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Alteridades

versión On-line ISSN 2448-850Xversión impresa ISSN 0188-7017

Alteridades vol.18 no.36 México jul./dic. 2008

 

Laboratorio de cultura urbana: dos testimonios

 

Balance con memoria (Bolero)

 

Balance and Memory (Bolero)

 

Francisco Cruces

 

* Profesor de Antropología Social de la Universidad Nacional de Educación a Distancia, España.

 

Resumen

En el presente texto, de naturaleza más oral que escrita y más biográfica que académica, el autor celebra la larga trayectoria del Grupo de Estudios Urbanos de la UAM–I y se interroga por las narrativas mediante las cuales dicho grupo ha tratado de dar cuenta de la vida en la ciudad de México. Contar la ciudad es, indisolublemente, entretejer un relato sobre nosotros mismos.

Palabras clave: Vida urbana, narrativas, conmemoraciones, ciudad de México.

 

Abstract

In this text, that is more of an oral nature than a written one and more biographical than academic, the author celebrates the extensive academic career of the Grupo de Estudios Urbanos (Urban Studies Group) of UAM–I and asks himself about the narratives by which this group has tried to account for life in Mexico City. To tell stories about the city is to in–dissolubly weave tales about ourselves.

Key words: Urban life, narratives, commemorations, Mexico City.

 

Sé que no me han Invitado a participar en este acto por mi currículo, y mucho menos por mis méritos como Investigador. Dado que se trata de un aniversario, imagino que me habrán llamado por ser un buen conmemorador, así que les regalaré un bolero. Pero no se asusten; por el momento me limitaré a presentar sólo la letra, la música la dejo para la siguiente ocasión –si es que deciden volver a convocarme.

De manera tentativa, podría titularse Bolero del balance–con–memoria. No obstante, dada la importante contribución de italianos y argentinos a este evento aún estoy pensando si no sería mejor bautizarlo Tango de inventario y confesiones. Hay diferencias sutiles entre hacer balance y hacer inventario, otras más gruesas entre tales actividades contables y el tipo de relación simbólica y biográfica con lo incontable y lo inconmensurable que establece –como el bolero– todo rito de conmemoración. Ése va a ser el hilo de mi intervención; pues aunque formalmente haya sido llamado a hacer una especie de balance–de–los–balances de Eduardo Nivón y Rosalía Winocur, en realidad lo que me pide el cuerpo no es poner distancia, sino unirme a la celebración. De ahí que lo siguiente caiga más bien del lado de lo participativo y lo sentimental.

Los dos textos que comentaré son de naturaleza distinta. El de Winocur es una revisión realizada desde la preocupación por los medios, más precisamente por las relaciones entre medios masivos y cultura urbana, las cuales han sido documentadas con finura a lo largo de años por los trabajos de este grupo. Es de rigor reconocer que ése es uno de los puntos fuertes no ya del Programa de Estudios de Cultura Urbana sino de la investigación latinoamericana sobre cultura en general. Y quizá también sea una de las grandes asignaturas pendientes de la antropología española, de la que provengo, por lo que haríamos bien en aprender de ustedes. El examen de Nivón, por su parte, está hecho desde el espacio y el tiempo: desde el afán por entender las relaciones centro–periferia de los núcleos urbanos –y más en concreto de la mancha urbana del Distrito Federal en sus transformaciones históricas.

En consecuencia, las ciudades de estos dos investigadores son muy distintas. Me traen a la memoria aquella metáfora de Néstor García Canclini cuando decía, en la introducción a Culturas híbridas, que los antropólogos llegan a las ciudades en bicicleta, los sociólogos por la autopista y los comunicólogos en avión. Antes de detenerme a comentar los implícitos de estas dos perspectivas, quiero resaltar lo que tienen en común: no son propiamente balances, estados de cuentas, sino minuciosos inventarios de lo realizado. En realidad, somos más bien los participantes en este encuentro quienes, a lo largo del mismo, nos hemos ido encargando de desgranar una suerte de agenda de temas pendientes, susceptibles de tomarse como ejes de trabajo para el futuro. Permítaseme destacar algunos.

En primer lugar, apareció la necesidad de repensar de manera crítica el concepto de espacio público. Esta categoría clave precisa revisión; no sólo por el peso de una historia intelectual larga, densa y compleja (de Habermas a Castells, del ágora ilustrada a la ciudad por partes), sino sobre todo por los procesos del día a día en nuestras urbes, escindidas entre los megaproyectos ("la ciudad de los arquitectos") y las apropiaciones locales ("la ciudad de la gente"). No es una urgencia meramente teórica, más bien se trata de identificar los procesos contemporáneos de conformación del espacio compartido: de poner nombre a las nuevas dimensiones de lo público, sus usos, sus límites. Como ha hecho ver Adrián Gorelik, en la medida en que constituye una metáfora espacial proyectada sobre el espacio social, la categoría espacio público es inherentemente ambigua. Siempre vino cargada de un intenso sentido utópico: el de la realización de la convivencia posible en la ciudad. Sin poder prescindir de ella, tampoco podemos dejarnos embaucar por sus promesas.

Varias intervenciones invocaron lo político como un momento necesario en el análisis de la cultura urbana. Algunas reclamaron incluso una suerte de "retorno de la política" en el plano global (en sintonía, pienso, con la tendencia dominante en la urbanología anglosajona etiquetada como political economy). Esta dimensión se hizo presente en temas como la retirada neoliberal del Estado de espacios previamente tutelados; las contradicciones implícitas en procesos de aristocratización (gentrification) de barrios como el Soho de Nueva York, Puerto Madero y Palermo Viejo en Buenos Aires, Condesa y Coyoacán en la Ciudad de México; la producción social del miedo y de nociones de margen y exclusión. Algunas presentaciones de estos problemas han optado por un lenguaje de denuncia frente a la conformación de la ciudad a medida de los intereses del capital, crecientemente trasnacional y coludido con las autoridades locales. Otras prefieren explorar, desde una experiencia de responsabilidad práctica en políticas culturales, las luces y sombras de casos concretos de intervención (desde lugares mucho más tangibles aunque modestos, como los museos municipales, los distritos o el Instituto Nacional de Antropología e Historia).

Un tercer punto de la agenda lo constituyen las estéticas urbanas, las cuales no se perfilan a una experiencia extra o supramundana de "lo bello" sino, al contrario, a los procesos simbólicos que elaboran la experiencia cotidiana de vivir en ciudad. Los textos de Juan Villoro, Graciela Smilchuk y Miguel Ángel Aguilar reclaman este tipo de aproximación. El estudio de las estéticas (en plural) resulta estratégico por la importancia de lo que permite documentar: la creatividad silenciosa del viandante, o, en los términos de Amalia Signorelli y Angela Giglia, sus formas de asignación, uso y apropiación. Pero lo es también por su potencial para deconstruir las dicotomías, jerarquías y discursos favoritos sobre la expresión humana bajo condiciones de urbanidad –aquella vieja perspectiva ilustrada que, reificando el concepto de cultura, insiste en sacralizar la separación entre lo instrumental y lo expresivo, lo funcional y lo ornamental, lo espiritual y lo corporal, el arte cultivado frente a la expresión popular.

Cabe añadir un cuarto tema: la ciudad como espacio de conocimiento donde se producen y distribuyen saberes y representaciones. La heterogeneidad de los mismos, su circulación y traducción mutua, sus metamorfosis, han de ser problemas relevantes en nuestro trabajo si es que no queremos dejar a los ideólogos de la "sociedad del conocimiento" y la "información" sesgar de manera definitiva la visión de lo que significan las ciudades como nodos de flujos informativos y culturales. Aprovecho para anunciar la aparición de La sonrisa de la institución, un trabajo colectivo de antropólogos madrileños en el que analizamos un aspecto de este problema: las relaciones de riesgo y confianza permanentemente tramadas, cuestionadas y rehechas entre sistemas expertos y sus clientes y usuarios.1 En él abordamos la etnografía de sitios tan exóticos como una sucursal bancaria, una ventanilla de información, una unidad hospitalaria de cuidados intensivos y otros contextos similares donde los profesionales se queman, los usuarios se quejan y las instituciones despliegan la mejor de sus sonrisas.

De regreso a los balances de Rosalía y Eduardo, comentaré las narrativas con las que han elegido "contarnos" como grupo. La de Winocur procede yuxtaponiendo, por acumulación y en la simultaneidad del presente, una serie de instantáneas que componen fragmentariamente el todo de la vida urbana actual: la recreación mediática, el escenario de la calle, la urbanización del migrante, las disputas por el espacio, el atasco, los múltiples sentidos de familiaridad y de ciudadanía, los miedos, los espacios emblemáticos, la proliferación tecnológica, etcétera. Lo hace un poco al modo cinematográfico. Como en Shortcuts, la película sobre Los Ángeles, la trama procede por el entrecruzamiento azaroso de la vida de personajes de otro modo desconectados. Me reconozco en esta forma de contar la vida urbana, porque es similar a la etnografía que practico. Habla de la experiencia de la ciudad inabarcable. También de la inadecuación de las tramas argumentales con que la afrontamos –de nuestra experiencia de etnógrafos perdidos en ella y nuestro esfuerzo por reorientarnos, buscándole un rumbo y un sentido.

¿Qué le pasó a la Ciudad de México? Es una pregunta imposible de responder: nadie lo sabe. No puede haber efecto de cierre en nuestras etnografías, sino apenas un compromiso con la complejidad. Frente a los grandes relatos de la teoría urbana (progreso modernizador, comunidad perdida, jaula de hierro o supervivencia del pueblo), hoy tan inverosímiles como replicados ad nauseam por planeadores, políticos y proyectistas, este otro tiene las virtudes de su honestidad y minimalismo. Reconocer como hecho clave de nuestra época una inevitable pérdida de centro (social, espacial, cultural) tal vez nos ayude a tolerar la dureza de esta urbe, a la que aplicamos con justicia calificativos como "vértigo horizontal" (Villoro), "ciudad postapocalíptica" (Monsiváis) o "edificada por demolición" (Aguilar).

El relato de Eduardo Nivón propone otro marco. Si el anterior perseguía las interconexiones entre ámbitos fragmentados y desanclados, éste se sitúa desde la larga duración y un espacio panóptico cuyo paradigma es el mapa. Se trata, empero, de un relato híbrido: al optimista relato clásico de la modernización urbana seguirá ineluctablemente el pesimista de la des/modernización mega/urbana. La andadura inicia con la ciudad medieval. En su despliegue, bien documentado por Nivón –de la urbe amurallada a la ilustrada, de ésta a la industrial y luego a la suburbial–, se adivinan trazas del gran metarrelato wirthiano del urbanismo como modo de vida. Puesto que no hay historia inocente, ¿no habrá que entender este ejercicio narrativo como una declaración de doble pertenencia? Por su medio nos reclamamos tanto citadinos como urbanólogos; miembros de una tradición de vida en ciudad que alcanza nada menos que ¡hasta Alfonso X el Sabio!, pero también partícipes de una línea ininterrumpida de análisis que remite a Weber, Simmel y sus continuadores.

Por evidente que todo esto parezca desde aquí, no es ésa la manera en que las tradiciones latinoamericanas de vida y de pensamiento urbanos son percibidas y –se podría decir– trapeadas desde otras latitudes. Para empezar, en revistas como Annual Review of Anthropology o Urban Anthropology sólo hacen referencia a lo publicado en inglés; el rubro donde pueden encontrarse análisis culturales sobre la Ciudad de México y otras ciudades latinoamericanas es, la mayoría de las veces, el de "ciudades del Tercer Mundo", "países en desarrollo" o –según reza un título reciente– Cities Beyond the West. Existe pues una geopolítica de las ciudades y su estudio tiende a desdecir y deshacer nuestro doble relato de pertenencia. Habrá que explicar entonces a nuestros colegas norteamericanos que, pese a lo bienintencionado de esa fórmula, aquí nadie está "beyond the West". La ciudad colonial del Zócalo, la afrancesada de Reforma, la modernista de las colonias porfirianas, la funcional de los multifamiliares, la nacionalista del Templo Mayor, la tardomoderna de Satélite, son impensables como un "más allá" de las tradiciones de urbanización occidental, por más que a lo largo de su desarrollo histórico hayan ido incorporando las huellas de una relación conflictiva y contradictoria con múltiples fuentes de alteridad.

Contar la ciudad es una forma de decirnos a nosotros mismos quiénes somos. He ahí la importancia y la fascinación de nuestro oficio, pero también su dificultad, porque la cultura de las ciudades está compuesta de infinidad de relatos diferentes, no necesariamente compatibles. En esto los antropólogos tenemos mayor complicación que otros –cronistas, planeadores, reformadores–, quienes pueden seleccionar su hilo narrativo en función de un propósito particular. Nuestra tradición holista nos empuja a la tarea borgiana de ordenar esa multiplicidad en una trama inteligible, no mediante la creación de un relato propio, sino ahondando y resignificando los preexistentes. La imaginación etnográfica no es, pues, del mismo orden que la del planeador utópico, con su mirada panorámica sobre los tejados. Se parece más a los atajos y vueltas con que la gente común trata de hacer su camino en un espacio controlado por otros.

Más allá de cualquier objetivismo, por tanto, hay que reconocer que en ese entretejido de historias está incluida la nuestra. Así, vuelvo a la diferencia entre conmemorar y hacer balance de la que hablé al principio. Hacer balance es echar cuentas, poner cosas en el debe y el haber, extraer conclusiones. No tiene relación con la memoria, sino con el cálculo; no con el pasado, sino con el futuro. Dibuja las relaciones de un grupo humano con el mundo en términos de aquello que Bentham denominara el cash nexus: un estricto intercambio utilitario. Conmemorar consiste en afirmar, mediante un ejercicio colectivo de memoria vivida, que el pasado es común, que tiene consecuencias y que misteriosamente sigue vigente. Al recordar–con–otros, esa (con)memoración restaura vínculos, actualiza pertenencias y, como dice James Fernandez, "ata los tiempos".

Este acto que se está llevando a cabo, con su tensión entre el balance y la memoria, es sintomático de la ambigüedad de nuestra propia condición. ¿Somos "laboratorio" o "grupo"? ¿Gente que trabaja y rinde cuentas, o algo más? En esta vacilación replicamos aquella que puede encontrarse en los textos fundacionales de Georg Simmel y Robert Park, cuando trataban de definir la cultura urbana y oscilaban entre hacerlo de manera estratégica como "laboratorio experimental" o concebirla expresivamente como "conjunto de tradiciones". Un laboratorio hace cuentas; un grupo celebra tradiciones y actualiza una memoria.

Honestamente, es para esto último para lo que he venido: para renovar mi pertenencia a un lugar y a un grupo. Así que me perdonarán que me tome la libertad de hacer un poco de autobiografía, contando algunas de mis experiencias más queridas.

Aquí me comí mi primer mango. Lo hice con toda la torpeza que puedan imaginarse, ante la mirada de un muchacho de Jalapa que no podía entender que en algún lugar de la tierra no haya mangos. No es cosa sencilla: hay que darle vueltas hasta encontrarle una vía de acceso, luego estar dispuesto a que el jugo te chorreé hasta el codo y las hebras se queden entre los dientes. Ésta es también la ciudad donde alimenté a dos colibríes caídos de su nido, en la jacaranda que había frente a mi ventana, en la colonia Roma ¡con mosquitos comprados al peso, en el mercado de Sonora! Se compran y venden cosas increíbles. Aquí pasé mi primer terremoto. Y el segundo, y el tercero, todos de más de siete grados. Ver la ciudad entera agitándose como gelatina bajo un crujir de vidrios es una experiencia ini–ciática: hace imposible creer de nuevo en la solidez de la forma urbana. Aprendí a comer chiles, cocinar nopalitos, esquivar albures, agarrar los tacos como se debe. Me dieron un aventón, me dieron el avión. Cada pesero, cada taxi, fueron espectáculo y aventura. En una ocasión tuve que guiar a un taxista recién llegado del campo: no sabía dónde quedaba Insurgentes. En otra, el conductor me contó cómo había capturado una rata mutante del tamaño de un perro. La expusieron al público, decía, en el parque de Chapultepec, hasta que unos gringos de la NASA (National Aeronautics and Space Administration) se la llevaron para estudiarla.

Recuerdo asimismo la brutal experiencia de los conflictos urbanos, su complejidad y espesor. Vivía mi trabajo sobre marchas de protesta con emoción. También con un esfuerzo doloroso, porque me confrontaba a diario con los problemas de campesinos, inquilinos, indígenas, estudiantes, barzonistas, petroleros, mujeres. Por el hecho de ser mero testigo frente a sus dramas, sentí a un tiempo incomodidad y alivio. Aún retengo la imagen de una caravana de mujeres en un día soleado, frente al Reclusorio Oriente, cargadas de flores, gritando y agitando la reja de la cárcel en una suerte de truncado rito de paso. (Puesto que se ha estado discutiendo estos días sobre la estética de las rejas, no quiero dejar de aportar la mía.)

Lugar de lo terrible, lo es igualmente de una cultura letrada exquisita y vasta, que descubrí y gocé: novelas de Martín Luis Guzmán, crónicas de Ibargüengoitia, orquestas del Salón México, librerías de Coyoacán, proyecciones de la Cineteca. Aún hoy, en casa, mis hijos se crían con Cri–crí y yo me voy a dormir con el Santos y la Tetona Mendoza.

¿Y qué decir sobre mi participación en el Programa de Estudios de Cultura Urbana? Aprendí mucho de los colegas, y he seguido haciéndolo desde entonces. Con su discurso me pasa como con la ciudad: me siento en casa. Me reconozco en las preguntas y en las formas de trabajar. No tengo que abrumarme por desconocer al último autor de moda, ni avergonzarme por confesar los límites de mi oficio.

Un proyecto colectivo como éste tiene algo único. Se trata de muchos investigadores trabajando en áreas diferentes y con su estilo propio, pero coordinando esfuerzos, la cual ha permitido generar una red de interlocución capaz de incluir otras miradas, otras ciudades. Y ha durado mucho: 15 años, pese al tango, es bastante en el entorno de la academia, con su privilegio del protagonismo individual sobre el ethos de equipo.

Todo ello quiero celebrarlo públicamente. Y como pienso que es el sentir de muchos fuera de México, he querido hacer de portavoz de otros colegas que, sin poder estar hoy presentes, han tenido que ver de manera directa o indirecta con la actividad del Programa a lo largo de los años. Tres han tenido incluso la gentileza de enviarme sus comentarios, que leeré en forma abreviada.

El primero es de Carles Feixa, desde la Universidad de Lleida. Dice así:

Durante el año que pasé en Méxco, en 1991, leí todo lo que cayó en mis manos que oliera a antropología urbana, de Gamio a Malinowski, pasando por la producción emergente de algunos –entonces–jóvenes antropólogos que se empezaban a agrupar en la Universidad Autónoma Metropolitana, Unidad Iztapalapa ( UAM – i ). Tuve la misma sensación que experimentara en Italia unos años antes: la proximidad frente a antropologías supuestamente subalternas que, en realidad, apuntaban al eje de nuestros problemas socioculturales con mucha mayor profundidad que las antropologías centrales. El resultado fue un libro –La ciudad en la antropología mexicana (1993)–, en el que dedicaba todo un capítulo a la transición desde el estudio de la ciudad hasta el de la cultura nacional y trasnacional (que, en cierta manera, fue el camino emprendido después por el grupo de la UAM–I). En el texto analizaba las aportaciones de algunos notables juvenólogos –Rossana Reguillo, José Manuel Valenzuela, Maritza Urteaga, etcétera– que colaborarían con el grupo e impulsarían los estudios culturales sobre los jóvenes en México. Por ello quisiera expresar mi agradecimiento al grupo de Estudios sobre Cultura Urbana (ECU), por haber legitimado la convergencia entre los estudios de cultura urbana y los de cultura juvenil (que en 1991 eran considerados "marginales" o "menores" y hoy sin embargo nadie discute que forman parte de nuestra disciplina).

Desde Venezuela, Daniel Mato se adhiere a la celebración de una manera personal y cariñosa:

Así a la ligera, yo sólo puedo decirte que me une a Néstor no sólo una relación profesional sino también una amistad de ya más de 12 años, y que además de su amigo y colega soy uno más de sus fans. Por muchas razones, entre otras porque además de desarrollar su propio trabajo ha sabido estimular y apoyar el de muchos otros (el mío entre ellos), pero especialmente el de los colegas y amigos del grupo de ECU de la UAM (que ya no sólo es de la UAM , pues incluye a gente de la Facultad Latinoamericana de Ciencias Sociales y del Centro de Investigaciones y Estudios Superiores en Antropología Social), así como el desarrollo de relaciones de colaboración y amistad entre todos. [...] Este tipo de encuentros, tan íntimos e informales y a la vez tan profundos y comprometidos con lo que se está haciendo, con el campo de intereses que compartimos, lamentablemente no son comunes, son muy especiales, son inolvidables. [...] Néstor no sólo hace su trabajo, formidable en cantidad y calidad, sino que activa y serenamente (como corresponde a su serena manera de ser) construye lazos y comunidad, en cierto modo construye familia entre todos nosotros.

Por último, la sevillana Encarnación Aguilar manda esta simpática historieta con moraleja:

Sucedió durante mi estancia con ellos, allá por el mes de marzo de 1999. Me habían invitado a dar una conferencia y dado que en aquellas fechas la tecnología más avanzada era el proyector de diapositivas, comencé mi disertación apoyándome en la misma. Lo que sucedió llegados a un punto es que el proyector ejerció su verdadera función, esto es: proyectar hacia atrás, es decir, lanzar las diapositivas en forma de proyectiles por toda la habitación, ante mi desesperación, la cara de horror de García Canclini y las risas nerviosas de todos los amables componentes de su seminario.

Evidentemente, llamado el conserje, se mostró incompetente tanto para solucionar el problema técnico como para aportar otro proyector, así que la conferencia continuó sin poder ofrecer documento gráfico alguno.

Moraleja: las deficiencias, la penuria económica y las limitaciones de medios técnicos en las que se desenvuelve el trabajo de los investigadores universitarios son absolutamente globales. Lo interesante es comprobar, una vez más, que en medio de estas circunstancias adversas sigan existiendo grupos tan dinámicos y con tan alto nivel de producción científica como el que dirige García Canclini.

Con este guiño de amor y humor termina mi bolero. Espero que contribuya al acto de memoria que ameritan estos 15 años de estudios de cultura urbana.

 

Nota

1 H. Velasco et al., 2006, La sonrisa de la institución, Centro de Estudios Ramón Areces, Madrid.

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