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Revista mexicana de sociología

versión On-line ISSN 2594-0651versión impresa ISSN 0188-2503

Rev. Mex. Sociol vol.79 no.4 Ciudad de México oct./dic. 2017

 

Artículos

Biografía y marxismo: alcance del método progresivo-regresivo de Sartre

Biography and Marxism: Sartre’s progressive-regressive method

Matari Pierre Manigat* 

* Doctor en Ciencias Económicas por la Universidad de París XIII. Instituto de Investigaciones Sociales-Universidad Nacional Autónoma de México. Temas de especialización: historia del pensamiento económico, teoría del Estado, historiografía marxista. Circuito Mario de La Cueva s/n, Ciudad Universitaria, 04510, Coyoacán, Ciudad de México.


Resumen

Este artículo analiza los alcances de la contribución de Jean-Paul Sartre a la elaboración de un método biográfico conforme a las exigencias del marxismo. Sartre reprochó a los marxistas un pan-objetivismo que reduce la subjetividad y el carácter concreto de los hombres a epifenómenos. Su contribución radica en aprehender la génesis de la individualidad para integrarla al movimiento histórico. El método progresivo-regresivo restituye el doble carácter, social y único, universal y singular, de los biografiados. Pero el éxito de la contribución de Sartre ocurre al costo de una tirantez con la hipótesis que fundamenta antropológicamente al marxismo: el carácter social del hombre.

Palabras clave: Sartre; marxismo; biografía; individualidad; método regresivo-progresivo; proyecto

Abstract

This article analyzes Jean-Paul Sartre’s contribution to designing a biographical method in keeping with the demands of Marxism. Sartre criticized Marxists for their pan-objectivism, which reduces subjectivity and man’s specific nature to epiphenomena. His contribution lies in grasping the genesis of individuality in order to incorporate it into the historical movement. The progressive-regressive method restores this two-fold nature: social and unique, universal and singular. Yet the success of Sartre’s contribution at the cost of a tension with the hypothesis that anthropologically underpins Marxism: man’s social nature.

Key words: Sartre; Marxism; biography; individuality; progressive-regressive method; project

El método progresivo-regresivo responde a una preocupación que atraviesa toda la obra de Jean-Paul Sartre: el análisis de la existencia de individuos concretos y de sus vínculos con la Historia. Más que una profundización del existencialismo, el método progresivo-regresivo resultó de la conflictiva apropiación del materialismo histórico por el autor de El ser y la nada. Y para Sartre, el marxismo contiene una gran laguna: carece de mediaciones para entender la formación de individuos singulares. En ese sentido, el método progresivo-regresivo accede a incorporar las mediaciones existentes entre las determinaciones sociales y la manera como son vividas por los individuos. Sartre expuso el principio metodológico y las mediaciones en un ensayo titulado Cuestiones de método publicado en 1958. La propuesta precedió a la redacción de su monumental biografía de Gustave Flaubert, El idiota de la familia (1971).

En este artículo analizamos los alcances del método progresivo-regresivo para la elaboración de biografías. Sartre reprochó a los marxistas por reducir la subjetividad a un epifenómeno a la hora de efectuar la síntesis de un periodo histórico determinado. Su contribución metodológica radica precisamente en aprehender esa subjetividad, entendida como interiorización de lo exterior, e incorporarla al análisis del movimiento histórico. Sartre buscó superar el pan-objetivismo del marxismo ortodoxo para explicar a los individuos y procesos históricos concretos como síntesis de múltiples determinaciones, donde la subjetividad aparece como momento de lo objetivo. Pero el éxito de la contribución de Sartre ocurre al precio de una tirantez con la hipótesis del carácter social del hombre que fundamenta antropológicamente al marxismo. De ello deriva el siguiente modo de exposición.

Si el materialismo histórico superó el unilateralismo de los análisis del rol del individuo en los acontecimientos sociales en cuanto problemática estructurante del género biográfico, su sistematización como método de síntesis favoreció un pan-objetivismo que redujo la subjetividad a un epifenómeno. Para Sartre, el análisis de la formación de los individuos concretos exige, por consiguiente, un replanteamiento de las relaciones entre el marxismo y las ciencias sociales. Sus resultados conforman los insumos del método progresivo-regresivo y del proyecto, respectivamente, las reglas de exposición y el concepto clave del making of de una biografía. El resultado final es la puesta en relieve del biografiado como un universal-singular. Concluimos este artículo señalando la tirantez de la propuesta de Sartre con el fundamento antropológico subyacente al marxismo.

El rol del individuo en la historia y el género biográfico

La existencia de individuos independientes los unos de los otros y unidos por la permuta de los productos de sus trabajos -esto es, la división mercantil del trabajo social- constituye la característica básica de las sociedades civiles modernas. El desarrollo de los intercambios y de la división del trabajo que lleva aparejada -al multiplicar las necesidades y al encoger la capacidad productiva del individuo solitario- potencia la dependencia de los individuos con sus intercambios (Marx, 2012: 67-68). Con la división mercantil del trabajo, el metabolismo económico de la sociedad se plasma en incesantes intercambios entre productores aislados y opuestos los unos a los otros. La forma involuntaria y espontánea de la cooperación expresa, socialmente, el carácter privado de la propiedad subyacente a esos intercambios. De ahí que las leyes que gobiernan el mundo, donde reinan la producción y el intercambio de mercancías, aparecen como potencias anónimas y autónomas que merodean sobre los individuos, determinan sus acciones y doblegan sus voluntades. Reparten “como mano invisible la felicidad y la desgracia entre los hombres, creando y destruyendo imperios, alumbrando pueblos y haciéndolos desaparecer” (Marx y Engels, 1974: 34-36).

La historia de la formación del mercado mundial y de la génesis de los Estados modernos expresa económica y políticamente el advenimiento de un tipo de relación entre el individuo y la sociedad característico de la era moderna. La estructura significativa de esta relación individuo-sociedad radica en la tensión entre, por un lado, la praxis individual y, por el otro, la creciente independencia de potencias sociales resultantes del desarrollo de las formas económicas y políticas burguesas. Georg Lukács mostró cómo la novela moderna, en cuanto género literario que nace en el siglo XVI, expresa ese tipo de relación entre el individuo y la sociedad. Las aventuras del héroe de la novela son las andanzas de seres individualizados en un mundo problemático y cuyo significado está por construir. Lukács consideraba que la novela biográfica era el vehículo idóneo para representar la relación de alteridad del individuo de la era moderna con su mundo, así como las disyuntivas de su devenir (Lukács, 1971: 67 y 84-85; 1970: 459-464).

De esta forma, no fue casual que la reformulación de las relaciones entre individualidad y determinismo social haya sido uno de los principales campos de batalla de la historiografía moderna que emerge con las formas económicas y políticas burguesas en la Europa occidental (Carr, 1985: 44-47). Esto orienta la reflexión sobre el rol de la “gran personalidad” o individualidad histórica, problemática que estructura la reflexión metodológica sobre el género biográfico. El interés de la reflexión marxista sobre el rol de la individualidad en la determinación de los acontecimientos sociales consiste en haber criticado el unilateralismo de planteamientos que, desde múltiples disciplinas,1 influyeron en la búsqueda de un método propio del género biográfico; enfoques que designaremos -de manera esquemática y solamente para facilitar la exposición de nuestra problemática central- como subjetivista y objetivista.2

En la tradición subjetivista, las acciones y las obras de la gran personalidad histórica expresan una vida singular e irremplazable. El crítico literario Charles-Augustin Sainte-Beuve llevó esa tendencia hasta interpretar una obra literaria a partir de la vida física de su autor (Lefebvre, 1971: 232). Asimismo, consideraba la historia como una vasta acumulación de contingencias. Pero la unanimidad por lo circunstancial oculta una rica diversidad de interpretaciones del papel del individuo en la historia. Mientras que el método comprensivo de Jules Michelet orienta al investigador hacia las subjetividades colectivas o de masas (Ansart-Dourlen, 1993: 71-96), con Isaiah Berlin el mismo procedimiento extrae su fuerza heurística del individualismo metodológico propio de la filosofía liberal contemporánea (Berlin, 1997: 119-190). En todos los casos, la tradición subjetivista cataliza la indagación de la vida íntima y los factores de índole psicológica, a tal grado que el enfoque se consideró durante mucho tiempo consubstancial al género biográfico. De ahí también el prolongado divorcio entre el género biográfico y la historiografía. La rigurosidad archivística y la pretensión a la objetividad de la segunda contrastan con el carácter poroso de las fronteras del primero con la ficción y la literatura (Dosse, 2011: 103-105, 140-147, 150-169 y passim);3 escrúpulos todos hoy desvanecidos.4

A contrario sensu, la tradición objetivista circunscribe el impacto de la acción de los individuos descollantes a los límites impuestos por condiciones independientes de su voluntad (Lefebvre, 1971: 165). Pero no solamente. Para los historiadores liberales franceses de la época de la Restauración, los revolucionarios de 1789 habían sido instrumentos de las grandes tendencias sociales y de la lucha de las diversas clases sociales que abatieron al Antiguo Régimen (Guizot, 1828: 29). Al mismo tiempo, Alexis de Tocqueville invitaba a estudiar a los individuos a partir de las clases, ya que “solamente éstas deben ocupar la historia” (1967: 207).5 Más tarde, a inicios del siglo XX, bajo la influencia de la sociología de Émile Durkheim, Lucien Febvre y Marc Bloch de la escuela de los Annales sistematizaron las causalidades objetivas y estructurales en la historiografía (Rhodes, 1978: 45-73). El impacto de esta revolución anti-subjetivista fue tal que, durante el periodo de gloria de los Annales, el género biográfico quedó particularmente marginalizado (Dosse, 2011: 187).

Desde sus crónicas sobre la “revolución y contrarrevolución en Europa” para la Neue Rheinishe Zeitung entre 1848-1849, el papel de las individualidades en las coyunturas críticas constituye una preocupación constante en las intervenciones de Marx. En particular, el autor de La guerre civile en France subrayó el carácter decisivo de la presencia y ausencia de Adolphe Thiers y de Auguste Blanqui, respectivamente, en el desenlace de la Comuna de París, aun cuando las condiciones generales condenaban la insurrección del 18 de marzo de 1871 (Marx, 2008; Ansart-Dourlen, 1993). Empero, la sistematización de una reflexión general sobre la problemática del papel del individuo en la historia correspondió a Friedrich Engels y, sobre todo, al “padre” del marxismo ruso Gueorgi Plejánov (Carr, 1970: 110-112; Baron, 1998: 389-404). Para él, las perspectivas subjetivistas y objetivistas representan dos caras de la misma moneda. Los personajes influyentes pueden modificar la fisionomía particular de los acontecimientos y algunas de sus consecuencias parciales; no así su orientación general. Las muertes prematuras de Mirabeau, Robespierre y/o Bonaparte hubiesen indiscutiblemente modificado la naturaleza y la marcha de los acontecimientos de la Revolución Francesa; no así su rumbo (Plejánov 1962: 45-46; Engels 1975b: 94). A la inversa, concluir que la acción de esos hombres era insustituible es, para Plejánov, una “ilusión óptica”; se confunde la fuerza personal de los protagonistas con las fuerzas sociales que los arrojaron al frente del escenario histórico (Plejánov, 1962: 49). Mientras una tendencia histórica tiene suficiente amplitud y profundidad, se expresa a través de un cierto número de individuos y no solamente a través de uno. Recíprocamente, esa profundidad fomenta las condiciones de eficacia de la acción de esos individuos. Tanto la profundidad como la eficacia dependerán, claro está, de las condiciones culturales y educativas de cada estrato de la pirámide social. “Las clases cultas, vale decir, las clases poseedoras, tienen hombres representativos, guías expertos y buenos servidores en número suficiente y, por otra parte, no vacilan en tomarlos de entre la plebe si le son precisos… Las clases pobres son pobres en hombres y es éste uno de los factores más trágicos de su destino”, especificará Victor Serge (1978: 28).

Ahora bien, ¿cómo explicar la formación de los talentos y de las cualidades de los individuos? Este problema -de especial importancia para las biografías- oculta otro aspecto de la ilusión óptica. Los talentos afloran ahí donde existen condiciones sociales favorables para su surgimiento. La eclosión de una determinada corriente artística o literaria depende de la “profundidad” social de la corriente en cuestión. La profundidad “está determinada por la importancia que [la corriente] tiene para la clase o capa social cuyos gustos expresa y por el papel social de esta clase o capa” (Plejánov, 1962: 53; Antal: 1989). Las innumerables circunstancias de la vida privada a partir de las cuales brota el genio del biografiado no explican la génesis de su obra. Revelan la adquisición de cualidades necesarias para dominar un género cuya explicación yace en la historia social. Ningún análisis psicológico puede socorrer la comprensión de las obras artísticas, literarias e intelectuales, sentenciará Lukács. Por ejemplo, para un biógrafo de Marx sería puro azar saber si éste formuló su teoría del plusvalor, por primera vez, conversando con Engels o meditando en su fuero interior en los pasillos de la British Library (Lukács, 2000: 350-352).

Pan-objetivismo y disolución de la subjetividad en el marxismo ortodoxo

La influencia de las consideraciones de Plejánov sobre la ilusión óptica desbordó silenciosamente los límites del marxismo. El riesgo de la personalización de los procesos históricos -destacar el papel del individuo desestimando el contexto en el que sucedieron los hechos- se convirtió en una advertencia de sentido común para los biógrafos profesionales (Kershaw, 1999: 17-22). Asimismo, sugestionaron algunas de las críticas a las historias de vida en ciencias sociales. Para Pierre Bourdieu, por ejemplo, “la ilusión biográfica” imposibilita entender una vida por sí misma, de la misma manera que resulta imposible explicar un trayecto en el metro sin tomar en cuenta la estructura de la red que conforma la matriz de las relaciones objetivas entre las distintas estaciones (1986: 62-63).

Pero la tradición marxista no sólo pretendía reformular la problemática del papel de la individualidad en la historia para ajustarla al aforismo según el cual “los hombres hacen su propia historia, pero bajo aquellas circunstancias con que se encuentran directamente, que existen y les han sido legadas por el pasado” (Marx, 1994: 437; 1977: 448-450). La fuerza de esas circunstancias se hace sentir a través del carácter indeliberado de la marcha de la historia resultante de la actividad consciente de los hombres. He aquí el alcance de la definición de Engels del acontecimiento histórico, cual resultante de “los conflictos entre muchas voluntades individuales” (1975a: 78). Éstas, no pudiendo alcanzar lo que desean separadamente, “se fundan en una media total, en una resultante común”. La multiplicidad de condiciones especiales de vida que hace la singularidad de cada individuo y de cada voluntad individual es aniquilada por ese entrecruzamiento (1975a: 78-79). De ahí que el acontecimiento histórico acaba siendo el “producto de una potencia única, que como un todo, actúa sin conciencia y sin voluntad” (1975a: 78-79).6

La definición de Engels autorizó la evanescencia, o la marginalización, de la subjetividad en el marxismo ortodoxo. En vez de considerar el acontecimiento como una vorágine que arrastra a los individuos, la definicion de Engels-Plejánov fetichiza el acontecimiento erigiéndolo en “realidad independiente que se impone a los individuos” (Sartre, 2004: 114). He aquí el contenido específico de la ortodoxia marxista en el terreno de la investigación histórica. Su correlato es un pan-objetivismo con importantes consecuencias para la investigación biográfica desde el marxismo: explicar la vocación de un biografiado a partir de rasgos de su personalidad equivaldría a imputar a la evolución psicológica individual lo que, en verdad, es atributo de tendencias sociales objetivas. Por consiguiente, la predisposición del biógrafo por el detalle y por lo anecdótico lleva a sobrestimar causas subjetivas inmediatas, con el riesgo de caer en la ilusión óptica cara a Plejánov. Con tal de disociar los epifenómenos de los fenómenos esenciales, Lukács instará a que se adopte el punto de vista del éxito o del fracaso de las acciones del biografiado. Para que el análisis quede libre de todo el “aspecto mezquino y anecdótico de la presentación biográfica sin que su destino pierda por ello su aspecto atormentado” (Lukács, 2000: 359), es necesario sortear las explicaciones psicológicas, así como la tentación de relacionar directamente la vida privada con las obras del biografiado. He aquí el meollo de las “anti-biografías” desarrolladas por Lukács.

Los desarrollos precedentes definieron los parámetros objetivos y subjetivos de la ecuación del género biográfico en el materialismo histórico. Entre los marxistas que tomaron el desafío, Isaac Deutscher encaró sistemáticamente el problema de la subjetividad en la historia en sus biografías de Stalin y Trotski.7 Manifestó cierta perplejidad ante el análisis contrafáctico que hace Trotski del rol de Lenin en la insurrección del partido bolchevique en octubre de 1917. Decir que “Lenin era un eslabón de la cadena pero [que] sin ese eslabón la cadena se hubiera deshecho” (Trotsky, 1995: 336-337; 375-376) contradecía “la tradición intelectual marxista” (Deutscher, 1969: 227).8 El historiador aplicaba al pie de la letra las advertencias de Plejánov sobre la ilusión óptica. Asimismo, sus biografías de Stalin y Trotski denotan una preocupación extrema por colocar las acciones y talantes de sus biografiados dentro de una dialéctica aleatoria, aun cuando objetiva (Deutscher, 1969: 497-515; 1979: 626). Los protagonistas de la historia política son, antes que nada, portadores de las tendencias de su época, convicción que el historiador polaco expresó, no sin ambages, de la siguiente manera: “Si Lenin hubiera vivido habría tenido que convertirse en Stalin o en Trotsky, pues estos dos hombres representaron las dos soluciones opuestas a los dilemas de los años veinte. Pero probablemente Lenin no se hubiera convertido en Stalin ni Trotsky; en cierto sentido, estos dos caracteres estaban combinados en él” (Deutscher, 1975: 207).

Con la reducción de la subjetividad al estatuto de epifenómeno y su correlato, el abandono de la formación de la individualidad a las “casualidades de la vida privada” (Plejánov, 1962: 34 y 43), el marxismo ortodoxo pagaba un tributo elevado a la filosofía de la historia de Hegel (1974: 79 y passim; Plejánov, 1949). Explicaba cómo la historia moldea a los hombres, pero no cómo éstos la hacen, ni tampoco cómo se forma la singularidad de esos hombres concretos. Considerar a éstos más allá de su personalidad social implicaba replantear de raíz el tipo de relación entre el marxismo y las ciencias sociales.

La génesis de los individuos concretos en el marxismo sartreano

Para Sartre, también la acción y las ideas de los individuos se arraigan en condiciones históricas definidas por relaciones de producción antagónicas y por la escasez.9 Si el modo de producción de la vida material domina el desarrollo de la vida social, política e intelectual es porque “las transformaciones de las relaciones sociales y los progresos de la técnica no [han] liberado al hombre del yugo de la [escasez]” (Sartre, 2004: 39). Así y todo, Sartre rechaza la reducción de la subjetividad a los determinantes sociales (1972). En vez de descifrar a los individuos concretos, la ortodoxia los disuelve en “un baño de ácido sulfúrico”, mixtura de conjuntos supra-individuales como el modo de producción, la formación económica o la clase social. Paul Valéry “es un intelectual pequeño burgués, no cabe la menor duda. Pero todo intelectual pequeño burgués no es Valéry” (2004: 57). Con esa fórmula lacónica, Sartre introduce la problemática medular del existencialismo en el marxismo: la irreductibilidad de la individualidad a un saber objetivo (2004: 22-25 y 35).10

Sartre se opuso a los marxistas hegelianos -como Lukács-, para quienes “el hombre sufre la dialéctica desde afuera como su ley incondicionada” (Sartre, 2004: 58). Simultáneamente, se opuso a aquellos que, siguiendo a Engels, consideraban la historia humana como variante específica de la historia natural (Gorz, 1966: 33-52; Remley, 2012). Ambas posturas terminaban justificando la identificación del proceso histórico con una “media total”, en la cual el carácter concreto de los individuos quedaba aniquilado (Sartre, 2004: 182; Lichtheim, 1963).

Abandonar esas perspectivas y estudiar el proceso genético de un individuo concreto no era un ejercicio especulativo. Requería adentrarse en las relaciones humanas más inmediatas. ¿Cómo se constituye la pertenencia a una clase social? ¿Cómo un individuo vive a diario su condición de clase? Estos interrogantes exigían la ayuda y la movilización de herramientas provenientes de disciplinas auxiliares, como el psicoanálisis y la sociología. La respuesta a la primera pregunta remite al estudio de la infancia. A los marxistas

[…] sólo les preocupan los adultos: al leerles podría creerse que nacemos a la edad en que ganamos nuestro primer salario […]. Todo ocurre como si los hombres sintiesen su alienación y su reificación primero en su propio trabajo, cuando, cada cual lo vive, como niño en el trabajo de sus padres. Al chocar contra unas interpretaciones que son con demasía exclusivamente sexuales, se aprovechan para condenar un método de interpretación que pretende simplemente reemplazar en cada uno a la naturaleza por la Historia (Sartre, 2004: 61-62).11

Si la infancia marca el descubrimiento de la adscripción a un grupo social, el psicoanálisis permite estudiar la interiorización de la personalidad social impuesta por los mayores. Al proporcionar el “punto de inserción del hombre en su clase”, el psicoanálisis remite tanto a las condiciones materiales que apresan al individuo como al trabajo de la infancia sobre la vida adulta (Sartre, 2004: 61-62). Desde luego que Sartre no era el primero en señalar la importancia de la infancia para entender a un individuo y/o el significado de una obra. Tampoco era el primero en tender un puente entre marxismo y psicoanálisis.12 Su propuesta destacaba por sugerir la necesidad de un psicoanálisis existencial capaz de comprender el proceso genético de la individualidad;13 sin introducir determinismo alguno a la manera de los biógrafos que proyectan ciertos rasgos de la niñez para elucidar toda una vida.14 Para Sartre, el carácter individual resulta, por una parte, de la aprehensión de la clase de origen a través de la familia y, por otra, del esfuerzo del individuo por desarraigarse de ésta (2004: 92).

Pero la infancia sólo marca el inicio de la génesis de la individualidad. La vivencia y la inculcación de la condición social prosigue a través de la inmersión del individuo en diversos “conjuntos prácticos” o campos de la vida social. Estos campos mediatizan y desgarran las relaciones entre el individuo y los intereses materiales de su clase (Sartre, 2004: 65). Productos de la extensión y profundización de la división social y espacial del trabajo, el análisis de esos campos constituye el principal terreno de enfrentamiento entre la sociología académica y el marxismo. Mientras la primera considera la consistencia de dichos conjuntos, el marxismo tiende a negar su apariencia puramente fenomenal para reducirlos a las relaciones de producción predominantes. No obstante, reprocha Sartre, el problema no consiste en saber si conviene reducir -o no- esas categorías empíricamente observables que la sociología cosifica. Antes bien, se trata de determinar cómo y cuándo conviene operar esta reducción. En una palabra, hay que incorporar la especificidad de esos grupos evitando su cosificación, y comprender la influencia ejercida por esos grupos en la formación de la individualidad exige una integración crítica de la sociología, disciplina cuyas herramientas y técnicas ayudan a descubrir las mediaciones entre los individuos concretos y sus clases de pertenencia (Sartre, 2004: 65; Gurvitch, 1961: 113-128). Por ejemplo, el obrero de fábrica de una sociedad capitalista desarrollada padece

[…] la presión de su “grupo de producción”; pero si, como es el caso en una gran ciudad, vive bastante lejos de su lugar de trabajo, estará sometido también a la presión de su “grupo de habitación”. Ahora bien, esos grupos ejercen acciones diversas sobre sus miembros. A veces, la “manzana” o “el barrio” [o suburbio] frenan en cada cual el impulso dado por la fábrica o el taller (Sartre, 2004: 65-66).15

El desafío es, pues, doble. Por una parte, se trata de reconocer la consistencia de esos campos y grupos como “realidades vividas por sí mismas y que poseen eficacias particulares” y que “se interponen como una pantalla entre el individuo y los intereses generales de su clase” (Sartre, 2004: 65). Por otra parte, es menester considerar la génesis y el arraigo de los mismos -su conformación material y las formas culturales que desarrollan- a partir de las relaciones de producción.16

El método progresivo-regresivo y el proyecto: el making of biográfico17

En suma, infancia, vivencia familiar y grupos secretan lo que Sartre llama el ser-de-clase que se impone a la acción del individuo concreto (Sartre, 2004: 403 y passim). Ahora bien, reducir la génesis de la individualidad al estudio de un sistema complejo de relaciones sociales equivaldría a definir al individuo como mero portador de estructuras. He aquí la fuente del unilateralismo de los enfoques estructuralistas.18 Para Sartre, rastrear la relación del individuo con su clase a partir de la infancia y en los diversos campos de la vida social sólo asienta los insumos de su propuesta metodológica. Queda por elucidar la subjetividad del individuo articulada con el movimiento histórico.

En cuanto epistemología, el marxismo ortodoxo es, según Sartre, un método progresivo y sintético. Parte de las relaciones de producción y de sus conflictos para apropiarse de sus objetos de estudio concretos y situarlos en su época. Sartre propone un método que sea, simultáneamente, progresivo-sintético y regresivo-analítico (2004: 129). Este método progresivo-regresivo se despliega en tres tiempos.

En un primer momento, el análisis describe densa y a-históricamente la situación en la cual está inmerso el individuo, para desplazarse regresivamente, en un segundo momento, hacia las condiciones de posibilidad de la situación ya descrita. En este viaje en el tiempo, el biógrafo coloca al individuo en su medio, su sociedad y su época, y busca profundizar todo lo posible en la intimidad, las circunstancias, la evolución de la familia, el entorno social, etcétera (Sartre, 2004: 118-119). En tanto estudio de las condiciones económicas, políticas, ideológicas y culturales de un periodo determinado, este momento regresivo reclama el auxilio de las técnicas de la historia social.19 Finalmente, el tercer momento avanza progresivamente -mediante el psicoanálisis- para determinar cómo el individuo interiorizó estos condicionamientos sociales y acontecimientos históricos. Posteriormente, el biógrafo emprende el mismo recorrido, en espiral, regresando hacia los hechos para progresar hacia la interiorización y la exteriorización de esos condicionamientos y así sucesivamente; “determinará la biografía profundizando la época, y la época profundizando la biografía” (2004: 119). Sartre afirma haberse inspirado en Henri Lefebvre y la mayoría de sus comentaristas lo han seguido en esa dirección. Y, efectivamente, el método progresivo-regresivo describe formalmente el recorrido descriptivo, analítico-regresivo e histórico-genético que promueve Lefebvre en su estudio de los conjuntos del mundo rural (Lefebvre, 1978: 71). Pero, más ambiciosamente, Sartre busca revolucionar la manera misma en que los marxistas se aproximan a lo concreto. En el caso específico de una biografía, las ciencias sociales auxilian el examen de todas las condiciones que ciñen el destino de un ser humano. Los principios y las categorías del marxismo operan como reguladores heurísticos de una investigación pluridisciplinaria, en vez de fungir como entidades a priori. Si la vida es un proceso de exteriorización de condiciones y relaciones sociales previamente interiorizadas, una biografía es entonces la aventura de una totalidad incesantemente destotalizada y retotalizada. En definitiva, el método progresivo-regresivo de Sartre ilumina un problema metodológico que Marx había señalado sólo formalmente. La propuesta de Sartre establece, para el sociólogo y el historiador, las mediaciones y los vericuetos del recorrido que conduce de lo abstracto a lo concreto entendido como síntesis de determinaciones múltiples (Marx: 1980: 35).

Pero “¿cómo los agentes históricos se confrontan al problema de la elección e integran lo real en sus decisiones?” (Sartre, 2004). El concepto de proyecto opera el vínculo entre los diferentes momentos del método progresivo-regresivo. Para Sartre, el proyecto es un principio constitutivo del hombre que designa el conjunto de elecciones que otorgan a un individuo su sentido y su orientación en la vida. Si la historia existe como tal es porque los individuos luchan por sobrepasar -mediante sus proyectos- las condiciones objetivas dadas y no son productos pasivos de las mismas. De ahí que lo subjetivo sea “un momento necesario de lo objetivo” (Sartre, 2004). Todo proyecto nace y se estructura a partir de la conservación de la integridad física del individuo; inicia desde el primer encuentro entre el ser humano, sus necesidades y el mundo exterior amenazante. El proyecto permite entender la manera como los individuos viven, sufren e incorporan a su subjetividad los condicionamientos objetivos (familiares, sociales, etcétera). Por lo mismo, permite dilucidar las modalidades de exteriorización de esos condicionamientos interiorizados. Acontece en un doble plano, sincrónico y diacrónico: la praxis individual conserva y supera el ser-de-clase y el pasado. En ese sentido, el concepto de proyecto responde a una pregunta que afligía al joven Marx: la confrontación entre la “convicción profunda” que sostiene el talante de todo joven y los condicionamientos sociales que lo acechan (Marx, 1982: 1361-1365). Para el biógrafo, el proyecto se convierte en sismógrafo de la relación de inmanencia-trascendencia que el individuo entreteje respecto a su clase social, a su pasado y a su entorno en general.

Sartre reconstruye el proyecto -ser escritor- de su biografiado, Gustave Flaubert, a partir de su precoz desadaptación social.20 La extraña enfermedad del niño -su difícil relación con la palabra, su aprendizaje tardío de la lectura, su pasividad, etcétera; todos rasgos que le valieron el calificativo de idiota- oculta relaciones conflictivas con su familia (Sartre, 1971: 20-21, 54, 80-81, 156; Louette, 2007: 29-48). Ésta registra las transformaciones de un viejo mundo campesino monárquico que abraza los valores individualistas de la pequeña burguesía rural de la Francia del siglo xix. La moral del padre, Achille-Cléophas Flaubert, expresa cabalmente la contradicción entre la condición burguesa de la familia y el despotismo doméstico de un auténtico pater familias feudal (Sartre, 1971: 77; Aucagne, 2007: 125-137). El ser-de-clase de Gustave Flaubert que se conforma a través de la mediación de sus relaciones familiares determina un modo específico de relacionarse con el resto del mundo.

Las dos primeras partes de El idiota de la familia estudian la formación de la personalidad de Flaubert y, especialmente, su relación con su enfermedad; “transposición de su relación con la burguesía” (Pontalis, 1993).21 Su proyecto conserva y supera, simultáneamente, a su ser-de-clase; pues finalmente “todo proyecto es también una huida” (Sartre, 1971: 112; Mueller, 200417-31:; Shipka, 1975). Niño irreal, elige vivir refugiado en un mundo imaginario. Su proyecto fundamental adquiere la forma de una vocación: ser escritor.

Lo universal-singular: culminación de la empresa biográfica

Sartre refutaba la tradición que recurrentemente niega la necesidad de conocer la vida de un autor para penetrar el significado de su obra.22 Más que refracciones ideológicas de la lucha de clases, la literatura y las obras de arte expresan tensiones entre el proyecto del escritor y/o del artista, por una parte, y los instrumentos colectivos a su disposición, por la otra. El desafío consiste en mostrar cómo la obra literaria o artística puede ser, a la vez, íntegramente individual y plenamente típica de su época (Sartre, 1972).23 Por ejemplo, ¿cómo la neurosis de Flaubert se convirtió en razón estética de la segunda mitad del siglo XIX en Francia?

Si Flaubert se convirtió en el gran representante de las letras de su época fue porque su obra marcó el encuentro entre dos neurosis: la primera, subjetiva, atañe al proceso de socialización y singularización de Flaubert; la segunda, objetiva, concierne a la historia social de Francia. Sartre confronta el contexto literario de la obra de Flaubert -la época posterior a 1848- con la historia de la Francia del siglo XIX.24 El romanticismo había sido la protesta literaria y estética de la clase aristocrática derrocada por la Revolución de 1789: el héroe romántico era un “noble que [vive exiliado] en una sociedad de burgueses que mataron a su rey” (Sartre, 1971). Los jóvenes lectores de literatura romántica durante el periodo de consolidación de la burguesía (1830-1848) interiorizaron un esnobismo con los valores y los habitus de sus clases. Es el caso del joven Flaubert, quien fue un estudioso sistemático de La comedia humana de Balzac. Esta contradicción entre una historia social caracterizada por el triunfo burgués, por un lado, y una situación literaria marcada por la doble herencia de la novela revolucionaria burguesa del siglo XVIII y de la novela romántica de inicios del siglo XIX, por el otro, explica el carácter neurótico de la corriente literaria que se impone tras la revolución de 1848. El posromanticismo declara su autonomía absoluta y retrata a la sociedad, no para naturalizar sus valores como los novelistas burgueses del siglo XVIII, y tampoco para criticarlos como los románticos, sino para anunciar el divorcio del novelista y del poeta con el mundo social. La consigna del arte por el arte expresa estéticamente esa misantropía social del escritor posromántico, de tal modo que las aspiraciones del posromanticismo no contemplaban a priori la conquista de los aplausos del gran público. Pero desde las masacres obreras de junio de 1848 la burguesía ya no ostenta el optimismo beato de antaño: el orden social y la garantía de los intereses de la propiedad mobiliaria exigen la intervención de la fuerza bruta. Las jornadas de junio desenmascararon la hipocresía y la barbarie ocultas detrás del triunfo de la forma estatal propia de las relaciones burguesas de producción. En la esfera cultural, el retraimiento social y la justificación de la violencia garante de la propiedad privada subsumen los añejados valores humanistas y el proselitismo anti-feudal (ver Lukács, 1981). Los jóvenes lectores de Flaubert buscan puertas de escape:

[…] son derrotistas: exigen de sus escritores que muestren que la acción es imposible, para borrar la vergüenza de haber fracasado en su Revolución. Para ellos el realismo es la condenación de la realidad; la vida es un naufragio absoluto. El pesimismo de Flaubert tiene su contrapartida positiva (el misticismo estético) que se encuentra continuamente en Madame Bovary (Sartre, 2004: 64).25

La frustración y la mala conciencia de la generación post-1848 fueron sublimadas en el posromanticismo, corriente a la cual pertenece Madame Bovary (1856). Con Flaubert y su generación asistimos al “primer arreglo de cuentas de los primeros escritores burgueses con padres que por primera vez detentan el poder político” (Verstraeten, 1981: 19-54).

En suma, si el análisis de la estructura económica y política de la época permitió situar la personalidad social de Flaubert, el momento regresivo estableció el ser-de-clase y el proyecto del biografiado a partir de sus relaciones humanas inmediatas desde la infancia. Finalmente, el momento histórico-genético (o progresivo) permite comprender la personalización de estos condicionamientos objetivos. La singularización de todo ese proceso es -en el campo de la literatura- el nacimiento de una obra única. Prolongación de Cuestiones de método, El idiota de la familia demuestra que “un hombre nunca es un individuo”. Flaubert es universal por “la universalidad singular de la historia humana”, al tiempo que es singular por “la singularidad universalizante de sus proyectos” (Sartre, 1971: 7-8; Cohen-Solal, 1985: 751-808). Dicho de otro modo, el Flaubert distingue y sintetiza las mediaciones y diferentes niveles de análisis26 que, para Sartre, permiten reconstruir el proceso de formación de un individuo determinado.

Conclusión

El marxismo ortodoxo superó el unilateralismo de los análisis subjetivistas y objetivistas del rol de la individualidad en la historia, aun cuando sus propias exigencias teóricas reducían la subjetividad a un epifenómeno. Toda la propuesta de Sartre cobró forma a partir de su crítica a lo que definió como un pan-objetivismo. De ahí su síntesis de tres niveles de conocimientos: el marxismo, que ofrece un conocimiento del hombre a partir de la sociedad, de las estructuras sociales, de las instituciones y de las clases consideradas en sus transformaciones históricas; el psicoanálisis, que estudia las reacciones de un individuo a partir de su infancia; y la sociología, que permite estudiar a los diversos grupos y el condicionamiento del individuo por éstos, así como la subjetivación de las vivencias individuales a través de ellos. Sartre presentó su propuesta bajo la forma de una síntesis concreta: su Flaubert demuestra “la posibilidad de estudiar a un individuo simultáneamente bajo esos tres puntos de vista” (Sartre, 1976: 133-226). Las múltiples determinaciones que encarna, conserva y supera el biografiado son sintetizadas desde el marxismo entendido como la única teoría que propone una visión unificada de las ciencias sociales. De ahí que las implicaciones de su propuesta metodológica desbordaran el género biográfico y la historiografía en general.

El método progresivo-regresivo condiciona, en efecto, todo el programa anunciado en Cuestiones de método: construir una definición del hombre -una antropología- concordante con el existencialismo y el marxismo (Sartre, 2004: 151; 2014: 117).27 Pero si Sartre no pretendió introducir “desde fuera una noción de subjetividad que no se hallara ya en Marx” (Sartre, 2014), lo cierto es que su solución desafía un principio antropológico básico del materialismo histórico. El individuo como ser social constituye un principio invariable de toda la obra de Marx y opuesto a la tradición cartesiana de la cual se reclama Sartre.28 Para éste, el individuo es un ser libre que se convierte en individuo social conforme confronta su libertad con el mundo circundante. Si Sartre rompió con su “teoría del hombre solo” que dominó su obra hasta la Segunda Guerra Mundial, nunca abandonó el principio de la libertad constitutiva del ser humano.29 La evolución de la definición del concepto de proyecto original evidencia la reticencia de Sartre a deshacerse de la idea de una finalidad consubstancial al proyecto individual, y del riesgo de explicar una vida como “expresión unitaria de una intención a priori”.30

Esa tensión entre el carácter social del individuo y su libertad ontológica explica el profundo desacuerdo, así como la secreta complicidad entre Sartre y Lukács. Para el segundo, definir al ser humano a partir de su libertad constituía una “robinsonada intelectual” análoga a la que Marx criticaba en los economistas clásicos. Mientras Smith y Ricardo deducían la génesis y la estructura de la sociedad burguesa a partir de trueques entre cazadores y pescadores solitarios, el existencialismo sartreano hacía lo mismo cuando explicaba la condición del hombre moderno a partir del abandono original y las tribulaciones de un hombre solitario (Lukács, 1961: 174.) Empero, Lukács valoraba la utilidad de ciertos aportes de la fenomenología existencialista para el estudio de los individuos concretos (1961; Kadarkay, 1994: 653-669).31 El método progresivo-regresivo constituye una contribución decisiva a esa empresa pendiente del marxismo.

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1La reflexión marxista sobre la problemática del papel del individuo en la historia convoca sistemáticamente una variedad de fuentes y disciplinas (filosofía de la historia, economía, sociología, historiografía, crítica literaria, psicología, etcétera). Lejos de constituir una excepción, Sartre extrema esta tradición en su Flaubert. Raymond Aron y Pierre Bourdieu tildaron de “dialéctica omnívora” lo que para ellos es afán abarcador de un intelectual megalómano. Lo cierto es que, más allá de las dificultades que la multiplicidad de disciplinas plantea a cualquier comentario de la obra de Sartre, la refundación de la dialéctica era efectivamente la apuesta última del autor de la Crítica de la razón dialéctica.

2Enfoques que encontramos combinados en grados diversos en los paradigmas que registran la historia de las ciencias sociales y la historiografía.

4Como lo muestra la mayoría de las corrientes neo-subjetivistas que se alzaron, negativamente, sobre el declive de las dos primeras generaciones de los Annales, del estructuralismo y del marxismo, y, positivamente, importando sus nociones y métodos del difuso pero poderoso paradigma culturalista que conquistó las ciencias humanas a partir de los años setenta (especialmente bajo el impulso de los trabajos del antropólogo Clifford Geertz). Esa tendencia neo-subjetivista no pretende volver a una vieja histoire évenementielle poblada de contingencias y de “grandes personalidades”. Al contrario, su meta y su originalidad consisten en dar cuenta más de sentimientos y emociones que de hechos. Niega sobre todo cualquier posibilidad de reconstruir el pasado histórico como una totalidad coherente. Ese relativismo y sus correlatos, el afán por la descripción y la negación de lo político, trastornaron los cimientos mismos de la disciplina y, con ello, las fronteras entre historia, biografía, historia de vida, ficción, etcétera, corriendo el riesgo que la historia deje de ser “una manera de interpretar el mundo” para convertirse en “una herramienta para descubrirse a sí mismo o adquirir un reconocimiento colectivo” (Hobsbawm, 2005: 352). Esta tendencia conforma quizás el único denominador común de la galaxia de corrientes culturalistas (Burke, 2013) y posmodernas, aun cuando algunas entretienen relaciones ambivalentes con los viejos paradigmas “cientificistas” inclusive con el marxismo (Iggers, 2012: 97-100).

5La idea de la lucha de clases como eje de la historia moderna era común entre la intelligentsia liberal europea anterior a 1848. Es también la razón por la cual Marx se defendió de haber descubierto la existencia de las clases sociales de la era moderna, así como del papel motor de sus luchas en la historia (Marx, 1972: 76-80; Plejánov, 2010:36-39).

6Una definición, por cierto, directamente inspirada en Hegel: “Lo particular tiene su interés propio en la historia universal; es algo finito y como tal debe sucumbir. Los fines particulares se combaten uno a otro y una parte de ellos sucumbe. Pero precisamente con la lucha, con la ruina de lo particular se produce lo universal” (1974: 97).

7Sartre elogió el Stalin de Deutscher como una “aplicación interesante de los métodos marxistas al conocimiento de una persona” (Sartre, 1965: 132). Las biografías de Deutscher no destacan solamente por sus cualidades intrínsecas, sino también por sus sistemáticas reflexiones metodológicas sobre el género biográfico, ejercicio que los marxistas abordan generalmente de manera implícita y difusa (incluso autores iconoclastas como Edward Palmer Thompson en su biografía de William Morris,1955).

8Otros autores intentaron, en la estela de Trotski, reformular la problemática pero sin salir de la ecuación trazada por Plejánov. Entre ellos, Ernest Mandel (1991: 198), Victor Serge (1978: 28-30) y George Novack (1975: 44-51).

9La escasez designa el tipo de relaciones que los hombres entretejen con sus condiciones materiales de existencia. Proviene del hecho de que “no hay suficiente para todo el mundo”. La escasez condiciona las relaciones de los hombres entre sí. Es “la negatividad original que condiciona toda la historia humana porque, interiorizada, se transforma en violencia”. En la traducción castellana de la Crítica de la razón dialéctica el término rareté es traducido por el más ambiguo de rareza.

10Leszek Kolakowski sitúa las raíces de la antropología existencialista en la obra de Bruno Bauer, representante de la “reacción paroxística contra la reducción hegeliana del individuo humano al término de la cual éste se convierte en un instrumento de la idea universal” (1987: 233).

11Las cursivas son de Sartre.

12Desde los trabajos pioneros de Alfred Adler, ese proyecto había sido desarrollado por el llamado freudo-marxismo (Reich, etcétera). En las antípodas de esa tradición, Lucien Sève (1981) desarrolló una teoría materialista de la personalidad.

13Sartre anuncia las grandes líneas de ese psicoanálisis existencial en L’être et le néant (2013: 602-619). Pero subsiste una ambivalencia en su elaboración, duda que se expresa en el rechazo del postulado freudiano del inconsciente en L’être et le néant y su tácita aceptación en el Flaubert (Campbell, 1976: 226-229; Cohen, 1976: 135-136). Lo cierto es que esa búsqueda marca un paso decisivo con el descubrimiento de los trabajos sobre la alienación del psiquiatra y sociólogo Frantz Fanon. En su lectura vigilante de El idiota de la familia, Mario Vargas Llosa puso de relieve el carácter freudiano de amplios pasajes del segundo volumen de El idiota (Vargas Llosa, 2007: 19-20 y passim).

14Emil Ludwig era el autor más propenso a escribir ese tipo de biografías. Sartre había leído su Guillermo II en 1940. Hacia la misma época, Trotski se burlaba de la “perspicacia psicológica moderada” de ese retratista de “grandes personajes” de la época (1948: 11-12).

15El ejemplo ilustra la tesis según la cual la individualidad es un producto de la totalidad de las relaciones sociales. Algunos exégetas de Sartre interpretaron ese tipo de aserciones como simple re-afirmación de un axioma existencialista. Se trata más bien de una reformulación de un principio básico de la antropología marxista ya señalado por autores como Antonio Gramsci (1970).

16La formación de esos “conjuntos prácticos” conforma la problemática central del primer tomo de la Crítica de la razón dialéctica.

17“Franz Kafka es un intelectual pequeño burgués, pero no todo pequeño burgués es Franz Kafka”. Karel Kosík nacionalizó la fórmula sartreana para ilustrar su propia problemática. De igual modo definió su propio método como “regresivo-progresivo” (Kosík, 1967: 45, 62-63, 81 y passim). Tanto la problemática como la solución de Kosík —integrar la fenomenología y el marxismo— se inspiran directamente en Sartre.

18Sartre nunca fue un anti-estructuralista, como lo demuestra su entusiasmo por Las estructuras elementales del parentesco de Claude Lévi-Strauss, libro que utiliza ampliamente en su Crítica de la razón dialéctica. Lo que Sartre reprochaba a los estructuralistas era su hipóstasis de las estructuras, con lo que se desautorizaban a entender las transformaciones históricas. Por su parte, los estructuralistas atacaron violentamente la concepción sartreana de la relación entre individuo e historia (Lévi-Strauss, 1962: 324-357; Brombert, 1967: 155-166). Sobre las implicaciones de la crítica a Sartre en la evolución posterior de la problemática del sujeto en el posestructuralismo, ver Perry Anderson, 1985.

19Algunos cuadernos de Sartre muestran investigaciones detalladas sobre la Revolución Francesa y sus formas ideológicas (Bourgault y De Coorebyter, 2008). Para un cotejo de esos cuadernos con sus fuentes primarias, De Coorebyter, 2010.

20Aquí no interesa la dimensión autobiográfica de El idiota de la familia, ni su comparación con las demás biografías escritas por Sartre (Collins, 1980; Scriven, 1984; Sawada, 2007: 65-77; Harvey, 1996).

21La cronología del making of del Flaubert de Sartre subraya la importancia determinante de ese artículo —originalmente publicado en la revista Les Temps Modernes en 1954— en el inicio del proyecto sartreano (Philippe, 2007: 177-180).

22En la época de Sartre era, por ejemplo, el caso de Lucien Goldmann quien, no obstante, admitía que el conocimiento de una obra permitía entender a su autor (Goldmann, 1970: 255-258).

23La ambición y el carácter polimorfo de El idiota de la familia explican la pluralidad de orientaciones emprendidas por comentaristas provenientes de la filosofía y de las diversas ramas de las ciencias humanas. Pero más allá de estas diferencias disciplinarias, la perspectiva general de los comentarios oscila entre una lectura que busca rupturas con las obras anteriores y otra, resueltamente teleológica, que considera al Flaubert como síntesis de los diferentes momentos y géneros de la obra de Sartre (Arias, 2006).

24Sobre el debate en torno a la autenticidad de las fuentes primarias utilizadas por Sartre durante la composición del Flaubert, ver Young-Raie Ji, 2007: 49-64.

25Ver también Sartre, 1971: 1986-1989. Gilbert Cohen (1976: 131-133) fue el primero en reconstruir fielmente el encuentro de este doble malestar (individual y social) para el periodo 1848-1871.

26Aun cuando la síntesis sartreana —como todas sus grandes obras— quedó trunca. Sartre no finalizó el cuarto y último tomo de El idiota de la familia, un estudio sobre Madame Bovary en el cual el autor pretendía integrar los aportes positivos del estructuralismo.

27Un estructuralista moderado como Jean-Claude Passeron consideró el método regresivo-progresivo como un buen vaivén entre “la acción social de los individuos y el determinismo social de las estructuras” (1990: 3-22). La crítica de la razón dialéctica influyó también al joven Nicos Poulantzas (1965).

28Para una apreciación sartreana y sartrófoba, respectivamente, de ese aspecto que atañe a la relación sujeto-objeto del autor de la Crítica de la razón dialéctica, ver Gorz, 1966; Althusser, 2013: 205.

29Sartre explica su larga y difícil búsqueda de una definición de la libertad compatible con el marxismo en La cérémonie des adieux de Simone de Beauvoir (1981: 499-502).

30Para Bourdieu (1986), el concepto de proyecto original constituye la quintaesencia de la “ilusión biográfica”.

31Sobre las cercanías y diferencias de los conceptos de praxis y de ontología del ser social que fundamentan las posiciones respectivas de Lukács y Sartre, ver Charbonnier, 2011: 171-176.

Recibido: 20 de Junio de 2016; Aprobado: 26 de Junio de 2017

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