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Investigaciones geográficas

versão On-line ISSN 2448-7279versão impressa ISSN 0188-4611

Invest. Geog  no.84 México Ago. 2014

 

Reseñas

 

López López, Á. y A. M. Van Broeck (coords.; 2013),
Turismo y sexo en México. Cuerpos masculinos en venta y experiencias homoeróticas. Una perspectiva multidisciplinaria
,
Colección Geografía para el siglo XXI, Serie Libros de Investigación, núm. 12,
Instituto de Geografía, UNAM, México, 417 p., ISBN 978-607-02-4953-2

 

Hortensia Moreno*

 

*Programa Universitario de Estudios de Género Universidad Nacional Autónoma de México

 

En la monumental obra donde reflexiona sobre la construcción del espacio, Henri Lefebvre propone la idea de las arquitexturas. Se trata de una manera de abordar los fenómenos espaciales donde están presentes tres niveles de análisis: el espacio social, la representación del espacio y el espacio de la representación. Traducidos en diferentes modalidades de comprensión y uso, estos niveles de asunción permiten entender que el espacio no es una localización neutra ni una determinación decisiva, sino un factor dinámico que al mismo tiempo interviene y se deja intervenir por el flujo de la vida humana precisamente en texturas, en tejidos, en redes de relacionamientos múltiples y en constante movimiento. Porque el espacio no se puede entender en independencia del tiempo, ni el tiempo aparte del espacio.

El pensamiento sobre la espacialidad se ha convertido en un elemento fundamental para la investigación de los fenómenos sociales. En particular, adquiere una relevancia clave en temas sobre género y sexualidad. Los cuerpos dejan de concebirse como hechos abstractos, como datos duros, como fenómenos subsidiarios de los designios biológicos para convertirse en portadores de experiencia que viven, respiran, piensan y habitan el espacio; que influyen sobre y se dejan influir por el entorno; que reciben la información del ambiente y devuelven su propia aportación para la textura, para el tejido denso y multi-dimensionado de las relaciones sociales.

La sexualidad se va transformando, así, de haberse definido en sus orígenes teóricos como una fuerza instintiva orientada hacia un fin superior al individuo -el destino altruista de la reproducción-, hacia una multiplicidad de derivas dependientes de condiciones sí materiales, corporales, biológicas, hormonales, pero también y de manera crucial, de componentes que, si aceptamos la definición en sentido amplio que nos ofrece la reflexión en el momento presente, habremos de conceptualizar dentro del marco de la espacialidad.

No se trata solamente de reconocer que todos los asuntos humanos se desarrollan por necesidad en el espacio; se trata sobre todo de caracterizar esa pluralidad, esa inmensa complejidad. Se trata de recuperar la significación que estructura las texturas de los espacios en su temporalidad. Se trata de aprehender el espacio vivido en su fluidez. Y la experiencia humana en su capacidad para asumir el espacio, modificarlo, re-significarlo y producirlo en un proceso continuado y colectivo donde lo nuevo y lo viejo se encuentran, se construyen y se destruyen mutuamente.

Este libro es un ejemplo magnífico de tal esfuerzo geográfico, sociológico, etnográfico, multidisciplinario. A partir de un proyecto desarrollado entre 2007 y 2011, el grupo de investigación convocado por Anne Marie Van Broeck y Álvaro López López exploró siete puntos de afluencia turística en México para dilucidar los mecanismos socio-espaciales del comercio homoerótico. Las ciudades y puertos de Acapulco (Salvador Vargas y Brenda Alcalá), Puerto Vallarta (Cristóbal Mendoza y Patricia Medina), Veracruz (Rosío Córdova), Cancún (Lucinda Arroyo y Karina Amador), Tijuana (Ruth Gaxiola y Nora Bringas), el Distrito Federal (Álvaro López) y Guadalajara (Javier Pérez) sirvieron como escenario para recoger los testimonios de hombres que fueron identificados como sexo-servidores.

Uno de los hallazgos más relevantes de la investigación colectiva tiene que ver con la existencia de dos culturas del comercio homoerótico: una tradicional, presente desde un momento no determinado en las posibilidades del intercambio, y otra novedosa que los autores denominan gay, datada a finales del siglo pasado con la irrupción en el panorama global de un conjunto de identidades que adquieren ciudadanía y reivindican sus derechos a existir en la ciudad. Esta dicotomía marca de manera sensible el objeto de estudio. Las prácticas -y por lo tanto los lugares- están estratificadas en función de su pertenencia al territorio de lo tradicional o de lo gay, pero también están atravesadas por componentes de tipo socio-económico e inclusive étnico.

Llama la atención la enorme variedad de experiencias, percepciones, opiniones, actitudes y disposiciones reflejadas en el material etnográfico reportado, las cuales permiten dibujar un enorme fresco de posturas identitarias, prácticas, formas de relacionamiento, apreciaciones del poder, autodesignaciones y gamas de emociones. De forma que resulta sumamente complicado someter esta diversidad a un modelo preestablecido de organización teórica, aunque la dinámica económica tienda a homogeneizar y a extender las lógicas culturales de la metrópolis a la periferia.

Pero lo más interesante es la mirada geográfica, la búsqueda de la espacialidad. Existe una pregunta por el lugar. Por la forma en que se entiende, se propicia, se establece, se mueve, se oculta o se muestra el lugar. Los lugares son diversos, visibles para el ojo atento, invisibles para el ojo incauto. Las actividades y las necesidades de la propia actividad determinan y son determinadas por la elección del lugar.

De esta forma, nos encontramos con una temporalidad interna del encuentro homoerótico que puede proyectarse con cuidadosa anticipación al plan del viaje, o puede ocurrir de manera espontánea en función de la oportunidad. Puede consultarse en guías de turistas prolijamente detalladas, en páginas web o en las referencias de usuarios satisfechos, o puede decidirse al azar del encuentro fortuito más o menos sospechado de oídas, o con el que se tropieza por suerte o mala suerte.

El primer punto -en la secuencia temporal- es el del encuentro, el del ligue, el del preludio que se romantiza en algunas narrativas como posibilidad sentimental, como encuentro con el otro exótico, como aventura riesgosa y clandestina. O bien se establece como puro y simple intercambio comercial. Se presume que los clientes y sexo-servidores en el espacio tradicional comparten la necesidad de mantener ciertos grados de ambigüedad donde el encuentro homoerótico cuenta con coartada. En cambio, en los espacios gais, los deseos se destapan sin pudor y van directamente al grano.

De todas formas, el espacio es decisivo. Se puede tratar de la calle, del transporte público, del establecimiento comercial; pero no de cualquiera: hay puntos, hay marcas y signos en los espacios que indican los lugares donde se puede intercambiar una mirada, un gesto, una leve inclinación de cabeza. Los lugares van adquiriendo esta capacidad significativa que permite ubicar, ubicarse. Así, una esquina en particular, una estación del metro, un restaurant, un bar, una tienda, un parque, una plaza pública, se puede convertir en ese punto de encuentro del que derivará el intercambio.

El siguiente paso implica un compromiso muy serio porque, sin obstar la liberalización y la apertura que acompañan nuestra época, el homoerotismo y la prostitución se siguen interpretando como una actividad clandestina por propios y extraños. Y aunque quizá uno de los atractivos del asunto resida en el peligro, lo cierto es que con gran frecuencia tanto clientes como prestadores del servicio pueden estar sometidos al hostigamiento y a la extorsión. Como en todo espacio de sexualidad comercial -y quizá en todo espacio donde se practique una sexualidad no normativa, es decir, que se salga de la heterosexualidad obligatoria y del imperativo reproductor-, existe aquí el riesgo de meterse en el territorio pantanoso del hampa, de los giros negros. Salirse de la ley.

Desde luego, la aparición de las identidades que en el libro se caracterizan como gais acarrea una relativa permisividad y la introducción de una cultura distinta, quizá determinada sobre todo por la disponibilidad de recursos. Desde luego, como todo buen planteamiento de inicio, el libro deja abierta una serie de cuestionamientos que habrán de discutirse ulteriormente.

Los lugares donde se practica la sexualidad homoerótica turística comercial son tan variados como sus protagonistas: desde las denominadas "casitas" o "ranchos privados" hasta los baños públicos, en su modalidad de retretes de centros comerciales o de saunas y vapores, pasando por cines, parques, zócalos, malecones, playas, hoteles, moteles, sex-shops, lugares de masajes, antros, discotecas, cantinas, bares, tiendas, escuelas, universidades, restaurantes, puentes, túneles, escaleras, conexiones y vagones del metro e inclusive los patios de algún panteón. La lista no es exhaustiva, es solo indicativa. La imaginación es el límite.

Me gusta este libro porque es el producto de un trabajo colectivo, concertado, y no una suma de textos heterogéneos reunidos por casualidad. Me gusta que cuente con una sola lista bibliográfica, lo cual contribuye a dar la idea de acuerdo y complicidad. Además de que hace más fácil la lectura.

Me gusta desde luego, que tenga introducciones (de la pluma de quienes coordinan, pero también con la participación de Joan Vendrell y de Porfirio Miguel Hernández) y conclusiones abarcadoras. Un planteamiento metodológico coherente (explicitado por quienes coordinan) y un estudio de caso en Internet (Álvaro Sánchez). Una escritura más o menos tersa. En fin, es un acontecimiento que celebro y aplaudo aquí.

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