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 issue96Garza Merodio, G. (2017). Variabilidad climática en México a través de fuentes documentales (siglos XVI al XIX). Instituto de Geografía, UNAM, 141 pp., ISBN 978-607-02-7433-6Ribera Carbó, E., Icazuriaga Montes, C., Fuentes Carrera, J. y Laguna, P. (Coords.) (2017). Nuevos campos de investigación en geografía. Instituto de Investigaciones Dr. José María Luis Mora, Centro de Investigaciones y Estudios Superiores en Antropología Social, El Colegio de Michoacán, Centro de Investigación en Geografía y Geomática “Ing. Jorge L. Tamayo”, México. 183 pp., ISBN Instituto Mora: 978-607-9475-64-2 author indexsubject indexsearch form
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Investigaciones geográficas

On-line version ISSN 2448-7279Print version ISSN 0188-4611

Invest. Geog  n.96 México Aug. 2018

http://dx.doi.org/10.14350/rig.59724 

Reseñas

Kessler, C. H. (2017). Apuntes sobre México. Editorial Herder, México, 175 pp., ISBN 978-607-7727-58-3

Héctor Mendoza Vargas* 

* Instituto de Geografía, Universidad Nacional Autónoma de México

Kessler, C. H.. 2017. Apuntes sobre México. Editorial Herder, México: 175p. ISBN: 978-607-7727-58-3.

El siglo XIX mexicano vio la llegada de los viajeros alemanes, en un extremo del arco la presencia de Alexander von Humboldt y, del otro lado, el arribo de Harry Clemens Ulrich Graf Kessler (1868-1937) a finales del XIX. Kessler, como Humboldt, era un aristócrata educado en los salones de París, Londres y Hamburgo, su figura coincidió con la transformación de Alemania en una idea de Estado y la geografía señalaba las nuevas fronteras, fijas hacia afuera y porosas al interior, en los mapas y atlas como el publicado en Leipzig por el geógrafo Friedrich Wilhelm Putzger (1849-1913). A Kessler le tocó vivir el imperialismo alemán que llevó a Europa a una guerra devastadora, entre 1914 y 1918, y a la inestabilidad política y la austeridad de la época de la República de Weimar.

La figura de Kessler se ha recuperado en Alemania con la edición de sus diarios, a partir de 2004, de mil páginas cada uno, donde quedaron episodios de su vida y las pasiones del “viaje, la escritura, la diplomacia, el mecenazgo cultural y la vida en sociedad” (Orestes, 2017: 10). Kessler contaba con la narración de los viajes de Humboldt y Ratzel por México (Mendoza, 2016). Sin embargo, deseaba conocer a Teobert Maler (1842-1917), un explorador y fotógrafo que estudiaba el área maya y su cultura en varios sitios de remotos orígenes de Yucatán. Además, como historiador del arte, Kessler se fijaba en la luz como elemento clave de la cromática del paisaje, bajo la “luz tropical”. El libro de Kessler se publicó en Berlín en 1898 y era el primero que situaba la abundancia de luz y las tonalidades claras y oscuras de una geografía mexicana que se le presentaba al ojo humano llena de contrastes (p. 43).

El registro de su viaje comenzó el 10 de octubre de 1896 en el mar, en un barco a Nueva York. Llegado al puerto, la vista desde el puente de Brooklyn le impresionaba, frente a él un paisaje que describió de lo cercano a lo más lejano: “las chimeneas de las fábricas y las cúpulas de las iglesias, las estructuras de hierro de los puentes y los colosales edificios que se elevan con sus veinte plantas o más, compitiendo por conquistar las alturas. Sobre ellos, con el cielo de fondo y en medio del humo, los anuncios” (p. 35). Desde ahí a Nueva Orleans, la ciudad de los “rincones románticos” y jardín tropical de árboles imponentes; luego, en tren expreso a México, un viaje del 8 al 10 de noviembre, a través de la “infinita llanura” de Texas, hasta llegar al centro del país y fijar su mirada en los glaciares de los volcanes (p. 40).

Kessler repartió su viaje a partir de las líneas ferroviarias de la capital mexicana, desde mediados de noviembre de 1896 a mediados de enero del siguiene año. Primero a Puebla y Oaxaca, siguió en barco del puerto de Veracruz a Progreso, Yucatán y, finalmente, de la Ciudad de México a Guadalajara, Colima y de regreso por Querétaro. Su itinerario fue muy variado en experiencias corporales y visuales, lo mismo alcanzó la cumbre del Popocatétptl que visitó Teotihucaán y Mitla, en Oaxaca. Más allá, Maler lo llevó desde Ticul a las más antiguas construcciones mayas en Uxmal, Chichen Itzá, Loltún, Tabi, Sabacché-Labná y Kabah. Kessler quedó pasmado y se preguntaba: “¿cómo fue posible que en un territorio tan reducido como el de Yucatán surgieran tan numerosos centros culturales?” (p. 122).

Quedaba deslumbrado de la Ciudad de México, no tanto de la cuadrícula española del mapa urbano como de las categorías del tono y color que orientaron todo el tiempo sus opiniones sobre la “luz tropical”, ya sea sobre los componentes urbanos del paisaje, como de aquellos otros, como la geología superficial alterada significativamente por la tala o eliminación de superficies forestales. En la capital mexicana se fijaba en el “poderoso juego de tonalidades claras y oscuras” sobre las estructuras constructivas, lo que permitía “disfrutar de la luz en las iglesias” (p. 43). En su visita reflexionaba sobre el mestizaje desde el punto de vista psicológico y el influjo del clima. Para él la “pereza del sistema nervioso” o el “agotamiento de la percepción sensorial” del pueblo mexicano era la razón de una “precaria obervación de la naturaleza”, por lo que anotaba: “no he visto yo aún un paisaje que resuma las características del país” (p. 52). En la misma ciudad se encontraba José María Velasco (1840-1912), contaba con un prestigio profesional, representaba el arte moderno mexicano y había regresado de Chicago (1893), donde expuso “cuatro o cinco Valles de México, varios de los paisajes oaxaqueños, vistas del ferrocarril de Veracruz y del volcán de Orizaba y algunos motivos paisajísticos espigados en el altiplano central” (Ramírez, 2017: 78). Tales “dones pictóricos” eran desdeñados por Kessler, tampoco hubo un encuentro con Velasco para caminar a uno de los puntos focales, que tan bien conocía, como Atzacoalco o Tacubaya, para dirigir su mirada a la extensión y profundidad del valle de México, con los volcanes al fondo.

De regreso en la capital mexicana, Kessler siguió una ruta de 20 horas en tren a Guadalajara adonde lo recibió un paisaje sonoro. Las campanas navideñas tocaban desde las once de la mañana hasta la medianoche, toda una liturgia en la catedral reunía a la feligresía, voces santas y cantos corales en una “atmósfera de júbilo” (p. 137). Se fijaba en los barrios populares, fuera del centro de la ciudad, donde las casas de una planta y techos planos se extiendían “como en un convento en torno a grandes patios plantados de naranjos y flores. Las puertas de las habitaciones se abren hacia ese patio y en él tiene lugar a lo largo del día toda la vida doméstica” (p. 140). Poco antes de terminar el año, Kessler comentaba en su crónica la salida de Guadalajara para Colima. En el trayecto, esta vez en diligencia, reflexionaba sobre el paisaje “convertido en una segunda España… debido a la forma de construir, a la disposición de los campos y poblados, así como al estilo de las casas campesinas” (p. 145). Lo que más señalaba era la alteración de la geología de la superficie, con las “montañas taladas” desde los tiempos de la Colonia. El paisaje, entonces, presentaba “todas las variantes de la refracción de la luz y de los juegos cromáticos”, como pasaba en el valle de México, adonde los españoles eliminaron los bosques (p. 146).

De Zacoalco siguió la ruta hacia Sayula y Zapotlán, hasta ahí llegaba la diligencia, lo demás, hasta el mar, en mulos y caballos por barrancos, macizos montañosos y cordilleras. Desde Atenquique apreciaba la figura y potencia del volcán de Colima que le recordaba la superficie de la Tierra como un “organismo vivo, inquieto en perpetua gestación” (p. 151). Los cocoteros anunciaban la cercanía, Colima quedaba abajo “con sus cúpulas y torres, una superficie blanco-marmórea sobre una llanura verde rodeada de altas cordilleras” (p. 152). Y desde ahí, rumbo al mar, a Manzanillo. Ahí, la redondez de la costa, con “ligeras casas de madera”, le recordaban el paisaje de “esas calas italianas orladas de bosques” (p. 154). El baño de agua marina, para él, era como un “tibio bálsamo”; sin embargo, el “aire, aún en la sombra, es siempre cálido y pesado”. Pronto emprendió el regreso, por Tonila, Sayula y, luego de setenta y dos horas a caballo, entraron a Guadalajara el 8 de enero de 1897, adonde permanecieron tres días, para seguir el camino hacia Querétaro. El lugar atrajo su mirada por los últimos días que pasó ahí Maximiliano de Habsburgo, ese personaje de la historia mexicana ejecutado en el cerro de las Campanas, hasta ahí llegó Kessler, para apreciar la última mirada del emperador dirigida hacia las cúpulas y campanarios de la ciudad.

El libro de Kessler nos recuerda la “difusión y recepción de la imagen de México en el ámbito cultural alemán” (p. 24). Su viaje traza los componentes de una geografía de contrastes, de olores y sabores, de alturas y abismos, de vida rural y urbana, todo eso visto bajo la escala cromática que tanto brindaba una “magia visual y anímica” a los paisajes mexicanos. En su libro hay aventura, también hay un tono descalificativo hacia los mexicanos, a su energía y trabajo, al clima y a la iglesia católica, una influencia muy grande en la vida social. Una obra que requiere una lectura en el contexto de la mirada europeísta de larga duración que caracterizó a estos viajeros de la Europa central que se aventuraban por tierras mexicanas.

REFERENCIAS

Mendoza Vargas, H. (2016). La mirada alemana sobre México en tres viajeros: Alexander von Humboldt (1769-1859), Friedrich Ratzel (1844-1904) y Adolf Reichwein (1898-1944). Scripta Nova Revista Electrónica de Geografía y Ciencias Sociales, 20(544), 1-20. Recuperado de http://revistes.ub.edu/index.php/ScriptaNova/article/view/544/19717Links ]

Orestes Aguilar, H. (2017). Conde Harry Kessler: el viajero venido del frío. En C. H. Kessler, Apuntes sobre México (pp. 10-25). México: Editorial Herder. [ Links ]

Ramírez, F. (2017). José María Velasco, pintor de paisajes. México: Fondo de Cultura Económica. [ Links ]

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