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Alteridades

versión On-line ISSN 2448-850Xversión impresa ISSN 0188-7017

Alteridades vol.21 no.41 México ene./jun. 2011

 

La enseñanza de la antropología "propia" en América Latina

 

Reflexiones en torno a la enseñanza de la teoría antropológica mexicana en la UAM-I*

 

Reflections on the teaching of Mexican anthropological theory in UAM-I

 

María Ana Portal**

 

** Profesora-investigadora del Departamento de Antropología de la Universidad Autónoma Metropolitana, Unidad Iztapalapa. Av. San Rafael Atlixco núm. 186, col. Vicentina, delegación Iztapalapa, 09340, México, D. F. <marianaportal@gmail.com>.

 

* Artículo recibido el 19/05/10
y aceptado el 11/04/11.

 

Abstract

The work presented in this issue is a reflection on my twenty-years experience teaching Mexican Anthropology in the Department of Anthropology in the Autonomous Metropolitan University, Iztapalapa Unit.

Key words: Mexican anthropology, teaching, Mexico.

 

Resumen

El trabajo que aquí se presenta es una reflexión sobre la docencia, a partir de los más de 20 años de experiencia de la autora impartiendo el curso de Antropología Mexicana en el Departamento de Antropología de la Universidad Autónoma Metropolitana, Unidad Iztapalapa.

Palabras clave: antropología mexicana, docencia, México.

 

Introducción

El siguiente trabajo es una reflexión personal en torno a la experiencia docente de más de 20 años -tanto en licenciatura como en posgrado- en la impartición de la materia llamada Antropología Mexicana, que se dicta en la Universidad Autónoma Metropolitana, Unidad Iztapalapa (UAM-I), como curso obligatorio.

La Universidad Autónoma Metropolitana es una universidad joven -nació en 1974-, en un esquema descentralizado con tres unidades1 ubicadas en puntos estratégicos de la ciudad, donde la oferta de educación pública era escasa. El objetivo era crear nuevas alternativas educativas en un México todavía convulsionado por el movimiento estudiantil de 1968. Un año después de su fundación se inaugura el Departamento de Antropología -en la unidad Iztapalapa-, inscrito en la División de Ciencias Sociales y Humanidades y pensado como una instancia de formación en donde se vincula la investigación con la docencia. La carrera de antropología de la UAM -a diferencia de otras instituciones que incluyen diversas disciplinas de la antropología como arqueología, lingüística, antropología física e historia- está centrada fundamentalmente en la antropología social y en el acercamiento a nuevos procesos sociales, en particular aquellos referentes a cuestiones urbanas, aunque no exclusivamente. En ese contexto se imparte la materia señalada dentro del conjunto de teorías antropológicas que integran el currículo.

En este trabajo me interesa explorar tres cuestiones intrínsecamente articuladas, que desde mi perspectiva son centrales en todo proceso de enseñanza/aprendizaje, y que adquieren especial relevancia en este tipo de curso: en primer lugar, la importancia de la contextualización histórica de las acciones antropológicas en distintos planos: nacional, internacional, regional e institucional. En segundo lugar, lo que podemos llamar la construcción de un lenguaje común; y, en tercer lugar, dentro del currículo oculto, la necesidad de ubicar a los estudiantes como parte de una disciplina, generando una cierta conciencia de pertenencia a un gremio, lo cual desde mi perspectiva producirá antropólogos no sólo más ubicados, sino más comprometidos con su quehacer profesional. Considero que sería desde ese lugar reflexivo a partir del cual podemos generar procesos comparativos de los enfoques y de las prácticas en otras antropologías, tanto del Norte como del Sur.

Antes de desarrollar los tres aspectos mencionados me parece pertinente explicar por qué elegí reflexionar sobre este curso y no otro. Como en todo, hay elementos afectivos e históricos que determinan la elección: la materia de Antropología Mexicana fue el primer curso que impartí en mi vida. El proceso inició en 1982 -en la Escuela Nacional de Antropología e Historia-. Desde allí, como profesora temporal, comencé a sistematizar lecturas y reflexiones en la medida en que preparaba e impartía los cursos para los grupos de las licenciaturas en Antropología Social y en Etnología.

Cada sesión era un reto personal y me implicaba muchas horas de trabajo previo, lo que me llevó a ampliar cada vez más el interés por entender los procesos dentro de los cuales se generó la teoría antropológica en los diferentes momentos históricos de nuestro país. Comencé así lo que se convertiría en profesión y en pasión.

En mi propio proceso personal comprendí la importancia de conocer el recorrido histórico de la antropología mexicana, el cual me permitió ubicar y valorar los aportes de nuestra disciplina en el contexto nacional. Vislumbré con mayor claridad que la antropología había jugado un papel central en la construcción de la nación, y con ello una parte fundamental de la identidad del mexicano, en la medida en que se acercó a ese otro interior -el indígena- sin el cual es imposible comprender la configuración actual de México. Así, esa mirada privilegiada, que inició buscando comprender al otro -entendiendo esto como exclusivamente lo indígena-, pronto se constituyó en un espejo para analizar otros fenómenos sociales y otras alteridades, y constituirse en un espejo del conjunto de la sociedad.

¿Qué he aprendido en estos años de impartir esta materia? ¿Cómo esta enseñanza ha sido una ruta de aprendizaje no sólo de los procesos históricos de nuestra disciplina, sino también del oficio de profesora?

 

La necesidad de la contextualización histórica

Uno de los problemas en el aprendizaje hoy en día es la fragmentación del conocimiento. Es decir, hay una compartimentalización de los saberes. A la universidad llegan jóvenes que han aprendido a la manera del videoclip: hechos aislados, vistos superficialmente la mayoría de las veces, que se memorizan pero no se entienden. Esto obviamente dificulta el proceso -fundamental en toda generación de conocimiento- de relacionar los fenómenos, y a partir de ello gestar reflexiones críticas de mayor alcance.

Considero que todo proceso de aprendizaje requiere estar inmerso en una historia que nos permita darle contexto y sentido a los hechos que queremos conocer, favoreciéndonos la posibilidad de vincular los diversos procesos de la vida social. Historizar un fenómeno, contextuarlo, permite desideologizarlo. Si comprendemos que los fenómenos sociales, políticos, económicos y culturales están articulados y tienen cierto sentido podremos ubicar mejor el fenómeno que queremos aprehender.

Encuentro varios planos posibles de contextualización necesarios en el proceso de aprendizaje: el primero es el referente a los hechos históricos que rodearon el fenómeno que se busca explicar. Es decir, la ubicación del hecho en el momento político y económico en que se produjo. Este tipo de contextualización tiene cuando menos dos aristas: los procesos locales y los internacionales.

Por ejemplo, en la medida en que a un estudiante se le enseña la historia desarticuladamente no puede comprender que, mientras las cruentas batallas de la Revolución de 1910 se llevaban a cabo en nuestro país, se inauguraba una nueva era económica en Estados Unidos, con la producción masiva de automóviles (1912), que modificaría el concepto de espacio y tiempo a nivel mundial e implicaría el modelo de desarrollo que actualmente padecemos. En ese contexto aparece, en 1917, la figura de Manuel Gamio,2 como fundador de la disciplina en México. Es entonces una tarea fundamental facilitarle a los estudiantes la articulación de fenómenos y de hechos históricos que le dan contexto no sólo a los autores sino a sus ideas, marcando los límites y alcances de sus propuestas.

El segundo plano de contextualización lo representan los fenómenos culturales en los que se anclan los temas a tratar, que, si bien están articulados a los aspectos políticos y económicos de un momento dado, son aspectos que nos brindan la posibilidad de imaginar cómo era el momento histórico que nos interesa descubrir. De allí que pueda resultar una estrategia de apropiación del conocimiento el que los alumnos ubiquen cuestiones socioculturales (aparentemente distantes de los temas antropológicos y de las grandes elaboraciones teóricas) como el hecho de que en la misma década en que Charles Chaplin filmaba cintas cinematográficas tan importantes como Charlot el Vagabundo (1915-1916), José María Velasco, con sus famosos paisajes, dejaba un legado visual del México de principios de siglo.

Aquí quiero aclarar que no se trata de "llenar de paja" el proceso educativo, con información aparentemente irrelevante, sino de generar puentes que ayuden a articular diversos planos de la realidad, haciendo aprehensible la información y dando al estudiante herramientas para ubicar los fenómenos analizados.

Esto también les permite comprender que toda disciplina y toda teoría tiene su propio desarrollo histórico, que se empalma o que refleja la realidad social que lo produjo. De tal suerte que se puede comprender mejor lo que se hizo en un momento histórico dado -teórica y prácticamente-, si se entienden las condiciones sociales, económicas y políticas del momento.

El tercer plano de contextualización lo representa la antropología mexicana frente a otras antropologías. Me parece fundamental que los estudiantes puedan vincular lo estudiado en los diferentes cursos del currículo -por ejemplo lo que se les enseña a partir de teorías antropológicas como el evolucionismo, el marxismo o el funcionalismo, entre otras- con los procesos científicos nacionales: ¿de qué manera incidió la mirada de Malinowski en la antropología mexicana? ¿Qué impacto tuvo el evolucionismo en la explicación de los fenómenos nacionales más apremiantes? ¿Por qué el marxismo se convirtió en un paradigma durante los años setenta y ochenta? ¿Qué fenómenos nos ayudó a comprender? ¿Cómo incide la antropología norteamericana a partir de las reflexiones de Boas en nuestro concepto de cultura? ¿De qué manera nos impactan las corrientes de pensamiento desarrolladas por los ingleses? ¿Cómo se introducen las ideas de Lévi-Strauss en el pensamiento antropológico mexicano? ¿Cómo impactan las discusiones entre Redfleld y Lewis en torno al pueblo de Tepoztlán y los diversos paradigmas que las orientaron?

La construcción de estas interrelaciones nos permite, por una parte, comprender que lo que se hace en lo local no es un proceso aislado, y que la ciencia se construye en relación con fenómenos más amplios. Es decir, que el desarrollo de una disciplina se da a partir de flujos de pensamiento que en un complejo devenir moldean la propia disciplina, al tiempo que ésta incide en el desarrollo de la antropología mundial. Por otra parte, permite encontrar las influencias y los aportes de otras formas de pensar y de definir los conceptos en nuestras formas de pensar y de definir conceptos.

El cuarto nivel de contextualización se refiere a lo que sucede en el interior de la propia antropología mexicana.

El inicio del curso lo hemos ubicado en el momento de la Conquista. Algunos colegas nos han cuestionado esto, ¿por qué empezar allí si ni siquiera se puede hablar de antropología en ese momento? Hay varios motivos: el primero es que el énfasis del curso está en los procesos identitarios a partir de un elemento básico: la construcción del otro, frente al cual se construye lo propio. Y ¿cómo vamos a definir lo propio? Necesariamente desde el "hoy". Pero ese "hoy" viene de un ayer que hay que ubicar. La identidad disciplinar -igual que la personal- se fortalece en ese ir y venir del pasado al presente y viceversa. Éste es un elemento fundamental cuando estamos frente a jóvenes de 18 o 20 años que están definiéndose en todos los sentidos. La identidad personal y profesional es un aspecto que los inquieta. Surgen entonces preguntas fundamentales: ¿Qué significa "ser un antropólogo"? ¿Para qué sirve la antropología? ¿En dónde voy a trabajar cuando me gradúe? Estas vacilaciones pueden ser una herramienta de aprendizaje interesante.

La historia que se va armando a lo largo del curso es entonces una historia de referentes de identidad en varios planos, que debe poner sobre la mesa -teórica y prácticamente- cuestiones como la tolerancia frente a ese otro, la diversidad de otros que constituyen el país, la trascendencia del conocimiento del otro, etcétera. Resulta esencial ejercitar la mente del estudiante para que vea que existen muchas formas de ordenar la realidad, no sólo entre las diversas culturas, sino dentro de una misma cultura y a lo largo del tiempo. El punto de partida puede ser el propio estudiante, desde sus experiencias y vivencias actuales. De esa manera se le puede proponer repasar lo que vieron otros en ciertos momentos históricos3 y preguntarse ¿qué hubiese propuesto yo en ese contexto?

Lo anterior los obliga a "ponerse en los zapatos de los otros", y desde allí pensar la realidad vivida. En este sentido, la reflexión sobre la identidad en el plano teórico se articula con la reflexión sobre los procesos identitarios en el plano vivencial, lo cual, desde mi perspectiva, permite una mejor apropiación del conocimiento.

Una segunda cuestión relacionada con las anteriores -importante en el proceso de aprendizaje- es transmitir que las cosas no siempre han sido como las conocemos hoy. Sabemos que la inquietud de la humanidad por conocerse a sí misma, por comprender sus prácticas sociales y organizar este acervo de conocimiento de manera sistemática, ha existido siempre. Sin embargo, para que este ordenamiento específico, llamado "antropología", se tradujera en un quehacer científico tuvieron que transcurrir siglos, hasta llegar a desarrollarse con un nombre propio y un reconocimiento social. En ese momento se pasó de los esfuerzos individuales y aislados por conocer a los diversos grupos humanos -como los de los frailes del siglo XVI o los viajeros del siglo XVIII-, a una comunidad científica, socialmente reconocida, que estableció formas de organizar y difundir el conocimiento y un lenguaje propio con categorías específicas. Un ejemplo interesante son las crónicas de Sahagún, en donde explícitamente explica la metodología de trabajo que usó para construir la información que proporciona sobre el México antiguo, la cual es muy similar al trabajo etnográfico actual. Así, en la Conquista se generó el concepto del otro en una nueva dimensión. Se gestó una cultura original de la cual aún hoy estamos empapados, y desde allí podemos entender procesos contemporáneos de la cultura nacional; además se propusieron formas específicas para organizar y analizar la información obtenida.

En este marco -que brinda elementos comparativos entre momentos históricos específicos- los estudiantes pueden comprender que el reconocimiento de la antropología se dio en un momento concreto del desarrollo de la humanidad, cuando el hombre pasó de ser "sujeto observador" de la historia a ser "objeto" de la misma. Este momento del desarrollo ideológico se inserta en el tiempo en que el capitalismo se complejiza -hacia finales del siglo XIX- y se comienza a construir una forma específica de conocimiento: el conocimiento científico de lo social.

Desde allí se analizan, a grandes rasgos, los tiempos previos al inicio del siglo XX, para entrar a la etapa en que en México se inaugura la antropología, con Manuel Gamio al frente, enfatizando su vínculo con el indigenismo, años en que las identidades sociales en nuestro país no podían ser definidas y analizadas sin estar vinculadas de una u otra manera a la cuestión indígena.

En este sentido, es importante transmitir la idea de que la historia de la antropología mexicana se estructuró durante décadas con base en una necesidad fundamental: la de ordenar -real y simbólicamente-ese mundo indígena, no previsto al inicio por nadie, pero históricamente siempre presente, como elemento de un proyecto nacional en ciernes.

Se construye así uno de los ejes ordenadores del curso: el análisis de las características que a lo largo del tiempo adquiere esta compleja relación entre el indio real, el indio significado y su vínculo con la construcción de la identidad nacional. Esto se puede consolidar si favorecemos reflexiones que articulen los discursos y prácticas pasadas en torno a la cuestión indígena, con los problemas que en el México contemporáneo enfrentan esos grupos.

Ahora bien, en la docencia requerimos no sólo poner a los estudiantes "en los zapatos del otro"; el profesor requiere hacer lo mismo respecto a sus alumnos. ¿Cuál es la realidad sociocultural de nuestro alumnado? ¿Qué les interesa y qué les preocupa? ¿De qué manera logran captar mejor lo que les decimos? Para un joven de hoy es difícil imaginar el México de la Conquista, el de 1920 o el de 1950. De allí que las propuestas hechas por personajes centrales como Manuel Gamio, Moisés Sáenz o Gonzalo Aguirre Beltrán, entre otros, les pueden resultar incomprensibles, porque correspondían a una realidad demasiado lejana. Por ello, además de enmarcar el análisis de nuestra disciplina en los contextos sociopolíticos correspondientes, como se propuso antes, es necesario el contraste en el interior de la propia disciplina. Preguntarnos en qué se distinguen las propuestas hechas entre los autores, por qué los distintos énfasis de cada uno de ellos, de qué manera se va transformando el objeto de estudio de la antropología mexicana, y por qué aparecen ahora obreros, grupos populares urbanos y clases medias -entre otros- en nuestro universo analítico. Con esto no sólo ubican los procesos de construcción de la disciplina sino que imaginan espacios concretos de trabajo y de investigación donde se pueden ubicar, ampliando el espectro de sus miradas.

 

Los lenguajes comunes

Un elemento fundamental del proceso de enseñanza/ aprendizaje lo representa el lenguaje -en el sentido amplio- con el que transmitimos la información. Éste puede constituirse en uno de los principales obstáculos en la apropiación del conocimiento, ya que todo lo anterior carece de sentido si no lo transmitimos con un lenguaje que signifique algo en concreto para el estudiante.

En la medida en que hay una distancia generacional cada vez mayor entre estudiantes y profesores, se requiere un esfuerzo extra para el docente, el cual tiene que buscar las herramientas adecuadas para acercarse y entender la realidad del alumno que tiene enfrente. La UAM-I, en cuanto universidad pública orientada a formar estudiantes de estratos sociales muy diversos, no puede abstraerse de su contexto social, como ya se mencionó.

En este sentido, para construir un lenguaje común, considero indispensable comprender que la sociedad occidental urbana -contexto en el que estamos formando a los sujetos- es fundamentalmente visual. Siguiendo a Edward Hall (1976), podemos percatarnos de que mientras que en otras sociedades el olfato o el oído son aspectos esenciales de la vida social, en nuestro caso cada vez más es la vista. De allí que parte del lenguaje y de las metáforas que usamos tendrían que anclarse en imágenes. Es desde las imágenes -ya sean fotografías, documentales, películas, etcétera- desde donde logramos generar una experiencia de apropiación particular.

Así, paralelamente al contenido del curso, es necesario determinar el conjunto de herramientas complementarias que ayuden a generar el lenguaje y las experiencias particulares por medio de las cuales los sujetos van a hacer suyo lo transmitido en clase.

Parto de la idea de que se aprende a partir de la experiencia. ¿Qué tipo de experiencias podemos favorecer desde el aula? ¿Cómo lograr que los estudiantes hagan suya la historia de nuestra disciplina? ¿De qué manera se construye lo que podríamos llamar la mirada antropológica en las nuevas generaciones? ¿Cómo construimos una identidad profesional?

Un elemento que me parece central es el diálogo y la reflexión colectiva. Muchas veces, ante la premura de los calendarios y la necesidad institucional de que los contenidos propuestos para cada materia se den completos, nos olvidamos de los sujetos que tenemos enfrente.

Éste es un diálogo con sujetos del siglo XXI -con todo lo que eso implica- sobre el pasado y presente de la disciplina que han elegido para construir su vida. Es aquí donde pienso que se abren las preguntas de ¿dónde estamos hoy? ¿Qué nuevos problemas estamos enfrentando? ¿Qué se ha resuelto de los asuntos que se plantearon hace 50 años? ¿Cuál será tu papel como profesionista en el mundo contemporáneo? ¿Qué sentido tiene la antropología hoy? Esto me lleva al tercer elemento que quiero resaltar en este trabajo.

 

La generación de una cierta "conciencia de pertenencia" a un gremio

Para que una persona pueda construirse como sujeto -con una identidad propia- requiere un lugar preciso desde el cual ordenar sus experiencias, individuales y colectivas.

La historia contexto a la que me he referido antes tiene que estar orientada a la construcción de parámetros de identificación profesional, pero también personales, ya que la profesión se construye como parte de la identidad individual. De allí la importancia de que este plano se cimiente de manera sólida. Éste es un proceso a largo plazo que se consolida con el tiempo, pero se requiere claridad para entender cómo construirlo y cuál es su sentido social y personal. Es muy difícil construir estos referentes en abstracto.

La inquietud que manifiestan nuestros estudiantes -como señalé antes- cuando empiezan a preguntarse ¿para qué sirve la antropología?, ¿para qué es útil todo lo que se analiza en las distintas materias?, no puede resolverse sólo discursivamente.

El aprendizaje debe tener una parte operativa y experimental que genere experiencias concretas que favorezcan la articulación de los elementos que se aprenden.

Lo que ofrece una formación universitaria -a diferencia de una formación técnica- no es sólo información, sino un modo de comprender la vida y de actuar sobre ella. Lo anterior implica que hay una parte afectiva del aprendizaje que, como docentes, no siempre sabemos estimular. De allí que la historia que contextúa nuestro tema tenga que estar relacionada de alguna forma con la persona.

Me llama la atención que en grupos poco participativos, cuando toco temas que les resultan cercanos a sus experiencias -mitos, creencias, prácticas religiosas, cuerpo, entre otros-, los estudiantes reaccionan favorablemente; participan contando sus experiencias y prestando atención a lo que se dice o incluso debatiéndolo.

Una meta sería entonces que los estudiantes terminen el curso preguntándose de nuevo si quieren ser antropólogos y por qué, pero no de la manera en que lo hicieron al entrar a la universidad, sino desde este nuevo marco que el conocimiento de la disciplina les puede brindar.

 

Reflexiones finales

La docencia en torno a la antropología mexicana es una piedra angular en la formación del antropólogo contemporáneo. Mediante ella se busca no sólo construir una historia del conocimiento antropológico y analizar conceptos centrales, sino reflexionar sobre procesos identitarios en distintos niveles, que van desde la identidad nacional hasta la propia identidad gremial y la identidad individual de los estudiantes. La alteridad es entonces el eje que le da estructura.

Su papel es casi como el de los mitos fundacionales: le dan sentido al presente a partir de las narrativas del pasado. Allí el estudiante tendrá que ubicar tanto la historia de las ideas y las acciones de la antropología como su propia historia personal dentro de este quehacer.

El trabajo del docente será mostrar las complejas rutas por las que han transitado los antropólogos mexicanos y cómo éstas se van tejiendo hacia adentro, en la construcción de la nación, y hacia fuera, de cara a las otras miradas y rutas de la antropología mundial, buscando actualizar la manera en que se transmiten estas reflexiones para generar procesos de apropiación que no se queden sólo en el ámbito de la reflexión teórica, sino que pasen también por los procesos afectivos necesarios para la construcción de profesionistas bien ubicados en su quehacer.

Tristemente, la pasión por el ejercicio de nuestra profesión no es algo que se le pueda enseñar en clase a un estudiante. Sin embargo, nuestra labor debe apasionarnos lo suficiente como para que nuestra mirada ayude a consolidar en las nuevas generaciones el complejo oficio de la antropología.

 

Bibliografía

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Barley, Nigel, 2004. El antropólogo inocente, Anagrama, Barcelona.         [ Links ]

Hall, Edward, 1976. La dimensión oculta, Siglo XXI Editores, México.         [ Links ]

Krotz, Esteban, 2002. La otredad cultural. Entre utopía y ciencia. un estudio sobre el origen del desarrollo y la reorientación de la antropología, Universidad Autónoma Metropolitana/Fondo de Cultura Económica.         [ Links ]

Lévi-Strauss, Claude, 1976. Crítica de la antropología, Antigua Casa Editorial Cuervo, Buenos Aires.         [ Links ]

Portal, María Ana y Xóchitl Ramírez, 2009. Alteridad e identidad: un recorrido por la historia de la antropología en México, Juan Pablos Editor, México.         [ Links ]

 

Notas

1 Las unidades inicialmente se ubicaron en las delegaciones Iztapalapa, Xochimilco y Azcapotzalco. En años recientes se amplió la oferta con dos unidades más: Cuajimalpa y Lerma, en el Estado de México.

2 Manuel Gamio es considerado por algunos como el padre de la antropología mexicana, ya que fue uno de los primeros intelectuales formado en la disciplina. Fue además fundador de espacios institucionales desde donde se abordaron los problemas sociales de México a principios del siglo XX. Al respecto se puede consultar Portal y Ramírez (2009).

3 Por ejemplo: la tensión que vivieron ideológicamente los grupos sociales que se enfrentaron durante la Conquista, o cómo pensaron la diversidad cultural los intelectuales del siglo XIX.

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