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Estudios sociales (Hermosillo, Son.)

versión impresa ISSN 0188-4557

Estud. soc vol.15 no.30 México jul./dic. 2007

 

Artículos

 

Desarrollos de la antropología de la alimentación en América Latina: hacia el estudio de los problemas alimentarios contemporáneos

 

Noelia Carrasco Henríquez*

 

* Profesora investigadora, Escuela de Antropología, Universidad Católica de Temuco, Chile.
Correo electrónico: ncar@uctemuco.cl

 

Fecha de recepción: junio de 2006.
Fecha de aceptación: agosto de 2006.

 

 

Resumen

Diversos enfoques teóricos y metodológicos de la antropología de la alimentación han participado directa e indirectamente de los procesos de construcción de políticas e intervención alimentaria en América Latina. El presente artículo aborda la identificación y discusión de esos enfoques, desde una perspectiva de análisis del conocimiento científico en su contexto político de surgimiento y aplicación. Esta perspectiva de análisis se constituye por la confluencia de los desarrollos de la antropología aplicada y la antropología del desarrollo, y permite presentar la trayectoria de la antropología en el campo de la alimentación desde contextos teórico–disciplinarios hacia contextos políticos y programáticos. El sentido de este artículo es poder analizar las alianzas entre conocimiento antropológico y ejercicio político, y la manera en que las propuestas teóricas y metodológicas de la antropología de la alimentación fueron ocupando espacios en contextos de construcción de políticas alimentarias y procesos de intervención. El interés de fondo es reflexionar sobre las relaciones entre la antropología y la sociedad, su evolución, sus posibilidades y sus actuales desafíos, destacando el surgimiento de nuevas perspectivas y nuevos problemas de investigación.

Palabras clave: antropología de la alimentación, problemas alimentarios, práctica antropológica.

 

Abstract

Diverse theoretic and methodological perceptions about food anthropology have participated, directly or indirectly, in the construction of politics and alimentary intervention in Latin America. This article is about the identification and discussion of these approaches, from an analytic point of view of scientific knowledge in its politic context of emergence and application. This analytic perspective is constituted for the confluence of applied and development anthropology developments, and allows presenting the trajectory of anthropology in the nourishment field from theoretical–disciplinary contexts towards politic and programmatic contexts. The idea of this description is to analyze the alliances between anthropological knowledge and politic practice, and the manner in which the theoretical and methodological suggestions of food anthropology were filling spaces in contexts of food politic construction and intervention processes. The main interest is to think about relations among the anthropology and society, its evolution, its possibilities and its actual challenges, emphasizing the emergence of new perspectives and new research problems.

Key words: food anthropology, food problems, anthropology practices.

 

Antropología, alimentación y problemas alimentarios

Si bien la naturaleza del fenómeno alimentario es de condición múltiple, y su abordaje ha de disponerse desde enfoques diversos, la aproximación antropológica podría llegar a ofrecer un potencial integrador. Reconoce los tratamientos científico nutricionales, políticos y económicos específicos y autónomos, y propone un estudio interrelacionado de dichas facetas para acceder a conocer la naturaleza del fenómeno y sus implicaciones. Luego, al identificar tales aspectos como productos de una aproximación cultural determinada por la tradición científica y cultural de Occidente, puede someter al tratamiento etnográfico y dilucidar los supuestos que orientan su definición. ¿Porqué la nutrición establece los estándares de una dieta universalmente equilibrada? ¿Cómo el sistema económico organiza/reorganiza el acceso a los recursos? ¿De qué manera las relaciones de poder implantan las condiciones alimentarias de los pueblos? A través de estas preguntas se valora la importancia de esos ámbitos y se les reconoce como incidentes en la configuración del quehacer antropológico, al asumir que se sostienen en premisas universalistas, de control ideológico y social y de integración, entre otras.

El presente artículo es una síntesis del capítulo "Antropología de la alimentación. Epistemologías, teorías, métodos y contextos", constitutivo de la tesis doctoral denominada Procesos de intervención alimentaria. Etnografía de las transformaciones del sistema alimentario de los mapuche de Chile. La investigación fue organizada en torno a la pregunta por las dimensiones políticas y socioculturales de la alimentación. ¿De qué modo los sistemas políticos determinan las condiciones alimentarias de la población?, ¿qué aspectos regulan la situación alimentaria en sociedades intervenidas? En este contexto, interesó discutir y proponer, desde el punto de vista teórico y etnográfico, la permeabilidad del ámbito alimentario ante presiones transformadoras, empíricamente dependientes de los modelos políticos y económicos que le regulan. El supuesto de fondo, es que esta permeabilidad es también propia de las disciplinas que colaboran en el estudio y en el tratamiento de los problemas alimentarios.

Desde el punto de vista metodológico, se asume que la complejidad del fenómeno inhibe la exclusión de perspectivas. Cualificación y cuantificación, objetividad y subjetividad, generalidad y singularidad son algunas de las categorías que forman parte de la aproximación etnográfica utilizada. El reconocimiento de los diferentes enfoques autónomos no es otra cosa que la confirmación de que todos ellos son importantes tanto en su independencia como en su interconexión. Con ello, se abandona el afán competitivo por el acceso al conocimiento verdadero, pero no el interés por conocer la generalidad de los hechos que atraviezan a las realidades alimentarias. Se valida la mirada múltiple, desde el punto de vista científico y político, para aproximarse y concluir respecto de un mismo problema.

Desde un punto de vista teórico, el acto alimentario como hecho social total deja de ser un puro comportamiento y se concibe también como un valor y un hecho de conciencia y de poder. Esta perspectiva permite realzar el sentido político de la alimentación humana, y pretende superar la ignorancia intervencionista ante la complejidad del fenómeno. Transformar o reducir la complejidad de los sistemas alimentarios en estrategias de intervención apropiadas requiere de un análisis exhaustivo respecto a cómo promover la interacción entre la complejidad y la aplicación, o en otras palabras, entre la realidad compleja y las aplicaciones dirigidas a ella. Los modelos de planificación aplicados en América Latina durante la segunda mitad del siglo XX reflejan concepciones de sociedad, de medioambiente y de alimentación propias del utilitarismo económico, en el sentido de que todas ellas son conducidas por metas materiales y económicas. El análisis de las políticas alimentarias constituye actualmente para la antropología un análisis de la interrelación entre los ámbitos biológicos y sociales, y un campo para la puesta a prueba de los contrapuntos monistas y dualistas entre la naturaleza y la cultura. Considerar a las políticas alimentarias como objeto de análisis antropológico permite evidenciar la articulación ontológica existente entre los sistemas de poder, los simbolismos de la comida y todos aquellos aspectos que las políticas alimentarias implican en tanto cualidades sensibles, propiedades tangibles y atributos definitorios (Descola y Palsson, 2001:12).

La definición sociológica de la acción de alimentarse mantiene aun sus bases en los aportes de Mauss (1925). El trasfondo último de este concepto es su potencial de revelarnos la dinámica social que subyace a la acción de alimentarse, toda vez que el hecho alimentario se organizaría según estructuras sociales locales, refiriendo roles y estatus, además de la propia concepción cultural del comer. El uso de este concepto constituye un indicador de que los estudios contemporáneos de la alimentación humana pueden seguir validando los principios de la sociología francesa durkhemiana que impulsaban a concebir los hechos sociales como objetos, como ciclos de reciprocidad y como partes integrantes de un todo mayor. En principio, esta postura no resulta contradictoria a los nuevos usos de la fenomenología en los estudios de antropología de la alimentación por cuanto reconocería la articulación entre aspectos objetivos y subjetivos en la construcción de la realidad alimentaria. La contraposición surge cuando analizamos el contexto científico y social en que se produjeron estas propuestas teóricas, y comprobamos que la escuela sociológica francesa de fines del siglo XIX, principios del XX, se fundó en el abordaje de las sociedades y no de sus problemas. La reducción de la realidad social a estructuras elementales fue en las primeras antropologías científicas un ejercicio exclusivamente aplicable para el estudio de otras cultura. Mantener en la actualidad la aplicación del marco conceptual de la sociología francesa clásica exige afrontar esta aparente contradicción explicando por qué motivos sigue siendo pertinente su uso en los nuevos escenarios teóricos y etnográficos. En primer lugar porque en la actualidad se mantiene el afán de objetividad, y en segundo lugar porque más que constituir un enfoque para el análisis de hechos sociales lejanos, constituye una generalidad teórica y metodológica fundamental en el estudio científico social de la alimentación humana. En otras palabras, los aspectos "generales" tienen un carácter fundamental en el estudio científico social de la alimentación humana.

La proximidad con el objeto de estudio es un elemento que no entra en la discusión científica sino hasta medio siglo después de las propuestas de Mauss. En este sentido, no es pertinente hablar de modelos de ciencia social excluyentes sino sucesivos, y así justificar que conceptos propuestos por escuelas clásicas sigan siendo de utilidad en el estudio de la alimentación contemporánea. La alimentación humana en tanto hecho social y en tanto fenómeno sociocultural va requiriendo progresivamente de un tratamiento integrado que promueva su redefinición según conceptos y prácticas productivas, ecológicas, sociales, políticas, y religiosas, propias de cada contexto. Esto es factible si concebimos a la alimentación como un hecho social total, integrador e integrado, y como un fenómeno de carácter interdependiente. Lo cierto es que sólo su concepción fenoménica nos permite abordar el análisis de los procesos de intervención alimentaria considerando la incidencia de los contextos científicos y políticos en su orientación. En efecto, podemos hacerlo ahora, y no antes cuando la ciencia social estuvo resguardada por la independencia de la academia respecto de los problemas sociales, únicamente preocupada por la construcción de conocimiento general.

 

Antropología de la alimentación y antropología aplicada

El desarrollo de los estudios antropológicos sobre alimentación humana ha considerado diferentes unidades de análisis, según condiciones de tipo epistemológico, teórico y disciplinario. En efecto, en la finitud del desarrollo antropológico más clásico la formulación de los problemas era de contenido fundamentalmente etnológico, donde se abordan los hábitos y costumbres alimentarias en tanto unidades aislables dentro de un sistema social total. Se reconoce en estos hábitos y costumbres la propiedad de formar parte de este sistema mayor, pero las explicaciones en torno a sus lógicas siempre le conciben como un ámbito autónomo. Etnográficamente, la alimentación podía quedar fácilmente reducida a la dieta. Estas características son propias de los estudios básicos y aplicados en antropología de la alimentación entre los años 1930–1960, aproximadamente, entre los cuales destacan los estudios pioneros de A. Richards en Inglaterra (1939) y de M. Mead en Estados Unidos (1940–1943). La moderna antropología aplicada sería entendida más tarde como la antropología de los problemas humanos contemporáneos. Con independencia del contexto en el cual se desarrolla y se institucionaliza, se trata de una antropología que responde, tanto a las demandas externas al propio quehacer científico como también a las internas que le instan a resguardarse en el cuerpo teórico y metodológico de esa disciplina.

Paralelamente a que los estudios de cultura y personalidad en Estados Unidos, y de economía doméstica en Gran Bretaña, visualizaran como problema antropológico a las dinámicas alimentarias en contextos coloniales, nace y se extiende hasta la actualidad el vínculo de conocimiento entre etnografía y dinámica sociopolítica. La búsqueda de nuevos insumos para la colonización africana fue el principal objetivo de organismos tales como el Instituto Internacional de África, que en 1934 crea un comité especial para "considerar las posibilidades de cooperación entre antropólogos y expertos en nutrición en el estudio de la dieta masiva" (Richards, 1937, en Goody, 1995: 30). De este modo, podemos constatar que el que es considerado el primer estudio en el campo moderno de la antropología de la alimentación, constituye un trabajo situado desde la ciencia social y dirigido hacia un contexto político con fines de ocupación. En 1939, cuando se publica "Land, Labours and Diet in Northern Rhodesia: an Economic Study of the Bemba Tribe", Audrey Richards ya llevaba cinco años de compromiso con el Instituto Internacional de África trabajando en el programa que junto a la nutricionista E. M. Widdonwson analizaba las posibilidades de la cooperación científica interdisciplinaria para el buen ejercicio de la acción gubernamental. El uso de las colonias como "productoras de cultivos rentables" promovió el desarrollo industrial del imperio y tuvo como efecto la transformación radical de los sistemas alimentarios y del medioambiente colonizado. La Ley de Desarrollo y Bienestar de las Colonias, aprobada en Inglaterra en 1940, constituyó el impulso formal para la intervención social y administrativa fundamentada en una nueva filosofía de protectorado colonial según la cual los colonizadores debían garantizar a los nativos niveles mínimos de nutrición, salud y educación (Kuper, 1973:133). La antropología de la alimentación británica se adentró entonces en el conocimiento de las lógicas y prácticas productivas locales, que luego la administración se encargaba de intervenir y transformar. Al mismo tiempo, se anunciaban las primeras preocupaciones de la antropología social británica por el estudio sistemático del nuevo fenómeno descubierto en contextos coloniales: el cambio social como problema que necesita ser comprendido y controlado (Mair, 1970:334).

La antropología aplicada británica surge del interés creciente entre los antropólogos de la época por los temas relacionados con el cambio social, lo que podríamos entender como un primer interés detonado en la sociedad y recogido por la disciplina para ser abordado en forma especializada. El trasfondo teórico que proyecta a estos primeros pasos de la antropología aplicada en el campo alimentario corresponde a la antropología social británica que, a través de los mencionados trabajos de Audrey Richards (1932 y 1939), identifica en las dinámicas alimentarias coloniales un contexto de cambio social y productivo con impacto nutricional. Para ellos, el estudio de la alimentación humana constituye un aspecto fundamental en la comprensión del cambio social y cultural experimentado por las sociedades no industrializadas. Esta primera antropología aplicada no estimuló cambio alguno en la concepción del objeto de estudio inaugurado por la tradición británica. "Otras sociedades", particularmente las tribales, simples o de pequeña escala, fueron objeto de las primeras descripciones sobre aspectos culturales de la alimentación y la comida. Aun cuando no lo explicite, se observa que este modelo de antropología aplicada fortalece a la empresa colonial, no obstante que el afán cientificista le impide manifestarse políticamente a favor o en contra de la misma. Este modelo de antropología germinó bajo la dominación intelectual de Occidente, que si bien en su oportunidad fue capaz de reconocer y validar la existencia de otras lógicas culturales, no acogió la inquietud por legitimar y proteger a dichas lógicas de la imposición y la asimilación.

Tras la Segunda Guerra Mundial, los nuevos organismos internacionales releyeron en la antropología aplicada un aporte para el logro de las nuevas metas, a saber, "el bienestar y desarrollo de los pueblos que todavía no son capaces de sostenerse por sí mismos, constituía un sagrado deber confiado a la civilización" (Mair, 1970:335). El modelo no refleja aún ninguna transformación de tipo epistemológica, sino sólo la reubicación de la antropología aplicada en un rol mucho más explícito y especializado. Sus focos de interés siguen siendo las sociedades simples, y sus resultados asumieron su condición servil para con los gobiernos ahora responsables, de la reconstrucción de Europa y de las transformaciones suscitadas por el surgimiento del nuevo orden mundial. La antropología aplicada se propone en este contexto, como una oferta técnica para los gobiernos que reconocen la necesidad de que todo conocimiento acerca de las sociedades sometidas a su autoridad era relevante para el ejercicio y el control político.

La antropología aplicada norteamericana surge en la década de 1930 a través del trabajo gubernamental de investigadores dedicados a la descripción de los patrones modernos de vida social americana que afectaban directamente a las formas de vida "nativa" presentes en el territorio. En 1941 es fundada la Sociedad de Antropología Aplicada, que inaugura la publicación de un boletín periódico titulado Human Organization. Ambas figuras tuvieron la misión de institucionalizar en Estados Unidos el surgimiento de esta nueva especialidad. A través de esta publicación se difundía la producción etnográfica concentrada en torno a nuevos intereses, entre los cuales se destacaban los estudios en sanatorios para enfermos mentales, la formulación y ejecución de programas de desarrollo en América Latina, y otros programas de fomento material entre los cuales se encontraban los programas alimentarios (Pelto, 1967:51).

Simultáneamente, en 1941 fue creado el Comité sobre Hábitos Alimentarios, encabezado por la emblemática Margaret Mead que a través de esta acción inaugura los estudios de base aplicada sobre las costumbres alimentarias en Estados Unidos. El Comité asumió la responsabilidad de buscar solución a los problemas alimentarios generados por la Segunda Guerra Mundial, particularmente los relativos al hambre y la escasez. Sus funciones son de investigación aplicada, vale decir, ejecutada para implementar programas de intervención. Sus contextos de trabajo son las poblaciones inmigrantes en Estados Unidos, cuyos "hábitos alimentarios" era necesario conocer a fin de agilizar su transformación a través de programas de racionamiento adecuados. En el lenguaje técnico comienzan a utilizarse términos tales como aculturación dietética étnica, y conceptos como hábitos alimentarios y modos de comer. Estos primeros ejercicios de la antropología aplicada en el campo del comportamiento alimentario muestran la participación y el rol que tuvo la disciplina en la emergencia del modelo oficial de "ayuda alimentaria", implementado desde Estados Unidos hacia el Tercer Mundo. Este tipo de antropología aplicada asumió de este modo, un rol aparentemente pasivo de traductor: "dar a los nativos una interpretación asequible para ellos, de las políticas administrativas y, al mismo tiempo, explicar a los administradores el porqué de las costumbres y reacciones de los nativos". La administración pública norteamericana tuvo en la antropología aplicada de la época un aliado incondicional, del cual se valió para adecuar sus intervenciones.

Entre los años cincuenta y setenta, los modelos de antropología implementados en Inglaterra y Estados Unidos experimentan la transformación de su objeto de estudio, producto del surgimiento de nuevos contextos de práctica etnográfica, de la propia 'profesionalización' de la disciplina y del surgimiento de nuevos desafíos metodológicos y técnicos. Ya en la década de los cuarenta se había iniciado en Europa y Estados Unidos un proceso de implementación política que incorporaba los nuevos conceptos de "desarrollo y bienestar". A construir este proceso fueron convocados planificadores sociales cuya incidencia en la construcción de políticas tuvo técnica y política a la vez. Los antropólogos participaron diferenciadamente del proceso. Algunos, como el británico Nadel, concedían a la antropología una posición legítima en contextos de decisión política. Entendía al antropólogo como el especialista idóneo para hablar de las formas de vida social, y el hecho de proporcionar información a los gobiernos sobre que el comportamiento de la gente constituía para él un complejo acertijo ético.

Observamos que en la posguerra el objeto de estudio de la antropología aplicada ya no eran las sociedades simples, sino la interacción entre estas sociedades y la moderna sociedad occidental. No desaparecen las premisas básicas del sistema de valores, el concepto de ciencia ni el predominio del conocimiento occidental respecto a otros conocimientos culturales. Esta antropología aplicada pertenece al mismo estatus epistemológico que la que la fundó; su transformación es, antes que nada, teórica y política. Recicla teorías para emprender nuevos desafíos de investigación y de aplicación, sin cuestionar ni revisar sus fundamentos filosóficos, el trasfondo de sus conceptos clave y el sentido último de su participación en la dinámica social. Sigue siendo una antropología aplicada que encara la realidad sin problematizar su desenvolvimiento en ella. Los contextos de trabajo dejan de ser los espacios administrativos de la colonia dado que los procesos de independencia en África habían repuesto a líderes nacionales en el poder, y pasan a ser los organismos internacionales (transnacionales) los responsables de implementar y controlar los procesos de desarrollo homogéneo para todo el mundo. En tales contextos, la antropología seguirá desempeñando un rol acrítico, pocas veces marcado por la contribución a la intervención desde los escenarios locales. La dirección del trabajo antropológico continuó siendo la convencional, que generó conocimiento desde la realidad a intervenir para que el resultado fuese compatible con los fines de la intervención, que no necesariamente son los fines de la población intervenida.

La segunda mitad del siglo XX ha marcado un giro importante en ese sentido, lo que convirtió a los alimentos en una unidad de análisis sensible a las fuerzas sociales, políticas y económicas externas al desarrollo disciplinario, antes inmune a la definición problemática de sus objetos de estudio. Mientras desde Francia se continuaba insistiendo en que el objeto de la sociología de la cocina es la comida (Goody, 1995) y que el método para su tratamiento es el análisis de las estructuras culinarias, en Gran Bretaña y Estados Unidos las vertientes aplicadas avanzaban críticamente su relación con las lógicas políticas y administrativas. Esta antropología aplicada ya no cumple la función de promover el cambio social, ni de generar fórmulas para que éste sea efectivo, sino que intenta explicar porqué algunas poblaciones se resisten a él. La década de los cincuenta acoge las primeras manifestaciones rebeldes en contra de las explicaciones positivistas y causales. El cuestionamiento epistemológico a los principios de las ciencias sociales instó a ciertos antropólogos a proponer y desarrollar nuevos modos de conceptuar, comprender y utilizar la etnografía. Según el análisis efectuado por esta investigación, la antropología de la alimentación habría sido altamente sensible a esos cuestionamientos, ya que la relación que ha venido estableciendo con sus contextos de trabajo evidentemente obedece a conceptos de antropología y de etnografía propios de orientaciones teóricas específicas (González, 2002). Tras una etapa de revelaciones y de originales ensayos teóricos y etnográficos impulsados por la nueva óptica postestructuralista y posmoderna, vividos principalmente en Estados Unidos y América Latina, sobre viene una nueva etapa de reconocimiento científico que afecta a la esencia de la antropología de la alimentación. Las epistemologías realistas demuestran su vigencia esta vez participando del tratamiento de problemas sociales, tales como la pobreza, el subdesarrollo y la opresión, cuya naturaleza se concibe como intrínsecamente histórica, política y económica.

Aún no aparecían las propuestas postestructuralistas de una antropología del desarrollo que ampliasen la naturaleza de los problemas alimentarios hacia sus facetas sociales, ideológicas y simbólicas, y eran los nuevos desarrollos de la antropología ecológica –desde el modelo basado en el ecosistema– los que proponían nuevas metodologías y enfoques para analizar el comportamiento alimentario. Las investigaciones en torno a la circulación de energía a través de la cadena alimentaria condujeron a concentrarse en las poblaciones humanas, y a redefinirlas a partir de nuevos parámetros metodológicos. Esta vez se entiende a los seres humanos como unidades con influencia en el medio, superando los determinismos previos que sólo veían la relación inversa. Fueron los antropólogos ecológicos de esta vertiente los que dieron vida a las primeras investigaciones en antropología nutricional, midiendo y comparando los valores dietéticos de cada comida y los costos energéticos gastados por cada sistema alimentario (Gross y Underwood, 1971, referidos en Messer, 1995:36). Estas investigaciones intentaron involucrar el análsis del comportamiento sociocultural con indicadores tecnológicos, productivos y nutricionales. Aun cuando mantenían su adhesión a un enfoque sistémico positivista, incorporaron a la población como agente partícipe en el contexto ecológico–alimentario en que vivían. Este tipo de estudios abordaron como problema las consecuencias nutricionales de la implantación del modelo de "desarrollo es igual a crecimiento". No emerge desde el enfoque ninguna arista crítica hacia los métodos de análisis nutricional, sino por el contrario, se legitiman sus potencialidades como indicadores empíricos de la situación socio–cultural. La antropología –nutricional y para el desarrollo– se involucra a partir de la década de los setenta, en proyectos interdisciplinarios que indagan en la transmisión cultural de las costumbres alimentarias y los impactos de las nuevas tecnologías productivas en los sistemas alimentarios locales.

Durante esta etapa, además de las nuevas facetas abiertas por el campo del desarrollo y el medioambiente, se problematiza la relación entre alimentación, nutrición y salud. El trabajo de Foster y Gallatin en 1978, recoge la propuesta que durante el mismo año de su publicación hacen los autores Pelto y Jerome, en Estados Unidos. Se trata del surgimiento de una nueva subdisciplina profundamente arraigada en los principios de la ciencia moderna, que buscar fundir los conocimientos nutricionales y antropológicos. Su principal innovación, además de lo temático, radica en concebir su objeto de estudio –elestatus nutricional de los seres humanos– desde una perspectiva evolutiva e histórica, y conserva el interés por las relaciones entre el comportamiento alimentario y las condiciones medioambientales.

 

Antropología nutricional y antropología de la alimentación en el tratamiento de problemas alimentarios contemporáneos

Los desarrollos teóricos y metodológicos de la antropología nutricional mantienen la polarización entre el conocimiento técnico y el conocimiento local. El esfuerzo de la antropología nutricional de la década de los setenta no se ve reflejado en un reposicionamiento político de la población en el contexto de la investigación alimentaria, sino únicamente en la generación de una nueva dinámica interdisciplinaria. Para el tratamiento de los problemas alimentarios en contextos de diversidad cultural, política y económica, los equipos técnicos –ahora con participación creciente de antropólogos– siguen manejando estándares de "nutrición adecuada" propios del modelo de crecimiento que ya había presentado grandes indicios de crisis, tanto en el campo ecológico como nutricional. La antropología nutricional –no crítica de la nutrición sino complementaria a ella– ejercita un estilo de trabajo interdisciplinario de naturaleza pasiva, dirigido por fines primeramente científicos y en segundo lugar aplicados. La población sigue al margen de todos estos desarrollos, representando un rol más pasivo aun que el de la propia antropología. Este sometimiento ante la ciencia nutricional es política y científicamente rechazado por tendencias posteriores, que encuentran en la dimensión simbólica y práctica de los problemas alimentarios, nuevas bases para el desarrollo innovador de propuestas teóricas, metodológicas y aplicadas.

Nuestra propuesta de análisis antropológico de los problemas alimentarios contemporáneos se proyecta desde los nuevos desarrollos de la antropología de la alimentación. Éstos avanzan identificando diversas concepciones del fenómeno en el propio seno de la sociedad occidental contemporánea. Todas las concepciones tienen en común el estar definidas por un componente político expresado a través de la manera en que se identifican los problemas, se discuten sus posibles soluciones y se implementan las acciones para su tratamiento. Para este análisis antropológico de las políticas alimentarias, el 'presente etnográfico' no es sólo la multiplicidad de 'conocimientos locales', sino su interrelación expresada en las actuales formas de intervención alimentaria.

Entendemos que los problemas alimentarios son concebidos tanto desde el sentido común como desde el conocimiento especializado de las ciencias nutricionales y de las políticas públicas. El sentido común se los explica a partir de lo que el conocimiento especializado socializa, y por ende, sigue la matriz ideológica que estos conocimientos reproducen. Para este sentido común quienes 'no comen' o 'comen mal' son quienes 'no tienen', y viven en esta condición por razones tales como la ignorancia o la mala suerte.

El pensamiento sociopolítico tiene igualmente sus propias versiones de los problemas alimentarios. En la versión marxista los entiende como un resultado de los ricos sobre los pobres o en otras palabras, de las estrategias de distribución desigual de los recursos. La contradicción entre la existencia de problemas alimentarios y el modelo de justicia social se expresa a través de la materialización de los programas alimentarios, que son una respuesta adoptada por el propio sistema político para enfrentar las deficiencias de su propia estructura. Desde el punto de vista antropológico consideramos prudente agregar nuevos elementos capaces de complementar estas visiones: la política involucrada en los procesos de intervención alimentaria es intrínsecamente una ética disciplinaria y social, que valora a los otros y a sus realidades desde un punto de vista determinado. En este sentido, hacemos un llamamiento a entender los problemas alimentarios como el resultado de la configuración de una estructura que somete a la población afectada a nuevas condiciones biológicas (desnutridos o mal nutridos) y nuevas condiciones sociales (dependientes, ayudados o subsidiados en la dimensión más básica del ser humano).

Desde esta perspectiva, diversos autores han comentado previamente los mecanismos de reproducción de la asistencia alimentaria a través de estrategias propias del modelo de desarrollo, tales como la transferencia tecnológica y la propia educación formal. Lo que el discurso del desarrollo estipula como soluciones para combatir los problemas de hambre y escasez son luego la causa de su propia perpetuidad. Tal y como plantea Esteva (1985:109–10), se sigue aplicando como remedio lo que causa el problema y así se le agudiza en vez de dejarlo atrás. Este autor concluye en una crítica radical a las circunstancias políticas e institucionales que crean y ejecutan este tipo de programas: detener la ayuda y el desarrollo permitirá enfrentar los desafíos actuales, dado que no es desarrollo lo que falta en aquellos contextos en donde se extienden los problemas alimentarios sino por el contrario, el desarrollo –en cualquiera de sus formas conocidas– es la causa principal de lo que denomina hambre moderna.

La modernidad y el desarrollo califican a las sociedades de acuerdo a su ritmo productivo, estima como limitaciones todos aquellos usos no extractivos y maximizantes de la naturaleza y los recursos naturales. A partir de esta premisa evalúa a las sociedades tradicionales e indígenas –evidentemente "subdesarrolladas"–, como conformistas, cuya actitud llega a ser un severo "obstáculo al desarrollo" (Esteva, 1985:115). Han sido los Estados los que han permitido e impulsado que los pueblos indígenas de nuestros países ingresen en esta lógica que los controla y los perpetúa en su condición de escasez, a través de todas aquellas intervenciones responsables del desmontaje sociocultural, que como resultado va dejando a los pueblos en la precariedad económica y cultural que hoy observamos. Mantenemos al respecto la idea inicial en cuanto a que la alimentación constituye un ámbito receptor de todas las circunstancias políticas que han rodeado a la historia de la colonización y la integración. El desafío del equilibrio entre necesidades y capacidades para satisfacer la demanda alimentaria supone la revisión del "cálculo de necesidades" convencional, el cual debiese abrirse –desde el punto de vista metodológico– a la traducción y a la búsqueda de compatibilidad entre los distintos factores que inciden en la dinámica alimentaria. Éste es el actual desafío para la alianza entre antropología y nutrición, luego de que sus primeros vínculos no reconocieran la dimensión social y política de sus objetivos.

 

Etnografía institucional: nuevos métodos para el análisis antropológico de la intervención alimentaria

La antropología del desarrollo promueve en la década de los noventa el ejercicio de la llamada etnografía institucional, luego de que la crítica a los enfoques textualistas promoviese el 'regreso al mundo real' de la disciplina. Entre los autores clásicos que destacan en esta perspectiva encontramos a C. Geertz en antropología, y J. Thompson en sociología. El primero, instalando una antropología interpretativa construida a partir de la descripción densa, y el segundo criticando los sesgos idealistas e introduciendo la referencia al contexto histórico–espacial y a los fenómenos del poder en el estudio de la cultura. Se trata de una propuesta metodológica procedente del modelo postestructuralista y deconstruccionista, que plantea la liberación de la antropología del marco de referencia científico y político del desarrollo. El modelo identifica a las actuales expresiones del poder como una preocupación fundamental para las ciencias sociales contemporáneas, y propone su tratamiento desde el punto de vista etnográfico deconstruccionista. El enfoque es aplicable según sus relatores, para explicar y comprender las implementaciones de un modelo de conocimiento construido cultural e históricamente: el modelo de desarrollo occidental. Según A. Escobar (1996, 1998), el modelo es cognoscible etnográficamente, luego de reconocer el contexto ideológico y práctico en el cual se materializa; las instituciones que implementan al desarrollo se convierten para este enfoque en unidades de observación ya que materializan un universo ideacional y práctico específico.

Para llevar a cabo este tipo de ejercicios, la antropología debe necesariamente haber vivido un proceso de introspección que le haya señalado la manera en que ha estado ligada a los 'modos occidentales de crear el mundo'. Desde la antropología interactiva utilizamos este enfoque para preguntarnos acerca del modo en que la disciplina se ha comprometido con intereses de conocimiento, sea de naturaleza científica, social, ética, etc. Para el citado autor, (1996:42–3) este proceso consiste en 'reimaginar' a la antropología 'historiografiando su propia práctica y reconociendo las fuerzas que la determinan'.

Escobar (1996) ha aplicado la etnografía institucional para analizar el fenómeno del hambre en tanto símbolo de poder político En este mismo sentido, se propuso a la etnografía institucional como estrategia para describir e interpretar los programas de alimentación implementados en las comunidades mapuche de Chile en el año 2004. El fenómeno que preocupó a esta etnografía institucional fue entonces de la misma naturaleza que el fenómeno que preocupó a Escobar en 1996: los problemas alimentarios que argumentan los programas de alimentación como expresión de la ocupación cultural, política y económica de un territorio específico. Los problemas alimentarios de la sociedad mapuche contemporánea son el producto de una compleja e incesante gama de intervenciones, programadas y espontáneas, institucionalizadas y naturales. Tanto las intervenciones como el tratamiento de sus efectos proceden de la implementación de un sistema de conocimiento cultural que asume el control de verdades y el dominio de especialidades capaces de conducir al mundo a través de formas sociales producidas por el mismo. En otras palabras, los conocimientos y técnicas que dominan el diagnóstico y el tratamiento de problemas alimentarios poseen un estatus social y políticamente determinado, el cual incide directamente en la propia configuración de la realidad alimentaria tanto a nivel local como a nivel especializado.

La etnografía institucional es producto del cambio de unidad de observación que conduce la antropología del desarrollo. Ya no interesa conocer únicamente lo que pasa con la gente que recibe los programas de intervención, sino la forma en que estos programas son concebidos. Para ello es que la mirada del etnógrafo se desplaza hacia los contextos institucionales que gestan y proyectan hacia la gente el modo de pensar y vivir 'desarrollado'. El supuesto teórico que respalda al uso de esa metodología es que las instituciones constituyen una de las principales fuerzas que organizan y controlan el mundo en que vivimos (Escobar, 1996:207). Los discursos profesionales, por otra parte, contienen las categorías a través de las cuales los fenómenos se transforman en hechos y cumplen su rol en el sistema social y político. La etnografía institucional aplica, a través de un proceso de 'inscripción' (Latour y Woolgar, 1979), la objetivación de la realidad en categorías estandarizadas de conocimiento. Dado que estas categorías son de naturaleza política (y por lo tanto constituyen mecanismos de poder), resultará pertinente enunciar la 'ayuda alimentaria' como una categoría 'inscribible' etnográficamente. En otras palabras, además de posible viene siendo necesario que asumamos el reto como parte de las nuevas ofertas etnográficas que la antropología ha venido gestando durante las últimas décadas.

En ese sentido, entendemos que la etnografía institucional es completamente afín a la antropología aplicada interactiva sistematizada en el sur de Chile en la última década, a la cual le preocupa especialmente la vigilancia del quehacer y la práctica antropológicas en el contexto de las instituciones. La antropología interactiva ha identificado las diferentes concepciones de antropología, a los vínculos entre la disciplina y la sociedad, y a la formación de la antropología, como variables complejas en el proceso de construcción de conocimiento antropológico (Durán y Berhó, 2004). Tomando en cuenta esta propuesta, nuestra etnografía institucional ha puesto particular interés en el trabajo que los antropólogos han desempeñado tanto en la construcción política como en los propios procesos de intervención alimentaria. Otros focos de interés serán las prácticas de la nutrición y su influencia determinante en la configuración de las políticas y programas de alimentación.

 

Síntesis

La superación de los enfoques aplicados clásicos es todavía un desafío, tanto para las ciencias sociales como para la antropología, para las ciencias de la salud y la nutrición.

La intensiva disputa entre constructivistas–posmodernistas versus defensores de la ciencia, ha marcado notablemente el ámbito antropológico de la intervención alimentaria. Por un lado están quienes cuestionan los modelos de intervención gestados en la distancia cultural (y conducidos por fines globales) y por otro, quienes plantean y replantean, desde los aparatos transnacionales, las condiciones en las cuales estas intervenciones deben llevarse a cabo. Desde nuestro punto de vista corresponde buscar puntos de encuentro en este debate que, aparece muchas veces ultra polarizado y ultra polarizante, respecto a cómo diseñar e implementar este tipo de intervención.

Explícita o implícitamente la dimensión política plasma todas las orientaciones del conocimiento científico –social o nutricional– involucrado en estos debates. Es, precisamente, un examen del desarrollo histórico de dicho conocimiento el que nos provoca la preocupación por el poder del conocimiento científico social y científico nutricional por la magnitud de sus alcances en la realidad cotidiana de sujetos expuestos acríticamente a sus imperativos. Nuestra propuesta al respecto sostiene que a través de la explicitación de intenciones y de fórmulas –expresas en programas y proyectos– se abren las posibilidades de proximidad entre distintos tipos de conocimiento; a saber, el conocimiento local–político–institucional y el conocimiento local de la gente que recibe las intervenciones. Para llegar a ello se requiere de una teoría que permita articular los fenómenos reconociendo la dimensión del poder que acciones tan cotidianas como comer llevan consigo.

En lo que particularmente concierne a la antropología ni el modelo nomológico deductivo, ni el monismo metodológico descrito por González (1987, 2000, 2002), parecen alternativas posibles para transitar cómodamente por las dimensiones aplicadas del fenómeno. Nuestra investigación se propone superar los estudios clásicos de la antropología de la alimentación proponiendo a la complementariedad epistemológica y metodológica como una senda apropiada para el análisis etnográfico de los problemas alimentarios contemporáneos. En otras palabras, la unilateralidad del conocimiento antropológico generado por y para la antropología queda genuinamente descartada, lo mismo que la vinculación inocente entre el conocimiento etnográfico y la planificación social. Nuestra apuesta es por un enfoque que conciba al conocimiento etnográfico como polisemántico, cuyos soportes teóricos reconozcan la multiplicidad de formas que podría adoptar y en búsqueda de aplicabilidades acordes con presupuestos éticos y sociopolíticos explícitos. Es necesario demostrar la premisa ya establecida respecto a la fusión entre conocimientos sociales, políticos y científicos, haciendo etnografía de situaciones en que se revelen las desigualdades, los poderes y el control de situaciones aparentemente democráticas y participativas. Esta etnografía será también social, porque según el concepto de antropología que aquí se describió, la comunicación entre las distintas formas de explicar los problemas alimentarios es, actualmente, el principal desafío para la antropología de la alimentación.

 

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