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Investigaciones geográficas

versión On-line ISSN 2448-7279versión impresa ISSN 0188-4611

Invest. Geog  no.100 México dic. 2019  Epub 27-Feb-2020

https://doi.org/10.14350/rig.60024 

Artículos

Vulnerabilidad, adaptación y resiliencia sociales frente al riesgo ambiental. Teorías subyacentes

Vulnerability, adaptation and social resilience to environmental risk: Underlying theories

* Centro de Investigaciones en Geografía Ambiental, UNAM Campus Morelia. gbocco@ciga.unam.mx.


Resumen

Durante las dos últimas décadas, se ha producido una gran cantidad de trabajos que, al calor del esfuerzo interdisciplinario desde la ecología y la economía, han propuesto el enfoque socio-ecológico para explicar, en su marco, la vulnerabilidad, adaptación y resiliencia sociales frente al cambio climático y al aumento de desastres vinculados. Esta aproximación se ha convertido en hegemónica a juzgar por la cantidad de trabajos y citas en la bibliografía especializada, mismos que se cuentan por decenas de miles. De igual manera, se ha establecido una plataforma francamente crítica de la anterior, aunque con menor visibilidad en la bibliografía, tanto en América Latina como a nivel global. Entonces, nociones tales como vulnerabilidad, adaptación y resiliencia sociales pueden beneficiarse de un análisis desde el punto de vista teórico en cuanto a (a) las aproximaciones científicas en las cuales se basan, y (b) las críticas que han recibido en la bibliografía especializada. Este es el objetivo del presente trabajo.

Palabras clave: cambio climático; variabilidad climática; México; América Latina

Abstract

During the last two decades, and in the context of interdisciplinary efforts, a large body of literature dealing with vulnerability, adaptation and resilience to risk has been put in place by ecologists and ecological economists. To this end, the so-called social-ecological approximation is being used as basic analytical framework. This approach has become hegemonic in the definition of research agendas worldwide. The number of cites obtained by this research in key publications during the period amounts to several thousands. Nonetheless, criticism has arisen to this approach in Latin America and elsewhere. In this paper, I explore the theoretical foundations on which both, the hegemonic research and its criticism, are based.

Key words: climate change; climatic variability; Mexico; Latin America

INTRODUCCIÓN

Innumerables fuentes advierten sobre el impacto diferencial creciente de los procesos de cambio climático a nivel global y en particular en América Latina. Informes recientes señalaron que las desigualdades sociales determinan diferencias en la afectación de la población mexicana ante los riesgos derivados del cambio climático (El Colegio de México, 2018:13; para zonas rurales, Appendini et al., 2018:13). Los grupos sociales en desventaja se encuentran más expuestos a estos riesgos; en tanto, sus capacidades de respuesta son limitadas, sus pérdidas relativas son cada vez más importantes, y los efectos son más duraderos. Las desigualdades y los riesgos se manifiestan en el territorio: sequías e inundaciones tendrán efectos diferenciados y construirán nuevas desigualdades, en particular, en zonas desfavorecidas, tales como el sur y sureste de México (El Colegio de México, 2018:16; Constantino y Dávila, 2011; Saldaña-Zorrilla, 2006). Sólo entre 2000 y 2005, en México, la pobreza aumentó en casi el 4 % a causa de los desastres (OCDE, 2013:56).

La situación descrita es extrapolable a otros países de América Latina (entre otros, UNFCC, 2006: 22; CEPAL, 2019a, 13; Brenes, 2017, 5). Estas condiciones explican la creciente ocurrencia de desastres en la región, donde el 70 % de las pérdidas económicas sufridas se derivan de eventos hidro-climatológicos (World Bank, 2017, 13; UNISDIR, 2015, 7). Se esperan sequías más prolongadas, mayor recurrencia de eventos extremos e incremento de la temperatura, procesos que, entre otros efectos, afectarán la seguridad alimentaria (UNFCC, 2006, 22; World Bank, 2017, 12; Bélanger y Pilling, 2019, 21, 78; WMO, 2019, 30), lo cual agravará aún más la pobreza y la desigualdad en la región, en particular entre los agricultores de temporal. Se estima que 93 % de la población en pobreza extrema vive bajo amenazas políticas y ambientales en la región (World Bank, 2017, 13). A nivel global, en 2017, los países con alta exposición a riesgo climático presentaron el doble de población mal nutrida en comparación con los países menos expuestos a dicho riesgo (WMO, 2019, 30). Una investigación empírica reciente demuestra que, además de no recibir los beneficios directos del uso histórico de combustibles fósiles, los países pobres han sido afectados por el incremento de la temperatura desencadenado por el consumo energético de los países desarrollados. Asimismo, el estudio comprueba que el calentamiento global ha frenado el proceso de disminución de la pobreza a nivel mundial (Diffenbaugh y Burke, 2019, 1).

Si bien el IPCC ha destacado recientemente el combate a la pobreza de manera explícita en sus evaluaciones (IPCC, 2018), otros trabajos han sugerido que el discurso de este y otros organismos internacionales mantienen perspectivas que privilegian la amenaza (o peligro) sobre la vulnerabilidad (Basset y Fogelman, 2013; Klepp y Chávez-Rodríguez, 2018; ver, por ejemplo, el énfasis sobre amenazas en UNISDIR, 2015). En cambio, otras voces indican que lo que determina la ocurrencia de un desastre es el ensamble social y económico del territorio, donde se materializa una condición latente de riesgo (Brenes, 2017, 5). De este modo, una parte importante de la bibliografía sugiere que se debe entender la ocurrencia de desastres y su incremento reciente, no tanto como una consecuencia del incremento de amenazas, algo ya planteado décadas atrás (por ejemplo, Hewitt 1994; 1995), sino como un proceso causado por las desfavorables condiciones sociales y económicas de la población (Watts, 1983a; Brenes, 2017, 5). Según García-Acosta (2005, 20) “… los desastres no sólo son un problema no resuelto del desarrollo, sino que precisamente los modelos sociales y económicos adoptados han producido riesgos de desastre … “.

Esta visión critica también la noción de adaptación, caracterizada por algunos como neodarwinista y “piedra angular del discurso oficial del cambio climático” (Macías, 2015, 317). Ella supondría adaptarse a las mismas condiciones que han permitido la agudización del riesgo y el desencadenamiento de desastres (Basset y Fogelman, 2013). En tanto la visión centrada en la amenaza ve a la adaptación como un ajuste, las visiones críticas a este enfoque proponen la adaptación como un proceso de transformación social (Basset y Fogelman, 2013; Eriksen et al., 2015). Un antecedente importante para esta posición crítica establecido hace décadas, aunque poco reconocido en la bibliografía global, ha sido el aporte científico y en gestión por parte de la investigación basada en Latinoamérica (Basset y Fogelman, 2013), en particular desde La Red de Estudios Sociales en Prevención de Desastres en América Latina, conocida como La Red (www.desenredando.org).

Si la investigación en riesgo ambiental adopta esta aproximación crítica, y no aquella que considera al riesgo como una consecuencia directa de la ocurrencia de amenazas, y a la adaptación como un ajuste, el enfoque académico y la formulación de agendas de investigación podrían adoptar una óptica donde se enfatice lo interno sobre lo externo del riesgo, algo que se ha tipificado como su construcción social (entre otros, García-Acosta, 2005).

Es conveniente esclarecer los fundamentos científicos teóricos que subyacen a los discursos sobre riesgos en la bibliografía. En tanto se ha reconocido la relevancia de los aspectos sociales del riesgo ambiental (ver, entre otros, los estudios desde La Red), también se ha reconocido la insuficiencia analítica de enfoques derivados, por ejemplo, del estructural-funcionalismo anglosajón para abordar cuestiones sociales, así como para comprender riesgos y desastres, no como eventos sino como procesos (García-Acosta, 2005; Castro y Zusman, 2009, 140 1).

Durante las dos últimas décadas, se ha producido una gran cantidad de trabajos que, al calor del esfuerzo interdisciplinario desde la ecología y la economía (entre otros, Adger, 2006; Folke, 2006), han propuesto el enfoque socio-ecológico para explicar, en su marco, la vulnerabilidad, adaptación y resiliencia sociales frente al cambio climático y al aumento de desastres vinculados. Esta aproximación se ha convertido en hegemónica a juzgar por la cantidad de trabajos y citas en la bibliografía especializada, mismos que se cuentan por decenas de miles. De igual manera, se ha establecido una plataforma francamente crítica de la anterior, aunque con menor visibilidad en la bibliografía, tanto en América Latina como a nivel global. Entonces, nociones tales como vulnerabilidad, adaptación y resiliencia sociales pueden beneficiarse de un análisis desde el punto de vista teórico en cuanto a (a) las aproximaciones científicas en las cuales se basan, y (b) las críticas que han recibido en la bibliografía especializada. Este es el objetivo del presente trabajo.

Apunte metodológico y estructura del artículo

El interés en elaborar este trabajo parte, en primer lugar, de una inquietud acerca de cómo se ha venido desarrollando investigación que alude a las relaciones sociedad-ambiente, algo central a la preocupación de la geografía como ciencia desde los orígenes de la disciplina. En particular es destacable explorar cómo, desde la ecología y la economía ecológica, se ha contribuido al estudio de procesos que ocurren en el marco de dichas relaciones. Riesgo ambiental es uno de tales procesos. En segundo lugar, surge a partir de la necesidad del autor, de reflexionar acerca del estudio de la vulnerabilidad de pequeñas comunidades rurales frente al cambio climático en México (Segundo y Bocco, 2015; Bocco et al., 2019).

Revisar estas perspectivas representó un desafío por la cantidad extraordinaria de trabajos publicados. Así, en primer lugar, se reseñaron las revisiones bibliográficas publicadas en revistas líderes en el tema2. La bibliografía citada en dichos artículos fue a su vez revisada, en un proceso que podría describirse como “bola de nieve”. La redacción del texto obligó a repetir el proceso de búsqueda y selección de nueva bibliografía, incluyendo las más recientes. Un tema específico fueron los trabajos publicados en América Latina, en particular en el marco de La Red. En otras palabras, la búsqueda no quedó librada a los buscadores bibliográficos; mucho menos se trató de una revisión sistemática (en el sentido de Haddaway et al., 2015). En cambio, aunque se revisaron todos los artículos, sólo se hizo referencia a los textos clave, representativos de las perspectivas analizadas, y a partir de los objetivos del estudio.

En primer lugar, se presentan algunos aportes latinoamericanos, críticos de las visiones naturalistas, que privilegiaban el papel de las amenazas en el discurso sobre riesgos a fines del pasado siglo. En segundo lugar, se analizan, desde el punto de vista de la teoría subyacente (a) las propuestas señaladas aquí como hegemónicas, y (b) los cuestionamientos a tales propuestas. Finalmente, se sugieren posibles áreas clave para la investigación científica, con énfasis en el caso del riesgo de índole hidro-meteorológica en zonas rurales de México.

EL APORTE DEL PENSAMIENTO LATINOAMERICANO

La relación entre riesgo ambiental y desarrollo, así como la necesidad de encontrar causas estructurales en la explicación del riesgo, han sido advertidas por investigadores latinoamericanos de manera pionera desde hace décadas (Basset y Fogelman, 2013, 45). El trabajo académico se basó en estudios de caso en la región, y en una reflexión sobre la vulnerabilidad de las poblaciones urbana y rural menos favorecidas. En palabras de García-Acosta (2005, 17):

Fue a raíz de haberse llevado a cabo estudios profundos sobre eventos desastrosos, particularmente en países de menor desarrollo relativo, y de observar la génesis de éstos vinculados con las actividades humanas, que se desplegaron modelos alternativos para el estudio del riesgo y de los desastres que tenían como eje el análisis de la vulnerabilidad.

Muchos de estos estudios fueron elaborados en la década de 1990 por integrantes de La Red (entre otras aportaciones, ver Cardona, 1992; Macías, 1992; Lavell, 1993; Maskrey, 1993; Hewitt, 1996; Blaikie et al., 1996). La Red surgió a partir de reconocer las causas de los desastres en América Latina en las modalidades de ocupación del territorio, incluyendo el crecimiento urbano y el empobrecimiento de la población (García-Acosta, 2005; Castro y Zusman, 2009; ver una síntesis sobre los aportes de La Red en Lavell, 2004). Tales trabajos pusieron en el centro de la discusión aspectos sociales y del desarrollo, en particular en relación con la vulnerabilidad social, y los confrontaron con la visión naturalista y adaptativa del tema. Lavell (2004, 34) lo señaló así:

… la incidencia de un proceso físico nuevo, como es el cambio climático, y sus amenazas asociadas sobre la población y sus medios de vida, no creará condiciones de vulnerabilidad per se, sino revelará condiciones sociales, culturales, económicas … que, al estar frente a nuevas amenazas físicas, se reconforman conceptualmente como vulnerabilidad. … las condiciones son preestablecidas y el proceso de exposición a amenazas los reconstituye en vulnerabilidades. La “causalidad” es indirecta no directa.

Estas pioneras contribuciones de La Red han sido poco reconocidas en la bibliografía internacional (ver excepciones en Eakin, 2005; Eakin y Lemos, 2010; Eriksen et al., 2015; Klepp y Chávez-Rodriguez, 2018). La visión naturalista y adaptativa en el estudio y gestión del riesgo, criticada desde La Red, aún tiene presencia hegemónica en el discurso científico y de organizaciones internacionales. Basset y Fogelman (2013, 42) sugirieron que el concepto de adaptación ha regresado con éxito al discurso sobre cambio climático. Klepp y Chávez-Rodríguez (2018, 5) insistieron en que “… la abrumadora desigualdad social bajo la cual se propone la adaptación al cambio climático no sólo es ignorada, sino que además es frecuentemente naturalizada (naturalized) …”. Basset y Fogelman (2013, 47) propusieron que la visión naturalista y adaptativa aún domina el discurso de organismos internacionales, tales como el IPCC, lo cual, a su vez, influye en el diseño de las agendas nacionales en manejo del riesgo. De manera adicional, y derivado de su análisis de revistas científicas líderes en el tema, Basset y Fogelman (2013, 50) indicaron que el enfoque de adaptación es el que más influencia ejerce, y es utilizado en más del 70 % de los trabajos revisados. Más aún, Klepp y Chávez-Rodríguez (2018 13) señalan que en el ámbito de las Naciones Unidas (por ejemplo, la Convención Marco sobre el Cambio Climático), los lineamientos en torno a la adaptación a este cambio respetan estructuras de poder vigentes y favorecen intereses financieros y soluciones técnicas al problema. Macías (2015, 318) sugiere incluso “… la expansión de un mercado para el sector de reaseguro… “.

Las contribuciones críticas a nivel teórico no abundan en la bibliografía latinoamericana (ver sin embargo una reflexión sobre naturaleza y cultura en torno a riesgos en Castro y Zusman, 2009). Aquéllas son más comunes en la literatura anglosajona (ver la sección 3 de este artículo). Si bien los participantes en La Red han propuesto puntos de vista sustantivos ya señalados, sólo en pocos casos han emprendido la crítica directa a los conceptos clave que se van estableciendo en la bibliografía anglosajona y en el discurso de los organismos internacionales sobre riesgos y desastres, muchas veces relacionados con cambio climático. Por ejemplo, Lavell (2004, 27) sugiere que "la noción de resiliencia se restrinja al tema de los ecosistemas y complejos naturales, resistiendo su uso con referencia a sistemas humanos, al tratar el tema de riesgo y adaptación al cambio climático", Pero no indaga en las raíces teóricas de esta afirmación. De alguna manera, La Red orientó sus valiosos aportes a especialistas y tomadores de decisiones sobre riesgos y desastres, a través de marcos metodológicos y exitosos planes de intervención práctica en países tales como Colombia y Costa Rica (entre otros, Cardona, 1992; Maskrey, 1993). Intentar presentar una revisión exhaustiva de los aportes a los que se hace referencia en los párrafos anteriores quedaría fuera de los alcances de este artículo. Algunos de los conceptos clave, tales como la construcción social del riesgo (García-Acosta, 1992; 2005) y la crítica al auge de la noción de resiliencia social (Macáis, 1992; 2015), pueden servir para ejemplificar la naturaleza de las contribuciones desde América Latina. Se trata de dos temas a partir de los cuales se han cuestionado tanto las visiones naturalistas en el análisis de la causalidad del riesgo, como la noción de adaptación a las condiciones estructurales que están en la raíz de los riesgos. En cambio, se han centrado en la vulnerabilidad social. Si bien sería acertado el considerar que la resiliencia opaca la relevancia de la vulnerabilidad social, también es apropiado señalar que ambos conceptos se manejan en los estudios acerca de riesgos y desastres, tal como puede apreciarse en la bibliografía, tanto desde la aproximación socio-ecológica, como desde la perspectiva que critica a esta aproximación. Este tema es abordado en la siguiente sección de este artículo.

UNA EXPLORACIÓN A LA VISIÓN HEGEMÓNICA Y SUS CUESTIONAMIENTOS TEÓRICOS

La revisión de la contribución del pensamiento desde América Latina en temprana contradicción con la visión hegemónica en el tema requiere profundizar en los postulados teóricos subyacentes, derivados de la bibliografía internacional. Aquí el aporte de una visión minoritaria, al menos por su expresión en la bibliografía, cumple un papel importante. En esta sección se presentan en primer lugar aquellos señalamientos derivados de la visión hegemónica en relación con los temas de vulnerabilidad, adaptación y resiliencia sociales. En segundo lugar, se exploran las bases teóricas en las que se basan los cuestionamientos a tal visión. En ambos casos el análisis que se presenta se deriva de una revisión bibliográfica selectiva, de ninguna manera exhaustiva. El número de artículos publicados durante las últimas dos décadas, en particular los que se refieren a la visión hegemónica, se cuentan por miles. Las revistas donde se publican estos artículos, todas en el ámbito anglosajón, se cuentan por varias decenas.

La visión hegemónica

Uno de los pioneros y mejores exponentes de la visión hegemónica es Neil Adger, profesor de geografía humana en la Universidad de Exeter, en el Reino Unido. Sus líneas de trabajo se enmarcan en las dimensiones sociales del cambio ambiental global (vulnerabilidad, adaptación y resiliencias). Fue líder en la elaboración de varios componentes del Intergovernmental Panel on Climate Change, Fifth Assessment Report, Working Group 2, publicado en 2014, y editor de la revista Global Environmental Change entre 2004 y 2013. La influencia de Adger en el campo se refleja en las más de 17,000 citas recibidas a sus más de 100 artículos en el tema, todo ello en revistas indexadas en Web of Science (WoS), durante las dos últimas décadas. Sólo en 2018, Adger recibió alrededor de 2,500 citas a sus trabajos (https://hcr.clarivate.com, consultada el 28 de febrero de 2019)3.

Sus artículos sobre resiliencia (Adger, 2000) y vulnerabilidad (Adger, 2006) han recibido, respectivamente, casi 1,200 y 1,800 citas en publicaciones en WoS hasta 2018. En el primero, Adger (2000) propone explorar resiliencia social a partir del debate acerca de resiliencia ecológica, y en tanto analogía de cómo operan las sociedades y sus instituciones. Define resiliencia social como “la habilidad de las comunidades para hacer frente a impactos externos a su infraestructura social” 4 (Adger, 2000, 361), y la caracteriza como un componente importante de las circunstancias en las cuales individuos y grupos sociales se adaptan al cambio ambiental (Adger, 2000, 347).

Señala que en las comunidades que dependen de actividades económicas primarias, sus instituciones controlan mediante incentivos el uso de los recursos naturales, y son entonces un componente central que relaciona las resiliencias ecológica y social. Si bien el autor acepta que ambas resiliencias son conceptos sujetos a la controversia (Adger, 2000, 350), adopta de hecho un enfoque sistémico para analizarlas, establece una relación entre ambas en torno al rol de las instituciones, y destaca la adaptación social al cambio ambiental como un componente de la resiliencia social.

En la misma línea, Adger (2000, 348) define vulnerabilidad social “como la exposición de grupos de personas o individuos a un estrés como resultado de los impactos del cambio ambiental”. Como en el caso de resiliencia, se trata del impacto de un factor externo sobre la sociedad, planteamiento criticado décadas atrás por las contribuciones de La Red. De esta manera la resiliencia, al incrementar “… la capacidad de afrontar el estrés es entonces un antónimo laxo de vulnerabilidad” (Adger, 2000, 348).

La resiliencia social tiene, según el autor citado, dimensiones económicas, espaciales y sociales, de tal forma que su análisis debe ser interdisciplinario y multiescalar. La dimensión ecológica es también importante en la perspectiva de Adger, ya que la resiliencia depende de la diversidad del ecosistema en el cual se inserta una sociedad, así como de las reglas institucionales que gobiernan tal sistema social (Adger, 2000, 354). Así, señala (Adger, 2006, 278) existe “… una condición co-evolutiva de los sistemas sociales y naturales … [de tal manera que] los ecosistemas resilientes y las sociedades resilientes pueden enfrentar mejor los estrés externos…”. Sin embargo, no está claro cómo debería operar la interdisciplina para atacar la vinculación entre ambas resiliencias. En otras palabras, no se indica cómo debería manejarse la asimetría (entre ciencias naturales y ciencias sociales, o bien entre geografía física y geografía humana) que ocurre en el estudio de temas donde la relación sociedad-ambiente es clave (ver Castree et al., 2009, 5). Adger tampoco señala el papel que juega el análisis histórico del uso de los recursos por parte las sociedades.

Debido al contexto institucional en el que se enmarca, Adger (2000, 349) alude a la contribución del capital social a la resiliencia social. Capital social, sin embargo, es una noción sujeta a controversia en las ciencias sociales, en particular en la sociología, la economía y la ciencia política (ver por ejemplo un análisis de alcances y limitaciones del concepto en Arriagada, 2003); por lo tanto, su relación con la resiliencia social también está sujeta a la controversia.

Aunque Adger (2000, 350) acepta que aplicar el concepto de resiliencia ecológica a un sistema social supone que no existen diferencias entre ambos, algo que -señala- ha sido criticado desde las ciencias sociales, su argumentación resulta ambigua, ya que no queda claro cuáles son las diferencias que el autor reconoce entre ambos. En todo caso, el argumento está basado en principios de la economía ecológica (acceso a y dependencia de, recursos naturales; rol de las instituciones sociales), cercanos a la perspectiva (socio-eco) sistémica, más que a la geografía humana 5. Así, “la resiliencia, en ambas manifestaciones, social y ecológica, es un aspecto importante de la sustentabilidad del desarrollo y del uso de recursos” (Adger, 2000, 357), un señalamiento que en todo caso es vago.

Esta ambigüedad desaparece cuando Adger et al. (2005) analizan la resiliencia socio-ecológica a desastres costeros, y en Adger (2006, 268), cuando señala que su propósito es “establecer sinergias entre la investigación en vulnerabilidad y en resiliencia de sistemas socio-ecológicos”, así como en la propuesta de una “ciencia” de la resiliencia. Ambas líneas de investigación, precisa, “tienen elementos de interés en común -los impactos y el estrés que experimenta el sistema socio-ecológico, la respuesta del sistema, y la capacidad de acción adaptativa” (Adger, 2006, 269)

El recurrir al concepto de sistema socio-ecológico, en su relación con vulnerabilidad, resiliencia y adaptación, supone abandonar la visión sociedad-ambiente que desde la geografía se ha mantenido a lo largo de la historia (ver Turner, 2002; Ziegler y Kaplan, 2019). En cambio, la perspectiva de Adger (2006) transita hacia el campo de la resiliencia ecológica (Holling, 1973; Folke, 2006) y los postulados socio-ecológicos (plasmados en buena medida en la Resilience Alliance [www.resilience.org] y su publicación Ecology and Society), donde la economía ecológica ortodoxa, es central. Los mismos controlan la visión académica hegemónica, a la cual contribuyen no pocos geógrafos distinguidos (ver por ejemplo en Turner, 2010, su “giro ecológico” hacia la “ciencia” de la sostenibilidad, y comparar con Turner, 2002, ya referido).

Esta transición, argumenta Adger (2006, 269), se basa en el aporte desde diferentes tradiciones disciplinarias que “contribuyen a métodos y conceptos emergentes en torno a los sistemas socio-ecológicos y su vulnerabilidad inherente y dinámica”. Sin embargo, y tal como se verá en la próxima sección de este trabajo, no existe en la visión hegemónica una continuidad en la tradición sociedad-ambiente de la geografía (señalada por Pattison, 1964 y descrita minuciosamente en Turner, 2002) sino una ruptura conceptual que abandona sus postulados básicos enraizados en las ciencias sociales, y adopta una visión basada en la teoría de sistemas, más o menos socializada, que Adger et al. (2013, 112) enmarcan en la ecología humana, postulada en los trabajos derivados de la Resilience Alliance (Watts, 2015). Este enfoque representa al menos una de las columnas vertebrales en la visión (hegemónica) de los temas vulnerabilidad, resiliencia y adaptación al sistema socio-ecológico.

Los cuestionamientos a la teoría que subyace a la visión hegemónica

Los aportes del pensamiento latinoamericano, ya se señaló, no cuestionan de manera explícita las bases teóricas en las que se basa la visión hegemónica. En primer lugar, porque el objetivo de esos aportes se orientó en buena medida a la gestión; en segundo lugar, porque dichas bases se hicieron visibles en la bibliografía desde hace dos décadas. Sin embargo, hubo voces críticas pioneras desde la geografía crítica a la ecología humana y la ecología cultural, que anticiparon la influencia que paulatinamente adquiriría lo que en este trabajo se denomina visión hegemónica (ver Watts, 1983a, 1983b). En esta sección se exponen señalamientos que recuperan desde una bibliografía selectiva (no exhaustiva), en particular la anglosajona, voces críticas a los postulados que genéricamente podrían denominarse como representativos de una ecología socializada de riesgos y desastres, así como las limitaciones de sus conceptos centrales: vulnerabilidad, adaptación y resiliencia sociales.

A partir de reconocer la pobreza teórica en el estudio de riesgos desde la escuela encabezada por Gilbert White (Watts, 1983a, 241), Watts criticó el uso de los conceptos adaptación y resiliencia de sistemas sociales en el marco de la visión cibernética y coevolutiva de la ecología humana y cultural (Watts, 1983a, 239). Aquí, señaló (Watts, 1983a, 237), se visualiza a la sociedad, desde una perspectiva funcionalista, como un “… sistema autoregulatorio, autoorganizado e isomórfico en relación con la naturaleza”. A cambio, propuso una alternativa materialista (a partir de la metáfora metabólica marxista) (Watts, 1983a 243) que tomara en cuenta la diferenciación económica existente por ejemplo en comunidades campesinas pobres, “que no pueden enfrentar las consecuencias de los riesgos ambientales” (Watts, 1983a, 257).

En uno de sus análisis de la sequía en el Sahel, Watts (1983b, 40) precisó que los postulados teóricos de la ecología humana eran deficientes, ahistóricos, en paralelo con la ecología, y que debían ponerse en el contexto de la economía política de los sistemas sociales, en franco contraste con los señalamientos más recientes de la economía ecológica. Y agregó que los seres humanos habitan un ambiente socialmente construido y sujeto al cambio y a la transformación histórica.

Davidson (2010) analizó posibles caminos y obstáculos para aplicar el enfoque de resiliencia a sistemas sociales. Partió de reconocer que era necesario el aporte de las ciencias sociales en el estudio de cómo las sociedades construyen y son impactadas por las crisis ambientales, incluyendo el cambio climático. Pero advirtió que el enfoque de resiliencia adolece de dos problemas fundamentales en su posible aplicación a este estudio (Davidson, 2010, 1142, 1144). Por un lado, en cuanto a que la complejidad de los sistemas no puede ser interpretada sólo en términos evolutivos, sino que puede ser definida por una combinación de factores que no necesariamente estimulan la resiliencia. Por otro, porque la respuesta de los sistemas sociales a un incremento en la complejidad estaría definida no sólo por variables estructurales sino por la agencia (agency) individual y colectiva de los actores sociales, una dimensión ausente en los sistemas ecológicos.

Críticas similares a las señaladas por Davidson (2010) fueron propuestas por Cote y Nightingale (2012, 484), en cuanto a la falta de atención sobre los temas agencia, poder y conocimiento. Precisaron los límites de la noción de resiliencia en la comprensión del cambio social, en particular en cuanto al énfasis puesto en la estructura y funcionalidad del sistema social, “desprovisto de significado político, histórico y cultural” (Cote y Nightingale, 2012, 484).

Béné et al. (2014) realizaron una revisión bibliográfica acerca de las ventajas y limitaciones del concepto de resiliencia en el marco de la reducción de la pobreza. Así como Davidson (2010), rescataron elementos positivos, en especial, el favorecer un enfoque integrado, pero las críticas son más contundentes. En línea con lo anticipado por Watts (1983a), señalaron la incapacidad de capturar y reflejar la dinámica social en general y, en particular, el poder (político) al interior de la sociedad (Béné et al. 2014, 607). Criticaron la connotación positiva que se le ha dado al concepto de resiliencia, y en cambio señalaron que se trata de una noción técnicamente neutra en lo relacionado con el combate a la pobreza. En el contexto de la adaptación al cambio climático, advirtieron el riesgo de que el uso del concepto de resiliencia albergue, más que cuestione, formas de desarrollo que están implicadas en la causalidad del cambio climático (Béné et al., 2014, 615). Cuestionaron que se presente a los pobres como menos resilientes y por lo tanto como más vulnerables. “Es exactamente esta suposición donde el concepto de resiliencia se resquebraja” (Béné et al., 2014, 615).

Alexander (2013, 2712), en su revisión sobre resiliencia, señaló que la noción funciona bien en el marco de la teoría general de sistemas, y ha transitado un camino desde la ecología a la socio-ecología, y a la ecología humana y cultural. Sin embargo, advirtió, al igual que Watts (1983a), la influencia de la ecología humana y cultural al sugerir que los sistemas sociales son similares a los sistemas ecológicos, pero que la interacción social es ajena a la pirámide de especies y niveles tróficos en la ecología (Alexander, 2013, 2713).

Weichselgartner y Kelman (2015, 249) también reconocieron el potencial del concepto de resiliencia en la reducción del riesgo a desastres. Pero señalaron, en línea con Davidson (2010), que debe profundizarse en el estudio de procesos sociopolíticos, y diferenciar ecosistemas de sociedades. Concluyeron proponiendo que no deberían imponerse propuestas tecnocráticas y reduccionistas y en cambio rescatar la complejidad en las redes de conocimiento, valores y significados (Weichselgartner y Kelman, 2015, 263).

Las críticas señaladas, con excepción de Watts (1983a y 1983b), reconocen limitaciones en los postulados de la visión hegemónica desde las ciencias sociales, pero rescatan la posibilidad de utilizar los conceptos de vulnerabilidad, adaptación y resiliencia sociales, en el marco del modelo socio-ecológico. La mayor parte de las reflexiones reseñadas hasta ahora parecen intentar mantenerse en este marco, el cual, sugieren, puede ser fortalecido a partir de incorporar visiones desde las ciencias sociales acerca del cambio social y la agencia de actores sociales en este proceso.

Otras voces critican esta problemática con mayor profundidad. Basset y Fogelman (2013, 44-46) recuperaron los señalamientos de Watts (1983a) al referirse a la evolución del uso del concepto de adaptación en los informes disponibles del IPCC, y en la bibliografía especializada en las dimensiones humanas del cambio ambiental. Indicaron que, tanto en los informes como en 70% de los artículos revisados, la visión de adaptación mantuvo (y mantiene) una perspectiva de ajuste (y no de transformación) social frente a los cambios. Así, demostraron que existe una continuidad entre los debates de la década de 1980 y las interpretaciones de vulnerabilidad y adaptación en la bibliografía analizada por Basset y Fogelman (2013, 51). Los autores señalaron que, en la década de 1980, en el marco de la escuela de las amenazas (hazards school), la pobreza sólo era concebida como una causa próxima (externa), y no como resultado de un análisis de las causas estructurales, que hacen que una sociedad sea más menos vulnerable. De tal manera que las respuestas a las amenazas fueron de índole tecnocrática y no política; es decir, no cuestionaron el sistema social y económico en el marco del cual se generaban las condiciones estructurales a las cuales una sociedad debía adaptarse. Se trata de una contradicción entre adaptación como ajuste y adaptación como transformación. Y precisaron la raíz de estas contradicciones:

[Aquellas presuposiciones] incluían una concepción de las relaciones naturaleza-sociedad en términos estructural-funcionalistas, a partir de la teoría general de sistemas y de la ecología biológica. Una suposición clave del pensamiento sistémico visualiza sociedad y naturaleza como en un estado general de equilibrio que se mantiene a través de respuestas homeostáticas auto-regulatorias (Basset y Fogelman, 2013, 46)

La política de adaptación se ha formulado, entonces, en función de cómo se conceptualizan riesgo y vulnerabilidad, algo que según Basset y Fogelman (2013, 52), ha resultado en un marco muy limitado. Los autores propusieron que la ecología política, que se ocupa de los estudios ambiente-desarrollo, puede contribuir a resolver esta limitación a partir de la comprensión de cómo el acceso, control y manejo de recursos condiciona la vulnerabilidad y la adaptación por parte de la sociedad.

Klepp y Chávez-Rodríguez (2018) criticaron en su libro los discursos, políticas y prácticas en relación con la adaptación al cambio climático, con base en una sólida bibliografía, y varios estudios de caso. Se trata de un compendio exhaustivo que reseña los postulados críticos desde las ciencias sociales a lo que se ha denominado en este artículo la “visión hegemónica”. Retomando a Basset y Fogelman (2013) acerca del debate ya mencionado en la década de 1970, las autoras reiteraron que la vulnerabilidad de individuos o comunidades al cambio ambiental está controlada por su posición social y política y, por lo tanto, superar tal vulnerabilidad requiere de cambios sociales radicales (Klepp y Chávez-Rodríguez, 2018, 7-9).

Agregaron que ha existido una despolitización en cuanto a la adaptación, la que se ha entendido como ajuste a las condiciones que generan la vulnerabilidad, en particular en países en vías de desarrollo, algo ya señalado en este artículo. Advirtieron además acerca de las intervenciones técnicas por parte de expertos de países desarrollados para, supuestamente, fortalecer la resiliencia local, pero ignorando los procesos estructurales y sistémicos que construyen vulnerabilidad. De esta manera, “la cooperación internacional produce y reproduce relaciones de poder inequitativas en el marco del nexo conocimiento-poder” (Klepp y Chávez-Rodríguez, 2018, 13, 16). Bauriedl y Müller-Mahn (2018, 276) concluyeron, en el marco del trabajo de Klepp y Chávez Rodríguez (2018), que la comprensión local de la adaptación al cambio climático se tiene poco en cuenta en los informes técnicos, y que las vulnerabilidades causadas por el cambio climático no son el único (y muchas veces tampoco el más importante) problema, sino una presión adicional para las comunidades.

Watts (2015, 288, 292, 293) profundizó aún más la crítica a las propuestas en torno a los sistemas de adaptación y resiliencia. Los caracterizó como tecnologías de poder en el marco del régimen neoliberal, cuya función es incorporar a los sistemas sociales y económicos en una amplia plataforma científica en torno a la complejidad y la resiliencia socio-ecológica. Indicó que, a través de la Resilience Alliance, dicho pensamiento se movió más allá de la ecología para abarcar una teoría co-evolutiva de las sociedades. Además, señaló, la teoría de la resiliencia no hizo esfuerzos por incorporar los debates de la década de 1970, mismos que “cuestionaron la teoría de sistemas, el funcionalismo, los límites de la analogía orgánica (mediante la cual los sistemas sociales son incorporados a los sistemas vivientes …” (Watts, 2015, 293).

Tal vez la crítica más profunda, y sólidamente fundamentada en la teoría, al enfoque hegemónico, en particular en relación con la noción de resiliencia social en el marco de los sistemas socio-ecológicos, fuera planteada por Olsson et al. (2015). Indicaron que el problema fundamental radica en la forma en que, por un lado, la teoría de la resiliencia, que se utiliza como un concepto de validez universal, y las ciencias sociales, por otro, conciben la sociedad, en términos de sistemas sociales, relaciones sociales y cambio social (Olsson et al., 2015, 5). Así, y como lo han señalado otros trabajos reseñados aquí, la teoría de la resiliencia tiende a despolitizar el cambio social, es decir, a desproveerlo del enfoque de poder. Por ejemplo, señalan, “… en un [trabajo] reciente la pobreza es vista como un proceso dinámico estocástico más que como el resultado de un proceso político estructural” (Olsson et al., 2015, 6).

Tres son las razones por las cuales, sugirieron, la resiliencia no es atractiva para (ni puede ser fácilmente incorporada en) el pensamiento de las ciencias sociales. En primer lugar, la presuposición ontológica de ver la realidad como un sistema con equilibrios, retroalimentaciones y umbrales. En segundo lugar, el principio de auto-organización opaca los temas agencia, conflicto y poder. En tercer lugar, el enfoque funcionalista, que resulta fundamental para la teoría de la resiliencia, ha perdido centralidad en las ciencias sociales (Olsson et al., 2015, 6). En cambio, y a partir de una revisión bibliográfica exhaustiva, los autores proponen que la teoría de la resiliencia se ha convertido en un concepto unificador en ecología y ciencias ambientales, pero no cruza la división entre ciencias naturales y ciencias sociales (Olsson et al., 2015, 7). De este modo, no satisface sus objetivos fundamentales.

La visión crítica reseñada concluyó proponiendo el pluralismo científico como alternativa a la presunción unificadora de la teoría de la resiliencia (Olsson et al., 2015, 7-9). El pluralismo científico supone la contribución, por parte de diversas disciplinas, de teorías particulares y métodos para resolver problemas, tales como los abordados en este trabajo. En relación con la presunción unificadora de la teoría de la resiliencia, los autores advirtieron acerca del riesgo de que esta incurra en imperialismo disciplinario (Olsson, 2015, 7-9). El imperialismo disciplinario supone una transgresión ilícita ”… por ejemplo, cuando una disciplina intenta explicar fenómenos o resolver problemas en un dominio que corresponde o se asocia con otra disciplina…” (Olsson, 2015, 7). Esta ambición, por parte de la teoría de la resiliencia, explica que haya recreado un enfoque funcionalista, mismo que se considera como desactualizado en las ciencias sociales contemporáneas. De este modo, y a partir de sus limitaciones, el intento de trascender las ciencias naturales no contribuye a la investigación interdisciplinaria integrada (Olsson, 2015, 9).

La oposición a la conveniencia de recurrir a teorías unificadoras (grand theories, Olsson et al., 2015, 5, 11) había sido señalada también por Watson (2010, 103, en Radcliffe, 2010), a partir de considerar que las teorías son contexto-dependientes, al menos en el pensamiento ambiental. Radcliffe (2010, 100) profundizó en el tema, al indicar que el papel de la geografía era crear una disciplina que reflejara la complejidad del mundo, y no que la simplificara. Así, debe evitar elaborar a partir de la ciencia biológica y no desde la ciencia social, para no caer en las simplificaciones derivadas de los argumentos malthusianos (Radcliffe, 2010, 100).

Eriksen et al. (2015, 523) propusieron un enfoque teórico superador de algunas contradicciones señaladas en las críticas a la visión hegemónica. En la introducción a un número especial de Global Environmental Change (volumen 35), argumentaron que la adaptación es un proceso sociopolítico que modula la forma en que los individuos y las sociedades se articulan con múltiples cambios sociales simultáneos. La articulación ocurriría en torno a tres conceptos: autoridad (poder), conocimientos (formal y tradicional) y subjetividades (formas en que los sujetos se posicionan frente a la adaptación). Lo anterior para comprender relaciones políticas multiescalares que se despliegan entre la vivienda y la escala global.

Las autoras presentaron estudios de caso que exploran procesos de adaptación en el marco de las causas sociales subyacentes a la vulnerabilidad, lo cual, indicaron, suele estar ausente en las políticas públicas en torno a adaptación a un riesgo climático en particular (Eriksen, 2015, 531). En cambio, subrayaron que, al existir poca teoría sobre procesos de adaptación y vulnerabilidad, los lineamientos de política refuerzan la autoridad de expertos y funcionarios sobre la de las poblaciones vulnerables, pudiendo deslegitimar el conocimiento local. Concluyeron proponiendo que la investigación debería considerar cuatro postulados (Eriksen et al., 2015, 531): la autoridad controla las decisiones en los procesos de adaptación; autoridad y conocimiento son dinámicos y se autorefuerzan (self-reinforce); nuevos tipos de subjetividad emergen en relación con el cambio climático e influyen de manera contradictoria sobre el poder y la vulnerabilidad; la adaptación ocurre en el contexto de patrones dinámicos de relaciones sociales existentes.

DISCUSIÓN Y CONCLUSIONES

A la par de las dudas crecientes sobre el cumplimiento de la Agenda 2030 para el Desarrollo Sostenible en América Latina y el Caribe, en particular en torno a la pobreza y los desastres (Cepal, 2019 b, 184), crece también el número de artículos arbitrados sobre los temas de interés de este trabajo. El incremento en el número de revistas especializadas es, en parte, una respuesta a la preocupación en la academia, los gobiernos y la sociedad, en torno a la gravedad del cambio ambiental. Sin embargo, los problemas reseñados aquí parecen no resolverse sino agudizarse. El contexto social y económico global, y del mundo en desarrollo en particular, en el marco del cual se crean y recrean los riesgos, parece tener una relevancia que no ha sido reconocida de manera suficiente por parte de los esfuerzos científicos.

Cualquier análisis, tal como el presente, corre el riesgo de resultar parcial y en casos sesgado (Haddaway et al., 2015). Sin embargo, estos análisis son necesarios pero (parcialmente) subjetivos, porque parten de posicionamientos ideológicos (Calderón, 2011). Pese a esta limitación, el trabajo alude en forma exhaustiva a un problema poco analizado en nuestro medio. La investigación sobre riesgos ha avanzado relativamente poco sobre las bases teóricas en las que se sustenta, en especial, cuando formulan propuestas que cuestionan y contradicen otros enfoques. Además, debido a barreras lingüísticas, la hegemonía de las publicaciones anglosajonas no favorece un diálogo abierto e impide que contribuciones desde América Latina, por ejemplo, se incorporen de manera sustantiva a la elaboración del discurso y de las agendas de investigación incluso a nivel de la región. Sin embargo, de la revisión presentada, queda clara la pertinencia y vigencia de los enfoques sustentados desde La Red (ver una reciente puesta al día por parte de antiguos miembros de La Red en Oliver-Smith et al., 2016).

La polémica en cuanto a cómo estudiar riesgos alude a cómo puede aproximarse un tema que está en el centro de la relación sociedad-ambiente. En Geografía, desde hace mucho tiempo, y en otras ciencias sociales más recientemente, se ha enfatizado la dimensión espacial o territorial en esta cuestión (Pattison, 1964; Turner, 2002). Esta dimensión está ausente en el enfoque socio-ecológico auspiciado principalmente por la Resilience Alliance, ya señalado aquí. Ni el ecosistema, ni el socio-ecosistema, incorporan la dimensión territorial. Así, el tema territorio (Lavell, 2002) no solo ha quedado desdibujado, sino ausente, en los aportes de la visión hegemónica. La promesa de integración desde la socio-ecología, además de lo señalado por las críticas reseñadas en esta revisión, corre el riesgo de “flotar” sobre el espacio o el territorio, conceptos que sólo pueden entenderse como una construcción social, y desde la ciencia social. En las propuestas de la Resilience Alliance, la ciencia social a la que principalmente aluden es la economía (por ejemplo, Ostrom, 2009) y la economía ecológica (por ejemplo, Folke, 2006). De esta manera, la visión hegemónica impone una aproximación ecosistémica unificada a la comprensión de la relación sociedad-ambiente. En cambio, Olsson et al. (2015, 7), que califican tal enfoque como propenso a caer en el imperialismo científico, proponen al pluralismo científico como herramienta para la integración requerida. Esta estrategia, indican los autores, supone la contribución de teorías particulares, y no unificadoras como la socio-ecosistémica, para la solución de problemas que requieren de la integración de conocimientos.

El concepto de territorio está enraizado en el pensamiento geográfico y por lo tanto ha merecido, junto con otras nociones clave tales como paisaje y lugar, gran interés bibliográfico (por ejemplo, Elden, 2010). Uno de los méritos del concepto es que alude a visiones integradas sobre la relación sociedad-ambiente, y ofrece plataformas espaciales donde convergen teorías de ambas aproximaciones (social y natural; ver, por ejemplo, Castro y Zusman, 2009). De manera adicional, permite incorporar un enfoque transescalar, de tal manera que los aportes a nivel local pueden enmarcarse en visiones regionales o incluso globales. Además, acepta consideraciones históricas, dado el dinamismo que encierra. De este modo, incorporar de manera explícita la dimensión territorial puede ayudar a cerrar la brecha entre amenaza y vulnerabilidad, y encontrar caminos que den sentido a la idea de adaptación como transformación más que como un mero ajuste a condiciones preexistentes.

Una forma de incorporar la dimensión territorial es a partir del trabajo en comunidades locales (rurales o urbanas). Si bien algunos estudios en el marco de la teoría de la resiliencia incluyen el trabajo etnográfico al nivel local (ver revisión en Ensor et al., 2018), pocos lo hacen desde una perspectiva crítica. Forsyth (2013) revisó aplicaciones del concepto de adaptación al cambio climático desde la comunidad (community-based adaptation). Se trata de un proceso que busca reducir el riesgo al que está expuesta población en pobreza, donde el propósito es involucrar a esas comunidades en la planeación de las prácticas de adaptación (Forsyth, 2013, 439). Esta estrategia considera que la vulnerabilidad, controlada por factores sociales, políticos y económicos, puede ser reducida mediante procesos exitosos de adaptación (ver un ejemplo en Bocco et al., 2019). Tales procesos incluyen la co-investigación participativa y la integración de conocimientos (local y científico) (Forsyth, 2013, 444) y los esfuerzos transdisciplinarios (O’Brien, 2012; 2013).

Este tipo de investigación, basada en sólidos estudios de caso, se encuentra en franco desarrollo en México (ver, por ejemplo, Ruiz, 2015; Saldaña-Zorrilla, 2008). Se trata de contribuciones que merecen ser tenidas en cuenta por los tomadores de decisiones, durante la formulación de instrumentos de política pública y la construcción institucional. Existe un vacío entre los organismos federales que se ocupan de riesgos y las realidades que enfrentan las comunidades expuestas a peligros hidro-climáticos, que se repiten año con año, en el marco de una extrema vulnerabilidad social integral.

La OCDE (2013, 15), en su detallada evaluación del Sistema Nacional de Protección Civil (SINAPROC) de México, señaló que existe poca coordinación entre los diferentes actores institucionales y sociales en protección civil. Agregó que la mayoría de los casi 2,500 municipios del país son rurales y carecen de capacidades en la materia. Debido al acelerado proceso de urbanización en México, en estos municipios sólo habita el 23 % de la población total; este porcentaje se eleva al 54 % en Chiapas, y a un 30 % en Guerrero y Oaxaca (CONAPO, 2010, en OCDE, 2013, 52).

La dispersión y la pobreza hacen que estos asentamientos sean particularmente vulnerables. En forma creciente, los impactos de procesos tales como las sequías e inundaciones, que afectan en especial a la agricultura de temporal, exceden las capacidades de adaptación y respuesta de estas comunidades. La migración a periferias urbanas se convierte en una estrategia de sobrevivencia, y agravan las condiciones de por si vulnerables de dichas periferias (OCDE, 2013, 53). A partir de esta sinergia rural-urbana se vinculan, en el territorio, condiciones que exacerban la vulnerabilidad social.

Es importante entonces el trabajo académico en pequeñas comunidades rurales e indígenas. La Geografía Humana, a partir de los postulados de la Ecología Política y la Geografía Cultural permite abordar, mediante estudios de caso, las limitaciones señaladas para el enfoque hegemónico. En especial, su ambigüedad en relación con los problemas de pobreza como resultado de una desigual distribución del poder en el territorio a lo largo del tiempo. La investigación sobre impacto del cambio climático y gestión del riesgo no puede desvincularse entonces de la planificación territorial, urbana y regional, como ha sido señalado oportunamente desde La Red, y como han coincidido más recientemente organismos internacionales (UNFCC, 2006, 44; OCDE, 2013, 20).

Lejos de negar el uso de conceptos formulados desde la visión hegemónica, de lo que se trata es de reconocer sus limitaciones y proponer estrategias que permitan evitarlas. La Geografía tiene un rol que cumplir en los estudios de vulnerabilidad, adaptación y, en su caso, resiliencia (O´Brien, 2011). No es el único papel, ni es la única disciplina. Por el contrario, el trabajo con otros especialistas es vital. Pero no puede eludir la responsabilidad si se reconoce la relevancia de la perspectiva territorial en el marco del uso del pluralismo científico.

AGRADECIMIENTOS

La reflexión presentada aquí se realizó en el marco del proyecto “Vulnerabilidad y adaptación de pequeñas localidades indígenas frente a peligros hidro-meteorológicos. Casos en la Sierra-Costa de Michoacán y en la Mixteca Alta de Oaxaca” (PAPIIT IN300819).

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1En todo el texto se han señalado las páginas en las referencias citadas (además de los informes, capítulos y citas textuales) en los casos donde el texto que se reseña consiste en una afirmación clave para la discusión, aun cuando se trate de un artículo.

2La mayor parte de los trabajos de revisión fueron publicados en Global Environmental Change, World Development, Regional Environmental Change, WIREs Climate Change, Progress in Human Geography, Climate and Development, Geoforum, Natural Hazards and Earth System Sciences, Mitigation and Adaptation Strategies for Global Change.

3El número de citas a trabajos de Adger es poco común en Geografía. Otro autor multicitado, pero en el campo de la socio-ecología, es Carl Folke, Director del The Beijer Institute of Ecological Economics. Sus 220 trabajos recibieron entre 2009 y 2019, casi 38,000 citas.

4Todas las citas textuales en inglés fueron traducidas al español por el autor de este artículo.

5Se debe tener en cuenta que el artículo en comento fue publicado en Progress in Human Geography, revista líder en el campo, y que el autor es profesor universitario de Geografía Humana en Exeter, Reino Unido. Su formación, sin embargo, fue en Economía (ver tesis doctoral en http://ethos.bl.uk/).

Recibido: 29 de Abril de 2019; Aprobado: 12 de Septiembre de 2019; Publicado: 01 de Diciembre de 2019

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