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Revista mexicana de sociología

versión On-line ISSN 2594-0651versión impresa ISSN 0188-2503

Rev. Mex. Sociol vol.74 no.1 México ene./mar. 2012

 

Artículos

 

El "lugar" de los pobres: espacio, representaciones sociales y estigmas en la ciudad de México

 

The place of the poors: space, social representations and stigmas in México City

 

María Cristina Bayón*

 

* Doctora en sociología por la Universidad de Texas, en Austin. Investigadora en el Instituto de Investigaciones Sociales de la Universidad Nacional Autónoma de México. Temas de investigación: sociología de la pobreza y la desigualdad; vulnerabilidad y exclusión social; segregación espacial; políticas sociales. Tel: 5622-7400, ext. 309. Correo electrónico: <cristina.bayon@unam.mx>.

 

Recibido: 10 de febrero de 2011.
Aceptado: 15 de noviembre de 2011.

 

Resumen

Desde una perspectiva que entiende la pobreza como un fenómeno sumamente complejo y socialmente construido, se analizan las relaciones entre las dimensiones social, espacial y simbólica de la privación y la desigualdad urbanas. A partir de narraciones de residentes en una localidad periférica de la ciudad de México, se explora cómo concibe la sociedad a los pobres y la pobreza y cómo se relaciona con ellos. Se destaca que las experiencias, las percepciones y las imágenes de lugar están marcadas por estigmas territoriales y por concepciones que tienden a culpar a los pobres de su situación. Se resalta la naturalización de la desigualdad y sus altos niveles de aceptación en la sociedad mexicana, enfatizando sus consecuencias negativas para la convivencia social.

Palabras clave: pobreza, desigualdad, representaciones, experiencias, estigmas, imágenes de lugar.

 

Abstract

A perspective that understands poverty as an extremely complex, socially constructed phenomenon is used to analyze relations between the social, spatial and symbolic dimensions of deprival and urban inequality. The accounts of residents of a peripheral locality of Mexico City are used to explore how society perceives of the poor and poverty and how it relates to them. The author points out that the experiences, perceptions and images of place are marked by territorial stigma and conceptions that tend to blame the poor for their situation. She highlights the naturalization of inequality and its high levels of acceptance in Mexican society, emphasizing its negative consequences for social coexistence.

Key words: poverty, inequality, representations, experiences, stigmas, images of place.

 

En la actual era de los extremos, el patrón emergente para la organización de las diferencias sociales en el espacio urbano se caracteriza por una intensificación espacial tanto del privilegio como de la pobreza (Massey, 1996). Las divisiones de clase no sólo crecen sino que se hacen más rígidas y las distancias sociales se ven ampliadas y reforzadas por marcados procesos de concentración geográfica.

Si bien, como señala Bourdieu (1999a), en una sociedad jerárquica no hay espacio que no esté jerarquizado y no exprese las jerarquías y las distancias sociales, el espacio social se retraduce en el espacio físico de manera turbia, por lo que su comprensión requiere de esfuerzos analíticos complejos. Las representaciones de los sectores más desfavorecidos son casi siempre espacializadas y su valoración negativa suele traducirse en una patologización de sus espacios (barrios, escuelas, calles, etc.). A través de imágenes de lugar, resultantes de la sobresimplificación, los estereotipos y el etiquetamiento, emergen estigmas asociados a tipos de lugares habitados por tipos de gente (Reay, 2004; Silbey, 1995; Watt, 2006).

La desigualdad en cuanto a recursos y oportunidades afecta la posibilidad de alcanzar modos de vida valorados que conduzcan al reconocimiento social y la autoestima. Junto a su indiscutible base material, ligada a la falta de medios de subsistencia y circuitos de privación,1 donde las desventajas se acumulan, la exclusión social tiene una dimensión subjetiva que se expresa en insatisfacción y malestar frente a situaciones en las que no se puede realizar aquello que se desea y alcanzar aquello a lo que se aspira (Estivill, 2003; Sayer, 2005).

Hace ya más de un siglo, Simmel destacó que, desde una perspectiva sociológica, lo relevante no es la pobreza como tal, sino la relación de interdependencia entre la población que se designa socialmente como pobre y la sociedad de la que forma parte (Simmel, [1908] 1986). La pobre- za no sólo es relativa, sino que está construida socialmente, lo que supone estudiar, al mismo tiempo, las representaciones sociales y las experiencias de la misma, las cuales no pueden separarse de los mecanismos societarios que la generan (Dubet y Martucelli, 2000; Paugam, 2007). Una sociología de la pobreza no se limita, entonces, al estudio descriptivo y cuantitativo de los pobres, sino que se pregunta por la noción misma de pobreza, ubicando a los pobres en la estructura social y en su relación con los otros grupos sociales. Es, precisamente, a partir de dicha ubicación, y de las interacciones sociales que moldea, que se explican sus experiencias, valoraciones y representaciones.

Una comprensión integral de las condiciones que producen y perpetúan la pobreza requiere de estudios teóricamente informados y empíricamente sustentados sobre cómo otorgan los pobres sentido a su situación y cómo la explican, sus opciones y decisiones, lo cual ha conducido al resurgimiento de las dimensiones culturales en la agenda de investigación sobre la pobreza (Small et al., 2010).2 Estas dimensiones hacen referencia a los diversos significados que se construyen o adoptan para interpretar experiencias de vida o para crear fronteras simbólicas o morales entre categorías de personas o cosas, mediante las cuales la gente atribuye identidades a "otros" y a ellos mismos (Charles, 2008). Las dimensiones culturales están fuertemente ligadas al espacio, que es uno de los lugares donde se afirma y ejerce el poder en la forma más sutil, la violencia simbólica (Bourdieu, 1999a).

A partir de estas consideraciones, que enfatizan el análisis relacional de la privación, en este artículo se explora la articulación de las dimensiones espaciales y simbólicas de la pobreza y la desigualdad urbanas a partir de narrativas obtenidas entre residentes de Chimalhuacán, uno de los municipios con mayor concentración de desventajas en la zona metropolitana de la ciudad de México. El análisis gira en torno a tres ejes básicos: las representaciones de la pobreza y los pobres, las percepcio- nes que tienen del lugar en el que viven y cómo creen que lo visualizan los residentes de áreas más céntricas y privilegiadas de la ciudad. El primer eje explora en qué medida la pobreza es atribuida a causas estructurales o individuales y cómo moldean estas concepciones los modos en que son visualizados los pobres. El segundo eje, las imágenes propias del lugar, explora la satisfacción (o insatisfacción) de los entrevistados con su lugar de residencia, indagando en qué medida es una fuente de malestar. Finalmente, el tercer eje se refiere a las imágenes que tienen los de afuera y pretende indagar acerca de la existencia de estigmas asociados al lugar y su gente. La selección de estos ejes constituye un esfuerzo por comprender la pobreza como un fenómeno complejo, multidimensional y socialmente construido, en el marco del cual surge un conjunto de interrogantes que orientan este trabajo.

¿Cuáles son los significados que los pobres atribuyen a la pobreza? ¿En qué medida los residentes de áreas con fuerte concentración de desventajas, habituados a múltiples privaciones, experimentan el malestar y la insatisfacción de la que nos habla la dimensión subjetiva de la exclusión? ¿Son estos espacios y sus residentes sujetos de estigmatización? Y en tal caso, ¿cómo se expresan y procesan esos estigmas? ¿Qué forma asume el otro cuando la opulencia ostentosa convive "naturalmente" con una pobreza altamente visible, como en la ciudad de México? ¿Cuáles son las implicaciones de estas profundas brechas para la convivencia social?

El artículo está organizado en seis secciones. En la primera se describe la metodología utilizada. En la segunda se discute el carácter más excluyente que asume la pobreza en las ciudades latinoamericanas en la actualidad y sus impactos en la experiencia de la privación. En la tercera, con la finalidad de contextualizar la problemática abordada, se presenta una breve caracterización de la localidad estudiada, destacando su profunda concentración geográfica de desventajas: pobreza, bajos ingresos, precariedad laboral, bajos niveles educativos, deserción escolar, desprotección social, hacinamiento, infraestructura urbana limitada, servicios de baja calidad, etc. En la cuarta sección se analizan las representaciones sociales de la pobreza y sus implicaciones en términos de la estigmatización social, de los los pobres y sus lugares, explorando las formas que dichas representaciones asumen en el contexto mexicano, en general, y en la localidad estudiada, en particular. En las secciones cinco y seis se exploran, respectivamente, las narrativas de los residentes de Chimalhuacán sobre las imágenes que tienen del lugar y las que tienen los de afuera. Finalmente, en las conclusiones se destaca la importancia de investigar las experiencias y sentidos que adquiere la privación y la desigualdad en contextos específicos, con la finalidad de avanzar en la comprensión sociológica de estos problemas. Se trata de indagar cómo se relacionan las sociedades contemporáneas con la pobreza y la desigualdad y sus niveles de tolerancia hacia éstas. Dicha tolerancia nos permite dar cuenta no sólo de la persistencia y/o profundización de estos problemas (según el caso), sino de los modos que asume la convivencia social en contextos como el mexicano, donde la polarización y las distancias sociales adquieren niveles dramáticos.

 

CONSIDERACIONES METODOLÓGICAS

El análisis que se presenta en este artículo es parte de un proyecto de investigación más amplio orientado a analizar las dimensiones y experiencias del riesgo, la privación y la desigualdad en áreas urbanas con alta concentración de la pobreza en México. Parto del supuesto de que la profundización de las desigualdades, junto a la creciente acumulación y concentración espacial de desventajas en áreas homogéneamente pobres (bajos niveles educativos, precariedad laboral y de ingresos, inadecuada provisión de infraestructura y acceso a servicios, erosión de redes sociales), obstaculiza las posibilidades de superar situaciones de privación para los pobres urbanos.

En el marco de esta preocupación mayor, el presente análisis se concentra en los aspectos que enfatizan la conjunción de las dimensiones simbólicas y espaciales de la experiencia de la privación: las representaciones de la pobreza y las imágenes del lugar que emergen de las narrativas de los residentes de una localidad periférica de la zona metropolitana de la ciudad de México, el municipio de Chimalhuacán. Las narrativas nos permiten conocer cómo distribuyen las estructuras el poder y las desventajas, cómo se ven a sí mismos los individuos en relación con otros y cómo otorga la gente sentido a sus experiencias, constreñimientos y oportunidades (Small et al., 2010).

El análisis cualitativo se basa en la realización de entrevistas en profundidad abiertas. Se realizaron 36 entrevistas, 31 de ellas con residentes de Chimalhuacán y cinco con otros actores locales. En las entrevistas con los residentes se preguntó sobre dos dimensiones clave: trayectorias y percepciones.3 Las entrevistas con los otros actores locales estuvieron orientadas básicamente a obtener información acerca de sus percepciones sobre la zona, los cambios experimentados en los últimos años y la visión que desde afuera se tiene del lugar, para contrastarlas con las percepciones de los residentes. Entre estos actores locales se entrevistó a directores de escuelas primarias y centros de desarrollo comunitario, así como a un funcionario municipal del área de cultura.

Se utilizó una muestra teórica, por lo que la selección de los entrevistados, a través de la técnica de bola de nieve, fue intencional —no probabilística—, procurando incluir diversos perfiles en términos de género, edad, nivel educativo, ocupación, posición en el hogar y colonia de residencia, como se muestra en el cuadro 1.4

Las entrevistas se realizaron de manera individual y fueron grabadas, con una duración promedio de noventa minutos, y transcritas para analizarlas. El trabajo de campo se llevó a cabo entre noviembre de 2007 y mayo de 2008. Durante el mismo, además de las entrevistas, se realizaron numerosos recorridos por diversas colonias del municipio, visitando escuelas, centros de salud, tianguis y tiraderos de basura, y se levantó un registro fotográfico. También se analizó la información sobre el municipio aparecida en dos periódicos de circulación nacional (El Universal y La Jornada) durante el periodo 1996-2008.

 

PROBLEMATIZANDO LA EXPERIENCIA DE LA POBREZA URBANA

El debate contemporáneo sobre la pobreza se ha enriquecido por la emergencia de nuevas perspectivas que cuestionan y trascienden las tradicionales visiones económicas, que conceptualizan a la pobreza de manera estática y la limitan al ingreso y el consumo. Las nociones de privación relativa, capacidades, vulnerabilidad, activos y estructura de oportuni- dades, así como de exclusión, han conducido a un creciente reconocimiento del carácter multidimensional y dinámico de la privación y sus relaciones con la polarización, diferenciación y desigualdad sociales (Bayón, 2008a). En el marco de estos nuevos enfoques, la pobreza es abordada como un proceso, como una trayectoria en la que se pasa por distintas fases, marcada por rupturas, desfases e interrupciones; por desventajas que se acumulan durante la experiencia biográfica, generando un progresivo debilitamiento de los lazos que mantienen y definen la condición de pertenencia en una sociedad.

A partir de estas perspectivas, se problematizó la experiencia de la pobreza urbana en la actualidad. Comparto la observación (y preocupación) de Bourdieu cuando señala que, en tanto que representaciones complejas y múltiples, los lugares difíciles —como los barrios de las periferias urbanas— son, antes que nada, difíciles de describir y pensar; es preciso reemplazar las imágenes simplistas y unilaterales por una representación compleja y múltiple, fundada en la expresión de las mismas realidades en discursos diferentes (1999a: 9).

En áreas espacialmente segregadas, como la que se analiza de la zona metropolitana de la ciudad de México, de pobreza homogénea y larga data, "pobremente" equipadas, donde los pobres viven e interactúan con otros pobres, podría suponerse que, dada su familiaridad, la privación no es estigmatizante ni constituye una fuente de malestar e insatisfacción para quienes la padecen. La capacidad de "adaptación" de los pobres a la precariedad, gracias a sus redes de reciprocidad y creatividad para "inventar" trabajo, podría conducirnos a pensar que la experiencia de la pobreza en estos contextos es menos "problemática" y excluyente, acercándose a un tipo de pobreza "integrada", según la tipología propuesta por Paugam (2007).5

Esta visión un poco romantizada de la vida cotidiana de los pobres en áreas de pobreza extendida estuvo presente en numerosos estudios sobre la pobreza en las ciudades latinoamericanas, sobre todo durante las décadas de los sesenta y setenta (en un contexto en el que la pobreza tenía un carácter más integrado).6 El debate teórico acerca de la marginalidad se dio en un contexto particular, el modelo de industrialización por sustitución de importaciones, donde el rol del Estado y el del mercado interno, los procesos de industrialización y urbanización, junto a un mercado de trabajo más dinámico, contribuyeron a desarrollar estrategias de supervivencia entre los pobres urbanos y —en algunas sociedades más que en otras— alimentar expectativas de mejoramiento futuro y movilidad social de importantes sectores de la población.

Los cambios en el modelo de desarrollo y las profundas transformaciones experimentadas en el escenario socioeconómico a partir de la década de los ochenta, y con mayor intensidad en las décadas siguientes, fueron generando un contexto más hostil para los pobres urbanos y condujeron, de manera progresiva, a un cambio en las perspectivas de análisis de la pobreza.

Como lo evidencian la literatura y el debate académico más reciente, la rigidización de la estructura social, las menores (y peores) oportunidades laborales para los trabajadores con bajos niveles educativos, la mayor concentración espacial de la pobreza y la creciente malignidad de la segregación, junto a la pulverización de los (históricamente limitados) mecanismos de protección por parte del Estado en estrategias de (hiper)focalización, hicieron de la pobreza en las ciudades latinoamericanas una experiencia más compleja, difícil y excluyente.7 Estos elementos, aunados a la erosión y redundancia de las redes familiares y comunitarias, condujeron a profundas transformaciones en la experiencia cotidiana en estos espacios8 y las "oportunidades" orientadas a superar —no simplemente mitigar— las situaciones de desventaja se hicieron cada vez más escasas, remotas o inexistentes. El optimismo de las décadas previas ya no permitía dar cuenta de la realidad de los pobres en estas áreas y los "recursos de la pobreza" dieron paso a la "pobreza de recursos" (González de la Rocha, 2001).

En los años sesenta y setenta, los marginales eran quienes estaban "fuera" de la cultura y las instituciones dominantes, y su incorporación dependía del mayor acceso a la educación y los servicios de salud, así como de la normalización de su situación en materia de vivienda. Si bien dicho acceso se amplió, de manera paralela se fueron profundizando las brechas sociales y la calidad de los servicios —no simplemente el acceso— pasó a ser determinante en las posibilidades de alcanzar mejores niveles de vida. Las familias más acomodadas recurrieron de manera creciente a escuelas y servicios de salud privados y tendieron a recluirse en comunidades cerradas, lo que no sólo redujo los espacios de encuentro entre las diferentes clases sociales, sino que debilitó las posibilidades de crear coaliciones políticas para incrementar el gasto y la calidad de los servicios públicos; los sectores más ricos tendieron a monopolizar el acceso a educación y a los —cada vez más escasos— empleos de calidad (Roberts y Woods, 2005). Las expectativas de movilidad social de los sectores más desfavorecidos, centradas en el empleo, comenzaron a debilitarse, desalentando las aspiraciones educativas y de mejora en otros aspectos. En este contexto, más que en los términos dentro-fuera, la clave de los procesos de exclusión social debe buscarse en los términos de la incorporación de vastos sectores sociales, en sus patrones de integración, que dan lugar a una inclusión desfavorable, a una ciudadanía de segunda clase (Faria, 1994; Sen, 2000; Roberts, 2004).

No se trata sólo de un cambio de perspectiva para analizar la privación social, sino de profundas transformaciones en la experiencia de la pobreza.

 

BREVE CARACTERIZACIÓN DE LA LOCALIDAD DE ESTUDIO

Si bien en un área metropolitana con alta incidencia de la pobreza, como sucede en la ciudad de México, los pobres se distribuyen prácticamente en toda el área urbana, los grupos más desfavorecidos no sólo tienden a concentrarse en las zonas con mayores desventajas —en términos de infraestructura urbana, calidad del suelo, acceso y calidad de servicios y oportunidades laborales a nivel local—, sino que esas áreas son las que han experimentado el mayor crecimiento poblacional en las últimas dos décadas. Las áreas de concentración de la pobreza no sólo persisten, sino que crecen y se hacen más densas, potenciando los procesos de exclusión social (Bayón, 2008b).

Duhau (2008) señala que la evolución reciente de la división del espacio a gran escala en la ciudad de México evidencia un marcado crecimiento de la población residente en áreas con grandes carencias, lo que implica que la forma dominante de integración a la ciudad de las clases populares, las colonias de autoconstrucción, podría estar perdiendo, o al menos reduciendo, su capacidad integradora. Por otro lado, esta evolución muestra una tendencia a la concentración de los hogares más pobres en grandes aglomeraciones de pobreza, particularmente al oriente de la ciudad, donde reside alrededor de 40% de la población metropolitana.9 En esta zona se ubica Chimalhuacán, el municipio con mayor concentración de desventajas de la zona metropolitana de la ciudad de México y uno de los más pobres del estado de México (cuadro 2).10

Como lo muestra el cuadro 2, la magnitud de las privaciones en el lugar es alarmante y considerablemente mayor a las de la zona metropolitana de la ciudad de México: más del 60% de su población es pobre, la mitad de los ocupados gana dos salarios mínimos (alrededor de doscientos dólares) o menos —porcentaje que duplica al de la zona metropolitana— y trabaja más de 48 horas a la semana; un tercio de la población es menor de 14 años; la mitad de los jóvenes de entre 15 y 19 años no asiste a la escuela, y de los jóvenes de entre 20 y 24 años, sólo uno de cada diez permanece en el sistema escolar —menos de la mitad que en la zona metropolitana—. Dos de cada tres habitantes no tienen acceso a los servicios de salud que provee el sistema de seguridad social; sólo 10% de las viviendas dispone de computadora —frente al 30% de la zona metropolitana—; casi 30% no cuenta con refrigerador y 60% tiene algún nivel de hacinamiento. En el 2000, 80% de la población de Chimalhuacán residía en áreas geoestadísticas de nivel socioeconómico muy bajo (Duhau, 2008: 206), lo que evidencia una alta homogeneidad social.

Este municipio, localizado a unos 30 kilómetros del centro (zócalo) del Distrito Federal, en lo que fue el vaso del lago de Texcoco, y con una población que ronda los seiscientos mil habitantes, es una de las localidades metropolitanas que mayor crecimiento poblacional han experimentado en los últimos años, sobre todo durante la década de los noventa. Las entrevistas se realizaron en diversas colonias (cuadro 1) ubicadas en lo que se conoce como la zona baja del cerro de Chimalhuacán, donde se concentra la mayor parte de la población del municipio (Vega, 1994).

El factor de atracción poblacional no es, ciertamente, el mercado de trabajo local, sino la posibilidad de contar con una vivienda propia mediante la autoconstrucción, dada la disponibilidad de terrenos a menores precios, generalmente ubicados en asentamientos informales, de suelo salitroso, escasa permeabilidad y susceptibles a inundaciones. El acceso a estos lotes, así como la provisión de servicios públicos, como agua, drenaje, luz, pavimentación, etc., suele estar ligado a las prácticas clientelares y a los cacicazgos políticos que tienen el "control" de la zona. Es el único municipio del área metropolitana que nunca ha experimentado alternancia política, gobernado ininterrumpidamente por el Partido Revolucionario Institucional (PRI) desde 1940.

La infraestructura urbana básica es altamente precaria. El sistema de transporte público padece profundas deficiencias y son frecuentes los accidentes, provocados por autobuses en pésimo estado (conocidos como chimecos) que circulan por la zona a velocidad alta, a menudo conducidos por choferes muy jóvenes. A este tipo de transporte se suman los numerosos "bicitaxis" y "mototaxis", que constituyen una alternativa de bajo costo —informal y controlada por organizaciones "populares" ligadas a los partidos políticos— para trasladarse en distancias cortas. Las carretas tiradas por burros o caballos para la recolección de basura son parte del paisaje urbano, así como las montañas de escombros y basura en las calles, 70% de las cuales no están pavimentadas. Las casas en permanente estado de construcción, junto a la ausencia de árboles y espacios verdes, hacen del gris la tonalidad predominante en el lugar. La escasa presencia de servicios públicos de salud (nueve centros de salud de primer nivel, sólo un hospital de segundo nivel y ninguno de tercer nivel)11 se traduce en la proliferación de clínicas y consultorios privados, escasamente regulados y con dudosos estándares de calidad e higiene. La principal actividad económica a nivel local es el comercio informal, como lo hacen evidente los más de ochenta tianguis y casi cincuenta mercados públicos que atraviesan las calles del municipio. 12

Es en este contexto de fuerte concentración de desventajas donde se indagan las representaciones y experiencias de la pobreza y la desigualdad que se presentan a continuación.

 

LOS POBRES Y LAS REPRESENTACIONES DE LA POBREZA: ¿CULPANDO A LA VÍCTIMA?

Una representación social puede ser definida como una visión funcional del mundo que permite al individuo o al grupo conferir sentido a sus conductas y entender la realidad a través de su propio sistema de referencias, y, por lo mismo, adaptarse a dicha realidad y definir en ella un lugar para sí (Moscovici, 2000).

Respecto a las representaciones de la pobreza, su atribución a una causa individual o colectiva es, en sí misma, un importante indicador de las maneras en que los individuos y las sociedades se relacionan con ella. Las percepciones públicas de la pobreza tienen un rol clave en la legitimación de la desigualdad y en la delimitación de las fronteras de la intervención del Estado en la provisión de bienestar en general y del combate a la pobreza en particular (Lepianka et al., 2010).

La estigmatización de los pobres es más evidente en contextos donde predomina una visión de la pobreza atribuida a causas individuales, lo que genera un discurso moralizador. Desde esta visión, los pobres son considerados "culpables" de su propia situación, de no hacer lo "necesario" por y para sí mismos, producto de una "cultura de la pobreza" y de situaciones anómicas que se transmiten intergeneracionalmente. La explicación por la "pereza" —"si no trabaja es porque no quiere, porque es un flojo"— remite a una idea moral basada en el deber y en la ética del trabajo. Los pobres son acusados de no hacer lo suficiente por ellos mismos, y el gobierno, por tanto, no tiene la obligación de ocuparse de ellos. En contraste, una explicación que pone énfasis en la dimensión social o en las causas estructurales de la pobreza remite a una idea más global de la sociedad, destacando la posición desfavorable de los pobres en la estructura social, por lo que los poderes públicos tienen el deber de ayudarlos para lograr una mayor justicia social (Oorschot y Halman, 2000; Paugam, 2007; Reidpath et al., 2005). Esto nos remite nuevamente a Simmel ([1908] 1986), quien advierte de las relaciones entre las provisiones sociales destinadas a los pobres y las percepciones sobre las causas de la pobreza: la generosidad de las políticas destinadas a los pobres en general dependen del grado en que los pobres son culpados por su propia situación.

El estigma caracteriza la situación del individuo inhabilitado para una plena aceptación social y hace referencia a un atributo profundamente desacreditador; es la marca que surge cuando una persona es juzgada como incapaz o indigna para compartir recursos sociales (Goffman, 1970). La estigmatización emerge como un proceso social que involucra desde la identificación y el etiquetamiento de grupos con "menor valor social" hasta los actos de discriminación y exclusión social como los puntos o etapas finales de este proceso.

El carácter marcadamente desfavorable, segmentado y precario de la "integración" de los pobres en sociedades como la mexicana, se expresa en calidades diferenciadas de ciudadanía y está atravesado por la discriminación y el estigma. Según la encuesta Lo que Dicen los Pobres, realizada por la Secretaría de Desarrollo Social entre la población en condición de pobreza en 2003, seis de cada diez entrevistados consideran que en el país hay mexicanos de primera y de segunda y ocho de cada diez consideran que son tratados como ciudadanos de segunda; nueve de cada diez consideran que en este país se discrimina a los pobres, entre otros motivos, por la falta de dinero, de educación y por su forma de vestir, y seis de cada diez han sentido que sus derechos son vulnerados por su situación económica, por su nivel educativo y por el barrio en el que viven (Bayón, 2009). La Encuesta Nacional sobre Discriminación, realizada en 2005, muestra que dos de cada cinco consideran que los pobres los son porque no se esfuerzan lo suficiente; más de tres de cada cinco (68%) sienten desconfianza cuando una persona de aspecto pobre se acerca a ellos y para la mitad de los entrevistados la reacción más común en esta situación es el rechazo.13

Las representaciones sobre los modos de vida de los sectores más desfavorecidos y sobre los lugares donde viven suelen oscurecer las causas de sus desventajas. Las características "culturales" de los sectores pobres tienden a ser causalmente fusionadas con las características económicas de la pobreza (Haylett, 2003). Así, los recursos educativos, el empleo y los niveles de ingreso suelen discutirse junto a (y sin ser distinguidos de) las diferencias en la estructura familiar, la crianza de los hijos y las actitudes de los jóvenes hacia la educación, el trabajo y el delito. De esta manera, los componentes estructurales de la pobreza y la desigualdad se diluyen, y ambas se legitiman, enmascaradas por el efecto de la naturalización (Bourdieu, 1999b). En este contexto, como lo muestran los relatos de los entrevistados, no es extraño que los prejuicios y estereotipos de las clases medias y altas respecto a los pobres sean compartidos por los mismos pobres.

Hay veces que si son pobres de dinero es porque a la gente no le gusta trabajar, porque no le gusta buscar trabajo... salen a la calle rogándole a Dios no encontrar [...]. Depende también de la gente; la gente floja se queja de que no tiene dinero, pero tampoco buscan qué hacer, o que... digamos... en el Metro, pidiendo limosna, señoras jóvenes pidiendo dinero con su niño, cuando hay veces que aunque sea de lavaplatos, barriendo las casas, no sé, pero el chiste es sacar el dinero para darle de comer a los hijos, ¿no?, que es lo principal [...]. Y esas personas, en lugar de causarme dolor, la verdad, a mí me causan vergüenza [...] creo que eso sí es una vergüenza (Marina, 35 años).

En la medida en que los grupos estigmatizados más internalizan la visión dominante acerca de su menor estatus, es menos probable que desafíen las formas estructurales de discriminación que bloquean su acceso a diversas oportunidades. La criminalización simbólica de ciertas categorías sociales es un proceso social tan dominante y difundido que hasta las propias víctimas de los estereotipos acaban por reproducirlos, aunque de manera ambigua (Link y Phelan, 2001; Caldeira, 2007). Una explicación individual de la pobreza entre quienes experimentan necesidades materiales probablemente constituye un intento por distanciarse, psicológica y emocionalmente, de un estrato social con el cual no quieren ser asociados (Lepianka et al., 2010). La pobreza emerge, en algunas narrativas, como una cuestión de actitud. El pobre es el tramposo, el que no se esfuerza, el que "no le echa suficientes ganas", el otro.

¿Crees que hay mucha pobreza aquí, en Chimalhuacán? ¿Muchos pobres?

No, no tanto... No... este... no, pobres no. O sea, sí hay gente que... es muy humilde, muy... pero pobre no, yo digo que no hay mucha... o sea, sí hay... hay poca pobreza. Depende de cómo uno quiera vivir, porque como le vuelvo a decir, vea a los niños que están... que en el Metro andan descalzos y todo, qué tal si pueden llegar a su casa, y allí viven bien, o sea, ¿uno cómo se da cuenta de la pobreza? ¿Cómo sabe que ellos son pobres?... ¿Qué tal si al rato están ellos mismos engañando a uno? (Graciela, 28 años).

Pues yo siento que [la causa de que exista pobreza] es mucho la dejadez de la persona. Mucho, mucho la dejadez (...); tú ves una pobreza así de casa de cartón y todo eso, como ves a las personas, sucias, su casa sucia, el niño sucio, encuerado, sin peinar; yo siento que eso... esa actitud de las personas... de dejadez... eso es lo que hace que la persona sea pobre [...]. Entonces... un gran defecto de aquí es la dejadez de la gente, que diga "ay, pus ya, así, ¿no?"... que no tengan ese hábito de progresar (Carlos, 24 años).

Las imágenes sociales de la pobreza que "culpabilizan a la víctima", asociadas a una débil ética del trabajo, y el llamado permanente a "trabajar duro", ignoran las evidencias de la altamente precaria inserción laboral de los pobres, que frecuentemente buscan más trabajo sin encontrarlo o que trabajan largas jornadas a cambio de magrísimos salarios (Chaffel, 1997). La explicación de la pobreza por la pereza choca con una realidad ampliamente extendida entre los sectores más desfavorecidos, la del trabajador pobre, la de quien aunque "le eche muchas ganas" no deja de sufrir privaciones.14 En un contexto de precariedad e informalidad generalizada, el trabajo es concebido como cualquier actividad generadora de ingresos, como una fuente de supervivencia que no se asocia con una vida digna ni con la protección social característica de la sociedad salarial.

Aquí no hay mucha pobreza, porque, a pesar de todo, los pocos trabajos que hay por aquí te dan para vivir. Muchos básicos, ¿no? Muchos buenos, muchos no. Yo siento que la misma pobreza se va viendo conforme a las personas que no quieren trabajar [...] porque trabajos hay. Trabajos pa" todo; de albañilería, con el bicitaxi, en los colados, de barrendero, si quieres quedarte a lavar los trastes o lo que tú quieras, te dan trabajo. De una u otra forma puedes generar dinero [...] (Martín, 28 años).

Las percepciones individuales del mundo social están filtradas por marcos culturales que destacan ciertos aspectos de la realidad y ocultan otros. Son modos de entender cómo funciona el mundo, definiendo horizontes de posibilidades y proyectos de vida (Small et al., 2010). Dado que diferentes marcos culturales pueden coexistir en un mismo espacio, no hay un conjunto homogéneo de respuestas culturales frente a condiciones de privación. Así, si bien entre los entrevistados tiende a predominar una visión individual de la pobreza, su atribución a causas estructurales, como el desigual acceso a oportunidades educativas y laborales y la injusta distribución de la riqueza, aunque poco extendida, no está ausente, particularmente entre los (pocos) jóvenes que lograron mayores niveles educativos. Es el caso de Santiago (de 33 años), casado y padre de tres hijos, quien luego de más de diez años —periodo durante el cual se casó, tuvo a sus hijos y cruzó dos veces la frontera para trabajar como indocumentado— logró terminar la carrera de biología en la universidad, aunque sigue trabajando en la construcción.

Pues... no sé; o sea, la pobreza yo creo que es nada más el no tener... pues... un buen trabajo, ¿no? No tener acceso a la educación, a educarse, ¿no? No tiene que ver con el tener cosas, porque el tener cosas... cualquiera puede tener cosas, ¿no? [...] Porque el cuate que tiene dinero siempre quiere tener más, no se conforma con lo que ya tiene, sino que quiere más y quiere más y quiere [...] y el que trabaja, el que hace el trabajo, a ese pues se le deteriora su vida en ese trabajo y nunca tiene nada similar al que nada más explota, ¿no? (Santiago, 33 años).

 

LAS IMÁGENES PROPIAS DEL LUGAR: ENTRE EL MALESTAR Y LA RESIGNACIÓN

Las representaciones de la pobreza analizadas permean las imágenes del lugar de los residentes de Chimalhuacán. Estas imágenes, complejas y múltiples, emergen como la conjunción de diversos elementos —experiencia urbana previa, edad, género, nivel educativo, posición en el hogar, tiempo de residencia, participación laboral, etcétera—. Las trayectorias residenciales hacen evidente que, más allá del origen rural de algunos entrevistados, la gran mayoría tiene una experiencia urbana previa a su llegada a Chimalhuacán, lo que contrasta con la de los migrantes rurales que en las décadas de los cincuenta y sesenta poblaban las periferias urbanas. Gran parte de los actuales pobladores de las periferias son la segunda o tercera generación de residentes en estas áreas (Duhau y Giglia, 2008). La experiencia urbana se ha desarrollado, en general, en colonias populares más consolidadas, también situadas al oriente de la ciudad —sobre todo en Nezahualcóyotl e Iztapalapa—, de donde emigraron tras la imposibilidad de seguir afrontando una renta mensual y por la necesidad de adquirir un terreno barato. Son precisamente estas colonias las que constituyen sus referentes de normalidad urbana, de lo que supone vivir en la ciudad. Chimalhuacán constituye lo que Lindón (2006) caracteriza como periferias excluidas, donde la localización periférica se vive como lejanía, en el sentido de inaccesibilidad y exclusión, de estar "fuera" de la ciudad.

Al principio aquí se me hizo bien pesado; yo lo veía feo, ¿no? Yo decía: "¡Ay, está bien feo!" Hasta a mi esposo le reclamaba; le decía que por qué me trajo a vivir aquí. Como yo... gracias a Dios... allá en el Distrito todo está pavimentado, hay más comercios. Y sí, al principio decía "¿pa" qué me trajiste para acá?" Y... ¿cómo llevaba a mi hija a la escuela en el Distrito? Porque yo no la quería cambiar para acá... y sí se me hacía más pesado [...].

¿Le gustaría mudarse, irse a vivir a otro lugar?

No, nada más lo que me gustaría es que ya se pavimentara aquí, ya... Porque yo digo que con el tiempo va a estar todo más normal, ¿no?, así que hay que darle más tiempo al tiempo, porque sí... [...], o sea... dentro de lo que cabe no está así tan mal, pero sí le faltan muchas cosas (Virginia, 40 años).

Aunque, en general, en las narrativas hay una débil memoria de tiempos mejores —en términos de sus condiciones de vida, empleo, etc. —, parece existir una memoria de lugares mejores, menos alejados, con más servicios, como escuelas y hospitales, comercios y medios de transporte. Mudarse a Chimalhuacán luego de haber vivido en áreas más consolidadas puede representar, además de "la" (única) oportunidad de tener acceso a una vivienda propia, un deterioro en la calidad de vida urbana, que es evidente sobre todo en la menor accesibilidad y peor calidad de los servicios. Es precisamente esta experiencia urbana previa una de las dimensiones relevantes a la hora de interpretar los signos de insatisfacción y malestar con el lugar.

A Chimalhuacán llegamos a vivir cuando yo tenía 11 años... y sigue sin gustarme [...]. Cuando llegamos no me gustaba porque yo vivía en Neza;15 las calles estaban pavimentadas, teníamos todos los servicios [...] yo estaba chiquita, pero yo me acuerdo que podías estar en la calle a las diez de la noche y jugabas, y no pasaba nada. Entonces, de repente llegas a un lugar en donde todo es campo, y estás solo y donde quiera que volteas todo es oscuridad y no tienes amigos, y no tienes ningún servicio, es como que... no, yo no quiero estar aquí. Y luego vas creciendo y no es que haya casas o no, no hay servicios, todo está lejos [...]. Y ahora lo que no me gusta es que la gente no hace nada por crecer [...] y la gente a fin de cuentas es apática y no le importa. Eso no me gusta. Eso no me gusta de donde vivo (Marta, 26 años).

Las percepciones acerca de la colonia (el barrio) muestran contrastes en términos de género, siendo mayores los niveles de insatisfacción entre las mujeres que entre los hombres, sobre todo en las mujeres casadas y con hijos, muchas de las cuales no trabajan fuera del hogar, por lo que permanecen la mayor parte del tiempo en su colonia y recluidas en sus casas. Son ellas quienes, en mayor medida, experimentan la falta y baja calidad de los servicios y de espacios recreativos, el polvo por la falta de pavimentación, la insuficiente recolección de basura, la inseguridad. Si bien la posibilidad de tener acceso a una casa propia es la principal fuente de satisfacción con el lugar, esto no borra el disgusto por el cúmulo de carencias; junto al malestar hay una tácita aceptación de su situación como un "destino" frente al cual poco se puede hacer. Duhau y Giglia (2008) destacan que este patrón de asentamiento informal genera condiciones durables de precariedad que se vuelven crónicas y terminan por ser consideradas normales, como, por ejemplo, las fallas en la conexión de luz, la falta de aceras, las construcciones a medio acabar, la escasez y mala calidad del servicio de transporte público.

[...] Me gustaría, pues, que ya se pavimentara... que hubiera más alumbrado, y este... que igual, como le digo, que hubiera más... una escuela que estuviera dando otras clases a los niños, otras actividades. No lo hay. Meterlos a... no sé, al karate, a computación [...]. Parques tampoco hay; entonces, también por eso los niños pues... están obesitos, obesos, por lo mismo de que... ¿a dónde los lleva uno? [...] Entonces, ahora no, no me gusta mucho mucho mi colonia, porque sí me gustaría que hubiera parques de diversiones, donde hubiera más alumbrado, más vigilancia [...]. Es lo más barato aquí, estas zonas son las más baratas, para comprar un terreno [...] no le hace que esté feo, y no hay alumbrado, y no hay drenaje, y no hay vigilancia, pero pus ya construí mi casa, ya no estoy pagando renta. Acá están un 50% más baratos los terrenos que por Neza, que por... por lugares más cercanos al centro, carísimo allá (Lucía, 48 años).

Bueno, ahorita esta colonia es muy fea, porque hay mucha tierra, no hay banquetas, la luz está muy mal, no hay parques recreativos, no hay supermercado cerca... Este... y ¿qué más te diré? Insegura... pues puede ser que sí esté un poquito insegura [...] pero... dentro de lo que cabe, ¿qué podemos pedir, no? (Esther, 40 años).

El reconocimiento de las carencias no se traduce necesariamente en malestar con el lugar. Quienes muestran mayores niveles de satisfacción son, paradójicamente, quienes por sus largas jornadas de trabajo pasan menos tiempo en su colonia. Para algunos de los entrevistados, particularmente hombres jóvenes, junto al reconocimiento de las múltiples desventajas —como la baja calidad de los servicios, la inseguridad y la violencia— la colonia es percibida como "tranquila", lo que podría estar evidenciando no sólo una naturalización de las desventajas, sino un mayor sentido de pertenencia al lugar, la reafirmación de nosotros (los de aquí) frente a ellos (los de afuera).

¿Cómo es tu colonia? A alguien que no conoce aquí, ¿cómo le dirías que es?

[...] Pues... con mucha honestidad... es un... es un municipio que la verdad no se preocupa por su comunidad, donde los servicios van con una lentitud extrema [...]. Bueno, de hecho está creciendo la inseguridad, y se están volviendo muy violentas las calles de por aquí en la colonia. Y pues todos los servicios, de repente, fallan bastante, como, digamos, el agua, la luz, sobre todo, es la que... 15 días tienes luz y 15 días no [...] van metiendo el drenaje y que de repente no funciona, o van metiendo las banquetas sólo en ciertos lugares [...].

¿Te gusta vivir aquí?

Pues de hecho fíjate que soy de las personas que salgo a trabajar, y en las tardes, llegando del trabajo ya no salgo. No convivo con nadie de los vecinos, no salgo yo digamos a cotorrear con alguien. Me gusta mi tranquilidad [...]; aquí donde yo vivo sí tengo un espacio de tranquilidad (Francisco, 33 años).

Como trabajo todo el día, ya no me doy cuenta de cómo está la situación. Como en todos lados, ¿no? Hay bandas, hay gente que no tiene nada que hacer, y pues allí está; pero pues... en cuanto a la gente que aquí vivimos, nos respetan, porque saben... que siempre uno está en el mismo lado, y siempre los vas a encontrar allí. Entonces... no les conviene [...]. La colonia es buena. Yo digo que... sí me gusta vivir aquí, pero podríamos estar mejor... (Fernando, 23 años).

En un contexto de precariedad e informalidad persistente y permanente, donde las desventajas se multiplican y acumulan, y los servicios a los que tienen acceso los pobres son de bajísima calidad, no sorprende que el Estado esté ausente en el imaginario de los sectores más desfavorecidos como referente y garante de protección social. Las carencias del lugar y su superación tienden a ser percibidas como el resultado del esfuerzo individual. Los rezagos emergen en algunas narrativas como el resultado de la actitud de resignación y conformismo de "los pobres", en una suerte de autoculpabilización.

Las desventajas [de vivir en Chimalhuacán] serían que hay mucha drogadicción, mucha delincuencia; que hay mucha pobreza, mucha, mucha pobreza. Que no tenemos acceso a muchos lugares para trabajar. O sea, la gente de aquí se tiene que valer o... ya sea de un tallercito para costura, maquila; de algún comercio, de alguna tiendita, de vender algo; porque realmente la gente de aquí tiene que salir a trabajar a lugares aledaños [...]. Tam- bién como que nos faltan muchos... por ejemplo, áreas verdes, centros de salud [...]; también en educación estamos muy mal, muy mal; no sé a qué se deba. Y nos conformamos también, es otra de las desventajas, ¿no? Que nos conformamos a que "bueno, mi casa está así, que tengo que brincar los charquitos, pero no le hace, algún día estaré mejor". Somos muy conformistas (Marcela, 37 años).

La restringida estructura de oportunidades a nivel local que hacen evidente las narrativas de los residentes es reafirmada por la directora de un centro comunitario.

Ventajas... ventajas para la gente de vivir en Chimalhuacán... no. Me pones a pensar... ventajas... Ventajas en cuanto a servicios no las hay. Ventajas económicas tampoco. Ventajas laborales... nomás no hay. Entonces... yo creo que sí es un poquito difícil; habría que preguntárselo a la población.

 

LAS IMÁGENES DE LOS DE FUERA: ESTIGMAS DE LUGAR Y DE CLASE

Los estigmas territoriales constituyen un elemento fundamental en la experiencia subjetiva de quienes residen en estos lugares y suelen resaltar la conjunción de desventajas asociadas al espacio social y al espacio físico. La descalificación espacial emerge como la expresión territorializada de la descalificación social, ya que a los estigmas tradicionalmente adjudicados a la pobreza se superponen los estigmas territoriales (Wacquant, 2001; Paugam, 2007).

A través de imágenes simplistas y unilaterales, estos lugares y sus residentes son criminalizados y señalados como la encarnación de todos los males y peligros sociales. "Delincuencia, drogadicción, narcomenudeo, desintegración familiar y marginación social son los jinetes del apocalipsis de Chimalhuacán", inicia un artículo en un periódico nacional de amplia difusión.16

Pues por lo que dicen en la noticias, han de pensar que la gente de Chimalhuacán es de lo peor, y tantito la apariencia que tiene la colonia y tantito las noticias que le ponen su toque... se acaba de completar el cuadro (Francisco, 33 años).

En el mismo sentido, y en consonancia con mis hallazgos de investigación, estudios realizados en otros contextos nacionales, en áreas segregadas, muestran que la violencia simbólica que se ejerce a través de los estigmas territoriales no pasa inadvertida para los residentes, quienes tienen un claro conocimiento de los estigmas que pesan sobre ellos y sus lugares (Lupton, 2003; Deay, 2004). En un estudio reciente sobre la transición a la edad adulta en sectores populares, realizado en la zona oriente de la ciudad de México —Iztapalapa, Nezahualcóyotl y Valle de Chalco—, el autor llega a conclusiones similares, destacando la estigmatización criminalizante de la pobreza, y en particular de ciertos espacios urbanos —áreas periféricas— y ciertos grupos etarios —los jóvenes de los sectores populares— (Saraví, 2009).

Yo creo que [en las colonias de más dinero] tienen la peor imagen de esta colonia, ¿no? Porque, pues, dicen que aquí vive la peor gente; la gente que no tiene dinero, de bajos recursos, que no tienen posibilidades de salir adelante [...] (Ana, 45 años).

Pues... la gente que vive en el Distrito [Federal]... como que humilla mucho aquí a Chimalhuacán. Yo veo que para ellos Chimalhuacán es... bajo mundo, caer aquí en Chimalhuacán, es... no, no, de lo peor (Graciela, 28 años).

El director de una escuela primaria —no residente en el lugar— confirma la fuerte estigmatización territorial referida previamente.

Los de afuera hacia los de adentro, hacia los que viven aquí, ¿qué piensan?

Piensan que Chimalhuacán es un caos, ¿no? Piensan que es una zona conflictiva, de drogadicción. Lo tienen de lo peor [...] [donde yo vivo]. Si les digo "vamos a Chimalhuacán" me dicen: "No, no, las colonias... por allá, donde estás, matan a la gente" [...]. "No, mira nomás, no sé por qué estás allá trabajando, si es una zona violenta". Y no es cierto, la gente es... si uno sabe encontrarle sus situaciones, es gente noble, muy participativa.

Chimalhuacán probablemente constituye, en el mapa mental de los sectores medios y altos, un espacio vacío, al que Bauman (2009: 111-113) se refiere como los espacios vacíos de sentido, no visibles, donde no se negocian las diferencias porque no hay con quién negociar; son lugares "sobrantes" que expresan la falta de coincidencia entre la elegancia de la estructura y la desprolijidad del mundo; lugares a los que no entramos y en los que nos sentiríamos perdidos y vulnerables, sorprendidos, alarmados y un poco asustados ante la vista de otros seres humanos.

Diversos autores destacan que la internalización de actitudes y creencias negativas sobre uno mismo contribuyen a erosionar la autoestima y debilitar las aspiraciones, operando como una barrera para desarrollar y mantener diversas conexiones sociales fuera del barrio y en una variedad de circunstancias. Paralelamente, los estereotipos negativos acerca del lugar desalientan a quienes no residen allí para visitarlo, o relacionarse con sus residentes, profundizando la homogeneidad de las redes sociales de quienes residen en el lugar (Link y Phelan, 2001; Warr, 2005; Lupton, 2003).

La [escuela] secundaria pues... la saqué con el ánimo de taparle la boca a un profesor. [...] Ése era el que nos decía: "Es que ustedes no van a ser nada; ustedes con trabajo van a tener la secundaria... Miren dónde viven". Yo siento que nos humillaba [...] no se privó de decirnos "ustedes no van a poder", "van a ser esto: simples albañiles" (Carlos, 24 años).

Mi papá vive en la Martín Carrera.17 En una ocasión vino para acá; vino como en tres ocasiones; obviamente me dijo que aquí está feísimo. Él dice: "aquí está feo, hija, hay pura tierra, hay mucho lodo". Dice que está feo. Y exactamente, que es una colonia que... pues... Precisamente le tocó venir cuando unos tipos le querían robar... Entonces dice que está insegura, que es un lugar donde no le gustaría vivir, que está muy feo [...], que hay mucha violencia, inseguridad... Yo pienso que a cualquier persona que vive en algún lugar ya pavimentado con todos los servicios... que no le gustaría aquí; sería muy difícil que se acostumbraran, uno porque ya está acostumbrado (Julia, 26 años).

Los residentes en estos espacios experimentan profundas dificultades para desafiar las imágenes de lugar y ubicarse fuera de las representaciones dominantes. Una de las estrategias desarrolladas para contrarrestar los procesos de homogeneización consiste en construir una imbricación de buenos y malos aspectos del lugar (Reay, 2004). Los estigmas generan percepciones contradictorias que oscilan entre las propias percepciones negativas sobre el lugar y la negación de los estereotipos, por considerarlos una representación injusta y desvalorizante de ellos mismos y de los residentes.

[...] desafortunadamente, por fuera sí tienen una imagen un poco deteriorada de Chimalhuacán. Y es triste, porque yo vivo aquí [...]. Está exagerado. ¿Por qué? Por los medios de comunicación, por la gente que va y habla otras cosas, por las condiciones de vida que hay, por los caminos, por muchas cosas. Por ejemplo, la situación de los chimecos que atropellaron a [una señora con su niño]... todo esto, sí, es algo muy delicado, pero generalmente lo exageramos. [...] Son muchas cosas que, cuando tú las vives y de repente lo escuchas afuera, pues dices "con la pena"... pero... sí es cierto, ¿no? (Marta, 26 años).

Todos creen que esta colonia está fea, porque yo he traído amigos de la escuela y dicen "no, pus ¡está re feo! ¿Hasta acá vives? ¡No juegues!" Pero la realidad es que cada persona vive donde puede, ¿no? [...] Que vienen, y "oye, pues pinches hoyotes y está re feo, ¿eh?" Bueno, pues ya nomás ¿qué les puedes decir? Ni modo que pavimenten nada más para que vengan [...]. Como que creen que vives en el basurero de allí de Chimalhuacán. [...] Cuando estaba en Estados Unidos, y compré mi terreno aquí, pasó lo de la Loba. No sé si tú viste que hubo muertos, ¿eh? Y ya todos los que sabían que había comprado el terreno, decían "¡híjole!, ¿allá compraste tu terreno? No, eso no vale nada, ¿a dónde te fuiste a vivir?" Y la realidad es que es una tranquilidad aquí; no hemos visto que maten a nadie por aquí, ¿no? O sea, hay que vivir para darse cuenta realmente cómo es la colonia (Santiago, 33 años).

Las imágenes del lugar, de la colonia, se construyen con base en la dialéctica entre la propia identidad social y la evaluación del lugar de residencia, básicamente en términos de la presencia de otros de menor estatus. Los límites simbólicos presuponen inclusión y exclusión y son construidos a través de prácticas sociales, actitudes o valores que se afirman y reafirman mediante la interacción (Southerton, 2002; Watt, 2006). En este proceso, como lo evidencia el relato de Santiago, coexisten los estigmas, la insatisfacción y el sentimiento de pertenencia al lugar.

 

CONCLUSIONES

La articulación de las dimensiones espaciales y simbólicas en las narrativas de los residentes de un área con alta concentración de desventajas pretende dar cuenta de la complejidad y especificidad de la experiencia contemporánea de la pobreza en sociedades marcadamente desiguales, como las latinoamericanas.

Un elemento de particular relevancia que emerge del trabajo etnográfico es que en áreas de pobreza homogénea como Chimalhuacán —con características compartidas con espacios similares de otras ciudades latinoamericanas— el carácter integrado de la pobreza está atravesado por matices y tensiones. Es decir, su carácter "habitual" y la existencia de redes de familiares no parece hacer menos "problemática" la experiencia de la pobreza.

La desigualdad "naturalizada" y una visión individual de la pobreza se dan en el contexto de una persistente y marcada inequidad en la distribución de oportunidades, de una pobreza extendida y de larga data y de un Estado que no se constituye en garante de niveles mínimos de bienestar. En las narrativas analizadas casi no hay referencias al desigual acceso a las oportunidades, a un discurso de derechos, o a la responsabilidad del Estado en relación a una distribución más justa de la riqueza.

La representación dominante de la pobreza, que tiende a culpabilizar a los pobres de su situación, no sólo es internalizada por los propios pobres, sino que va acompañada de una marcada estigmatización y una demonización de sus lugares que degradan simbólicamente a quienes lo habitan, sobre todo cuando —como se evidenció en la localidad estudiada— sus residentes tienen plena conciencia de los estereotipos negativos que pesan sobre ellos y sus lugares: "bajo mundo", "donde vive la peor gente", "vivir en el basurero". Los pobres son los que "no quieren trabajar", los que "no tienen el hábito de progresar", "los que no pueden salir adelante". A la par del malestar emergente de una marcada concentración de desventajas objetivas, los estigmas asociados a la pobreza, los pobres y sus lugares, debilitan la vida y la pertenencia comunitaria. En una zona de pobreza homogénea, pensar en el pobre como el otro ciertamente no contribuye a establecer lazos comunitarios. En este contexto, la desconfianza, el temor y la inseguridad permean las relaciones entre los vecinos; desafiar los estigmas supone no ser como ellos y enfrentar la pobreza deviene un asunto individual, o, más bien, del hogar. La cotidianeidad de la pobreza convive, así, con la descalificación y la marginación social.

El malestar y la insatisfacción coexisten con la resignación ante la falta de alternativas; crece el temor al otro; la pobreza se criminaliza y la desigualdad se legitima. La "coexistencia de mundos aislados" en la ciudad de México muestra las tensiones que enfrenta la cohesión social en contextos de profunda desigualdad. Se trata de un feroz aniquilamiento de la alteridad, que incluso impide ver al otro cuando se le tiene enfrente (Saraví, 2008).

Crutchfield y Pettinicchio (2009) proponen el concepto de cultura de la desigualdad para dar cuenta de la aceptación social mayoritaria de la persistencia de las profundas desigualdades, lo que incrementa la tolerancia que se tiene hacia éstas. En estos contextos predomina una concepción según la cual el Estado no es responsable de revertir las causas y los resultados de la desigualdad social y económica, lo que incrementa el carácter punitivo en relación con los otros (Crutchfield y Pettinicchio, 2009).

En sociedades como la mexicana, donde las abismales distancias sociales no sólo son ampliamente toleradas por la mayoría de las clases sociales sino vividas cotidianamente como "naturales", y donde las protecciones sociales destinadas a los sectores más desfavorecidos no constituyen derechos sino "ayudas", escasas y de baja calidad, los riesgos de fractura social se incrementan y las oportunidades de pertenecer a una sociedad de iguales se hacen cada vez más lejanas.

 

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Notas

1 Estos circuitos se relacionan con la precariedad ocupacional y otras dimensiones de la vida económica y social, como orígenes familiares, baja o deficiente escolarización y formación profesional, desempleo, alimentación deficiente, bajos ingresos, vivienda insalubre o en mal estado, mala salud y enfermedades crónicas o repetitivas, falta de prestaciones sociales, dificultades de acceso a los servicios públicos y baja calidad de los mismos, etc. (Estivill, 2003).

2 La escasa referencia a los condicionamientos estructurales y la tendencia a "culpar a las víctimas" que caracterizó a la versión culturalista de los estudios sobre la marginalidad en los años sesenta estigmatizaban a quienes estudiaban los aspectos culturales de la pobreza, y el tema fue prácticamente abandonado en las décadas siguientes. El determinismo psicológico de la "cultura de la pobreza" (Lewis, 1970) enfatizaba la transmisión intergeneracional de valores y comportamientos propios de una "subcultura" alejada de los valores y las instituciones dominantes, y resaltaba la responsabilidad individual de los pobres por su situación, ignorando los modos en que la historia, la cultura y las estructuras económicas, políticas y sociales modelan y restringen la vida de los individuos.

3 En relación con las trayectorias, se preguntó sobre el hogar de origen, trayectorias educativas, laborales, familiares y residenciales. Respecto a las percepciones, las preguntas se centraron en el barrio o la colonia, en los significados atribuidos a la pobreza y la desigualdad, la valoración del trabajo y la educación y las expectativas de mejoramiento futuro. En relación al barrio se indagaron numerosas dimensiones de la experiencia del lugar: percepciones propias y de los de afuera; cambios experimentados en la colonia desde su llegada; relaciones con los vecinos, redes sociales y fuentes de apoyo; inseguridad y violencia; acceso a servicios y uso del tiempo libre.

4 El muestreo teórico es un proceso de recolección de datos mediante el cual, de manera simultánea, el investigador recolecta, codifica y analiza los datos, y con base en las categorías emergentes de este proceso decide qué tipo de datos recolectar en la siguiente etapa. Esto supone que las decisiones referentes a la muestra se realizan sobre bases analíticas que se desarrollan durante el curso de la investigación (Glaser, 1978; Coyne, 1997).

5 A partir de la conjunción de tres tipos de factores explicativos —económicos (desarrollo y mercado de trabajo), sociales (forma e intensidad de los vínculos sociales) y políticos (sistemas de protección y de acción social)— Paugam (2007) propone tres formas elementales o tipos ideales de pobreza: pobreza marginal, pobreza descalificadora y pobreza integrada.

6 Como señala Eckstein (1990), los asentamientos de las periferias urbanas eran visualizados como "barriadas de esperanza" (slums of hope), como soluciones, al menos parciales, a los problemas económicos y de vivienda de los pobres: ofrecían posibilidades de autoconstruir sus viviendas a costos relativamente bajos, de tener acceso a la pro- piedad con fines de generación de ingresos (para rentar o instalar sus propios negocios en la vivienda), de participar en política, en movimientos urbanos para el acceso a servicios urbanos y mejoramiento, así como de construir un ambiente que permitiera criar y educar a sus hijos.

7 Véanse, entre otros, Sabatini et al. (2001); Katzman y Wormald (2002); González de la Rocha et al. (2004); Pearlman (2006); Caldeira (2007); Saraví (2007) y Bayón (2008).

8 No se trata de un problema de escasez o de que las redes desaparezcan. Las redes con las que cuentan quienes pertenecen a los sectores más desfavorecidos —y sobre todo en áreas de pobreza homogénea— están básicamente constituidas por lazos fuertes, como familiares y amigos en similares situaciones de desventaja, que suelen ser poco efectivas para la obtención de ciertos recursos que van más allá de las necesidades inmediatas. Este tipo de redes permite sobrevivir, acceder a apoyo en tiempos de crisis, pero es poco probable que contribuya a la acumulación significativa de otros activos o la necesaria diversificación de recursos para superar situaciones de desventaja. Véanse Portes y Landholt (1996) y Bebbington (2005).

9 El oriente abarca desde Tecámac y Ecatepec, en el noreste, pasando por Chimalhuacán, Nezahualcóyotl e Iztapalapa, al este del centro, hasta La Paz, Ixtapaluca, Tláhuac y Chalco, en el sureste de la ciudad.

10 La zona metropolitana de la ciudad de México incluye 57 localidades: 16 delegaciones del Distrito Federal y 41 municipios conurbados (cuarenta del estado de México y uno del estado de Hidalgo).

11 Véase <http://www.chimalhuacan.gob.mx> [Consulta: 30 de agosto de 2009].

12 En: <http://www.chimalhuacan.gob.mx< [Consulta: 30 de agosto de 2009].

13 Véase <http://sedesol2006.sedesol.gob.mx/subsecretarias/prospectiva/discriminacion/Resumen/Resultados%20Generales%20por%20Modulo.pdf> [Consulta: 20 de diciembre de 2009].

14 Portes y Hoffman (2003: 59) señalan que 75% de la población ocupada en América Latina no recibe suficientes ingresos para superar los niveles de pobreza, por lo que ser un trabajador en la región es equivalente a ser pobre; es decir, no es necesario estar desempleado para situarse por debajo de los umbrales de la pobreza.

15 Neza se refiere a Nezahualcóyotl.

16 El Universal, 31 de agosto de 2008.

17 Es una colonia de la delegación Gustavo Madero, en el Distrito Federal.

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