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Perfiles latinoamericanos

versión impresa ISSN 0188-7653

Perf. latinoam. v.16 n.31 México ene./jun. 2008

 

Artículos/Ensayos

 

La opinión pública mexicana en el contexto postelectoral de 2006

 

Mexican Public Opinion in the aftermath of the 2006 Elections

 

Alejandro Moreno*

 

* Doctor en Ciencia Política por la Universidad de Michigan. Profesor Investigador del Instituto Tecnológico Autónomo de México. Instituto Tecnológico Autónomo de México. Río Hondo 1, Tizapán- San Ángel C. P. 01000, México, D. F. E-mail: amoreno@itam.mx

 

Recibido el 07 de marzo de 2007.
Aceptado el 13 de junio de 2007.

 

Resumen

En este artículo se analizan diversas posturas de la opinión pública en el contexto inmediatamente posterior a las elecciones presidenciales de 2006 en México. El objetivo es determinar los componentes individuales que influenciaron la toma de una u otra postura en diversos temas del conflicto postelectoral. Se abordan preguntas relativas a la confianza en la elección, el Tribunal Electoral, la necesidad de un recuento voto por voto y la opinión ante las movilizaciones de protesta, entre otras. Se utiliza como fuente de evidencia empírica la encuesta mexicana del Proyecto de Elecciones Nacionales Comparadas (CNEP), la cual se llevó a cabo por primera vez en México en 2006 siguiendo un diseño tipo panel de dos rondas de entrevistas, una inmediatamente antes de la elección presidencial y la otra inmediatamente después de los comicios. Los resultados destacan la importancia de las predisposiciones políticas para analizar las posturas de opinión pública en México.

Palabras clave: opinión pública mexicana, elección presidencial de 2006, conflicto postelectoral, predisposiciones políticas, efecto de polarización.

 

Abstract

In this article, I analyze public opinion about the 2006 Mexican presidential election in the context of the post–election conflict. My goal is to determine which individual–level variables influenced opinions about the post–election conflict. The analysis focuses on individual positions about the election fairness, confidence in the electoral Tribunal, claims for a full recount, and the public's stands on street protests and mobilization, among others. I use the Mexican component of the Comparative National Election Project (CNEP), conducted for the first time in Mexico in 2006 as a two–wave, preelection and postelection, panel design. The results highlight the importance of political predispositions in the analysis of public opinion in Mexico.

Key words: mexican public opinion, 2006 presidential election, post–election, conflict, political predispositions, polarization effect.

 

La opinión pública mexicana en el contexto postelectoral de 20061

La competida elección presidencial del 2 de julio de 2006 no concluyó ese día ni el siguiente, sino que tuvo una secuela que duró, al menos, hasta el 5 de septiembre del mismo año, cuando el Tribunal Electoral del Poder Judicial de la Federación emitió el dictamen donde declaraba válida la elección presidencial. El candidato del Partido Acción Nacional (PAN) fue declarado ganador oficial con una diferencia de 0,56% de la votación, un poco más de 200 mil votos por encima de los que había recibido el candidato de la Coalición por el Bien de Todos. Durante las semanas que pasaron entre la elección y la calificación del Tribunal, el país vivió una profunda incertidumbre aunada a la polarización política generada por las partes, y se atestiguaron fuertes cuestionamientos al proceso electoral en particular, y a las instituciones democráticas, en general. Los ciudadanos mexicanos estuvieron ampliamente expuestos a posiciones radicalizadas y arduos debates, acusaciones mutuas entre los grupos políticos, y a diversas interpretaciones a favor y en contra de la limpieza de la elección, del papel del Instituto Federal Electoral (IFE), del recuento de votos, de las marchas y movilizaciones, de la cobertura mediática de éstas y, por último, de la calificación que sobre la elección hiciera el Tribunal Electoral.

El "conflicto postelectoral", como lo llamaron los medios de comunicación, había trascendido el espacio de lo público y se había vuelto un tema recurrente de discusión y polarización en los hogares mexicanos. El sentimiento predominante entre la gente, según algunas mediciones de opinión pública que se describirán más adelante, era de indignación, primero, y de resentimiento, después. Pocos hablaban de respeto y confianza. La controvertida elección y su secuela daban lugar a la sospecha: los ataques a las instituciones, por un lado, y las negativas de realizar un recuento total, por otro, tan sólo inflamaban esa sospecha. En un diagnóstico del México postelectoral, Pamela Starr argumenta que "el pobre manejo de flujo de información por parte del IFE en torno al conteo de votos alimentó la desconfianza característica de la izquierda en las instituciones electorales, lo cual contribuyó a ampliar la percepción de irregularidades en la elección" (Starr, 2006: 10). El politólogo Andreas Schedler describió la situación como una oportunidad para la movilización de la desconfianza: "Las imperfecciones burocráticas, judiciales y políticas que surgieron durante el proceso electoral no hicieron de éste un proceso no democrático, pero sí lo hicieron vulnerable a la movilización estratégica de la desconfianza popular" (Schedler, 2007).

El contexto político posterior a las elecciones presidenciales de 2006 es un fenómeno cuya complejidad puede abordarse desde distintas perspectivas. En este artículo el enfoque ha elegido una en particular: el estado y la naturaleza de la opinión pública mexicana bajo ese contexto de intensa disputa política. La intención es desarrollar modelos explicativos de respuesta o postura individual que permitan entender las dinámicas de la opinión pública en el país.

¿Cuál era el estado de la opinión pública en los días del "conflicto" postelectoral? ¿Qué explica las posturas de los ciudadanos en ese contexto? De acuerdo con los resultados obtenidos en la muestra postelectoral mexicana del Proyecto de Elecciones Nacionales Comparadas (CNEP) realizada en julio de 2006, 50% de la población entrevistada afirmó que los resultados de la elección presidencial eran "plenamente confiables", mientras que 45% decía que había "razones para dudar" de ellos. El 38% de los mexicanos entrevistados aseguraba que en la elección "hubo fraude", frente a 51 % que dijo que no hubo tal. Además, mientras que 40% de los encuestados manifestaba que era necesario realizar otro conteo voto por voto, 56% opinaba, en su momento, que eso "no es necesario". Las posturas públicas estaban claramente encontradas y, aunque en la mayoría de las preguntas planteadas prevalecía una opinión favorable a cómo se habían llevado a cabo los comicios, el porcentaje de duda, sospecha y acusación fue, en todo momento, significativo. Al menos un tercio de los mexicanos lo cuestionaba, incluyendo su secuela. Ocho meses después de la elección presidencial, y a tres de que Felipe Calderón había tomado posesión como Presidente, el porcentaje de mexicanos que pensaba que la elección había sido fraudulenta seguía siendo casi el mismo que al inicio del "conflicto" postelectoral. Una encuesta nacional reportada en el diario Reforma el primero de marzo de 2007 informaba que 54% de los entrevistados sostenía que la elección del 2 de julio había sido legítima, frente a 34% cuya respuesta decía que "fue fraudulenta" (Moreno y Mancillas 2007).

Antes de analizar con más detalle las posturas públicas de los mexicanos en el contexto postelectoral, se impone un breve repaso de las explicaciones teóricas sobre la formación y expresión de las opiniones políticas. En primer lugar, se puede decir que ellas reflejan en buena medida el contenido informativo en una sociedad en un momento dado. Los comunicólogos han analizado el ambiente informativo prevaleciente en términos de agenda setting, y afirman que los temas que se enfatizan en los medios de comunicación masiva suelen ser vistos por los ciudadanos como los más importantes (Iyengar y Kinder, 1987). No hubieron temas más prominentes en la cobertura y discusión de los medios durante los días del proceso postelectoral que las diversas facetas de lo que tendió a llamarse el "conflicto" postelectoral: el reclamo del recuento de votos, las marchas y movilizaciones, la demanda de anulación de la elección y el acto simbólico de toma de posesión como "presidente legítimo" del ex candidato perredista, Andrés Manuel López Obrador. A la cobertura de medios electrónicos e impresos tradicionales se sumó, aunque fuese para una reducida minoría, una campaña y su contracampaña por Internet y correo electrónico. Algunos de los ataques más voraces y de las posturas más radicalizadas del "conflicto" postelectoral se dejaron ver vía e–mail. Mensajes de diversas fuentes acusaban el "fraude" y la "imposición" de un candidato panista "espurio", por un lado, o se mofaban de la derrota del candidato de la izquierda, por el otro. Pasiones, más que razones, se vertían en los contenidos que viajaban por el ciberespacio para persuadir o reforzar la creencia de los destinatarios de una u otra postura.

Un segundo aspecto teórico relativo a la formación y expresión de opiniones es el uso de los marcos de referencia, o framing, que se utilizaron en la discusión pública. No sólo importa qué hay en la agenda, sino también cómo se presentan los temas a los ciudadanos y cuáles son los referentes a través de los cuales se entienden e interpretan los fenómenos políticos. Los frames o marcos de referencia utilizados en la discusión o debate público son "estructuras interpretativas inmersas en el discurso político. Bajo este uso, los frames son armas retóricas creadas y afiladas por las elites políticas para apoyar sus intereses e ideologías. Quizás con frecuencia, también son hábitos periodísticos implícitos e inconscientes más que intentos explícitos de persuasión. En cualquiera de sus formas, los frames son una parte central del debate político" (Kinder y Sanders, 1996: 164). Uno de los frames o marcos de referencia utilizados en la secuela del 2 de julio por quienes dudaban del resultado electoral fue el de comparar la elección de 2006 con "el 88", esto es, con un proceso electoral en el que se creía ampliamente en el fraude. Otro marco constante de referencia perredista era la teoría del "complot" que venía desde antes, acaso desde el episodio del desafuero del entonces Jefe de Gobierno del D.F., entre 2004 y 2005. La teoría de la conspiración no se limitaba a la posibilidad de que hubiese habido fraude en contra del candidato del PRD, sino que cubría también la visión de que cualquier comentario crítico o desfavorable al perredista no era una expresión libre de opinión, sino parte del "complot" en su contra. No había lugar para la discrepancia. Con relación a esto, la encuesta CNEP registró en julio de 2006 que 31% de los encuestados le creía a López Obrador cuando afirmaba que había un complot en su contra, mientras que 60% no lo aceptaba.

Un tercer elemento para entender la naturaleza de la opinión pública es que los individuos que manifiestan opiniones no sólo reflejan información obtenida de última mano acerca de los fenómenos políticos, sino que aplican actitudes u orientaciones previas, también llamadas valores por default (Popkin, 1991). "Toda opinión es un enlace de información y predisposición", según argumenta John Zaller en su teoría de opinión pública (Zaller, 1992: 6). La información es el referente para la opinión, y la predisposición es la que conduce al individuo a concluir o a tomar una postura sobre dicho referente. Los frames referidos en el párrafo anterior suelen ser elementos que activan las predisposiciones o rasgos valorativos del individuo, de manera que éstas den forma a la expresión de opiniones como las que miden las encuestas. La opinión pública acerca del "conflicto" postelectoral se presta para ser un claro ejemplo acerca de cómo la información (junto con los marcos de referencia que hay en ella) se conjuga con predisposiciones y valores previos para dar origen a las opiniones. Entre las predisposiciones más comunes en la opinión pública se encuentran las orientaciones o identificaciones partidarias, así como las orientaciones ideológicas.

Un componente central en todo esto es que los individuos que conforman la opinión pública varían enormemente en su grado de información política (Converse, 1964), así como en el nivel de exposición y atención al discurso de las elites políticas (Zaller, 1992). Aquéllos que siguen las señales de las elites suelen ser individuos relativamente más informados, por lo que las posturas de los ciudadanos en esos segmentos suelen reflejar más nítidamente las posturas de las elites. De acuerdo con Zaller, si las elites políticas se encuentran marcadamente divididas o polarizadas con respecto a un tema específico, los segmentos más informados de la opinión pública, afines o contrarios por predisposición a cada una de las posturas encontradas de las elites, también estarán marcadamente divididos. A esto Zaller lo llama "efecto de polarización" (Zaller 1992). Por el contrario, si las elites muestran acuerdos o posturas similares hacia ciertos temas, el efecto observado entre los ciudadanos es más probable que sea de "consenso" (en inglés, Zaller lo denomina efecto mainstream).

Puede, por lo tanto, haber temas en los que las elites suelen mostrar posturas más polarizadas que los ciudadanos, de lo que un ejemplo reciente en México lo han documentado Bruhn y Greene (2007). En esa investigación se muestra que los candidatos al Congreso mostraban una marcada polarización en temas de política pública en 2006, mientras que los ciudadanos se caracterizaban por una moderación de posturas en dichos temas. Desafortunadamente, Bruhn y Greene no ofrecen una segmentación por niveles de información en el público para determinar si hay o no una polarización entre los ciudadanos más informados, como esperaría Zaller. Algunas pruebas empíricas de segmentación por información y control por predisposición política ayudarían a concluir más claramente si la polarización estuvo o no ausente en el público mexicano, al menos en los temas abordados por los autores. Precisamente, otra limitación de la investigación de Bruhn y Greene es que analizan temas de política pública en los que no se centró tanto la discusión política polarizante durante las campañas y definitivamente no eran tan polarizantes como el tema del desafuero de López Obrador en 2005, o los temas de controversia postelectoral de 2006. Por ejemplo, el hecho de que la mitad de los ciudadanos evaluara los comicios como plenamente confiables y casi la otra mitad dudara de ellos, es un fuerte indicador de una profunda división de opiniones, ante la cual habría que determinar si se trata o no de un fenómeno denominado "polarización".

El objetivo de este análisis es determinar los componentes individuales que influenciaron la toma de una u otra postura de opinión pública en el contexto postelectoral de 2006. Para ello, el análisis se guía con la formulación de Zaller la cual señala que toda opinión combina información y predisposiciones. La especificación de modelos estadísticos refleja esa perspectiva teórica, y los resultados indican que, efectivamente, ciertas predisposiciones políticas, particularmente el partidismo, son influencias muy importantes en la toma de posturas en temas públicos. Pero antes de revisar los resultados del análisis, es necesario abundar en los detalles de los datos y métodos empleados.

 

Datos y método

La fuente de evidencia empírica utilizada en este artículo es el componente mexicano del Proyecto de Elecciones Nacionales Comparadas (CNEP, por sus siglas en inglés), realizado entre junio y julio de 2006. El CNEP se ha llevado a cabo en varios países y ha dado lugar a una literatura que se enfoca particularmente al estudio de los efectos de la intermediación política en los ciudadanos y los votantes (Gunther, Montero y Puhle, 2007). La encuesta mexicana se inserta en la tercera etapa del CNEP a nivel internacional, referida como CNEP III. El proyecto replica un cuestionario base en diversos países después de que éstos efectuaron elecciones nacionales. En México, el diseño de la encuesta fue de tipo panel que aplicó una primera ronda de entrevistas realizada durante la semana previa a la elección presidencial (del 19 de junio al 1 de julio) y una segunda iniciada dos semanas después de las elecciones (16 de julio al 31 de agosto). En la primera ronda se hicieron 2 014 entrevistas y en la segunda 2 102 (incluyendo una muestra transversal nueva de 599 entrevistas para corregir posibles sesgos del panel por tasa de respuesta y contaminación). Un total de 1 503 personas fueron entrevistadas en ambas rondas (Fuentes y Moreno, 2007).

Además de las preguntas del cuestionario base del CNEP, la encuesta mexicana planteó preguntas específicas sobre el contexto postelectoral, diseñadas con el propósito de documentar ese episodio de la elección mexicana. El cuadro 1 muestra dichas preguntas y las distribuciones de respuesta obtenidas; la mayor parte se analiza en este artículo de forma estadística. Para ello se desarrolló un modelo de regresión logística para las opiniones expresadas sobre diversas temáticas del "conflicto" postelectoral. Cada pregunta mostrada en el cuadro 1 se utilizó como variable dependiente –escogiendo una de las posturas relevantes– y se delimitó un grupo básico de variables independientes: rasgos socioeconómicos del entrevistado, nivel de información, identificación partidista, religiosidad, y actitud hacia la democracia. Este conglomerado de variables responde al interés de probar el efecto de la información en conjunto con las predisposiciones políticas de los mexicanos, controlando por rasgos socio–demográficos. Las variables independientes fueron registradas en la segunda ronda de entrevistas, en julio, junto con las preguntas que sirven como variables dependientes. Sin embargo, y tomando ventaja del diseño panel del estudio CNEP III–México, en el modelo también se incluyó la preferencia presidencial medida en la primera ronda, es decir, en junio, de manera que ésta no estuviese contaminada por el contexto postelectoral y pudiera servir como un factor exógeno.

El modelo puede ser formalmente descrito de la siguiente manera:

Opiniónt1 = c + Información + Predisposición + Democracia + Pref. Elec.t–1 + Rasgos

Para representar la información se construyó un índice de seguimiento de noticias en televisión, radio y prensa por el cual se generó varianza estadística entre los entrevistados con respecto al grado de exposición y/o recepción noticiosa a la que estuvieron sujetos. Entre tanto, la predisposición aborda diversas orientaciones políticas del ciudadano: la identificación partidista con el PAN, el PRI o el PRD, así como la postura de los entrevistados en una escala ideológica de izquierda y derecha. El factor democracia se refiere a las actitudes de apoyo a y satisfacción con ese sistema político. El interés de incluir estas variables se debe a que incorporan factores de cultura política y de evaluación a las instituciones. Por ejemplo, para explicar la postura a favor o en contra de anular la elección presidencial, se podría predecir, aún sin ver los análisis estadísticos, que los partidarios del aparente ganador se opondrían a la anulación, mientras que los partidarios del perdedor estarían a favor. Pero, ¿qué hay de la convicción democrática y de la evaluación al funcionamiento democrático? ¿Son acaso un factor importante para tomar una postura específica independientemente de las predisposiciones partidarias? Hay posturas de opinión que reflejan una orientación partidista, es decir, que reflejan la inclinación político–partidaria de los entrevistados. Por ejemplo, la satisfacción con la democracia se manifiesta dependiendo de si el partido con el que uno simpatiza está en el poder o fuera de éste. Michael Bratton se refiere a este fenómeno como el "efecto de la alternancia", un fenómeno visible en las sociedades africanas, de acuerdo con los registros del Afrobarómetro (Bratton, 2004), y similar al "efecto perdedor" observado en otras sociedades (Anderson et al., 2005).

Finalmente, la preferencia en t–1 (Pref. Elec.) se refiere a la intención de votar por uno u otro candidato en la primera ronda de entrevistas, mientras que rasgos incorpora diversas mediciones sociodemográficas: sexo, edad, escolaridad, nivel de ingreso, clase social subjetiva y religiosidad (o frecuencia con la que el entrevistado asiste a servicios religiosos). Para analizar las variables dicotómicas de las opiniones medidas por separado, se utilizó un modelo de regresión logística, mientras que para analizarlas de manera agrupada, como se describirá más adelante, se utilizó un modelo probit ordenado. En la siguiente sección se muestran los resultados de los análisis.

 

Resultados

El cuadro 2 muestra los resultados de regresión logística para cada una de las 11 variables mostradas en el cuadro 1. Como puede apreciarse, las variables explicativas más consistentes de las posturas postelectorales son las referentes a la identificación partidaria de los entrevistados. Identificarse con el PAN o con el PRD, y en algunos casos con el PRI, es el factor más importante detrás de las opiniones vertidas en la encuesta sobre el "conflicto" postelectoral. El signo de los coeficientes que alcanzan significancia estadística indica que la confianza en las elecciones, aceptar un triunfo electoral menor al 1% de la votación, creer que el Tribunal Electoral calificaría la elección de manera justa, y considerar que la anulación de la elección sería malo para el país eran opiniones mucho más probables de ser expresadas por los seguidores panistas y, por contraparte, mucho menos probables de hallar entre los perredistas. En contraste, apoyar un recuento voto por voto, creer que hubo fraude, justificar las impugnaciones de López Obrador a la elección, justificar las marchas y movilizaciones postelectorales y creer en la teoría del complot eran opiniones visiblemente más comunes entre los perredistas y claramente rechazadas por los panistas. Esto significa que las opiniones relativas al contexto postelectoral estaban claramente cargadas de sentimientos partidarios, por un lado, y que dichos sentimientos se centraron fundamentalmente en los simpatizantes del PAN y del PRD. Los únicos casos en donde la identificación priista resulta estadísticamente significativa en el análisis se observan en la justificación de las impugnaciones hechas por López Obrador, en la teoría del complot del mismo candidato perredista y en la confiabilidad de los resultados de la elección: en los dos primeros el coeficiente de regresión para los priistas es negativo, lo cual significa que los seguidores de ese partido tenían probabilidad de no aceptar las impugnaciones ni de creer los argumentos de complot, mientras que en el último el coeficiente es positivo, denotando la confianza priista en el proceso.

Este primer análisis de resultados, en los que se denota un fuerte componente partidario de las opiniones de los ciudadanos, cuestiona lo argumentado por Bruhn y Greene con respecto a la débil movilización partidaria que observan en el nuevo sistema mexicano de partidos. Según esos autores, "[p]arece que el contenido temático de las batallas partidistas en la política electoral mexicana no se ha arraigado en el nivel de las masas" (Bruhn y Greene, 2007: 142). Sin embargo, los resultados mostrados en el cuadro 2, relativos al efecto del partidismo en las opiniones, demuestran justamente lo contrario: los partidos mexicanos movilizan a la opinión pública de manera importante y los ciudadanos partidistas suelen responder con efectividad a tal movilización. En posturas claramente encontradas entre los liderazgos partidarios, los mexicanos afines a cada grupo político reflejan dichas posturas de manera importante. Más adelante se verá el grado en que el nivel de información –aparentemente insignificante en muchas de estas posturas– actúa sobre la expresión de opiniones ciudadanas.

Además del partidismo, las posturas políticas de izquierda y derecha también se relacionan con varias de las opiniones expresadas en el contexto postelectoral. Los ciudadanos que se autodefinen de izquierda fueron particularmente responsivos a los mensajes de impugnación y protesta del liderazgo perredista, y mucho más probables de sumarse a las demandas de un recuento voto por voto. Sin embargo, la confianza en las elecciones y en el Tribunal Electoral no tenía un sesgo ideológico marcado, según los resultados mostrados en el cuadro 2. Esto significa que la confianza no estaba atada a una predisposición ideológica, sino que era expresada en ambos lados del espectro ideológico.

El efecto de las actitudes hacia la democracia en las opiniones políticas postelectorales revela una serie de fenómenos importantes. En principio, es notable y entendible que la convicción democrática sea significativa al explicar la aceptación de un triunfo electoral de menos de 1%, o que sea una base de apoyo y confianza en el Tribunal Electoral. Ambos indicadores muestran que la preferencia por la democracia como sistema de gobierno entre los mexicanos conlleva acuerdos por estos aspectos institucionales y de procedimiento. Aunado a ello, la convicción democrática también se relaciona significativamente con la demanda de un recuento voto por voto, lo cual quiere decir que dicha demanda no solamente tenía resonancia entre los seguidores de López Obrador, sino también entre ciudadanos demócratas convencidos, independientemente de su orientación política. Los resultados a este respecto muestran que la demanda del voto por voto trascendía a los perredistas, e incluía también a ciudadanos que apoyan un sistema democrático, más allá de sus filias partidarias.

De manera opuesta a la preferencia por la democracia, la satisfacción democrática pareciera tener un tinte más partidista. Quienes se dicen satisfechos con el funcionamiento de la democracia en el país, manifiestan opiniones similares a las de los panistas, mientras que los insatisfechos con la democracia toman posturas mucho más cercanas a las de los perredistas. En otras palabras, la satisfacción con la democracia parece cargada de un fuerte sentimiento partidario, similar al "efecto alternancia" de Bratton enunciado arriba. Cabe destacar que la satisfacción con la democracia es una de las variables más significativas del modelo, aún siendo controlada por los efectos de la identificación partidista y, como se verá en el siguiente párrafo, por la preferencia electoral.

La preferencia por los candidatos presidenciales, medida en la ronda preelectoral (t–1), también es un factor explicativo significativo en casi todos los casos de opinión mostrados en el cuadro 2. Los seguidores que Felipe Calderón tenía en junio, mostraron una mayor probabilidad de manifestar confianza en las elecciones en el mes de julio, así como de aceptar un triunfo electoral menor al 1% de la votación, de creer que el Tribunal Electoral calificaría la elección de manera justa, y de considerar que la anulación de la elección sería mala para el país. Por su parte, quienes en junio dijeron apoyar a López Obrador tenían más probabilidad de demandar un recuento voto por voto luego de la elección, de creer que hubo fraude, de justificar las impugnaciones al proceso, de justificar (que no necesariamente participar en) las marchas y movilizaciones postelectorales, y de creer en la teoría del complot expresada continuamente por el excandidato perredista. La preferencia previa por Roberto Madrazo resultó poco significativa, estadísticamente hablando, para explicar las diversas posturas del "conflicto" postelectoral, pero hay dos casos que merecen mención. De acuerdo con los resultados de los análisis de regresión, los votantes madracistas de junio expresarían luego, en julio, que el Tribunal Electoral sí sería justo al calificar la elección, y que la anulación de los comicios sería una mala noticia para el país. Los seguidores del candidato del pri confiaban en la institución en la cual, en última instancia, quedó la responsabilidad de calificar la elección, y manifestaban su desacuerdo con una posible anulación de los comicios.

Los factores sociodemográficos incluidos en el modelo son, en general, débiles predictores de las posturas de opinión en el contexto postelectoral, según los análisis mostrados en el cuadro 2. El efecto del sexo del entrevistado alcanza significancia estadística en sólo dos de las once variables analizadas: las mujeres presentaron mayor probabilidad de no justificar las impugnaciones de López Obrador a la elección, y de mostrar cierto pesimismo por el futuro de la democracia en el país. Por otra parte, la edad resulta moderadamente significativa en cuatro casos: los más jóvenes mostraron más probabilidad de expresar una postura a favor del recuento voto por voto, de respaldar las impugnaciones de López Obrador a los comicios, de cuestionar la imparcialidad del Tribunal Electoral, y de manifestar que la anulación de la elección sería algo positivo para el país. La escolaridad resulta significativa como una base de confianza en el Tribunal Electoral: a mayor escolaridad mayor confianza. En el caso de la clase social subjetiva, esta variable alcanza significancia estadística en uno de los once casos, y lo hace de manera poco esperada: a mayor clase social subjetiva, mayor probabilidad de justificar las marchas y movilizaciones perredistas.

Finalmente, el efecto de la variable de información, representada por el seguimiento de noticias en televisión, radio y prensa, resulta significativo en cuatro de las once variables dependientes: justificación de las impugnaciones hechas por López Obrador, justificación de las marchas y movilizaciones, la credibilidad de la teoría del complot, y la creencia de que la democracia sería fortalecida luego del proceso postelectoral. En tres casos el efecto es positivo: a mayor exposición a noticias en los diversos temas mencionados, mayor probabilidad de tomar las posturas descritas.

Hasta aquí, las variables dependientes u opiniones se han analizado por separado, pero es evidente que algunas de ellas reflejan puntos de vista o posturas similares ante el "conflicto postelectoral" y son explicadas por variables en común. Un análisis de factores por componentes principales (con rotación tipo Varimax) confirma que las once variables forman dos factores o dimensiones: el primero reúne a las variables relativas a la demanda de un recuento, la creencia de que hubo fraude, la justificación de las impugnaciones, la justificación de las marchas y movilizaciones, y la creencia en la teoría del complot, (este factor explica 35,4% de la varianza total). Por otro lado, el segundo factor se compone de las seis variables restantes: confianza en la elección, confianza en los resultados, creencia en la legitimidad de un triunfo cerrado, confianza en el Tribunal Electoral, creencia en que la democracia se fortalecerá, y la postura de que anular los comicios sería pernicioso, (este factor explica 19,4% de la varianza total). De esta manera, las diferentes vertientes de opinión medidas por la encuesta CNEP en la coyuntura postelectoral pueden agruparse en dos dimensiones que, con base en el análisis de factores, llamaremos una dimensión de desconfianza en el proceso electoral (primer factor) y una dimensión de confianza en las instituciones y procesos democráticos (segundo factor).

Con base en la información de estas dos dimensiones o factores se realizará, nuevamente, un análisis multivariado con el mismo modelo o conjunto de variables explicativas mostrado en el cuadro 2. El propósito es ofrecer un modelo lo más exhaustivo posible que explique las posturas de la opinión pública en el contexto postelectoral. Con esa finalidad, se construyeron dos variables dependientes a través de índices aditivos de los indicadores binarios analizados hasta ahora. El índice de desconfianza electoral agrupa las variables correlacionadas en el primer factor descrito en el párrafo anterior y arroja una alfa de Cronbach de 0,88, lo cual indica que la fiabilidad del índice es alta. La escala resultante es de 0 a 5, donde el 0 significa que la persona entrevistada no asume ninguna de las posturas de desconfianza al proceso electoral (desconfianza nula) y 5 significa que la persona asume las cinco posturas de desconfianza (desconfianza alta). Los valores intermedios representan el número de posturas de desconfianza asumidas. Por su parte, el índice de confianza democrática agrupa al resto de las variables, arrojando una alfa de Cronbach de 0,74, y resultando en una escala de 0 a 6, donde 0 significa completa desconfianza en las instituciones y procedimientos democráticos y 6 alta confianza democrática. (Los porcentajes de cada categoría en ambas variables dependientes se muestran en la nota al pie del cuadro 3).

En este análisis, puesto que las variables dependientes son ordinales (de 0 a 5 y de 0 a 6) se empleó un modelo probit ordenado para la estimación. Los resultados se muestran en el cuadro 3. De acuerdo con los coeficientes derivados, así como sus respectivos niveles de significancia estadística, la exposición a noticias a través de los medios tiene un efecto positivo en ambas variables: a mayor exposición noticiosa mayor desconfianza en el proceso electoral, pero también mayor confianza en las instituciones y procedimientos democráticos. Este resultado sugiere que, tanto en una como en otra postura encontradas, el grado de exposición a la información noticiosa es importante.

La variable de orientación ideológica de izquierda y derecha resulta significativa para explicar la desconfianza electoral: los mexicanos que se autodenominan de izquierda propenden más a desconfiar en el proceso electoral (como ya se ha mencionado) que los de derecha. Sin embargo, la ideología no es un discriminante, estadísticamente hablando, de la confianza democrática: tanto la izquierda como la derecha expresaron posturas similares en este rubro, como lo evidencia la falta de capacidad explicativa de la variable. Esto puede interpretarse como una buena noticia para la democracia en el país, ya que dicha forma de gobierno no es cuestionada por distintas corrientes ideológicas. No obstante, sí lo es cuando se incorpora el partidismo a la discusión.

El partidismo, como se ha mostrado en este trabajo, fue uno de los determinantes más importantes de las posturas de opinión pública en el contexto postelectoral de 2006. Los panistas confiaban en la elección y en las instituciones ligadas a ésta, mientras que los perredistas desconfiaban de ambas. Esto confirma que las posturas ciudadanas reflejaron nítidamente las corrientes discursivas de los partidos y sus líderes. Los perredistas, por ejemplo, respondieron bastante bien a la "movilización de la desconfianza". Esto se confirma con la preferencia electoral (medida en la ronda de entrevistas previa), que muestra un patrón similar de influencia en las opiniones al del partidismo.

En los resultados del modelo probit ordenado se confirma también, la significancia de la variable de satisfacción con la democracia, la cual, como se apuntó antes, refleja un tinte partidista evidente: los insatisfechos con la democracia desconfiaban de la elección, mientras que los satisfechos con la democracia confiaban en el proceso y en las instituciones que lo enmarcaron. Lo más revelador de la relación entre las actitudes hacia la democracia y las posturas de opinión en el contexto postelectoral es que el apoyo abierto a la democracia estaba vinculado significativamente con la confianza en los procedimientos e instituciones, como sería de esperarse, de manera que los mexicanos que dicen apoyar a la democracia lo reflejan con sus respuestas en otros rubros afines. En contraste, esta variable no explica las posturas de confianza o desconfianza hacia el proceso electoral, lo cual conlleva la idea de que alguna parte de la desconfianza se manifestaba también entre los demócratas.

Por último, el modelo mostrado en el cuadro 3 indica que las variables sociodemo–gráficas no contribuyeron de manera significativa a explicar las posturas encontradas de opinión (agregando los diversos indicadores) en el episodio postelectoral. La única excepción observada en el cuadro 3 es la edad, que sugiere que la desconfianza en el proceso electoral era más común entre los mexicanos jóvenes. Sumado a los hallazgos previamente mencionados, esto significaría que el discurso de movilización de la desconfianza tuvo a su público más receptivo en los mexicanos adultos de menores edades, y no tanto entre los mayores. Esto se deriva de los resultados estadísticos de las once variables dependientes agrupadas en dos.

Retomando el análisis de las variables de opinión por separado, se desagregarán ahora las opiniones por niveles de información y por predisposiciones políticas, de manera que se pueda ahondar un poco más en la discusión acerca del grado de polarización o consenso de cada una de las opiniones analizadas. Tómese como punto de inicio la confianza en los resultados electorales, asunto que de entrada pareció altamente polarizante. La proporción de opiniones que afirmaba que los resultados electorales habían sido plenamente confiables es de 50%. Esto significa que la probabilidad estimada de dar esa respuesta y que deriva de los análisis de regresión logística es 0,5. Las probabilidades estimadas por el modelo logístico (usadas en el cuadro 2) servirán, en esta parte del análisis, para hacer cortes por segmentos en la encuesta.

El grado de polarización de opiniones con respecto a si los resultados electorales eran confiables es muy notable. Para el grupo de los panistas entrevistados, la probabilidad media de pensar que los resultados eran confiables corresponde a 0,81, mientras que, entre los priistas, era de 0,57 y entre los perredistas de 0,11. El segmento de ciudadanos no partidistas tenía una probabilidad promedio de 0,46.

Estos resultados pueden verse gráficamente en la figura 1 y muestran el grado de división de opiniones por predisposición política partidaria. ¿El nivel de información hace alguna diferencia adicional? En este caso, en particular, la exposición a noticias en los medios de comunicación contribuye moderadamente a la varianza de opiniones. Por ejemplo, agrupando el nivel de exposición a noticias en cuatro categorías (baja, media baja, media alta y alta), la probabilidad de que los panistas expresaran que los resultados eran "plenamente confiables" dentro de cada subgrupo fue 0,76, 0,79, 0,82 y 0,86, respectivamente. En otras palabras, cuanto más informado era el simpatizante panista, más probable era que tomara una postura de confianza en el resultado electoral. La diferencia, sin embargo, entre el grupo de panistas menos informado y el más informado es equivalente a 10 puntos porcentuales. En el caso de los priistas también se observa una relación monotónica, pero en ésta la varianza es mínima, con una diferencia de probabilidad promedio entre el nivel de información bajo (0,55) y alto (0,60) de tan sólo 0,05 puntos. En el caso de los ciudadanos no partidistas este efecto de información entre segmentos bajo y alto es de 0,08 puntos y entre los perredistas tan sólo de 0,02 puntos. Estos efectos moderados se ven en la falta de significancia estadística del coeficiente respectivo en el cuadro 2.

Hay dos interpretaciones para esta baja varianza en información para el caso de algunas variables por separado (recuérdese que en el análisis del cuadro 3, donde se agrupan las variables, el grado de información sí resulta significativo). La primera es que el tema de los resultados electorales fuese tan ampliamente generalizado que la información adicional ofrecida por los medios al respecto tuviese rendimientos marginales en el nivel de información de la ciudadanía: casi todo mundo sabía que el "conflicto" postelectoral había surgido por, o estaba relacionado con, la falta de confianza en los resultados de la elección, aunado a que la diferencia de apoyo entre un candidato y otro fue mínima. Otra interpretación es que la postura hacia los resultados electorales, independientemente de lo que dijeran los políticos, los analistas y los oficiales del IFE, el ambiente postelectoral ya se había desarrollado como una firme creencia entre los ciudadanos, independiente de toda nueva información. Hay que recordar que López Obrador comenzaría a señalar indicios de fraude desde antes de las elecciones, promoviendo la idea entre sus partidarios y ocasionando que los de sus adversarios la resistieran. En otras palabras, la "movilización de la desconfianza" inició antes del día de la elección y, por ende, ya estaba más o menos cristalizada en el contexto postelectoral.

La variable donde el nivel de información resulta más significativo estadísticamente en las regresiones es en la percepción acerca de si la democracia se fortalecerá o debilitará luego del proceso. Para el total de la muestra, la diferencia en probabilidad promedio entre el segmento menos informado y el más informado es de 0,16 puntos (de 0,38 a 0,54), mientras que la varianza más alta por información se observa entre los panistas (0,56 a 0,73), con una diferencia de 0,17 puntos. Lo que realmente influye en la diferencia de opinión en estos casos no es la información, sino las predisposiciones políticas como el partidismo. Esto nos lleva a concluir que la polarización de opiniones y posturas en el contexto de 2006 estaba fuertemente cargada de sentimientos partidarios.

El siguiente y último análisis muestra algunos de los temas más polarizantes y otros no tanto en la opinión pública del contexto postelectoral. En este análisis se consideran las predisposiciones ideológicas de los entrevistados en lugar del partidismo, lo cual significa que cualquier polarización de opiniones observada sería aún mayor si se controlan los efectos de las variables por identificación partidista. Para ese propósito se agrupó a los entrevistados en categorías de izquierda y derecha dependiendo de su autoubicación en la escala ideológica. La presentación gráfica se basa en las probabilidades derivadas del análisis de regresión logística mostrada en el cuadro 2, y agregada como promedios de grupos.

La figura 2 muestra un grupo selecto de variables polarizantes por predisposición ideológica y por nivel de información (representado empíricamente por la exposición a noticias en televisión, radio y prensa). En los cuatro casos mostrados (confianza en los resultados electorales, creencia de que hubo fraude, apoyo a las marchas y movilizaciones, y demanda de un recuento voto por voto), las posturas de izquierda y derecha marcan una clara diferencia de opinión, mientras que el nivel de información tiene efectos moderados. Aun así, la diferencia de opinión entre los segmentos más informados suele ser ligeramente mayor que la diferencia entre los menos informados, apuntando a que, si bien el efecto de información es moderado, no es nulo.

Los ciudadanos con una identificación de izquierda manifestaron opiniones consistentes con el contenido temático de éstas, como ya se había hecho notar a través de los coeficientes de las regresiones mostradas en el cuadro 2: la izquierda tenía más probabilidad de creer en el fraude, de apoyar las marchas y movilizaciones, y de demandar un recuento voto por voto. Estas posturas se acentuaban en tanto el nivel de información de los ciudadanos era mayor. Además, los ciudadanos de izquierda confiaban poco en los resultados electorales y la confianza tendía a ser ligeramente menor conforme el nivel de información entre ellos era mayor. En el caso de los ciudadanos de derecha, la confianza en los resultados electorales era mucho mayor, aunque la relación no es monotónica por niveles de información, ya que en el nivel más alto la relación positiva se invierte ligeramente, tanto en éste como en otros casos mostrados en la figura 2. No obstante, las variaciones no son tan significativas como para elaborar una explicación teórica. Dichas variaciones suelen ser normales cuando los tamaños de los subgrupos muestrales son pequeños. Lo notable de los datos mostrados en la figura 2 es la división –o polarización– de opiniones a cualquier nivel de información política.

En la figura 3 se muestran dos casos de opinión en los que el nivel de polarización es menor: la confianza en el Tribunal Electoral y la idea de que un triunfo de menos de 1% es legítimo. Estos resultados indican que, a pesar de la fuerte carga partidista y polarizante del proceso postelectoral, la mayoría de los ciudadanos, independientemente de si se dicen de izquierda o de derecha, o de su nivel de información política, confiaban en la decisión final del Tribunal Electoral, y compartían la convicción de que un triunfo cerrado es legítimo, aun si la diferencia es menor al 1%. Ambos indi En la figura 3 se muestran dos casos de opinión en los que el nivel de polarización es menor: la confianza en el Tribunal Electoral y la idea de que un triunfo de menos de 1% es legítimo. Estos resultados indican que, a pesar de la fuerte carga partidista y polarizante del proceso postelectoral, la mayoría de los ciudadanos, independientemente de si se dicen de izquierda o de derecha, o de su nivel de información política, confiaban en la decisión final del Tribunal Electoral, y compartían la convicción de que un triunfo cerrado es legítimo, aun si la diferencia es menor al 1%. Ambos indicadores sugieren que, si bien las opiniones estaban polarizadas en temas partidistas, la confianza y la convicción en las instituciones y procedimientos democráticos permanecieron relativamente altas y cercanas al consenso.

 

Discusión

El estado de la opinión pública en el contexto postelectoral de 2006 en México no sólo es un fenómeno que ilustra el grado de división o polarización política prevaleciente en el momento, sino que también ofrece una excelente oportunidad para indagar más acerca de la naturaleza de las opiniones individuales de los ciudadanos mexicanos. Al parecer, y con base en los resultados de la encuesta panel CNEP III–México realizada ese año, la opinión pública tomó posturas encontradas, reflejando las propias posiciones de los liderazgos partidistas e ideológicos más prominentes de la elección. La desconfianza hacia el proceso de parte de las elites perredistas tuvo un impacto importante en un grupo nutrido de ciudadanos, particularmente –aunque no exclusivamente– en aquellos mexicanos cuyas predisposiciones políticas eran afines al excandidato presidencial del PRD, Andrés Manuel López Obrador.

En un estudio ya clásico de la literatura de opinión pública, John Zaller afirma que "cuando las elites tienen una imagen clara de lo que debería hacerse, el público tiende a ver los eventos desde ese punto de vista, con los miembros políticamente más atentos del público como los más probables de adoptar la posición de la elite. Cuando las elites se dividen, los miembros del público tienden a seguir a las elites que comparten sus predisposiciones ideológicas y partidistas, con los miembros políticamente más atentos del público reflejando más nítidamente las divisiones ideológicas de la elite" (Zaller 1992: 8–9). Esta investigación comprueba que los ciudadanos mexicanos mostraron una aguda división de opiniones en varios temas de relevancia en el contexto postelectoral, la cual correspondió a los discursos y posturas encontradas en las elites políticas. A diferencia de Zaller, sin embargo, los resultados del análisis destacan una mayor importancia de las predisposiciones partidarias que la varianza en información entre los individuos. Acaso este hallazgo refleja el alto grado de cristalización de opiniones y posturas que caracterizó a este episodio político de México, más allá del grado de la información nueva que vertían los medios o los mismos actores políticos durante el proceso, o de la información recibida por la ciudadanía.

Más que tratarse de opiniones "al vuelo", elaboradas al momento de contestar una encuesta como la de CNEP, las opiniones de los mexicanos con respecto al proceso electoral y su secuela parecían orientaciones relativamente arraigadas y con un fuerte componente partidario. Es notable que el porcentaje de mexicanos que creen que la elección fue fraudulenta, frente a los que consideran que fue legítima, permaneció prácticamente estable desde la semana posterior a la elección y hasta ocho meses después de los comicios, según encuestas realizadas poco antes de concluir la elaboración de este artículo y referidas en el texto. El partidismo destaca como una predisposición política fundamental para entender la opinión pública en México. Contrariamente a lo sugerido por algunos investigadores que afirman que la política electoral en México no ha desarrollado todavía un fuerte componente partidista, los resultados de este estudio demuestran que la opinión pública es, de hecho, altamente sensible a las posturas partidarias, y que los seguidores suelen adoptar, en circunstancias como la del contexto postelectoral, las posturas de los líderes. Polarización, no moderación, es una mejor manera de describir las posturas de ciudadanos con afiliación panista o perredista en torno a diversos temas: la confianza en las elecciones, la creencia en el fraude, el reclamo de un recuento voto por voto, la creencia en un complot, y el apoyo o rechazo a las marchas y manifestaciones postelectorales.

Pensar que este tipo de división de opiniones es válida es creer en el potencial que la democracia tiene para afianzar la coexistencia política. Los ciudadanos tomaron posturas encontradas en parte porque los liderazgos políticos manifestaron dichas discrepancias. Tanto la libertad del ciudadano para opinar, como la posibilidad del político para movilizar apoyo, son aspectos no sólo compatibles, sino esenciales en un sistema democrático. La división de opiniones en posturas partidarias es entendible. Pero también lo es, en un sentido promisorio para la consolidación de la democracia en México, que los datos analizados hayan mostrado que también hubo temas de opinión no polarizantes. Tanto los ciudadanos que se dicen de izquierda como los de derecha manifestaron confianza en el Tribunal Electoral y su creencia de que un triunfo de menos de 1% de la votación es un triunfo legítimo. Esto da muestra de que las bases de opinión y confianza en un sistema democrático prevalecieron en el contexto postelectoral.

 

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Nota

1 El autor agradece a María Teresa Martínez su asistencia en la elaboración de este artículo, así como a dos dictaminadores anónimos por sus sugerencias.