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Alteridades

versión On-line ISSN 2448-850Xversión impresa ISSN 0188-7017

Alteridades vol.17 no.34 México jul./dic. 2007

 

Clases medias y espacios urbanos

 

Peligro, proximidad y diferencia: negociar fronteras en el Centro Histórico de la Ciudad de México*

 

Danger, proximity and difference: negotiating social boundaries in Mexico City's Historical Center

 

Alejandra Leal Martínez**

 

** Doctorante en Antropología, Universidad de Columbia. 452 Schermerhorn Extension, 1200 Amsterdam Avenue, Nueva York, NY 10027. aml2012@columbia.edu

 

* Artículo recibido el 04/05/07
y aceptado el 05/11/07

 

Resumen

En el presente artículo se analiza la ambigua posición de artistas, estudiantes y jóvenes profesionales que se han establecido en el Centro Histórico de la Ciudad de México en el contexto del proyecto de "rescate" que impulsan los gobiernos federal y local, junto con la iniciativa privada. Asimismo, se investiga cómo esta ambigüedad es reflejada en la (re)creación de fronteras sociales y de clase. Se propone que para estas personas habitar el Centro Histórico implica una negociación constante, cotidiana y situacional de su proximidad y diferencia frente a dos horizontes: el entorno físico y social en el que se establecen y el proyecto de "rescate", incluyendo las violencias materiales y simbólicas que lo acompañan.

Palabras clave: fronteras sociales, ambigüedad, habitabilidad, violencia, etnografía, Centro Histórico, clases medias.

 

Abstract

This article analyzes the ambiguous position of artists, students and young professionals who have settled in Mexico City's Historical Center within the context of the current "rescue" project in the area promoted by the local and federal governments together with the private sector. It also investigates the way in which such ambiguity is reflected on the (re)creation of class and social boundaries. For these people who inhabit the Historical Center, it involves a quotidian negotiation of proximity and difference against two horizons: their immediate physical and social environment and the "rescue" project, including the symbolic and material violence that accompanies it.

Key words: social boundaries, ambiguity, habitability, violence, ethnography, Historical Center, middle classes.

 

Introducción

Febrero de 2007, un domingo por la tarde. Me encuentro en la azotea de Minerva 23, un edificio de departamentos remodelado durante el más reciente proyecto de "rescate" del Centro Histórico, y que es habitado por artistas o personas vinculadas al arte y la cultura.1 Converso con una pareja que vive en el edificio (Leti, estudiante, y Carlos, funcionario público) y con tres artistas jóvenes que habitaron en él y aún lo visitan continuamente. Todo esto en el contexto de una investigación sobre el establecimiento de grupos de clase media en el sur–poniente del Centro Histórico.2

Sentados alrededor de una mesa de playa, el único mobiliario en la azotea, hablamos de múltiples temas. La conversación deriva en el recuento de incidentes, historias y anécdotas en torno al edificio, entre ellos un accidente que tuvo lugar unos meses atrás, cuando durante una fiesta uno de los presentes cayó de la azotea al patio de la vecindad contigua, sin consecuencias graves. Les comento a mis interlocutores que un joven habitante de esa vecindad habla del día en que un yuppie se cayó de la azotea. "¿Ven? Yo siempre dije que somos unos yuppies", reacciona uno en tono irónico. "¡Bueno fuera!", es el comentario de otro, incómodo por ser percibido como un yuppie.3

Como en otras ocasiones, la plática se dirige hacia una reflexión sobre la peligrosidad del centro y la forma en que "el barrio" o "la comunidad" los percibe. A menudo estas preocupaciones van acompañadas de reflexiones acerca de las actitudes consideradas necesarias para vivir en el centro: una dosis de espíritu aventurero y la capacidad para descifrar "reglas no escritas" y lograr establecer acuerdos tácitos con sus habitantes. Por otro lado, son recurrentes en la conversación elementos del paisaje urbano que contribuyen a la sensación de tranquilidad: la nueva iluminación de la calle, las parejas de policías que patrullan regularmente la zona, los nuevos establecimientos de consumo.4

En este encuentro, al igual que en muchos otros que presencié durante mi investigación, se esbozan los contornos de una colectividad huidiza conformada por estudiantes, artistas, promotores culturales y jóvenes profesionales que han sido atraídos hacia el Centro Histórico a partir del proyecto de "rescate"5 y repoblamiento, que desde hace algunos años impulsan los gobiernos local y federal,junto con la iniciativa privada. En este caso, las fronteras de la colectividad emergen con relación a las categorías sociales del yuppie y el chavo de la vecindad, así como al posicionamiento de estas personas frente al entorno físico y social del Centro Histórico y al propio proyecto de rescate.

El presente artículo analiza la manera en que los jóvenes que han llegado a vivir a Minerva 23 negocian su proximidad y diferencia frente a estos horizontes en su habitar diario en el Centro Histórico. Mediante la discusión de varios registros etnográficos –anécdotas, relatos, conversaciones– argumento que los autonombrados nuevos vecinos del centro ocupan una posición ambigua y aparecen como mediadores entre el entorno y el proyecto de rescate, incluyendo las violencias simbólicas y materiales que lo acompañan. Asimismo, investigo cómo esta ambigüedad se articula con la producción y reproducción de fronteras de clase y cómo éstas emergen a través de las relaciones y encuentros cotidianos que los habitantes de Minerva 23 sostienen con los sectores populares que viven en el sur–poniente del Centro Histórico.

El artículo se compone de tres partes. En la primera sección presento las estrategias de los planificadores del proyecto para construir un corredor cultural en el sur–poniente del Centro Histórico que incluyen transformaciones materiales, la introducción de un aparato de seguridad, el fomento del arte y la cultura, y la apertura de nuevos espacios de esparcimiento y consumo. También analizo las violencias simbólicas y materiales que este proceso conlleva. En la siguiente sección estudio cómo la posición ambigua de los nuevos vecinos se vincula con sus nociones sobre el peligro del entorno y sus deseos de seguridad. En la tercera parte exploro la manera en que se reproducen las fronteras sociales y las diferencias de clase en la proximidad. Finalmente ofrezco una breve reflexión teórico–metodológica respecto a los temas abordados a lo largo del ensayo.

 

Una rica e intensa forma de vida en el Centro Histórico

La calle de Minerva se encuentra en el corazón de la zona denominada corredor cultural por los planificadores y promotores del Programa de Rescate del Centro Histórico de la Ciudad de México.6 A diferencia de anteriores intentos de revitalización, este proyecto ha puesto especial énfasis en el repoblamiento, impulsando el desarrollo tanto de la oferta habitacional para sectores de clase media y alta, como la seguridad pública. También en contraste con planes previos, la iniciativa privada –en la figura del empresario Carlos Slim, quien realizó una importante inversión inmobiliaria en el centro– ha jugado un papel prominente, trabajando en conjunto con los gobiernos federal y local desde julio de 2001.7

Por parte del Gobierno del Distrito Federal, la implementación del proyecto fue confiada al Fideicomiso Centro Histórico. En estrecha colaboración con propietarios e inversionistas privados, este organismo supervisó los trabajos de rehabilitación durante su primera etapa (2002–2006), que incluyeron el remozamiento de 37 manzanas en la zona occidental del centro, la reubicación del comercio informal fuera de las zonas remodeladas y la introducción de un programa de seguridad pública para abatir el crimen y la transgresión a la ley.8

De manera paralela, Carlos Slim, quien fue nombrado presidente del Comité Ejecutivo del programa de rescate, creó dos instancias que trabajan en estrecha colaboración para llevarlo a cabo: la Fundación del Centro Histórico, organización no lucrativa encargada de generar nuevas condiciones de habitabilidad mediante programas sociales, artísticos y culturales; y la Inmobiliaria Centro Histórico, empresa que trabaja en la compra y remodelación de inmuebles para vivienda y comercio, así como en reactivar el mercado inmobiliario en la zona y generar ganancias.9

Entre los múltiples proyectos específicos impulsados, la Fundación del Centro Histórico, apoyada por las autoridades locales, se dio a la tarea de promover un corredor cultural en el área delimitada por el Eje Central Lázaro Cárdenas al poniente, Mesones al norte, 5 de Febrero al oriente y avenida Izazaga al sur, en donde la Inmobiliaria Centro Histórico realizó una inversión significativa. El argumento para sustentar esta denominación fue que ahí existían importantes espacios culturales como el Ateneo Español y la Universidad del Claustro de Sor Juana, que congregaban a estudiantes, intelectuales y artistas. El objetivo, según la descripción de la Fundación, es "potenciar una rica e intensa forma de vida" en el sur–poniente del Centro Histórico. Así describió el proyecto uno de sus iniciadores en una entrevista:

Estaban todos los elementos aquí en el corredor cultural como para hacerlo un poco a propósito. (...) Estaban los inmuebles, estaban las instituciones, estaban los espacios. Entonces se me ocurrió un poco cómo generar un círculo donde la gente o los artistas o los creadores pudieran encontrar donde vivir, donde producir, donde exhibir y donde vender y que se hiciera este círculo donde se dieran las cosas. (...) Tienes un hotel, este hotel lo transformas en residencias, estas residencias provocan que gente viva aquí, entonces como viven aquí tienen que convivir, y como conviven, pues gestionan proyectos nuevos, y está la Fundación del Centro Histórico que recibe esos proyectos nuevos y les da salida. Entonces está increíble, porque está el chavo músico que quiere un lugar donde tocar, baja y platica con el cuate del lobby y entonces resulta que el cuate del lobby presenta video y entonces el viernes el cuate toca con una presentación de video.

La forma en que este planificador observa y describe el espacio del corredor cultural está mediada por modelos globales de renovación urbana en los cuales las industrias culturales han desempeñado un papel central (Smith, 1996). Si bien las condiciones socioeconómicas y culturales de la Ciudad de México son incomparables con las de ciudades que han vivido procesos semejantes, como Londres, Nueva York o Barcelona, éstos son inspiración y un punto de referencia importante para los planificadores y consumidores del corredor cultural. Por un lado, les proporcionan conocimientos y técnicas para desarrollar una operación de bienes raíces rentable, y, por otro, son el origen de una identidad urbana y de formas de consumo que interpelan a grupos sociales similares alrededor del mundo.10

De este modo, con la mirada puesta en el escenario internacional, el planificador se distancia del espacio local en donde pretende implantar estos modelos. Su mirada se concentra en algunos edificios y en otros elementos arquitectónicos como las plazas públicas, que potencialmente pueden ser resignificados, y pasa por alto las relaciones sociales que conforman el sur–poniente del Centro Histórico, que en su descripción aparece como un espacio vacío. Imagina una colectividad que al habitarlo hará posible el corredor cultural –compuesta sobre todo por artistas y consumidores de arte y cultura–, sin tomar en cuenta la presencia de los habitantes de la zona, sus características, necesidades y problemas.

La zona sur–poniente presenta algunas particularidades que la diferencian de las zonas de mayor marginación hacia el oriente, así como de las más prósperas hacia el poniente. El Programa Parcial de Desarrollo Urbano del Centro Histórico del año 2000 la define como un área de uso habitacional mixto con una combinación de comercio y servicios en planta baja y vivienda en planta alta, cuyas condiciones de habitabilidad corresponden a una población de ingresos medios bajos (Gobierno del Distrito Federal, 2000). Un elevado número de los edificios de vivienda en esta zona fue beneficiado por el Programa de Renovación Habitacional Popular de 1985, gracias al cual los habitantes son dueños de sus departamentos (United Nations Centre for Human Settlements, 1987; SEDUE, 1987). Si bien después de los temblores de 1985 hubo un periodo de movilizaciones sociales vecinales en demanda de vivienda y de mejores condiciones habitacionales, que generaron un alto nivel de integración colectiva entre sus habitantes, en la actualidad la zona carece de cohesión o de organizaciones vecinales extensas, lo que la distingue de otras áreas en donde existen fuertes lazos de identificación barrial (Tamayo Flores, 1999). Según el mismo Programa Parcial, el sur–poniente registra un deterioro físico y social que se refleja en el mal estado de gran parte de sus inmuebles, así como en la presencia de actividades delincuenciales y de contaminación (Gobierno del Distrito Federal, 2000).

Sin considerar estas características, los planificadores y promotores del corredor cultural recurrieron a una serie de estrategias para atraer a los artistas y, en general, a jóvenes interesados en vincularse a los circuitos del arte y la cultura que, desde su perspectiva, conformarían el corredor cultural. Rehabilitaron varios inmuebles para vivienda, incluyendo dos viejos hoteles, ofreciendo rentas accesibles que iban desde 1 500 pesos al mes por cuarto hasta cinco mil pesos en departamentos de una o dos recámaras. También reclutaron a creadores, promotores y personas relacionadas con el arte y la cultura para que llevaran a cabo la promoción de la oferta de vivienda dentro de sus propias redes sociales. En efecto, la mayoría de los residentes de Minerva 23, y sobre todo los que llegaron en los inicios del proyecto, afirman haber sido atraídos por la idea de vivir en una comunidad de artistas y al mismo tiempo tener acceso a recursos y apoyos para su trabajo.

Paralelamente los promotores organizaron eventos artísticos en plazas públicas y edificios propiedad de la Inmobiliaria Centro Histórico: la "Toma del Señorial" en febrero de 2004, un viejo hotel de paso que más tarde fue remodelado para residencias estudiantiles; "De aquí y de allá: La toma de Vizcaínas" en agosto del mismo año, que consistió en intervenciones de diversos artistas en la Plaza de las Vizcaínas y en las accesorias del ex convento del mismo nombre. Además organizaron "circuitos colectivos" en mayo y agosto de 2005 –actos con duración de 24 horas en los cuales participaron diversos espacios culturales de la zona con el fin de atraer a nuevos visitantes para recorrer las calles del corredor cultural (Ibarra, 2006).

De acuerdo con los planificadores, el objetivo del proyecto del corredor cultural es rescatar el espacio público del abandono, el deterioro y la criminalidad por medio del arte y la cultura y revitalizarlo para todos. Al respecto, la vocera de la Fundación del Centro Histórico explica: "La intención es que, caminando, la gente que vive en el Centro Histórico, y aquella que lo visita, descubra que estos sitios están vivos, que tienen actividad propia y que pueden integrarse en el momento que deseen..."11

Sin embargo, como han descrito algunos autores con relación a proyectos similares, los planificadores y promotores poseen ideas particulares sobre lo que constituye un espacio vivo y habitable y sobre cuáles son sus usos apropiados o correctos (Deutsche, 1988; Jones y Varley, 1994; Hiernaux, 2006). En este sentido, los discursos y las prácticas de rescate de los centros urbanos y de los centros históricos llevan implícitas una serie de violencias tanto simbólicas como materiales: la intervención sobre espacios concretos ignorando las formas de vida y las relaciones sociales que los conforman; la violencia policial contra personas asociadas con el desorden y el peligro (habitantes de vecindades, comerciantes informales, indigentes); el incremento del valor del suelo, que conduce al desplazamiento de sus habitantes más vulnerables.

Como lo expresa la noción de toma, las intervenciones artísticas en el sur–poniente del Centro Histórico promueven la apropiación del espacio por parte de sectores que no lo frecuentan. Buscan revestir los espacios públicos con nuevos significados y establecer conexiones entre el paisaje urbano existente y el horizonte cultural de sus nuevos consumidores. Los promotores pretenden despojar al entorno, desde elementos arquitectónicos concretos como una plaza colonial hasta las calles de la zona, de asociaciones negativas como el deterioro y la peligrosidad, dotándolo de un nuevo sentido. En otras palabras, el propósito es convertir al Centro Histórico en un nuevo Centro Histórico retomando su carga simbólica, patrimonial e histórica y transformándolo en un espacio significativo para las clases medias educadas. Asimismo, intentan fomentar la apertura de nuevos lugares de consumo, como galerías, espacios culturales, cafés y restaurantes, que resulten atractivos para la población que quieren captar. Así resume un ejecutivo el trabajo de la Fundación del Centro Histórico en los últimos cinco años: "Hemos trabajado en la recuperación de los inmuebles, en llevar más gente a vivir, en llevar más gente a trabajar, en que haya nuevos conceptos, en que haya de alguna manera una oferta, que tú como vecina tengas donde comer".

A pesar de haber sido interpelados por algún aspecto del proyecto del corredor cultural y del rescate –la posibilidad de relacionarse con otros artistas, el estado de los departamentos remodelados, el monto de las rentas–, las visiones, expectativas y experiencias de los habitantes de Minerva 23 no necesariamente coinciden con las de los planificadores. Sin embargo, como veremos en la siguiente sección, al apropiarse del espacio y hacerlo familiar, ellos experimentan en lo cotidiano las contradicciones y tensiones del proyecto de rescate, y de manera involuntaria y ambigua personifican la violencia simbólica y material que lo acompañan.

 

Violencia y seguridad: "No es fácil integrarte cuando acabas de llegar"

A principios de 2007, la calle de Minerva presentaba varios elementos que contrastaban con su anterior fisonomía. Tres edificios remodelados sobresalían entre el resto de los inmuebles que no habían recibido mantenimiento desde su regeneración durante el Programa de Renovación Habitacional Popular en 1985. Entre los comercios ubicados en las plantas bajas, imprentas, zapaterías, talleres y restaurantes, destacaban algunos espacios de consumo recién inaugurados: dos cafés, un restaurante–bar, dos galerías que promovían el trabajo de artistas jóvenes y un centro cultural. La remodelación de un callejón que conecta a Minerva con la calle contigua en un espacio peatonal con nueva iluminación representaba la transformación de infraestructura urbana más notoria en el corredor cultural.12 Por otro lado, destacaba la presencia de elementos de la Policía Bancaria e Industrial (PBI) que recorrían las calles a pie durante el día y en patrullas por la noche, así como de cámaras de circuito cerrado ubicadas en las esquinas.

Para los habitantes de Minerva 23, las transformaciones materiales de la calle, los espacios culturales y los nuevos sitios de consumo son elementos que hacen más habitable la zona y que contribuyen a su tranquilidad. Leonor, unajoven artista, lo expresó de la siguiente manera: "como nuevo vecino agradeces un espacio [cultural] como [éste]. Dices 'ahí hay gente como yo' (...) No es fácil integrarte cuando acabas de llegar". Sin embargo, lejos de la rica e intensa forma de vida proyectada por los planificadores sobre un lugar vacío, estas personas se enfrentan a un espacio conformado por múltiples relaciones sociales, usos, formas de vida, historias, afectos; atravesado por tensiones y problemas específicos como la falta de servicios, la contaminación, el ruido y la violencia. Además, se apropian de un lugar significativo para una población local que reacciona ante las transformaciones del entorno.

En conversaciones y entrevistas con personas que han vivido durante muchos años en Minerva y sus alrededores encontré una multiplicidad de respuestas ante los cambios de la zona, lo cual refleja la composición heterogénea del sur–poniente del Centro Histórico. Algunos percibían con entusiasmo la nueva iluminación, la presencia policial y las actividades culturales organizadas por el centro cultural propiedad de la Fundación. Otros hablaban con recelo de los edificios remodelados y de sus habitantes, y subrayaban su exclusión de los eventos culturales y artísticos y de los nuevos espacios de consumo. Muchos propietarios veían con buenos ojos el incremento del valor de sus viviendas, en contraste con personas que alquilaban o habitaban predios en condiciones jurídicas imprecisas, quienes temían ser desalojadas.

En una de mis últimas visitas a Minerva 23, a fines de marzo de 2007, Leti, quien junto con su novio Carlos vivía ahí desde agosto de 2005, me contó, preocupada, que la inmobiliaria retiraría la vigilancia privada del edificio argumentando la necesidad de reducir costos. Unos meses antes, la Policía Bancaria e Industrial que trabajaba en el edificio había sido sustituida por una compañía de vigilantes civiles, lo cual generó descontento entre los inquilinos. Pero el retiro completo de la vigilancia o incluso su disminución a un turno por día lo consideraban inaceptable. Según Tamara, fotógrafa que acababa de cumplir un año en Minerva 23, no existían las condiciones para que se retirara la vigilancia, pues la seguridad de la zona continuaba siendo precaria y el edificio aún contrastaba fuertemente con el entorno. Por su parte, Omar, artista escénico y residente desde mediados de 2005, pensaba que el grafiti pintado en la puerta de entrada unos días antes era una señal de que volvía a manifestarse la hostilidad hacia el edificio que, según él, había disminuido considerablemente en los últimos meses. La razón de esta nueva oleada de agresiones, argumentaba Omar, eran las promesas incumplidas por los planificadores y promotores del corredor cultural a los pobladores tradicionales de la zona, entre ellas la organización de nuevas actividades culturales para niños y adultos. De acuerdo con Omar, los habitantes de Minerva 23 y otros edificios similares pagaban las consecuencias de la falta de interés y seriedad de los planificadores.

En la reacción de mis informantes ante la posibilidad de quedarse sin vigilancia se refrenda la ambigüedad de su posición en el Centro Histórico, por un lado, con relación al entorno y, por el otro, con relación al proyecto de rescate. Para estas personas, habitar el Centro Histórico involucra una negociación constante, cotidiana y situacional de su proximidad y diferencia frente a estos horizontes, que ocurre en la sociabilidad entre vecinos, en sus discursos cotidianos y en la forma en que interpretan e interactúan con el entorno local. La oscilación constante entre ambos horizontes hace posible y al mismo tiempo desestabiliza su vida en el Centro Histórico en el contexto del rescate.

Esta posición ambigua se manifiesta con mucha claridad en la sensación de peligro y en la necesidad de seguridad. En este caso, los vecinos mostraban preocupación de ser "abandonados" por los planifica–dores del proyecto, a pesar de la posibilidad latente de ser agredidos o violentados por otros habitantes de la zona. La ansiedad frente a un peligro difuso pero latente que se actualiza en forma intermitente –a veces en efecto se suscitan incidentes violentos– expresa no sólo la percepción de una amenaza real, sino también miedos y estereotipos de clase. Al mismo tiempo, como se nota en los comentarios de Omar, mis informantes evidenciaban preocupación por ser objeto del enojo de una población descontenta por su exclusión del proyecto cultural y de rescate, es decir, por ser identificados con los planificadores o con el proyecto mismo y, de manera muy destacada, con la violencia que conlleva. Como veremos más adelante, en última instancia esta preocupación surge de su propia imposibilidad de establecer con claridad si forman o no parte de esta violencia.

A pesar de que muchos afirmaban que la peligrosidad de la zona había disminuido considerablemente desde la remodelación del edificio en 2004, el peligro y la necesidad de seguridad eran temas recurrentes durante mi trabajo de campo dos años más tarde. Las conversaciones entre vecinos en las que tuve oportunidad de participar y, de forma muy significativa, la circulación de relatos sobre incidentes desagradables o violentos manifestaban la ambigüedad de las fronteras sociales de este grupo y contribuían a la conformación discursiva de una identidad colectiva o de un nosotros. En otras palabras, en la circulación de relatos sobre experiencias propias y ajenas se negocia la proximidad y diferencia frente a la realidad del Centro Histórico, por un lado, y el proyecto de revitalización y repoblamiento, por el otro.

Como afirma Rossana Reguillo, mediante la formulación, narración y circulación de relatos se construyen visiones y valorizaciones compartidas de la ciudad, las cuales permiten hacer legible y domesticar el espacio urbano (Reguillo, 2004: 38). Según la autora, los relatos marcan zonas de fragilidad o vulnerabilidad para distintas personas y grupos sociales, como es el caso de ciertos espacios urbanos genéricos, los barrios pobres, los mercados populares, algunas plazas y calles, que son marcados por una especie de peligro a priori representado por figuras peligrosas, los robachicos o los desconocidos, que amenazan la seguridad de los sujetos (Reguillo, 2004: 40).

En el caso que nos ocupa, los relatos construyen y procesan una realidad cercana y a la vez distante; familiar, en cuanto forma parte del lugar del que se apropian como hogar, y, al mismo tiempo, desconocida y amenazante. Las fuentes del peligro no son espacios urbanos genéricos y abstractos, sino sitios específicos como "la vecindad de la esquina" y figuras concretas como "los chavos" o "las pandillas" que se congregan en diversas plazas y calles cercanas y que además son asociados con acontecimientos e incidentes particulares: un día que "nos aventaron jitomates", una noche cuando "se metieron al edificio", un periodo en el que dirigían "miradas hostiles".

Uno de estos relatos, que circulaba a menudo entre mis informantes, hace referencia a un incidente acaecido en mayo de 2005 y que es considerado un hito respecto a la seguridad de la zona. Eduardo, un joven artista de recursos económicos limitados que llegó a vivir ahí en 2004 con la expectativa de penetrar las redes sociales de creadores con mayor trayectoria, organizó una fiesta en su departamento. De acuerdo con la narración del propio Eduardo, la fiesta transcurría como lo habían hecho muchas otras, con gran movimiento de los invitados entre distintos departamentos. Desde la azotea Eduardo escuchó gritos que venían del interior. Al llegar a su departamento se topó con que "cinco chavos de la vecindad de aquí abajo", según sus propias palabras, habían entrado a la fiesta y amenazaban con asaltarlos, a pesar de que no iban armados. Cuando uno de los "chavos" intentó sin éxito romper una botella para utilizarla como arma detonó un enfrentamiento a golpes que terminó con la huida de los "chavos" seguidos por Eduardo y otros vecinos e invitados.

Alguien había llamado a la policía y a los pocos minutos llegó una patrulla. Los policías intentaron ingresar a la vecindad a donde habían entrado "estas personas", pero varias mujeres paradas en la puerta les impidieron el paso. Según Eduardo, los "chavos" esperaban encontrar "a puros yuppies indefensos" que con facilidad serían amedrentados, pero para su sorpresa encontraron a gente "bien curtida", personas "de barrio". Al contarme esa historia, una vecina que no estuvo presente enfatizó que la intención de "estos chavos" era robar, puesto que imaginaban, debido al contraste del edificio con el resto de la calle, que quienes lo habitaban eran gente con dinero, pero se percataron de "que no tenemos tampoco como gran cosa más que ellos".

Al posicionarse como gente "de barrio" haciendo referencia a su pasado en una colonia popular o al subrayar que no tienen "gran cosa más que ellos", estas personas marcan una diferencia con el proyecto de rescate, es decir, se distancian de los planificadores, asociados con una operación de bienes raíces y con el desplazamiento de los habitantes pobres de la zona. En otras palabras, buscan implantarse en el corazón del "barrio" insistiendo en que no son los "yuppies indefensos" que, desde su punto de vista, perciben los demás habitantes de Minerva.

Ahora bien, una lectura más profunda revela un movimiento en sentido inverso en la narración de este incidente: la construcción de dos colectividades mediante la figura de la violencia. Es decir, la violencia aparece como mediadora de la relación entre dos grupos sociales, el primero conformado por la gente pobre que hostiliza a aquellos percibidos como ricos. Es pertinente aclarar que los incidentes violentos que ocurren en la calle de Minerva no sólo están dirigidos hacia los residentes de Minerva 23 o edificios similares. Por el contrario, los grupos de jóvenes dedicados al narco–menudeo han hostilizado a otros habitantes de la calle durante años, incluso mediante agresiones físicas y asaltos. No obstante, el relato que nos ocupa extrae la violencia de sus manifestaciones cotidianas y la erige como una figura que delimita y divide a dos colectividades que en última instancia aparecen como antagónicas. En este sentido, representa de manera evidente la oscilación que he venido discutiendo hasta ahora, al igual que la porosidad e indeterminación de las fronteras sociales de estos nuevos residentes del Centro Histórico.

Después de este hecho y la consecuente amenaza de varios habitantes de Minerva 23 y otros inmuebles de dejar el Centro Histórico, la Fundación creó un centro cultural en esa calle. Este lugar abrió sus puertas a principios de 2006 con la misión de "atenuar el impacto [del proyecto de rescate] y sanear la zona", según lo expresó un miembro de su equipo de trabajo. Por otro lado, ante las quejas de los residentes, se reforzó el aparato de seguridad y vigilancia en el interior de los edificios remodelados, mediante la colocación de elementos de la Policía Bancaria e Industrial, que un año más tarde serían sustituidos por una compañía de vigilancia civil. Como ya mencioné, los habitantes de Minerva 23 conciben a esta vigilancia como un elemento crucial para su tranquilidad. Cuando los dueños del edificio amenazaron con disminuir o retirar estos servicios de seguridad se generó gran preocupación entre los inquilinos.

Al demandar vigilancia, estas personas se posicio–nan dentro de la lógica económica del proyecto de rescate, es decir, se establecen como clientes o consumidores que demandan el cumplimiento de las promesas que les hicieron los planificadores, incluida la seguridad. Al hacerlo, marcan una diferencia con otros habitantes de la zona que no son clientes del proyecto y se mueven en dirección de los planificadores. Adicionalmente, la presencia policial y de vigilancia civil en Minerva 23 crea una especie de refugio –el interior del edificio– frente a un exterior violento y, por ende, genera una aparente estabilización de la frontera que los separa del entorno. Por consiguiente, el aparato de seguridad no sólo sitúa a los habitantes de Minerva 23 en proximidad con el proyecto de rescate, sino que los hace equiparables con él: la diferencia o línea que divide su propio habitar del proyecto de rescate se torna ilegible.

Al estar basadas en los mecanismos de seguridad y en las transformaciones materiales del espacio, las nuevas condiciones de habitabilidad del Centro Histórico están atravesadas por la violencia del rescate. En otras palabras, los elementos con los que se identifican los nuevos residentes y que propician su disfrute del Centro Histórico como espacio residencial conllevan la amenaza de que su presencia sea indistinguible del rescate y sus violencias. En la exigencia de sus privilegios como clientes y participantes del rescate y en su simultáneo distanciamiento de las violencias que éste causa sobre el entorno se manifiesta la marcada ambigüedad de su posición.

La manera en que esta ambigüedad atraviesa sus sentidos de la seguridad y del peligro y amenaza el lugar que han construido como propio en el Centro Histórico aparece en el siguiente relato sobre un incidente acaecido en diciembre de 2006. Mariana, estudiante de arte y una de las primeras residentes del edificio y que ahora lo frecuenta con asiduidad, me contó que dos personas que asistieron a una fiesta en Minerva 23 fueron asaltadas frente a una vecindad cuando salieron a comprar cervezas.

De regreso [de la tienda] les hicieron bolita como ocho güeyes, [y les dijeron] "saca todo lo que traes güey", y pues empezaron a sacar sus cosas y les quitaron las chelas y [uno de ellos] se echó a correr, se vino para acá. [El otro] se quedó solo y me cuenta que en el momento en que ya iba a huir lo agarraron de la cintura, lo tiraron y lo empezaron a patear, le quitaron su chamarra, le quitaron su bolsa, le quitaron todo lo que traía, y lo querían meter a la vecindad y le gritaban "bonito, bonito, por bonito güey" y el güey ni siquiera, o sea, es morenón, ni siquiera pues, más bien es un resentimiento de que si vienes a este edificio te voy a joder.

La violencia dirigida a los amigos de Mariana –un asalto y una fuerte golpiza– aparece codificada en el relato en términos de diferencias y resentimientos de clase. Es decir, la víctima es golpeada por "bonito" y por visitar Minerva 23. Otra cosa que el relato revela es que la indeterminada posición de los habitantes de Minerva 23 en el Centro Histórico impregna también la creación de fronteras de clase, expresada aquí en la utilización de los términos bonito y morenón. Este acto violento desestabiliza las nociones de la narradora con respecto a las diferencias de clase fundadas en criterios específicos de belleza y color de piel.

En la siguiente sección me interesa explorar más claramente la relación entre la ambigua posición de los nuevos vecinos del Centro Histórico y la aparición de fronteras sociales y de clase. Analizo el modo en que estos residentes producen y reproducen estas fronteras en la contigüidad con sectores populares en el contexto ambiguo y tenso que he venido describiendo hasta ahora.

 

Contigüidad y distancia: "Es barrio, esto es barrio..."

Más que la dimensión espacial de las fronteras o la manera en que delimitan territorios con límites claros, como la trabajan, por ejemplo, Mike Davis (1990) para la ciudad de Los Ángeles, Teresa Caldeira (2000) en Sao Paulo o Angela Giglia (2001) en la Ciudad de México, me interesa analizar cómo las fronteras sociales y de clase se reconstituyen cotidianamente. En un estudio sobre trabajadoras domésticas en Río de Janeiro, Donna Goldstein (2003) presenta un sugestivo argumento acerca de la forma en que se reproducen y naturalizan las diferencias de clase en la sociedad brasileña, por un lado, en relaciones de proximidad e intimidad entre trabajadoras domésticas y las familias que las emplean, y, por otro, mediante una serie de signos y marcas de estatus.

Resulta evidente que en el caso que analizo en este artículo la proximidad entre distintas clases sociales no implica necesariamente relaciones de intimidad como las descritas por Goldstein, pero sí una contigüidad poco común en la Ciudad de México, caracterizada por una creciente segregación espacial. No obstante, Goldstein ofrece elementos analíticos para entender cómo se reproducen las diferencias de clase y las fronteras sociales en los encuentros cotidianos. Investiga cómo ciertos guiones culturales son reproducidos en estas interacciones, por ejemplo la noción de "hablar correctamente" o de portar el cuerpo de forma adecuada, lo que equivale a observar las interacciones de clase como un "juego de signos" en el que el capital cultural de las clases medias se hace visible y reproduce la diferencia y las jerarquías sociales. Un claro ejemplo es el sentido del humor de las trabajadoras domésticas, que a menudo es percibido por las clases medias como inapropiado o "fuera de lugar".

Como vimos en la sección anterior, los chavos de la vecindad constituyen una figura central frente a la que se trazan los contornos de la colectividad de los habitantes de Minerva 23 o de los nuevos vecinos, así como sus fronteras sociales. Estos "chavos" y otros habitantes del "barrio" como la "señora de las tortillas", el "señor de los jugos", los "niños que juegan en el callejón", el "gandalla que se apropia de la calle", son construidos como "personajes" que median la relación con el entorno y sus habitantes. Aquí tomo la metáfora de MacIntyre, para quien los personajes –tal como sucede en ciertas tradiciones teatrales– son inmediatamente reconocibles para el público y definen las posibilidades del argumento y la acción. Lo que diferencia a los personajes de otros roles sociales es que articulan asociaciones histriónicas con asociaciones morales (MacIntyre, 1981: 27).

Si bien es cierto que los personajes son un factor fundamental para la relación de los sujetos con el espacio urbano, puesto que forman parte de las geografías simbólicas que éstos construyen para dar sentido a la ciudad, en este caso los personajes median entre una realidad cercana, el propio espacio residencial, y una realidad lejana e inasible, un barrio popular del Centro Histórico de la Ciudad de México. Dicho de otro modo, los personajes proporcionan cierta familiaridad con el entorno y a la vez sirven como una especie de barrera que reproduce el distanciamiento. Merece la pena mencionar que algunos de los nuevos vecinos han establecido relaciones cercanas con otros habitantes de la calle. Empero, lo que me interesa destacar es el papel que cumplen los personajes en la manera en que interpretan el entorno como una totalidad. Éstos, además, personifican distintos atributos morales frente a los cuales los habitantes de Minerva 23 negocian su proximidad y diferencia con el entorno del Centro Histórico y el proyecto de rescate.

Los residentes tradicionales de Minerva y sus alrededores son nombrados ellos, el barrio o la comunidad, es decir, son percibidos como una colectividad más o menos homogénea con características positivas como la solidaridad, sobre todo frente a los nuevos, y con negativas como la suciedad, el desinterés en mantener el entorno en buenas condiciones, la falta de conciencia cívica, la agresividad y el resentimiento social. Asimismo, en conversaciones y relatos como los que he discutido en este artículo se entretejen ideas particulares sobre los usos apropiados del espacio y se revela el papel que juegan los hábitos, los gustos y las formas de consumo en la reproducción de las diferencias de clase.

Durante una entrevista, Carlos me contó algunos roces que ha tenido con "la gente del barrio", como "la señora de la tienda", quien, según él, incrementa arbitrariamente los precios de sus productos: "Yo por no querer ir hasta el Oxxo le compro aquí, pero tengo que pagarle la plusvalía de no ir hasta el Oxxo, no estoy de acuerdo." En una ocasión, Carlos la confrontó y la amenazó con notificar a la Procuraduría Federal del Consumidor, ante lo que la señora reaccionó con enojo y desconcierto: "Se sacó mucho de onda de que un güey se pusiera a cuestionar sus precios y su forma de hacer business, que además era súper tradicional."

Una noche en que Leti y él regresaban del cine notaron un automóvil estacionado frente a la tienda al que le habían roto los vidrios. Carlos se molestó porque la señora y otras personas "que siempre están ahí sentadas afuerita de la tienda" parecían no haberse percatado del incidente:

Entonces agarro y me volteo a la tienda y le digo a la señora: "¿ya vio que le dieron un cristalazo a este compa?" [Ésta responde:] "ay, no, no me di cuenta. ¡A que hora ha de haber sido!" (...) Y dije "pues está cañón que pasen estas cosas aquí y que no nos demos cuenta". Como diciendo "oiga, pues no chingue, si ve que alguien le pega un cristalazo a un coche, haga algo". (...) El punto es que hay que también involucrar a la gente de manera muy política pero consistente.

En la narración de estos encuentros aparecen varias figuras mediante las cuales se lleva a cabo la diferenciación. Por un lado están las formas de vida y las prácticas tradicionales que además son asociadas con comportamientos negativos, como incrementar arbitrariamente el precio de los productos. Éstas contrastan con una modernidad personificada por Carlos y sus referencias a la ley y a las instituciones. Más aún, mediante la expresión de que no es posible "que no nos demos cuenta", Carlos se posiciona como parte del barrio y al mismo tiempo marca una diferencia y una posición de superioridad. Hace visible su capital cultural al presentarse como un agente que propone, por una parte, denunciar el delito, y, por la otra, se adjudica la tarea de sacar a la gente de su pasividad y falta de interés.

Otros elementos fundamentales en la reproducción de la diferencia de clase y en la construcción de un interior y un exterior son las nociones de belleza y los criterios estéticos, clásicos signos de clase. Éstos aparecen con nitidez en el modo en que los habitantes de Minerva 23 hablan de su edificio, al que describen como un elemento esencial para su disfrute de la vida en el Centro Histórico. Por un lado, por ser una "antigua vecindad" remodelada, su configuración espacial con un área central a la que hacen frente todos los departamentos propicia el encuentro y la convivencia entre vecinos. Por otro lado, éstos hablan del excelente trabajo de remodelación, que destaca la belleza arquitectónica del edificio y ofrece un gran contraste con el resto de la calle. Así lo expresó un vecino durante una entrevista: "En el momento en el que entras al edificio pues ya se te olvida todo lo de afuera."

Este afuera es descrito como una calle relativamente tranquila en comparación con otras zonas del Centro Histórico, por la ausencia de vendedores ambulantes y por el escaso tránsito vehicular; pero al mismo tiempo Minerva es percibida como "fea" y "sucia". Se habla en forma negativa sobre todo de dos edificios ubicados frente al 23, de los pocos inmuebles que quedaron fuera del programa de Renovación Habitacional Popular y que presentan un alto grado de deterioro.

El despliegue de estos criterios estéticos en la interpretación del entorno no sólo establece una diferencia con éste, sino que acerca a los nuevos vecinos a los pla–nificadores y a su visión del espacio urbano. Esta cercanía genera preocupación y ansiedad, como sin duda se expresa en una entrevista colectiva con varios habitantes de Minerva 23:

Daniel: Yo me hice amigo de gente de ahí [del edificio de enfrente] y, este, me decían, "pues es que no mames, güey, ¿cómo quieres que los veamos?, o sea, si aquí enfrente vivió el. los amigos de los amigos de mis tatarabuelos, güey, y mis amigos vivían ahí", y de repente...

Leti: ...los lanzan...

Daniel: Ajá, les dicen, "se pueden quedar aquí, pero ahora en lugar de pagar 500 pesos van a pagar cinco mil varos", ¿no? Pues obvio que no lo van a hacer, entonces a esa gente la mandan a, bueno no la mandan, se van...

Leonor: .los desalojan.

Omar: ...los desalojaron, sí...

Daniel: ...a la periferia de la ciudad, que es un lugar, pues, lindo (esto lo dice en tono irónico y todos ríen). Yo acabo de estar ahí justamente y dije, no mames, y pues obvio que se enojan, y tienen toda la razón, pues sí...

Leti: .estás invadiendo sus espacios...

Daniel: ...es barrio esto, es barrio.

De regreso a la discusión de la sección anterior, resulta evidente que la relación de los habitantes del 23 con lo que definen como ellos –la abstracción de una población altamente diferenciada– está atravesada por dos formas de violencia: primero, ellos o el barrio son asociados con conductas negativas e incluso violentas, sobre todo los chavos de las vecindades. Segundo, existe la violencia misma del rescate, que a menudo es utilizada como explicación o causa de las agresiones. Es decir, ésta es considerada una reacción lógica de ellos frente a los recién llegados que viven en un edificio remodelado del que han sido desalojados otros habitantes de la calle.

Vemos entonces como un punto fundamental en la conformación de la colectividad de los habitantes de Minerva 23 y de sus fronteras sociales frente al entorno una sensación de corresponsabilidad por el desplazamiento que detona el proyecto de rescate, lo cual evidencia una vez más la profunda ambigüedad en que se hallan. En última instancia, como he argumentado en este texto, es la porosa y a menudo ilegible frontera que los separa de la violencia del rescate la que amenaza su habitar en el Centro Histórico.

 

Consideraciones finales

Me gustaría concluir con algunas consideraciones teórico–metodológicas sobre el trabajo presentado. En primer lugar, me interesa subrayar el mérito de reducir la escala de observación y análisis. Esta apuesta metodológica y analítica permite al investigador capturar ciertas dimensiones de lo social que escapan a otras metodologías. En este caso, la observación participante de largo plazo en un espacio social acotado arroja claridad sobre los afectos, las tensiones y las contradicciones que atraviesan el habitar de un sector específico de las clases medias. Esto posibilita a la vez abordar la conformación de fronteras entre clases, su reproducción y recomposición en la vida cotidiana. De igual modo permite desagregar la reapropiación del Centro Histórico por sectores medios y altos, señalando que es un proceso conformado no sólo por múltiples intereses económicos y políticos, sino también por los deseos, expectativas y miedos de los grupos sociales que establecen su residencia en este espacio, quienes ocupan una vaga posición en él.

En segundo lugar, las ideas presentadas en este artículo están en conversación con estudios que abordan el surgimiento de nuevas formas de segregación espacial y social en las ciudades contemporáneas. Existen excelentes trabajos que han demostrado la centralidad de la amenaza del crimen y del afecto colectivo del miedo en la proliferación de enclaves fortificados, espacios cerrados y comunidades amuralladas (Caldeira, 2000; Giglia, 2001; Low, 2001). Más allá de las demarcaciones físicas producidas por elementos arquitectónicos, el caso que aquí he discutido, caracterizado por la cohabitación de distintos grupos y clases sociales en un espacio acotado, me permite atender la dimensión temporal de las fronteras sociales, es decir la manera en que éstas son producidas, negociadas e interrumpidas mediante relaciones e interacciones entre distintos grupos sociales y, de manera muy señalada, observar cómo atraviesan la vida cotidiana de los sujetos. Asimismo, el análisis de distintos registros como el relato (Reguillo, 2004) y el rumor (Das, 1998) enriquece el enfoque temporal de las fronteras, ya que mediante estos registros se producen visiones y afectos compartidos y se configuran formas de habitar y experiencias del espacio urbano.

Finalmente, este trabajo busca dialogar con investigaciones acerca de la violencia como un fenómeno que cruza e impregna la vida cotidiana y que designa múltiples experiencias: que abordan la violencia más allá de sus manifestaciones en actos de brutalidad (Das y Kleinman, 1997). Algunos autores han estudiado la naturalización y rutinización de la violencia en la vida cotidiana de sectores marginales (Goldstein, 2003; Scheper–Hughes, 1992; Wacquant, 2001); sin embargo, los signos y los efectos de estas formas de violencia cotidiana en los sectores medios y altos han sido poco estudiados. Mi investigación observa este fenómeno al explorar cómo personas amenazadas por una violencia difusa pero latente personifican a su vez una amenaza para otros a través de sus propias formas de habitar.

En el caso aquí expuesto, el peligro del entorno se entrecruza con la violencia material y simbólica del rescate: la transformación física del sur–poniente del Centro Histórico y la concomitante presencia de nuevas formas de vida que resultan excluyentes para una buena parte de la población local y, en última instancia, el encarecimiento del valor del suelo. En otras palabras mi trabajo analiza cómo estas violencias atraviesan la vida y los lugares de aquellos que colonizan el Centro Histórico, haciendo posible y a la vez desestabilizando su apropiación de esta zona como un espacio residencial.

 

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Notas

* Este artículo forma parte del trabajo que realizo para la tesis doctoral en Antropología Sociocultural en la Universidad de Columbia, Nueva York. Mi investigación de campo fue posible gracias al financiamiento proporcionado generosamente por la Wenner Gren Foundation for Anthropological Research y el Departamento de Antropología de la Universidad de Columbia.

1 El nombre de la calle y el de todas las personas que se mencionan en este artículo han sido cambiados.

2 La metodología utilizada consistió en la observación participante y en entrevistas a profundidad llevadas a cabo entre enero de 2006 y marzo de 2007 con diferentes actores que participan en el proyecto de revitalización del Centro Histórico: residentes, artistas, líderes comunitarios, inversionistas, planificadores y funcionarios públicos. Con el objetivo de reducir la escala de observación y análisis seleccioné algunos sitios representativos a los que dediqué mayor atención. Uno de estos espacios fue precisamente Minerva 23, edificio de ocho departamentos y dos accesorias remodelado en el año 2004 por la Inmobiliaria Centro Histórico, empresa dedicada a promover el repoblamiento mediante la compra y remodelación de inmuebles para vivienda y comercio. De acuerdo con el perfil diseñado por los propietarios, ha sido en su mayoría habitado por parejas jóvenes y personas relacionadas con el arte y la cultura que poseen una alta movilidad residencial, incluyendo estancias en el extranjero. La renta mensual de los departamentos es aproximadamente de cinco mil pesos y el rango de edad de sus habitantes va de los 25 a los 45 años. Durante un año asistí a las actividades sociales y culturales que se llevaban a cabo en Minerva 23, en las cuales participaban muchos de sus habitantes –comidas, cenas, fiestas, exposiciones–. Hacia el final de mi investigación realicé entrevistas a profundidad a la mayoría de las personas que ocupaban el inmueble en ese momento, así como a personas que lo habitaron anteriormente y que siguen en contacto con los residentes actuales.

3 Este término surge en países industrializados en los años setenta para describir a jóvenes profesionales con alto poder adquisitivo que establecen su residencia en centros urbanos. Véase Smith (1987).

4 Todas las citas etnográficas están tomadas del diario de campo o de entrevistas grabadas que se realizaron entre enero de 2006 y marzo de 2007.

5 La palabra "rescate" aparece entrecomillada puesto que con ella me refiero a un proyecto específico que se detallará más adelante. Sin embargo, para aligerar la lectura del texto, en adelante la escribo sin comillas.

6 En abril de 1980, el centro de la Ciudad de México fue transformado en Centro Histórico mediante un decreto que lo declaraba "zona protegida de monumentos históricos". Este decreto delimitó la zona en dos grandes perímetros: el perímetro "A" incluye a la ciudad colonial y el "B" abarca el crecimiento de la ciudad durante el siglo xix. La primera etapa del Programa de Rescate del Centro Histórico se concentró en la zona occidental y sur–occidental del perímetro "A" (véase Monnet, 1995). Para una discusión sobre otros proyectos de recuperación del Centro Histórico, véase Peniche Camacho (2004).

7 Véase el comunicado emitido conjuntamente por el presidente Vicente Fox y el jefe de Gobierno del Distrito Federal Andrés Manuel López Obrador el 3 de julio de 2001 en <www.cyp.org.mx/chcm/comunicado3julio.html>.

8 En diciembre de 2006, Marcelo Ebrard, el recién electo jefe de Gobierno del Distrito Federal, creó la Autoridad del Centro Histórico, encabezada por la doctora Alejandra Moreno Toscano. Desde principios de 2007 este nuevo órgano ha continuado los trabajos de rehabilitación, concentrándose, entre otras cosas, en el remozamiento de las calles que integran el corredor cultural –incluyendo la calle de Minerva– que habían quedado fuera de las 37 manzanas intervenidas en la primera etapa.

9 A pesar de ser dos organizaciones distintas, en la práctica, trabajan como una sola institución. La mayoría de mis informantes se referían a ambas como "la Fundación".

10 Los artistas jóvenes han constituido una gran fuerza en la transformación de los espacios centrales para las clases medias (gentrificatiori), no sólo por contar con mayor movilidad espacial, sino porque han sido generadores de la imaginación de lo que Sharon Zukin ha descrito como estilos de vida urbanos, conformados por un conjunto de distinciones y marcadores de estatus. Véase Zukin (1998).

11 Vocera de la Fundación del Centro Histórico, en Reforma, 15 de mayo de 2005.

12 En septiembre de 2007, el Gobierno del Distrito Federal comenzó a trabajar en la remodelación de toda la calle, que incluye su peatonalización.

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