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Investigaciones geográficas

versão On-line ISSN 2448-7279versão impressa ISSN 0188-4611

Invest. Geog  no.98 México Jan./Abr. 2019

http://dx.doi.org/10.14350/rig.59881 

Notas y Noticias

Curso: La producción del espacio urbano y la reproducción social, por Ana Fani Alessandri Carlos. Cátedra de Geografía Humana Elisée Reclus. Instituto de Investigaciones Dr. José María Luis Mora. Ciudad de México, 12-15 de noviembre de 2018

Eulalia Ribera Carbó* 

*Instituto de Investigaciones Dr. José María Luis Mora

El curso impartido por la destacada geógrafa del Departamento de Geografía de la Universidad de São Paulo fue una pirotecnia de erudición y teoría social. Ana Fani Alessandri inició su disertación con la premisa de que hoy la crisis mundial es la crisis del espacio urbano. La ciudad nos revela la desigualdad y los conflictos sociales del mundo contemporáneo, pero la inmediatez de la crisis nos hace perder la dimensión de larga duración necesaria para comprenderla y, además, nos dificulta soñar una utopía que implique la posibilidad de un futuro mejor.

Con una perspectiva de análisis de raigambre marxista, se dio un repaso de conceptos bien arraigados en el análisis de los fenómenos urbanos, tales como el del espacio como producto de la actuación social del hombre, el del espacio como medio de reproducción social, y el de la contradicción que nace entre la producción colectiva del espacio y su apropiación privada.

A partir de la proyección de ocho imágenes con un mismo encuadre, de una ciudad imaginaria que cambia a lo largo del tiempo, y evocando la obra literaria de Marcel Proust, la profesora se adentró en un análisis filosófico sobre las relaciones humanas, siempre necesitadas de un espacio y un tiempo. La búsqueda del tiempo es también la búsqueda de un espacio, la búsqueda de los lugares; solamente a través de una dimensión socio-espacial, la vida adquiere sentido. El presente de la ciudad contiene el pasado y de igual manera contiene el futuro: memoria y utopía están presentes en la ciudad. Por eso, la identidad se construye con la vida que acontece en un lugar y, por eso también, el derecho al uso del espacio urbano debe ser natural, libre y gratuito.

Vino entonces una disertación sobre el concepto de espacio público, que desde la Grecia antigua se volvió la expresión concreta de la democracia y donde, con el ejercicio de la ciudadanía, se puede decidir un futuro común. El territorio adquiere su significado político y la idea de habitar se pone en la base de la construcción del sentido de la vida, que se estructura a diversas escalas: la de historias individuales que se desarrollan en los espacios privados, y la de una historia colectiva que se entreteje en el espacio público.

Con la modernidad se rompieron los referentes del espacio, convertido ahora en una mercancía. Y con la nueva racionalidad en el consumo, las identidades en las metrópolis empezaron a desdibujarse. Apareció el concepto de medio ambiente, pero este no hizo más que esconder las verdaderas problemáticas de la sociedad, al naturalizar un proceso que, en realidad, es social. No es la sociedad la que destruye la naturaleza, es la lógica del capitalismo. Por eso, la categoría medio ambiente no ayuda al análisis de la producción del espacio.

A finales del siglo XIX y principios del XX, la abstracción se planteó como realidad. Alessandri explicó los referenciales de las rupturas y las transformaciones de las dinámicas espaciales, partiendo de ejemplos del arte en un recorrido por la música, la pintura y la poesía. A fin de cuentas, el arte puede entenderse como una fusión de la realidad y la utopía, y la creatividad humana es imprescindible para entender el concepto del derecho a la ciudad.

Empezando el ochocientos, la quinta sinfonía de Beethoven es ejemplo perfecto de una sinfonía tonal: la tensión estructural de la forma sonata se resuelve con un relajamiento en la armonía. Pero para finales de la centuria, las notas de la escala cromática en la música trabajan individualmente, los acordes son ambiguos, las conexiones musicales inciertas. La armonía ha dado paso a un sistema atonal, como se demuestra en la música de Claude Debussy. Y cuando comienza el siglo XX, en La Consagración de la Primavera de Stravinsky, por ejemplo, el proceso de abstracción es total.

La revolución en la pintura es la misma. La expresión artística de lo real se convierte en una percepción de las relaciones espaciales y la relatividad de lo material. Cezanne pintó 60 veces la montaña Sainte Victoire de Aix-en-Provence, y la montaña nunca fue la misma. La pintura enfatiza el volumen, la geometría. Las formas del paisaje se transforman por un proceso de raciocinio y pierde su lugar absoluto la perspectiva. Más tarde, el cubismo abandona su compromiso con la apariencia de las cosas y se pierde la dialéctica entre el espacio y el tiempo. El surrealismo aumenta, aún más, la abstracción. Y con el futurismo se resalta la belleza de la velocidad, y la máquina se vuelve símbolo de la armonía. En su Manifiesto del futurismo, Filippo Tommaso Marinetti asegura: “El tiempo y el espacio han muerto ayer. Vivimos ya en lo absoluto, puesto que hemos creado la eterna velocidad omnipresente” (Marinetti, 1978, p. 130).

La equivalencia entre lo que sucedía durante el siglo XIX en el arte y en el espacio urbano se hace evidente. La burguesía estaba construyendo nuevas formas de poder. Las reformas haussmanianas de París, como ejemplo paradigmático, hacían desaparecer los referentes de la ciudad medieval y se abocaban a construir la monumentalidad de avenidas y bulevares como expresión del poder y el control del Estado sobre el espacio. Baudelaire, en sus versos, usa el mito de Andrómaca, esa reina que se torna esclava, como metáfora de la transformación de París, y el cisne como encarnación del extrañamiento del poeta ante aquel cambio radical. Una mujer que pasea por el nuevo bulevar por el que ya solo se transita rápidamente, se le escapa al poeta sin que pueda declararle su amor (Baudelaire, 1993, pp. 115-116, 124-125). Es la tragedia del desencuentro del hombre y su ciudad, la desgracia de la transformación despiadada y veloz.

Se ha perdido la integración armónica de los referentes espaciales, como se perdió en la música la tonalidad de la melodía o en la pintura el equilibrio de las formas. La velocidad del tiempo y lo efímero del espacio apuntan a una ciudad amnésica. Con tres casos concretos, Ana Fani Alessandri hizo aterrizar la idea del nuevo espacio urbano abstracto. Brasilia, como ejemplo de una ciudad construida por y para el poder, burocrática, sin referenciales históricos, el lugar total de lo privado donde no hay aceras para caminar. Disneylandia, como ciudad-mercancía y lugar del simulacro total, en la que se sabe que todo es falso; la quintaesencia de la comercialización, sin referencias históricas reales. Por último, Las Vegas, ciudad con una historia ligada a la expansión anglosajona de Estados Unidos hacia el Oeste, pero transformada por Howard Hughes en la ciudad del falso absoluto. El filósofo francés Bruce Bégout (2002) asegura que Las Vegas se mofa de todo, lo tritura todo sin importarle la historia; es una grotesca farsa en la que se ven todas las ciudades, pero solamente a través de sus símbolos más representativos y nunca de sus contenidos. Así, con la modernidad, los símbolos urbanos van perdiendo su sentido y se convierten en simples signos; las ciudades se convierten en abstracción.

Otro tema desarrollado por la geógrafa brasileña se tejió sobre la hipótesis de que el final del siglo XX es el de la crisis provocada por la tendencia a la baja de las tasas de ganancias en el régimen capitalista. En un sintético y bien construido repaso de la economía política marxista, se habló de acumulación originaria, de riqueza en forma de mercancía, de generación de plusvalía, de apropiación privada de la riqueza, de etapas del ciclo económico y reproducción del capital, de valores de uso y valores de cambio, y de conceptos muy estudiados por los geógrafos marxistas: la compresión espacio-temporal para aumentar la plusvalía, y la contradicción entre el proceso de producción social y la apropiación privada, en este caso, del espacio.

Hoy, con la crisis del capitalismo fordista, el espacio le gana importancia al tiempo en cuanto a la reproducción del capital. Agotadas las posibilidades de incrementar esta a través de los sectores productivos de la economía, el capital financiero, para reproducirse, lo hace en la ciudad. Pero, en una aparente paradoja, la propiedad privada urbana se vuelve un obstáculo. El Estado se convierte, entonces, en el agente cómplice, único capaz de arrancar el suelo a sus propietarios, para reinsertarlo en un nuevo mercado. Se generan políticas públicas a través de operaciones urbanas que expulsan población y “limpian” espacios para la creación de ejes modernos y adecuados. Se sublima la alianza con el poder municipal, necesaria para la nueva conquista del espacio urbano. Se vende ciudad. Lo que genera riqueza es la ciudad misma. La inversión en la compra de suelo urbano se ha convertido en un capital fijo que sirve para la inversión en la construcción. El capital financiero compra el suelo y construye grandes centros corporativos, generando plusvalía a través del alquiler de los nuevos edificios que verticalizan el perfil urbano y transforman las centralidades. Es ahí donde se manifiesta el paso de la ciudad industrial a la ciudad financiera: en los ejes económicos de grandes rascacielos de firma arquitectónica, levantados para oficinas, y que comparten espacios con hoteles para turismo de negocios, con centros comerciales, restaurantes, gimnasios y condominios cerrados para clases medias y altas, que se movilizan en autotransporte privado. La ciudad construida históricamente se ha convertido en la materia prima para la reproducción del capital. El habitar se confronta con el valor de cambio del suelo. Surgen, entonces, movimientos de lucha por el derecho a la ciudad.

Henri Lefebvre decía que cuando el capital entró en crisis y salió de la fábrica a la ciudad para reproducirse, lo hizo en el espacio, en lo urbano y en lo cotidiano. La invasión del mundo de la mercancía en la vida cotidiana de los habitantes de la ciudad, que responde a la lógica de la reproducción de capital, no es nueva. Pero hoy, más que nunca, la vida social está subyugada por la propaganda de consumo gracias, en buena medida, a los medios electrónicos, que se han convertido en uno de los vehículos más eficientes para penetrar en la esfera de la vida cotidiana. Esta, mercantilizada, crea una identidad abstracta construida en el vacío, que amalgama los signos de la sociedad moderna. La búsqueda de calidad de vida es la aspiración a determinadas marcas, a lugares publicitados, a actividades señaladas. Todo responde a la misma lógica. Todo es homogéneo, sin identidad, sin anclaje cultural. Se crean espacios amnésicos, desarraigados, espacios como mercancías. Y los arquitectos son las nuevas estrellas que reinventan la ciudad y dan testimonio de nuestro tiempo. La segregación marca los procesos urbanos, y la violación de los derechos sociales, tanto como la de los derechos espaciales, es la norma.

Ante esta realidad despiadada, Ana Fani Alessandri nos propone repensar a Lefebvre (1968, 1970, 1974), quien definió lo cotidiano como una contradicción: es producto y es residuo a la vez. Residuo de lo que escapa del mundo de la mercancía. También es deseo y, en ese sentido, no es realidad. Pensado así, el concepto permite contemplar el futuro y, por lo tanto, abre la puerta a la utopía. El derecho a la ciudad no debe ser un derecho para resolver urgencias, debe ser un derecho revolucionario, un derecho a la vida, a crear una nueva ciudad poética, creativa, libre. Debe mantener el futuro como horizonte.

REFERENCIAS

Baudelaire, Ch. (1993). Las flores del mal. Madrid: Alianza Editorial. [ Links ]

Bégout, B. (2002). Zeropolis, l’expérience de Las Vegas. París: Éditions Allia. [ Links ]

Lefebvre, H. (1968). Le droit à la ville. París: Éditions Anthropos. [ Links ]

Lefebvre, H. (1970). La révolution urbaine. París: Gallimard. [ Links ]

Lefebvre, H. (1974). La production de l’espace. París: Éditions Anthropos. [ Links ]

Marinetti, F.T. (1978). Manifiestos y textos futuristas. Barcelona: Ediciones del Cotal. [ Links ]

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