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Alteridades

versão impressa ISSN 0188-7017

Alteridades vol.20 no.40 México Jul./Dez. 2010

 

Investigaciones antropológicas

 

Cancún: la polarización social como paradigma en un México Resort*

 

Cancun: social polarization as a paradigm in a Mexican tourist resort.

 

Cristina Oehmichen**

 

** Instituto de Investigaciones Antropológicas de la Universidad Nacional Autónoma de México. Circuito Exterior s/n, Ciudad Universitaria, delegación Coyoacán, México, 04510, D.F. <cristina.oehmichen@gmail.com>. ***

 

* Artículo recibido el 10/01/10
Aceptado el 22/10/10.

 

Abstract

The reorganization of the spacial basis of capital reproduction at global level and its territorialization in diverse parts of the planet, has materialized in Mexico in the creation and promotion of new centres of touristic attraction. Cancun is a model and paradigm of development and the reconfiguration of the whole country as a Mexican Tourist Resort: a model that generates "cities on the periphery" that has an elegant centre, pristine, globaly connected, surrounded of shops and services of international prestige, but also has belts of poverty belts pauperized workers lodge. In this article I reflect on the emergence of new non–places and the social identity processes that take place in these socio–spacial configurations —highly polarized and exclusive.

Key words: tourism, Cancun, "cities on the edge".

 

Resumen

La reorganización de las bases espaciales de la reproducción del capital a escala global y su territorialización en diversos lugares del planeta, se ha traducido en México en la creación y promoción de nuevos centros de atracción turística. Cancún es un modelo y paradigma del desarrollo, esto es, de la reconfiguración del país como un México Resort: un modelo que genera "ciudades de orillas" que cuentan con un centro elegante e impoluto, intercomunicado globalmente, con servicios y tiendas de prestigio internacional, rodeado de cinturones de miseria donde se alojan los trabajadores precarizados. En este artículo se reflexiona sobre la emergencia de nuevos no lugares y los procesos de identidad social que se dan en este tipo de configuraciones socioespaciales altamente polarizadas y excluyentes.

Palabras clave: turismo, Cancún, ciudades de orillas.

 

Introducción

La inserción de México en el proceso de globalización y en la redefinición de la división internacional del trabajo ha llevado al país a convertirse en un sitio de atracción turística internacional. México Resort1 es un lugar ubicado en los imaginarios. Está rodeado de jardines y palmeras tropicales cuyo verdor contrasta con el azul profundo del mar. Es un espacio placentero en el que las sonrisas y el trato amable de los anfitriones evocan la felicidad y la tranquilidad. Es, ante todo, un lugar seguro en el que se puede apreciar la belleza paisajística de los campos de golf diseñados por los mejores arquitectos del mundo. México Resort es, en resumidas cuentas, una versión contemporánea del México imaginario al que hace más de 20 años se refería Guillermo Bonfil.

Ello ha sido posible porque el territorio nacional posee una serie de recursos naturales, paisajísticos, culturales, bióticos y climáticos que se han ido incorporando como recursos susceptibles de ser aprovechados por la industria turística, integrada por todo un conglomerado de empresas multinacionales dedicadas a capitalizar el tiempo de ocio de miles de consumidores.

La emergencia de estos nuevos imaginarios se enmarca en la interconexión de las distintas y cada vez más numerosas regiones del país con los procesos globales de acumulación de capitales. Se trata de un proceso en el que el Estado mexicano ha dejado de ser el principal actor en la promoción del desarrollo regional (Alba, Bizberg y Riviére d'Arc, 2001). Esto es así porque los modelos de desarrollo que apoya o promueve el Estado sólo constituyen una parte que contribuye a la puesta en marcha de los proyectos hegemónicos del capital global.

Si partimos de considerar que el capital tiende a controlar el tiempo y el espacio global, se puede comprender por qué la actividad turística obedece a una dinámica global al formar parte de un proceso en el que el capital se desterritorializa en algunas regiones y se territorializa en otras, en este caso, en los sitios susceptibles de ser explotados por las grandes empresas inmobiliarias y de tour–operadores. Obedece a la constante contienda del capital por reconstruir relaciones de poder y reorganizar las bases espaciales de su reproducción en el nivel global (Harvey, 1989).

La dinámica de las ciudades turísticas mexicanas se puede apreciar más claramente a partir de su desconexión con respecto a su entorno territorial inmediato y, a la vez, a su reconexión con la vasta red de ciudades globales. Así, inducida por la progresiva globalización, observamos la continua desvinculación de las ciudades turísticas de su entorno regional y nacional, como sucede con otras ciudades globales (Sassen, 2007). En este caso, las ciudades turísticas mexicanas se desconectan de su entorno territorial inmediato, pero simultáneamente se insertan dentro de las cadenas globales del ocio (Pedreño Cánovas, 2009).

La reorganización de las bases espaciales de la reproducción del capital a escala global y su territorialización en diversos lugares del planeta se han traducido en México en la creación y promoción de nuevos centros de atracción turística, impulsados por la agencia estatal de desarrollo turístico: el Fondo Nacional de Fomento al Turismo (Fonatur).

Para la apertura de nuevos centros de atracción turística globalizada, el Fonatur ha conformado los denominados centros integralmente planeados (CIP), que han tomado como referente paradigmático las experiencias exitosas de Cancún, creado en la década de 1970, y del corredor turístico de la Riviera Maya, desarrollado de 1990 en adelante, ambos en el estado de Quintana Roo.

Cancún es un modelo y paradigma del desarrollo, esto es, de la reconfiguración del país como un México Resort, una forma de territorialización del capital como punto de partida para la puesta en marcha de nuevos megaproyectos, entre los que se encuentra el CIP de Nayarit, localizado en la costa sur del estado, en el corredor turístico Bahía de Banderas–Compostela, al norte de Puerto Vallarta, Jalisco. Aprovechando la belleza de los litorales, el Fonatur promueve, además, otro megaproyecto en el Pacífico sobre una superficie de 2 381 hectáreas, el cual tendrá una capacidad de 44 200 cuartos. El gobierno federal busca atraer a los inversionistas, y señala: "Este centro estará orientado hacia los segmentos de: salud, náutico–deportivo, naturaleza, sol y playa, cultural–educativo, así como turismo residencial. Se estima que para el año 2025 este nuevo centro reciba casi 3 millones de turistas y que capte divisas por 2 800 MDD, generando cerca de 150 mil empleos directos e indirectos" (Fonatur, 2009).

El sureste amplía también su oferta. De acuerdo con información de Fonatur (2009), en la región Palenque–Cascadas de Agua Azul, ubicada al norte del estado de Chiapas, se impulsará un nuevo CIP, "orientado al turismo cultural y de naturaleza, con base en la riqueza de los testimonios arqueológicos de Palenque, Bonampak, Yaxchilán y Toniná, así como la incomparable belleza natural de las Cascadas de Agua Azul y de la Selva Lacandona, el cual contribuirá a mejorar las condiciones de vida de la población regional, generando una importante derrama económica y nuevos empleos".

Tales polos de desarrollo deben ser vistos como brazos o terminales globales destinados al ocio y al descanso de una clase opulenta internacional (Burns, 1999).

El Estado mexicano ha dado un gran impulso a la actividad turística como una de las principales generadoras de divisas. El Plan Nacional de Desarrollo 2007–2012 contempla el turismo como uno de los sectores primordiales que habrá que apoyar, tanto por los empleos que crea como por las inversiones que atrae. Desde esta perspectiva, el citado plan establece entre sus objetivos: "Hacer de México un país líder en la actividad turística a través de la diversificación de sus mercados, productos y destinos"; y entre sus metas se propone aumentar en 35 por ciento el número de turistas internacionales para 2012.

La actividad turística suscita grandes expectativas y orienta las políticas oficiales en el nivel nacional que tienen repercusiones en las regiones y localidades, que van desde la transformación acelerada de tierras dedicadas al cultivo en manos de campesinos, para convertirse en terrenos destinados a los conjuntos hoteleros e inmobiliarios, hasta las políticas educativas encaminadas a preparar a la nueva fuerza de trabajo que dará servicio a los complejos turísticos.2Para aquellos que quedarán al margen, se promueven alternativas para la formación de "microempresas" de un tipo de turismo que en ocasiones se denomina "comunitario", "solidario", o "alternativo".3 En fin, el hecho es que la dinámica global del capital tiene efectos en los ámbitos de las localidades y sujetos sociales donde éste se territorializa.

Sin embargo, habrá que ver con más detalle y a partir de la experiencia empírica, si realmente las divisas provenientes de esta actividad se reflejan en desarrollo o, mejor dicho, habrá que preguntarse de qué tipo de desarrollo se está hablando y hacia dónde se conduce. Algunos estudiosos han evidenciado que, lejos de fomentar el desarrollo regional, las inversiones que hacen los Estados nacionales para atraer la inversión turística provocan serios desequilibrios al obligarse a proporcionar infraestructura y servicios, tales como aeropuertos, carreteras, agua potable, drenaje, alumbrado, seguridad, etcétera, a costa del erario y del endeudamiento externo (Duterme, 2007). otros investigadores han mostrado que lejos de las visiones optimistas, se encuentra el impacto negativo que la industria turística globalizada acarrea, tanto entre las poblaciones anfitrionas como en la diversidad biótica de los lugares a los que arriba (Castellanos y Machuca, 2008).

A lo anterior habrá que añadir que las apreciaciones optimistas dejan de lado la conflictividad social que entraña el desarrollo de este tipo de megaproyectos, que adoptan ciertas características "de enclave", entendiendo por ello a un territorio que tiene pocos vínculos con la región que le rodea. El enclave tiende a desarrollar vínculos económicos, políticos y comerciales fuera de la región geográfica donde se ubica, toda vez que sus vínculos fuertes se encuentran en otras regiones o en otros países. Éste es el caso de Cozumel, isla que está interconectada a escala internacional (con vínculos fuertes e intensos), al tiempo que los lazos con el resto del territorio mexicano son prácticamente inexistentes (Sánchez–Crispín y Propin, 2003: 170).

En este artículo busco mostrar una de las aristas más conspicuas que el turismo "plus" ha creado, a partir de la configuración urbana de Cancún, la cual concibo como una ciudad global destinada al ocio y al placer, que genera una enorme polarización económica y social.

 

Cancún: un "paraíso" en expansión

Concebido como un centro turístico integralmente planeado por la agencia gubernamental promotora del turismo mexicano, el Fonatur, Cancún se edificó prácticamente de la nada. Se pensó como un sitio de recreación turística para personas de muy alto nivel de ingresos, aprovechando la belleza del paisaje, sus playas vírgenes, sus áreas selváticas y la baja densidad de población. Cancún resultó una experiencia exitosa, pues en menos de tres décadas logró convertirse en el destino más importante del turismo internacional en México y en el principal centro de captación de divisas del sector.

A Cancún llegan consumidores de las élites internacionales más pudientes, a quienes se les ofrece "jugar un partido de golf en el paraíso". En la promoción se les invita a visitar México a través de un conjunto de imágenes placenteras y poco comunes: "Experimente la emoción de jugar en uno de los mejores campos en el Caribe [...] Este mágico escenario invita a diseñadores de campos de golf reconocidos mundialmente, a dar al entorno las curvas, montículos, pistas y greens que creen una perfecta combinación entre un moderno diseño y un escenario natural".4

El éxito de Cancún como lugar de atracción turística de primer nivel internacional ha provocado el incremento incesante de la actividad, con la ampliación de la infraestructura en un corredor conocido como Riviera Maya, que se extendió de Cancún hacia Playa del Carmen en 1990, continuando su expansión hacia Tulum durante la presente década. Estamos hablando de 86 kilómetros de playa en los que se han edificado hoteles y resorts para albergar a los turistas.

La región cuenta actualmente con 11 campos de golf: cinco en Cancún, uno en Cozumel y cinco más en la Riviera Maya, todos administrados por las grandes cadenas globales del ocio. Éstos son:

• Cancún: Campo de Golf Gran Oasis, Club de Golf Gran Meliá, Hilton Cancún Golf Club, Moon Palace Golf Club, Pok Ta Pok Club de Golf Cancún

• Cozumel: Cozumel Country Club

• Riviera Maya: Club de Golf El Camaleón Mayakoba, Grupo Mayan Golf Riviera Maya, Iberostar Campo Golf, Playacar Golf Course, Puerto Aventuras Resort Course

Esta infraestructura ha permitido ampliar la clientela. Además, no sólo se trata de turistas de muy alto nivel de consumo internacional, sino también de un turismo de masas que viaja por cruceros o a través de viajes all inclusive que se ofertan desde el extranjero. Con estos paquetes llegan desde jóvenes mochileros de la Unión Europea y spring breakers de Estados Unidos, hasta cientos de jubilados estadounidenses, canadienses y europeos. A pesar de que los precios para estos turistas internacionales son muy accesibles, los turistas nacionales difícilmente pueden acceder a ellos porque necesitan comprar sus paquetes en el extranjero, ya que en México no se venden.5

Originalmente planeada para contar con 6 000 habitaciones, la zona hotelera de Cancún las rebasó con creces: en la actualidad, cuenta con 24 564 habitaciones, cantidad similar a la que existe en la Riviera Maya. Aunado a la expansión turística se ha vivido desde entonces un incesante crecimiento urbano y la intensificación de las comunicaciones. El aeropuerto de Cancún es el segundo más importante del país por el número de vuelos internacionales, después del de la Ciudad de México.

 

La urbanización de Cancún

Desde su origen, Cancún se concibió como un lugar integrado por una zona hotelera y una zona urbana, que albergaría a los mandos medios de los hoteles, de la burocracia y de los servicios, constituyendo así una zona habitacional y comercial (Hiernaux Nicolas, 1999).

La oferta de empleo para su edificación hizo de Cancún un lugar de atracción para cientos de migrantes de origen rural que se contrataron en la construcción. Posteriormente, y hasta hoy, cientos de buscadores de empleo llegan a la región procedentes de Yucatán, Tabasco, Campeche, Guerrero, Distrito Federal y otras entidades federativas. Para el año 2000, 57.1 por ciento de la población había nacido en otro estado.

La demanda de mano de obra calificada generó los primeros flujos migratorios procedentes del Distrito Federal. La industria de la construcción atrajo a miles de campesinos e indígenas de los estados de Quintana Roo y Yucatán, quienes al principio eran alojados en campamentos cercanos a las obras. Después se instalaron en Puerto Juárez, poblado destinado a albergar a los trabajadores de la construcción, quienes a su vez fueron trayendo a familiares y amigos (Castellanos y París, 2001; Sierra Sosa, 2007). En los años setenta se construyeron algunas unidades habitacionales de interés social para albergar a estos trabajadores y sus familias, pero pronto resultaron insuficientes. Con ello, los nuevos inmigrantes se fueron hacinando en las llamadas "regiones" ubicadas en la periferia de la ciudad.

El impulso que se dio a la industria turística muestra aspectos demográficos interesantes. La población económicamente activa (PEA) en Quintana Roo es de 57.5%, mientras que el promedio nacional es de 49.3%. En el estado, más de 71% de la población está ocupada en el sector terciario, en tanto que el promedio nacional es de 53.4% (Boggie Vázquez, 2008).

El optimismo que se desprende de estas cifras evidencia por qué Cancún sigue siendo un polo de atracción para miles de migrantes. No obstante, todo lo anterior debe ser matizado a la luz de lo que ocurre en las comunidades indígenas y campesinas de Quintana Roo, Yucatán y Tabasco, y con las condiciones de precariedad e inseguridad laboral.

La migración masiva hacia Cancún despuntó en los años ochenta, lo cual coincidió con la caída drástica de la producción maderera y chiclera en Quintana Roo, y la crisis de la producción del henequén (Labrecque, 2005). La descampesinización y las condiciones de pobreza que se registran en el estado, sobre todo en la "zona maya", incrementaron los flujos migratorios, haciendo de Cancún uno de los principales polos de atracción regional para miles de jóvenes migrantes (Castellanos y París, 2001). De ahí que las cifras exhiban una reducida participación en el sector primario, que, más que desarrollo, nos está indicando la pérdida de las vías campesinas de subsistencia por falta de apoyo a la actividad agrícola, y la importación masiva de productos agrícolas después de la entrada en vigor del tratado trilateral de libre comercio con Estados Unidos y Canadá.

Con la llegada de nuevos inmigrantes, los asentamientos urbanos pauperizados tuvieron un crecimiento desmesurado y desordenado. La urbanización se dio por la vía de la autoconstrucción en predios baldíos que carecían de servicios. Los migrantes que llegan a buscar trabajo en la industria de la construcción se alojan inicialmente en unos cuartos redondos sin servicios, conocidos como cuarterías, que se encuentran en la zona llamada "El Crucero" o en el centro de la ciudad. En cada cuarto, que mide entre cinco y ocho metros cuadrados, llegan a caber entre ocho y 12 trabajadores. Después traen a sus familias. Hoy en día, la periferia sigue creciendo con la llegada de miles de nuevos inmigrantes. Para algunos medios locales se trata de la incorporación de 3 000 inmigrantes por semana.

La carencia de servicios básicos, de escuelas, de centros de salud y recreación, y de áreas de esparcimiento, obedece, entre otras cosas, a que el crecimiento demográfico no ha tenido una respuesta en la inversión pública para el desarrollo social. A su vez, esta urbanización acelerada se ha conjugado con la incapacidad de la industria hotelera y subsidiarias para absorber el excedente de mano de obra, lo que ha redundado en la emergencia de la drogadicción, el alcoholismo, la prostitución, el narcomenudeo, el pandillerismo y la desintegración familiar, así como en un elevado número de suicidios, sobre todo de jóvenes de las colonias populares. El estado de Quintana Roo, junto con el de Tabasco, se encuentra en el primer lugar de suicidios en el país, con una tasa de 9.8 muertes por cada 100 000 habitantes (Coespo, Redes de Investigación para el Desarrollo y Observatorio de Violencia Social y de Género de Benito Juárez, Q.R., 2008: 43). La frecuencia con que hombres y en menor medida mujeres son encontrados en cuarterías y casas–habitación colgados de una hamaca ha incorporado a la jerga periodística el neologismo de el hamacazo, para referirse a este tipo de suicidio. Dada la concentración poblacional en el norte del estado, el municipio de Benito Juárez (al cual pertenece Cancún) destaca como el municipio con mayor tasa de suicidios de todo el país.

En este sentido, la experiencia urbana de Cancún se constituye tal vez en el ejemplo más conspicuo de una ciudad turística globalizada que promueve y origina un desarrollo altamente polarizante. Un verdadero infierno en "el paraíso", que ha acuñado también un dicho popular que reza: "Cancún a los tres meses te adapta o te escupe".

Asimismo, observamos la emergencia de un sector de mano de obra altamente calificada, compuesto por todo un cuerpo gerencial y profesionistas globales asociados con los tour–operadores internacionales y con empresas cuyos servicios se ofertan en todo el mundo a través de agencias de viajes, promociones, empresas aéreas y un sistema de hotelería que se anuncia por internet y utiliza el sistema bancario. En el otro polo se encuentra la enorme masa de trabajadores polivalentes que se insertan en el mercado de trabajo con empleos flexibles, precarios y mal pagados.

Hay también un sector intermedio que se ha visto afectado por el fortalecimiento de los grandes conglomerados multinacionales, de tal suerte que el pequeño hotel, los restaurantes y otros negocios familiares, las pequeñas agencias de viajes y otras empresas familiares que operaban muy bien hasta hace algunos años no pueden competir y van siendo desplazados por las firmas globales. La proliferación de ofertas de viajes todo pagado (VTP) y los paquetes todo incluido (all inclusive) evitan que los turistas puedan tener una "experiencia auténtica" en su trato con la población local. Existen algunos servicios que proporciona la población local, por ejemplo el servicio de taxis. El hecho es que, según diversas entrevistas con taxistas, en la Riviera Maya es difícil encontrar pasajeros dispuestos a hacer un recorrido hacia las zonas arqueológicas y otros espacios de recreación de turismo comunitario. Ello se debe a que, desde su llegada, los turistas son acaparados por empresas que trabajan en el interior de los hoteles, dejando sin clientes a quienes trabajan afuera. El turista se halla prácticamente cautivo al llegar a su hotel, lo que impide la posible derrama económica que permitiría fortalecer a un sector intermedio entre el gran capital global y la masa de nuevos inmigrantes. "Nosotros, a los turistas no les vemos ni el polvo", señala una arquitecta que vive en Cancún.

Como parte de la economía de servicios, la industria turística globalizada viene a profundizar las divisiones sociales y técnicas del trabajo, así como de los ingresos. En Cancún y, en general, a lo largo de toda la Riviera Maya, nos encontramos ante una enorme polarización social y económica, que tiene, por un lado, a los dueños de comercios vinculados a la industria y, por otro, a una franja de gerentes y ejecutivos de cuello blanco de alto nivel relacionados con los tour–operadores multinacionales. En el otro extremo está la enorme masa de trabajadores de servicios con empleos precarios, inestables y mal pagados: choferes, recamareras, guardias, jardineros, meseros, personal de limpieza, trabajadoras domésticas, dependientes de tiendas y boutiques, entre otros, cuyos ingresos no son ni la décima parte de lo que percibe un ejecutivo ubicado en el otro polo.

Cancún, al igual que otras ciudades turísticas, se convierte, así, en una ciudad "de orillas" (edge cities) caracterizada por la polarización entre un centro impoluto, elegante y globalizado, de la gran zona hotelera, rodeado por las orillas lumpenizadas donde se amontonan los trabajadores y todos los que buscan tener un empleo, o que dan servicios al pequeño consumo o se ocupan en servicios personales (trabajadoras domésticas) para sobrevivir (Davis, 2006). Para el caso mexicano, el ejemplo más ilustrativo de esta forma de acumulación de capital lo tenemos en Cancún.

 

La polaridad en Cancún

En el espacio urbano de Cancún la polarización económica y social se expresa de manera muy marcada. Cancún cuenta con una zona hotelera y, como señalé, una parte urbana, que popularmente ha sido rebautizada como "zona atolera".

La zona hotelera alberga, además de los hoteles, los campos de golf, un centro de convenciones, tiendas departamentales, boutiques con ropa de marca, restaurantes y discotecas, así como algunos conjuntos residenciales para personas de muy altos ingresos. Basta señalar que en uno de los conjuntos colindantes con la laguna Nichupté, una residencia se vendía en agosto de 2008 en 4 550 000 dólares, lo que para ese tiempo equivalía a casi 48 millones de pesos. Otra más, en Pok Ta Pok, se ofertaba en esa misma fecha (vía internet) en 6 500 000 dólares americanos, o sea, casi 70 millones de pesos mexicanos en esa época. Cabe apuntar, sin embargo, que no todas las residencias se elevan a esas cifras estratosféricas.

En estos conjuntos residenciales habitan empresarios y miembros de la alta clase política mexicana. Su perímetro está perfectamente delimitado y custodiado por rejas y guardias de seguridad, que impiden el paso a los que no son sus residentes. Cada mañana se ve ingresar a todo un ejército laboral, conformado por empleadas domésticas y trabajadores diversos, que proporcionan servicios personales y le dan mantenimiento a los inmuebles, albercas, gimnasios, jardines y demás. A estos conjuntos sólo se puede entrar por acuerdo expreso (y por escrito) del residente, quien se hace responsable del acceso de la persona o personas en cuestión. Uno por uno va pasando cada trabajador o trabajadora, quien debe identificarse y firmar a la hora de su entrada y de su salida. Cual si se tratara de una aduana, debe mostrar a los guardias su bolso y pertenencias, tanto al llegar como al salir, por motivos de seguridad.

Las murallas, los cercos electrificados y las numerosas empresas de seguridad en Cancún y la Riviera Maya resguardan los hoteles y zonas residenciales de la clase ociosa internacional que las habita. La lógica que siguen coincide con un nuevo tipo de urbanización polarizada en la que se observa una discontinuidad espacial y social respecto a la trama circundante. Se trata de creaciones artificiales cerradas a modo de enclaves diferenciados, donde las élites puedan obtener seguridad en la sociedad del riesgo (Beck, 1994). Estos conjuntos residenciales recrean una utopía privada, donde la exclusividad social es una de sus características y el valor en alza de la seguridad se convierte en un factor de competitividad (Pedreño Cánovas, 2009).

Tanto en los hoteles como en los conjuntos habitacionales exclusivos de las zonas hoteleras de Cancún y Riviera Maya se invierte mucho en seguridad: son murallas y fronteras simbólicas para protegerse y mantener a raya la peligrosidad social, real o imaginada, que los rodea.

Las personas que habitan en los conjuntos residenciales exclusivos de Cancún se definen como cancunenses: se trata de familias que tienen cinco, diez o 15 años de vivir en la ciudad y están conformadas por ejecutivos y profesionistas altamente calificados, empresarios y funcionarios públicos con alto nivel de ingresos. Sus lugares de socialización y esparcimiento se ubican en la zona hotelera y en algunas partes del centro de la zona urbana. Entre sectores de la élite local se edita una revista: Cancunísimo, en la que se dan a conocer fotografías a todo color que muestran los acontecimientos de la vida de la "alta sociedad" local, así como sus fiestas, reuniones, bodas y todo aquello que se publica en las revistas de "sociales".

Mediante este tipo de publicaciones se expresa el esfuerzo de las élites por distinguirse, por mostrar la exclusividad de sus lugares de ocio y de reunión, lo que corre a contracorriente de los esfuerzos (si es que los hay) de conformar una "comunidad imaginada" (Anderson, 1997). Como mencionan Castellanos y París (2001: 140), "ciertos sectores de las élites políticas han difundido la idea de que la inexistencia de una identidad cancunense es la causa de los problemas sociales y urbanos". En efecto, las élites económicas y políticas no han logrado construir los símbolos que permitan articular procesos de identificación colectiva y regional. Pero ¿cómo podrían hacerlo? Su discurso es el de la exclusividad, o sea, ser excluyentes. Los símbolos con los cuales se manejan e identifican como clase social excluyen a todos los demás.

Por su parte, el Estado tampoco ha podido contar con los elementos simbólicos y las narrativas colectivas que tiendan a generar una noción de identidad regional. Cancún es conocido en México y en el mundo por sus hermosas playas color turquesa, sus lujosas edificaciones, sus refinados restaurantes y clubes de golf. Ésos son los símbolos que lo identifican como ciudad y que lo distinguen de otras ciudades. Se trata de objetos–símbolos a los que la población local no puede tener acceso debido a que la zona turística es exclusiva, es decir, excluyente.

El clasismo y el racismo son símbolos de distinción y jerarquización que se oponen a la creación de dicha comunidad imaginada, con lo que difícilmente se podrá fundamentar una identidad colectiva urbana y regional. Nos hace recordar a Bourdieu (2006) cuando señala que los sujetos sociales se diferencian en sus estilos de vida por las distinciones que realizan y en las que se expresa o se revela su posición. La exclusividad constituye uno de los símbolos dominantes de distinción de las élites cancunenses, con lo que logran distinguirse de "la plebe". No obstante, las élites manifiestan su preocupación por la falta de identidad de Cancún y a ello le atribuyen los males sociales.

Aunado a lo anterior, podría apuntarse que la zona hotelera se convierte en un no lugar en el sentido que lo plantea Marc Augé (1992). Se trata de un no lugar en virtud de que las relaciones sociales que se dan entre turistas, y entre turistas y anfitriones son efímeras, instrumentales y superficiales, toda vez que la estancia de los huéspedes es tan corta que no permite generar vínculos sociales.

Los grupos de las élites y los trabajadores de los sectores más estables de la zona hotelera son quienes podrían dotar de sentido a ese no lugar y otorgarle una identidad propia. No obstante, la polarización social y económica, marcada por la exclusividad, lo impide. Además se observa que la gran masa laboral que trabaja en los hoteles presenta bajos niveles de organización sindical o política autónoma e inestabilidad laboral, lo que no ha permitido crear propuestas colectivas para transformar sus espacios de trabajo (altamente jerarquizados y taylorizados).

Fuera de la zona hotelera está, como mencioné, el otro polo de la ciudad: la "zona atolera". Ahí residen los trabajadores que laboran en las residencias y hoteles, y otros más en busca de empleo o de algún otro modo de sobrevivencia.

Llama la atención que hasta hoy, 30 años después de haberse creado esta ciudad que nació prácticamente de la nada, las colonias populares sigan siendo denominadas "regiones". Cada región se distingue por el número que le corresponde: están, por ejemplo, la región 95, la 101 o la 102, o también, como dijera el periodista Rafael Santiago Campos, la región "siento miedo", para referirse a las numerosas regiones que viven con el temor y la inseguridad causada por el desbordante pandillerismo y la drogadicción, que han crecido en los últimos años.

Ello nos permite una primera reflexión: aquellos que poseen el capital económico y cultural (capital simbólico, o sea, poder) no sólo tienen la capacidad de utilizar el espacio, definirlo, adecuarlo a sus intereses. También tienen capacidad para autodefinirse y, a su vez, definir a los otros. En la configuración de la ciudad, el hecho de que la persona posea un nombre le otorga una identidad. Lo mismo sucede para los lugares. Quienes cuentan con un nombre para el lugar en que habitan o frecuentan muestran un estatus, también una identidad. Los conjuntos residenciales, a diferencia de las "regiones", sí tienen nombre propio: la Isla Dorada, Bay View Grand, Bay View Grand 2, Bay View Grand 6 000, Karina y Palma, entre otros.

En Cancún, las clases sociales se tocan, pero no se mezclan. El contacto interclasista se da por motivos laborales: es una relación patrón–trabajador que no entraña un vínculo simbólico o afectivo, sino que se constituye una relación instrumental jerarquizada.

Decía Bourdieu (2004) que el espacio urbano es un reflejo, aunque distorsionado, del espacio social. Sin embargo, en el caso de Cancún, este reflejo es más bien literal: un espejo de pocas distorsiones. La división del espacio urbano es fiel reflejo de la división clasista de la sociedad.

El hecho de que las colonias populares sean "regiones", y no colonias con un nombre propio, nos da un indicador de la despersonalización (¿deshumanización?) que lleva consigo esta ciudad, que bien podría considerarse como un no lugar, de acuerdo con Augé (1992). Al ser Cancún una ciudad de servicios, incluyendo su parte hotelera, las personas que habitan temporalmente en ella –los turistas– tienen poco contacto con la población local. En cuanto a los residentes permanentes, los contactos entre sectores polarizados se dan a partir de la relación entre el empleado, dedicado al trabajo, y el turista, dedicado al ocio.

Una dinámica similar se observa en el contraste que se presenta entre la zona residencial de alto nivel de Playa del Carmen (como el caso del conjunto Playacar) y quienes viven al otro lado de la carretera, cuyos conjuntos habitacionales y precarios han sido rebautizados como "la ciudad de los indios", debido a que ahí se aloja una gran masa de trabajadores de la industria de la construcción, compuesta por cientos de inmigrantes permanentes de origen indígena.

 

Huéspedes y anfitriones

De acuerdo con la propuesta de Sutton (reformulada por Jiménez Martínez y Sosa, 2008), en Cancún las relaciones entre huéspedes y anfitriones manifiestan las siguientes características: a) ocio para unos, trabajo para otros. "El hecho de que para unos, los turistas, se encuentren en tiempo vacacional de ocio, le distingue de los anfitriones precisamente porque, a su vez, ese mismo es un espacio y tiempo de trabajo"; b) la visita del turista se hace una sola vez "sin que medie la obligatoriedad para repetir la experiencia. Para el anfitrión, en cambio, la experiencia se repite. El encuentro para el turista es transitorio, en cambio para el anfitrión el encuentro es permanente. Es esa condición de transitoriedad la que subraya su condición de privilegio y de excepción en el espacio–tiempo que le toca vivir en un territorio destino específico donde toma sus vacaciones" (Jiménez Martínez y Sosa, 2008: 79).

La configuración de Cancún Resort tiende a perder cada día más la relación entre huéspedes y anfitriones. Con la incorporación de los paquetes VTP y all inclusive se retiene a los turistas dentro del hotel. Al estar ya todo pagado, el turista no tiene ninguna necesidad de salir. En el interior de los hoteles hay bebidas, discotecas y demás. Con ello se evita que los visitantes vayan por la calle y puedan conversar con los residentes habituales de la ciudad. Los turistas no tienen por qué ir a conocer los restaurantes, las fondas, los lugares de esparcimiento cotidiano de la sociedad anfitriona. Así está diseñado. Además, habrá que agregar que la periferia carece de lugares de recreación, pues poco a poco han sido devorados por la industria inmobiliaria, la cual día con día arrebata pedazos de playa que constituyen uno de los pocos lugares de esparcimiento de la población local. Entonces, la relación huésped–anfitrión se torna en verdad inexistente, cuando no meramente instrumental. No genera vínculos fuertes.

En la región Cancún–Riviera Maya, son los pueblos mayas quienes le dan nombre y distinción global al territorio. Empero, se llega al extremo de reproducir una vivienda y hasta un cementerio maya en parques temáticos, como en Xcaret, para que el turista tenga su "experiencia" diferente, aunque artificial. ¿Contacto con la población local? ¿Para qué si ya todo está diseñado? En el parque temático, supuestos "mayas" adornados con penachos de plumas, taparrabos y el cuerpo pintado de azul, complementan el espectáculo en el que se ofrece el juego de pelota "maya" con jugadores que son llevados desde otros lugares de la república.

La industria turística tematiza a la vez que usurpa el nombre y la identidad mayas. En nombre de la cultura maya se hacen construcciones, decorados y espectáculos, donde el trabajo invisible se orienta a la reinvención de supuestas tradiciones por parte de tour–operadores que tienden a caricaturizar la diversidad étnica y cultural de la región. En esta parte de México, al igual que en otros tiempos y latitudes, ocurre un proceso de exaltación del "indio muerto", el maya antiguo, el gran constructor de las pirámides. Construcciones que, por cierto, tratan de imitar los hoteles en su arquitectura y decorados interiores, en los vistosos trajes que visten los animadores, es decir, los trabajadores del espectáculo y la convivencia con los turistas, lo que contrasta con el desprecio y la discriminación de que son objeto los indígenas vivos y sus culturas.

En la lucha por las clasificaciones sociales, el espectáculo encubre, a los ojos del turista, una relación jerárquica, de alguna forma similar a la que se da entre los habitantes de conjuntos residenciales y sus trabajadores. En ambos casos prevalece la jerarquía, pero con la diferencia de que la relación entre huéspedes y anfitriones en los hoteles es efímera, superficial, impersonal y de muy corta duración.

Este tipo de configuraciones tiene una segunda implicación: la exacerbación del clasismo y del racismo. En el curso de la lucha por las clasificaciones sociales, el poder económico y social de las élites tiende a verse reflejado en la manera en que se estructuran la ciudad y sus espacios, pero también los mercados de trabajo. En el interior de la industria turística se puede hacer un seguimiento de los puestos de trabajo a partir de la distinción entre empleados de contacto y de no contacto: esto es, los trabajadores que tienen trato con el cliente y aquellos que no deben ser vistos.

Como bien lo señalan Castellanos y Pedreño (2006), en la economía–símbolo que viene aparejada con la expansión de la industria turística, los trabajadores de contacto son los depositarios del trato amable, de las sonrisas y los buenos modales, que invitan a los huéspedes a regresar y repetir la experiencia. Ellos son los "nuevos braceros del ocio", cuyo trabajo expresa una mercancía inmaterial altamente valorada, tanto por hoteleros como por turistas. Son trabajadores pertenecientes a una nueva categoría laboral generada por la industria turística global, en la que el trato personal y los buenos modales se conjugan con las atenciones que, en su propio idioma, recibe el huésped. En la competencia por captar el mayor número de turistas, la mercancía inmaterial (las sonrisas) constituye uno de los elementos clave para hacer que el viajero desee repetir la experiencia. El otro es el performance lingüístico: los animadores, edecanes, empleados de recepción, hablan dos o más idiomas, lo cual deja fuera de la lucha por oportunidades a la inmensa mayoría que conforma la población radicada en la región, por lo que los tour–operadores suelen contratar a jóvenes que son reclutados desde los lugares de origen de los propios turistas. Otros más son contratados cuando viajan sin recursos (turismo mochilero) y hacen de Cancún y la Riviera Maya su lugar de inmigración permanente.

Por lo general, las personas que tienen trato directo con los turistas se desempeñan en inglés, francés, italiano o alemán. Aparte de contar con niveles más elevados de escolaridad que el resto de los trabajadores, disfrutan de algunos privilegios que los separan de los demás. En la Riviera Maya es común ver a jóvenes europeos realizar tareas de animación, recepción y trato directo con los turistas, en tanto que los trabajadores locales pueden considerarse de no contacto, ubicados en jardinería, cocina y actividades que no requieren un trato directo con el cliente.

El trabajo en el interior de los hoteles y resorts está claramente delimitado mediante la distinción entre trabajadores de contacto y de no contacto. En los lugares de descanso se procura que el trabajo sea "invisible", que no se note, con lo que también se hacen invisibles los trabajadores. Por ello sus comedores están separados de los de los turistas y tienen estrictamente prohibido deambular por los resorts en áreas que no estén enmarcadas dentro de su radio de actividades. Incluso, como bien lo hace notar Hiernaux Nicolas (1999), los horarios de trabajo de las recamareras están organizados de tal manera que ellas puedan limpiar la habitación cuando los clientes se encuentran en la playa.

Por el contrario, quienes se dedican a la animación están en contacto continuo con los turistas: bailan con ellos y para ellos o los invitan a pasar a la piscina para hacer ejercicio. Su trabajo consiste en hacer que el visitante tenga una estancia amena y divertida. Los animadores y animadoras son jóvenes, dominan más de una lengua, sus cuerpos son esbeltos y musculosos, muy adecuados para la imagen sobre la salud y la belleza que el resort busca proyectar a los y las turistas. Estos trabajadores suelen percibir un ingreso un poco más elevado que los demás, viven en los hoteles y cuentan con ciertas prerrogativas laborales que los demás no tienen: pueden comer en los mismos restaurantes que los turistas, conversar con ellos e incluso salir con ellos a tomar la copa a las discotecas por la noche. Sin embargo, su situación no es tan idílica como parece. Los animadores y animadoras que salen con los turistas a beber la copa y a las discotecas regresan al hotel a altas horas de la madrugada, y deben estar listos muy temprano, bañados y cambiados para iniciar la nueva jornada del día: llegar a las nueve de la mañana a la alberca o a la playa, organizar torneos y concursos, bailar y atender a los huéspedes.

Los trabajadores de no contacto tienen prohibido tratar con los clientes, a menos que la situación lo amerite para atender algún servicio. En una ocasión pude constatar cómo la sonrisa que se prodiga al cliente de pronto desaparecía cuando un trabajador era reprendido por estar conversando conmigo en un área que no le correspondía. "¿Qué estás haciendo aquí?", le dijo su jefe, "¡regrésate de inmediato... de inmediato!"

De ahí la pertinencia de esta segunda reflexión: la industria del ocio tiende a abrir nuevas líneas de fractura entre los trabajadores y, por las características descritas, también a racializar las relaciones laborales; por ende, el conjunto de las relaciones sociales.

La creciente dependencia económica de la región con respecto al turismo, sobre todo el turismo internacional, hace que se genere un imaginario que, por un lado, tiende a exaltar y sobrevalorar a los extranjeros y, por el otro, a minusvalorar a los nacionales, sean o no turistas. En agosto de 2008, en una conferencia a la que fui invitada como ponente, una profesora de la Escuela de Turismo de la Universidad Autónoma de Quintana Roo me refutó. Señalaba de manera enfática que en Cancún no había racismo: "lo que sucede es que los turistas mexicanos son muy sucios, muy cochinos". Desde luego, la gente del auditorio protestó. Un profesor de origen maya, indignado, le respondió: "claro que eso sí es racismo".

La industria turística globalizada tiende a crear entre la población local respuestas contradictorias. Existe una representación social que ve al turista como un benefactor que viene a crear empleos, lo cual es completamente cierto. En abril de 2009, el turismo huyó de Cancún como se huye de la peste cuando se difundió que México era un foco de infección desde el cual se contaminaría a toda la humanidad, dada la aparición del virus A/H1N1. El pánico, junto con la impericia de las autoridades del estado para dar una información confiable, ahuyentó al turismo. Las playas de Cancún y la Riviera Maya lucían prácticamente desiertas. Miles de trabajadores fueron despedidos y más de 34 hoteles fueron cerrados. Para la población local, la devastación ocasionada por el virus fue más catastrófica que todos los huracanes. Los turistas dejaron de arribar, y para quienes tuvieron el privilegio de no perder sus empleos dejaron de llegar las propinas, las cuales conforman la mitad de su ingreso.

Ello explica el porqué de la xenofilia: la ciudad depende del visitante. Pero esto se presenta junto con algunas expresiones de xenofobia. Entre los trabajadores y habitantes de la ciudad prevalece una opinión muy negativa de los spring breakers y de las empresas españolas, que son percibidas como abusivas, al apropiarse de playas y tratar mal a sus empleados.

La emergencia sanitaria mostró algo que muchos suponíamos: Cancún y la Riviera Maya no son playas que puedan disfrutar los mexicanos, ya sea porque muchos hoteles trabajan con tour–operadores y no venden paquetes turísticos en México, o porque los otros hoteles, a los que sí llegan mexicanos, tienen precios exorbitantes, que la mayoría no puede pagar.

Las imágenes no mienten: en los mismos días de abril cuando las playas de Quintana Roo estaban desiertas, los medios de comunicación difundían fotografías de miles de paseantes y bañistas que disfrutaban en las playas de Acapulco la suspensión de labores a causa de la emergencia sanitaria; lo cual evidencia que el enclave que es Cancún se encuentra dislocado no sólo del contexto regional sino también del nacional.

En contraparte, el turismo globalizado genera espacios de exclusión donde la población local no puede ingresar, a menos de que lo haga para ocuparse en los servicios.

 

Reflexión final

Hasta hoy, Cancún ha sido visto como un ejemplo exitoso y un paradigma a seguir por parte del Estado mexicano en otras regiones del país. En marzo de 2007 el gobierno del estado de Nayarit emitió la Declaratoria de los Corredores Turísticos Vallarta Nayarit y Riviera Nayarit, la cual otorga una extensión de 25.2 kilómetros de playa, y el Proyecto Punta Negra, que llegará hasta el Puerto de San Blas, con una extensión de 154.9 kilómetros. Ambos "desarrollos turísticos" son impulsados por el Fonatur y se enmarcan en el proyecto denominado "Escala Náutica". La región está siendo objeto de una acelerada transformación, al pasar de la actividad primaria a la terciaria, con la consecuente pérdida de tierras por parte de los campesinos y su progresiva marginalización. A esta región ya están llegando trabajadores y profesionistas de otras entidades del país, quienes comienzan a ocupar los espacios laborales que demanda el desarrollo turístico y a los cuales la población local no puede acceder por falta de capacitación técnica y profesional o, más aún, por no dominar el idioma inglés (Márquez González y Ocampo Galindo, 2009).

Como reflexión final agrego que Cancún y el corredor de la Riviera Maya nos muestran un uso del espacio que refleja una estructura social semejante a un modelo de apartheid. No se trata del modelo jurídico–político sudafricano, sino de un modelo de facto que contraviene a las leyes mexicanas.

En el corredor Cancún–Riviera Maya, que va desde Puerto Morelos hasta Tulum, han sido concesionadas vastas extensiones del territorio costero a los grandes hoteles de las cadenas globales del ocio. A lo largo de 84 kilómetros de costa, nadie que no sea turista o trabajador de algún hotel puede pasar a ver el mar. Toda la franja (con excepción de la entrada a la playa pública de Playa del Carmen) está cercada.

A lo largo de todos esos kilómetros se encuentran las entradas a los hoteles y a los conjuntos turísticos adornados con grandes portales de cemento y acero. Si alguien que no sea huésped quiere ver el color turquesa del mar, deberá caminar alrededor de cinco kilómetros desde el portal del hotel, pero para ello debe librar el primer cerco: los guardias que custodian el portal. Más adelante, y si todo va bien, deberá atravesar la recepción del hotel, donde habrá otros guardias que le impedirán el acceso. Los guardias no trabajan para los hoteles, sino para empresas fantasma de capital privado, en una modalidad conocida como outsourcing, que permite a los hoteles deslindarse de toda responsabilidad laboral hacia estos trabajadores o de los abusos de poder que pudieran cometer.

En Cancún, en cambio, después de que la población local ha protagonizado diversas protestas, sí existen playas públicas. En la zona hotelera, cada tres kilómetros hay una entrada que mide unos siete metros de ancho. Son espacios sumamente reducidos y carentes de servicios. No cuentan con baños ni regaderas, pero gracias a las protestas de los usuarios, finalmente se logró que al menos se colocaran botes de basura. No hay palmeras ni techos ni objeto alguno para protegerse del sol. Los visitantes deben salir del mar y subir de inmediato a los vehículos, incluso con la ropa mojada. En la "zona atolera" hay también playas públicas, que han ido reduciendo su espacio cada vez más ante el avance incesante de la industria inmobiliaria. Cancún tiene una gran carencia de espacios públicos para el esparcimiento y, aun así, el Estado no ha podido controlar la voracidad con que éstos se privatizan. Tal vez, de seguir esta dinámica, la única opción para que la población local pueda hacer uso de las playas públicas (porque siguen siendo públicas, de acuerdo con la Constitución) será llegar por helicóptero.

El desarrollo de la industria turística globalizada tiende a inducir a la formación de un nuevo tipo de proletariado, precarizado y flexible, que se encuentra ubicado básicamente en el área de los servicios. Se trata de la generación de empleos precarios cuyo número oscila, según la estacionalidad, entre periodos de contratación y paro, conforme se mueve el mercado. Es una industria que exhibe una enorme vulnerabilidad, que de la noche a la mañana deja sin empleo a miles de personas. Baste mencionar que con la emergencia sanitaria de abril–mayo de 2009, y el manejo mediático que se le dio a la nueva influenza A/H1N1, en Cancún cerraron 34 hoteles y miles de trabajadores fueron lanzados a la calle. Este fenómeno sanitario tuvo mayores repercusiones para la población local que aquellas que se vivieron con el arribo del huracán Wilma en octubre de 2005 (así lo aseguran las personas que fueron entrevistadas). Un elemento adicional que afectó a la industria es que las aseguradoras pagan los siniestros cuando acontece un huracán, pero en el caso de la influenza "humana" ninguna aseguradora hizo indemnización alguna.

Esto demuestra que, en buena medida, la llegada de turistas depende de algo tan volátil como los imaginarios. De ahí la importancia de invertir en publicidad. Junto con ello, se requiere brindar al turista una imagen de seguridad personal, por lo cual el gasto en seguridad (cercas, murallas, guardias) podría estar indicando el fortalecimiento de tendencias constitutivas de un estado policiaco que logre mantener a raya a "la plebe", a "los narcos" y a todo aquel que pueda vulnerar una imagen de paz, tranquilidad y belleza. El capital global gana territorio y, con ello, poder.

 

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Notas

*** Agradezco el apoyo del proyecto Conacyt, número 83606, "Cultura, identidades y relaciones interétnicas en ciudades turísticas internacionales en México" y al programa PAPITT (proyecto IN304609), "Procesos transnacionales: migración, turismo y relaciones interétnicas", para la elaboración de este resultado de investigación.

1 Andrés Pedreño Cánovas (2009) se ha referido al "Planeta Resort" para destacar el proceso de turistificación global al que han estado sometidas diversas regiones del mundo. Retomo de él esta propuesta debido a que México está sujeto también a esa dinámica.

2 En una somera revisión de los planes de estudios de las escuelas de turismo de las universidades públicas de Quintana Roo, vemos que las carreras se orientan preferentemente hacia los servicios: existen las carreras de Administración, Hotelería, Gastronomía. Algo similar ocurre con las universidades interculturales.

3 La Comisión Nacional para el Desarrollo de los Pueblos Indígenas, por ejemplo, tiene entre sus proyectos básicos el denominado Programa de Turismo Alternativo en Zonas Indígenas, mediante el cual "busca generar ingresos económicos que incidan positivamente en el nivel de bienestar de la población, promover la organización comunitaria, fortalecer el vínculo de las colectividades indígenas con sus territorios, y propiciar la revaloración, la conservación y el aprovechamiento sustentable de los recursos y atractivos naturales, así como del patrimonio cultural de los pueblos y comunidades indígenas" <http://www.cdi.gob.mx/ecoturismo/programa.html>.

4 <http://www.cancun–online.com/Golf/> [noviembre de 2009].

5 Durante 2009, hice continuos intentos desde México para contratar alojamiento en algunos hoteles de Playacar y otros colindantes. Fue imposible. Todos los cuartos estaban reservados. Los tour–operadores globales adquieren un determinado número de cuartos con dos o tres años de anticipación, y posteriormente venden el servicio mediante paquetes que se comercializan en España, Italia, Estados Unidos y Canadá. La compra masiva de cuartos y de vuelos charter les permite abaratar sus costos y ofrecer sus paquetes a un mercado específico. Ni aun por internet pude hacer una reservación.