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Comunicación y sociedad

versión impresa ISSN 0188-252X

Comun. soc  no.13 Guadalajara ene./jun. 2010

 

Reseñas

 

Repensar lo público

 

Rossana Reguillo1

 

Miranda Guerrero, Roberto y Lucía Mantilla Gutiérrez (Coords.) (2008). Espacio público y sociabilidad. Guadalajara: Universidad de Guadalajara.

 

1 Instituto Tecnológico y de Estudios Superiores de Occidente. México. Correo electrónico: rossana@iteso.mx

 

Más allá del lugar común y de las retóricas oficialistas, encarar la pregunta por las transformaciones de lo público en México (y en el mundo), en el contexto de múltiples urgencias y acelerados cambios que nos habitan, no es una tarea sencilla, porque son muchos y muy complejos los territorios que en el país demandan análisis y reflexión de fondo y porque esta complejidad desborda los márgenes restringidos de las disciplinas académicas y los campos de saberes especializados.

El libro Espacio público y sociabilidad, coordinado por Lucía Mantilla y Roberto Miranda (quien lamentablemente no llegó a ver concluido este proyecto), instala un debate fundamental: el de las relaciones entre vínculo social y espacio público, mediadas por un debilitamiento de las instituciones de la modernidad, del avance de la inseguridad y de estructuras paralelas al poder del Estado, como el caso del narcotráfico, la aceleración de los movimientos migratorios, no sólo territoriales, sino además, y principalmente, culturales y, por supuesto, las transformaciones urbanas y socioculturales en la sociedad mexicana.

Si como Braudel decía, es fundamental escuchar el permanente diálogo entre la larga duración y el acontecimiento, con Williams deberíamos asumir que es central atender los movimientos que se producen entre el cambio y la continuidad, entre lo arcaico, lo moderno y lo residual. De cara a lo público y a la sociabilidad, es decir, el vínculo social en su forma comunicativa y organizativa, estas tareas son hoy no sólo fundamentales y centrales, sino además, vitales en términos políticos.

Los coordinadores de la obra nos advierten, en la página 19, que es necesaria la precaución cuando se asume que la contemporaneidad es un tiempo homogéneo y uniforme y que al tratarse de un libro enraizado en un contexto local, el de Guadalajara, el de Jalisco, el de México, es necesario atender las diferencias. Me parece que el libro logra resolver la tensión entre los destiempos de la modernidad y los anclajes locales y los procesos globales.

Esta obra consta de siete capítulos y una estupenda introducción a cargo de los coordinadores. Me honra colaborar en esta empresa colectiva con un capítulo, dado que respeto y valoro el trabajo de mis colegas y estoy cada vez más convencida de la necesidad de producir trabajos colectivos que intenten despejar las preguntas más acuciantes de nuestra contemporaneidad. Dice el filósofo italiano Giorgio Agamben (2008) que ser contemporáneo:

Es neutralizar las luces que provienen de la época, para descubrir sus tinieblas, su oscuridad especial...el contemporáneo es aquel que percibe la oscuridad de su tiempo como aquello que le corresponde y no deja de interpelarlo...

Y quizás es esta la idea central que anima las 254 páginas de este libro: despejar la opacidad de los procesos sociales en los que estamos inmersos. Así, el artículo de Mercedes Palencia y Víctor Gruel se introduce en el fascinante mundo de la lucha libre para probar, una vez más, lo que de residual y arcaico pervive en la modernidad de la sociedad mexicana. Sirviéndose de un complejo y sofisticado andamiaje teórico, los autores van al encuentro de una etnografía que restituye centralidad a los grandes mitos antropológicos que han dado sentido a la cultura popular mexicana: la ley vs la transgresión, el mal vs el bien, mitos donde corren parejas la tradición y la innovación; las pequeñas revanchas de los espectadores que se han convertido en protagonistas mediante los rituales festivos. Una micropolítica de lo cotidiano donde las diferencias de clases, las disputas por el capital simbólico, se enfrentan en una arena que, no obstante la dimensión lúdica, no logra atemperar los linajes de ciertas tradiciones. Si la lucha libre pudiera ser considerada un espacio/espectáculo transclasista, como parecen apuntar los autores, podría serlo si la categoría de heterogeneidad urbana anulara las brutales y asimétricas diferencias que, aun en los espectadores –igualados por el espectáculo–, trenza en lo cotidiano el tejido de esta ciudad donde las marcas y tatuajes de clase, no se diluyen aun con el ablandamiento de las fronteras. Sin duda este capítulo será tema de discusiones y debates tan necesarios como importantes.

Desde otro lugar, pero donde también la dimensión lúdica juega un papel central para la corporeidad social, Diana Sagástegui y Sonia Roditti se acercan al aún desconocido mundo de los juegos de azar. De este capítulo retengo una pregunta que podría vincularse con los otros que conforman el libro, y me refiero a si los rituales lúdicos, los espectáculos, los espacios que favorecen el encuentro en el tiempo de ocio serían, en el contexto de desdensificación de lo público, la alternativa privilegiada para aceitar y sostener el vínculo social, las relaciones e interacciones, en detrimento de aquellos espacios de índole más claramente política –como las marchas, las protestas, por citar dos de sus formas canónicas– que inscriben en lo público otros sentidos, es decir, que el espacio público existiría prioritariamente en su condición de despliegue lúdico. Sin duda, la ciudad de Guadalajara está cargada de inscripciones políticas y quizás ello ha ocultado otras manifestaciones o dificultado su estudio, por lo que me parece que el acercamiento a estas nuevas catedrales del consumo y la diversión constituye un aporte central para repensar los modos y mecanismos a través de los cuales no sólo el mercado instituye nuevos regímenes de lo público, sino que además las ciudades reinventan su geografía para mantener, pese a todo, los espacios de encuentro y socialidad.

La excelente descripción, densa, a lo Geertz, que las autoras realizan en estas casas de juego de azar, Yak's o Calientes, genera muchas y muy interesantes preguntas, como el hecho de que su público sea mayoritariamente femenino, de que en su interior se diluye la oposición entre día y noche, de que, contra todo prejuicio, hacen posibles formas de interacción comunicativa altamente pautadas y reguladas.

Al leer el estupendo trabajo "La relación entre mercado–ciudad–entretenimiento", no pude dejar de interrogarme por lo que supone en tanto producción de espacio como marca registrada. Es decir, pienso en la Barcelona olímpica y en la del Forum Universal; en el Monterrey que se reinventa a partir de las intervenciones urbanas que fueron necesarias para el Forum Universal de 2007, y no puedo dejar de pensar en lo que significará la intervención para los Panamericanos de 2011 en la propia Guadalajara. Estas nuevas formas de divertimento se articulan directamente con la producción de la ciudad como marca registrada y las zonas de contacto que se establecen entre estos nuevos enclaves de la cultura y una ciudad marginal, oculta, desigual. El texto de Sagástegui y Roditti nos invita a interrogarnos por las nuevas topografías de la cultura, distintos enclaves en los que se producen y gestionan nuestras concepciones de lo público y del vínculo social.

Y es justo en torno a esas topografías de la cultura que Humberto Orozco discute, en su capítulo, alrededor de la construcción de los sueños comunitarios del pueblo wixárika, llamado por los mestizos, el pueblo huichol. Desarmando las nociones de socialidad, comunicación, herencia decimonónica ilustrada, Orozco reconstruye los dispositivos, lógicas y sentidos con los que se inviste a las ideas mismas de comunidad y de socialidad, que desafían a los instaurados en la "normalidad" urbana del siglo XXI. Las contradicciones y los choques, la noción de lugar, la pertenencia desestabilizada, y al mismo tiempo reapropiada, por parte de niños y jóvenes indígenas que vienen a estudiar a la ciudad.

La indisociabilidad del espacio que se habita, lugar donde se vive, pero donde también "andan" animales, plantas, llueve y hay agua, marca una profunda distinción con la ciudad fragmentada, que clasifica y emplaza cuerpos y objetos en un orden que no admite refutación (aunque hay tácticas de resistencia y estrategias de subversión), que documenta a través de distintas voces el autor, permiten traer a la discusión nuevamente la advertencia de Miranda y Mantilla en torno a la necesidad de establecer las diferencias y el riesgo de la generalización. En primer término, porque la noción de espacio público deja de tener pertinencia en una cultura que opera sobre la base de una solución de continuidad entre lo privado y lo comunitario, y en segundo lugar porque la socialidad está presente y es intencionada en todas las formas de interacción de la comunidad. Pero si bien el kiekari (el lugar comunitario), obedece a otras políticas de lugar (de las descritas y analizadas por los otros autores de este libro), no es menos cierto que muchos de estos wixaritaris enfrentan una terrible contradicción cuando se desplazan a la ciudad para estudiar.

Hasta ahora, la posibilidad de organizar la memoria y los sueños, en función de un colectivo que es su motor y su fin, se ha mantenido. Pero resulta importante preguntarse sobre las implicaciones de los retornos de estos jóvenes educados a las escuelas citadinas y la individuación que de ello se deriva, que como sabemos es una de las plataformas centrales de la socialidad moderna. Aquí, en este texto, la pregunta es inversa, qué tanta individuación puede asimilar un colectivo sin transformar sus sueños, su memoria, sus olvidos.

La disputa que analizan Mantilla y Escobar, en su texto sobre el ya famoso parque Ruben Darío, en la blanquísima y moderna colonia Providencia al norte de la ciudad, no podía ser más relevante y fundamental. Es justamente en este artículo donde se despliega la complejidad de un espacio público cuyo proceso de semantización se articula con la multiplicidad, diferencias y desigualdades de los actores sociales que lo nombran, lo habitan, lo usan, lo disputan. Si hay un lugar emblemático en esta ciudad para dar cuenta del conflicto, de los fantasmas y los miedos de clase, de los temores y espectros de los excluidos es justamente este parque, muestra viva de las transformaciones del espacio urbano y de los ya largos procesos de migración indígena a la ciudad. Enclave de una cierta burguesía tapatía (recuérdese que hubo intentos de privatizar el parque en tiempos de César Coll, el inefable alcalde panista), el parque, como bien lo documentan los autores, se convirtió en motivo de acalorados debates, en tanto fue literalmente tomado por un numeroso grupo de indígenas nahuas para sus paseos dominicales, cosa que no podía ser de otra manera, ya que la gran mayoría de ellas y algunos de ellos trabajaban en el servicio doméstico de las casas de esta colonia. Así que el parque representa un lugar "natural" para escapar al esfuerzo de la semana y al tedio de lo cotidiano. Engalanados con sus mejores ropas, ellas y ellos, se adueñan del parque, transformando el paisaje urbano y, a la manera de Appadurai, inscribiendo un paisaje étnico, con el que la ciudad, esa ciudad, no está dispuesta a negociar ni a convivir.

El acierto del análisis de los autores es salir del lugar común y adentrarse en el universo de las representaciones de esas dos comunidades en disputa (en guerra, diría yo), y en un juego de espejos nos permiten adentrarnos en los intrincados mundos del rechazo cultural. Así la noción de política del lugar cobra, en la pluma de estos etnógrafos urbanos, una densidad que permite calibrar los tamaños del desencuentro y, dicho sea con respeto de los autores, el desnivel en esta interacción. Porque si bien se cuidan de no caer en la lectura fácil de los buenos contra los malos, no es posible obviar que toda diferencia es una diferencia situada y relacional, y, en ese sentido, las representaciones de los colonos y visitantes blancos del parque tienen un peso en lógicas de gestión, que no tienen las representaciones de los empleados, paseantes y quinceañeras nahuas, avergonzados de su propio idioma que, como nos narran, es preferible guardar en presencia de los otros.

El signo inequitativo de lo público se hace evidente en este pequeño pulmón urbano y quizás muestra, de manera incipiente, que el ocio es también una categoría política.

En uno totalmente distinto, Eugenia Valenzuela aborda en su capítulo a la comunidad apostólica de los salvados. Desde una perspectiva weberiana, la autora se ubica en el universo de las concepciones éticas y la explicación del mal pese a la existencia de Dios en el pentecostalismo apostólico. La autora concluye tajantemente que los apostólicos no realizan una contribución directa al cambio social, ni al fortalecimiento de la sociedad civil. Me pregunto, desde la ignorancia, si el mero hecho de que estos grupos existan, rompiendo el monopolio de la religión católica, no es ya una contribución suficiente al cambio social y detonante de otra sociedad civil que, no obstante sus estallidos emocionales o la búsqueda de éxtasis, como argumenta la autora, contribuyen a la diversidad y la necesaria interculturalidad de la que está urgida la sociedad mexicana. La racionalidad weberiana que sirve de marco analítico a la autora, como ella misma afirma en su conclusión, necesita ser complementada y discutida con otras perspectivas capaces de leer, aun en la teodicea de los apostólicos, un mínimo de agencia.

El signo público de lo religioso es un tema nodal en el contexto de las transformaciones socipolíticas y culturales contemporáneas.

Finalmente, cierra el libro el capítulo de Patricia Guevara sobre los complejos procesos de constitución de pareja, en el que se pregunta sobre la vida íntima sexual y emotiva. "Sex and the city": la autora nos adentra en un mundo de contradicciones donde la subjetividad se enfrenta a "la regla", como le dice uno de sus informantes.

La pregunta en torno a la sexualidad y a las formas del amor contemporáneo se inscribe claramente en la transformación de los regímenes de lo público y sus formas de socialidad.

En síntesis, en la potencia articuladora y eventualmente transformadora de la reinvención de lo público, clave hoy en una sociedad que no puede prescindir del lenguaje intermedial del símbolo hecho acción, se opera una llamada a nuevas formas de socialidad y sociabilidad que resultan "indecibles" desde el lenguaje oficioso de la política. Esa es su potencia, su especificidad, lo público hablando en el registro de lo no enunciable; más que a través de las prácticas que lo definen, lo enmarcan, lo potencian, prácticas que rompen las costuras, los límites, los bordes del texto "serio" de la política y de la planificación. Ello no significa que la expresión performativa de lo público constituya un lenguaje residual o una gramática "por defecto".

Hoy, me parece, la pregunta no es sólo quiénes administran y controlan interesadamente la configuración de lo público, sino, además, quiénes están gestionando significados alternos y cuáles propuestas sociales se dibujan en el paisaje ruidoso y confuso del presente.

El desafío pasa por abrir el rango de las preguntas para situarnos en una mejor posición, lugar, punto de vista, para entender la desazón, la incertidumbre, el miedo, la experiencia de indefensión que sacuden la escena pública contemporánea. De ahí la centralidad de la crítica cultural a la que este libro contribuye sin duda.