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Tzintzun

Print version ISSN 0188-2872

Tzintzun  n.53 Morelia Jan./Jun. 2011

 

Entrevista

 

Entrevista a Christon Archer: El ejército realista y la guerra de independencia de México

 

Jarco Amézcua Luna

 

En la guerra, la diversidad y la imprecisa delimitación
de las múltiples relaciones obligan a tener en
cuenta un gran número de factores. La mayoría de
estos factores sólo pueden ser valorados de acuerdo
con la ley de probabilidades.

Gral. Carl von Clausewitz

 

En el reciente Congreso Internacional "Guerra, política y cultura: las independencias hispanoamericanas",1 se contó con la presencia del Dr. Christon I. Archer, uno de los más destacados estudiosos del ejército realista en el México borbónico de finales del XVIII y las dos primeras décadas del XIX. El Dr. Archer sobresale de manera importante en el campo de estudio de las independencias latinoamericanas, por lo menos desde 1977, fecha en la que se publica una de sus principales obras, hoy considerada un clásico en la materia: El ejército en el México borbónico 1760–1810. Con este libro, el historiador canadiense da continuidad de manera sólida al estudio sistemático del ejército realista novohispano, que tuvo la compleja misión de enfrentar y vencer al ejército insurgente, el cual detonó la guerra a muerte por la independencia del vasto territorio colonial, que tras 11 años de sangrienta lucha sería llamado México. El Dr. Archer ha logrado, después de 35 años de arduo estudio y trabajo en archivos de México y España, ser considerado una de las más representativas autoridades académicas especializadas en el estudio de los ejércitos hispanoamericanos de la época borbónica, el ejército real español y sus proyectos expansionistas, en especial la exploración de la costa del Pacífico norte.

Libros, artículos y ensayos sobre la historia militar de México en el periodo colonial e independentista dan cuenta de su gran capacidad como investigador, que no escatima en recursos para ahondar en la estructura que dio forma y sentido al ejército del rey español, que en la Nueva España de principios del XIX, encontró uno de sus momentos decisivos como corporación militar cuando se vio obligado, durante la dinámica de la guerra, a transformarse en un verdadero ejército de combate ofensivo y dejar atrás los tiempos de un ejército destinado casi únicamente a la defensa de las costas y el territorio central novohispano. El Dr. Archer analiza a profundidad con abundante información documental, las vicisitudes de un ejército real que enfrentándose a su propia crisis y a la del régimen colonial que lo sustentaba, asistió a su propia disolución al colapsarse definitivamente el régimen virreinal en 1821.

Christon I. Archer nació en 1940 en la Columbia Británica, Canadá, lugar en el que vivió su infancia y juventud. En 1971 obtiene su doctorado en Historia Latinoamericana por la Universidad Estatal de Nueva York en Stony Brook. En 1996, La Trobe University de Melbourne, Australia, le otorga el doctorado en letras honoris causa. Se consolida como profesor de Historia en la Universidad de Calgary. Ha escrito extensamente sobre el ejército de Nueva España y la guerra de independencia de México. Con su obra El ejército en el México borbónico 1760–1810, Albuquerque, University of New Mexico Press, 1977, ganó el Premio Bolton de la Conferencia de Historia Latinoamericana y por la Subdivisión de la Costa del Pacífico, el Premio American Historical Association.

Actualmente, el Dr. Archer trabaja en nuevos aspectos del ejército realista, la insurgencia y la contrainsurgencia en la Nueva España durante la guerra de independencia. Extiende su investigación desde 1821 al inicio de la conformación de la nación mexicana, hasta 1867 en que finaliza la intervención francesa en México. Los últimos libros editados por el Dr. Archer son Las guerras de independencia en la América española, Wilmington, Delaware, 2000; El nacimiento del México moderno, 1780–1824, Wilmington, 2003, y La mordida de la hidra: el ejército de Nueva España en la guerra de independencia, El Colegio de Michoacán, Zamora, 2006. En el periodo posterior a la independencia de México, sus estudios más recientes incluyen La configuración de una nueva nación, Michael C. Meyer y William H. Beezley coordinadores y La Historia de México de la Colección de Historia de Oxford, Oxford University Press, Nueva York, 2000. En la historia militar general, Archer junto con John Ferris, Holger Herwig y Tim Travers publicaron la Historia mundial de la segunda gran guerra, University of Nebraska Press, Lincoln, 2002.

Archer ha ampliado y profundizado la investigación en el campo de la historia marítima española y la exploración del Océano Pacífico norte en el siglo XVIII, con trabajos como ¿De quién Plaga?, viruela y epidemias en la costa noroeste, Alan Frost y Samson Jane (editores); Imperios en el Pacífico: ensayos en homenaje a Williams Glyndwr, Melbourne University Press, Melbourne, Australia, 1999; con El canibalismo en la historia temprana de la costa noroeste: mitos y realidades olvidadas, publicado en la Canadian Historical Review, lxi, 4, 1980, ganó el Premio Anual de la Asociación Histórica Canadiense.

En total, el Dr. Archer ha publicado más de setenta artículos académicos y capítulos de libros. Forma parte de manera destacada del grupo de investigación sobre inteligencia militar y grupos armados, que tiene su sede y centro operativo en la Universidad de Calgary, Canadá. Este grupo de académicos e investigadores de alto nivel dirige el Proyecto de Grupos Armados,2 que tiene por objetivo analizar cómo los distintos tipos de organizaciones armadas –incluyendo las militares, las fuerzas policiales nacionales, estatales y grupos armados paramilitares de civiles– operan en determinados territorios y países de América Latina. El proyecto investiga la forma en que estos grupos armados actualmente respetan o transgreden los derechos humanos básicos y las normas humanitarias internacionales. Este grupo de investigadores canadienses amplía su rango de estudio y análisis a las organizaciones armadas de todo el mundo, pero mantiene un enfoque especial en América Latina. El Proyecto de Grupos Armados afilia al Research Associates Group, de la Universidad de Calgary, así como a otros grupos de investigación similares de todo el mundo.

En esta entrevista, el lector podrá encontrar información acerca del investigador canadiense que nunca antes había sido publicada. El Dr. Archer comenta momentos muy íntimos de su experiencia de vida que fueron detonadores de su ulterior interés por el estudio de los ejércitos latinoamericanos, así como de su intensa dedicación a la investigación del ejército realista novohis–pano, y al de las expediciones marítimas en el Pacífico norte.

El destacado historiador nos sumerge en una serie de reflexiones y datos históricos que va hilando a lo largo de la entrevista de manera libre y dinámica, lo que nos permite conocer otros detalles de su pensamiento y agudeza propios de un experimentado investigador. Opiniones certeras son planteadas ágilmente por el historiador que sin cortapisas toca y disecciona los elementos fundamentales a partir de los cuales ha construido su obra, pero desde una perspectiva en la cual comenta a otros autores clave e importantes en su formación como historiador. Visualiza con honestidad y con la capacidad de un mariscal de campo experimentado el propio desarrollo de su disciplina científica, aventurando la esperanza en la llegada de nuevas generaciones de historiadores que están dando aportaciones de mucha calidad historiográfica, y que como el propio Dr. Archer apunta, "enriquecerán, sin duda alguna, las obras y los resultados ya comprobados, sentando las bases para nuevas líneas de investigación que aún son desconocidas en este rico y apasionante campo de estudio de la historia hispanoamericana".

¿Cuál es la razón por la cual decidió estudiar
el ejército realista de la Nueva España borbónica
de finales del siglo XVIII y principios del XIX?

Soy natural de la costa de Columbia Británica, y recuerdo que mis primeros pensamientos sobre América Latina y el papel de España y México en el mundo llegaron a mí cuando era muy joven y conocí por primera vez información general sobre este tema, en un lugar bastante distante de México. Mis orígenes como canadiense y la naturaleza de mi educación y carrera, sabiendo que no hay una contestación perfecta, puedo decir que soy una persona con un interés "natural" por las culturas de América. Siendo un niño de la ciudad de Victoria en la isla de Vancouver, provincia de la Columbia Británica en Canadá, tuve la oportunidad de visitar varios puertos en la costa canadiense que tienen nombres españoles, los cuales fueron dados por los exploradores de México y España del siglo XVIII que llegaron navegando hasta estas tierras del norte, y particularmente hacia el fin de siglo XVIII, cuando los españoles, ingleses y rusos establecieron una "competencia estratégica" por la dominación del Océano Pacífico.

Como niño no tenía una idea clara sobre estas cuestiones, por supuesto, pero en realidad tuve el interés porque la provincia de la Columbia Británica tiene estos lugares históricos que se conservan actualmente y donde se puede conocer la explicación de la expedición y el descubrimiento del lugar, así como datos sobre los exploradores, el nombre del navío y su tripulación; y por eso posiblemente, más que otros canadienses, tuve yo la posibilidad de pensar sobre las Américas y sobre la realidad de la Nueva España, de San Blas, Acapulco y otros puertos de donde partieron a la Columbia Británica sus expediciones en el siglo XVIII.

Hacia 1789 estalla la Revolución francesa iniciándose así un periodo mundial de cambios y simultáneamente a esta situación se da una "competición estratégica" en el Pacífico entre ingleses, españoles y americanos estadounidenses, que tratarán de ampliar su dominio a los territorios del norte del Pacífico con las exploraciones y colonizaciones que España había olvidado completar en los siglos XVI y XVII. Ésta es la razón por la que desarrollé el interés y la idea de estudiar esta situación histórica. En la Universidad de Victoria afortunadamente tuve profesores con mucho aprecio por el estudio de la historia de América Latina. Después mi graduación como maestro, para el doctorado cambié de universidad a la del Estado de Nueva York en Stony Brook,3 donde en aquellos días los principales profesores interesados en la época colonial eran Guillermo Céspedes del Castillo,4 un historiador muy importante, y Stanley R. Ross.5 Céspedes tuvo interés en mi carrera, confió en mí y al poco tiempo ya me encontraba investigando en el Archivo General de la Nación en México, y después continué con mi visita a los archivos de España, en medio de un importante sentimiento de aventura. Así fue como comencé mi carrera, con el apoyo del profesor Céspedes y muchas ganas por conocer de manera profesional algo que desde niño había atraído mi atención.

Otra de las razones por las que decidí estudiar el ejército Borbón de la Nueva España tiene que ver con algo muy personal. Provengo de una familia de origen inglés que participó con varios de sus miembros en el ejército y en la marina de Inglaterra y Canadá en las dos guerras mundiales del siglo XX. Por eso el tema me es muy cercano y de total interés; la guerra se convirtió en un asunto de familia. De hecho, yo mismo tuve una experiencia castrense, pero esa historia la cuento después. En este sentido, el ejército representa para mí, más o menos un "túnel" que puede darnos acceso a cada aspecto de la sociedad. Es una ventana a la sociedad, porque los soldados provienen de las diferentes clases de la población, de manera que surgen y llegan de todas las regiones, ciudades y pueblos del país. Esto inspiró en mí la idea de que un ejército es la "ventana" a una ciudad, a las características y la historia de un país determinado, porque en cada nación el ejército está de guarnición en diferentes partes de su territorio, con sus propias características geográficas, raciales, lingüísticas y culturales, atento a la defensa o preparando un ataque al enemigo; y es por esta razón apasionante, que tuve yo un interés en México y particularmente en el estudio de la Nueva España de finales del XVIII y principios del XIX, cuando se inicia la guerra por la independencia. Decidí entonces categóricamente, que éste sería mi campo de investigación y el centro de mi obra como historiador.

Cuando entré al programa de doctorado en la Universidad del Estado de Nueva York, tuve la oportunidad de obtener una beca que en esos días enviaba a estudiantes a América Latina para realizar investigación. Yo decidí ir a México. Recuerdo que en esos días el director del programa de la Universidad, Lewis Hanke,6 un hombre brillante y muy famoso en la época de los sesentas y setentas, me dijo: "Señor Archer, deseo hablar con usted sobre su proyecto, porque sé que usted es un historiador verdadero". Yo le contesté al Dr. Hanke que agradecía su comentario, y él me dijo: "Sr. Archer, hay 25 estudiantes de la Universidad de Nueva York viajando para América Latina y sólo uno va para México, usted. Los otros 24 van para Argentina y Chile, y estoy seguro de que esos 24 no tienen otra razón de su elección sino el de obtener la mejor vacación de verano en lugar de trabajar seriamente en el proyecto".

En México tuve la gran fortuna de trabajar con la profesora María del Carmen Velásquez,7 una sargenta muy difícil, pero llena de ideas para contribuir a mi vida como investigador. Era muy crítica con mi trabajo y constantemente me decía: "¡Archer, favor de hacer un artículo mejor que esto!" Gracias a esta dura formación, tuve la posibilidad de comenzar mi carrera en el mundo de las publicaciones de manera temprana con artículos sobre la temática del ejército. Tuve también la oportunidad de pasar tiempo con Ignacio Rubio Mañé,8 el director del Archivo General de la Nación situado en esos días en el Palacio Nacional. Ahí tuve la suerte de encontrar dos o tres presidentes de México durante esas ocasiones de estudio, en especial cuando en los actos diplomáticos llegaban los embajadores nuevos al país para presentar sus credenciales, y yo, como un "humilde estudiante", pude asistir a esas celebraciones y después volver al trabajo.

Como es bien conocido, en México y en otros países, el Archivo General es una de las colecciones de documentos más grandes e importantes del mundo; no puedo explicar por qué, pero aunque México ha sufrido varias épocas de turbulencia, los mexicanos nunca utilizaron los legajos para incendiarlos y hacer fuego para cocinar la comida. Es el caso contrario de España, que durante las guerras civiles en Segovia, las guardias civiles acantonadas cerca del Archivo del Ejército de España ¡utilizaron varios legajos como leña! Fue tremendo para aquellos documentos.

En el Archivo General de la Nación, en lo que corresponde al siglo XVIII, hay dos o tres secciones de gran importancia, una es Operaciones de Guerra, que es mejor para la época de la independencia por la abundancia de documentos. Otra es Indiferente de Guerra, una sección vasta e importante en cada área para estudiar el ejército, aquí se encuentran abundantes fuentes; en una palabra, el historiador puede estudiar casi cada campo de investigación en relación con el ejército.

En un principio iba a estudiar directamente la guerra de independencia, pero la experiencia en los archivos me forzó a cambiar de idea y decidí que estudiaría la época borbónica, porque los Borbones9 fueron los que tuvieron la idea de organizar un ejército más profesional en México, el cual consistía en regimientos de infantería, de dragones, caballería y artillería, que tenían también la función de entrenar a la población novohispana que se encargaría de defender el territorio en favor de los intereses de España. Ésa fue la situación hasta 1810.

Escribí varios artículos sobre la defensa de la Nueva España antes de obtener mi doctorado. Después del examen tuve la oportunidad de permanecer en Estados Unidos, sin embargo, siendo yo un nacionalista y al darme cuenta de la necesidad que existía en Canadá de expertos sobre América Latina, decidí regresarme y ayudar a mi país a fundar y desarrollar una Dirección de Estudios Latinoamericanos para la Integración de las Américas. En esos días recibí una oferta de Rodolfo Stavenhagen.10 Sorprendentemente, sin haber hecho una solicitud formal, recibí otra oferta para ir a Sevilla. Naturalmente acepté sin conocer exactamente a qué situación me enfrentaría y viajé a la ciudad española.

En 1969, después de un año en México, tuve que negociar una extensión de mis estudios doctorales que no había terminado completamente, pues mi tesis doctoral la había comenzado en septiembre de 1969. Un par de años más tarde, como profesor en Canadá, tuve la posibilidad de enseñar en cursos sobre México y América Latina, así como acerca de los militares realistas, la defensa y las guerras en América Latina. Experiencia que me fortaleció mucho como investigador y ser humano. Confrontar y discutir ideas sobre los temas que nos interesan con colegas y alumnos, siempre es muy enriquecedor; por eso, en la medida de lo posible, hay que buscar generar estos tiempos de encuentro en nuestros centros de estudio e investigación.

¿Cómo estaba organizado y cuál era la capacidad
bélica del ejército realista de la Nueva España
borbónica antes del inicio de la guerra de independencia?

Antes de 1810 el ejército realista era un ejército de defensa, no de ofensa, es decir, no estaba preparado para atacar a nadie que se lo exigiera en términos de un combate directo usando todas las unidades y armas disponibles. El ejército de la Nueva España de origen fue creado y conformado para defender el territorio novohispano contra las potenciales invasiones de los ingleses o franceses a las costas del Golfo de México, y particularmente a la ciudad y puerto de Veracruz. Otro puerto amenazado fue Tampico, y no obstante que las rutas de acceso al interior del territorio eran verdaderamente difíciles en el siglo XVIII, y difícil quiere decir imposible en aquellos años, esa fue la razón por la cual los españoles desarrollaron una estructura para el ejército enfocado en la creación de regimientos de infantería, de dragones y caballería con la asistencia de compañías de artillería, más en la lógica de la defensa que del ataque.11

Esta estructura se remonta al periodo de la Revolución francesa y al ejército que dimanó de ella y que en la década de los noventas del siglo XVIII llegó a ser muy importante en Europa. Su influencia en el ejército español fue decisiva, y no se diga ya en el periodo napoleónico. Es así que en la Nueva España tenemos cuatro regimientos de infantería:12 el de la Corona, Puebla, México y la Nueva España, así como un batallón de infantería13 en el Fuerte de San Juan de Ulúa para resguardar y defender el Puerto de Veracruz contra las posibles fuerzas invasoras británicas. El problema fue que España debió enviar regimientos para la defensa de otras posiciones como Cuba y Luisiana. Dos regimientos profesionales fueron enviados a pelear contra los franceses en la isla de Santo Domingo. Otro más para proteger las guarniciones en el puerto de La Habana que estaba en constante asedio y riesgo de perderse por una invasión británica; por esta razón, la fuerza regular14 y profesional de la Nueva España tuvo que atender la demanda de guarniciones15 en otras áreas, situación que paulatinamente rebasó su capacidad de operación.16

Nuestro interés comienza con el análisis de la integración de la estructura temprana del ejército en el centro de la Nueva España después de la segunda mitad del XVIII. Esta época de conformación es clave para entender lo que va a ser el ejército realista durante la guerra de independencia en 1810. Es en esta etapa que se crean los regimientos provinciales17 mejor organizados. Después de muchos debates en el gabinete real de Madrid sobre el peligro de dar armas a los mexicanos,18 situación que se vuelve particularmente difícil después de 1789.

España no tuvo alternativa y finalmente se decidió armar a los mexicanos, a los novohispanos, para la defensa del reino y sus provincias internas,19 aunque con recelo y desconfianza de las autoridades reales, por las condiciones imperantes en América.

En 1784 el Plan Crespo20 estableció definitivamente la organización del ejército como una institución profesional. Su tarea fundamental consistió en proteger la Ciudad de México, capital del virreinato, y coordinar operaciones de defensa y policía21 en las guarniciones de Jalapa, Orizaba, Córdoba, los puertos de Veracruz, Acapulco, San Blas y las provincias internas, en especial en las ciudades capitales de las intendencias22 con una producción minera importante como Guanajuato y Zacatecas. Sin embargo, cuando el ejército novohispano mejoraba su organización y funcionamiento, tuvo que enfrentar el severo problema de las epidemias de vómito negro.23

Éstas causaron graves estragos en las guarniciones del Puerto de Veracruz, lugar en el que miles de soldados murieron sin remedio alguno. Otras enfermedades tropicales también diezmaron a las tropas de soldados que no lograron adaptarse a las condiciones extremas del clima costero.

Esta situación obligó a modificar planes para la movilización y el acantonamiento de tropas en estas áreas con clima extremo.

Cerca de la finalización del XVIII, Inglaterra24 amenazó con invadir la costa del Golfo25 novohispano y el Puerto de Veracruz26 temió lo peor. Las guarniciones de Jalapa, Córdoba y Puebla estaban preparadas fundamentalmente para proteger las rutas comerciales hacia la capital del reino. Ésta había sido una idea excelente del Plan Crespo, aunque para algunos de los virreyes esta disposición no era totalmente de su agrado. El virrey Miguel José de Azanza27 decidió enviar más tropas al Puerto de Veracruz ante las constantes amenazas invasoras, lo que costó un gran número de soldados muertos por vómito negro. Fue una situación terrible antes de 1808 para el ejército realista. Hacia 1810 tenemos a un ejército real aprendiendo, practicando y siendo instruido por sargentos28 y oficiales29 llegados de España, lo que elevó la calidad de sus tropas,30 pero no logró subsanar otras carencias. Con todo, el ejército real de la Nueva España fue considerado el mejor de América, reconocimiento que se vio justificado por la misma importancia que el reino novohispano había adquirido por la riqueza de sus minas de metales preciosos y la abundancia de sus recursos naturales, materias primas y población.31

El ejército realista de la primera década del XIX no era espectacular pero sí una fuerza colonial32 relativamente eficiente que podía defender la costa atlántica y las rutas comerciales33 al centro del territorio novohispano. Aun así la carencia de tropas y el equipo de combate34 pesarían al estallar la guerra de independencia un par de años más tarde.

En 1808, cuando las noticias sobre la situación imperante en la metrópoli llegaron a la Nueva España, la gente y las autoridades reales vieron con gran horror no sólo la ausencia del poder real,35 sino lo que esta situación extraordinaria causaría en el reino. La atmósfera de cambio se expandió rápidamente en toda la Nueva España.36 El derrocamiento del virrey Iturrigaray37 el 16 de septiembre de ese año fue un movimiento que pretendió anticiparse a la situación, fue una estupidez, porque conozco, después de leer todos los documentos al respecto, que Iturrigaray siempre fue un leal español sin intenciones rebeldes o algo similar. Este acto detonó una serie de reacciones en el país nunca antes vistas y como una piedra arrojada a una laguna que genera ondas circulares radiando y radiando de manera continua su energía hasta llegar a lugares insospechados para trastornarlo todo, así terminó el reino siendo sacudido hasta sus propios cimientos. Surgieron personas y grupos que no estaban conformes ya con el régimen38 y arriesgaron paulatinamente por el cambio.

En 1809 se dan movimientos conspiratorios39, resultado de discusiones secretas y otras abiertas a una sociedad que ya estaba en una situación muy tensa y donde los límites del orden impuesto por el régimen colonial serían definitivamente desafiados y destruidos por los grupos rebeldes40 liderados por el padre Miguel Hidalgo41 un año más tarde.

En 1810, cuando estalla el movimiento rebelde, el ejército realista entra en una parálisis suscitada por la sorprendente situación. Los oficiales y comandantes realmente no tenían experiencia para tratar y sofocar eficientemente problemas civiles,42 y menos aun para contener y sofocar militarmente una rebelión de grandes grupos armados como los que iniciaron la guerra en contra del régimen colonial; y si bien el virrey Venegas43 y el general Félix María Calleja44 eran militares experimentados, ambos tardaron en reaccionar y en decidirse a tomar la contraofensiva en sus manos para iniciar las operaciones contrainsurgentes, por falta de información veraz. Calleja fue el jefe militar que articuló estas operaciones contrainsurgentes paulatinamente, en el transcurso de los siguientes tres años de la guerra.

El ejército real estaba diseñado fundamentalmente para la defensa en caso de que Inglaterra o Francia45 decidieran atacar o invadir el territorio novohispano, pero no para lidiar con problemas de rebelión civil armada y generada en el corazón mismo del virreinato. Por eso los meses pasaron y la reacción del ejército realista a pesar de la gravedad de los acontecimientos no fue suficientemente contundente para detener la onda expansiva rebelde. Mientras, las guarniciones de Córdoba, Orizaba y Jalapa estuvieron muy bien organizadas, pero aisladas de las operaciones de combate directo con las tropas insurgentes. Llegan galeones46 a Veracruz con información preocupante de la metrópoli: la Península Ibérica está inmersa en conflictos internos e internacionales con Francia e Inglaterra. Los graves incidentes que se suscitan en el virreinato finalmente cambiaron la atmósfera a un estado diferente. El cambio ya era impostergable.

¿Cuál fue la reacción del ejército realista
al estallar el movimiento insurgente de 1810,
liderado por el cura Miguel Hidalgo?

En cuanto a los orígenes de la rebelión del padre Miguel Hidalgo, bueno, es una cosa imposible de pensar que un hombre brillante y sin antecedentes rebeldes propiamente dichos, y sin conexiones importantes con los obispos y arzobispos, haya podido organizar o estimular una revolución. Nadie podría haber esperado esto, nadie lo pudo prever, y aunque hubo avisos desde 1808, el régimen estaba muy confiado de su posición de poder y por eso el ejército estaba en su "gloria" esperando en las guarniciones provinciales, en las costeras o en la Ciudad de México.

El ejército realista cometió un gran error al pensar que las primeras noticias de la rebelión del cura Hidalgo eran sólo un levantamiento de indios y plebe pueblerina.47 Minimizaron la situación creyendo que probablemente la milicia de la región podía sofocar el movimiento rebelde. Por diferentes razones, los historiadores no han terminado de entender que Hidalgo fue un agente de cambio de un tipo nunca antes visto en el contexto colonial.

El mensaje del cura Hidalgo tuvo el impacto de un fuego de petróleo, algo que se puede mover dramáticamente en cada dirección consumiendo cada cosa, cada villa, cada pueblo, cada ciudad; y el ejército, desafortunadamente para los intereses de España, no pudo contener la situación de manera contundente. Sin embargo, cuando el ejército realista entró en combate a muerte48 contra los insurgentes,49 ganó victorias en casi cada batalla que presentó: Aculco,50 Guanajuato,51 Calderón,52 si bien estas victorias fueron muy relativas, pues no fueron suficientemente contundentes para detener la rebelión de manera definitiva.

Por su parte, los insurgentes también reclamaron sus victorias y vieron crecer rápidamente sus tropas, improvisadas la mayoría, pero aguerridas y llenas de ingenio a la hora del combate.53 El problema en este momento para el ejército realista fue que no pudo guarecer cada ciudad, pueblo, villa, cada hacienda y rancho, cada puesto. Y por eso tenemos o nos encontramos con el desarrollo de una forma de guerra54 que no tenía antecedentes de haberse formado en el sentido en que se formó y detonó: la guerra de insurgencia,55 la guerra de guerrillas,56 rebeldes al régimen, que en poco tiempo se convirtió en una guerra clásica de insurgencia.57

¿Cuálfue la estrategia y la táctica
de los realistas durante la guerra?

La respuesta estratégica del lado realista se dio lentamente, estaban desconcertados. Se decidió por aplicar la utilización y el desarrollo de tácticas de contrainsurgencia.58 Esta situación del sorpresivo embate insurgente obligó al ejército realista a cambiar de táctica59 y estrategia.60

El virrey Francisco Javier Venegas no tenía experiencia en este tipo guerra, pero al fin era una cosa natural para un militar que provenía de la marina. Logró tener personas especialistas: militares, administradores reales y clérigos espías, tanto en las principales ciudades del virreinato, como en las provincias internas y fronteras del territorio novohispano. Gradualmente tenemos una militarización61 del país entre 1810 y 1812. Calleja es el general que empieza a darle cohesión y capacidad de ataque a las unidades del ejército, mediante un plan importante62 en lo táctico y estratégico que ayudó a estabilizar la situación a favor de los realistas a partir del verano de 1811. Los insurgentes tuvieron varias batallas en las que nunca pudieron ganar o tener una victoria definitiva, pues trataron de aplicar un combate más a la práctica tradicional o clásica de la guerra63 de aquellos años, que la guerra de tipo propiamente insurgente. Después de los primeros fracasos, los rebeldes decidieron que ya era hora de ensayar algo diferente y esa reflexión y necesidad los llevó a cambiar de estrategia y practicar una guerra de tipo insurgente, de tipo móvil.64

Tácticamente les permitió ganar varios combates en terrenos donde las unidades o los grupos móviles rebeldes tenían mayor ventaja por conocer el terreno agreste y disponer de posiciones para emboscadas efectivas aun con su precario armamento y disciplina militar.65 Este tipo de guerra no convencional66 se desarrolló tanto en España como en México en la misma época. España combatía "pueblo a pueblo"67 encarnizadamente en guerra de guerrillas contra la Grande Armée68 de los franceses y en la Nueva España el ejército realista se enfrentaba a las tropas insurgentes que encontraron en la guerra insurgente su táctica fundamental. Ambos reinos tuvieron, no puedo explicar las razones, pero de manera natural, y dada la situación, la necesidad de entrar al mundo de la contrainsurgencia.

Es interesante que después de las grandes batallas que libraron los realistas contra los insurgentes en el comienzo de la revolución de independencia, los dos lados desarrollaran planes similares para confrontar la situación bélica, es una cosa que es orgánica,69 no es un hombre escribiendo ideas solamente, es experiencia de construcción colectiva y no sólo un hombre brillante escribiendo un plan para la destrucción de las fuerzas realistas o de los rebeldes, aunque las individualidades también fueron determinantes. Sin embargo, en mi opinión, en el lado de los realistas, afortunadamente para su causa buena, tuvieron algunos comandantes líderes en el ejército, que lograron visualizar la posibilidad de descubrir métodos de contrainsurgencia, y, como está muy bien conocido, el mejor de ellos fue el general brigadier Félix María Calleja, quien logró en muy poco tiempo y sobre la dinámica misma de la guerra, darle orden y cohesión al ejército real y a las milicias provinciales mediante su mando y capacidad de líder militar. Calleja obtuvo una larga experiencia en el ejército de la Corona antes de llegar a la Nueva España en el año de 1789, como parte del grupo administrativo del virrey conde de Revillagigedo,70 quien demuestra pocas aptitudes para entender y administrar el ejército, pero logra otras acciones importantes.

De 1810 a 1812 los ejércitos realistas ya cuentan con ideas mejor elaboradas para operar y desarrollar las fuerzas contrainsurgentes. Se divide el país en diez comandancias de milicias71 con fuerzas regulares para ser utilizadas como punta de lanza en situaciones críticas y ayudar a las otras fuerzas provinciales con menos capacidad de combate. Se establece el plan para militarizar el territorio: las ciudades y los distritos rurales por un lado y, por el otro, buscaban también desarrollar una fuerza de operaciones o varias fuerzas de operaciones que tenían la capacidad de entrar en acción en situaciones donde las tropas locales ya no pod&iacu