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Tópicos (México)

versión impresa ISSN 0188-6649

Tópicos (México)  no.58 México ene./jun. 2020  Epub 30-Mayo-2020

 

Reseñas

Javier Espino Martín, Giuditta Cavalletti (eds.) (2017). Recepción y modernidad en el siglo XVIII. La antigüedad clásica en la configuración del pensamiento ilustrado.

Eduardo Charpenel Elorduy1 

1Universidad Panamericana, México echarpen@up.edu.mx

Espino Martín, Javier; Cavalletti, Giuditta. 2017. Recepción y modernidad en el siglo XVIII. La antigüedad clásica en la configuración del pensamiento ilustrado. ., México: Centro de Estudios Clásicos, Instituto de Investigaciones Filológicas, UNAM,

Es bien sabido que hay distintas formas de abordar a los clásicos. La forma más decimonónica es la de revisar escrupulosamente su lenguaje y sus textos y estudiarlos de una manera que, en términos generales, bien puede llamarse inmanente. Dentro de la misma tesitura, una aproximación preponderantemente inmanente -aunque con tintes sistemáticos- puede ser también aquella que no sólo busca documentar la coherencia o evolución de una obra, sino que, al menos en el caso de los filósofos, pretende dirimir si los argumentos y las teorías propuestas por un pensador son verdaderas, si son conceptualmente sólidas, si pueden ser hoy todavía sostenidas, etcétera. En alguna medida u otra, no obstante, estos estudios que he denominado inmanentes están generalmente mejor logrados cuando no ignoran o no están completamente cerrados a lo externo, es decir, cuando no desvinculan a las obras del contexto de su producción, del ambiente histórico, artístico, sociopolítico, religioso, etcétera que las vio nacer, y, para el caso que nos ocupa, que no soslayan la manera en que han sido interpretadas o recibidas a lo largo del tiempo. En suma, para decirlo con Gadamer, cuando no ignoramos su Wirkungsgeschichte, esto es, la historia de sus efectos.

Esta clase de estudios que se abren a la recepción, durante mucho tiempo, al menos en el contexto hispanohablante filológico, ha sido visto con cierto menosprecio. Como si, por decirlo de alguna forma, fuesen estudios de segundo orden o rango, mismos que tendrían que estar supeditados a las primeras aproximaciones antes aludidas -donde reposaría el valor genuino de los estudios clásicos- y que sólo tendrían, en el mejor de los casos, un valor de corolario o de añadido. Por fortuna, han aparecido estudios de recepción de calidad en los últimos años que poco a poco han ido corrigiendo esa falsa apreciación. Y a mi entender, el libro editado por Espino Martín y por Cavalletti es claramente una contribución que abona de forma positiva en dicha dirección. Los autores convocados en el libro -sin seguir ninguno de ellos alguna línea dogmática- tienen como denominador común el sostener un diálogo dinámico con los clásicos; en otras palabras, no los ven como piezas o reliquias de museo, sino como interlocutores vivos que fueron vistos como tales por pensadores de una época que, falsamente, se ha creído fue abierta y claramente hostil ante todo el pensamiento clásico: la Ilustración.

Este último punto al que he hecho alusión no es en ningún sentido menor. En varias narrativas comunes sobre la historia intelectual europea es habitual acentuar que la Ilustración sería, por antonomasia, una época iconoclasta, donde todas las autoridades -incluyendo, por supuesto, las clásicas- habrían de ser sometidas al tribunal de la razón y que, de no satisfacer ciertos estándares, habría que relegarlas y apartarlas, toda vez que nuevamente podrían propiciar el oscurantismo. El volumen editado por Espino Martín y Cavalletti corrige esa falsa imagen pues, mediante las distintas contribuciones contenidas en el mismo, se aprecia que la Ilustración, en muchos de sus interlocutores insignes, no podría entenderse si no es como revaloración, apropiación, e implementación de ciertas ideas de cuño clásico.

En este sentido, un ejemplo destacado serían los textos del propio Javier Espino Martín y de Eduardo Fernández, quienes de modo pormenorizado estudian la influencia de Cicerón y de otros retóricos latinos en la figura de Gaspar Melchor de Jovellanos. Como de modo convincente presenta Espino Martín, la recepción de Cicerón en Jovellanos dista mucho a la recepción común que de la obra ciceroniana se hiciera en el Barroco. Mientras que en el Barroco se ensalzaba la agudeza e ingenio de Cicerón, Jovellanos resaltará y defenderá un Cicerón que es ejemplo de la más pura lógica racionalista y que es un promotor de las virtudes cívicas. Asimismo, por su parte, Fernández hace una caracterización de Jovellanos que apunta a verlo como un pensador dinámico, es decir, un pensador que abreva de las diversas fuentes clásicas de la retórica para constituir una oratoria genuinamente ilustrada, capaz de hacer frente a las discusiones y a las temáticas más álgidas de su tiempo. Al hacer la lectura de Espino Martín y de Fernández, no pude sino recordar aquel dictum de Octavio Paz según el cual el mundo hispanohablante no habría tenido en sentido estricto una Ilustración, toda vez que adoleceríamos de no contar con un Voltaire, un Hume o un Kant entre nuestros epígonos. Si bien es cierto que Jovellanos no tuvo el impacto que sus coetáneos, ignorar la importancia de su figura -como lo hiciera en su momento el nobel mexicano- ya no es posible. Los aportes de Espino Martín y de Fernández nos llevan, pues, a repensar el gran fenómeno cultural, político e intelectual que fue la Ilustración desde nuestras propias coordenadas y latitudes hispanohablantes.

La figura de Cicerón, por lo demás, también es analizada y estudiada en el otro gran foco de recepción ilustrado que es abordado en el libro, a saber, Montesquieu. La contribución de Nicolás Llantén Quiroz muestra cómo, en el marco de su amplia discusión de la teoría de los Estados y las constituciones, Montesquieu no desatiende nunca las virtudes que deben tener los políticos. Por más perfectos que sean los sistemas sociales, si éstos no son implementados por seres humanos con un talante y un conjunto de capacidades y hábitos, dichos sistemas o modelos no habrán de funcionar de manera óptima. La lectura que presenta Llantén Quiroz -que, en este sentido, coincide en varios puntos decisivos con la de Guiditta Cavalletti, quien, de manera sumamente interesante, muestra cómo Bruto, a ojos de Montesquieu, no debe ser juzgado como alguien preponderantemente inmoral, sino como alguien estratégica y pragmáticamente torpe en el magnicidio que perpetró- deja a relucir una lectura de las virtudes clásicas donde éstas no son cualidades psíquicas estéticas sino plásticas y adaptables a las distintas coyunturas y vicisitudes a las que se enfrentan los hombre de carne y hueso. Así pues, Montesquieu sería un ilustrado que, para definir su propio proyecto, estaría radicalizando estos motivos en Cicerón que pocos antes que el autor francés habrían visto con tal nitidez.

Hay otros textos sumamente llamativos en el volumen compilado que, por desconocimiento específico de mi parte en la materia, no puedo valorar en toda su dimensión: se trata de los textos de Álvaro M. Moreno Leoni, Juan María Gómez Gómez y María Fernanda González Gallardo que abordan tópicos como la manera positiva en que se valoró en el contexto ilustrado la figura de Alejandro Magno -mediante lecturas específicas de Flavio Arriano y de Plutarco-, la apropiación del imaginario de la Eneida de Virgilio en la dramaturgia trágica de Nicolás Fernández de Moratín, y el modo en que las gramáticas latinas fueron releídas y readaptadas conforme a las necesidades específicas presentes en el contexto novohispano. Muchos detalles concretos de dichos aportes sobrepasan, como ya recalcaba, mi campo estricto de especialización -y difícilmente, se podría encontrar a alguien que fuese versado, en lo particular, en todas las áreas y figuras antes mencionadas-; sin embargo, aprecio en todos estos textos aquello que subrayé en un comienzo, a saber, un intento por mostrar que los ilustrados no fueron ajenos al pensamiento clásico y que, desde distintos frentes y manifestaciones, buscaron activamente leerse ellos mismos ante este legado y recuperar del mismo todo lo que fuera digno de ser conservado.

El último texto que cierra el volumen podríamos decir que se trata de un texto a tres bandas, toda vez que presenta un diálogo a tres voces entre Platón, Kant y Walter Benjamin. El texto de Salvador Cuenca Almenar es en sí mismo muy sugerente en tanto que reconstruye y aporta elementos para comprender cómo, para Benjamin, el concepto de experiencia (Erfahrung) en Kant estaba demasiado sesgado por la visión científica de su época y cómo, gracias a una lectura de Platón y, en lo específico, del diálogo del Banquete, Benjamin logra reparar y caer en la cuenta de ello. Aquí, he de advertir que el aporte de Cuenca Almenar me parece mucho más una pertinente discusión sobre Benjamin que un estudio de recepción de Platón en Kant. De entrada, porque considero que hay muchos textos donde Kant hace explícita referencia a Platón para perfilar su propio sistema filosófico -sobre todo en la Crítica de la razón pura- y en el texto de Cuenca Almenar no se alude a los mismos. Y, por otra parte, con base en la Crítica de la facultad de juzgar, se puede afirmar que hay elementos para construir una noción más amplia de experiencia en Kant -semejante al tipo de experiencia estética o trascendente al cual se busca apelar de la mano de Platón- que terminan también por ser ignorados. Por supuesto, una discusión tan meticulosa implicaría un estudio por sí bastante más detallado; subrayo simplemente esta limitante y que el valor de esta contribución en particular lo detecto principalmente en la luz que arroja sobre el propio Benjamin.

Como consideración final, en apreciación de todo el volumen, me permito recalcar lo siguiente: por más que uno lo pretenda o quiera así, es imposible, en esta clase de intentos, ser exhaustivos. Siempre quedarán, a los ojos de algunos lectores, ciertos deseos o anhelos incumplidos. Por decir un caso particular, a mí me hubiese interesado ver, en el marco de un estudio de esta naturaleza, algún estudio sobre la influencia del pensamiento clásico en David Hume, quien, como de ello dejan ver sus ensayos, era un erudito conocedor del mundo clásico y abrevó de las más distintas fuentes griegas y latinas. O incluso en el caso de Kant: es sabido que la principal influencia de la Antigüedad que tuvo el filósofo de Königsberg fue la del pensamiento estoico; por lo mismo, alguna reflexión o estudio a este respecto se echa de menos. Pero como apuntaba recién, una labor que pretendiese hacer justicia a todos esos frentes sería imposible o, si pudiese ser lograda, enciclopédica. El gran mérito de la compilación de Espino Martín y Cavalletti consiste más bien en invitarnos a reconsiderar toda una época bajo una nueva óptica -una óptica que se desmarca de las lecturas simplistas y lineales propias de la manualística. En este tenor, no puedo sino pensar que la brecha de pensamiento a la que coadyuvan estos editores y sus autores seguirá dando interesantes frutos de reflexión y abrirá nuevos senderos de investigación hasta ahora poco transitados.

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