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Revista mexicana de sociología

versão On-line ISSN 2594-0651versão impressa ISSN 0188-2503

Rev. Mex. Sociol vol.81 no.4 México Out./Dez. 2019  Epub 07-Nov-2019

https://doi.org/10.22201/iis.01882503p.2019.4.57978 

Artículos

Masculinidades, clase social y lucha política (Argentina, 1970)

Masculinities, social class and political violence (Argentina, 1970)

Isabella Cosse* 

*Doctora en Historia por la Universidad de San Andrés. Instituto Interdisciplinario de Estudios de Género, Facultad de Filosofía y Letras de la Universidad de Buenos Aires. PUAN 480, 1406, Ciudad Autónoma de Buenos Aires, Argentina.


Resumen

Este artículo estudia la masculinidad en las organizaciones armadas argentinas para pensar la violencia revolucionaria y la posición política de la clase media en los años setenta. La hipótesis sostiene que existió una configuración viril guerrillera propia, que conectó el coraje, el sacrificio y la ternura con una importancia política central. Ello queda de relieve con la ofensiva ultraderechista que atacó simbólicamente la condición viril y de clase de los guerrilleros -concibiéndolos como cobardes, amanerados y clasemedieros- y afirmó su propia masculinidad, con la que legitimó la creación de los comandos parapoliciales que asesinaron a militantes -armados y no armados- de izquierda.

Palabras clave: masculinidad; argentina; guerrilla; ultraderecha; clase media; sexualidad

Abstract

This article examines masculinity in Argentine armed groups in order to explore revolutionary violence and the political views of the middle class in the 1970s. The author hypothesizes that guerrilla culture had its own form of virility that combined bravery, sacrifice and tenderness, with a central political importance. This was highlighted during the far right offensive, which symbolically targeted guerrillas’ virility and class, portraying them as cowardly, effete, and middle-class, and imposed its own brand of masculinity, whereby it legitimized the creation of parapolice gangs that murdered both armed and unarmed leftist militants.

Keywords: masculinity; Argentina; guerrilla groups; far right; middle class; sexuality

La frase, escrita con letras gigantes, ocupaba la portada completa de un ejemplar de la revista de ultraderecha El Caudillo (número 12) en el agitado verano de 1974: “Los hechos son machos”. No es casualidad que la publicación convocase a la masculinidad para referirse a los acontecimientos políticos y confrontar con los militantes de izquierda. Para ese entonces, según la hipótesis aquí sostenida, la virilidad guerrillera, entendida como una construcción de masculinidad propia y singular de la izquierda armada, había alcanzado enorme significación. Su importancia política y simbólica era tal, que la ultraderecha necesitó denigrarla en el marco de la ofensiva de los comandos paramilitares cuya formación estaba alentando. Esa denigración era parte de una estrategia que nutría su propia identidad política.

Con esa idea, estas páginas proponen un enfoque sociocultural de lo político para comprender la encrucijada histórica que enfrentó a la revolución y la contrarrevolución en Argentina. Colocan la atención en el momento de mayor intensidad de la radicalización y la polarización política. Dicha etapa comienza con la creación de nuevas organizaciones revolucionarias que lucharon contra los militares en el poder y pugnaron por un cambio radical del statu quo social y político. Para entonces, en el país, los efectos de la Revolución cubana y las nuevas discusiones abiertas sobre la vía armada con el asesinato del Che Guevara, en 1967, operaron sobre la crisis de legitimidad de una democracia restringida. Recordemos que el peronismo -el movimiento que había sancionado los derechos sociales de los trabajadores- había sido proscrito por el golpe político que derrocó a Perón en 1955, y que, desde ese momento, las intervenciones militares fueron constantes.

En ese clima, la agitación creció con protestas masivas de obreros y estudiantes que forzaron una salida electoral, en 1973, en la cual el peronismo victorioso retornó al poder. Sin embargo, rápidamente se mostró que la polarización política violenta atravesaba al propio peronismo, y se agudizó con el retorno democrático. Lejos de debilitar las medidas represivas, en sintonía con el panorama regional en el cual se había producido el golpe de Estado en Uruguay y el derrocamiento de Salvador Allende en Chile, durante el gobierno peronista fueron afianzándose las medidas destinadas al aniquilamiento de los movimientos revolucionarios. Fue, no obstante, con el golpe militar dado por las fuerzas armadas, en marzo de 1976, que las torturas, el asesinato, las desapariciones y los secuestros se institucionalizaron. Fueron prácticas atroces y aberrantes, realizadas de modo sistemático por agentes del Estado, quienes usaron sus atribuciones en tanto tales y los recursos que esa condición les habilitaba.

Nuestro enfoque parte de entender, con Joan Scott (1996: 289) , que el género es un elemento constitutivo de las relaciones sociales basadas en las diferencias que distinguen a los sexos y, como tal, constituye una forma primaria de las relaciones significantes de poder y, a la vez, un campo en el cual, o por medio del cual, el poder se articula. De allí el interés por la construcción social e histórica de esas diferencias y por su significación en la lucha política. El análisis de la masculinidad, en tanto parte de esas construcciones, supone, como advirtió George Mosse (1985), un entrelazamiento singular, en cada coyuntura, de prácticas consuetudinarias, tradiciones culturales e intervenciones políticas que, siempre relevantes, adquieren especial entidad para comprender la guerra. Notemos, además, las masculinidades hegemónicas, aquellas que estabilizan las tensiones producidas por los desafíos a la dominación patriarcal y presuponen la existencia de diferencias configuraciones (Connell y Messerschmidt, 2005: 848-849). Justamente, la existencia de esas diferencias resulta crucial en las contiendas políticas y un ángulo privilegiado para analizarlas.

En ese sentido, el estudio de la masculinidad ha sido clave para entender a las organizaciones de izquierda en América Latina. Por un lado, las investigaciones han revelado la pervivencia del poder de los varones (en la dirección de las organizaciones y en las configuraciones heroicas), la exaltación de los revolucionarios en función de una imagen viril y heterosexual, y la perdurabilidad de la subordinación de las mujeres aun cuando tuvieron creciente importancia (Mallon, 2003, Frazier y Cohen, 2003; Green, 2012; para Argentina: Oberti, 2004, 2015; Andújar et al., 2009, Grammático, 2011; Carnovale, 2011; Peller, 2013; Cosse, 2014b). Por otro lado, los estudios han mostrado la centralidad de la masculinidad en el estudio del proceso político en sí mismo, lo que permitió, por ejemplo, comprender el derrocamiento de Allende en Chile de 1973, observando el entrelazamiento con las confrontaciones de clase y género (Power, 2002; Mallon, 2003, Tinsman, 2009; Harmer, 2016), el golpe de Estado en Brasil en 1964, revelando las tensiones de género (Langland, 2008), e incluso el triunfo de los revolucionarios cubanos (Chase, 2015). Para Argentina, además de lo ya señalado, los estudios han puesto de relieve las connotaciones sexualizadas de la figura del enemigo interno en el discurso antisubversivo y las prácticas represivas (Vasallo, 2009; Manzano, 2014a; D’Antonio, 2016).

Basándonos en los aportes que iluminan la dinámica política a partir de las construcciones de masculinidad, estas páginas intervienen en dos discusiones para el caso argentino. La primera discusión involucra la violencia política de los años setenta. Existen dos interpretaciones en apariencia antagónicas. Por un lado, tempranamente surgieron miradas que obstruyeron la percepción de los militantes revolucionarios, ya fuese porque los concibieron exclusivamente como víctimas o porque los evocaron de manera idealizada (Anguita y Caparrós, 1998). Oponiéndose a esta perspectiva, otras interpretaciones, que otorgaron responsabilidad política a las organizaciones armadas, las equiparan con el fascismo o las fuerzas represivas por su exaltación de la guerra y la muerte (Giussani, 1984, y con una modulación diferente, Vezzetti, 2009). La segunda discusión apunta a comprender la significación de la clase media en ese proceso. Ese sector social ha sido con frecuencia concebido, alternativamente, como el origen de la radicalización o del autoritarismo. En nuestro caso, partimos de los nuevos estudios que consideran el carácter construido e histórico de la clase media (Parker, 1998; Adamovsky, 2009; Visacovsky y Garguin, 2009; Cosse, 2014a), aunque esto no suponga en este texto concebir en forma escindida lo material y lo simbólico. Por el contrario, asumimos la existencia de una relación constante y dinámica entre ambos niveles y, a la vez, entendemos a la clase media en términos heterogéneos, atravesada por las confrontaciones políticas (Cosse, 2014a).

La reconstrucción histórica aquí propuesta considera que las huellas de ese pasado están marcadas por las condiciones de su producción y del propio proceso histórico. Sin embargo, la importancia de esa época ha dado lugar a rescates documentales que nos permiten contar con series de publicaciones completas y con archivos de entrevistas orales, como Memoria Abierta, con cientos de testimonios. Nuestro análisis está sostenido en el relevamiento sistemático de las publicaciones oficiales de dos de las organizaciones guerrilleras más importantes: el Ejército Revolucionario del Pueblo del Partido Revolucionario de los Trabajadores, de tradición trotskista (Pozzi, 2001; Carnovale, 2011), y Montoneros, de raigambre peronista, surgida de la alianza de diferentes grupos, a la que se unieron las Fuerzas Armadas Revolucionarias, en 1973, de origen marxista (Gillespie, 1987). Además, se incorporó la publicación El Caudillo, vocera de un grupo de ultraderecha peronista, liderado por José López Rega, ministro de Bienestar Social y secretario de Juan Domingo Perón (Besoky, 2010, 2016; Simonetto, 2014), asociado con los comandos paramilitares en los que participaban integrantes en actividad o retirados de las fuerzas represivas. El estudio de esa publicación permite atisbar ciertos sentidos atribuidos a la masculinidad en esos grupos, los que no aparecían de modo tan nítido en las publicaciones oficiales de las Fuerzas Armadas. En su conjunto, las evidencias se contrastaron entre sí y se complementaron con el estudio de testimonios escritos y orales, consultados en el mencionado archivo y producidos por la propia investigadora. Para ello, se tuvo en cuenta el carácter siempre presente y subjetivo de los recuerdos de los protagonistas (al respecto, Thompson, 1988). En la reconstrucción diacrónica y sincrónica se utilizaron el análisis del discurso y las representaciones y las estrategias de la historia social (Eley y Nield, 2010). Como es habitual, se prestó atención a las características propias de cada registro, sus formas de enunciación y el contexto político y se atendió a las recurrencias, pero también al carácter único e irrepetible de los acontecimientos históricos. De todos modos, con estos recaudos no se apunta a una narración lineal, sino a dar cuenta de cómo se entrecruzaron las construcciones sobre la masculinidad y la clase social en el proceso histórico de la Argentina de los años setenta.

Armados y clandestinos: confrontaciones con la masculinidad doméstica

La mirada velada, la boca en grito de guerra y el brazo con el fusil en alto componían la figura del guerrillero elegida por Estrella Roja para su primera portada en 1971, como puede verse en la figura 1. Dicha publicación era el órgano oficial del Ejército Revolucionario del Pueblo (ERP) del Partido Revolucionario de los Trabajadores, que ya era una de las organizaciones armadas más importantes del país. Estaba liderado por Roberto Santucho, nacido él mismo en Santiago del Estero, y cuyo centro de influencia era el norte del país. Se definía como marxista leninista, asumía el legado de las revoluciones cubana y vietnamita, y del americanismo (Pozzi, 2001; Carnovale, 2011).

Fuente: Reproducida del número 2, publicado en mayo de 1971.

Figura 1: Logo de Estrella Roja, órgano oficial del Ejército Revolucionario del Pueblo 

La imagen aquí reproducida se convirtió en el logo de Estrella Roja. La publicación, que salió con periodicidad hasta 1977, estaba destinada a la formación de sus militantes y a la propaganda en fábricas y universidades. Las estimaciones sobre el número de ejemplares distribuidos oscilan entre 10 000 y 50 000, para el momento de mayor circulación (Pozzi, 2001: 189, Seoane, 1991: 343). Su logo es significativo, aun cuando no sepamos cómo fue adoptado. Notemos que se eligió a un varón joven (pero no adolescente), cuya fuerza le permitía sostener sin esfuerzo el fusil, con cabello corto, cuando la melena y la barba caracterizaban a la contracultura y la bohemia de izquierda.

Dicha composición era acorde con un colectivo que se identificó, como ninguna otra fuerza, con la Argentina rural, mestiza o indígena que tenía sus raíces en el norte del país, en clara oposición a la imagen del país urbano, blanco y de clase media asociado con visiones optimistas y modernizadoras (Garguin, 2007). Podría pensarse, incluso, que el logo empalmaba con la imagen del propio Santucho, con su rostro aindiado. El líder era conocido como “El Negro”, lo que afirmaba positivamente un origen indígena, o como “El Roby”, con el artículo adosado, un giro propio del norte del país. Según los testimonios, sabía permanecer callado, era reconocido por su sencillez, su control emocional, su humor pícaro y sus dotes de seductor, que hicieron de sus amoríos parte de las narraciones que iban de boca a boca en la organización (Seoane, 1991; entrevista con Pedro Martín, 2015).

En cambio, las imágenes de los jóvenes montoneros abrevaron en otras matrices. Montoneros surgió de la fusión de diferentes grupos, con disímiles trayectorias, que compartían la identidad peronista y el objetivo de alcanzar la liberación social, y empuñar las armas para ello. Comenzó a operar en 1970 y rápidamente logró convertirse en una de las principales fuerzas políticas del país. Tuvo un papel clave en la salida electoral, forzada por la agitación popular, que condujo, en 1973, al peronismo al poder con la victoria de Héctor Cámpora -delegado de Juan Domingo Perón- y, luego, al regreso del propio líder. La propia denominación de Montoneros hacía referencia a las fuerzas populares de extracción rural, lideradas por caudillos locales en el siglo XIX, reconocidas por sus acciones rápidas, riesgosas, que exigían coraje e inteligencia. De hecho, la organización guerrillera se dio a conocer con una operación de gran poder simbólico, que mostró audacia y cálculo: el secuestro y la muerte del general Pedro Eugenio Aramburu, quien había encabezado el derrocamiento de Perón (1955) y los fusilamientos a los militares sublevados en defensa del peronismo (1956). La acción selló la caída del general Juan Carlos Onganía, quien, con su golpe de Estado, en 1966, había pretendido instalar un proyecto autoritario de largo plazo.

Montoneros tuvo una dirigencia colegiada. Ello era acorde con la tradición peronista, que exigía reconocer el único liderazgo carismático de Juan Domingo Perón, y con la propia dinámica de la organización, que unificó grupos diferentes y cuyos dirigentes rotaban con frecuencia a raíz de los cambios en la composición de fuerzas internas y de las pérdidas de vidas en las operaciones, que sufrió tempranamente. Además, la figura colectiva de su dirigencia permitía a la organización retomar al “héroe masculino”, anónimo y mancomunado, de la “resistencia” peronista (Ehrlich, 2010), como se denominó a las acciones combativas que siguieron al derrocamiento de Perón. Notemos, también, que si bien los medios de prensa de Montoneros desplegaron diferentes estilos periodísticos y gráficos (Slipak, 2015), solían incluir composiciones colectivas, que se referían al pueblo, en marchas en la calle, con banderas y el bombo (sonido que simbolizaba el carácter popular del peronismo), con multitudes con brazos en alto con puños o dedos en “V”, señal asociada con la victoria y con la consigna “Perón vuelve”.

Una de esas composiciones, justamente, fue central en el primer número de El Descamisado, el órgano oficial de la organización, surgido con posterioridad al triunfo del peronismo en las elecciones de 1973. En sus páginas, las imágenes ofrecidas de la “conducción” -como era denominada entre los militantes- daban cuenta de su condición colectiva y viril. Así quedó de relieve en la cobertura realizada del aniversario del triunfo peronista, un acto político importante, en el que se presentó la fusión de Montoneros con las Fuerzas Armadas Revolucionarias, cuyos fundadores estaban preparándose para sumarse a la guerrilla del Che Guevara en Bolivia, cuando éste fue asesinado. En esa instancia, la portada estuvo ocupada por Mario Firmenich, líder de Montoneros, y Roberto Quieto, líder de las Fuerzas Armadas Revolucionarias (figura 2). Notemos las camisas remangadas y los brazos musculosos en alto, sobre el fondo oscuro, que recorta las figuras y resalta el arma. La centralidad de ambos quedaba contrabalanceada, en el interior de la publicación, con una fotografía de todos los dirigentes, sobre el escenario, unidos en una imagen que colocaba en juego la cofradía viril, resaltada por la figura de la única mujer en el escenario.

Fuente: El Descamisado, número extra, marzo de 1974, portada y página 2.

Figuras 2 y 3: Fotografías del acto realizado en el Estadio Atlanta, el 11 de marzo de 1974, a un año del triunfo de peronismo en las elecciones 

Según lo anterior, cada organización armada cinceló su propio estilo. No obstante, existieron importantes matrices comunes. Entre ellas, las organizaciones entronizaron -utilizaron y construyeron- una percepción de los militantes anclada en su virilidad, es decir, siguiendo a Pierre Bourdieu (2000: 24-33), basada en una lógica de conservación o aumento del honor asociado con las manifestaciones del valor físico y las conquistas sexuales, concebidas proezas, hazañas que la glorifican. Los testimonios permiten sostenerlo. Manejar armas, realizar acciones de riesgo, tener posiciones de poder, producían y delataban “respeto”. Como recuerda Luis Salinas -que con 19 años tenía ya varios años de militancia estudiantil y estaba incorporado a la Juventud Peronista-, a él le atraía mucho ser parte de la seguridad de los actos: “Era una cosa muy importante, [significaba] ser designados”, estaba el “misterio de las armas”, quizá, dice, a raíz de algo “más oscuro y primitivamente machista” (Memoria Abierta, 2002).

No se equivocaba. Las armas, las promociones, las tareas riesgosas, nutrían la autoestima y la valoración de los congéneres y de las chicas, compañeras, posibles parejas o amores circunstanciales. Sortear esas situaciones eran parte del “respeto” que se ganaba, se mostraba, se merecía, según reafirman otros testimonios (Schapces, Memoria Abierta, 2002). Javier Urondo -quien, con 14 años en 1972, militaba como estudiante en la secundaria- precisa el sentido que asumía ese “respeto” que podía asociar la iniciación política y la iniciación en el sexo. Ello estaba implícito en una pregunta frecuente de aquella época: “¿Vos estás comprometido o no estás comprometido?” Era lo mismo, explica, que cuando te preguntaban si estabas “avivado o no estabas avivado”, para preguntar si se conocía sobre las relaciones sexuales (Memoria Abierta, 2005). No olvidemos, además, que el riesgo y el valor eran cruciales para llevar adelante las propias prácticas de una organización clandestina y armada: hacer pintadas, distribuir volantes, colocar pequeños explosivos y bombas, realizar tomas o secuestros.

Todas estas acciones podían entenderse en contraposición con aquella masculinidad doméstica que remitía a las relaciones familiares. Recordemos que, con frecuencia, dicha configuración ha opacado la complementariedad con la construcción viril asociada con la potencia sexual y el coraje físico, como ha señalado Norma Fuller en el caso de Perú (Fuller, 2002: 30-32) . De hecho, los mandatos del buen proveedor y jefe de familia siempre fueron débiles y desafiados en Argentina, un país con altas tasas de niños inscritos sin padre y hogares con mujeres solas (Cosse, 2010). Sin embargo, en los años sesenta, el malestar con la masculinidad doméstica adquirió renovada visibilidad referida, en especial, a la clase media, como mostraban las ironías sobre la vida del oficinista (con su rutina gris), como lo retrató Quino en su Mafalda, o los personajes de las novelas de Mario Benedetti, el escritor uruguayo de gran éxito en Buenos Aires (Cosse, 2010).

En ese contexto, para muchos jóvenes comprometidos políticamente, optar por la acción armada implicaba, con frecuencia, tomar distancia de la vida doméstica y de sus progenitores. Así, por ejemplo, Ricardo Sapag escribió una carta pública a su padre, gobernador de su provincia, en la que lo denostaba políticamente para explicarle que se había sumado a Montoneros, organización a la que entregaría su vida poco después (Evita Montonera, 1975: 5-6). En cambio, para quienes tenían orígenes humildes, sumarse a la izquierda armada podía significar superar la vida de sus padres trabajadores al combatir, con las armas, la explotación.

Esa clave emanaba de la carta que Roberto Jerez -miembro del ERP muerto en combate- le escribió a su padre, obrero metalúrgico, en la que le reprochaba que se preocupase por los riesgos que él corría en la guerrilla. Le criticaba que estuviese pensando en su propia vida porque, según le explicaba, eran “los burgueses [quienes quieren que olvidemos que] tenemos que vivir para los demás y por los demás hasta que en este país no se muera ningún chico de hambre” (Estrella Roja, octubre, 1974: 6, 19). Claro está que estas posibilidades no agotan la singularidad de cada sujeto con sus irrepetibles condiciones vitales, como sucede en toda experiencia histórica.

La posibilidad de confrontar con la “masculinidad hegemónica”, retomando a Raewyn Connell (2005), dio sentido a la figura del “hombre nuevo”. Como América Latina toda, en Argentina dicha configuración, nutrida de la larga tradición de izquierda y de la Revolución cubana (Markarian, 2012; Chase, 2015), tuvo una enorme significación política, abierta y polisémica. Por un lado, el “hombre nuevo” estuvo asociado con la camaradería guerrera, la lucha compartida, el valor ante los riesgos y la muerte posible. Por el otro lado, retomó los cuestionamientos al poder de los varones y la subordinación de las mujeres. De hecho, las organizaciones fueron sacudidas cuando ellas ingresaron muy rápidamente (en el Partido Revolucionario del Pueblo, por ejemplo, existían muy pocas mujeres en los años sesenta y un lustro después representaban la cuarta parte; Pozzi, 2001: 71-80). No es posible aquí desarrollar el análisis, pero es necesario recalcar que, con su presencia y sus reclamos, las militantes provocaron ansiedades y disputas frecuentes (Cosse, 2014 b) en organizaciones en las que lograron alcanzar mandos medios -lo que muestra cierta permeabilidad-, pero en las cuales se mantuvo su subordinación (Oberti, 2014; Peller, 2013).

El Che Guevara expresó el paradigma del “hombre nuevo” para el conjunto de la izquierda latinoamericana. Con su estatura heroica y su condición mítica, legitimó la estrategia de lucha y condensó las actitudes del revolucionario por excelencia (Mallon, 2003; Sorensen, 2007: 15 -53, entre otros; Vezzetti, 2009: 131-165; Carnovale, 2011: 183- 222). Sus textos habitaban a escala global en una profusión de formas: pintadas, canciones, consignas y volantes. Su figura, reproducida infinitamente, se volvió un emblema de rebelión y condensó las virtudes del revolucionario para los militantes encuadrados. La posibilidad de que ese ejemplo fuese banalizado condujo, incluso, al Partido Revolucionario del Pueblo a enfatizar la decisión del Che Guevara de ejercer la violencia, su disposición a morir. Como se decía en Estrella Roja: “Él murió para empuñar el fusil, que tenía dueño (todos los trabajadores y humildes del mundo), que disparaba balas para matar […] para terminar con la explotación del hombre por el hombre y construir una nueva sociedad” (8 de octubre de 1971: 4-5). En la retórica de la misma publicación, cuando se rendía tributo a los militantes caídos en combate, éstos alcanzaban a raíz de su muerte el estatuto heroico del Che (Peller, 2013: 109). En ese sentido, su figura legitimó el carácter sacrificial de la militancia revolucionaria (Vezzetti, 2009: 131-165; Carnovale, 2011: 183-222). Sin embargo, esta visión, que subraya la pulsión de muerte en la subjetividad revolucionaria, obstruye, como planteamos a continuación, una faceta crucial de la virilidad guerrillera.

“Sin perder la ternura jamás”

La masculinidad guerrillera resulta equívoca sin considerar el peso de una matriz sensible, tierna y emotiva. Esas trazas emocionales, si se consideran como composiciones que amalgamaban los sentimientos y lo político, fueron claves porque distinguieron a las organizaciones armadas de quienes las enfrentaron y permiten, entonces, comprender la singularidad de los militantes revolucionarios y las características de las fuerzas políticas en armas en pos del cambio social.

Las historias de la clandestinidad y las acciones armadas nutrían, como hemos visto, la mística guerrillera. Los sentidos de esos relatos variaron, claro está, según los sujetos involucrados y a lo largo del proceso. Las resonancias de las historias se amplificaron a partir del 11 de marzo de 1973, con el triunfo arrollador de Héctor Cámpora, candidato peronista a la presidencia por delegación de Perón (dado que las fuerzas armadas permitieron que participase su representación política, pero no él mismo), que favoreció a Montoneros. Se abrió, así, un clima expansivo y optimista, que permitió una sociabilidad informal e intensa de la militancia de izquierda. Como recuerda Luis Salinas (Memoria Abierta, 2002), en esos meses “vivíamos en estado de éxtasis”, con una sociabilidad febril. En sus palabras, una cena en un restaurante podía terminar en una cantata política.

En ese contexto, la subjetividad revolucionaria -de modo más amplio, la cultura de izquierda- alcanzó gran circulación pública y masiva. Podía, por ejemplo, escucharse la canción dedicada a José “Negro” Sabino -que había preferido quitarse la vida antes de ser apresado en un combate-, que trabajaba en la conexión entre entrega revolucionaria y virilidad cuando decía: “En las espinas del monte, / sobre las piedras blancas / de tu sonrisa de niño, / en los tristes silencios de hombre / seguro que andabas borracho, / de macho coraje: Montonero” (Montoneros, 1973, 1974). Estas coplas, escritas en honor a uno de los líderes de origen obrero, combinaban el coraje con la sonrisa de niño. Ponían en escena la dimensión humana, cotidiana, dulcificada de su figura. No casualmente una frase atribuida al Che -“hay que endurecerse sin perder la ternura jamás”- expresó una sensibilidad revolucionaria ideal que unía el coraje con la dulzura. Esa frase, según Vania Markarian (2012: 134), fue recogida por Ricardo Rojo en su semblanza del Che publicada en 1968. Este detalle vuelve aún más significativa la circulación de la ternura -la visión sensible, amable- del militante revolucionario.

El carácter sacrificial del Che remitía, sabemos, a la noción cristiana que, debemos recordarlo, representaba un acto de amor con los semejantes. Como ha planteado Diana Sorensen (2007: 27), su figura simbolizó una forma de amor que no estaba galvanizada por los objetivos reproductivos de la familia burguesa. Era la ternura, justamente, lo que hacía excepcional la virilidad guerrillera en la que confluían las fortalezas del combatiente y la sensibilidad del hombre hermanado con sus semejantes y amado por ellos. Este lado humano singulariza los perfiles militantes en las semblanzas necrológicas mediante pequeñas anécdotas, hazañas y descripciones. En este plano, las cualidades se referían a la solidaridad, el compromiso y la sencillez, pero también al humor, la bondad y la afectividad. Estrella Roja compuso esa dimensión de los varones caídos en combate al priorizar la biografía militante, los lazos con otros compañeros que reforzaban la camaradería viril y, en ocasiones, el amor filial (Peller, 2013; Cosse, 2014).

Una representación semejante puede encontrarse en Evita Montonera, el órgano oficial de la organización guerrillera peronista cuando ésta, en 1974, pasó a la clandestinidad, luego de su ruptura con Juan Domingo Perón, a raíz de su explícito rechazo a la radicalización del movimiento y su apoyo a la ultraderecha. En ese contexto, el órgano de prensa de Montoneros exaltó la contigüidad entre la lealtad política y la fidelidad amorosa y las virtudes cotidianas y familiares de sus militantes (Cosse, 2014). Enfatizó, justamente, su carácter humano, sensible y tierno. Se decía, por ejemplo, que Marcos Osatinsky, importante dirigente, era reconocido por su “alegría de vivir” (Evita Montonera 9, noviembre de 1975: 22). Se recordaba que los compañeros de Juan Beláustegui, otro militante muerto, lo habían visto asombrarse por “el nacimiento de una flor o por la lluvia” (Ibid.: 25-26).

En suma, sugerimos que la lucha armada y clandestina favoreció y modeló una virilidad guerrillera que anudaba el coraje y la entereza moral (entrega, sacrificio, ternura) con la potencia sexual, que instalaba un proyecto biográfico contingente, riesgoso, abierto. Esa composición fue decisiva porque dio sentido a la incorporación a la militancia armada, estructuró valores y códigos de las organizaciones y sostuvo las experiencias límite de la guerra revolucionaria. Como delataba la canción montonera, dio lugar a una figura extraordinaria: el guerrillero capaz de sacrificarse, matar y, también, enternecerse.

“Una loquita llamada guerrilla” o la estrategia de la ultraderecha

La entidad política y social de la virilidad guerrillera queda de relieve al considerar la ofensiva de la ultraderecha. Esta fuerza adquirió, como hemos planteado, creciente importancia a partir de la llegada de Perón al poder en septiembre de 1973. En ese momento, los cuadros montoneros fueron desplazados y ganó posiciones el grupo de López Rega, secretario privado del líder y elegido ministro de Bienestar Social, quien lanzó una ofensiva contra las organizaciones guerrilleras en un contexto en el que Montoneros decidió pasar a la acción legal y de masas, a diferencia del Partido Revolucionario del Pueblo que, si bien valoró esas acciones, mantuvo su decisión de combatir militarmente.

La estrategia de la ultraderecha operó a dos puntas. Por un lado, creó escuadrones parapoliciales, cuya base operativa fue el ministerio, que secuestraron, torturaron y asesinaron a militantes de izquierda, escuadrones en los que participaron integrantes de las fuerzas represivas legalmente constituidas, antecedente directo de los grupos de tareas responsables de la desaparición sistemática de personas luego del golpe de estado de 1976. Por el otro lado, la ultraderecha organizó una ofensiva ideológica para disputar con la izquierda en el plano simbólico y presentarse como la expresión combativa, aguerrida, del peronismo y las clases populares.

El Caudillo, la revista de este grupo, cuyo título podía dar a entender que sería la voz de Perón, fue una pieza central de esa intervención. Estaba ligada a la Alianza Anticomunista Argentina y fue financiada en lo fundamental por el Ministerio de Bienestar Social, que pagaba 65% de la publicidad de la revista (Simonetto, 2014: 134). Desde el primer número, la revista intentó disputarle a la izquierda la mística popular y combativa. Por ello utilizó un diseño semejante a El Descamisado (véase las figuras 2 y 3) y la jerga militante (revolución, compañeros, lucha) que, nutrida de la retórica de la resistencia (véase Ehrlich, 2010), adquirió nuevos sentidos. La revista construyó un antagonista como alteridad completa al que se amenazaba de muerte. Cada editorial terminaba invariablemente con la frase “No hay mejor enemigo, que el enemigo muerto” (Besoky, 2010). En ese sentido, El Caudillo legitimó la figura del “enemigo interno” como un “otro” extraño, peligroso, cuyo aniquilamiento era justificable (Franco, 2012), concebido como una amenaza al orden sexual, político y social (Manzano, 2014b).

Notemos que entender la creación de una opinión pública contrarrevolucionaria exige considerar no sólo los puntos de acuerdo, sino también los puntos de fuga entre las diferentes fuerzas. El dilema para la derecha peronista -y para el propio Perón- era cómo quitarle a la izquierda la legitimidad que ésta había conseguido en su lucha por el regreso del líder (y con su beneplácito), y con el supuesto de que sería el preámbulo de la liberación nacional. Con ese objetivo, El Caudillo realizó una descalificación de la izquierda peronista en términos de género, edad y clase. La virilidad anudó esa triple denostación. Esto no fue casual: la ultraderecha peronista intervino sobre el reconocimiento ganado por esa “juventud maravillosa”, como había denominado Perón a las fuerzas lideradas por Montoneros. Intentó desplazar en forma expresa la hegemonía del “nosotros” viril asociado con la “Tendencia”, denominación que identificaba al conjunto de organizaciones peronistas hegemonizadas por Montoneros. Lo hizo operando sobre los sentidos atribuidos a la figura del “combatiente” o “militante” peronista. Con una retórica que mostraba gran dominio de las estrategias de prensa y conocimiento de las tradiciones peronistas, la revista construyó su voz como la de un varón agresivo, maduro (cuando no adulto) y popular que enarbolaba la defensa de Perón. Ese “nosotros” se construyó en la descalificación del “otro”: militantes montoneros concebidos como débiles, amanerados, clasemedieros, jóvenes inmorales. Eran justamente esas cualidades -en tanto ajenas a la tradición peronista- las que demostraban que dicha fuerza estaba infiltrada dentro del peronismo.

La sexualización de esta construcción fue explícita desde el primer número. Por un lado, en el editorial de El Caudillo, Argentina era presentada como una mujer ante la que se definían las fuerzas enfrentadas: “Los apresurados quieren violar a la Argentina, los retardatarios quieren conservarla virgen, ninguno de los dos aspira a dejar que la Argentina haga, a través del pueblo, lo que quiera”. La metáfora dejaba a la ultraderecha como la supuesta tercera posición, defendida por El Caudillo, entre los “apresurados” (el “marxismo esclavista”) y los “retardatarios” (el “capitalismo explotador”). De este modo, entrelazando lo político y lo sexual, la revista daba a entender que respetaba la libertad femenina, cuyo significado estaba provocando profundas discusiones en el país, pero subsumía la capacidad de decidir de la Argentina (asociada a la condición femenina) a la intervención del pueblo y el líder. Es decir, esas figuras masculinas, por su virilidad, eran las únicas capaces de “satisfacer” a la Argentina feminizada, amenazada, cuyo deseo estaba teñido de connotaciones sexuales. La ultraderecha era definida, así, por su capacidad para iniciar a una mujer virgen, pasible de ser violada.

Esta retórica se desplegó con fuerza mediante dos composiciones. La izquierda amenazante que podía violar a Argentina daba paso a la guerrilla concebida como una “loquita”, modismo usado para referirse simultáneamente a una mujer con experiencia sexual, una prostituta y un homosexual. Los dibujos ponían en imágenes esta interpretación. Mostraban a los principales líderes de Montoneros y del Partido Revolucionario del Pueblo, como puede verse en la figura 4, con gestos amanerados, que tenían la estatura y la vestimenta de los enanos (El Caudillo, noviembre de 1973: 8-9).

Fuente: El Caudillo 1, 16 de noviembre de 1973, páginas 8-9.

Figura 4: Caricaturas de líderes del Partido Revolucionario de los Trabajadores, Montoneros y las Fuerzas Armadas Revolucionarias 

Esas imágenes supuestamente develaban los rasgos característicos, la “verdadera naturaleza”, de los guerrilleros, en función del recurso a la caricatura. Recordemos con Ernst Gombrich (1973) que ésta trabaja con una simplificación con la que pretende captarse el nudo de una percepción social y, en ocasiones, el dibujo es capaz de crearla y darle forma. Es decir, al proponer una imagen para un arquetipo, cuando es exitosa, la caricatura queda asociada al sujeto (individual o colectivo) aludido por ella.

Con esta visión, la guerrilla, asimilada a una mujer y a los homosexuales a los que El Caudillo concebía indignos de la condición humana (Simonetto, 2014), quedaba en las antípodas del “macho” viril (capaz de ejercer la penetración): “Traviesa, pícara y dueña de aparatosas fuerzas […]. Loquita, incapaz de actuar en público si no es bajo un antifaz […]” (El Caudillo, 16 de noviembre de 1973: 8-9). La descalificación quedaba reforzada por la oposición generacional por la cual los activistas encolumnados en la revista eran presentados como los “verdaderos dueños y señores de la verdad”. Eran adultos y maduros y, por ello, capaces de revelarle al pueblo qué escondía el antifaz de los “infiltrados” en el peronismo. Esa capacidad se completaba con el conocimiento producido por el sentimiento de clase frente al “[…] desprecio de esa casta universitaria que ahora intenta -desde la guerrilla bien armada y bien pagada-conducir los destinos del pueblo más lúcido del mundo” (El Caudillo, 16 de noviembre de 1973: 8-9). De este modo, creaba un “nosotros” basado en la experiencia adulta de quienes habían vivido la confrontación de clase constitutiva de la identidad peronista, cuyo antagonista fue la clase media, recordando que ésta cobró entidad política y cultural al oponerse a los “cabecitas negras” (Adamovsky, 2009).

El Caudillo, al reponer ese antagonismo plebeyo con la ferocidad que asumió con el derrocamiento de Perón (1955), borraba las novedades que posteriormente habían operado sobre la identidad de la clase media. En especial, negaba la existencia de una tradición autocrítica de las posturas antipopulares de la clase media (Altamirano, 1997) y el surgimiento de una identidad de clase media progresista y comprometida con la justicia social (Cosse, 2014). Es decir, la derecha apuntó expresamente a desarticular la legitimidad de una clase media comprometida con las clases populares. Para ello, agitó la confrontación en términos de clase. Recurrió a consignas como “alpargatas sí, libros no” (asociada con el enfrentamiento de clase en los primeros gobiernos de Perón) para restar apoyo a las organizaciones de izquierda y, especialmente, a las fuerzas próximas a las organizaciones armadas peronista. Denunció la “pedantería intelectual” de la izquierda armada. Le atribuyó expresiones de feroz desprecio de clase y racista hacia los sectores populares. Por ejemplo, El Caudillo sostuvo que los “infiltrados” tenían por “lemita” decir: “A estos negros de mierda los tenemos que conducir nosotros”. Difícilmente los militantes montoneros, reconocidos por su entronización de lo popular, usarían esa expresión violentamente denigratoria, pero la estrategia era inteligente: espoleaba prejuicios firmemente instalados y operaba sobre los roces que se producían entre los jóvenes con orígenes clasemedieros (con sus plausibles actitudes soberbias) y los militantes obreros próximos o integrantes de Montoneros (al respecto, Salcedo, 2011). Y, al mismo tiempo, con esa intervención, opacaba el carácter socialmente heterogéneo de Montoneros y sus esfuerzos por ganar presencia entre las clases populares (El Caudillo 5, 1973: 14).

La denotación de clase, género y edad funcionó como un manifiesto del primer número de la revista. En el mismo ejemplar en que se descalificaba a la guerrilla por “loquita”, los lectores se encontraban con la fotografía de tres “pibas” -término popular para referirse a las chicas jóvenes- con jeans y poses provocativas estiradas sobre una cama.

Fuente: El Caudillo 1, 16 de noviembre de 1973, páginas 10-11.

Figura 5: Misoginia y sexualización de las jóvenes militantes de izquierda en El Caudillo 

El artículo -titulado “¡Oíme piba!”- se dirigía con violencia a una de esas muchachas porque había desconocido su “verdadero” lugar de género y clase. Ellas, como muchas de las jóvenes militantes de la Juventud Peronista hegemonizada por Montoneros, habían salido de casa y se habían politizado. El interlocutor construido -también varón, adulto y trabajador- asumía la voz de un padre que debía poner en su lugar a las muchachas que, supuestamente como su hija, debían estar en la cocina en vez de militando y pidiéndole dinero para hacerlo, mientras lo tildaban de “burgués y conformista”. Era una condena simbólica de las jóvenes que intentaban escapar al destino de su clase. Hilvanaba una nueva versión de las “costureritas”, perdidas moralmente al ser atraídas por el centro de la ciudad, como habían imaginado el folletín y el tango de comienzos de siglo XX. Pero en este caso el peligro era que fuesen “usadas” política y sexualmente, como proponía la fotografía, por lo que ese adulto varón debía hacerles entender que los socialistas eran responsables del derrocamiento de Perón en 1955. En suma, la radicalización de las chicas aparecía como una maquinación provocada por los “infiltrados” de clase media, que las prostituía. Estas visiones amenazantes construían, por oposición, como hemos planteado, un “nosotros” que entrelazaba las figuras del padre con los reclamos para que ejerciera su autoridad, y la del “macho”, al que se le ofrecían, casi como trofeo, esas muchachas “usadas”, para que las pusiera en su lugar, como hicieron, con infinita crueldad, las fuerzas de la contrainsurgencia.

“Porque somos machos”

El Caudillo mostró la sagacidad política de la ultraderecha. La revista no contó con una gran tirada, pero tuvo un rebote constante en los grandes medios de prensa. Con ello, fortaleció su presencia en el escenario político y afirmó su identidad (Besoky, 2010). Esas intervenciones, en especial, le permitieron legitimar las prácticas violentas de los escuadrones de tareas, disputar la asociación simbólica de la guerrilla con el coraje combatiente y amedrentar a quienes rivalizaban por la conducción del movimiento peronista. En esas construcciones, la revista legitimó una figura viril basada en la misoginia, la homofobia y la violencia sexual, y enalteció la fuerza agresiva de un “macho”, capaz de una dominación al “otro” fuertemente sexualizada.

El humor fue central en esta estrategia. Facilitó la creación simultánea del antagonista y de la propia identidad, como observó Juan Luis Besoky (2016). La revista incorporó rápidamente una historieta que condensaba su visión del enfrentamiento. No sabemos si con ello logró crear una percepción social, pero sí podemos saber cómo usó esa poderosa arma política para descalificar al contrincante y afirmar la identidad propia, que operó, en este caso, sobre la virilidad. La tira estaba protagonizada por “Ortodoxio” (el arquetipo de la derecha “ortodoxa” peronista, como se le denominaba), que luchaba con “Tendencio” (el arquetipo de “la tendencia”) que, sintomáticamente, había sido creado por Militancia , una revista peronista de izquierda (Besoky, 2016). La utilización de un personaje creado por otro dibujante, al menos que mediase la amistad o por lo menos empatía, violentaba los códigos del campo humorístico. El personaje en Militancia tenía la forma de una figura humana plana, en ocasiones algo ovalada, estaba delineada con un solo trazo. Representaba a un militante de izquierda, lúcido, calmo, campechano, que dialogaba consigo mismo, con el lector y con personajes que iban variando (Besoky, 2016; “Tendencio”, Militancia 15, 20 de septiembre de 1973: 9, entre otros).

Como puede imaginarse, El Caudillo usó el personaje para descalificar a “Tendencio” y enaltecer a su propia fuerza política en “Ortodoxio”.

Fuente: El Caudillo 5, 14 de diciembre de 1973, página 23.

Figura 6: “Ortodoxio”, tira humorística de El Caudillo 

La significación de la tira quedó definida en su composición gráfica. La figura de “Ortodoxio” está formada por una cabeza con forma de “P” (por “Perón”) que encaja en el torso con la “V”, que, como explicamos, reenviaba a la identidad peronista y a la consigna “Perón vuelve”, que podía verse inscrita en paredes, volantes y lonas, al punto de que la sigla “P/V” simboliza, aún en la actualidad, la campaña por el regreso del líder, conducida por la Juventud Peronista. De modo tal que “Ortodoxio” se apropiaba no sólo del personaje de “Tendencio”, sino también del triunfo, de su rival político cuya anulación tenía una expresión gráfica. En El Caudillo, “Tendencio” adquirió un aspecto fantasmal, atemorizado, quedó desvalorizado frente a su antagonista. Su expresión lo reafirmaba: los puntos suspensivos exigían que fuese el lector el que completase la expresión “cagaso”, palabra del argot popular para referirse al miedo en forma descalificadora. Notemos que el dibujante, cuya identidad aún nos es desconocida, pronunció el contraste entre ambos personajes en función de su caracterización (“Tendencio” pasó a estar desnudo, enfrentado a un personaje vestido con los símbolos peronistas) y de recursos expresivos (“Tendencio” solía estar doblegado, situado en el suelo, miraba desde abajo y con expresión de debilidad en las cejas y los ojos).

La gráfica fue reforzada por el contenido. En cada entrega, “Tendencio”, acobardado, quedaba vencido por “Ortodoxio”, que con esa derrota denigraba al contrincante; con frecuencia, por su supuesta condición de “infiltrado” en el peronismo -en el pueblo-, debido a su pertenencia a la clase media. La línea editorial de El Caudillo operaba en igual dirección. Por un lado, denunciaba que “la tendencia” encubría al marxismo y al comunismo en oposición a la tradición peronista y nacional. Por el otro, instigaba la condición trabajadora de los “verdaderos” peronistas contra los militantes de clase media de Montoneros con los epítetos “loquitas”, “drogadictos”, “oligarcas”, mantenidos por los “papis”. La acusación completaba la denigración moral acusándolos de hacer “orgías” y amenazar con la violación a una niña de ocho años. Con ello, se enlazaban los prejuicios de clase con los intolerables sociales (como violencia sexual a una niña). La amenaza se trasmutaba en la legitimación del “exterminio” que llevarían adelante “porque somos machos y porque Perón manda” (El Caudillo 8, 1974: 2-3).

En las sucesivas entregas, la revista proyectó los prejuicios homofóbicos de la sociedad argentina sobre cada aspecto de la cultura de la izquierda (la vestimenta, la psicología, las lecturas) y los unió con una misoginia violenta. De este modo, azuzó los temores a la contestación del orden político, social y sexual. La estrategia fue efectiva. No podemos saber qué influencia tuvo en el creciente aislamiento social de las organizaciones guerrilleras. Pero sí sabemos que, en paralelo con estos ataques, se abroquelaron las tendencias moralistas en Montoneros, cuyos militantes gritaron: “No somos putos, no somos faloperos, somos los soldados de FAR y Montoneros”, cuando el Frente de Liberación Homosexual intentó sumársele a su columna. Es decir, ante el ataque de la derecha a la virilidad guerrillera, Montoneros reforzó el moralismo, quizá para eludir la incriminación (Cosse, 2014b). Ciertamente esto mostraba los límites de la utopía del “hombre nuevo”. Nos revela una izquierda que estaba entrampada en la estrategia de su contrincante y el pulso conservador que ganaba a la opinión pública. Fue en ese contexto en el que las bajas de la guerrilla fueron cada vez más numerosas, como el resultado de una crueldad feroz, ejercida por quienes estaban convencidos de que la guerrilla debía ser exterminada, que podían usar cualquier medio y que, al hacerlo, reafirmarían su virilidad.

Conclusiones

Este artículo propone una historia sociocultural de lo político con clave de género. El estudio de la masculinidad permitió considerar el carácter político de la diferencia sexual, situarse en la bisagra de lo privado y lo público, lo ideológico y lo emocional, y tensar matrices emergentes en diferentes temporalidades. Partió de asumir que la virilidad -entendida como una configuración singular de la masculinidad- tuvo especial importancia en organizaciones revolucionarias que se proponían desafiar el monopolio de la fuerza del Estado y tomar el poder. Entendió que este ángulo aportaba a la discusión sobre las identidades, legitimaciones y estrategias políticas en relación con la violencia política y la percepción de la postura de la clase media. Es momento de recapitular los hallazgos.

En primer lugar, el estudio mostró la centralidad de la masculinidad para la estructuración de la identidad de organizaciones que tuvieron matrices comunes y singularidades. El carisma de Santucho, cuyo liderazgo se afianzó con el apoyo de sus hermanos biológicos y políticos, movilizó actitudes que identificaban a las personas del norte del país con una tradición indígena y americanista. Era una reivindicación que tenía sentido en oposición a la idea de una Argentina blanca y europea. Montoneros, en cambio, acorde con sus características y su condición peronista, tuvo una “conducción” colectiva y un conjunto de luchadores en el panteón que incluían especialmente a los “héroes” de la resistencia peronista. Ambas organizaciones entronizaron -utilizaron y construyeron- las virtudes guerreras entrelazadas simbólicamente con la potencia sexual, reproduciendo trazas hegemónicas de larga duración. En ese sentido operó la figura del Che Guevara. Con su condición mítica y heroica, anudó política y simbólicamente a la izquierda armada. Su carácter excepcional estuvo unido a la exaltación del coraje, la entrega y el sacrificio, valores acordes con los riesgos de la clandestinidad y la lucha armada.

En segundo lugar, más allá de las actitudes en sí mismas, las historias de las acciones armadas, como hemos planteado, nutrieron una “mística” militante, decisiva para el crecimiento de las organizaciones entre los jóvenes radicalizados. La militancia implicó una vida cotidiana intensa y vertiginosa en las interacciones entre jóvenes (varones y mujeres) que estaban conformando su subjetividad, ganándose el “respeto” en las prácticas militantes, las conquistas amorosas y la mirada de los congéneres. En esas dinámicas, el significado del “hombre nuevo” se convirtió en un campo de contiendas que involucraba el poder de varones y mujeres y las reconfiguraciones en la masculinidad, cuestiones que, en la época, estaban generando profundas discusiones en la sociedad argentina. Esa confrontación involucraba la “mística” de una vida intensa y riesgosa, pero también la capacidad de enternecerse -un sentimiento que los libros de lectura seguían asociando con lo femenino- y luchar por una utopía política galvanizada por el amor, la entrega redentora por la humanidad toda. Con este ángulo, entonces, el carácter sacrificial -con su exaltación de la muerte y de la guerra- no da cuenta por completo de la virilidad guerrillera. Esta contuvo, en tensión, una sensibilidad tierna, amorosa.

En tercer lugar, el análisis de la ultraderecha mostró la importancia que ésta le otorgó a disputarle a la izquierda la hegemonía simbólica sobre la figura del “combatiente” y del “héroe revolucionario”. Para descalificar a Montoneros, atacó su virilidad. Azuzó las ansiedades de género y las confrontaciones generacionales que convulsionaban a la sociedad argentina. El Caudillo transformó la “ternura” en cobardía y concibió como afeminados a los militantes de la cofradía viril. Este ataque simbólico, signado por la misoginia y la homofobia, fue un arma política crucial. Mostró a una ultraderecha avasallante en el espacio público y fortaleció la identidad de sus integrantes, que podían reconocerse en la capacidad de demoler a su enemigo político, lo que tenía directa relación con su participación en los ataques parapoliciales.

Finalmente, el estudio reveló que la derecha articuló la denigración misógina y homofóbica con la descalificación generacional y de clase. Como hemos visto, El Caudillo repuso in toto la representación de una clase media refractaria de las clases populares, capaz de expresiones violentas, racistas y excluyentes. De ese modo, alimentándose de la tradición plebeya del primer peronismo, operó con una visión esencialista y ahistórica de las identidades de clase. Esto fue parte de una estrategia política para velar el carácter socialmente heterogéneo de Montoneros y la existencia de una clase media progresista, cuya identidad se estructuró simbólicamente en los años sesenta, empática con las clases populares, la que incluso había colaborado con su voto a la colosal victoria electoral peronista en 1973. Esta interpretación valoriza un enfoque histórico y muestra que es imprescindible considerar las estrategias políticas sobre las identidades de la clase media. En este caso, El Caudillo presentó a la izquierda peronista -y a sus militantes- como un grupo de jóvenes de clase media que, por ello, eran enemigos del pueblo, débiles y afeminados, depravados.

En contrapunto, la retórica de El Caudillo construyó la virilidad de la ultraderecha. Instaló en la opinión pública una figura viril agresiva y misógina con la que, campechanamente, presentaba a sus activistas como “machos”, varones maduros y de las clases populares, en el supuesto de que esto le otorgaría beneficios políticos. Como se ha señalado, es significativo que estas imágenes surgieran simultáneamente a los escuadrones parapoliciales y es plausible que la revista, con ellas, buscase fortalecer a sus integrantes apelando a nociones que -como la violencia y la conquista sexual- eran históricamente constitutivas del poder patriarcal en América Latina, que a la vez concebían como política y militarmente redituable. Notemos que esta apuesta surgió en 1973, en la coyuntura exacta en la cual la contrainsurgencia había triunfado a escala regional con el golpe de Estado en Uruguay y el derrocamiento de Allende, en un contexto en el cual Argentina se convirtió en el campo de batalla crucial para definir la pugna histórica entre las fuerzas revolucionarias y la contrarrevolución en el Cono Sur. Ese combate desigual, con grupos parapoliciales que ejercieron una crueldad sin límite y usaron recursos del Estado, puso en el centro de la escena diferentes formas de pensar, imaginar y sentir la condición viril.

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Prensa

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Estrella Roja (1971). “Día del guerrillero heroico”. 7 (octubre): 4-5. [ Links ]

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Estrella Roja (1973). “22 de agosto. Día del combatiente revolucionario”. 23 (agosto): 16-33. [ Links ]

Estrella Roja (1972). “El camino del Che”. 15 (octubre): 8-9. [ Links ]

Estrella Roja (1974). “Dos ejemplos revolucionarios”. 41 (octubre): 6, 14-15, 19. [ Links ]

El Descamisado (1974). “Montoneros”. Número extra. 14 de marzo: 1. [ Links ]

El Caudillo (1973). “Reportaje al compañero Juan Muciaccia”. 5 (14 de diciembre). [ Links ]

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Militancia (1973). “Tendencio”. 15 (20 de septiembre): 9. [ Links ]

Testimonios orales

Memoria Abierta (2002). Testimonio de Luis Salinas. [ Links ]

Memoria Abierta (2002). Testimonio de Cristina Muro. [ Links ]

Memoria Abierta (2005). Testimonio de Javier Urondo. [ Links ]

Memoria Abierta (2006). Testimonio de Hernán Invernizzi. [ Links ]

Memoria Abierta (2006). Testimonio de Marcelo Schapces. [ Links ]

Memoria Abierta (2010). Testimonio de Luis Ortolani. [ Links ]

Entrevista de la autora (2015). Testimonio de Pedro Martín. [ Links ]

Películas y discografía

Montoneros (1973). Huerque Mapu. Montoneros. Buenos Aires. [ Links ]

Recibido: 23 de Febrero de 2018; Aprobado: 05 de Diciembre de 2018

Temas de especialización: historia de América Latina, historia de la familia y la infancia, historia de los años sesenta y setenta, sexualidad y género

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