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Revista mexicana de sociología

versión On-line ISSN 2594-0651versión impresa ISSN 0188-2503

Rev. Mex. Sociol vol.82 no.2 México abr./jun. 2020  Epub 09-Sep-2020

https://doi.org/10.22201/iis.01882503p.2020.2.58148 

Artículos

Identidad narrativa y estudios sociológicos sobre militancia

Narrative identity and sociological studies on militancy

Carlos Andrés Ramírez* 

*Doctor en filosofía por la Universidad de Heidelberg. Departamento de Ciencia Política de la Universidad de los Andes. Temas de especialización: teoría social, teoría política, religión y política. Carrera 1 #18A-12, Oficina 3-20, Edificio Franco, Bogotá, Colombia.


RESUMEN:

De acuerdo con Bernard Pudal, pueden diferenciarse, en los estudios sociológicos sobre militancia, cuatro grandes “configuraciones”. La cuarta se diferencia de las anteriores porque realiza análisis secuenciales de la militancia y porque supera la dicotomía entre enfoques centrados en la estructura social y enfoques centrados en la micromovilización. Este artículo sugiere que el concepto de identidad narrativa de Paul Ricoeur plantea una ontología exploratoria del sí mismo concordante con esos dos grandes rasgos de la cuarta configuración y, en esa medida, está en capacidad de fundamentar una pluralidad de estudios empíricos de esta etapa.

Palabras clave: militantes; identidad; subjetividad

ABSTRACT:

According to Bernard Pudal, one can tell apart four “configurations” on sociological studies about militancy. The fourth differs from the previous ones because it performs sequential analysis from the militancy and it overcomes the dichotomy between approaches that focus on the social structure and those that focus on micromobilization. This article suggests that Ricoeur’s concept of narrative identity proposes an exploratory ontology of the self that is consistent with these two major features of the fourth configuration and, to that extent, the concept is able to make explicit and ground a series of empirical studies of this stage.

Keywords: activists; identity; subjectivity

En su estado del arte de los estudios sociológicos sobre militancia, Bernard Pudal (2011) distingue cuatro grandes “configuraciones” epistemológicas y políticas del campo. Una primera fase, que inicia hacia 1945, se centra en el estudio de los activistas obreros a modo de los agentes más conscientes de una historia cuyos protagonistas son miembros de entidades sociales objetivas y con una voluntad homogénea: las clases sociales. El problema de las motivaciones para movilizarse no es planteado. La segunda configuración, de la mano de una desacralización de la militancia, reacciona frente a esta postura y, ya sea en la clave del individualismo metodológico -como sucede con el “paradigma olsoniano”- o de una perspectiva sociogenética -como la de Edward Thompson (1991)-, busca justamente explicar esa dimensión motivacional. No hay una variación de los grupos estudiados, pero cambia aquí la escala (de lo macro a lo micro) y el plano ontológico (de lo objetivo a lo subjetivo entendido en distintas variantes). Esta fase, considerando preponderantemente los estudios franceses sobre el tema, va de 1975 a 1995.

La tercera configuración, en el marco de un clima político de debilitamiento de la izquierda, hereda en parte la preocupación del individualismo metodológico por los incentivos materiales e inmateriales de la militancia y trae consigo el interés, opuesto a la idea del compromiso altruista, permanente y total, por el “militante distanciado”. No obstante, su modelo predominante de análisis, la teoría de los movimientos sociales, se aleja de un utilitarismo reduccionista y se centra en las dinámicas de interacción. La cuestión ahora es analizar la militancia en el marco de los repertorios de acción y las estructuras de oportunidades políticas. Los nuevos sindicalismos y el altermundialismo entran, además, como objetos de estudio centrales.

La cuarta y última fase, cuya frontera con la tercera es temporalmente difusa, se ocupa de “militancias olvidadas” (de centro, religiosas, cívicas); supera, con sus análisis procesuales de la militancia, la antítesis entre el “militante distanciado” y el del compromiso total, y ya no parte de la perspectiva del individualismo sino, más bien, de la de la individuación (Pudal, 2011: 31).

Esta última fase, en el marco del problema de la individuación, apunta a superar las dicotomías ontológicas que caracterizan a las fases precedentes. En lugar de oponer un análisis de la militancia enfocado en la estructura, como en la primera fase, y uno, como sucede con los modelos ligados al individualismo metodológico, centrado en la agencia, se parte de la interdependencia entre disposiciones personales y cambios institucionales (Pudal, 2011: 31). Adicionalmente, la cuarta configuración, en oposición a la antítesis entre el militante distanciado y el del compromiso total, no supone una identidad invariable del agente. El estudio de la militancia en términos de “carreras” (Fillieule, 2015; Agrikolianski, 2017), conforme al cual ésta debe estudiarse longitudinalmente, no analiza los estados puntuales de un sí mismo, sino la articulación temporal de los mismos. De esta forma, tanto la cuestión de la individuación del agente, mediada por los niveles meso y macro de la vida social, como las variaciones diacrónicas de su identidad, se ponen en primer plano en la cuarta fase de los estudios sobre militancia.

El propósito de este texto, derivado de la cronología de Pudal pero distante de su interés, puramente descriptivo, en una historia de los enfoques teóricos -y los respectivos presupuestos políticos- de los estudios sociológicos sobre militancia, es fundamentar la cuarta configuración en términos de una ontología del sí mismo basada en Paul Ricoeur1 y en relación con las dos grandes transfiguraciones implicadas en ella. Esto supone una lectura, abierta al discurso sociológico, del concepto filosófico de “identidad narrativa” propuesto por Ricoeur, algo sobre lo cual ya hay antecedentes (Thévenot, 2012; Truc, 2011; Ezzy, 1998, Somers, 1992). Si el texto de Pudal permite inferir algunos rasgos comunes de los estudios recientes sobre militancia en el plano ontológico,2 este texto apunta, en el marco de la idea de “reflexividad sociológica” de Philippe Corcuff (2008), a explicitar y desarrollar, dentro de ese plano y con miras a fundamentar la investigación empírica, lo concerniente a las propiedades del sí mismo. Hacer el trabajo metateórico de explicitar unos presupuestos ontológicos no significa reemplazar la investigación empírica por filosofemas, pues apunta, más bien, a posibilitar una reflexión sobre los mismos, dada su inevitable presencia en enfoques y técnicas de investigación empírica. Con Margaret Archer podría decirse que “una ontología sin una metodología es sorda y muda; una ontología sin una metodología es ciega” (1995: 28).

El concepto de “identidad narrativa”, en ese sentido, señala ante todo qué es lo susceptible de explicación o descripción y, aun si esto ciertamente privilegia ciertos enfoques y técnicas, no se trata en todo caso de deducir directamente de esto cómo se investiga. Decisivo es aquí más bien cómo los cambios en la cuarta configuración se pueden aglutinar en torno a él y cómo, por tanto, el concepto de Ricoeur puede aclarar y definir un horizonte presentido pero no tematizado por estudios que se mueven al nivel de una teoría sustantiva. Si un criterio de racionalidad para preferir unas teorías a otras es su capacidad de solucionar problemas en un campo y, para ello, las “tradiciones investigativas”, a las cuales corresponden siempre presupuestos ontológicos, operan como marcos generales de orientación (Laudan, 1989), podría sostenerse que la adopción deliberada de la ontología hermenéutica de Ricoeur resulta provechosa para resolver, de una manera integral, los problemas abordados por la cuarta configuración y ofrecer, frente a configuraciones rivales, una fundamentación estable. Para mostrar, bajo este criterio pragmático, el valor que puede tener en ese contexto el concepto de “identidad narrativa”, se recurrirá, en primer lugar, a exponer sus rasgos esenciales a la luz de sus ecos sociológicos; el concepto de Ricoeur es un concepto fraguado en una discusión eminentemente filosófica, pero son múltiples sus consonancias con teorías sociológicas de diverso rango. Sobre esa base, más general en su campo de visión que el de una sociología de la militancia, se intentará mostrar, en el segundo apartado, qué tipo de soluciones, dentro del horizonte de problemas de la cuarta configuración, ayuda a plantear una fundamentación de la misma en términos de la ontología ricoeuriana del sí mismo.

Identidad narrativa y teoría social

La “identidad narrativa”, tal como la concibe Ricoeur (2006), es un concepto filosófico acuñado para explorar una ontología del sí mismo, frente a las críticas de Hume y Nietzsche al sujeto, sin recaer en el sustancialismo cartesiano. No se trata, por tanto, de disolver el sí mismo en una mera agregación de estados discretos, trátese de estados mentales o de acciones concebidas como eventos, ni tampoco de validar una inmediata certeza de sí que subyace, más allá de toda duda, a una pluralidad de representaciones. Lo primero, dirigido contra el sustancialismo cartesiano, termina cuestionando la existencia misma del sí mismo. Lo segundo implica una problemática primacía de la intuición sobre otras modalidades de pensamiento, supone un cierto prejuicio “mentalista” que margina la cuestión de la corporalidad y excluye los elementos sociales y culturales de la formación del sí mismo. Con el cogito y el “anti-cogito” como extremos, Ricoeur opta por un camino medio: el “cogito quebrado” (brisé).3

En contraposición a Descartes, Ricoeur no piensa el sí mismo a partir de la relación entre una substancia y sus accidentes, sino a partir de la producción de un relato que articula, de manera nunca plenamente armónica y constantemente abierta, una pluralidad de autodescripciones y heterodescripciones (Angehrn, 2008: 45) pertenecientes al orden de lo práctico y distendidas en el tiempo. Si por subjetividad se entiende, genéricamente, la relación consigo mismo de un existente humano singular en múltiples estratos (desde las formas más primarias de propiocepción hasta las formas más temáticas de autoconciencia), Ricoeur se interesa primordialmente, dentro de este marco, por la autocomprensión del individuo en tanto pertenece a la esfera de la acción (Ricoeur, 2006: XXII-XXXIII). En la línea de la crítica al primado de la actitud teórica en la fenomenología movilizada por la hermenéutica heideggeriana, Ricoeur concibe el sí mismo a partir de su inserción práctica en el mundo. La ontología hermenéutica de Ricoeur, para la cual el comprender es un modo de ser, supone que la pregunta ¿quién soy? no puede responderse por fuera del acto de articular narrativamente la multiplicidad constituida por las propias valoraciones, competencias sociales y acciones. De ese modo, no hay identidad narrativa sin la mediación del lenguaje.

El concepto de identidad narrativa, tal como es desarrollado en Sí mismo como Otro, presupone la dialéctica de lo involuntario y lo voluntario elaborada por Ricoeur en trabajos precedentes. El sí mismo, por un lado, no determina todo lo que le sucede, pues su vida no es más que un heterogéneo conglomerado de vivencias entre las que se cuenta la participación en eventos inesperados y las consecuencias inintencionadas de sus actos. Por otro lado, sin embargo, puede decidir quién quiere ser y, en esos términos, imputarse libremente a sí mismo la responsabilidad por cumplir un proyecto. El sí mismo también existe en tanto se fija un compromiso. La “identidad narrativa” es, en esos términos, una identidad de identidades y prolonga la concepción ricoeuriana del ser de lo humano como mediación entre extremos (Ricoeur 2006: 114-115). El primer polo, en la medida en que lo involuntario es asociado con los rasgos, constantes en el tiempo y susceptibles de ser reconocidos por un observador externo, de un individuo, constituye la “identidad-idem”. Tener una identidad significa aquí grosso modo ser el mismo en el transcurso de distintos estados temporales o en distintas manifestaciones. El concepto, antiguo en la obra de Ricoeur, de “carácter”, recoge esa dimensión de la identidad con el añadido de que considera los rasgos constantes del individuo en términos de disposiciones duraderas (2006: 115) adquiridas “en un medio institucional específico” (2006: 277), esto es, de competencias adquiridas, bajo la forma de la costumbre, en una esfera colectiva de acción. De una manera no del todo transparente, esto se relaciona con una ontología general, de raíces aristotélicas, cuyo eje es la distinción potencia-acto, conforme a la cual el poder-hacer es la clave para pensar el ser de lo humano (2006: 334-341). Como la potencia es la modalidad de ser de lo que no es actual pero da lugar a un cambio, el carácter es el conjunto de rasgos no necesariamente actualizados, pero constantes, que compendia las competencias de un individuo; competencias ligadas con el poder-hacer, previo al querer, que es la propia corporalidad (Ricoeur, 2006: 360).

En el carácter están incluidas también, sin embargo, las identificaciones adquiridas, incluyendo aquellas de naturaleza fuertemente evaluativa, en la medida en que éstas se han habitualizado. Al carácter, como sedimentación de las prácticas y las creencias de un individuo, le pertenece cierta “objetividad” (Ricoeur, 2006: 113-114): el individuo es aquí el portador de rasgos identificables por cualquier otro. Que él mismo también los considere suyos no le resta esa propiedad. No hay carácter, en esos términos, sin “autotipificación” (Berger y Luckmann, 1991: 44-48). En tanto que tal objetividad supone la adopción de ciertos roles, roles frente a otros que el sí mismo ha interiorizado, esta dimensión de la identidad puede ser traducida en el concepto sociológico del “Mí” de George H. Mead (Ezzy, 1998: 245).

Si el carácter es esa dimensión de la identidad del sí mismo compuesta primordialmente por prácticas sedimentadas y, en esa medida, duraderas, cuya activación y permanencia se independizan, en cierta medida, de su voluntad, aquél no coincide con la autoconciencia de un sujeto y, mucho menos, con sus proyectos y fines explícitos. Corcuff ha señalado, en este marco, cómo el carácter comprende los potenciales de acción interiorizados mediante una práctica repetida y ejecutados, de una manera no reflexiva o solo parcialmente reflexiva, en las situaciones adecuadas, que Bourdieu asocia al habitus (Corcuff, 2005: 116-117). No obstante, el carácter es recogido por la “identidad narrativa”. Que ésta sea un relato elaborado reflexivamente por el individuo no significa que dependa de sus intenciones como narrador, pues, como lo muestra paradigmáticamente el psicoanálisis, lo dicho no es uno con lo que se quiere decir; si el habitus se interpreta como sentido corporeizado (Bohnsack, 1999: 173-177), el relato integra el carácter en tanto porta consigo estratos involuntarios de sentido.4 Esto no excluye una dimensión reflexiva. Si, bajo el lema según el cual “lo singular es necesariamente plural”, Bernard Lahire (2005: 163) ha destacado cómo el sí mismo se ve enfrentado, en razón de su pertenencia a distintos “campos” (en el sentido de Bourdieu), a la tarea de hallar una mediación entre distintas disposiciones, más o menos inarmónicas, resulta así que la producción de una identidad narrativa no se puede aislar de la búsqueda, fallida o no,5 de mediación entre tipos de habitus que funcionan sincrónicamente y que, diacrónicamente, se anidan unos en otros (Decoteau, 2016: 314-317).

El otro polo de la identidad narrativa es la “identidad-ipse”. En esta lo esencial no es la mera constancia en el tiempo de lo mismo sino la temporalización de la igualdad consigo misma de una entidad junto a la distinción entre ella como tal y su manifestación (Angehrn, 2008: 40). La “ipseidad”, en términos de una ontología del sí mismo, comprende la dimensión de su identidad exclusivamente aprehensible -a diferencia del carácter- en perspectiva de primera persona y referida a la determinación primordialmente volitiva, pero también ligada a creencias (la “atestación”), de un proyecto de vida buena (la “promesa”) que sujeta al individuo a un cierto tipo de acción en el futuro y lo compromete ante un Otro. Sociológicamente puede interpretarse como una reserva interna frente a todos los roles sociales. Corcuff (2005: 17) la ve así como el proyecto de una vida auténtica que surge a contrapelo de los roles interiorizados por el sí mismo. En esa misma línea podría hablarse, con Archer, de la identidad-ipse como el “proyecto” que posibilita la disonancia irreductible del sí mismo respecto a su posición objetiva en la estructura social (Archer, 2017: 159-162). Como lo señala Magnus Schlette (2013: 395-399), si la identidad-idem coincide con la identidad social, perceptible para otros, en la idea de ipseidad resuena con variaciones el concepto heideggeriano de “autenticidad” (Eigentlichkeit) y, por tanto, la idea de una “resolución anticipadora” que se contrapone a la irresolución de quien no se ha elegido a sí mismo. La ipseidad empalma con la cuestión del “compromiso”, pues supone que el sí mismo es lo que es en tanto sostiene volitivamente, a lo largo del tiempo, la adhesión a un valor de manera tal que tiene un comportamiento consistente (Becker, 1960). No casualmente el concepto contribuyó a la constitución de una “sociología del compromiso” (Thévenot, 2012: 12). La atestación tiene así una dimensión “alética” pero de una dimensión de la verdad que no es la de la constatación de hechos sino, en un registro del orden de lo práctico, de la veracidad envuelta en la fidelidad a una promesa y, por tanto, de una cierta actitud hacia el futuro.

A diferencia de la involuntariedad del carácter, la ipseidad supone un proceso de autoconstitución. La identidad no es aquí la mera constancia en el tiempo de lo mismo, pues lo propio de la ipseidad es, justamente, la reflexividad implicada en el principio de identidad. No obstante, no se trata de un fenómeno puramente autorreferencial. Para describir su estructura quizás podría hablarse aquí de una automediación mediada, pues la relación que el sí mismo establece consigo mismo, en el acto de resolverse a seguir un curso de vida, supone la adopción de responsabilidad ante otro (Ricoeur, 2006: 376-377). Ricoeur inscribe la dimensión performativa de la ipseidad en un plano intersubjetivo mediante el concepto, elaborado con base en la teoría de los actos de habla, de la “promesa”. Ésta es un acto propio del sí mismo mediante el cual este se da una obligación en el mismo momento de pronunciarla (Ricoeur, 1995: 28), pero ese acto supone un destinatario ante el cual se es responsable por lo prometido. La promesa lo obliga internamente a seguir queriendo, de manera veraz, lo que una vez quiso, pero de tal manera que un otro pueda contar con esa voluntad. Sin la mediación del otro no hay, por tanto, autoconstitución. La “promesa” resulta conciliable con posturas en el campo de la ontología social que desplazan la idea monológica de compromiso por la idea de compromiso conjunto (joint commitment). Para una autora como Margaret Gilbert (2014), por ejemplo, un “sujeto plural” (desde un matrimonio hasta un partido político) supone una responsabilidad ante otro(s), pues los compromisos individuales de cada uno no son nada aislado de los demás sino que sólo existen en el marco de compromisos conjuntos que suponen rendir cuentas ante los demás miembros de un “nosotros”. Un “sujeto plural” existe en cuanto dos o más individuos se comprometen a querer o creer algo tal como si fueran una unidad o un único cuerpo y, por eso, no es nada aparte de la “intencionalidad colectiva”. Las instituciones existen como compromisos compartidos. La ipseidad de Ricoeur describe el lado interno de tal clase de compromiso.

La ipseidad no sólo es sociológicamente significativa porque supone interacciones con otros en tanto destinatarios de la propia “promesa” sino porque, bajo el modelo de la “reflexión concreta” (Ricoeur, 2003: 240), va ligada a la apropiación de ciertos textos y símbolos, como lo son, por ejemplo, los de las tradiciones religiosas o ideológicas. Bajo el supuesto de que el lenguaje es el “médium, gracias al cual un existente humano procura situarse, proyectarse, comprenderse” (2003: 239), Ricoeur sostiene que “la existencia no deviene un sí mismo -humano y adulto- más que apropiándose de ese sentido que primeramente reside afuera, en obras, en instituciones, monumentos del espíritu, donde la vida del espíritu se ha objetivado” (2003: 27). Comprender el sentido objetivado en el lenguaje y heredado a través de la tradición no es un trabajo al margen de la construcción de la propia identidad (Wall, 2005: 39-44), pues “comprender es inseparable de comprenderse” (Ricoeur, 2003: 157). La “reflexión concreta” es, por eso, “cogito mediatizado por todo el universo de los signos” (2003: 240). Su estructura es precisada mediante la dialéctica entre “apropiación” y “desapropiación”. Ricoeur critica para ello la pretensión fenomenológica de pensar el sujeto como principio constituyente en nombre de una postura hermenéutica para la cual la “pertenencia” al mundo y, en esa medida, al sentido heredado históricamente que es la “tradición”, precede toda relación consigo mismo. Esta idea, que lo aproxima a Hans-Georg Gadamer, no va ligada para él, sin embargo, a un abandono del concepto de intencionalidad pues, si su núcleo consiste en que la conciencia está siempre remitida a algo fuera de sí (Wall, 2005: 40), el sentido -materializado en signos, símbolos y textos- bien puede operar como contenido de los actos intencionales. La “apropiación” consiste, justamente, en el proceso de hacer propio, mediante un acto de interpretación que es, a la vez, un acto de autocomprensión, el sentido transmitido, sobre todo en la forma escrita del “texto”. Ese acto, sin embargo, es también una “desapropiación”, pues, si el “lenguaje es en sí el proceso por el cual la experiencia privada se hace pública” (Ricoeur, 1995: 33), comprenderse a partir de la trascendencia del texto requiere, para el intérprete, salir de sí, hacerse partícipe del sentido objetivado. La autocomprensión presupone la conciencia de algo que está más allá de la conciencia (Ricoeur, 1991b: 39), es decir, la intencionalidad.

La certeza moral propia de la ipseidad es así indisociable de la recepción de textos y de las pretensiones de verdad de los mismos heredadas mediante la tradición (Ricoeur, 2009: 970). Si, como sostiene Corcuff, la ipseidad supone cierta resistencia a la identidad social, identificable en perspectiva de tercera persona, esto no supone marginarse del sentido heredado y objetivado. Tanto el “Mí”, constituido estructuralmente (Archer y Donati, 2015), como también la ipseidad, a modo de compromiso con un contenido ético presente en la tradición, precisan de una dimensión social. El “sentido de justicia” ligado al compromiso, tan fundamental por lo demás en la reproducción y crítica de las instituciones (Ricoeur, 2006: 206-212), se articula, por ejemplo, en argumentos y relatos compartidos. De ahí el interés correspondido de Ricoeur por la “sociología de la crítica” de Luc Boltanski y Laurent Thévenot, para la cual las querellas recurren a una pluralidad de modelos de justicia a modo de “justificaciones” (Thévenot, 2012: 14; Boltanski y Thévenot, 1999). Boltanski señala así, apelando expresamente a Ricoeur, cómo la “configuración de la trama”, a modo de un proceso indefectiblemente lingüístico, sirve de esquema para pensar la forma como los actores sociales construyen sus reivindicaciones normativas (Boltanski, 1990: 56). Recurrir a un léxico normativo no supone marginar la ipseidad sino, por el contrario, en el marco de la destitución del carácter fundacional del sujeto, determinar sus condiciones de posibilidad. La atestación no se define por la clase de contenido cognitivo implicado en ella, sino por la actitud intransferible ligada a él: la certeza de poder imputarse a sí mismo la fidelidad a lo testificado (Angehrn, 2008: 44). La atestación hace referencia a cómo se experimenta la certeza y no a qué es considerado digno de ella. Qué es considerado objeto de esa certeza no depende así de nada exclusivamente personal y remite, bajo la forma de la “reflexión concreta”, al sentido objetivado en las instituciones y el lenguaje.

La “identidad narrativa” es la mediación, dependiente también del lenguaje, de la identidad-idem y la identidad-ipse. La identidad narrativa, como identidad de identidades, es, en última instancia, un producto de la imaginación mediante el cual se produce una totalización provisional y siempre sujeta a revisión de dos polos de la propia experiencia: el carácter y la atestación, la memoria y la promesa, la permanencia de los hábitos y el proyecto propio del mantenimiento de sí, la autoatribución de predicados institucionalizados y la autoimputación de una actividad cargada normativamente. Ricoeur supone una brecha entre esos dos modelos identitarios y la función de la identidad narrativa es una tentativa de articularlos. La cuestión entonces es lograr una mediación entre esos dos planos sin eliminar su dualidad y eso sólo lo logra una construcción lingüística: la narración de la propia vida. La identidad narrativa es así una redescripción, constantemente reactualizable y, por tanto, siempre inacabada, de lo que uno ha llegado (involuntariamente) a ser a la luz del compromiso, normativamente cargado, con Otro(s). Como un tipo de relación consigo mismo de un individuo, indisociable del uso del lenguaje, ella es una síntesis de un material experiencial cuyo receptor es su mismo productor. La identidad del sí mismo, desde este punto de vista, superior a los otros dos polos de la identidad, no se puede pensar, por tanto, al margen de un proceso abierto de autocomprensión.

Como los tres niveles de la “mimesis” señalados por Ricoeur (2004: 113-148) están implicados en la identidad narrativa -pues aquella es una imitación del compendio de acciones que es la “vida”-, ésta supone, en primer lugar, una precomprensión de la propia vida (mimesis I) en términos de una “semántica de la acción” (motivos, fines, medios, agentes, circunstancias, interacción) ligada, en todo caso, debido a que la acción se realiza en un cierto entramado simbólico, al lenguaje. Quien resignifica su vida ya habita en un horizonte dado de significados y lo hace comprendiéndose como agente. La identidad narrativa supone, en segundo lugar, el establecimiento de una “trama”: la articulación de un conjunto de acontecimientos como una serie junto con su ordenamiento causal. La configuración de la trama (mimesis II) supone la dimensión episódica de la narración, el establecimiento de una secuencia de episodios significativos, pero reconstruir su conexión no cronológica es el momento propiamente configurante. Allí quedan comprendidos los hábitos, identificaciones y prácticas en las que se había visto envuelto, involuntariamente, el sí mismo. Narrar la propia vida sucede sobre la base de un material que la propia narración no produce pero, en la acción de interpretar a posteriori ese material, se juega la dimensión más compleja de la propia identidad (Ezzy, 1998: 244). El tercer momento es el consumo del propio relato (mimesis III) bajo el modelo de la recepción de un texto en el acto de lectura. Aquí el productor de sentido se convierte en receptor de su propia historia. La circularidad de la mimesis supone que el individuo es coproducido por la que fue su propia producción, esto es, el productor, mediante el proceso de consumir su propia historia, se hace producto. El concepto de identidad narrativa, desde este último punto de vista, resulta compatible con el enfoque biográfico (Güelman, 2013) y, en términos de la distinción de Daniel Bertaux (1989) entre life story y life history, puede ser tomada como material para una hermenéutica de segundo orden. Francis Godard y Frédéric Coninck (1998: 262) la ubican, en esos términos, en el “modelo arqueológico” del enfoque biográfico. No obstante, como se reiterará más adelante, eso no supone, en todo caso, una perspectiva endógena, pues la construcción de una life history puede contener perfectamente elementos estructurales. Como mínimo lo exige, para no mencionar otros elementos, la idea de “reflexión concreta”. Ricoeur (1991a: 24), en ese sentido, liga la construcción de la propia identidad narrativa a la pertenencia, siempre mediada, situada y puesta en el horizonte de una pluralidad de perspectivas, a una tradición.

Las mediaciones posibilitadas por la identidad narrativa

El concepto de identidad narrativa de Ricoeur resulta útil para fundamentar los estudios sobre militancia de la “cuarta configuración” diferenciada por Pudal en tanto, por un lado, permite mediar entre los niveles macro, meso y micro y, por otro lado, permite pensar de manera articulada la pluralidad diacrónica y sincrónica de la identidad del militante. La utilidad del concepto no radica en que haga posible una novedad teórica radical, pues, de hecho, los trabajos de la cuarta configuración ya hacen uso de sus posibles efectos. Su valor radica más bien en la articulación y la consistencia que puede conferir a distintos estudios empíricos, hasta ahora basados en distintas clases de exploraciones teóricas y metodológicas. Estudios como los de Frédéric Sawicki, Johanna Siméant, Bernard Pudal, Franck Poupeau, Olivier Fillieule, Éric Agrikoliansky, Amélie Blom, Daniel Gaxie o, a nivel latinoamericano, como los de Mario Luna, Andrea Bonvillani, Fernando Aiziczon, Melina Vázquez, Domingo Rivarola y Alejandro Cozachcow, se enmarcan, de facto, en la cuarta configuración. Otras investigaciones sobre militancia política, como las de Florence Passy y Marco Giugni, Diego Gambetta y Steffen Hertog o las de Molly Andrews, tienen rasgos de la misma, así no correspondan, cronológica y, en parte, metodológicamente, a esta fase. El propósito, entonces, no es descubrir algo radicalmente novedoso sino fundamentar, sobre la base de una ontología del sí-mismo, una práctica investigativa ya en curso.

Aclarado esto, pueden diferenciarse, en primer lugar, los tipos de mediación entre los tres niveles mencionados. No obstante, hacerlo supone precisar, primero, qué se entiende por ellos, pues, como lo muestran algunos trabajos dirigidos a hacer una panorámica de esta distinción (Layder, 2006; Sibeon, 2004), existen grandes divergencias al respecto. Sawicki y Siméant, en su panorámica sobre la “sociología del compromiso” y partiendo de un diagnóstico semejante al de Pudal sobre el campo, entienden por “micro” el nivel de los individuos en su interacción cara a cara, por “meso” el nivel de los grupos y organizaciones más o menos institucionalizados y por “macro” las grandes transformaciones socioeconómicas, políticas y culturales (2010: 94). Este es un buen punto de partida pero, considerando algunas sugerencias de Roger Sibeon (2004: 110), conforme a las cuales esas distinciones de niveles ontológicos incluyen una dimensión horizontal y una vertical, pueden precisarse esas distinciones de la siguiente forma. Si la distinción macro-micro se elabora a partir de una dimensión temporal (horizontal), en la cual se pueden distinguir fenómenos de corta, mediana y larga duración, y una dimensión experiencial decrecientemente personal (vertical), en la cual aparecen las interacciones situadas cara a cara, las instituciones como reglas constitutivas de interacción y los estilos colectivos de pensamiento,6 puede decirse que lo micro corresponde a las interacciones situadas de corta duración, lo meso a las reglas de interacción de mediana duración y lo macro a la difusión de larga duración de diversos patrones de pensamiento y acción. Sobre la base de esta redefinición de los tres conceptos, cuyo sentido y alcance no pasa de permitir precisar aquí -en vista de la austeridad en la definición de esos términos o la ausencia de la misma- una de las peculiaridades de la “cuarta configuración”, pueden entonces identificarse varias mediaciones que posibilita el concepto de identidad narrativa. Si se distinguen tres tipos de relaciones, esto es, micro-meso, meso-macro y micro-macro, el concepto sirve de mediador en los siguientes sentidos.

A nivel micro-meso

1. El compromiso, como lo señala Andrews en su estudio sobre militantes ingleses, supone, para el individuo, trazar un puente entre su presente y su futuro (1991: 46) y el establecimiento de una preferencia dominante, frente a otras, en un proyecto de vida. Los compromisos, propios de la ipseidad, ante un otro concreto, van ligados a formas, más o menos amplias, de intencionalidad colectiva. Comprometerse no es un acto solipsista, pues supone una relación intersubjetiva. Aquí la identificación con “otros significativos” como momento de los procesos de reclutamiento, abordada por el estudio de Andrews (1991: 121-131), las redes personales de solidaridad y confraternidad dentro de las organizaciones políticas, tematizadas por Agrikoliansky (2017), junto con el surgimiento de padrinazgos y, en particular, la relación de los militantes con líderes carismáticos, resultan especialmente significativas. Alejandro Cozachcow, Dolores Rocca y Melina Vázquez (2018: 534) destacan también la importancia de las amistades para el proceso de reclutamiento de jóvenes militantes argentinos. La identidad narrativa del militante registra esto, por un lado, en tanto aquel incluya, en su relato de vida, cuáles son esos “otros significativos”. Por otro lado, en tanto que el sí mismo, en ese relato, se reconoce como partícipe en un destino colectivo dentro de un conjunto de roles organizacionales, sin los cuales las obligaciones comunes implicadas en la intencionalidad colectiva sencillamente no podrían subsistir, sucede un proceso de autotipificación. El militante podrá así reconocerse como “simpatizante”, “activista”, “líder”, etcétera. Eso será parte de su identidad (Andrews, 1991: 155-158).

2. El compromiso, señalan Sawicki y Siméant (2010: 99-103), articula las experiencias personales a lógicas organizacionales y marcos normativos asociados a estas. Si un motivo, como lo señala Oliver Fillieule, no es nada puramente interior, pues supone la disponibilidad de un vocabulario mediante el cual los individuos puedan interpretar su propia conducta (2015: 202-203), las creencias implicadas en la ipseidad no son un acto ex nihilo de creación de sentido, sino la apropiación del sentido objetivado en las instituciones. La construcción de la identidad narrativa del militante pasa así por la incorporación de léxicos normativos conforme al modelo de la “reflexión concreta”.

3. La participación repetida en una forma de intencionalidad colectiva puede dar lugar a nuevas disposiciones. Si el carácter es la sedimentación de una orientación normativa, una vez los compromisos con otros ligados a esta se vuelvan habituales -y esto sólo es cosa de tiempo-, terminan convertidos en una “segunda naturaleza”. En ese punto lo que pertenecía esencialmente a la identidad-ipse, el compromiso, termina absorbido por la identidad ídem. En ese sentido habla Aiziczon (2018: 153) del proceso de “construcción de una disposición”. A la “socialización política secundaria” pertenece, por ejemplo, el desarrollo de “competencias técnicas” (contar con la información y los conceptos para hablar sobre fenómenos políticos) y “estatutarias” (sentirse con el derecho a hablar sobre ellos) (Grandinetti, 2013: 7-9). En la medida en que el relato del militante recupere las capacidades adquiridas implicadas en la realización regular de acciones políticas, este momento queda incorporado en su identidad narrativa.

A nivel micro-macro

1. Las transformaciones sociales y económicas de largo aliento -por ejemplo, los procesos de secularización o la emergencia de un nuevo modo de producción- instituyen estilos de pensamiento y acción cuya naturaleza es de carácter macro. En ese sentido, bajo la forma de uno de los tipos del “modelo estructural” del análisis biográfico (Godard y Coninck, 1998: 274-284), la forma de pensamiento y acción de cada militante, condensada en su carácter, puede ser pensada como parte de un “efecto generacional”. Ricoeur (2009: 791), refiriéndose a Karl Mannheim, habla así de la “participación prerreflexiva en un destino común”. Aiziczon (2018: 143) recurre, en ese sentido, al concepto de “sentimientos epocales” de Raymond Williams. Los análisis de militancia que tienen en cuenta la pertenencia a una generación y el análisis según “cohortes” (Fillieule, 2015: 207-211) suponen esa mediación de lo micro y lo macro. En la construcción de una identidad narrativa esto no supone necesariamente, de parte del militante, que se reconozca como parte de un tal “nosotros”. Basta con que reproduzca disposicionalmente ciertos estilos de pensamiento y acción. En ese sentido, no sólo grandes procesos de cambio, sino también la permanencia de patrones de acción juega un rol en su constitución. Juan Grandinetti (2013) destaca así, por ejemplo, la participación en experiencias de voluntariado en organizaciones católicas como trasfondo del activismo de los jóvenes militantes de Propuesta Republicana. Éric Agrikoliansky y Boris Gobille (2011: 149-150) destacan la importancia del cosmopolitismo en las biografías de los militantes altermundialistas. Esto no significa que esas huellas de lo macro en lo micro expliquen la existencia de militantes, pero sí que, incluso en situaciones de crisis revolucionaria, el habitus tiene un rol en su constitución (Fillieule y Bennani-Chraïbi, 2012: 17-18).

2. Los compromisos se constituyen igualmente, sin necesidad de que el sí mismo lo reconozca temáticamente, en relación con “tradiciones”. Estas tienen, conforme a la distinción meso-macro mencionada previamente, una duración de más largo plazo y son transversales a los léxicos normativos de instituciones particulares. Para ser eficaces requieren, sin embargo, de la mediación de las instituciones. Los recursos de sentido heredados, tal como lo señala, por ejemplo, Sidney Tarrow (1997: 116), se activan, con efectos diferenciados y en el marco de las estrategias de las organizaciones, en la coyuntura específica de la movilización. Las memorias de luchas pasadas, por ejemplo, se activan en el interior de procesos de cooptación, divisiones, represión selectiva (Fillieule y Bennani-Chraïbi, 2012: 25). Las grandes narrativas son interpretadas por organizaciones localizadas en una coyuntura, de modo que no operan directamente sobre el individuo. Los compromisos envueltos en la identidad narrativa se articulan así con narrativas colectivas de larga duración.

A nivel meso-macro

1. Las disposiciones recién adquiridas, dentro de una institución, pueden redefinir las disposiciones más antiguas. El carácter tiene múltiples estratos. Si la rutinización de la participación en una institución genera un tipo de disposiciones (Ricoeur, 2006: 277) y esas disposiciones se articulan, de manera más o menos armónica, con otras más duraderas, en el carácter se condensan los niveles meso y macro. Sawicki y Siméant (2010: 99-100) destacan así la importancia de ciertos tipos de habitus previos en los procesos de reclutamiento dentro de organizaciones políticas; Poupeau resalta cómo las disposiciones familiares y religiosas son “importadas” en las organizaciones políticas (2007: 43). Gambetta y Hertog (2009: 15-23) señalan la reconversión de los hábitos mentales de los ingenieros en el estilo de pensamiento de grupos islamistas. El anidamiento de disposiciones entre distintas fases no es un proceso deliberado pero se expresa en la consistencia que el sí mismo, como parte de un colectivo y de manera retrospectiva, pretende dar a sus distintas disposiciones.

2. Las disposiciones más antiguas del sí mismo, de naturaleza política o no política, pueden entrar en conflicto o ser concordantes con sus compromisos institucionales más recientes. Si ambas dimensiones coinciden, se halla una consonancia entre las disposiciones y sus convicciones. Lo que alguien ya tendía a hacer se empalma con sus compromisos expresos como miembro de una institución. Cuando eso no sucede, tiene lugar un tipo de “disonancia cognitiva” (Festinger, 1993). En ese caso ocurre, en términos de Bourdieu, una “histéresis del habitus”. Consonancia y disonancia pueden alternarse. Los activistas homosexuales contra el sida pueden hallar en su militancia, sugiere Fillieule (2015: 204), una forma de coordinar su orientación sexual con una forma socialmente aceptada de presencia pública. Poupeau (2007) señala algo semejante al mostrar la militancia como una forma de empalmar el capital escolar con la posición social. Pero eso presupone experiencias previas de frustración y habitus desajustados que son resueltas por la vía de mecanismos de transferencia de competencias de un campo a otro (Lahire, 2005: 158-162). La identidad narrativa es el terreno en el que se negocian esas tendencias y esos afectos opuestos. Como Ricoeur, a diferencia de lo sostenido por Godard y Coninck (1998: 262), no sostiene un “modelo arqueológico” de análisis biográfico, las disposiciones más basales operan como metapreferencias que predeterminan la actividad intencional (Hodgson, 2003: 166) pero sólo en el marco, orientado al futuro y requerido de compromisos normativos, de planes de vida. Tanto Fillieule (2015: 205) como Sawicki y Siméant (2010: 89) señalan por eso que los componentes disposicionales de la militancia no bastan para explicarla. Un análisis en términos de “carreras”, como el propuesto por Agrikolansky (2017) y Fillieule (2015), incluye las predisposiciones pero se aleja de cualquier modelo “balístico” (en el cual el impulso inicial determina la trayectoria). Como la identidad pasa por la construcción del relato y esta se hace en el presente, las predisposiciones sólo cobran sentido narrativamente y retrospectivamente.

Aparte de lo anterior, que no pretende ser exhaustivo, sino exponer algunas de las mediaciones que posibilita la identidad narrativa, el concepto también sirve de punto de condensación para concebir las transfiguraciones en el tiempo de la identidad del militante y el carácter plural de su identidad. Veamos, en ese sentido, sus consecuencias:

1. Un análisis de la militancia en términos de la noción de “carrera”, tomada de Howard Becker, tal como el propuesto entre otros por Agrikoliansky (2017) y Fillieule (2015), parte de supuestos sobre el sí mismo conformes con la ontología exploratoria propia de la identidad narrativa. Esta es una síntesis variable de vivencias correspondientes a distintas fases de una trayectoria de vida. Ricoeur supone que esa síntesis es dinámica y que la autocomprensión del individuo varía en el tiempo. La identidad personal es lábil y quebradiza. Esto concuerda con análisis longitudinales del desenvolvimiento en el tiempo de la identidad del individuo de tal manera que, en términos de Godard y Coninck, se incluyan los puntos de bifurcación, los accidentes biográficos, los cambios institucionalizados propios del “modelo estructural”. El tema, tan importante para la cuarta configuración del “militante distanciado”, encuentra aquí una fundamentación, pues las fases de compromiso intenso, compromiso parcial o descompromiso, son incorporadas dentro de un análisis secuencial del compromiso. Amélie Blom (2011: 45) ha explorado esto, por ejemplo, en el caso de jóvenes militantes islamistas pakistaníes, mostrando los mecanismos que explican las fases de radicalización y desradicalización y, sobre esa base, problematizando la creencia común de que su identidad es sólo el producto de su socialización temprana en madrasas extremistas.

2. El concepto de Ricoeur permite pensar los pasos del compromiso al descompromiso y viceversa, junto con los distintos grados de compromiso, como fases de una misma trayectoria vital que está expuesta a variaciones no sólo definidas en términos políticos. Sawicki y Siméant (2010: 91) señalan, en esos términos, cómo el ajuste o desajuste entre el compromiso y esferas como la familia o el medio laboral puede reforzar o debilitarlo. Si, como dice Lahire (2005: 163), “lo singular es necesariamente plural”, no puede entenderse la identidad del militante tal como si no tuviera sino disposiciones y creencias de orden político y no, en cambio, fuese alguien que, narrativamente, construye una identidad personal más o menos consistente a partir de una serie, no necesariamente conexa, de prácticas de diverso orden y asociadas a distintas instituciones. La identidad del militante es una pluralidad tanto porque está compuesta de distintos eventos, extendidos en el tiempo, como porque, sincrónicamente, pertenece a distintos ámbitos de acción en los cuales ejerce distintos roles. Passy y Giugni recurren aquí al concepto de “esferas de vida” (2000). Agrikolansky (2017) habla, en ese sentido, de las secuencias entrecruzadas que componen la identidad del militante. Nada exige que en la reconstrucción de la propia trayectoria haya plena consistencia (como lo señala Mario Luna (2007) en sus análisis sobre militantes del M-19). La identidad narrativa siempre es transaccional. Las autocomprensiones de los militantes bien pueden incluir momentos no político-sociales (¿cómo influye, por ejemplo, en la trayectoria de un militante la vida sentimental?) y distintas fases (por ejemplo, de menor compromiso o nuevos compromisos), sino que sólo sobre la base de esa pluralidad interior se puede explicar su militancia. Temas como la “disponibilidad biográfica”, en el sentido de Doug McAdam (1986), esto es, la proclividad que pueden tener ciertos individuos a militar en vista de la debilidad de sus obligaciones en otros campos (familiar o laboral, por ejemplo), o los efectos de la herencia de “capital militante”, siempre ligada a una pluralidad de roles, suponen una idea de subjetividad que incluya necesariamente ese pluralismo. Andrea Bonvillani (2012: 88) explora así, respecto a lo primero, cómo la maternidad y la constitución de una familia influye en el grado de activismo de jóvenes militantes. Asimismo, la cuestión, igualmente prolífica para el estudio de la militancia, de los “mecanismos” de “compensación”, “derrame”, etcétera, en el sentido de Jon Elster (2005), conforme a la cual un individuo puede, por ejemplo, trasladar disposiciones inhibidas en un campo (por ejemplo, el religioso) a otro (el político), una vez ha sucedido alguna forma de histéresis del habitus, presupone una fragmentación parcial del sí mismo, pues, de lo contrario, bajo la presuposición de su indivisibilidad, esos mecanismos no podrían operar. Bonvillani expone, en ese sentido, cómo las disposiciones formadas en ambientes de privación y discriminación -por ejemplo, una actitud luchadora y reivindicativa- pueden capitalizarse luego en la esfera del activismo (2012: 84). La idea de “planes de vida” de Ricoeur, en conformidad con lo dicho, presupone la pertenencia a una pluralidad de prácticas (2006: 158-160). La identidad narrativa es el medio en que se negocia esa diversidad.

3. La idea de identidad narrativa no choca con la idea, referida en la segunda configuración al “militante distanciado”, de incentivos. Esto siempre y cuando no se los conciba de manera reduccionista -y políticamente sospechosa- sólo como incentivos materiales y, como lo sugiere Daniel Gaxie (2015), se incluya la variabilidad de su atractivo para un mismo agente a lo largo del tiempo. Aun si se supone un fuerte influjo de las disposiciones en la acción del agente, eso no excluye, aun desde el punto de vista de un Bourdieu, ciertos niveles de cálculo y de pensamiento estratégico en un campo específico. Si puede decirse que los hábitos operan como metapreferencias ligadas con la sedimentación de ciertas lógicas de acción, la reflexión es un momento de su manifestación y no es, por tanto, su contrario. Justamente en la medida en que la cuestión de los incentivos no se puede desprender de la cuestión de la identidad personal y sus transfiguraciones, no es posible explicar las variaciones en la militancia a partir de una idea abstracta y biográficamente descontextualizada de racionalidad. Sawicki y Siméant (2010: 88-89) destacan claramente ese punto. Agrikoliansky (2017) menciona la variabilidad de los costos asociados a la entrada en acción conforme a los distintos contextos biográficos. Qué constituye un incentivo y cómo opera, depende, en esa medida, de para quién y cuándo se presenta. No todo es siempre una “retribución” (Gaxie, 2015: 147-148). Una psicología basada en homogéneos cálculos egocéntricos de costo y beneficio resulta en ese marco reduccionista no sólo porque toca juzgarlos en el marco del pluralismo de esferas de acción en las que opera el sí mismo y de la particular coyuntura biográfica en que se halle, sino porque, en ocasiones, esa clase de cálculos se minimiza o no opera. En ciertos contextos, sobre todo cuando existen altos grados de compromiso normativo (y la idea de ipseidad es compatible con esa gradación), las acciones pueden ser autotélicas, o sea, constituir un fin en sí mismo (2015: 146). En otras coyunturas biográficas del sí mismo no tiene que ser así. De ese modo, la cuestión de los incentivos adquiere un sentido distinto una vez que se liga a las variaciones en el tiempo de la identidad personal y se desprende, por tanto, de una psicología mecánica y homogénea, que no da cuenta de cómo aquéllos pierden o ganan atractividad en función de los momentos de la vida del sí mismo y de las correlaciones entre sus distintas creencias y disposiciones.

Conclusión

El concepto de identidad narrativa no es un concepto sociológico pero, en el marco de una sociología interesada en la individuación, puede operar como un presupuesto ontológico altamente productivo para la investigación empírica. Si en las configuraciones de los estudios sobre militancia diferenciadas por Pudal aparecen, a grandes rasgos, tres tipos de teorías sociales, esto es, teorías objetivistas y centradas en la “estructura” que infieren la existencia del militante de su posición en esta última, teorías subjetivistas que lo conciben a partir del cálculo de beneficios y la existencia de incentivos y teorías de la política contenciosa que lo sitúan en el evento de la acción colectiva, la apelación a la identidad narrativa genera tanto una integración de estos distintos niveles de análisis como una crítica de sus supuestos particulares sobre la identidad de los agentes.

Los efectos integradores del concepto remiten, de una parte, a su capacidad de mediar entre los niveles micro, meso y macro de la realidad social -enfrentados en las fases previas- y, debido a la dinamización de la identidad del agente, a la introducción de análisis secuenciales que rompen con la dicotomía entre el “compromiso total” y el “militante distanciado”. De la mano de las distintas dimensiones, socialmente configuradas del sí mismo, se ligan los procesos impersonales de larga duración del nivel macro (como los de las primeras teorías) con una resignificación de la idea de incentivos propia del nivel micro (como los de las segundas) y con los recursos normativos y organizacionales del nivel meso (como en las terceras). De la mano de las mismas, igualmente, se articula la idea del militante post-épico concebido desde las teorías de la elección racional en la segunda configuración con el militante heroico de la primera. La mediación entre niveles se logra en la medida en que, por un lado, la identidad narrativa contiene elementos disposicionales, articula esos elementos con compromisos normativos, liga estos últimos a una dimensión intersubjetiva, incluye la dependencia de esos compromisos del sentido objetivado y permite pensar la tensión, nunca del todo resuelta, entre las disposiciones y los compromisos. La articulación entre tipos de militancia desplaza, por su parte, su identificación con estados que colonizan la identidad del sí mismo, para, en lugar de ello, pensarlos como fases que incluyen discontinuidades, introducir la idea de coyunturas biográficas a modo de entrecruzamiento de distintas secuencias variablemente jerarquizadas y concebir la dependencia de la atractividad de los incentivos de las diversas coyunturas biográficas. El concepto de identidad narrativa, en su multidimensionalidad, empalma con algunas otras teorizaciones sociológicas sobre el concepto de agente (Emirbayer y Mische, 1998), pero las dota de una consistencia ausente en ellas que resulta especialmente productiva para los estudios sobre militancia.

El establecimiento de un diálogo entre sociología y filosofía no apunta, en cualquier caso, a subordinar la primera a la segunda, pues no sólo la filosofía es un campo de investigación y, por tanto, sus conceptos (incluyendo, por supuesto, el de identidad narrativa), lejos de valer como arquetipos estáticos, están sujetos a redefiniciones y críticas, sino que ambas disciplinas operan con distintos supuestos y en distintos planos de análisis. La detección de puntos de intersección y resonancias no suprime la autonomía disciplinar. No obstante, y nuevamente de la mano de las reflexiones de Corcuff sobre la necesidad de explicitar los supuestos filosóficos y antropológicos de las teorías sociales, la apelación a un concepto filosófico como el de identidad narrativa sí puede ofrecer un horizonte para el trabajo sociológico, en el campo de los estudios sobre militancia, que resuelva problemas del campo y oriente posibles marcos de investigación. Si las ciencias, como lo ha explicado Larry Laudan (1989), progresan en la medida en que surjan “tradiciones de investigación” que resuelven más eficazmente que otras los problemas de un campo, y una parte de ellas es, precisamente, el conjunto de sus presupuestos ontológicos, la fundamentación de la cuarta configuración de los estudios sobre militancia en un esbozo de ontología del sí mismo puede contribuir al progreso del campo. La cuarta configuración, cuyos rasgos apenas son esbozados por Pudal, adquiriría así una identidad más definida y dejaría de lado los cuellos de botella de los enfoques precedentes. En la medida en que los procesos de cambio científico, en la línea, de nuevo, del “modelo reticular” de Laudan, pueden ser impulsados desde distintas dimensiones del trabajo científico, cuyo desarrollo no es sincrónico, los estudios sociológicos sobre militancia pueden dar un paso adelante en cuanto se desplacen, explícitamente, sus presupuestos ontológicos. La ontología exploratoria del sí mismo propuesta por Ricoeur -sin perder nunca de vista que la ontología, general o regional, es un campo de investigación filosófica y no un cuerpo de verdades sobre el ser de lo que es- avanza justamente en esa dirección. La eventual productividad de ese giro dependerá, en cualquier caso, de la investigación empírica.

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1 Para Ricoeur, el concepto de “sujeto” está asociado con las “filosofías del cogito” (Ricoeur, 2006: XV) y, por tanto, se opone a una ontología exploratoria del sí mismo, debido a que este no supone la inmediatez del “yo soy”, ni su carácter de fundamento, ni tampoco una forma de certeza como garantía última. Ni el concepto de “individuo” ni el de “agente” son condición suficiente para caracterizar al sí mismo. El primero designa cualquier entidad, humana o no, que no pueda dividirse sin deshacerla, que tenga identidad numérica dentro de un conjunto, esto es, sea una entre otras, y que mantenga esa unidad mientras dure. Nada de esto implica alguna clase de reflexividad. El segundo designa un autor de acciones (Ricoeur, 2006: 89) pero, como lo muestran las teorías que parten de una event causality, ser el ejecutor de una acción no da siempre lugar a la continuidad en el tiempo y a la dimensión proyectiva del sí mismo.

2El término “ontología” designa aquí tanto la teoría filosófica de qué es un sujeto como los “compromisos ontológicos” (Quine, 1948: 33) de las teorías científico-sociales, esto es, el tipo de entidades y de propiedades de las mismas cuya existencia se presupone en tales teorías para que sus enunciados puedan ser verdaderos. La ontología del sí mismo de Ricoeur permite teorizar sobre tales presupues- tos y, en esa medida, opera como una herramienta de reflexividad sociológica.

3El “cogito brisé”, como lo ha señalado Gilbert (1995: 539), hace referencia tanto al resultado del ataque nietzscheano a la subjetividad como al tipo de ontología exploratoria del sí mismo propuesta por Ricoeur.

4Eso no implica que, a nivel metodológico, la reconstrucción de las disposiciones del individuo no pueda acompañarse por procedimientos etnográficos que se centren en la dimensión no verbal de la acción (Meuser, 2007: 222-224).

5La identidad narrativa no supone plena armonía y coherencia entre las dimensiones del sí mismo, tal como ha sido criticado (Hyvärinen et al., 2010). Supone, sencillamente, un intento, logrado o no, de mediación.

6El término Denkstil proviene de Karl Mannheim y hace referencia a una forma de sentido preteórico, transituacional y transinstitucional y, en consecuencia, no perteneciente ni a la esfera del “sentido expresivo” ni a las del “sentido objetivo”, que moldea, de manera subintencional, la forma de pensar y actuar de un colectivo (Jung, 2007: 190-203). Layder (2006: 281-282) incluye una noción semejante en los “recursos contextuales”. Sibeon (2004: 158-159), en la “difusión de material”. Desde el punto de vista de Ricoeur (2006: 210), las tradiciones pertenecen a este nivel de la realidad social. Las instituciones, para él, se hallan en otro rango: el de las reglas (constitutivas) de distribución de actividades.

Recibido: 01 de Julio de 2018; Aprobado: 19 de Marzo de 2019

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