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Literatura mexicana

versión On-line ISSN 2448-8216versión impresa ISSN 0188-2546

Lit. mex vol.34 no.2 Ciudad de México jul./dic. 2023  Epub 05-Abr-2024

https://doi.org/10.19130/iifl.litmex.2023.34.2/0175s271x7973 

Reseñas

Xochiquetzalli Cruz Martínez, Marcela Viañez Reyes y José Manuel Pedrosa. El tesoro de la cueva de Tlapanalá, o los héroes que tiemblan en el umbral del infierno. México: UNAM/ENES-Morelia/LANM, 2021.

José Eduardo Serrato Córdova* 

*Instituto de Investigaciones Filológicas, UNAM, México, eduardi_serrato@yahoo.com.mx

Cruz Martínez, Xochiquetzalli; Viañez Reyes, Marcela; Pedrosa, José Manuel. El tesoro de la cueva de Tlapanalá, o los héroes que tiemblan en el umbral del infierno. México: UNAM, ENES-Morelia, LANM, 2021.


José Manuel Pedrosa Bartolomé es un reconocido filólogo que ha dedicado su vida profesional al estudio del folclor en la literatura oral, tanto en España, su tierra natal, como en Latinoamérica. En este volumen Pedrosa encabeza un grupo de investigación integrado por Xochiquetzalli Cruz Martínez y Marcela Viañez quienes recopilaron narraciones de buscadores de tesoros escondidos en la sierra de Puebla. Pedrosa basa su estudio en las propuestas analíticas de George M. Foster (1913-2006), antropólogo estadounidense que por muchos años trabajó en comunidades campesinas de la región michoacana de Tzintzuntzan. Investigación que podemos leer en el volumen Tzintzuntzan. Los campesinos mexicanos en un mundo de cambio. Traducción de Pedro Martínez Peñalosa. México: FCE, 1972. Pedrosa centra la atención en lo que Foster escribió sobre las narraciones de tesoros, cuyos hallazgos y propuestas están contenidos en el artículo “Treasure Tales, and the Image of the Static Economy in a Mexican Peasant Community” (1964).

El filológo español ha participado también en trabajos sobre el tema de buscadores de tesoros con materiales recabados en Cerdeña. De hecho, hay un paralelismo muy grande entre las ideas del artículo escrito en colaboración con Simona Serra, titulado “Los relatos acerca de tesoros ocultos en las Leggende e tradizioni di Sardegna (1922) de Gino Bottiglioni”, publicado en el número de enero-junio de 2008 en Culturas Populares. Revista Electrónica 6. El libro que reseñamos sigue la misma ruta del mito que el ensayo sobre las leyendas y tradiciones de Cerdeña. Cito:

El imaginario moderno no ha dejado de desaprovechar un motivo con tan intensas posibilidades como este. El cine, por ejemplo, lo ha explotado y mucho. Recuérdese películas como la célebre Laberynth (1986) de Jim Henson protagonizada por David Bowie, con sus dos puertas, la que conduce a una muerte fatal y la que lleva a todos a los tesoros; o la memorable escena final de Indiana Jones and Last Crusade (1989) dominada por un falso Grial que provoca la muerte y por un Grial verdadero que da la salud; o Matrix (1999) de Larry y Andy Wachoski, a cuyo protagonista, Neo, le son ofrecidas la pastilla roja (la del riesgo) y la pastilla azul (la de la conformidad), cuya selección alterará radicalmente el curso de su vida (<http://www.culturaspopulares.org/textos6/articulos/serra.pdf>).

El coautor de El tesoro de la cueva de Tlapanalá lleva más lejos las comparaciones con otros relatos sobre tesoros perdidos y recobrados; por ejemplo, encontrará insólitos paralelismos con Beowulf y el dragón que custodia el tesoro, con los relatos de pastoras danesas, los cuentos de mineros de Potosí, Bolivia, e incluso con el arquetipo del embaucador de la saga novelística de William Faulkner integradas por El villorrio, La ciudad y La mansión. El estudioso del folclor hispanoamericano, citándose a sí mismo, enumera dentro de los parámetros de “los héroes penetradores” de cuevas las siguientes obras como Gilgamesh, El asno de oro, El Aleph y en relación a una onomástica se menciona a Eneas, Dante, don Quijote, Alí Babá, y “a los protagonistas de El señor de los anillos, La guerra de las galaxias, Indiana Jones, Harry Potter […]” (32-33).

Nos llama la atención que, en el desarrollo del estudio, y sobre todo en relación con las historias del tesoro de Tlapanalá, no se haya respetado uno de los parámetros metodológicos de Foster, que el mismo Pedrosa cita en la página 42 que a la letra dice:

[…] si se examinan los cuentos de tesoros a la luz de la visión económica del mundo de los campesinos, el interés continuado y concreto que sienten ellos se hace no sólo inteligible, se hace evidente también que tales cuentos son un requisito funcional para el mantenimiento de esta visión del mundo. Es decir, que los cuentos de tesoros (o sus equivalentes modernos) han de ser inventados y narrados, y vueltos continuamente a contar, para explicar los fenómenos económicos que no pueden explicarse de otra manera (42).

Ignoramos por qué el grupo de trabajo no ahondó mayormente sobre la historia del pueblo de Tlapanalá, y no realizó el trabajo de archivo que nos explicara algo de la actividad económica de la zona caliente de Puebla. El triángulo de las haciendas azucareras formado por Tilapa, Tlapanalá e Izúcar de Matamoros es de una extraordinaria riqueza histórica. No hace falta remitirse al Beowulf sino sumergirse a los archivos del Ayuntamiento de la localidad, que, por cierto, muchos de ellos ya están digitalizados. Hay varias peculiaridades que en nuestra opinión se debieron tener en cuenta. Número uno, que los informantes no pertenecían al lugar del que hablan, ni mucho menos estaban inmersos en la cultura agrícola del lugar. Número dos, los recopiladores no consideraron investigar sobre la condiciones materiales e históricas de la zona que se menciona en los relatos y, suponemos, son narraciones que los campesinos de la zona azucarera de la frontera entre los estados de Puebla y Morelos, conocen bien.

Tlapanalá pertenece a la región de las haciendas azucareras que se forjó después de la Conquista y es producto del mestizaje de la cultura otomí con la de los conquistadores. Esta zona multiétnica fue parte de la encomienda de los hermanos Alvarado, Jorge y el sanguinario Pedro. El historiador Jesús Joel Peña Espinosa nos informa que “[m]uchos indios de Tepapayeca, Tlapanalá, Cuexpala, Huaquechula y asentamientos cercanos fueron llevados por [Pedro de] Alvarado como soldados para conquistar Guatemala” (véase “Trayectoria parroquial de Tlapanalá”, en Tlapanalá: cauce histórico e identidad, p. 26). El lugar es un cruce no sólo de caminos sino de periodos históricos relevantes, por Tlapanalá transitó también el ejército de tlaxcaltecas que organizó Cortés, se transportó la caña de azúcar de los ingenios de Jorge de Alvarado, y del terrateniente Pedro Pinto del Águila quien despojó de sus tierras a los pobladores originales en el año de 1754 y durante la Revolución fue un reducto zapatista cuyos caminos comunicaban los trapiches de Zacatepec, con la hacienda de San José Tilapa; y a Tlapanalá con las de Chinameca, Cuernavaca y Amilpas. Quien conozca someramente la zona en cuestión se habrá dado cuenta de que el agua, las presas, estanques y ríos son el verdadero tesoro de la región. Irving Reynoso Jaime señala que las rutas de las haciendas fueron siguiendo el cauce de los ríos.

Durante los siglos XVI y XVII la zafra fue realizada tanto por esclavos africanos como por indígenas y para el siglo XVIII, cuando decayó el mercado del azúcar “la esclavitud fue la relación social de producción dominante, gracias a la cual los hacendados extraían y se apropiaban del excedente de lo producido. La población esclava de las haciendas también fue un factor que dinamizó poderosamente el proceso de mestizaje del conjunto de la población regional” (Jaime Reynoso, “La hacienda azucarera morelense: un balance historiográfico”, América Latina es la historia económica, núm. 27. México, ene-jun, 2007. Consultado en el sitio <https://www.scielo.org.mx/scielo.php?script=sci_arttext&pid=S140522532007000100002>).

Encontramos en el trabajo de archivo de la historiadora Celia Salazar Exaire un dato que puede ser significativo para el imaginario popular de los tesoros y fortunas enterrados en las cuevas y barrancas de Tlapanalá y el Valle de San Andrés Chalchicomula. Resulta que a causa de las disputas por el agua y desvíos de los cauces naturales de los deslaves del Popocatépetl y del Iztaccíhuatl por parte de los terratenientes, se afectó gravemente los caminos que quedaron inundados y se produjo, en temporada de lluvias, serios deslaves que provocaron que carruajes y recuas quedaran sepultadas en los caminos alternos a los campos de cultivo. Varios de esos carruajes transportaban las ganancias de las haciendas azucareras que controlaban terratenientes como Pedro Pinto del Águila (véase el artículo de Celia Salazar Exaire, “‘Y se nos ha desposeído de la mayor parte de nuestras tierras’, los naturales de Tlapanalá ante el abuso de Pedro Pinto del Águila, 1754”, en ibidem: 53-68). No sería extraño imaginar que la voz popular convirtió estos accidentes en el derrame de fortunas fabulosas sepultadas en el lodo de los tiempos.

En esta zona es muy conocida la narración de la Capilla del Diablo, que documentó el arqueólogo Raúl Martínez Vázquez y que está ligada a la vida del terrateniente azucarero Mateo Vicente Musitu y Zalvide-Goitia, quien alrededor de 1780 mandó erigir una capilla que los peones aseguran se la prometió al demonio a cambio de riquezas. Es una leyenda que nació en Izúcar de Matamoros, pero se extendió por toda la región. Incluso hoy día se puede visitar lo que sobrevive de la capilla.

La geografía de Tlapanalá está esculpida por el cauce del río Atila; es un terreno de abundantes barrancas. Andando el tiempo, este territorio se convirtió en un reducto zapatista y las haciendas fueron expropiadas y posteriormente convertidas en cooperativas azucareras. En el archivo de Izúcar de Matamoros existe un legajo que documenta la toma del Ayuntamiento y la expropiación de las haciendas azucareras por parte de Emiliano Zapata, en abril de 1911. Martínez Vázquez, en el resumen del legajo, señala que “los miembros del Ayuntamiento le piden al caudillo suriano no quedarse con el dinero de la tesorería puesto que había de pagarse a los maestros que venían de fuera, a lo cual Zapata accede” (Raúl Martínez Vázquez, “Del mito a la realidad de la historia: el archivo de Izúcar de Matamoros, Puebla”. Consultado en el sitio <https://docplayer.es/60604682-Del-mito-a-la-realidad-de-la-historia-el-archivo-municipal-de-izucar-de-matamoros-puebla.html>).

La figura de Zapata derivó en varias leyendas y narraciones populares sobre tesoros perdidos, que supuestamente el caudillo enterró en la zona de tierra caliente en la frontera entre Puebla y Morelos. Algunos lugareños anónimos señalan que en la localidad de Quilamula está enterrado el tesoro de Zapata, junto con los soldados que lo sepultaron. Otros aseguran que el tesoro quedó resguardado en el cerro del Jilguero, pero que un deslave lo cambió de sitio. En un sentido metafórico el oro, las joyas y las monedas de los relatos del tesoro escondido de Tlapanalá, Tilapa e Izúcar son otra manera de nombrar el agua, verdadera fuente de riqueza para los campesinos de la zona. Alfredo López Austin, en relación con los penates guardianes de cuevas y cañadas nos recuerda que:

Una característica principal de los abogados o patronos parece haber pasado inadvertida: su naturaleza acuática. El descenso al interior de la montaña y su contacto con los huesos de los muertos en el momento de la creación de los hombres, tal vez sean las causas de que participen de las características de los entes del mundo inferior, entre ellos su ser fluvial (López Austin citado en Francesco Taboada Tabone, “Emiliano Zapata en la tradición oral de Morelos y su vínculo con mitos de origen mesoamericano”, consultado en línea en <https://www.iifilologicas.unam.mx/estmesoam/uploads/Vol%C3%BAmenes/Volumen%2012/taboada-emiliano-zapata.pdf>).

En resumen, no obstante que las narraciones multiculturales en torno a la búsqueda del tesoro perdido, que como bien señala José Manuel Pedrosa, las encontramos desde Beowulf hasta William Faulkner, el lector echa de menos un enfoque y una perspectiva más historiográfica en lo que toca a las raíces históricas de Tlapanalá.

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