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Revista mexicana de sociología

versión impresa ISSN 0188-2503

Rev. Mex. Sociol vol.78 no.3 México jul./sep. 2016

 

Artículos

Miradas recíprocas: representaciones de la desigualdad en México

Reciprocal looks: representations of inequality in Mexico

Gonzalo A. Saraví* 

* Doctor en Sociología por la Universidad de Texas en Austin, Estados Unidos. Centro de Investigaciones y Estudios Superiores en Antropología Social (CIESAS), México. Temas de especialización: juventud; exclusión y desigualdad social; estudios urbanos, América Latina. Juárez 87, 14000, Tlalpan, Ciudad de México.

Resumen:

Pese a la relevancia de la desigualdad en las sociedades contemporáneas, el análisis de sus dimensiones subjetivas ha recibido escasa atención. Sin embargo, la forma en que los individuos la significan y experimentan resulta clave para entender sus causas y consecuencias. Este artículo analiza las herramientas simbólicas con las cuales jóvenes mexicanos de clases populares y privilegiadas enfrentan cotidianamente la desigualdad. Se indagan las representaciones sobre riqueza y pobreza, así como las construcciones recíprocas del "otro". Los hallazgos sugieren tensiones entre dimensiones estructurales y simbólicas de la desigualdad que desafían al sujeto.

Palabras clave: juventud; desigualdad; clase; cultura; subjetividad

Abstract:

Despite the importance of inequality in contemporary societies, the analysis of its subjective dimensions has been underestimated. However, the way individuals signify and experience it is key to understanding its causes and consequences. This article analyzes the symbolic tools with which young working class and privileged Mexicans deal with inequality on an everyday basis. It explores the representations of wealth and poverty, as well as the reciprocal constructions of the "other." The findings suggest tensions between the structural and symbolic dimensions of inequality that challenge the subject.

Key words: youth; inequality; class; culture; subjectivity

En el transcurso de las últimas décadas la desigualdad socioeconómica en el mundo se incrementó. Entre los países miembros de la Organización para la Cooperación y el Desarrollo Económico (OCDE, 2011), la desigualdad creció en 17 de ellos entre 1985 y 2010, y sólo descendió en dos (Turquía y Grecia). América Latina presentó un comportamiento errático pero, en general, siguió la misma tendencia global y, a pesar del incremento generalizado en el resto del mundo, aún hoy continúa siendo la región más desigual del planeta (Cepal, 2011). En México la situación no es diferente; la desigualdad ha marcado históricamente su estructura social y, en años recientes, no ha habido mejoras sustanciales. A decir verdad, los cambios observados apuntan en la dirección contraria: la concentración del ingreso medida por el Índice de Gini, por ejemplo, se incrementó de 0.45 a 0.48 entre 1985 y 2010. Mientras en los países de la OCDE la relación entre el ingreso promedio del decil más rico y el del más pobre es de 9 a 1, en México es 27 veces superior. De acuerdo con las estimaciones oficiales más recientes, 53.3 millones de mexicanos son pobres, lo cual equivale al 45.5% de la población (Coneval, 2013); al mismo tiempo, varias familias mexicanas se encuentran entre las más ricas del mundo, y los niveles de vida de los hogares mexicanos ubicados en los deciles más altos de la estructura social son equiparables a los de las élites de países altamente desarrollados donde la pobreza ha sido prácticamente erradicada.

En un contexto global y nacional como el reseñado ha resurgido el interés tanto por la medición de la desigualdad como por la indagación de sus causas y efectos, y posibles caminos para su disminución. Sin embargo, una pregunta que parece inevitable y casi obvia ha sido mucho menos explorada: ¿cómo los individuos de sociedades con disparidades y contrastes tan profundos en sus condiciones de vida procesan, subjetiva y socialmente, dichas desigualdades? Este relativo desinterés por la "experiencia" de la desigualdad ha empezado a cambiar recientemente gracias a una mayor preocupación por analizar las dimensiones subjetivas de la desigualdad, desdibujadas o abandonadas por las perspectivas más clásicas (estructurales, cuantitativas o ensayísticas) sobre el tema. Tal como lo destaca María Charles (2008), cada vez más sociólogos de la desigualdad exploran los diversos significados que los grupos y personas construyen o adoptan para interpretar sus experiencias de vida o crear límites simbólicos o morales entre categorías de personas y cosas. Estas dimensiones cobran relevancia no por un simple capricho o moda académica, sino debido a que la desigualdad hoy permea todos los espacios de la vida social. Los individuos no pueden evitar enfrentarse a ella en sus vidas cotidianas ni evadir por completo la interacción con quienes representan esas desigualdades; en consecuencia, deben proveerse de un instrumental semántico que les permita procesarlas y lidiar con ellas. El propósito de este artículo consiste precisamente en explorar algunas de esas herramientas culturales.

Algunos autores se han acercado al análisis de esta dimensión privilegiando la identificación de valores, representaciones o creencias sobre la estratificación social y/o la distribución de la riqueza. Malte Lubker (2004), por ejemplo, compara las percepciones sobre la desigualdad en diferentes países y regiones del mundo, centrándose en los niveles de aceptación y problematización de la desigualdad social. Robert Crutchfield y David Pettinicchio (2009) se refieren en términos similares a lo que llaman "cultura de la desigualdad", entendida fundamentalmente como el predominio de valores y creencias que favorecen una alta tolerancia hacia la desigualdad. Con algunas variantes conceptuales, pero dentro de este mismo enfoque, Patrick Sachweh (2012) analiza la "economía moral de la desigualdad", a la cual define como el conjunto de creencias morales y representaciones colectivas sobre la estratificación social que son compartidas por todos los miembros de una sociedad. Todos estos estudios recientes, a los que podrían sumarse algunos otros, se acercan a nuestra propia perspectiva.

¿Cómo se entienden contrastes y disparidades tan profundas?, ¿cómo se miran recíprocamente pobres y ricos? y ¿cómo se piensan la pobreza y la riqueza desde el privilegio y la desventaja?, son las preguntas principales que guían nuestra discusión. Los valores y las creencias sobre la desigualdad sin duda son importantes para responder estas preguntas, pero también lo es considerar las dimensiones culturales que estructuran los sentidos y las representaciones a partir de los cuales los individuos significan y experimentan la desigualdad. Clifford Geertz definía al sentido común como "ese conjunto de supuestos tan inconscientes para uno mismo que parecen ser una parte natural, transparente, innegable de la estructura del mundo" (Geertz citado en Swidler, 1986); aquí nos interesa contribuir a desentrañar el sentido común de la desigualdad. Aunque la mirada antropológica ha estado relativamente ausente en los estudios sobre la desigualdad, sus dimensiones culturales (expresadas en sentidos y experiencias subjetivas) no son un aspecto menos relevante que su cuantificación ni completamente ajeno a sus causas y efectos. Tal como lo señala Luis Reygadas (2008), las imágenes que los individuos tienen sobre la desigualdad modelan la desigualdad y son importantes para entender cómo se experimenta, de qué manera se legitima o cómo es resistida y desafiada.

Estrategia metodológica

Desentrañar el instrumental semántico que permite a los individuos lidiar con la desigualdad no se agota en el registro de opiniones, ideas o concepciones ideológicas. Aunque relacionados, estos aspectos constituyen su dimensión más superficial y, en cierta medida, menos sustantiva para la investigación social. El interés de este artículo consiste en llevar el análisis a mayor profundidad para alcanzar las dimensiones culturales a partir de las cuales se construyen representaciones, significados y percepciones que, a su vez, se nutren y son determinantes de la experiencia misma de la desigualdad. Para ello, el análisis y los argumentos que se presentan a continuación se basan en los resultados de una investigación reciente (2009-2013) y más amplia, de corte cualitativo, sobre los procesos de fragmentación social, y que tomó como principal unidad de análisis a jóvenes urbanos de clases populares y clases privilegiadas de la Ciudad de México. En este artículo sólo retomo la discusión y el análisis de tres aspectos específicos vinculados con el interés enunciado previamente: las percepciones sobre la desigualdad, las representaciones de la pobreza y la riqueza y las construcciones recíprocas del "otro".

La principal fuente de información es un corpus de 27 entrevistas a profundidad semiestructuradas y dos grupos focales con jóvenes estudiantes universitarios cuyas edades van de los 19 a los 28 años. Veinte de estos jóvenes estudian en dos universidades privadas de élite ubicadas en la zona norponiente de la ciudad, y los otros 19 en dos universidades públicas populares localizadas en la periferia oriente de la misma Ciudad de México. Las entrevistas y el grupo focal en las universidades privadas fueron realizados en dos periodos de campo a principios y fines del año 2009; en las dos universidades públicas también se realizaron en dos periodos de 2010 y 2011. Las carreras estudiadas por estos jóvenes no fueron un criterio por considerar en la selección de la muestra, aunque sí se intentó que los estudiantes no pertenecieran a una sola disciplina y que hubiese cierta variedad de perfiles; así, entre los 39 estudiantes que participaron en la investigación (17 mujeres y 22 hombres), las carreras más presentes fueron Psicología (10), Comunicación Social (8), Ingenierías (8), Gastronomía y Turismo (5), Relaciones Internacionales (3), Enfermería (3) y otras (2). La muestra no busca representatividad estadística, sino que fue construida teóricamente pensando en el potencial de cada caso para ayudar al investigador en la comprensión del tema y la construcción de respuestas a las preguntas de investigación (Taylor y Bogdan, 1987).

Según los criterios objetivos de clasificación utilizados (una combinación de nivel de educación y tipo de ocupación de los padres) y la propia autoasignación de los entrevistados, la mayoría de los jóvenes del primer grupo pertenecen a las clases media-alta o alta, mientras que los del segundo grupo se ubican mayoritariamente en las clases media-baja o baja. Estos criterios de clasificación fueron complementados con otros atributos de carácter más cualitativo: entre muchos otros indicadores, les preguntamos, por ejemplo, si tenían automóvil, a lo cual 85% de los jóvenes del primer grupo dijeron tener un auto propio, mientras que ninguno de los entrevistados en el segundo grupo pudo decir lo mismo; consultados sobre el monto mensual de dinero necesario para que un joven de su edad pueda vivir bien, en promedio para el primer grupo se necesita el equivalente a 1 000 dólares mensuales, mientras que para el segundo se necesitan sólo unos 220 dólares por mes. Cabe señalar, además, que las universidades elegidas no sólo son socialmente reconocidas en el ámbito local como de élite y populares, respectivamente, sino que su localización geográfica en la ciudad se corresponde con los patrones de la distribución espacial de las clases que caracteriza a la Ciudad de México: en el primer caso, la zona residencial norponiente en la que se han establecido las clases privilegiadas, y en el segundo, la periferia oriente en la que se extienden amplias áreas de pobreza habitadas por las clases populares urbanas (Duhau y Giglia, 2008; Aguilar y Mateos, 2011). La combinación de todos estos criterios nos brinda la suficiente certidumbre respecto de que ambos grupos de jóvenes representan válidamente la experiencia de la desigualdad de las clases privilegiadas y las clases populares, respectivamente.

Todas las entrevistas (con una duración promedio de 75 minutos) y los dos grupos focales (120 minutos cada uno) fueron realizados en los cuatro planteles universitarios por el propio autor de este artículo, grabados y transcritos por un asistente, y posteriormente analizados con el software para análisis cualitativo N*Vivo. Para las entrevistas utilicé una guía semiestructurada de temas y preguntas, y para los grupos focales opté por un rol de moderador pasivo (o low-moderator-involvement), cediendo el control de la dinámica al propio grupo, para lo cual me basé en cinco fichas con temas de apertura, desarrollo y cierre previamente diseñadas, y que los participantes debían leer por turnos luego de agotar cada tema. Esta información fue complementada con periodos de observación en las respectivas universidades, de la interacción y las prácticas de sociabilidad de los jóvenes. Ninguno de los entrevistados tenía una relación previa con el investigador (ni cercana ni distante); fueron contactados a partir de informantes claves en cada universidad, y luego por referencias mutuas. Cabe mencionar que los nombres de todos los jóvenes fueron sustituidos por otros ficticios con el fin de preservar su anonimato, al igual que el nombre de sus respectivas universidades, para no contribuir precisamente a las estigmatizaciones recíprocas de las cuales trata, en parte, este artículo.

Percepciones de la desigualdad

Las condiciones objetivas de la desigualdad no necesariamente coinciden con las percepciones que los individuos y la sociedad en su conjunto tienen sobre ella. Si bien los principios que estructuran las representaciones sociales están enraizados en las estructuras objetivas del mundo social, los vínculos entre ambas son opacos y complejos (Bourdieu, 2002). Los niveles objetivos de desigualdad no necesariamente se corresponden con una misma interpretación o reacción frente a ella. Sin embargo, esto tampoco significa que la relación entre dimensiones objetivas y subjetivas, o estructurales y simbólicas, sea totalmente aleatoria o caprichosa. Lo que trato de enfatizar es que no existe una relación directa, transparente y simétrica, en una u otra dirección. La posición que los individuos ocupan en la estructura social tiene un efecto sobre sus percepciones que es condicionado, trastocado y mediado por al menos dos dimensiones claves: la cultura y la experiencia. Así, cuando los jóvenes de las clases populares y privilegiadas reflexionan sobre la desigualdad esbozan una serie de apreciaciones e ideas comunes que denotan marcos culturales compartidos, pero cuando describen las relaciones entre las clases sociales o lo que significa ser rico o ser pobre, emergen matices y contrastes que están en sintonía con sus propias experiencias en contextos micro-situacionales (Collins, 2000).

A pesar de las brechas socioeconómicas y el distanciamiento cultural que separa a las clases privilegiadas y populares en México, ambos grupos de jóvenes reconocen que viven en una sociedad desigual; incluso cuando son directamente interrogados sobre el tema, reconocen que la desigualdad es profunda y excesiva. En las dos citas siguientes, por ejemplo, jóvenes que se ubican en sectores opuestos de la estructura social coinciden en una descripción similar de la estratificación social mexicana, destacando la escasa presencia de la clase media:

¿Cuál dirían que es el principal problema de México? Pues los abismos que hay entre clases sociales, o sea, no hay una clase media, muchas veces o hay un abismo grandísimo entre el que es pobre y el que es rico o hay muy poquitos ricos y hay muchísimos pobres (Juan Luis, 26 años, clase alta).

Yo creo que entre la clase baja y la media está la clase media-baja. La baja es la que no tiene para cubrir necesidades básicas: comer, vestir, vivir. La clase media yo considero que es la que tiene dónde llegar a vivir, dónde trabajar y tiene estudio... o tiene las oportunidades de no preocuparse por quedarse sin solventar sus necesidades básicas. La clase alta pues ya es la que tiene todo. Pero entre la baja, la que no tiene nada, y la media, que tiene lo necesario, están las personas que de un día para otro se quedan sin trabajo, que de un día para otro no tienen nada... Están oscilando entre la media y la baja. Media, media, como tal, no creo que haya (Melina, 25 años, clase media-baja).

Este reconocimiento de la desigualdad es también ratificado por algunas fuentes estadísticas: por ejemplo, de los mexicanos encuestados por el Latinobarómetro (2011), sólo 15% consideró que la distribución de los ingresos en el país era justa; de los jóvenes que respondieron a la Encuesta Nacional sobre Discriminación (Conapred, 2011), 60% identificó a la riqueza como el principal problema que divide a la sociedad mexicana. El reconocimiento de la desigualdad en México no es un fenómeno excepcional: un estudio internacional realizado en más de 30 países sobre las percepciones de la desigualdad social encontró que se trata de una apreciación muy extendida: en promedio, más de 80% de la población de los países estudiados considera que en sus respectivas sociedades la desigualdad es demasiado grande (Lubker, 2004). El estudio parece indicar, además, que este reconocimiento es aún mayor en países con una desigualdad más alta. Así, en el caso de los dos países latinoamericanos incluidos en la muestra (Chile y Brasil), donde los niveles de desigualdad son muy altos, el porcentaje de su población que considera que la desigualdad es demasiado grande es absolutamente mayoritario (92.2%, y 95.5% en cada país, respectivamente).

Podemos decir entonces que la desigualdad no es un fenómeno ignorado por la sociedad ni por las generaciones más jóvenes. Sin embargo, este reconocimiento no supone que la desigualdad sea considerada un problema ni que se la visualice con una carga negativa, mucho menos aún que se le dé particular relevancia. Independientemente de la clase a la que pertenezcan o se autoadscriban, la desigualdad como tal no parece representar para los jóvenes entrevistados una dimensión importante, y mucho menos central en sus experiencias y conceptualizaciones de lo social.

En las primeras semanas de clase llegó un maestro y nos preguntó si nos habíamos fijado, alguna vez, en esa otra parte de la población [en relación con los más desfavorecidos] y muchos no sabían ni qué onda, o sea, decían: "Ah pues, sí existe esa parte, pero ahí está, ¿no? ¿Yo qué puedo hacer?". Eran muy indiferentes, como: "Sí, pero bueno, yo estoy aquí bien a gusto, estudiando y todo", y no se fijaban mucho, había como una insensibilidad (Esteban, 19 años, clase media-alta).

Esta experiencia de Esteban y sus compañeros no es exclusiva de las clases privilegiadas. A los 39 jóvenes que participaron en esta investigación les pregunté, en un breve cuestionario escrito, cuál era, según su opinión, el principal problema social en México, y les ofrecí las siguientes opciones: la pobreza, la inseguridad o algún otro tema. Pese a que la mitad de la población en México es pobre, sólo una tercera parte de todos los jóvenes entrevistados (13) consideraron que la pobreza es el problema más importante. Estos resultados, sin ninguna pretensión de validez estadística, resultan aún más sugerentes cuando se los cruza por la condición de clase: no fueron los más pobres los que mayoritariamente optaron por la pobreza, sino todo lo contrario: de los 20 jóvenes privilegiados, casi la mitad (9) identificaron la pobreza como el problema social más importante, pero de los 19 jóvenes de las clases populares sólo una quinta parte (4) dieron esa misma respuesta.

Nuevamente estas impresiones cualitativas encuentran respaldo en algunas fuentes estadísticas. A partir del análisis de una encuesta nacional realizada a la población pobre en México, María Cristina Bayón (2009) exploró las dimensiones subjetivas de la privación, y encontró que si bien 70% de los entrevistados se consideran a sí mismos miembros de la clase "baja" y otro 19% de la clase "media-baja", 43% de todos los encuestados dicen que viven "bien" o "muy bien", 72.6% que se sienten "satisfechos" o "muy satisfechos" con la vida que han tenido, e incluso 1 de cada 3 dice estar "satisfecho" o "muy satisfecho" con su situación económica (Bayón, 2009). ¿Cómo explicar que los jóvenes menos favorecidos sean los que menos se preocupen por la pobreza, o que un porcentaje relativamente muy alto de pobres considere que vive bien o se sienta satisfecho con su situación económica? Ambas interrogantes están vinculadas y ocultan un común denominador que moldea las percepciones sobre la desigualdad.

Una interpretación plausible sobre estas percepciones se basa en la hipótesis de Ian Shapiro (2002) sobre los "abismos" que separan a ricos y pobres en las sociedades occidentales más desiguales. Cuando la desigualdad se profundiza y supera ciertos niveles, nos dice este autor, se produce un "abismo físico" (physical gulf) o distanciamiento espacial entre las clases, pero también un "abismo de empatía" (empathy gulf), es decir, un distanciamiento psicológico y emocional que impide asumir e incluso imaginar la posición del otro en relación con la propia. Los abismos entre clases son tan pronunciados, que sus respectivas posiciones y condiciones de vida resultan no sólo recíprocamente desconocidas, sino incluso fuera de sus marcos de posibilidades.

En México, como en muchos otros países de la región, resultado de un creciente proceso de fragmentación del espacio social, la vida de los jóvenes de las clases populares y privilegiadas efectivamente transcurre cada vez más en espacios socialmente homogéneos, y respectivamente aislados y distantes en términos culturales (Parnreiter, 2005; Saraví, 2015). Las escuelas, los centros de consumo, la ciudad, los servicios de salud o los medios de transporte, por mencionar algunos posibles espacios de encuentro, han sido profundamente fragmentados y diferenciados por clase, haciendo que una experiencia social compartida entre jóvenes de clases distintas sea prácticamente inimaginable (Bayón y Saraví, 2013). Como lo señalan Emilio Duhau y Ángela Giglia (2008: 36), en la Ciudad de México "la posibilidad de un encuentro inesperado se reduce, mientras crece la posibilidad de encontrarse con gente como uno; [...] las personas con las que se es sociable tienden cada vez más a parecerse entre ellas".

Los propios jóvenes son conscientes de los abismos que los separan de la consecuente escasa interacción con otras clases. Camila, una joven de clase media alta, decía respecto de la posibilidad de entablar una relación con jóvenes de una condición social más desfavorable, que era algo casi imposible: "Creo que pones tus barreras, o más bien no es que tú las pongas, sino que existen... Entonces, como te digo, te llevas con esas personas pero no las consideras como tus amigos o no las consideras para tu círculo social, en el que te desenvuelves" (Camila, 23 años, clase media-alta). Una respuesta llamativamente similar a la que me dio Emilio, un joven de las clases populares, cuando le planteé la misma pregunta pero en sentido inverso, es decir, sobre una posible relación con jóvenes privilegiados: "La verdad es que no, ¿cómo te explico?, ni se acercan a ti, yo qué sé, ellos en su círculo civil y nosotros en nuestro círculo civil, como que no se interactúa" (Emilio, 18 años, clase baja).

El abismo físico o distanciamiento espacial (que es al mismo tiempo social) es una tendencia observada en México y otras sociedades contemporáneas por múltiples autores (Parnreiter, 2005; Duhau y Giglia, 2008; Saraví, 2008; Bayón y Saraví, 2013; Bauman, 2004; Barry, 2002). Sin embargo, esta hipótesis no debería ser tomada literalmente en sentido estricto. Es decir, el distanciamiento no significa la ausencia total y absoluta de encuentros e interacciones, sino el debilitamiento de lo que Brian Barry (2002) refiere como experiencias sociales compartidas; es decir, una cosa es el encuentro de un arquitecto con sus albañiles en la obra, y otra muy distinta que compartan un mismo transporte público o la escuela de sus hijos. Es precisamente la ausencia o debilitamiento de estas experiencias sociales compartidas lo que favorece un abismo de empatía, es decir, un distanciamiento emocional y cultural que impide reconocer al otro.

Lo que intento sugerir, siguiendo el razonamiento de Shapiro, es que la percepción de la privación y el privilegio pueden ser moderadas por la limitada interacción y el reconocimiento de los "otros". El distanciamiento recíproco contribuye a la dilución (e incluso al ocultamiento) de la experiencia cotidiana de la desigualdad; dicho en otros términos, a pesar de la profundidad de la desigualdad objetiva, o precisamente por eso mismo, los jóvenes pueden no sentirse (tan) pobres o (tan) privilegiados debido a que tienen una percepción limitada de su propia posición material en relación con la de los otros.

Cuando se exploran explícitamente los sentidos más profundos asociados con la desigualdad, descubrimos que, más allá de la indiferencia, no necesariamente es interpretada como una condición negativa. El estudio de Lubker (2004), por ejemplo, encuentra que en los países en desarrollo un porcentaje absolutamente mayoritario de la población considera que la desigualdad es demasiado grande, pero también un porcentaje muy significativo de esa misma población concuerda con que la desigualdad es necesaria para la prosperidad del país. Los representantes latinoamericanos en la muestra son ejemplos paradigmáticos de esta "conciencia dividida": en Brasil y en Chile se considera de manera casi unánime que la desigualdad es excesiva, pero también en estos dos países 44% y 47% de sus habitantes, respectivamente, es decir, casi la mitad de la población, opinan que la desigualdad es necesaria (los mayores porcentajes de toda la muestra, sólo después de Filipinas). Una concepción que no parece estar muy lejos de lo que sucede en México.1

Con independencia de su (auto) ubicación en la estructura social, los jóvenes entrevistados comparten una serie de percepciones que transparentan concepciones individualistas y tolerantes de la desigualdad social. La existencia de sectores con diferentes condiciones socioeconómicas no se piensa en términos de conflicto o antagonismo, sino desde la complementariedad y el intercambio. Así, la desigualdad se presenta como un "mal necesario", como un mecanismo que favorece e incluso posibilita la mutua dependencia y "colaboración" entre los miembros de una sociedad.

Gerardo y José Luis pertenecen a familias muy distantes en términos socioeconómicos, pero ambos coinciden en que ricos y pobres se necesitan recíprocamente, y que unos no podrían vivir sin los otros.

¿Y a ustedes les gustaría vivir en una sociedad distinta, digamos menos desigual? Pues a mí me gustaría vivir así, nada más en una sociedad que fuera más segura, con más valores, porque pues... Digo, no puedes desaparecer las clases, siempre unos vamos a necesitar de los otros, siempre, pero si fueran otros enfoques, otras mentalidades, pues la convivencia sería mejor (Gerardo, 19 años, clase alta).

Independientemente de si se tiene dinero o no, de si eres de clase alta o muy baja, esto se da [los prejuicios entre clases] por una cuestión que tiene que ver más con lo personal, de conocimiento, de información y de cultura, porque si fueran un poquito más listos realmente se darían cuenta de que no sería rico si no hubiera sido por el trabajo de los pobres, y que tal vez el pobre no tendría trabajo si no fuera por el rico, porque yo digo: "¿Dónde están los pobres dándoles trabajo a los pobres?" Eso no existe. "¿Y dónde están los ricos trabajando para los ricos?" Eso tampoco existe (José Luis, 26 años, clase media).

En términos sociológicos, estas percepciones dejan ver trazos de una ontología social durkheimiana en la que la dependencia mutua de ricos y pobres, y la aceptación de sus respectivas condiciones, es la base de un orden armónico sustentado en el intercambio de lo que unos poseen y los otros carecen. Sin embargo, y de manera paradójica, esta concepción organicista de la desigualdad se complementa con una visión individualizada de las condiciones de vida y el destino de los individuos en esa estructura social desigual. La desigualdad puede ser inevitable y necesaria, y de hecho así es interpretada, pero cuando se discute qué determina el destino individual en esa estructura desigual, una percepción individualizada tiende a imponerse.

En sus percepciones sobre el destino de los individuos en la estructura social, los jóvenes entrevistados privilegian aspectos como la voluntad, el esfuerzo, la actitud o las decisiones individuales. Las dos entrevistas siguientes reflejan esta percepción e ilustran su extensión a lo largo de todo el espectro de la estratificación social:

Yo a la gente que tiene dinero ni fu ni fa, no me importa, porque él algo hizo para tener dinero. No sé... Siempre he dicho que la gente pobre puede hacer algo para salir adelante y cambiar, por ejemplo, en este caso, yo veo que tal vez ellos [en referencia a los ricos] en su pasado no fueron ricos, pero hicieron un buen negocio o igual terminaron su carrera y encontraron un buen trabajo, y por eso ya se hicieron de dinero. ¿Y tú no piensas que hay un poco de injusticia? No, no creo, como que cada quien escoge, por ejemplo, puede ser que haya dos personas pero una escogió el no estudiar, el andar en fiestas, el tomar, las drogas y el otro estudiar, desvelarse, no ir a fiestas o cosas así; entonces el que no fue a ningún lado encontró un buen trabajo y le pagan bien, y tiene dinero, pero el que no, pues no. Yo siento que cada quien, lo que las personas escogen (Jacqueline, 21 años, clase media-baja).

Yo creo que la educación en sí es importante pero igual no sé, el medio podría ser, o sea, no sé, a lo mejor las personas que crecen en una colonia de nivel medio bajo como que no intentan salir y ver que pueden hacer más. Yo creo que la gente se conforma, yo sí lo veo así la verdad, porque sí hay muchas personas que si te dicen así de "pobres pero felices" y no; o sea: "si tenemos que comer pura tortilla pues está bien porque Dios nos la mandó así" o sea, como que... No sé, creen que así les tocó vivir y que así tienen que morirse. Digo, mucho depende del gobierno, ¿no?, pero eso ya, digo, es otro tema, pero yo creo que las personas sí son muy así de decir: "No, es que ya así Dios nos dio esta vida y ni modo" (Camila, 23 años, clase media-alta).

Tanto Jacqueline como Camila enfatizan en sus relatos la agencia y la actitud de los individuos para explicar el destino que éstos encontrarán en la estructura social. Para ambas, las desigualdades responden a las mayores o menores retribuciones recibidas por los individuos en concordancia con sus cualidades socialmente valoradas, y por lo tanto pueden considerarse justas, e incluso positivas.

Representaciones de la pobreza y la riqueza

Las percepciones sobre la desigualdad dan lugar a determinadas concepciones sobre la pobreza y la riqueza. Tal como lo señalan Hartley Dean y Margaret Melrose (1999), los términos "rico" y "pobre" son funciones de la desigualdad social, categorías esencialmente morales empleadas en los discursos sobre los procesos de distribución social. Si, como vimos en el apartado anterior, la desigualdad es concebida como inevitable y necesaria, y el destino de los individuos en esa estructura producto de sus propias cualidades, es esperable que las representaciones de la pobreza y la riqueza se carguen de contenido moral; en efecto, tal como se empieza a vislumbrar en las dos últimas citas de Jacqueline y Camila, la riqueza se constituye en una fuente de reconocimiento y cierta estima social, mientras que la pobreza, en una condición sujeta a la condena "moral".

En primer lugar, cabe destacar que la riqueza no recibe la misma atención pública que la pobreza, indiferencia que no se limita al ámbito de la sociedad civil. Aun en el discurso político y académico en el que se le asigna a la desigualdad una altísima centralidad, paradójicamente, las referencias a la riqueza y sus portadores son mínimas o inexistentes (Pahl, 2001). Muy recientemente, algunos informes de organizaciones no gubernamentales como Oxfam (2014) o el mundialmente difundido libro de Thomas Piketty (2014) han llamado la atención pública hacia la extrema concentración de la riqueza en una minúscula élite global; pero, en líneas generales, el problema de la desigualdad sigue reduciéndose al problema de la pobreza.

Los jóvenes entrevistados no escapan a esta tendencia: entre ellos predomina una escasa tematización del privilegio, sin representaciones claras y sólidas sobre la riqueza. En sus discursos emergen algunas imágenes aisladas y dispersas que la asocian con el consumo y la vanidad pero, como veremos más adelante, éstos son atributos asignados a las personas portadoras de esa riqueza (los ricos) más que a la riqueza como condición abstracta. Este desdoblamiento o "conciencia dividida" (para continuar con la expresión acuñada por Lubcker) es un punto interesante, pues mientras se descalifica moralmente a los ricos (ver próximo apartado), no hay en ningún momento una impugnación similar de la riqueza en sí misma. La riqueza simplemente se define como la posibilidad de lograr ciertas cosas (deseadas) con menor esfuerzo, y por lo tanto se constituye en una fuente de "privilegio". Por otra parte, se trata de una representación que resulta muy semejante a la que describen estudios similares realizados en otros países (ver Dean y Melrose, 1999).

En el grupo focal con jóvenes de clases populares, Melina definía a las clases altas como "las personas que no se preocupan por cómo vivir, por qué van a comer, por cómo van a trabajar... Las que no se preocupan por nada, lo tienen todo y no lo utilizan o no lo saben aprovechar" (Melina, 25 años, clase media-baja). Es decir, la riqueza es un privilegio que no se condena, sino que la condena recae en sus portadores que, según Melina, no saben aprovecharla o hacer un buen uso de ella. En este mismo grupo focal, también Ángel enfatizaba las "mejores oportunidades de desarrollo" que definen a los jóvenes de las clases privilegiadas, pero luego los cuestionaba en términos personales al añadir que se trata de jóvenes que "presumen las cosas que han hecho".

En Alemania, a partir de un estudio cualitativo con miembros de las clases altas y bajas, Patrick Sachweh (2012) también identifica una representación similar de la riqueza asociada con la posibilidad de una vida mucho más fácil, gracias a la seguridad y la autonomía que provee. Sin embargo, es interesante notar que en este país la riqueza excesiva, representada principalmente por el consumo superfluo y ostentoso, tiende a ser considerada problemática y negativa. Sachweh observa que la tolerancia a la desigualdad parece circunscribirse a ciertos límites, más allá de los cuales la riqueza es moralmente censurada y considerada un factor negativo, al favorecer la autoexclusión de los grupos privilegiados. En el caso de México, las escasas referencias hacia la riqueza o el privilegio no denotan en ningún momento un rechazo semejante. En términos generales y abstractos, la riqueza es percibida con cierta indiferencia o aceptación, lo cual puede explicarse porque, a diferencia de lo que reporta Sachweh para Alemania, la riqueza se sitúa a partir de estándares relativamente bajos. En particular desde la perspectiva de las clases populares, las clases altas se ubican inmediatamente después de un nivel de bienestar muy poco pretencioso, definiendo la riqueza y el privilegio como la posibilidad de disfrutar una vida libre de ataduras y preocupaciones económicas; es decir, una condición difícilmente censurable y que todo ciudadano aspiraría a alcanzar.

En contraste, tal como lo adelantábamos más arriba, la pobreza tiene referencias mucho más claras y consistentes. En términos generales se asocia con la carencia y la necesidad, es decir, lo opuesto de la riqueza. Una particularidad de esta oposición, sin embargo, es que con la pobreza ocurre lo contrario que con la riqueza: se focaliza en las condiciones extremas.

En efecto, entre los jóvenes entrevistados, la pobreza, como condición abstracta, se liga con necesidades "extremas"; una representación compartida por las clases populares y privilegiadas. Las imágenes más recurrentes con las que se la asocia son "no tener qué comer, dónde dormir o un trabajo", entre otras carencias elementales. Es decir, se trata de una conceptualización absoluta y extrema de la pobreza que la sitúa en límites tan bajos que cualquier otra situación, aun de privación y precariedad relativa, puede ser positivamente valorada. El predominio de parámetros tan bajos para identificar situaciones de pobreza, particularmente entre las clases bajas, nos ayuda a entender que 43% de los (objetivamente) pobres en México pueda responder que vive "bien" o "muy bien" y que más de una tercera parte de los (objetivamente) pobres se sienta satis-fecho o muy satisfecho con su situación económica, tal como lo reportaba Bayón en el artículo citado.

Una de las cinco consignas a partir de las cuales se estructuraron los grupos focales planteaba discutir si, en el caso de México, las diferencias entre ricos y pobres eran o no muy grandes, lo cual dio lugar a que en uno de los grupos se reflexionara sobre la composición de la estructura social. En el marco de esa reflexión, Ángel expresa esta concepción extrema de la pobreza a la que nos hemos referido, pero al mismo tiempo la sitúa en relación con otras condiciones, lo cual nos permite interpretar las representaciones de la pobreza y la riqueza como funciones de la percepción sobre la desigualdad.

La clase baja se refiere más a personas que son de pobreza extrema, chicos que están trabajando, chicos de la calle, personas que no tienen ni siquiera para sostener sus necesidades más bajas. Y una clase media: "¡Ok!, tal vez me quedé sin dinero pero sé que tengo la capacidad para solventar mis propios gastos o tal vez darme un ligero gusto". Y la clase alta, por querer estigmatizar o estratificar la estructura social, sería más de: "Puedo dar empleo, ¿no?", y "yo sé que ocupo mis propios medios, y tengo una vida hasta cierto punto despreocupada" (Ángel, 25 años, clase baja).

Un denominador común en esta cita de Ángel, en la de Melina citada al inicio de este artículo, y en las intervenciones de otros entrevistados que por espacio no podemos reproducir, es la descripción de una estructura social sumamente achatada hacia abajo en la que las clases bajas son asociadas con carencias extremas; si intentáramos dar cuenta de esta estratificación a través de la representación de un edificio, las clases bajas de Ángel y Melina se ubicarían en el subsuelo. Esta representación extrema de la pobreza permite alejarla y diferenciarla de las propias carencias y vulnerabilidades que aquejan a la mayor parte de las clases populares, las cuales gracias a este achatamiento pueden considerarse a sí mismas como clases medias. Esta representación de la pobreza contrasta con la prevaleciente en otros países, donde la pobreza es asociada no con la indigencia, sino con la imposibilidad de acceder a bienes generales y necesarios para llevar un modo de vida considerado "normal" (ver, por ejemplo, Sachweh, 2012).

La construcción de fronteras

Las representaciones sociales sobre la desigualdad, la pobreza y la riqueza no constituyen imágenes estáticas ni rígidas. Se convierten en nuevos repertorios culturales que permiten a los individuos dar sentido a sus propias experiencias y las de "otros" en la estructura social, pero también orientar las acciones, los comportamientos y las decisiones vinculadas con la posición social que ocupan. Contribuyen a modelar la interacción con las otras clases y a la construcción misma de esos "otros". Los jóvenes de clases altas construyen a sus pobres, y lo mismo ocurre con los jóvenes de los sectores populares que construirán a sus propios "otros": los privilegiados.

La representación abstracta de la pobreza se corporiza para los jóvenes de las clases más acomodadas en dos tipos de pobres. Como lo explica Sofía, una joven de clase alta, no todos los pobres son iguales. Y en efecto, en el discurso de las clases privilegiadas es posible distinguir al menos dos construcciones diferentes de los "otros": los buenos pobres y los malos pobres.

Yo creo que hay un sector de la clase baja que te da miedo, por su contexto; te da miedo. No sé exactamente cómo se llaman, pero son como "pueblos perdidos", literal, así, son "pueblos perdidos" en Iztapalapa, que dicen que las casas son de lámina, entonces son "pueblos perdidos". Yo creo que quizás en esos sectores... No sé... No es como a los niños indígenas, como a las comunidades indígenas, que dan ganas de ayudar, o sea de contribuir, de hacer algo. Pero, o sea, te digo, cuando te plantean algo como la gente de Tepito, te da miedo de acercarte ahí, aunque quizá también ahí seguro hay problemas (Sofía, 19 años, clase alta).

Esta cita contiene varios aspectos interesantes. En primer lugar, la representación de la pobreza parece un tanto difusa debido a la escasa interacción con pobres reales de carne y hueso, por lo cual los límites simbólicos comienzan a construirse con base en ideas, comentarios o imágenes mayoritariamente indirectas. Esto no es exclusivo de los jóvenes privilegiados; lo mismo ocurre con los jóvenes de las clases populares para quienes sus referencias sobre los ricos o las clases altas generalmente distan mucho de la experiencia personal. El aislamiento recíproco de las clases y la creciente homogeneidad de sus espacios conducen a que la construcción del "otro" se nutra de referencias indirectas, y mayoritariamente de imágenes provenientes de películas, televisión, libros y periódicos o redes sociales (Stuber, 2006, reporta algo similar para el caso de Estados Unidos). Se trata de una clara señal de fragmentación social.

En segundo lugar, es interesante y elocuente la diferenciación de los buenos pobres y los malos pobres. Si prestamos atención a los aspectos que van dando forma a unos y a otros, es posible reconocer que cada uno de estos "pobres" se construye y distingue a partir de enfatizar aspectos diferentes de los marcos culturales que dan forma a la representación de la pobreza. Mientras los pobres buenos son la corporización de la pobreza "extrema", los pobres malos emergen como la corporización de la "criminalización" de la pobreza. Los buenos pobres son los pobres que no tienen ni para comer, ni un techo para vivir, ni educación, ni muchas otras condiciones elementales; son los pobres de las necesidades "extremas" y están representados principalmente en la figura del indígena. Los malos pobres son los pobres de los barrios peligrosos, de las zonas prohibidas, los que tienen oportunidades pero no saben o no quieren aprovecharlas, y están representados en la figura del "pobre urbano" (Bayón, 2015).

En tercer lugar, esta cita también es interesante porque nos adelanta las reacciones frente a esos dos tipos de pobres. Los límites simbólicos no sólo clasifican, sino que luego orientan el comportamiento esperable hacia esos "otros" así construidos. Para los buenos pobres, para los indígenas, hay caridad, ganas de ayudar y acercarse; para los malos pobres hay temor, desconfianza, y lo mejor es distanciarse y evitarlos.

Julián: Es que supongo que primero deberíamos empezar por definir pobreza. Pobreza es una "carencia", una carencia de algo; entonces el pobre es un carente... ¿Y cómo calificarían a una persona pobre, en quién pensarían? Pablo: En un indio. ¿Tú? Manu: En un indígena. Valentina: En un indígena. Manu: Yo también pensaría como en mi chacha, de su barrio, que les cuesta mucho la vida a ellos, que viven en su mundo y es como que... re feo. ¿Y tú, Renata? Renata: Yo me voy a las experiencias que he tenido en Chiapas, a los servicios comunitarios a los que he ido, personas que a veces no tienen ni casa, que viven muy fregadas... personas que... tienen una actitud muy chida frente a la vida y por eso creo que sí se puede (Julián, 20 años, clase media; Pablo, 18 años, clase alta; Valentina, 21 años, clase alta; Manu, 20 años, clase media-alta; Renata, 19 años, clase media-alta).

La última cita reproduce un fragmento del grupo focal con jóvenes de clases altas. Más allá de la riqueza antropológica que encierra este párrafo si se presta atención a las palabras utilizadas y a la carga cultural de las mismas ("indio", "chacha", "re feo"), me interesa destacar dos aspectos. Por un lado, vuelve a surgir la representación de la pobreza en términos abstractos como una condición de carencia y, tal como vimos en el apartado anterior, con necesidades extremas. Por otro lado, la figura del indígena tiende a imponerse como la imagen prototípica de la pobreza en el discurso de los jóvenes privilegiados. Se piensa en "niños" indígenas, en "comunidades" de la selva, e incluso en empleadas domésticas, todos referentes con una clara connotación indígena, pero además asociados con situaciones de muchas "carencias" y, más importante aún, con una serie de cualidades positivas. En el diálogo que reproduje más arriba, por ejemplo, se destaca la "actitud" frente a la vida, una actitud que parece asociada con el esfuerzo y el tesón frente a circunstancias desfavorables, y que contrasta con la "actitud" de los malos pobres. Pero no son éstas las únicas cualidades que se destacan; los jóvenes privilegiados también se refieren a otros valores positivos de los buenos pobres como la lealtad, la honestidad, la humildad, el respeto.

Gerardo: La gente humilde son así, a mi parecer, son de la gente más leal que hay. Juan Luis: No en todos los casos, hay gente humilde que ve la oportunidad y pues se quiere aprovechar. Gerardo: Sí, pero los vas conociendo y los vas viendo; por ejemplo, allá nosotros somos de Querétaro y pues allá donde están las siembras y todo eso pues, o sea, es gente muy humilde que literal vivía a la mitad del campo, pues llegábamos a darles chamba, que cuiden que el caballo, que cuiden que los gallos, que cuiden así y todo y es gente muy humilde y muy buena onda, así que llegas y la gente se emociona tanto y no tiene los recursos para darte algo pero o sea que llegues y te digan: "Mire, ésos son los huevos que acaban de poner las gallinas hoy" y te los dé, o sea, a mí me da muchísimo gusto (Juan Luis, 26 años, clase alta; Gerardo, 19 años, clase alta).

Aquí vuelve a repetirse la distinción entre los buenos y los malos pobres; no todos son honestos y leales, le corrige Juan Luis a su amigo; algunos son oportunistas y aprovechados. Ante esta observación, Gerardo entonces intenta aclarar que se refiere a los buenos pobres y no a cualquiera, y para ello nos ubica en contexto: una zona rural de siembras, gallinas y caballos, de puro campo, de pobreza extrema y de niños inocentes. Son esos pobres a los que se refiere como leales, humildes, honestos y agradecidos. Estas cualidades, además, no sólo los constituyen en "buenos" pobres, sino también y debido a ello, en pobres a los que da gusto ayudar y merecen ser ayudados.

Pero ellos no son los únicos, están también los malos pobres: los pobres urbanos, de todos los días. Paradójicamente, la actitud hacia estos pobres es la no relación, el miedo, la desconfianza y la evitación. Los malos pobres están íntimamente ligados con la vida en la ciudad, con la sociabilidad urbana y en particular con la inseguridad. Frente a estos pobres no se esperan las mismas actitudes de empatía ni de caridad: ellos no son pobres extremos ni tienen las mismas cualidades positivas para ser merecedores de solidaridad y compasión. El temor domina una relación difícil, que es mejor evitar recluyéndose en la ciudad exclusiva. Los malos pobres son los undeserving poor, los pobres que no quieren trabajar, los que prefieren obtener lo que no tienen sin esfuerzo y de manera fácil, muchas veces de manera ilícita e incluso criminal. Andrea estudió psicología en una universidad privada de mucho prestigio, y en la siguiente cita relata la experiencia de temor y desconfianza de sus compañeros de clase cuando realizaban prácticas profesionales en colonias populares:

Sí es algo muy curioso que se da en específico en psicología porque en todos los semestres te toca hacer una práctica y es ir a un escenario a desempeñarte, a hacer tu trabajo, y normalmente en ese tipo de práctica te llevan a varias colonias [populares] o a hospitales [públicos], entonces para mí era ver cómo las niñas los veían... Y sí, los veían con temor y... Como así: "¿Pues, cómo les hablo?, ¿cómo les digo?, ¡qué miedo!, están feítos", y hasta con gracia, ¿no? "¡Ay!, mira qué curioso". ¿Y en esas experiencias no había prejuicios al revés, encontrados, nunca percibías que los miraran mal ellos a ustedes? Pues sí, claro, o sea desde cómo les decían, ¿no?, "la güerita", o así, como cosas de los carros en los que llegaban, por ejemplo... Bueno, llegar en el coche hay que tener cuidado por los asaltos, cosas así, y en función ello pues siempre hay prejuicios, ¿no? (Andrea, 28 años, clase media).

El relato de Andrea da cuenta no sólo de las reacciones y comportamientos esperados hacia los pobres urbanos (temor, desconfianza, alerta), sino también del extrañamiento y desconocimiento recíproco. Pero además, a raíz de mi propia pregunta, Andrea introduce cómo los propios pobres también construyen a sus "otros": "los güeritos".

Así como los sectores privilegiados construyen a los "otros" pobres, los jóvenes populares también dan cuerpo a la representación abstracta de la riqueza y construyen su propia caracterización de los ricos o privilegiados. A diferencia de lo que sucede con la construcción de "los pobres", aquí, en cambio, no hay distinciones ni matices, lo cual se asocia, por un lado, con la escasa tematización de la riqueza y, por otro, con un universo mucho más pequeño y restringido. Como nos decía Melina en una de las entrevistas ya citadas, "ellos", los privilegiados, son los que lo tienen todo y no deben preocuparse por nada; una definición que es muy general y puede englobar a actores muy disímiles, pero que al mismo tiempo -en el caso de la sociedad mexicana- logra definir un universo, un "otro", acotado, diferente y distante respecto a las clases populares.

La riqueza "verdadera" es una condición fuera de los horizontes de posibilidades de los sectores populares, una situación inasible, abstracta y de escasas referencias concretas. Por eso, para las clases populares los privilegiados son todos los que se ubican más allá de la pobreza, la vulnerabilidad y la incertidumbre sobre el bienestar futuro. Esta definición puede parecer ambigua e incluso poco precisa en sus límites, pero en una estructura social como la mexicana funciona, y se corresponde aproximadamente con las familias que se ubican en los dos deciles superiores de la distribución del ingreso: abarcando desde un académico bien posicionado o un profesional exitoso hasta empresarios, políticos y ejecutivos de alto nivel. Ese sector de la población tiene los recursos para llevar una vida libre de preocupaciones, e incluso para obtener ciertos bienes deseados con mucha mayor facilidad que el resto de la población; resulta evidente que entre una vida libre de preocupaciones y el lujo hay una distancia enorme, pero para las clases populares es irrelevante, y todos caben en una categoría dominada por el privilegio de no tener ataduras económicas.

Al igual que les sucede a los jóvenes privilegiados con los pobres, las referencias de las clases populares sobre los ricos se nutren de algunas relaciones esporádicas o muy débiles con sectores de las clases medias-altas y de muchas experiencias indirectas, comentarios y estereotipos prefabricados. Por ejemplo, cuando le pregunté a Jacqueline por las relaciones entre clases, sus primeras referencias no surgieron de la propia experiencia o de otros; "por lo que he visto en la tele", dice Jacqueline, "los ricos siempre son así, quieren ver a la gente pobre como sus criados, como gente que tiene que trabajar para ellos", pero a continuación la referencia se vuelve mucho más concreta y experiencial al reconocerse a sí misma en la representación de los pobres de la ficción: "O sea, como que ellos están para mandar y nosotros los pobres estamos como para obedecerlos" (Jacqueline, 21 años, clase media-baja).

Experiencias directas e indirectas, personales o ficcionales, van construyendo a las clases privilegiadas con un perfil determinado y cada vez más preciso. El privilegio de una vida libre de ataduras económicas se asocia con una actitud de superioridad hacia el resto, una superioridad derivada de la capacidad de consumo y del poder y posicionamiento de los individuos en el mercado. La posibilidad de pagar, comprar y poseer ciertos bienes se percibe como fuente de prestigio y estatus que asigna a los individuos "privilegiados" un halo de superioridad sobre los que carecen de dichas posibilidades. En una sociedad de consumo, la superioridad en el mercado es leída como superioridad social, y se refleja tanto en la construcción de la propia subjetividad como en las interacciones sociales.

Es que son personas que se creen con el poder suficiente para..., bueno, pienso que en este caso, lo económico es un factor importante porque te hace sentir que eres superior a los demás, entonces al tener las condiciones económicas necesarias, pues ya puedes lograr muchas cosas y puedes pasar sobre quien quieras (Guadalupe, 20 años, clase media-baja).

No, simplemente los ven [a los más pobres] como inferiores porque no pueden comprar..., o sea que no pueden obtener cosas más allá de las pocas posibilidades que tienen, entonces se sienten superiores a ellos (Paola, 21 años, clase baja).

Para las clases populares, los ricos se sienten superiores por su mayor poder de consumo, y desde esa superioridad se relacionan con los otros; "presumen lo que han hecho", nos decía Ángel. Pero no es la superioridad en sí misma ni la riqueza como condición abstracta lo que más preocupa. El malestar de estos jóvenes deriva de una interacción de ricos y pobres vista como una relación jerárquica que los desvaloriza. Lo que los jóvenes de clases populares impugnan no es en esencia la superioridad, ni el consumo, ni el privilegio, condiciones que incluso pueden ser deseadas; lo que se rechaza es la inferioridad de la que son objeto en las interacciones cotidianas, en los encuentros con los "otros" en que se corporizan esas condiciones abstractas.

Pero así como la libertad económica de las clases privilegiadas es asociada con actitudes de superioridad y desprecio hacia los "otros", también es percibida como un factor que disminuye la calidad "moral" de las personas. Para los jóvenes de las clases populares, los jóvenes privilegiados son prepotentes o se "creen más que los demás", pero al mismo tiempo son superficiales e insensibles. Y estas dos características se conciben como derivaciones casi inevitables de la misma condición de privilegio. El hecho de no tener ataduras económicas, ni preocupaciones por necesidades elementales, ni limitaciones para acceder al consumo, hace que las personas, según la perspectiva de las clases populares, sean menos sensibles y más superficiales en sus formas de actuar y de pensar. En consecuencia, el privilegio, que inicialmente podía ser una condición estimada, puede resultar finalmente una condición moralmente censurable.

En primer lugar, las clases privilegiadas son superficiales porque no tienen que preocuparse por satisfacer sus necesidades básicas y, por ende, toda preocupación, interés o consumo que se sitúa más allá de esas necesidades resulta irrelevante, ingenuo y superficial. El consumo por arriba de las necesidades elementales es superfluo; el infra-consumo o consumo por debajo de esas necesidades es la pobreza. Las clases populares se ubican a sí mismas exactamente en el punto medio, desde el cual pueden juzgar e impugnar moralmente tanto a la pobreza (de la que quieren diferenciarse) como a la riqueza (que no poseen).

Melina: Cuando las ves [a las personas ricas] y las analizas por cómo son, por cómo se ven, entonces lo que ves es que sí tienen una forma de hacerte menos, de ser despectivos, incluso las ideas que tienen son muy... Ángel: Superficiales... Melina: Superficiales... Sí, creen que tienen el mundo en sus manos. Ángel: Sí, bueno, tienen una posición económica más alta y la libertad de tener menos preocupaciones, pues son menos cosas de las que se tienen que preocupar, y por eso lo que digo es que pueden llegar a ser un poco superficiales, y te das cuenta a la hora que están hablando. De cosas así como que: "Me voy a comprar eso" o "me voy a comprar lo otro" o "ya viste que fui a tal lado" o "salió tal cosa" (Melina, 25 años, clase media-baja; Ángel, 25 años, clase baja).

En segundo lugar, la superficialidad de los privilegiados se asocia con la insensibilidad. En la percepción de las clases populares, una vez cubiertas las necesidades elementales y básicas, las únicas dos opciones son el consumo superfluo o los sentimientos. En términos prácticos no son opciones, porque su posición de clase, sus restricciones socioeconómicas, sólo dejan a su alcance la posibilidad de los sentimientos y las relaciones humanas. Pero las clases privilegiadas, que sí pueden elegir, optan por el consumo superfluo, relegando el otro aspecto esencial en la vida: los sentimientos. Sus estilos de vida liberados de las necesidades económicas quedan atados a las apariencias y la materialidad de un consumo superfluo e insaciable. Para los jóvenes de clases populares, los privilegiados son pobres en términos humanos.

No sé, yo me catalogo [como] una persona humilde, no vivo tan mal pero a veces llega a haber carencias, una que otra cosa, pero en cuanto yo veo a los ricos... cómo viven en su mundo, más que nada a ellos les importa mucho lo material, no ven los valores como el amor, o algo así como ciertos detalles... que a veces un abrazo te dice más que otras cosas, ¿no? (Rafael, 21 años, clase baja).

Estos atributos, como la superficialidad o la insensibilidad, no sólo constituyen límites simbólicos que diferencian a "nosotros" de los "otros", sino que además debilitan o disminuyen la aparente superioridad de los privilegiados; incluso pueden dar vuelta a la relación jerárquica inicial para colocar ahora a los menos favorecidos en una situación de superioridad moral. La superficialidad, la insensibilidad, la incapacidad de valorar y apreciar lo "realmente importante en la vida" contrarrestan una superioridad económica que deviene en inferioridad moral (Lamont, 2000).

Conclusiones

Los hallazgos previos sobre las dimensiones subjetivas de la desigualdad tienen implicaciones de naturaleza distinta que apuntan tanto a un nivel societal como individual. Por un lado, los sentidos socialmente construidos desde los cuales se significa y se experimenta la desigualdad no son un simple epifenómeno superestructural, sino que alimentan y reproducen de manera esencial procesos y estructuras sociales. Por otro lado, estas mismas dimensiones subjetivas nos informan sobre las implicaciones individuales de la condición de clase. Ambas esferas, sin embargo, no están completamente desconectadas, en la medida que existe cierta circularidad entre una estructura desigual que se reproduce culturalmente y una experiencia de clase que genera tensiones a nivel subjetivo.

La profundidad y la visibilidad de la desigualdad social en México no tienen un equivalente en el grado de impugnación o cuestionamiento que recibe. Más allá de la indiferencia que parece dominar como reacción más inmediata y superficial, la combinación de ciertas experiencias y representaciones sociales contribuye a construir un sustento más profundo de tolerancia, e incluso aceptación, hacia la desigualdad. La creciente homogeneidad de los espacios de sociabilidad e institucionales, junto con el aislamiento y el distanciamiento sociocultural, son factores clave que contribuyen a diluir la experiencia cotidiana de la desigualdad de clase. Esto no significa, sin embargo, que la desigualdad sea desconocida, sino que se conforman espacios de inclusión desigual desde los cuales su percepción es menos transparente. Desde estos espacios no sólo se pierde la capacidad para dimensionar las brechas que separan las condiciones de vida de unos y otros, sino que la misma desigualdad se significa como un mecanismo (supraindividual) de articulación y complementariedad entre ambos mundos. La riqueza y la pobreza, como condiciones abstractas y expresiones posibles de esa desigualdad, se interpretan como destinos legítimos para los individuos en correspondencia con sus cualidades socialmente valoradas. En otras palabras, la desigualdad pareciera así formar parte esencial del orden social.

Esta representación de la desigualdad puede interpretarse como un mecanismo de inclusión simbólica. Trasciende y rompe las fronteras de los espacios de inclusión desigual, y desde allí "reconforta" a los sujetos, independientemente del espacio de inclusión en que se ubiquen. Es decir, sin importar su condición de clase los individuos pueden reconocerse a sí mismos como iguales a los demás en tanto miembros y partícipes de un mismo juego, lo que contribuye a fortalecer la autoestima de unos y a eliminar las culpas de otros, y en ambos casos a favorecer la indiferencia hacia la desigualdad.

Pero la cadena de implicaciones entre individuo y sociedad no termina allí. Debajo de estas representaciones colectivas, el sujeto no permanece inmune a la desigualdad. Incluso puede sugerirse que las tensiones que afectan al individuo no provienen sólo de una estructura desigual, sino de las inconsistencias entre esa estructura y aquellas imágenes colectivas. Dicho en términos más precisos, la subjetividad es desafiada cuando las representaciones simbólicas y la estructura social confluyen en el sujeto. En ese momento surgen las ambigüedades, como dudar de la propia condición de clase o invertir el juicio moral sobre la riqueza y la pobreza cuando se piensa en ricos y pobres. Una sociología ingenua las definiría como contradicciones; aquí preferimos interpretarlas como expresiones de las tensiones que la desigualdad deposita sobre el sujeto.

Cuando el propio sujeto es interpelado, cuando el sujeto se encuentra con los otros, es cuando afloran los desajustes entre la estructura de clases y las representaciones de la desigualdad. Para los pobres, los pobres son otros más pobres, y los ricos pierden la virtud asociada con la riqueza como condición abstracta, y se vuelven objeto de una inferiorización moral que compensa su superioridad económica. Entre unos y otros, las clases populares ponen a salvo la propia subjetividad. Para los ricos, la complementariedad y la reciprocidad de la desigualdad se desdibujan frente a la presencia de buenos y malos pobres. Pero ni uno ni otro tipo de pobres cuestiona o hace dudar sobre los fundamentos del propio privilegio: a unos se les ofrece la caridad y la compasión, a los otros se les criminaliza y culpa de su condición. Así, son ahora las clases privilegiadas las que ponen a salvo su subjetividad.

Las dimensiones simbólicas de la desigualdad son claves para entender cómo se experimenta la desigualdad, y no son ajenas a sus causas y efectos, ni a la forma en que es reproducida o resistida. Las representaciones, los límites simbólicos y otras herramientas culturales permiten a los individuos lidiar con una estructura profundamente desigual, pero al mismo tiempo generan diversas tensiones que desafían la subjetividad. En este sentido, es posible que allí encontremos las razones por las cuales las consecuencias de la desigualdad se expresan, más que en enfrentamientos sociales colectivos, en una conflictividad individualizada que carcome la cohesión social.

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1Poco antes de la publicación de este texto, en el primer cuatrimestre de 2016, una serie de artículos aparecidos en periódicos de circulación nacional expresaban con toda naturalidad esta concepción de la desigualdad, destacando sus virtudes para el buen funcionamiento de la sociedad.

Recibido: 11 de Marzo de 2015; Aprobado: 05 de Noviembre de 2015

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