promesa de plenitud social en clave estatal.

De esta manera se evidencia la productividad del discurso político en el caso argentino y sus efectos en relación con formas de sutura hegemónica que instauran campos de acción. La hegemonía de Néstor Kirchner, amén de los aspectos económicos, debe mucho de su constitución a la eficacia de sus operaciones discursivas que, no por ser acusadas de "pura retórica" y "discurso demagógico", pierden su función eminentemente política, cuyo desarrollo debe ser investigado para avanzar en la comprensión del momento histórico de Argentina y contribuir a desentrañar las lógicas políticas en general.

 

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Notas

1 Los autores agradecen los comentarios de los dictaminadores anónimos, cuyas sugerencias han contribuido a mejorar la primera versión de este artículo.

2 A pesar de la importancia teórica e histórica del tópico, rara vez se ha estudiado de forma rigurosa y sistemática. Este artículo, sin pretender agotar la complejidad de un problema visiblemente desatendido, pretende explorarlo para encontrar claves que permitan comprender los acontecimientos actuales de Argentina.

3 El politólogo italiano se pregunta: ¿es la mayoría absoluta?, ¿es el conjunto de los ciudadanos?, ¿son los pobres, lo menos afortunados? En la misma línea, muchas de las críticas al concepto de "pueblo" se centran en su polisemia.

4 En su crítica a La razón populista, de Ernesto Laclau, Zizek (2006) repara en que el análisis centrado en lo discursivo pierde de vista que una vía fundamental para indagar el contenido del "pueblo" consiste en desentrañar la composición de las fuerzas sociales de los bloques históricos en disputa. El análisis de este aspecto, de indudable relevancia, excede los fines del presente trabajo.

5 Asimismo, es necesario reparar en la importancia de la construcción de un pueblo para el funcionamiento de la democracia. Tal como lo demostró Laclau (2006), gran parte de la tarea de la política pasa por los intentos de construir ese sujeto "pueblo" que legitime orientaciones políticas específicas.

6 Este desplazamiento "pueblo = trabajador = peronista" significó un dilema para las visiones de izquierda que muchas veces pugnaron por romper con tales asociaciones y adoptar posiciones clasistas no peronistas o colocar el signo pueblo–popular fuera del campo simbólico del peronismo.

7 En particular con la renuncia del vicepresidente Carlos "Chacho" Álvarez, luego de acusaciones de corrupción vinculadas con el hecho de que se aprobaron leyes de flexibilización laboral.

8 Los acontecimientos de diciembre de 2001 han sido tangencial mente abordados en una notable cantidad de trabajos (De Lucía, 2002; Bonasso, 2002; Almeyra, 2004), aunque es difícil afirmar que éstos se hayan realizado sistemáticamente desde la perspectiva de las ciencias sociales. De la misma forma, los procesos relacionados con la consigna "que se vayan todos", las asambleas barriales y la efímera unidad entre "piquete y cacerola" han sido objeto de diversas interpretaciones (Caffasi, 2002; Barbetta y Bidaseca, 2004).

9 No pretendemos reducir el proceso de construcción de la hegemonía a lo meramente discursivo (y, mucho menos, a lo lingüístico), pues hay factores relevantes (instituciones, estructuras y fuerzas sociales, además de bloques históricos) que deben analizarse para dar cuenta de su complejidad. Como resulta imposible abordar aquí esa totalidad, este artículo se concentra en el polo discursivo.

10 Esto se evidencia cuando se tiene presente que la política se vincula de manera íntima con las disputas por los significados y con el uso de los que une y legitima el régimen político, como, por ejemplo, los que representan las palabras justicia, igualdad y libertad. Esto implica un deseo de estructuración permanente, un juego entre inclusiones (articulaciones) y exclusiones (antagonismos) que nunca culmina.

11 Carlos Menem había obtenido 24,3% de los votos y así resultó ganador de la primera vuelta, pero abandonó la contienda electoral al conocerse diversas encuestas según las cuales alrededor de 70% de los sufragantes lo rechazaban.

12 Además, diversas opciones electorales mostraban que la población todavía aceptaba, relativamente, las propuestas de índole liberal centradas en el mercado libre. Si bien hubo una importante dispersión del voto, los candidatos López Murphy y Menem, que representaban la continuidad de las políticas de carácter liberal –aunque en cada caso con matices diferentes–, sumaron juntos casi 40% de los sufragios. Esto es un indicador de que, pese a la crisis, había un número importante de ciudadanos que todavía seguían creyendo en las promesas de un proyecto neoliberal.

13 Esto se manifiesta en la continuidad de Roberto Lavagna, ministro de economía en el régimen de Duhalde, durante los primeros años de la gestión de Kirchner y de algunas medidas como la devaluación de la moneda (que favoreció a los sectores agroexportadores) y los gravámenes impuestos a las exportaciones, que constituyeron una de las fuentes de ingreso del Estado.

14 Según Svampa (2005), en lo nacional–popular convergen tres ejes: el llamado al pueblo–nación por encima de las clases sociales, la presencia de un líder, y una política redistribucionista.

15 La Corte Suprema de Justicia y sus miembros habían sido blanco de muchos de los "cacerolazos" y de severos cuestionamientos realizados y planteados, respectivamente, por la ciudadanía. Para renovar dicha Corte fue necesario articular una "demanda" ciudadana que también rendiría sus frutos políticos al atacar un centro de poder en manos de sectores vinculados con Carlos Menem y opositores declarados del gobierno nacional.

16Al respecto, se puede interpretar el paso de la consigna "que venga Sapag" (el gobernador de la provincia), principal demanda de los manifestantes neuquinos en el primer cutralcazo (Auyero, 2002), al "que se vayan todos" de finales de 2001 y principios de 2002, como un cambio en la forma de percibir el vínculo de representación política.

17 La referencia al estilo redentor tiene su origen en el análisis de los populismos realizado por Casanovan (1999). Para esta autora, tal tipo de prácticas nace en la brecha generada entre un estilo pragmático y otro redentor; ambas dimensiones conviven dentro de las democracias occidentales, aunque en forma conflictiva, pues compiten entre sí.

18 Discurso de Néstor Kirchner al tomar posesión del cargo de presidente del país, pronunciado ante la Asamblea Legislativa el 25 de mayo de 2003.

19 Representaría un sesgo en el análisis pretender que sólo hay un destinatario del discurso y que los metacolectivos singulares, que fundan la identidad del locutor y el alocutor, se reducen a unos pocos. Según el público inmediato que esté escuchando el discurso, aquéllos van cambiando. Por ejemplo, en el discurso emitido en una reunión de camaradería de las Fuerzas Armadas (07–07–2003), el presidente privilegió el uso de "la patria", "la Argentina" y "los argentinos". En otra ocasión, ante la Asamblea Legislativa, hizo referencia a la "sociedad", "los argentinos" y "los ciudadanos" (25–05–2003). En un encuentro con la Asociación de Empresarios Argentinos, empleó expresiones como "los argentinos" y "el Estado" (02–06–2004). Pero en la mayoría de sus discursos (pronunciados en actos públicos, declaraciones en los diarios, etc.) e incluso frente a las audiencias antes nombradas, el concepto de "el pueblo" ha sido recurrente y posee un sentido distinto del que le asignaban los gobiernos previos a 2001.

20Figura que no tiene ninguna referencia a un actor social en particular (Verón, 1987).

21 A la vez que contiene ciertas aserciones, el párrafo presenta un destinatario encubierto del que el autor intenta diferenciarse en función de su estilo de representación. Librado a la interpretación de los receptores del discurso, podría tratarse de cualquier otro dirigente que haya estado en su misma posición ("no quiero hacer un manoseo más de la credibilidad de nuestra Argentina", "no me van a ver a mí tratando de mostrar un proyecto grandioso para después defraudar a todos").

22 Discurso de toma de posesión ante la Asamblea Legislativa, del 25 de mayo de 2003.

23 También el presidente usa repetidas veces la expresión "los argentinos", aunque ella ocupa un lugar similar al de la figura del "pueblo".

24 Esto se repite en otras fórmulas, por ejemplo: "Argentina, que hoy está 10 kilómetros bajo tierra, de este subsuelo" (11–08–2003).

25 Fragmento del discurso del presidente Kirchner pronunciado en el acto de firma del acuerdo con docentes del 3 de junio de 2003.

26 Es obvia la ilusión del traslado de la legitimidad del pueblo al gobierno, ya que este desplazamiento no constituye un fenómeno cuantificable ni comprobable porque todavía no se sabe si la ciudadanía acepta esa transferencia simbólica; sin embargo, como se verá más adelante, hay algunas formas de comprobar la eficacia de la estrategia. En otras palabras, no se sabe aún si la receptividad del mensaje es exitosa (De Ípola, 1987).

27 Palabras del presidente Néstor Kirchner al presentar el proyecto de ley de indemnización de las víctimas y reparación de los daños causados el 19 y 20 de diciembre de 2001 (13–02–2004).

28 Dice Kirchner: "Para aquellos que siguen amenazando desde las sombras, que sigan amenazando, que no hay problema, que la decisión está tomada, se va a llevar a cabo el 24 de marzo y es un punto de inflexión cualitativo para nuestro pueblo argentino. [...] la última decisión que tengamos que tomar por la irreflexión, por la intolerancia, por el autoritarismo, por el absolutismo, por aquellos que no entienden que en la sociedad tenemos que aprender a convivir con pluralidad y consenso y escucharnos los unos a los otros." Palabras del presidente Néstor Kirchner al presentar el proyecto de ley de indemnización de las víctimas y reparación de los daños causados el 19 y 20 de diciembre de 2001 (13–02–2004. Las cursivas son mías).

29 Hay que distinguir un matiz en el nivel retórico, "el modelo neoliberal" se coloca como fuerza "antagónica" porque el gobierno delimita su propia identidad a partir de sus diferencias con él y lo muestra como amenaza para la nación y el pueblo (colectivos a los que el régimen dice pertenecer mediante el uso constante del "nosotros inclusivo"). Dicho modelo representa un límite para la identidad del gobierno, aunque también le permite constituirla. No obstante, cuando el gobierno se relaciona con los actores concretos (sujetos definidos socialmente y no como fuerza abstracta), la relación es "agonal", es decir, no implica una ruptura total, ya que existe el reconocimiento de la legitimidad del otro y, por ende, espacios de negociación. Por ejemplo, para movilizar sus bases de apoyo, el gobierno presenta al FMI en un campo antagónico, pero al abrir negociaciones con ese organismo establece con él una relación agonal.

30 Palabras del presidente Néstor Kirchner al presentar insumos y herramientas para el desarrollo local y la economía social en el marco del Plan Jefas y Jefes de Hogar Desocupados, el 6 de enero de 2004.

31 Al respecto, puede citarse la siguiente intervención: "Tenemos que volver a planificar y ejecutar obra pública en la Argentina, para desmentir con hechos el discurso único del neoliberalismo que las estigmatizó como gasto público improductivo." Discurso ante la Asamblea Legislativa del 25 de mayo de 2003.

32 "Nosotros los conocemos porque lo vimos, nos dijeron durante toda la década del 90: tengan paciencia, esperen, que el vaso va a derramar. Derramó en hambre, en exclusión, en olvido, queridos amigos y amigas." Palabras pronunciadas en el encuentro de la militancia del 11 de marzo de 2004.

33 Por ejemplo, entre organizaciones de carácter político no orientadas a la competencia electoral, antes y después de 2003, hubo un reordenamiento, pues antiguas alianzas se rompieron y otras pasaron de la oposición al oficialismo. Tal es el caso de las relaciones entre la Federación Tierra y Vivienda y la Corriente Clasista y Combativa, que se extinguieron cuando la primera apoyó activamente al gobierno, mientras que la otra le retiró su respaldo.

34 Fórmulas como "abrir las puertas de la producción, del trabajo y del estudio para todos los argentinos" (11–03–2004) pueden ser prueba de dicha relación.

35 Lo discursivo se acompañó de políticas destinadas a incrementar el superávit fiscal: impulso de la exportación e inversión de recursos en planes sociales. La promesa de plenitud ("inclusión", "justicia" y "progreso sociales") implica un agente adecuado para hacerla realidad: el Estado. Después de décadas de un Estado deficitario, se pasó a otro superavitario. Esto fue posible gracias a un conjunto de decisiones políticas.

36 Discurso de toma de posesión del presidente ante la Asamblea Legislativa, del 25 de mayo de 2003.

37 En este sentido, llama la atención que en una suma de 60 discursos presidenciales pronunciados entre 2003 y 2004, 90 veces se haya utilizado la palabra Estado y 88 gobierno; la mayor parte de las propuestas del régimen se hacen en nombre del gobierno y se dirigen a éste, y no se presentan como iniciativas de Estado.

38 "El mito no niega las cosas, su función, por el contrario, es hablar de ellas; simplemente las purifica, las vuelve inocentes, las funda como naturaleza y eternidad, les confiere una claridad que no es la de la explicación, sino de la comprobación. Al pasar de la historia a la naturaleza, el mito efectúa una economía: consigue abolir la complejidad de los actos humanos, les otorga la simplicidad de las esencias, suprime la dialéctica, cualquier superación que vaya más allá de lo visible inmediato, organiza un mundo sin contradicciones puesto que no tienen profundidad, un mundo desplegado en la evidencia, funda una claridad feliz: las cosas parecen significar por sí mismas" (Barthes, 1999: 238–239). Citado en Aibar, 2003.

39 Las consecuencias de este tipo de argumentación son importantes, pues mientras unos se proponen superar esa forma de producción, otros sólo pretenden modificarla.

40 Mensaje a la Asamblea Legislativa del 1° de marzo de 2004.

41 Esta operación no hubiera sido posible sin dos elementos. El primero, la presencia en la subjetividad subalterna de ciertos signos asociados al rol del Estado y el gobierno en la persecución de fines colectivos propios de la matriz Estado–céntrica. El segundo, la referencia directa al papel del Estado en la demanda misma de los desocupados por "trabajo digno": tanto en las movilizaciones hacia el Ministerio de Trabajo, (realizadas para exigir empleo al gobierno) como en la negociación de los planes sociales se inscribe una estatalidad que, si bien fue condición de posibilidad de una interpelación movilizante, también marcó los límites de la protesta.