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Alteridades

versión On-line ISSN 2448-850Xversión impresa ISSN 0188-7017

Alteridades vol.17 no.33 México ene./jun. 2007

 

Investigación antropológica

 

Gay en México: lucha de representaciones e identidad

 

Gay in Mexico: a struggle of representations and identity

 

Rodrigo Laguarda**

 

** Departamento de Historia, Universidad Iberoamericana, Prolongación Paseo de la Reforma núm. 880, Lomas de Santa Fe 01210 México, D.F.< rodrigolaguarda@gmail.com >

 

Artículo recibido el 29/06/06
Aceptado el 13/12/06

 

Abstract

This paper uses the notion of representations —familiar to anthropology and cultural history— in order to explore the transformations that started occurring since the 70's in regards to the understanding of homosexual practices among males in Mexico City. Thus, a process is analyzed, in which traditional representations —linked to the reproduction of old gender roles and marked by injury— began to focus on the imported term taken from the English speaking world and related to the construction of a social identity as well as understood (at first) in a positive way.

Key words: representations, gay, identity, Mexico City.

 

Resumen

El presente artículo emplea la noción de representaciones, proveniente de la antropología y la historia cultural, para explorar las transformaciones que, desde la década de los setenta, comenzaron a darse en cuanto a la comprensión de las prácticas homosexuales entre sujetos de sexo masculino en la Ciudad de México. Así, se analiza el proceso por el cual las representaciones tradicionales, vinculadas con la reproducción de los viejos roles de género y marcadas por la injuria, empezaron a dar paso a un término proveniente del mundo de habla inglesa, asociado a la construcción de una identidad social valorada (en principio) de manera positiva.

Palabras clave: representaciones, gay, identidad, Ciudad de México.

 

Quienes quisieran codificar los significados de las palabras librarían
una batalla perdida, porque las palabras, como las ideas y las cosas que
están destinadas a significar, tienen historia.
Joan W. Scott

...el tiempo altera todo; no hay razón para que la lengua escape a esta
ley universal.
Ferdinand de Saussure

 

Representaciones enfrentadas

En el intento por explicar el fenómeno de la globalización, Arjun Appadurai (2001: 20) sostiene que, desde sus orígenes, la tradición antropológica ha tenido la virtud de ver a las representaciones como "realidades objetivas", esto es, como hechos sociales trascendentes a la voluntad individual y cargados por la fuerza de la moral colectiva. En los últimos años, la historia cultural, en particular a partir de los trabajos de Roger Chartier (1995), ha incorporado esta noción como un componente central de su análisis. Este historiador francés define a las representaciones como matrices constructivas del mundo social por las que la realidad está socialmente conformada (Chartier, 1995: 56-57) y las prácticas sociales resultan organizadas (Chartier, 1995: 49). Considerando que todas las sociedades son heterogéneas, los sujetos son testigos del cruce de representaciones contradictorias y enfrentadas, que originan visiones distintas del mundo (Chartier, 1995: 49). Tales representaciones están asociadas a diferentes grupos que intentan ordenar o jerarquizar la estructura social conforme a sus formas de ver las cosas; es decir, las distintas identidades sociales generan una lucha de representaciones en las que está en juego el sentido del mundo (Chartier, 1995: 56-57).

Los términos que empleamos al definirnos y definir a los otros ocupan un lugar central en el acto de representar y representarnos. Estas palabras tienen el poder de asignarnos un lugar —bueno o malo, deseable o indeseable, valorado o descalificado— en la sociedad. Por tanto, su uso será el eje de la reflexión aquí planteada. En este artículo, las implicaciones de nombrar y ser nombrado serán el punto de partida del análisis de las representaciones sobre el mundo social. Mostrar estos términos y su relación con la construcción de una nueva identidad social es el principal objetivo del presente texto. Así, estas páginas buscan dar cuenta de las palabras tradicionalmente utilizadas en México para referirse a sujetos de sexo masculino que se presume han incurrido en prácticas homosexuales; y también intentan evidenciar algunos significados producidos por el advenimiento de la identidad gay, o sea, una nueva forma de nombrar a tales personas. En síntesis, presenciaremos el enfrentamiento entre dos tipos de representaciones de las prácticas homosexuales: aquellas que podemos considerar "tradicionales" o anteriores al modelo gay de organizar los encuentros homosexuales, y otras que pensaremos como "modernas" o vinculadas con una identidad social específica (la identidad gay).1

Es necesario destacar que, debido a su carácter peyorativo, las palabras empleadas por tradición para referirse a quienes el siglo XIX otorgó el nombre de "homosexuales" se han usado tanto para insultar a quienes son considerados parte de este grupo como para denigrar a cualquier persona del sexo masculino, independientemente de su orientación sexual. Rastrear y exponer el cúmulo de términos que han sido empleados en la estigmatización de ciertas personas no es una labor inocente, sino parte de una convicción en la que, como lo señala John Boswell (1992: 62), "[l]a reconstrucción del camino recorrido por la intolerancia desvela gran parte del paisaje por el que discurre, y aunque sólo fuera por esta razón valdría la pena intentarla". Coincidiendo con las palabras de este historiador, "[q]uizá no sea excesivo esperar que los frutos de su análisis resulten también instrumentos útiles para quienes aspiran a reducir o a erradicar el sufrimiento que a ella se asocia" (Boswell, 1992: 62). Estas páginas forman parte de dicho proyecto al iluminar un proceso histórico, cuestionando una serie de representaciones comúnmente asumidas.

Puede afirmarse que el término gay refleja la reorganización de las categorías sexuales, la cual ha tenido lugar en la segunda mitad del siglo XX y ha ido cobrando fuerza y ocupando espacios en la esfera mundial; asimismo, este vocablo supone la consolidación de la distinción homosexual/heterosexual con base en la orientación sexual de los sujetos. La palabra gay (del inglés, "alegre") refuerza la noción de homosexualidad, sólo que —al menos en principio— le resta el posible carácter peyorativo. En general, autonombrarse gay implica asumirse como homosexual, pero considerando la homosexualidad una variante sexual, no una desviación o una enfermedad.

La noción de homosexualidad proviene del siglo XIX y se popularizó en el marco de los saberes médicos. Las sociedades industrializadas y modernas desarrollaron esta categoría distintiva, asociada a una identidad (Weeks, 1998: 208). Fue así como surgió una nueva clase de individuos, definidos por ciertas particularidades de su vida sexual. Esta innovación decimonónica convirtió a quienes establecían lazos con personas de su mismo sexo en cierto tipo de individuos, reunidos en torno a una identidad comparable a la de un grupo étnico en el contexto de las sociedades liberales pluralistas (Adam, 1998: 227). Construido sobre la categoría homosexualidad, el concepto gay emergió en la segunda mitad del siglo XX. De acuerdo con esta identidad, las relaciones homosexuales pueden resultar liberadas de la reproducción de los roles tradicionales de género, dentro de las cuales se asumía que uno de los participantes en un encuentro homosexual cumplía el papel masculino y el otro el femenino. A su vez, la identidad gay hace posible establecer relaciones erótico-afectivas con personas del mismo sexo de manera exclusiva, además de conformar una red con autoconciencia grupal (Adam, 1998: 220). Quizá lo más característico de la forma gay de organizar la homosexualidad es que quienes se identifican con ella tienen conciencia de pertenecer a un grupo distinto del de los demás. El término gay alude a personas conscientes de su inclinación erótica hacia otras de su propio sexo en tanto rasgo distintivo (Boswell, 1992: 67). Si seguimos a Benedict Anderson (1993: 23-24), manteniéndonos en el ámbito de nombrar y ser nombrado, se puede afirmar que este fenómeno evidencia la aparición de una comunidad imaginada, y quienes se reconocen como parte de ella (es decir, como gays) viven una suerte de comunión mental con todos aquellos adscritos a la misma categoría social.

 

Lucha de representaciones

Es necesario preguntarse desde cuándo se ha empleado el vocablo gay en México, dado que su uso implica un cambio en la concepción que se tiene del mundo social o, al menos, de las prácticas homosexuales. Antes de que este término apareciera, eran palabras esencialmente insultantes las que designaban a los hombres considerados distantes de la sexualidad dominante o convencional. Como afirma Didier Eribon (2001: 2931), la injuria es la primera forma de referirse a quienes tienen una orientación erótico-afectiva hacia personas de su mismo sexo. El insulto constituye un veredicto que nos remite a una asimetría fundamental instaurada desde el lenguaje, al situar a un conjunto de personas en una posición de vulnerabilidad y escarnio. El ultraje es, entonces, un agravio y un acto de poder, que desacredita y crea una conciencia avergonzada en sus víctimas. Las representaciones injuriosas asignan a los destinatarios un lugar marginal en el mundo.

En la primera mitad del siglo XX, era muy común el uso del término rarito, que "hace en México las veces del exorcismo que transforma lo amenazador en lo banal, en lo graciosamente inofensivo y patético" (Monsiváis, 1997: 12). Rarito es, probablemente, la menos ofensiva de las expresiones empleadas en México para nombrar a los homosexuales, a aquellos que se alejan de la norma, de la "naturaleza" de la masculinidad. El rarito es "el más excéntrico de aquellos que han cometido el pecado irremisible: asimilarse a la conducta del género vencido para siempre: las mujeres" (Monsiváis, 1997: 12). Esta palabra es una muestra de la forma en que la homosexualidad masculina es representada en Occidente. Los homosexuales son situados en una posición marginal porque se parecen o actúan como las mujeres, seres de condición "inferior" (Bourdieu, 2000: 30-36), de acuerdo con una tradición que las define como seres irracionales, subordinados, débiles y pasivos. Rarito, como tantos otros términos, alude a esta situación que no es exclusiva de México. Aparentemente, la reproducción de los roles tradicionales de género dentro de las relaciones entre personas de un mismo sexo fue un fenómeno común en las sociedades occidentales antes del advenimiento del modo de vida gay. En este sentido, el caso mexicano podría ser entendido como una variante de ese proceso ocurrido en las sociedades occidentales. Rarito es aquel percibido como inconforme con su sexo biológico, quien desea la compañía de un hombre por tener características consideradas femeninas.

La identidad gay está organizada en torno a la elección de un objeto sexual: el sexo biológico de la persona a quien se dirige la actividad sexual. En cambio, en la visión tradicional, las prácticas homosexuales adquieren significado de acuerdo con el acto que se desea practicar con la otra persona, independientemente de su sexo. Esto se basa en la distinción activo/pasivo, y quiere decir que el estigma que acompaña a las prácticas homosexuales no afecta por igual a las partes involucradas. Es principalmente el individuo que juega el rol anal/pasivo quien es estigmatizado por asumir un papel considerado femenino y, en un pensamiento tradicional, este sujeto pasivo es el único percibido como "verdaderamente homosexual". La opción bisexual, en la que un hombre juega un papel activo tanto con mujeres como con individuos de su propio sexo, puede conservar los privilegios concedidos a los hombres mexicanos (Almaguer, 1993: 257-260). En nuestro país, antes de la difusión de la forma gay de entender las prácticas homosexuales, los hombres que tenían relaciones sexuales con miembros de su propio sexo jugando un papel activo podían ser considerados degenerados, libertinos o faltos de moral, pero no homosexuales (Carrier, 1994: 17). Por su parte, los hombres que cumplen el papel activo, insertor o penetrador, en los encuentros homosexuales, por lo general no son vistos como homosexuales en aquellas comunidades en las que pervive una forma de pensar alejada de una concepción gay de la homosexualidad. Por tanto, no necesariamente se considera que su masculinidad se vea disminuida. Mayate es como suele llamarse en este contexto al participante activo del encuentro homosexual (Carrier, 1994: 11-12). En contraste, los hombres vistos como afeminados, que se presume juegan el rol pasivo en la penetración anal, son clasificados en una categoría particular de seres: los verdaderos jotos o los putos. Objeto de burlas y ridiculización, son juzgados seres pasivos y penetrables, tal y como suele representarse a las mujeres (Carrier, 1994: 11).

Aunque en otros lugares del mundo puede haberse dado una situación similar al considerar inferiores a aquellos que jugaban el papel socialmente asignado a las mujeres dentro de los encuentros sexuales, en México cobra una gran importancia la distinción activo/pasivo. En Estados Unidos, por ejemplo, el término más común, tradicionalmente ligado a las prácticas homosexuales, es el de cocksucker, que alude al sexo oral y no al papel que juega un individuo en cuanto a prácticas sexuales penetrativas (Almaguer, 1993: 257), pero también se ocupan top y bottom, comparables a la distinción activo/pasivo. Las expresiones comúnmente empleadas para referirse a los hombres homosexuales mexicanos están por lo general relacionadas con la posición inferior de las mujeres frente a los hombres (Almaguer, 1993: 260). Es notable que la palabra puta se refiera a una prostituta femenina, mientras que su forma masculina, puto, alude a un homosexual pasivo, no a un hombre que ejerza la prostitución. El hombre homosexual entendido como analmente receptivo y la mujer más estigmatizada de la sociedad mexicana, la prostituta, comparten idéntica base semántica. En México, puto es el peor insulto para un hombre, puesto que forma parte de una serie de palabras usualmente utilizadas al reprender o excluir a quien se aparte de las normas de la masculinidad. Esto puede explicarse porque, para una mentalidad tradicional, la sexualidad de los jotos ha escapado del control de la sociedad, pues es utilizada para fines no reproductivos, como ocurre con las prostitutas. Quizá ésta sea la razón por la que los jotos son también llamados putos y son representados como una amenaza para el orden social.

Los jotos aparecen como anómalos en distintos sentidos. Por una parte, son seres con cuerpos masculinos que son penetrados como las mujeres. Por otra parte, son mujeres simbólicas que se comportan con las licencias sexuales de los hombres para quienes el sexo es una fuente de placer y no una actividad reproductiva (Alonso y Koreck, 1993: 118; traducción propia).

No obstante en México los jotos son estigmatizados, muchas veces parecen ser más un objeto de diversión o de piedad que de horror. Antes de la emergencia de la identidad gay en México, los homosexuales no necesariamente sufrían agresiones. Incluso, lograban tener buenos empleos y la simpatía de personas pertenecientes a grupos conservadores dentro de la sociedad (Alonso y Koreck, 1993: 118). Estilistas, maquillistas y modistos, quizá reconocidos por amigos y vecinos como jotos, vivían en relativa armonía con su entorno y trabajaban para todo tipo de clientes. A diferencia de lo que ocurre en Estados Unidos, los homosexuales mexicanos no sufren una segregación tal que los haga habitar en un área específica. Como en las ciudades estadounidenses existe la tendencia a constituir guetos de comunidades marginadas —por ejemplo de afroamericanos, hispanos o asiáticos—, aquellos que utilizaban sus cuerpos de una forma vista como equivocada se fueron aislando hasta formar su propio barrio. Esto no sucedió en México, al menos en forma clara, hasta la aparición del mundo gay, importado de Estados Unidos en la década de los setenta. Aun así, no se ha construido (y probablemente jamás se construya) un gueto al estilo estadounidense, donde los gays se vean aislados del resto de la sociedad. Este punto de vista pone en entredicho el tan común argumento de que la identidad gay necesariamente favorece una mayor aceptación e integración social de quienes participan en las prácticas homosexuales, mientras que las representaciones tradicionales sólo excluyen o marginan a los sujetos sociales. Es posible pensar que ambos tipos de representaciones ofrecen espacios de tolerancia y exclusión a los sujetos sociales.

El término gay se difundió en México y en las grandes ciudades de América Latina durante la segunda mitad de la década de los setenta y principios de los ochenta (Murray y Arboleda, 1995: 138). Este concepto tiende a liquidar la división activo/pasivo, en la que se reproducen los roles tradicionales de género, además de que contribuye a crear una comunidad en la cual todos los individuos son reconocidos como homosexuales y dota a sus miembros de un sentido de pertenencia a un grupo. Sin embargo, esto forma parte de un largo proceso que hoy aparece como inacabado y en el que, tal vez, siempre perdurarán algunos resabios de las representaciones anteriores. Muchas veces, el léxico tradicional sigue siendo utilizado o es resignificado. Un ejemplo de ello es la palabra pasivo, que continúa empleándose a pesar de la difusión del término gay. La diferencia radica en que ahora puede considerarse que un hombre gay tenga un comportamiento pasivo sin que sea pasivo. Es decir, esta práctica sexual es vista como una situación momentánea o una predilección que no define a la persona que la experimenta, pues no excluye a la identidad gay ni le asigna un lugar específico en la sociedad distinto al del resto de los homosexuales (Murray y Arboleda, 1995: 142).

Antes de la segunda mitad de los años setenta, la palabra gay no era utilizada en México. Quienes solían tener prácticas homosexuales recurrían al término entendido o de ambiente, que no siempre implicaba una transformación del orden establecido, de la reproducción de los roles masculino y femenino (Murray y Arboleda, 1995: 140). Gay se difundió rápidamente por América Latina y por el mundo entero, puesto que desafiaba las representaciones tradicionales y muchas veces negativas de la homosexualidad (Murray y Dynes, 1995: 181), reivindicaba las prácticas homosexuales y posibilitaba la militancia al conformar un grupo de personas identificadas entre sí. Por todas estas razones, los sujetos sociales aludidos parecen haber preferido dicho término, proveniente del mundo de habla inglesa. Sin embargo, es importante destacar que se encontraban inmersos en un proceso global. Las ciudades estadounidenses —como Nueva York y San Francisco—se habían convertido en el modelo cultural dominante en lo que a las nuevas identidades homosexuales se refería, con la consiguiente difusión del modo gay de representarlas (Altman, 2001: 87). En la Ciudad de México, gay comenzó a adquirir un uso más cotidiano en la década de los ochenta. Como ya se mencionó, la expresión más común para referirse a una persona o situación caracterizada por un interés homoerótico era de ambiente. Una fiesta o un lugar de ambiente eran aquellos a los cuales asistía gente que solía tener prácticas homosexuales, esto es, personas de ambiente.2

A finales de la década de los setenta, cuando dio inicio el movimiento de liberación homosexual mexicano, algunos se mostraron ambivalentes frente a la utilización del término gay, sobre todo las personas o asociaciones vinculadas a la izquierda, como el Frente Homosexual de Acción Revolucionaria. Desde la formación marxista y latinoamericanista de sus militantes, la palabra gay era vista como una imposición más del imperialismo cultural estadounidense. Con todo, el hecho de que —al menos en principio— el término no tuviera carga peyorativa, lo hizo preferible respecto a las palabras habitualmente empleadas en México para representar la homosexualidad,3 las cuales eran, según lo describe la revista oficial del Frente Homosexual de Acción Revolucionaria, joto, jotito, jota, en diminutivo para hacerla menos ofensiva y en femenino para degradar; puto y todas sus derivaciones como puñal, puma o simpútico; maricón, también con sus múltiples derivaciones: marica, mariquita, mariposo, por analogía, floripondio; cachagranizo, mesero sin charola, carga-sandía, mano caída, se le cae la mano, que remiten a la delicadeza de los rasgos y los movimientos homosexuales; mujercito, loca, bonita, que aluden directamente a la condición femenina de los homosexuales; y lilo, que se refiere a una mezcla de lo masculino y lo femenino, pues el azul es para los hombres, el rosa para las mujeres, y, entonces, el lila para los jotos que, por ser del sexo masculino, son llamados lilos (Hernández, 1980). Como puede apreciarse, todos estos términos muestran la asimilación de los hombres involucrados en prácticas homosexuales a la condición de subordinación femenina, puesto que, desde una representación convencional, han renunciado a los privilegios otorgados por la masculinidad y han adquirido rasgos a menudo atribuidos a las mujeres.

 

Desplazamiento de representaciones e identidad

Como se ha visto, los sujetos sociales se construyen a sí mismos a partir de representaciones que los sitúan como miembros de varias categorías y grupos (Dijk, 2000: 152). El lenguaje tiene un lugar destacado en la construcción de la identidad, pues las definiciones grupalmente compartidas permiten que sus miembros coordinen sus prácticas sociales en relación con otros grupos (Dijk, 2001: 52-53). De este modo, la autodefinición es un componente crucial de cualquier identidad social.

Al emerger en México hacia la segunda mitad de la década de los setenta, el término gay no sólo comenzó a desplazar a todas las expresiones que antes se utilizaban para nombrar a los presuntamente involucrados en prácticas homosexuales (rarito, joto o puto), sino que aludía al surgimiento de un hombre nuevo o, si se prefiere, de un homosexual nuevo. En la experiencia de un testigo de ese momento histórico, gay se refería "al homosexual que tenía una vida activa, abierta, que reivindicaba ciertas formas de vestir o de comportarse socialmente".4 En otras palabras, abría el espacio para una identidad social específica.

Gay también fue adquiriendo importancia política, puesto que la definición de un grupo respecto a los otros y en relación con el resto de la sociedad posibilita la militancia y la demanda de una serie de derechos en favor de los individuos que lo comprenden. Para quienes participaron del activismo, ser gay no era lo mismo que ser marica o lilo, sino que consistía en "una especie de reconocimiento de que eras cierto tipo de homosexual".5 La diferencia estribaba en que los gays eran responsables de crear una comunidad, de construirse una identidad y aportar a la sociedad nuevas formas de relacionarse.

En la construcción de una identidad resultaba importante "el rechazo que podía darse a partir de la identidad gay hacia el modelo heterosexual".6 Esto incluía de manera significativa a las representaciones que situaban a los sujetos sociales involucrados en prácticas homosexuales en una posición de inferioridad y escarnio. Como miembros de un grupo específico dentro del cuerpo social, los gays podrían luchar por eliminar "prejuicios" propios y ajenos (o representaciones sociales que, a su juicio, producían la marginación de los homosexuales), además de crearse nuevos espacios para su desarrollo, que podían ser tan diversos como una organización civil, una publicación o un bar. En definitiva, ser gay era diferente de ser homosexual o "podía ser diferente, ya que permitía aportar cosas diferentes, es decir, crear una nueva identidad".7 Por tanto, es indudable que este concepto ha contribuido a la construcción de una nueva forma de comprender la homosexualidad, dotando a quienes se adscriben a esta categoría de la posibilidad de reconocerse en, y movilizarse en torno a, una identidad que ofrece a sus miembros una valoración positiva.

 

Consideraciones finales

En este trabajo se ha evidenciado la relevancia que los términos utilizados para nombrarse (a sí mismo) y nombrar (a los otros) tienen en la construcción de las identidades sociales. En torno a las palabras que designan a un grupo se establece una lucha de representaciones, en la cual están en juego distintas visiones del mundo y diferentes maneras de concebir a los sujetos en cuestión. Algunas representaciones logran imponerse, desplazando a las otras. Empero, se trata de procesos complejos en donde las viejas formas pueden seguir siendo utilizadas y hasta coexistir con las nuevas.

En el caso de la palabra gay, es notable cómo se ha ido difundiendo en México de manera creciente desde la segunda mitad de los años setenta. Así, ha ido desplazando a las formas tradicionales de nombrar a los hombres que se involucran en prácticas sexuales con personas de su propio sexo. Además, gay se ha convertido tanto en la designación que los sujetos sociales mencionados prefieren usar para nombrarse a sí mismos, como en la más empleada por los sectores que con ellos simpatizan. No obstante, otros términos, con su tradicional carga peyorativa, continúan siendo recurrentes en múltiples espacios sociales.

La representación gay de la homosexualidad permite establecer una red con autoconciencia social, construirse una identidad (pensada por quienes se adscriben a ella como) legítima y rechazar el estigma. Desconociendo la carga peyorativa de los términos convencionales, que mantenían a los hombres que se involucraban en prácticas homosexuales en los márgenes, esta forma de representarlos posibilita una mayor visibilidad: la capacidad de establecer reivindicaciones sociales y personales, e intentar transformar el entorno social.

 

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Notas

1 Utilizo los términos "tradicional" y "moderno" siguiendo a Héctor Carrillo (2002: 15-16), no para hablar de progreso o evolución desde formas sociales inferiores hacia otras más desarrolladas, sino para distinguir "viejo" de "nuevo", "local" de "extranjero"; la forma en que las cosas solían ser y cómo empiezan a ser ahora, gracias a nuevas definiciones provenientes del exterior.

2 Entrevista a Rafael Manrique Soto, 13 de diciembre de 1999, y a Carlos García de León Moreno, 11 de febrero de 2000. Las entrevistas citadas de aquí en adelante fueron realizadas a personas que vivieron el periodo abordado y participaron en el movimiento de liberación homosexual de la Ciudad de México.

3 Entrevista a Rafael Manrique Soto, 13 de diciembre de 1999, y a Arturo Vázquez Barrón, 15 de febrero de 2000.

4 Entrevista a Arturo Vázquez Barrón, 15 de febrero de 2000.

5 Entrevista a Arturo Vázquez Barrón, 15 de febrero de 2000.

6 Entrevista a Rafael Manrique Soto, 13 de diciembre de 1999.

7 Entrevista a Carlos García de León Moreno, 11 de febrero de 2000.

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