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Revista mexicana de sociología

versión On-line ISSN 2594-0651versión impresa ISSN 0188-2503

Rev. Mex. Sociol vol.76 no.3 México jul./sep. 2014

 

Artículos

 

De pueblo a sociedad civil: el discurso político después del sismo de 1985

 

From people to civil society: political discourse after the 1985 earthquake

 

Alejandra Leal Martínez*

 

* Doctora en Antropología por la Universidad de Columbia. Becaria del Programa de Becas Posdoctorales en la Universidad Nacional Autónoma de México, Instituto de Investigaciones Sociales, UNAM. Temas de especialización: antropología política y antropología urbana. Circuito Mario de la Cueva s/n, Ciudad Universitaria, 04510, México, D.F.

 

Recibido: 17 de mayo de 2013
Aceptado: 11 de abril de 2014

 

Resumen:

Este artículo examina el surgimiento de la idea de sociedad civil en la esfera pública mexicana después de los sismos de 1985, así como su popularización y los cambios de sus significados en las siguientes décadas. Mediante el análisis de textos periodísticos producidos en torno a los sismos, el texto argumenta que la sociedad civil sustituyó al pueblo como la colectividad nacional legítima en el contexto de la transición al neoliberalismo. De ser el símbolo de la colectividad nacional, el pueblo fue resignificado como un actor colectivo caduco: la antítesis, así como el antecedente temporal, de la sociedad civil.

Palabras clave: sociedad civil, pueblo, liberalismo, neoliberalismo, sismos de 1985.

 

Abstract

This article examines the emergence of the idea of civil society in the Mexican public sphere after the earthquake of 1985 as well as its popularization and the transformations of its meanings in subsequent decades. By analyzing journalistic accounts of the earthquake, the text argues that civil society replaced the people as the legitimate national collectivity in the context of the transition to neoliberalism. From being the symbol of the national collectivity," the people " were redefined as an obsolete actor: the antithesis, and forerunner, of civil society.

Keywords: civil society, people, liberalism, neoliberalism, 1985 earthquakes.

 

El jueves 19 y el viernes 20 de septiembre de 1985, la Ciudad de México fue sacudida por dos intensos temblores que causaron una enorme devastación material y muerte, especialmente en la zona central. Miles de edificios gubernamentales, hoteles, hospitales, escuelas y viviendas se derrumbaron en unos cuantos segundos. En los días que siguieron a la catástrofe, un número importante de la población capitalina respondió con un despliegue masivo de ayuda y se sumó voluntariamente a los trabajos de rescate y de apoyo a las víctimas: desde brigadas que removían escombros, proporcionaban asistencia médica o dirigían el tránsito vehicular, hasta grupos de acopio de víveres, ropa y medicinas para los damnificados. Estas movilizaciones, representadas en la prensa como espontáneas e independientes de los aparatos gubernamentales, entraron en la narrativa histórica de la Ciudad de México como "el despertar de la sociedad civil" y, por ello, como un evento crucial —incluso como un parteaguas— en el proceso de democratización no sólo de la ciudad, sino de todo el país (Tavera-Fenollosa, 1998, 1999).

En un texto publicado a 10 años de la tragedia en 1995, Carlos Monsiváis, por citar a uno de los principales artífices de esta narrativa, escribía:

Pese a la mitología urbana, lo ocurrido a partir del 19 de septiembre supera, todavía hoy, a la descripción legendaria. La respuesta solidaria es también emergencia política, desobediencia racional, fe en las resonancias del impulso comunitario, y no exagero si califico a la gran vivencia de "sensación utópica", en el mejor sentido del término. A su modo, cientos de miles descubren que sí hay lugar, el sitio donde los ciudadanos cuentan, la sociedad funciona sin paternalismo. […] A la utopía la determina la redefinición en la práctica de un término hasta entonces no muy tomado en cuenta, la sociedad civil, que se va entendiendo como las acciones y las interpretaciones fuera de control del aparato gubernamental (Monsiváis, 2000: 21).

En los años trascurridos desde los sismos, la idea de "sociedad civil" se ha vuelto un referente fundamental en el discurso público y en el debate académico mexicano. En la actualidad es utilizada, sin mayores cuestionamientos, para describir y analizar fenómenos muy diversos. Se usa como descripción de la sociedad organizada al margen del Estado y poseedora de una autoridad moral incuestionable (las organizaciones de la sociedad civil), o como el ámbito de acción de los individuos autónomos, o como un proyecto político en construcción, o como una categoría analítica clave para entender la acción colectiva y la transición a la democracia (Arditti, 2004; Olvera Rivera, 1999). Pero si bien es una idea ambigua, incluso imprecisa, que hace referencia a múltiples actores, la centralidad y la ubicuidad de la sociedad civil en el imaginario político contemporáneo no han sido lo suficientemente analizadas.

El presente artículo busca llenar este vacío al examinar críticamente el surgimiento de la idea de sociedad civil en la esfera pública mexicana —concretamente, en la prensa— después de los sismos de 1985, así como su popularización y los cambios de sus significados en las décadas subsecuentes. Mediante el análisis de textos periodísticos producidos en torno de los sismos, el artículo demuestra que la idea de sociedad civil ha pasado a sustituir al pueblo como la colectividad nacional legítima. De ser el símbolo de la colectividad nacional, el pueblo ha sido resignificado como un actor colectivo caduco: la antítesis, así como el antecedente temporal, de la sociedad civil. En este sentido, el artículo argumenta que la sociedad civil expresa una nueva forma de conceptualizar a la colectividad nacional —entendida como la suma de ciudadanos autónomos—, así como la pérdida de legitimidad de otras formas de pertenencia y acción colectiva. La propuesta es entender el surgimiento y el apogeo de la sociedad civil como parte de la transición hacia el neoliberalismo, incluyendo la paulatina consolidación de una visión (neo) liberal de la democracia y la ciudadanía que hoy domina el imaginario político (Aibar, 2012).

Se siguen los planteamientos de los antropólogos Jean y John Comaroff (1999), quienes proponen entender el resurgimiento, la fuerza y la popularidad de la idea de sociedad civil en las últimas décadas del siglo XX como parte de una serie de cambios globales asociados con el neoliberalismo. Conceptualizan este último no únicamente como una serie de políticas públicas sino, de manera más amplia, como un cambio en las formas de gobernar y en las relaciones Estado/sociedad que se caracteriza por la redistribución de responsabilidades y riesgos desde el primero hacia la segunda. Para estos autores, la idea de una sociedad conformada por individuos autónomos que se organizan al margen de los aparatos gubernamentales es inseparable de la crisis del Estado benefactor y de las formas de entender a la colectividad y al bien común que lo sustentaban, así como del triunfo de la ideología del libre mercado. En este contexto, como ha argumentado Nikolas S. Rose (1999), el ideal de un Estado robusto encargado de garantizar los derechos sociales de sus ciudadanos es reemplazado por formas de gobernanza que intervienen al nivel de las capacidades y las conductas individuales. El objetivo es favorecer la formación de ciudadanos autónomos y responsables que puedan desarrollarse y prosperar sin la interferencia del Estado. Siguiendo estas perspectivas, este trabajo busca entender cómo la idea de sociedad civil refleja y a la vez construye la transformación sociopolítica tan significativa que comienza a gestarse a partir de la década de los años ochenta.1

En México, el viraje hacia el neoliberalismo comienza con la crisis de 1982 (Aitken et al., 1996). A la par del cambio de una economía proteccionista a una economía de libre mercado, se operó una transformación importante en los imaginarios sobre la nación. Fernando Escalante Gonzalbo (2006b), por ejemplo, ha argumentado que después de la crisis económica de 1982 se popularizó en la esfera pública la idea de que los problemas del país, desde la hiperinflación hasta la corrupción, eran resultado del poder excesivo del Estado, que debía ser acotado por la sociedad. En otras palabras, la crisis económica se vio acompañada por la crisis del "pacto" entre el Estado y la sociedad (es decir, el corporativismo) que había sostenido al régimen durante décadas. En este contexto comenzó a formarse un espacio de opinión y debate académico, así como un discurso político en el que la Revolución de 1910 dejó de ser una fuente de legitimidad para el Estado y sus políticas y comenzó a representarse como un lastre del pasado, que tendría que ser superado (Lomnitz, 2008; Rousseau, 2010).2

La hipótesis central del presente artículo es que, al igual que la Revolución, el pueblo que había emergido de la misma como el sujeto nacional legítimo —y de manera crucial como el sujeto de los derechos sociales prometidos por el régimen— comenzó a ser paulatinamente reemplazado por la figura de la sociedad civil. En efecto, como veremos en las páginas que siguen, en los 20 años transcurridos entre los sismos de 1985 y su conmemoración en 2005 el pueblo desapareció como un actor central del discurso público. De aparecer como el principal protagonista de las movilizaciones que siguieron a la tragedia, pasó a ser representado como el reducto de una izquierda corrupta, antidemocrática y anclada en el pasado.

El argumento está basado en el análisis de un conjunto de textos periodísticos (reportajes, crónicas, editoriales y artículos de opinión) publicados en las semanas posteriores a los sismos, así como durante las conmemoraciones de éstos en 1995 y en 2005.3 Para cada periodo seleccioné diarios de circulación nacional que expresan diversas posiciones ideológicas: El Universal, unomásuno (únicamente para 1985), La Jornada y Reforma (únicamente para 1995 y 2005).4 Me aproximo a estos documentos como textos en circulación en torno a los cuales se construyen diferentes públicos (Warner, 2002). Asimismo, los leo como artefactos culturales producidos en contextos sociales y políticos específicos que reflejan y la vez construyen el sentido común que se expresa en la opinión pública (Silverstein, 1996). De este modo, más que buscar significados fijos, analizo la ambigüedad y los diversos usos de las nociones de pueblo y sociedad civil, así como los traslapes y deslices entre ellas.

El artículo está estructurado en torno de los tres periodos analizados. En primer lugar identifico quiénes son, según la prensa, los actores que se movilizan tras los sismos, y señalo dos momentos en el discurso: el momento de la solidaridad, cuando el actor que se moviliza es una masa abstracta e imprecisa, y el de los damnificados, una colectividad concreta con demandas específicas. Luego analizo la manera en que estos actores son representados como el pueblo o como la emergente sociedad civil. Continúo con dos secciones sobre las transformaciones de las figuras del pueblo y la sociedad civil desde 1985 mediante una lectura de varios textos producidos para conmemorar los sismos en 1995 y 2005.

 

1985: de la solidaridad a los damnificados

En las semanas que siguieron a los sismos hubo una proliferación de textos en diversos medios. Los acontecimientos fueron tan intensamente reportados en la prensa que prácticamente desaparecieron otros temas y noticias de sus páginas (Carbó, 1987). Durante los primeros días, lo que predomina en reportajes, crónicas, editoriales y artículos de opinión, además de un panorama de devastación, así como expresiones de duelo, es la celebración de la solidaridad de los mexicanos. En efecto, la mayoría de los textos producidos entre el 20 de septiembre y los primeros días de octubre en diversos diarios —sin importar su posición ideológica— hablan de una solidaridad espontánea y desinteresada. La principal caracterís-tica de esta solidaridad es que antepone el bien común —las necesidades de las víctimas y del rescate— a las tragedias individuales. La solidaridad aparece también permeada por un tono religioso que hace referencia a la hermandad y a la empatía con el prójimo. Así lo expresa un artículo de opinión en unomásuno:5

Asomó la solidaridad de nuevo. Todos lo vimos. Somos aún, sin exhorto ni llamado que obligue, sensibles al dolor del prójimo, solidarios de veras, prestos a dar hasta lo necesario a ultranza.6

En estas manifestaciones de solidaridad parecen suspenderse las diferencias culturales y sociales de la población mexicana. Es decir, la prensa construye una especie de gran unidad nacional ante la catástrofe. Veamos como ejemplo un artículo de opinión en El Universal:

La tragedia, al conmover igual a todos, de alguna manera nos iguala, nos vuelve parejos. Y esa forzada, aunque pasajera democratización, que hace a un lado diferencias por asuntos particulares y sobrepone lo que de común tenemos todos, que es nuestra cercanía a través del desastre y nuestra vecindad en esta ciudad, constituye el mejor recurso para que logremos dejar atrás la tragedia.7

¿Pero quién es el actor que se solidariza? Algunos textos hacen referencia a una serie de actores concretos, como los rescatistas voluntarios, los jóvenes que dirigieron el tránsito de la ciudad, las mujeres que llevaron comida a las víctimas. Sin embargo, éstos se presentan como parte de una colectividad mayor. Un reportero de El Universal escribe:

¿Quién convocó a tanto muchacho, de dónde salió tanto voluntario, cómo fue que la sangre sobró en los hospitales, quién organizó las brigadas que dirigieron el tránsito de vehículos y de peatones por toda la zona afectada? No hubo ninguna convocatoria, no se hizo ningún llamado y todos acudieron.8

En este caso, el pronombre todos construye un actor colectivo que trasciende la especificidad de "tanto muchacho" o de "tanto voluntario" o de "las brigadas que dirigieron el tránsito". Evoca una colectividad más amplia y difusa, caracterizada por virtudes morales como el heroísmo. En algunos textos esta colectividad se circunscribe a los habitantes de la Ciudad de México, "los capitalinos"; sin embargo, en la mayoría se hace referencia a una colectividad más amplia e imprecisa, una masa amorfa que responde de manera espontánea y unificada ante la catástrofe. Aunque aparecen menciones a los "mexicanos" y a los "ciudadanos", son sobre todo "el pueblo" y en menor medida la "sociedad civil" los que aparecen como protagonistas de la solidaridad. Este discurso es compartido por muy diversos actores, desde el presidente hasta los partidos de oposición; desde intelectuales cercanos al régimen hasta periodistas críticos del mismo.

Hacia finales de septiembre se diluye este discurso de la solidaridad y comienza a delinearse uno de los actores centrales de la tragedia: los damnificados que se movilizan. Comienzan a aparecer reportajes sobre los sobrevivientes de Tlatelolco y del Multifamiliar Juárez en la colonia Roma. En menor medida aparecen también reportajes sobre las víctimas de las colonias populares del centro de la ciudad: Guerrero, Morelos y Tepito.9 Estas incipientes menciones de los damnificados se incrementan después del 27 de septiembre, cuando alrededor de 3 000 personas marchan del Ángel de la Independencia a la residencia presidencial en Los Pinos, y van creciendo conforme se consolida la organización.10 Así describió la marcha el unomásuno:

Habitantes de 10 colonias afectadas por el sismo del 19 de septiembre exhibían con grandes letras sus demandas. […] Habitantes de las colonias Morelos, Guerrero, Valle Gómez, la unidad Tlatelolco, del barrio de Tepito, de los cuartos de azotea de Tlatelolco, entre otros, decidieron, la noche del jueves, realizar la marcha hacia la casa del presidente.11

Lejos de ser víctimas pasivas que reciben la solidaridad de sus conciudadanos, los damnificados aparecen como un actor colectivo activo que toma su destino en sus manos. Asimismo, la prensa reporta la inconformidad y las demandas de los damnificados como legítimas, contrastándolas con la pasividad gubernamental. Así lo expresa un editorial de El Universal:

Inconforme se muestra también el pueblo en general, pero muy especialmente los habitantes de las zonas más dañadas y quienes resultaron más perjudicados por haber perdido parientes, amigos y toda clase de allegados, o sus bienes, con la conducta de los representantes populares, los diputados.12

Empieza entonces a delinearse no ya un actor colectivo abstracto sino una serie de actores sociales específicos, los sectores populares y las clases medias de la zona central que perdieron sus viviendas. Si bien este actor colectivo no es equivalente a la colectividad que reaccionó de manera heroica ante los sismos, se establecen algunas continuidades entre ambas. Así lo expresa un reportero de La Jornada:

De esta manera los más desprotegidos entre los afectados por los temblores del 19 y el 20 inauguraron la etapa de las movilizaciones: con una mezcla de asombro e ingenuidad, prueba de que estamos en presencia de un movimiento social en gestación, pero con un potencial inversamente proporcional a la ceguera y el temor de las autoridades. […] La solidaridad que se produjo de manera ampliada inmediatamente después del siniestro está teniendo ya sus frutos en un nuevo tipo de organización social […].13

Según el autor de este texto, en la movilización de los damnificados convergen la espontaneidad de la solidaridad con el surgimiento de un nuevo movimiento social que rompe con las estructuras organizativas del Partido Revolucionario Institucional (PRI).14 Como veremos más adelante, esta convergencia será central en el discurso de la sociedad civil.

Mientras que la prensa representa positivamente a los damnificados, el asunto de cómo dotarlos de vivienda genera una escisión en el discurso y se convierte en objeto de disputa, especialmente tras la expedición de un decreto presidencial, el 11 de octubre de 1985, que expropiaba alrededor de 5 000 inmuebles en las zonas afectadas con el fin de construir viviendas para los damnificados.15 El presidente afirmaba que se daría prioridad a la vivienda popular;16 algunos funcionarios decían que el gobierno "no estaba en condiciones de regalar viviendas";17 los damnificados y los partidos de oposición demandaban la expropiación de los predios destruidos;18 el sector privado y numerosos editorialistas se pronunciaban en contra del mayor endeudamiento para financiar la reconstrucción:

Los que abogan, pues, por un mayor gasto público global y otras medidas populistas, con pretexto de los últimos movimientos telúricos, es como si recetaran aceite de ricino para el alivio de una diarrea o veneno para curar una indigestión.19

De la celebración de la solidaridad y la unidad nacional se pasa entonces a una contenciosa discusión sobre cómo resolver el problema de vivienda generado —o más bien agravado— por los sismos, sobre todo en el centro de la ciudad.

 

"El héroe es el pueblo solidario"

Si bien, como hemos visto, es posible diferenciar en la prensa dos tipos de actores que se movilizan tras la tragedia —por un lado, una colectividad abstracta que se solidariza y por otro los damnificados que se organizan—, ambos son a su vez representados como el pueblo. En efecto, uno de los principales actores colectivos que la prensa construye y moviliza en los días posteriores a los sismos es el pueblo, esa figura inherentemente ambigua que ocupó un lugar central en el discurso político mexicano tras la Revolución de 1910 (Lomnitz, 2001).20 En primer lugar aparece el concepto abstracto de "pueblo de México". Esta es una colectividad imprecisa que abarca a la totalidad de los mexicanos. Diversos reportajes plasman las declaraciones y discursos del presidente Miguel de la Madrid, de senadores y diputados, de funcionarios públicos y de políticos de diversos partidos que hacen referencia al "pueblo de México" como el principal protagonista y receptor de la solidaridad. Así, por ejemplo, describe un reportero de El Universal las acciones del presidente después del sismo:

El jefe del Ejecutivo hizo "el reconocimiento más amplio al maravilloso pueblo de México —estoy orgulloso del pueblo que gobierno, diría después mmh—, que en la desgracia mostró una vez más sus enormes cualidades y valores".21

Además de representar a la colectividad nacional, el pueblo aparece como un sujeto colectivo inherentemente virtuoso que actúa de manera heroica y generosa. Así lo expresa un editorialista de La Jornada:

Frente a las tragedias como la que estamos viendo, la solidaridad, la nobleza del pueblo son indispensables y reconfortantes.22

Esta moralidad intrínseca, la bondad del pueblo, lo distingue del gobierno, los políticos, los funcionarios, los empresarios caracterizados como corruptos, explotadores y egoístas. La dicotomía entre pueblo bueno/gobierno y empresarios malos es capturada en el siguiente editorial publicado en El Universal:

Aquí hay malos, malísimos, la peor hampa del país, la peor policía […], quizá los funcionarios más corruptos y los comerciantes más abusivos, los empresarios más explotadores y, asimismo, abusivos y corruptos, pero… ¿la gente, el pueblo?23

Además de los significados arriba mencionados, el pueblo aparece como un sujeto político, el detentor de la soberanía popular. Así lo expresa un editorialista de Proceso:

Como lo han hecho notar varios comentaristas, el pueblo demostró una madurez que todavía con frecuencia se le regatea en el orden político y económico. Un pueblo que se solidariza de esta manera requiere que su sentido de comunidad y su madurez le sean reconocidos en todos los órdenes.24

Las representaciones del pueblo como la colectividad nacional, o como una colectividad virtuosa y moral, o como un sujeto político, se deslizan hacia la representación del pueblo como los pobres o los sectores populares. Esta multiplicidad de significados, inherente al concepto mismo de pueblo (Illades, 2003; Ranciere, 2001), se ejemplifica una y otra vez en el discurso de diversos actores políticos que ensalzan las virtudes del pueblo como el sujeto del régimen emanado de la Revolución, sobre todo con referencia a los damnificados. Así reporta Proceso las declaraciones del entonces líder nacional del PRI tras el decreto expropiatorio:

Adolfo Verduzco […] afirmó que su partido "apoya vigorosamente" la expropiación de predios, ya que evidencia "el compromiso que el gobierno de la Revolución mantiene con el pueblo y con la procuración de justicia social".25

La asociación del pueblo con el régimen posrevolucionario y el legado de la Revolución no es exclusiva de los representantes del régimen, como lo ejemplifican las declaraciones del entonces diputado del Partido Socialista Unificado Mexicano (PSUM) Eraclio Zepeda, reportadas en El Universal:

Los mejores mexicanos —dice el chiapaneco— resistían hace tiempo la descarada declaración de ciertos conservadores sobre la supuesta debilidad de nuestro pueblo. "Es bueno para ser del país", decían, indicando con esto un desprecio para todo lo nuestro, sin embargo, entre el pueblo nunca se dudó de que somos mucho para la derrota, lo hemos demostrado siempre en nuestra historia. […] "Sólo los que no conocen al pueblo pueden sorprenderse de su enorme capacidad solidaria. Al fin y al cabo las revoluciones son obra de la solidaridad, y nosotros hemos realizado tres muy profundas".26

Pero si estas expresiones invocan a la colectividad nacional al tiempo que sugieren que el concepto de pueblo hace referencia a los sectores populares, hay otras representaciones que explícitamente movilizan este segundo significado. Por ejemplo, un editorialista de unomásuno exalta las "manifestaciones de comprensión y colectivismo" observadas tras los sismos, y añade que éstas "son mucho más numerosas y espontáneas entre los trabajadores y sectores más empobrecidos".27 Otro lo expresa de la siguiente manera:

La efervescencia de un pueblo que está decidido a enterrar a sus muertos no le impidió levantar la cabeza y encarar las consecuencias de un sismo que resquebrajó muchas estructuras, pero no las del pueblo trabajador.28

Estas invocaciones al pueblo se inscriben dentro de un discurso político que si bien se presenta como opuesto al régimen, participa de sus formas de representar a los sectores populares como la colectividad nacional legítima. Así lo expresa un editorialista en unomásuno:

Esta solidaridad que tuvo, tiene y debe seguir teniendo el pueblo de México no es una solidaridad a secas, tiene una etiqueta: solidaridad de clase, de trabajador a trabajador, de pobre a pobre y oprimido… Por eso la solidaridad de clase debe continuar para demandar y reivindicar una reconstrucción que efectivamente sea a favor de la clase necesitada, trabajadora, la gente pobre.29

Como hemos visto, el concepto de pueblo es movilizado de maneras muy diversas. En algunos casos se presenta como una colectividad amorfa y difusa que reacciona de manera ejemplar ante la catástrofe, el pueblo solidario. En otros es representado como un actor colectivo que encarna los sentimientos de la nación. El pueblo aparece también como los sectores populares, sobre todo en relación con los damnificados. En algunas fuentes coexisten multiplicidad de significados; en otras, un significado se desliza hacia otros a lo largo de un mismo texto. Lo que llama la atención es la omnipresencia del concepto en los textos producidos después de los sismos. Este no es únicamente movilizado por el presidente, los políticos y los funcionarios públicos, también lo es por reporteros e intelectuales de diferentes posiciones políticas e ideológicas. La existencia y la fuerza moral del pueblo aparecen como incuestionables. Es frente al concepto de pueblo y su vigencia en el discurso público de mediados de los años ochenta que podemos entender el quiebre discursivo —que es también un quiebre político— que implica la aparición y movilización del concepto de sociedad civil.

 

Aparece la sociedad civil

En los días posteriores a los sismos, es sobre todo en La Jornada, un periódico que expresaba abiertamente su oposición al régimen, donde se hace referencia a la sociedad civil como un actor que se moviliza ante la catástrofe. Sin embargo, el término aparece en múltiples textos como indistinguible del pueblo que responde de manera solidaria. Así, por ejemplo, lo expresa un editorial de dicho periódico:

La sociedad civil ha mostrado una vez más su capacidad de respuesta y entrega ante las circunstancias adversas para socorrer infatigablemente ahí en donde es preciso y necesario. El espíritu de los millares de mexicanos que integran las brigadas de voluntarios para el rescate impulsa a otros compatriotas a seguir su ejemplo.30

En otras palabras, en ciertas acepciones, el concepto de sociedad civil es la colectividad abstracta e imprecisa a la que hacíamos referencia arriba, el pueblo solidario. Pero se pueden vislumbrar otros significados: desde los días posteriores a los sismos se suscita un debate sobre el término sociedad civil que, como veremos a continuación, revela la crisis de legitimidad del estado posrevolucionario y del discurso oficial sobre el pueblo. Desde sus primeras crónicas sobre los sismos, Carlos Monsiváis, por citar un ejemplo ilustrativo, intenta dar un significado político a la solidaridad e interpreta las movilizaciones como el despertar de la sociedad civil:

No ha sido únicamente, aunque por el momento todo se condense en esta palabra, un acto de solidaridad. La hazaña absolutamente consciente y decidida de un sector importante de la población que con su impulso desea restaurar armonía y principios vitales, es, moralmente, un hecho más vasto y significativo. La sociedad civil existe como gran necesidad latente en quienes desconocen incluso el término, y su primera y más insistente demanda es la redistribución de poderes.31

Aquí la sociedad civil aparece como un actor colectivo en formación, es decir, como una colectividad que se vislumbra de manera incipiente después de los sismos e incluye tanto a la masa solidaria como a los damnificados. Las movilizaciones de estos últimos son interpretadas como un movimiento emergente con una nueva sensibilidad política. Los caracteriza una nueva relación con el Estado, no mediada por las estructuras corporativas del régimen, así como la sed de un cambio político. En otras palabras, Monsiváis insiste en la emergencia de un nuevo actor que no es el pueblo posrevolucionario. Es precisamente al no ser pueblo que este actor puede demandar la democratización. Un editorialista de unomásuno expresa más explícitamente la ruptura:

[En el contexto de la crisis económica] la gens mexicana comenzó a advertir en forma larvada, todo lo imprecisa que se quiera, los contornos del nuevo papel que le estaba tocando representar en la escena nacional. […] Eso que empezó a surgir fue un estado de conciencia general que rebasaba los límites implícitos en una palabra como pueblo, o de conceptos como el de clase, y en general de todos los vocablos expresados de colectividad que, a lo largo de más de medio siglo, se han aplicado a los mexicanos. Y algunos creyeron captar el advenimiento de otra modalidad de estar juntos en el ámbito nacional, que apenas empieza a ser definida por medio de una expresión insólita para el lenguaje político nuestro, que apenas empezó a hacer su aparición en los últimos dos años, y que se presenta preñada de posibilidades para la reflexión, y la acción, política. Esa expresión es la de sociedad civil. Y ese sentirse sociedad civil frente al Estado, como lo diverso del Estado, no ha hecho más que reforzarse a medida que el gobierno ha adoptado decisiones… o emitido conceptos en los que lo que resalta lo ya evidente, a saber: que en cuanto el ejecutor de un sistema llega a su fin histórico y al reconocimiento de sus límites, busca un nuevo papel en plena y directa interlocución con la sociedad civil.32

Aquí se elabora con más detalle la transfiguración del pueblo en sociedad civil. Según el diagnóstico de este editorialista, el pueblo —así como la organización colectiva en torno a referentes como la clase social— ha perdido vigencia con la crisis de legitimidad del régimen posrevolucionario, exacerbada por la crisis económica. Sus significados específicos aún por definirse, la sociedad civil se presenta como la colectividad de una nueva era política. Se comienza entonces a temporalizar la relación entre el pueblo y a la sociedad civil, el primero ubicado como antecedente temporal de la segunda. Al nombrar la realidad de otra manera, al insertar la movilización social en el marco explicativo de la ruptura del pacto revolucionario, el discurso público refleja y a la vez construye dicha transformación.

Nora Rabotnikof (2001a) ha argumentado que el concepto de sociedad civil que se consolida en México durante la década de los años noventa es "resultado de la descomposición y reestructuración" de otra forma de pensar la sociedad civil en la década de los años setenta y principios de los años ochenta por parte de un grupo de intelectuales vinculados con la izquierda, especialmente Carlos Pereyra. Siguiendo a Antonio Gramsci, éstos definían a la sociedad civil como las asociaciones e instituciones creadas por la sociedad para organizar su participación en la vida pública. Estaban incluidos los organismos sindicales y patronales, las organizaciones campesinas, los movimientos sociales, los medios de comunicación. Según Rabotnikof, la categoría de sociedad civil rescataba "la densidad histórica del pacto revolucionario" (el carácter constitutivo de la relación Estado-sectores populares, incluyendo la incorporación subordinada), al tiempo que señalaba la ruptura de dicho pacto (Rabotnikof, 2001a: 286). Esta invocación temprana a la sociedad civil hacía una distinción entre el pri-gobierno y el Estado. En otras palabras, si bien la reivindicación de la sociedad civil se inscribía en la demanda de democratización, ésta no asumía una postura antiestatista.

Monsiváis, cercano al grupo de Pereyra, retomaba algo del concepto gramsciano de sociedad civil al concebirla como una formación antihegemónica, pero enarbolaba una bandera antiestatista. Cabe recordar que si bien desde la crisis de 1982 se hablaba de una crisis del Estado, la inacción de las autoridades y la corrupción que se evidenciaron tras los sismos exacerbaron esta narrativa. El año 1985 fue interpretado como el colapso (el principio del fin) del Estado autoritario. De este modo, en la concepción antiestatista de la sociedad civil que emergió en dicho contexto —y que se consolidó en las décadas subsecuentes— convergieron el discurso de la izquierda33 y de algunos sectores conservadores. Por ejemplo, hacia mediados de octubre de 1985 comienzan a aparecer en la prensa referencias a la sociedad civil por parte de la Confederación Patronal de la República Mexicana (Coparmex), la que declara que ésta sería tema de su asamblea nacional:

La actitud de los nacionales no ha sido debidamente encauzada en las tareas cotidianas, por lo que la energía y la ayuda mutua desatada en los momentos de dolor y consternación nos ofrecen una fuerza capaz de transformar las ruinas en una plataforma de despegue hacia los fines positivos y urgentes que necesita el país.34

En el discurso de la Coparmex, la sociedad civil aparece como la antítesis del pueblo. Se utiliza como un concepto neutro, sin connotaciones de clase, para advertir, de manera indirecta, sobre el peligro de radicalización de las movilizaciones populares que siguieron a los sismos. El año 1985 aparece entonces como un momento clave en el que nuevas formas de organización social, así como nuevas formas de nombrar la realidad, coexisten con las formaciones sociales y discursivas del México posrevolucionario, aun si éstas han entrado en crisis. Como hemos visto, esto es especialmente evidente en la manera en que circulan los conceptos de pueblo y sociedad civil como conceptos equivalentes, al tiempo que aparecen como conceptos antagónicos y temporalizados, uno representando el pasado y el otro un proyecto de futuro.

 

1995: la sociedad civil movilizada

Entre los sismos de 1985 y su conmemoración 10 años después, el país fue escenario de cambios políticos, sociales e ideológicos significativos. Fue durante esta década que una serie de reformas de corte neoliberal fueron introducidas plenamente, intensificando la transición de una economía proteccionista a una economía de libre mercado. Estos cambios vinieron acompañados de la resurrección del discurso liberal de la ciudadanía y la democracia. Ya desde la primera mitad de la década de los años ochenta, Miguel de la Madrid anunciaba los vientos de cambio al insistir en que su gobierno marcaba una ruptura con el "populismo" de sus antecesores, que sería profundizada durante la presidencia de Carlos Salinas de Gortari.35 Durante esta década, la "modernización" del país comenzó a significar una nueva relación entre Estado y sociedad, así como la formación de ciudadanos responsables de su propio destino (Rousseau, 2010: 263).

Paralelamente, en este periodo se intensificó la movilización ciudadana y surgieron organizaciones ya claramente llamadas de la sociedad civil, que apoyaron la candidatura de Cuauhtémoc Cárdenas por el Frente Democrático Nacional en 1988. En este contexto comenzó la lenta transición a la democracia, posibilitada por una serie de reformas políticas. Se firmó el Tratado de Libre Comercio con Estados Unidos y Canadá e inició el levantamiento zapatista. Cuando se conmemoraba el décimo aniversario de los sismos, el Ejercito Zapatista de Liberación Nacional (EZNL) y el gobierno federal dialogaban para la solución del conflicto en Chiapas; los partidos políticos negociaban la elección del recién creado Instituto Federal Electoral (IFE) y el país enfrentaba una nueva crisis económica.

Durante el mes de septiembre, la prensa incluyó reportajes, crónicas, testimonios y artículos de opinión en conmemoración de los sismos, sobre todo en sus secciones metropolitanas. La mayoría de los textos reproducen crónicas y testimonios de las víctimas, en los que se vuelve a poner en circulación el discurso de la solidaridad. Éste es también reproducido en los actos conmemorativos oficiales. Reforma reporta sobre la ceremonia en el Zócalo y cita las palabras del entonces regente capitalino: "Con esta ceremonia se rinde honor a quienes actuaron como héroes anónimos en solidaridad con los que se vieron en desgracia".36 Los damnificados también son recordados en múltiples textos. En Reforma se escribe sobre los casos célebres, como el famoso movimiento de las costureras, que son abordados como historias de resiliencia y dignidad, más que como luchas sociales.37 Para La Jornada, por el contrario, los damnificados son parte central de la lucha de la sociedad civil en el presente. Así, por ejemplo, reporta este diario la marcha conmemorativa de las organizaciones de damnificados:

[Se veía] la inmensa pluralidad de dirigentes, forjada en una década de lucha, una década de divisiones y reconciliaciones. […] El paso de los contingentes es una interminable sucesión de epítetos antigubernamentales: "gobierno corrupto, por tu culpa estamos de luto". […] Las interminables consignas por la vivienda comparten espacios con el más reivindicado héroe revolucionario: Emiliano Zapata. […] Los pegasos de Bellas Artes quedan marcados por el nuevo referente revolucionario: EZLN.38

Si bien la solidaridad y los damnificados reaparecen como tema central, el pueblo prácticamente ha desaparecido como actor en el discurso. No es ya utilizado para describir a la masa que se solidariza o a los sectores populares movilizados o a la colectividad nacional. Un tema que domina la cobertura, sobre todo en los artículos de opinión, es el sismo como parteaguas en la historia contemporánea. Es decir, para 1995 el sismo se ha vuelto parte de una genealogía de eventos, como el movimiento estudiantil del 68, que han jugado un papel central en el camino hacia la democratización. Así lo expresa el periodista Jorge Ramos Ávalos en Reforma:

Hay una serie de fechas en la historia moderna que dejan ver cómo los mexicanos le han ido perdiendo la confianza a su gobierno. Ahí está la masacre de más de 300 estudiantes, mujeres y niños en la plaza de Tlatelolco el 2 de octubre de 1968, el masivo fraude electoral del 2 de julio de 1988, el alzamiento rebelde-indígena del EZLN el primero de enero del 94, y los asesinatos de dos líderes priístas más tarde el mismo año. […] Pero a estos momentos clave de la descomposición del sistema y en la fractura del poder en México, hay que añadir ese 19 de septiembre de 1985, después del terremoto, cuando los habitantes de la capital se dieron cuenta de que no podían dejarle al gobierno el control de los asuntos más importantes de sus vidas.39

Por su parte, el activista Marcos Rascón, quien había jugado un papel importante en las movilizaciones populares tras los sismos, escribía en La Jornada:

El 19 de septiembre provocó cambios en la estructura social y política de la envergadura de las generadas por el movimiento de 1968 […] y abrió paso a las grandes movilizaciones ciudadanas de estos últimos 10 años. […] El auge democrático de 1988 no podría explicarse sin el 85. [El cardenismo fue] el catalizador democrático de esa nueva sociedad demandante de transformación, el cardenismo fue señal de que ese cambio debía ser progresista, justiciero en lo social, igualitario, democrático y nacionalista.40

Mientras que en ambos textos aparece la narrativa del sismo como parteaguas, encontramos diferencias importantes. En el primero, el periodista habla de una ciudadanía que despierta y toma las riendas de sus vidas. En el segundo, el autor hace referencia a un movimiento popular, de corte nacionalista. Éste es un asunto central en la memoria de los sismos: en 1995, la idea de sociedad civil es movilizada por una izquierda en transición, que se distancia del nacionalismo revolucionario y a la vez reproduce su retórica; una izquierda que, ante el desmantelamiento del llamado "socialismo real", está en busca de nuevas coordenadas. Destaca una contribución del historiador Antonio García de León en La Jornada, quien ubica el surgimiento de la sociedad civil en el "macro-sismo fundador":

La vieja concepción marxiana de "conciencia de clase" queda rebasada por una movilización que atraviesa a todas las clases sociales, cuya vertebrada son las concepciones amplias inmediatas, imprescindibles de la sociedad mexicana: la transición a la democracia y un nuevo proyecto económico (demandas que unifican a un tan amplio espectro social como el que se despliega desde la guerrilla zapatista hasta las señoras de Polanco) […]. La nueva "conciencia revolucionaria" (por llamarla de alguna manera) se expresa además en la convicción de que los individuos emancipados están llamados a constituirse, conjuntamente, en autores de su propio destino. […] De esa emergencia de la soberanía popular surgen las nuevas formas de civilidad y de organización política; algo que forma ya, desde el inicio del conflicto en Chiapas, una inesperada dinámica.41

Para esta izquierda, la sociedad civil se inserta en una larga lucha de los sectores populares, pero al mismo tiempo marca una ruptura con discursos y formas de organización política que son vistos como obsoletos. El lenguaje de clases (de emancipación, revolución) va siendo sustituido por un lenguaje de derechos y de identidad. Se habla menos del movimiento popular y más de los movimientos sociales.

Pero si bien la sociedad civil aparece como una nueva cara de la izquierda, no es un actor exclusivo de la misma. En un artículo publicado en el periódico Reforma el 20 de septiembre, el político panista Julio Faesler reflexionaba sobre la importancia que atribuía el gobierno del entonces presidente Ernesto Zedillo a "la participación ciudadana en los asuntos públicos", a través de las declaraciones del subsecretario de gobernación Natividad González Parás. El articulista celebraba:

Los conceptos progresistas [de González Parás son] coincidentes con lo que varias organizaciones de la sociedad civil hemos venido planteando […] [Parás] sugirió que deben participar las organizaciones de la sociedad civil en una amplia gama de procesos de decisión y planeación social, económica y política y que se abrirán los cauces para que ellas intervengan en la confección y seguimiento de planes y programas de gobierno. […] No debe seguir pensándose que en la "rectoría del Estado" recae toda la carga de orientar y proveer el bienestar. Éste es el resultado del esfuerzo coordinado y corresponsable de todos los miembros de la comunidad que se expresa en programas consensados, corresponsabilidades en su ejecución y exigibilidades recíprocas.42

Como se anunciaba ya 10 años antes, la idea de sociedad civil es movilizada más allá del espacio político de la izquierda. El discurso neoliberal que describía al Estado benefactor como una formación que limitaba la capacidad emprendedora de los individuos, haciéndolos dependientes por su carácter intervencionista, y que defendía la necesidad de un Estado adelgazado y de una sociedad co-responsable de su propio bienestar, se había convertido en axiomas para todo el espectro político (Rose, 1999). Además, la prevalencia de estas ideas más allá de los círculos intelectuales se hacía evidente en una entrevista realizada a la conductora de televisión Talina Fernández, quien vivió en carne propia la tragedia de 1985, publicada en el diario Reforma:

[En 1985] descubrimos la calidad de pueblo que somos. El pueblo solucionó, participó, ordenó, organizó, no esperó a que "papá Gobierno" lo hiciera.43

 

2005: la corrupción del pueblo

Para septiembre de 2005, la Ciudad de México tenía casi 10 años de un gobierno electo y de ser gobernada por el Partido de la Revolución Democrática (PRD). En el plano nacional, el pri había perdido la presidencia ante el panista Vicente Fox y en sólo cinco años desde ese acontecimiento monumental la opinión pública había transitado de la celebración de la transición como un hecho consumado al desencanto con sus limitaciones. El país se disponía a una nueva contienda presidencial y el empresario Carlos Slim preparaba el "Acuerdo Nacional por la Unidad, el Estado de Derecho, el Desarrollo, la Estabilidad y el Empleo", conocido como el "Pacto de Chapultepec", que unas semanas más tarde sería celebrado como un triunfo de la sociedad civil (Escalante Gonzalbo, 2006a).

En la cobertura del vigésimo aniversario de los sismos —compuesta por una diversidad de notas publicadas en las secciones metropolitanas de los diarios consultados— se vuelve a reproducir la narrativa central de los mismos. Se celebra la solidaridad y se habla de los sismos como un episodio fundacional que marca el derrumbe del autoritarismo y el inicio de la sociedad civil:

La que nació fue una sociedad más participativa, menos ingenua ante la simulación y el discurso manipulador de sus gobernantes, así como más vigilante de sus sistemas y procesos, hasta esa fecha sólo formales, de representación democrática.44

En la ceremonia de conmemoración oficial, el presidente Vicente Fox reproduce esta narrativa, enfatizando la emergencia de una sociedad que se hace responsable de sí misma:

Frente al desastre […] la sociedad decidió tomar las riendas de su destino. En ese momento México cambió para siempre, y en los días que siguieron brotaron los valores más profundos de la sociedad mexicana.45

Aparecen también nuevas interpretaciones y preocupaciones. Por un lado, hay voces que analizan la trascendencia política de los eventos de 1985 en forma más matizada. Un reportaje de El Universal, por ejemplo, cita a algunos académicos que afirman que, más que un evento crucial en la democratización de todo el país, las movilizaciones detonadas por los sismos fueron importantes para la Ciudad de México.46 Por otro lado, aparece el tema de la protección civil y la necesidad de una mejor cultura en esa materia.47

El cambio más significativo se encuentra en la representación de los damnificados. Algunas voces celebran el papel de las organizaciones populares de 1985, así como la capacidad del gobierno para negociar con ellas, y las ven como un momento clave de la democratización. Así lo expresa un editorial de La Jornada:48

[Los sismos] borraron el mito de que la población popular urbana era, por el solo hecho, la base militante del PRI. […] Entender que la pluralidad de voces y la diversidad de organizaciones sociales expresaban la aspiración de lograr nuevos equilibrios políticos le dio sentido a la Concertación Democrática por la Reconstrucción.49

Hay, sin embargo, otras voces que están lejos de celebrar a las organizaciones de los damnificados como un nuevo movimiento ciudadano o como la emergente sociedad civil. El escritor Rafael Pérez Gay, con la ironía que caracteriza a sus textos, publica en El Universal:

Somos maestros en paradojas. El movimiento civil del año de 1985 se integró o, si se quiere, se diluyó con el tiempo y al contacto con una red de organizaciones dedicada al coyotaje, al tráfico de la mentira. […] Los polvos de aquellos lodos (no es metáfora sino alusión literaria) se han esparcido en la ardiente actualidad: en septiembre de 1985 surgió la Unión de Vecinos de la Colonia Centro, más tarde se llamó Unión Popular Nueva Tenochti-tlán. Sus líderes fueron René Bejarano y Dolores Padierna. […] Raíces y destinos similares compartieron la Coordinadora de Residentes de Tlatelolco, la Unión de Vecinos de la Colonia Doctores, Amanecer del Barrio de la Colonia Morelos, la Asamblea de Barrios de la Ciudad de México. Estas organizaciones han mostrado que todo camino es una desviación, y que todo origen puede ser borrado con la tinta indeleble de la trampa vendida como lucha social.50

De ser los protagonistas de las movilizaciones sociales de 1985, la emergente sociedad civil, 20 años después los damnificados se han convertido en un legado corporativo y clientelar del régimen priísta. Dicho de otro modo, en las conmemoraciones de septiembre de 2005 las organizaciones populares parecen haber sido expulsadas de la sociedad civil a la que supuestamente dieron origen; aparecen como el residuo del Estado autoritario y antidemocrático que contribuyeron a derrocar. La sociedad civil es celebrada como el espacio de la ciudadanía organizada, pero ha sido evacuada de su contenido popular.

 

Conclusión: el pueblo, la sociedad civil, la ciudadanía

En el presente artículo he argumentado que desde su aparición en la esfera pública mexicana tras los sismos de 1985, la sociedad civil ha pasado a sustituir al pueblo como la colectividad nacional legítima, es decir, como el representante del nosotros nacional. Más que una mera transformación de términos, la desaparición del pueblo refleja, al tiempo que lo ha construido, el sentido común liberal que hoy domina la esfera pública, que exalta al individuo autónomo y critica formas de pertenencia y acción colectivas que asocia con el pasado autoritario, incluyendo aquellas estructuradas en torno de un lenguaje de clase social.

Un ejemplo de este sentido común se encuentra en un artículo publicado hace algunos años por el politólogo Leo Zuckerman en la revista Nexos. Al abordar el uso del concepto de pueblo en la esfera pública mexicana, el autor especula que los políticos hablan del pueblo como referencia "a la gente más pobre del país". Zuckerman duda de la efectividad discursiva de dicha invocación, con base en una encuesta en la que "a la gente de menos recursos económicos" afirma no querer definirse como "pobre" o de "clase baja". Y más tarde abre la pregunta:

Más allá de la efectividad discursiva del "pueblo" como sinónimo de la clase más pobre del país, hay una pregunta de fondo, muy relevante, para todo país democrático: ¿Qué somos las personas que conformamos este cuerpo político llamado México? ¿Cómo debemos considerarnos? ¿Como pueblo o como ciudadanía? Yo no tengo dudas: como ciudadanía (Zuckerman, 2010).

Con este planteamiento, Zuckerman establece una dicotomía aparentemente infranqueable: ni el pueblo puede ser ciudadanía, ni los ciudadanos son pueblo. Según esta visión, existe una escisión entre formas obsoletas de participación política —asociadas con las organizaciones populares, como aquellas surgidas del sismo de 1985— y una ciudadanía idealizada, que aún no logra consolidarse. Este discurso está atravesado por el espectro de la Revolución mexicana y del régimen posrevolucionario que fundaba su legitimidad sobre la figura del pueblo, la colectividad nacional emanada de la lucha armada (Lomnitz, 2001).

Como ha argumentado Paul Eiss, durante el siglo XX mexicano el concepto de pueblo fue movilizado por los más diversos actores para las más diversas causas. Fue un objeto de disputa en torno del cual entraron en conflicto "concepciones divergentes de la comunidad y la colectividad" (Eiss, 2010: 5). El pueblo aparecía a la vez como un sujeto político y como un objeto de intervención por parte del Estado y sus políticas de modernización. La retórica pos-revolucionaria, así como la realidad de crecimiento económico, planteaban la futura inclusión del pueblo: si bien era necesario hacer sacrificios en el presente, el Estado lo elevaría a la categoría de ciudadano, así como a un lugar de bienestar material y derechos sociales como la vivienda, la educación, la salud. En contraste, en el momento contemporáneo el pueblo aparece como una formación residual en dos sentidos: primero, como aquellos que han quedado excluidos del nuevo panorama económico; segundo, como aquellos que carecen de legitimidad como sujetos políticos. Es en este contexto que una sociedad civil domesticada, despojada de la politización que la caracterizó en la década de los años noventa, así como de su contenido popular, y compuesta por individuos autónomos, puede reclamar la posición del sujeto nacional legítimo (Yeh, 2009).

 

Bibliografía

Fuentes primarias

 

Periódicos

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Revistas

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Notas

La autora agradece a Eugenia Allier, Antonio Azuela, Nora Rabotnikof, Nitzan Shoshan y a los miembros del seminario Tiempo y Política del Instituto de Investigaciones Filosóficas de la UNAM, por sus comentarios a este trabajo.

1 A lo largo de la década de los años ochenta, la idea de sociedad civil comenzó a ser movilizada políticamente en tres contextos distintos: los movimientos de oposición al socialismo autoritario en Europa del Este, las transiciones a la democracia en América Latina y la crisis del Estado benefactor en Europa y Estados Unidos (Rabotnikof, 2001). A la par de este uso político, el término ha sido objeto de un renovado debate teórico y ha sido ampliamente utilizado como una categoría analítica en la discusión sobre la democracia contemporánea (tanto en los países de la transición como en las democracias consolidadas). Este artículo se interesa en el uso político del término en México a partir de los sismos de 1985. Para una discusión teórica del concepto de sociedad civil, véase Cohen y Arato, 2000.

2 Algunos autores ubican el origen de la crisis de la Revolución como fuente de la legitimidad del régimen en el movimiento estudiantil de 1968. Para un análisis de la literatura sobre dicho movimiento y de la cambiante representación del mismo tanto en la literatura académica como en el discurso público, véase Allier, 2009.

3 Para 1985 seleccioné textos publicados entre el 20 de septiembre y el 22 de octubre, día en que se publicó un segundo decreto que expropiaba predios para la reconstrucción. Para las conmemoraciones de 1995 y 2005 seleccioné textos publicados entre el 10 y el 25 de septiembre. Los documentos fueron codificados de acuerdo con los siguientes rubros: 1) autor; 2) tipo de texto (reportaje, crónica, opinión); 3) actores referidos (brigadistas; damnificados; funcionarios públicos; empresarios); 4) temas o eventos referidos (actividades de rescate; movilización de los damnificados; declaraciones gubernamentales); 5) términos utilizados ("el pueblo de México", "los sectores más desposeídos", "la sociedad civil", "la ciudadanía").

4 Fundado en 1916, durante décadas El Universal reprodujo el discurso oficial. A partir de 1977 dio un giro a su política editorial. Si bien siguió plasmando la versión del régimen, comenzó a incluir editorialistas que reflejaban la creciente pluralidad del espectro político. unomásuno fue fundado en 1977 por periodistas salidos de Excélsior. Buscó desafiar la censura dando cabida a reportajes de investigación y a temas considerados tabú. Durante los noventa perdió su independencia y su relevancia. La Jornada fue fundada en 1984 por un grupo de periodistas desprendidos de unomásuno y se proclamó de centro-izquierda y de oposición al régimen. Dio amplia cobertura a los movimientos sociales de la década de los años noventa. Reforma apareció en 1993, como la rama nacional del periódico El Norte; siguió una línea editorial independiente, crítica del régimen y alineada con una ideología liberal. Además de estos periódicos, se hizo una revisión complementaria de las revistas Nexos y Proceso. Para una historia de la prensa en México, véase Lawson, 2002.

5 Por cuestiones de espacio, en la discusión que sigue se incluyen referencias ilustrativas de un campo documental más amplio.

6 Rafael Reyes Gómez (1985). "Dar hasta lo necesario". unomásuno, 20 de septiembre. Véase también Miguel Angel Granados Chapa (1985). "Plaza dominical". La Jornada, 22 de septiembre.

7 Raúl Trejo Delarbre (1985). "En la tragedia, solidaridad". El Universal, 20 de septiembre. Véase también Roberto Núñez Escalante (1985). "Días de luto". El Universal, 21 de septiembre.

8 Emilio Viale (1985). "El jueves negro que cambió a México". El Universal, 20 de septiembre. Véase también Víctor Avilés (1985). "Toma de espacio social la participación de la juventud". La Jornada, 25 de septiembre.

9 Ubaldo Espinoza (1985). "Se resisten vecinos de la Morelos a que derrumben una escuela". El Universal, 1 de octubre. Véase también Miguel Angel Rivera (1985). "¿Dónde vamos a vivir?" La Jornada, 23 de septiembre.

10 A lo largo del mes de octubre, diferentes grupos de damnificados sostuvieron reuniones que culminaron con la creación de la Coordinadora Única de Damnificados (cud), que aglutinó a más de 40 organizaciones. Como ha argumentado Ligia Tavera-Fenollosa (1998), este movimiento utilizó las estructuras organizativas de movimientos populares con una larga trayectoria de lucha.

11 Alicia Ortiz y Bernardo González (1985). "Viviendas provisionales en 113 edificios del gobierno". unomásuno, 28 de septiembre. Véase también Juan Balboa (1985). "Marcha de más de 4 000 damnificados a Los Pinos". La Jornada, 28 de septiembre.

12 "Inconformidad de los damnificados". Editorial de El Universal, 2 de octubre de 1985. Véase también nota "Presionan inquilinos de Tlatelolco por vivienda". unomásuno, 28 de septiembre de 1985.

13 Juan Angulo (1985). "Reconstruir realmente desde abajo". La Jornada, 28 de septiembre.

14 Utilizo el término "movimiento social" no como una categoría analítica, sino como un término utilizado en algunos textos para describir a los damnificados. Para una discusión sobre los damnificados como un movimiento social, véase Tavera-Fenollosa 1998, 1999.

15 Para el programa de reconstrucción de vivienda, véanse, entre otros, Azuela, 1987; Ziccardi, 1986.

16 Ángel Gómez Granados (1985). "Darán prioridad a la habitación de tipo popular". El Universal, 4 de octubre.

17 Juan Manuel Vignon (1985). "No está en condiciones de regalar viviendas el gobierno: Carrillo". El Universal, 10 de octubre.

18 Armando Pérez y Saúl López (1985). "En el desamparo, miles de familias damnificadas". El Universal, 9 de octubre. Véase también Adolfo Sánchez Venegas (1985). "Que se expropien las vecindades que se cayeron, exige la oposición". El Universal, 4 de octubre.

19 David Orozco Romo (1985). "Alquileres y populismo". El Universal, 10 de octubre.

20 En el pensamiento político moderno, el concepto pueblo hace referencia al sujeto político colectivo que entra en la historia tras la revolución francesa; es el detentor de la soberanía popular y el elemento constitutivo de la nación y del Estado. Al mismo tiempo, pueblo remite a las masas que amenazan al orden social: la plebe, el populacho (Jonsson, 2006). En América Latina a esta ambigüedad se agrega otra capa de significación: pueblo se utiliza también como referencia a localidades, así como a formas de pertenencia y participación colectivas asociadas con las comunidades rurales e indígenas y los sectores populares urbanos (Eiss, 2010). Lejos de ser un concepto unívoco y atemporal, el concepto pueblo aglutina múltiples significados, genealogías y "memorias conceptuales", para utilizar el término de Marisol de la Cadena (2009), que a menudo aparecen imbricados.

21 Ángel Gómez Granados (1985). "Básico, el esfuerzo solidario y participativo de los mexicanos". El Universal, 4 de octubre. Véase también Jorge Avilés Randolph (1985). "Recorrió mmh las zonas devastadas". El Universal, 20 de septiembre.

22 Sergio Aguayo Quezada (1985). "La reconstrucción, ¿con qué?". La Jornada. 23 de septiembre.

23 Laura Bolaños (1985). "La hermosa gente del df". El Universal. 21 de septiembre.

24 Abelardo Villegas (1985). "La hora de la autenticidad". Proceso 465 (30 de septiembre): 25.

25 Raúl Monje y Gerardo Galarza (1985). "La expropiación de predios, elogiada". Proceso 467 (14 de octubre): 6-7.

26 Carlos Martínez (1985). "Sorprendente, la capacidad solidaria". El Universal, 24 de septiembre.

27 Marcos Tonatiuh Aguilar M. (1985). "Respondió la gente". unomásuno, 20 de septiembre.

28 Manuel Fuentes (1985). "La organización obrera, sin resquebrajaduras". unomásuno, 29 de septiembre.

29 Sergio Tamayo (1985). "Solidaridad de clase. Reconstrucción sin eufemismos". unomásuno, 29 de septiembre.

30 "Dar eficacia a la ayuda". La Jornada. 23 de septiembre de 1985. Véase también Eduardo Huchim (1985). "El vigor del apoyo popular". unomásuno, 20 de septiembre.

31 Carlos Monsiváis (1985). "La solidaridad de la población en realidad fue toma de poder". Proceso 464 (23 de septiembre): 6-15.

32 Jorge Hernández Campos (1985). "Poder de interpelación". unomásuno, 24 de septiembre.

33 A lo largo del siglo XX, la izquierda mexicana incluyó una pluralidad de corrientes, a menudo opuestas. Sigo a Illades (2012) para referirme a una corriente de la izquierda que tras el movimiento de 1968 profundizó su crítica del autoritarismo y enarboló la democracia como su bandera de lucha.

34 Moisés Sanchez Limón (1985). "La sociedad civil, tema de asamblea de la Coparmex". El Universal, 9 de octubre.

35 Salinas logró revertir la percepción del colapso del Estado y retomó la solidaridad como lema central de su política social (Knight, 1996).

36 Ernesto Núñez y Francisco Almaraz (1995). "Recuerdo, en silencio". Reforma, 20 de septiembre.

37 Daniela Pastrana (1995). "Entre engaños y promesas, Tlatelolco". Reforma, 15 de septiembre.

38 Alonso Urrutia y Víctor Ballinas (1995). "Pluralidad, la mayor riqueza de la ciudad: Cuauhtemoc Abarca". La Jornada, 20 de septiembre.

39 Jorge Ramos Ávalos (1995). "De terremoto en terremoto". Reforma, 14 de septiembre.

40 Marco Rascón (1995). "La tragedia y la transición". La Jornada, 19 de septiembre.

41 Antonio García de León (1995). "¿Qué onda con la sociedad civil?" La Jornada, 17 de septiembre. Véase también Gerardo Unzueta (1995). "Hace sólo diez años...". El Universal, 18 de septiembre.

42 Julio Faesler (1995). "Participación ciudadana". Reforma, 20 de septiembre.

43 "Miedo en los medios". Reforma, 17 de septiembre de 1995.

44 José Luis Lezama (2005). "México-USA 1985-2005". Reforma, 18 de septiembre.

45 Jorge Herrera (2005). "Fue el derrumbe del estado". El Universal, 20 de septiembre.

46 Jorge Ramos (2005). "La primera grieta del autoritarismo". El Universal, 17 de septiembre.

47 Ángeles Cruz Martínez (2005). "A 20 años del sismo, analizarán los avances en protección civil". La Jornada, 17 de septiembre; Sergio Sarmiento (2005). "El terremoto". Reforma, 19 de septiembre.

48 Ante la creciente inconformidad de los damnificados a principios de 1986, el presidente De la Madrid colocó a Manuel Camacho al frente de la Secretaría de Desarrollo Urbano y Ecología. Camacho coordinó la negociación entre organizaciones de damnificados y otros actores, que se conoció como la Concertación Democrática por la Reconstrucción. Para una discusión de este proceso en voz de sus protagonistas, véase Abarca Sánchez et al., 2005.

49 Alejandra Moreno Toscano (2005). "La concertación democrática 20 años después". La Jornada, 19 de septiembre.

50 Rafael Pérez Gay (2005). "Piedra sobre piedra: la leyenda y la historia". El Universal, 18 de septiembre.

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